viernes, 23 de septiembre de 2016

Tiempo al tiempo

El tiempo es la medida de la vida, porque todos sus actos se desarrollan en él. Si el espacio es el escenario, solamente somos libres de movernos y actuar en él a lo largo del curso temporal.

No somos libres en tiempo pasado. Únicamente lo somos, o así nos lo parece, de cara al futuro. Desde luego, el concepto abstracto de libertad absoluta no es realizable, sujeto siempre a límites. Límites físicos dados por las leyes de la naturaleza, que en mecánica definen los que llamamos "grados de libertad". Límites, también físicos, de nuestro propio cuerpo y de nuestra mente. Finalmente, límites sociales, que condicionan todo nuestro futuro como antes lo hicieron con el pasado.

La sensación de libertad nos es dada por una, más bien teórica, capacidad de elección. Porque la estructura de la sociedad nos condiciona hasta el punto de que únicamente somos más o menos libres en nuestro "tiempo libre", y este se reparte de un modo muy desigual. El esclavo carece de él, el proletario lo tiene muy restringido. Son muy pocos los que tiene para sí todo su tiempo.

El poder es poder sobre el tiempo. Si soy dueño de mi tiempo soy libre. ¿Y quién es dueño de su tiempo? O habrá que preguntarse más bien ¿quién es el dueño de nuestro tiempo?

La tarta temporal no está bien repartida. Por eso, apropiarnos de nuestro tiempo se convierte en un problema político.

El vértigo temporal que impone en esta sociedad "liberal" el ciclo acelerado de la rotación de los capitales quita todo sentido a un futuro previsible, convertido en un eterno presente incontrolable. Tiempos divididos y subdivididos, procesos triturados en infinitas secuencias que no podemos controlar, hacen necesario que los que no tienen tiempo, porque no tienen poder, alcancen ese poder, arrancándoselo a los que, con él, aunque no sean realmente dueños de su tiempo, sí lo son del de todos los demás.




Rebelión

Quizá sea la palabra más inasible y evanescente de todas, tiempo. La filosofía ha intentado acotar el concepto y jamás lo ha conseguido, siempre se escurre entre definiciones y elucubraciones para aparecer y esfumarse sin dejar rastro alguno. Es pura inferencia cuántica, cuando la medimos físicamente nada sabemos de su sustancia y cuando creemos detenerla en una fórmula exquisita solo sabemos que nada es, mera ausencia.

Einstein vino a complicar las cosas, o a simplificarlas, según se mire, demostrándonos que no hay tiempo sin espacio y viceversa. Dicho a lo coloquial solo existe el aquí y ahora, para ser más precisos el aquí mismo y ahora mismo. O sea, que tras las verborreas varias y especulaciones más o menos profundas de la filosofía todo giraba alrededor del aquí y ahora. Poco más se podía decir al respecto sobre los secretos del universo. El resto, pues, era, es y será añadir palabras al asombro humano permanente sobre nuestra visión o perspectiva del mundo que nos contiene y condiciona a la vez que modificamos con nuestra propia cultura.

Sin embargo, tomando tierra el tiempo nos trae de cabeza. Nunca conocemos de modo terminante si somos prisioneros de él o somos capaces de erigirnos en dueños de su discurrir inexorable. El lenguaje está plagado de metáforas y símbolos que intentan asir tan veleidoso amigo-enemigo.

Su poder resulta colosal y la sabiduría popular ha acuñado el aforismo de dar tiempo al tiempo. Por tanto, el tiempo necesita de su mismisidad o egotismo para ser lo que es, un desdoblamiento que le actualiza constante, misteriosamente. Pero para observar ese tiempo actuando hemos de mirar las huellas o registros que deja en la naturaleza: sus transformaciones, también en el campo cultural, nos hacen ver la invisibilidad del tiempo: el crecimiento de una planta, la erosión de un cuerpo, el desplazamiento de un astro, los amaneceres, el sol poniéndose, la primera palabra emitida por un bebé…

Si damos tiempo al tiempo, todo puede suceder (o quizá no). Pero tenemos muy interiorizado que el tiempo tiene la última palabra: el aquí y ahora resultante es inapelable, aunque también consideramos que alguna influencia albergamos, por nimia que sea, en su devenir casi incontrolable. No obstante, en momentos de zozobra y crisis, dejamos al tiempo la responsabilidad de realizar lo que sea menester, lo mejor si ello es posible.

Más allá, o más acá, del tiempo, pues, nada hay, solo quimera, utopía, fe. Fuera del tiempo no somos nadie, si bien incluso en esos umbrales de la inexistencia queremos poner nombre al tiempo, asirlo o atraparlo en definiciones imposibles, simples alegorías de nuestra propia impotencia: tiempo de espera, que corra el tiempo, sin tiempo para nada, tiempo muerto, parar el tiempo…

Los esfuerzos contra el tiempo son siempre estériles, sin embargo aquellos que reducen el tiempo a una secuencia lineal son capaces de determinar una estructura que delimita una realidad abstracta convirtiéndola en una suerte de accidentes tangibles basados en actos, acontecimientos, causas y efectos que nos hacen vivir en una ilusión que es susceptible de aprehenderse por nuestros propios sentidos.

El tiempo así marcado y señalado mediante mojones de antes y después sucesivos construye historias a través de caminos de conveniencia. De esta forma el tiempo reprimido y determinado canaliza la obra del ser humano. El tiempo viene señalado a priori por la circunstancia histórica y los avatares del ser humano en el mundo. Nuestra vida se hace comprensible y mensurable seccionando el tiempo en segmentos, eras, épocas y años, horan que se van amontonando alrededor de un mirar hacia adelante, hacia una meta móvil que jamás se alcanza.

Ese tiempo domesticado, sujeto al poder del ser humano, no surge de la nada sino que se va erigiendo dialécticamente, entre luchas de contrarios que quieren llegar al poder supremo de marcar y controlar el tiempo total de una sociedad dada.

Ahí reside el verdadero poder, en transformar el tiempo en una estructura silenciosa de dominación y determinación de roles sociales. Desde las leyes constitucionales a las normas consuetudinarias todo versa sobre tiempos imperiosos, plazos restrictivos y presentes encorsetados en obligaciones y horarios fijos.

A cada edad le corresponde un tiempo; el tiempo lineal de cada edad impone unos modos de ser y actuar. El tiempo dicta justicia y prescripciones. El tiempo está en el despertar al trabajo cotidiano, en las horas de yantar y reposo, de estudiar y de entrar en periodos de ocio, de irse de vacaciones, de tocar el culmen de la jubilación y la vagancia consentida. Hay tiempo para hablar y callar, pero sobre todo lo que el tiempo hace es conducirnos por unos derroteros fijos de los cuales resulta muy difícil y costoso escapar. Romper los tiempos estipulados o huir de ellos resulta harto complicado, es tanto como desafiar al poder establecido.

Cuando el ser humano no cumple con el tiempo, la sociedad se siente en crisis. Algo fundamental falla, pueden abrirse grietas en el edificio social y político. Por tanto, el tiempo es en esencia político, más allá de su consistencia filosófica.

No habrá nuevos tiempos sin quebrar las conveniencias y mitos de la estructura actual. Hoy es el capitalismo, ayer el colonialismo, más lejos aún fue el sistema feudal… Podemos remontarnos a épocas remotas: en todas ellas el poder se expresaba en la capacidad simbólica de castas, elites o clases de estructurar y dictaminar el tiempo de una manera afín a sus intereses de dominación.

Una forma retrógrada de hegemonía social es la religión que procura que todos salgamos del hoy por un mañana que nunca llegará. Esta estructura nos convierte en títeres de un futuro inexistente que nos impulsa a sufrir por venturas fuera del tiempo.

El consumismo de nuestras sociedades globalizadas de la actualidad nos impele a vivir el presente como el único tiempo posible, un ahora sin aquí circular, sin destino, inmanente en su compulsiva búsqueda de sí mismo, un yo sin referencia alguna, solipsista, agotador.

Volver a empezar desde la nada es el tiempo al que estamos condenados la inmensa mayoría: sin ética ni moral, sin espacio político, en un vacío existencial donde punto de partida y meta son la misma cosa: instante puro, mero simulacro de tiempo.

Todo parece igual, anodino, insustancial, en la posmodernidad que nos ha tocado vivir. Millones de acontecimientos y nada sucede, todo sigue su curso inerme, dando la sensación de que los motores de la historia han parado el tiempo en seco. O mejor dicho han eviscerado al mundo de su compañero el tiempo. Pero el tiempo siempre está ahí, moldeable, políticamente activo. Jamás se podrá cambiar el mundo sin cambiar, en simultáneo, el tiempo que estructura nuestras vidas.

Aunque demos tiempo al tiempo, el tiempo por sí solo nada es. El poder transforma el tiempo a su antojo. Tomar el poder es tanto como controlar el tiempo. Ahí reside el quid de la cuestión política. Todos aquellos discursos que invitan a la revolución democrática o a las reformas de medio pelo y no tienen en cuenta el factor tiempo no son más que parcos fantasmas de palabras huecas.

Cuando no sentimos el tiempo marcando las pautas de nuestras conductas y obligaciones, vivimos en un aquí y ahora completo, donde el espacio temporal se adecua a la vida misma. Seguramente es lo más similar a eso que denominamos pomposamente libertad humana.

El tiempo sentido como una daga que corta la vida en pedazos y secuencias lineales es lo contrario a la libertad. Ahí estamos instalados en el contrato social, que no es más que una serie de prescripciones para no salirnos del tiempo de la realidad política. Quienes marcan los tiempos vitales, tienen el verdadero poder de decisión.

Sin atacar el tiempo desde su base, el tiempo hegemónico seguirá dictando sus designios. Tiempo al tiempo.

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