jueves, 5 de enero de 2017

La fría racionalidad del economi(ci)sta

Comenzaré por el caso menor y más cercano. Desde luego que no es muy grave, pero es una experiencia personal sobre el cálculo empresarial y la relación coste/beneficio. 

Hace ya muchos años, juntamente con otros compañeros, participé en el proyecto y construcción de un edificio. Sin pretender que fuera algo excepcional, el conjunto se salía de la vulgaridad habitual. Aunque no es determinante para lo que voy a contar, aclararé que la mayor parte del mérito no fue cosa mía.

El promotor y a la vez contratista de la obra era uno de los más importantes de la provincia. Estaba encantado con el proyecto y con la dirección de la obra, que él también atendio cuidadosamente.

Terminado el trabajo, le presentamos al cobro el importe de la dirección.

En ese momento, todo cambió. Sorprendido y ofendido, nos dijo que él tenía por norma pagar el proyecto, pero jamás la dirección de obra. Se suponía que los arquitectos, para estar a bien con él y esperar ulteriores encargos, debían renunciar a su cobro.

Sabíamos, porque era del dominio público, que las obras se conseguían de modo habitual pagando comisiones a intermediarios o haciendo rebajas al margen de las tarifas mínimas establecidas por el Colegio de Arquitectos. Por una cuestión de principios no admitíamos ninguna de las dos cosas, y así nos fue.

Reclamamos el pago por la vía judicial, y se nos dió la razón. Pero nunca nos pagó la totalidad exigida, porque descontó de ella "lo que nos costaría seguir el pleito adelante si él recurría la sentencia hasta agotar todas las vías". Amén del tiempo que tardaríamos en cobrar.

Rendidos a la evidencia, los que antes nos habíamos movido por principios, claudicamos (bien es verdad que los principios iban, al menos teóricamente y en este caso, a nuestro favor).

Jamás volvimos a tener un encargo de este ofendido caballero.

En este trivial caso, vivido en primera persona, como en otros que cualquiera podría citar, el cálculo empresarial no incluía muertos. Sí los hubo en el que señalo a continuación.

El segundo caso, que ya forma parte del crimen organizado, se narra en un libro:


Hallo este fragmento en el artículo Capitalismo y crimen, valga la redundancia, de Pedro López López, en Crónica Popular:
En el primer capítulo, el libro ya adelanta que va a refutar -¡y vaya si lo hace!- dogmas como que la empresa es el mejor modo de organizar la producción y la distribución de los bienes y los servicios producidos y ofertados en la sociedad, que su eficiencia es un motor de innovación y de progreso económico y que sus daños son efectos colaterales irrelevantes. Un caso paradigmático citado es el de la empresa Ford y su modelo Ford Pinto. En los años setenta, Ford sabía ya que ese modelo corría un grave riesgo de explosión del depósito de combustible por impacto trasero. La empresa comparó fríamente el coste que tendría indemnizar a las víctimas con el coste que tendría retirar el modelo; como el segundo coste superaba al primero, optó por mantener el modelo mientras se iban sucediendo los muertos por colisión trasera. Una conducta que cabe calificar moralmente de criminal, pero que en el tinglado jurídico montado alrededor de la responsabilidad empresarial queda impune penalmente. Como no es fácil evitar la indignación de la opinión pública cuando estas informaciones son conocidas, la empresa ha desarrollado a lo largo de las últimas décadas el concepto de responsabilidad social corporativa (RSC), un conveniente lavado de cara para seguir con la impunidad por bandera...
Aún se me ocurre otro caso, tan inhumano como el anterior. Aquí, en los platillos de la balanza se calibran el valor de una aeronave y el de ciento cincuenta y cinco vidas:


Rebelión

Hasta hace poco estaba en la cartelera de los cines la última película estrenada por Clint Eastwood. Su título, Sully, hazaña en el Hudson. Con él parece que se nos quiere sugerir que se trata de una historia épica. En cualquier caso, los hechos narrados son verídicos, y da la impresión, hasta donde uno alcanza a conocer, que con vocación de fidelidad al acontecimiento central en torno al que gira el filme, a saber, el «aterrizaje» (¿o «acuatizaje»?) de emergencia de un avión de pasajeros en el río Hudson el 15 de enero de 2009. Sully es el apodo del autor de tamaña proeza, que supuso la salvación de la tripulación y el pasaje completos que compartían destino en el vuelo 1549 de US Airways, el veterano piloto Chesley Sullenberger.
 
Clint Eastwood sabe contarnos de manera conmovedora y al tiempo sobria un suceso con innegable carga dramática por cuanto atañe nada más y nada menos que a algo tan emotivo como la supervivencia de ciento cincuenta y cinco personas a un accidente de avión. Sin embargo, no es este el objeto de enfoque escogido por el guionista –Todd Komarnicki– para vertebrar lo que se narra en la película. El centro en torno al que ésta gira es la investigación a la que se sometió al comandante de la aeronave, inmediatamente tenido por un héroe por los medios de información y por la opinión pública, pero objeto de inmisericorde inquisición por parte de la compañía aérea y la aseguradora de la misma. Estas instancias pusieron en duda que la decisión tomada por el piloto ante el fallo de los motores fuese la correcta. Esa duda se sustentó en el hecho de que la torre de control, al saber de su crítica situación, le ofreció dos opciones alternativas para aterrizar en aeropuertos cercanos. Aquí radica, desde un punto de vista filosófico, el interés de la historia: un hombre, perito en su oficio, que ha estado volando en todo tipo de aparatos durante cuarenta décadas, se ve puesto en entredicho respecto del acierto de su decisión en un momento crítico. El personaje lo expresa dramáticamente en una secuencia de la película cuando habla con su mujer durante la fase de investigación de su actuación en el suceso, incrédulo ante la dolorosa evidencia de que toda una larga carrera sin la más mínima tacha puede irse al garete por una decisión tomada en cuestión de segundos bajo una inconcebible presión.
(...)

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