jueves, 25 de enero de 2018

El capitalismo se acaba, pero...

El trueque como mecanismo de intercambio surge bien pronto. Yo tengo un cierto M que no necesito, pero me hace falta un M' que tienes tú en exceso, y en cambio careces de M. Pues tan amigos, lo cambiamos y satisfacemos así ambos nuestras necesidades. El problema es determinar las cantidades justas. En una situación crítica, una de las partes puede aprovechar la extrema necesidad o el deseo vehemente de la otra para regatear los términos de la operación, Mucha hambre pasaba Esaú cuando cambió la primogenitura a su aprovechado hermano por el famoso plato de lentejas, quedando así solemnemente inaugurada la era de la especulación con las necesidades ajenas.

En circunstancias menos dramáticas, las cantidades se establecen en función de que las dos partes consideren equivalente cantidad de trabajo, de esfuerzo, que cada una ha dedicado a su producto. La práctica aconsejó pronto superar el trueque directo de mercancías (no siempre lleva uno los camellos puestos y el otro la madera a cuestas) por un intermediario, el dinero D, y preferentemente el oro en las sociedades que han dispuesto de él, considerado universalmente valioso, por sus cualidades de estabilidad, belleza y escasez, y fácil de transportar. Así puedo separar en dos operaciones el acto de la venta de M y el de la compra de M', y el mercado pasa a ser menos engorroso, cambiando M por D y en otro momento, a mi conveniencia, D por M'. 

Si el trueque materializaba en un solo paso el ciclo elemental M-M', El empleo de la moneda descompone el intercambio en dos fases, M-D y D-M'. Está claro que M-D-M' solo tiene sentido si M M'.

La ventaja de poseer mucho D es la facilidad de poder adquirir en cualquier momento cualquier mercancía. Visto esto, parece interesante invertir el orden de las operaciones y en vez de vender mercancías para obtener el dinero necesario para la compra de otra mercancía, comprar mercancías para venderlas y obtener dinero. El ciclo se invierte, por lo menos en la intención y tenemos el ciclo mercantil por excelencia D-M-D'. Como la operación no tiene interés si D = D', para que resulta ventajosa hemos de añadir valor a la mercancía M, haciendo así D' > D. Una de las formas es el transporte, que me acerca lo que necesito a donde lo necesito. Otra es realizar alguna operación que revalorice M. En cualquier caso, si prescindimos del engaño como tercera posibilidad, lo que añado es trabajo, esfuerzo humano. Y no hay que perder de vista que nada impide que se trate del trabajo de otros, de trabajo ajeno, adquirido por menos de su valor en el mercado de trabajo.

En lo que sigue se analiza la contradicción inmanente en el sistema capitalista, que pretende aumentar continuamente la productividad del trabajo para ahorrar trabajo y con ello produce a un tiempo un exceso de mercancías y una pérdida de valor de lo producido, al tiempo que disminuye la posibilidad de su colocación en el mercado, pese a las continuas tretas para extenderlo a nuevos productos y nuevos territorios. Llegados los límites el sistema se vuelve insostenible y ha de terminar.

Pero frente al optimismo histórico de ciertos marxismos, que convierten el fin del capitalismo en el nacimiento de una era mejor, nada indica que así tenga que ser. El futuro no está escrito. Al final, depende de la conciencia de los hombres (y siempre de las mujeres, claro está...) que el final sea uno u otro. Porque además un injustificado optimismo histórico (como también un fatalismo pesimista) es la peor forma de ir hacia ese futuro no escrito en ninguna mente todopoderosa.

Claro que en las actuales condiciones una toma de conciencia colectiva es bien difícil, en parte por la potencia de los medios de desinformación, pero también porque la vista y la memoria fijas en lo inmediato resta capacidad de análisis a la mayoría. De todos modos, habrá que intentar que las cada vez más numerosas víctimas del sistema vayan entendiendo dos cosas: que el sistema no es inmutable ni eterno, y que su estructura es la causa de los males que ya están aquí.



Norbert Trenkle
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...Marx dice: “el verdadero límite de la producción capitalista es el capital mismo, es decir: que el capital y su auto valorización se manifiesta como punto de partida y de llegada, como motivo y fin de la producción… El medio, la evolución incondicionada de las fuerzas sociales de producción, está en conflicto ininterrumpido con el fin limitado de la valorización del capital dado” (MEW 25, p. 260). 

Se trata de una contradicción irresoluble inmanentemente en tanto que el aumento de la productividad empresarial supone efectivamente la eliminación del trabajo vivo del proceso de valorización, mientras que a la vez la valorización del capital no es otra cosa que el abuso de la mano de obra. Tomado en sí mismo, de ello no resulta de ninguna manera una disolución inmediata de las relaciones capitalistas. Por el contrario: mientras que la manera de producción en forma de mercancías estaba todavía relativamente poco desarrollada, es decir, sólo había influido superficialmente la sociedad y estaba limitada en lo esencial a pocos países y regiones del mundo, se desarrolla a partir de esta contradicción una dinámica monstruosa de expansión. Ya que la socavación permanente en ámbitos capitalistas limitados de masa de valor mediante el “ahorro” de mano de obra se compensó provisionalmente en la totalidad del ámbito capitalista mediante una expansión continua de la valorización en nuevos ramos laborales intensivos de la producción y mediante el ajuste capitalista de regiones del mundo adicionales. Es cierto que ese proceso de transformación no puede funcionar a la larga, sino que no es otra cosa que una manera determinada de suceder las cosas en la que la contradicción interna capitalista se desarrolla históricamente y, a la vez, se agudiza. Puesto que la “producción capitalista aspira constantemente a superar sus límites inmanentes, pero sólo los supera gracias a medios que la enfrentan a otros nuevos y en medida más poderosa” (Marx, ibíd.) Pertenece a la lógica del asunto que, más tarde o más temprano, se reduzca a la larga la cantidad absoluta de la mano de obra en uso de la totalidad de la sociedad y, de esa manera, disminuya la masa de valor producida en la totalidad del capitalismo. De esa manera, el capitalismo socava sus propios fundamentos.

El marxismo no sólo ha revuelto el diagnóstico de crisis formulado, es cierto, sólo abstractamente por Marx, en el sentido de la “tesis de descomposición”, sino que, a partir de ahí, ha interpretado la “contradicción entre fuerzas de producción y relaciones de producción” no como específicamente capitalistas, sino como transhistóricas, es decir, como válidas para todas las sociedades anteriores. Según el “materialismo histórico” el desarrollo de las fuerzas de producción es válido absolutamente como motor de la historia humana: ya que cada “fase del desarrollo” se corresponde siempre con una forma determinada de la “dominancia de clases”, así como de las relaciones de producción y explotación, el progreso de las fuerzas de producción tenía que entrar tarde o temprano en conflicto con el orden social correspondiente y producir su cambio revolucionario. Claramente se trata en este caso de una retroproyección de relaciones burguesas en el pasado, típica del pensamiento ilustrado (aquí sólo en sentido materialista). Puesto que ninguna otra sociedad aparte de la capitalista estuvo jamás organizada alrededor de la producción; ya sólo por esa razón, no podía existir algo así como la “contradicción entre las fuerzas de producción y las relaciones de producción”.

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...la contradicción lógica interna del capital ya está dada en la forma nuclear de la forma de producción capitalista, la mercancía, y el movimiento hacia el fin en sí mismo del “sujeto automático” (es decir, el valor) no es otra cosa que el despliegue de esa contradicción. Que las relaciones sociales se generen como relaciones de cosas (más exactamente: de mercancías) y se opongan como tales a las personas como poder extraño, no sólo significa que su propio contexto social les imponga legalidades irracionales como si se tratase de leyes naturales; conlleva también su caducidad histórica última independientemente de todo querer subjetivo.

Por cierto, no tiene nada que ver con la “filosofía de la historia instauradora de sentido”, ya que más allá de la lógica (en sentido histórico completamente específica) de la sociedad de mercancías, cesa la determinación. Sólo es seguro que la sociedad capitalista tiene que hundirse violentamente en último término a causa de sus contradicciones internas, pero de ninguna manera, cómo va a suceder el proceso de ese hundimiento, y sobre todo tampoco, qué lo va a sustituir. La superación de la socialización en forma de mercancías sólo se puede poner en marcha, obviamente, mediante un acto colectivo y consciente, ya que no se trata de otra cosa que de la falta de conciencia social. Si va a salir bien, depende única y exclusivamente de si la gente consigue emanciparse o no de las formas de relación y comunicación constituidas de manera capitalista. Todo optimismo exagerado en relación a esto sería un error absoluto. No es improbable, de ninguna manera, que el proceso de derrumbamiento ponga en funcionamiento una dinámica incontrolable, catastrófica en cuyo transcurso se destruya todo contexto civilizatorio y, quizá, los fundamentos de la vida humana. Por lo menos, en la regiones de derrumbamiento del mundo actual ya se delinea esta posibilidad tan clara como aterradoramente. De cualquier manera, aún hay una opción emancipadora, aun cuando la oposición crítica con la sociedad esté a la defensiva en todo el mundo. En tanto que, pero sólo en tanto que, la historia está abierta para tomarse la molestia de una muletilla preferida que en general sólo está al servicio de escaquearse de un análisis y crítica consecuentes del proceso objetivado.
 
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...aunque los movimientos en la superficie de los mercados financieros transnacionales sean tan confusos, el mecanismo básico del capital ficticio, como ya Marx lo descifró en lo esencial, no son difíciles de comprender. Básicamente se trata de un movimiento doble: ante todo el crédito y la especulación están al servicio de retardar la irrupción de la crisis, porque consiguen posibilidades de inversión ficticias (es decir, no cubiertas real económicamente) para capital sobre acumulado y, a la vez, crean de la misma manera capacidad de compra no cubierta; en último término, esto conduce a una agudización de la crisis, porque cuando explota la burbuja financiera la totalidad del potencial de desvalorización retardado se hace real de golpe.

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...el total desacoplamiento del dinero respecto a su base en oro y la desregulación de los mercados financieros ha conseguido un campo de acción espantosamente grande para la independización relativa del capital ficticio frente a la acumulación real; con ello se explica la dilación de la crisis extrañamente larga que se prolonga ya más de veinte años y la cantidad exorbitante de la “masa de valor” ficticia “almacenada”. Reconozco que no hemos valorado del todo bien el horizonte temporal de este proceso. Desde un punto de vista estructural, aproximadamente a principios de los años noventa, parecía prácticamente increíble que el sistema de bola de nieve se iba a poder mantener otros diez años o, incluso, algunos años más. Es verdad que los desarrollos que han tenido lugar desde entonces no han contradicho de ninguna manera el diagnóstico estructural, sino más bien lo han confirmado. Ya que el anticipo ficticio a la creación futura de valor no se ha saldado en términos de economía real, más bien la superestructura financiera se ha ido alejando en un movimiento exponencial cada vez más de la acumulación real y los procesos de racionalización que tienen lugar ahí incluso se han acelerado. Ya que, sin embargo, la valorización de capital no se puede emancipar del uso de trabajo vivo, hay que restituir la relación entre ambas esferas y esto violentamente, es decir, con un estallido.

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También es bastante fútil identificar sencillamente la predicción del hundimiento en último término irremediable (aunque no pronosticable con exactitud) del mercado financiero con el “diagnóstico de derrumbamiento” y después partirse de risa de que los “profetas de la crisis” siguen esperando supuestamente al largamente esperado “apocalipsis”. No se puede evitar la impresión de que se está intentando, por el contrario, apartar la vista de que la crisis esté en plena marcha desde hace dos décadas, de que grandes partes del mundo han sido declaradas inútiles para la valorización del valor y que se las ha desacoplado negativamente (con las consecuencias más brutales para las personas que viven allí) y que también en las metrópolis cada vez más partes de la población están afectadas por este proceso de desvalorización. Un hundimiento aceleraría este proceso con un impulso violento, pero, por supuesto, no sería la “derrumbamiento”, sino sólo una cesura en el proceso de decadencia, que, como ya he dicho, se puede alargar aún décadas y, es de suponer que va a encontrar siempre transcursos más espantosos si no se constituye en movimiento social-emancipatorio que se atreva a llevar a cabo la ruptura decisiva con la sociedad productora de mercancías. Quizá estas previsiones poco alegres no contribuyan, en último término, a hacer un tabú de las ideas sobre el agotamiento irreversible de la lógica capitalista de valorización sobre todo en los países-aún-ganadores del mercado mundial. Por lo visto, alimenta la creencia de que el capitalismo da un giro, después del fordismo, hacia una “normalidad” que se procesa de una manera manifiestamente ahistórica y, por ello, prorrogable eternamente, algo así como una “apariencia de seguridad” engañosa, porque permite seguir moviéndose en el desmontado, pero, al cabo, conocido, sistema de coordenadas marxista.

1 comentario:

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