martes, 13 de noviembre de 2018

De bancos y alquileres


...y eléctricas y presidentes, y tribunales y bancos.

La peripecia judicial que hemos presenciado en las últimas semanas ha hecho evidente la influencia de la banca sobre los órganos de la justicia. Era enorme la cantidad en juego si los bancos debían devolver el Impuesto sobre Actos Jurídicos Documentados que al parecer se cobró indebidamente a los perceptores de préstamos hipotecarios.

A lo largo de años se ha discutido si el impuesto debía desaparecer, si debía modificarse para unificar los tipos que se aplicaban en las distintas comunidades autónomas, si debían atenuarse las cuantías...

El problema para el Estado, perceptor del impuesto, es que supone una fuerte entrada de dinero, difícil de recaudar por otro lado. 

Los patéticos bandazos del Tribunal Supremo, que lo han desnudado a la vista de todos, eran importantes, porque no se trataba de redefinir el impuesto de cara al futuro, sino de devolver cantidades indebidamente pagadas en el pasado.



La "valiente" decisión del gobierno de cambiar el destinatario del impuesto no afectará a esas cantidades, y por eso esta viñeta de Peridis, que muestra a Pedro Sánchez cargando sobre el Supremo "con todo su poder", que el humorista simboliza con la célebre columna, es un brindis al sol que trata de situar al ejecutivo como defensor de los ciudadanos endeudados. Y eso no está tan claro.

Porque si el impuesto grava a los bancos de ahora en adelante, estos podrán cambiar el precio de las hipotecas para resarcirse. Son muy pocos. ¿Qué les cuesta ponerse de acuerdo? Al final, seguirán pagando, indirectamente, los mismos.

Algo parecido sucedió con las ayudas al alquiler del gobierno de Zapatero: con seguridad permitieron a los dueños subir los precios, en un mercado libre, hasta absorber la ayuda. Porque el precio lo dictan la necesidad del inquilino y su capacidad de pago. El agravante de aquella decisión fue que suponía un gasto para el Estado; en cambio, el atenuante de ahora es que se trata de mantener un ingreso para las arcas públicas.

Está claro que lo determinante es la propiedad, tanto de los pisos en alquiler como de los bancos prestamistas. Cuando el valor de los bancos era negativo, ¿por qué no se los quedó el Estado que los rescató? Muchas empresas arruinadas se han vendido por el precio simbólico de un euro. El Estado pagó mucho más y no se quedó con los bancos.

Los bancos públicos se liquidaron en varias fases. Se empezó por fusionarlos en Argentaria, para venderlos después. Lo recuerda aún la A del BBVA. Más adelante, los bancos se quedaron con las Cajas de Ahorros. Los partidos que lo hicieron posible habían vendido antes su alma.

De la sospechosa relación entre eléctricas y expresidentes parece que se libra Zapatero.

En cuanto a  tribunales y bancos... 



Este es el tema que ha soliviantado a la sociedad y dejado al descubierto las vergüenzas de buena parte de los jueces del Tribunal Supremo: ¿quién debe asumir el pago del impuesto en el caso de los contratos hipotecarios?

A tenor de las estimaciones de los expertos, los gastos de formación en el caso de una hipoteca media, constituida por valor de 150.000 euros, alcanzarían cerca de los 3.000 euros. Este impuesto supone para el usuario el mayor de esos gastos. Según la comunidad autónoma, el tipo de gravamen aplicable estará entre el 0,5% y el 1,5% del total de la hipoteca (cantidad prestada, intereses y resto de gastos).

Si consideramos la enorme cantidad de hipotecas (¡de gente hipotecada!), eso supone una cantidad enorme de dinero. No es extraño que desde hace años se haya cuestionado la legislación sobre el pagano este impuesto.


Noticia del pasado febrero:




(…)

La decisión del Supremo llega después de que algunas audiencias provinciales hubieran empezado a considerar abusivo cargar el impuesto al cliente. El argumento principal era que el beneficiado de que la hipoteca quedara registrada era el banco, que lograba así mayores garantías. Por tanto, debía ser éste quien afrontara el impuesto.


(…)

El Reglamento del Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales y Actos Jurídicos Documentados establece como criterio general que el responsable de pagar es "el adquirente del bien o derecho y, en su defecto, las personas que insten o soliciten los documentos notariales, o aquellos en cuyo interés se expidan". Conforme a esa textualidad, según fuentes jurídicas, correspondería pagar al banco, ya que es quien quiere que el préstamo conste en el registro de la propiedad para poder hacerlo valer frente a terceros. Sin embargo, el mismo artículo del reglamento añade a continuación que "cuando se trate de escrituras de constitución de préstamo con garantía", es decir, de hipotecas, "se considerará adquirente al prestatario". Es decir, será el que recibe el préstamo el que pague el impuesto.

Anteriormente la Sala Civil del Supremo había considerado abusivo imponer al cliente todos los gastos de constitución de la hipoteca. Ese criterio no se modifica y los tribunales siguen teniendo que considerar nulas esas cláusulas y asignar a las entidades gastos distintos del Impuesto, como los de notario, gestoría, etcétera.

La decisión del Supremo ha sido adoptada por unanimidad, lo que no hace previsible que la disputa pueda tener recorrido en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea.


(…)

La decisión del Pleno llega poco después de que el Supremo rechazara también considerar abusiva la práctica de ligar el préstamo al Índice de Referencia de Préstamos hipotecarios (IRPH). Esa decisión de la Sala Civil, que no fue unánime, ya ha sido llevada por diversos juzgados ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE). El Tribunal de la UE ya ha corregido al Supremo anteriormente en asuntos hipotecarios.

En cuanto a lo resuelto este miércoles, todo indica que la posibilidad de cambiar la decisión no está en el TJUE, sino en una modificación legislativa. El PSOE tiene previsto llevarla al Congreso en fechas próximas.




Se replantea el tema. Noticia del día cinco de este mes:



La Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo se reúne hoy para zanjar el debate sobre quién debe pagar el impuesto de las hipotecas, una decisión que quedó en el aire el 19 de octubre. Ese día, el presidente de esta Sala, Luis Díez-Picazo, optó por someter a revisión el criterio establecido un día antes de que fuera el banco, y no el cliente, el que lo abonara. Las fuentes consultadas discrepan sobre la respuesta que debe dar el pleno y admiten que el resultado es “imprevisible”.

El Tribunal Supremo tiene hoy la tarea de devolver la seguridad jurídica al impuesto de las hipotecas. Los 31 magistrados de la Sala de lo Contencioso-administrativo se reúnen con una disyuntiva sobre la mesa: confirmar el criterio recién establecido de que el impuesto de actos jurídicos documentados debe abonarlo el banco porque es el principal beneficiario de la escritura del préstamo ante notario o revocar esa decisión y volver a la jurisprudencia anterior que fijaba que el tributo es responsabilidad del cliente. Si optan por mantener que pague el banco, los magistrados tendrán que resolver si se aplica para los préstamos que se firmen a partir de ahora o si tiene efectos retroactivos y hasta dónde llegan estos.

Durante las últimas dos semanas ha habido en la Sala de lo Contencioso “mucho pasilleo” para intercambiar opiniones, según varios magistrados, que coinciden en que lo único seguro es que no habrá unanimidad en la decisión y en que hay tres factores que pesan para determinar el sentido del voto: el respeto que merece el criterio de los expertos en tributos que suscribieron la sentencia del pasado 18 de octubre que estableció que debía pagar el banco; las dudas que, a su vez, plantea que estos magistrados, varios de ellos de incorporación reciente al Supremo, cambiaran una jurisprudencia muy asentada del alto tribunal en sentido contrario sin que haya habido ninguna modificación legal que lo justificara; y la sensación de que la imagen del Supremo está muy deteriorada y dar marcha atrás en una decisión a favor del cliente dos semanas después de adoptarla generaría un daño enorme.

Varios magistrados consultados sostienen que la decisión debe tomarse con argumentos estrictamente jurídicos, pero admiten que es muy difícil abstraerse al revuelo que los cambios de criterio de las últimas semanas han generado en la opinión pública e incluso de las consecuencias económicas de la decisión. Minutos después de conocerse la primera sentencia que imputaba al banco el impuesto, los bancos empezaron a caer en Bolsa. “Muchas de las decisiones de esta sala tienen consecuencias de millones de euros. Tenemos que ser conscientes de eso para decidir de forma muy rigurosa. Pero no podemos dejar que ese hecho influya en el sentido de nuestra decisión. Estamos acostumbrados”, afirma un magistrado de la sala que se inclina por votar a favor de mantener el nuevo criterio, pero admite que tiene algunas dudas.


(…)

Del día ocho:



(…)

Varios magistrados denunciaron "presiones" a vocales del CGPJ para que votaran a favor de Díez-Picazo, que terminó imponiéndose al obtener el voto de 12 de los 21 miembros del órgano de gobierno de los jueces. Por primera vez, el Consejo General del Poder Judicial no renovó a un presidente de sala del Supremo que aspiraba a la reelección.


Tras esa tormentosa llegada al cargo, Díez-Picazo no ha conseguido hacerse con las riendas de la sala, coinciden varios magistrados consultados. Aunque ha impulsado con éxito la incorporación de algunos magistrados afines, sigue teniendo dentro detractores que no comparten ni su gestión en la presidencia ni el camino seguido hasta llegar a ella. "Siempre dije que me parece un jurista brillante, sólido, pero llegó a la presidencia muy pronto y de mala forma. No era su momento y ahora se ha demostrado", dice un magistrado. Cuando llegó al cargo, tenía 57 años y llevaba "solo" siete en el Supremo, al que se incorporó por el quinto turno (juristas de reconocida competencia que ingresan en el alto tribunal al margen de la carrera judicial). Sus primeros dos años al frente los compatibilizó con la docencia en el Centro Universitario de Estudios Financieros (CUNEF), dependiente de la Asociación Española de la Banca, la patronal del sector. Una relación que le ha puesto más si cabe en el punto de mira tras su decisión de revisar el criterio recién establecido de que fuera el banco el que pagara el impuesto de las hipotecas.

El protagonismo del presidente de la sala en el conflicto de las últimas semanas se extiende hasta el último momento del pleno del pasado martes, cuando Díez-Picazo decantó la votación a favor de cargar el impuesto hipotecario sobre el cliente. Varios magistrados consultados le reprochan que cambiara su opinión después de que durante las sesiones se mostrara en varias ocasiones partidario de confirmar la jurisprudencia que establecía que debía pagar el banco, aunque solo si se aplicaba sin retroactividad. Pero, sobre todo, critican que impidiera abrir un debate sobre posibles efectos retroactivos si se confirmaba el nuevo criterio. "Su obsesión era la retroactividad, frenar el aluvión de demandas de hipotecados", afirma un miembro del pleno.



Del día nueve:


(…)

Lo que no anunció el Gobierno en su comparecencia del jueves tras el Consejo de Ministros es que los bancos no tendrían que pagar el impuesto de las hipotecas cuando los préstamos se concedan a ciertas entidades, entre ellas los partidos políticos, el Estado y la Iglesia Católica. Hasta ahora, cuando estas organizaciones o entes formalizaban una hipoteca, nadie pagaba ese impuesto a las comunidades autónomas, porque les hubiera correspondido a ellas (como clientes) pero estaban exentas. Ahora son los bancos los que cargan con el impuesto, y sí tendrían que empezar a tributar por el acto jurídico de esas hipotecas al Estado o la Iglesia, pero el decreto salva esos créditos del impuesto.

(…)


Dejo aquí el relato de dos jornadas sin precedentes en el Tribunal Supremo

martes, 6 de noviembre de 2018

Laura Vital

Cuando hace casi tres años encontré esta grabación del programa radiofónico Nuestro Flamenco yo no sabía nada de esta cantaora. En el minuto 18.50 me sorprendió un canto que parecía extraído del remoto pasado andalusí. Laura Vital cantaba una moashara.

Buscando más referencias, hallé un vídeo de la presentación de su disco Tejiendo Lunas, con este comentario:
El flamenco no es un hecho aislado en el mundo. Y, mucho menos, en la cuenca mediterránea. Las idas y las vueltas con la otra orilla del Atlántico fueron decisivas en su configuración moderna. Pero en su génesis antigua comparte ADN con las músicas y las culturas del sur europeo y el norte africano. De ahí, quizás, la naturalidad con la que Laura Vital transita entre la soleá trianera y la moashara marroquí, provocando la conversación entre la guitarra flamenca de Eduardo Rebollar y el violín árabe de Jamal Ouassini. 
El flamenco, por supuesto, no es música andalusí. Pero hay algo en él que me produce cierta nostalgia. La misma melancolía me produce visitar monumentos tan nuestros como la Alhambra o la Mezquita de Córdoba y no poder leer los mensajes escritos en sus paredes.

Estas lunas teje Laura en esta melodía. También siento no poder entender la mitad del mensaje. La oímos cantar.



En este otro vídeo la vemos, en otra actuación.


sábado, 3 de noviembre de 2018

La patología del lucro y el planeta desechable

Parte final de un artículo de Michael Parenti, encontrado aquí. No consigo que deje de asombrarme el comportamiento de quienes ponen un ahora, breve como un orgasmo, por encima de un luego tenebroso.

Desde luego, es una enfermedad.

Contagiosa.




La locura de la codicia

Desgraciadamente, el medio ambiente no se puede defender a sí mismo. Es cosa nuestra protegerlo, o lo que quede de él. Pero todo lo que quieren los súper ricos es seguir transformando la naturaleza viviente en mercancía y la mercancía en capital muerto. Los inminentes desastres ecológicos no tienen mucha importancia para los saqueadores corporativos. No tienen en consideración la naturaleza viviente.

El lucro se hace adictivo. La fortuna incita a aumentarla. No hay límite para la cantidad de dinero que alguien pueda querer acumular, impulsado por la auri sacra fames, la maldita sed de oro. Por lo tanto, los adictos al dinero se apoderan de más y más, más de lo que pueden gastar en mil vidas de ilimitada indulgencia, impulsados por lo que comienza a parecer una patología obsesiva, una monomanía que borra toda otra consideración humana.

Están más y más ligados a su riqueza que a la tierra en la que viven, más preocupados por la suerte de sus fortunas que por la suerte de la humanidad, tan poseídos por su afán de beneficios que no ven el desastre que amenaza. Hubo una caricatura del New Yorker que mostraba a un ejecutivo corporativo parado ante un atril dirigiéndose a una reunión empresarial con estas palabras: “Y así, cuando el escenario del fin del mundo esté plagado de horrores inimaginables, creemos que el período antes del fin estará repleto de oportunidades de beneficios sin precedentes”.

No es un chiste. Hace años señalé que los que negaban la existencia del calentamiento global no cambiarían de opinión hasta que el propio Polo Norte comenzara a derretirse. (Nunca esperé que realmente comenzara a derretirse durante mi vida.) Hoy enfrentamos una fusión ártica que involucra horrendas consecuencias para las corrientes oceánicas del golfo, los niveles del mar en las costas, toda la zona templada del planeta y la producción agrícola del mundo.

Por lo tanto, ¿cómo reaccionan los capitanes de la industria y de las finanzas? Como era de esperar: como especuladores monomaníacos. Escuchan la música: aprovechar, aprovechar. Primero, el derretimiento de Ártico abrirá un paso directo al noroeste entre los dos grandes océanos, un sueño más viejo que [la expedición de] Lewis y Clark. Eso posibilitará rutas comerciales más cortas, más accesibles y menos costosas. Ya no habrá que avanzar con dificultad por el Canal de Panamá o por el Cabo de Hornos. Los costes reducidos de transporte significan más comercio y más beneficios.

Segundo: señalan alegremente que el derretimiento abre vastas nuevas reservas petrolíferas a la perforación. Podrán perforar y extraer más del mismo combustible fósil que causa precisamente la calamidad que sobreviene. Más derretimiento significa más petróleo y más beneficios; es el mantra de los libres mercaderes que piensan que el mundo solo les pertenece a ellos.

Imaginad ahora que estuviésemos todos dentro de un gran autobús que circula velozmente por una carretera que termina en una caída fatal por un profundo precipicio. ¿Qué hacen nuestros adictos a las ganancias? Corren frenéticamente por todo el pasillo, vendiéndonos almohadas contra golpes y cintos de seguridad a precios exorbitantes. Ya habían calculado esa oportunidad comercial.

Tenemos que alzarnos de nuestros asientos, colocarlos rápidamente bajo supervisión adulta, correr al frente del autobús, apartar rápidamente al conductor, agarrar el volante, reducir la velocidad del autobús y dar media vuelta. No es fácil, pero todavía puede ser posible. En mi caso, es un sueño recurrente.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Somos iguales haciendo

La preocupación esencial de Gabriel Celaya queda patente en este poema, como en tantos de los suyos: entender al hombre (se entiende como tal al ser humano, naturalmente) como hacedor. Esta esencia nos hace iguales, por encima de las modalidades del hacer, las que crean la conciencia (falsa) del carácter natural de las diferencias de clase, la arrogante presunción de que algunos "somos" superiores a los demás. Es difícil renunciar a la superioridad sentida. Incluso al reconocer con humildad la real igualdad de todos nos sentimos mejores que quienes no lo entienden así.

Este ingeniero del verso sabe que es un obrero más.

Humanísimo vate, panteísta amoroso que gozó de la vida. La mirada de amor que nos dirige no es más que una extensión de la mirada que su Amparitxu le dirige a él. No hay sumisión alguna en ninguna de ellas.





Andrés, aunque te quitas la boina cuando paso
y me llamas «señor», distanciándote un poco.
reprobándome —veo— que no lleve corbata,
que trate falsamente de ser un tú cualquiera,
que cambie los papeles —tú por tú, tú barato—,
que no sea el que exiges —el amo respetable
que te descansaría—,
y me tiendes tu mano floja, rara, asustada
como un triste estropajo de esclavo milenario,
no somos dos extraños.
Tus penas yo las sufro. Mas no puedo aliviarte
de las tuyas dictando qué es lo justo y lo injusto.

No sé si tienes hijos.
No conozco tu casa, ni tus intimidades.
Te he visto en mis talleres, día a día, durando,
y nunca he distinguido si estabas triste, alegre,
cansado, indiferente, nostálgico o borracho.
Tampoco tú sabías cómo andaban mis nervios,
ni que escribía versos, —siempre me ha avergonzado—,
ni que yo y tú, directos,
podíamos tocarnos, sin más ni más, ni menos,
cordialmente furiosos, estrictamente amargos,
anónimos, fallidos, descontentos a secas,
mas pese a todo unidos como trabajadores.

Estábamos unidos por la común tarea,
por quehaceres viriles, por cierto ser conjunto,
por labores sin duda poco sentimentales
—cumplir este pedido con tal costo a tal fecha;
arreglar como sea esta máquina hoy mismo—
y nunca nos hablamos de las cóleras frías,
de los milagros machos,
de cómo estos esfuerzos serán nuestra sustancia,
y el sueldo y la familia, cosas vanas, remotas,
accesorias, gratuitas, sin último sentido.
Nunca como el trabajo por sí y en sí sagrado
o sólo necesario.

Andrés, tú lo comprendes. Andrés, tú eres un vasco.
Contigo sí que puedo tratar de lo que importa,
de materias primeras,
resistencias opacas, cegueras sustanciales,
ofrecidas a manos que sabían tocarlas,
apreciarlas, pesarlas, valorarlas, herirlas,
orgullosas, fabriles, materiales, curiosas.
Tengo un título bello que tú entiendes: Madera,
Pino rojo de Suecia y Haya brava de Hungría,
Samanguilas y Okolas venidas de Guinea,
Robles de Slavonía y Abetos del Mar Blanco,
Pinoteas de Tampa, Mobile o Pensacola.

Maderas, las maderas humildemente nobles,
lentamente crecidas, cargadas de pasado,
nutridas de secretos terrenos y paciencia,
de primaveras justas, de duración callada,
de savias sustanciadas, felizmente ascendentes.
Maderas, las maderas buenas, limpias, sumisas,
y el olor que expandían,
y el gesto, el nudo, el vicio personal que tenían
a veces ciertas rollas,
la influencia escondida de ciertas tempestades,
de haber crecido en esta, bien en otra ladera,
de haber sorbido vagas corrientes aturdidas.

Hay gentes que trabajan el hierro y el cemento;
las hay dadas a espartos, o a conservas, o a granos,
o a lanas, o a anilinas, o a vinos, o a carbones;
las hay que sólo charlan y ponen telegramas
mas sirven a su modo;
las hay que entienden mucho de amiantos o de grasas,
de prensas, celulosas, electrodos, nitratos;
las hay, como nosotros, dadas a la madera,
unidas por las sierras, los tupis, las machihembras,
las herramientas fieras del héroe prometeico
que entre otras nos concretan
la tarea del hombre con dos manos, diez dedos.

Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tal la forma de asalto del amor de la nuestra,
la tuya, Andrés, la mía.
Tal la oscura tarea que impone el ser un hombre.
Tal la humildad que siento. Tal el peso que acepto.
Tales los atrevidos esfuerzos contra un mundo
que quisiera seguirse sin pena y sin cambio,
pacífico y materno,
remotamente manso, durmiendo en su materia.
Tales, tercos, rebeldes, nosotros, con dos manos,
transformándolo, fieros, construimos un mundo
contra naturaleza, gloriosamente humano.

Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tales son las dos manos del hombre, no ente abstracto.
Tales son las humildes tareas que precisan
la empresa prometeica.
Tales son los trabajos comunes y distintos;
tales son los orgullos, las rabias insistentes,
los silencios mortales, los pecados secretos,
los sarcasmos, las llamas, los cansancios, las lluvias;
tales las resistencias no mentales que, brutas,
obligan a los hombres a no explicar lo que hacen;
tales sus peculiares maneras de no hablarse
y unirse, sin embargo.

Mira, Andrés, a los hombres con sus manos capaces,
con manos que construyen armarios y dínamos,
y versos y zapatos;
con manos que manejan furiosas herramientas,
fabrican, eficaces, tejidos, radios, casas,
y otras veces se quedan inmóviles y abiertas
sobre ese blanco absorto de una cuartilla muerta.
Manos raras, humanas;
manos de constructores, manos de amantes fieles
hechas a la medida de un seno acariciado;
manos desorientadas que el sufrimiento mueve
a estrechar fuertemente, buscando la una en la otra.

Están así los hombres
con sus manos fabriles o bien sólo dolientes,
con manos que a la postre no sé para qué sirven.
Están así los hombres vestidos, con bolsillos
para el púdico espanto de esas manos desnudas
que se miran a solas, sintiéndolas extrañas.
Están así los hombres y, en sus ojos, cambiadas,
las cosas de muy dentro con las cosas de fuera,
y el tranvía, y las nubes, y un instinto —un hallazgo—,
todo junto, cualquiera,
todo único y sencillo, y efímero, importante,
como esas cien nonadas que pasan o no pasan.

Mira, Andrés, a los hombres, ya sentados, ya andando,
tan raros si nos miran seriamente callados,
tan raros si caminan, trabajan o se matan,
tan raros si nos odian, tan raros si perdonan
el daño inevitable,
tan raros que si ríen nos enseñan los dientes,
tan raros que si piensan se doblan de ironía.
Mira, Andrés, a estos hombres.
Míralos. Yo te miro. Mírame si es que aguantas.
Dime que no vale la pena de que hablemos,
dime cuánto silencio formó tu ser obrero,
qué inútilmente escribo, qué mal gusto despliego.

Mira, Andrés, cómo estamos unidos pese a todo,
cómo estamos estando, qué ciegamente amamos.
Aunque ya las palabras no nos sirven de nada,
aunque nuestras fatigas no puedan explicarse
y se tuerzan las bocas si tratamos de hablarnos,
aunque desesperados,
bien sea por inercia, terquedad o cansancio,
metafísica rabia, locura de existentes
que nunca se resignan, seguimos trabajando,
cavando en el silencio,
hay algo que conmueve y entiendes sin ideas
si de pronto te estrecho febrilmente la mano.

La mano, Andrés. Tu mano, medida de la mía.

jueves, 1 de noviembre de 2018

La física del capitalismo

Hay dos situaciones crecientemente preocupantes que suelen analizarse sin relacionarlas, como dos paralelas que no se encuentran. Por una parte, lo que en tiempos se llamó "la cuestión social". Por otro, lo que ahora mismo consideramos "el desastre ecológico". Nuestra relativa incapacidad para prestar simultáneamente atención a dos cuestiones que no acabamos de vincular nos divide con frecuencia en tribus casi antagónicas. Unos quieren ante todo acabar con las injusticias, otros conservar el planeta con toda su variedad y riqueza. Cada uno piensa que centrarse en un tema distrae del otro.

Si los primeros están divididos y enfrentados según su radicalidad, y subdivididos en muchas congregaciones, unas más reformistas, otras más radicales, tampoco los amigos de la Tierra muestran unanimidad. Unos son sobre todo animalistas, otros ambientalistas, otros preocupados por la previsible penuria de los recursos. Finalmente, los más apocalípticos presienten el fin del mundo.

En realidad, un abordaje holístico de los problemas mostrará que todos tenemos intereses comunes. La creciente desigualdad, con crecimiento simultáneo de la opulencia y la miseria, y la preocupante salud del planeta tienen una causa común, que es el modo de producción capitalista.

La cosa es sencilla. En este sistema, en su fase actual, cualquier inversión es especulativa. Se dirige a los valores en alza, que son los que prometen incremento del capital. Esto no se produce sin crecimiento material, lo que choca con límites de todo tipo. El capital es capaz de cualquier cosa por un beneficio presente, incluso arriesgando posibles pérdidas futuras, en la creencia de que siempre podrán endosarse a otros, trasladándose a campos más prometedores, como la "economía verde" o la reparación de los daños provocados por él mismo, que constituirán nuevas oportunidades de negocio.

La obra de Marx, centrada en el análisis crítico de la economía capitalista que ocupó su vida entera, es la base para entender que los dos problemas tienen la misma causa y no pueden abordarse por separado. En este mismo blog ya dediqué dos entradas a una visión de Marx mucho más amplia de la habitual como "un economista más": una reivindicación del Marx ecologistaMarx y la fractura en el metabolismo universal de la naturaleza.

Ahora encuentro aquí el extracto de un artículo que va un poco más allá, explicando e ilustrando con numerosos datos los fundamentos físicos del gravísimo problema, que se ha de afrontar con extrema urgencia, justo cuando unos prefieren ignorarlo y otros que lo ignoren los demás.

El artículo completo puede descargarse en este enlace.





Erald Kolasi 08/09/2018 

La gente tiende a pensar en el capitalismo en términos económicos. Karl Marx discutió que el capitalismo es un sistema político y económico que transforma la productividad del trabajo humano en grandes beneficios y rendimientos para aquellos quienes poseen los medios de producción [1].

Sus partidarios sostienen que el capitalismo es un sistema económico que promueve mercados libres y la libertad individual [2]. Y tanto detractores como defensores casi siempre miden el impacto del capitalismo en términos de riqueza, renta, salarios y precios, y oferta y demanda. Sin embargo, las economías humanas son complejos sistemas biofísicos que interactúan con un mundo natural más amplio, y ninguna puede ser completamente examinada sin tener en cuenta sus condiciones materiales subyacentes. Mediante la exploración de algunos de los conceptos fundamentales de la física, podemos desarrollar una mejor comprensión de cómo funcionan todos los sistemas económicos, incluyendo las formas en las que actividades capitalistas de alto consumo energético están cambiando la humanidad y el planeta.

Este artículo explicará cómo las características fundamentales de nuestra existencia natural y económica dependen de los principios de la termodinámica, la cual estudia las relaciones entre magnitudes como energía, trabajo y calor [3]. Una firme aprehensión de cómo funciona el capitalismo a nivel físico nos puede ayudar a entender por qué nuestro próximo sistema económico debería ser más ecológico, priorizando la estabilidad a largo plazo y la compatibilidad con la ecosfera global que sostiene a la humanidad.

(…)

Históricamente, el crecimiento económico ha estado en gran medida supeditado a que la gente consumiera más energía de sus entornos naturales [18]. Cuando los humanos eran cazadores y recolectores, el principal recurso que realizaba trabajo mecánico era el músculo humano [19]. Nuestro estilo de vida nómada se mantuvo durante unos 200.000 años, aunque padeció significativas interrupciones tras la Edad de Hielo. A lo largo de milenios, las condiciones ecológicas cambiantes por todo el mundo forzaron a numerosos grupos a adoptar estrategias agrícolas y pastoriles. Las economías agrarias dependían considerablemente de plantas cultivadas y animales domesticados para facilitar la generación de excedentes de alimentos y de otros bienes y recursos. Estos modos de consumo y producción agrarios dominaron en las sociedades humanas durante casi diez mil años, pero con el tiempo fueron reemplazados por un nuevo sistema económico. El capitalismo surgió y se extendió gracias a la expansión colonial, las olas industrializadoras, la proliferación de enfermedades epidémicas, las campañas genocidas contra poblaciones indígenas y el descubrimiento de nuevas fuentes de energía.

La economía global se ha vuelto desde entonces un sistema interconectado de finanzas, ordenadores, fábricas, vehículos, máquinas y mucho más. Crear y mantener este sistema requirió de una gran transición que aumentó la tasa de producción energética a partir de nuestros entornos naturales. En nuestros días nómadas, el índice diario de consumo energético per cápita rondaba las 5.000 kilocalorías [20]. En 1850, el consumo per cápita había aumentado hasta prácticamente 80.000 kilocalorías cada día y desde entonces se ha hinchado hasta alcanzar, hoy, alrededor de unas 250.000 kilocalorías [21]. Desde la perspectiva de la física, el rasgo fundamental de todas las economías capitalistas es una tasa excesiva de consumo de energía centrada en estimular el crecimiento económico y los excedentes materiales. El despliegue colectivo de bienes capitales puede generar niveles increíbles de trabajo mecánico, permitiendo a la gente producir más, viajar grandes distancias y levantar objetos pesados, entre otras actividades. El capitalismo es de lejos más intensivo en energía que cualquier otro sistema económico previo, y ha provocado consecuencias ecológicas sin precedentes que pueden amenazar su misma existencia. Todavía queda sin saber durante cuánto tiempo puede la humanidad sostener las actividades del capitalismo intensivas en energía, pero no hay duda de que la fantasía del crecimiento ilimitado y beneficios fáciles no puede continuar. Todos los sistemas dinámicos deben llegar a un final en algún momento.

Durante los últimos dos siglos, ineficientes economías capitalistas han descargado grandes cantidades de pérdidas energéticas a sus entornos naturales en forma de residuos, químicos, sustancias contaminantes y gases de efecto invernadero. El efecto agregado de todos estos residuos y disipación ha sido, fundamentalmente, alterar flujos de energía críticos por toda la ecosfera, desencadenando una gran crisis social y ecológica en el mundo natural. Esta crisis socioecológica está aún en sus primeras fases, pero ya ha engendrado desastres como la deforestación, el calentamiento global, la acidificación de los océanos y sustanciales pérdidas de biodiversidad [22].

Salvo que haya cambios revolucionarios en nuestro sistema económico, esta crisis solo continuará y se intensificará. Mientras esto ocurre, la acumulación de problemas en el mundo natural amenaza la viabilidad a largo plazo de la civilización global. Los productos que disipamos al medio ambiente pueden ser inútiles para nosotros, pero frecuentemente sirven como reservas de energía para otros sistemas dinámicos. Las pérdidas de energía suelen tener un efecto amplificado sobre la civilización humana, es decir, que sus verdaderos costes son mucho mayores de lo que se puede ver o entender superficialmente. Considérense las condiciones insalubres en ciudades a lo largo de la historia. Las ciudades de las economías premodernas eran típicamente sucias, con basura y deshechos llenando muchos espacios públicos. Esas pérdidas energéticas, empero, fueron una fuente crítica de alimento y nutrientes para una gran variedad de otros organismos vivientes, especialmente insectos y demás animales pequeños que podían sobrevivir en medio de la civilización humana. Cuando estas criaturas se convirtieron en huéspedes de enfermedades letales, la basura humana ayudó a concentrar sus números precisamente en los peores lugares: zonas de alta densidad como las ciudades. En consecuencia, las epidemias normalmente generaron muchas más muertes de las que habrían provocado de otro modo, con la carnicería inconcebible de la peste negra como ejemplo primordial [23]. Hoy día nos enfrentamos a nuestras propias versiones de este antiguo problema, pero a una escala mucho mayor. Hay varios tipos de gases en la atmósfera, conocidos como gases de efecto invernadero, capaces de absorber la radiación calórica que se dirige hacia afuera [24]. Cuando estos gases en la atmósfera atrapan y emiten la radiación de vuelta a la superficie del planeta, grandes cantidades de fotones excitan a los electrones, átomos y moléculas en la superficie hacia mayores niveles energéticos en un proceso llamado efecto invernadero. Estas excitaciones y fluctuaciones adicionales a nivel microscópico representan colectivamente el calor que experimentamos a nivel macroscópico. El efecto invernadero es crítico en el sentido de que hace a la tierra lo suficientemente cálida como para ser habitable [25]. Durante las dos últimas centurias, sin embargo, los países ricos e industrializados han reforzado este proceso natural mediante la inyección en la atmósfera de grandes cantidades de nuevos gases de efecto invernadero, causando, en consecuencia, mayor calentamiento global. Este reforzamiento artificial del efecto invernadero suele actuar como una poderosa reserva energética para otros sistemas dinámicos y fenómenos naturales, incluyendo tormentas, inundaciones, sequías, ciclones, incendios, insectos, virus, bacterias y proliferación de algas [26].

Un planeta en calentamiento también podría reforzar mecanismos positivos de retroalimentación en el clima, capaces de inducir incluso más calentamiento, más allá del que es ya causado por nuestras emisiones de efecto invernadero. Estos mecanismos, como el derretimiento de hielo marino y la descongelación del permafrost, permitirían al planeta absorber mucha más energía solar mientras naturalmente emite vastas cantidades de gases de efecto invernadero [27]. El caos resultante haría que cualquier intento humano por mitigar el calentamiento global fuera en vano. Justo esto es lo que debería preocuparnos: el caos que estamos desatando en el planeta mediante el sistema capitalista encontrará un manera de producir un nuevo orden, uno que amenace a la civilización misma. Mientras el capitalismo se extienda, la crisis ecológica se agravará. Los cada vez más intensos sistemas dinámicos de la naturaleza interactuarán más con nuestras civilizaciones y podrían interrumpir severamente los flujos de energía vitales que sostienen la reproducción social y las actividades económicas. Las regiones con alta densidad poblacional que están a merced de desastres naturales recurrentes son especialmente vulnerables. El ciclón Bhola mató alrededor de 500.000 personas cuando golpeó Pakistán del Este en 1970, provocando una serie de protestas y disturbios masivos que culminaron en una guerra civil y contribuyeron a la creación de un nuevo país, Bangladesh [28]. Numerosos estudios han concluido que la peor sequía que Siria ha sufrido en casi mil años ha sido parcialmente culpable de las tensiones políticas y sociales que culminaron en la actual guerra civil [29]. El clima es un sistema dinámico resiliente, capaz de asimilar muchos cambios físicos distintos, pero esta resiliencia tiene sus límites, y la humanidad se encontrará en graves problemas si sigue intentando transgredirlos.

Estos argumentos destacan una de las grandes fallas de la teoría económica moderna: carece de fundamento científico. Las filosofías económicas ortodoxas, desde el monetarismo hasta la síntesis neoclásica, se centran en describir los efímeros rasgos financieros del capitalismo, confundiéndolos por leyes de la naturaleza inmutables y universales. La teoría económica capitalista ha sido en su mayor parte transformada en una filosofía metafísica cuyo objetivo no es proveer de fundamentos científicos a la economía, sino producir propaganda sofisticada, diseñada para proteger la riqueza y el poder de una élite global. Cualquier explicación científica de la economía debe comenzar por darse cuenta de que los flujos energéticos y las condiciones ecológicas ––no la “mano invisible” del mercado–– dictan los parámetros macroscópicos a largo plazo de todas las economías. Importantes contribuciones en esta línea han venido del campo de la economía ecológica, especialmente de los trabajos seminales de los economistas Nicholas Georgescu-Roegen y Herman Daly, aunque también del ecologista de sistemas Howard Odum [30]. El propio Marx incorporó preocupaciones ecológicas en su pensamiento político y económico [31]. Las aportaciones de estos y otros pensadores revelaron que los rasgos económicos del mundo son propiedades emergentes moldeadas por realidades físicas y condiciones ecológicas subyacentes; entenderlas resulta crítico para cualquier comprensión de la economía.

El pensamiento ecológico difiere de las escuelas ortodoxas de economía de varias maneras fundamentales. La más importante es que la teoría ecológica sostiene que no podemos concebir los residuos y las pérdidas disipativas como “externalidades” y “el coste de hacer negocios” dado cuán importantes estas pérdidas energéticas pueden ser a la hora de moldear la evolución de los sistemas económicos. Lo que los economistas mainstream denominan “externalidades” incluye los productos físicos que tiramos al medio ambiente –cualquier cosa desde contaminantes y basura de plástico hasta químicos tóxicos y gases de efecto invernadero–. Las consecuencias de pérdidas extremas de energía pueden tener un efecto profundo en la futura evolución de los sistemas dinámicos. Como continuamente señalan los científicos, las pérdidas de energía de nuestras economías modernas son tan grandes e intensas que están empezando a alterar de manera fundamental los flujos energéticos de toda la ecosfera, desde el robustecimiento del efecto invernadero hasta el cambio de la química de los océanos. Algunas de estas nuevas concentraciones de energía actúan entonces como reservas que impulsan la formación y funcionamiento de otros sistemas dinámicos, los cuales a menudo perturban las actividades normales de la civilización. He ahí la razón fundamental de que nuestras acciones económicas no puedan ser escindidas del mundo natural: si los efectos asociados con nuestras pérdidas energéticas se tornan lo suficientemente poderosos como para destruir las funciones normales de nuestras civilizaciones, entonces ninguna clase de políticas económicas ingeniosas nos salvará de la ira de la naturaleza.

La mayoría de gente hoy en el poder cree que puede administrar cuidadosamente el capitalismo y prevenir los peores efectos de la crisis ecológica. Una corriente popular de optimismo tecnológico sostiene que la innovación puede resolver los problemas ecológicos fundamentales que enfrenta la humanidad. Han sido propuestas diversas soluciones para arreglar nuestras calamidades ecológicas, desde la adopción de fuentes de energía renovables hasta programas más estrafalarios, como la captura y almacenamiento de carbono. Todas estas ideas comparten la presunción de que el capitalismo por sí mismo no tiene que cambiar, porque las soluciones tecnológicas estarán siempre disponibles para cumplir con más crecimiento económico y un medio ambiente más sano. Desde Beijing a Silicon Valley, los tecnocapitalistas disfrutan discutiendo que el capitalismo puede seguir marchando mediante ganancias en eficiencia energética [32]. La última razón por la que esta estrategia fallará en el largo plazo es que la naturaleza impone límites físicos absolutos a la eficiencia que ningún grado de progreso tecnológico puede superar. El colapso reciente de la Ley de Moore debido a efectos cuánticos es un ejemplo destacado [33]. Otro es la barrera en la eficiencia que el ciclo de Carnot supone para todos los motores de calor prácticos [34].

Pero nuestras preocupaciones más acuciantes tienen que ver con las relaciones subyacentes entre innovación tecnológica y crecimiento económico. La fe en las soluciones tecnológicas nos ayuda a alcanzar mayor innovación tecnológica y crecimiento económico, aumentando las demandas totales sobre el mundo biofísico y la disipación asociada con el sistema capitalista. Podemos examinar estas relaciones mirando, en primer lugar, cómo la gente y los sistemas económicos responden a aumentos de eficiencia. Para tener una idea de si el capitalismo puede aportar grandes mejoras en eficiencia tenemos que desarrollar una teoría general que explique cómo la eficiencia colectiva de nuestros sistemas económicos cambia a lo largo del tiempo.

Cuando mejora la eficiencia del combustible, a menudo conducimos a mayores distancias. Cuando la electricidad se vuelve más barata, encendemos más electrodomésticos. Incluso aquellos que, orgullosos, ahorran energía en casa a través del reciclaje, del compostaje y otras actividades, están más que felices de subirse a un avión y volar por medio mundo en sus vacaciones. La gente suele ahorrar en un área y lo intercambia por gastos en otra. Lo que acabamos haciendo con las ganancias en eficiencia puede ser a veces igual de importante que las ganancias mismas. En estudios ecológicos, este fenómeno es generalmente conocido como la paradoja de Jevons, la cual revela que los pretendidos efectos de las mejoras en eficiencia no siempre se materializan [35]. Formulada por primera vez a mediados del siglo XIX por el economista británico William Stanley Jevons, la paradoja afirma que los aumentos en eficiencia energética son generalmente usados para la acumulación y la producción, llevando a un consumo mayor de los mismos recursos que las mejoras en eficiencia pretendían conservar. Promover la eficiencia lleva a bienes y servicios más baratos, lo cual estimula aún más la demanda y el gasto, implicando el consumo de más energía [36]. Jevons describió por primera vez este efecto en el contexto del carbón y la máquina de vapor. Observó que los avances en eficiencia de las máquinas de vapor habían incentivado más el consumo de carbón en Inglaterra, implicándose de ello que, en realidad, un aumento de eficiencia energética no producía ahorros de energía.

Variantes de esta paradoja son conocidas en economía como el efecto rebote. La mayoría de economistas aceptan que algunas versiones del efecto son reales, pero no están de acuerdo sobre el tamaño y alcance del problema. Algunos creen que los efectos rebote son irrelevantes, arguyendo que las mejoras en eficiencia estimulan menores niveles de consumo energético en el largo plazo [37]. En una exhaustiva revisión de la literatura en la materia, el UK Energy Research Center determinó que las versiones más extremas del efecto rebote probablemente no se apliquen a las economías desarrolladas. Sin embargo, también discutieron que aún podían ocurrir grandes efectos rebote que atravesaran nuestras economías. Llegaron a la siguiente conclusión: “sería un error asumir que (...) los efectos rebote son tan pequeños que pueden ser ignorados. Bajo ciertas circunstancias (por ejemplo, tecnologías energéticamente eficientes que mejoren significativamente la productividad de industrias intensivas en energía), los efectos rebote que alcancen toda la economía pueden exceder el 50%, y podrían incrementar potencialmente el consumo de energía a largo plazo” [38]. El hecho de que efectos rebote significativos que alcancen toda la economía sean posibles nos debería hacer reflexionar sobre la utilidad de estrategias alrededor de la eficiencia en el combate contra la crisis ecológica y el cambio climático. De hecho, todo este argumento oscurece una incertidumbre más importante: el problema de si las mejoras en eficiencia pueden llegar lo suficientemente rápido como para aliviar las peores consecuencias de la crisis ecológica, las cuales todavía van por delante de nosotros. Dadas las mecánicas e incentivos del capitalismo, deberíamos tener cuidado con el actual encaprichamiento respecto al optimismo de la eficiencia.

Es común que los sistemas económicos usen nuevas fuentes de energía para expandir la producción, el consumo y la acumulación, no para mejorar fundamentalmente la eficiencia. Desde el cultivo de plantas y la domesticación de animales a la quema de combustibles fósiles y la invención de la electricidad, el manejo y descubrimiento de nuevas fuentes de energía ha producido generalmente más sociedades intensivas en energía. Aunque cualquier sistema económico puede ganar en eficiencia, esto es incidental y secundario respecto al objetivo más amplio de la acumulación. La eficiencia total de un sistema económico es altamente inercial, cambiando con gran lentitud. Vemos este exacto proceso desarrollándose ahora con las emisiones de gases de efecto invernadero, a pesar de que la crisis ecológica se extiende bastante más allá de esta problemática. Líderes políticos y empresariales han esperado durante años que el progreso tecnológico nos entregue, de algún modo, mayores índices de crecimiento económico y una acentuada reducción de la emisión de gases de efecto invernadero. Las cosas no han ido según el plan. El año 2017 vio un aumento global sustancial de emisiones dañinas, desafiando incluso la más modesta de las metas del Acuerdo de París [39]. Incluso antes de esto, Naciones Unidas había advertido de una brecha “inaceptable” entre las promesas gubernamentales y la reducción de emisiones necesarias para prevenir algunas de las peores consecuencias del cambio climático [40]. Los retos por estimular la eficiencia son más aparentes cuando vemos el capitalismo a escala global: aunque muchos países desarrollados hayan tomado medidas modestas pero mensurables en su eficiencia colectiva, esas ganancias han sido socavadas por las economías en desarrollo aún en el proceso de industrialización [41]. Evidentemente, los cambios sustanciales en la eficiencia colectiva de cualquier sistema económico raramente se materializan en periodos cortos de tiempo. El crecimiento tecnológico bajo el régimen capitalista entregará algún progreso adicional en eficiencia, pero ciertamente no suficiente para prevenir las peores consecuencias de la crisis ecológica.

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Notas


[1] Karl Marx, Capital, vol. 1 (Londres: Penguin, 1976), 929–30.

[2] Edward W. Younkins, Capitalism and Commerce (Nueva York: Lexington, 2002), 57.


[3] Peter Atkins, Four Laws That Drive the Universe (Oxford: Oxford University Press, 2007), prefacio.

(…)

[18] Numerosos estudios alrededor del mundo han mostrado una poderosa relación entre uso de energía y crecimiento económico. Para un análisis de la relación estadística entre uso de energía y crecimiento del PIB mundial, véase Rögnvaldur Hannesson, “Energy and GDP growth”, International Journal of Energy Management, 3 (2009): 157–70. Para un importante estudio sobre la vinculación entre energía y renta en ciertos países asiáticos, John Asafu-Adjaye, “The Relationship Between Energy Consumption, Energy Prices, and Economic Growth: Time Series Evidence from Asian Developing Countries”, Energy Economics, 22 (2000): 615–25. Para una revisión general de las maneras en que el uso de energía ha determinado la historia humana, véase Vaclav Smil, Energy and Civilization (Cambridge: MIT Press, 2017).

[19] Vaclav Smil, Energy in Nature and Society (Cambridge: MIT Press, 2008), 147-49.

[20] Jerry H. Bentley, “Environmental Crises in World History”, Procedia – Social and Behavioral Sciences, 77 (2013): 108–15.

[21] Bentley, 113.

[22] Robert Falkner, “Climate Change, International Political Economy and Global Energy Policy”, en Andreas Goldthau, Michael F. Keating, and Caroline Kuzemko (eds.), Handbook of the International Political Economy of Energy and Natural Resources (Cheltenham: Elgar, 2018), 77-78.

[23] Edward Humes, Garbology: Our Dirty Love Affair with Trash (London: Penguin, 2013), 30.

[24] W. J. Maunder, Dictionary of Global Climate Change, (New York: Springer, 2012), 120.

[25] Maunder, Dictionary of Global Climate Change, 120.

[26] Uno de los grandes artículos relacionando cambio climático e incendios forestales en Estados Unidos salió en 2016; véase John T. Abatzoglou y A. Park Williams, “Impact of Anthropogenic Climate Change on Wildfire across Western US Forests”, PNAS, 113 (2016): 11770–75. Para una guía comprensiva de algunas investigaciones recientes sobre huracanes y cambio climático, véase Jennifer M. Collins y Kevin Walsh, eds., Hurricanes and Climate Change, vol. 3 (New York: Springer, 2017). Para una revisión del rol que el cambio climático juega en la difusión de enfermedades infecciosas, véase Xiaoxu Wu et al., “Impact of Climate Change on Human Infectious Diseases: Empirical Evidence and Human Adaption”, Environment International, 86 (2016): 14–23. Para la relación entre cambio climático y proliferación de algas, Daniel Cressey, “Climate Change Is Making Algal Blooms Worse”, Nature, 25 de abril, 2017.

[27] Jonathan A. Newman et al., Climate Change Biology (Oxfordshire: CABI, 2011), 220–21.

[28] Alan H. Lockwood, Heat Advisory: Protecting Health on a Warming Planet (Cambridge: MIT Press, 2016), 103.

[29] Bruce E. Johansen, Climate Change: An Encyclopedia of Science, Society, and Solutions (Santa Barbara: ABC–CLIO, 2017), 19–20.

[30] Uno de los mayores trabajos tratando de fundamentar la economía en la física es el de Nicholas Georgescu-Roegen, The Entropy Law and the Economic Process (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1971). Los argumentos iniciales de Georgescu-Roegen han sido refinados y desarrollados por subsiguientes generaciones de pensadores que reconocen que la actividad económica está constreñida por leyes físicas. Entre ellos estuvo Herman Daly, uno de los grandes exponentes de la idea de que el crecimiento económico no durará para siempre, cuyo trabajo ha tenido una profunda influencia en el movimiento ecologista. Para un sucinto repaso de su pensamiento, véase Herman E. Daly, Beyond Growth (Boston: Beacon, 1997). Puede que el más grande ecologista de sistemas fuera Howard Odum, quien llevó a cabo un trabajo magistral explicando los mecanismos que enlazan las sociedades humanas con sus entornos naturales. Para una explicación de sus teorías, véase Howard Odum, Environment, Power, and Society for the Twenty-First Century (New York: Columbia University Press, 2007).

[31] John Bellamy Foster, Marx’s Ecology (New York: Monthly Review Press, 2000), 9–10.

[32]  Para una explicación académica formal de esta perspectiva, véase Lea Nicita, “Shifting the Boundary: The Role of Innovation”, in Valentina Bosetti et al., eds., Climate Change Mitigation, Technological Innovation, and Adaptation (Cheltenham: Elgar, 2014), 32–39.

[33] Tom Simonite, “Moore’s Law Is Dead. Now What?” MIT Technology Review, 13 de mayo, 2016.

[34] Atkins, Four Laws That Drive the Universe, 51-52.

[35]  John Bellamy Foster, Ecology Against Capitalism (New York: Monthly Review Press, 2002), 94.

[36] Foster, Ecology Against Capitalism, 94.

[37] Evan Mills, “Efficiency Lives—The Rebound Effect, Not So Much,” ThinkProgress, 13 de septiembre, 2010, http://thinkprogress.org/.

[38] Steven Sorrell, The Rebound Effect (London: UK Energy Research Centre, 2007), 92.

[39] Jeff Tollefson, “World’s Carbon Emissions Set to Spike by 2% in 2017,” Nature, 13 de noviembre, 2017.

[40] Fiona Harvey, “UN Warns of “Unacceptable” Greenhouse Gas Emissions Gap,” Guardian, 31 de octubre, 2017.

[41] Nijavalli H. Ravindranath and Jayant A. Sathaye, Climate Change and Developing Countries (New York: Springer, 2006), 35.