El punto de vista es determinante para nuestra percepción de la realidad. Desde la altura lo observado se empequeñece y pierde importancia. La tripulación de un bombardero puede desentenderse de las pavorosas escenas que provoca y apenas percibe.
"Mirar para otro lado" es una expresión que se ha puesto de moda en estos tiempos de mala conciencia. A diferencia de lo que se ve desde la altura se refiere a algo cercano, difícil de ignorar. En ambos casos el espectador conserva sentimientos compasivos y es por eso mismo que decide pasar por alto el sufrimiento ajeno para no hacerlo propio. La excepción sería el psicópata impasible o el morboso sadomasoquista.
La barrera entre un "nosotros" de sentimientos compartidos y un "ellos" ajeno tiene una notable elasticidad. Se aleja o se acerca en función del enfoque de la cámara. Es más fácil "con-sentir" (sentir con...) alguien individualizado en primer plano que con una multitud abarcada en un plano general. Nos conmovió más fácilmente la muerte del pequeño Aylan que la de decenas de miles de niños gazatíes.
Por eso importa desplazar la cámara y ver las cosas "desde el otro lado". En el artículo que sigue se aplica este cambio de plano a contraplano, comparando el éxodo desesperado de quienes huyen de la muerte y la miseria y la reacción xenófoba que provoca en medios de la derecha y la ultraderecha con el exilio de los españoles que huyeron a Francia para escapar de la muerte a manos de los fascistas, hace ya casi nueve décadas. También hubo entonces una repugnante xenofobia, agitada desde los medios reaccionarios.
Y fue muy poco después cuando en Francia se pudo sentir también el pavor que movía a aquellos otros fugitivos "invasores".
Como este caminante, erramos sobre un mar de niebla y hay que esforzarse para ver lo que se nos quiere ocultar.
No mires hacia abajo, pero sobre todo ¡no mires arriba!
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| Agentes de la Guardia Civil controlan la frontera, a 1 de agosto de 2026, en Ceuta. EUROPA PRESS |
Ceuta, óleo sobre lienzo. Los digitales internacionales ilustran sus noticias con una fotografía de AFP. En primer plano, de espaldas, un guardia civil contempla la inmensidad igual que el caminante del famoso cuadro de Caspar David Friedrich. Nuestro caminante, sin embargo, no observa un mar de nubes sino una masa indiferenciada de personas que avanzan hacia él. Hacia nosotros. El plano picado impone sus jerarquías. El espectador asume la perspectiva del guardia civil mientras los migrantes se desdibujan hasta convertirse en una mancha sin rostro ni forma. Una imagen no es un dispositivo de representación neutral sino una tecnología que guía nuestra mirada.
Por motivos obvios, los fotoperiodistas han asumido casi sin querer la mirada europea. En una gran mayoría de las fotografías publicadas, los migrantes vienen. Rara vez vamos con ellos. Conocemos el lugar al que llegan pero no vemos el lugar del que escapan. Algunas veces, la lente se aproxima y da voz a alguno de los jóvenes, lo personaliza, lo vuelve de inmediata carne y hueso. El problema es que la proximidad no refleja por sí sola la dimensión del acontecimiento. Por eso los planos son casi siempre generales y se acompañan de gélidas cifras. 72.000 migrantes. 141 muertos. 1.098 menores. La cámara de fotos se convierte en una calculadora. En una cámara frigorífica.
Después del vendaval viene una falsa calma. El Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes rebosa por los cuatro costados, así que los migrantes subsaharianos esperan en el limbo administrativo de la playa del Trampolín. No hay mucho que hacer salvo formar cola frente a las furgonetas de la Cruz Roja, ducharse y disputarse los escasos espacios de sombra. Algunos garabatean la palabra “asilo” sobre cartones y los muestran a la prensa. Las fotografías del Trampolín recuerdan remotamente las viejas estampas de la playa de Argelès-sur-Mer, donde las autoridades francesas retenían a los fugitivos de la guerra civil española.
Es 1939. El diario Le Matin denuncia la "invasión de refugiados españoles" y muestra una caravana de mujeres, ancianos y niños cargados con enormes petates. "Francia está invadida", dice La Garonne. "Francia se convierte en el vertedero de todos los españoles indeseables y subversivos", dice Le Figaro. Candide los llama "el ejército del crimen". L’Indépendant des Pyrénées-Orientales los tacha de "bárbaros". Para L’Époque son "despojos humanos". El diputado Jean Ybarnégaray, que terminará engrosando el Gobierno de Vichy, rechaza la acogida de republicanos: "Francia no puede soportar este peso aplastante sobre sus hombros".
La entrada de las tropas alemanas en París demostró que los enemigos de Francia no eran los refugiados que cruzaban la frontera sur sino los colaboracionistas que dictaban titulares xenófobos desde sus redacciones patrias. Hoy la Europa fortaleza, arrojada en brazos del fanatismo ultra, sincroniza sus discursos con Donald Trump, Benjamín Netanyahu y Mohammed VI. El ministro italiano de Exteriores, Antonio Tajani, difunde el bulo de que la regularización extraordinaria de migrantes en España implica la concesión de la nacionalidad. Los gobiernos de Italia, Finlandia y Dinamarca parecen ignorar en sus declaraciones el régimen especial de Ceuta respecto al espacio Schengen.
Algunos de los políticos y periodistas más exaltados han demostrado que a duras penas sabrían ubicar Ceuta en el mapa. No es una hipérbole: el vicepresidente de EEUU, J. D. Vance, divulgó un vídeo de Fox News sobre la crisis migratoria "en el norte de España". El youtuber trumpista Nick Shirley se agenció un traductor y viajó hasta "Cueta" para preguntarse si la ciudad estaba padeciendo una "invasión". Tuvo que salir por patas a una velocidad solo igualada por el plusmarquista Vito Quiles. "Esto es Ceuta, no Torre Pacheco", gritan los ciudadanos ceutíes ante la oleada de alvises, núcleos nacionales y nazis del misterio.
La internacional camorrista ha terminado reculando a la espera de que salte la próxima oportunidad, una pandemia, un volcán, un apagón, una DANA, el río revuelto donde arrojan el cebo los pescadores de incautos. Algunas almas cándidas proponen "ayudar en origen" a nuestros vecinos africanos para que no se vean empujados a emigrar. El caso es que Europa ha emprendido el camino contrario: delegar el control fronterizo en los mismos regímenes autoritarios que abocan a sus ciudadanos a la miseria. Para muestra, la financiación italiana de la Guardia Costera libia, el memorando con Túnez o los retornos forzosos pactados con Turquía.

El único que cruza fronteras bajo palio y en andas es el capital.
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