lunes, 29 de marzo de 2021

¿Qué es el neoliberalismo? (y III)

Uno de los peores efectos del neoliberalismo para la sociedad es el individualismo extremo que ha fomentado. A los efectos causados por la atomización real de los intereses particulares, al fragmentar y descoyuntar todo el sistema económico, se suma el efecto ideológico que crea esta interpretación de la realidad. El "qué hay de lo mío" es la consecuencia extrema del "qué hay de lo nuestro", cuando "lo nuestro" se va reduciendo constantemente, hasta llegar, no ya a "la célula de la sociedad" que es la familia, sino al "átomo de la sociedad" individual y solipsista. No es casual la desestructuración familiar y el desamparo que tantos sufren, eco de la entera desestructuración social y económica.

"No hay tal cosa como la sociedad, solo hay individuos", se atrevió a decir aquella que gobernaba con su ferruginoso talante una de las sociedades otrora más extensas, todavía muy poderosa, de cuya existencia ella misma no podía dudar.

Los mismos que niegan lo colectivo se aúnan según sus propios intereses. Los grandes clústeres y las sociedades anónimas han creado un nuevo tipo de democracia. En ella, por el intermedio de sus poseedores, votan con total racionalidad las acciones que poseen.

Termina aquí la breve reseña histórica del neoliberalismo, que introduje aquí y continué aquí.


La descolectivización de la sociedad

Neoliberalismo, más que una doctrina económica

Representación humorística de la manipulación televisiva. Autor: Tumisu. Fuente: Pixabay























Tras los fracasos neoliberales, el lector o lectora podría pensar que sería, pues, el momento de cambiar el rumbo y probar con otras políticas macroeconómicas. Nada más lejos de la realidad. La principal causa de la supervivencia de estas tesis es que la influencia del neoliberalismo no fue solo económica, sino también social. Del colectivismo y la solidaridad, se ha pasado a una individualización exacerbada y una nueva concepción de los problemas sociales, tales como la pobreza o la desigualdad, en la que se responsabiliza a cada persona exclusivamente de los mismos.

Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado por intelectuales como el periodista inglés Owen Jones, que en su libro Chavs: The Demonization of the Working Class, analiza la situación de la clase obrera en la sociedad británica post-tatcher. Jones explica las consecuencias del legado de Thatcher en la sociedad británica. Esta negaba la existencia de una sociedad y calificaba el concepto de ‘’clase’’ como un término marxista. Bajo estas ideas, reside la concepción de que el individuo es totalmente responsable de su devenir y se materializa en idearios como la cultura del esfuerzo o la meritocracia.

Así pues, se ha ejecutado un proceso de demonización de la clase obrera en el que se la juzga de vaga y zafia, en el que los medios de comunicación hegemónicos han jugado un papel decisivo, mostrando como representativos a los chavs, en español chonis o canis, de toda una clase social. De esta forma, alrededor del 80% de la población se clasifica como clase media, cuando en realidad este porcentaje es de apenas el 50%, lo que demuestra un estigma hacia la clase obrera y la sobreestimación de su capacidad para ascender socialmente, pues una sociedad meritocrática es más un anhelo que una realidad.

Asimismo, la transformación de la doctrina neoliberal de heterodoxa a ortodoxa ha cerrado las puertas a teorías alternativas en la ciencia económica y ha permitido la predominancia de economistas neoliberales en la disciplina. En las últimas décadas, la mayoría de los famosos premios Nobel han sido otorgados a este tipo de economistas (o, como poco, liberales), demostrando la convivencia entre el capital y las altas instancias académicas.

En el ámbito social, algunos economistas, en su mayoría hombres con trajes caros, han ido aumentando su presencia en las tertulias televisivas a dibujar curvas perfectas para ejemplifiar su éxito y difundir las tesis neoliberales. De esta manera, se han extendido premisas económicas falsas entre la sociedad, como que la reducción de impuestos aumenta la recaudación estatal o que las empresas privadas son más eficientes que las públicas, las cuales se han convertido en verdades incontestables, a través de estos pseudocientíficos, que responden a intereses económicos y personales muy concretos.

Últimamente, tratan de pronosticar el aumento del paro con la subida del salario mínimo o el desabastecimiento de mascarillas con la fijación de un precio máximo. Y, aunque no paran de equivocarse, parece que no se consigue quitar el chicle, que representan sus falacias neoliberales, de la suela del zapato. Sin esta revolución social y sin la difusión encubierta y continuada de sus tesis en los medios de comunicación, el neoliberalismo no podría haber repetido receta en 2008.

Con el poder de los sindicatos aniquilado, una izquierda carente de proyecto alternativo tras el shock de la caída de la URSS (1991) y una sociedad descolectivizada, los neoliberales tenían vía libre para aplicar sus medidas de ‘’austeridad’’. De nuevo, una desvirtuación de otro término, cuya crítica ha liderado Pepe Mujica (ex-presidente uruguayo) como ejemplo de la austeridad personal, en la que se han enmascarado como austeridad las políticas neoliberales, que han provocado un nuevo aumento de la desigualdad en los últimos años.

En este caso, el ex-presdiente estadounidense Barack Obama efectuó políticas relativamente keynesianas tras la caída del conglomerado Lehman Brothers en 2008, pero la Unión Europea (UE), bajo el férreo liderazgo de la canciller alemana Angela Merkel, aplicó la receta neoliberal (de la que ahora parece haberse olvidado), mostrándose en extremo preocupada por la deuda de países como Portugal, España o Grecia, pero muy poco por la realidad social de las clases populares en los mismos. Estas políticas, además de nefastas consecuencias económicas, han desencadenado un aumento generalizado del euroescepticismo.


Reacción social y lucha colectiva

Manifestación durante las Marchas de la Dignidad en Zaragoza en 2018. Autor: AraInfo. Fuente: Flickr. (CC BY-SA 2.0.)





















Ante este panorama, la crisis del coronavirus representa otro desafío para la clase política. En países como EEUU o Brasil, parece que las tesis neoliberales van a seguir representando un papel central, al amparo de ultraderechistas como Donald Trump o Jair Bolsonaro, respectivamente. Por otro lado, hay razones para ser optimistas, ya que la UE muestra síntomas de haber aprendido al fin de sus errores y ha manifestado su intención de inyectar dinero en las economías de los países europeos más castigados por el coronavirus y hasta el Fondo Monetario Internacional (FMI) apuesta por ‘’gastar, gastar, gastar’’, lo que seguramente le causaría urticaria a Milton Friedman y se la debe estar causando a Juan Ramón Rallo.

Aun así, como se ha venido señalando a lo largo del artículo, la influencia del neoliberalismo no es solamente económica, sino también social y política. Una sociedad despolitizada y que no es capaz de emprender proyectos y luchas colectivas, representa una presa fácil para estas doctrinas y, por tanto, favorecerá el enriquecimiento de las clases altas, a costa del empobrecimiento de la clase obrera.

El neoliberalismo ha resucitado en el imaginario colectivo las ideas proyectadas por teorías pseudocientíficas como el darwinismo social, con la premisa de que las personas si se esfuerzan pueden conseguir lo que deseen, el que es pobre lo es porque no ha hecho lo suficiente y los problemas mentales se solucionan haciendo ejercicio y teniendo pensamientos positivos.

Un imaginario en el que, cuando hay una crisis provocada por la negligencia de las élites económicas y políticas, se vende a la gente de a pie que «ha vivido por encima de sus posibilidades» y que hay que «apretarse el cinturón». Al mismo tiempo, la inmensa mayoría de las personas ricas ya nacieron ricas o con privilegios de clase y usan su influencia política y la ingeniería fiscal para conseguir amplios dividendos. De hecho, el número de ricos aumentó durante la pasada crisis económica.

Solamente desde el activismo social y desde la concienciación colectiva se puede hacer frente a los ataques del neoliberalismo al Estado del Bienestar y a la desigualdad creciente en todo el globo, como se demostró durante las movilizaciones extendidas por casi todo el mundo entre 2011 y 2014 (el 15-M en España, YoSoy132 en México o OccupyWallStreet en Estados Unidos).

viernes, 26 de marzo de 2021

Amor y revolución

No es la ciencia fría la que mueve el mundo. Incluso el amor por la ciencia es amor. No hay movimiento sin un impulso que surja de un sentimiento, de un anhelo. Por eso la inteligencia artificial no es inteligencia. Será otra cosa, porque no hay inteligencia desligada de alguna emoción.

Ligado inseparablemente el amor al aspecto más afectivo de la sexualidad, o más directamente al sexo mismo, es indudable que los tabúes e imaginarios que rodean esta acepción de la palabra influyen en las demás interpretaciones. Y toda una serie de estereotipos y contrastes (fuerte-débil, duro-blando, valiente-cobarde, dominador-sumiso... y el más determinante odio-amor) se han adherido al concepto básico, de manera que podemos experimentar un extraño pudor al hablar del amor. 

Razón y sentimiento se han disociado falsamente, como lo han sido ciencia e ideología, olvidando que no hay ciencia sin un motor ideológico, y que sus propias interpretaciones son fruto de ideas inseparables de pre-juicios y prácticas socialmente aprendidas y que queremos mantener (obsérvese: ¡"queremos"!).

Claro que si el amor nos mueve a la acción, acabaremos necesitando de la razón y del cultivo de la ciencia en su más amplio sentido para una actuación... inteligente. Por eso no hay nada excluyente entre el amor y el amor al estudio y el conocimiento.

Este artículo reivindica el papel del sentimiento de amor a los oprimidos, a un mundo más justo, mucho más fuerte que el conocimiento sin más, en la heroica resistencia que los revolucionarios han mantenido en las difíciles condiciones de la represión, como es el caso de los comunistas bajo el fascismo.

La ciencia acude en auxilio del sentimiento. Sin él no habría interés por cultivarla.

Como dice Monereo:

No conozco a nadie que aguantara torturas, puñetazos, patadas y demás caricias por sostener que la llamada tendencia al descenso de la tasa media de ganancia era una verdad empíricamente demostrable o, al menos, falsable.





Manolo Monereo

  • "Siempre ha estado ahí y nos acompañó desde el principio, casi nunca hablábamos de ello; nos daba vergüenza. Me estoy refiriendo al amor, al amor revolucionario que fundamentó nuestro compromiso político"
  • "El movimiento obrero histórico socializó la política, la sacó del palacio y la convirtió en ética colectiva"
  • "Creer que las clases dominantes no se aprovecharán de la desigual correlación de fuerzas y que habrá un “nuevo reformismo” impulsado por los de arriba es no entender la lucha de clases y, lo peor, no haber aprendido nada de la época neoliberal"


Para el Partido Comunista de España en su centenario

Siempre ha estado ahí y nos acompañó desde el principio, casi nunca hablábamos de ello; nos daba vergüenza. Me estoy refiriendo al amor, al amor revolucionario que fundamentó nuestro compromiso político. Militar, organizarse, luchar en condiciones de clandestinidad era una tarea difícil y a contracorriente. Estábamos en peligro, teníamos miedo y nunca dejamos de combatir. Amor sin sentimentalismos. Más o menos.

Recuerdo uno de nuestros interminables debates sobre el status científico de la obra de Marx. El pobre Althusser siempre estaba por medio. El marxismo era una ciencia y esa era su fuerza. A partir de ahí, disquisiciones varias y el esfuerzo de cada día contra el franquismo, por conquistar las libertades y por traer un nuevo régimen que hiciera más viable el proyecto socialista. Marxismo ¿solo ciencia? Había mucho más pero nunca hablábamos de ello.

Los protagonistas no éramos los estudiantes, los universitarios ni nuestros doctos profesores de los varios marxismos existentes. Los verdaderos protagonistas eran los trabajadores, los campesinos, los jornaleros. El Partido Comunista nunca desapareció de nuestros pueblos, de nuestras ciudades, de nuestras fábricas. Unas veces difuso, otras organizado y, más allá, como comunidad de memoria y acción. Pasar por comisaría, caer en manos de la brigadilla de la Guardia Civil o de la Brigada Político-Social era algo muy duro pero que enseñaba mucho. Te medía en tu compromiso con unos ideales que te habían llevado a organizarte y ser parte de un proyecto colectivo. Cuidado, se nos enseñó a militar, es decir, a evitar las detenciones sin dejar de luchar. Era común en aquella época —sobre todo por los escasos socialistas que conocíamos— decir que los comunistas sacrificaban a sus militantes y lo que realmente había que hacer era esperar a que las contradicciones internas del régimen lo llevaran a su crisis definitiva. La clave eran las potencias democráticas que nos ayudarían a una transición ordenada y pacífica. ¿Para qué comprometerse?

No conozco a nadie que aguantara torturas, puñetazos, patadas y demás caricias por sostener que la llamada tendencia al descenso de la tasa media de ganancia era una verdad empíricamente demostrable o, al menos, falsable. Conocí a decenas, a centenares (el Partido es memoria de sufrimiento y ejemplo) de comunistas que aguantaron con firmeza en los calabozos del franquismo por no delatar a un camarada, por no descubrir el aparato de propaganda o simplemente porque no estaban dispuestos a colaborar con el poder franquista; ni agua. Conocí, en el campo andaluz o extremeño, que ser comunista se pagaba a precio alto, a camaradas (palabra sagrada) detenidos, callados como tumbas para no delatar a sus enlaces o los miembros de su célula. Lo peor era cuando te ponían delante a madres, compañeras e hijos. No quiero seguir por este lado. Ver golpear tu hija y sellar la boca te marcaba para siempre. La mayoría aguantaban y eran enviados a la cárcel; muchas veces era una liberación, la comisaría era mucho peor. Hablo de los años sesenta y setenta, hasta la llegada de Adolfo Suarez a la presidencia del Gobierno. Antes de esa época la tortura y las palizas eran lo menos que te podía pasar. La muerte siempre acechaba.

La otra cara eran las compañeras. Nosotros, siempre heroicos, en la cárcel, ellas, con los hijos buscándose la vida, sufriendo humillaciones sin fin, sin dinero y, muchas veces, con la vergüenza de tener el marido en la cárcel. Siempre había capacidad para llevar algo a los presos y parecer firme ante un marido al que la cárcel cambiaba y que te miraba de forma tan singular. Aquello no era vida, pero había fe, confianza en el futuro y sentido de pertenencia: estábamos en el lado bueno de una historia que definitivamente queríamos convertirla en pre-historia. Sin pasión no hay revolución.

No, no todos fuimos iguales en la lucha por las libertades, por los derechos laborales y sindicales, por los derechos nacionales de los pueblos de España. No, no todos fuimos iguales. Un viejo amigo, Pepín Vidal-Beneyto, me contó una anécdota que explicaba muchas cosas. Pepín estaba poniendo en pie la asociación “Memoria Democrática” con la idea de recuperar un pasado de resistencia y lucha, de dignificar a personas que habían destacado singularmente. Fue a hablar con Felipe González. Le propuso una especie de medalla para los luchadores sociales, políticos y sindicales más sobresalientes. El presidente del Gobierno dijo no con rotundidad: ¿qué quieres, que terminemos condecorando a todo el Comité Central del PCE? Esto enseña muchas cosas de lo que pasó y, si se me aprieta, de lo que todavía nos pasa después de un 23F de mentira y de enésimo intento por construir un imaginario político que la Familia Real se encarga de destruir cada mañana.

En momentos de “contra)revolución preventiva”, de “anticomunismo sin comunistases bueno preguntarse por nuestra historia: ¿qué hizo que miles de hombres y mujeres, millones de obreros, trabajadores, campesinos y jornaleros se organizaran, se dotaran de un proyecto e hicieran del conflicto social un instrumento eficaz para mejorar condiciones de trabajo y vida? Me refiero a Europa, pero podíamos hablar del movimiento obrero norteamericano o de las luchas sociales de una Latinoamérica que se iba poniendo en pie. Fue la 3ª Internacional la que lo cambio todo, no en el centro como se esperaba, sino en las periferias del capitalismo imperialista. La lucha de clases llevo a la lucha armada y a los movimientos de liberación nacional. El mundo cambiaba de base de verdad y se iniciaba el declive de Occidente. Nada se pierde en la historia secular por la emancipación.

La pregunta sigue ahí: ¿qué hizo, qué hace que personas normales, corrientes se rebelen, creen un sector público voluntario y, lo más importante, tengan la osadía de luchar por un proyecto alternativo de sociedad y de poder basado en el trabajo? La solidaridad, el afecto y la pasión justiciera. Sin esto nada fue posible; sin esto nada es posible. Las luchas sociales en las minas, en las fábricas, en los latifundios se combinaron, donde se pudo, con la construcción de grandes partidos de integración de masas, con una compleja red de asociaciones, cooperativas y mutualidades. En la tradición marxista del movimiento obrero fue apareciendo un tipo de relación especifica entre pasión y conocimiento, entre el querer y el poder. Conocer el mundo para cambiarlo; dotarse de la mejor ciencia disponible, forjar conocimientos y organizar la acción colectiva políticamente guiada. Así una y otra vez. Conflicto, lucha, organización y compromiso político al servicio de una ética socialista.

Los “comunes y corrientes” cambiaron la democracia realmente existente y pusieron al capitalismo a la defensiva. El miedo a la revolución fue tan grande, es tan grande, que hoy, derrotada y calumniada, sigue estando en el centro de las preocupaciones de los que mandan impedir, bloquear, criminalizar el imaginario crítico y revolucionario de unas sociedades sometidas a la inseguridad, la incertidumbre y el miedo; miedo que empieza, de nuevo, a ser una segunda piel. Cambió la política. De arte para manejar a los hombres (a las mujeres ni se las tenía en cuenta) a arte para construir un proyecto colectivo de liberación social y, en medio mundo, nacional. ¿Olvidar a Lenin? No, gracias.

No se trata de reivindicar —que también— la íntima relación existente entre política revolucionaria y pasión, afecto, compromiso moral. La cuestión es otra: sin esta pasión colectiva organizada no habrá revolución, transformación social, defensa de las libertades públicas y los derechos sociales, ni democracia tal como la hemos conocido hasta el presente. El movimiento obrero histórico socializó la política, la sacó del palacio y la convirtió en ética colectiva. La resultante en Occidente fue el Estado Social y la democracia constitucional. Delante de nuestros ojos se está produciendo la “gran regresión”: el retorno a las democracias oligárquicas, plutocráticas, en forma de una norteamericanización de la vida pública, precisamente cuando en su territorio de origen está en crisis terminal.

La “gran regresión” y el “gran reset” son las dos caras de un capital a la ofensiva que quiere escribir el futuro a su imagen y semejanza. Creer que las clases dominantes no se aprovecharán de la desigual correlación de fuerzas y que habrá un “nuevo reformismo” impulsado por los de arriba es no entender la lucha de clases y, lo peor, no haber aprendido nada de la época neoliberal. El keynesianismo (no confundir con Keynes y su obra) fue la respuesta histórica del capitalismo a una de sus crisis más duras, a las nuevas formas de organización de la producción y, sobre todo, a una correlación de fuerzas desfavorable. El capitalismo monopolista-financiero dominante está preparando una nueva revolución tecnológica, productiva y social; anticipando escenarios, adelantado acontecimientos, intentando sacar ventaja; aprovechando la pandemia, es decir, la desmovilización y el temor para imponer sus decisiones con el beneplácito, esta vez sí, de la entera clase política que cree que estar en condiciones de gobernar el proceso y ponerle el bozal a la bestia.

¿Qué es el neoliberalismo? (II)

Así como las ideas de Keynes fueron en su momento la tabla de salvación del capitalismo frente a la crisis de 1929, las del grupo reunido en Mont Pelerin en 1947 dieron pie a la respuesta neoliberal, que reconduciría la trayectoria de este sistema económico cuando llegó el momento oportuno.

En realidad, el New Deal de Roosevelt no pudo dar plenamente sus frutos hasta que las devastaciones de la Segunda Guerra Mundial obligaron a una gran reconstrucción, en unas condiciones en que que la Guerra Fría obligó a un pacto social y al desarrollo de cierto "estado de bienestar".

Nuevamente otra crisis, en 1973, mostró el agotamiento de esta fórmula, y entonces se desempolvó la vieja formulación de los economistas neoliberales.

Claro que liberal no parece ser lo mismo que amante de la libertad. Por algo el ensayo general lo hicieron en el Chile de Pinochet.

Sigue la segunda parte del repaso a este modo de entenderla. La primera, aquí.



Movilizaciones sociales y construcción del Estado del Bienestar

Concentración estudiantil durante las protestas francesas de mayo de 1968





















Sin embargo, en los años 50 y 60, la doctrina neoliberal todavía tiene una influencia casi inexistente en la política, pero también en la sociedad y las clases populares. Estos son años de efervescencia socialdemócrata, en los que se construyen los pilares del Estado del Bienestar en las democracias occidentales. El Estado aumenta considerablemente su presencia y control económicos, al compás de una sociedad que concibe cuestiones como el desempleo o la pobreza problemas de carácter colectivo. Mientras, economistas neoliberales reagrupan sus tesis alrededor de dos grupos principales: la Escuela de Chicago (Friedman) y la Escuela de Austria (Hayek).

Así, la población considera al Estado el responsable de corregir estos problemas y se moviliza para conseguir sus objetivos, por lo que los gobiernos van cediendo poco a poco ante sus demandas. Esta tendencia política se mantendrán hasta los inicios de los 70, cuando una nueva crisis representará una ocasión inmejorable para que el neoliberalismo se haga un hueco en la sociedad y en las instituciones de poder.

En 1973, Estados Unidos y sus aliados en Europa Occidental entraron en un período de recesión tras la decisión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de no suministrarles más petróleo, del cual eran enormemente dependientes, con motivo de su apoyo a Israel en la disputa bélica entre éste y los Estados de Siria y Egipto.

Lo más reseñable de esta recesión fue el fenómeno de la estanflación, que se caracteriza por la coincidencia de una inflación generalizada en los precios con un estancamiento económico, lo que ponía en jaque las tesis macroeconómicas keynesianas y suponía una ventana de oportunidad para teorías heterodoxas. El neoliberalismo se aprovechó de esta situación y, de forma paulatina, se posicionó como la nueva doctrina hegemónica.


Implementación de las políticas neoliberales

Ronald Reagan y Margaret Tatcher en una reunión en la Casa Blanca 1988




















Bajo este contexto, el neoliberalismo no tardaría en hacer su acto de aparición en el plano político. Por un lado, destaca Margaret Thatcher, la famosa Dama de Hierro, que se convirtió en la primera mujer en presidir Reino Unido en 1979 y que causaría un gran impacto en la sociedad británica; y por el otro, cruzando el charco, Ronald Reagan, un ex-actor, converso del Partido Demócrata al Partido Republicano y que representará el nacionalismo estadounidense frente a la Unión Soviética (URSS) en esta época al acceder a la presidencia en 1981. Ambos, de carácter conservador, compartían una visión política y económica de la sociedad y esto desembocaría en un alineamiento entre las dos potencias en lo que a la política exterior respecta.

Recibiendo el asesoramiento económico de la llamada Escuela de Chicago (o Chicago Boys, con personalidades como Friedman) y de la Escuela de Austria (con Hayek como uno de los principales exponentes), llevaron a cabo una desregularización concienzuda del sector financiero (causa primera de la crisis financiera de 2008), atacaron vehementemente a los sindicatos, disminuyendo el poder de negociación de los trabajadores y trabajadoras, y realizaron una reforma fiscal en la que se incrementaron los impuestos indirectos y redujeron los directos, provocando un crecimiento notable de la desigualdad.

Thatcher llevó un paso más lejos si cabe las tesis neoliberales, ya que mientras Reagan ‘’traicionó’’ los postulados neoliberales invirtiendo desmesuradamente en el ámbito militar (por sus disputas con la URSS), la Dama de Hierro desmanteló el entramado de empresas públicas británicas (estrategia que más tarde parte de la derecha europea copiaría, como José María Aznar en España, o incluso partidos de centro izquierda), llegando a plantearse hasta la privatización de la educación.

De este modo, Reino Unido y Estados Unidos marcaban el camino al resto del mundo, llegando el neoliberalismo a extenderse por todo el globo (Europa, Sudamérica, Asia…). Sin embargo, el experimento neoliberal más atrevido fue el efectuado una década antes en Chile, durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973 – 1990), apoyada por Estados Unidos como parte de la Operación o Plan Cóndor. Mucho antes de que Thatcher y Reagan ocuparan las primeras planas de la prensa internacional, en Chile una dictadura militar permitía a los Chicago Boys llevar a cabo sin resistencia popular su programa económico. El propio Hayek argumentaría que la democracia no era una condición indispensable para el neoliberalismo, más aún si una mayoría democrática decidía ir en contra de la ‘’libertad económica’’.

Así pues, tras una recesión aguda en la posguerra, el país sudamericano experimentaría un gran crecimiento económico entre 1977 y 1982, impulsado por la favorable coyuntura económica internacional, calificado por Friedman como el ‘’milagro de Chile’’. A pesar de ello, la dependencia exterior haría caer en picado la economía chilena en el 82 y las políticas neoliberales condenarían a una desigualdad crónica a la sociedad, de la cual no se ha podido recuperar a día de hoy.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Lo que podemos aprender de la Historia

Cien años aportan experiencia. La del Partido Comunista de España ha dado mucho conocimiento, no solo a sus miembros, sino a todo el que quiera conocer los ejes principales de nuestra historia de ese siglo.

Fundado al calor de la oleada revolucionaria que recorrió Europa al final de la Gran Guerra, justo entonces llegó el reflujo y la contrarrevolución a todas partes. El partido la resistió como una pequeña organización sin apenas influencia, hasta que, de la mano de la Tercera Internacional, abrazó la política de los frentes populares, como una necesidad derivada del ascenso de los fascismos.

Desde entonces, la unidad popular ha sido, bajo diversas denominaciones, la columna vertebral de toda su política. Como analiza el autor de este libro, el Frente Popular, sin la aportación del partido, habría sido como mucho otra coyuntural Conjunción Republicano-Socialista, sin el aliento de pretender algo más ambicioso.

El triunfo del golpe militar llevó a la implacable represión de todos conocida, que no impidió la continuidad de este partido a lo largo de toda la dictadura. Siempre con la idea de unidad de la izquierda, y no solo de la izquierda, sino de todos los enemigos del fascismo, alentó sucesivas propuestas para devolver la democracia a este país tan maltratado. Ninguno cuajó hasta la proclamación de la política de reconciliación nacional, que conduciría al Pacto por la Libertad.

La idea de un movimiento político y social que aglutine a personas y organizaciones diversas para avanzar hacia una sociedad más justa no ha dejado nunca de estar presente en las políticas de este partido. La Junta Democrática, Coordinación Democrática, durante la transición, no tuvieron luego continuidad, una vez cumplido en parte su propósito, atajada como fue la ruptura democrática propuesta por la reforma política de Adolfo Suárez.

Esta idea de Unidad Popular, ahora con propósitos ya claramente sociales, estuvo presente en la formación de Izquierda Unida, de nuevo frenada en su impulso inicial. Y más recientemente, el partido, los militantes que han permanecido en él tras los muchos intentos a izquierda y derecha de modificar sus políticas, con las escisiones y deserciones consiguientes, tras las dudas y vacilaciones que la etapa neoliberal y la derrota del "socialismo real" trajeron consigo, recupera de nuevo, al calor de la profunda crisis del sistema, esa idea de Unidad Popular. Su militancia no ha estado al margen de las protestas del 15 M, sino en el corazón de las mismas.

Algo más podemos aprender: la desacreditada "forma partido" no ha sido superada nunca. Los movimientos meramente asamblearios pueden tomar derivas muy diversas, arrastrados por oportunismos y por grupos organizados en su seno. Cuando un movimiento amplio cobra fuerza, suele estructurarse de forma que poco se diferencia de un partido político. Lo importante entonces no es pararse en ello, sino analizar el contenido de los programas que se proponen y el seguimiento efectivo del camino trazado.

La idea de "frente popular", ¿no fue aprovechada por la derecha, que incluso adoptó el nombre con una ligera modificación? ¿Qué diferencia un "frente popular" de una "alianza popular", más allá de la idea de "pueblo" que se quiere trasmitir? Observemos también que esa Alianza no tuvo luego escrúpulos en consolidarse como Partido. De nuevo, "Popular".

Partido y movimiento no son excluyentes. Lo que el movimiento gana en amplitud lo deben afianzar los partidos con estudio, análisis y propuestas claras. Es una ley física que "lo que se gana en fuerza se pierde en camino". A mí me gusta, paralelamente, formular la ley política de que "lo que se gana en extensión se puede perder en profundidad". Para no perder la profundidad están los partidos enraizados, de forma que la extensión creciente no diluya los contenidos esenciales.

Salvador López Arnal entrevista a José Luis Martín Ramos:


'El Frente Popular y la lucha antifranquista son los periodos de mayor influencia social'

José Luis Martín Ramos es catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus investigaciones se han centrado en la historia del socialismo y el comunismo. Sus últimas obras son El Frente Popular: victoria y derrota de la democracia en España (2016) y Guerra y revolución en Cataluña, 1936-1939 (2018).


Centramos nuestras conversaciones en su último libro publicado: Historia del PCE, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2021, 254 páginas.

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Una historia del PCE el año del centenario de su fundación. ¿Un regalo, un reconocimiento a una historia y a sus militantes?

Solo he pretendido aportar un ensayo, una síntesis interpretativa, a la conmemoración de ese centenario, que se sumará a otras publicaciones. Va implícito que es un reconocimiento a la aportación del PCE -a sus militantes, que son los que constituyen ese partido- a la historia de España y de su movimiento obrero. El lector juzgará lo demás.

Para conocimiento de nuestros lectores: Historia del PCE está estructurado en una presentación, tres partes (“El nacimiento de un partido nuevo”; “De la soledad al frente popular”; “Entre democracia y socialismo”), cada una de ellas compuesta de tres capítulos, un epílogo y la bibliografía. 
Abres el libro con esta dedicatoria: “A Salvador Jové, Pere Gabriel, Pau Verrié y Alberto Ortega, compañeros del Comité de Estudiantes del PSUC, en 1966”. ¿A qué os dedicabais el comité de estudiantes del PSUC en aquel lejano 1966, el año de la fundación del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB)?

El Comité al que me refiero es el de la primera mitad del curso 1966-1967. Salvador Jové, Pau Verrié y Pere Gabriel, habían formado parte también del del curso anterior, que es cuando se funda el SDEUB en la asamblea de Capuchinos; no obstante, la decisión que se toma al comienzo del curso de 1966-1967 de rechazar la constitución de las Asociaciones Profesionales de Estudiantes, propuestas por el Ministerio de Educación, fue lo que garantizó la continuidad del SDEUB y la extensión del modelo de sindicato democrático, al margen y en contra del régimen, a toda la universidad española. A eso nos dedicamos nosotros; a eso y a intentar contrarrestar la represión contra los representantes de los estudiantes. El desafío de un sindicato de masas, ilegal pero no clandestino, en plena dictadura, no pudo prosperar más allá de cuatro cursos. Sin embargo, ese hecho expulsó políticamente a la dictadura de la universidad. Es algo muy importante. El franquismo perdió uno de sus recursos más importantes para su continuidad; no perdamos de vista la importancia que el fascismo europeo, el alemán, el italiano, dieron desde el primer momento a la educación y al control de la universidad. Desde aquel momento la dictadura tuvo a la universidad en su conjunto en contra, estuviera más o menos movilizada. En el libro explico que el mérito fue de todos los estudiantes que participaron y de las organizaciones de estudiantes del PSUC y del PCE que fueron los que promovieron ese proyecto rupturista. No todas las formaciones antifranquistas estuvieron de acuerdo y en cualquier caso fueron los comunistas quienes lo impulsaron. Y Manuel Sacristán (1925-1985), como sabes, dirigente del PSUC, fue quien escribió el Manifiesto “Por una universidad democrática”, su documento fundacional.

El texto que citas está incluido en sus Intervenciones políticas, Barcelona: Icaria, 1985, pp. 50-61. También S. López Arnal (editor), Universidad y democracia. La lucha estudiantil contra el franquismo, Vilassar de Dalt: El Viejo Topo, 2016, pp. 156-173.

Tu historia del PCE, ¿incluye también al PSUC o el Partido de ls comunistas catalanes es un caso aparte?

Se hace alusión al PSUC en diversos momentos, pero esta es una historia del PCE. No es que la historia del PSUC sea caso aparte. Quizás lo sea durante la guerra civil, cuando nace como unificación de organizaciones socialistas y comunistas, en un contexto de expectativa sobre la la fusión también del PSOE y del PCE, pero esa expectativa no se cumplió y esa es otra historia larga que ahora no es posible resumir en dos líneas; después de la guerra civil el PSUC se integró en la Internacional Comunista y pasó a ser la organización comunista en Cataluña. Como organización tuvo su propia historia particular, sobre la que existen diversos estudios historiográficos, aunque no todavía una historial general de síntesis.

Nadie mejor ubicado que tú para esa historia general de síntesis.

A quién va dirigido tu libro? ¿A historiadores, a especialistas, a gente muy puesta en el tema?

Nuestra pretensión, la de la editorial y la mía es que pueda ser leída por gente interesada en el tema, sin más. No se requieren grandes conocimientos concretos. Para leerlo no se necesita estar muy puesto, ni mucho menos ser historiador; aunque estos también puede ser una parte de la gente interesada.

Comentas en la presentación que el libro es producto de tus propias investigaciones, en particular sobre la historia del partido entre 1919 y 1939. ¿Por qué esa época especialmente? ¿La que tienen más interés tal vez? ¿Son los años en los que el PCE jugó un papel más destacado?

No, el PCE tiene en mi opinión, y así lo escribo en el libro, dos momentos culminantes, de mayor influencia en la sociedad española, el del Frente Popular que incluye el período de la guerra civil y se cierra en 1939 y el de la lucha contra la dictadura franquista y por el restablecimiento de un sistema político de libertades democráticas, de mediados de los años cincuenta hasta el inicio de la transición tras la muerte del Dictador. Eso no quiere decir que en su propia historia solo puedan destacarse esos dos momentos: para ella son también muy importantes la etapa de la fundación y la etapa que se abre bajo la secretaria general de Gerardo Iglesias y se desarrolla con Anguita en la que –a diferencia de otras experiencias comunistas europeas- ni se enquista en una supervivencia aislada ni se autodestruye, sino que decide mantenerse e impulsar un proyecto nuevo que es el de Izquierda Unida. Todas ellas, la de máxima proyección social y las de consecuencias propias fundamentales -nacimiento y continuidad- son importantes. Lo que señalo es para que el lector pueda tener el dato sobre mi trayectoria investigadora particular, nada más, para que se remita a mis trabajos como fuente bibliográfica principal –no única, desde luego- para ese período. A partir de 1939 mis fuentes son la bibliografía publicada y mis recuerdos –mi memoria histórica particular- a partir de aquel año en que fui incorporado al Comité de Estudiantes.

En 1966. Señalas también que consideras que el trabajo científico, y escribir historia, afirmas, también lo es, no anula al investigador-autor, sino todo lo contrario: es hijo de él y del mundo en que vive. ¿Valdría lo mismo para cualquier otra ciencia? ¿Un físico, por ejemplo, se expresaría en esos términos?

No tengo ninguna duda. Aunque sé que hay científicos que pretender vivir en un mundo neutro, no social, no histórico, que no existe; y hay historiadores que niegan que el oficio de historiar sea también un oficio científico. Para mí lo es, en sus objetivos y sus métodos –y me remito siempre a la gran lección de Marc Bloch- y se desarrolla desde luego en el mundo en el que vive y entre sus concepciones, algunas distintas y otras contrapuestas. Newton tenía su concepción del mundo, Darwin tenía su concepción del mundo, la de ambos no era exactamente la de Einstein, y todas ellas intervienen, en mayor o menor medida, en su manera de hacer ciencia y en la formulación de sus conclusiones. Como cualquier historiador, que si desprecia el oficio científico está haciendo mala historia u otra cosa. O si niega tener una determinada concepción del mundo y reconocer determinados valores o que estos intervengan en la historia que escribe se engaña. Los mecanismos y las formas de intervención pueden ser diferentes entre las diversas ciencias, pero se produce en todas ellas.

La historia no es la reproducción del pasado; es una reconstrucción del pasado. Y como reconstrucción se expresa en forma literaria, pero no es literatura de ficción.

¿En qué puede notarse tu personalidad y tu mundo en el libro que has escrito? ¿Tu mirada es entonces una mirada subjetiva?

Es una mirada de sujeto. No es –no pretende ser- una mirada subjetiva, en la acepción peyorativa del término. Es objetiva, porque mis análisis y mis interpretaciones pueden ser, comprobados, aceptadas o discutidas a través del uso de las fuentes, primarias y secundarias, que comparto con el lector. Y lo es aún más, porque advierto al lector que la mía no es una mirada ciega, sin pensamiento y sin experiencia social.

Afirmas también que “el neutralismo es una falacia y que la verdad científica es la mayor aproximación a la realidad”. ¿Por qué el neutralismo es una falacia? ¿Qué hay de malo en el neutralismo?

Me estoy refiriendo a la pretensión neutralista en el trabajo del historiador.  No lo es porque el tema de la historia es la historia de la sociedad, del género humano en sociedad, y hasta el presente el género humano en sociedad no ha sido un cuerpo compacto, homogéneo, sino todo lo contrario, una agregación con intereses diferentes y contrapuestos de subgrupos de género, sociales, de creencias y convicciones, de identidades comunitarias… El historiador es un componente vivo de esa sociedad, no es una máquina, no es un robot, sin subgénero, sin pertenencia social, sin creencia y convicciones, sin identidades.

Pretender estar por encima de todo ello es una soberbia patética o un autoengaño. Objetivamente es falso, es una falacia.

Hablas del uso de una metodología objetiva, transparente y compartible. ¿Qué entiende por esa metodología un historiador con amplia experiencia como tú?

La elección y discriminación del dato, el uso crítico de las fuentes, que incluye su contextualización, la consideración de los análisis y las interpretaciones de otros historiadores y la exposición comprensible y compartible de la conclusión del trabajo.

Citas a Marc Bloch (lo acabas de hacer), su libro sobre el oficio del historiador y su primera regla: solo se puede sostener aquello que está sustentado en el uso crítico de la documentación. ¿No podemos perdemos mucho con ello? ¿No hay mucha historia vivida, incluso protagonizada por anónimos, que apenas queda registrada en documentos?

Para empezar, la documentación no es solo la escrita, hay también documentación material y, desde que se descubrieron las grabadoras de voz y de imágenes, documentación oral y visual. Toda ella ha de ser utilizada no en su literalidad sino en la información que contenga que sea contrastable, compartible. La historia protagonizada por anónimos deja de una manera u otra su huella en la actividad social, aunque no lleve nombre y apellidos. Lo que importa para la historia es esa actividad social. Si se prescinde de la documentación, no se hará historia, se estará haciendo ficción.

La novela histórica puede prescindir de la documentación y ser una excelente novela. Pero es eso, novela, cuento, no historia.

¿Cómo debemos entender crítico en ese uso crítico de la documentación al que haces referencia?

El análisis de la calidad de la documentación, que no sea falsa. Por ejemplo, no puede aceptarse el Protocolo de los Siete Sabios de Sión porque sabemos que fue una invención de la policía zarista. La contextualización del documento: en qué momento, por quien, con qué objetivo y de qué modo se convirtió en documento. El contraste de ese documento con otros y con la imagen que dibuja el conjunto de documentos sobre un hecho o un conjunto de hechos.

¿Queda mucho por investigar en la historia del PCE?

Desde luego. Tenemos un conocimiento muy desigual de sus diferentes períodos; muy insuficiente de su militancia a lo largo de cien años, hemos de convertir los números en lo más aproximado al perfil de persona concreta. Hablando de una organización que durante mucho tiempo formó parte de otra organización, la Internacional Comunista, el movimiento comunista internacional, nos falta saber mucho de su intrahistoria. Hemos de poder acceder, sin trabas, a los archivos de la Internacional y del estado soviético. Y nos falta por saber mucho de la relación entre el partido y el estado, entre el partido y la sociedad, y para ello también han de accederse a archivos españoles de todo tipo, sin trabas. Los jóvenes historiadores a los que les interese el tema tienen todo un mundo por ganar.

Déjame citar para finalizar esta primera conversación -continuamos con el primer capítulo: “El partido de la revolución mundial”-, unas palabras tuyas de la presentación: “Quedo en última instancia a disposición del lector, que será el juez de mi obra, y de todo el que quiera debatirla desde el respeto y el debate objetivo; eso en la medida de mis fuerzas y del tiempo que quede”.  Hasta pronto.

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Publicado también en Mundo Obrero


lunes, 22 de marzo de 2021

¿Qué es el neoliberalismo? (I)

Es la forma actual, ya decadente, del capitalismo, luego de pasar por diversas fases, mercantil, industrial, financiero, según el predominio de una u otra forma de actividad, y bajo distintas coberturas políticas, de la monarquía absoluta a la república, sin hacer ascos a las formas dictatoriales siempre que se hayan puesto a su servicio.

El sistema que prosperó bajo la cobertura de las monarquías absolutas abandonó luego el lastre que le suponían, transformó la oposición entre nobleza y burguesía, fundiéndolas en una sola plutocracia, y siguió su rumbo depredador, agotando sucesivamente sus posibilidades. Tras la gran crisis de 1929, se reformuló con procedimientos intervencionistas de la economía, y a cada nuevo atasco correspondió una nueva reinterpretación.

Sigue un breve relato del camino seguido por el neoliberalismo hasta abrirse paso como teoría dominante, ahora nuevamente cuestionada.



En los últimos años, existe una tendencia creciente y generalizada de desvirtuación del significado real de determinados términos, a menudo políticos o ideológicos. Es común ver que, tanto en los debates parlamentarios, como en las acaloradas discusiones de Twitter, se emplean adjetivos y descalificativos con el único objetivo de desarmar y anular los argumentos del adversario. De este modo, se tilda de fascista o comunista bolivariano a cualquier persona que contravenga nuestra opinión. Es en este contexto en el que, desde el periodismo, pero también como deber cívico, es necesario aportar luz y claridad, combatiendo los bulos y la desinformación. Así pues, se presenta un término con un amplio recorrido histórico, que ha visto la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la formación de la Unión Europea (UE), la crisis financiera de 2008… el neoliberalismo.

Los orígenes de esta corriente económica y política, se remontan a los años 20 y 30. El sistema de libre mercado propugnado por los liberales había fallado en su respuesta a las crisis de estos años y el keynesianismo se configuraba como la teoría hegemónica, tras el éxito del New Deal reflotando la economía americana tras el Crack de 1929.

En otras palabras, el laissez faire de los liberales se consideraba una visión macroeconómica obsoleta y las grandes economías como la estadounidense, pero también la soviética o la alemana, cada una con su propio estilo, apostaban por una fuerte intervención del Estado en la economía para resolver las contradicciones del sistema de libre mercado. De esta forma, el liberalismo clásico se vio en la necesidad de reinventarse, para no perecer.

Renovación de los postulados liberales

Economistas reunidos en la reunión fundacional de la Sociedad Mont-Pelèrin en 1947

















Ante esta amenaza, los liberales se repliegan y cierran filas. Estos organizan un coloquio en París en 1938, no muy diferente de los de hoy en día en algunas universidades, para intercambiar opiniones y reflexiones en un ambiente de rebosante ‘’intelectualidad’’, el Coloquio Walter Lippmann. Acudirán exponentes destacados de la doctrina liberal como el filósofo Louis Rougier (organizador), el sociólogo y economista alemán Alexander Rüstow (acuñador del término neoliberalismo) y el mismo Walter Lippmann, cuyo libro The Good Society sirvió como pretexto para organizar este simposio y discernir el futuro del liberalismo; entre muchas otras personalidades.

Al contrario de lo que se pueda pensar hoy en día, estos intelectuales, posiblemente influidos por los logros de las políticas keynesianas, convinieron, en mayor o menor medida, en la necesidad de llevar a cabo una renovación del liberalismo mediante la apuesta por un ‘’Estado fuerte’’, que asegurara la libre competencia, y por alejarse del laissez faire.

Sin embargo, como en toda corriente, no había un pensamiento homogéneo: Lippmann y Rougier defendían una mayor intervención estatal y otros, como los austriacos Hayek y Mises, se mostraban reluctantes a esta propuesta. Esto marcaría el futuro de las escuelas económicas neoliberales. Aun así, todos mostraban su acuerdo en proponer una tercera vía, ante el avance del socialismo y del fascismo en Europa.

Durante los siguientes años, estas teorías pasaron sin pena ni gloria por el plano político e intelectual. El final de la cruenta Segunda Guerra Mundial en 1945 desencadenó una nueva oleada de intervencionismo para reconstruir una Europa en ruinas. En 1944, Friedrich Von Hayek publicó The Road to Serfdom, el que según el historiador británico Perry Anderson constituirá la ‘’carta de fundación del neoliberalismo’’ y, 3 años más tarde, en 1947, el propio Hayek tomó la iniciativa y volvió a convocar a los máximos exponentes de la renovación liberal en Mont-Pèlerin.

Repetirán Hayek, Mises o Lippmann, a los que se unirán nuevos integrantes como el economista estadounidense Milton Friedman (asesor de gobiernos neoconservadores como el de Ronald Reagan en Estados Unidos o el de Margaret Thatcher en Reino Unido) o el filósofo austriaco Karl Popper y, por primera vez, una mujer, Veronica Wedgwood.

La relevancia de este encuentro reside en la fundación de la Sociedad Mont-Pèlerin por parte de estos intelectuales que se manifestaban en contra de la construcción del Estado Social en los países occidentales y del New Deal. La sociedad se definía como multidisciplinar, con reflexiones y postulados, por ende, no solo económicos, sino también filosóficos y políticos. Esta asociación ha evitado vincularse con partidos políticos, pero ha desempeñado un importante papel en la difusión del ideario neoliberal.

domingo, 21 de marzo de 2021

El Gran Despilfarro

Esta falsísima economía de la huida hacia adelante quiere resolver los problemas a costa de aplazarlos, al tiempo que los deja crecer, o peor aún, los engorda y dificulta más aún su resolución.

Cuanto más tecnológica es la solución ofrecida, más convence a los que no saben nada de tecnología. Esta sociedad se oculta a sí misma las dificultades y prefiere no enterarse, ayudada por quienes hacen igual desde las alturas del poder, en parte por lo mismo y en parte porque así practican el "tente mientras cobro", además de que piensan que los problemas futuros serán para ellos "nuevas oportunidades".

No quieren enterarse, y si se enteran, hacen como que no se enteran.

Los sacamuelas del Lejano Oeste seguirán vendiendo ungüentos mágicos a los palurdos, y mientras tanto cada vez serán más los que, por puro fatalismo, prefieran emborracharse para olvidar.

Drogas físicas y mentales no han de faltar.

Una vez más, os dejo con Antonio Turiel:

El Gran Despilfarro


Queridos lectores:

Llevo semanas dándole vueltas a la idea de escribir este post. Lo que en él diré no será una sorpresa para mis lectores habituales, aunque sin duda será muy chocante para quien llegue a esta página por pura casualidad.

En este artículo defenderé una opinión que no será nada popular. Peor aún, en el momento actual, lo que diré se considerará por muchos como socialmente inaceptable. Sin embargo, después de años de analizar la crisis energética y material de nuestra sociedad, y cómo se está acelerando en los últimos tiempos, ésta es a la única conclusión a la que puedo llegar, aunque no le guste a nadie.

Dado que es una cuestión compleja y llena de matices, déjenme que empiece por un ejemplo sencillo y cercano.

Hace un par de semanas el Gobierno de España anunció que creará una fábrica de baterías en cooperación con Volkswagen, Seat e Iberdrola. Por supuesto tal fábrica se situará en España, pero aún no se ha anunciado exactamente dónde. En cuanto la noticia trascendió, todo el mundo la saludó como un gran paso adelante, ya que favorecerá la transición de Seat (antigua marca de coches española, actualmente en manos de Volkswagen) hacia el coche eléctrico. A partir de aquí, la discusión (a veces incluso enconada) se ha centrado en el lugar concreto donde se va a ubicar la fábrica: la Generalitat de Catalunya apuesta a que esté cerca de la fábrica de Seat de Martorell, en tanto que la Junta de Extremadura quiere que se coloque en territorio extremeño y así ayude a su industrialización, teniendo en cuenta que, además, se anuncian una nueva mina de litio en ese territorio y de alguna manera esta fábrica daría a los extremeños una compensación por la carga ambiental de la susodicha mina. Es decir, todo el mundo ha dado por hecho que la fábrica es algo bueno, y la discusión se enzarza en el habitual "quién se la queda".

Pero yo me planteo si la creación de esa hipotética fábrica es algo positivo. Y ya no entro en la cuestión ambiental (la fabricación de coches aunque sean eléctricos, por más verdes que se diga que son, tiene unos impactos ambientales considerables), sino en la meramente económica. ¿Saldrá realmente a cuenta fabricar baterías?

De entrada, resulta inquietante la implicación directa del Gobierno español en esta iniciativa. Es lógico que el Gobierno actúe directamente en ciertos sectores que considera estratégicos y en los que vea que la ayuda pública puede servir para superar ciertas barreras de entrada. Por ejemplo, podría tener sentido que el Gobierno se implique en una fábrica nacional de placas solares o de microchips para asegurar el suministro doméstico de estas componentes que pueden ser muy necesarias en un futuro nada lejano. Pero, en el caso de las baterías, ¿se identifica la existencia de un verdadero cuello de botella asociado a la falta de capacidad de producción? Es decir, ¿el diagnóstico del Gobierno es que si no se fabrican más coches eléctricos es porque no se producen suficientes baterías?

La realidad es que si no se fabrican más coches eléctricos es porque no se venden más coches eléctricos. Son más caros y tienen peores prestaciones que uno de gasolina, y cargarlos tampoco es una tarea sencilla a no ser uno tenga un alto estándar de vida. Además, hay cuellos de botella físicos perfectamente identificados, que están en la extracción de litio y cobalto. Un reciente artículo del Departamento de Ingeniería Química y Procesos de Minerales de la Universidad de Antofagasta, Chile, muestra que, aún aceptando que la producción de litio pudiera experimentar crecimientos porcentuales como los de la última década, la producción de carbonatos de litio no sería suficiente para satisfacer la demanda de litio esperada si se aumenta el número de vehículos eléctricos como se prevé.

Producción histórica de carbonatos de litio (hasta 2019) y proyecciones según dos escenarios de alta y baja demanda









En cuanto a la producción de cobalto, por su parte, se está viendo que es difícil de incrementar, e inclusive podría haber tocado o estar a punto de tocar su máximo.

Gráfico sacado de Statista, https://es.statista.com/














El verdadero marco en el que discutir el futuro del coche eléctrico, aparte de sus muy numerosas limitaciones, es el final de la automoción privada. El pasado mes de enero,  la caída de las ventas de coches (de todo tipo, y obviamente mayoritariamente movidos por diésel o gasolina) rondó el 50% en España con respecto a enero de 2020. Por supuesto, el planteamiento generalizado es que esta caída es consecuencia de la crisis de la Covid, pero que una vez que la superemos las ventas de coches remontarán y, con un poco más de tiempo, superarán los niveles de antes de la criss.

Cuando superemos la crisis de la Covid. Todo se fía a cuando superemos la crisis de la Covid.

Pero nadie se plantea que nunca vamos a superar la crisis de la Covid. Y la razón es simple.

Hace 7 años que las compañías petroleras están desinvirtiendo en la búsqueda de nuevos yacimientos de petróleo. En este momento, la caída de inversión, con respecto al máximo de 2014, es de más del 60%.




La razón de esa desinversión es la falta de rentabilidad de los yacimientos de petróleo que quedan en el mundo. Las petroleras multiplicaron por 3 su esfuerzo en poner en línea nuevos yacimientos de 1998 hasta 2014, para aumentar la producción poco más de un 20%. Y lo peor es que de 2011 a 2014 perdieron dinero a un ritmo de 110.000 millones de dólares al año,



y eso en un período en el que el precio medio anual del petróleo, 110$, era el máximo histórico, incluso teniendo en cuenta la inflación.




Es por eso que la inversión en buscar y poner en línea nuevos yacimientos baja: ni con el máximo precio se gana dinero. Porque además ya sabemos que 110$ es aproximadamente el máximo precio que puede soportar la economía mundial, so pena de entrar en recesión económica. Recesión que además haría caer la demanda de petróleo y por tanto bajar el precio, así que realmente esos 110$ actúan como barrera no franqueable de manera duradera.

Y llegó la Covid y se perdió la esperanza en el último recurso, el fracking estadounidense, que acumula ya pérdidas de más de 300.000 millones de dólares en quiebras.

Pasivo acumulado por las bancarrotas del sector petrolero hasta septiembre de 2020


Por eso, de los cuatro escenarios que nos dibujaba la Agencia Internacional de la Energía en su último informe, estamos siguiendo el peor de todos, el de no inversión o casi. Un escenario que augura una caída de la producción de petróleo de hasta el 50% de aquí al 2025 si no se reacciona para impedirlo.



Con una caída del 50% desde 2020 hasta 2025 sobre la mesa, cada año perderemos aproximadamente un 10% del total actual. Justamente, en ese momento y por culpa de la Covid, el consumo de petróleo es un 10% más bajo que en 2019. Es decir, lo que va a caer la producción de petróleo este año. Por eso a finales de este año o a principios del otro el precio del petróleo se disparará. Y éste será el primero de diversos picos de precio: la contracción económica subsiguiente al shock petrolero hará bajar la demanda, pero como la oferta seguirá bajando se volverán a encontrar y se producirá otro pico. Y así hasta que los Estados tomen cartas en el asunto y comiencen a tomar medidas drásticas, que no detendrán la caída pero al menos la ralentizarán.

Por todo eso, no vamos a salir de esta crisis. No va a haber recuperación duradera. Y las ventas de coches no se van a recuperar. No. Al contrario: se van a hundir, progresivamente, cada vez más. Aunque en ese contexto de crisis económica, la mala evolución del mercado del automóvil será tan solo uno de muchos otros y graves problemas...

Entonces, ¿para qué invertir en una fábrica de baterías? ¿Qué sentido tiene centrarse en crear una infraestructura productiva que realmente no tiene demanda, que de hecho cada vez tendrá menos, y que encima se verá amenazada por la escasez de los materiales necesarios y por la carestía del transporte al faltar petróleo?

Podríamos pensar que quizá los promotores de esta fábrica creen que con la creación masiva de baterías se podría electrificar no solo la automoción sino también el transporte (en camión) y también la minería. Sin embargo, los proponentes de esta fábrica son perfectamente conscientes que es imposible el camión eléctrico, y que la maquinaria pesada electrificada (conectada directamente a la red eléctrica) solo se puede usar en minas muy concretas en países con un buen grado de desarrollo, que no son la mayoría de las minas de este mundo.

Entonces, ¿qué sentido tiene todo esto?

Fíjense quienes están detrás de este proyecto: Seat, Volkswagen e Iberdrola. Todo grandes empresas. Si esta fábrica fuera tan buen negocio, ¿no podrían montarla ellos solos sin necesidad de ayuda del Gobierno de España?

En realidad, esta fábrica no sirve para nada de lo que se pretende. Desde el punto de vista de estas empresas, esta fábrica es solo una tapadera para recibir dinero público mientras se hace ver que se está haciendo algo útil, aunque en realidad su única utilidad es inyectar dinero a estas empresas. A Seat sobre todo y a Volkswagen porque ya están en una situación crítica, y a Iberdrola porque sus cuentas ya no están tan saneadas como solían, sobre todo si tenemos en cuenta que el consumo de electricidad en España hace años que está bajando.




Y para el Gobierno de España, esta fábrica le sirve para demostrar que "está haciendo algo", aunque en realidad no sirva para nada o para muy poco.

Al igual que con el ejemplo de la fábrica de baterías, la mayoría de los proyectos que están proliferando en España al calor de los fondos europeos para la recuperación económica no tienen ninguna utilidad real. No tiene sentido sembrar el territorio nacional de nuevos parques eólicos o fotovoltaicos en un país donde el consumo de electricidad se contrae desde 2008, porque la electricidad es una forma de energía minoritaria (alrededor del 20% del consumo de energía final) y subsidiaria del impulso que dan el resto de energía final, sobre todo la alimentada con combustibles fósiles. Todo el esfuerzo debería estar centrado en primer lugar en ver cómo se puede electrificar ese casi 80% de la energía final que no eléctrico, y si no se puede buscar formas diferentes (no eléctricas) de aprovechamiento de la energía renovable. Pero ya sabemos que esos modos de aprovechamiento renovable, aunque más eficientes, son contradictorios con el modelo crecentista y por eso no se contemplan. Por eso se prefiere optar por el total absurdo termodinámico y económico del hidrógeno verde, aunque a estas alturas se sabe más que de sobra que el hidrógeno no puede ser un combustible a gran escala, solo para usos concretos. Pero eso es igual: se ha desatado la fiebre del hidrógeno verde, y los cazadores de subvenciones ya están batiendo el campo.

Todos esos parques eólicos, todos esos huertos solares, todas esas plantas de electrólisis, y todas las instalaciones auxiliares que necesitan, los que se lleguen realmente a construir, quedarán cubiertos de polvo y de olvido dentro de unos años. No son necesarios y no nos ayudan para capear las dificultades que se nos vienen encima. Son las soluciones equivocadas al problema que no tenemos.

Pero, además, estas instalaciones representan un importante coste de  oportunidad. Aquellos recursos que se destinen a esto no se podrán dedicar a otras cosas, justo cuando de hecho deberíamos estar invirtiendo en tantas cosas que realmente vamos a necesitar, desde la adaptación de nuestras infraestructuras para los retos del cambio climático y de las dificultades de suministro hasta la creación de sistemas de producción lo más locales posibles que garanticen el abastecimiento de lo más fundamental. Todo eso requiere recursos y los requiere urgentemente, porque no tendremos tiempo para construirlos cuando vengan los problemas: no debemos esperar a tener sed para construir el pozo.

Por si fuera poco, dado que las empresas van a utilizar estas inversiones para recapitalizarse, obviamente inflarán los costes. Se consumirán más recursos (sobre todo, capital) para hacer menos.

Y para más INRI, se dice que todos estos proyectos son "sostenibles" y "resilientes", demostrando un desconocimiento del significado profundo de estas palabras o bien una clara voluntad de tergiversación. Merecería la pena tomar cada proyecto, uno por uno, desglosando todas sus partes y las actividades que implican, comenzando desde el principio: la extracción minera de los materiales, su procesamiento, su transporte, su uso en la manufactura de las diferentes componentes, más transporte, instalación y mantenimiento (y eventualmente desmantelamiento al final de su vida útil) más el daño directo causado al entorno. Merecería la pena hacerlo para mostrar que no son inocuos y que tienen unos impactos ambientales que deben ser valorados para tomar una decisión informada de si estas instalaciones son adecuadas o no; y todo eso sin entrar en la cuestión de su inutilidad práctica que comentaba más arriba. Pero no: nada de eso se va a hacer. No hace falta: estos proyectos son "verdes" y por tanto "necesarios". Precisamente porque son "verdes", porque nos llevan a la "descarbonización", porque son "necesarios para la lucha contra el cambio climático", aunque eso no sea evidente y aunque en algunos casos sea rematadamente falso. Pero da igual: basta con decir estas flagrantes mentiras para que cualquiera que se oponga a ellas sea "insolidario" e "insensible al problema ambiental". El enemigo del pueblo. Se activan los sistemas de culpabilización social y se intenta atacar desde la base cualquier intento de resistencia a este latrocinio, a este Gran Despilfarro. Por eso tiene mérito que iniciativas alentadas por ciudadanos de base de diferentes territorios como es ALIENTE se atrevan a decir que no, que no es éste el camino, que otra vía es posible.

Este Gran Despilfarro, este gasto loco e incontrolado, solo busca, a la desesperada, volver a la normalidad, es decir, a la anormalidad anterior. Una anormalidad que lo es en escalas históricas y también en escalas temporales más próximas. Se intenta recuperar la locura del derroche irreflexivo anterior, esa indolente despreocupación de cuando en los países ricos consumíamos como si no tuviéramos que preocuparnos por el mañana, hasta que no hemos tenido mañana por el que preocuparnos.

La gran tragedia de esta situación es que no hay ningún otro plan que no sea hacer esto, es decir, el Gran Despilfarro. Si esto no funciona (y no puede funcionar) entonces estamos perdidos. No hay alternativa. No se da alternativa. No se permite plantear alternativas.

Todas las piezas están ya en su sitio. No vamos a hacer nada. Es así como afrontaremos el Gran Descenso que tiene darse de aquí al 2025. Y esperemos que este descenso no signifique la llegada del invierno para la democracia.

Salu2

AMT