domingo, 24 de julio de 2022

Flamenco de ayer en las voces de hoy

El pasado 12 del presente mes, el programa NUESTRO FLAMENCO estuvo dedicado al flamenco de ayer en las voces de hoy. Cantaores de ahora interpretaban piezas grabadas en épocas pasadas: Chacón y Morente, Manolito de María y Rancapino, o María la Sabina y Miguel Poveda, en versiones comparadas.

Con este minutaje, contado por lo que resta para el final de los 58:37 que dura el programa, se suceden estos cantes:

54:35 
Fandango por soleá de María la Sabina, cantado por ella en 1971 y por Miguel Poveda en 2012

47:30  

"Del convento las campanas", malagueña de Chacón de 1928, recuperada en 1977 por  Enrique Morente

41:13

"Fue porque no me dio gana" y "Eso nunca lo diré", granaínas que cantaba don Antonio Chacón en 1928 y Morente en 1977

33:16

Romance "La monja contra su gusto", que cantaba José de los Reyes "El Negro" en 1973, grabado luego en 1982; recordado por Rafael Jiménez "Falo" en 2011

24:25

Manuel Fernández Cruz, "Manolito de María"; bulerías de Cadiz
de 1984, grabadas en 1988 y que Rancapino repetía en 1995, al final de otras de La Perla de Cádiz

14:20

Pregón por bulerías de Manuel Vallejo, 1935. Alfredo Tejada lo canta en 2018

7:20

"La Catalina", tango flamenco de Vallejo de 1926; (muy versionado: Isabelita de Jerez, 1927; Canalejas de Puerto Real, 1930; Naranjito de Triana, 1989). Manuel Gago lo repite en 2021

Aquí transcribo algunas:

Malagueña de Chacón


Del convento las campanas

si preguntan por quién doblan

del convento las campanas

dile que doblando están

por mis muertas esperanzas


¿Conocería Hemingway esta letra?


Granaína de Chacón

Eso nunca lo diré,

serrana, que yo no te quiero

eso nunca lo diré,

porque si me dan fatigas

no sé si te llamaré.

Serrana, que yo no te quiero


Fue porque no me dio gana, 

Rosa, si no te cogí

fue porque no me dio gana.

Al pie de un rosal dormí

y rosas tuve por cama,

de cabecera un jazmín



La monja contra su gusto


Mi mare me metió a monja
por el velar de mi dote,
me cogieron entre cuatro
me metieron en un coche,

me pasearon todo el pueblo
y a una y a dos a dos
me iba yo despidiendo
de las amigas que tengo.

Me pararon en una puerta,
me metieron para adentro,
me quitaron gargantilla,
las alhajas de mi cuerpo,

pero lo que siento más,
que me cortaron el pelo
y en una fuente de oro
a mi pare se lo dieron.

Me quitaron la ropilla
me vistieron de picote
y en alta voz gritan todas:
pobre inocente.


Pregón


Llegó el frutero;
vení a comprarme, muchachas,
esta fruta de Aranjuez,
y estas perillas de Ronda,
como le gustan a usté.

¿Qué quiere la niña?
Si le ofrezco la piña no quiere,
la manzana no la quié ni ver,
ni la uva de Almería,
¿qué es lo que quiere usté?

También llevo la rica banana,
y las peras del mismo Aragón,
asomarse niña a la ventana,
que las doy a pruebar con una condición,
que me compre siquiera un kilito,
si no gusta no quiero dinero;
ya se va, ya se va el frutero;
y no vuelve más.

Grande caía has pegao,
grande caía has pegao;
debes de reconocer
que Undebel te ha castigao.

Tienes los dientes
que parecen granitos
de arroz con leche.


La Catalina


Quítate de mi presencia, que me estás martirizando.

Quítate de mi presencia, que me estás martirizando.

Y a la memoria me trae cosas que ya estoy olviando.

Y a la memoria me trae cosas que ya estoy olviando.


Ponme la mano aquí, Catalina. Ponme la mano aquí,

Ponme la mano aquí, Catalina mía. Mira que me viá' morí.


La china que tenía se fue a Alemania y no ha volvío.

Una china que tenía se fue a Alemania y no ha volvío.

Y a Alemania me voy, y no a divertirme. 

Y a tomar un veneno; yo quiero morirme.


Ponme la mano aquí, que la tienes fría.

Ponme la mano aquí, Catalina mía. Mira que me viá' morí.


miércoles, 20 de julio de 2022

Dificultades (¿transitorias?) para una transición

Espacio Público celebró el día 28 del pasado junio un amplio debate en torno a la transición ecológica. Lo encabezaba Cristina Narbona, Vicepresidenta Primera del Senado y Presidenta del PSOE. Como representante del optimismo oficial, terminaba así su intervención:

Vivimos, por lo tanto, un momento excepcionalmente positivo en términos de compatibilidad entre economía y ecología. Pero no cabe ignorar el avance de planteamientos negacionistas respecto del cambio climático o de la Agenda 2030 -esa hoja de ruta, comprometida por nuestro Gobierno, que integra objetivos económicos, sociales y medioambientales con un acertado enfoque holístico-.

Menos optimistas se mostraban otros intervinientes, como Jorge Riechmann, cuya participación recojo tras este comentario.

Como cualquiera puede entender, nos hallamos entre la espada del calentamiento global y la pared de la crisis energética y de recursos en general. Para paliar la segunda, se declaran "energías verdes" la nuclear y el gas, y se recurre al carbón como combustible válido, lo que agravará necesariamente el ya insoportable cambio climático.

En lugar de achacar la crisis a la guerra, podemos pensar que, más que causa de la crisis, la guerra es una consecuencia del agotamiento de fuentes de energía y materiales. Un crecimiento ya imposible, pero del que siguen hablando gobiernos y organizaciones económicas, es lo que pretenden todos a costa de los demás. Esta fue siempre la causa de las guerras imperialistas, y ahora con mayor motivo.

En la fase actual del capitalismo, una minoría es la causante del desastre climático. En España, el 1% más rico es el causante del 64,7% de la huella de carbono, mientras el 50% con menos ingresos sólo es responsable del 4,6%. La desproporción es brutal: los más ricos contribuyen  al problema 703,26 veces más. Llamar "antropoceno" al "capitaloceno" es un insulto para la mayoría. Mi pregunta es: ¿hay o no hay margen para reducir la huella de carbono?

Ahí la dejo.


Sobre las dificultades de la transición ecológica

 

1


Un notable editorial de Nature, en marzo de este año, reivindica el estudio de 1972 The Limits to Growth (el primero de los informes al Club de Roma) y señala que “aunque ahora existe un consenso sobre los efectos irreversibles de las actividades humanas sobre el medio ambiente, los investigadores no se ponen de acuerdo sobre las soluciones, especialmente si éstas implican frenar el crecimiento económico. Este desacuerdo impide actuar. Es hora de que los investigadores pongan fin a su debate. El mundo necesita que se centren en los grandes objetivos de detener la destrucción catastrófica del medio ambiente y mejorar el bienestar”.[1] Volveré después a lo que pueda significar “mejorar el bienestar”. Ahora me interesa subrayar que el editorial de Nature continúa arguyendo que el debate hoy, una vez aceptada la existencia de límites biofísicos al crecimiento, se centra en dos posiciones principales, crecimiento verde versus decrecimiento, y que éstas deberían hacer un esfuerzo por dialogar entre ellas.[2]


Un debate central, sin duda, que se modula y reitera a diferentes niveles. Por ir a lo cercano: un amigo (y compañero de militancia en Ecologistas en Acción) me decía hace algunos días que el debate sobre la transición ecológica (y la transición energética en particular) es extraordinariamente complicado. Nos divide también dentro de los mismos movimientos ecologistas. “La cuestión es si a donde queremos llegar (una sociedad que respete los límites biofísicos) se puede llegar a partir de un sistema industrializado, modificándolo y reduciéndolo, o se puede hacer directamente. Y no parece que tengamos mucho tiempo para ninguna de las dos opciones”.[3] El planteamiento es el mismo que en el editorial de Nature.

 

2


Las causas estructurales del declive civilizacional son diáfanas –si hay que decirlo con una sola palabra: overshoot, extralimitación ecológica–, pero muchas autoridades, muchos grupos de interés, muchas empresas y el sistema de mass-media (que nos deseduca minuciosamente: “medios de formación de masas” los llamaba Agustín García Calvo) persisten en señalar sólo causas coyunturales todo el tiempo: ahora es la pandemia, luego es la invasión de Ucrania, pero no se inquieten ustedes porque nada en el funcionamiento básico de nuestro sistema va mal.


Nuestro problema de fondo es que seguimos siendo una sociedad terraplanista. Seguimos tratando de vivir como si no hubiese límites biofísicos (en un planeta finito cuyos límites hemos traspasado ya). Y eso sitúa la transición ecológica como una misión imposible.


Pues existen límites biofísicos (frente al querer y el hacer humanos). Y por esa razón, hay formas de escasez que no son superables (ahí cabe razonar en términos de exergía, como lo hacen los físicos termodinámicos Antonio Valero y Alicia Valero).[4]


Estamos en situación de overshoot (más allá de los límites). Y por esa razón, los “estilos de vida” de la “clase media” del Norte global han de ser vistos como lo que de hecho son: modos de vida imperiales.[5]


Eso nos plantea un problema político de primer orden, porque también las clases trabajadoras del Norte están presas de esos imaginarios de “clase media” (ejemplos: comer carne, volar en avión, el automóvil privado). Volveré más abajo a esta cuestión.

 

3


Hay un hecho al que poca gente se atreve a mirar de frente en este debate: la sobreabundancia energética que nos proporcionaron los combustibles fósiles durante el último siglo y medio es irrepetible (aunque ahora va también de caída: petróleo, carbón y gas natural proporcionan cada vez menos energía neta) y eso conlleva que cualquier transición energética que afrontemos va a ser una transición decrecentista (mejor o peor llevada: de forma igualitaria o de forma genocida). El Green Growth, aunque pueda practicarse ocasionalmente en algunos lugares, no es generalizable. Lo que en un artículo publicado hace un año yo llamaba “Plan B” (la transición energética entendida de forma convencional de simple sustitución de fuentes fósiles por renovables) es inviable.[6]


Si también está claro que el “plan A” de seguir con el business as usual es inviable, y empuja hacia seguir explotando las reservas de combustibles fósiles existentes, todavía en peor posición nos sitúa la militarización mundial que ha acelerado la invasión de Ucrania por Rusia. El presidente de EEUU, Joe Biden, anuncia planes para expandir la perforación en busca de petróleo y gas en el Golfo de México y Alaska el día después de la devastadora decisión del Tribunal Supremo de EEUU sobre el clima,[7] y a pesar de las claras advertencias de los científicos climáticos del mundo de que la expansión de los combustibles fósiles debe terminar de inmediato, señala el climatólogo Peter Kalmus.[8] También la UE echa mano al carbón para suplir el menguante flujo de gas natural ruso.[9] Kalmus manifiesta ingenuidad (quizá fingida) cuando sostiene que “en mi opinión, Biden ha perdido una oportunidad clara e histórica proporcionada por la invasión de Ucrania para usar su púlpito de intimidación y los considerables poderes de su cargo para alejar rápidamente nuestra economía energética de los combustibles fósiles y acercarla a las energías renovables”.[10] Pues pretender seguir manteniendo los modos de vida imperiales del Norte Global exige seguir explotando los combustibles fósiles; y todavía en mayor medida, pretender mantener la hegemonía global en un mundo bélico de “Imperios Combatientes” (Rafael Poch de Feliu) hace imperioso el recurso a todas las reservas existentes de petróleo, carbón y gas natural (desembocando en un infierno climático). La militarización de las relaciones internacionales desemboca necesariamente en el infierno climático: no habrá portaaviones estadounidenses ni cazabombarderos chinos movidos por energía solar.

 

4


¿Lo que tenemos es un problema de “falta de voluntad política”, como se dice a menudo? El afamado economista Jeffrey Sachs, apóstol del desarrollo sostenible, de visita en España (invitado por la Fundación Telefónica), sentencia: “Ya sabemos lo que hay que hacer para descarbonizar rápido y existe la tecnología para ello”.[11] Faltaría, entonces, la suficiente voluntad política.


Peter Kalmus escribe este “breve resumen del nuevo informe del IPCC: sabemos qué hay que hacer y sabemos cómo hacerlo; pero ello requiere quitarles sus juguetes a los ricos, y los líderes mundiales no lo están haciendo”.[12] Ahora bien, este populismo climático no ayuda demasiado: hay que quitarles sus juguetes a los ricos, desde luego (¿y dónde están hoy las fuerzas políticas que necesitaríamos para ello?), pero la “clase media” mundial se vería también severamente afectada por las medidas necesariasNo es un asunto del 1% frente al 99%. Como decía Paula Pita (una de nuestras estudiantes del Grado en Filosofía) en su intervención en el acto sobre crisis climática del 5 de abril en la Facultad de Filosofía y Letras de la UAM, se trata de “una lucha ardua, porque es una lucha contra nosotros mismos”.


Nos aferramos, de forma comprensible, a nuestros modos de vida. Si me han enseñado a hacer las cosas de esta forma y es como sé hacerlas, y si todo el sistema de recompensas y castigos de mi sociedad me lleva a hacerlas de este modo, ¿por qué debería cambiar? La respuesta es breve: nuestros modos de vida –capitalistas, patriarcales, coloniales, antropocéntricos– son a la vez injustos (dañan a otros), contraproductivos (nos dañan a nosotros mismos) e inviables (destruyen el futuro). Imposibilitan las formas de vida buena coherentes con perdurar en el planeta Tierra. Y el tiempo para el enorme golpe de timón que necesitaríamos se está agotando rápidamente.


Así que hay que abordar de frente la difícil cuestión de los niveles de bienestar y los modos de vida imperiales.

 

5


Brexit: nadie votó para que fuésemos más pobres, dice el cartel que enarbola la manifestante británica en enero de 2019.[13] Pero, en relación con la descarbonización, es precisamente lo que deberíamos votar… (Por más que, en un segundo momento, discurramos sobre pobreza en qué sentido, riqueza de qué, cómo concebimos una vida buena, etc.)


Me explico: mucho menos conducir (idealmente, casi ni patinetes eléctricos).


Mucho más bailar.

 

6


“Menos luchar contra la pobreza y más luchar contra la riqueza”, tuitea Gustavo Duch.[14] Y aporta el siguiente cuadro:




Muy significativo… si no olvidamos que el volumen de emisiones individual medio compatible globalmente con el objetivo de 1’5°C como máximo está en 1’1 toneladas de equivalente de CO2/ persona/ año hasta 2050.[15]


Esto es: también esa mitad de nuestra población con menos ingresos cuadruplica el objetivo en emisiones (y el promedio general lo septuplica). Así que “luchar contra la riqueza” incluiría a toda la población pobre, en países sobredesarrollados como el nuestro


Tal es el enorme desafío ético-político al que hacemos frente: ¿podemos organizarnos para perder privilegios? Después de haber gritado “sí, pero que empiecen los de arriba”, ¿qué hacemos los de abajo? Como antes señalé de pasada, no es una cuestión del 1% frente al 99%, sino más bien (a escala mundial) de 1/5 frente a 4/5, o quizá 1/4 frente a 3/4. Pero resulta que en esa cuarta o quinta parte de “los de arriba” nos hallamos incluidos casi toda la población española y europea (y eso sin considerar siquiera los intereses de las generaciones futuras de seres humanos, y los de todos los seres vivos no humanos con quienes compartimos la biosfera).


Los procesos de relocalización y reterritorialización que van de la mano con el descenso energético conceden mayor peso (potencialmente) al trabajo organizado. La desglobalización mejora, en principio, la posición relativa de las y los trabajadores frente al capital. Pero ¿nos damos cuenta de que lo que está en juego no es una mera lucha distributiva entre trabajo y capital, sino algo mucho mayor, que incluye modos de producción y formas de vida?

 

7


Llamar “catastrofismo” al realismo puede causarnos algún problema. Y llamar “realismo” a las fantasías tecnólatras, algún problema aún mayor.


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NOTAS

 

[1] Editoral de Nature: “¿Existen límites al crecimiento económico? Es hora de poner fin a una discusión de 50 años”, traducido en Viento Sur, 18 de junio de 2022; https://vientosur.info/existen-limites-al-crecimiento-economico-es-hora-de-poner-fin-a-una-discusion-de-50-anos/. Texto original en Nature 603, 361 (2022), 16 de marzo de 2022; https://www.nature.com/articles/d41586-022-00723-1


[2] “Investigadores como Johan Rockström, del Instituto de Investigación del Impacto Climático de Potsdam (Alemania), defienden que las economías pueden crecer sin hacer inhabitable el planeta. Señalan que hay pruebas, sobre todo en los países nórdicos, de que las economías pueden seguir creciendo aunque las emisiones de carbono empiecen a bajar. Esto demuestra que lo que se necesita es una adopción mucho más rápida de la tecnología, como las energías renovables. Un movimiento de investigación paralelo, conocido como «post-crecimiento» o «decrecimiento», afirma que el mundo debe abandonar la idea de que las economías deben seguir creciendo, porque el propio crecimiento es perjudicial. Entre sus defensores se encuentra Kate Raworth, economista de la Universidad de Oxford (Reino Unido) y autora del libro de 2017 Doughnut Economics, que ha inspirado su propio movimiento mundial (…). Ambas comunidades deben esforzarse más por hablar entre ellas, en lugar de hacerlo contra ellas. No será fácil, pero el aprecio por la misma literatura podría ser un punto de partida. Al fin y al cabo, los límites inspiraron tanto a la comunidad del crecimiento verde como a la del poscrecimiento, y ambas se vieron igualmente influidas por el primer estudio sobre los límites planetarios (J. Rockström et al. Nature 461, 472-475; 2009), que intentó definir los límites de los procesos biofísicos que determinan la capacidad de autorregulación de la Tierra”.


[3] Yo contesté: o si no se puede hacer de ninguna de las dos formas, querido amigo –que es, me temo, nuestra situación real. Pero quede esbozada esa reflexión aporética y aparcada para mejor ocasión.


[4] Antonio Valero y Alicia Valero, Thanatia. Los límites minerales del planeta, Icaria, Barcelona 2021.


[5] Sobre esta cuestión, Alberto Acosta y Ulrich Brand: Salidas del laberinto capitalista. Decrecimiento y postextractivismo, Icaria, Barcelona 2017.


[6] Jorge Riechmann, “Sobre las propuestas energéticas de la Comisión Europea, la necesidad de decrecimiento y los planes A, B y C”, eldiario.es, 24 de julio de 2021; https://www.eldiario.es/ultima-llamada/propuestas-energeticas-comision-europea-necesidad-decrecimiento-planes-b-c_132_8149096.html. Véase también Adrián Almazán y Jorge Riechmann, “¿Cómo caminamos hacia el plan C?”, el ecologista 110, primavera de 2022; https://www.ecologistasenaccion.org/188990/como-caminamos-hacia-el-plan-c/


[7] El 30 de junio de 2022 el Tribunal Supremo de EEUU dictó una sentencia que limita el poder de la EPA (Agencia de Protección Medioambiental) para poner límites a las emisiones de GEI (Gases de Efecto Invernadero), socavando así la lucha contra la crisis climática.


[8] Véase su argumentación unas semanas antes en Peter Kalmus, “Why is Biden boasting about drilling for oil? Our planet demands we stop now”, The Guardian, 31 de marzo de 2022; https://www.theguardian.com/commentisfree/2022/mar/31/why-is-biden-boasting-about-drilling-for-oil-our-planet-demands-we-stop-now


[9] I. Fariza y E.G. Sevillano: “El corte de gas ruso aboca a Europa al carbón”, El País, 26 de junio de 2022.


[10] https://twitter.com/ClimateHuman/status/1543019663222747136


[11] Sachs, “Algo falla en el sistema de EEUU. Y en la naturaleza humana” (entrevista), El País, 22 de junio de 2022.


[12] https://twitter.com/ClimateHuman/status/1511082805849034752


[13] https://www.vanguardia.com/mundo/tension-creciente-por-votacion-del-brexit-ACVL454730


[14] https://twitter.com/gustavoduch/status/1472947125319344132


[15] Con datos del World Inequality Report 2022https://wir2022.wid.world/; https://wir2022.wid.world/www-site/uploads/2022/01/WIR_2022_FullReport.pdf, p. 118. Lo que puntualiza el informe para España (p. 222) es: en España, las emisiones promedio de carbono son hoy de 8 tCO2e per cápita. Esto se encuentra entre las tasas de los países vecinos Portugal (6t) y Francia (9t). Mientras que el 50% inferior emite 4’6 t, el 10% superior emite cinco veces más (21t). Entre 1990 y 2006, con un crecimiento estable del que se beneficiaron también los grupos de población más pobres, las emisiones de carbono en España pasaron del 8’9 a 12’3 tCO2e per cápita. Y en ese período las emisiones para el 50% más pobre de la población aumentaron en más de dos toneladas, hasta 7’5. Después de la crisis financiera, en un contexto de depresión económica, las emisiones de carbono disminuyeron.

sábado, 16 de julio de 2022

El precio como ficción

Cuando el gobierno de Zapatero creó una ayuda para facilitar el pago del alquiler de la vivienda, hizo posible que los inquilinos pagaran más. Los propietarios pudieron así subir los precios. En la práctica, el dinero público empleado pasó a las manos privadas de los arrendadores.

Algo parecido está ocurriendo ahora con las subvenciones a los combustibles. Permiten que quien no podía pagar lo haga, y al subir la demanda (mejor dicho, al no bajar demasiado) ese dinero fluye de nuevo a la cadena de los suministradores.

Curiosamente, este argumento está siendo empleado ahora por la derecha para decir que el impuesto extraordinario a bancos y compañías eléctricas servirá para que reaccionen (y sus oligopolios lo tiene fácil) y suban los precios en un mercado "libre".

Muy ágil, en efecto, tiene que se el cobro del impuesto para que las empresas no lo repercutan rápidamente en sus precios. La carrera emprendida contribuirá a la inflación. Inflación que equivale al empobrecimiento (expropiación) de la inmensa mayoría.

Solamente un férreo control de precios puede impedirlo. En la práctica, eso puede lograrse si el control de las empresas pasa a manos públicas. Para los defensores del sistema económico vigente esta posibilidad es inadmisible.

La ley de la oferta y la demanda lleva siempre al equilibrio de los precios, adecuando la demanda a la oferta posible. En la práctica, cuando el precio llega a ser excesivo, se consume menos, pero ese descenso es muy desigual según la clase social. En la práctica, grandes sectores dejan de consumir de forma absoluta. Si falta comida habrá quienes sigan comiendo lo mismo, y otros dejarán de comer.

¿Quién podría impedir que los pocos que controlan los sectores clave de la economía (y del poder) se pongan de acuerdo para imponer sus precios y mantener sus beneficios extraordinarios?

Encontraréis una respuesta clara en el artículo que sigue.

La relación entre el valor y el precio es paradójica. Sin el aire ni el agua, no duraríamos mucho, y sin embargo su precio es cero o ridículo. Foto: Pixabay.


Res publica: El precio como ficción

Valentín Tomé

Luns 27 de Xuño, 2022


Como es de sobra sabido, España, y Occidente en general, está atravesando un prolongado periodo inflacionario que pone en peligro incluso la estabilidad al corto medio plazo de sus economías. Si bien, en un anterior artículo, quedó sobradamente demostrado que el actual no es ni mucho menos el ciclo más alto experimentado en la subida de precios de nuestra historia reciente, no es menos cierto que la situación presente es lo suficientemente crítica para resultar insostenible en el tiempo.

 

En esta columna gustamos de practicar el pensamiento radical, es decir, tratar de ir a la raíz de las cosas, por lo tanto, si realmente deseamos hallar respuestas que nos permitan comprender la escalada de precios actual, debemos comenzar a preguntarnos precisamente eso. ¿Qué son los precios? ¿Cómo se forman? ¿Qué es lo que realmente miden?

 

Según la mayoría de las teorías económicas dominantes en el mundo académico, tal cosa no ofrece mayor misterio pues tiene lugar a través de la archiconocida ley de la oferta y la demanda. Un productor va el mercado y ofrece una mercancía a un precio, y es la propia dinámica en la demanda de ese bien la que le informa de que a precio debe realmente venderlo para que la oferta y la demanda alcancen un punto de equilibrio.

 

Dicho así, pudiera parecer que el vendedor podría incurrir en un abuso de precio, realmente ventajoso a su favor, pero no debemos olvidar que la economía no se produce en el vacío sino en el seno de una sociedad. Si algún otro productor es testigo de esa situación, en la que la demanda superase claramente a la oferta, inmediatamente correría a ese mercado a ofrecer el mismo bien por un precio inferior. Y si este proceso volviera a repetirse, en el límite, alcanzaríamos ese punto de equilibrio, en el que los precios de ese bien estarían tan ajustados que los vendedores obtendrían un beneficio marginal, a saber, lo justo para poder seguir cubriendo sus necesidades básicas.

 

La situación anteriormente descrita es la que se da en lo que el mundo académico conoce como los mercados de competencia perfecta, es decir, aquellos, por resumir, en los que los productores no tienen especiales dificultades en acceder al mercado para ofrecer sus productos, o dicho en jerga economista, no disponen de barreras de entrada. Es por ello que bajo esa situación se afirma que las empresas (productores u oferentes de un bien o servicio) son precio aceptantes. En otras palabras, ellas en realidad no imponen ningún precio sino que aceptan lo que les dicta la propia ley de la oferta y la demanda.

 

Con todas las matizaciones necesarias para lo que no es más que un contexto idealizado, este escenario es el que experimentan la mayor parte de los autónomos, es decir, los trabajadores que se explotan a sí mismos. Es por ello que la mayoría de ellos afirman que su negocio apenas le da para vivir, confirmando así la teoría de ser precio aceptantes.

 

Efectivamente, un autónomo no es más que lo antes era un proletario, es decir, un ser que viene al mundo desposeído de medios de producción, que ante las dificultades que encuentra para que compren su pellejo, lo único que puede ofrecer, en el mercado de trabajo, es decir, para convertirse en un asalariado, se ve empujado a "emprender", o lo que es lo mismo, a endeudarse ante una entidad financiera para adquirir un medio de producción a pequeña escala (un bar, una tienda de ropa, un pequeño taller de manualidades…) que le permita seguir viviendo.

 

Dado que esto lo puede hacer cualquier otro proletario en la misma situación sin grandes dificultades, podemos afirmar que en el ecosistema económico en el que los autónomos realizan su actividad no existen especiales barreras de entrada. Todos compiten salvajemente en sus respectivos mercados propios, de tal forma que al final del proceso el beneficio obtenido, si es que este llega a darse (y no la quiebra o ruina a la que ayudan otros factores que a continuación veremos), es puramente marginal. Esta dinámica termina desembocando en un fuerte malestar social en estos sectores, como las manifestaciones vividas en los últimos tiempos entre los transportistas autónomos o los pequeños productores agroganaderos (y las que están por llegar en un tiempo en el que el trabajo asalariado es un recurso escaso).

 

A pesar de toda esta parrafada, no parece que hayamos alcanzado clave alguna que explique la escalada actual de precios, en todo caso hemos podido llegado a entender la situación desesperada que viven muchos autónomos. Para llegar a penetrar en el misterio, debemos olvidarnos por un momento de lo que dice la teoría y echar un vistazo a la realidad.

 

Nuestro sistema de producción es capitalista, esto quiere decir que tiene una tendencia natural a la concentración y acumulación de capital mediante el desarrollo de economías de escala. Esta dinámica, ya teorizada por Karl Marx hace casi dos siglos, ha sido empíricamente demostrada por multitud de estudios históricos que afirman que, a pesar de que puedan descubrirse nuevas fuentes de riqueza o de energía (el carbón, la electricidad o Internet) y se dé incluso una suerte de destrucción creativa, en la que las empresas que son incapaces de adaptarse a las nuevas circunstancias son expulsadas del mercado, en muy poco tiempo el capital tiende a concentrarse y acumularse de nuevo en un número muy limitado de corporaciones que controlan los principales mercados, y cuya actividad influye de manera determinante en todo lo que acontece a nivel microeconómico y a sus principales agentes, sean estos consumidores, asalariados, autónomos o pequeño burgueses. Es decir, todo sistema capitalista desemboca en su pura inercia en un oligopolio en la oferta de bienes y servicios esenciales.

 

En efecto, multitud de bienes o servicios fundamentales para nuestro bienestar o incluso nuestra supervivencia son ofertados por una cantidad muy limitada de grandes multinacionales: la producción y distribución de energía; la extracción, refinamiento y venta de combustibles fósiles; la investigación y elaboración de nuevos medicamentos; la fabricación de vehículos a motor; la distribución y el mercado minorista de alimentos; la prestación de servicios financieros; de telecomunicaciones a través de las nuevas tecnologías… ¿Y cuál es la razón para ello? Pues las fuertes barreras de entrada para que cualquier productor pueda acceder a esos mercados.

 

Resulta especialmente curioso que en los cientos de miles de cursos impartidos a lo largo de este país desde la gran crisis del 2008 para tratar de empujar a los desempleados a emprender, donde se les alecciona sobre la necesidad de reinventarse o de ser flexibles ante las circunstancias siempre cambiantes… y cuyo principal propósito es ayudarles a saber identificar donde se encuentran los nichos de mercado más favorables en los que llevar a cabo su proyecto empresarial, no se les presente como especialmente beneficiosos todos aquellos regidos por un mercado oligopólico. Un emprendedor de verdad, uno que busque realmente revolucionar el mercado e introducir la competencia en un sector empresarial marcado por el inmovilismo, debería dedicarse a generar energía, levantar un laboratorio farmacéutico, construir nuevos coches eléctricos o fundar un banco.

 

Obviamente nos encontramos aquí con un problema, ¿de dónde saca un proletario toda la pasta necesaria para hacer algo así (alguien, recordemos, que viene desnudo al mundo, que solo puede ofrecer su propio pellejo al mercado)?. ¿Quién o qué entidad financiera le prestaría ese dinero para emprender en unos sectores dominados por las economías de escala que necesitan de inversiones millonarias si se desea realmente siquiera empezar a competir en ellos?. Vemos ahí la principal barrera de entrada: la falta de capital inicial para formar parte del selecto club. Este sin duda es la principal, pero, por si fuera poco, no es la única.

 

Supongamos que nuestro titánico y obstinado emprendedor logra asociarse con otro grupo numeroso de desempleados y entre todos logran reunir el capital necesario. En el camino hacia la realización de su sueño le esperan, al menos, dos grandes obstáculos más: las redes de poder entretejidas entre el capital y el poder político, en la que la burguesía "nacional" presionará al Ejecutivo de turno para tratar de frenar su entrada en el mercado; y, si finalmente lo logra, la más que posible absorción de su pequeña empresa (pequeña en comparación con los gigantes consolidados que dominan ese mercado) por alguno de los mismos.

 

Para ilustrar lo anterior basten dos ejemplos recientes: la retirada, sin previo aviso y contraviniendo la seguridad jurídica, de las primas a las renovables decretada por el gobierno de M. Rajoy que supuso la ruina de miles de familias y pequeñas cooperativas que trataban de introducirse como agentes productores en el mercado de la energía (fundamentalmente el fotovoltaico); el actual proceso de concentración bancaria derivado de la bancarización de las Cajas de Ahorro cuya guinda final, de momento, es la compra de Bankia (una entidad capitalizada fundamentalmente con dinero público) a precio de saldo por CaixaBank.

 

Hasta ahora hemos demostrado que todas las cosas importantes que rigen nuestras vidas en el plano económico están gobernadas por mercados oligopólicos, y que dejando al capitalismo actuar a su libre arbitrio, las cosas no pueden ser además de otra manera. A su vez todo lo que en él ocurra en cuanto a los precios, por tratarse de bienes y servicios esenciales, tendrá una afectación profunda no solo en la vida de la mayor parte de los consumidores, sino también en la de los pequeños productores (autónomos, pymes…). Así, si por ejemplo el precio de la energía sube, esto encarece los procesos de producción de miles de empresas, lo que provoca a su vez otra subida de precios en diversos mercados. Por lo tanto, si deseamos desentrañar el misterio de los precios, y por lo tanto de la inflación actual, debemos centrarnos en tratar de entender cómo se fijan estos en los que realmente dominan los mercados: los oligopolios.

 

Si el mercado que tratamos es de naturaleza monopólica ahí no hay mucho que decir. Al haber una solo oferta y una alta demanda, más aún si se trata de un bien o servicio básico, el precio será el óptimo para la empresa, aquel que logre maximizar sus beneficios, y a esto, en principio, no se le conoce límite. Pongamos un ejemplo para tratar de ilustrarlo.

 

Uno de los mayores mercados monopólicos en la actualidad es el de los medicamentos fabricados bajo patente: un laboratorio que ofrece en exclusiva un nuevo medicamento aparentemente revolucionario como tratamiento a una enfermedad. Esto fue lo que ocurrió cuando el laboratorio Gilead lanzó al mercado sofosbuvir, un medicamento contra la hepatitis C. En Europa, Gilead cobraba hasta 54.600 euros por un tratamiento con sofosbuvir de 12 semanas (en nuestro país este precio tuvo unos efectos devastadores cuando el gobierno de M.Rajoy se negó a su financiación a través de la sanidad pública, lo que supuso la muerte de unos cuatro mil enfermos). En Estados Unidos, el laboratorio fijó inicialmente su precio en 84.000 dólares, unos 1.000 dólares por comprimido (un poco más elevado pues la renta per capita es más elevada que la media europea, es decir, se suponía que el americano medio podría llegar a pagar incluso un poco más). Finalmente, un estudio de la Universidad de Liverpool demostró que el coste de producción por pastilla era en realidad inferior a un dólar.

 

Pero vayamos ahora a los mercados oligopólicos y por simplificar, supongamos la presencia de dos únicos agentes oferentes en un mercado concreto con una alta demanda. En principio, todo invita a pensar que si uno de ellos pone un precio elevado a su bien o servicio, el otro podría intentar bajarlo para atraer más demanda compensando así ese descenso del precio, y obtener más beneficios. Pero lo que pronto ocurriría, ante el descenso de sus beneficios, es que el primer agente bajaría entonces también el precio, hasta al menos igualarlo al que ofrece el competidor, equilibrando así nuevamente la demanda. ¿Qué ha ocurrido entonces al final del proceso? Pues que ambos agentes obtienen ahora menos beneficios que en el escenario inicial. ¿Qué es por lo tanto lo más ventajoso para ambos? Pues desarrollar una estrategia de colusión, es decir, pactar precios entre los dos agentes. Para un número mayor de agentes el razonamiento es el mismo; al ser este limitado por tratarse de un mercado oligopólico resulta lo más óptimo, y factible, para todos nuevamente alcanzar la colusión.

 

Esto es lo que observamos a diario en nuestras actividades como consumidores. Todas las gasolineras ofrecen los mismos precios para el carburante, todos los bancos nos cargan las mismas comisiones, o todas las eléctricas nos ofertan las mismas tarifas. Es por ello, también, que toda bonificación en el precio realizada por el Gobierno no tiene ningún efecto: es inmediatamente absorbida por la empresa y el precio vuelve a su valor anterior. De hecho, las bajadas de impuestos a las energéticas o los cheques al consumo en las gasolineras no han tenido efecto alguno en el precio (incluso se ha incrementado), más allá de suponer una transferencia de dinero público a manos privadas (esto es algo que cualquier persona dispuesta a comprarse un coche bajo los numerosos planes PIVE aprobados por los diferentes gobiernos ha experimentado en carne propia, los precios del vehículo subían nada más ser aprobado el plan).

 

Bien, pero entonces, ¿a qué responde realmente la inflación actual? ¿Tiene algo que ver con lo que sucede en Ucrania como no deja de afirmarse? Veamos un dato: el precio del barril de crudo en el mercado era de 136 € en 2008 y el litro de la gasolina rondaba el euro; en la actualidad el precio del barril se aproxima a 128 €, sin embargo, el precio del litro de gasolina supera los dos euros.

 

¿Quiere decir esto que la guerra en Ucrania no tiene nada que ver con la inflación? No del todo, no tiene nada que ver en el plano de lo material, pero sí en el ámbito de lo simbólico. Vivimos en sociedades posmodernas donde la narratividad es igual de importante que la realidad. Si como acabamos de demostrar, todo precio no responde a ningún factor objetivable, es una ficción destinada a maximizar los beneficios de quien lo fija, la guerra es el nuevo chivo expiatorio para justificar la nueva colusión alcanzada, el relato necesario bajo el que construir la nueva realidad económica. De la misma manera que la entrada del euro como única moneda de curso legal en 2002 sirvió de escenario adecuado para introducir la mayor inflación experimentada por un país en menos tiempo a pesar de que no existía detrás ninguna circunstancia objetiva que pudiera explicarla.

 

Entonces, ¿qué mide realmente un precio? Pues en el límite nos da una medida del grado de movilización social en la ciudadanía junto con el grado de predisposición de un Gobierno a la hora de intervenir decididamente los mercados (algo que es incluso un mandato constitucional, véase el artículo 128). Es decir, los precios suben en contextos en los que resulte sencillo escribir un relato que lo justifique y con la necesaria complicidad de la pasividad ciudadana junto con la indolencia del Gobierno. En última instancia, el precio, desde la noche de los tiempos del capitalismo, mide el límite de latrocinio que un pueblo está dispuesto a soportar.