lunes, 25 de mayo de 2026

(PER)JUICIO INMINENTE

Nunca sabré si representar a la Justicia como ciega es un elogio o una denuncia. A veces su ceguera parece selectiva, como la del viejito del acordeón:

El viejito 'el acordeón en la feria de mi barrio
'taba ciego pero veia lo que echaban en el tarro...

Otras veces, más que ciega, parece tuerta, y solo mira por el ojo derecho.

Como lego en materia judicial no sé si era posible desestimar de entrada la denuncia o si se trata de un trámite necesario. Veremos enseguida el alcance de la acusación.

En el peor de los casos podríamos ver una condena de prisión por una protesta mínimamente agresiva. No parece posible una larga condena que obligue a entrar en la cárcel, pero en todo caso inhabilitaría a los condenados para protestar en lo sucesivo: segunda protesta, segunda acusación, segunda condena... ¡y al trullo!

Una protesta, una manifestación, una huelga, si no molestan, si no estorban siquiera un poco, poco efecto tienen. Incluso manifestaciones enormes son capeadas, se las deja pasar y al día siguiente, "si te he visto no me acuerdo".

De mínima utilidad son nuestras protestas virtuales, las que practicamos encadenados a estas redes que más bien parecen rediles que nos encierran por afinidades; pese a esto sería peor callar y otorgar.

En el caso que nos ocupará a partir de mañana, entre el trivial motivo de la protesta y el terrible daño a las instituciones, en sus locales, dignidad y "prestige", la desproporción clama al cielo. Pero el cielo debe tener también sordera selectiva y no nos oye.

"No tengo nada más que añadir", que dijo aquel sabio de cuyo nombre no puedo dejar de acordarme.

Bueno, no. Me dejaba algo en el tintero: a las pruebas me repito.


El proceso: Jorge Riechmann y la protesta climática

El filósofo y poeta Jorge Riechmann.EFE/Marta Montojo














Jorge Riechmann no es una amenaza, pero fue detenido el 7 de octubre de 2019, junto al técnico en energía Paco del Pozo y la psicóloga Marina M. Martínez, por haber participado en una protesta climática pacífica. El próximo día 26, se enfrentan a un juicio penal acusados de resistencia grave a la autoridad por el que la Fiscalía pide diez meses de prisión. Riechmann, además, está imputado por haber arrojado un líquido rojo biodegradable en la fachada del Congreso de los Diputados junto a otros académicos y activistas.  Filósofo, poeta, profesor universitario y autor de una extensísima obra, su suerte procesal será una prueba de fuego para nuestra salud constitucional y nuestra calidad democrática. Nos dirá mucho del grado en que estamos comprometidos con la defensa de la libertad de expresión, el derecho de reunión y la desobediencia civil no violenta.

Perseguir a quienes se movilizan para alertar sobre una emergencia climática sobre la que existe un consenso científico abrumador, supone castigar a quienes señalan el incendio y normalizar a quienes lo avivan. El caso de Jorge Riechmann ilustra una amplia tendencia de criminalización y estrechamiento del espacio cívico con la que se intenta inmovilizar a la gente y eludir responsabilidades estructurales.

En un Estado constitucional, la protesta pacífica es señal de pluralismo político y ciudadanía activa; una forma legítima de participación pública, especialmente cuando se persigue una finalidad de evidente interés general. Por eso, no toda acción disruptiva ha de recibir una respuesta penal. El derecho penal no puede convertirse en un mecanismo de pedagogía disciplinaria ni en una herramienta para blindar el statu quo a base de castigos ejemplarizantes.

De hecho, el artículo 557 de nuestro código penal exige una interpretación estricta acorde con el principio de legalidad, y no ampara la persecución de una protesta simplemente porque sea molesta, incómoda o contundente. Hay que probar la gravedad del resultado y la existencia de un ánimo intimidatorio o violento. La mera ocupación simbólica, la interrupción temporal o la visibilización mediática no satisfacen los elementos del tipo.

El Tribunal Constitucional español ha reiterado también que el derecho de reunión tiene una función central en el pluralismo y su limitación exige una motivación suficiente. Es decir, que el control de proporcionalidad debe reforzarse especialmente frente a manifestaciones vinculadas a la crítica política y social. Y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha llamado la atención sobre el efecto disuasorio que producen las sanciones penales o administrativas sobre protestas pacíficas, advirtiendo de que su imposición podría ser desproporcionada si acaban desalentando el debate público sobre asuntos de interés general.

En contextos de emergencia climática, la desobediencia civil no violenta se sitúa en la intersección entre nuestros deberes éticos y nuestros derechos políticos porque ayuda a corregir fallos sistémicos o institucionales. Su criminalización desactiva los canales que facilitan la (in)formación y la orientación de la voluntad popular.

Quienes trabajamos la filosofía del derecho (y en esto coincido con Jorge Riechmann) sabemos que puede haber oposición entre la legalidad que emana de las instituciones y la legitimidad de esas mismas instituciones, de manera que, en según qué términos, es posible justificar la desobediencia civil o la resistencia. El descontento no se canaliza solo a través de citas electorales o mediante un sistema judicial eficiente, capitaneado por supuestos jueces incorruptibles que "pronuncian" la ley, porque en una democracia constitucional lo importante no es que la ley sea la ley, sino que no sea solo eso. Es absurdo pensar que no hay nada entre la persona de orden que vota cada cuatro años, se reúne con autorización, se manifiesta en actitud festiva y a golpe de batucada, y los presuntos delincuentes que salen a las calles desordenadamente, aunque sea de forma pacífica y para defender nuestros derechos frente a los abusos del poder político o económico.

Como dice Habermas, todo Estado democrático de derecho debería entender que la desobediencia frente a una violación de derechos orquestada o consentida desde el sistema es una parte necesaria de la cultura democrática. No solo porque, a diferencia de la comisión de un delito, está moralmente fundada, sino porque apela a los fundamentos mismos del orden constitucional. Decir que un acto es ilegítimo, o que no está justificado, simplemente porque existe una norma que lo prohíbe, es una afirmación completamente extemporánea en un sistema que, como el democrático, no funda su legitimidad en la pura legalidad. Si queremos ciudadanos conscientes y racionales para que legitimen los procesos legales con sus votos, hemos de asumir que estos mismos ciudadanos sometan al poder político a un cuidadoso escrutinio y a una permanente crítica y revisión.

De modo que, aunque traspase los límites de lo jurídicamente establecido, una acción pacífica de protesta que se apoya en derechos conquistados y garantizados constitucionalmente, no puede ser, en puridad, una acción sediciosa, porque lo que la mueve no son las creencias privadas o los intereses propios de unos cuantos individuos sino las razones moralmente compartidas que le dan sentido al mismísimo sistema democrático. Así entendida, la desobediencia civil no pretende derrocar o subvertir un orden basado en derechos, sino más bien resistir a su desmantelamiento institucional.

En un Estado que pretenda ser legítimo y democrático, que quiera recabar para sí una adhesión ciudadana voluntaria y genuina, una movilización ecologista debería recibir un tratamiento político mucho más refinado e inteligente. Jorge Riechmann se enfrenta a un juicio el próximo martes. Penalizar a quienes defienden la Tierra y los bienes comunes en nombre de un aparente legalismo sin matices es un error normativo que acabará por corroer la propia estructura jurídica que dice defender.

viernes, 15 de mayo de 2026

Un recuerdo para El Cabrero

"Verba volant, scripta manent". Desde que la voz se escribe también "verba manent".

Gracias a esto, aunque se haya apagado la vida de El Cabrero, nos queda su voz. Es raro que se aúnen en un intérprete conocimiento, habilidad, sentimiento y un timbre tan claro y potente. La capacidad de muchos artistas no los libra siempre de exageraciones o alardes innecesarios. Esto no iba con él.

Porque su sentir no era apariencia. Siempre consecuente, sus letras se reflejaban en una vida de trabajo que nunca abandonó. "Predica, Fray Ejemplo". Letras que en tiempos duros pero esperanzados fueron armas obreras cargadas de futuro que sustituían en muchos cantaores el lamento triste por el grito rebelde. Entre ellos destaca El Cabrero por su singular estilo de vida. Por eso le ha rendido homenaje el poeta Conrado Santamaría recordando esta emblemática letra:

Nos enseñan a matar
mucho más que a sembrar un árbol,
nos enseñan a matar,
y a los que nos rebelamos
solo nos queda gritar:

¡Ni guerras ni Dios ni amo!




Apoyo constante fue su compañera Elena Bermúdez. Hijo de ambos, El Crespo Zapata continúa su trayectoria.

Del obituario publicado en El Salto:

Muere El Cabrero, el cantaor al que el miedo hizo rebelde y no borrego

El cantaor flamenco El Cabrero ha fallecido en Aznalcóllar a los 81 años de edad. Cabrero de profesión y anarquista de filiación, llegó a convertirse en el cantaor con más proyección internacional pero nunca dejó de sacar a sus cabras.

Así proclama en este vídeo:

Esta fue una de sus últimas actuaciones en la Fiesta del PCE:

Documental Mi patria es la Libertad:

martes, 12 de mayo de 2026

El cante y sus primeras grabaciones

La pasada semana, desde Écija, su pueblo y el mío, hablaba en el programa de RTVE nuestro flamenco el musicólogo José Manuel López Gutiérrez, "Chemi López", que acaba de publicar el libro El Cante después del cante. La era acústica, 1878-1926. El autor es también un activo editor musical a través de la marca La Droguería Music.


















Me intrigó el tiempo histórico elegido. Es anterior a la utilización de medios electrónicos, de ahí el nombre de "era acústica": las vibraciones de la voz y el instrumento se transmitían mecánicamente a unos cilindros de cera, situándose cantante y guitarrista muy cerca de una campana que las recogía.

Como resultado, las condiciones de la grabación eran muy diferentes de las de los cafés cantantes de la época, así que lo que conservamos no es exactamente lo que escuchaban los asistentes al espectáculo. Pero esta versión grabada en condiciones poco naturales es sin embargo la que influyó en el cante que se hizo después.

La Historia humana más fiel comienza con la escritura; lo anterior es incierta Prehistoria, reconstruida y poco precisa. Lo mismo pasa con la música. Si la música culta quedó fijada con el pentagrama, de la evolución de la música popular sabemos mucho menos. Cada generación aprendía de la anterior, y los únicos testimonios directos del flamenco proceden de esta "era acústica".

La comparación con el folklore actual de otras culturas que pudieran influir en el cante andaluz permite hacer conjeturas sobre sus formas previas. También hay ecos de formas populares en la música culta escrita. Pero la influencia directa superior a una generación comienza con estas primeras grabaciones. A partir de ellas empieza para nosotros la Historia del Flamenco, que hoy abarca al menos cuatro generaciones.

En su evolución, por lo tanto, ha influido mucho este conocimiento. A lo largo del siglo XX se consolida un arte que, lejos de lo que imaginaban los organizadores del concurso de Cante Jondo de Granada de 1922, no era un objeto puro y consolidado, ajeno al folklore tradicional, sino un arte mestizo, que en expresión de mi paisano, que no había oído desde hace tiempo, estaba todavía "entenguerengue".

La relación dialéctica entre el observador y lo observado no solo se da en la Física, donde a partir de ciertas escalas cobra mucha importancia. También en las ciencias sociales la presencia del observador influye en el comportamiento de los sujetos y en la interpretación que hacemos del mismo.

De manera que, aunque no sepamos como sería el cante si no conociéramos su evolución reciente, podemos suponer que no sería el mismo. Es mucho lo que han podido estudiar a fondo cantaores y guitarristas a fuerza de oír y comparar una y otra vez las grabaciones que se han sucedido a lo largo de un siglo y medio. El gusto en continua evolución hace fluctuar el aprecio a lo largo del tiempo de las formas que se han conservado, desde los cilindros de cera y los discos de pizarra al microsurco, la cinta magnetofónica, el disco compacto, y más allá...

Aprecio y menosprecio se suceden, pese al prestigio legendario de algunos precursores. Tal vez si apareciese hoy una grabación de Silverio nos decepcionaría. ¿O quizá no...? ¿Por qué será que a veces prefiero alguna interpretación posterior de la malagueña de Chacón o de la rondeña de Montoya?

Del programa radiofónico mentado dejo aquí el minutado, aunque os recomiendo la audición entera:

Guitarristas:

03:16, Miguel Borrull, variaciones de granaína

06:51, Luis Yance, zambra gitana

10:48, Ramón Montoya, rondeña

Cantaores:

15:20, Antonio Pozo, "El Mochuelo", petenera

24:44, Paca Aguilera, guajira

34:35, María Valencia, "La Serrana", seguiriya

36:52, D. Antonio Chacón, malagueña

45:10, Cayetano Muriel, "Niño de Cabra", cartagenera

53:53, Pastora Pavón, "Niña de los Peines", soleares

Aquí va otra entrevista en que Chemi señala otra variable que experimentamos todos: oír la propia voz nos hacer sentirla extraña e intentamos modificarla. Surge esa posibilidad con la era acústica; antes nadie podía ser consciente de que los demás no nos oyen como nos oímos "desde dentro".

Se cierra la entrevista con esta soleá. Canta Luis Moneo:

¡Mal fin tengas! ¿qué me has dao
pa que yo tanto te quiera,
que me has hecho aborrecer
a quien quería de veras?

sábado, 9 de mayo de 2026

DEFENDER LA TIERRA NO ES DELITO

Si es delito la omisión del deber de socorro, no defenderla lo debería ser.

Pero al parecer parece que parece que esto no es tan obvio como parece.

Ya nos gustaría que fiscales y jueces fueran tan estrictos y puntillosos con otros presuntos pecadillos como lo son con estos activistas. Dado que Sus Sensibilidades afinan tanto, tal vez la presión popular sirva para algo.

Aunque... no sé... no sé...

Sumémonos pues a esta petición:

https://www.peticiones.net/defender_la_tierra_no_es_delito 


DEFENDER LA TIERRA NO ES DELITO

8 de mayo de 2026






El próximo 26 de mayo se juzgará en Madrid a tres personas: Jorge Riechmann, Marina M. Martínez y Paco del Pozo, acusadas de “resistencia grave a la autoridad”, un delito castigado con multas o penas de prisión de tres meses a un año. Su grave resistencia consistió en evitar ser lesionadas cuando la policía deshizo la cadena humana que cortaba el tráfico de una calle de Madrid el 7 de octubre de 2019. Es, pues, una acusación falsa. Alguna de estas personas y otras catorce se enfrentarán, además, en los próximos meses, a otro proceso penal, este por la acción realizada el 6 de abril de 2022, consistente en verter un líquido biodegradable y fácil de limpiar en las columnas de la fachada del Congreso de los Diputados. En este caso, las penas solicitadas son aún más duras.

Estas dos acciones no violentas formaban parte de campañas de movilizaciones internacionales. La primera fue impulsada por la plataforma 2020 Rebelión por el Clima junto con Extinction Rebellion Spain. La segunda, por Rebelión Científica, integrada por científicos y académicos que, tras advertir durante décadas de la gravedad de la crisis ecológica, y particularmente de la mutación climática, y en vista de la inacción política, han decidido pasar a la acción. Un país como el nuestro, que ha sufrido estos últimos años olas de incendios devastadores, creciente desertificación, sequías prolongadas y una DANA de consecuencias terribles, todo ello sin precedentes, debería ser especialmente sensible a la hora de tomar medidas ante la crisis ecológica y sus efectos ya patentes.

¿Es tan grave la situación como para que valga la pena arriesgar la libertad y el patrimonio para tratar de llamar a la acción? Sí, si damos por cierto los últimos informes del IPBES o del IPCC de las Naciones Unidas. En este último se afirmaba: “Nos enfrentamos a una catástrofe inminente; estamos sobrepasando un punto de inflexión climático irreversible sin que los Gobiernos estén actuando en consecuencia”. El propio Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, advertía en diciembre de 2024: “Estamos presenciando el colapso climático en tiempo real. Este camino está abocado a la ruina y tenemos que abandonarlo lo antes posible”. Y en 2025, dijo: “Los países deben encaminar al planeta hacia perspectivas más seguras, reduciendo drásticamente las emisiones y apoyando la transición a un futuro renovable”. Por su parte, en enero de 2020, el Consejo de Ministros del gobierno español había aprobado la Declaración ante la Emergencia Climática y Ambiental en España.

La realidad es que ni la comunidad internacional ni nuestro gobierno están actuando de acuerdo a sus compromisos, y las causas que motivan la crisis, lejos de disminuir, siguen aumentando su impacto. En primer lugar, porque ni en la práctica ni en el discurso han abandonado la senda del crecimiento económico, que está en la base de la destrucción ecológica en curso. En el caso europeo, además, dicho crecimiento avanza a remolque del sector militar, es decir, de la destrucción de la vida. Por otro lado, incluso cuando se avanza en políticas de corte ecosocial, se reduce el problema ecológico multidimensional al factor de las emisiones, poniendo en marcha medidas ambiguas que, aunque pueden reducir emisiones localmente, suponen un empeoramiento global de la extralimitación planetaria (un ejemplo palmario de ello es el incentivo público al coche eléctrico).

Por todo ello, necesitamos más que nunca que las voces de los defensores de la tierra se hagan oír. No solo por la gravedad de la devastación ecológica y sus temibles consecuencias para la sociedad, ni tampoco por la escandalosa falta de medidas serias para la paliarla, sino porque, en un nuevo giro de la espiral, quienes recurren a la acción pacífica para llamar la atención sobre todo ello son castigados con una violencia institucional absolutamente desproporcionada. ¡Un año y nueve meses de cárcel por participar en una manifestación pacífica! Es lo que pide la Fiscalía por la acción ante el Congreso. Pero ¿hace falta recordar que la desobediencia civil no violenta es un recurso fundamental de la democracia, gracias a la cual se han conseguido algunos de los logros más nobles de nuestras sociedades? Aceptar su criminalización es aceptar el menoscabo de la soberanía popular y del derecho fundamental de oponerse pacíficamente a la injusticia.

Esta oposición pacífica es hoy más importante que nunca. El mundo se está encaminando por una senda de violencia y belicismo que aniquila a su paso pueblos, como el de Gaza, ecosistemas y, en resumen, las perspectivas de un futuro digno en este planeta vivo. Si no interponemos acciones de paz frente a la guerra, lo peor de lo que puede pasarnos ocurrirá, y de manera acelerada.

Por todo lo anterior, solicitamos tu firma al pie de este manifiesto y tu presencia en el acto de apoyo a esta causa que tendrá lugar en el Círculo de Bellas Artes, el próximo 25 de mayo de 2026 a las 19:00 h.

PRIMERAS FIRMAS:

Adrián Almazán. Profesor de universidad, escritor

Ana Morente. Periodista

Ana Pérez Cañamares. Poeta

Antonio Crespo Massieu. Poeta

Antonio Gamoneda. Poeta

Antonio Orihuela. Poeta

Alberto García-Teresa. Poeta

Alberto San Juan. Actor, fundador del Teatro del Barrio

Ana Rosetti. Poeta

Aurora Fernández Polanco. Catedrática de universidad

Azahara Palomeque. Poeta y novelista

Belén Gopegui. Escritora

Bernardo Atxaga. Escritor

Carmen Madorrán. Profesora de universidad, escritora

Chema Madoz. Fotógrafo

Eva Lootz. Artista

Gabi Martínez. Escritor

Jaime Vindel. Científico titular del CSIC

Joaquín Araujo. Naturalista, escritor, agricultor ecológico

Jordi Doce. Poeta, crítico literario

José Albelda. Pintor, fundador de MHESTE/ DESEEEA

Joseba Sarrionandia. Escritor

José Luis Tirado. Artista, cineasta

José María Parreño. Poeta, profesor de universidad

Juan Carlos Mestre. Poeta

Laura Casielles. Poeta

Manuel Alcántara. Decano Facultad Filosofía y Letras UAM

María Sánchez. Poeta

Marta Sanz. Poeta y novelista

Miguel Casado. Poeta y crítico

Mar Villaespesa. Comisaria de exposiciones

Marina Garcés. Filósofa

Manuel Rivas. Escritor

Nacho Fernández Rocafort. Poeta, profesor

Olvido García Valdés. Poeta

Ruper Ordorika. Músico

Tonia Raquejo. Catedrática de universidad

Tristán Ulloa. Cineasta, actor

Viggo Mortensen. Actor, cineasta

Yayo Herrero. Antropóloga, activista ecosocial, profesora de universidad

viernes, 8 de mayo de 2026

Cómo introducir el vicio en el hospicio

Al interactuar en cualquier entorno social hay juicios y opiniones que se consideran "aceptables" y hay otras "inaceptables" que nos cuesta admitir o al menos expresar públicamente. Así se configura el "sentido común". Sin que todos los juicios sean coincidentes esto marca un territorio para el debate del que es difícil salir. El marco admisible es la denominada Ventana de Overton y limita las opiniones que se pueden expresar en el espacio público sin que el individuo o partido político que las expresa sea directamente descalificado.

El marco no es fijo. Con los cambios sociales se desplaza, crece o mengua, Una sociedad represiva que impone marcos rígidos estrechará la ventana, otra más libre la ampliará. La acotación es variable y depende de cada cultura y de los cambios que experimenta, muchas veces provocados por la represión o la propaganda.

Quedan fuera de la ventana lo considerado "impensable" y lo que parece demasiado "radical". Dentro de ella tampoco da todo igual. La gama va de lo simplemente "admisible" a lo abiertamente "popular", pasando por lo que parece al menos "sensato".

La política se sitúa en el centro de la ventana porque el ideario aceptable por el público bendice la viabilidad política de una idea, definida por este hecho más que por las preferencias individuales de los políticos.

Así, en cada momento, esta «ventana» incluye una gama de políticas, aceptables de acuerdo al clima de la opinión pública, que un político puede recomendar sin ser considerado demasiado extremista para ocupar o mantener un cargo público. Si solo es aceptable una estrecha gama de políticas potenciales conviene a los políticos apoyarla por encima de sus preferencias personales.

La gama varía cuando las ideas cambian no entre los políticos sino en la sociedad que los elige.

Hay técnicas para mover la ventana, por ejemplo promoviendo deliberadamente ideas «radicales» con la intención de hacer parecer más moderadas y por lo tanto más aceptables ideas que todavía están fuera. Compararlo con lo horrible puede llevarnos a admitir lo simplemente "malo".

Pero no todas las técnicas son iguales, porque la ventana puede moverse y hacer que cambie la mentalidad de la sociedad apelando, tanto a los hechos y la lógica, como a la moralidad, a las emociones y en última instancia a las circunstancias o la desinformación.

El lenguaje juega un papel importante en este juego, no siempre limpio. Así, el "sentido común" al que apela un partido como VOX, y que desplaza la mentalidad hacia valores reaccionarios, no necesita utilizar, como los nazifascistas de otro tiempo, la noción de supremacía racial para excluir: le basta por ahora la preferencia nacional para priorizarEl fascismo de hoy está manipulando la percepción, con solo cambiar raza por nacionalidadexclusión por prioridad y supremacía por preferenciaSuavizar el lenguaje hace que los poco avisados no perciban la nueva piel de cordero.

En todo esto subyace la exclusión de los que no forman parte de un "nosotros" siempre artificial y más que discutible. En este momento "nosotros" somos los españoles, los andaluces, los canarios, los de mi barrio o mi familia. No los trabajadores, no, ahora mismo, los pasajeros del Hontius. La lupa del prestidigitador se dirige siempre intencionadamente.

Pero el mecanismo funciona; evocando a Javier Krahe:

"El pecado se ha colado aprovechando un resquicio: ya está el vicio en el hospicio"


Supremacía nazional 

Enrique Javier Díez Gutiérrez

01/05/2026

Una niña sostiene un cartel en una manifestación antirracista en Madrid. Europa Press











La nevera vacía de los Mbarga

Eran las 7:30 de la mañana cuando Anne, enfermera camerunesa de 42 años, se plantó delante del director de la contrata de limpiezas donde trabaja desde hace nueve años. No iba a pedir un aumento ni a quejarse de los turnos. Iba a entregar su renuncia. La razón: su hijo de 15 años, Christophe, había llegado la noche anterior con una hoja informativa en la mochila. Era el nuevo cartel del comedor social al que acudían dos veces por semana. Decía, con el sello del ayuntamiento gobernado por un partido de extrema derecha: "Prioridad de atención alimentaria: nacionales y residentes de larga duración con dos años de arraigo acreditable".

Christophe había nacido en España. Habla catalán sin acento. Juega en el equipo de baloncesto del barrio. Pero para ese Ayuntamiento, él y su madre —que paga impuestos, cotiza y limpia en casas— son "menos preferentes" que un nacional que llegó ayer del pueblo de al lado. Anne no renunció por orgullo. Renunció porque esa noche, al abrir la nevera, solo había medio brik de leche y dos zanahorias. Y porque la trabajadora social le dijo: “Lo siento, ahora hay lista de espera para los que no son de aquí”.

La trampa ideológica: "Los nuestros primero"

Lo que Anne sufrió en carne propia no es una medida aislada ni un exceso local. Es la punta del iceberg de un marco ideológico que la extrema derecha ha logrado normalizar bajo el seductor eslogan de la "preferencia nacional". La fórmula es tan simple como perversa: en el reparto de recursos escasos —vivienda, ayudas, empleo, sanidad, educación—, los “nacionales” deben ir siempre por delante.

Pero este principio choca con tres verdades incómodas que la ultraderecha oculta tras sus carteles de colores patrios:

  • Es ilegal según el derecho internacional. La Convención Europea de Derechos Humanos y la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE prohíben la discriminación por origen nacional o étnico. La "preferencia nacional" no es patriotismo, es xenofobia aporófoba.
  • Es económicamente estúpida. España necesita inmigrantes. La Seguridad Social es viable hoy gracias a los trabajadores extranjeros, que aportan más de lo que reciben.
  • Es una máquina de fabricar ciudadanía de segunda. Lo denunció el filósofo Étienne Balibar: "La preferencia nacional institucionaliza un apartheid cotidiano. No hace falta un muro físico cuando los comedores sociales ya tienen lista de espera para los que tienen el pasaporte equivocado".

La deriva de la "solidaridad restrictiva"

Detrás de cada cartel como el que vio Christophe hay una operación política calculada. La extrema derecha no propone eliminar el Estado de bienestar; propone restringirlo a unos pocos. Es la táctica del "nosotros contra ellos" aplicada a los comedores escolares, las listas del paro y las urgencias hospitalarias.

El historiador Enzo Traverso lo llamó "nacionalismo social": robar símbolos y políticas de la izquierda para teñirlos de sangre y suelo. "Nacionalizarán las ayudas sociales para que los autóctonos pobres odien a los inmigrantes pobres en lugar de odiar a los ricos de cualquier bandera", escribió.

Y funciona. Porque mientras los ultras señalan a la familia Mbarga como "la que nos quita las becas", los verdaderos beneficiarios del sistema —grandes fortunas, fondos buitre, empresas que contratan en paraísos fiscales— siguen jugando en otra liga, sin carteles que las nombren.

Supremacía nazional

La ventana de Overton se está desplazando cada vez más a la derecha. El actual Partido Popular ya ni disimula su herencia franquista. Fundado por los herederos de la dictadura fascista están retornando a sus orígenes. La causa ha sido su "hijo pródigo", Santiago Abascal, que se escindió del partido y montó un "chiringuito" de extrema derecha. Ahora les "lleva de calle" y ha conseguido que compren su marco ideológico supremacista, que sostiene que un grupo es superior a otros y, por tanto, debe recibir más y recibirlo primero.

El eslogan de "supremacía nazional" (o "preferencia nacional" como les gusta tildarla) se ha convertido en una pieza central de las guerras culturales en el repertorio discursivo de la extrema derecha actual. Este marco ideológico y político procede de la extrema derecha francesa (Jean-Marie Le Pen y posteriormente Marine Le Pen), donde se reformuló un discurso abiertamente racista en términos jurídico-administrativos aparentemente menos agresivos: sustituyendo raza por nacionalidad, exclusión por prioridad y supremacía por preferencia.

Este desplazamiento semántico permite lo que algunos autores denominan "racismo sin raza" o "nativismo institucional": se mantiene la lógica supremacista, pero con un lenguaje menos directo y ligado a vínculos emocionales de un "nosotros" contra los "otros". En la narrativa racista actual del neofascismo, la "preferencia nacional" opera como un marco que define un "nosotros" (los nacionales, "los de casa"), construye un "ellos" (inmigrantes, extranjeros, minorías) y legitima una jerarquía de acceso a derechos. No se presenta como exclusión, sino como protección moral: "los nuestros primero". Este giro retórico convierte una medida discriminatoria en una demanda aparentemente anclada en el sentido común.

Narrativa de guerra cultural

La eficacia política del giro reside en tres mecanismos:

a) simplificación: se vinculan problemas sociales (paro, vivienda, servicios públicos) con un único factor: la inmigración;

b) desplazamiento del conflicto social: Se sustituye el eje clase/desigualdad por el eje nacional/extranjero; y

c) activación emocional del discurso: apelando a la inseguridad, el agravio comparativo y la pérdida de estatus, mediante mensajes simples y polarizantes.

No se trata solo de la posibilidad de la aplicación real de estas políticas racistas, sino de su capacidad para redefinir la agenda pública. Introducen nuevos criterios de legitimidad (nacionalidad frente a derechos universales), desplazan debates estructurales (desigualdad social, falta de fiscalidad progresiva) y, sobre todo, reconfiguran lo que era impensable hace poco para ser "decible" políticamente, debatible mediáticamente, asumible socialmente y, finalmente legislable normativamente (es la ampliación cada vez mayor de la ventana de Overton). Porque, incluso aunque sean jurídicamente inviables, porque son anticonstitucionales y contrarios a la normativa europea al menos, de momento, funcionan como dispositivos de hegemonía cultural.

La clave de su éxito es su ambigüedad estratégica: puede defenderse como política social "prioritaria", pero opera como mecanismo de exclusión diferencial. A primera vista, parece una política de gestión escasa de recursos. Pero analíticamente introduce un criterio de estratificación de derechos basado en la nacionalidad. No se presenta como racismo explícito, no afirma abiertamente superioridad biológica o cultural (como el supremacismo clásico) pero establece una prioridad estructural de unos sobre otros. Se convierte en un marco ideológico que redefine quién merece derechos y en qué grado. Esto configura lo que puede denominarse un "Estado racista", donde los derechos dejan de ser universales, para volverse condicionados por pertenencia a un determinado grupo.

Una sociedad de racismo institucional

Si extrapolamos ese mecanismo racista, el resultado es una transformación profunda del contrato social. Se construye una ciudadanía jerárquica, donde se pasa de la ciudadanía universal (igualdad formal) a una ciudadanía estratificada: nacionales, residentes con derechos limitados y sujetos "tolerados" sin garantías. Se normaliza la desigualdad jurídica: legitima la discriminación institucional y el trato diferencial legalmente establecido (sería la norma administrativa). El Estado Social deja de atender a la población en función de su necesidad, y lo hace de acuerdo a su pertenencia. Con efectos amplificados en el ámbito socioeconómico: competencia entre clases y grupos subalternos (trabajadores nacionales vs migrantes), desplazamiento del conflicto estructural (la desigualdad pasa a reconfigurarse como identidad), explotación (mano de obra precarizada sin derechos plenos) y rompe cualquier posibilidad de solidaridad intergrupal, lo que beneficia a estructuras de poder económico.

Esto supone una erosión democrática. Se pasa del principio de igualdad al principio de prioridad lo cual supone una restricción de derechos civiles y sociales, la legitimación de políticas autoritarias y la ampliación del margen de arbitrariedad estatal. No hace falta un giro explícitamente totalitario y fascista: basta con una deriva incremental progresiva.

Pero el cambio más profundo no es jurídico, sino cultural: se naturaliza que "unos valen más que otros", se redefine la justicia como favoritismo legítimo y se institucionaliza el "nosotros primero". Se consagra la hegemonía cultural del nativismo primitivo más racista y aporófobo. La "preferencia nacional" no es una simple consigna electoral, es un principio organizador alternativo del orden social que redefine silenciosamente una cuestión central: quién tiene derecho a tener derechos.

El principio del fin del universalismo

Cuando un ayuntamiento decide quién come primero según su nacionalidad, está abriendo una herida que tarda décadas en cerrar. Está diciendo a los 850.000 niños y niñas nacidos en España de familias inmigrantes que su carnet de identidad y su cédula de empadronamiento no valen lo mismo. Está enseñando a Christophe que por mucho que estudie o trabaje, siempre habrá una cola en la que él estará al final.

La "preferencia nacional" no es una política social. Es un mecanismo de exclusión con envoltorio de bandera. Y su triunfo más devastador es hacernos creer que es normal elegir quién merece comer o curarse según la línea que dibujan los mapas.

Anne volvió a su trabajo una semana después. El director de su empresa le buscó una ayuda de emergencia sin preguntar por su pasaporte. Pero en su barrio, el cartel sigue allí. Y cada día, más gente lo lee y asiente.

Esa es la batalla real: no entre nacionales y extranjeros, sino entre quienes defienden un sistema de derechos universales y quienes construyen, cartel a cartel, un mundo de colas separadas.

jueves, 30 de abril de 2026

El hambre como arma de guerra. Gaza

De nuevo una flotilla intenta llevar a Gaza lo indispensable para sobrevivir. De nuevo el sionismo sella la costa para matar de hambre a los palestinos. En épocas que consideramos bárbaras el hambre era un medio para rendir a poblaciones sitiadas. Con su repugnante sentido del humor, un dirigente israelita de cuyo nombre no suelo acordarme dijo hace tiempo que los gazatíes debían "adelgazar".

En los planes de Israel el hambre, más que como un medio de presión, funciona como un instrumento de exterminio programado. Su "prioridad nacional" es que en las tierras de que se ha ido apoderando desde hace un siglo no quede ni el recuerdo de la población palestina.

Dentro de la XLII Semana Galega de Filosofía dedicada en esta ocasión al alimento, Teresa Aranguren, cuya larga presencia en tierras bíblicas la hace experta en esta dramática historia, habló sobre el hambre como arma de guerra, que no es por desgracia cosa del pasado.

Hace un siglo, la población judía en Palestina no llegaba al 3% del total. Aquellos judíos arabizados convivían con cristianos y musulmanes, y la gran masa de los actuales israelíes procede de Europa, donde por una parte se los perseguía y por otro lado se les ponía un puente de plata, para utilizarlos como una cuña geopolítica con la que Francia, y sobre todo Inglaterra, se introdujeron en las ruinas de lo que había sido el Imperio Otomano.

El Fondo Nacional Judío se encargó durante todo el siglo XX de adquirir tierras en Palestina a los terratenientes árabes. De ellas se fue expulsando a los aparceros nativos para sustituirlos por inmigrantes europeos de religión hebraica. Lo que vino después, incluido el terrorismo de grupos como Irgún y Haganá, nos ha traído a la peligrosa situación actual, con Israel como instigador de las barbaridades que comete su tonto útil norteamericano y ante la estupefacta pasividad de gobiernos a los que la situación ya no es tan favorable. El terremoto geopolítico está servido; los palestinos lo sufren en primera línea.

La relatora desarrolló este tema que conoce de primera mano en el vídeo que sigue.

miércoles, 29 de abril de 2026

Lo que define a la clase trabajadora

La clase trabajadora no es homogénea. Hay trabajadores pobres, pero otros que viven bien pueden permitirse un consumo alto. Con casa propia, coche, incluso una segunda residencia, se sienten parte de la clase alta.

La diferencia entre estos propietarios y los dueños de capital está en que estos últimos no viven de un salario, sino de la parte de la fuerza de trabajo que no pagan a quienes trabajan para ellos. Porque sin esa fuerza ajena su capital nada produce.

La propiedad que no es partícipe del proceso productivo no es capital. Es consumo, es otra cosa, pero no es capital. Ese trabajador próspero no deja por ello de producir plusvalía al capitalista, que no lo empleará si no le hace ganar dinero. Toda su prosperidad se viene abajo cuando pierde el empleo, a no ser que consiga transformar sus bienes inmovilizados en capital y pueda introducirse así en el lado explotador de la sociedad.

También puede darse el proceso inverso, cuando un capitalista arruinado se desprende de sus propiedades y una vez agotadas se ve forzado a vender a otros su propia fuerza de trabajo.

Este "ascensor-descensor" enmascara la realidad de la sociedad capitalista, que no deja de ser la sociedad de la explotación, tanto de la naturaleza como de los seres humanos. La "movilidad social" es insignificante si la comparamos con la "predestinación social" de los que ya nacen propietarios o proletarios.


La paradoja del trabajador que se cree rico: una reflexión jurídica y socioeconómica sobre la conciencia de clase


Un soldador, realizando un trabajo en una barandilla Luis Tejido | EFE










Cuando el salario oculta la realidad: la necesidad de defender los derechos laborales y el Estado del Bienestar frente al espejismo del individualismo económico

I. Introducción: la falsa autopercepción de la clase trabajadora

Existe una contradicción profundamente arraigada en las sociedades contemporáneas: trabajadores asalariados, incluso cualificados y con ingresos medios o relativamente elevados, que se identifican ideológicamente con postulados económicos que objetivamente perjudican sus propios intereses. Esta disonancia cognitiva, lejos de ser anecdótica, constituye uno de los pilares sobre los que se sostiene la hegemonía del pensamiento económico neoliberal.

Desde una perspectiva técnico-jurídica y socioeconómica, resulta imprescindible recordar que la condición de clase trabajadora no se determina por el nivel de renta, sino por la posición estructural en el sistema productivo: la dependencia de un salario para subsistir. Quien necesita vender su fuerza de trabajo, independientemente de su cualificación o remuneración, es trabajador.

II. El espejismo de la propiedad: vivienda, vehículo y consumo

Uno de los elementos que alimentan esta falsa conciencia es el acceso a determinados bienes de consumo: una vivienda en propiedad, un vehículo, ciertos niveles de confort material. Sin embargo, desde un análisis económico riguroso, estos elementos no transforman la naturaleza estructural del individuo dentro del sistema.

La propiedad de una vivienda suele estar sujeta a endeudamiento hipotecario durante décadas, lo que refuerza —no elimina— la dependencia del salario. El vehículo, por su parte, es un bien depreciativo, no un activo generador de riqueza. El consumo, en definitiva, no equivale a capital.

Creerse «rico» por estas circunstancias implica ignorar que la verdadera riqueza reside en la acumulación de capital productivo y en la capacidad de generar ingresos sin necesidad de trabajo personal. Esa es la diferencia sustancial entre clases.

III. La sanidad pública: un derecho, no un privilegio

Uno de los ejemplos más claros de esta contradicción ideológica se encuentra en la percepción de la sanidad pública. Muchos trabajadores con ingresos estables consideran que pueden prescindir de ella en favor de sistemas privados. Sin embargo, esta percepción se derrumba ante situaciones de riesgo real.

El acceso universal a la sanidad garantiza la protección frente a contingencias graves, como enfermedades oncológicas, intervenciones quirúrgicas complejas o tratamientos de larga duración. En sistemas donde predomina la lógica de mercado, el coste de estas prestaciones puede resultar absolutamente inasumible, generando endeudamiento masivo o exclusión sanitaria.

Desde el punto de vista jurídico, la sanidad pública forma parte del núcleo esencial del Estado social y democrático de Derecho, configurándose como un derecho fundamental vinculado a la dignidad humana. Renunciar a su defensa supone debilitar una de las garantías más básicas de protección colectiva.

IV. Las pensiones: una cuestión de solidaridad intergeneracional

Otro pilar esencial es el sistema público de pensiones. Todo trabajador es, en potencia, un futuro pensionista. Sin embargo, discursos basados en la capitalización individual o en la privatización del sistema han calado en sectores de la clase trabajadora.

Conviene recordar que el sistema público de reparto no es únicamente un mecanismo económico, sino un contrato social intergeneracional. Su debilitamiento implica trasladar el riesgo desde lo colectivo hacia lo individual, con consecuencias especialmente graves en contextos de precariedad laboral o carreras de cotización irregulares.

Defender las pensiones públicas es, por tanto, defender la propia seguridad futura.

V. Derechos laborales: la protección frente a la incertidumbre

El derecho del trabajo surge históricamente como un instrumento de equilibrio frente a la desigualdad estructural entre empleador y trabajador. Elementos como el salario mínimo, la indemnización por despido, la negociación colectiva o la limitación de la jornada laboral no son concesiones, sino conquistas sociales.

Quienes defienden la desregulación del mercado laboral bajo el argumento de la «flexibilidad» suelen olvidar que dicha flexibilidad se traduce, en la práctica, en mayor precariedad, inseguridad y debilitamiento de la posición negociadora del trabajador.

Incluso aquellos con empleos estables no están exentos de riesgos: crisis económicas, reestructuraciones empresariales, automatización o cambios tecnológicos pueden alterar de forma abrupta su situación. Los derechos laborales actúan como red de seguridad frente a estas contingencias.

VI. Educación, servicios públicos y movilidad social

La educación pública, los servicios sociales, las políticas de dependencia y las infraestructuras públicas constituyen otros pilares fundamentales que garantizan la igualdad de oportunidades.

Un trabajador puede haber alcanzado una posición relativamente estable, pero ello no garantiza el mismo futuro para sus hijos si estos servicios se debilitan. La movilidad social ascendente depende, en gran medida, de la existencia de un Estado fuerte que compense desigualdades de origen.

La defensa de estos servicios no es ideológica en sentido abstracto, sino profundamente pragmática.

VII. Conclusión: una reflexión necesaria

La verdadera paradoja no es que un trabajador tenga aspiraciones legítimas de prosperidad, sino que confunda dichas aspiraciones con una identidad que no le corresponde. No se trata de una cuestión moral, sino de una cuestión de racionalidad económica y jurídica.

Defender una economía progresista no implica rechazar el esfuerzo individual, sino reconocer que dicho esfuerzo solo puede desarrollarse plenamente en un marco de garantías colectivas. Salarios dignos, estabilidad laboral, protección social y servicios públicos no son obstáculos al progreso, sino sus condiciones de posibilidad.

Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea la escasez de recursos, sino la confusión de conciencias. El trabajador que olvida su condición se desarma a sí mismo, renuncia a su historia y debilita su futuro.

Porque, al final, la verdadera riqueza no reside en lo que se posee, sino en lo que se protege. Y quien protege derechos, protege dignidad.