sábado, 22 de agosto de 2026

100 años con Fidel, memoria para el futuro

Cien años con Fidel, porque aunque su larga vida de noventa años terminó hace diez, su ejemplo permanece. Porque su figura cambió el curso de la Historia, y las luchas que sostuvo siguen activas. Con su convincente discurso, siempre atento a enseñar al que no sabe, en muchas ocasiones su fino análisis anticipó realidades, algunas ciertamente muy desagradables, que ya están aquí.

Fue y sigue siendo calumniado y denostado por los que tienen sobrados motivos para odiarlo. Analizad quiénes son y cuáles son esos motivos.

El número 271 de la revista Nuestra Bandera está íntegramente dedicado a conmemorar este centenario, como homenaje debido a su persona, pero también como análisis imprescindible, en unos momentos en que el Imperio, bajo la insólita batuta-estaca del Loco de la Colina (del Capitolio, pido perdón a Jesús Quintero) acosa a Cuba pretendiendo ahogarla, y con ella cualquier esperanza revolucionaria en un mundo que tanto la necesita.

Treinta y tres textos (catorce cubanos, nueve españoles y cinco del resto del mundo, además de cinco reseñas) se ordenan en cuatro bloques: dos secciones para Cuba, otra para España y Europa y otra para el Sur Global. Junto a la voz del propio Fidel, muchos autores unen las suyas en este número.

Entre ellos, y no los nombro a todos, están su hermano Raúl, el presidente Díaz-Canel o Aleida Guevara, y también Abel Prieto, Enrique Ubieta y Rosa Miriam Elizalde. De otros países, citaré a Vijay Prashad o Atilio Borón, autores de reconocido prestigio internacional, y finalmente a los españoles Ignacio Ramonet, Enrique Santiago, José Luis Centella, Manu Pineda, Victor Ríos, Eva García Sempere y Manolo García. Presenta el monográfico José Sarrión.

He seleccionado dos textos representativos, el editorial que inicia el monográfico y la aportación de Ignacio Ramonet, que lo conoció y compartió con él cien horas y otras muchas más. Texto recogido de Le Monde Diplomatique, donde se publicó el 25 de noviembre de 2025, conmemorando el noveno aniversario de su muerte.


El centenario del nacimiento de Fidel Castro constituye una oportunidad para la reflexión teórica y política. No se trata únicamente de conmemorar a una figura histórica de dimensión excepcional, sino de plantearse el significado profundo de su legado, y hacerlo en un momento en que el capitalismo atraviesa una crisis estructural prolongada, marcada por la desigualdad, la inestabilidad geopolítica que trata de resolver recurriendo a políticas agresivas de carácter ultrarreaccionario e incluso con resonancias fascistas.

Una primera cuestión a tener en cuenta es que Fidel no pertenece solo al pasado. Su pensamiento y su praxis son, en muchos aspectos, tremendamente actuales y continúan ofreciendo claves interpretativas y estratégicas para las fuerzas que combaten al imperialismo. Por ello este número monográfico de Nuestra Bandera propone una lectura rigurosa, crítica y actualizada de sus enseñanzas.

Fidel Castro conjuga como pocos la teoría revolucionaria y la acción política. Su liderazgo en la Revolución cubana no puede entenderse sin su capacidad para articular un proyecto nacional heredero de Martí, con vocación socialista, capaz de movilizar al pueblo cubano, en torno a un proyecto liberador. La Revolución de 1959 fue la culminación de un proceso de acumulación política, cultural y organizativa que encontró en Fidel a su principal catalizador. Su lectura del marxismo, creativa y alejada de dogmatismos, permitió situar la Revolución cubana en el nivel más importante de las batallas antiimperialistas del siglo XX.

En este sentido, una de las aportaciones más sólidas de Fidel es su concepción del antiimperialismo como principio básico de la política revolucionaria. Para él, la defensa de la soberanía de los pueblos era una condición material indispensable de cualquier proyecto socialista. La resistencia frente a la dominación externa, económica, militar y cultural se convirtió en un eje estratégico que trascendió las fronteras de Cuba y se proyectó hacia toda América Latina, África, y luego hacia el resto de lo que hoy se conoce como Sur Global.

Desde estos principios su concepto de solidaridad internacionalista nunca fue una idea retórica, sino que, por el contrario, se plasmó en prácticas concretas, desde las misiones médicas por todo el mundo hasta el apoyo a movimientos de liberación, pasando por la cooperación educativa y científica o la lucha contra el pago de la deuda externa. Esta dimensión internacionalista, inseparable de la identidad de la Revolución cubana, constituye hoy un referente imprescindible para quienes en todo el mundo luchan contra el imperialismo.

Pero la actualidad de Fidel no se limita al antiimperialismo. Su pensamiento económico merece una relectura atenta. Fidel comprendió que la construcción socialista en un país pequeño, bloqueado y dependiente de importaciones exigía una combinación flexible de planificación, innovación tecnológica e implicación en un proyecto regional. Su insistencia en la educación, la ciencia y la cultura como pilares del desarrollo no respondía a un idealismo voluntarista, sino a una visión estratégica. Solo un pueblo altamente formado podía sostener un proyecto socialista en condiciones de asedio permanente. En un momento en que el capitalismo digital concentra poder en manos de grandes corporaciones tecnológicas, la defensa del conocimiento y la investigación científica como bien público adquieren una gran relevancia que demuestra una visión estratégica fundamental.

Asimismo, su concepción del liderazgo político, profundamente vinculada al pueblo, nos presenta a un Fidel que se dirige permanentemente a la población para informar y movilizar, estableciendo una complicidad producto de una relación con las masas, construida a través de la comunicación directa, la ejemplaridad ética y la capacidad de interpretar las necesidades y aspiraciones populares. Fidel no dudaba en lanzarse a la calle para debatir directamente, cara a cara con el pueblo, cuando la ocasión lo requería. En un tiempo marcado por la desafección política, esta dimensión del liderazgo revolucionario invita a pensar las formas de articulación entre organización, militancia y ciudadanía para conseguir hacer frente a los retos que hoy tiene planteada la lucha antiimperialista derivada de unas condiciones geopolíticas cambiantes.

El centenario de Fidel coincide con un escenario internacional en transformación en la medida que la crisis de hegemonía estadounidense se acompaña del surgimiento de un movimiento de países emergentes que defienden proyectos de integración alternativa como la CELAC o el impulsado por los BRICS+, que reconfigura el mapa geopolítico. En este contexto, la lectura fidelista del concepto de solidaridad internacionalista, basada en la defensa de la soberanía, la cooperación Sur-Sur y la construcción de un orden multilateral más justo, adquiere una actualidad evidente. Por ello este número monográfico de Nuestra Bandera no pretende trasladar mecánicamente sus análisis al presente, sino que se plantea recuperar su capacidad para conseguir una combinación de realismo estratégico, audacia política y compromiso ético.

También queremos poner sobre la mesa cómo, para las fuerzas antiimperialistas y transformadoras europeas, el legado de Fidel plantea desafíos específicos, en la medida que, en sociedades marcadas cada vez más por la mercantilización de la vida, la fragmentación social y el avance de la extrema derecha, la experiencia cubana invita a repensar la centralidad del Estado social que garantice los derechos básicos de todo ser humano, al tiempo que nos interpela sobre la necesidad de construir proyectos políticos capaces de disputar al pensamiento neoliberal el sentido común, generar esperanza y articular mayorías sociales en torno a un horizonte emancipador. La Revolución cubana, demuestra que es posible construir alternativas incluso en condiciones adversas, siempre que exista voluntad política, organización y claridad estratégica.

Este número de Nuestra Bandera no pretende ofrecer una visión idealizada de Fidel Castro. Nuestro propósito es contribuir a un análisis riguroso y diverso, que permita comprender la complejidad de su figura y la riqueza de su legado. Fidel fue un dirigente excepcional, pero también un importante pensador político, cuya obra merece ser estudiada con seriedad. Su centenario es una oportunidad para hacerlo desde una perspectiva marxista, internacionalista y comprometida con las luchas del presente.

En un mundo atravesado por crisis múltiples como la económica, ecológica, o democrática, la pregunta por la posibilidad de un futuro socialista adquiere una urgente importancia. Fidel Castro, su lucha y su enseñanza, nos recuerda que la historia no está escrita de antemano y que la transformación social es siempre una tarea abierta. Este monográfico, más que un homenaje a una figura histórica, es, sobre todo, una invitación a estudiar, a debatir, a organizar y a imaginar nuevas formas de emancipación.

Finalmente, cabe resaltar que este número tiene un significado especial, en la medida que, para el Partido Comunista de España, Fidel Castro no ha sido nunca un referente político distante. Desde los primeros años de la Revolución cubana, el PCE reconoció en Fidel a un dirigente capaz de llevar a la práctica un proyecto socialista en condiciones extremadamente adversas, y Cuba se convirtió en un punto de apoyo internacional para el PCE, que entendió y entiende como propia la lucha por mantener viva la Revolución cubana. Esta relación histórica, basada en el respeto político y la coincidencia estratégica, otorga, como decimos, a este número de la revista un carácter especial que esperamos sea apreciado por quienes lo lean.

***
Ignacio Ramonet
25 de noviembre de 2025

En el panteón mundial consagrado a aquellos que con más empeño lucharon por la justicia social y que más solidaridad derrocharon en favor de los oprimidos de la Tierra, Fidel Castro —le guste o no a sus detractores— tiene un lugar principal reservado.

Lo conocí en 1975 y conversé con él en múltiples ocasiones, pero, durante mucho tiempo, en circunstancias siempre muy profesionales y muy precisas, con ocasión de reportajes en la isla o mi participación en algún congreso, algún seminario o algún evento. Luego nuestra relación se fue estrechando. A veces me invitaba a cenar en la intimidad de su despacho del palacio de la Revolución y charlábamos durante horas sobre la marcha del mundo. Otras veces me confiaba “misiones” discretas como ir a encontrarme con algún dirigente de izquierda latinoamericano sobre el que tenía sus dudas, para que yo le diera mi opinión personal. Él fue el primero que me habló muy bien de Hugo Chávez (quien era entonces “sospechoso” para gran parte de la izquierda mundial porque se le acusaba de haber dirigido, el 4 de febrero de 1992, un intento de golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez, presidente socialdemócrata de Venezuela y líder de la Internacional Socialista). Fidel me aconsejó de ir a verlo, de conocerlo y de ayudarlo.

Cuando, en 2003, decidimos hacer el libro Cien horas con Fidel, me invitó a acompañarle durante semanas por diversos recorridos. Tanto en Cuba (Santiago, Holguín, La Habana) como por el extranjero (Ecuador). En coche, en avión, caminando, almorzando o cenando, conversamos largo. Con y sin grabadora. De todos los temas posibles, de las noticias del día, de sus experiencias pasadas y de sus preocupaciones presentes. Que yo reconstruía después, de memoria, en mis cuadernos. Luego, durante tres años, de 2003 a 2006, nos vimos muy frecuentemente, al menos varios días seguidos, una vez por trimestre para avanzar en la realización del libro.

Descubrí así un Fidel íntimo. Casi tímido. Muy educado. Escuchando con atención a cada interlocutor. Siempre atento a los demás, y en particular a sus colaboradores. Nunca le oí una palabra más alta que la otra. Nunca una orden. Con modales y gestos de una cortesía de antaño. Todo un caballero. Con un alto sentido del pundonor. Que vive, por lo que pude apreciar, de manera espartana. Mobiliario austero, comida sana y frugal. Modo de vida de monje-soldado.

Su jornada de trabajo se solía terminar a las cinco o las seis de la madrugada, cuando despuntaba el día. Más de una vez interrumpió nuestra conversación a las dos o las tres de la noche porque aún debía participar en unas “reuniones importantes”… Dormía sólo unas cuatro horas; más, de vez en cuando, una o dos horas en cualquier momento del día.

Pero era también un gran madrugador. E incansable. Viajes, desplazamientos, reuniones se encadenaban sin tregua. A un ritmo insólito. Sus asistentes —todos jóvenes y brillantes de unos treinta años— estaban, al final del día, exhaustos. Se dormían de pie. Agotados. Incapaces de seguir el ritmo de ese infatigable gigante. Fidel reclamaba notas, informes, cables, noticias, estadísticas, resúmenes de emisiones de televisión o de radio, llamadas telefónicas... No paraba de pensar, de cavilar. Siempre alerta, siempre en acción, siempre a la cabeza de un pequeño Estado mayor —el que constituían sus asistentes y ayudantes— librando una batalla tras otra. Siempre con ideas. Pensando lo impensable. Imaginando lo inimaginable. Con un atrevimiento mental inaudito, espectacular.

Una vez definido un proyecto. Ningún obstáculo material lo detenía. Su ejecución resultaba obvia, iba de sí. “La logística seguirá”, decía Napoleón. Fidel igual. Su entusiasmo arrastraba la adhesión colectiva. Levantaba las voluntades. Como un fenómeno casi de magia, se veían las ideas materializarse, convertirse en hechos palpables, realidades, acontecimientos.

Su capacidad retórica, tantas veces descrita, era prodigiosa. Fenomenal. No hablo de sus discursos públicos, bien conocidos. Sino de una simple conversación de sobremesa. Fidel era un torrente de palabras. Una avalancha. Una catarata. Que acompañaba con la prodigiosa gestualidad de sus finas manos.

Le gustaba la precisión, la exactitud, la puntualidad. Con él, nada de aproximaciones. Una memoria portentosa, de una precisión insólita. Apabullante. Tan rica que hasta parecía a veces impedirle pensar de manera sintética. Su pensamiento era arborescente. Todo se encadenaba. Todo tenía que ver con todo. Digresiones constantes. Paréntesis permanentes. El desarrollo de un tema le conducía, por asociación, por recuerdo de tal detalle, de tal situación o de tal personaje, a evocar un tema paralelo, y otro, y otro, y otro. Alejándose así del tema central. Hasta tal punto que el interlocutor temía, un instante, que hubiese perdido el hilo. Pero desandaba luego lo andado, y volvía a retomar, con sorprendente soltura, el tema central, la idea principal.

En ningún momento, a lo largo de más de cien horas de conversaciones, Fidel puso un límite cualquiera a las cuestiones a abordar. Como intelectual que era, y de un calibre impresionante, no le temía al debate. Al contrario, lo requería, lo estimulaba. Siempre dispuesto a litigar con quien fuera. Con mucho respeto hacia el otro. Con mucho cuidado. Y era un discutidor y un polemista temible. Con argumentos a espuertas. A quien sólo repugnaban la mala fe y el odio.

Pocos hombres conocieron la gloria de entrar vivos en la leyenda y en la historia. Fidel es uno de ellos. Perteneció a esa generación de insurgentes míticos que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron, en la década de los años 1950, a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos.

En aquella época, en más de la mitad del planeta, en Vietnam, en Argelia, en Guinea-Bissau, los pueblos oprimidos se sublevaban. La humanidad aún estaba entonces, en gran parte, sometida a la infamia de la colonización. Casi toda África, una parte del Caribe y buena porción de Asia se encontraban todavía dominadas, avasalladas por los viejos imperios occidentales. Mientras las naciones de América latina, independientes en teoría desde hacía siglo y medio, seguían sometidas a la discriminación social y étnica, explotadas por privilegiadas minorías, y a menudo marcadas por dictaduras cruentas, amparadas por Washington.

Fidel soportó la embestida de nada menos que de diez presidentes estadounidenses (Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo). Tuvo relaciones políticas con los principales líderes que marcaron el mundo después de la Segunda Guerra mundial (Mao, Nehru, Nasser, Tito, Ho Chi Minh, Kim Il-Sung, Jrushov, Olaf Palme, Ben Bella, Boumedienne, Arafat, Indira Gandhi, Salvador Allende, Brezhnev, Gorbachov, François Mitterrand, Juan Pablo II, etc.). Y conoció personalmente a algunos de los principales intelectuales y artistas de su tiempo (Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Rafael Alberti, Guayasamín, Cartier-Bresson, José Saramago, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, etc.).

Bajo su dirección, su pequeño país (100.000 km², 11 millones de habitantes) pudo conducir una política de gran potencia a escala mundial, echando incluso un pulso con Estados Unidos cuyos dirigentes no consiguieron derribarlo, ni eliminarlo, ni siquiera modificar el rumbo de la Revolución Cubana. Y finalmente, en diciembre de 2014, tuvieron que admitir el fracaso de sus políticas anticubanas, su derrota diplomática e iniciar un proceso de normalización que implicaba el respeto del sistema político cubano.

En octubre de 1962, la Tercera Guerra Mundial estuvo a punto de estallar a causa de la actitud del gobierno de Estados Unidos que protestaba contra la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba. Cuya función era, sobre todo, impedir otro desembarco militar como el de Playa Girón en 1961 u otro directamente realizado por las Fuerzas Armadas estadounidenses para derrocar a la Revolución Cubana.

Desde hace mas de sesenta años, Washington (a pesar del restablecimiento de relaciones diplomáticas) le impone a Cuba un devastador bloqueo económico, comercial y financiero (reforzado con las 243 medidas adoptadas durante el primer mandato de Donald Trump) con trágicas consecuencias para los habitantes de la isla. Washington sigue conduciendo además una guerra ideológica y mediática permanente contra La Habana a través de las redes sociales para inundar a Cuba de propaganda hostil como en los peores tiempos de la Guerra Fría.

Por otra parte, durante décadas, varias organizaciones terroristas —Alpha 66 y Omega 7— adversas a Cuba tuvieron su sede en Florida, donde disponían de campos de entrenamiento y desde donde enviaban regularmente, con la complicidad de las autoridades estadounidenses, comandos armados para cometer atentados. Cuba es uno de los países que más víctimas ha tenido (unos 3500 muertos) y que más ha sufrido del terrorismo en los últimos sesenta años.

Ante tan permanente ataque, las autoridades cubanas han preconizado, en el ámbito interior, la unión a ultranza. Y han aplicado a su manera el viejo lema jesuita de Ignacio de Loyola: “En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición”. Pero nunca hubo —lo prohibió explícitamente Fidel— ningún culto de la personalidad. Ni retrato oficial, ni estatua, ni sello, ni moneda, ni calle, ni edificio, ni monumento con el nombre o la figura de Fidel, ni de ninguno de los líderes vivos de la Revolución.

Pequeño país apegado a su soberanía, Cuba obtuvo bajo la dirección de Fidel Castro, a pesar del hostigamiento exterior permanente, resultados excepcionales en materia de desarrollo humano: abolición del racismo, emancipación de la mujer, erradicación del analfabetismo, vacunación universal, reducción drástica de la mortalidad infantil, elevación del nivel cultural general… En cuestión de educación, de salud, de investigación médica, de cultura y de deporte, Cuba ha obtenido niveles que la sitúan en el grupo de las naciones más eficientes.

Su diplomacia sigue siendo una de las más activas del mundo. La Habana, en los años 1960 y 1970, apoyó el combate de las guerrillas en muchos países de América Central (El Salvador, Guatemala, Nicaragua) y del Sur (Colombia, Venezuela, Bolivia, Argentina). Las Fuerzas Armadas cubanas participaron en campañas militares de gran envergadura, en particular en las guerras de Etiopía y de Angola. Su intervención en este último país, hace cincuenta años, se tradujo en la derrota de las divisiones de élite de la República de Sudáfrica, lo cual aceleró de manera indiscutible la caída del régimen racista del apartheid y favoreció la independencia de Angola y de Namibia.

La Revolución Cubana, de la cual Fidel Castro fue el inspirador, el teórico y el líder político y militar, sigue siendo hoy, gracias a sus éxitos y a pesar de sus carencias, una referencia importante para millones de desheredados del planeta. Aquí o allá, en América Latina y en otras partes del mundo, mujeres y hombres protestan, luchan y a veces mueren para intentar establecer sistemas inspirados por el modelo cubano.

La caída del muro de Berlín en 1989, la desaparición de la Unión Soviética en 1991 y el fracaso histórico en Europa del este del socialismo de Estado y del modelo de planificación económica centralizada no modificaron el sueño de Fidel Castro de edificar en Cuba una sociedad de nuevo tipo, descolonizada, más justa, más sana, más igualitaria, más feminista, más ecológica, mejor educada, sin discriminaciones de ningún tipo, y con una cultura global total.

Hasta la víspera de su fallecimiento, el 25 de noviembre de 2016, a la edad de 90 años, permaneció movilizado en defensa del medio ambiente, contra el cambio climático y la globalización neoliberal. Seguía en la trinchera, en primera línea, conduciendo la batalla por las ideas en las que creía y a las cuales nada ni nadie le hizo renunciar jamás.

martes, 18 de agosto de 2026

De aquellos polvos, estos lodos

Lodos que son puro cieno, tapado una y otra vez por la cobarde ambigüedad "diplomática" del PSOE, según para qué asuntos. Ya han pasado cincuenta años y todavía tapa muchas bocas esa continuidad que pasó de Franco a su "hijo putativo" y de ahí al "nieto". De la dictadura saltamos en un santiamén a la monarquía, y de los vergonzantes tratados bilaterales del dictador al sellado de la multilateral OTAN. Y aquí seguimos "atados y bien atados".

Pero el vasallaje no resuelve los problemas, más bien los enquista, y el tumor vuelve, cada vez más maligno.

Mientras moría el tirano, a sus secuaces solo les importaba garantizarse la continuidad, y ese momento fue hábilmente aprovechado por otro tirano y sus valedores para adueñarse de la última colonia española. Como explicaba el historiador José Luis Rodríguez Jiménez en su libro ''Agonía, traición, huida. El final del Sáhara español':

"Que pudiera haber un conflicto bélico fue la excusa de una parte de los políticos franquistas para largarse de allí. Marruecos había situado en el 75 divisiones militares en la frontera norte de la colonia española. Pero lo cierto es que hubiera sido muy raro que el país norteafricano atacase debido a su manifiesta inferioridad militar, palpable en tierra y abismal en mar y aire. Hasán II no era tonto, al contrario. Era un diplomático muy hábil que jugó la carta de la voluntad marroquí de apropiarse el Sáhara, de no cejar en el empeño contando con que los españoles estaban a otra cosa".
Y España no solamente no descolonizó, sino que entregó el territorio y lo perdió todo. "Fue una doble dejación de responsabilidad de la diplomacia y de la economía. Porque España había metido mucho dinero en el Sáhara en los años 60 y 70, en sanidad, educación, carreteras, minas, etc. Cuando los ingleses se marchaban de un país, firmaban siempre convenios de colaboración con ese país que les beneficiaban. Nosotros se lo regalamos todo a Marruecos.

Mucho dinero perdía el país, pero algunos se llevarían un buen pellizco. Seguid la pista de la empresa Fos Bucraa. Hermanos (¿será de... leche?) se siguen considerando los reyes de ambos países.

De los lodos actuales y su relación con aquellos obscenos polvos nos habla André Abeledo en un nuevo artículo, ahora no balompédico. Aunque el fútbol y el próximo mundial sobrevuelan también el tema...

De la Marcha Verde a Ceuta: cincuenta años de la misma injerencia, los mismos cómplices.

André Abeledo Fernández
agosto 2, 2026

Marroquíes avanzan hacia las tropas españolas en 1975 el Sáhara durante la Marcha Verde.













Hay hechos que la historiografía oficial prefiere contar como un conflicto bilateral entre España y Marruecos, cuando en realidad fueron, desde el primer minuto, una operación diseñada en Washington. Y hay crisis de hoy, como la de Ceuta, que la derecha española presenta como un simple «problema de fronteras», cuando en realidad forman parte del mismo tablero geopolítico que arrancó en 1975. Toca decirlo con nombres y apellidos, camaradas, porque la memoria sin nombres propios es solo nostalgia.

1975: la Marcha Verde no la improvisó Hassan II, la diseñó Washington.

La documentación desclasificada por Estados Unidos, revisada por historiadores e investigadores en los últimos años, ya no deja margen para la duda razonable: el entonces secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, fue informado con meses de antelación de los planes marroquíes sobre el Sáhara, y no solo dio su visto bueno, sino que vio en la Marcha Verde una oportunidad para los intereses militares, estratégicos y económicos de Estados Unidos en la región, exigiendo además máxima discreción para que el propio Gobierno de Madrid no se enterase por vía oficial. Según esa misma documentación, Estados Unidos no se limitó a aprobar el proyecto: planificó la organización de la marcha, asesoró a los marroquíes en su ejecución y proporcionó a Marruecos equipos, armamento y logística, mientras un gabinete de estudios estratégicos en Londres proyectaba la operación y las petromonarquías del Golfo ponían el dinero.

La propia Wikipedia recoge, citando fuentes documentales, que ya en septiembre de 1975 hubo filtraciones de información y la CIA comunicó a Kissinger las intenciones de Marruecos, es decir: la inteligencia norteamericana estaba dentro del plan desde su gestación, no como espectadora, sino como parte informada y activa. Existe además el testimonio directo de Kissinger advirtiendo al entonces príncipe Juan Carlos de los «riesgos» de que España se enfrentara militarmente a Marruecos, en lo que varios investigadores describen abiertamente como una amenaza velada más que como un consejo diplomático. Es cierto que algún historiador matiza el grado exacto de implicación personal de Kissinger en el diseño operativo concreto de la marcha; lo que ningún estudio serio discute ya es que Washington conocía el plan, lo aprobó por sus propios intereses estratégicos en plena Guerra Fría, y presionó activamente para que España no defendiera militarmente su provincia número 52.

La complicidad no fue «España»: fue una parte muy concreta del aparato franquista.

Aquí conviene ser precisos, porque la traición no la cometió «España» como abstracción, sino decisiones tomadas por personas concretas del entramado franquista en su etapa final. Franco, gravemente enfermo, había ordenado sembrar de minas la frontera y sostener la posición española por la fuerza si era necesario. Pero mientras el dictador agonizaba, fue el Gobierno en funciones, con el entonces príncipe Juan Carlos como jefe de Estado interino, quien negoció al margen de esa orden. Juan Carlos viajó a El Aaiún a prometer a la guarnición española que no habría abandono, y días después viajó a Washington a recibir instrucciones directamente de Kissinger. El desenlace es conocido: se ordenó retirar las minas, se pactó la entrega del territorio, y las tropas marroquíes entraron en el Sáhara mientras el ejército español aún permanecía sobre el terreno sin recibir orden de defenderlo. La monarquía que se presentó después como garante de la democracia empezó, literalmente, entregando un pueblo entero a una potencia ocupante bajo instrucciones de Washington.

2026: Ceuta no es un episodio aislado, es la continuidad del mismo tablero.

Medio siglo después, el mapa de intereses no ha cambiado tanto como parece. En diciembre de 2020, la administración Trump reconoció formalmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental como moneda de cambio para que Marruecos normalizara relaciones con Israel dentro de los Acuerdos de Abraham. Desde entonces, Marruecos ha intensificado de manera notable su cooperación militar, tecnológica y de inteligencia con Israel, con drones, sistemas de vigilancia y acuerdos de ciberseguridad integrándose en la lógica estratégica regional impulsada por Washington y Tel Aviv. Trump ha vuelto a reafirmar por escrito esa alianza esta misma semana, calificando la soberanía marroquí de «solución justa y duradera» y descartando «cualquier otra vía» como «inaceptable». Y no es casualidad, camaradas, que esa reafirmación se produzca justo en los días de mayor citación de esta alianza a raíz de la crisis fronteriza de Ceuta: el propio debate público español ya conecta ambos hechos.

Resulta legítimo, por tanto —y necesario— preguntarse a quién beneficia que estalle precisamente ahora una crisis migratoria de esta magnitud en Ceuta. Beneficia a Marruecos, que gana palanca de presión sobre España y la UE en plena negociación de fondos y acuerdos pesqueros. Beneficia a Washington y a Tel Aviv, que ven reforzado el papel de Marruecos como socio de seguridad regional dentro de su arquitectura de alianzas post-Acuerdos de Abraham, con Rabat cada vez más integrado en cooperación militar y de inteligencia israelí. Y beneficia, dentro de casa, a una derecha española —PP y Vox, con Feijóo y Abascal a la cabeza, con Ayuso amplificando el discurso del miedo desde Madrid— que encuentra en cada imagen de pateras y saltos de valla el combustible perfecto para su ofensiva xenófoba, jaleada por una caverna mediática y unas redes de desinformación que llevan meses preparando el terreno emocional para la «invasión».

No hace falta imaginar un despacho secreto en Langley para entender esto: hace falta simplemente seguir el dinero, los pactos y los intereses declarados. Cuando una crisis humanitaria coincide en el tiempo con la reafirmación pública de una alianza estratégica entre Washington, Tel Aviv y Rabat, y esa misma crisis es capitalizada al milímetro por la ultraderecha española, la pregunta no es si existe conexión, sino cuánta ingenuidad hace falta para seguir llamándolo casualidad.

La misma lección, cincuenta años después.

De la Marcha Verde a Ceuta, el patrón se repite: intereses imperiales que se deciden en Washington y Tel Aviv, cómplices locales que anteponen el cálculo geopolítico o electoral a la dignidad de los pueblos, y un relato oficial que oculta las conexiones para que la clase trabajadora no las vea. El Sáhara sigue sin su referéndum. Los migrantes de Ceuta siguen sin sus derechos. Y los verdaderos responsables —los despachos de Washington, Tel Aviv y Rabat, y sus voceros de Madrid— siguen sin dar la cara.

Frente al imperialismo y sus cómplices de siempre, memoria, nombres propios y solidaridad de clase.

André Abeledo Fernández

sábado, 15 de agosto de 2026

Pienso, luego insisto...

...y toco a rebato, aunque tema que mi insistencia machaque en hierro frío y albergue la duda de que el efecto de la alarma no sea reactivo sino paralizante.

Solo se me ocurre, frente al fatalismo de pensar que "ya no hay solución, luego dejémonos ir", que no es lo mismo una atroz subida de la temperatura de cinco o diez grados que una  subida mortal de cincuenta o cien grados.

Por consiguiente, importa mucho que la lucha contra el cambio climático se tome en serio.

Leo en HuffPost (¡huff... más que nunca!):

Los científicos del clima coinciden: el desequilibrio energético de la Tierra se ha más que duplicado en 20 años y los océanos ya no pueden absorber el calor sin consecuencias irreversibles.

Desde la Organización Meteorológica Mundial insisten en que los datos disponibles son cada vez más robustos y consistentes. Y todos apuntan en la misma dirección: el planeta sigue acumulando energía, y cada año lo hace a mayor velocidad.

En definitiva, el mensaje de la comunidad científica es claro. Aunque los océanos han amortiguado el impacto del calentamiento durante décadas, su capacidad no es infinita. El desequilibrio energético creciente indica que el sistema climático se está alejando de su estado natural, y las consecuencias de ese proceso ya son visibles —y cada vez más difíciles de revertir.

Encuentro en el blog de Jorge Riechmann un dato impresionante sobre el balance energético. Podéis verlo en el gráfico del Club de Roma que aparece en su llamada de atención. Abarca los últimos 150 mil años: en los cincuenta años que van de 1971 a 2020 casi se duplicó el mayor desequilibrio anterior del registro histórico mostrado. ¡Pero en tres años más, del 2020 al 2023, casi se incrementó en dos veces más el de esos cincuenta años!

¿Cuál será la situación actual, cuando lo que importa ya no es decrecer sino ganar guerras más que calientes?

Sobre el desequilibrio energético (desbalance radiativo) de la Tierra

Jorge Riechmann
12 de agosto de 2026

Imagen del océano cerca de GroenlandiaGETTY IMAGES



Habrá que volver a llamar la atención sobre ese parámetro fundamental: la diferencia entre la energía que entra en el Sistema Tierra y la que es devuelta al espacio exterior (en forma de radiación infrarroja), es decir, el balance radiativo del tercer planeta del Sistema solar.[1] El IPCC utiliza el término forzamiento radiativo con el sentido específico de una perturbación externa impuesta al balance radiativo del sistema climático de la Tierra, que puede conducir a cambios en los parámetros climáticos.[2] Tres factores clave: los GEI en aumento (Gases de Efecto Invernadero) atrapan más calor; menos aerosoles contaminantes en la atmósfera reflejan menos la luz solar; la crisofera terrestre mengua, y así la pérdida de hielo y nieve reduce la reflexión de energía. La ganancia neta de energía con ese forzamiento significa que la Tierra acumula energía, impulsando el calentamiento global actual.

¿Qué ha sucedido en los últimos tiempos? Hemos asistido a una acumulación de energía sin precedentes a escala planetaria. El desbalance radiativo (la diferencia entre la radiación que recibe el planeta y la que radia de vuelta al espacio, como acabamos de ver), de acuerdo con las mediciones de los satélites de la NASA, se ha multiplicado por cuatro con respecto a los valores que tenía en 2002. Hacia el año 2014 se produjo un cambio brusco, y así hemos pasado de 0’37 W/m² en 2002 a los 1’37 W/m² de 2025.[3]



Ahora el desequilibrio energético (desbalance radiativo) de la Tierra es mayor que en cualquier momento conocido en la historia de nuestro planeta, como muestra la siguiente gráfica (como la anterior, debida al esfuerzo de alerta del climatólogo Leon Simmons, miembro del equipo de James Hansen):[4]



Esto explica, en gran medida, la aceleración del calentamiento global que hemos podido constatar en los últimos años.

__________

Notas:

[1] https://aemetblog.es/2016/07/26/balance-radiativo-del-sistema-tierra/

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Forzamiento_radiativo

[3] Antonio Turiel, “Esperanza y derrotismo”, The Oil Crash, 9 de mayo de 2025; https://crashoil.blogspot.com/2025/05/esperanza-y-derrotismo.html

[4] https://x.com/LeonSimons8/status/2084248967420768549

lunes, 10 de agosto de 2026

Modos de ver

El punto de vista es determinante para nuestra percepción de la realidad. Desde la altura lo observado se empequeñece y pierde importancia. La tripulación de un bombardero puede desentenderse de las pavorosas escenas que provoca y apenas percibe.

"Mirar para otro lado" es una expresión que se ha puesto de moda en estos tiempos de mala conciencia. A diferencia de lo que se ve desde la altura se refiere a algo cercano, difícil de ignorar. En ambos casos el espectador conserva sentimientos compasivos y es por eso mismo que decide pasar por alto el sufrimiento ajeno para no hacerlo propio. La excepción sería el psicópata impasible o el morboso sadomasoquista.

La barrera entre un "nosotros" de sentimientos compartidos y un "ellos" ajeno tiene una notable elasticidad. Se aleja o se acerca en función del enfoque de la cámara. Es más fácil "con-sentir" (sentir con...) alguien individualizado en primer plano que con una multitud abarcada en un plano general. Nos conmovió más fácilmente la muerte del pequeño Aylan que la de decenas de miles de niños gazatíes.

Por eso importa desplazar la cámara y ver las cosas "desde el otro lado". En el artículo que sigue se aplica este cambio de plano a contraplano, comparando el éxodo desesperado de quienes huyen de la muerte y la miseria y la reacción xenófoba que provoca en medios de la derecha y la ultraderecha con el exilio de los españoles que huyeron a Francia para escapar de la muerte a manos de los fascistas, hace ya casi nueve décadas. También hubo entonces una repugnante xenofobia, agitada desde los medios reaccionarios.

Y fue muy poco después cuando en Francia se pudo sentir también el pavor que movía a aquellos otros fugitivos "invasores".

Como este caminante, erramos sobre un mar de niebla y hay que esforzarse para ver lo que se nos quiere ocultar.

No mires hacia abajo, pero sobre todo ¡no mires arriba!


Ceuta, óleo sobre lienzo

Agentes de la Guardia Civil controlan la frontera, a 1 de agosto de 2026, en Ceuta.
Agentes de la Guardia Civil controlan la frontera, a 1 de agosto de 2026, en Ceuta. EUROPA PRESSMarcos Moreno

Ceuta, óleo sobre lienzo. Los digitales internacionales ilustran sus noticias con una fotografía de AFP. En primer plano, de espaldas, un guardia civil contempla la inmensidad igual que el caminante del famoso cuadro de Caspar David Friedrich. Nuestro caminante, sin embargo, no observa un mar de nubes sino una masa indiferenciada de personas que avanzan hacia él. Hacia nosotros. El plano picado impone sus jerarquías. El espectador asume la perspectiva del guardia civil mientras los migrantes se desdibujan hasta convertirse en una mancha sin rostro ni forma. Una imagen no es un dispositivo de representación neutral sino una tecnología que guía nuestra mirada.

Por motivos obvios, los fotoperiodistas han asumido casi sin querer la mirada europea. En una gran mayoría de las fotografías publicadas, los migrantes vienen. Rara vez vamos con ellos. Conocemos el lugar al que llegan pero no vemos el lugar del que escapan. Algunas veces, la lente se aproxima y da voz a alguno de los jóvenes, lo personaliza, lo vuelve de inmediata carne y hueso. El problema es que la proximidad no refleja por sí sola la dimensión del acontecimiento. Por eso los planos son casi siempre generales y se acompañan de gélidas cifras. 72.000 migrantes. 141 muertos. 1.098 menores. La cámara de fotos se convierte en una calculadora. En una cámara frigorífica.

Después del vendaval viene una falsa calma. El Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes rebosa por los cuatro costados, así que los migrantes subsaharianos esperan en el limbo administrativo de la playa del Trampolín. No hay mucho que hacer salvo formar cola frente a las furgonetas de la Cruz Roja, ducharse y disputarse los escasos espacios de sombra. Algunos garabatean la palabra “asilo” sobre cartones y los muestran a la prensa. Las fotografías del Trampolín recuerdan remotamente las viejas estampas de la playa de Argelès-sur-Mer, donde las autoridades francesas retenían a los fugitivos de la guerra civil española.

Es 1939. El diario Le Matin denuncia la "invasión de refugiados españoles" y muestra una caravana de mujeres, ancianos y niños cargados con enormes petates. "Francia está invadida", dice La Garonne. "Francia se convierte en el vertedero de todos los españoles indeseables y subversivos", dice Le Figaro. Candide los llama "el ejército del crimen". L’Indépendant des Pyrénées-Orientales los tacha de "bárbaros". Para L’Époque son "despojos humanos". El diputado Jean Ybarnégaray, que terminará engrosando el Gobierno de Vichy, rechaza la acogida de republicanos: "Francia no puede soportar este peso aplastante sobre sus hombros".

La entrada de las tropas alemanas en París demostró que los enemigos de Francia no eran los refugiados que cruzaban la frontera sur sino los colaboracionistas que dictaban titulares xenófobos desde sus redacciones patrias. Hoy la Europa fortaleza, arrojada en brazos del fanatismo ultra, sincroniza sus discursos con Donald Trump, Benjamín Netanyahu y Mohammed VI. El ministro italiano de Exteriores, Antonio Tajani, difunde el bulo de que la regularización extraordinaria de migrantes en España implica la concesión de la nacionalidad. Los gobiernos de Italia, Finlandia y Dinamarca parecen ignorar en sus declaraciones el régimen especial de Ceuta respecto al espacio Schengen.

Algunos de los políticos y periodistas más exaltados han demostrado que a duras penas sabrían ubicar Ceuta en el mapa. No es una hipérbole: el vicepresidente de EEUU, J. D. Vance, divulgó un vídeo de Fox News sobre la crisis migratoria "en el norte de España". El youtuber trumpista Nick Shirley se agenció un traductor y viajó hasta "Cueta" para preguntarse si la ciudad estaba padeciendo una "invasión". Tuvo que salir por patas a una velocidad solo igualada por el plusmarquista Vito Quiles. "Esto es Ceuta, no Torre Pacheco", gritan los ciudadanos ceutíes ante la oleada de alvises, núcleos nacionales y nazis del misterio.

La internacional camorrista ha terminado reculando a la espera de que salte la próxima oportunidad, una pandemia, un volcán, un apagón, una DANA, el río revuelto donde arrojan el cebo los pescadores de incautos. Algunas almas cándidas proponen "ayudar en origen" a nuestros vecinos africanos para que no se vean empujados a emigrar. El caso es que Europa ha emprendido el camino contrario: delegar el control fronterizo en los mismos regímenes autoritarios que abocan a sus ciudadanos a la miseria. Para muestra, la financiación italiana de la Guardia Costera libia, el memorando con Túnez o los retornos forzosos pactados con Turquía.

domingo, 9 de agosto de 2026

Ceuta y el paso del Estrecho (ahora el de Gibraltar)

No está de más un repaso histórico a la ciudad de Ceuta. Desde 1415, en que fue conquistada por los portugueses, es una ciudad históricamente, ya que no en lo geográfico, europea. Digamos, más exactamente, "ibérica". Fue incorporada con Portugal a la monarquía hispánica en 1580, tras la muerte del rey Don Sebastián, y en 1640 dejó de pertenecer al Portugal de nuevo independiente, que reconoce la soberanía española en el Tratado de Lisboa de 1668. Primero portuguesa desde hace 611 años, luego oficialmente española desde hace 358.

La ciudad de Melilla fue ocupada por los reyes católicos en 1497, hace 529 años.

El Marruecos actual era territorio no consolidado, disputado por diversos sultanatos, y siempre oscilando entre el predominio árabe y el bereber. La monarquía actual, alauita, se remonta al año 1666, sus 360 años coinciden casi con los de la hasta hoy casi definitiva (con permiso del Trío del Eje) soberanía española de Ceuta.

Defender la soberanía del Marruecos actual sobre estas ciudades por razones históricas resulta al menos curioso. El Gran Marruecos, como el Gran Israel, es un señuelo patriótico que reune voluntades. Reciente está la expansión hacia el Sur tras la Marcha Verde, y en su afán imperial, la susodicha monarquía y sus eventuales aliados pueden reivindicar Canarias. Aunque las islas, con la costa atlántica africana garantizada para el emperador de Washington como tapón, pierden importancia estratégica, siempre pueden ser objeto de chantaje "si nos portamos mal".

Otra cosa es Ceuta. Con Gibraltar, son las Columnas de Hércules que guardan el paso hacia Oriente Medio, y en concreto hacia la niña de los ojos sionistas, cuando Ormuz ("Dios del Bien") y Bab el-Mandeb ("Puerta de las Lamentaciones") se convierten en pasos problemáticos. ¡Caray, qué nombres simbólicos!

Esto de los Tríos y los Ejes tiene su miga. Otrora fue el "Eje Roma-Berlín-Tokio", luego el "Trío de las Azores", contrapunto del "Eje del Mal"... El "Trío-Eje" de ahora es "Trump-Mohamed VI-Netanyahu", con el tirano marroquí como eslabón imprescindible. Poco le importa a él la imagen de miseria que pone en evidencia a su corrupta satrapía. Estamos en un momento en que mostrar las vergüenzas es casi un honor.

Esta Europa que se va nazificando ve su enemigo al este, pero lo tiene al oeste y al sur.

Claro que si somos "buenos vasallos" como Rutte y Paco el Bajo no nos harán mucha pupa.

Un proceder claramente mafioso: Si no me pagas por "protegerte", atente a las consecuencias.

Tomado de Arrezafe, Segunda Cita y Resumen Latinoamericano

Véase también ¿Crisis en el flanco sur de la OTAN?


La guerra híbrida llega a Ceuta 

Xavier Villar
03/08/2026



La suspensión de Schengen por parte de Italia y el discurso de la extrema derecha se suman a las sospechas de una guerra híbrida con la vista puesta en el castigo a España.

Lo sucedido en Ceuta, uno de los territorios españoles en el África continental, ha desatado un doble debate. En el plano interno, la derecha y la extrema derecha han acusado al Gobierno de Pedro Sánchez de "dejadez frente a la invasión". El presidente, por su parte, calificó los hechos como una "violación de la integridad territorial de España", sentenciando: "Ceuta es una ciudad española y lo ocurrido ayer merece toda nuestra condena y nuestro rechazo". Sin embargo, el debate más sugerente desde la perspectiva geopolítica, y eje central de este artículo, es el posible papel de Israel en los supuestos esfuerzos por castigar a Madrid por su apoyo a Palestina.

La crisis se desencadenó el pasado jueves 30 de julio, cuando cerca de 50.000 personas procedentes de Marruecos lograron franquear la frontera de Ceuta. Las autoridades confirmaron el fallecimiento de al menos 72 personas ahogadas en el intento. No obstante, este viernes fuentes del Ministerio del Interior apuntaban que más de 48.000 de estos migrantes ya habían regresado a territorio marroquí.

Las especulaciones sobre un presunto respaldo israelí a lo que diversos medios ya definen como una "guerra híbrida" contra España cobraron fuerza tras la viralización en redes sociales de artículos publicados a principios de año por analistas próximos a Israel. Estos sostenían que Washington y Tel Aviv deberían respaldar las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla como mecanismo de presión sobre Madrid.

En marzo, Michael Rubin, investigador principal del American Enterprise Institute, instó a Rabat a organizar una nueva "Marcha Verde" hacia los enclaves españoles. En un texto publicado por el Middle East Forum, Rubin propuso que ciudadanos marroquíes se dirigieran a Ceuta y Melilla con excavadoras, cruzaran la frontera desarmados e izaran la bandera de Marruecos. Presentó esta iniciativa como una respuesta a lo que él mismo describió como la «hipocresía anticolonial» de España.

No es la primera vez que Marruecos instrumentaliza a su propia población. Ya lo hizo en abril de 2021, cuando utilizó a unos 12.000 migrantes, incluidos miles de menores, como ariete en la frontera de Ceuta. ¿Qué ha cambiado desde entonces? Principalmente, la posición de España y su proyección internacional: desde su rechazo a participar en una eventual guerra contra Irán hasta su crítica feroz al genocidio en Gaza.

En esta línea, el politólogo portugués Bruno Maçaes recordaba recientemente un artículo de abril en el que analistas proisraelíes instaban a Tel Aviv a ayudar a Marruecos a tomar el control de Ceuta para escarmentar a España. Conviene recordar que Madrid reconoció al Estado de Palestina en mayo de 2024 y, posteriormente, decretó un embargo de armas, prohibió el atraque en puertos españoles a buques con combustible para el ejército israelí y vetó el tránsito de aeronaves con armamento destinado a Israel a través de su espacio aéreo. Tel Aviv denunció estas medidas como antisemitas, lo que motivó la llamada a consultas de la embajadora española.

Otro texto publicado en abril por el medio israelí Ynet sugería que Israel podría utilizar su influencia en Washington para facilitar a Marruecos la "recuperación" de Ceuta y Melilla. Su autor, Amine Ayoub, también miembro del Middle East Forum, planteó el respaldo a las reivindicaciones territoriales de Rabat como un castigo a España por cuestionar las políticas estadounidenses e israelíes. Ayoub esbozó tres vías de presión: señales diplomáticas directas de apoyo a Marruecos, cabildeo en Washington y campañas acusando a España de hipocresía por reconocer Palestina. Su conclusión era clara: ayudar a Rabat a "recuperar" los enclaves serviría para "escarmentar" a un aliado de la OTAN que había osado desafiar a Washington y Tel Aviv.

El propio Maçaes sentenciaba en la red social X que todos los indicios apuntaban a un "ataque híbrido más que a una mera cuestión migratoria".

Las relaciones entre Marruecos, Israel y Estados Unidos añaden otra capa de complejidad al análisis. En 2020, Rabat firmó los Acuerdos de Abraham con Israel, impulsados por la Casa Blanca, a cambio de que Washington reconociera su soberanía sobre el Sáhara Occidental. Aquel pacto incluyó el respaldo explícito al plan de autonomía marroquí, abandonando décadas de ambigüedad diplomática en favor de una posición nítida. Israel completó este triángulo estratégico en julio de 2023, cuando el primer ministro Benjamín Netanyahu reconoció formalmente la "marroquinidad" del Sáhara.

Como muestra de esta nueva política, Marruecos bautizó recientemente una autopista de 1.055 kilómetros que conecta Tiznit con Dajla como "Autopista Presidente Donald J. Trump". Esta infraestructura busca erigirse en un instrumento deliberado de poder estatal y una expresión física de su soberanía sobre el Sáhara Occidental, territorio clasificado por la ONU como no autónomo y pendiente de descolonización. Mientras Rabat reclama la soberanía total, el Frente Polisario, que representa al pueblo saharaui, defiende su independencia y mantiene en el exilio la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), pese a su escaso reconocimiento internacional.

A la luz de estos antecedentes, resulta evidente que lo acaecido en Ceuta trasciende la mera inmigración, aunque esta se utilice como herramienta decisiva para condicionar la política doméstica española y, por extensión, la europea. De hecho, la crisis ha servido para visibilizar no solo las fracturas de la UE, sino una auténtica ofensiva política contra España orquestada por varios de sus socios. Todo comenzó con la inesperada y, para muchos analistas, desproporcionada reacción del Gobierno italiano de Giorgia Meloni, exigiendo "el endurecimiento de la política migratoria de España". Roma anunció este viernes la suspensión de los acuerdos Schengen con Madrid, activando los controles fronterizos para los ciudadanos extracomunitarios que viajen en avión o barco entre ambos países. A la postura italiana se sumaron rápidamente Polonia, Finlandia, Austria, la República Checa y Dinamarca.

La pregunta es, por tanto, obvia: ¿a quién beneficia esta crisis? En primer lugar, a Marruecos, que siempre ha defendido la "marroquinidad de Ceuta y Melilla". En segundo, a Israel, que observa con satisfacción al Gobierno de Pedro Sánchez en un momento de profunda vulnerabilidad, de cara a influir en las próximas elecciones generales de 2027. Valga como ejemplo la actitud del embajador israelí en la ONU, Danny Danon, quien publicó en X: "España, que nunca pierde la oportunidad de dar lecciones a Israel, ha declarado el estado de emergencia en Ceuta tras la crisis por su política de inmigración". Poco importaba que Madrid no hubiera declarado tal estado de emergencia; el objetivo de Danon era mediatizar el caos y colocar al Ejecutivo español en el banquillo de la opinión internacional.

En la misma línea se ha manifestado la administración Trump, otro de los grandes beneficiados. La cuenta oficial del Departamento de Estado publicó un mensaje mostrando su "solidaridad con el pueblo de España y con todos los europeos frente a esta flagrante violación de su soberanía y de sus derechos humanos", para acto seguido añadir: "Este incidente inaceptable es consecuencia directa de los esfuerzos deliberados del Gobierno español por permitir y facilitar la inmigración ilegal masiva hacia Europa".

El vicepresidente estadounidense, JD Vance, recalcó por su parte que la situación en España es "un lamentable recordatorio de las consecuencias de la migración masiva y de las políticas globalistas de la izquierda radical".




Por último, a nivel doméstico, el gran beneficiario es Vox. La formación de extrema derecha, alineada con Trump e Israel, encuentra en la inmigración, especialmente la musulmana, el eje central de su discurso. Un relato que no solo busca criminalizar al otro, sino difundir la teoría del reemplazo poblacional y la pérdida de la homogeneidad nacional; es decir, la defensa de una supuesta "blanquitud" entendida no en términos fenotípicos, sino culturales.

Todo parece indicar que este episodio de guerra híbrida contra España ha funcionado como un severo recordatorio de que las acciones políticas no son gratis, y de que alejarse de Estados Unidos e Israel tiene un precio.

domingo, 2 de agosto de 2026

Contra el miedo

El actor Alberto San Juan es, como muchos de su gremio, persona comprometida con causas justas como la palestina o la saharaui, y lo viene demostrando en actos públicos como las entregas de los Premios Goya. 

Es hijo de Máximo, el viñetista, dibujante y escritor cuyos lacónicos manifiestos gráficos eran los mejores editoriales del diario El País cuando este periódico aún podía considerarse, hasta cierto punto, "de izquierdas".

El escritor y periodista Aníbal Malvar lo entrevista para Público, interrogándolo a través de aquellas viñetas. La guerra, la emigración, la religión, la pobreza, el individualismo... Preguntas que se hacía el padre y que confirma el hijo.

Hace mucho que no frecuento El País. Del papel pasé a la nube, de la que recogía aquellas viñetas diariamente, hasta que la nube se me nubló. Dejé de recibir los dibujos de Máximo y ni siquiera supe cómo fue miserablemente despedido. Poco debe quedar ahí de la pátina progresista que prestigiaban plumas como las de Vázquez Montalbán o Sánchez Ferlosio.

La propiedad privada de los medios de comunicación manda en ellos y la deriva del grupo Prisa va yendo de malas a peores manos.

La última pregunta, la que ya no puede hacerle su padre, es la única que hace el entrevistador: ¿Cuál fue el gran error de tu vida? Y el entrevistado contesta: Mi gran error ha sido elegir el miedo frente al deseo.

Y sin miedo, al final, luego de explicar la mezquindad de la empresa al despedir a su padre, termina on esta moraleja:

No pongas nunca nada importante de ti al servicio de una empresa capitalista.


 EL GRAN ERROR DE MI VIDA

29/07/2026

Alberto San Juan en la alfombra roja de los Premios Goya 2026. Pedro J Pacheco / Wikipedia

Alberto San Juan (Madrid, 1968) es actor y dramaturgo. Seguro que no se ofende si se le califica más como actor de teatro que de cine o televisión. Cuestión de amores: es más seductora la mirada de un solo espectador de sala que el ojo vítreo de una cámara. Aunque ha actuado en una cincuentena de largometrajes, más de 20 montajes escénicos, otras tantas series de TV y tiene dos Goya, se le recordará más (con otros socios) por haber creado el Teatro del Barrio en el entorno madrileño de Lavapiés, un espacio escénico libertario y popular que sobrevive a la gentrificación y a los especuladores por razones ignotas. Quizá es que Talía, más que una simple musa, es una santa apóstata capaz de obrar milagros.

Como esta sección consiste en poner en apuros a los entrevistados, vamos a dejar que sea el padre de Alberto San Juan quien lo interrogue. Máximo (1932-2014) fue uno de los más grandes viñetistas españoles desde la Transición hasta su muerte. Sus dibujos, cargados de incertidumbres, ternuras y denuncia, se hicieron tan populares que durante 30 años muchos los elevamos a la categoría de editoriales periodísticos. Os dejamos con padre e hijo.

Viñeta de Máximo San Juan. Cedida por Alberto San Juan.


R Mi padre era un pacifista radical. Según me contaron, Herman Tertsch siendo aún periodista de El País quiso agredirle en el vestíbulo del teatro María Guerrero tras publicar mi padre un dibujo en el que elogiaba la deserción como acto heroico. También, su defensa constante del diálogo con ETA le valió más de una carta indignada y aderezada con insultos por parte de Fernando Savater, publicadas en el diario donde en esos años trabajaban ambos. No imaginaban entonces, supongo, que los dos acabarían siendo despedidos. ¿Qué decir? Poco. Es una de las herencias paternas que me enorgullece: el asco por las armas. El día de la fiesta nacional no debería desfilar ninguna persona armada. Nadie. Si acaso, reunirnos en plazas y avenidas para homenajear a maestros, sanitarios y algún que otro oficio.

Viñeta de Máximo San Juan. Cedida por Alberto San Juan.






R Contribuir a visibilizarlos como lo que son: niños robados al paraíso. O al menos, menores expulsados de sus hogares, barrios, pandillas por la violencia extrema que rige la sociedad humana. Una violencia perfectamente planificada y al servicio de la lógica capitalista (todo lo existente es susceptible de convertirse en mercancía de la cual se puede extraer beneficio) para sus beneficiarios (los propietarios de las mayores concentraciones de capital y sus sicarios: gobiernos, consejos editoriales, etc, etc). Y aún mejor: sumarse a algún colectivo de apoyo a estos menores. Existen en todas las localidades en las que hay centros de internamiento para ellos. El apoyo se concreta en acompañar a los chavales para resolver gestiones burocráticas o simplemente para ir al cine o hacer vida en la ciudad donde estén. Para romper, en definitiva, la certeza de no ser queridos en ningún lugar.

Viñeta de Máximo San Juan. Cedida por Alberto San Juan.




R Coincido: el Jesucristo de los Evangelios se sitúa decididamente junto a los oprimidos frente a los opresores. Esa es la buena nueva: el dominio de unos sobre otros no es natural, es una construcción política y, como tal, puede ser demolida para recuperar el edén: una sociedad levantada sobre la idea de la igualdad universal, la idea de una sola alma común a todas las almas individuales. La iglesia (el colectivo que se ha apropiado de la palabra de Jesucristo) es una institución histórica y cómo tal debe ser analizada. Parece claro que su papel ha sido contrario a los evangelios: siempre junto al poder opresor. Me refiero a la cúpula de la jerarquía eclesiástica. Por supuesto, siempre ha habido sacerdotes outsiders que, fieles a la buena nueva, han luchado y luchan contra la opresión. El papel histórico de la Iglesia española es singularmente cruel. Consolida su inmenso poder sobre un proceso de limpieza étnica, la ordenada por Isabel La Católica contra aquellas comunidades hispánicas calificadas como judías, moriscas o gitanas. Y se reafirma en un segundo clímax genocida durante la agresión militar contra la democracia del 36 y la posterior, interminable dictadura.

Viñeta de Máximo San Juan. Cedida por Alberto San Juan.




R Creo que la especie humana no ha experimentado aún lo que pueda ser vivir en democracia. Es decir: un gobierno de todos. Es decir: el autogobierno que supondría una sociedad de iguales, libres y fraternos (es decir: de hermanos en lo político. No de papás e infantes seres sin voz propia). Una sociedad en la que el solo hecho de nacer conlleve garantías de acceso suficiente a los recursos básicos para la vida (comida, techo, salud, cultura, etc). ¿Cómo? Estableciendo, democráticamente, mecanismos directos de control colectivo sobre los recursos generados en un determinado territorio por parte de los habitantes de ese territorio. Eso supone decir no, tanto al totalitarismo de estado como al totalitarismo de mercado. Las pistas para aproximarse al edén parecen encontrarse en lo que se denomina economía social y solidaria (cuyo objetivo primero es el beneficio colectivo, no el privado) y en las formas posibles de propiedad cooperativa en red. Hay experiencias históricas (siempre extinguidas a fuerza de cañones): la revolución española del 36, por ejemplo (El corto verano de la anarquía, según Hans Magnus Enzensberger). ​ ​

Mientras el acceso a la vivienda, la salud y educación, la energía, el transporte, la comunicación, la información, etc, estén en manos privadas motivadas por intereses privados (en España se asocian en esa cosa llamada Ibex 35) la democracia no es posible. Lo dijo hasta la jefa de gabinete de Adolfo Suárez, Carmen Díaz de Rivera, durante la Transición: "Mientras el capital no cambie de manos, todo seguirá igual". En resumen: creo que la democracia sigue siendo una aventura aún por emprender.

Viñeta de Máximo San Juan. Cedida por Alberto San Juan.



R La vida solo es posible con el otro. Si dos no follan, nada puede nacer. En sentido literal y simbólico. Cualquier acto creativo, aunque se realice físicamente en soledad, es con los otros. No existe el monólogo puro. Sólo del diálogo puede nacer algo.

P La pregunta final no la puede ya hacer tu padre, aunque sospecho que le gustaría. ¿Cuál fue el gran error de tu vida?

R El gran error de mi vida (repetido una y otra vez, una y otra vez...) es elegir el miedo frente al deseo. Soy extremadamente miedoso y he dejado de vivir cosas muy importantes para mí por no ser capaz de actuar, aún con miedo. Me identifico mucho con los personajes burgueses descritos por Simenon, aquellos que, no atreviéndose a abandonar sus cárceles vitales, acababan cometiendo un asesinato para que todo reventara. No he llegado a tal acción. De momento. ​ ​

El personaje de Anthony Hopkins en Lo que queda del día (The Remains of the Day, James Ivory, 1993), el mayordomo sometido a la estricta jerarquía clasista inglesa que no se atrevía a amar (vivir tendiendo a la plenitud), es para mí un espejo. Mis madrugadas están pobladas de fantasmas y sigo escondiéndome bajo las sábanas. ​ ​

Una última cosa para acabar: gracias. Gracias por traer estos dibujos de mi padre. Todos ellos publicados por el diario El País, empresa a la que dedicó la parte mayor de las horas de su vida. Empresa que, a través de un director de nombre Javier Moreno (dudo que por sí mismo, sin apoyo de algún Cebrián, incluso de algún González) le despidió con crueldad después de 30 años de trabajo continuado, desde los números cero previos a la salida del periódico en el 76, hasta aquel 2006 de euforia neoliberal previa al reventón del 2008. La crueldad: no le explicaron por qué lo echaban y, además, le hicieron salir por la puerta de atrás, sin explicar nada tampoco a los lectores del diario. Moraleja: no pongas nunca nada importante de ti al servicio de una empresa capitalista.