sábado, 9 de mayo de 2026

DEFENDER LA TIERRA NO ES DELITO

Si es delito la omisión del deber de socorro, no defenderla lo debería ser.

Pero al parecer parece que parece que esto no es tan obvio como parece.

Ya nos gustaría que fiscales y jueces fueran tan estrictos y puntillosos con otros presuntos pecadillos como lo son con estos activistas. Dado que Sus Sensibilidades afinan tanto, tal vez la presión popular sirva para algo.

Aunque... no sé... no sé...

Sumémonos pues a esta petición:

https://www.peticiones.net/defender_la_tierra_no_es_delito 


DEFENDER LA TIERRA NO ES DELITO

8 de mayo de 2026






El próximo 26 de mayo se juzgará en Madrid a tres personas: Jorge Riechmann, Marina M. Martínez y Paco del Pozo, acusadas de “resistencia grave a la autoridad”, un delito castigado con multas o penas de prisión de tres meses a un año. Su grave resistencia consistió en evitar ser lesionadas cuando la policía deshizo la cadena humana que cortaba el tráfico de una calle de Madrid el 7 de octubre de 2019. Es, pues, una acusación falsa. Alguna de estas personas y otras catorce se enfrentarán, además, en los próximos meses, a otro proceso penal, este por la acción realizada el 6 de abril de 2022, consistente en verter un líquido biodegradable y fácil de limpiar en las columnas de la fachada del Congreso de los Diputados. En este caso, las penas solicitadas son aún más duras.

Estas dos acciones no violentas formaban parte de campañas de movilizaciones internacionales. La primera fue impulsada por la plataforma 2020 Rebelión por el Clima junto con Extinction Rebellion Spain. La segunda, por Rebelión Científica, integrada por científicos y académicos que, tras advertir durante décadas de la gravedad de la crisis ecológica, y particularmente de la mutación climática, y en vista de la inacción política, han decidido pasar a la acción. Un país como el nuestro, que ha sufrido estos últimos años olas de incendios devastadores, creciente desertificación, sequías prolongadas y una DANA de consecuencias terribles, todo ello sin precedentes, debería ser especialmente sensible a la hora de tomar medidas ante la crisis ecológica y sus efectos ya patentes.

¿Es tan grave la situación como para que valga la pena arriesgar la libertad y el patrimonio para tratar de llamar a la acción? Sí, si damos por cierto los últimos informes del IPBES o del IPCC de las Naciones Unidas. En este último se afirmaba: “Nos enfrentamos a una catástrofe inminente; estamos sobrepasando un punto de inflexión climático irreversible sin que los Gobiernos estén actuando en consecuencia”. El propio Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, advertía en diciembre de 2024: “Estamos presenciando el colapso climático en tiempo real. Este camino está abocado a la ruina y tenemos que abandonarlo lo antes posible”. Y en 2025, dijo: “Los países deben encaminar al planeta hacia perspectivas más seguras, reduciendo drásticamente las emisiones y apoyando la transición a un futuro renovable”. Por su parte, en enero de 2020, el Consejo de Ministros del gobierno español había aprobado la Declaración ante la Emergencia Climática y Ambiental en España.

La realidad es que ni la comunidad internacional ni nuestro gobierno están actuando de acuerdo a sus compromisos, y las causas que motivan la crisis, lejos de disminuir, siguen aumentando su impacto. En primer lugar, porque ni en la práctica ni en el discurso han abandonado la senda del crecimiento económico, que está en la base de la destrucción ecológica en curso. En el caso europeo, además, dicho crecimiento avanza a remolque del sector militar, es decir, de la destrucción de la vida. Por otro lado, incluso cuando se avanza en políticas de corte ecosocial, se reduce el problema ecológico multidimensional al factor de las emisiones, poniendo en marcha medidas ambiguas que, aunque pueden reducir emisiones localmente, suponen un empeoramiento global de la extralimitación planetaria (un ejemplo palmario de ello es el incentivo público al coche eléctrico).

Por todo ello, necesitamos más que nunca que las voces de los defensores de la tierra se hagan oír. No solo por la gravedad de la devastación ecológica y sus temibles consecuencias para la sociedad, ni tampoco por la escandalosa falta de medidas serias para la paliarla, sino porque, en un nuevo giro de la espiral, quienes recurren a la acción pacífica para llamar la atención sobre todo ello son castigados con una violencia institucional absolutamente desproporcionada. ¡Un año y nueve meses de cárcel por participar en una manifestación pacífica! Es lo que pide la Fiscalía por la acción ante el Congreso. Pero ¿hace falta recordar que la desobediencia civil no violenta es un recurso fundamental de la democracia, gracias a la cual se han conseguido algunos de los logros más nobles de nuestras sociedades? Aceptar su criminalización es aceptar el menoscabo de la soberanía popular y del derecho fundamental de oponerse pacíficamente a la injusticia.

Esta oposición pacífica es hoy más importante que nunca. El mundo se está encaminando por una senda de violencia y belicismo que aniquila a su paso pueblos, como el de Gaza, ecosistemas y, en resumen, las perspectivas de un futuro digno en este planeta vivo. Si no interponemos acciones de paz frente a la guerra, lo peor de lo que puede pasarnos ocurrirá, y de manera acelerada.

Por todo lo anterior, solicitamos tu firma al pie de este manifiesto y tu presencia en el acto de apoyo a esta causa que tendrá lugar en el Círculo de Bellas Artes, el próximo 25 de mayo de 2026 a las 19:00 h.

PRIMERAS FIRMAS:

Adrián Almazán. Profesor de universidad, escritor

Ana Morente. Periodista

Ana Pérez Cañamares. Poeta

Antonio Crespo Massieu. Poeta

Antonio Gamoneda. Poeta

Antonio Orihuela. Poeta

Alberto García-Teresa. Poeta

Alberto San Juan. Actor, fundador del Teatro del Barrio

Ana Rosetti. Poeta

Aurora Fernández Polanco. Catedrática de universidad

Azahara Palomeque. Poeta y novelista

Belén Gopegui. Escritora

Bernardo Atxaga. Escritor

Carmen Madorrán. Profesora de universidad, escritora

Chema Madoz. Fotógrafo

Eva Lootz. Artista

Gabi Martínez. Escritor

Jaime Vindel. Científico titular del CSIC

Joaquín Araujo. Naturalista, escritor, agricultor ecológico

Jordi Doce. Poeta, crítico literario

José Albelda. Pintor, fundador de MHESTE/ DESEEEA

Joseba Sarrionandia. Escritor

José Luis Tirado. Artista, cineasta

José María Parreño. Poeta, profesor de universidad

Juan Carlos Mestre. Poeta

Laura Casielles. Poeta

Manuel Alcántara. Decano Facultad Filosofía y Letras UAM

María Sánchez. Poeta

Marta Sanz. Poeta y novelista

Miguel Casado. Poeta y crítico

Mar Villaespesa. Comisaria de exposiciones

Marina Garcés. Filósofa

Manuel Rivas. Escritor

Nacho Fernández Rocafort. Poeta, profesor

Olvido García Valdés. Poeta

Ruper Ordorika. Músico

Tonia Raquejo. Catedrática de universidad

Tristán Ulloa. Cineasta, actor

Viggo Mortensen. Actor, cineasta

Yayo Herrero. Antropóloga, activista ecosocial, profesora de universidad

viernes, 8 de mayo de 2026

Cómo introducir el vicio en el hospicio

Al interactuar en cualquier entorno social hay juicios y opiniones que se consideran "aceptables" y hay otras "inaceptables" que nos cuesta admitir o al menos expresar públicamente. Así se configura el "sentido común". Sin que todos los juicios sean coincidentes esto marca un territorio para el debate del que es difícil salir. El marco admisible es la denominada Ventana de Overton y limita las opiniones que se pueden expresar en el espacio público sin que el individuo o partido político que las expresa sea directamente descalificado.

El marco no es fijo. Con los cambios sociales se desplaza, crece o mengua, Una sociedad represiva que impone marcos rígidos estrechará la ventana, otra más libre la ampliará. La acotación es variable y depende de cada cultura y de los cambios que experimenta, muchas veces provocados por la represión o la propaganda.

Quedan fuera de la ventana lo considerado "impensable" y lo que parece demasiado "radical". Dentro de ella tampoco da todo igual. La gama va de lo simplemente "admisible" a lo abiertamente "popular", pasando por lo que parece al menos "sensato".

La política se sitúa en el centro de la ventana porque el ideario aceptable por el público bendice la viabilidad política de una idea, definida por este hecho más que por las preferencias individuales de los políticos.

Así, en cada momento, esta «ventana» incluye una gama de políticas, aceptables de acuerdo al clima de la opinión pública, que un político puede recomendar sin ser considerado demasiado extremista para ocupar o mantener un cargo público. Si solo es aceptable una estrecha gama de políticas potenciales conviene a los políticos apoyarla por encima de sus preferencias personales.

La gama varía cuando las ideas cambian no entre los políticos sino en la sociedad que los elige.

Hay técnicas para mover la ventana, por ejemplo promoviendo deliberadamente ideas «radicales» con la intención de hacer parecer más moderadas y por lo tanto más aceptables ideas que todavía están fuera. Compararlo con lo horrible puede llevarnos a admitir lo simplemente "malo".

Pero no todas las técnicas son iguales, porque la ventana puede moverse y hacer que cambie la mentalidad de la sociedad apelando, tanto a los hechos y la lógica, como a la moralidad, a las emociones y en última instancia a las circunstancias o la desinformación.

El lenguaje juega un papel importante en este juego, no siempre limpio. Así, el "sentido común" al que apela un partido como VOX, y que desplaza la mentalidad hacia valores reaccionarios, no necesita utilizar, como los nazifascistas de otro tiempo, la noción de supremacía racial para excluir: le basta por ahora la preferencia nacional para priorizarEl fascismo de hoy está manipulando la percepción, con solo cambiar raza por nacionalidadexclusión por prioridad y supremacía por preferenciaSuavizar el lenguaje hace que los poco avisados no perciban la nueva piel de cordero.

En todo esto subyace la exclusión de los que no forman parte de un "nosotros" siempre artificial y más que discutible. En este momento "nosotros" somos los españoles, los andaluces, los canarios, los de mi barrio o mi familia. No los trabajadores, no, ahora mismo, los pasajeros del Hontius. La lupa del prestidigitador se dirige siempre intencionadamente.

Pero el mecanismo funciona; evocando a Javier Krahe:

"El pecado se ha colado aprovechando un resquicio: ya está el vicio en el hospicio"


Supremacía nazional 

Enrique Javier Díez Gutiérrez

01/05/2026

Una niña sostiene un cartel en una manifestación antirracista en Madrid. Europa Press











La nevera vacía de los Mbarga

Eran las 7:30 de la mañana cuando Anne, enfermera camerunesa de 42 años, se plantó delante del director de la contrata de limpiezas donde trabaja desde hace nueve años. No iba a pedir un aumento ni a quejarse de los turnos. Iba a entregar su renuncia. La razón: su hijo de 15 años, Christophe, había llegado la noche anterior con una hoja informativa en la mochila. Era el nuevo cartel del comedor social al que acudían dos veces por semana. Decía, con el sello del ayuntamiento gobernado por un partido de extrema derecha: "Prioridad de atención alimentaria: nacionales y residentes de larga duración con dos años de arraigo acreditable".

Christophe había nacido en España. Habla catalán sin acento. Juega en el equipo de baloncesto del barrio. Pero para ese Ayuntamiento, él y su madre —que paga impuestos, cotiza y limpia en casas— son "menos preferentes" que un nacional que llegó ayer del pueblo de al lado. Anne no renunció por orgullo. Renunció porque esa noche, al abrir la nevera, solo había medio brik de leche y dos zanahorias. Y porque la trabajadora social le dijo: “Lo siento, ahora hay lista de espera para los que no son de aquí”.

La trampa ideológica: "Los nuestros primero"

Lo que Anne sufrió en carne propia no es una medida aislada ni un exceso local. Es la punta del iceberg de un marco ideológico que la extrema derecha ha logrado normalizar bajo el seductor eslogan de la "preferencia nacional". La fórmula es tan simple como perversa: en el reparto de recursos escasos —vivienda, ayudas, empleo, sanidad, educación—, los “nacionales” deben ir siempre por delante.

Pero este principio choca con tres verdades incómodas que la ultraderecha oculta tras sus carteles de colores patrios:

  • Es ilegal según el derecho internacional. La Convención Europea de Derechos Humanos y la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE prohíben la discriminación por origen nacional o étnico. La "preferencia nacional" no es patriotismo, es xenofobia aporófoba.
  • Es económicamente estúpida. España necesita inmigrantes. La Seguridad Social es viable hoy gracias a los trabajadores extranjeros, que aportan más de lo que reciben.
  • Es una máquina de fabricar ciudadanía de segunda. Lo denunció el filósofo Étienne Balibar: "La preferencia nacional institucionaliza un apartheid cotidiano. No hace falta un muro físico cuando los comedores sociales ya tienen lista de espera para los que tienen el pasaporte equivocado".

La deriva de la "solidaridad restrictiva"

Detrás de cada cartel como el que vio Christophe hay una operación política calculada. La extrema derecha no propone eliminar el Estado de bienestar; propone restringirlo a unos pocos. Es la táctica del "nosotros contra ellos" aplicada a los comedores escolares, las listas del paro y las urgencias hospitalarias.

El historiador Enzo Traverso lo llamó "nacionalismo social": robar símbolos y políticas de la izquierda para teñirlos de sangre y suelo. "Nacionalizarán las ayudas sociales para que los autóctonos pobres odien a los inmigrantes pobres en lugar de odiar a los ricos de cualquier bandera", escribió.

Y funciona. Porque mientras los ultras señalan a la familia Mbarga como "la que nos quita las becas", los verdaderos beneficiarios del sistema —grandes fortunas, fondos buitre, empresas que contratan en paraísos fiscales— siguen jugando en otra liga, sin carteles que las nombren.

Supremacía nazional

La ventana de Overton se está desplazando cada vez más a la derecha. El actual Partido Popular ya ni disimula su herencia franquista. Fundado por los herederos de la dictadura fascista están retornando a sus orígenes. La causa ha sido su "hijo pródigo", Santiago Abascal, que se escindió del partido y montó un "chiringuito" de extrema derecha. Ahora les "lleva de calle" y ha conseguido que compren su marco ideológico supremacista, que sostiene que un grupo es superior a otros y, por tanto, debe recibir más y recibirlo primero.

El eslogan de "supremacía nazional" (o "preferencia nacional" como les gusta tildarla) se ha convertido en una pieza central de las guerras culturales en el repertorio discursivo de la extrema derecha actual. Este marco ideológico y político procede de la extrema derecha francesa (Jean-Marie Le Pen y posteriormente Marine Le Pen), donde se reformuló un discurso abiertamente racista en términos jurídico-administrativos aparentemente menos agresivos: sustituyendo raza por nacionalidad, exclusión por prioridad y supremacía por preferencia.

Este desplazamiento semántico permite lo que algunos autores denominan "racismo sin raza" o "nativismo institucional": se mantiene la lógica supremacista, pero con un lenguaje menos directo y ligado a vínculos emocionales de un "nosotros" contra los "otros". En la narrativa racista actual del neofascismo, la "preferencia nacional" opera como un marco que define un "nosotros" (los nacionales, "los de casa"), construye un "ellos" (inmigrantes, extranjeros, minorías) y legitima una jerarquía de acceso a derechos. No se presenta como exclusión, sino como protección moral: "los nuestros primero". Este giro retórico convierte una medida discriminatoria en una demanda aparentemente anclada en el sentido común.

Narrativa de guerra cultural

La eficacia política del giro reside en tres mecanismos:

a) simplificación: se vinculan problemas sociales (paro, vivienda, servicios públicos) con un único factor: la inmigración;

b) desplazamiento del conflicto social: Se sustituye el eje clase/desigualdad por el eje nacional/extranjero; y

c) activación emocional del discurso: apelando a la inseguridad, el agravio comparativo y la pérdida de estatus, mediante mensajes simples y polarizantes.

No se trata solo de la posibilidad de la aplicación real de estas políticas racistas, sino de su capacidad para redefinir la agenda pública. Introducen nuevos criterios de legitimidad (nacionalidad frente a derechos universales), desplazan debates estructurales (desigualdad social, falta de fiscalidad progresiva) y, sobre todo, reconfiguran lo que era impensable hace poco para ser "decible" políticamente, debatible mediáticamente, asumible socialmente y, finalmente legislable normativamente (es la ampliación cada vez mayor de la ventana de Overton). Porque, incluso aunque sean jurídicamente inviables, porque son anticonstitucionales y contrarios a la normativa europea al menos, de momento, funcionan como dispositivos de hegemonía cultural.

La clave de su éxito es su ambigüedad estratégica: puede defenderse como política social "prioritaria", pero opera como mecanismo de exclusión diferencial. A primera vista, parece una política de gestión escasa de recursos. Pero analíticamente introduce un criterio de estratificación de derechos basado en la nacionalidad. No se presenta como racismo explícito, no afirma abiertamente superioridad biológica o cultural (como el supremacismo clásico) pero establece una prioridad estructural de unos sobre otros. Se convierte en un marco ideológico que redefine quién merece derechos y en qué grado. Esto configura lo que puede denominarse un "Estado racista", donde los derechos dejan de ser universales, para volverse condicionados por pertenencia a un determinado grupo.

Una sociedad de racismo institucional

Si extrapolamos ese mecanismo racista, el resultado es una transformación profunda del contrato social. Se construye una ciudadanía jerárquica, donde se pasa de la ciudadanía universal (igualdad formal) a una ciudadanía estratificada: nacionales, residentes con derechos limitados y sujetos "tolerados" sin garantías. Se normaliza la desigualdad jurídica: legitima la discriminación institucional y el trato diferencial legalmente establecido (sería la norma administrativa). El Estado Social deja de atender a la población en función de su necesidad, y lo hace de acuerdo a su pertenencia. Con efectos amplificados en el ámbito socioeconómico: competencia entre clases y grupos subalternos (trabajadores nacionales vs migrantes), desplazamiento del conflicto estructural (la desigualdad pasa a reconfigurarse como identidad), explotación (mano de obra precarizada sin derechos plenos) y rompe cualquier posibilidad de solidaridad intergrupal, lo que beneficia a estructuras de poder económico.

Esto supone una erosión democrática. Se pasa del principio de igualdad al principio de prioridad lo cual supone una restricción de derechos civiles y sociales, la legitimación de políticas autoritarias y la ampliación del margen de arbitrariedad estatal. No hace falta un giro explícitamente totalitario y fascista: basta con una deriva incremental progresiva.

Pero el cambio más profundo no es jurídico, sino cultural: se naturaliza que "unos valen más que otros", se redefine la justicia como favoritismo legítimo y se institucionaliza el "nosotros primero". Se consagra la hegemonía cultural del nativismo primitivo más racista y aporófobo. La "preferencia nacional" no es una simple consigna electoral, es un principio organizador alternativo del orden social que redefine silenciosamente una cuestión central: quién tiene derecho a tener derechos.

El principio del fin del universalismo

Cuando un ayuntamiento decide quién come primero según su nacionalidad, está abriendo una herida que tarda décadas en cerrar. Está diciendo a los 850.000 niños y niñas nacidos en España de familias inmigrantes que su carnet de identidad y su cédula de empadronamiento no valen lo mismo. Está enseñando a Christophe que por mucho que estudie o trabaje, siempre habrá una cola en la que él estará al final.

La "preferencia nacional" no es una política social. Es un mecanismo de exclusión con envoltorio de bandera. Y su triunfo más devastador es hacernos creer que es normal elegir quién merece comer o curarse según la línea que dibujan los mapas.

Anne volvió a su trabajo una semana después. El director de su empresa le buscó una ayuda de emergencia sin preguntar por su pasaporte. Pero en su barrio, el cartel sigue allí. Y cada día, más gente lo lee y asiente.

Esa es la batalla real: no entre nacionales y extranjeros, sino entre quienes defienden un sistema de derechos universales y quienes construyen, cartel a cartel, un mundo de colas separadas.

jueves, 30 de abril de 2026

El hambre como arma de guerra. Gaza

De nuevo una flotilla intenta llevar a Gaza lo indispensable para sobrevivir. De nuevo el sionismo sella la costa para matar de hambre a los palestinos. En épocas que consideramos bárbaras el hambre era un medio para rendir a poblaciones sitiadas. Con su repugnante sentido del humor, un dirigente israelita de cuyo nombre no suelo acordarme dijo hace tiempo que los gazatíes debían "adelgazar".

En los planes de Israel el hambre, más que como un medio de presión, funciona como un instrumento de exterminio programado. Su "prioridad nacional" es que en las tierras de que se ha ido apoderando desde hace un siglo no quede ni el recuerdo de la población palestina.

Dentro de la XLII Semana Galega de Filosofía dedicada en esta ocasión al alimento, Teresa Aranguren, cuya larga presencia en tierras bíblicas la hace experta en esta dramática historia, habló sobre el hambre como arma de guerra, que no es por desgracia cosa del pasado.

Hace un siglo, la población judía en Palestina no llegaba al 3% del total. Aquellos judíos arabizados convivían con cristianos y musulmanes, y la gran masa de los actuales israelíes procede de Europa, donde por una parte se los perseguía y por otro lado se les ponía un puente de plata, para utilizarlos como una cuña geopolítica con la que Francia, y sobre todo Inglaterra, se introdujeron en las ruinas de lo que había sido el Imperio Otomano.

El Fondo Nacional Judío se encargó durante todo el siglo XX de adquirir tierras en Palestina a los terratenientes árabes. De ellas se fue expulsando a los aparceros nativos para sustituirlos por inmigrantes europeos de religión hebraica. Lo que vino después, incluido el terrorismo de grupos como Irgún y Haganá, nos ha traído a la peligrosa situación actual, con Israel como instigador de las barbaridades que comete su tonto útil norteamericano y ante la estupefacta pasividad de gobiernos a los que la situación ya no es tan favorable. El terremoto geopolítico está servido; los palestinos lo sufren en primera línea.

La relatora desarrolló este tema que conoce de primera mano en el vídeo que sigue.

miércoles, 29 de abril de 2026

Lo que define a la clase trabajadora

La clase trabajadora no es homogénea. Hay trabajadores pobres, pero otros que viven bien pueden permitirse un consumo alto. Con casa propia, coche, incluso una segunda residencia, se sienten parte de la clase alta.

La diferencia entre estos propietarios y los dueños de capital está en que estos últimos no viven de un salario, sino de la parte de la fuerza de trabajo que no pagan a quienes trabajan para ellos. Porque sin esa fuerza ajena su capital nada produce.

La propiedad que no es partícipe del proceso productivo no es capital. Es consumo, es otra cosa, pero no es capital. Ese trabajador próspero no deja por ello de producir plusvalía al capitalista, que no lo empleará si no le hace ganar dinero. Toda su prosperidad se viene abajo cuando pierde el empleo, a no ser que consiga transformar sus bienes inmovilizados en capital y pueda introducirse así en el lado explotador de la sociedad.

También puede darse el proceso inverso, cuando un capitalista arruinado se desprende de sus propiedades y una vez agotadas se ve forzado a vender a otros su propia fuerza de trabajo.

Este "ascensor-descensor" enmascara la realidad de la sociedad capitalista, que no deja de ser la sociedad de la explotación, tanto de la naturaleza como de los seres humanos. La "movilidad social" es insignificante si la comparamos con la "predestinación social" de los que ya nacen propietarios o proletarios.


La paradoja del trabajador que se cree rico: una reflexión jurídica y socioeconómica sobre la conciencia de clase


Un soldador, realizando un trabajo en una barandilla Luis Tejido | EFE










Cuando el salario oculta la realidad: la necesidad de defender los derechos laborales y el Estado del Bienestar frente al espejismo del individualismo económico

I. Introducción: la falsa autopercepción de la clase trabajadora

Existe una contradicción profundamente arraigada en las sociedades contemporáneas: trabajadores asalariados, incluso cualificados y con ingresos medios o relativamente elevados, que se identifican ideológicamente con postulados económicos que objetivamente perjudican sus propios intereses. Esta disonancia cognitiva, lejos de ser anecdótica, constituye uno de los pilares sobre los que se sostiene la hegemonía del pensamiento económico neoliberal.

Desde una perspectiva técnico-jurídica y socioeconómica, resulta imprescindible recordar que la condición de clase trabajadora no se determina por el nivel de renta, sino por la posición estructural en el sistema productivo: la dependencia de un salario para subsistir. Quien necesita vender su fuerza de trabajo, independientemente de su cualificación o remuneración, es trabajador.

II. El espejismo de la propiedad: vivienda, vehículo y consumo

Uno de los elementos que alimentan esta falsa conciencia es el acceso a determinados bienes de consumo: una vivienda en propiedad, un vehículo, ciertos niveles de confort material. Sin embargo, desde un análisis económico riguroso, estos elementos no transforman la naturaleza estructural del individuo dentro del sistema.

La propiedad de una vivienda suele estar sujeta a endeudamiento hipotecario durante décadas, lo que refuerza —no elimina— la dependencia del salario. El vehículo, por su parte, es un bien depreciativo, no un activo generador de riqueza. El consumo, en definitiva, no equivale a capital.

Creerse «rico» por estas circunstancias implica ignorar que la verdadera riqueza reside en la acumulación de capital productivo y en la capacidad de generar ingresos sin necesidad de trabajo personal. Esa es la diferencia sustancial entre clases.

III. La sanidad pública: un derecho, no un privilegio

Uno de los ejemplos más claros de esta contradicción ideológica se encuentra en la percepción de la sanidad pública. Muchos trabajadores con ingresos estables consideran que pueden prescindir de ella en favor de sistemas privados. Sin embargo, esta percepción se derrumba ante situaciones de riesgo real.

El acceso universal a la sanidad garantiza la protección frente a contingencias graves, como enfermedades oncológicas, intervenciones quirúrgicas complejas o tratamientos de larga duración. En sistemas donde predomina la lógica de mercado, el coste de estas prestaciones puede resultar absolutamente inasumible, generando endeudamiento masivo o exclusión sanitaria.

Desde el punto de vista jurídico, la sanidad pública forma parte del núcleo esencial del Estado social y democrático de Derecho, configurándose como un derecho fundamental vinculado a la dignidad humana. Renunciar a su defensa supone debilitar una de las garantías más básicas de protección colectiva.

IV. Las pensiones: una cuestión de solidaridad intergeneracional

Otro pilar esencial es el sistema público de pensiones. Todo trabajador es, en potencia, un futuro pensionista. Sin embargo, discursos basados en la capitalización individual o en la privatización del sistema han calado en sectores de la clase trabajadora.

Conviene recordar que el sistema público de reparto no es únicamente un mecanismo económico, sino un contrato social intergeneracional. Su debilitamiento implica trasladar el riesgo desde lo colectivo hacia lo individual, con consecuencias especialmente graves en contextos de precariedad laboral o carreras de cotización irregulares.

Defender las pensiones públicas es, por tanto, defender la propia seguridad futura.

V. Derechos laborales: la protección frente a la incertidumbre

El derecho del trabajo surge históricamente como un instrumento de equilibrio frente a la desigualdad estructural entre empleador y trabajador. Elementos como el salario mínimo, la indemnización por despido, la negociación colectiva o la limitación de la jornada laboral no son concesiones, sino conquistas sociales.

Quienes defienden la desregulación del mercado laboral bajo el argumento de la «flexibilidad» suelen olvidar que dicha flexibilidad se traduce, en la práctica, en mayor precariedad, inseguridad y debilitamiento de la posición negociadora del trabajador.

Incluso aquellos con empleos estables no están exentos de riesgos: crisis económicas, reestructuraciones empresariales, automatización o cambios tecnológicos pueden alterar de forma abrupta su situación. Los derechos laborales actúan como red de seguridad frente a estas contingencias.

VI. Educación, servicios públicos y movilidad social

La educación pública, los servicios sociales, las políticas de dependencia y las infraestructuras públicas constituyen otros pilares fundamentales que garantizan la igualdad de oportunidades.

Un trabajador puede haber alcanzado una posición relativamente estable, pero ello no garantiza el mismo futuro para sus hijos si estos servicios se debilitan. La movilidad social ascendente depende, en gran medida, de la existencia de un Estado fuerte que compense desigualdades de origen.

La defensa de estos servicios no es ideológica en sentido abstracto, sino profundamente pragmática.

VII. Conclusión: una reflexión necesaria

La verdadera paradoja no es que un trabajador tenga aspiraciones legítimas de prosperidad, sino que confunda dichas aspiraciones con una identidad que no le corresponde. No se trata de una cuestión moral, sino de una cuestión de racionalidad económica y jurídica.

Defender una economía progresista no implica rechazar el esfuerzo individual, sino reconocer que dicho esfuerzo solo puede desarrollarse plenamente en un marco de garantías colectivas. Salarios dignos, estabilidad laboral, protección social y servicios públicos no son obstáculos al progreso, sino sus condiciones de posibilidad.

Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea la escasez de recursos, sino la confusión de conciencias. El trabajador que olvida su condición se desarma a sí mismo, renuncia a su historia y debilita su futuro.

Porque, al final, la verdadera riqueza no reside en lo que se posee, sino en lo que se protege. Y quien protege derechos, protege dignidad.

martes, 28 de abril de 2026

La sorprendente repetición de la Historia

Nuevamente tomo de arrezafe un análisis sobre maniobras imperiales autodestructivas. Los imperios de todos los tiempos llegaron a un punto de agotamiento, justo cuando alcanzaban su mayor poderío. Un lastimoso error de cálculo los llevó a subestimar a sus adversarios, que sin embargo contaban con bazas previsibles para resistir y devolver el golpe. Como el nazismo con su "guerra relámpago" contaban con una victoria rápida que aniquilase al adversario sin darle tiempo a responder.

El fácil secuestro del presidente venezolano y la insidiosa voz tentadora de la serpiente israelí convencieron a Trump de que descabezando a la cúpula iraní el triunfo estaba servido en bandera de oro (negro).

Sin ir a ejemplos históricos lejanos, el éxito de Nasser cuando bloqueó el canal de Suez se parece tanto, tanto, al bloqueo actual del estrecho de Ormuz que cuesta creer que los sabios del Pentágono no vieran esa posibilidad. ¿O les infunde tanto miedo el moderno Calígula, tan parecido al viejo, que no se atrevieron a advertírselo? ¿O lo hizo alguno y fue rápidamente destituido?

Los Césares de la Decadencia son así.


"Micromilitarismo" estadounidense
O cómo la derrota en la guerra contra Irán acelerará el declive global estadounidense
23/04/2026





Lo que el historiador griego Plutarco escribió hace más de 2.000 años, nos ofrece una elocuente descripción de lo que los historiadores modernos denominan hoy "micromilitarismo".

Cuando una potencia imperial, como Atenas en aquel entonces o Estados Unidos ahora, está en decadencia, sus líderes a menudo reaccionan emocionalmente emprendiendo ataques militares aparentemente audaces con la esperanza de recuperar la grandeza imperial que se les escapa de las manos.

Sin embargo, en lugar de otra de las grandes victorias que el imperio cosechó en la cima de su poder, tales desventuras militares solo sirven para acelerar el declive en curso, borrando cualquier aura de majestad imperial aún restante y revelando, en cambio, la podredumbre moral que subyace en la élite gobernante.

Cada vez hay más pruebas históricas de que Estados Unidos es, en efecto, un imperio en franca decadencia, mientras que la guerra que el presidente Donald Trump ha elegido contra Irán se está convirtiendo en el tipo de desastre micromilitar que contibuyó a destruir sucesivos imperios en los últimos 2.500 años, desde la antigua Atenas hasta el Portugal medieval, pasando por la España moderna, Gran Bretaña y ahora Estados Unidos.

Y en el fondo de cada una de esas desafortunadas decisiones bélicas se encontraba un líder problemático, a menudo nacido en la riqueza y el prestigio, cuyas deficiencias personales reflejaban y ramificaban las numerosas irracionalidades que hacen del declive imperial un proceso tan doloroso.

Durante esa espiral descendente y desmoralizante, los ejércitos imperiales, tan letales en el ascenso de un imperio, pueden cometer el error de sumir a sus países en agotadoras, incluso desastrosas, "microaventuras militares": esfuerzos psicológicamente compensatorios para paliar la pérdida del poder imperial tratando de ocupar nuevos territorios o exhibir un imponente poderío militar.

Si bien este micromilitarismo a menudo elegía objetivos que resultaban estratégicamente insostenibles, las presiones psicológicas sobre los imperios en decadencia son tan fuertes que con demasiada frecuencia arriesgan su prestigio en este tipo de desventuras.

Tales desastres no solo añadieron presiones financieras a los numerosos problemas de un imperio en decadencia, sino que, de forma humillante, también expusieron invariablemente su poder menguante, al tiempo que exacerbaron el impacto desestabilizador del declive imperial en las capitales del imperio (ya fueran Atenas, Lisboa, Madrid, Londres o Washington, D.C.).

En estos tiempos, cuando cesen los bombardeos y finalmente se retiren los escombros de las calles de Teherán y Beirut, el impacto de semejante derrota de facto en el poder global de Estados Unidos quedará demasiado claro: alianzas como la OTAN se debilitarán, la hegemonía estadounidense se desvanecerá, se perderá la legitimidad, aumentará el desorden mundial y la economía mundial se resentirá.

Permítanme ahora dejar de lado los desastres del actual momento imperial para centrarme en las lecciones de la historia y explorar el tipo de daño duradero que la desventura micromilitar de Donald Trump en Oriente Medio podría estar infligiendo al decadente imperio de este país.

La derrota de Atenas en Sicilia

La fecha, el año 413 a. C. El lugar, la antigua Atenas, entonces sede de un poderoso imperio que dominó durante mucho tiempo la cuenca del mar Egeo, pero que perdió influencia ante el constante desafío militar de Esparta.

En el puerto del Pireo, «cierto forastero», como recordó el historiador y filósofo Plutarco, «tomó asiento en una barbería y comenzó a disertar sobre lo sucedido como si los atenienses ya lo supieran todo». Atónito por el relato de este forastero sobre una debacle militar en la lejana Sicilia, el barbero «corrió a toda velocidad hacia la ciudad alta» de Atenas, donde la noticia provocó «consternación y confusión».

Lo que aquel desconocido describió fue el mayor desastre militar en la historia del imperio ateniense. Dos años antes, en medio de las prolongadas Guerras del Peloponeso, el aristócrata Nicias —un líder indiferente e indeciso que utilizó su fortuna heredada para ganarse la popularidad con fastuosos espectáculos— persuadió a los ciudadanos de Atenas para que asestaran un golpe teóricamente audaz contra una potencia imperial rival, Esparta, atacando a su aliada Siracusa en Sicilia con la esperanza de debilitar al enemigo, capturar riquezas y recuperar la menguante hegemonía de Atenas.

Sin embargo, en lugar de la victoria, la vasta armada ateniense, compuesta por 200 barcos y unos 12.000 soldados, sufrió una derrota devastadora. No sólo se destruyó la flota (en gran parte porque Nicias demostró ser un comandante militar incompetente), sino que sus soldados supervivientes fueron capturados, confinados en una cantera y vendidos como esclavos. Atenas jamás se recuperó.

En el plazo de una década, la ciudad había sido sometida por el hambre debido al impenetrable bloqueo naval impuesto por Esparta en un punto estratégico del estrecho de los Dardanelos, despojada de su imperio y sometida al gobierno autocrático de una oligarquía proespartana.

El desastre de Portugal en Marruecos

Nuestra próxima fecha es 1578. El lugar es Portugal, sede de un lucrativo imperio que había controlado el comercio a través del Océano Índico durante décadas, pero cuya hegemonía se veía ahora amenazada por príncipes mercaderes musulmanes aliados con el Imperio Otomano.

En su capital, Lisboa, un joven rey testarudo, Sebastián, sufría de impotencia sexual y un temperamento fogoso que lo convirtió en un fanático "capitán de Cristo".

Con la idea de asestar un golpe decisivo en la guerra global de su país contra el islam, el joven rey persuadió a la flor y nata de la aristocracia portuguesa para que lo acompañara en una cruzada moderna a través del mar Mediterráneo hasta Marruecos. Allí, en la fatídica batalla de Alcazarquivir, el ejército portugués fue masacrado por las fuerzas musulmanas locales. Unos 8.000 soldados portugueses murieron, 15.000 fueron capturados y sólo 100 lograron escapar.

La derrota fue tan devastadora que no sólo destruyó al rey y su corte, sino que también precipitó la incorporación del país al imperio español durante los siguientes 60 años. Tras estos reveses, el portugués Estado da India en Goa se vio reducido a vender licencias a cualquier capitán de barco que pudiera pagar, fuera hindú, musulmán o cristiano. Al desaparecer el dominio comercial portugués del océano Índico, los mercaderes y peregrinos musulmanes pudieron volver a cruzarlo sin impedimentos.

Aunque el imperio portugués sobreviviría durante otros tres siglos, nunca recuperaría la hegemonía comercial que en su día le había permitido dominar las rutas marítimas del mundo, desde las Islas de las Especias de Indonesia, a través del Océano Índico y el Atlántico Sur, hasta la costa de Brasil.

El desastre de España en las montañas del Atlas

Y ahora, saltando varios siglos, otra fecha significativa para los desastres imperiales es 1920. Lugar, Madrid, donde los líderes españoles ya se tambaleaban por el estrés psicológico del largo declive imperial de su país, que culminó con la pérdida de sus últimas colonias, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 contra un Estados Unidos en ascenso.

En su búsqueda de la regeneración a través de nuevas conquistas coloniales, los líderes conservadores de España reaccionaron a esa desmoralizante derrota expandiendo sus pequeños enclaves costeros en el norte de Marruecos para establecer un protectorado sobre toda la región y sus áridas montañas del Atlas.

El inepto monarca español Alfonso XIII, a quien le gustaba jugar a ser soldado, cultivó una camarilla de militares de confianza que compartían su pasión por recuperar la gloria imperial perdida mediante la pacificación de aquel accidentado terreno.

La resistencia de los musulmanes bereberes al dominio español se intensificó dando lugar a la sangrienta Guerra del Rif de 1920, cuando uno de los generales favoritos del rey condujo a sus tropas a la Batalla de Annual, donde los combatientes bereberes masacraron a unos 12.000 de ellos.

No obstante, gracias a la influencia del rey y sus aliados militares, España se aferró desesperadamente a aquellas baldías montañas marroquíes. De hecho, los españoles enviarían allí 125.000 soldados más, incluyendo la Legión Extranjera, liderada por Francisco Franco, –que en la década de 1930 se convertiría en el líder de una España fascista–, para una prolongada campaña de pacificación que incluyó matanzas masivas e innovaciones militares.

En una búsqueda desesperada por una victoria que desafiaba tanto la racionalidad económica como la estratégica, España produjo unas 400 toneladas métricas de gas mostaza letal para llevar a cabo el primer bombardeo aéreo de la historia con gas venenoso, sembrando la muerte en masa sobre las aldeas bereberes.

Y en la primera operación anfibia exitosa de la historia militar, la armada española también desembarcó 18.000 soldados y un escuadrón de tanques ligeros en la bahía de Alhucemas, en septiembre de 1925, para flanquear y pronto derrotar a las guerrillas bereberes que allí se encontraban.

Sin embargo, ese micromilitarismo no sólo sumió a España en una prolongada campaña de pacificación con costes desorbitados, numerosas bajas y atrocidades masivas, sino que también desató fuerzas políticas que acabarían destruyendo su ya precaria democracia.

Mientras las masas protestaban contra aquella guerra desafortunada, el rey Alfonso respaldó a un militar de confianza, el general Primo de Rivera, para imponer una década de dictadura que finalmente dio paso a una efímera Segunda República. Sin embargo, en 1936, apenas una década después del fin de la Guerra del Rif, el general Franco volaba sobre el mar Mediterráneo desde Marruecos, regresando con su Ejército de África, dando inicio a una guerra civil que derrotaría a la República y establecería la dictadura fascista que gobernaría el país durante casi 40 nefastos años de estancamiento social y económico.

El fin del Imperio Británico en Suez

Sin embargo, podría decirse que, en lo que respecta al declive imperial, la fecha más reveladora fue 1956. El lugar, Londres, sede del otrora orgulloso Imperio Británico, donde la sofocante presión de una dolorosa y prolongada retirada imperial global había empujado a los conservadores británicos a una desastrosa intervención micromilitar en el Canal de Suez de Egipto, lo que condujo a lo que un diplomático británico denominaría la "agonizante convulsión del imperialismo británico".

En julio de 1956 (como se describe en mi reciente libro La Guerra Fría en los Cinco Continentes), el carismático presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, nacionalizó el Canal de Suez, poniendo fin al control colonial británico en la zona, lo que conmocionó al mundo árabe y lo elevó a la primera posición entre los líderes mundiales.

Aunque los barcos británicos aún podían transitar libremente por el canal, el primer ministro conservador del país, Anthony Eden, un aristócrata vanidoso y acérrimo defensor del imperio, se sentiría profundamente perturbado, si no desquiciado, por el nacionalismo vehemente de Nasser. De hecho, su liderazgo durante la crisis resultaría tan inestable que altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores llegarían a convencerse de que «Eden había perdido la cabeza».

En respuesta a la noticia de la nacionalización del canal, un furioso Eden convocó inmediatamente un consejo de guerra a las cuatro de la mañana. Llamando a Nasser "Mussolini musulmán", en referencia al antiguo gobernante fascista de Italia, Eden ordenó: "Que lo echen y me importa un bledo si hay anarquía y caos en Egipto".

Dejando perfectamente claro su mensaje, Eden le preguntó a su ministro de Asuntos Exteriores: "¿Qué es toda esta tontería de aislar a Nasser o 'neutralizarlo', como usted lo llama?". Luego añadió con énfasis: “Quiero que lo destruyan, ¿no lo entiende? Quiero que lo asesinen.”

Sin embargo, ante el fracaso del servicio secreto británico MI6 en sus múltiples intentos de asesinarlo, el gobierno de Eden comenzó a conspirar con los franceses e israelíes para lanzar una invasión secreta en dos fases de la zona del Canal de Suez.

El 29 de octubre, el ejército israelí, liderado por el intrépido general Moshe Dayan, arrasó la península del Sinaí, destruyendo tanques egipcios y acercando a sus tropas a menos de 16 kilómetros del canal.

Utilizando esos combates como pretexto para su propia intervención (supuestamente para restablecer la paz), en tan solo tres días, una armada de seis portaaviones anglo-franceses aplastó a la fuerza aérea egipcia, destruyendo 104 de sus nuevos cazas a reacción soviéticos MIG y 130 aviones adicionales.

Con las fuerzas estratégicas de Egipto destruidas y su ejército prácticamente indefenso ante el poderío de esa maquinaria imperial, Nasser desplegó una estrategia geopolítica brillante por su sencillez.

Hizo llenar de rocas docenas de viejos barcos de carga y luego los hundió en la entrada norte del canal, cerrando rápidamente uno de los principales puntos estratégicos marítimos del mundo y cortando así el suministro vital de petróleo de Europa proveniente del Golfo Pérsico.

Para cuando 22.000 soldados británicos y franceses comenzaron a desembarcar en el extremo norte del canal el 6 de noviembre, su objetivo de asegurar la libre circulación marítima ya se les había escapado de las manos.

Tras aquel desastre militar a pequeña escala, Gran Bretaña sería reprendida por las Naciones Unidas; su moneda requeriría un rescate del Fondo Monetario Internacional para evitar su colapso total; su aura de majestad imperial se habría desvanecido; y el otrora poderoso Imperio Británico estaría en vías de extinción. En retrospectiva, la Crisis de Suez no solo pondría al descubierto el declive absoluto del poder británico, sino que también demostraría al mundo que la clase dirigente conservadora del país, con sus ilusiones de superioridad imperial y racial, ya no era capaz de ejercer un liderazgo global.

La derrota de Estados Unidos en el estrecho de Ormuz

Otra fecha que probablemente resulte más que significativa, en lo que respecta a la historia del declive imperial, es el 28 de febrero de 2026. Lugar, Washington D.C., sede del que fue el estado imperial más poderoso de la historia, que había dominado gran parte del mundo durante casi 80 años mediante una combinación de alianzas militares, hábil diplomacia y liderazgo económico.

Para entonces, sin embargo, ya habían comenzado a aparecer grietas evidentes en su estructura de poder, a medida que la hegemonía global de Estados Unidos se enfrentaba a un desafío económico cada vez más fuerte por parte de China, su enorme ejército sufría dos duras derrotas en Afganistán e Irak, y su globalización económica generaba un airado sentimiento popular en el ámbito interno.

Tras una campaña populista basada en promesas de restaurar tanto la prosperidad de la clase trabajadora como el poder global de Estados Unidos, Donald Trump asumió el cargo por segunda vez en enero de 2025 prometiendo una "edad de oro de Estados Unidos", una "nueva y emocionante era de éxito nacional" en la que el país "reclamaría el lugar que le corresponde como la nación más grande, poderosa y respetada del mundo, inspirando el asombro y la admiración del mundo entero".

Nacido en el seno de una familia adinerada y privilegiada, Trump regresó al cargo convencido de su singular "genio" para el liderazgo y creyendo que "Dios me salvó para hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande".

Haciendo uso de su poderío económico y militar para someter tanto a amigos como a enemigos, el presidente, impulsado por una delirante creencia en una misión divina, comenzó a intentar doblegar al mundo a su voluntad. Pero durante su primer año en el cargo, nada pareció funcionar según lo planeado. De hecho, la mayoría de sus iniciativas provocaron una reacción adversa que tan solo sirvió para evidenciar el declive de Estados Unidos desde 1991, cuando la disolución de la Unión Soviética lo convirtió en la única superpotencia mundial.

El 2 de abril de 2025, en lo que denominó "Día de la Liberación", Trump anunció una serie de aranceles punitivos para proteger la industria manufacturera nacional, principalmente de las importaciones chinas. Estos aranceles iniciales eran del 34%, y posteriormente se elevaron al 100%. Sin embargo, en su reunión de octubre de 2025 en Corea del Sur, el líder chino Xi Jinping obligó a Trump a ceder al restringir el acceso de Estados Unidos a las reservas de minerales estratégicos de tierras raras de su país.

En enero, cuando su iniciativa arancelaria perdía fuerza, Trump sumió a la OTAN en una crisis al exigir a Dinamarca la cesión de Groenlandia, amenazando con imponer nuevos aranceles a los aliados europeos si no accedían. Sin embargo, en menos de una semana, la enérgica resistencia europea lo obligó a retractarse de dicha amenaza en la cumbre económica de Davos, afirmando estar satisfecho con la oferta de la OTAN de establecer un «marco para un futuro acuerdo».

El 28 de febrero de 2026, tras el fracaso de su iniciativa arancelaria y el jaque mate de su maniobra en Groenlandia, Trump se unió a Israel en un ataque aparentemente audaz contra Irán que pronto adquirió los ingredientes de la fatídica maniobra "micromilitar" que suele acompañar a las potencias imperiales en declive.

En los primeros días de la guerra, los bombardeos estadounidenses e israelíes acabaron con la cúpula gubernamental iraní, destruyeron su armada y aniquilaron sus defensas aéreas, dejando al país aparentemente postrado ante el poderío aéreo estadounidense. Tras una semana de devastadores bombardeos que parecieron asombrar al mundo por su letalidad y precisión, el 6 de marzo Trump exigió a Irán una «rendición incondicional» y que manifestara su capitulación mediante la «elección de un GRAN LÍDER ACEPTABLE». A cambio, prometió que Estados Unidos «trabajaría incansablemente para rescatar a Irán del borde de la destrucción».

Pero, al igual que Nasser en Suez en 1956, el liderazgo iraní alteró el equilibrio geoestratégico de la guerra al bloquear un punto estratégico marítimo clave en el estrecho de Ormuz. Al atacar cinco cargueros con drones durante la primera semana de la guerra, los líderes iraníes, siguiendo el ejemplo de Nasser, bloquearon de facto el tráfico de petroleros en el estrecho de Ormuz e interrumpiendo el tránsito de gas, fertilizantes y petróleo, lo que sumió a la economía mundial en una crisis energética sin precedentes. A finales de marzo, el control iraní sobre el estrecho era tan férreo que comenzó a cobrar peajes a los cargueros para permitirles el paso.

Sorprendido por el cierre inesperado pero totalmente predecible del estrecho, el 5 de abril, Domingo de Pascua, un Trump inquieto publicó un mensaje en redes sociales que decía: “El martes será el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente, todo en uno, en Irán. ¡No habrá nada igual!”. Añadiendo: “Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno. ¡Ya verán! Alabado sea Alá”. Dos días después, Trump amenazó con que, a menos que Irán abriera el estrecho de Ormuz, atacaría su infraestructura civil con tal severidad que “toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás”.

Tras el fracaso de las negociaciones posteriores entre ambas partes en Islamabad, Pakistán, el 12 de abril, Trump se adentró aún más en el atolladero iraní, ordenando a la Armada estadounidense que «comience el proceso de BLOQUEO de todos y cada uno de los buques que intenten entrar o salir del estrecho de Ormuz» e «intercepten a toda embarcación en aguas internacionales que haya pagado un peaje a Irán». Y, con su habitual fanfarronería, añadió: «¡Estamos completamente preparados y listos para la acción, y nuestras Fuerzas Armadas acabarán con lo poco que queda de Irán!».

Aunque Trump destruyera la infraestructura de Irán o lograra negociar un acuerdo de paz que salvara las apariencias, según todos los indicadores relevantes, Washington ya ha perdido la guerra contra Irán. Como todas las potencias más débiles en una guerra asimétrica, Teherán ha estado dispuesto a soportar un castigo implacable, infligiendo a la vez un daño que la potencia dominante difícilmente puede resistir. Estados Unidos pronto se quedará sin objetivos en Teherán, pero Irán tiene un amplio abanico de posibilidades para causar daños con sus drones baratos a la compleja y expuesta infraestructura petrolera en la costa sur del Golfo Pérsico.

Al igual que Gran Bretaña en Suez, en 1956, es probable que Washington pague un alto precio por su "micromilitarismo" en el estrecho de Ormuz. Sus aliados más cercanos, pilares del poder global estadounidense durante 80 años, se han negado a brindar apoyo militar a la guerra que Washington ha elegido, lo que llevó a Trump a llamarlos "cobardes". En respuesta a sus atronadoras amenazas de destrucción civil y de la civilización (ambas consideradas crímenes de guerra), Trump ha sido condenado por líderes mundiales. Ajeno a los peligros de la guerra en una región que es el epicentro del capitalismo global, Washington está demostrando ser cada vez más perjudicial para la economía mundial, haciendo que China parezca una opción mucho más estable para el liderazgo mundial. Además, si bien el ejército estadounidense ha demostrado su agilidad táctica en la destrucción puntual de ciertos objetivos, es evidente que ya no puede alcanzar objetivos estratégicos significativos.

Con sus alianzas hechas añicos, su liderazgo mundial perdido y su aura de poderío militar desvaneciéndose, la única trayectoria posible para la hegemonía global de Estados Unidos parece eclipsarse (como la de tantas grandes potencias del pasado). Para cuando termine la desventura militar de Trump en el estrecho de Ormuz, el declive del poder global estadounidense se habrá acelerado drásticamente y el mundo intentará superar la antigua Pax Americana para avanzar hacia un nuevo orden mundial, claramente incierto.

La bala prodigiosa

Me pasma lo fácilmente que los ilusionistas distraen la atención del espectador y la ofuscan hasta el punto de impedirle ver lo que está delante de sus narices. La no ocultación parece ser una forma diferente de ocultación. En La carta robada el ladrón no la esconde, sino que la deja en un lugar tan visible que a nadie se le ocurre buscarla allí, salvo al astuto detective Dupin.

Ahora que el tercer atentado (por ahora) contra Trump infunde sospechas de extrañas conspiraciones, se me ocurre indagar en el vídeo de aquel atentado en que le arañaron la oreja. El tirador estaba en el plano horizontal. El presidente en una grada inclinada. Tras él, rodeándolo por todas partes, una masa humana compacta.

La bala avanza, llega a la oreja... y se volatiliza.

Nadie resulta herido, salvo la oreja.

Me resulta sorprendente que no haya llegado a mis orejas indemnes (aunque algo sordas) ninguna noticia sobre esa bala. ¿Sería como esos cohetes iraníes que burlan a los interceptores cambiando su trayectoria balística por otra zigzagueante?

¿Seré yo Dupin?

jueves, 23 de abril de 2026

¿Dejar de comer animales?

¿Propuesta "buenista" de los que sufren como propio el maltrato animal? ¿Tabú religioso de creyentes en la reencarnación? Hay algo más en ella que solo es desdeñado por defensores del carnivorismo a ultranza que soslayan argumentos muy preocupantes.

Recuerdo que cuando el entonces ministro Alberto Garzón propuso reducir el consumo de carne, en medio de la batalla contra las macrogranjas, lo pusieron como ropa de pascua. Hasta Pedro Sánchez evocó entonces el "imbatible chuletón al punto" ante el que se nos hace la boca agua...

La batalla se daba en el contexto de la lucha ecologista contra los daños de la ganadería intensiva. La industria cárnica se defendía, argumentando que la extensiva es insuficiente para alimentar a la población.

El hambre ha sido siempre una amenaza, tanto más hoy, ante el rapidísimo crecimiento de la población en la últimas décadas. Por eso el Aula Castelao ha dedicado este año la XLII Semana Galega de Filosofía al tema del alimento.

Pronunció una conferencia clave en la Semana la profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona Marta Tafalla, con el título Dejar de comer animales. El vegetarianismo suele verse como una debilidad sentimental, pero la charla utilizó datos muy convincentes que avalan lo que había dicho el entonces Ministro de Consumo, provocando virulentos ataques y sarcásticas burlas.

Consideraciones éticas aparte, el hecho es que hay motivos serios para abordar el tema.

La energía solar, a través de la fotosíntesis, crea toda la biomasa terrestre. Solo una pequeñísima parte de ella es aprovechada por las plantas verdes, de las que se alimentan los animales herbívoros, que de esa energía aprovechan solo una fracción, pongamos la décima parte, porque el resto lo ha consumido la propia planta en su mantenimiento. Es algo comparable a la plusvalía que el patrono extrae del trabajador, que obviamente es también solo una parte del producto total.

Esta energía concentrada en el herbívoro es aprovechada con menos esfuerzo fisiológico por el carnívoro, que halla ya procesados muchos de los componentes necesarios para la vida. Claro que nuevamente la plusvalía no es el producto total, y solo se aprovecha una fracción de la energía concentrada en el mismo, pongamos otra décima parte. De modo que el aprovechamiento energético posible se reduce a la centésima parte de lo que la planta tomó del sol.

Esto explica la desproporción entre la masa viva de los carnívoros y la de los herbívoros. Frente a las grandes manadas de búfalos de la sabana nunca se ha visto una gran manada de leones. Claro que la energía concentrada obtenida en la caza permite al depredador una vida más plácida, con siestas prolongadas, mientras el animal vegetariano emplea casi todo su tiempo pastando. Algo parecido a lo que ocurre en las sociedades humanas en las que el rico dispone de mucho más tiempo libre que el proletario.

La pirámide alimenticia expresa gráficamente esta realidad.

Para alimentar hoy a la enorme población humana hace falta una aún más enorme población herbívora, concentrada en esas macrogranjas, y a su vez una mayor aún superficie agrícola. Esto se ha logrado a costa de una drástica reducción de la vida salvaje, tanto vegetal como animal, con el enorme daño causado a la biodiversidad que mantiene el ecosistema global. Y esto ha sido además posible por el empleo de la energía fósil acumulada durante cientos de millones de años y dilapidada ahora en un tiempo millones de veces más corto.

Pero cuéntale esto a entes como el actual presidente norteamericano, cuya propuesta para una alimentación saludable da la vuelta a la pirámide y coloca en cabeza los alimentos de origen animal.














En un futuro más que previsible, una población humana sin combustibles fósiles debe equilibrar su número con las proporciones, al menos, de la revolución agrícola del neolítico. No digamos ya a las originadas con la revolución industrial.

Las "soluciones" clasistas de Malthus parecen relativamente humanas si las comparamos con las que sin duda se plantean los grandes capitalistas. Su necesidad de crecimiento constante no se detiene ante el exterminio de poblaciones enteras. Racismo, odio al diferente y aporofobia son virus inoculados a las poblaciones para "ir recortando por abajo". Por no hablar de "pueblos elegidos" con un "destino manifiesto" que no dudan en extinguir a toda una civilización.

A fin de cuentas, según el Apocalipsis, "When the Saints Go Marching in", serán protegidos doce mil elegidos de cada una de las doce tribus. Judíos ortodoxos, mormones y otras hierbas toman esto al pie de la letra y no les importa el fin del mundo.

Sin duda hay otras soluciones para un decrecimiento controlado, pero es difícil explicarlas a quienes a toda costa prefieren ¿preferimos? mantener el actual estilo de vida.

Aquí dejo el vídeo de la conferencia: