El patrioterismo habitual aquí, allá y acullá bautizó una plaza de Barcelona como "Plaça de les Glòries Catalanes". El gran urbanista Ildefons Cerdà, en su Plan de Ensanche de 1859, la concibió como el gran centro de la ciudad en que confluyen sus tres principales avenidas: la Diagonal, la Gran Vía y la Meridiana. Fue Víctor Balaguer, impulsor de la Renaixença, quien sugirió el nombre, aunque hoy se prefiere llamarla simplemente "Las Glorias".
Las tales Glorias eran las campañas militares de los mercenarios conocidos como almogávares, que en los siglos XIII y XIV sembraron muerte y destrucción por el Mediterráneo.
En los tebeos que me encantaban de niño, editados casi todos en Barcelona, se mencionaba una "Avenida de las Glorias Balompédicas". Mucho después entendí la irónica burla ante el encuentro de tres orgullos, en boga entonces y ahora: el españolismo franquista, el catalanismo visceral y el fanatismo futbolero.
Ahora, ya sin ironía, vuelven las glorias balompédicas y sus interpretaciones políticas.
La corrupción imperante en el fútbol tiene notables implicaciones políticas. Su importancia económica atrae a grandes empresarios que mezclan sus negocios con las hazañas deportivas, aprovechando la pasión deportiva con que el pueblo sustituye simbólicamente sus frustraciones.
Corrupción que ha demostrado sin pudor la FIFA en el pasado campeonato mundial, con vergonzosas sumisiones y peloteo (sin balón) al absurdo presidente de Estados Unidos. Pero no es cosa de ahora.
¿Por qué lucen las camisetas anuncios de países petroleros del Golfo? ¿Por qué se eligió Qatar para celebrar el campeonato anterior? ¿Y qué hay de aquella supercopa en Arabia Saudí?
Sobre esto ha escrito André Abeledo al menos dos artículos.
No sabía de su trayectoria periodística, aunque sí de su militancia política. Miembro del Partido Comunista de Galicia (PCG), ha ejercido como concejal por Esquerda Unida (IU) en el Ayuntamiento de Narón. Desarrolla también actividad sindical en la Confederación Intersindical Galega (CIG).
Como articulista colabora en medios de comunicación de izquierda y alternativos, como Diario Octubre, Rebelión, Kaos en la red, Galicia Press o Mundo Obrero, escribiendo análisis políticos y artículos de opinión sobre derechos laborales y crítica social.
El artículo de ahora mismo rememora algo histórico: la vergonzosa victoria, sancionada por la FILFA sin equipo contrario, en el Chile de 1973, ante la digna incomparecencia del equipo soviético a un campo recién manchado de sangre.
El otro artículo, de 2022, denunciaba el vil mercadeo con se que organizaron el mundial en Qatar y la Supercopa de Arabia Saudí. No olvidemos que la construcción de sus estadios costó muchas vidas de trabajadores.
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El gol contra nadie: la vergüenza de Pinochet y la complicidad de la FIFA
Hay partidos que se recuerdan por una remontada imposible, por un gol en el último minuto o por la grandeza de sus protagonistas. Y luego está el 21 de noviembre de 1973, el día en que el fútbol dejó de ser deporte para convertirse en propaganda de una dictadura.
Aquella tarde no se disputó un partido.
Se representó una farsa.
Una de las mayores vergüenzas de la historia del fútbol.
Dos meses antes, el 11 de septiembre de 1973, el golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet había derrocado al Gobierno democrático de Salvador Allende. Desde ese momento, el Estadio Nacional de Santiago dejó de ser un recinto deportivo para convertirse en uno de los mayores centros de detención, tortura y represión del régimen.
Miles de hombres y mujeres fueron encerrados entre aquellas gradas. Muchos fueron torturados. Otros nunca regresaron a sus casas.
Ese era el escenario elegido para disputar el partido de vuelta de la repesca entre Chile y la Unión Soviética para clasificarse para el Mundial de 1974.
La Unión Soviética tomó una decisión que honra la historia del deporte.
Se negó a jugar en un estadio convertido en un centro de tortura.
No rechazó enfrentarse a Chile. No renunció a competir. Lo único que pidió fue disputar el encuentro en un campo neutral, lejos de un lugar que se había transformado en símbolo del terror.
Era una petición de puro sentido común.
Porque el fútbol no podía jugarse sobre el sufrimiento de miles de personas.
Porque ningún gol podía celebrarse en un estadio donde todavía resonaban los gritos de los torturados.
Porque hay momentos en los que la dignidad debe estar por encima del resultado deportivo.
Sin embargo, la Junta Militar de Pinochet se negó rotundamente. Necesitaba convertir aquel partido en una demostración de falsa normalidad, como si el mundo pudiera olvidar lo que estaba ocurriendo en Chile simplemente porque rodara un balón sobre el césped.
Y entonces apareció la FIFA.
En lugar de defender los valores que dice representar, eligió ponerse del lado del poder.
Envió una comisión para inspeccionar el estadio. Antes de su llegada, las instalaciones fueron maquilladas, se ocultaron pruebas y se trasladó a numerosos detenidos para ofrecer una imagen de aparente normalidad.
La FIFA aceptó aquella representación.
Prefirió no ver.
Prefirió no preguntar.
Prefirió no incomodar a una dictadura.
Con su decisión, legitimó uno de los episodios más vergonzosos de la historia del deporte.
El 21 de noviembre de 1973, más de diecisiete mil espectadores acudieron al Estadio Nacional.
Solo había un equipo.
El árbitro señaló el inicio.
Chile sacó de centro.
Los jugadores avanzaron sin oposición.
Francisco «Chamaco» Valdés empujó el balón a una portería vacía.
Gol.
Un gol sin rival.
Un gol sin partido.
Un gol contra nadie.
La FIFA registró oficialmente una victoria chilena por 2-0 por incomparecencia de la Unión Soviética.
Pero la verdadera derrota fue la del propio fútbol.
Porque aquel día no venció Chile.
Venció la propaganda de la dictadura.
Y la FIFA colaboró para hacerla posible.
La negativa de la Unión Soviética permanece como uno de esos escasos momentos en los que el deporte fue capaz de anteponer la dignidad a la competición.
Se puede discrepar de muchas decisiones políticas de cualquier Estado. La historia de todos los países está llena de luces y sombras. Pero en aquel episodio concreto, la postura soviética fue la única compatible con el respeto a las víctimas.
No se podía jugar donde se torturaba.
No se podía convertir un centro de detención en el escenario de una fiesta deportiva.
No se podía fingir que no pasaba nada.
La FIFA, sin embargo, decidió hacerlo.
Décadas después sigue hablando de derechos humanos, de respeto y de los valores universales del deporte. Pero cuando la historia la juzga, el Estadio Nacional de Santiago permanece como una prueba irrefutable de que, demasiado a menudo, ha preferido proteger intereses políticos y económicos antes que defender la dignidad humana.
Diego Armando Maradona dijo una vez que «la pelota no se mancha».
Era una hermosa declaración de principios.
Pero el 21 de noviembre de 1973 fueron quienes dirigían el fútbol mundial quienes intentaron mancharla.
No con barro.
Ni con césped.
Sino utilizándola para blanquear una dictadura que seguía encarcelando y torturando a su propio pueblo.
Aquel gol nunca debió existir.
Porque no fue un gol contra una portería vacía.
Fue un gol marcado sobre la memoria de miles de víctimas.
Y esa es una vergüenza que ni el tiempo ni los libros de estadísticas podrán borrar jamás.
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Fútbol profesional, fútbol podrido
Se han cargado el fútbol, convirtiendo un juego, un deporte, en un simple, vulgar y sucio negocio.
El fútbol es el juego de la clase trabajadora y también era el juego de todos, desde el barrio más humilde hasta los pueblos, pasando por los cerros y las favelas, el fútbol es para muchos casi una religión, una forma de vivir y hasta de sentir.
Con la supercopa en Arabia Saudí y el mundial en Qatar, el fútbol profesional da un paso más hacia la vergüenza, deja de ser definitivamente un deporte y también se intenta robar el juego al pueblo para ponerlo al servicio de sátrapas y multimillonarios sin escrúpulos.
Maradona es para mí y para muchos el futbolista más grande de la historia, el mago del balón, la mano de Dios. Dijo que «la pelota no se mancha» y tenía razón: la pelota seguirá siendo de todas y todos.
Maradona era el hijo de un barrio pobre con pocos estudios y a pesar de todo el fútbol lo convirtió en leyenda.
“Un villero con mucha guita pero con conciencia de clase. Un Dios errante, sucio y pecador. El más humano de los dioses.” Así lo describe Eduardo Galeano.
Maradona o Garrincha, dioses caídos, ídolos del pueblo, hijos de barrios pobres, a pesar de los errores que pudieran haber cometido en su vida personal eran fútbol y magia en estado puro.
Maradona ya dijo aquello: «Me arrepiento del 99% de las cosas que hice en la vida. Sin embargo, el otro 1% (que es el fútbol) compensa todo lo demás».
Pero el fútbol profesional se está hundiendo en la mierda con las vergonzosas decisiones de sus impresentables dirigentes.
Jugar la supercopa en una dictadura brutal y genocida como la de Arabia Saudí o el mundial en Qatar, sobre los cadáveres de las trabajadoras y los trabajadores mientras construían los estadios de fútbol en condiciones infrahumanas, es la demostración de la degradación del fútbol profesional y de la degeneración de sus dirigentes.


