domingo, 8 de marzo de 2026

La inconsistencia del gasto militar

Drones y misiles hipersónicos están poniendo en jaque la estrategia norteamericana e israelí en su ataque a Irán. Si para destruir un dron necesitas un Patriot sesenta veces más caro es que no haces bien las cuentas. Los que las hacen bien son los fabricantes que se forran con ese tremendo gasto militar.

David Bollero hace las cuentas en su artículo EEUU se estrella con su estrategia de drones:

Sencillamente, estas aeronaves no tripuladas han cambiado las reglas del juego. Fabricarlas no alcanza ni los 50.000 dólares y abatirlas, alrededor de 3 millones. Dicho de otro modo, aunque no alcancen su objetivo, el desgaste que supone para las defensas es una victoria, tal y como está demostrando Irán estrangulando aún más la economía estadounidense. En los casos en los que alcanzan su objetivo, el retorno es aún mayor, como demostró Ucrania en su Operación Telaraña el pasado verano, cuando con drones a los que se atribuye un valor de unos 120.000 dólares destruyó activos rusos por valor de más de 7.000 millones, incluido el 30% de su flota de bombarderos estratégicos.

Es evidente que muchos alcanzan su objetivo, dada la destrucción causada. ¿Contaban realmente con esto los estrategas del Pentágono? Si es así, es en la Casa Blanca donde reside el problema.

El economista norteamericano Richard D. Wolff hace un análisis parecido en el vídeo El imperio americano sangra.

Por primera vez se ha reconocido la muerte de varios marineros del portaaviones Abraham Lincoln. Habrá que relacionar esto con los ataques que Irán dice haber realizado con éxito contra esta ciudad flotante, por mucho que Estados Unidos lo desmienta. Si esto es así se demuestra que los buques no son invulnerables para esos misiles hipersónicos que Irán posee y que los norteamericanos no han logrado aún tener operativos.

En tal caso se desmorona la certeza de su dominio absoluto de los mares, pieza clave en la confianza de los mercados y un torpedo en la línea de flotación de toda la estructura económica mundial.

Sigue el vídeo:

La guerra que sí perderemos todos

Lo peor que se puede hacer ante un avispero es atizarle un garrotazo, pero algunos confían demasiado en que los aguijones no le atravesarán la ropa. Parece que los aguijones de Irán han penetrado más de lo previsto y a un coste menor, en términos de esfuerzo económico.

Quienes esperaban una victoria fulminante menospreciaron las bazas con que contaba el país atacado y sobrevaloraban su debilidad. Confiaban en una guerra relámpago, incluso con una victoria a la venezolana, descabezando la estructura del poder. Pero no siempre el poder reside por completo en la cúpula, y la hidra no tiene una sola cabeza. Hay estrategias de desgaste que pueden funcionar, como a lo largo de la historia han demostrado exitosas guerrillas.

Quien inicia una guerra espera ganarla. Ha analizado las ventajas y debilidades de ambos bandos y cree que su análisis es correcto, pero puede y suele cometer errores en el balance, y además ningún análisis factorial es completo. A falta de una victoria rápida y decisiva, las guerras se prolongan y debilitan a ambos contendientes. En muchos casos, como este, también a los no beligerantes.

Se ha observado que la acción de Estados Unidos, más que su fuerza, muestra sus debilidades, porque un imperio cuya hegemonía está asegurada no necesita recurrir a este tipo de agresión. Israel tampoco es precisamente lugar seguro. En cuanto al país atacado no tiene otra salida que resistir. En esta situación es ilusorio esperar un levantamiento popular favorable al que ataca ferozmente, más que al gobierno, a la población entera.

Como observa Antonio Turiel en el artículo que comento:

Queda claro que ni EE.UU. ni Israel ni Irán parten de una buena situación. Pero ninguno de los tres puede echarse atrás en el escenario actual. Los tres necesitan desesperadamente una victoria en esta guerra. Y la desesperación es la peor de las consejeras, porque lleva a asumir riesgos excesivos que pueden materializarse en auténticas catástrofes.

La catástrofe puede llegarnos a todos sin comerlo ni beberlo. Ese personaje que se dice y desdice continuamente confiaba en una guerra relámpago, luego habló de cuatro o cinco semanas; ahora, del tiempo que haga falta. Cuanto más dure peor para todos, porque en esta guerra por la energía que tanta energía gasta Iran golpea donde más duele.

El éxito de su fechoría en Venezuela debe haberse subido a la cabezota de Trump y los temerosos aduladores que siempre rodean a los tiranos le siguen la corriente. Pero Irán no es Venezuela y la ayuda que puede recibir no está tan lejos.

Con décadas para prepararse, su estrategia imprevista era previsible. Pepe Escobar analiza el complicado entramado petrolero y deduce:

Esto ya no es una maniobra improvisada de un grupo de psicópatas para un cambio de régimen. Es una guerra de desgaste estructurada. Y el guión se escribió en Teherán.

Guerra mundial de desgaste energético, abunda Turiel. 


6 de marzo de 2026

La segunda temporada de Juego de Trumps está llena de sobresaltos











Queridos lectores:

Llevamos ya una semana de guerra en el Golfo Pérsico. Sin duda, Israel y EE.UU. pensaron que si golpeaban de manera certera a Irán, dada su inestabilidad interna, el régimen de los ayatolás caería como fruta madura gracias a una reacción del pueblo iraní que los depondría inmediatamente. Confiaban, seguramente, en una capitulación completa a la venezolana, en la que los EE.UU. en la práctica se han apropiado de todos los recursos petroleros (sin que, por cierto, haya habido un cambio real del régimen político). Lo que increíblemente no se esperaban es la resistencia de la estructura política iraní, quizá porque interpretaban erróneamente que era completamente subsidiaria del liderazgo de Alí Jamenei y que, muerto éste, habría tal vacío de poder que el cambio sería inevitable.

Pero, bien al contrario, el régimen iraní se ha atrincherado y ha contestado con rapidez y mucha contundencia, bombardeando bases militares americanas, refinerías y oleoductos por todos los países del Golfo que están prestando su apoyo tácito o explícito a la coalición agresora, y al mismo tiempo cerrando en la práctica el paso del Estrecho de Ormuz. Irán ha golpeado fuerte, ha golpeado rápido y ha golpeado masivamente. El gobierno iraní sabe que su supervivencia depende de crear un estado de postración económica tal a escala mundial que los EE.UU. se vean obligados a parar por presiones internas y externas.

Y así llegamos al momento presente. Donald Trump tiene muy difícil echarse atrás, porque no podría salvar la cara delante de su pueblo y de los intereses económicos a los que representa. Por su parte, los dirigentes de Israel están completamente alucinados y no contemplan ninguna otra posibilidad que la rendición de su enemigo más importante en la región. En cuanto al gobierno iraní su única salida es seguir golpeando, haciendo daño hasta que Israel y EE.UU. cedan.

Pero, pase lo que pase, nadie va a salir indemne de ésta. Ni estos tres países, ni el resto del mundo en su conjunto. La situación es tan mala ya que lo menos que podemos esperar es una fuerte recesión económica y unos años de mucho sufrimiento. Aunque en realidad lo más probable es que ya nunca salgamos del proceso de descenso que seguramente ya estamos iniciando.

Por el lado de los EE.UU., las ínfulas belicistas de Trump tienen, seguramente, diversos orígenes, desde lo ideológico hasta lo religioso pasando por ese extraño ascendente que tiene Israel sobre la política norteamericana. Pero, al margen de todas esas motivaciones, hay una que también es muy clara: EE.UU. necesita petróleo y lo necesita ya.

Durante los últimos 16 años EE.UU. ha vivido la revolución del fracking, que les ha permitido pasar uno unos lánguidos 5 millones de barriles diarios (Mb/d) que producían en 2010 a los actuales más de 13 Mb/d (4 Mb/d convencional más 9 Mb/d de petróleo ligero de roca compacta extraído con el fracking), lo que le sitúan como el mayor productor del mundo con prácticamente el 13% de la producción (se producen en el mundo 103 Mb/d de todo tipo de líquidos asimilados a petróleo, aunque esto también daría para hablar mucho, ya que hay unos 20 Mb/d de líquidos del gas natural que mayoritariamente no sirven para hacer combustibles, solo plásticos, y se contabilizan igualmente aquí). Sin embargo, los días del fracking de los EE.UU. están contados: los pozos de fracking generalmente llegan al 80% de toda su producción en los dos primeros años, y habitualmente no se explotan más allá de cinco años. En sus últimas actualizaciones, el Departamento de Energía de los EE.UU. apunta por primera vez desde que empezó el fracking a que el máximo de producción de petróleo de los EE.UU posiblemente ya pasó, en octubre de 2025, y que en los próximos años viviremos un proceso de declive que aún contemplan como gradual, aunque todo apunta a que será bastante más rápido.

Imagen de Peak Oil Barrel, https://peakoilbarrel.com/us-december-oil-production-drops-2/








 

EE.UU. necesita desesperadamente petróleo. Su hegemonía de los últimos años se ha basado en el fracking, y si éste empieza a fallar necesitan pasar a controlar los recursos disponibles en el mundo. Están yendo, por supuesto, por los más grandes que aún no controlaban: primero Venezuela (aunque es dudoso que su petróleo extrapesado sea económicamente rentable) y ahora Irán. Realmente, la torpeza y apresuramiento americano, que asalta sin verdadera planificación (como está siendo evidente en el caso iraní) responde a esta urgencia vital.

La situación no es nada buena para el gobierno de Donald Trump. Con una popularidad en caída por los excesos de la policía de inmigración y por haber traicionado el principio MAGA de centrarse en los problemas internos y no meterse en guerras extranjeras, con su sistema de aranceles puesto en cuestión y con las elecciones de noviembre en el horizonte, Donald Trump tenía la necesidad de anotarse algún que otro éxito clamoroso. La escalada de precios del petróleo y las pésimas perspectivas económicas fruto de esta guerra, combinado con el coste exorbitante de la campaña militar, solo le ponen las cosas más difíciles.

Tampoco pinta demasiado bien para el gobierno de Benjamin Netanyahu. Para el actual gobierno de Israel, la desaparición de su mayor enemigo en la región se ha convertido en cuestión existencial, una auténtica obsesión, hasta el punto de que han perdido completamente la perspectiva de su capacidad real y sobre todo de su vulnerabilidad. Los sistemas de intercepción israelíes, bien nutridos de misiles interceptores americanos, se muestran impotentes para evitar el goteo de bombardeos iraníes que ya no se limitan a objetivos militares, sino que alcanzan también a la población civil, particularmente en Tel Aviv. Irán apuesta por enviar enormes cantidades de misiles y de drones, muy baratos, mientras que los interceptores son incomparablemente más caros; y aunque Israel intercepte el 80 o incluso el 90% de los proyectiles, el 10% que llega a su objetivo está causando mucho daño. Israel sufre, y Netanyahu, muy contestado por su gestión en general, sale muy perjudicado de una guerra en la que ilusamente creyó marcarse un tanto.

El gobierno iraní también está en una situación muy precaria. El asesinato de su líder supremo y una buena parte de la cúpula política le ha obligado a rehacerse en tiempo breve, pero ése no es el mayor de sus problemas. El descontento de la población iraní es muy importante desde hace ya varios años, tras 50 años de un régimen autoritario y muy represivo. Las protestas de enero, sangrientamente reprimidas, ejemplificaron la importancia de la contestación interior. Con 90 millones de personas y una población muy joven, Irán necesita mejoras muy importantes a nivel social, aunque está claro que no será precisamente EE.UU. quien se las va a proporcionar. Para terminar de complicar la situación, Irán sufre una grave crisis hídrica que llevó hace pocos meses a plantear la necesidad de evacuar Teherán, con toda la inestabilidad social que eso implica. Crisis hídrica que por cierto también es bastante grave en la vecina Irak. Al mismo tiempo, su vecina Afganistán está ahora mismo en guerra con Pakistán por la disputa de los recursos hídricos de un río compartido. Toda la región está en una situación precaria.

Queda claro que ni EE.UU. ni Israel ni Irán parten de una buena situación. Pero ninguno de los tres puede echarse atrás en el escenario actual. Los tres necesitan desesperadamente una victoria en esta guerra. Y la desesperación es la peor de las consejeras, porque lleva a asumir riesgos excesivos que pueden materializarse en auténticas catástrofes.

El cierre del Estrecho de Ormuz pone al mundo de rodillas. Por ejemplo, por Ormuz pasan 20 Mb/d, el 20% del petróleo que se consume en el mundo. Pero si lo miramos desde la perspectiva del petróleo disponible para comerciar (descontando ese 50% que consumen los propios países productores), resulta que lo que pasa por Ormuz es el 40% de las exportaciones mundiales de petróleo, lo cual es gravísimo para países importadores como es España. Y poco importa que en la actualidad España importe poco petróleo de la región: el mercado del petróleo es muy fungible y los contratos se rescinden o el petróleo se encarece por la mayor demanda. Nadie está cubierto en esta crisis. Mientras esto escribo, el precio del barril de Brent ya ha llegado a los 90$, que es el umbral de dolor para la economía europea. Si esta situación se prolonga e incluso agrava durante las últimas semanas, será inevitable que se produzca una grave recesión económica.

El otro foco de atención está en el gas natural. Por Ormuz pasa el 20% de todo el Gas Natural Licuado (GNL) que se exporta en el mundo, y éste no tiene la opción de pasar por ductos internos (por cierto que de poco van a servir tampoco para el petróleo, en vista de que Irán también los está bombardeando). Europa depende en un 14% de este gas natural. El gas natural se usa en todo tipo de industria, y es fundamental para mantener la estabilidad de la red eléctrica. Europa, además, llega al final del invierno con las reservas de gas natural en mínimos, y encima con unas reservas hídricas también en mínimos después de un invierno relativamente seco no es el caso de España, al que las fuertes tormentas al menos le han servido para llenar pantanos. Sin gas y sin hidroelectricidad, Europa se enfrenta al riesgo cierto de apagones, que incluso se podrían producir en cascada. De momento, el precio de la electricidad se ha disparado en Europa a la par que el precio del gas en España, gracias a la bonanza hidroeléctrica, el precio está más contenido.

Pero es que por el Estrecho de Ormuz circulan muchos otros materiales críticos para el comercio y la industria mundial. Se destaca por su gran importancia el amonio y la urea, base de los fertilizantes, justo cuando está a punto de empezar la estación del crecimiento de los cultivos; y también el ácido sulfúrico, que se usa en infinidad de procesos industriales. Pero obviamente hay muchas más derivadas e interacciones que hacen muy difícil vislumbrar el alcance de todo lo que pasa. Por ejemplo, el petróleo del Golfo es fundamental para garantizar la producción mundial de diésel, ya que es el más apropiado a este fin.

Lo que suceda a continuación va a depender crucialmente de lo que se alargue el actual impasse. Unos pocos días más de bloqueo en Ormuz pueden acabar de provocar un pánico en las bolsas y desencadenar una recesión muy profunda. Teniendo en cuenta las enormes burbujas financieras de las que lleva tiempo alertando Quark (la de la deuda, la de la inteligencia artificial y la de los productos derivados sobre metales preciosos), esta recesión puede provocar el estallido final de estas burbujas y una debacle económica como posiblemente el mundo no haya visto jamás, una de la que ya jamás nos podremos recuperar completamente porque acelerará el declive del petróleo y de otras materias primas al parar la industria clave para su extracción. Hace unas horas, el fondo de inversión Blackrock decidió limitar la cantidad de dinero que permite retirar de uno de sus fondos de deuda, al observar un gran volumen de retiradas una intervención que yo diría que raya lo fraudulento, y que puede provocar un aumento de la desconfianza. La sesión de la bolsa del próximo lunes promete ser muy movida.

Tengo claro que el gran capital y los estados va a poner en marcha todos los mecanismos a su alcance para intentar evitar la debacle; por ejemplo, EE.UU. ha anunciado un fondo de reaseguros por valor de 20.000 millones de dólares para los barcos estadounidenses, después de que hace unos días las 7 mayores aseguradoras decidiesen retirar sus seguros a los buques que operan en la zona por el riesgo de guerra (por cierto, si tienen media hora y paciencia suficiente, lean ese último enlace, merece mucho la pena, y entenderán por qué el daño que se ha hecho es mucho mayor de lo que parece). Durante este tenso fin de semana habrá seguramente muchos más anuncios y movimientos, para intentar evitar un lunes negro en las bolsas. Ahora mismo, el único punto clave es saber cuánto va a durar este bloqueo, y si es total o parcial. Lo que sí que parece claro es que si la cosa se alarga más allá de unos días, vamos a una recesión económica que puede transportarnos al declive terminal. Donald Trump tendrá el mérito de haber adelantado 5-10 años el proceso de declive de nuestra sociedad.

Esto va en serio. La situación pinta mal, muy mal. Crucen los dedos pero, por si acaso, vayan tomando sus precauciones. Sigamos la evolución de los acontecimientos y esperemos.

Salu2.

AMT

viernes, 6 de marzo de 2026

¿Ya no se habla de Nicolás Maduro?

La vorágine informativa tapa continuamente los acontecimientos de cada día con los que los medios van seleccionando para que los desayunemos al día siguiente. Así, se presta atención a lo que cotidianamente nos muestran mientras otros hechos se conservan en la nevera por si hace falta que reaparezcan en el momento oportuno. Otras veces se prohibe directamente su difusión porque cambia el relato oficial.

Así ocurre en las guerras. ¿Cuánta información sobre la de Ucrania nos llega del otro lado? Ahora, por ejemplo, interesa airear el ataque iraní a una base británica en Chipre, mientras el Estado sionista reprime duramente cualquier difusión de daños propios, como los estragos en el aeropuerto de Tel Aviv revelados recientemente por un vídeo mexicano.

El sesgo informativo ha sepultado cualquier noticia sobre Nicolás Maduro, sepultado, también informativamente, en alguna prisión del Imperio. Parece que se lo hubiera tragado la tierra.

Tras su ignominioso secuestro vino el asesinato del ayatolá Jamenei. Los métodos mafiosos se han convertido en procedimientos válidos para amedrentar a cualquier dirigente. No es algo nuevo, viene de lejos, y era costumbre cotidiana de Obama, flamante premio Nobel, lo que aún no ha logrado Trump. Aunque si se esfuerza un poco más...

El 3 de enero secuestraron al presidente venezolano. Ya se temía alguna acción contra su persona tras la calumniosa campaña para presentarlo como narcotraficante. El mismo día, cuando aún no se conocían los hechos, Mundo Obrero defendía su limpia trayectoria, publicando una biografía que desmonta la visión deformada que se hace en los medios de este dirigente obrero, de eficaz trayectoria sindical, que llegó a ser Presidente tras una ardua labor como Ministro de Exteriores de su país.


Nicolás Maduro, una biografía ocultada 

El imperio se propone quitar de en medio a Nicolás Maduro y su Gobierno, para poder arrebatar a los venezolanos gas, hidrocarburos, materias primas, minerales, tierras raras, uranio y oro.

03/01/2026

Nicolás Maduro | facebook.com/NicolasMaduro












Poco antes de morir en 2013, presumiblemente a causa de un cáncer que le fue inducido con plutonio, Chávez recomendó a los venezolanos que adoptaran a Nicolás Maduro como su sucesor natural. Valoraba sobremanera la dote de experiencia sindical, política, parlamentaria y diplomática de Maduro, perfil que el aparato mediático oculta cuidadosamente.

El motivo oculto de la inquina del Imperio y sus secuaces contra Nicolás Maduro (Caracas, 1962), presidente de la República Bolivariana de Venezuela, al que el aparato mediático imperial trata de crucificar cada día con nuevas y escabrosas acusaciones, no es otro que el temor que profesan a su dilatada experiencia política, diplomática y, señaladamente, sindical. Maduro presenta un currículum como activista social, líder laboral y dirigente político y parlamentario sin parangón entre la clase política iberoamericana. Pero eso no se dirá nunca ni en Estados Unidos ni en Europa Occidental, donde sus élites económicas están interesadas, durante demasiado tiempo, en derrocarle, sin conseguirlo. Se intentará ridiculizarlo, degradar su imagen, arrastrarlo por el fango de acusaciones sin fundamento como la fantasmagórica dirección de un cartel de narcotraficantes que no existe. Con ello tratan de erosionarle a él y ensalzar la débil imagen de personajillos titiritescos, marionetas oligárquicas, corruptas y manejables desde Washington y Miami, para auparlos al poder en Caracas y, con su aquiescencia, volver a expoliar Venezuela como sucedía antes de triunfar la revolución nacionalista bolivariana de Hugo Rafael Chávez Frías (1954-2013). Asimismo, las actuales amenazas militares por parte de Estados Unidos, que ha desplegado su flota en el mar Caribe, encubren el propósito reiterado de Washington de pertrecharse de reservas energéticas estratégicas en Iberoamérica, en el preludio de guerras de mayor envergadura, como la que la Casa Blanca perpetra contra China, como ya hiciera antes de intervenir en la Primera y la Segunda Guerras Mundiales.

El imperio se propone quitar de en medio a Nicolás Maduro y su Gobierno, para poder arrebatar a manos llenas a los venezolanos sus riquezas en gas, hidrocarburos, materias primas, minerales, tierras raras, uranio y oro, señaladamente… tesoros de los cuales posee Venezuela una extraordinaria abundancia. El país de Simón Bolívar, con una superficie que dobla casi la de España y cerca de 30 millones de habitantes, cuenta asimismo con una riqueza hidrológica sin par en el surcontinente americano.

Militante precoz

Veamos la biografía de Nicolás Maduro Moros. De origen sefardí, su padre fue militante de la formación socialdemócrata Acción Democrática, luego de una escisión de izquierda, y su madre tenía también formación y militancia políticas. Vivían en un barrio de clase media de la capital venezolana, donde Nicolás había nacido el 23 de noviembre de 1962. Fue educado en la caraqueña Unidad Educativa Nacional Juan Ávalos, recién rehabilitada por las Brigadas Comunitarias Militares, una institución típicamente bolivariana que garantiza la defensa popular en Venezuela.

Como ex alumno de ese centro, Maduro lo definió entonces, cuando en él cursaba sus estudios, como “epicentro de ideas revolucionarias y hervidero de sueños”. Por ello, precozmente, ya a sus 12 años, militaría en un grupo izquierdista denominado Ruptura. Pronto comenzaría a militar en otro grupo político progresista, denominado Liga Socialista, cuyo líder, el dirigente estudiantil Jorge Antonio Rodríguez, de 34 años, murió en julio de 1976 bajo custodia policial, presumiblemente a consecuencia de las torturas recibidas entonces a manos de la policía política, Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención, del régimen bipartidista venezolano ADECO-COPEY, alternativamente socialdemócrata y cristianodemócrata. A Rodríguez la policía le atribuía la responsabilidad del prolongado secuestro de un ejecutivo, supuesto agente de la CIA, que sería liberado tras su captura.

Liderazgo sindical y experiencia clandestina

A través de Liga Socialista, Nicolás Maduro obtendría una beca para formarse políticamente, entre 1986 y 1987, en la escuela de cuadros Ñico López, de la capital cubana, La Habana. A su regreso a Venezuela, decide abandonar los estudios y emplearse como conductor de autobuses en la red caraqueña de transportes urbanos. A partir de entonces, Maduro iniciará una militancia sindical ininterrumpida hasta su paso a la política, que le llevará a fundar y dirigir el Sindicato de Trabajadores del Metro de Caracas, matriz del futuro bloque político denominado Fuerza Bolivariana de Trabajadores, de la cual será fundador y coordinador nacional.

De su paso por el sindicato del metro, obtendría Maduro una experiencia singular para la lucha abierta —y también clandestina—, que le será de gran utilidad para realizar acciones de abastecimiento, protección y seguridad de dirigentes de izquierda a través de la red subterránea del ferrocarril metropolitano, que conocía a la perfección. Fueron estas vías clandestinas las empleadas para asistir al comandante Hugo Chávez, líder militar revolucionario bolivariano, cuando fue detenido y encarcelado dos años tras protagonizar un golpe en el año 1992. Por los túneles del metro, Maduro se encargaría de suministrar apoyo y abastecimiento de armas y bastimentos a militares y civiles revolucionarios nacionalistas, así como los empleó para su propia huida de la policía cuando fue perseguido por su actividad clandestina.

Nicolás Maduro, poco a poco, se fue convirtiendo en el líder sindical y dirigente de la clase trabajadora de Venezuela. Tras sucesivos pasos ideopolíticos y orgánicos, que le van aproximando al Movimiento Bolivariano, conoce en 1993 a Hugo Chávez en la prisión de Yare, donde éste le encomienda tareas clandestinas de enlace con distintos núcleos militares bolivarianos. Su nombre de guerra será Verde.

El presidente Rafael Caldera, del partido socialcristiano COPEY, cuyo segundo mandato presidencial abarcó desde 1994 a 1999, confiesa a este periodista en 1998, que indultó a Hugo Chávez “para evitar una guerra civil en Venezuela”, dado su ascendiente y su carisma entre las Fuerzas Armadas, a las que el líder bolivariano llevó su mensaje nacionalista revolucionario mediante una meticulosa persuasión ideológica entre la oficialidad, la suboficialidad y la clase de tropa. Tal fórmula fue heredada de la propuesta política entrista del guerrillero venezolano Douglas Bravo, futuro dirigente del Movimiento hacia el Socialismo, MAS.

Tras el triunfo revolucionario bolivariano, con un programa de transformaciones cívico-sociales doctrinalmente ceñido a la defensa de los intereses populares, así como a la de la soberanía nacional, política, económica y antiimperialista de Venezuela, Nicolás Maduro aporta su experiencia sindical, como líder de la clase obrera, al partido recién creado por Hugo Chávez. Será diputado a la Asamblea Nacional y presidirá Comisiones Parlamentarias como las de Asuntos Sociales, Medios de Comunicación, Juventud-Deporte y Participación Ciudadana, donde incrementará su desenvoltura como hábil negociador y organizador, signado por un especial pragmatismo, al decir de sus allegados.

El régimen bolivariano da la puntilla al bipartidismo, se despega de la influencia estadounidense, crea mecanismos de control cívico y democrático de la política, despliega una política de vivienda social, educación y valores nacionalistas y lleva al poder a una clase social trabajadora, marginada históricamente por las élites. La revolución triunfa, al igual que prospera una correlación de fuerzas favorable a los sectores populares.

Parlamentario y Ministro de Exteriores

En 1999 Maduro será diputado a la Asamblea Constituyente, donde encabezará la Comisión Parlamentaria de Desarrollo Social, para acceder a la Presidencia de la Asamblea Nacional en 2005 y, un año después, será designado como Ministro de Poder Popular para las Relaciones Exteriores de Venezuela. Desde su cargo, en el que permanece hasta 2012, encabezará la representación venezolana en organismos internacionales de marcado carácter antiimperialista como el CELAC, UNASUR, MERCASUR y ALBA. Promueve Nicolás Maduro el despliegue diplomático de relaciones políticas y económicas con China; rompe relaciones con el Gobierno anticomunista de Taiwan; apoya al régimen libio de Muamar El Gadafi; corta las relaciones de Venezuela con Israel a consecuencia de las matanzas israelíes durante la primera guerra en Gaza en 2008; reconoce los Gobiernos de Abjasia y Osetia del Sur y avala al régimen sirio.

Por otra parte, estimula contactos políticos, económicos y militares con la Federación Rusa y despliega una notable influencia de Venezuela en el seno de la OPEP, la organización de países productores de petróleo, donde su país cuenta y dispone de un gran ascendiente. Llegará a la Presidencia de PDVESA, la empresa estatal venezolana del Petróleo y accederá, en 2012, a la Vicepresidencia ejecutiva del país y en 2013, a la Presidencia del Consejo de Ministros.

Candidato de Chavez a sucederle

Poco antes de morir en 2013, presumiblemente a causa de un cáncer que le fue inducido con plutonio impregnado sobre la montura de su caballo por una organización del espionaje occidental, Hugo Chávez recomendó a los venezolanos que adoptaran a Nicolás Maduro como su sucesor natural. En los cálculos sucesorios del líder bolivariano se incluía, sin duda, la dote de experiencia sindical, política, parlamentaria y diplomática del caraqueño Nicolás Maduro, experiencia que es contemplada por sus enemigos estadounidenses como un verdadero peligro a la hora de poder derribarle. Por todo ello, el aparato mediático denominado occidental, oculta cuidadosamente este currículum, que Hugo Chávez valoraba sobremanera.

Sectores altoburgueses y burgueses locales no admiten la revolución nacionalista y progresista que les ha desplazado del poder y piden la intervención militar de Estados Unidos

Desde el origen mismo de su mandato, la reacción interior, avalada y financiada por los poderes estadounidenses más agresivos, con zancadillas parlamentarias incesantes, sedición organizada, impugnaciones violentas, ha obligado al Gobierno de Venezuela, acosado política, diplomática, económica y militarmente, a vivir en un estado de excepción permanente, que Maduro y su Gobierno han tratado de superar en busca de una normalidad política para su pueblo. Los procesos electorales regionales y municipales han sido convocados regularmente e impugnados furiosamente por una oposición interna muy dependiente de Washington, a la que pide intervenir militarmente en su propio país. Los boicoteos económicos inducidos desde la Casa Blanca y sus onerosas sanciones económicas y comerciales de todo tipo, forzaron a un doloroso exilio a miles de venezolanos que no aceptan la austeridad impuesta a un país tan rico como Venezuela, empobrecido por las presiones del poderoso vecino del Norte.

A su pesar, sectores altoburgueses y burgueses locales no admiten el hecho objetivo que implica una revolución nacionalista y progresista, como la que ha vivido Venezuela y que ha desplazado del poder a una clase elitista, oligárquica y haragana, marioneta imperial, para dar paso a la clase obrera y campesina que pugna secularmente allí por su dignidad y su soberanía. Maduro se ha involucrado en armar y militar a los comités cívicos, así como pertrechar a las Fuerzas Armadas Bolivarianas con armamento moderno adquirido de sus aliados y fortificar cadenas montañosas del occidente del país. Cualquier intento de invasión de Venezuela desde el exterior, dicen los expertos, costará muy caro a quienes lo intenten.

jueves, 5 de marzo de 2026

De la guerra mundial por entregas a la de entrega inmediata

El fin de la Segunda Guerra Mundial fue un momento lleno de buenos propósitos. Las Naciones Unidas se constituyeron para regular tensiones y conflictos entre Estados. Se hacía necesaria una normativa aplicable y tomando como guía la Declaración Universal de los Derechos Humanos se proclamaron principios y valores, y también se establecieron organismos encargados de velar por el cumplimiento del Derecho Internacional.

Fue Francisco de Vitoria quien en el siglo XVI puso sus bases, con una nueva interpretación más humana del viejo derecho de gentes que pretendía superar la arbitrariedad de los reyes, apoyada solamente en el origen divino de su poder. (Todavía Franco se autoproclamaba "Caudillo de España por la Gracia de Dios").

Pero este entramado jurídico nunca tuvo capacidad coercitiva para imponerse a quien con mucho poder se saltara las normas. Casi inmediatamente los Estados Unidos iniciaron guerras localizadas que en su conjunto han constituido una nueva guerra mundial a plazos, invocando sistemáticamente con una interpretación sesgada las mismas normas violadas.

Ahora, el incongruente Trump a veces dice utilizarlas, a veces presume de saltárselas a la torera. Con ello está triturando la poca fiabilidad que les quedaba, siquiera como disfraz. Ahora, "sin complejos", invita a que "el que pueda hacer, que haga" (¿os suena?).

El último desafío a toda normativa se diferencia de los anteriores en que hace volar por los aires la seguridad en el cumplimiento de nada que se acuerde con él. ¿Qué puede significar ya ningún acuerdo? ¿Tendrá algún sentido un tratado de paz?

Rotas ya las débiles cadenas de la confianza mutua y con un continuo cambio de discurso, ya nada de lo que diga tiene valor alguno, ni siquiera provisionalmente. Me temo que con sus improvisaciones sobre la marcha y la confusión que padece entre sus planes a medio plazo y su día a día, este último emperador pase de la guerra en incómodos plazos a una guerra mundial al contado y sin fianza.

Pero lo guía el mismísimo Dios de Israel.


El ataque ilegal de Israel y EEUU contra Irán no tiene que ver con el programa nuclear ni con la libertad

Israel y EEUU buscan más hegemonía regional, control de recursos naturales, rutas para su transporte y un escenario que facilite la anexión ilegal israelí de territorios ajenos y contenga el crecimiento de China

Olga Rodríguez
2 de marzo de 2026

Marineros del USS Abraham Lincoln preparan los misiles estadounidenses antes del ataque aéreo sobre Irán. U.S. Central Command via Getty Images











El ataque de EEUU e Israel contra Irán es ilegal y constituye lo que en derecho internacional se llamacrimen de agresión”. El Gobierno israelí de Netanyahu lo ha denominado “ataque preventivo” y varios medios europeos han usado ese término como definición en sus titulares. No hay nada preventivo en bombardear un país que no se disponía a atacar, y así lo han subrayado varios relatores de Naciones Unidas y otros expertos en derecho internacional: “El cambio de régimen preventivo es un delito internacional”.

Israel y EEUU han lanzado su segunda guerra contra Irán en ocho meses. Con sus bombardeos no solo buscan un cambio de régimen, también pretenden aumentar su hegemonía en la región, en la que solo el Estado israelí cuenta con armamento nuclear. Como era previsible, Irán respondió lanzando ataques contra Israel y contra bases militares y aeropuertos en varios países del Golfo.

Pese a las excusas esgrimidas, parecidas a las fabricadas en 2003 para justificar la invasión ilegal de Irak, las causas reales de esta guerra de agresión contra Irán no tienen que ver ni con el programa nuclear iraní ni con las reivindicaciones de libertad para su pueblo.

El argumento de que Irán podría terminar fabricando armas nucleares es un relato que Netanyahu usa desde 1992. Israel tiene armamento nuclear. Irán, no.

Más hegemonía

El Gobierno de Israel busca reforzar su hegemonía regional y avanzar en su proyecto colonial. A través del genocidio en Gaza ha consolidado su ocupación y anexión ilegal de territorio en la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, los Altos del Golán sirios y más allá.

Además, el Ejército israelí continúa presente en el sur de Líbano, controla la frontera de Rafah con Egipto y, en menos de dos años y medio, ha bombardeado Irak, Yemen, Líbano, Siria, Catar, Palestina e Irán. Con ello pretende no solo reforzar el programa sionista de un Estado judío con mayoría judía –con el que impulsó ya hace décadas el robo, la expulsión y la segregación de los palestinos– sino ampliar su control y acceso a recursos naturales y a rutas de transporte en la región.

Cuenta para ello con el respaldo de Estados Unidos, el principal facilitador del genocidio en Gaza. El propio Donald Trump ha dicho en varias ocasiones que millonarios y donantes a su campaña como Sheldon Adelson y su viuda —muy proisraelíes— han sido claves en su política de apoyo a Israel. Además, el Gobierno Trump y el de Netanyahu comparten intereses.

Washington concibe el papel de Israel como el de un gran socio que garantiza sus intereses en la región. No es el único. También Alemania, estrecho aliado de Tel Aviv, lo ve así. Dicho en palabras del canciller Merz, “Israel está haciendo el trabajo sucio por todos nosotros”. Lo afirmó en junio de 2025, cuando el Ejército israelí había asesinado ya a decenas de miles de civiles, entre ellos casi 20.000 niños y niñas.

La UE también se mantiene firme en sus alianzas con EEUU e Israel. La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, pedía este domingo a Irán que frene sus ataques y evitaba mencionar los bombardeos de EEUU e Israel. Y el E3 –Reino Unido, Francia y Alemania– se ha ofrecido a colaborar militarmente con Washington y Tel Aviv.

Irán es proveedor del 13,4 % del petróleo importado por Pekín: son transacciones en las que no se hace uso del dólar.

El petróleo

Hoy en día Irán alberga importantes reservas de gas que comparte con Catar en el mayor yacimiento del mundo, el South Pars-North Dome. Además, forma parte de importantes rutas de transporte de minerales críticos desde Asia —incluida China— hacia Occidente, concentra las terceras mayores reservas de crudo del mundo y controla con Omán el estrecho de Ormuz, paso clave para el transporte marítimo mundial de petróleo y gas natural.

Irán es proveedor del 13,4 % del petróleo importado por Pekín, que Teherán cobra en moneda china o mediante inversiones en infraestructuras. Es decir, son transacciones en las que no se hace uso del dólar. Estados Unidos busca reforzar su moneda en los mercados energéticos y controlar flujos, precios del crudo y rutas de transporte, no solo para aumentar sus beneficios económicos a través de ello, sino para obstaculizar la expansión económica de China.

Con ese fin se inscriben los ataques estadounidenses contra embarcaciones en el Caribe y los bombardeos contra Venezuela. El secuestro de Nicolás Maduro y el crimen de agresión contra el país latinoamericano a principios de año tuvieron varios objetivos, entre ellos, el acceso a las reservas de petróleo venezolano —las mayores del mundo— algo confesado y repetido por el propio Trump.

Esa meta venía acompañada de la idea de un posible ataque posterior a Irán, ante el cual el régimen iraní podría intentar cerrar el paso en el estrecho de Ormuz, como anunció este sábado. Por esa ruta pasa alrededor del 20% del comercio mundial de petróleo. Su cierre puede provocar una subida del precio del crudo en todo el mundo, ante lo cual a Washington le interesaba poder contar antes con acceso a petróleo venezolano.

Como ya señalamos en estas páginas en enero, los bombardeos de EEUU contra Caracas también fueron concebidos por Washington como entrenamiento para un posible ataque posterior contra Irán, como la invasión de Panamá en 1989 lo fue para un ataque posterior contra Irak (1991).

Nicolás Maduro fue secuestrado, mientras que el líder supremo de Irán, Alí Jamenei, ha sido asesinado, como también lo fueron Sadam Hussein en Irak en 2006, Muammar el Gadafi en Libia en 2011 o Ahmed Yassin en Palestina en 2004. Ninguno de esos asesinatos —facilitados por EEUU o por Israel— dio paso a más libertad y seguridad. La violencia suele engendrar más violencia.

Netanyahu no solo busca la caída del régimen iraní, sino desviar la atención mundial de sus crímenes de genocidio y provocar el debilitamiento y la fragmentación de Irán, en un año de elecciones en Israel

Las excusas

En 2002 Netanyahu pidió a EEUU la invasión ilegal de Irak, con la misma estrategia con la que ahora justifica el ataque contra Irán. Ante el Congreso estadounidense intentó convencer a sus señorías de que el régimen iraquí era una amenaza para el mundo.

En 2003 la Administración Bush —y los gobiernos británico y español de Tony Blair y Aznar— aseguraron que el régimen de Sadam Hussein contaba con armas de destrucción masiva. Para ello hicieron uso de un informe falso creado a la medida y jugaron a expandir la sospecha, pese a que inspectores de Naciones Unidas habían supervisado en 1998 la destrucción de ese tipo de armamento, proporcionado en los años ochenta por Washington. “No es fácil probar que no existe lo que no existe”, nos decían algunos inspectores en Bagdad en 2003, durante las semanas previas a los bombardeos estadounidenses.

En esta ocasión el argumento israelí y estadounidense es que Irán podría terminar fabricando armas nucleares. Es un relato que Netanyahu lleva usando desde hace tres décadas. Israel tiene armamento nuclear. Irán, no.

En 2015, EEUU, Reino Unido, Rusia, Francia, Alemania, China y la UE llegaron a un acuerdo con Teherán por el que se comprometían a levantar sus sanciones si Irán eliminaba dos tercios de sus centrifugadoras instaladas, se deshacía del 98% de su uranio y permitía el acceso de inspectores de la ONU. En 2018 Donald Trump rompió ese pacto, dejando al régimen iraní sin incentivos para no seguir enriqueciendo uranio. Aun así, a día de hoy Teherán sigue sin tener armamento nuclear.

Una multitud se reúne en la plaza Enghelab tras el anuncio de la televisión estatal de que el ayatolá Alí Jameneí ha sido asesinado en un ataque









 

Por el estrecho de Ormuz pasa alrededor del 20% del comercio mundial de petróleo. Su cierre puede provocar una subida del precio del crudo en todo el mundo.

De hecho, en junio de 2025, en la Guerra de los Doce Días contra Irán, iniciada por Israel y a la que se sumó EEUU, el Gobierno de Trump aseguró que sus bombardeos contra instalaciones nucleares iraníes habían acabado con la posibilidad de que Irán pudiera reconstruir su programa nuclear en el futuro.

La otra excusa que alegan, la de la libertad para los iraníes, es poco creíble viniendo de un Gobierno israelí que practica crímenes masivos contra la población palestina y de un país, EEUU, que ha facilitado ese genocidio tanto con la Administración actual como con la anterior.

Tanto Washington como Tel Aviv son responsables de la falta de derechos y libertades del pueblo palestino y mantienen excelentes relaciones con otros regímenes de la región que reprimen a su gente. Los ejemplos de lo ocurrido en el pasado en Irak, Libia o Afganistán nos recuerdan que a los pueblos no se los libera con bombardeos, intervenciones militares o invasiones.

Israel cuenta con un candidato favorito para gobernar Irán: Reza Pahlavi, el hijo del último sha, a quien también apoyan algunos políticos derechistas europeos y estadounidenses. Pahlavi vive en EEUU desde 1978 y lleva tiempo haciendo llamamientos “a un levantamiento nacional” contra el régimen de Teherán. Está dispuesto a ser el hombre de Israel en Irán, en 2023 se reunió con Netanyahu en Tel Aviv, mantiene alianzas con su Gobierno y este fin de semana calificó de “intervención humanitaria” los bombardeos contra su país.

El ataque contra Irán no se produjo debido a un estancamiento o retroceso en las negociaciones, sino en un contexto de avance en las mismas.

Las negociaciones

El pasado viernes, horas antes del inicio de los ataques ilegales contra Irán, el ministro de Exteriores de Omán, mediador en las negociaciones entre EEUU y Teherán, aseguró que había importantes avances y que un acuerdo estaba “al alcance si se concede a la diplomacia el espacio que necesita”. El ministro omaní afirmó que el régimen iraní aceptaba inspecciones de equipos de la Organización Internacional de Energía Atómica y que estaba dispuesto a no acumular “nunca jamás” más material para construir armamento nuclear.

Dio igual. El ataque contra Irán no se produjo debido a un estancamiento o retroceso en las negociaciones, sino en un contexto de avance en las mismas. Los precedentes históricos, el propio caso iraquí, así como la acumulación de portaaviones y efectivos militares en la región daban pistas de las intenciones reales, en un momento de mayor debilidad militar iraní, tras los ataques israelíes de los dos últimos años y las sanciones económicas internacionales.

Al igual que en 2003 con Irak, las exigencias y las negociaciones fueron excusas para ganar tiempo e intentar convencer a la opinión pública con propaganda belicista. Pero, a diferencia de 2003, hoy las encuestas indican que la mayoría de los estadounidenses no apoyan esta operación militar ilegal, quizá porque no han olvidado las mentiras y las nefastas consecuencias de aquella agresión militar, quizá porque con el genocidio en Gaza ha cambiado la percepción de Israel en una parte importante de la población de EEUU.

Los riesgos

Los riesgos de esta escalada son enormes. El Gobierno israelí busca en ella no solo la caída del régimen iraní, sino desviar la atención mundial de sus crímenes de genocidio y provocar el debilitamiento y la fragmentación de Irán, en un año en el que habrá elecciones en Israel. Los escenarios de enfrentamientos y caos —como los que se dieron en Irak, Libia o Siria— suelen ser idóneos para el desgaste de un país y para el enquistamiento de los conflictos, con el peligro de que se extiendan en la región.

En este sentido, el iraní Hamid Dabashi, profesor de Estudios iraníes en la Universidad de Columbia, advierte de que con esta agresión militar, Israel busca generar tensiones internas, una guerra civil, la división del país en enclaves étnicos y un gobierno títere sometido a sus intereses. Es decir, un contexto que, en cualquier caso, le facilitaría engullir los territorios ocupados palestinos, sirios, libaneses e incluso más allá. Esta ha sido la estrategia israelí desde hace tiempo: la perpetuación de un escenario de violencia, porque es en la guerra donde puede conseguir lo que el derecho internacional le niega.

domingo, 1 de marzo de 2026

El cante de las minas

El 21 de octubre del año pasado, en el programa nuestro flamenco, el profesor José Francisco Ortega Castejón presentaba el libro Coplas y discografía del cante minero-levantino. Su intervención la acompañaron algunos de estos cantes, y antes unas tarantas a la guitarra de Paco Cepero, Carlos Piñana y Pepe Habichuela.

De la malagueña, la granaína y el taranto, palos herederos del fandango, traídos por los mineros andaluces, y su contacto con los fandangos locales, surgieron los denominados Cantes de Levante. Del sufrimiento vivido en las minas de Almería, Jaén y Murcia nacen letras que lo reflejan, inseparablemente ligadas a sentimientos humanos universales.

Las minas de La Unión se cerraron definitivamente en 1991. Treinta años antes comenzaba el Festival Internacional del Cante de las Minas, que ha seguido celebrándose hasta el día de hoy.


































A continuación, el contenido musical del programa minuto a minuto.

A la guitarra:

02:24, Paco Cepero, taranta 'Castillete minero'

07:25, Carlos Piñana, tarantilla minera

12:04, Pepe Habichuela, taranta 'Hondo'

Cantes:

19:32, Antonio Piñana, taranta piñanera y levantina

31:40, Pancho Cros, minera y taranta

41:43, Encarnación Fernández, cartagenera grande y levantina

52:20, Curro Piñana, taranta y murciana

viernes, 27 de febrero de 2026

¿Éxito? ¿Qué éxito?

Asociamos el éxito con la expansión, el desarrollo, el despliegue de potencialidades. El éxito se asocia con el crecimiento. Pero todo tiene límites, y así, en la naturaleza, a periodos expansivos de una población animal sucede inevitablemente una contracción más o menos traumática.

Todas las sociedades humanas, para satisfacer sus necesidades, han desarrollado modos de producción de carácter social, con diferentes formas de asociarse para organizarla. Las fuerzas productivas se ponen en marcha gracias a las relaciones de producción. Claro que estas relaciones pueden tener características muy diferentes, desde la libre asociación a la esclavitud.

Todas las formas sociales han basado su eficacia en el desarrollo de las fuerzas productivas. Mientras estas crecen las relaciones de producción se mantienen, pero cuando se detiene el crecimiento las anteriores relaciones de producción ya no son eficaces, y de modo paulatino o traumático se establecen nuevas relaciones de producción.

Sería un error suponer que este proceso tiene un desarrollo lineal esquemáticamente trazado, porque dentro del abigarrado conjunto que constituye la humanidad persisten entremezcladas distintas estructuras, y se conservan parcialmente formas arcaicas incluso en el seno de las sociedades más evolucionadas. Pero a grandes rasgos se han sucedido varios modos de producción, que en Occidente pasan de la esclavitud a la servidumbre feudal, y sucesivamente al capitalismo, primero mercantil, luego industrial y como último paso, el financiero.

Las fuerzas productivas tienen un elemento pasivo, la naturaleza, y otro activo, el trabajo humano que la transforma. Ambos son la fuente de toda riqueza, y ambos tienen límites. El trabajo encuentra su límite en la jornada laboral, que ni remotamente puede acercarse a las 24 horas del día. Los límites de la naturaleza están claros, dado el carácter finito de la superficie terrestre para cualquier tipo de aprovechamiento.

Hace ya quince años, en la segunda entrada de este blog, reproduje el vídeo aritmética, población y energía. No descubría ningún mediterráneo al señalar la insostenibilidad del crecimiento exponencial, y cualquier crecimiento es exponencial, aunque su tasa se vaya reduciendo hasta el cese total.

A lo largo de años estas ideas han presidido mi blog. De 2019 es el artículo sostenibilidad, suelo y territorio, publicado antes en un destacado número de  Nuestra BanderaDe él es este párrafo:

Esta lógica de reproducción ampliada cristalizó en el concepto de “progreso”, que es hasta ahora mismo el soporte ideológico tanto del capitalismo como del socialismo. Esta metáfora de Campoamor lo define perfectamente:
–¡Alto el tren! 
–Parar no puede. 
–Ese tren ¿a dónde va? 
–Por el mundo caminando, 
en busca del ideal. 
–¿Cómo se llama? 
–Progreso. 
–¿Quién va en él? 
–La Humanidad. 
–¿Quién lo dirige? 
–Dios mismo. 
–¿Cuándo parará? 
–Jamás.

Ese “jamás” es hoy más problemático que nunca.

Los modos de producción que se han sucedido hasta hoy mismo han fomentado invariablemente la acumulación. No entra en las expectativas que cese, y de ahí la ceguera fomentada de los negacionismos. En los experimentos socialistas la competencia con el capitalismo ha impulsado el intento de crecer por encima de él. En el caso de la URSS esa competencia acabó por agotarla. El capitalismo aparentemente victorioso sigue considerando un éxito el crecimiento y continúa su viaje a ninguna parte.

El experimento del socialismo con características chinas merece un análisis detallado que habrá que hacer en otro momento.  En China el gobierno planifica la economía y los objetivos sociales, mientras que el mercado asigna los recursos y el Partido Comunista garantiza que el desarrollo sirva al interés nacional y social y no al capital especulativo. La clave de su éxito está en una planificación a largo plazo que el capitalismo es incapaz de hacer allí donde impone políticas inevitablemente cortoplacistas. 

La incógnita es si China logrará acompasar su propio decrecimiento, que se avista en el horizonte, con el de las potencias capitalistas, para no quedarse atrás como ocurrió a la URSS. Los tiempos son otros y ha llegado el momento de accionar el freno de emergencia. 


¿Dónde está el llamado ‘éxito’ del capitalismo?

24/02/2026

Si el capitalismo es un ‘éxito’, ¿por qué requiere una militarización permanente para reorganizarse periódicamente mediante la devastación?








Hubo una época en que el capitalismo podía presentarse plausiblemente como progreso.

En la era de las grandes revoluciones burguesas —la Revolución Francesa y la Revolución Americana— y durante las convulsiones de 1848, la burguesía en ascenso destruyó los vínculos feudales, disolvió los privilegios hereditarios y desmanteló las jerarquías arcaicas que durante mucho tiempo habían obstaculizado el desarrollo productivo. Frente al particularismo feudal y las relaciones sociales estáticas, el capitalismo fue históricamente revolucionario. Unificó los mercados nacionales, aceleró los descubrimientos científicos, expandió la industria y proclamó la igualdad ante la ley, por limitada y formal que esta resultara ser en última instancia.

Marx y Engels nunca negaron esto. En El Manifiesto Comunista, reconocieron abiertamente el inmenso dinamismo histórico de la burguesía. El materialismo histórico no idealiza el pasado ni condena mecánicamente cada etapa previa del desarrollo. Reconoce que cada modo de producción emerge como una fuerza histórica necesaria, desarrolla las fuerzas productivas y transforma la vida social a gran escala.

Pero el materialismo histórico también insiste en algo mucho más decisivo, y mucho más inquietante para los defensores del orden actual: ningún sistema social fundado en intereses de clase antagónicos permanece progresivo indefinidamente. Cuando las relaciones de producción que una vez impulsaron el desarrollo comienzan a restringirlo, cuando la expansión se transforma en dominación y el dinamismo en monopolio, un sistema entra en su época de decadencia.

La pregunta, por lo tanto, no es si el capitalismo desempeñó alguna vez un papel revolucionario. Lo desempeñó. La pregunta es: ¿qué papel desempeña ahora?

A finales del siglo XIX, el capitalismo ya había experimentado una transformación cualitativa. La competencia dio paso a la concentración. Los pequeños productores fueron absorbidos por trusts y cárteles. El capital industrial se fusionó con el capital bancario. Los mercados dejaron de ser escenarios de intercambio disperso y se convirtieron en territorios dominados por los monopolios y las finanzas. El capital no solo buscaba el lucro; buscaba el control global. La exportación de bienes se vio cada vez más eclipsada por la exportación del propio capital.

Esta transformación no fue teórica, sino histórica. La Primera Guerra Mundial no fue un trágico malentendido entre naciones; fue la violenta redistribución de un mundo ya dividido por las potencias imperialistas. La Segunda Guerra Mundial le siguió, aún más catastrófica, cuando bloques rivales lucharon por reorganizar los mercados y las esferas de influencia. Decenas de millones perecieron no porque la humanidad perdiera repentinamente la razón, sino porque la rivalidad interimperialista está arraigada en un sistema impulsado por la acumulación competitiva.

Después de 1945, esta lógica no desapareció. Se adaptó. Guerras por delegación, operaciones de cambio de régimen, sanciones, intervenciones camufladas en el lenguaje de la democracia y la seguridad: todas se convirtieron en instrumentos para mantener el dominio geopolítico y económico: Corea, Cuba, Vietnam, Irak, Yugoslavia, Afganistán, Libia, Siria, Ucrania y otros lugares. Si el capitalismo es un «éxito», ¿por qué requiere una militarización permanente para reorganizarse periódicamente mediante la devastación?

Las economías capitalistas más grandes del mundo siguen asignando recursos colosales a los presupuestos militares mientras declaran que las necesidades sociales son fiscalmente insostenibles. Esto no es una mala gestión accidental. Refleja prioridades estructurales.

Incapaces de ofrecer una explicación seria y no cínica al cambio de rumbo del sistema bárbaro, los defensores de esta apuntan a la innovación tecnológica, las redes digitales, la inteligencia artificial y una capacidad productiva sin precedentes. Y aquí hay que ser precisos: las fuerzas productivas que la humanidad ha desarrollado bajo el capitalismo son realmente extraordinarias. Pero la capacidad productiva no es sinónimo de una organización social racional.

Vivimos en un mundo que produce alimentos más que suficientes para eliminar el hambre, pero cientos de millones de personas siguen padeciendo inseguridad alimentaria. Vivimos en un mundo con millones de viviendas vacías y una creciente indigencia. El problema no es la escasez técnica, sino la subordinación de la necesidad a la rentabilidad. En el capitalismo, la distribución se basa en el poder adquisitivo, no en la necesidad humana. No se trata de una exageración ideológica. Es una realidad visible.

La crisis financiera de 2008 ofreció un momento de claridad. Las instituciones financieras inflaron burbujas especulativas, colapsaron bajo su propio apalancamiento y fueron rescatadas por una intervención pública sin precedentes. Se movilizaron billones de dólares en cuestión de días para estabilizar los bancos. Mientras tanto, los trabajadores perdieron sus hogares, pensiones y empleos. Las pérdidas se socializaron; las ganancias permanecieron privadas. Un sistema que se desestabiliza repetidamente y luego depende del rescate colectivo no puede afirmar con credibilidad su eficiencia estructural.

La pandemia de COVID-19 expuso fallas similares. Los sistemas de salud, debilitados por décadas de recortes de costos, tuvieron dificultades para responder. Las cadenas de suministro optimizadas para obtener ganancias resultaron frágiles. Las corporaciones farmacéuticas defendieron monopolios de patentes mientras vastas regiones del mundo esperaban el acceso a vacunas vitales. Los medios técnicos existían; la coordinación social, no. La lógica del lucro se impuso al acceso universal. Si esto es racionalidad, solo lo es dentro del estrecho cálculo de la acumulación.

Mientras tanto, la concentración de la riqueza ha alcanzado niveles históricamente sin precedentes en tiempos de paz. Una pequeña fracción de la población mundial controla recursos que superan la riqueza combinada de miles de millones. Esto no es la distorsión de un sistema por lo demás justo. Es el resultado de la acumulación misma. El capital se centraliza. La propiedad se reduce. El poder económico se traduce en influencia política. Los sistemas electorales se vuelven dependientes de los flujos de financiación. Los medios de comunicación se consolidan. La política gravita hacia quienes controlan la inversión y el crédito.

Los procedimientos democráticos formales persisten, pero el control sustancial se alinea cada vez más con el capital concentrado.

Al mismo tiempo, las finanzas se han expandido más allá de su función anterior de facilitar la producción. La especulación, los derivados, la recompra de acciones, los instrumentos de deuda y la extracción de rentas dominan las estrategias de lucro. La vivienda se convierte en un activo; la educación, en un pasivo; los datos, en una mercancía extraída de la vida cotidiana. Esto no es el capitalismo en su vigorosa adolescencia construyendo infraestructura e industria. Es el capitalismo en su madurez extrayendo valor dondequiera que pueda.

La crisis ecológica pone claramente de relieve la contradicción. El capitalismo exige un crecimiento perpetuo. El crecimiento no es una preferencia política, sino una necesidad sistémica. Sin embargo, la acumulación infinita se enfrenta a una biosfera finita. El cambio climático, la degradación ambiental, la pérdida de biodiversidad no son fallos incidentales de la regulación, sino consecuencias estructurales de la producción organizada para obtener beneficios competitivos. Incluso cuando existen alternativas tecnológicas, su despliegue se ve limitado por los cálculos del rendimiento de la inversión. Un sistema que no puede priorizar la estabilidad planetaria sobre las ganancias trimestrales no puede reivindicar su viabilidad histórica.

Nada de esto niega los logros históricos del capitalismo. Industrializó las sociedades y disolvió el estancamiento feudal. Pero el materialismo histórico no otorga mandatos eternos. Cuando las relaciones de producción se convierten en trabas para las fuerzas productivas, cuando la crisis recurre como patrón estructural en lugar de anomalía, cuando la desigualdad se acentúa a pesar de la abundancia, cuando la guerra sigue siendo una posibilidad constante en lugar de un recuerdo lejano, el veredicto se vuelve difícil de evadir.

Si el éxito significa una paz duradera, la historia de los siglos XX y XXI lo refuta.

Si el éxito significa la erradicación de la pobreza en un mundo de abundancia, la realidad vivida lo refuta.

Si el éxito significa el control democrático del destino colectivo, el poder económico concentrado lo refuta.

Si el éxito significa la coexistencia sostenible con la naturaleza, la emergencia climática que se acelera lo refuta.

El capitalismo rompió en su día las cadenas del feudalismo. Hoy preserva las suyas mediante la ideología, la normalización de la desigualdad y la aceptación silenciosa de las crisis recurrentes como inevitables. Los defensores del sistema confunden la capacidad creativa del trabajo humano con las relaciones sociales que se apropian de él. Confunden la brillantez tecnológica con la legitimidad moral.

Pero la contradicción central se hace cada vez más visible: la producción es social; la apropiación es privada. Millones de personas cooperan en todos los continentes para generar riqueza; una minoría la acumula. A medida que las fuerzas productivas se integran y globalizan, la tensión se intensifica.

Entonces, ¿dónde está el supuesto éxito del capitalismo?

Si existe, se refleja en los índices bursátiles y los balances corporativos, no en la seguridad y la dignidad de la mayoría. Es visible en la expansión de los arsenales militares, no en las garantías sociales universales. Se mide en concentración de riqueza, no en igualdad.

El capitalismo cumplió una función histórica. Revolucionó la producción y transformó el mundo. Pero las funciones históricas no son virtudes permanentes. Cuando las contradicciones internas de un sistema dejan de ser perturbaciones temporales y se convierten en rasgos definitorios, cuando la crisis, la desigualdad, la militarización y la tensión ecológica dejan de ser excepciones para convertirse en normas estructurales, la narrativa del «éxito» se vuelve ideológica en lugar de empírica.

A la luz de la realidad material y el sentido común, el mito se disuelve. Lo que queda es un sistema históricamente agotado, sostenido por el poder arraigado en lugar del beneficio universal.

Y ningún sistema en la historia cuyas contradicciones se hagan tan visibles ha demostrado ser inmune a la transformación.