jueves, 30 de abril de 2026

El hambre como arma de guerra. Gaza

De nuevo una flotilla intenta llevar a Gaza lo indispensable para sobrevivir. De nuevo el sionismo sella la costa para matar de hambre a los palestinos. En épocas que consideramos bárbaras el hambre era un medio para rendir a poblaciones sitiadas. Con su repugnante sentido del humor, un dirigente israelita de cuyo nombre no suelo acordarme dijo hace tiempo que los gazatíes debían "adelgazar".

En los planes de Israel el hambre, más que como un medio de presión, funciona como un instrumento de exterminio programado. Su "prioridad nacional" es que en las tierras de que se ha ido apoderando desde hace un siglo no quede ni el recuerdo de la población palestina.

Dentro de la XLII Semana Galega de Filosofía dedicada en esta ocasión al alimento, Teresa Aranguren, cuya larga presencia en tierras bíblicas la hace experta en esta dramática historia, habló sobre el hambre como arma de guerra, que no es por desgracia cosa del pasado.

Hace un siglo, la población judía en Palestina no llegaba al 3% del total. Aquellos judíos arabizados convivían con cristianos y musulmanes, y la gran masa de los actuales israelíes procede de Europa, donde por una parte se los perseguía y por otro lado se les ponía un puente de plata, para utilizarlos como una cuña geopolítica con la que Francia, y sobre todo Inglaterra, se introdujeron en las ruinas de lo que había sido el Imperio Otomano.

El Fondo Nacional Judío se encargó durante todo el siglo XX de adquirir tierras en Palestina a los terratenientes árabes. De ellas se fue expulsando a los aparceros nativos para sustituirlos por inmigrantes europeos de religión hebraica. Lo que vino después, incluido el terrorismo de grupos como Irgún y Haganá, nos ha traído a la peligrosa situación actual, con Israel como instigador de las barbaridades que comete su tonto útil norteamericano y ante la estupefacta pasividad de gobiernos a los que la situación ya no es tan favorable. El terremoto geopolítico está servido; los palestinos lo sufren en primera línea.

La relatora desarrolló este tema que conoce de primera mano en el vídeo que sigue.

miércoles, 29 de abril de 2026

Lo que define a la clase trabajadora

La clase trabajadora no es homogénea. Hay trabajadores pobres, pero otros que viven bien pueden permitirse un consumo alto. Con casa propia, coche, incluso una segunda residencia, se sienten parte de la clase alta.

La diferencia entre estos propietarios y los dueños de capital está en que estos últimos no viven de un salario, sino de la parte de la fuerza de trabajo que no pagan a quienes trabajan para ellos. Porque sin esa fuerza ajena su capital nada produce.

La propiedad que no es partícipe del proceso productivo no es capital. Es consumo, es otra cosa, pero no es capital. Ese trabajador próspero no deja por ello de producir plusvalía al capitalista, que no lo empleará si no le hace ganar dinero. Toda su prosperidad se viene abajo cuando pierde el empleo, a no ser que consiga transformar sus bienes inmovilizados en capital y pueda introducirse así en el lado explotador de la sociedad.

También puede darse el proceso inverso, cuando un capitalista arruinado se desprende de sus propiedades y una vez agotadas se ve forzado a vender a otros su propia fuerza de trabajo.

Este "ascensor-descensor" enmascara la realidad de la sociedad capitalista, que no deja de ser la sociedad de la explotación, tanto de la naturaleza como de los seres humanos. La "movilidad social" es insignificante si la comparamos con la "predestinación social" de los que ya nacen propietarios o proletarios.


La paradoja del trabajador que se cree rico: una reflexión jurídica y socioeconómica sobre la conciencia de clase


Un soldador, realizando un trabajo en una barandilla Luis Tejido | EFE










Cuando el salario oculta la realidad: la necesidad de defender los derechos laborales y el Estado del Bienestar frente al espejismo del individualismo económico

I. Introducción: la falsa autopercepción de la clase trabajadora

Existe una contradicción profundamente arraigada en las sociedades contemporáneas: trabajadores asalariados, incluso cualificados y con ingresos medios o relativamente elevados, que se identifican ideológicamente con postulados económicos que objetivamente perjudican sus propios intereses. Esta disonancia cognitiva, lejos de ser anecdótica, constituye uno de los pilares sobre los que se sostiene la hegemonía del pensamiento económico neoliberal.

Desde una perspectiva técnico-jurídica y socioeconómica, resulta imprescindible recordar que la condición de clase trabajadora no se determina por el nivel de renta, sino por la posición estructural en el sistema productivo: la dependencia de un salario para subsistir. Quien necesita vender su fuerza de trabajo, independientemente de su cualificación o remuneración, es trabajador.

II. El espejismo de la propiedad: vivienda, vehículo y consumo

Uno de los elementos que alimentan esta falsa conciencia es el acceso a determinados bienes de consumo: una vivienda en propiedad, un vehículo, ciertos niveles de confort material. Sin embargo, desde un análisis económico riguroso, estos elementos no transforman la naturaleza estructural del individuo dentro del sistema.

La propiedad de una vivienda suele estar sujeta a endeudamiento hipotecario durante décadas, lo que refuerza —no elimina— la dependencia del salario. El vehículo, por su parte, es un bien depreciativo, no un activo generador de riqueza. El consumo, en definitiva, no equivale a capital.

Creerse «rico» por estas circunstancias implica ignorar que la verdadera riqueza reside en la acumulación de capital productivo y en la capacidad de generar ingresos sin necesidad de trabajo personal. Esa es la diferencia sustancial entre clases.

III. La sanidad pública: un derecho, no un privilegio

Uno de los ejemplos más claros de esta contradicción ideológica se encuentra en la percepción de la sanidad pública. Muchos trabajadores con ingresos estables consideran que pueden prescindir de ella en favor de sistemas privados. Sin embargo, esta percepción se derrumba ante situaciones de riesgo real.

El acceso universal a la sanidad garantiza la protección frente a contingencias graves, como enfermedades oncológicas, intervenciones quirúrgicas complejas o tratamientos de larga duración. En sistemas donde predomina la lógica de mercado, el coste de estas prestaciones puede resultar absolutamente inasumible, generando endeudamiento masivo o exclusión sanitaria.

Desde el punto de vista jurídico, la sanidad pública forma parte del núcleo esencial del Estado social y democrático de Derecho, configurándose como un derecho fundamental vinculado a la dignidad humana. Renunciar a su defensa supone debilitar una de las garantías más básicas de protección colectiva.

IV. Las pensiones: una cuestión de solidaridad intergeneracional

Otro pilar esencial es el sistema público de pensiones. Todo trabajador es, en potencia, un futuro pensionista. Sin embargo, discursos basados en la capitalización individual o en la privatización del sistema han calado en sectores de la clase trabajadora.

Conviene recordar que el sistema público de reparto no es únicamente un mecanismo económico, sino un contrato social intergeneracional. Su debilitamiento implica trasladar el riesgo desde lo colectivo hacia lo individual, con consecuencias especialmente graves en contextos de precariedad laboral o carreras de cotización irregulares.

Defender las pensiones públicas es, por tanto, defender la propia seguridad futura.

V. Derechos laborales: la protección frente a la incertidumbre

El derecho del trabajo surge históricamente como un instrumento de equilibrio frente a la desigualdad estructural entre empleador y trabajador. Elementos como el salario mínimo, la indemnización por despido, la negociación colectiva o la limitación de la jornada laboral no son concesiones, sino conquistas sociales.

Quienes defienden la desregulación del mercado laboral bajo el argumento de la «flexibilidad» suelen olvidar que dicha flexibilidad se traduce, en la práctica, en mayor precariedad, inseguridad y debilitamiento de la posición negociadora del trabajador.

Incluso aquellos con empleos estables no están exentos de riesgos: crisis económicas, reestructuraciones empresariales, automatización o cambios tecnológicos pueden alterar de forma abrupta su situación. Los derechos laborales actúan como red de seguridad frente a estas contingencias.

VI. Educación, servicios públicos y movilidad social

La educación pública, los servicios sociales, las políticas de dependencia y las infraestructuras públicas constituyen otros pilares fundamentales que garantizan la igualdad de oportunidades.

Un trabajador puede haber alcanzado una posición relativamente estable, pero ello no garantiza el mismo futuro para sus hijos si estos servicios se debilitan. La movilidad social ascendente depende, en gran medida, de la existencia de un Estado fuerte que compense desigualdades de origen.

La defensa de estos servicios no es ideológica en sentido abstracto, sino profundamente pragmática.

VII. Conclusión: una reflexión necesaria

La verdadera paradoja no es que un trabajador tenga aspiraciones legítimas de prosperidad, sino que confunda dichas aspiraciones con una identidad que no le corresponde. No se trata de una cuestión moral, sino de una cuestión de racionalidad económica y jurídica.

Defender una economía progresista no implica rechazar el esfuerzo individual, sino reconocer que dicho esfuerzo solo puede desarrollarse plenamente en un marco de garantías colectivas. Salarios dignos, estabilidad laboral, protección social y servicios públicos no son obstáculos al progreso, sino sus condiciones de posibilidad.

Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea la escasez de recursos, sino la confusión de conciencias. El trabajador que olvida su condición se desarma a sí mismo, renuncia a su historia y debilita su futuro.

Porque, al final, la verdadera riqueza no reside en lo que se posee, sino en lo que se protege. Y quien protege derechos, protege dignidad.

martes, 28 de abril de 2026

La sorprendente repetición de la Historia

Nuevamente tomo de arrezafe un análisis sobre maniobras imperiales autodestructivas. Los imperios de todos los tiempos llegaron a un punto de agotamiento, justo cuando alcanzaban su mayor poderío. Un lastimoso error de cálculo los llevó a subestimar a sus adversarios, que sin embargo contaban con bazas previsibles para resistir y devolver el golpe. Como el nazismo con su "guerra relámpago" contaban con una victoria rápida que aniquilase al adversario sin darle tiempo a responder.

El fácil secuestro del presidente venezolano y la insidiosa voz tentadora de la serpiente israelí convencieron a Trump de que descabezando a la cúpula iraní el triunfo estaba servido en bandera de oro (negro).

Sin ir a ejemplos históricos lejanos, el éxito de Nasser cuando bloqueó el canal de Suez se parece tanto, tanto, al bloqueo actual del estrecho de Ormuz que cuesta creer que los sabios del Pentágono no vieran esa posibilidad. ¿O les infunde tanto miedo el moderno Calígula, tan parecido al viejo, que no se atrevieron a advertírselo? ¿O lo hizo alguno y fue rápidamente destituido?

Los Césares de la Decadencia son así.


"Micromilitarismo" estadounidense
O cómo la derrota en la guerra contra Irán acelerará el declive global estadounidense
23/04/2026





Lo que el historiador griego Plutarco escribió hace más de 2.000 años, nos ofrece una elocuente descripción de lo que los historiadores modernos denominan hoy "micromilitarismo".

Cuando una potencia imperial, como Atenas en aquel entonces o Estados Unidos ahora, está en decadencia, sus líderes a menudo reaccionan emocionalmente emprendiendo ataques militares aparentemente audaces con la esperanza de recuperar la grandeza imperial que se les escapa de las manos.

Sin embargo, en lugar de otra de las grandes victorias que el imperio cosechó en la cima de su poder, tales desventuras militares solo sirven para acelerar el declive en curso, borrando cualquier aura de majestad imperial aún restante y revelando, en cambio, la podredumbre moral que subyace en la élite gobernante.

Cada vez hay más pruebas históricas de que Estados Unidos es, en efecto, un imperio en franca decadencia, mientras que la guerra que el presidente Donald Trump ha elegido contra Irán se está convirtiendo en el tipo de desastre micromilitar que contibuyó a destruir sucesivos imperios en los últimos 2.500 años, desde la antigua Atenas hasta el Portugal medieval, pasando por la España moderna, Gran Bretaña y ahora Estados Unidos.

Y en el fondo de cada una de esas desafortunadas decisiones bélicas se encontraba un líder problemático, a menudo nacido en la riqueza y el prestigio, cuyas deficiencias personales reflejaban y ramificaban las numerosas irracionalidades que hacen del declive imperial un proceso tan doloroso.

Durante esa espiral descendente y desmoralizante, los ejércitos imperiales, tan letales en el ascenso de un imperio, pueden cometer el error de sumir a sus países en agotadoras, incluso desastrosas, "microaventuras militares": esfuerzos psicológicamente compensatorios para paliar la pérdida del poder imperial tratando de ocupar nuevos territorios o exhibir un imponente poderío militar.

Si bien este micromilitarismo a menudo elegía objetivos que resultaban estratégicamente insostenibles, las presiones psicológicas sobre los imperios en decadencia son tan fuertes que con demasiada frecuencia arriesgan su prestigio en este tipo de desventuras.

Tales desastres no solo añadieron presiones financieras a los numerosos problemas de un imperio en decadencia, sino que, de forma humillante, también expusieron invariablemente su poder menguante, al tiempo que exacerbaron el impacto desestabilizador del declive imperial en las capitales del imperio (ya fueran Atenas, Lisboa, Madrid, Londres o Washington, D.C.).

En estos tiempos, cuando cesen los bombardeos y finalmente se retiren los escombros de las calles de Teherán y Beirut, el impacto de semejante derrota de facto en el poder global de Estados Unidos quedará demasiado claro: alianzas como la OTAN se debilitarán, la hegemonía estadounidense se desvanecerá, se perderá la legitimidad, aumentará el desorden mundial y la economía mundial se resentirá.

Permítanme ahora dejar de lado los desastres del actual momento imperial para centrarme en las lecciones de la historia y explorar el tipo de daño duradero que la desventura micromilitar de Donald Trump en Oriente Medio podría estar infligiendo al decadente imperio de este país.

La derrota de Atenas en Sicilia

La fecha, el año 413 a. C. El lugar, la antigua Atenas, entonces sede de un poderoso imperio que dominó durante mucho tiempo la cuenca del mar Egeo, pero que perdió influencia ante el constante desafío militar de Esparta.

En el puerto del Pireo, «cierto forastero», como recordó el historiador y filósofo Plutarco, «tomó asiento en una barbería y comenzó a disertar sobre lo sucedido como si los atenienses ya lo supieran todo». Atónito por el relato de este forastero sobre una debacle militar en la lejana Sicilia, el barbero «corrió a toda velocidad hacia la ciudad alta» de Atenas, donde la noticia provocó «consternación y confusión».

Lo que aquel desconocido describió fue el mayor desastre militar en la historia del imperio ateniense. Dos años antes, en medio de las prolongadas Guerras del Peloponeso, el aristócrata Nicias —un líder indiferente e indeciso que utilizó su fortuna heredada para ganarse la popularidad con fastuosos espectáculos— persuadió a los ciudadanos de Atenas para que asestaran un golpe teóricamente audaz contra una potencia imperial rival, Esparta, atacando a su aliada Siracusa en Sicilia con la esperanza de debilitar al enemigo, capturar riquezas y recuperar la menguante hegemonía de Atenas.

Sin embargo, en lugar de la victoria, la vasta armada ateniense, compuesta por 200 barcos y unos 12.000 soldados, sufrió una derrota devastadora. No sólo se destruyó la flota (en gran parte porque Nicias demostró ser un comandante militar incompetente), sino que sus soldados supervivientes fueron capturados, confinados en una cantera y vendidos como esclavos. Atenas jamás se recuperó.

En el plazo de una década, la ciudad había sido sometida por el hambre debido al impenetrable bloqueo naval impuesto por Esparta en un punto estratégico del estrecho de los Dardanelos, despojada de su imperio y sometida al gobierno autocrático de una oligarquía proespartana.

El desastre de Portugal en Marruecos

Nuestra próxima fecha es 1578. El lugar es Portugal, sede de un lucrativo imperio que había controlado el comercio a través del Océano Índico durante décadas, pero cuya hegemonía se veía ahora amenazada por príncipes mercaderes musulmanes aliados con el Imperio Otomano.

En su capital, Lisboa, un joven rey testarudo, Sebastián, sufría de impotencia sexual y un temperamento fogoso que lo convirtió en un fanático "capitán de Cristo".

Con la idea de asestar un golpe decisivo en la guerra global de su país contra el islam, el joven rey persuadió a la flor y nata de la aristocracia portuguesa para que lo acompañara en una cruzada moderna a través del mar Mediterráneo hasta Marruecos. Allí, en la fatídica batalla de Alcazarquivir, el ejército portugués fue masacrado por las fuerzas musulmanas locales. Unos 8.000 soldados portugueses murieron, 15.000 fueron capturados y sólo 100 lograron escapar.

La derrota fue tan devastadora que no sólo destruyó al rey y su corte, sino que también precipitó la incorporación del país al imperio español durante los siguientes 60 años. Tras estos reveses, el portugués Estado da India en Goa se vio reducido a vender licencias a cualquier capitán de barco que pudiera pagar, fuera hindú, musulmán o cristiano. Al desaparecer el dominio comercial portugués del océano Índico, los mercaderes y peregrinos musulmanes pudieron volver a cruzarlo sin impedimentos.

Aunque el imperio portugués sobreviviría durante otros tres siglos, nunca recuperaría la hegemonía comercial que en su día le había permitido dominar las rutas marítimas del mundo, desde las Islas de las Especias de Indonesia, a través del Océano Índico y el Atlántico Sur, hasta la costa de Brasil.

El desastre de España en las montañas del Atlas

Y ahora, saltando varios siglos, otra fecha significativa para los desastres imperiales es 1920. Lugar, Madrid, donde los líderes españoles ya se tambaleaban por el estrés psicológico del largo declive imperial de su país, que culminó con la pérdida de sus últimas colonias, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 contra un Estados Unidos en ascenso.

En su búsqueda de la regeneración a través de nuevas conquistas coloniales, los líderes conservadores de España reaccionaron a esa desmoralizante derrota expandiendo sus pequeños enclaves costeros en el norte de Marruecos para establecer un protectorado sobre toda la región y sus áridas montañas del Atlas.

El inepto monarca español Alfonso XIII, a quien le gustaba jugar a ser soldado, cultivó una camarilla de militares de confianza que compartían su pasión por recuperar la gloria imperial perdida mediante la pacificación de aquel accidentado terreno.

La resistencia de los musulmanes bereberes al dominio español se intensificó dando lugar a la sangrienta Guerra del Rif de 1920, cuando uno de los generales favoritos del rey condujo a sus tropas a la Batalla de Annual, donde los combatientes bereberes masacraron a unos 12.000 de ellos.

No obstante, gracias a la influencia del rey y sus aliados militares, España se aferró desesperadamente a aquellas baldías montañas marroquíes. De hecho, los españoles enviarían allí 125.000 soldados más, incluyendo la Legión Extranjera, liderada por Francisco Franco, –que en la década de 1930 se convertiría en el líder de una España fascista–, para una prolongada campaña de pacificación que incluyó matanzas masivas e innovaciones militares.

En una búsqueda desesperada por una victoria que desafiaba tanto la racionalidad económica como la estratégica, España produjo unas 400 toneladas métricas de gas mostaza letal para llevar a cabo el primer bombardeo aéreo de la historia con gas venenoso, sembrando la muerte en masa sobre las aldeas bereberes.

Y en la primera operación anfibia exitosa de la historia militar, la armada española también desembarcó 18.000 soldados y un escuadrón de tanques ligeros en la bahía de Alhucemas, en septiembre de 1925, para flanquear y pronto derrotar a las guerrillas bereberes que allí se encontraban.

Sin embargo, ese micromilitarismo no sólo sumió a España en una prolongada campaña de pacificación con costes desorbitados, numerosas bajas y atrocidades masivas, sino que también desató fuerzas políticas que acabarían destruyendo su ya precaria democracia.

Mientras las masas protestaban contra aquella guerra desafortunada, el rey Alfonso respaldó a un militar de confianza, el general Primo de Rivera, para imponer una década de dictadura que finalmente dio paso a una efímera Segunda República. Sin embargo, en 1936, apenas una década después del fin de la Guerra del Rif, el general Franco volaba sobre el mar Mediterráneo desde Marruecos, regresando con su Ejército de África, dando inicio a una guerra civil que derrotaría a la República y establecería la dictadura fascista que gobernaría el país durante casi 40 nefastos años de estancamiento social y económico.

El fin del Imperio Británico en Suez

Sin embargo, podría decirse que, en lo que respecta al declive imperial, la fecha más reveladora fue 1956. El lugar, Londres, sede del otrora orgulloso Imperio Británico, donde la sofocante presión de una dolorosa y prolongada retirada imperial global había empujado a los conservadores británicos a una desastrosa intervención micromilitar en el Canal de Suez de Egipto, lo que condujo a lo que un diplomático británico denominaría la "agonizante convulsión del imperialismo británico".

En julio de 1956 (como se describe en mi reciente libro La Guerra Fría en los Cinco Continentes), el carismático presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, nacionalizó el Canal de Suez, poniendo fin al control colonial británico en la zona, lo que conmocionó al mundo árabe y lo elevó a la primera posición entre los líderes mundiales.

Aunque los barcos británicos aún podían transitar libremente por el canal, el primer ministro conservador del país, Anthony Eden, un aristócrata vanidoso y acérrimo defensor del imperio, se sentiría profundamente perturbado, si no desquiciado, por el nacionalismo vehemente de Nasser. De hecho, su liderazgo durante la crisis resultaría tan inestable que altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores llegarían a convencerse de que «Eden había perdido la cabeza».

En respuesta a la noticia de la nacionalización del canal, un furioso Eden convocó inmediatamente un consejo de guerra a las cuatro de la mañana. Llamando a Nasser "Mussolini musulmán", en referencia al antiguo gobernante fascista de Italia, Eden ordenó: "Que lo echen y me importa un bledo si hay anarquía y caos en Egipto".

Dejando perfectamente claro su mensaje, Eden le preguntó a su ministro de Asuntos Exteriores: "¿Qué es toda esta tontería de aislar a Nasser o 'neutralizarlo', como usted lo llama?". Luego añadió con énfasis: “Quiero que lo destruyan, ¿no lo entiende? Quiero que lo asesinen.”

Sin embargo, ante el fracaso del servicio secreto británico MI6 en sus múltiples intentos de asesinarlo, el gobierno de Eden comenzó a conspirar con los franceses e israelíes para lanzar una invasión secreta en dos fases de la zona del Canal de Suez.

El 29 de octubre, el ejército israelí, liderado por el intrépido general Moshe Dayan, arrasó la península del Sinaí, destruyendo tanques egipcios y acercando a sus tropas a menos de 16 kilómetros del canal.

Utilizando esos combates como pretexto para su propia intervención (supuestamente para restablecer la paz), en tan solo tres días, una armada de seis portaaviones anglo-franceses aplastó a la fuerza aérea egipcia, destruyendo 104 de sus nuevos cazas a reacción soviéticos MIG y 130 aviones adicionales.

Con las fuerzas estratégicas de Egipto destruidas y su ejército prácticamente indefenso ante el poderío de esa maquinaria imperial, Nasser desplegó una estrategia geopolítica brillante por su sencillez.

Hizo llenar de rocas docenas de viejos barcos de carga y luego los hundió en la entrada norte del canal, cerrando rápidamente uno de los principales puntos estratégicos marítimos del mundo y cortando así el suministro vital de petróleo de Europa proveniente del Golfo Pérsico.

Para cuando 22.000 soldados británicos y franceses comenzaron a desembarcar en el extremo norte del canal el 6 de noviembre, su objetivo de asegurar la libre circulación marítima ya se les había escapado de las manos.

Tras aquel desastre militar a pequeña escala, Gran Bretaña sería reprendida por las Naciones Unidas; su moneda requeriría un rescate del Fondo Monetario Internacional para evitar su colapso total; su aura de majestad imperial se habría desvanecido; y el otrora poderoso Imperio Británico estaría en vías de extinción. En retrospectiva, la Crisis de Suez no solo pondría al descubierto el declive absoluto del poder británico, sino que también demostraría al mundo que la clase dirigente conservadora del país, con sus ilusiones de superioridad imperial y racial, ya no era capaz de ejercer un liderazgo global.

La derrota de Estados Unidos en el estrecho de Ormuz

Otra fecha que probablemente resulte más que significativa, en lo que respecta a la historia del declive imperial, es el 28 de febrero de 2026. Lugar, Washington D.C., sede del que fue el estado imperial más poderoso de la historia, que había dominado gran parte del mundo durante casi 80 años mediante una combinación de alianzas militares, hábil diplomacia y liderazgo económico.

Para entonces, sin embargo, ya habían comenzado a aparecer grietas evidentes en su estructura de poder, a medida que la hegemonía global de Estados Unidos se enfrentaba a un desafío económico cada vez más fuerte por parte de China, su enorme ejército sufría dos duras derrotas en Afganistán e Irak, y su globalización económica generaba un airado sentimiento popular en el ámbito interno.

Tras una campaña populista basada en promesas de restaurar tanto la prosperidad de la clase trabajadora como el poder global de Estados Unidos, Donald Trump asumió el cargo por segunda vez en enero de 2025 prometiendo una "edad de oro de Estados Unidos", una "nueva y emocionante era de éxito nacional" en la que el país "reclamaría el lugar que le corresponde como la nación más grande, poderosa y respetada del mundo, inspirando el asombro y la admiración del mundo entero".

Nacido en el seno de una familia adinerada y privilegiada, Trump regresó al cargo convencido de su singular "genio" para el liderazgo y creyendo que "Dios me salvó para hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande".

Haciendo uso de su poderío económico y militar para someter tanto a amigos como a enemigos, el presidente, impulsado por una delirante creencia en una misión divina, comenzó a intentar doblegar al mundo a su voluntad. Pero durante su primer año en el cargo, nada pareció funcionar según lo planeado. De hecho, la mayoría de sus iniciativas provocaron una reacción adversa que tan solo sirvió para evidenciar el declive de Estados Unidos desde 1991, cuando la disolución de la Unión Soviética lo convirtió en la única superpotencia mundial.

El 2 de abril de 2025, en lo que denominó "Día de la Liberación", Trump anunció una serie de aranceles punitivos para proteger la industria manufacturera nacional, principalmente de las importaciones chinas. Estos aranceles iniciales eran del 34%, y posteriormente se elevaron al 100%. Sin embargo, en su reunión de octubre de 2025 en Corea del Sur, el líder chino Xi Jinping obligó a Trump a ceder al restringir el acceso de Estados Unidos a las reservas de minerales estratégicos de tierras raras de su país.

En enero, cuando su iniciativa arancelaria perdía fuerza, Trump sumió a la OTAN en una crisis al exigir a Dinamarca la cesión de Groenlandia, amenazando con imponer nuevos aranceles a los aliados europeos si no accedían. Sin embargo, en menos de una semana, la enérgica resistencia europea lo obligó a retractarse de dicha amenaza en la cumbre económica de Davos, afirmando estar satisfecho con la oferta de la OTAN de establecer un «marco para un futuro acuerdo».

El 28 de febrero de 2026, tras el fracaso de su iniciativa arancelaria y el jaque mate de su maniobra en Groenlandia, Trump se unió a Israel en un ataque aparentemente audaz contra Irán que pronto adquirió los ingredientes de la fatídica maniobra "micromilitar" que suele acompañar a las potencias imperiales en declive.

En los primeros días de la guerra, los bombardeos estadounidenses e israelíes acabaron con la cúpula gubernamental iraní, destruyeron su armada y aniquilaron sus defensas aéreas, dejando al país aparentemente postrado ante el poderío aéreo estadounidense. Tras una semana de devastadores bombardeos que parecieron asombrar al mundo por su letalidad y precisión, el 6 de marzo Trump exigió a Irán una «rendición incondicional» y que manifestara su capitulación mediante la «elección de un GRAN LÍDER ACEPTABLE». A cambio, prometió que Estados Unidos «trabajaría incansablemente para rescatar a Irán del borde de la destrucción».

Pero, al igual que Nasser en Suez en 1956, el liderazgo iraní alteró el equilibrio geoestratégico de la guerra al bloquear un punto estratégico marítimo clave en el estrecho de Ormuz. Al atacar cinco cargueros con drones durante la primera semana de la guerra, los líderes iraníes, siguiendo el ejemplo de Nasser, bloquearon de facto el tráfico de petroleros en el estrecho de Ormuz e interrumpiendo el tránsito de gas, fertilizantes y petróleo, lo que sumió a la economía mundial en una crisis energética sin precedentes. A finales de marzo, el control iraní sobre el estrecho era tan férreo que comenzó a cobrar peajes a los cargueros para permitirles el paso.

Sorprendido por el cierre inesperado pero totalmente predecible del estrecho, el 5 de abril, Domingo de Pascua, un Trump inquieto publicó un mensaje en redes sociales que decía: “El martes será el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente, todo en uno, en Irán. ¡No habrá nada igual!”. Añadiendo: “Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno. ¡Ya verán! Alabado sea Alá”. Dos días después, Trump amenazó con que, a menos que Irán abriera el estrecho de Ormuz, atacaría su infraestructura civil con tal severidad que “toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás”.

Tras el fracaso de las negociaciones posteriores entre ambas partes en Islamabad, Pakistán, el 12 de abril, Trump se adentró aún más en el atolladero iraní, ordenando a la Armada estadounidense que «comience el proceso de BLOQUEO de todos y cada uno de los buques que intenten entrar o salir del estrecho de Ormuz» e «intercepten a toda embarcación en aguas internacionales que haya pagado un peaje a Irán». Y, con su habitual fanfarronería, añadió: «¡Estamos completamente preparados y listos para la acción, y nuestras Fuerzas Armadas acabarán con lo poco que queda de Irán!».

Aunque Trump destruyera la infraestructura de Irán o lograra negociar un acuerdo de paz que salvara las apariencias, según todos los indicadores relevantes, Washington ya ha perdido la guerra contra Irán. Como todas las potencias más débiles en una guerra asimétrica, Teherán ha estado dispuesto a soportar un castigo implacable, infligiendo a la vez un daño que la potencia dominante difícilmente puede resistir. Estados Unidos pronto se quedará sin objetivos en Teherán, pero Irán tiene un amplio abanico de posibilidades para causar daños con sus drones baratos a la compleja y expuesta infraestructura petrolera en la costa sur del Golfo Pérsico.

Al igual que Gran Bretaña en Suez, en 1956, es probable que Washington pague un alto precio por su "micromilitarismo" en el estrecho de Ormuz. Sus aliados más cercanos, pilares del poder global estadounidense durante 80 años, se han negado a brindar apoyo militar a la guerra que Washington ha elegido, lo que llevó a Trump a llamarlos "cobardes". En respuesta a sus atronadoras amenazas de destrucción civil y de la civilización (ambas consideradas crímenes de guerra), Trump ha sido condenado por líderes mundiales. Ajeno a los peligros de la guerra en una región que es el epicentro del capitalismo global, Washington está demostrando ser cada vez más perjudicial para la economía mundial, haciendo que China parezca una opción mucho más estable para el liderazgo mundial. Además, si bien el ejército estadounidense ha demostrado su agilidad táctica en la destrucción puntual de ciertos objetivos, es evidente que ya no puede alcanzar objetivos estratégicos significativos.

Con sus alianzas hechas añicos, su liderazgo mundial perdido y su aura de poderío militar desvaneciéndose, la única trayectoria posible para la hegemonía global de Estados Unidos parece eclipsarse (como la de tantas grandes potencias del pasado). Para cuando termine la desventura militar de Trump en el estrecho de Ormuz, el declive del poder global estadounidense se habrá acelerado drásticamente y el mundo intentará superar la antigua Pax Americana para avanzar hacia un nuevo orden mundial, claramente incierto.

La bala prodigiosa

Me pasma lo fácilmente que los ilusionistas distraen la atención del espectador y la ofuscan hasta el punto de impedirle ver lo que está delante de sus narices. La no ocultación parece ser una forma diferente de ocultación. En La carta robada el ladrón no la esconde, sino que la deja en un lugar tan visible que a nadie se le ocurre buscarla allí, salvo al astuto detective Dupin.

Ahora que el tercer atentado (por ahora) contra Trump infunde sospechas de extrañas conspiraciones, se me ocurre indagar en el vídeo de aquel atentado en que le arañaron la oreja. El tirador estaba en el plano horizontal. El presidente en una grada inclinada. Tras él, rodeándolo por todas partes, una masa humana compacta.

La bala avanza, llega a la oreja... y se volatiliza.

Nadie resulta herido, salvo la oreja.

Me resulta sorprendente que no haya llegado a mis orejas indemnes (aunque algo sordas) ninguna noticia sobre esa bala. ¿Sería como esos cohetes iraníes que burlan a los interceptores cambiando su trayectoria balística por otra zigzagueante?

¿Seré yo Dupin?

jueves, 23 de abril de 2026

¿Dejar de comer animales?

¿Propuesta "buenista" de los que sufren como propio el maltrato animal? ¿Tabú religioso de creyentes en la reencarnación? Hay algo más en ella que solo es desdeñado por defensores del carnivorismo a ultranza que soslayan argumentos muy preocupantes.

Recuerdo que cuando el entonces ministro Alberto Garzón propuso reducir el consumo de carne, en medio de la batalla contra las macrogranjas, lo pusieron como ropa de pascua. Hasta Pedro Sánchez evocó entonces el "imbatible chuletón al punto" ante el que se nos hace la boca agua...

La batalla se daba en el contexto de la lucha ecologista contra los daños de la ganadería intensiva. La industria cárnica se defendía, argumentando que la extensiva es insuficiente para alimentar a la población.

El hambre ha sido siempre una amenaza, tanto más hoy, ante el rapidísimo crecimiento de la población en la últimas décadas. Por eso el Aula Castelao ha dedicado este año la XLII Semana Galega de Filosofía al tema del alimento.

Pronunció una conferencia clave en la Semana la profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona Marta Tafalla, con el título Dejar de comer animales. El vegetarianismo suele verse como una debilidad sentimental, pero la charla utilizó datos muy convincentes que avalan lo que había dicho el entonces Ministro de Consumo, provocando virulentos ataques y sarcásticas burlas.

Consideraciones éticas aparte, el hecho es que hay motivos serios para abordar el tema.

La energía solar, a través de la fotosíntesis, crea toda la biomasa terrestre. Solo una pequeñísima parte de ella es aprovechada por las plantas verdes, de las que se alimentan los animales herbívoros, que de esa energía aprovechan solo una fracción, pongamos la décima parte, porque el resto lo ha consumido la propia planta en su mantenimiento. Es algo comparable a la plusvalía que el patrono extrae del trabajador, que obviamente es también solo una parte del producto total.

Esta energía concentrada en el herbívoro es aprovechada con menos esfuerzo fisiológico por el carnívoro, que halla ya procesados muchos de los componentes necesarios para la vida. Claro que nuevamente la plusvalía no es el producto total, y solo se aprovecha una fracción de la energía concentrada en el mismo, pongamos otra décima parte. De modo que el aprovechamiento energético posible se reduce a la centésima parte de lo que la planta tomó del sol.

Esto explica la desproporción entre la masa viva de los carnívoros y la de los herbívoros. Frente a las grandes manadas de búfalos de la sabana nunca se ha visto una gran manada de leones. Claro que la energía concentrada obtenida en la caza permite al depredador una vida más plácida, con siestas prolongadas, mientras el animal vegetariano emplea casi todo su tiempo pastando. Algo parecido a lo que ocurre en las sociedades humanas en las que el rico dispone de mucho más tiempo libre que el proletario.

La pirámide alimenticia expresa gráficamente esta realidad.

Para alimentar hoy a la enorme población humana hace falta una aún más enorme población herbívora, concentrada en esas macrogranjas, y a su vez una mayor aún superficie agrícola. Esto se ha logrado a costa de una drástica reducción de la vida salvaje, tanto vegetal como animal, con el enorme daño causado a la biodiversidad que mantiene el ecosistema global. Y esto ha sido además posible por el empleo de la energía fósil acumulada durante cientos de millones de años y dilapidada ahora en un tiempo millones de veces más corto.

Pero cuéntale esto a entes como el actual presidente norteamericano, cuya propuesta para una alimentación saludable da la vuelta a la pirámide y coloca en cabeza los alimentos de origen animal.














En un futuro más que previsible, una población humana sin combustibles fósiles debe equilibrar su número con las proporciones, al menos, de la revolución agrícola del neolítico. No digamos ya a las originadas con la revolución industrial.

Las "soluciones" clasistas de Malthus parecen relativamente humanas si las comparamos con las que sin duda se plantean los grandes capitalistas. Su necesidad de crecimiento constante no se detiene ante el exterminio de poblaciones enteras. Racismo, odio al diferente y aporofobia son virus inoculados a las poblaciones para "ir recortando por abajo". Por no hablar de "pueblos elegidos" con un "destino manifiesto" que no dudan en extinguir a toda una civilización.

A fin de cuentas, según el Apocalipsis, "When the Saints Go Marching in", serán protegidos doce mil elegidos de cada una de las doce tribus. Judíos ortodoxos, mormones y otras hierbas toman esto al pie de la letra y no les importa el fin del mundo.

Sin duda hay otras soluciones para un decrecimiento controlado, pero es difícil explicarlas a quienes a toda costa prefieren ¿preferimos? mantener el actual estilo de vida.

Aquí dejo el vídeo de la conferencia:

lunes, 20 de abril de 2026

Para entender la actual crisis (¡energética, desde luego!)

Por recomendación de Pedro Prieto publiqué hace unos días La gran simplificación, con un vídeo de Nate Hagens, último de la serie Trilogía del petróleo. Jorge Riechmann la completa y los reúne en una sola entrega. Sigo su recomendación y aquí va todo junto.

Las malas mañas de las "redes" (más bien "enredos") sociales, con mensajes cortos en que cuesta distinguir la verdad entre tanto bulo, nos apartan del análisis pausado, para el que se necesita un tiempo del que no disponemos.

Dos fuerzas contrapuestas con el mismo origen me hacen dudar sobre la duración de los mensajes. Sometidos a un bombardeo constante no solemos dedicar mucho tiempo a casi nada. ¿Atendemos mejor a tres sesiones cortas o a una larga? ¿Habrá continuidad después de la primera sesión?

(Si no veis los subtítulos, id a: herramientas --> subtítulos en inglés --> traducir al español).

(Otra "trilogía del petróleo" es la serie de documentales El Reventón, en este caso referida al de Venezuela)

«Trilogía del petróleo»
Tres vídeos breves de Nate Hagens

«What You Actually Need to Know About Oil: Frankly 135, 136 & 137».

Imprescindible para entender el capitalismo fosilista y qué está pasando en Oriente próximo (ahora, la guerra contra Irán). Geopolítica y Gaia-política…

Lo que debes saber sobre el petróleo:

Lo que pasa si deja de fluir:

El mundo después de la energía barata:

viernes, 17 de abril de 2026

El cante de La Puebla de Cazalla

Nuestro flamenco dedicaba hace poco una sesión al cante de La Puebla de Cazalla. De muy atrás viene la afición de este pueblo sevillano al arte flamenco, con figuras tan populares como La Niña de La Puebla. Recibió un nuevo impulso a partir del empeño de los hermanos Moreno Galván. El pintor y poeta Francisco Moreno Galván compuso memorables letras cantadas por sus paisanos José Menese, Diego Clavel o Miguel Vargas, moriscos como él mismo.

En las postrimerías de la dictadura el espíritu rebelde tanto tiempo sofocado resurgía con fuerza y estos artistas de La Puebla fueron acogidos con entusiasmo. El flamenco, nacido en el seno de grupos sociales marginados, pasaba ahora del lamento resignado a la rebeldía contra la explotación y a la lucha por las libertades secuestradas.

Además de los citados, otro cantaor de La Puebla, Manuel Gerena, componía sus propias letras igualmente rebeldes, Hasta edad avanzada ha seguido participando en la fiesta del PCE.

Ignoraba que también la Niña de La Puebla tuvo un pasado de lucha por los trabajadores durante la guerra civil. Ella misma reconoció que por menos fusilaron los fascistas a mucha gente. Salvó la vida por su gran popularidad y porque el régimen veía ya en la copla una de sus bazas propagandísticas. De hace pocos días es una noticia sobre el documental Acuérdate de mí, estrenado el mes pasado, que desvela esta faceta desconocida de la gran artista.

Durante los años de lucha antifranquista recuerdo que algún crítico atribuía el éxito de los flamencos de izquierdas a su oposición al régimen. ¿Acaso tendría razón? Llegué a dudar de su calidad. Al oírlos ahora, tras años de experiencia flamenca, se esfuman las dudas. Pocas voces se igualan a las suyas.

El impulso que ha dado este pueblo al cante sigue dando frutos, como demuestran los nuevos valores que les siguen en la programación cuyo minutado dejo aquí:

03:40, José Menese, "Fuente de Piyaya", soleá de Juaniqui 

15:25, Diego Clavel, seguiriya de Manuel Molina 

28:30, Miguel Vargas, "Entorna la puerta", mariana 

36:18, Manuel Gerena, alboreá 

40:03, Raúl Montesinos, rondeña del Negro con final de jabera 

45:18, Rubito Hijo, "Mucho ruido y pocas nueces", romera 

49:50, La Yiya, malagueña 

53:17, María Jesús Bernal, bulería