martes, 29 de septiembre de 2026

El exilio de los marinos republicanos

Victoria Fernández Díaz es Licenciada en filología románica por la Universidad de Valencia. Catedrática de francés en la Escuela Oficial de Idiomas de Valencia. Máster en Historia Contemporánea en 2015 en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia. Tesis doctoral presentada el 04/06/2021 en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia, titulada Aproximación al exilio republicano a través del exilio de los marinos de la Armada tras la guerra de España. Ha publicado el libro El exilio de los marinos republicanos (2009, Valencia: Publicaciones Universidad Valencia) y diferentes artículos en torno al tema del exilio.

En los últimos años está trabajando sobre mujer y exilio, y el pasado 1 de julio publicó en su blog un artículo sobre la hostilidad y marginación que sufrieron en aquel tiempo oscuro las mujeres de los marinos exiliados que permanecieron en España.

Mi sobrino Antonio Alonso Guirado, interesado por lo que se ha ocultado sobre este tema y deseoso de rescatar la memoria de su abuelo, ha establecido contacto con ella. Mi padre Olegario Guirado Gutiérrez era uno de aquellos marinos, mi madre Adelina Fernández García, una de aquellas mujeres.

Vuelto él del exilio, tras pasar algún tiempo en cárceles franquistas, tuvieron que "sacramentar" su matrimonio civil. Sus hijos nacimos ya de santo matrimonio y fuimos luego debidamente bautizados, confirmados, confesados y comulgados como Dios manda. Nunca fuimos, como otros niños un poco mayores, considerados "hijos del pecado".

Una de las enseñanzas de los artículos que dejo a continuación es el caracter pro fascista que mostraron tener los "democráticos" gobiernos franceses. El trato sufrido por los marinos españoles en Túnez, como el de los exiliados en Francia, demuestra la falsedad del cuento de que "la guerra enfrento democracias contra regímenes autoritarios". Tal vez, sin los errores de cálculo de los nazis, la guerra habría sido otra, entre "demo-fascistas" y "comunistas".


He aquí otro libro para mejor entender lo sucedido, porque se remonta al principio de la guerra:


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EL EXILIO DE LOS MARINOS REPUBLICANOS

Al terminar la guerra de España en 1939, toda una generación de hombres y mujeres comprometidos con la democracia, defensores de valores de igualdad, de justicia social, de dignidad, de cultura se vieron abocados a un exilio que les arrancó para siempre de sus raíces y del porvenir que tenían trazado.

El campo de concentración de Meheri Zebbeus (1)











El 7 de marzo de 1939, hacia las 8h de la mañana, 4.093 marinos, civiles, guardias de asalto y algunos carabineros llegaron a bordo de la flota republicana ante el puerto de Bizerta.

A partir del 12 de marzo, desembarcaron por tandas a los refugiados. Desde los muelles hasta el tren que debía llevarlos hasta Maknassy, un cordón de soldados senegaleses, gendarmes y pelotones de la Garde Republicaine Mobile los controlaban. En la estación de Ferryville fueron encerrados en vagones para el transporte de animales. Así pasaban un día con su noche, sin agua, sin mantas, teniendo que hacer sus necesidades en los mismos vagones ya que no había paradas. Los mandaron a 400 kms de Bizerta, al pueblo de Maknassy desde donde tuvieron que recorrer a pie los ocho últimos kilómetros hasta su destino final: Meheri Zebbeus.

El campo de concentración de Meheri Zebbeus era un conjunto de construcciones de mampostería rodeado de alambradas, vigilado por policía rural tunecina y unos 120 guardias móviles. Había sido una especie de poblado construido en torno a una antigua mina de fosfato de cal a orillas del desierto. A un lado había casas rodeadas por unos cuantos eucaliptos pequeños y polvorientos. En medio de una explanada, una iglesia que hará las funciones de enfermería. Una vaguada cruzaba el campamento y, al otro lado, sobre un repecho, hileras de casitas, más modestas, que habían sido el alojamiento de los mineros. Las salidas y entradas por la única puerta abierta en la alambrada estaban muy controladas, aunque en realidad no había a dónde ir en medio de un erial. Fuera del campo montaban guardia armada los spahis y los guardias móviles día y noche.

Meheri Zebbeus actualmente.(https://www.facebook.com/Mahari-Jabbas-530960197033308/)












Según las autoridades francesas las instalaciones gozaban de agua y electricidad. En realidad, las instalaciones de agua estaban cerradas e inutilizadas. No había luz eléctrica, no había y letrinas para 4000 personas. Fueron “alojados en casas que están a punto de caerse, sin puertas ni ventanas”. Dentro, no había nada, ni un solo mueble. Para dormir, unas pacas de paja que cambiaban una vez al mes. Se amontonaban de 12 a 20 hombres por cuarto.

Los propios marinos tuvieron que arreglar la instalación eléctrica, cavar zanjas para las letrinas, reparar los motores y bombas de un pozo que había a unos cuantos kilómetros del campo para obtener un poco de agua para beber. Para lavarse, de momento, nada. Según les dijeron las autoridades francesas, cada marino tenía derecho a la ración de un militar francés, pero no era cierto. Sabemos, por los archivos, que les fueron asignados 4 francos por hombre y día, lo cual era insuficiente para hombres que estaban haciendo trabajos pesados de reparación, acondicionamiento, carpintería, etc. En realidad, según los recuerdos de los marinos, la comida era escasísima y mala: fundamentalmente agua caliente con habichuelas o garbanzos negros, incomestibles, y algún hueso de camello. El pan tenía yeso y plomo para que pesara más. Esto ocasionaba problemas de salud y los médicos españoles denunciaron formalmente esta situación. Se pasaba hambre.

No se les proporcionó nada, ni mantas, ni platos, ni cubiertos, ni jabón, ni cuchillas de afeitar. Nada. Como no todos habían traído cuchara y plato del barco, al principio, tenían que esperar a que unos comieran para que les pasasen los artilugios. Desde la primera noche aparecieron los piojos que ya no los abandonaron hasta la liberación. Las moscas eran una plaga. Jamás habían visto tantas, ni tan tenaces. Con el tiempo, los marinos aprendieron a cazar camaleones y a tenerlos de animales de compañía y cazamoscas. Además, el campo estaba infestado de tarántulas, escorpiones y culebras. Más de uno fue llevado a la enfermería para inyectarle un antídoto contra el veneno. También tuvieron que convivir «con una compañía de ratas» que, al parecer, alguno consiguió amaestrar.

El marinero mallorquín Antonio Pont Cladera tenía 20 años y escribió a sus tíos en Argentina contándoles lo que vivía: «todo para mí se ha vuelto un mar de tormentos y agudos martirios, es tal el hambre que paso, calor, mal dormir, preocupaciones, que hay momentos que no sé lo que me digo. Tío, (…) nunca creí llegar al extremo este, estoy convencido que ya no existe humanidad, nosotros que hemos luchado por una causa justa y noble y después de millones de traiciones por las naciones que dicen llamarse demócratas nos llevaron al caos de perder la guerra, y no conformes con esto (…) nos mandan a un campo de concentración a que terminemos de morirnos de asco y desprecio». 

Fuentes:

Centre des Archives diplomatiques de Nantes (CADN). Fonds de la résidence française en Tunisie. 1º versement. Articles 2186-2187.

Testimonios: 

marinos Daniel Díaz Roldán, Alfredo Martí Vallès, Felipe Noguerol Otero, Manuel Pedreiro Pita, Antonio Pont Cladera.

Bibliografía:

ALEYA SGHAIER, Amira, “Les réfugiés espagnols républicains en Tunisie en 1939” in Le mouvement social n°181, 4/1997, p. 31-52 ;

FERNÁNDEZ DÍAZ Victoria, El Exilio de los marinos republicanos, Valencia: Universitat de València, 2009;

GAFSI, Abdelhakîm, “La situación de los refugiados españoles en Túnez entre el 4 de febrero de 1939 y el 18 de julio de 1940, según unos documentos de archivos del Gobierno tunecino” in Almenara, vol. 10, Madrid 1976-1977, p. 94 y ss;

GAFSI, Abdelhakîm, «De Cartagena a Bizerta. Prolongaciones tunecinas de la Guerra Civil española (1936-1939)» in Anales de Historia Contemporánea nº 2, Murcia, 1983, pp. 251-261; 

SANTIAGO Lucio y otros, Internamiento y resistencia de los Republicanos españoles en África del Norte durante la segunda guerra Mundial, Sant Cugat del Vallès (Barcelona): autoedición, 1981;

YAZIDI, Bechir, El exilio republicano en Túnez, Ferrol: Editorial Embora, 2008.

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El campo de concentración de Meheri Zebbeus (2)

Meheri Zebbeus. Foto hecha por José González López, maestro zapatero del Libertad.











En el campo de concentración de Meheri Zebbeus los marinos se organizaron en 19 compañías. El jefe francés del campo se llamaba Girard.

Hubo intentos de fugas pero los fugitivos eran rápidamente alcanzados: eran los únicos europeos en varios kilómetros a la redonda y ofrecían una recompensa para quienes los señalasen a las autoridades. Al ser devueltos al campo, eran encerrados en los calabozos –una casa habilitada al efecto– atados con cadenas, condenados a pan y agua, sin paja ni manta durante 30 días o más.

A finales de marzo, el almirante franquista Salvador Moreno llegó a Bizerta al frente de varios barcos para recoger los buques de la Escuadra que las autoridades francesas se apresuraron a devolver a la España franquista tras las gestiones del mariscal Pétain, embajador de Francia en Madrid. Con este motivo, en el campo de Meheri Zebbeus, anunciaron la llegada de un telegrama concediendo una amplia amnistía. Se dio lectura pública en todas las compañías del llamamiento para que volvieran a España, donde no tenían nada que temer los que no tuvieran “las manos manchadas de sangre”. Esto revolucionó el campo. Igual que muchos quedaron en Cartagena porque no consideraban haber cometido ningún delito, en el campo de concentración muchos pensaron lo mismo. Hay discusiones y se hacen cábalas. Dos mil dos cientos ochenta y cinco marinos decidieron regresar. La cifra parece importante pero, en realidad, si se compara con las cifras de repatriaciones del Ejército de Tierra que pasa a Francia en febrero de 1939, proporcionalmente los marinos que vuelven es incluso un poco inferior. Cierto es que su situación en Túnez estaba llena de incertidumbres y probablemente tenían ganas de creer en esa clemencia que les prometían. El auxiliar alumno de electricidad, Francisco Díaz Bueno describió la situación en que se encontraban : “Éramos una especie de prisioneros de Francia, perdidos en un páramo, mal comidos, mal dormidos, sin brújula ni nadie que nos hablase ni poco ni mucho de nuestro porvenir en su aspecto más humano”.

La mayoría de los que volvieron tuvieron que sufrir el engaño, ensañamiento y revanchismo propios de la postguerra del régimen franquista (ver, por ejemplo, el caso de Guillermo Campoy Zapata).

En el campo quedaron 1850 hombres. El jefe francés del campo, Girard, es sustituido por un capitán de la Guardia Republicana, François Loison. Mandó quitar las ametralladoras e instalar duchas. Una mejora, sin duda. El 5 de abril distribuyeron jabón por primera vez. Un día, repartieron medio kilo de pan blanco a cada uno. Una fiesta. Era, al parecer, un regalo de los ex combatientes franceses de Sfax. Mientras que las autoridades coloniales francesas mantuvieron una actitud desconfiada ante la llegada de los marinos republicanos, éstos fueron recibidos, en cambio, con entusiasmo por una parte de la población que se solidarizó con ellos y con la causa republicana. Se constituyó un Comité de Tunisie du Rassemblement Populaire que les recibió con entusiasmo en Ferryville y a lo largo de la ruta hacia Meheri Zebbeus. Los marinos recordaban “el magnífico y cariñoso comportamiento de la población civil, que a nuestro paso (…) nos lanzaban comida, bebidas, ropas y otros objetos de utilidad por las ventanillas, y echándonos besos con las manos gritaban “Viva los marinos de la República española”. Varias organizaciones como el Comité International de Coordination et d’Information pour l’Aide à l’Espagne Républicaine, el Secours Populaire de Tunisie, el sindicato comunista CGT, la SFIO (Partido Socialista Unificado), el Parti Communiste Tunisien mandaron víveres y medicamentos para aliviar en lo posible la situación de los refugiados percibida como denigrante. La CGT lamentaba en un comunicado que los poderes públicos persistieran en considerar a los “camaradas republicanos como condenados de derecho común”. Una declaración de organizaciones democráticas tunecinas en las que participaron, entre otros, la Liga de los Derechos del Hombre y del Ciudadano o la Federación de los Combatientes Republicanos, denunciaba haber constatado “con estupor y tristeza el régimen inhumano al que son sometidos los refugiados españoles (…) que con 40º grados de temperatura media viven (…) en condiciones lamentables. Desprovistos de zapatos, van con los pies desnudos por la arena abrasadora y (…) el agua les es distribuida parcamente sólo cuatro horas al día”.

Fuentes:

Centre des Archives diplomatiques de Nantes (CADN). Fonds de la Résidence française en Tunisie. 1º versement. Articles 2186-2187.

Testimonios:

marinos Daniel Díaz Roldán, Manuel Pedreiro Pita, José Fernández Navarro, Francisco Díaz Bueno.

Bibliografía:

ALEYA SGHAIER, Amira, “Les réfugiés espagnols républicains en Tunisie en 1939” in Le mouvement social n°181, 4/1997, p. 31-52 ;

FERNÁNDEZ DÍAZ Victoria, El Exilio de los marinos republicanos, Valencia: Universitat de València, 2009;

GAFSI, Abdelhakîm, “La situación de los refugiados españoles en Túnez entre el 4 de febrero de 1939 y el 18 de julio de 1940, según unos documentos de archivos del Gobierno tunecino” in Almenara, vol. 10, Madrid 1976-1977, p. 94 y ss;

SANTIAGO Lucio y otros, Internamiento y resistencia de los Republicanos españoles en África del Norte durante la segunda guerra Mundial, Sant Cugat del Vallès (Barcelona): autoedición, 1981;

YAZIDI, Bechir, El exilio republicano en Túnez, Ferrol: Editorial Embora, 2008.

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Cierran el campo de concentración de Meheri Zebbeus (y 3)

Guardianes en Meheri Zebbeus. (Foto: Archivo familiar Ramón Casas Guitart, marinero de 2ª en el Jaime I.

El mes de abril de 1939 se estira en el campo de Meheri Zebbeus, sin perspectivas ni salidas a la situación de los marinos. Tratan de pasar el tiempo: dan clases de francés, de electricidad y de mecánica; organizan batallas de escorpiones; hacen un llamamiento en el campamento para reunir todos los libros traídos de los buques y montar una biblioteca.

Poco a poco reciben noticias de España desde Oran o Gibraltar. Hablan de fusilamientos y represalias. Empiezan también a recibir carta de las familias. La mujer de uno de ellos le dice: “No mandes más muñecas para las nenas porque todas han llegado rotas”. No tienen hijas, ni su marido ha mandado muñecas, por supuesto. Es un aviso: las muñecas rotas son los marinos ejecutados. Efectivamente, en Cartagena se desató una represión brutal y sistemática en la Marina.

En mayo se abre una posibilidad de salir del campo de concentración de Meheri Zebbeus, haciendo de hortelanos. Se trata de montar una granja agrícola en terreno baldío, cerca de la ciudad de Kasserine, a unos 300 km de Túnez capital, hacia el interior del país. Deberán trabajar sin contrato ni sueldo hasta “ver lo que cada uno da de sí”. Allí marcharán en torno a 200 marinos.

En septiembre Francia entra en guerra y necesita mano de obra urgente. Como en Francia, en el Protectorado de Túnez formaron Compañías de Trabajadores con los españoles. En el campo de concentración de Meheri Zebbeus todos son enrolados, a la fuerza y bajo escolta, al servicio del Estado francés. Unos 50 especialistas son mandados al arsenal de Ferryville. Otros deben marchar al monte Chambi, cerca de Kasserine, para hacer de leñadores, durante un invierno frio y nevado. Otro grupo de 120 aproximadamente es mandado a Ghardimaou para ensanchar y arreglar una carretera, la “route nº6”, a pico y pala durante 10 horas de trabajo diario. Unos cuantos son mandados a trabajar como mineros en las minas de lignito en Cap Bon, al extremo este del país. Son enviados a cualquier sitio donde necesiten mano de obra gratuita: para limpiar cuadras llenas de chinches, para desenterrar una antigua presa a pico y pala, de peones para construir casas, de braceros en casas de colonos franceses.

Todos trabajan en condiciones muy duras: están alojados en tiendas de campaña del Ejército francés de África, los marabouts, por grupos de 10 ó 12 cuando estaban pensadas para seis soldados. Por colchones tienen el suelo que cubren con ramas, haga frio o calor. Trabajan “por un plato de sopa con grasa y algunos huesos de camellos”. Muchos van descalzos.

Pero, con todo, los que peor lo pasaron fueron los del “grupo de Gabès”. En septiembre de 1939, en el campo de Meheri Zebbeus las autoridades seleccionaron unos 270 ó 290 marinos. Son los “indeseables” o sea los rebeldes, los protestones, los indomables, los comunistas, los anarquistas. Este grupo forma la 7.ª Compañía de Trabajadores Extranjeros, anexionada al 1er Batallón de Infantería Ligera, conocido por ser un batallón disciplinario compuesto por personas que han cometido delitos o faltas graves en la vida civil o en el Ejército. Son los temidos batallones africanos de castigo.

“[Nos llevaron] al sur de Túnez, al desierto de Gabès en tren como borregos, custodiados por senegaleses que no nos dejaban ni asomarnos al exterior, hasta la ciudad de Gabès, y de allí, como no había más vías de ferrocarril, nos embarcaron en camiones hasta el desierto de Gabès […] lo pasamos muy mal. Aquello era un verdadero infierno”.

Prácticamente en diciembre de 1939 no queda nadie en Meheri Zebbeus y el campo cierra. Ya todos los marinos están “colocados”. Para coordinar y servir de enlace entre los “obreros” y las autoridades francesas en Túnez se abre en la capital un “Service Central des Travailleurs Espagnols”, que los españoles llaman la Casa de España. Al frente se encuentra el capitán de fragata Julián Sánchez de Erostarbe, ex-jefe del Estado Mayor Central de la Armada, que ha venido desde Francia donde había marchado al exilio.

El capitán de corbeta, Julián Sánchez Erostarbe

En junio de 1940, la firma del armisticio entre Francia y Alemania constituye un nuevo giro en la situación de los refugiados españoles. Otros campos, otros avatares esperan aún a los marinos republicanos.

Fuentes:

Centre des Archives diplomatiques de Nantes (CADN). Fonds de la résidence française en Tunisie. 1º versement. Articles 2186-2187.

Testimonios:

marinos Manuel Pedreiro Pita, Juan Ponte Paseiro, Rafael Dasí Navarro, Felipe Noguerol Otero, José Fernández Navarro.

Bibliografía:

ALEYA SGHAIER, Amira, “Les réfugiés espagnols républicains en Tunisie en 1939” in Le mouvement social n°181, 4/1997, p. 31-52 ; Alpert, Michael, La guerra civil española en el mar, Madrid, Siglo XXI, 1987;

EGEA BRUNO, Pedro María, La represión franquista en Cartagena (1939-1945), Cartagena: P.M. Egea, Novograf, 1987;

FERNÁNDEZ DÍAZ Victoria, El Exilio de los marinos republicanos, Valencia: Universitat de València, 2009;

GAFSI, Abdelhakîm, “La situación de los refugiados españoles en Túnez entre el 4 de febrero de 1939 y el 18 de julio de 1940, según unos documentos de archivos del Gobierno tunecino” in Almenara, vol. 10, Madrid 1976-1977, p. 94;

SANTIAGO Lucio y otros, Internamiento y resistencia de los Republicanos españoles en África del Norte durante la segunda guerra Mundial, Sant Cugat del Vallès (Barcelona): autoedición, 1981;

YAZIDI, Bechir, El exilio republicano en Túnez, Ferrol: Editorial Embora, 2008

viernes, 25 de septiembre de 2026

"Mi dinero, mejor en mi bolsillo"

"No quiero abolir el gobierno. Simplemente quiero reducirlo a un tamaño tal que pueda arrastrarlo al baño y ahogarlo en la bañera."

Esto lo decía un tal Grover Norquist, con ese peculiar gracejo que caracteriza a la derecha cruel (disculpad la redundancia). Naturalmente, en la bañera no cabrían los gordos reyes de la baraja que son los departamentos de exteriores, interior, defensa y justicia. ¡Todo lo contrario! Una vez difunto el Estado de medio estar, los "Ministerios de la Porra" se han de volver cada vez más testosterónicos y musculosos para resistir la inevitable rebelión de los excluidos.

El Estado se sostiene con recursos extraídos de actividades productivas. Impuestos que necesariamente proceden del beneficio del capital o de la aportación de los trabajadores.

En la nómina de los asalariados figura lo cobrado realmente y lo que el Estado descuenta como impuesto. La deducción inmediata es que si el impuesto baja, el ingreso sube.

¡Torpe ecuación! También podemos hacer otra: para un ingreso público constante, si los impuestos sobre el beneficio del capital suben, podrán bajar los impuestos sobre las rentas del trabajo.

Y podemos hacer otra más: si con esos impuestos se disminuye lo dedicado a los "Ministerios de la Porra", se podría aumentar la financiación del "Estado de Estar Mejor".

La cuestión, por lo tanto, no es tanto subir o bajar los impuestos, sino distribuirlos de otra forma. Tanto entre las fuentes de ingresos, capital y trabajo, como en los gastos, sociales o militar-represivos.

Porque ese dinero que "está mejor en tu bolsillo" se irá por el desagüe en forma de gastos que ahora no tienes y que engordarán a quienes especulan con tus necesidades.


Marta Trenzano
15/09/2026

Varias personas son atendidas en la Agencia Tributaria para presentar la declaración de la renta en una imagen de archivo. Carlos Luján / Europa Press

Hay un momento en la vida adulta que tiene algo de rito de iniciación: recibir la primera nómina. Uno mira lo que ha ganado, después lo que finalmente ingresa en su cuenta y descubre una distancia entre ambas cifras. Es fácil entender lo que ocurre a continuación. Basta abrir TikTok, Instagram o X para encontrar a alguien dispuesto a explicarlo en treinta segundos: esto es lo que has trabajado, esto es lo que has ganado y esto es lo que el Estado se ha quedado. La cuenta es sencilla y, precisamente por eso, poderosa. Lo que casi nunca aparece en ese vídeo es la otra cuenta.

Porque cuando alguien recibe su primera nómina, su relación económica con el Estado no acaba de empezar. Lleva probablemente veinte o veinticinco años viviendo dentro de una arquitectura colectiva que ha hecho posible, entre otras muchas cosas, que llegue hasta esa nómina. Nació en un hospital, tuvo pediatra, vacunas, profesores, colegios, calles iluminadas, policía y bomberos. Quizá recibió una beca o alguna vez una ambulancia acudió cuando alguien de su familia la necesitó.

Nada de eso figura en la nómina. Sí aparece, perfectamente detallado, lo que aportamos, pero no existe una casilla que contabilice lo que hemos recibido antes de empezar a contribuir ni todo aquello que seguirá estando ahí si mañana lo necesitamos. Tal vez una parte del problema empiece precisamente en esa asimetría.

Los últimos barómetros fiscales muestran una creciente desafección entre los jóvenes y una parte significativa considera que viviríamos mejor sin impuestos. La reacción más fácil sería atribuirlo al egoísmo o a la falta de conciencia cívica. Sería también la menos útil. Antes de juzgar a una generación convendría preguntarse qué experiencia concreta está teniendo del contrato social que le pedimos sostener.

Hay motivos para el malestar. Estamos pidiendo confianza institucional a jóvenes que han estudiado más que sus padres, pero tardan más en emanciparse; que trabajan y, aun así, no pueden pagar una vivienda; que observan cómo tener un empleo ya no garantiza construir un proyecto de vida. Responderles que deberían estar agradecidos porque existen hospitales y colegios sería no haber entendido la profundidad del problema.

Reconocer esa frustración, sin embargo, no obliga a aceptar todas las respuestas que se ofrecen para explicarla. Y hay una que merece ser discutida: la idea de que los impuestos son esencialmente dinero que alguien nos arrebata y que, si desaparecieran, permanecería tranquilamente en nuestros bolsillos.

Imaginemos que mañana eliminamos los impuestos. Solo tendríamos que esperar a que empezaran a llegar las facturas. Porque no desaparecería el coste de educar a un niño, de una operación, de una carretera, de cuidar a una persona dependiente, de formar a un médico, de apagar un incendio o de proteger a alguien cuando pierde su empleo.

Nada de eso se vuelve gratuito cuando desaparece un impuesto. Solo cambia quién lo paga, cómo lo paga y, sobre todo, qué ocurre con quien no puede pagarlo.

Ahí está probablemente el equívoco fundamental. La alternativa a los impuestos no consiste en conservar intacto nuestro dinero, sino en sustituir una parte de la financiación colectiva por muchas más facturas privadas. Y, vista así, la discusión deja de ser exclusivamente económica para convertirse también en una discusión sobre libertad.

Durante demasiado tiempo, quienes defendemos el Estado del bienestar hemos explicado la fiscalidad fundamentalmente desde la solidaridad. Pagamos entre todos porque vivimos juntos y debemos contribuir al sostenimiento de una sociedad común. Es verdad, pero quizá hemos dejado en segundo plano otro argumento todavía más poderoso: lo público no solo reduce desigualdades; también amplía libertades.

Una buena educación pública significa que la cuenta corriente de tus padres condiciona menos hasta dónde puedes llegar. Una sanidad pública, que enfermar no tiene por qué convertirse en una catástrofe económica. Una beca permite que alguien nacido en una familia humilde pueda tomar decisiones que, de otro modo, quedarían reservadas a quien nació con patrimonio. Una prestación por desempleo proporciona tiempo y margen de elección a quien pierde su trabajo. Una escuela infantil accesible amplía las posibilidades de trabajar, tener hijos y organizar la propia vida.

Todo eso también es libertad.

Existe, sin embargo, otra libertad menos espectacular y mucho más determinante: que nuestra existencia no dependa completamente del dinero que tenemos.

El Estado del bienestar es, entre otras cosas, una infraestructura construida para ampliar ese espacio de autonomía personal. No pretende que todos vivamos igual, ganemos lo mismo o desaparezcan el mérito, el esfuerzo y la responsabilidad individual. Lo que una sociedad democrática puede decidir es que existen determinadas cosas demasiado importantes para que el tamaño de nuestra cartera determine por completo nuestro acceso a ellas.

Que, si dos niños tienen el mismo talento, el patrimonio de sus padres no debería decidir cuál de los dos puede desarrollarlo. Que, si dos personas padecen la misma enfermedad, su cuenta bancaria no debería determinar cuál recibe tratamiento. Que nacer en una familia pobre puede condicionar muchas cosas, pero no debería escribir de antemano nuestra biografía.

Sostener ese principio requiere recursos. Y precisamente por eso existe una obligación política que no deberíamos eludir: discutir no solo cuánto recaudamos, sino cómo recaudamos y qué hacemos con cada euro.

Defender la fiscalidad no significa defender cualquier impuesto, cualquier gasto ni cualquier Administración. El dinero público exige más rigor, no menos, porque no pertenece a quien lo gestiona. Combatir el despilfarro, exigir eficiencia y perseguir el fraude no son concesiones al discurso antiimpuestos, sino condiciones necesarias para que un sistema fiscal pueda ser defendido.

Hay además otra condición imprescindible: la justicia. Cuando muchos ciudadanos consideran que los impuestos no se pagan de manera justa porque quienes más tienen no contribuyen suficientemente, el problema no se resuelve con campañas para explicar las bondades de Hacienda, sino haciendo el sistema más justo.

La pregunta verdaderamente política nunca ha sido simplemente cuánto pagamos, sino quién paga, cuánto paga, qué capacidad tiene para hacerlo y qué sociedad construimos con lo recaudado. La progresividad fiscal parte de una intuición sencilla: mil euros no significan lo mismo para quien gana 20.000 al año que para quien gana 200.000. Exigir un esfuerzo acorde con las posibilidades de cada uno responde a una idea de justicia más profunda que la mera igualdad aritmética.

Y aquí aparece una paradoja. El discurso contra los impuestos suele presentarse como una rebelión contra un Estado que invade la vida de los individuos. Pero imaginemos una sociedad en la que cada uno tuviera que comprarse individualmente aquello que necesita. ¿Quién estaría mejor preparado para vivir en ella?

Probablemente no el joven que cobra 1.300 euros y paga un alquiler. Quien posee un gran patrimonio puede comprar educación, sanidad, seguridad, cuidados y oportunidades. Quien no dispone de él necesita instituciones capaces de garantizar que determinadas oportunidades no estén en venta al mejor postor.

Por eso, cuando alguien nos proponga una sociedad en la que "cada uno se pague lo suyo", quizá convendría preguntarse cuánto tiene nuestra familia antes de celebrarlo. Hay algo profundamente paradójico en presentar como liberación un modelo en el que nuestra libertad dependería todavía más del patrimonio con el que nacimos.

Nada de esto significa que los jóvenes deban aceptar sin más el contrato social que han heredado. Al contrario. Si una generación contribuye al sostenimiento de una sociedad, pero no puede acceder a una vivienda, emanciparse o imaginar razonablemente que vivirá mejor dentro de diez años, tiene pleno derecho a cuestionarlo.

La respuesta no puede consistir en pedirle paciencia, sino en renovar ese contrato para que vuelva a ser creíble también para quien hoy tiene veinte o treinta años.

Quizá la gran tarea de nuestro tiempo no sea convencer a los jóvenes de que pagar impuestos es bueno. La tarea es construir una sociedad en la que contribuir tenga sentido porque el esfuerzo se reparte con justicia y porque lo común devuelve algo mucho más importante que una suma contable: capacidad real para decidir sobre la propia vida.

Una sociedad que pida más a quien más puede aportar, que sea implacable con quien defrauda, que gestione cada euro con rigor y que garantice que algunas de las decisiones más importantes de nuestra existencia dependan de nosotros mismos y no del patrimonio de nuestros padres.

Esa es la parte que desaparece cuando reducimos toda la conversación a una nómina.

Por supuesto que tenemos derecho a mirar cuánto aportamos. Debemos hacerlo. Pero después convendría mirar también qué riesgos compartimos, qué oportunidades hemos recibido y qué queremos que siga estando disponible para cualquiera cuando lo necesite.

Tal vez entonces descubramos que la pregunta verdaderamente interesante no es cuánto dinero queremos que el Estado deje en nuestro bolsillo, sino qué parte de nuestra libertad queremos tener que comprar solos y qué parte queremos garantizar entre todos.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

De Abuso en Abuso

"El jefe implacable que tú quieres ser". Ahí está la clave. El señuelo que te vuelve admirador de quien te exprime es la vana ambición de llegar a ser como él.

Algún amigo comprensivo y torpemente sincero se confiesa: "es mi modelo; yo en su lugar y con sus oportunidades haría lo mismo". Pues espera sentado.

Sin duda, muchos que deben al podrido sistema su prosperidad votan así. Son muchos más los que no le deben nada pero admiran su castiza desfachatez. Y luego están los que todavía creen que el ascensor social parará en su piso si se portan bien.

El nada improbable caso que se narra en este artículo, cargado de ironía y de verdad, bastará al buen entendedor para esforzarse en salir de esta pesadilla política.

Recordemos que todo empezó en esta maltrecha comunidad hace casi un cuarto de siglo. Y encadenando castizas y chulapas sigue su victoriosa trayectoria.


¿Cómo no vas a votar a Ayuso?

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en el Hospital Universitario Ramón y Cajal, a 23 de junio de 2026. EUROPA PRESS / GABRIEL LUENGAS











Madrid es una fiesta y la disfruta la región entera. Todos y todas tenemos en esta comunidad los mismos derechos, incluida la vivienda digna y, por supuesto, es ejemplar la gestión de los cuatro pilares del Estado del bienestar que dicen garantizar la Constitución y el Estado de Derecho en España, cuya bandera se expone orgullosa en tantos balcones felices, o así se entiende: educación, sanidad, pensiones (Seguridad Social) y atención a la dependencia, entre otros servicios sociales, todo cubierto con creces. Solo la inmensa bajeza de unos pocos —cada vez mayor, empezando por el Gobierno de Pedro Sánchez, que de tanta envidia, le come la caca, como decía uno de Lugo— puede criticar al Ejecutivo de Isabel Díaz Ayuso por su gestión en la Comunidad de Madrid. ¿Qué más queremos quienes aquí vivimos y que nunca agradecemos bastante?

Lo tenemos todo los y las madrileñas, otra cosa es que podamos pagarlo, o directamente, no sepamos si podemos pagarlo o no porque es mejor que hagamos un ejercicio de fe en Ayuso, que bien lo merece. Una presidenta autonómica que compra con tu dinero un ático de más de 6 millones enfrente de la casa de mamá (que tampoco es de mamá, sino de Ayuso en nuda propiedad), en uno de los barrios nobles de la capital, con 200 metros de terraza y en un edificio señorial habitado por gente con la que a la presidenta de la Comunidad de Madrid le encanta codearse y babearse (pobre, si yo le contara... ) es una presidenta ejemplar. Porque te manda un mensaje nítido: quiere lo mismo para ti, madrileño entregado/a, y eso de que vivas en una habitación en Villaverde por 400 euros va a cambiar con Ayuso y lo sabes. La presidenta te ha mandado la señal definitiva de su entrega con el ático, cuando decidió venderlo para dar el dinero a los pueblos afectados por ese incendio terrible; generosidad nivel diosa. Y por eso te cubres feliz con la rojigualda por la noche, cuando no te da la mierda de sueldo que te paga ese crack de empresario sin piedad que tú quieres ser para poner una estufa (no hay calefacción en el edificio) o para comprarte un ventilador en verano.

Y ahora te duele la tripa. Llevas tiempo con ese dolor y va empeorando, tanto te tortura que pensar en el aticazo que Ayuso también tiene preparado para ti ya no te alivia nada. Y tu jefe, ese crack de empresario sin piedad que patrocina "algo" de la Fórmula 1 en tu Madrid del alma y necesita que trabajes mucho para estar ahí ("¡Qué tío!"), o eso dice, no te va a dejar ir al médico ni desangrándote. Y hace bien, cuidado, todo el mundo se inventaría un dolor como el tuyo para escaquearse del trabajo si el fenómeno permitiera ausentarse del curro a sus empleados. Tendrás que escaparte en algún hueco, seguro que un compañero te cubre, para que te den un ibuprofeno y listo.

El centro de atención primaria de tu barrio está desbordado, y además, te han dicho que no tiene médicos siquiera y tú quieres una solución rápida, así que te vas a las Urgencias del hospital más cercano, que ahí te dan la receta para lo tuyo en un minuto y te largas. No contabas con tanta gente y las horas y horas de espera; y tu compañero cubriéndote, pero claro, el jefe implacable que tú quieres ser se va a dar cuenta de que faltas porque le sobran los dedos de las manos para contaros a los que hacéis el trabajo de 30 personas. Y tu compañero te va a apoyar lo justo, porque él tiene dos niños pequeños y no se puede permitir perder el curro, que está sin papeles aunque era policía en El Salvador y lo tenían amenazado de muerte; por eso no le han hecho contrato, lógicamente. Y sigues esperando en Urgencias porque te duele mucho la tripa y ya te resignas a comerte una bronca (merecida, claro) o a perder el puesto.

Es tu turno, y sí, te dan ibuprofeno del fuerte, pero hay que hacerte pruebas, porque parece que pinta fea la cosa. Te dan cita para dentro de un mes con el médico internista... "¿Un mes con este dolor?", piensas aterrado. Por suerte, el Enantyum recetado (y los porros) te va aliviando ese dolor y ya casi te estás acostumbrado a él cuando pasa el mes y no te llaman, y dos meses, y hasta tres. "No será grave, entonces, pero es muy molesto", admites rezando por que te llamen de una p*** vez. Dicen que la sanidad pública española, sobre todo en el Madrid de Ayuso, es la mejor del mundo y que no te van a dejar caer. Y te llaman ("¿Ves?") a los cinco meses (150 días después), porque efectivamente, lo tuyo no era grave y los jefazos de ese hospital de prestigio —ese tipo de jefe que tú quieres ser— decidieron posponerlo para que a la presidenta de la Comunidad le cuadren los números en la gestión sanitaria y pueda seguir gobernando, faltaría más. La pena es que te dicen que te ha salido otra cosita en el intestino grueso mientras esperabas esos meses doloridos a que te hicieran las pruebas del estómago. "¡Qué mala suerte, joder!". Y ahora toca operar, maldita sea, aunque te dicen que eso sí que va rápido: en un mes o así, estarás en quirófano. Ya se encarga Ayuso de eso, ¿cómo no vas a votarla?

martes, 22 de septiembre de 2026

Viaje a ninguna parte

En las recientes elecciones regionales alemanas, muchos añoraban la seguridad económica del desaparecido estado socialista, pero a la vez justificaban su voto a la ultraderecha en nombre de la "seguridad". Una  ultraderecha cuyo programa económico neoliberal barrerá lo que queda de ese estado del bienestar socialista que echan de menos.

El cambio climático es una de las causas que empujan a poblaciones enteras del sur hacia el norte, pero muchos que se consideran perjudicados por esa invasión niegan que exista el cambio climático. Negando las causas (y no es esta la única, desde luego), se centran en luchar contra los efectos.

Estas incongruencias son fruto de la falta de análisis global que fomentan los dueños de los medios más influyentes, los mismos que controlan las redes sociales. Extienden miedos irracionales y los dirigen contra los efectos de lo que ellos causan.

Ante todo extienden una falsa promesa de "seguridad". Ponen el foco de la inseguridad en determinados grupos, los más indefensos. Hoy son los migrantes, mañana pueden ser otros, según soplen los vientos. ¿Qué seguridad real puede ofrecer un tipo que planea su huída del planeta de los simios para instalarse en un paradisíaco Marte convenientemente terraformado?

Mientras tanto nos vamos acostumbrando a lo horrible. Quienes están prestos a deshumanizar a los inmigrantes, a cazarlos como alimañas, no harán ascos a hacer lo mismo con feministas, personas LGTBI+, socialistas, comunistas, ecologistas...

¡Pero si ya lo estamos viendo!

En ellos radica la verdadera inseguridad, pareja a la inseguridad planetaria, que nos aboca a una probable extinción de continuar esta tendencia del capital a acumular la riqueza, obtenida cada vez con más dificultad, en cada vez menos manos. A sus detentadores les sobra todo aquel a quien ya no es posible, ni rentable, explotar.

La ultraderecha y la solución final

Se habla ya y sin tapujos de cazar migrantes, de meterlos en campos de concentración o de disparar a matar a aquellos que intenten cruzar la frontera.

17 sep 2026

El presidente Donald Trump y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, conversan durante un receso en la cumbre del G7, el lunes 16 de junio de 2025, en Kananaskis, Alberta, Canadá. (Foto oficial de la Casa Blanca por Daniel Torok)













En el icónico libro La doctrina del shock, la autora canadiense Naomi Klein denunciaba cómo el capitalismo neoliberal se alimenta de los desastres naturales, de la guerra y del terror para establecer su dominio ideológico e incrementar el poder de aquellos que se benefician del sistema. Este libro fue escrito en el contexto del 11-S y la invasión del gobierno estadounidense de George W. Bush en Iraq y trataba de explicar cómo el terrorismo se había convertido en el concepto idóneo que justificaba cualquier decisión gubernamental por muy impopular que fuera aprovechando que la población estaba en un estado vulnerable de shock.

El terrorismo era entonces un enemigo abstracto que podía actuar en cualquier momento, siempre latente y omnipresente, cuyo poder era precisamente su condición conceptual etérea en tanto que carente de tangibilidad física y, por ello, imposible de vencer. En definitiva, el enemigo era, a pesar de la retórica bélica, invencible y por eso mismo resultó tan útil: la guerra contra el terror sirvió como artefacto que atraía la atención de los ciudadanos para, en último término, alcanzar unos fines muy específicos para el sistema y que acababa por facilitar el funcionamiento de unos mecanismos de asimilación social que sus defensores políticos supieron aprovechar para cosechar éxitos electorales, reducir derechos y acometer profundas reformas económicas.

Los procesos migratorios se van a seguir dando a lo largo y ancho del mundo, principalmente y como viene siendo habitual, desde el Sur Global hacia el Norte

El libro fue escrito hace casi dos décadas, pero resulta muy conveniente hoy para hablar de la crisis migratoria y cómo se aborda el fenómeno de la migración desde una perspectiva que contiene evidentes ecos y, sobre todo, a través de unos mecanismos de manipulación mediática y tecnológica avanzada que están resultando muy efectivos para moldear el imaginario colectivo. Los procesos migratorios se van a seguir dando a lo largo y ancho del mundo, principalmente y como viene siendo habitual, desde el Sur Global hacia el Norte, y es algo que los expertos coinciden en que se agravará con el paso del tiempo en tanto que las brechas de desigualdad se siguen ensanchando internamente en los países de origen, así como el cambio climático y sus consecuencias van a seguir forzando la creciente migración climática. Puede parecer una paradoja que aquellos partidos que basan sus argumentarios políticos en la lucha contra la inmigración son también aquellos que se declaran negacionistas climáticos y que, con total seguridad, los desastres naturales y los problemas de acceso a recursos de primera necesidad asociados a este fenómeno derivarán en un aumento significativo de las corrientes migratorias.

El problema, por lo tanto, parece que va a seguir estando ahí, por mucho que todos estos partidos que hacen de la lucha contra la inmigración su bandera política, principalmente desde la derecha tradicional y, por supuesto, desde la ultraderecha, busquen la implementación de políticas ultranacionalistas y segregadoras. Tomando como ejemplo los mecanismos que Naomi Klein analizaba en su libro se podría concluir que el complejo fenómeno migratorio resulta extremadamente conveniente para los fines racistas de los ultras: la inmigración supone un elemento creciente y sostenido en el tiempo, un enemigo imposible de derrotar y que les provee de un catalizador político lo suficientemente potente como para hacerles llegar al poder y ejecutar su agenda económica, aquella que facilita a los multimillonarios capitalistas a acumular más riquezas y que, a su vez, empobrece y suprime derechos a la clase trabajadora.

La estrategia de deshumanización previa de la inmigración ha sido uno de los factores clave que les ha brindado la cortina política perfecta para poner sobre la mesa medidas que proponen reducir el bienestar general y restringir derechos de la mayoría social

La internacional fascista liderada por Donald Trump, defendida y financiada por la clase multimillonaria, a través de sus filiales políticas en el mundo, ha logrado penetrar en las democracias a través de un mensaje xenófobo y racista contra la inmigración que a tenor de los resultados electorales está siendo muy efectivo para hacerse poco a poco con las instituciones de los países donde actúa. Cabe puntualizar que esto no sería posible sin esa gran inversión económica previa que facilita la inclusión de mensajes ultras en los medios de comunicación, que hace de la manipulación su modus operandi para generar confusión y que disemina el odio en las redes sociales valiéndose del uso de algoritmos para monitorizar, predecir y rentabilizar las emociones humanas por medio de la polarización e instrumentalización del miedo. Sin duda, la estrategia de deshumanización previa de la inmigración ha sido uno de los factores clave que les ha brindado la cortina política perfecta para poner sobre la mesa medidas que proponen reducir el bienestar general y restringir derechos de la mayoría social.

Así sucede que, una vez estos partidos se hacen con el poder en sus respectivos territorios y ante un fenómeno que no presenta ningún viso de solución, solo pueden permitirse hacer una cosa al respecto: seguir alimentando el estado de terror general que tanto les beneficia. Frente a la supuesta amenaza migratoria aumentar la apuesta es la única forma de lograr mantenerse en el poder. El caso de Italia es un ejemplo paradigmático de ello.

Como es sabido, la ultraderechista Georgia Meloni, del partido posfascista Fratelli d’Italia se alzó con el poder con un duro discurso anti-inmigración pero, en los últimos meses y, como era de esperar, sin poder darle una solución sencilla a un fenómeno con complicadas aristas, ha sido testigo de cómo un nuevo partido ultraderechista llamado Futuro Nazionale (FN) impulsado por el ex legista y retirado general Roberto Vannacci, está empezando a canibalizar el espacio de la derecha y a disputar la estrategia ultra con visos de incluso complicarle la continuidad en el poder. Para ello, Vannacci ha ido un paso más allá en la deshumanización del inmigrante, así como de todo colectivo que no defienda sus tesis racistas, misóginas, homófobas y, como no podía ser de otra manera, profundamente neoliberales y anti-comunistas. Vannacci, ahora sí, parece tener la solución a los problemas de los italianos e italianas: solo se trataba de cruzar más líneas rojas y amenazar con convertir en cenizas cualquiera avance social del último siglo.

Así, en esta polarización de un nosotros nacional frente a un ellos externo, es decir, la amenaza latente del migrante automáticamente identificado como criminal y violador, solo cabe el in crescendo deshumanizante y el avance ininterrumpido en una carrera política sin control que va negando derechos humanos básicos por el hecho de ser simplemente una persona migrante. Agitar el miedo resulta en una baza electoral exitosa, así que no parece haber motivaciones suficientes para dejar de emplear esta estrategia. Ahora bien, la pregunta que más debería de inquietar sería la de hasta dónde son capaces de llegar estas ultraderechas en el proceso deshumanizante del migrante.

Muchos votantes encuentran enormes dificultades para unir la línea de puntos que conduce al empeoramiento del bienestar y el encarecimiento de la vida actual exactamente con las políticas neoliberales que los partidos ultras defienden a ultranza

Cuando eliminarles el acceso a servicios básicos, segregarles en espacios públicos y denegarles ayudas resulten ya insuficientes, ¿qué es lo que vendrá después? Mientras todo este hipotético escenario parece acercarse a pasos acelerados, no hay duda de que se seguirán escuchando los sobreactuados gritos desbordantes de rabia de todos esos voceros ultraderechistas a sueldo que pululan por las redes y los medios de comunicación y que, como no puede ser de otra manera, emplean la migración como chivo expiatorio para explicar el origen de los crecientes problemas de precariedad material que sufre la gente. Sorprendentemente, muchos votantes encuentran enormes dificultades para unir la línea de puntos que conduce al empeoramiento del bienestar y el encarecimiento de la vida actual exactamente con las políticas neoliberales que los partidos ultras defienden a ultranza y que los partidos tradicionales, tanto conservadores democristianos como socialdemócratas han ejecutado en las últimas décadas.

Solo hace falta ver lo que ha sucedido en el Bundesland alemán de Sajonia-Anhalt donde a buena parte de la población a la que se le preguntaba por la coyuntura sociopolítica de cara a las recientes elecciones regionales, aludían a que echaban de menos la seguridad económica que brindaba el socialismo de la extinta República Democrática Alemana (RDA) a la par que, por esa misma razón, justificaban su voto a los ultraderechistas de Alternative für Deutschland (AfD) cuyo programa económico es profundamente neoliberal y sus políticas son totalmente contrarias a las que facilitaron ese estado del bienestar socialista que tanto anhelan. A veces cuesta entender si vivimos en entornos tan intelectualmente precarizados y manipulados que incluso algo tan evidente y aparentemente sencillo de entender como esto hace que resulte también complicado de explicar y, por ello, añada más complejidad para abordar las estrategias de todas aquellas posiciones antagónicas que una vez tras otra acaban inmersas en frustrantes y continuadas derrotas.

La táctica de las ultraderechas mundiales no es otra que la de desvirtuar todo debate político, confundir al votante por medio de la manipulación y las mentiras y, con ellas, llenar de desconfianza y miedos a la sociedad

Con todo, cabe recordar que la táctica de las ultraderechas mundiales no es otra que la de desvirtuar todo debate político, confundir al votante por medio de la manipulación y las mentiras y, con ellas, llenar de desconfianza y miedos a la sociedad. Solo entonces, cuando el momento de shock general les facilite la idoneidad coyuntural, acabarán haciéndose con el poder y podrán poner en práctica todos los paquetes de reformas económicas y cercenamiento de derechos que contienen sus programas. No hay que obviar que es este y no otro el fin último de sus inversores y mecenas multimillonarios, así como de sus aliados internacionales, con Trump y el gobierno israelí de Netanyahu a la cabeza.

Cuando el discurso de la migración consigue inundar todo el debate, este acaba viciándose y, con ello, se logra obnubilar el criterio y apartar el problema central de la cuestión de la clase como eje central de la contienda política. En España, donde a diferencia de otros países como Italia, Reino Unido o Francia que desayunan, comen y cenan con debates televisivos sobre la cuestión migratoria desde hace años —y de aquellos polvos estos lodos—, parecía que se estaba logrando esquivar los repetidos intentos ultras de poner la inmigración sobre la mesa, pero parece que finalmente ha acabado cediendo ante la presión: los niveles de deshumanización de los discursos vertidos en los medios en la actual crisis de Ceuta es una fehaciente prueba de la rápida velocidad con la que avanza la estrategia ultra para controlar la agenda mediática y dirigir a placer el discurso hacia sus fines.

Se habla ya y sin tapujos de cazar migrantes, de meterles en campos de concentración o de disparar a matar a aquellos que intenten cruzar la frontera. Desgraciadamente y, en la medida en que avanza la ola ultra en todo el mundo, parece que estamos cada vez más cerca de alcanzar la cima, es decir, de que llegue ese momento en el que ya no queden más derechos humanos que negar y se acabe por proponer una solución final para este problema. No sería algo novedoso en nuestra historia reciente y todos sabemos ya a qué caminos conduce el fascismo más pronto que tarde. Por supuesto, cuando los verdaderos problemas sigan estando ahí, habrá una solución que aguarda también a todos aquellos que puedan ser culpabilizados de que nuestras vidas sigan siendo miserables y, por lo tanto, susceptibles de ser declarados enemigos corriendo la misma suerte que el demonizado inmigrante: feministas, personas LGTBI+, socialistas, comunistas, ecologistas…

Por eso, llegados a este punto conviene tener presente que, realmente, el enemigo nunca es el migrante per se, sino más bien la coartada estratégica discursiva que les permite hacerse con el poder institucional. El enemigo es y será siempre aquellos que defienden los derechos humanos y la democracia en tanto que desde una perspectiva socialista limitan el poder y los privilegios de aquellos ultrarricos que son los que se benefician de la degradación material de las mayorías sociales y abogan por hacer más difícil su cotidianeidad en pro de su beneficio individual. Otro tema sería analizar cómo en este presente-futuro al que nos abocamos donde la inteligencia artificial y empresas como Palantir empiezan ya a emplear sus herramientas de vigilancia masiva al servicio de esta ofensiva ultra, podrá la oposición social y política salir de esta encrucijada a tiempo, es decir, antes de acabar sucumbiendo ante la distopía fascista proyectada sobre todos nosotros.

«Imaginad ahora un hombre a quien, además de sus personas queridas, se le quiten la casa, las costumbres, los vestidos, todo, literalmente todo lo que posee: será un hombre vacío, reducido a sufrimiento y necesidad, olvidado de la dignidad y del juicio, porque a quien lo ha perdido todo le ocurre fácilmente perderse a sí mismo». 

Primo Levi, Si esto es un hombre.

lunes, 21 de septiembre de 2026

La mala gente, ¿nace o se hace?

Como explica el artículo que dejo a continuación, ante comportamientos bárbaros hay diferentes actitudes. La "mala gente" los perpetra y hay quienes aplauden. Las "buenas gentes", en la mayoría de las ocasiones, callan y con ello otorgan, aunque sea por no enemistarse con amigos y parientes. Pero a veces también son capaces de rebelarse contra injusticias y atrocidades.

Cuando nace una criatura, ¿a quién se le ocurre imaginar que "tal vez" pueda llegar a ser una mala persona? ¿Trae ya malos instintos, intenciones sádicas y crueles, o es el medio en que se desarrolla quien lo convierte en lo que llegará a ser?

Innatistas y empiristas discuten sobre la teoría de la tabula rasa, ese "libro en blanco" con que venimos al mundo. Aunque ese libro todavía no esté escrito contiene capacidades, sentidos e instintos que permiten aprender de la experiencia. El libro, la pluma y el tintero vienen conmigo; lo que yo escriba en él y quien pueda dictármelo ya es otra cosa.

Importantísimos factores son la estructura social y el sistema de relaciones que nos moldea. La educación lo es (casi) todo, pero no debe confundirse con la escuela: not in schola, sed in vita discimur. Falsa dicotomía, porque la escuela es solo parte, pero parte importante, de la vida.

Una pedagogía antifascista debería empezar muy pronto, en edad preescolar, para continuar en toda la cadena del aprendizaje. Los más pequeños tendrían que aprender a cooperar antes que a competir, a lograr lo mejor para todos frente al paramimismo (con esta letra alternativa para aquella zarzuela):

Caballero de Gracia me llaman
y efectivamente soy así,
pues practico de manera llana
la sabia doctrina de San Paramí...

No es la escuela una panacea frente al egocentrismo individual o de grupo, pero de algo debe servir, sobre todo para articular mayorías activas que se enfrenten el matonismo,

La clave para esa educación temprana: no explotes a otro, pero no te dejes explotar, no sometas a otro ni te dejes someter. Respeto y colaboración.

Como nos recuerda Antonio Machado, hay "mala gente que camina y va apestando la tierra", pero también "buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan", y que si se activan pueden evitar el desastre anunciado:

He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.

En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,

y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.

Mala gente que camina
y va apestando la tierra...

Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,

y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.

 



17/09/2026

Fotomontaje con fragmentos del vídeo en el que un grupo ultra agrede a dos militantes. Público / Nortes













En la madrugada del pasado 11 de septiembre, durante el inicio de las fiestas de San Mateo en Uviéu, un grupo de ocho energúmenos atacaron y les dieron una paliza brutal a dos voluntarios de AMA Asturies, Rubén Rosón, antiguo concejal de Somos, y Jorge Fernández, cuando estos intentaron evitar que los aprendices de matones vandalizaran y arrancaran la bandera arcoíris de la caseta de la asociación. Lo hicieron además al grito de consignas racistas y homófobas y, sobre todo, al de “Arriba España”. Esa España que les sirve algunos como excusa para darte una bofetada, una patada en la cabeza cuando yaces inconsciente en el suelo o fusilarte y enterrarte en una zanja. Esa España pequeña con olor a naftalina en la que solo caben ellos. Esa España en la que sobramos más de la mitad de los españoles.

Podríamos hacernos los tontos y decir que esta agresión llegó de la nada. Que nos pilló por sorpresa. Pero ya somos todos demasiado mayores para seguir haciéndonos trampas al solitario. Para seguir fingiendo. Porque el ambiente estaba más que caldeado de antemano. Pues apenas una semana antes se habían convocado manifestaciones que, con la excusa de la emergencia humanitaria de Ceuta, habían servido de coartada para dar rienda suelta al racismo, a la xenofobia y a los más bajos instintos de algunos de nuestros vecinos. Todo esto patrocinado por dos partidos políticos —PP y VOX— que aspiran a gobernarnos a todos, incluyendo a aquellas personas con un color de piel, una religión y una ideología distintos a las suyos.

Las plazas se llenaron de gente que ondeaban banderas de esa España que te echan a la cara como un insulto, de esa España que excluye y odia, junto con tipo de símbolos franquistas y de extrema derecha, de gritos racistas, de amenazas e insultos a periodistas y hasta de amagos de pogromos contra las personas migrantes —o simplemente con apariencia de serlo, aunque solo fuera una niña—. Una violencia física y verbal legitimada por la presencia nutrida en las marchas de numerosos representantes de la clase política de las derechas, incluyendo a alcaldes y alcaldesas, entre ellos la señora que rige mi ciudad, Xixón, o el regidor de Uviéu. Ya días antes, el diputado de Vox, José María Figaredo —como asturiana me veo en la obligación de pedir perdón por haber dejado que este tipo ridículo campe a sus anchas por el Congreso— había llamado a “cazar” a las personas que cruzaron la frontera en Ceuta. Seres humanos que de un plumazo se convirtieron en poco más que animales, en una plaga a eliminar a cualquier precio.

Acostumbrados a la deshumanización del migrante como parte del discurso político mainstream, y con la coartada de la emergencia y la excepcionalidad histórica a golpe sensacionalista de titular que apenas deja sitio a la reflexión, hemos normalizado una violencia que, como sociedad, debería resultarnos tan escandalosa como intolerable. Pero no es el caso. Y mientras unos señalan, los idiotas comienzan a actuar. Y lo hacen porque se sienten legitimados, pero no solo por quienes están sacando rédito político —y económico— de este odio inducido, sino por quienes les jalean —muchas veces amparados cobardemente en el anonimato— en redes o se apuntan a las listas del telegram donde campan a sus anchas la desinformación y el discurso de odio, esas personas que votan sin pestañear a quienes han puesto una diana en la espalda de las mujeres, el colectivo LGTBIQ+, las personas migrantes, la gente racializada o quienes profesan el islam, pensando estúpidamente que ese odio no se volverá contra ellos como un boomerang.

Pero esas personas no son una entelequia, ni un estereotipo de malo sacado de un telefilm, o unos monstruos. Sino que son algunos de nuestros vecinos, de nuestros amigos, de nuestros compañeros de trabajo, de gimnasio o familiares. Gente del barrio con la que te cruzas todos los días, personas a quienes saludas o sonríes amablemente, a quienes dejas pasar delante en la cola del súper porque solo llevan un par de cosas, esos colegas con quienes vas a tomar unas cañas de vez en cuando, o los primos a los que solo ves en celebraciones familiares, funerales o en Navidad. Gente aparentemente civilizada —incluso amable y cariñosa contigo— que en mitad de una comida dan rienda suelta a sus prejuicios sin pudor. Esos hombres y mujeres que ayudan a extender el odio y que hacen el trabajo sucio y cotidiano de normalizar el fascismo y que allanan el camino de los alcaldes que se disfrazan de abuelito bonachón a la vez que insinúan que algo habrán hecho los agredidos porque está seguro de que los matones son buenos chicos que tienen también derecho a dar su versión de los hechos. Esa gente corriente, de andar por casa, que banaliza el mal hasta que este se convierte en algo cotidiano. Aceptable.

Porque lo de Uviéu no sucedió de la nada, como tampoco lo hicieron Gaza, Auschwitz-Birkenau, Timor Oriental o Ruanda. Pues el odio y la violencia —de cualquier tipo— al diferente, al discordante, es el fruto de una lenta pero imparable campaña de deshumanización del otro, de aquel que disiente o no encaja en la norma, un desprecio que se extiende por toda la sociedad como una plaga gracias al silencio atronador de aquellos que no nos atrevemos a alzar la voz, a ser la nota discordante. Los que temen responder por no liarla más, por no aguarle la cena de Nochebuena a la abuela, por no contribuir a una polarización de la que no son responsables. Ese miedo, esa vergüenza o esa prudencia por no llamar la atención que mantiene nuestras bocas cerradas —aunque las mandíbulas y los puños estén apretados de indignación— ante el odio y los prejuicios, ante la bazofia que denigra y cosifica a otros seres humanos. Hasta que ese lenguaje y esos discursos de odio se transforman en hechos, se convierten en violencia física. Y es entonces cuando una sociedad empapada de rencor pasa de evitar que se entregue comida, agua y medicamentos a quienes han cruzado la frontera, a disparar perdigones contra la cabeza de un niño magrebí, o a incendiar los precarios campamentos que han levantado quienes no tienen nada, ni siquiera un techo, o a agredir a todo aquel que ose llevarles la contraria o censurar sus actos.

Sin embargo en Uviéu sucedió algo que se salió del guion al que estamos acostumbrados en los últimos años: una respuesta masiva y espontánea que desbordó a los convocantes y abarrotó la Plaza de la Catedral. Porque miles de personas de todas las edades y de distinto signo político abandonamos en una soleada tarde de sábado el derrotismo, el pesimismo existencial que arrastramos los demócratas desde el renacimiento del fascismo y el desánimo paralizante, para gritar no solo que ya valió, sino que no les tenemos miedo y que no nos van a volver a callar. Porque esta vez no vamos a caer en la trampa del ajedrez para dummies en la que pretenden atraparnos de nuevo los reaccionarios, ese juego amañado que consiste en tirar la piedra y esconder la mano para luego hacerse las víctimas y así obligarnos a callar, a volver al silencio.

Y es que callar, aunque solo sea por no armar un escándalo, ante el fascismo y ante la violencia inherente a él, nos convierte en cómplices. Pues de nada nos sirve ser buenas personas y tener decencia moral si permanecemos en silencio. Porque esa masa invisible y mayoritaria de buena gente, de demócratas, que observan entre el miedo y la incredulidad cómo una parte de nuestros vecinos se han dejado arrastrar por los más bajos instintos, seducidos por el malismo y el odio, ha de aprender de nuevo a hablar alto y claro, no solo con palabras, también con actos y, sobre todo, con sus votos. Solo así podremos recuperar la democracia, la convivencia y la amabilidad, esa misma amabilidá —en llingua asturiana— con la que se tejen los hilos con los que urdimos nuestra vida en la polis. Una amabilidad de la que pretende hacer gala una ciudad de Uviéu que aspira a convertirse en capital cultural europea mientras su alcalde justifica y da coartada moral y política a ocho energúmenos. A ocho violentos. A ocho fascistas. A ocho cobardes que no han conseguido callarnos.