viernes, 28 de agosto de 2026

La separación de vivienda, trabajo y ocio nos ha hecho depender del coche

Habitar, trabajar, recrearse... y circular.

¿Qué actividad humana no está comprendida en esta clasificación? El descanso, el ocio, la alimentación, el sueño, las tareas productivas en su sentido más amplio... En su ejercicio y para pasar de unas a otras es necesaria la movilidad.

Todas estas actividades se ejercen en algún lugar: espacios donde vivir y descansar, donde trabajar, espacios para el ocio o la diversión. Aunque algunos trabajen y descansen sin salir de la casa en que viven, lo habitual es que vivienda, trabajo y ocio se efectúen en lugares separados. Incluso dentro de la casa, salvo en la choza primitiva en que un solo espacio sirve para comer, dormir, cocinar, reunirse y aún efectuar ciertos trabajos, la vivienda se zonifica, separando esas funciones en espacios especializados, comunicados entre sí de forma más o menos satisfactoria.

En la primera mitad del siglo XX se desarrolla una arquitectura funcional y racionalista, el llamado movimiento moderno, muy preocupado por la correcta distribución y relación entre espacios en los edificios, pero también en la ciudad y en el territorio. La zonificación preconizada por la Carta de Atenas segregaba estas actividades de forma bastante rígida, como reacción ante el desorden que la revolución industrial había creado en las ciudades, incluyendo actividades molestas y peligrosas y una elevada contaminación ambiental. La preocupación sanitaria había sido decisiva en la Bauhaus. Su fundador, Walter Gropius, proponía la construcción en bloques paralelos, orientados al mediodía y separados por amplios espacios abiertos que permitieran el soleamiento de todas las viviendas.

Le Corbusier, por su parte, en su utópica Ville Radieuse, proponía grandes rascacielos, torres destinadas al comercio y la hostelería, separados de los barrios residenciales, todo ello en una trama rigurosamente geométrica en que solo el 15 % de la superficie estaba ocupada por edificios, destinando la mayor parte del resto a parques y jardines. Si bien nunca se construyó, su influencia fue grande en la redacción de la Carta de Atenas. Sus formas, que no su intención, están presentes a día de hoy.

Desde el principio, la pieza clave de este urbanismo es la circulación.

El modelo, claramente esquemático, ha dado pie a un crecimiento urbano, muy bien acogido por el capital especulador, despojado de la vitalidad de la ciudad anterior, que aún perdura en algunos cascos antiguos, si no han sido arrasados por la gentrificación. Precisamente, esta alta valoración que las clases altas por aquel modo de vida expulsa de ellos a los menos pudientes

El libro de Jane Jacobs Muerte y vida de las grandes ciudades fue una dura crítica a este modelo que estaba acabando con la vitalidad y diversidad de la vida urbana, destruyendo comunidades y creando espacios urbanos aislados y antinaturales.

Andando el tiempo, Le Corbusier pudo por fin planificar una ciudad: Chandigarh

Organizaba en ella el tráfico urbano dividiendo la red de transporte en siete categorías según la velocidad, el tipo de vehículo y el volumen de tránsito:

  • V7: Vías peatonales exclusivas para caminar, totalmente separadas de los vehículos.
  • V6: Senderos y accesos locales que conectan las viviendas directamente con las calles residenciales.
  • V5: Calles de distribución local dentro de los vecindarios o sectores residenciales.
  • V4: Calles comerciales y de compras de vecindario, integradas con la vida diaria del sector.
  • V3: Vías de circulación rápida para conectar los diferentes sectores de la ciudad sin cruces directos a nivel.
  • V2: Grandes avenidas metropolitanas que cruzan la ciudad conectando las zonas principales.
  • V1: Autopistas regionales o de alta velocidad que comunican la ciudad con el exterior.

Esta segregación del tráfico está funcionando bien en el casco ampliamente peatonalizado de ciudades pequeñas como Pontevedra, que ha servido de ejemplo, pero sus presuntos beneficios no son generalizables, ni siquiera al conjunto de la ciudad, porque no es posible superar las limitaciones que impone el tráfico.

Colin Buchanan, en su famoso informe Traffic in Towns, describe muy bien la situación: la ampliación de una vía, lejos de resolver el problema del tráfico, atrae hasta ella más tráfico aún.

Me he ocupado en este blog sobre temas de urbanismo bajo la etiqueta Urbanidad urbanismo, especialmente sobre planeamiento. Por relacionarse con el tema de hoy, pueden consultarse las siguientes entradas:

El capital es capital donde quiera que vaya (2014)

Por arriba y por abajo (2016)

Urbanismo ecosistémico (2018)

Por qué vivimos todos lejos (2023)

Ahora que se acaba la época de los combustibles fósiles baratos, cuando el cambio climático es una realidad y cuando parece que la única energía realmente "renovable" (su prórroga, vamos) es la de la central nuclear de Almaraz, el tráfico como problema adquiere otra dimensión.

Por eso es pertinente este artículo:

Dos arquitectos coinciden sobre cómo Le Corbusier cambió nuestras ciudades

"La separación de vivienda, trabajo y ocio nos ha hecho depender del coche"

Aunque muchas de las propuestas de Le Corbusier nunca llegaron a materializarse tal y como las imaginó, su visión sigue definiendo buena parte del urbanismo contemporáneo

19/08/2026

Le Corbusier y Exitprojectes










Muchos de los principios que el arquitecto franco-suizo formuló hace casi un siglo siguen organizando nuestras metrópolis. Otros, en cambio, generan controversia.

"La arquitectura es el punto de partida del que quiera llevar a la humanidad hacia un porvenir mejor", dijo Le Corbusier. Este arquitecto suizo se distinguió por la planificación urbana de viviendas sociales, al visualizar edificios sin ostentaciones decorativas para potenciar la imagen las ciudades. Ejerció durante la primera mitad del siglo XX y su influencia fue tan grande que su legado hoy continúa presente. Desde los distritos financieros formados por rascacielos aislados hasta las urbanizaciones residenciales de bloques exentos, pasando por las autopistas o la separación entre las zonas de vivienda y de oficinas, muchos de los principios que el arquitecto franco-suizo formuló hace casi un siglo siguen organizando nuestras metrópolis.

Resulta paradójico. Le Corbusier (1887-1965) nunca construyó la ciudad ideal que imaginó en proyectos como la Ville Contemporaine (1922) o la Ville Radieuse (1930), pero pocas ideas urbanísticas han ejercido una influencia tan profunda. “Nos dejó una intuición que sigue siendo válida en la actualidad: que la forma de la ciudad no es neutra y ordena la vida de quienes la habitan, estas ideas las compartimos y son vigentes en la actualidad”, dicen Raúl Salas y Dani Ortiz, del estudio de arquitectura Exitprojectes.

No obstante, esta pareja creativa no está de acuerdo en la idea de que la forma de la ciudad pudiera decidirse desde un tablero, al margen del lugar y su historia. “La Ville Radieuse pensaba la ciudad como un objeto que se proyecta y nosotros creemos que la ciudad, como cualquier arquitectura, se lee antes de proyectarse. Ahí es donde el modelo de Le Corbusier ha mostrado sus límites: allí donde no se escuchó lo que ya existía”, dicen sobre el trabajo arquitecto suizo cuyo pensamiento transformó la forma de proyectar ciudades durante el siglo XX. Aunque hoy muchas de sus propuestas son objeto de revisión, su huella continúa siendo reconocible en el paisaje urbano global.

La ciudad dividida por funciones

Uno de los principios fundamentales del urbanismo de Le Corbusier era la zonificación funcional. Frente a la ciudad histórica, donde vivienda, comercio, talleres y espacios públicos convivían en las mismas calles, él defendía una organización racional en la que cada actividad ocupara un lugar específico.

Vivir, trabajar, desplazarse y disfrutar del ocio debían desarrollarse en ámbitos claramente diferenciados para mejorar la eficiencia de la ciudad. Esta idea quedó recogida en la Carta de Atenas, documento elaborado a partir del IV Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) celebrado en 1933 y convertido posteriormente en uno de los textos más influyentes del urbanismo moderno.

Ciudad Jardín en Les Crétets, La Chaux de Fonds FOTO: FLC/ADAGP





Hoy esta separación de usos sigue marcando la movilidad cotidiana de millones de personas. Cada mañana, miles de personas recorren decenas de kilómetros desde barrios residenciales hasta parques empresariales o centros financieros, una consecuencia directa de un modelo urbano basado en la especialización funcional. “Ese origen explica buena parte de lo que hoy cuestionamos de su legado. La separación estricta de funciones (vivienda, trabajo, ocio, circulación) prometía claridad y trajo dependencia: del coche, del desplazamiento, de una vida fragmentada en horarios y trayectos. Hoy, en los desarrollos que nos parecen más acertados, se vuelve a algo que la arquitectura tradicional ya sabía: que la proximidad y la mezcla de usos no son un defecto que corregir, sino una condición de vida, vivimos en un mundo complejo y la ciudad nos guste o no participa de ello. La ciudad de los quince minutos no es una novedad; es, en el fondo, una vuelta a la escala humana que el urbanismo funcionalista había abandonado”, comparten desde Exitprojectes.

La torre en el parque, una imagen que nunca desapareció

Si existe una imagen inseparable del pensamiento de Le Corbusier es la de la torre aislada rodeada de amplios espacios verdes. En la Ville Radieuse, los edificios se elevaban sobre el terreno para liberar suelo destinado a parques, equipamientos y zonas de recreo. La altura permitía aumentar la densidad sin renunciar a la luz, la ventilación y el contacto con la naturaleza. Frente a las calles estrechas de la ciudad tradicional, el arquitecto proponía una ciudad abierta, ordenada y bañada por el sol.

Ville Contemporaine Ville Contemporaine según Le Corbusier FOTO: FLC/ADAGP











Aunque el proyecto nunca se construyó, su influencia fue enorme. “Tenía una lógica higienista comprensible en su momento: aire, luz, distancia entre edificios. Pero al desligarse de la calle y del espacio público de proximidad, generó los mismos vacíos que pretendía evitar. Nosotros trabajamos casi siempre en otra escala, la de la vivienda unifamiliar, y ahí lo que aprendemos es justo lo contrario: que el valor no está en la altura ni en la imagen del edificio, sino en su relación precisa con el suelo, con el vecino, con el paisaje que lo rodea”, cuentan los expertos.

La experiencia también ha demostrado que la calidad de estos barrios dependía menos de la forma de los edificios que de la vida que conseguían generar entre ellos. “Las calles con actividad, con fachadas porosas, con usos mezclados, son las que generan comunidad y seguridad tangibles, no las grandes infraestructuras pensadas para el movimiento rápido”, añaden. Allí donde los espacios libres quedaron desactivados o mal mantenidos, la promesa de una ciudad más saludable terminó convirtiéndose en lugares poco habitados y escasamente atractivos.

Unité d'habitacion, Marsella FOTO: PAUL KOZLOWSKI / FLC/ADAGP












Una ciudad diseñada para el automóvil

Le Corbusier comprendió antes que muchos de sus contemporáneos que el automóvil iba a transformar la ciudad moderna. Mientras otros urbanistas seguían pensando en calles heredadas del siglo XIX, él imaginó grandes avenidas capaces de absorber un tráfico cada vez mayor, con recorridos jerarquizados y una clara separación entre peatones y vehículos.

Durante décadas esa visión se convirtió prácticamente en un estándar. Autopistas urbanas, rondas de circunvalación, enlaces elevados y grandes ejes viarios pasaron a formar parte del crecimiento de las ciudades europeas, americanas y asiáticas.

Hoy el paradigma está cambiando. La recuperación del espacio para peatones, bicicletas y transporte público cuestiona buena parte de aquella herencia, pero incluso estas transformaciones parten de infraestructuras concebidas bajo la lógica moderna. Muchas de las operaciones actuales consisten precisamente en corregir los efectos de una ciudad diseñada para el coche.

Vivienda unifamiliar, Marsella FOTO: PAUL KOZLOWSKI / FLC/ADAGP












Chandigarh y Brasilia: cuando la teoría se convierte en ciudad

Aunque Le Corbusier nunca vio construida su ciudad ideal, sí tuvo la oportunidad de desarrollar una de las obras urbanas más importantes del siglo XX: Chandigarh, la nueva capital del Punjab indio, proyectada a partir de 1951. Con sectores especializados, jerarquía viaria, abundantes espacios verdes y una clara separación entre funciones urbanas, su trazado responde casi literalmente a los principios del urbanismo moderno.

Algo similar ocurrió pocos años después con Brasilia, diseñada por Lúcio Costa y Oscar Niemeyer. Aunque no fue una obra de Le Corbusier, la nueva capital brasileña incorporó muchas de las ideas defendidas por el Movimiento Moderno, como supermanzanas, edificios exentos, grandes ejes de circulación y una estricta organización funcional.

Ambas ciudades representan quizá la expresión más cercana al ideal urbano moderno y, al mismo tiempo, ilustran algunas de sus contradicciones. Su calidad arquitectónica convive con críticas relacionadas con la dependencia del automóvil, la escasa mezcla de usos y la dificultad para generar la intensidad urbana propia de las ciudades tradicionales.

El Eixample FOTO: AYUNTAMIENTO DE BARCELONA










Un legado que sigue definiendo nuestras ciudades

Quizá la mayor paradoja de Le Corbusier sea que muchas de las ciudades actuales se parecen más a sus dibujos de lo que solemos reconocer. La zonificación funcional continúa organizando gran parte de las áreas metropolitanas; las torres residenciales siguen siendo una solución habitual para aumentar la densidad; las grandes infraestructuras viarias estructuran el territorio y numerosos desarrollos urbanos mantienen la idea de liberar suelo alrededor de los edificios para crear espacios abiertos.

Al mismo tiempo, buena parte del urbanismo contemporáneo intenta corregir las limitaciones de ese modelo incorporando más mezcla de usos, calles más habitables y una movilidad menos dependiente del automóvil.

"Barcelona es un buen laboratorio para ver esta tensión conviviendo en la misma ciudad. El Eixample de Cerdà, con su cuadrícula y sus chaflanes, ya intuía muchas de las ideas que luego Le Corbusier llevaría al extremo: orden, higiene, luz para todos. Pero Cerdà nunca renunció a la calle ni a la mezcla de usos en planta baja, y eso es precisamente lo que ha permitido que el Eixample siga vivo más de siglo y medio después. Donde sí vemos el legado más ortodoxo de Le Corbusier es en ciertos polígonos residenciales de la periferia metropolitana, torres exentas rodeadas de zonas verdes mal definidas, sin comercio ni actividad en planta baja, que hoy son los barrios con más dificultades de cohesión social", sentencian los arquitectos.

Anotación marginal: ¡menuda vivienda unifamiliar la de la penúltima foto! Familia numerosísima debía ser. Tal vez quisieron poner la Villa Savoye o algo así...

sábado, 22 de agosto de 2026

100 años con Fidel, memoria para el futuro

Cien años con Fidel, porque aunque su larga vida de noventa años terminó hace diez, su ejemplo permanece. Porque su figura cambió el curso de la Historia, y las luchas que sostuvo siguen activas. Con su convincente discurso, siempre atento a enseñar al que no sabe, en muchas ocasiones su fino análisis anticipó realidades, algunas ciertamente muy desagradables, que ya están aquí.

Fue y sigue siendo calumniado y denostado por los que tienen sobrados motivos para odiarlo. Analizad quiénes son y cuáles son esos motivos.

El número 271 de la revista Nuestra Bandera está íntegramente dedicado a conmemorar este centenario, como homenaje debido a su persona, pero también como análisis imprescindible, en unos momentos en que el Imperio, bajo la insólita batuta-estaca del Loco de la Colina (del Capitolio, pido perdón a Jesús Quintero) acosa a Cuba pretendiendo ahogarla, y con ella cualquier esperanza revolucionaria en un mundo que tanto la necesita.

Treinta y tres textos (catorce cubanos, nueve españoles y cinco del resto del mundo, además de cinco reseñas) se ordenan en cuatro bloques: dos secciones para Cuba, otra para España y Europa y otra para el Sur Global. Junto a la voz del propio Fidel, muchos autores unen las suyas en este número.

Entre ellos, y no los nombro a todos, están su hermano Raúl, el presidente Díaz-Canel o Aleida Guevara, y también Abel Prieto, Enrique Ubieta y Rosa Miriam Elizalde. De otros países, citaré a Vijay Prashad o Atilio Borón, autores de reconocido prestigio internacional, y finalmente a los españoles Ignacio Ramonet, Enrique Santiago, José Luis Centella, Manu Pineda, Victor Ríos, Eva García Sempere y Manolo García. Presenta el monográfico José Sarrión.

He seleccionado dos textos representativos, el editorial que inicia el monográfico y la aportación de Ignacio Ramonet, que lo conoció y compartió con él cien horas y otras muchas más. Texto recogido de Le Monde Diplomatique, donde se publicó el 25 de noviembre de 2025, conmemorando el noveno aniversario de su muerte.


El centenario del nacimiento de Fidel Castro constituye una oportunidad para la reflexión teórica y política. No se trata únicamente de conmemorar a una figura histórica de dimensión excepcional, sino de plantearse el significado profundo de su legado, y hacerlo en un momento en que el capitalismo atraviesa una crisis estructural prolongada, marcada por la desigualdad, la inestabilidad geopolítica que trata de resolver recurriendo a políticas agresivas de carácter ultrarreaccionario e incluso con resonancias fascistas.

Una primera cuestión a tener en cuenta es que Fidel no pertenece solo al pasado. Su pensamiento y su praxis son, en muchos aspectos, tremendamente actuales y continúan ofreciendo claves interpretativas y estratégicas para las fuerzas que combaten al imperialismo. Por ello este número monográfico de Nuestra Bandera propone una lectura rigurosa, crítica y actualizada de sus enseñanzas.

Fidel Castro conjuga como pocos la teoría revolucionaria y la acción política. Su liderazgo en la Revolución cubana no puede entenderse sin su capacidad para articular un proyecto nacional heredero de Martí, con vocación socialista, capaz de movilizar al pueblo cubano, en torno a un proyecto liberador. La Revolución de 1959 fue la culminación de un proceso de acumulación política, cultural y organizativa que encontró en Fidel a su principal catalizador. Su lectura del marxismo, creativa y alejada de dogmatismos, permitió situar la Revolución cubana en el nivel más importante de las batallas antiimperialistas del siglo XX.

En este sentido, una de las aportaciones más sólidas de Fidel es su concepción del antiimperialismo como principio básico de la política revolucionaria. Para él, la defensa de la soberanía de los pueblos era una condición material indispensable de cualquier proyecto socialista. La resistencia frente a la dominación externa, económica, militar y cultural se convirtió en un eje estratégico que trascendió las fronteras de Cuba y se proyectó hacia toda América Latina, África, y luego hacia el resto de lo que hoy se conoce como Sur Global.

Desde estos principios su concepto de solidaridad internacionalista nunca fue una idea retórica, sino que, por el contrario, se plasmó en prácticas concretas, desde las misiones médicas por todo el mundo hasta el apoyo a movimientos de liberación, pasando por la cooperación educativa y científica o la lucha contra el pago de la deuda externa. Esta dimensión internacionalista, inseparable de la identidad de la Revolución cubana, constituye hoy un referente imprescindible para quienes en todo el mundo luchan contra el imperialismo.

Pero la actualidad de Fidel no se limita al antiimperialismo. Su pensamiento económico merece una relectura atenta. Fidel comprendió que la construcción socialista en un país pequeño, bloqueado y dependiente de importaciones exigía una combinación flexible de planificación, innovación tecnológica e implicación en un proyecto regional. Su insistencia en la educación, la ciencia y la cultura como pilares del desarrollo no respondía a un idealismo voluntarista, sino a una visión estratégica. Solo un pueblo altamente formado podía sostener un proyecto socialista en condiciones de asedio permanente. En un momento en que el capitalismo digital concentra poder en manos de grandes corporaciones tecnológicas, la defensa del conocimiento y la investigación científica como bien público adquieren una gran relevancia que demuestra una visión estratégica fundamental.

Asimismo, su concepción del liderazgo político, profundamente vinculada al pueblo, nos presenta a un Fidel que se dirige permanentemente a la población para informar y movilizar, estableciendo una complicidad producto de una relación con las masas, construida a través de la comunicación directa, la ejemplaridad ética y la capacidad de interpretar las necesidades y aspiraciones populares. Fidel no dudaba en lanzarse a la calle para debatir directamente, cara a cara con el pueblo, cuando la ocasión lo requería. En un tiempo marcado por la desafección política, esta dimensión del liderazgo revolucionario invita a pensar las formas de articulación entre organización, militancia y ciudadanía para conseguir hacer frente a los retos que hoy tiene planteada la lucha antiimperialista derivada de unas condiciones geopolíticas cambiantes.

El centenario de Fidel coincide con un escenario internacional en transformación en la medida que la crisis de hegemonía estadounidense se acompaña del surgimiento de un movimiento de países emergentes que defienden proyectos de integración alternativa como la CELAC o el impulsado por los BRICS+, que reconfigura el mapa geopolítico. En este contexto, la lectura fidelista del concepto de solidaridad internacionalista, basada en la defensa de la soberanía, la cooperación Sur-Sur y la construcción de un orden multilateral más justo, adquiere una actualidad evidente. Por ello este número monográfico de Nuestra Bandera no pretende trasladar mecánicamente sus análisis al presente, sino que se plantea recuperar su capacidad para conseguir una combinación de realismo estratégico, audacia política y compromiso ético.

También queremos poner sobre la mesa cómo, para las fuerzas antiimperialistas y transformadoras europeas, el legado de Fidel plantea desafíos específicos, en la medida que, en sociedades marcadas cada vez más por la mercantilización de la vida, la fragmentación social y el avance de la extrema derecha, la experiencia cubana invita a repensar la centralidad del Estado social que garantice los derechos básicos de todo ser humano, al tiempo que nos interpela sobre la necesidad de construir proyectos políticos capaces de disputar al pensamiento neoliberal el sentido común, generar esperanza y articular mayorías sociales en torno a un horizonte emancipador. La Revolución cubana, demuestra que es posible construir alternativas incluso en condiciones adversas, siempre que exista voluntad política, organización y claridad estratégica.

Este número de Nuestra Bandera no pretende ofrecer una visión idealizada de Fidel Castro. Nuestro propósito es contribuir a un análisis riguroso y diverso, que permita comprender la complejidad de su figura y la riqueza de su legado. Fidel fue un dirigente excepcional, pero también un importante pensador político, cuya obra merece ser estudiada con seriedad. Su centenario es una oportunidad para hacerlo desde una perspectiva marxista, internacionalista y comprometida con las luchas del presente.

En un mundo atravesado por crisis múltiples como la económica, ecológica, o democrática, la pregunta por la posibilidad de un futuro socialista adquiere una urgente importancia. Fidel Castro, su lucha y su enseñanza, nos recuerda que la historia no está escrita de antemano y que la transformación social es siempre una tarea abierta. Este monográfico, más que un homenaje a una figura histórica, es, sobre todo, una invitación a estudiar, a debatir, a organizar y a imaginar nuevas formas de emancipación.

Finalmente, cabe resaltar que este número tiene un significado especial, en la medida que, para el Partido Comunista de España, Fidel Castro no ha sido nunca un referente político distante. Desde los primeros años de la Revolución cubana, el PCE reconoció en Fidel a un dirigente capaz de llevar a la práctica un proyecto socialista en condiciones extremadamente adversas, y Cuba se convirtió en un punto de apoyo internacional para el PCE, que entendió y entiende como propia la lucha por mantener viva la Revolución cubana. Esta relación histórica, basada en el respeto político y la coincidencia estratégica, otorga, como decimos, a este número de la revista un carácter especial que esperamos sea apreciado por quienes lo lean.

***
Ignacio Ramonet
25 de noviembre de 2025

En el panteón mundial consagrado a aquellos que con más empeño lucharon por la justicia social y que más solidaridad derrocharon en favor de los oprimidos de la Tierra, Fidel Castro —le guste o no a sus detractores— tiene un lugar principal reservado.

Lo conocí en 1975 y conversé con él en múltiples ocasiones, pero, durante mucho tiempo, en circunstancias siempre muy profesionales y muy precisas, con ocasión de reportajes en la isla o mi participación en algún congreso, algún seminario o algún evento. Luego nuestra relación se fue estrechando. A veces me invitaba a cenar en la intimidad de su despacho del palacio de la Revolución y charlábamos durante horas sobre la marcha del mundo. Otras veces me confiaba “misiones” discretas como ir a encontrarme con algún dirigente de izquierda latinoamericano sobre el que tenía sus dudas, para que yo le diera mi opinión personal. Él fue el primero que me habló muy bien de Hugo Chávez (quien era entonces “sospechoso” para gran parte de la izquierda mundial porque se le acusaba de haber dirigido, el 4 de febrero de 1992, un intento de golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez, presidente socialdemócrata de Venezuela y líder de la Internacional Socialista). Fidel me aconsejó de ir a verlo, de conocerlo y de ayudarlo.

Cuando, en 2003, decidimos hacer el libro Cien horas con Fidel, me invitó a acompañarle durante semanas por diversos recorridos. Tanto en Cuba (Santiago, Holguín, La Habana) como por el extranjero (Ecuador). En coche, en avión, caminando, almorzando o cenando, conversamos largo. Con y sin grabadora. De todos los temas posibles, de las noticias del día, de sus experiencias pasadas y de sus preocupaciones presentes. Que yo reconstruía después, de memoria, en mis cuadernos. Luego, durante tres años, de 2003 a 2006, nos vimos muy frecuentemente, al menos varios días seguidos, una vez por trimestre para avanzar en la realización del libro.

Descubrí así un Fidel íntimo. Casi tímido. Muy educado. Escuchando con atención a cada interlocutor. Siempre atento a los demás, y en particular a sus colaboradores. Nunca le oí una palabra más alta que la otra. Nunca una orden. Con modales y gestos de una cortesía de antaño. Todo un caballero. Con un alto sentido del pundonor. Que vive, por lo que pude apreciar, de manera espartana. Mobiliario austero, comida sana y frugal. Modo de vida de monje-soldado.

Su jornada de trabajo se solía terminar a las cinco o las seis de la madrugada, cuando despuntaba el día. Más de una vez interrumpió nuestra conversación a las dos o las tres de la noche porque aún debía participar en unas “reuniones importantes”… Dormía sólo unas cuatro horas; más, de vez en cuando, una o dos horas en cualquier momento del día.

Pero era también un gran madrugador. E incansable. Viajes, desplazamientos, reuniones se encadenaban sin tregua. A un ritmo insólito. Sus asistentes —todos jóvenes y brillantes de unos treinta años— estaban, al final del día, exhaustos. Se dormían de pie. Agotados. Incapaces de seguir el ritmo de ese infatigable gigante. Fidel reclamaba notas, informes, cables, noticias, estadísticas, resúmenes de emisiones de televisión o de radio, llamadas telefónicas... No paraba de pensar, de cavilar. Siempre alerta, siempre en acción, siempre a la cabeza de un pequeño Estado mayor —el que constituían sus asistentes y ayudantes— librando una batalla tras otra. Siempre con ideas. Pensando lo impensable. Imaginando lo inimaginable. Con un atrevimiento mental inaudito, espectacular.

Una vez definido un proyecto. Ningún obstáculo material lo detenía. Su ejecución resultaba obvia, iba de sí. “La logística seguirá”, decía Napoleón. Fidel igual. Su entusiasmo arrastraba la adhesión colectiva. Levantaba las voluntades. Como un fenómeno casi de magia, se veían las ideas materializarse, convertirse en hechos palpables, realidades, acontecimientos.

Su capacidad retórica, tantas veces descrita, era prodigiosa. Fenomenal. No hablo de sus discursos públicos, bien conocidos. Sino de una simple conversación de sobremesa. Fidel era un torrente de palabras. Una avalancha. Una catarata. Que acompañaba con la prodigiosa gestualidad de sus finas manos.

Le gustaba la precisión, la exactitud, la puntualidad. Con él, nada de aproximaciones. Una memoria portentosa, de una precisión insólita. Apabullante. Tan rica que hasta parecía a veces impedirle pensar de manera sintética. Su pensamiento era arborescente. Todo se encadenaba. Todo tenía que ver con todo. Digresiones constantes. Paréntesis permanentes. El desarrollo de un tema le conducía, por asociación, por recuerdo de tal detalle, de tal situación o de tal personaje, a evocar un tema paralelo, y otro, y otro, y otro. Alejándose así del tema central. Hasta tal punto que el interlocutor temía, un instante, que hubiese perdido el hilo. Pero desandaba luego lo andado, y volvía a retomar, con sorprendente soltura, el tema central, la idea principal.

En ningún momento, a lo largo de más de cien horas de conversaciones, Fidel puso un límite cualquiera a las cuestiones a abordar. Como intelectual que era, y de un calibre impresionante, no le temía al debate. Al contrario, lo requería, lo estimulaba. Siempre dispuesto a litigar con quien fuera. Con mucho respeto hacia el otro. Con mucho cuidado. Y era un discutidor y un polemista temible. Con argumentos a espuertas. A quien sólo repugnaban la mala fe y el odio.

Pocos hombres conocieron la gloria de entrar vivos en la leyenda y en la historia. Fidel es uno de ellos. Perteneció a esa generación de insurgentes míticos que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron, en la década de los años 1950, a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos.

En aquella época, en más de la mitad del planeta, en Vietnam, en Argelia, en Guinea-Bissau, los pueblos oprimidos se sublevaban. La humanidad aún estaba entonces, en gran parte, sometida a la infamia de la colonización. Casi toda África, una parte del Caribe y buena porción de Asia se encontraban todavía dominadas, avasalladas por los viejos imperios occidentales. Mientras las naciones de América latina, independientes en teoría desde hacía siglo y medio, seguían sometidas a la discriminación social y étnica, explotadas por privilegiadas minorías, y a menudo marcadas por dictaduras cruentas, amparadas por Washington.

Fidel soportó la embestida de nada menos que de diez presidentes estadounidenses (Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo). Tuvo relaciones políticas con los principales líderes que marcaron el mundo después de la Segunda Guerra mundial (Mao, Nehru, Nasser, Tito, Ho Chi Minh, Kim Il-Sung, Jrushov, Olaf Palme, Ben Bella, Boumedienne, Arafat, Indira Gandhi, Salvador Allende, Brezhnev, Gorbachov, François Mitterrand, Juan Pablo II, etc.). Y conoció personalmente a algunos de los principales intelectuales y artistas de su tiempo (Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Rafael Alberti, Guayasamín, Cartier-Bresson, José Saramago, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, etc.).

Bajo su dirección, su pequeño país (100.000 km², 11 millones de habitantes) pudo conducir una política de gran potencia a escala mundial, echando incluso un pulso con Estados Unidos cuyos dirigentes no consiguieron derribarlo, ni eliminarlo, ni siquiera modificar el rumbo de la Revolución Cubana. Y finalmente, en diciembre de 2014, tuvieron que admitir el fracaso de sus políticas anticubanas, su derrota diplomática e iniciar un proceso de normalización que implicaba el respeto del sistema político cubano.

En octubre de 1962, la Tercera Guerra Mundial estuvo a punto de estallar a causa de la actitud del gobierno de Estados Unidos que protestaba contra la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba. Cuya función era, sobre todo, impedir otro desembarco militar como el de Playa Girón en 1961 u otro directamente realizado por las Fuerzas Armadas estadounidenses para derrocar a la Revolución Cubana.

Desde hace mas de sesenta años, Washington (a pesar del restablecimiento de relaciones diplomáticas) le impone a Cuba un devastador bloqueo económico, comercial y financiero (reforzado con las 243 medidas adoptadas durante el primer mandato de Donald Trump) con trágicas consecuencias para los habitantes de la isla. Washington sigue conduciendo además una guerra ideológica y mediática permanente contra La Habana a través de las redes sociales para inundar a Cuba de propaganda hostil como en los peores tiempos de la Guerra Fría.

Por otra parte, durante décadas, varias organizaciones terroristas —Alpha 66 y Omega 7— adversas a Cuba tuvieron su sede en Florida, donde disponían de campos de entrenamiento y desde donde enviaban regularmente, con la complicidad de las autoridades estadounidenses, comandos armados para cometer atentados. Cuba es uno de los países que más víctimas ha tenido (unos 3500 muertos) y que más ha sufrido del terrorismo en los últimos sesenta años.

Ante tan permanente ataque, las autoridades cubanas han preconizado, en el ámbito interior, la unión a ultranza. Y han aplicado a su manera el viejo lema jesuita de Ignacio de Loyola: “En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición”. Pero nunca hubo —lo prohibió explícitamente Fidel— ningún culto de la personalidad. Ni retrato oficial, ni estatua, ni sello, ni moneda, ni calle, ni edificio, ni monumento con el nombre o la figura de Fidel, ni de ninguno de los líderes vivos de la Revolución.

Pequeño país apegado a su soberanía, Cuba obtuvo bajo la dirección de Fidel Castro, a pesar del hostigamiento exterior permanente, resultados excepcionales en materia de desarrollo humano: abolición del racismo, emancipación de la mujer, erradicación del analfabetismo, vacunación universal, reducción drástica de la mortalidad infantil, elevación del nivel cultural general… En cuestión de educación, de salud, de investigación médica, de cultura y de deporte, Cuba ha obtenido niveles que la sitúan en el grupo de las naciones más eficientes.

Su diplomacia sigue siendo una de las más activas del mundo. La Habana, en los años 1960 y 1970, apoyó el combate de las guerrillas en muchos países de América Central (El Salvador, Guatemala, Nicaragua) y del Sur (Colombia, Venezuela, Bolivia, Argentina). Las Fuerzas Armadas cubanas participaron en campañas militares de gran envergadura, en particular en las guerras de Etiopía y de Angola. Su intervención en este último país, hace cincuenta años, se tradujo en la derrota de las divisiones de élite de la República de Sudáfrica, lo cual aceleró de manera indiscutible la caída del régimen racista del apartheid y favoreció la independencia de Angola y de Namibia.

La Revolución Cubana, de la cual Fidel Castro fue el inspirador, el teórico y el líder político y militar, sigue siendo hoy, gracias a sus éxitos y a pesar de sus carencias, una referencia importante para millones de desheredados del planeta. Aquí o allá, en América Latina y en otras partes del mundo, mujeres y hombres protestan, luchan y a veces mueren para intentar establecer sistemas inspirados por el modelo cubano.

La caída del muro de Berlín en 1989, la desaparición de la Unión Soviética en 1991 y el fracaso histórico en Europa del este del socialismo de Estado y del modelo de planificación económica centralizada no modificaron el sueño de Fidel Castro de edificar en Cuba una sociedad de nuevo tipo, descolonizada, más justa, más sana, más igualitaria, más feminista, más ecológica, mejor educada, sin discriminaciones de ningún tipo, y con una cultura global total.

Hasta la víspera de su fallecimiento, el 25 de noviembre de 2016, a la edad de 90 años, permaneció movilizado en defensa del medio ambiente, contra el cambio climático y la globalización neoliberal. Seguía en la trinchera, en primera línea, conduciendo la batalla por las ideas en las que creía y a las cuales nada ni nadie le hizo renunciar jamás.

martes, 18 de agosto de 2026

De aquellos polvos, estos lodos

Lodos que son puro cieno, tapado una y otra vez por la cobarde ambigüedad "diplomática" del PSOE, según para qué asuntos. Ya han pasado cincuenta años y todavía tapa muchas bocas esa continuidad que pasó de Franco a su "hijo putativo" y de ahí al "nieto". De la dictadura saltamos en un santiamén a la monarquía, y de los vergonzantes tratados bilaterales del dictador al sellado de la multilateral OTAN. Y aquí seguimos "atados y bien atados".

Pero el vasallaje no resuelve los problemas, más bien los enquista, y el tumor vuelve, cada vez más maligno.

Mientras moría el tirano, a sus secuaces solo les importaba garantizarse la continuidad, y ese momento fue hábilmente aprovechado por otro tirano y sus valedores para adueñarse de la última colonia española. Como explicaba el historiador José Luis Rodríguez Jiménez en su libro ''Agonía, traición, huida. El final del Sáhara español':

"Que pudiera haber un conflicto bélico fue la excusa de una parte de los políticos franquistas para largarse de allí. Marruecos había situado en el 75 divisiones militares en la frontera norte de la colonia española. Pero lo cierto es que hubiera sido muy raro que el país norteafricano atacase debido a su manifiesta inferioridad militar, palpable en tierra y abismal en mar y aire. Hasán II no era tonto, al contrario. Era un diplomático muy hábil que jugó la carta de la voluntad marroquí de apropiarse el Sáhara, de no cejar en el empeño contando con que los españoles estaban a otra cosa".
Y España no solamente no descolonizó, sino que entregó el territorio y lo perdió todo. "Fue una doble dejación de responsabilidad de la diplomacia y de la economía. Porque España había metido mucho dinero en el Sáhara en los años 60 y 70, en sanidad, educación, carreteras, minas, etc. Cuando los ingleses se marchaban de un país, firmaban siempre convenios de colaboración con ese país que les beneficiaban. Nosotros se lo regalamos todo a Marruecos.

Mucho dinero perdía el país, pero algunos se llevarían un buen pellizco. Seguid la pista de la empresa Fos Bucraa. Hermanos (¿será de... leche?) se siguen considerando los reyes de ambos países.

De los lodos actuales y su relación con aquellos obscenos polvos nos habla André Abeledo en un nuevo artículo, ahora no balompédico. Aunque el fútbol y el próximo mundial sobrevuelan también el tema...

De la Marcha Verde a Ceuta: cincuenta años de la misma injerencia, los mismos cómplices.

André Abeledo Fernández
agosto 2, 2026

Marroquíes avanzan hacia las tropas españolas en 1975 el Sáhara durante la Marcha Verde.













Hay hechos que la historiografía oficial prefiere contar como un conflicto bilateral entre España y Marruecos, cuando en realidad fueron, desde el primer minuto, una operación diseñada en Washington. Y hay crisis de hoy, como la de Ceuta, que la derecha española presenta como un simple «problema de fronteras», cuando en realidad forman parte del mismo tablero geopolítico que arrancó en 1975. Toca decirlo con nombres y apellidos, camaradas, porque la memoria sin nombres propios es solo nostalgia.

1975: la Marcha Verde no la improvisó Hassan II, la diseñó Washington.

La documentación desclasificada por Estados Unidos, revisada por historiadores e investigadores en los últimos años, ya no deja margen para la duda razonable: el entonces secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, fue informado con meses de antelación de los planes marroquíes sobre el Sáhara, y no solo dio su visto bueno, sino que vio en la Marcha Verde una oportunidad para los intereses militares, estratégicos y económicos de Estados Unidos en la región, exigiendo además máxima discreción para que el propio Gobierno de Madrid no se enterase por vía oficial. Según esa misma documentación, Estados Unidos no se limitó a aprobar el proyecto: planificó la organización de la marcha, asesoró a los marroquíes en su ejecución y proporcionó a Marruecos equipos, armamento y logística, mientras un gabinete de estudios estratégicos en Londres proyectaba la operación y las petromonarquías del Golfo ponían el dinero.

La propia Wikipedia recoge, citando fuentes documentales, que ya en septiembre de 1975 hubo filtraciones de información y la CIA comunicó a Kissinger las intenciones de Marruecos, es decir: la inteligencia norteamericana estaba dentro del plan desde su gestación, no como espectadora, sino como parte informada y activa. Existe además el testimonio directo de Kissinger advirtiendo al entonces príncipe Juan Carlos de los «riesgos» de que España se enfrentara militarmente a Marruecos, en lo que varios investigadores describen abiertamente como una amenaza velada más que como un consejo diplomático. Es cierto que algún historiador matiza el grado exacto de implicación personal de Kissinger en el diseño operativo concreto de la marcha; lo que ningún estudio serio discute ya es que Washington conocía el plan, lo aprobó por sus propios intereses estratégicos en plena Guerra Fría, y presionó activamente para que España no defendiera militarmente su provincia número 52.

La complicidad no fue «España»: fue una parte muy concreta del aparato franquista.

Aquí conviene ser precisos, porque la traición no la cometió «España» como abstracción, sino decisiones tomadas por personas concretas del entramado franquista en su etapa final. Franco, gravemente enfermo, había ordenado sembrar de minas la frontera y sostener la posición española por la fuerza si era necesario. Pero mientras el dictador agonizaba, fue el Gobierno en funciones, con el entonces príncipe Juan Carlos como jefe de Estado interino, quien negoció al margen de esa orden. Juan Carlos viajó a El Aaiún a prometer a la guarnición española que no habría abandono, y días después viajó a Washington a recibir instrucciones directamente de Kissinger. El desenlace es conocido: se ordenó retirar las minas, se pactó la entrega del territorio, y las tropas marroquíes entraron en el Sáhara mientras el ejército español aún permanecía sobre el terreno sin recibir orden de defenderlo. La monarquía que se presentó después como garante de la democracia empezó, literalmente, entregando un pueblo entero a una potencia ocupante bajo instrucciones de Washington.

2026: Ceuta no es un episodio aislado, es la continuidad del mismo tablero.

Medio siglo después, el mapa de intereses no ha cambiado tanto como parece. En diciembre de 2020, la administración Trump reconoció formalmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental como moneda de cambio para que Marruecos normalizara relaciones con Israel dentro de los Acuerdos de Abraham. Desde entonces, Marruecos ha intensificado de manera notable su cooperación militar, tecnológica y de inteligencia con Israel, con drones, sistemas de vigilancia y acuerdos de ciberseguridad integrándose en la lógica estratégica regional impulsada por Washington y Tel Aviv. Trump ha vuelto a reafirmar por escrito esa alianza esta misma semana, calificando la soberanía marroquí de «solución justa y duradera» y descartando «cualquier otra vía» como «inaceptable». Y no es casualidad, camaradas, que esa reafirmación se produzca justo en los días de mayor citación de esta alianza a raíz de la crisis fronteriza de Ceuta: el propio debate público español ya conecta ambos hechos.

Resulta legítimo, por tanto —y necesario— preguntarse a quién beneficia que estalle precisamente ahora una crisis migratoria de esta magnitud en Ceuta. Beneficia a Marruecos, que gana palanca de presión sobre España y la UE en plena negociación de fondos y acuerdos pesqueros. Beneficia a Washington y a Tel Aviv, que ven reforzado el papel de Marruecos como socio de seguridad regional dentro de su arquitectura de alianzas post-Acuerdos de Abraham, con Rabat cada vez más integrado en cooperación militar y de inteligencia israelí. Y beneficia, dentro de casa, a una derecha española —PP y Vox, con Feijóo y Abascal a la cabeza, con Ayuso amplificando el discurso del miedo desde Madrid— que encuentra en cada imagen de pateras y saltos de valla el combustible perfecto para su ofensiva xenófoba, jaleada por una caverna mediática y unas redes de desinformación que llevan meses preparando el terreno emocional para la «invasión».

No hace falta imaginar un despacho secreto en Langley para entender esto: hace falta simplemente seguir el dinero, los pactos y los intereses declarados. Cuando una crisis humanitaria coincide en el tiempo con la reafirmación pública de una alianza estratégica entre Washington, Tel Aviv y Rabat, y esa misma crisis es capitalizada al milímetro por la ultraderecha española, la pregunta no es si existe conexión, sino cuánta ingenuidad hace falta para seguir llamándolo casualidad.

La misma lección, cincuenta años después.

De la Marcha Verde a Ceuta, el patrón se repite: intereses imperiales que se deciden en Washington y Tel Aviv, cómplices locales que anteponen el cálculo geopolítico o electoral a la dignidad de los pueblos, y un relato oficial que oculta las conexiones para que la clase trabajadora no las vea. El Sáhara sigue sin su referéndum. Los migrantes de Ceuta siguen sin sus derechos. Y los verdaderos responsables —los despachos de Washington, Tel Aviv y Rabat, y sus voceros de Madrid— siguen sin dar la cara.

Frente al imperialismo y sus cómplices de siempre, memoria, nombres propios y solidaridad de clase.

André Abeledo Fernández

sábado, 15 de agosto de 2026

Pienso, luego insisto...

...y toco a rebato, aunque tema que mi insistencia machaque en hierro frío y albergue la duda de que el efecto de la alarma no sea reactivo sino paralizante.

Solo se me ocurre, frente al fatalismo de pensar que "ya no hay solución, luego dejémonos ir", que no es lo mismo una atroz subida de la temperatura de cinco o diez grados que una  subida mortal de cincuenta o cien grados.

Por consiguiente, importa mucho que la lucha contra el cambio climático se tome en serio.

Leo en HuffPost (¡huff... más que nunca!):

Los científicos del clima coinciden: el desequilibrio energético de la Tierra se ha más que duplicado en 20 años y los océanos ya no pueden absorber el calor sin consecuencias irreversibles.

Desde la Organización Meteorológica Mundial insisten en que los datos disponibles son cada vez más robustos y consistentes. Y todos apuntan en la misma dirección: el planeta sigue acumulando energía, y cada año lo hace a mayor velocidad.

En definitiva, el mensaje de la comunidad científica es claro. Aunque los océanos han amortiguado el impacto del calentamiento durante décadas, su capacidad no es infinita. El desequilibrio energético creciente indica que el sistema climático se está alejando de su estado natural, y las consecuencias de ese proceso ya son visibles —y cada vez más difíciles de revertir.

Encuentro en el blog de Jorge Riechmann un dato impresionante sobre el balance energético. Podéis verlo en el gráfico del Club de Roma que aparece en su llamada de atención. Abarca los últimos 150 mil años: en los cincuenta años que van de 1971 a 2020 casi se duplicó el mayor desequilibrio anterior del registro histórico mostrado. ¡Pero en tres años más, del 2020 al 2023, casi se incrementó en dos veces más el de esos cincuenta años!

¿Cuál será la situación actual, cuando lo que importa ya no es decrecer sino ganar guerras más que calientes?

Sobre el desequilibrio energético (desbalance radiativo) de la Tierra

Jorge Riechmann
12 de agosto de 2026

Imagen del océano cerca de GroenlandiaGETTY IMAGES



Habrá que volver a llamar la atención sobre ese parámetro fundamental: la diferencia entre la energía que entra en el Sistema Tierra y la que es devuelta al espacio exterior (en forma de radiación infrarroja), es decir, el balance radiativo del tercer planeta del Sistema solar.[1] El IPCC utiliza el término forzamiento radiativo con el sentido específico de una perturbación externa impuesta al balance radiativo del sistema climático de la Tierra, que puede conducir a cambios en los parámetros climáticos.[2] Tres factores clave: los GEI en aumento (Gases de Efecto Invernadero) atrapan más calor; menos aerosoles contaminantes en la atmósfera reflejan menos la luz solar; la crisofera terrestre mengua, y así la pérdida de hielo y nieve reduce la reflexión de energía. La ganancia neta de energía con ese forzamiento significa que la Tierra acumula energía, impulsando el calentamiento global actual.

¿Qué ha sucedido en los últimos tiempos? Hemos asistido a una acumulación de energía sin precedentes a escala planetaria. El desbalance radiativo (la diferencia entre la radiación que recibe el planeta y la que radia de vuelta al espacio, como acabamos de ver), de acuerdo con las mediciones de los satélites de la NASA, se ha multiplicado por cuatro con respecto a los valores que tenía en 2002. Hacia el año 2014 se produjo un cambio brusco, y así hemos pasado de 0’37 W/m² en 2002 a los 1’37 W/m² de 2025.[3]



Ahora el desequilibrio energético (desbalance radiativo) de la Tierra es mayor que en cualquier momento conocido en la historia de nuestro planeta, como muestra la siguiente gráfica (como la anterior, debida al esfuerzo de alerta del climatólogo Leon Simmons, miembro del equipo de James Hansen):[4]



Esto explica, en gran medida, la aceleración del calentamiento global que hemos podido constatar en los últimos años.

__________

Notas:

[1] https://aemetblog.es/2016/07/26/balance-radiativo-del-sistema-tierra/

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Forzamiento_radiativo

[3] Antonio Turiel, “Esperanza y derrotismo”, The Oil Crash, 9 de mayo de 2025; https://crashoil.blogspot.com/2025/05/esperanza-y-derrotismo.html

[4] https://x.com/LeonSimons8/status/2084248967420768549

lunes, 10 de agosto de 2026

Modos de ver

El punto de vista es determinante para nuestra percepción de la realidad. Desde la altura lo observado se empequeñece y pierde importancia. La tripulación de un bombardero puede desentenderse de las pavorosas escenas que provoca y apenas percibe.

"Mirar para otro lado" es una expresión que se ha puesto de moda en estos tiempos de mala conciencia. A diferencia de lo que se ve desde la altura se refiere a algo cercano, difícil de ignorar. En ambos casos el espectador conserva sentimientos compasivos y es por eso mismo que decide pasar por alto el sufrimiento ajeno para no hacerlo propio. La excepción sería el psicópata impasible o el morboso sadomasoquista.

La barrera entre un "nosotros" de sentimientos compartidos y un "ellos" ajeno tiene una notable elasticidad. Se aleja o se acerca en función del enfoque de la cámara. Es más fácil "con-sentir" (sentir con...) alguien individualizado en primer plano que con una multitud abarcada en un plano general. Nos conmovió más fácilmente la muerte del pequeño Aylan que la de decenas de miles de niños gazatíes.

Por eso importa desplazar la cámara y ver las cosas "desde el otro lado". En el artículo que sigue se aplica este cambio de plano a contraplano, comparando el éxodo desesperado de quienes huyen de la muerte y la miseria y la reacción xenófoba que provoca en medios de la derecha y la ultraderecha con el exilio de los españoles que huyeron a Francia para escapar de la muerte a manos de los fascistas, hace ya casi nueve décadas. También hubo entonces una repugnante xenofobia, agitada desde los medios reaccionarios.

Y fue muy poco después cuando en Francia se pudo sentir también el pavor que movía a aquellos otros fugitivos "invasores".

Como este caminante, erramos sobre un mar de niebla y hay que esforzarse para ver lo que se nos quiere ocultar.

No mires hacia abajo, pero sobre todo ¡no mires arriba!


Ceuta, óleo sobre lienzo

Agentes de la Guardia Civil controlan la frontera, a 1 de agosto de 2026, en Ceuta.
Agentes de la Guardia Civil controlan la frontera, a 1 de agosto de 2026, en Ceuta. EUROPA PRESSMarcos Moreno

Ceuta, óleo sobre lienzo. Los digitales internacionales ilustran sus noticias con una fotografía de AFP. En primer plano, de espaldas, un guardia civil contempla la inmensidad igual que el caminante del famoso cuadro de Caspar David Friedrich. Nuestro caminante, sin embargo, no observa un mar de nubes sino una masa indiferenciada de personas que avanzan hacia él. Hacia nosotros. El plano picado impone sus jerarquías. El espectador asume la perspectiva del guardia civil mientras los migrantes se desdibujan hasta convertirse en una mancha sin rostro ni forma. Una imagen no es un dispositivo de representación neutral sino una tecnología que guía nuestra mirada.

Por motivos obvios, los fotoperiodistas han asumido casi sin querer la mirada europea. En una gran mayoría de las fotografías publicadas, los migrantes vienen. Rara vez vamos con ellos. Conocemos el lugar al que llegan pero no vemos el lugar del que escapan. Algunas veces, la lente se aproxima y da voz a alguno de los jóvenes, lo personaliza, lo vuelve de inmediata carne y hueso. El problema es que la proximidad no refleja por sí sola la dimensión del acontecimiento. Por eso los planos son casi siempre generales y se acompañan de gélidas cifras. 72.000 migrantes. 141 muertos. 1.098 menores. La cámara de fotos se convierte en una calculadora. En una cámara frigorífica.

Después del vendaval viene una falsa calma. El Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes rebosa por los cuatro costados, así que los migrantes subsaharianos esperan en el limbo administrativo de la playa del Trampolín. No hay mucho que hacer salvo formar cola frente a las furgonetas de la Cruz Roja, ducharse y disputarse los escasos espacios de sombra. Algunos garabatean la palabra “asilo” sobre cartones y los muestran a la prensa. Las fotografías del Trampolín recuerdan remotamente las viejas estampas de la playa de Argelès-sur-Mer, donde las autoridades francesas retenían a los fugitivos de la guerra civil española.

Es 1939. El diario Le Matin denuncia la "invasión de refugiados españoles" y muestra una caravana de mujeres, ancianos y niños cargados con enormes petates. "Francia está invadida", dice La Garonne. "Francia se convierte en el vertedero de todos los españoles indeseables y subversivos", dice Le Figaro. Candide los llama "el ejército del crimen". L’Indépendant des Pyrénées-Orientales los tacha de "bárbaros". Para L’Époque son "despojos humanos". El diputado Jean Ybarnégaray, que terminará engrosando el Gobierno de Vichy, rechaza la acogida de republicanos: "Francia no puede soportar este peso aplastante sobre sus hombros".

La entrada de las tropas alemanas en París demostró que los enemigos de Francia no eran los refugiados que cruzaban la frontera sur sino los colaboracionistas que dictaban titulares xenófobos desde sus redacciones patrias. Hoy la Europa fortaleza, arrojada en brazos del fanatismo ultra, sincroniza sus discursos con Donald Trump, Benjamín Netanyahu y Mohammed VI. El ministro italiano de Exteriores, Antonio Tajani, difunde el bulo de que la regularización extraordinaria de migrantes en España implica la concesión de la nacionalidad. Los gobiernos de Italia, Finlandia y Dinamarca parecen ignorar en sus declaraciones el régimen especial de Ceuta respecto al espacio Schengen.

Algunos de los políticos y periodistas más exaltados han demostrado que a duras penas sabrían ubicar Ceuta en el mapa. No es una hipérbole: el vicepresidente de EEUU, J. D. Vance, divulgó un vídeo de Fox News sobre la crisis migratoria "en el norte de España". El youtuber trumpista Nick Shirley se agenció un traductor y viajó hasta "Cueta" para preguntarse si la ciudad estaba padeciendo una "invasión". Tuvo que salir por patas a una velocidad solo igualada por el plusmarquista Vito Quiles. "Esto es Ceuta, no Torre Pacheco", gritan los ciudadanos ceutíes ante la oleada de alvises, núcleos nacionales y nazis del misterio.

La internacional camorrista ha terminado reculando a la espera de que salte la próxima oportunidad, una pandemia, un volcán, un apagón, una DANA, el río revuelto donde arrojan el cebo los pescadores de incautos. Algunas almas cándidas proponen "ayudar en origen" a nuestros vecinos africanos para que no se vean empujados a emigrar. El caso es que Europa ha emprendido el camino contrario: delegar el control fronterizo en los mismos regímenes autoritarios que abocan a sus ciudadanos a la miseria. Para muestra, la financiación italiana de la Guardia Costera libia, el memorando con Túnez o los retornos forzosos pactados con Turquía.