miércoles, 3 de junio de 2026

IGNORANCIA, con mayúsculas

Se ha comparado el conocimiento con una esfera. Dentro estaría lo conocido, fuera todo lo que no sabemos. Según va la esfera engullendo saber va aumentando la superficie que separa el saber del no saber. Cuanto más aprendemos somos más conscientes de lo mucho que no sabemos y de que ni siquiera sospechamos la posible existencia de tantas cosas desconocidas. Quienes inventaron la palabra "filosofía" eran conscientes de esto y evitaron considerarse "sabios".

Pero todos sabemos de algunas cosas, y como unos saben más que otros de ciertas materias, los más ignorantes tendemos a magnificar el conocimiento de los "expertos" y les atribuimos un conocimiento del que suelen alardear, como una barrera que nos separa de ellos. Así, la ignorancia se distribuye por capas, y especialmente por capas sociales. El dirigente sabe cosas que ignora el dirigido, pero también ignora muchas que conoce el subordinado.

No se me había ocurrido que se podía saber tanto sobre el no saber hasta que cayó en mis manos este libro del historiador Peter Burke. La ignorancia está generosamente distribuida en todos los grupos sociales, y es asombrosa la que pueden tener las élites, cuando toman tantas decisiones que conducen al desastre. La Historia abunda en ejemplos que ignoran los que tantas veces la perpetran. Los sesgos ideológicos de tantas decisiones proceden del conocimiento defectuoso sobre las causas y consecuencias de las acciones. Dejo al final un vídeo que anticipa los peligros de este conocimiento parcial y defectuoso.

Hay límites insuperables para el conocimiento. La sobreinformación, en un tiempo y un espacio limitados, hace que saber más obligue a olvidar, a abandonar conocimientos anteriores. ¡En la biblioteca de Babel no cabe todo!

En todo caso, la peor ignorancia es la de la experiencia histórica. Peligrosísimo es que tantos ignorantes nos gobiernen, y que su propia ignorancia los lleve a tomar decisiones audaces y desastrosas.

Ignorancia invencible, ignorancia culpable, ignorancia fomentada, ignorancia fingida... Son muchos los aspectos que analiza este historiador de la cultura. La reseña que sigue, de Jorge Bolívar, es una buena síntesis de su contenido.

P. Burke. Ignorancia. Una historia global.

Madrid: Alianza Ensayo, 2023

Puede parecer una paradoja que, tras una larga carrera dedicada al estudio histórico del conocimiento y su difusión, Peter Burke (Stanmore, Reino Unido, 1937) haya dedicado su ensayo más reciente al papel de la ignorancia en las sociedades humanas. Pero como el mismo autor explica en el prefacio, se trata de un devenir lógico: al explorar la sabiduría se expone la amplitud de lo que no se sabe, de la nesciencia, y se visualiza el fenómeno de la ignorancia como motor de la historia. Señala Burke que el análisis del conocimiento quedaría incompleto sin un examen de lo que se ignora, una conclusión derivada de su larga trayectoria como investigador. No hay que olvidar que Burke publicó su Historia social del conocimiento: de Gutenberg a Diderot, y la segunda parte, Historia social del conocimiento: de la enciclopedia a Wikipedia, hace ya 23 y 13 años respectivamente, y que El polímata, su obra sobre los sabios multidisciplinares, data de hace solo tres años (1). Desde entonces el interés por la ausencia del conocimiento, como antítesis del conocimiento mismo, ha ido escalando en la labor académica de Burke. Por ejemplo, como antecedente del libro que ahora reseñamos se encuentra sin duda el seminario que impartió en 2021 en el Lund Centre for the History of Knowledge en la universidad sueca de Lund, junto a otro interesado en el estudio de la ignorancia, Lukas M. Verburgt. Existen además dos recientes artículos de Burke dedicados a la importancia de la ignorancia: «Introduction: Histories of Ignorance» en el Journal for the History of Knowledge, de 2021, y «History of Ignorance: a 21st Century Project», en la revista Physis del año 2022 (pp. 155-170). El paulatino interés de Burke en el papel histórico de la ignorancia no debe, pues, encontrarnos desprevenidos.

La primera precisión de Burke es que no hay una clase de ignorancia, sino que se trata de un concepto plural. Está la ignorancia de simplemente no saber que no se sabe, junto a la ignorancia de saber que no se sabe y la ignorancia del no querer saber. Cada uno de estos tipos tiene su propia casuística y sus consecuencias. El no saber que no se sabe es la ignorancia profunda, «la falta de conocimiento de la existencia de ciertos temas, incluyendo la carencia de los conceptos necesarios para plantear estas preguntas» (p. 28). El saber que no se sabe supone un grado inferior de ignorancia, pues, afirma Burke, el sujeto es consciente de su falta de información: la ciencia, por ejemplo, ha avanzado gracias a buscar respuestas a los ignotos que se percibían como tales. Este segundo tipo de ignorancia, si va acompañada de la curiosidad, resulta en un motor positivo para la historia, «el esfuerzo por rellenar las nieblas conscientes del conocimiento» (p. 122). El tercer tipo de ignorancia especificado por Burke es el más presente, señala, en la actualidad: no querer saber, o rechazar aquello que puede saberse, pero se contrapone a nuestros valores o creencias. El autor no culpa a cada individuo de esta última actitud: en un mundo de sobreinformación como el siglo XXI resulta complejo seleccionar qué fuentes son fiables o no. Cerrar los ojos a la realidad que no se adecua a nuestros esquemas mentales es hoy más fácil que nunca, pues gracias a la enorme difusión de las nuevas tecnologías comunicativas siempre se pueden encontrar argumentos dialécticos que reafirmen nuestra ignorancia. La extensión actual de las fake news, sobre las que Burke precisa que no se trata de un fenómeno nuevo sino de gran tradición histórica en la comunicación social, se debe precisamente a la sobredosis de información y a la ausencia de una capacidad crítica individual («fallo de filtrado», p. 19). Como señala el autor, una extrema certeza también lleva a la ignorancia, y la posverdad se arma con estos elementos: «La humanidad como un todo es más sabia que nunca, pero la mayoría de los individuos saben poco más de lo que sabían sus antepasados» (p. 63).

Tras la presentación del tema (y su confesión de las dudas que le acarrea, pues un libro sobre la ignorancia, dice, bien podría tener las páginas en blanco), Burke ha elegido dividir el ensayo en dos partes, una primera sobre los mecanismos de implantación de la ignorancia en la sociedad, y otra sobre las consecuencias del fenómeno. Con una erudición asequible únicamente a un académico de tan larga carrera, el autor señala que la extensión de la ignorancia no es siempre responsabilidad de alguien, pues obstáculos naturales, físicos o cognitivos eximen a la humanidad de alcanzar ciertos grados de conocimiento; e incluso, señala, cualquier sabiduría nueva supone la exclusión de saberes más antiguos. Pero también explica las «ventajas» de la ignorancia, entendida como medio de poder. En concreto, Burke especifica tres áreas donde la ignorancia ha sido especialmente útil para el control social: la religión, la ciencia y la geografía. En la segunda parte, dedicada a las consecuencias de la nesciencia, profundiza aún más, y añade la supremacía racial, el machismo al mantener a la mujer en el desconocimiento y la estratificación por clases, al conjunto de actitudes de poder que han favorecido la escasa extensión de la sabiduría. El factor de crítica histórica añade una dimensión más al libro, pues la ignorancia se muestra como una herramienta útil que ha cumplido un papel esencial en el mantenimiento de estructuras sociales dominadas por élites.

El autor muestra una larga lista de ejemplos en cada una de las dos partes del volumen, en un ejercicio que demuestra su enorme bagaje cultural. Sin embargo, dentro de un ensayo dotado de gran consistencia, la enumeración continua de casos concretos sin profundizar en ninguno se muestra como la parte menos sólida. Hubiéramos agradecido que algunos de los ejemplos citados como consecuencias históricas de la ignorancia dispusiesen de un análisis más pormenorizado, aun a costa de citar menos casos. Sin embargo, esta orientación hace que el libro ofrezca dos niveles de lectura: uno adecuado para el mundo académico, pues lo que Burke intenta es abrir el camino a un nuevo campo de investigación, el papel social de la nesciencia, y otro para el lector ocasional y no especializado, que disfrutará de las anécdotas y casos concretos expuestos por el autor. Esto hace que el libro sea atractivo como lectura para el público general, lo cual no es un mérito menor al plantear de manera didáctica y accesible un tema tan árido como el estudio histórico del no-saber.

En teoría social de la comunicación, las implicaciones del libro que reseñamos son enormes por cuanto supone introducir un elemento disruptivo en la cadena Emisor → Mensaje → Receptor: la capacidad o voluntad del receptor de comprender el mensaje en el sentido que el emisor desea. La historia cultural, de la que este autor es uno de los grandes representantes, ya ha añadido numerosos factores de distorsión en la comunicación social que antes no se tenían en cuenta. Ahora Burke incorpora la ignorancia a esta lista de condicionantes. La situación personal del individuo se consagra como clave para el exitoso cumplimiento del proceso comunicativo. Si el receptor carece de la información previa necesaria para comprender la nueva información, el mensaje no tendrá utilidad pues no alcanzará su meta comunicativa; del mismo modo, aunque el receptor disponga de la competencia simbólica precisa para comprender, sus creencias, convicciones e ideología condicionarán su nivel de aceptación del mensaje, que puede ir de la credulidad acrítica a la recepción efectiva o al rechazo del contenido. Las condiciones individuales del receptor, pues, resultan esenciales en la difusión social de información y, como Burke señala, no podemos obviar que el grado de ignorancia, voluntaria o no (el «no saber que no se sabe» o el «no querer saber»), es un elemento a tener en cuenta. El receptor ha dejado de ser un sujeto pasivo para pasar a componente activo en el proceso de transmisión colectiva de mensajes. La ignorancia como herramienta del poder también entra en juego, tanto en la limitación del contenido de los mensajes como en la eliminación directa de los mismos mediante la censura o el secreto. Burke ofrece en este libro una montaña de ejemplos que fortalecen tales posiciones.

Si la primera parte del libro ahonda en lo que, también paradójicamente, podríamos llamar epistemología de la ignorancia, la segunda parte se centra en las consecuencias de la nesciencia. Más concretamente, en la ignorancia del poder y de las élites, las que tienen la capacidad de ejecutar acciones sociales decisivas. El acceso al conocimiento por parte de las élites les asegura determinado grado de control, pero no el acierto. Ya sea porque la información se pierde en la cadena de gobierno (por ejemplo, en el caso de las erróneas decisiones de Hitler en la invasión de la Unión Soviética, donde manejaba divisiones que ya habían sido destruidas), o porque el sesgo emocional del gobernante impide una correcta evaluación de la información (un caso que cita Burke es la colonización británica de la India, donde los prejuicios raciales impidieron una valoración real de la situación), o bien simplemente por ignorancia de primer grado («no saber que no se sabe», como en el ejemplo de la conducta del Antiguo Régimen justo antes de la Revolución francesa), la ignorancia se convierte en un motor decisivo del devenir histórico, iluminando por qué se tomaron decisiones que sin tener en cuenta este elemento serían inexplicables. En este sentido, y de forma elegante, Burke nos recuerda que estudiar la historia es el mejor instrumento para no repetir errores anteriores. El desconocimiento global del pasado empuja a reproducir actitudes irresponsables y a reincidir en equívocos catastróficos. Es destacable que el autor incluya a la política española reciente en estos casos de amnesia histórica que llevan a la ignorancia y a la toma de decisiones erróneas: según él, el olvido de lo que ocurrió en la Guerra Civil, la dictadura franquista y la posterior transición está llevando a nuestro país a la fractura social. La unión de las fuerzas políticas y sindicales en un objetivo común fue entonces decisiva para una consecución exitosa del edificio democrático; pero la amnesia (un proceso de ignorancia sobrevenida) y el progresivo desconocimiento de esa etapa histórica en las generaciones más jóvenes, e incluso entre las élites políticas, están llevando, según Burke, a una debilitación sociopolítica de nuestro entorno nacional. «Ahora que prácticamente nadie recuerda la Guerra Civil, la democracia española parece cada vez más frágil» (p. 365).

Esta idea de Burke de la retroalimentación de la ignorancia, que de instrumento de control social llega a mutar en una trampa para las propias élites que gestionan el conocimiento, resulta sumamente interesante al elevar la nesciencia a factor clave de las dinámicas históricas. Lo que entendemos por racionalidad supone la toma de decisiones lógicas basadas en una información correctamente analizada; pero si la información es incorrecta o el análisis se halla mediatizado por elementos como los prejuicios, la soberbia o un nuevo tipo de ignorancia (la de «no saber que se sabe», es decir, ignorar el conocimiento que sí poseemos), las decisiones serán irracionales, y por tanto no correspondientes a lo que esperaríamos de un proceso histórico dirigido por seres humanos poderosos sin esta clase de interferencias. La ignorancia (o «las ignorancias», como prefiere enunciar Burke) aparece así como un actor histórico de primer orden que explica caminos erróneos y en muchas ocasiones de consecuencias mortíferas. En esta línea, la reflexión de Burke lleva a plantearnos la confusión del actual momento histórico, donde la ignorancia ya no proviene de la falta de información, sino de su exceso y de la resistencia de la población de acceder a tal cantidad de información en su conjunto. La sobredosis de información de nuestros días configura una burbuja de ignorancia incluso entre los individuos considerados cultos («expertos en un campo pero ignorantes de todo lo demás», p. 282) y no digamos ya entre la población de bajo o medio nivel educativo, donde priman las opiniones sobre la adquisición de conocimientos. En este sentido, la información está más disponible que nunca gracias a las nuevas tecnologías y a la apertura social del papel del emisor. Hoy todos podemos ser emisores y con una capacidad históricamente inédita de difusión de nuestros mensajes, pero el acceso a toda esa información se ve relegado simplemente por la necesidad del receptor de elegir sus fuentes en el maremágnum de conocimiento disponible. La mayoría de este conocimiento es lo que Burke llama «material redundante» que, razona, «ahoga la información relevante» (p. 244).

Una historia de la ignorancia escrita de forma tan erudita no es la única paradoja del libro, que está muy lejos de la otra opción, la de escribir sobre la ignorancia con hojas en blanco. Al contrario, Peter Burke elige el camino de azotar la selva de la historia con un machete argumental que permita abrir claros en la confusión actual, y que puede llevarnos también a una interpretación nueva de los procesos sociales que tengan en cuenta el factor del ignorante, sea gobernante o gobernado. Este ensayo consolida la historiografía de la ignorancia y, como el propio autor pide, augura una profundización en un campo de estudios académicos hasta ahora poco transitado.

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Notas

(1) 

Peter Burke, Historia social del conocimiento: de Gutenberg a Diderot, Paidós Ibérica, 2002.

Peter Burke, Historia social del conocimiento: de la enciclopedia a Wikipedia, Paidós, 2012.

Peter Burke, El polímata, Alianza Editorial, 2022.

lunes, 25 de mayo de 2026

(PER)JUICIO INMINENTE

Nunca sabré si representar a la Justicia como ciega es un elogio o una denuncia. A veces su ceguera parece selectiva, como la del viejito del acordeón:

El viejito 'el acordeón en la feria de mi barrio
'taba ciego pero veia lo que echaban en el tarro...

Otras veces, más que ciega, parece tuerta, y solo mira por el ojo derecho.

Como lego en materia judicial no sé si era posible desestimar de entrada la denuncia o si se trata de un trámite necesario. Veremos enseguida el alcance de la acusación.

En el peor de los casos podríamos ver una condena de prisión por una protesta mínimamente agresiva. No parece posible una larga condena que obligue a entrar en la cárcel, pero en todo caso inhabilitaría a los condenados para protestar en lo sucesivo: segunda protesta, segunda acusación, segunda condena... ¡y al trullo!

Una protesta, una manifestación, una huelga, si no molestan, si no estorban siquiera un poco, poco efecto tienen. Incluso manifestaciones enormes son capeadas, se las deja pasar y al día siguiente, "si te he visto no me acuerdo".

De mínima utilidad son nuestras protestas virtuales, las que practicamos encadenados a estas redes que más bien parecen rediles que nos encierran por afinidades; pese a esto sería peor callar y otorgar.

En el caso que nos ocupará a partir de mañana, entre el trivial motivo de la protesta y el terrible daño a las instituciones, en sus locales, dignidad y "prestige", la desproporción clama al cielo. Pero el cielo debe tener también sordera selectiva y no nos oye.

"No tengo nada más que añadir", que dijo aquel sabio de cuyo nombre no puedo dejar de acordarme.

Bueno, no. Me dejaba algo en el tintero: a las pruebas me repito.


El proceso: Jorge Riechmann y la protesta climática

El filósofo y poeta Jorge Riechmann.EFE/Marta Montojo














Jorge Riechmann no es una amenaza, pero fue detenido el 7 de octubre de 2019, junto al técnico en energía Paco del Pozo y la psicóloga Marina M. Martínez, por haber participado en una protesta climática pacífica. El próximo día 26, se enfrentan a un juicio penal acusados de resistencia grave a la autoridad por el que la Fiscalía pide diez meses de prisión. Riechmann, además, está imputado por haber arrojado un líquido rojo biodegradable en la fachada del Congreso de los Diputados junto a otros académicos y activistas.  Filósofo, poeta, profesor universitario y autor de una extensísima obra, su suerte procesal será una prueba de fuego para nuestra salud constitucional y nuestra calidad democrática. Nos dirá mucho del grado en que estamos comprometidos con la defensa de la libertad de expresión, el derecho de reunión y la desobediencia civil no violenta.

Perseguir a quienes se movilizan para alertar sobre una emergencia climática sobre la que existe un consenso científico abrumador, supone castigar a quienes señalan el incendio y normalizar a quienes lo avivan. El caso de Jorge Riechmann ilustra una amplia tendencia de criminalización y estrechamiento del espacio cívico con la que se intenta inmovilizar a la gente y eludir responsabilidades estructurales.

En un Estado constitucional, la protesta pacífica es señal de pluralismo político y ciudadanía activa; una forma legítima de participación pública, especialmente cuando se persigue una finalidad de evidente interés general. Por eso, no toda acción disruptiva ha de recibir una respuesta penal. El derecho penal no puede convertirse en un mecanismo de pedagogía disciplinaria ni en una herramienta para blindar el statu quo a base de castigos ejemplarizantes.

De hecho, el artículo 557 de nuestro código penal exige una interpretación estricta acorde con el principio de legalidad, y no ampara la persecución de una protesta simplemente porque sea molesta, incómoda o contundente. Hay que probar la gravedad del resultado y la existencia de un ánimo intimidatorio o violento. La mera ocupación simbólica, la interrupción temporal o la visibilización mediática no satisfacen los elementos del tipo.

El Tribunal Constitucional español ha reiterado también que el derecho de reunión tiene una función central en el pluralismo y su limitación exige una motivación suficiente. Es decir, que el control de proporcionalidad debe reforzarse especialmente frente a manifestaciones vinculadas a la crítica política y social. Y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha llamado la atención sobre el efecto disuasorio que producen las sanciones penales o administrativas sobre protestas pacíficas, advirtiendo de que su imposición podría ser desproporcionada si acaban desalentando el debate público sobre asuntos de interés general.

En contextos de emergencia climática, la desobediencia civil no violenta se sitúa en la intersección entre nuestros deberes éticos y nuestros derechos políticos porque ayuda a corregir fallos sistémicos o institucionales. Su criminalización desactiva los canales que facilitan la (in)formación y la orientación de la voluntad popular.

Quienes trabajamos la filosofía del derecho (y en esto coincido con Jorge Riechmann) sabemos que puede haber oposición entre la legalidad que emana de las instituciones y la legitimidad de esas mismas instituciones, de manera que, en según qué términos, es posible justificar la desobediencia civil o la resistencia. El descontento no se canaliza solo a través de citas electorales o mediante un sistema judicial eficiente, capitaneado por supuestos jueces incorruptibles que "pronuncian" la ley, porque en una democracia constitucional lo importante no es que la ley sea la ley, sino que no sea solo eso. Es absurdo pensar que no hay nada entre la persona de orden que vota cada cuatro años, se reúne con autorización, se manifiesta en actitud festiva y a golpe de batucada, y los presuntos delincuentes que salen a las calles desordenadamente, aunque sea de forma pacífica y para defender nuestros derechos frente a los abusos del poder político o económico.

Como dice Habermas, todo Estado democrático de derecho debería entender que la desobediencia frente a una violación de derechos orquestada o consentida desde el sistema es una parte necesaria de la cultura democrática. No solo porque, a diferencia de la comisión de un delito, está moralmente fundada, sino porque apela a los fundamentos mismos del orden constitucional. Decir que un acto es ilegítimo, o que no está justificado, simplemente porque existe una norma que lo prohíbe, es una afirmación completamente extemporánea en un sistema que, como el democrático, no funda su legitimidad en la pura legalidad. Si queremos ciudadanos conscientes y racionales para que legitimen los procesos legales con sus votos, hemos de asumir que estos mismos ciudadanos sometan al poder político a un cuidadoso escrutinio y a una permanente crítica y revisión.

De modo que, aunque traspase los límites de lo jurídicamente establecido, una acción pacífica de protesta que se apoya en derechos conquistados y garantizados constitucionalmente, no puede ser, en puridad, una acción sediciosa, porque lo que la mueve no son las creencias privadas o los intereses propios de unos cuantos individuos sino las razones moralmente compartidas que le dan sentido al mismísimo sistema democrático. Así entendida, la desobediencia civil no pretende derrocar o subvertir un orden basado en derechos, sino más bien resistir a su desmantelamiento institucional.

En un Estado que pretenda ser legítimo y democrático, que quiera recabar para sí una adhesión ciudadana voluntaria y genuina, una movilización ecologista debería recibir un tratamiento político mucho más refinado e inteligente. Jorge Riechmann se enfrenta a un juicio el próximo martes. Penalizar a quienes defienden la Tierra y los bienes comunes en nombre de un aparente legalismo sin matices es un error normativo que acabará por corroer la propia estructura jurídica que dice defender.

viernes, 15 de mayo de 2026

Un recuerdo para El Cabrero

"Verba volant, scripta manent". Desde que la voz se escribe también "verba manent".

Gracias a esto, aunque se haya apagado la vida de El Cabrero, nos queda su voz. Es raro que se aúnen en un intérprete conocimiento, habilidad, sentimiento y un timbre tan claro y potente. La capacidad de muchos artistas no los libra siempre de exageraciones o alardes innecesarios. Esto no iba con él.

Porque su sentir no era apariencia. Siempre consecuente, sus letras se reflejaban en una vida de trabajo que nunca abandonó. "Predica, Fray Ejemplo". Letras que en tiempos duros pero esperanzados fueron armas obreras cargadas de futuro que sustituían en muchos cantaores el lamento triste por el grito rebelde. Entre ellos destaca El Cabrero por su singular estilo de vida. Por eso le ha rendido homenaje el poeta Conrado Santamaría recordando esta emblemática letra:

Nos enseñan a matar
mucho más que a sembrar un árbol,
nos enseñan a matar,
y a los que nos rebelamos
solo nos queda gritar:

¡Ni guerras ni Dios ni amo!




Apoyo constante fue su compañera Elena Bermúdez. Hijo de ambos, El Crespo Zapata continúa su trayectoria.

Del obituario publicado en El Salto:

Muere El Cabrero, el cantaor al que el miedo hizo rebelde y no borrego

El cantaor flamenco El Cabrero ha fallecido en Aznalcóllar a los 81 años de edad. Cabrero de profesión y anarquista de filiación, llegó a convertirse en el cantaor con más proyección internacional pero nunca dejó de sacar a sus cabras.

Así proclama en este vídeo:

Esta fue una de sus últimas actuaciones en la Fiesta del PCE:

Documental Mi patria es la Libertad:

martes, 12 de mayo de 2026

El cante y sus primeras grabaciones

La pasada semana, desde Écija, su pueblo y el mío, hablaba en el programa de RTVE nuestro flamenco el musicólogo José Manuel López Gutiérrez, "Chemi López", que acaba de publicar el libro El Cante después del cante. La era acústica, 1878-1926. El autor es también un activo editor musical a través de la marca La Droguería Music.


















Me intrigó el tiempo histórico elegido. Es anterior a la utilización de medios electrónicos, de ahí el nombre de "era acústica": las vibraciones de la voz y el instrumento se transmitían mecánicamente a unos cilindros de cera, situándose cantante y guitarrista muy cerca de una campana que las recogía.

Como resultado, las condiciones de la grabación eran muy diferentes de las de los cafés cantantes de la época, así que lo que conservamos no es exactamente lo que escuchaban los asistentes al espectáculo. Pero esta versión grabada en condiciones poco naturales es sin embargo la que influyó en el cante que se hizo después.

La Historia humana más fiel comienza con la escritura; lo anterior es incierta Prehistoria, reconstruida y poco precisa. Lo mismo pasa con la música. Si la música culta quedó fijada con el pentagrama, de la evolución de la música popular sabemos mucho menos. Cada generación aprendía de la anterior, y los únicos testimonios directos del flamenco proceden de esta "era acústica".

La comparación con el folklore actual de otras culturas que pudieran influir en el cante andaluz permite hacer conjeturas sobre sus formas previas. También hay ecos de formas populares en la música culta escrita. Pero la influencia directa superior a una generación comienza con estas primeras grabaciones. A partir de ellas empieza para nosotros la Historia del Flamenco, que hoy abarca al menos cuatro generaciones.

En su evolución, por lo tanto, ha influido mucho este conocimiento. A lo largo del siglo XX se consolida un arte que, lejos de lo que imaginaban los organizadores del concurso de Cante Jondo de Granada de 1922, no era un objeto puro y consolidado, ajeno al folklore tradicional, sino un arte mestizo, que en expresión de mi paisano, que no había oído desde hace tiempo, estaba todavía "entenguerengue".

La relación dialéctica entre el observador y lo observado no solo se da en la Física, donde a partir de ciertas escalas cobra mucha importancia. También en las ciencias sociales la presencia del observador influye en el comportamiento de los sujetos y en la interpretación que hacemos del mismo.

De manera que, aunque no sepamos como sería el cante si no conociéramos su evolución reciente, podemos suponer que no sería el mismo. Es mucho lo que han podido estudiar a fondo cantaores y guitarristas a fuerza de oír y comparar una y otra vez las grabaciones que se han sucedido a lo largo de un siglo y medio. El gusto en continua evolución hace fluctuar el aprecio a lo largo del tiempo de las formas que se han conservado, desde los cilindros de cera y los discos de pizarra al microsurco, la cinta magnetofónica, el disco compacto, y más allá...

Aprecio y menosprecio se suceden, pese al prestigio legendario de algunos precursores. Tal vez si apareciese hoy una grabación de Silverio nos decepcionaría. ¿O quizá no...? ¿Por qué será que a veces prefiero alguna interpretación posterior de la malagueña de Chacón o de la rondeña de Montoya?

Del programa radiofónico mentado dejo aquí el minutado, aunque os recomiendo la audición entera:

Guitarristas:

03:16, Miguel Borrull, variaciones de granaína

06:51, Luis Yance, zambra gitana

10:48, Ramón Montoya, rondeña

Cantaores:

15:20, Antonio Pozo, "El Mochuelo", petenera

24:44, Paca Aguilera, guajira

34:35, María Valencia, "La Serrana", seguiriya

36:52, D. Antonio Chacón, malagueña

45:10, Cayetano Muriel, "Niño de Cabra", cartagenera

53:53, Pastora Pavón, "Niña de los Peines", soleares

Aquí va otra entrevista en que Chemi señala otra variable que experimentamos todos: oír la propia voz nos hacer sentirla extraña e intentamos modificarla. Surge esa posibilidad con la era acústica; antes nadie podía ser consciente de que los demás no nos oyen como nos oímos "desde dentro".

Se cierra la entrevista con esta soleá. Canta Luis Moneo:

¡Mal fin tengas! ¿qué me has dao
pa que yo tanto te quiera,
que me has hecho aborrecer
a quien quería de veras?

sábado, 9 de mayo de 2026

DEFENDER LA TIERRA NO ES DELITO

Si es delito la omisión del deber de socorro, no defenderla lo debería ser.

Pero al parecer parece que parece que esto no es tan obvio como parece.

Ya nos gustaría que fiscales y jueces fueran tan estrictos y puntillosos con otros presuntos pecadillos como lo son con estos activistas. Dado que Sus Sensibilidades afinan tanto, tal vez la presión popular sirva para algo.

Aunque... no sé... no sé...

Sumémonos pues a esta petición:

https://www.peticiones.net/defender_la_tierra_no_es_delito 


DEFENDER LA TIERRA NO ES DELITO

8 de mayo de 2026






El próximo 26 de mayo se juzgará en Madrid a tres personas: Jorge Riechmann, Marina M. Martínez y Paco del Pozo, acusadas de “resistencia grave a la autoridad”, un delito castigado con multas o penas de prisión de tres meses a un año. Su grave resistencia consistió en evitar ser lesionadas cuando la policía deshizo la cadena humana que cortaba el tráfico de una calle de Madrid el 7 de octubre de 2019. Es, pues, una acusación falsa. Alguna de estas personas y otras catorce se enfrentarán, además, en los próximos meses, a otro proceso penal, este por la acción realizada el 6 de abril de 2022, consistente en verter un líquido biodegradable y fácil de limpiar en las columnas de la fachada del Congreso de los Diputados. En este caso, las penas solicitadas son aún más duras.

Estas dos acciones no violentas formaban parte de campañas de movilizaciones internacionales. La primera fue impulsada por la plataforma 2020 Rebelión por el Clima junto con Extinction Rebellion Spain. La segunda, por Rebelión Científica, integrada por científicos y académicos que, tras advertir durante décadas de la gravedad de la crisis ecológica, y particularmente de la mutación climática, y en vista de la inacción política, han decidido pasar a la acción. Un país como el nuestro, que ha sufrido estos últimos años olas de incendios devastadores, creciente desertificación, sequías prolongadas y una DANA de consecuencias terribles, todo ello sin precedentes, debería ser especialmente sensible a la hora de tomar medidas ante la crisis ecológica y sus efectos ya patentes.

¿Es tan grave la situación como para que valga la pena arriesgar la libertad y el patrimonio para tratar de llamar a la acción? Sí, si damos por cierto los últimos informes del IPBES o del IPCC de las Naciones Unidas. En este último se afirmaba: “Nos enfrentamos a una catástrofe inminente; estamos sobrepasando un punto de inflexión climático irreversible sin que los Gobiernos estén actuando en consecuencia”. El propio Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, advertía en diciembre de 2024: “Estamos presenciando el colapso climático en tiempo real. Este camino está abocado a la ruina y tenemos que abandonarlo lo antes posible”. Y en 2025, dijo: “Los países deben encaminar al planeta hacia perspectivas más seguras, reduciendo drásticamente las emisiones y apoyando la transición a un futuro renovable”. Por su parte, en enero de 2020, el Consejo de Ministros del gobierno español había aprobado la Declaración ante la Emergencia Climática y Ambiental en España.

La realidad es que ni la comunidad internacional ni nuestro gobierno están actuando de acuerdo a sus compromisos, y las causas que motivan la crisis, lejos de disminuir, siguen aumentando su impacto. En primer lugar, porque ni en la práctica ni en el discurso han abandonado la senda del crecimiento económico, que está en la base de la destrucción ecológica en curso. En el caso europeo, además, dicho crecimiento avanza a remolque del sector militar, es decir, de la destrucción de la vida. Por otro lado, incluso cuando se avanza en políticas de corte ecosocial, se reduce el problema ecológico multidimensional al factor de las emisiones, poniendo en marcha medidas ambiguas que, aunque pueden reducir emisiones localmente, suponen un empeoramiento global de la extralimitación planetaria (un ejemplo palmario de ello es el incentivo público al coche eléctrico).

Por todo ello, necesitamos más que nunca que las voces de los defensores de la tierra se hagan oír. No solo por la gravedad de la devastación ecológica y sus temibles consecuencias para la sociedad, ni tampoco por la escandalosa falta de medidas serias para la paliarla, sino porque, en un nuevo giro de la espiral, quienes recurren a la acción pacífica para llamar la atención sobre todo ello son castigados con una violencia institucional absolutamente desproporcionada. ¡Un año y nueve meses de cárcel por participar en una manifestación pacífica! Es lo que pide la Fiscalía por la acción ante el Congreso. Pero ¿hace falta recordar que la desobediencia civil no violenta es un recurso fundamental de la democracia, gracias a la cual se han conseguido algunos de los logros más nobles de nuestras sociedades? Aceptar su criminalización es aceptar el menoscabo de la soberanía popular y del derecho fundamental de oponerse pacíficamente a la injusticia.

Esta oposición pacífica es hoy más importante que nunca. El mundo se está encaminando por una senda de violencia y belicismo que aniquila a su paso pueblos, como el de Gaza, ecosistemas y, en resumen, las perspectivas de un futuro digno en este planeta vivo. Si no interponemos acciones de paz frente a la guerra, lo peor de lo que puede pasarnos ocurrirá, y de manera acelerada.

Por todo lo anterior, solicitamos tu firma al pie de este manifiesto y tu presencia en el acto de apoyo a esta causa que tendrá lugar en el Círculo de Bellas Artes, el próximo 25 de mayo de 2026 a las 19:00 h.

PRIMERAS FIRMAS:

Adrián Almazán. Profesor de universidad, escritor

Ana Morente. Periodista

Ana Pérez Cañamares. Poeta

Antonio Crespo Massieu. Poeta

Antonio Gamoneda. Poeta

Antonio Orihuela. Poeta

Alberto García-Teresa. Poeta

Alberto San Juan. Actor, fundador del Teatro del Barrio

Ana Rosetti. Poeta

Aurora Fernández Polanco. Catedrática de universidad

Azahara Palomeque. Poeta y novelista

Belén Gopegui. Escritora

Bernardo Atxaga. Escritor

Carmen Madorrán. Profesora de universidad, escritora

Chema Madoz. Fotógrafo

Eva Lootz. Artista

Gabi Martínez. Escritor

Jaime Vindel. Científico titular del CSIC

Joaquín Araujo. Naturalista, escritor, agricultor ecológico

Jordi Doce. Poeta, crítico literario

José Albelda. Pintor, fundador de MHESTE/ DESEEEA

Joseba Sarrionandia. Escritor

José Luis Tirado. Artista, cineasta

José María Parreño. Poeta, profesor de universidad

Juan Carlos Mestre. Poeta

Laura Casielles. Poeta

Manuel Alcántara. Decano Facultad Filosofía y Letras UAM

María Sánchez. Poeta

Marta Sanz. Poeta y novelista

Miguel Casado. Poeta y crítico

Mar Villaespesa. Comisaria de exposiciones

Marina Garcés. Filósofa

Manuel Rivas. Escritor

Nacho Fernández Rocafort. Poeta, profesor

Olvido García Valdés. Poeta

Ruper Ordorika. Músico

Tonia Raquejo. Catedrática de universidad

Tristán Ulloa. Cineasta, actor

Viggo Mortensen. Actor, cineasta

Yayo Herrero. Antropóloga, activista ecosocial, profesora de universidad

viernes, 8 de mayo de 2026

Cómo introducir el vicio en el hospicio

Al interactuar en cualquier entorno social hay juicios y opiniones que se consideran "aceptables" y hay otras "inaceptables" que nos cuesta admitir o al menos expresar públicamente. Así se configura el "sentido común". Sin que todos los juicios sean coincidentes esto marca un territorio para el debate del que es difícil salir. El marco admisible es la denominada Ventana de Overton y limita las opiniones que se pueden expresar en el espacio público sin que el individuo o partido político que las expresa sea directamente descalificado.

El marco no es fijo. Con los cambios sociales se desplaza, crece o mengua, Una sociedad represiva que impone marcos rígidos estrechará la ventana, otra más libre la ampliará. La acotación es variable y depende de cada cultura y de los cambios que experimenta, muchas veces provocados por la represión o la propaganda.

Quedan fuera de la ventana lo considerado "impensable" y lo que parece demasiado "radical". Dentro de ella tampoco da todo igual. La gama va de lo simplemente "admisible" a lo abiertamente "popular", pasando por lo que parece al menos "sensato".

La política se sitúa en el centro de la ventana porque el ideario aceptable por el público bendice la viabilidad política de una idea, definida por este hecho más que por las preferencias individuales de los políticos.

Así, en cada momento, esta «ventana» incluye una gama de políticas, aceptables de acuerdo al clima de la opinión pública, que un político puede recomendar sin ser considerado demasiado extremista para ocupar o mantener un cargo público. Si solo es aceptable una estrecha gama de políticas potenciales conviene a los políticos apoyarla por encima de sus preferencias personales.

La gama varía cuando las ideas cambian no entre los políticos sino en la sociedad que los elige.

Hay técnicas para mover la ventana, por ejemplo promoviendo deliberadamente ideas «radicales» con la intención de hacer parecer más moderadas y por lo tanto más aceptables ideas que todavía están fuera. Compararlo con lo horrible puede llevarnos a admitir lo simplemente "malo".

Pero no todas las técnicas son iguales, porque la ventana puede moverse y hacer que cambie la mentalidad de la sociedad apelando, tanto a los hechos y la lógica, como a la moralidad, a las emociones y en última instancia a las circunstancias o la desinformación.

El lenguaje juega un papel importante en este juego, no siempre limpio. Así, el "sentido común" al que apela un partido como VOX, y que desplaza la mentalidad hacia valores reaccionarios, no necesita utilizar, como los nazifascistas de otro tiempo, la noción de supremacía racial para excluir: le basta por ahora la preferencia nacional para priorizarEl fascismo de hoy está manipulando la percepción, con solo cambiar raza por nacionalidadexclusión por prioridad y supremacía por preferenciaSuavizar el lenguaje hace que los poco avisados no perciban la nueva piel de cordero.

En todo esto subyace la exclusión de los que no forman parte de un "nosotros" siempre artificial y más que discutible. En este momento "nosotros" somos los españoles, los andaluces, los canarios, los de mi barrio o mi familia. No los trabajadores, no, ahora mismo, los pasajeros del Hontius. La lupa del prestidigitador se dirige siempre intencionadamente.

Pero el mecanismo funciona; evocando a Javier Krahe:

"El pecado se ha colado aprovechando un resquicio: ya está el vicio en el hospicio"


Supremacía nazional 

Enrique Javier Díez Gutiérrez

01/05/2026

Una niña sostiene un cartel en una manifestación antirracista en Madrid. Europa Press











La nevera vacía de los Mbarga

Eran las 7:30 de la mañana cuando Anne, enfermera camerunesa de 42 años, se plantó delante del director de la contrata de limpiezas donde trabaja desde hace nueve años. No iba a pedir un aumento ni a quejarse de los turnos. Iba a entregar su renuncia. La razón: su hijo de 15 años, Christophe, había llegado la noche anterior con una hoja informativa en la mochila. Era el nuevo cartel del comedor social al que acudían dos veces por semana. Decía, con el sello del ayuntamiento gobernado por un partido de extrema derecha: "Prioridad de atención alimentaria: nacionales y residentes de larga duración con dos años de arraigo acreditable".

Christophe había nacido en España. Habla catalán sin acento. Juega en el equipo de baloncesto del barrio. Pero para ese Ayuntamiento, él y su madre —que paga impuestos, cotiza y limpia en casas— son "menos preferentes" que un nacional que llegó ayer del pueblo de al lado. Anne no renunció por orgullo. Renunció porque esa noche, al abrir la nevera, solo había medio brik de leche y dos zanahorias. Y porque la trabajadora social le dijo: “Lo siento, ahora hay lista de espera para los que no son de aquí”.

La trampa ideológica: "Los nuestros primero"

Lo que Anne sufrió en carne propia no es una medida aislada ni un exceso local. Es la punta del iceberg de un marco ideológico que la extrema derecha ha logrado normalizar bajo el seductor eslogan de la "preferencia nacional". La fórmula es tan simple como perversa: en el reparto de recursos escasos —vivienda, ayudas, empleo, sanidad, educación—, los “nacionales” deben ir siempre por delante.

Pero este principio choca con tres verdades incómodas que la ultraderecha oculta tras sus carteles de colores patrios:

  • Es ilegal según el derecho internacional. La Convención Europea de Derechos Humanos y la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE prohíben la discriminación por origen nacional o étnico. La "preferencia nacional" no es patriotismo, es xenofobia aporófoba.
  • Es económicamente estúpida. España necesita inmigrantes. La Seguridad Social es viable hoy gracias a los trabajadores extranjeros, que aportan más de lo que reciben.
  • Es una máquina de fabricar ciudadanía de segunda. Lo denunció el filósofo Étienne Balibar: "La preferencia nacional institucionaliza un apartheid cotidiano. No hace falta un muro físico cuando los comedores sociales ya tienen lista de espera para los que tienen el pasaporte equivocado".

La deriva de la "solidaridad restrictiva"

Detrás de cada cartel como el que vio Christophe hay una operación política calculada. La extrema derecha no propone eliminar el Estado de bienestar; propone restringirlo a unos pocos. Es la táctica del "nosotros contra ellos" aplicada a los comedores escolares, las listas del paro y las urgencias hospitalarias.

El historiador Enzo Traverso lo llamó "nacionalismo social": robar símbolos y políticas de la izquierda para teñirlos de sangre y suelo. "Nacionalizarán las ayudas sociales para que los autóctonos pobres odien a los inmigrantes pobres en lugar de odiar a los ricos de cualquier bandera", escribió.

Y funciona. Porque mientras los ultras señalan a la familia Mbarga como "la que nos quita las becas", los verdaderos beneficiarios del sistema —grandes fortunas, fondos buitre, empresas que contratan en paraísos fiscales— siguen jugando en otra liga, sin carteles que las nombren.

Supremacía nazional

La ventana de Overton se está desplazando cada vez más a la derecha. El actual Partido Popular ya ni disimula su herencia franquista. Fundado por los herederos de la dictadura fascista están retornando a sus orígenes. La causa ha sido su "hijo pródigo", Santiago Abascal, que se escindió del partido y montó un "chiringuito" de extrema derecha. Ahora les "lleva de calle" y ha conseguido que compren su marco ideológico supremacista, que sostiene que un grupo es superior a otros y, por tanto, debe recibir más y recibirlo primero.

El eslogan de "supremacía nazional" (o "preferencia nacional" como les gusta tildarla) se ha convertido en una pieza central de las guerras culturales en el repertorio discursivo de la extrema derecha actual. Este marco ideológico y político procede de la extrema derecha francesa (Jean-Marie Le Pen y posteriormente Marine Le Pen), donde se reformuló un discurso abiertamente racista en términos jurídico-administrativos aparentemente menos agresivos: sustituyendo raza por nacionalidad, exclusión por prioridad y supremacía por preferencia.

Este desplazamiento semántico permite lo que algunos autores denominan "racismo sin raza" o "nativismo institucional": se mantiene la lógica supremacista, pero con un lenguaje menos directo y ligado a vínculos emocionales de un "nosotros" contra los "otros". En la narrativa racista actual del neofascismo, la "preferencia nacional" opera como un marco que define un "nosotros" (los nacionales, "los de casa"), construye un "ellos" (inmigrantes, extranjeros, minorías) y legitima una jerarquía de acceso a derechos. No se presenta como exclusión, sino como protección moral: "los nuestros primero". Este giro retórico convierte una medida discriminatoria en una demanda aparentemente anclada en el sentido común.

Narrativa de guerra cultural

La eficacia política del giro reside en tres mecanismos:

a) simplificación: se vinculan problemas sociales (paro, vivienda, servicios públicos) con un único factor: la inmigración;

b) desplazamiento del conflicto social: Se sustituye el eje clase/desigualdad por el eje nacional/extranjero; y

c) activación emocional del discurso: apelando a la inseguridad, el agravio comparativo y la pérdida de estatus, mediante mensajes simples y polarizantes.

No se trata solo de la posibilidad de la aplicación real de estas políticas racistas, sino de su capacidad para redefinir la agenda pública. Introducen nuevos criterios de legitimidad (nacionalidad frente a derechos universales), desplazan debates estructurales (desigualdad social, falta de fiscalidad progresiva) y, sobre todo, reconfiguran lo que era impensable hace poco para ser "decible" políticamente, debatible mediáticamente, asumible socialmente y, finalmente legislable normativamente (es la ampliación cada vez mayor de la ventana de Overton). Porque, incluso aunque sean jurídicamente inviables, porque son anticonstitucionales y contrarios a la normativa europea al menos, de momento, funcionan como dispositivos de hegemonía cultural.

La clave de su éxito es su ambigüedad estratégica: puede defenderse como política social "prioritaria", pero opera como mecanismo de exclusión diferencial. A primera vista, parece una política de gestión escasa de recursos. Pero analíticamente introduce un criterio de estratificación de derechos basado en la nacionalidad. No se presenta como racismo explícito, no afirma abiertamente superioridad biológica o cultural (como el supremacismo clásico) pero establece una prioridad estructural de unos sobre otros. Se convierte en un marco ideológico que redefine quién merece derechos y en qué grado. Esto configura lo que puede denominarse un "Estado racista", donde los derechos dejan de ser universales, para volverse condicionados por pertenencia a un determinado grupo.

Una sociedad de racismo institucional

Si extrapolamos ese mecanismo racista, el resultado es una transformación profunda del contrato social. Se construye una ciudadanía jerárquica, donde se pasa de la ciudadanía universal (igualdad formal) a una ciudadanía estratificada: nacionales, residentes con derechos limitados y sujetos "tolerados" sin garantías. Se normaliza la desigualdad jurídica: legitima la discriminación institucional y el trato diferencial legalmente establecido (sería la norma administrativa). El Estado Social deja de atender a la población en función de su necesidad, y lo hace de acuerdo a su pertenencia. Con efectos amplificados en el ámbito socioeconómico: competencia entre clases y grupos subalternos (trabajadores nacionales vs migrantes), desplazamiento del conflicto estructural (la desigualdad pasa a reconfigurarse como identidad), explotación (mano de obra precarizada sin derechos plenos) y rompe cualquier posibilidad de solidaridad intergrupal, lo que beneficia a estructuras de poder económico.

Esto supone una erosión democrática. Se pasa del principio de igualdad al principio de prioridad lo cual supone una restricción de derechos civiles y sociales, la legitimación de políticas autoritarias y la ampliación del margen de arbitrariedad estatal. No hace falta un giro explícitamente totalitario y fascista: basta con una deriva incremental progresiva.

Pero el cambio más profundo no es jurídico, sino cultural: se naturaliza que "unos valen más que otros", se redefine la justicia como favoritismo legítimo y se institucionaliza el "nosotros primero". Se consagra la hegemonía cultural del nativismo primitivo más racista y aporófobo. La "preferencia nacional" no es una simple consigna electoral, es un principio organizador alternativo del orden social que redefine silenciosamente una cuestión central: quién tiene derecho a tener derechos.

El principio del fin del universalismo

Cuando un ayuntamiento decide quién come primero según su nacionalidad, está abriendo una herida que tarda décadas en cerrar. Está diciendo a los 850.000 niños y niñas nacidos en España de familias inmigrantes que su carnet de identidad y su cédula de empadronamiento no valen lo mismo. Está enseñando a Christophe que por mucho que estudie o trabaje, siempre habrá una cola en la que él estará al final.

La "preferencia nacional" no es una política social. Es un mecanismo de exclusión con envoltorio de bandera. Y su triunfo más devastador es hacernos creer que es normal elegir quién merece comer o curarse según la línea que dibujan los mapas.

Anne volvió a su trabajo una semana después. El director de su empresa le buscó una ayuda de emergencia sin preguntar por su pasaporte. Pero en su barrio, el cartel sigue allí. Y cada día, más gente lo lee y asiente.

Esa es la batalla real: no entre nacionales y extranjeros, sino entre quienes defienden un sistema de derechos universales y quienes construyen, cartel a cartel, un mundo de colas separadas.

jueves, 30 de abril de 2026

El hambre como arma de guerra. Gaza

De nuevo una flotilla intenta llevar a Gaza lo indispensable para sobrevivir. De nuevo el sionismo sella la costa para matar de hambre a los palestinos. En épocas que consideramos bárbaras el hambre era un medio para rendir a poblaciones sitiadas. Con su repugnante sentido del humor, un dirigente israelita de cuyo nombre no suelo acordarme dijo hace tiempo que los gazatíes debían "adelgazar".

En los planes de Israel el hambre, más que como un medio de presión, funciona como un instrumento de exterminio programado. Su "prioridad nacional" es que en las tierras de que se ha ido apoderando desde hace un siglo no quede ni el recuerdo de la población palestina.

Dentro de la XLII Semana Galega de Filosofía dedicada en esta ocasión al alimento, Teresa Aranguren, cuya larga presencia en tierras bíblicas la hace experta en esta dramática historia, habló sobre el hambre como arma de guerra, que no es por desgracia cosa del pasado.

Hace un siglo, la población judía en Palestina no llegaba al 3% del total. Aquellos judíos arabizados convivían con cristianos y musulmanes, y la gran masa de los actuales israelíes procede de Europa, donde por una parte se los perseguía y por otro lado se les ponía un puente de plata, para utilizarlos como una cuña geopolítica con la que Francia, y sobre todo Inglaterra, se introdujeron en las ruinas de lo que había sido el Imperio Otomano.

El Fondo Nacional Judío se encargó durante todo el siglo XX de adquirir tierras en Palestina a los terratenientes árabes. De ellas se fue expulsando a los aparceros nativos para sustituirlos por inmigrantes europeos de religión hebraica. Lo que vino después, incluido el terrorismo de grupos como Irgún y Haganá, nos ha traído a la peligrosa situación actual, con Israel como instigador de las barbaridades que comete su tonto útil norteamericano y ante la estupefacta pasividad de gobiernos a los que la situación ya no es tan favorable. El terremoto geopolítico está servido; los palestinos lo sufren en primera línea.

La relatora desarrolló este tema que conoce de primera mano en el vídeo que sigue.