No es un bello producto, no es un fruto perfecto...
pero alguna vez esto tenía que empezar. Todo corre prisa, el tiempo se encoge como la piel de zapa. Por eso lo importante se hace urgente y lo urgente cobra importancia.
Ahí va eso. Irá cambiando, se desarrollará, pero no se puede esperar más.
Época rara ésta. ¿Lo habrán sido todas? Posiblemente, pero no en tan alto grado. Ahora todo es apariencia. Intentemos descubrir juntos qué hay detrás del decorado.
Durante una década, Enrique Javier DíezGutiérrez, catedrático, ensayista y educador, fue coordinador del área de educación de Izquierda Unida. Desarrolla ahora su labor docente e investigadora en la Facultad de Educación de la Universidad de León, dentro del Departamento de Didáctica General, Específica y Teoría de la Educación.
Antes de esta última actividad en la educación superior trabajó como educador de calle, maestro de primaria, profesor de secundaria y orientador en institutos, y sigue participando activamente en movimientos sociales y educativos.
El conocimiento práctico y directo de todas las etapas de la educación, tanto la reglada como la que destilan los medios, le confiere autoridad para la crítica de las ideas que moldean un peligroso "sentido común" en esta época de oligopolios informativos.
La escuela, que tanto tiempo ocupa en el día a día de los jóvenes, debería estar formando conciencias críticas para mantener a raya las peligrosas ideologías y prácticas sociales fomentadas desde el poder mediático. Por ello, de entre sus numerosos libros, quiero destacar la reciente Pedagogía Antifascista. Tarea urgente es desenmascarar el nuevo auge del fascismo, nunca erradicado porque es la bala en la recámara del capitalismo.
Reseñé este libro en la entrada de este blog Neofascismo y redes sociales. Ahora, una nota a pie de página hallada en él me hace volver sobre los onceprincipios de la propaganda de Goebbels.
Goebbels es seguramente uno los personajes más enigmáticos de la historia reciente. En su haber cuenta con una estrecha amistad con el dictador Adolf Hitler, gracias al cual ocupó en los años del régimen nazi el cargo de ministro de Ilustración y Propaganda. Su aspecto físico peculiar (padecía de una cojera permanente y una estatura muy baja), junto a los ardientes discursos que protagonizaba, son dos de sus características mejor recordadas. No obstante, de él debería resaltarse que era un antisemita convencido, y que fue uno de los escasísimos cargos públicos que reconoció expresamente (con orgullo) el genocidio del pueblo judío.
Su actitud de odio salvaje, condimentada con un muy notable talento para la oratoria y para el arte (sobre todo la literatura), componía una mezcolanza indigesta de la que surgían obras de ensalzamiento sobre la muerte. Uno de los objetivos que persiguió hasta su defunción (un día después de la de Adolf Hitler) consistía en la construcción de una moral alemana basada en los principios del régimen, y que precisaba del exterminio de quienes fueran considerados sus enemigos. Todo ello requería, sin duda, un aparato propagandístico sin parangón.
Una de las primeras tareas que desarrolló en su rol político fue censurar a cualquier medio que se opusiera a las ideas de su partido, así como fomentar el arte y la información que se alinearan con él. Tuvo un gran interés por los recursos audiovisuales (cine, música, etc.) en cuanto a herramientas útiles para dispersar su ideario entre la población alemana de aquellos años. Fue un censor y un promotor abnegado al propósito fundamental de construir un país sumido en el belicismo, por lo que una enorme cantidad de carreras artísticas (en todo tipo de disciplinas) nacieron y murieron estando él en el cargo ministerial.
(...)
El éxito de estos principios está fuertemente ligado a la capacidad de saturación de la información, y en ello estriba la capacidad de una propaganda sin escrúpulos para imponer un "sentido común" favorable a sus intereses, tanto en los regímenes totalitarios como en las llamadas "democracias liberales".
Pero mientras en los primeros se instalan más fácilmente el escepticismo y la sospecha ante tanta unanimidad, la aparente diversidad de las segundas enmascara más fácilmente lo que se presenta como "pluralidad de opiniones".
Lo estamos viendo en estos momentos en nuestro país. Los medios privados, y hasta una parte de los públicos, imponen una bien orquestada "opinión plural" que cala en muchos, que precisamente culpan al actual gobierno de coalición de un monolitismo que en ellos aparece bien camuflado. Si se analizan esos intereses coaligados se ve la misma confluencia de intereses. Ante todo, intereses de clase.
Vuelvo a recordar los once principios de la propaganda. Aplicad cada uno a la situación actual y seguramente me daréis la razón. ¿Quién es hoy el "enemigo personificado"? ¿Dónde "anida la corrupción"? Etc. etc.
Cuando aparece el virus de la rebeldía ante la crisis sistémica, el capitalismo recurre a la fuerza. Se adelgaza el Estado asistencial y se refuerza el represivo. Las ideas fascistas ganan terreno, aupadas por un aparato de propaganda bien orquestado que reconduce el pensamiento de mucha gente hacia su propia perdición.
Urgente y necesaria es la Pedagogía Antifascista.
Ahí van esos "principios". Me temo que a algunos hasta les gusten:
Principio de simplificación y del enemigo único.
Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
Principio del método de contagio.Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
Principio de la transposición.
Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan.
Principio de la exageración y desfiguración.
Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
Principio de la vulgarización.
Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.
Principio de orquestación.
La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase: "Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad".
Principio de renovación.
Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
Principio de la verosimilitud.
Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sonda o de informaciones fragmentarias.
Principio de la silenciación.Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
Principio de la transfusión.
Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
Principio de la unanimidad.
Llegar a convencer a mucha gente de que piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad.
Cuando en 1961 fracasó la invasión de Playa Girón, los Estados Unidos cambiaron su táctica para ahogar a la revolución cubana. El aislamiento fue la vía elegida. Perdura en nuestros días, incrementada progresivamente hasta la asfixia económica y agravada tras la caída del bloque socialista. La lleva al extremo la atrabiliaria presidencia del Loco del Pelo Rojo (perdona, Vincent, te han quitado el puesto).
Denunciar la vergonzosa exclusión de Cuba de la OEA, pocos meses después de la fallida invasión, fue el tema de este memorable discurso de Fidel Castro. Pero el discurso fue mucho más, porque hizo historia del imperialismo desde que en sus inicios fue la palanca del desarrollo capitalista. Sin la explotación colonial no habría sido posible la acumulación originaria.
Explotación que no ha terminado con la independencia de la colonias, como puede verse en el informe la guerra permanente contra Áfricaque analiza la situación en el Sahel tras su condicionada independencia y, para el caso americano, en los estudios de Mariátegui sobre el problema del indio.
Porque no hay independencia política si persiste la dependencia económica. En unos casos, como el africano, la independencia quedó atada por acuerdos leoninos con las potencias coloniales, y tras la aniquilación de los líderes que habían luchado por ella cayó en manos de corruptas oligarquías.
En el caso americano, la estructura económica no se transformó con la independencia, antes al contrario, desapareció el barniz paternalista que las nunca cumplidas Leyes de Indias supuestamente garantizaban. El liberalismo que siguió a las independencias acabó con él, pero la propiedad de la tierra quedó en las mismas manos. En el caso peruano, el gamonalismo siguió siendo el modo caciquil de mantener sometidas a las poblaciones indígenas.
El discurso que sigue orientó la revolución cubana hacia su generosa proyección internacionalista. Su análisis modélico de la historia del imperialismo lo hace hoy más pertinente si cabe que cuando fue pronunciado.
En el centenario de su nacimiento traigo aquí este discurso, largo discurso de honda intención didáctica. Siempre lo acusaron de sus largas disertaciones, pero nunca las divulgaron. En estos tiempos de mensajes cortísimos, bueno es pararse a reflexionar. Que la pedagogía imprescindible de Fidel Castroos ayude a seguir pensando.
Vísperas de su muerte, en carta inconclusa porque una bala española le atravesó el corazón el 18
de mayo de 1895, José Martí, Apóstol de nuestra independencia, escribió a su amigo Manuel
Mercado:
«Ya puedo escribir... ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por
mi deber..., de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas
los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice
hasta hoy, y haré, es para eso...
»Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos... más vitalmente interesados en
impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los Imperialistas... el camino que se ha de cegar, y
con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte
revuelto y brutal que los desprecia –les habían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a
este sacrificio, que se hace en bien inmediato y de ellos.
»Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas: –y mi honda es la de David.»
Ya Martí, en 1895, señaló el peligro que se cernía sobre América y llamó al imperialismo por su
nombre: Imperialismo. A los pueblos de América advirtió que ellos estaban más que nadie
interesados en que Cuba no sucumbiera a la codicia yanqui despreciadora de los pueblos
latinoamericanos.
Y con su propia sangre, vertida por Cuba y por América, rubricó las póstumas palabras que en
homenaje a su recuerdo el pueblo de Cuba suscribe hoy a la cabeza de esta Declaración.
Han transcurrido sesenta y siete años. Puerto Rico fue convertida en colonia y es todavía colonia
saturada de bases militares. Cuba cayó también en las garras del imperialismo. Sus tropas
ocuparon nuestro territorio. La Enmienda Platt fue impuesta a nuestra primera Constitución,
como cláusula humillante que consagraba el odioso derecho de intervención extranjera. Nuestras
riquezas pasaron a sus manos, nuestra historia falseada, nuestra administración y nuestra política
moldeada por entero a los intereses de los interventores; la nación sometida a sesenta años de
asfixia política, económica y cultural.
Pero Cuba se levantó, Cuba pudo redimirse a sí misma del bastardo tutelaje. Cuba rompió las
cadenas que ataban su suerte al imperio opresor, rescató sus riquezas, reivindicó su cultura y
desplegó su bandera soberana de Territorio y Pueblo Libre de América.
Ya los Estados Unidos no podrán caer jamás sobre América con la fuerza de Cuba, pero en
cambio, dominando a la mayoría de los demás Estados de América Latina, Estados Unidos
pretende caer sobre Cuba con la fuerza de América.
¿Qué es la historia de Cuba sino la historia de América Latina? ¿Y qué es la historia de América
Latina sino la historia de Asia, África y Oceanía? ¿Y qué es la historia de todos estos pueblos
sino la historia de la explotación más despiadada y cruel del imperialismo en el mundo entero?
A fines del siglo pasado y comienzos del presente, un puñado de naciones económicamente
desarrolladas habían terminado de repartirse el mundo, sometiendo a su dominio económico y
político a las dos terceras partes de la humanidad, que, de esta forma, se vio obligada a trabajar
para las clases dominantes del grupo de países de economía capitalista desarrollada.
Las circunstancias históricas que permitieron a ciertos países europeos y a los Estados Unidos de
Norteamérica un alto nivel de desarrollo industrial, los situó en posición de poder someter a su
dominio y explotación al resto del mundo.
¿Qué móviles impulsaron esa expansión de las potencias industrializadas? ¿Fueron razones de
tipo moral, «civilizadoras», como ellos alegaban? No: fueron razones de tipo económico.
Desde el descubrimiento de América, que lanzó a los conquistadores europeos a través de los
mares a ocupar y explotar las tierras y los habitantes de otros continentes, el afán de riqueza fue
el móvil fundamental de su conducta. El propio descubrimiento de América se realizó en busca
de rutas más cortas hacia el Oriente, cuyas mercaderías eran altamente pagadas en Europa.
Una nueva clase social, los comerciantes y los productores de artículos manufacturados para el
comercio, surge del seno de la sociedad feudal de señores y siervos en las postrimerías de la Edad
Media.
La sed de oro fue el resorte que movió los esfuerzos de esa nueva clase. El afán de ganancia fue
el incentivo de su conducta a través de su historia. Con el desarrollo de la industria manufacturera
y el comercio fue creciendo su influencia social. Las nuevas fuerzas productivas que se
desarrollaban en el seno de la sociedad feudal chocaban cada vez más con las relaciones de
servidumbre propias del feudalismo, sus leyes, sus instituciones, su filosofía, su moral, su arte y
su ideología política.
Nuevas ideas filosóficas y políticas, nuevos conceptos del derecho y del Estado fueron
proclamados por los representantes intelectuales de la clase burguesa, los que por responder a las
nuevas necesidades de la vida social, poco a poco se hicieron conciencia en las masas explotadas.
Eran entonces ideas revolucionarias frente a las ideas caducas de la sociedad feudal. Los
campesinos, los artesanos y los obreros de las manufacturas, encabezados por la burguesía,
echaron por tierra el orden feudal, su filosofía, sus ideas, sus instituciones, sus leyes y los
privilegios de la clase dominante, es decir, la nobleza hereditaria.
Entonces la burguesía, consideraba justa y necesaria la revolución. No pensaba que el orden
feudal podía y debía ser eterno, como piensa ahora de su orden social capitalista. Alentaba a los
campesinos a librarse de la servidumbre feudal, alentaba a los artesanos contra las relaciones
gremiales y reclamaba el derecho al poder político. Los monarcas absolutos, la nobleza y el alto
clero defendían tenazmente sus privilegios de clase, proclamando el derecho divino de la corona
y la intangibilidad del orden social. Ser liberal, proclamar las ideas de Voltaire, Diderot, Juan
Jacobo Rousseau, portavoces de la filosofía burguesa, constituía entonces para las clases
dominantes un delito tan grave como es hoy para la burguesía ser socialista y proclamar las ideas
de Marx, Engels y Lenin.
Cuando la burguesía conquistó el poder político y estableció sobre las ruinas de la sociedad
feudal su modo capitalista de producción, sobre ese modo de producción erigió su estado, sus
leyes, sus ideas e instituciones. Esas instituciones consagraban en primer término la esencia de su
dominación de clase: la propiedad privada. La nueva sociedad basada en la propiedad privada
sobre los medios de producción y en la libre competencia quedó así dividida en dos clases
fundamentales: una poseedora de los medios de producción, cada vez más modernos y eficientes;
la otra, desprovista de toda riqueza, poseedora sólo de su fuerza de trabajo, obligada a venderla
en el mercado como una mercancía más para poder subsistir.
Rotas las trabas del feudalismo, las fuerzas productivas se desarrollaron extraordinariamente.
Surgieron las grandes fábricas, donde se acumulaba un número cada vez mayor de obreros.
Las fábricas más modernas y técnicamente eficientes iban desplazando del mercado a los
competidores menos eficaces. El costo de los equipos industriales se hacía cada vez mayor; era
necesario acumular cada vez sumas superiores de capital. Una parte importante de la producción
se fue acumulando en número menor de manos. Surgieron así las grandes empresas capitalistas y
más adelante las asociaciones de grandes empresas a través de carteles, sindicatos, «trusts» y
consorcios, según el grado y el carácter de la asociación, controlados por los poseedores de la
mayoría de las acciones, es decir, por los más poderosos caballeros de la industria.
La libre concurrencia, característica del capitalismo en su primera fase, dio paso a los monopolios
que concertaban acuerdos entre sí y controlaban los mercados.
¿De dónde salieron las colosales sumas de recursos que permitieron a un puñado de monopolistas
acumular miles de millones de dólares? Sencillamente, de la explotación del trabajo humano.
Millones de hombres obligados a trabajar por un salario de subsistencia produjeron con su
esfuerzo los gigantescos capitales de los monopolios. Los trabajadores acumularon las fortunas
de las clases privilegiadas, cada vez más ricas, cada vez más poderosas. A través de las
instituciones bancarias llegaron a disponer éstas no sólo de su propio dinero, sino también del
dinero de toda la sociedad. Así se produjo la fusión de los bancos con la gran industria y nació el
capital financiero.
¿Qué hacer entonces con los grandes excedentes de capital que en cantidades mayores se iba
acumulando? Invadir con ellos el mundo. Siempre en pos de la ganancia, comenzaron a
apoderarse de las riquezas naturales de todos los países económicamente débiles y a explotar el
trabajo humano de sus pobladores con salarios mucho más míseros que los que se veían
obligados a pagar a los obreros de la propia metrópoli. Se inició así el reparto territorial y
económico del mundo. En 1914, ocho o diez países imperialistas habían sometido a su dominio
económico y político fuera de sus fronteras a territorios cuya extensión ascendía a 83.700.000
kilómetros cuadrados, en una población de novecientos setenta millones de habitantes.
Sencillamente se habían repartido el mundo.
Pero como el mundo era limitado en extensión, repartido ya hasta el último rincón del globo, vino
el choque entre los distintos países monopolistas y surgieron las pugnas por nuevos repartos
originados en la distribución no proporcional al poder industrial y económico que los distintos
países monopolistas en desarrollo desigual habían alcanzado. Estallaron las guerras imperialistas
que costarían a la humanidad cincuenta millones de muertos, decenas de millones de inválidos e
incalculables riquezas materiales y culturales destruidas. Aún no había sucedido esto cuando ya
Marx escribió que «el capital recién nacido rezumaba sangre y fango por todos los poros, desde
los pies a la cabeza».
El sistema capitalista de producción, una vez que hubo dado de sí todo lo que era capaz, se
convirtió en un abismal obstáculo al progreso de la humanidad. Pero la burguesía desde su origen
llevaba en sí misma su contrario. En su seno se desarrollaron gigantescos instrumentos
productivos, pero a su vez se desarrolló una nueva y vigorosa fuerza social: el proletariado,
llamado a cambiar el sistema social ya viejo y caduco del capitalismo por una forma económico-
social superior y acorde con las posibilidades históricas de la sociedad humana, convirtiendo en
propiedad de toda la sociedad esos gigantescos medios de producción que los pueblos y nada más
que los pueblos con su trabajo habían creado y acumulado. A tal grado de desarrollo de las fuerzas productivas, resultaba caduco y anacrónico un régimen que postulaba la posesión privada
y con ello la subordinación de la economía de millones y millones de seres humanos a los
dictados de una exigua minoría social.
Los intereses de la humanidad reclamaban el cese de la anarquía en la producción, el derroche,
las crisis económicas y las guerras de rapiña propias del sistema capitalista. Las crecientes
necesidades del género humano y la posibilidad de satisfacerlas exigían el desarrollo planificado
de la economía y la utilización racional de sus medios de producción y recursos naturales.
Era inevitable que el imperialismo y el colonialismo entraran en profunda e insalvable crisis. La
crisis general se inició a raíz de la Primera Guerra Mundial con la revolución de los obreros y
campesinos, que derrocó al imperio zarista de Rusia e implantó, en dificilísimas condiciones de
cerco y agresión capitalista, el primer Estado socialista del mundo, iniciando una nueva era en la
historia de la humanidad. Desde entonces hasta nuestros días, la crisis y la descomposición del
sistema imperialista se han acentuado incesantemente.
La Segunda Guerra Mundial, desatada por las potencias imperialistas, y que arrastró a la Unión
Soviética y a otros pueblos de Europa y de Asia, criminalmente invadidos, a una sangrienta lucha
de liberación, culminó en la derrota del fascismo, la formación del campo mundial del socialismo
y la lucha por su soberanía de los pueblos coloniales y dependientes. Entre 1945 y 1957 más de
mil doscientos millones de seres humanos conquistaron su independencia en Asia y en África. La
sangre vertida por los pueblos no fue en vano.
El movimiento de los pueblos dependientes y colonizados es un fenómeno de carácter universal
que agita al mundo y marca la crisis final del imperialismo.
Cuba y América Latina forman parte del mundo. Nuestros problemas forman parte de los
problemas que se engendran de la crisis general del imperialismo y la lucha de los pueblos
subyugados: el choque entre el mundo que nace y el mundo que muere. La odiosa y brutal
campaña desatada contra nuestra Patria expresa el esfuerzo desesperado como inútil que los
imperialistas hacen para evitar la liberación de los pueblos.
Cuba duele de manera especial a los imperialistas. ¿Qué es lo que se esconde tras el odio yanqui a
la Revolución Cubana? ¿Qué explica racionalmente la conjura que reúne en el mismo propósito
agresivo a la potencia imperialista más rica y poderosa del mundo contemporáneo y a las
oligarquías de todo un continente, que juntos suponen representar una población de trescientos
cincuenta millones de seres humanos, contra un pequeño pueblo de sólo siete millones de
habitantes, económicamente subdesarrollado, sin recursos financieros ni militares para amenazar
ni la seguridad ni la economía de ningún país?
Los une y los concita el miedo. Lo explica el miedo. No el miedo a la Revolución Cubana; el
miedo a la revolución latinoamericana. No el miedo a los obreros, campesinos, estudiantes,
intelectuales y sectores progresistas de las capas medias que han tomado revolucionariamente el
poder en Cuba; sino el miedo a que los obreros, campesinos, estudiantes, intelectuales y sectores
progresistas de las capas medias tomen revolucionariamente el poder en los pueblos oprimidos,
hambrientos y explotados por los monopolios yanquis y la oligarquía reaccionaria de América; el
miedo a que los pueblos saqueados del continente arrebaten las armas a sus opresores y se
declaren, como Cuba, pueblos libres de América.
Aplastando la Revolución Cubana creen disipar el miedo que los atormenta, y el fantasma de la
revolución que los amenaza. Liquidando a la Revolución Cubana, creen liquidar el espíritu revolucionario de los pueblos. Pretenden en su delirio que Cuba es exportadora de revoluciones.
En sus mentes de negociantes y usureros insomnes cabe la idea de que las revoluciones se pueden
comprar o vender, alquilar o prestar, exportar o importar como una mercancía más.
Ignorantes de las leyes objetivas que rigen el desarrollo de las sociedades humanas, creen que sus
regímenes monopolistas, capitalistas y semifeudales son eternos. Educados en su propia ideología
reaccionaria, mezcla de superstición, ignorancia, subjetivismo, pragmatismo y otras aberraciones
del pensamiento, tienen una imagen del mundo y de la marcha de la historia acomodada a sus
intereses de clases explotadoras. Suponen que las revoluciones nacen o mueren en el cerebro de
los individuos o por efecto de las leyes divinas y que además los dioses están de su parte.
Siempre han creído lo mismo, desde los devotos paganos patricios en la Roma esclavista, que
lanzaban a los cristianos primitivos a los leones del circo y los inquisidores en la Edad Media
que, como guardianes del feudalismo y la monarquía absoluta, inmolaban en la hoguera a los
primeros representantes del pensamiento liberal de la naciente burguesía, hasta los obispos que
hoy, en defensa del régimen burgués y monopolista, anatematizan las revoluciones proletarias.
Todas las clases reaccionarias en todas las épocas históricas, cuando el antagonismo entre
explotadores y explotados llega a su máxima tensión, presagiando el advenimiento de un nuevo
régimen social, han acudido a las peores armas de la represión y la calumnia contra sus
adversarios. Acusados de incendiar a Roma y de sacrificar niños en sus altares, los cristianos
primitivos fueron llevados al martirio. Acusados de herejes, fueron llevados por los inquisidores a
la hoguera filósofos como Giordano Bruno, reformadores como Hus y miles de inconformes más
con el orden feudal. Sobre los luchadores proletarios se ensaña hoy la persecución y el crimen
precedidos de las peores calumnias en la prensa monopolista y burguesa. Siempre en cada época
histórica, las clases dominantes han asesinado invocando su sociedad de minorías privilegiadas
sobre mayorías explotadas la defensa de la sociedad, del orden, de la Patria: «su orden clasista»,
que mantienen a sangre y fuego sobre los desposeídos, «la patria» que disfrutan ellos solos,
privando de ese disfrute al resto del pueblo, para reprimir a los revolucionarios que aspiran a una
sociedad nueva, un orden justo, una Patria verdadera para todos.
Pero el desarrollo de la historia, la marcha ascendente de la humanidad no se detiene ni puede
detenerse. Las fuerzas que impulsan a los pueblos, que son los verdaderos constructores de la
historia, determinadas por las condiciones materiales de su existencia y la aspiración a metas
superiores de bienestar y libertad, que surgen cuando el progreso del hombre en el campo de la
ciencia, de la técnica y de la cultura lo hacen posible, son superiores a la voluntad y al terror que
desatan las oligarquías dominantes.
Las condiciones subjetivas de cada país, es decir, el factor conciencia, organización, dirección,
puede acelerar o retrasar la revolución según su mayor o menor grado de desarrollo, pero tarde o
temprano en cada época histórica, cuando las condiciones objetivas maduran, la conciencia se
adquiere, la organización se logra, la dirección surge y la revolución se produce.
Que ésta tenga lugar por cauces pacíficos o nazca al mundo después de un parto doloroso, no
depende de las fuerzas reaccionarias de la vieja sociedad, que se resisten a dejar nacer la sociedad
nueva, que es engendrada por las contradicciones que lleva en su seno la vieja sociedad. La
revolución es en la historia como el médico que asiste al nacimiento de una nueva vida. No usa
sin necesidad los aparatos de fuerza, pero los usa sin vacilaciones cada vez que sea necesario para
ayudar al parto. Parto que trae a las masas esclavizadas y explotadas la esperanza de una vida
mejor.
En muchos países de América Latina la revolución es hoy inevitable. Ese hecho no lo determina
la voluntad de nadie. Está determinado por las espantosas condiciones de explotación en que vive
el hombre americano, el desarrollo de la conciencia revolucionaria de las masas, la crisis mundial
del imperialismo y el movimiento universal de lucha de los pueblos subyugados.
La inquietud que hoy se registra es síntoma inequívoco de rebelión. Se agitan las entrañas de un
continente que ha sido testigo de cuatro siglos de explotación esclava y feudal del hombre desde
sus moradores aborígenes y los esclavos traídos de África, hasta los núcleos nacionales que
surgieron después: blancos, negros, mulatos, mestizos e indios que hoy hermanan el desprecio, la
humillación y el yugo yanqui, como hermana la esperanza de un mañana mejor.
Los pueblos de América se liberaron del coloniaje español a principios del siglo pasado, pero no
se liberaron de la explotación. Los terratenientes feudales asumieron la autoridad de los
gobernantes españoles, los indios continuaron en penosa servidumbre, el hombre latinoamericano
en una u otra forma siguió esclavo, y las mínimas esperanzas de los pueblos sucumbieron bajo el
poder de las oligarquías y la coyunda del capital extranjero. Esta ha sido la verdad de América,
con uno u otro matiz, con alguna que otra variante. Hoy América Latina yace bajo un
imperialismo más feroz, mucho más poderoso y más despiadado que el imperio colonial español.
Y ante la realidad objetiva e históricamente inexorable de la revoluci6n latinoamericana, ¿cuál es
la actitud del imperialismo yanqui? Disponerse a librar una guerra colonial con los pueblos de
América Latina; crear su aparato de fuerza, los pretextos políticos y los instrumentos
seudolegales suscritos con los representantes de las oligarquías reaccionarias para reprimir a
sangre y fuego la lucha de los pueblos latinoamericanos.
La intervención del Gobierno de los Estados Unidos en la política interna de los países de
América Latina ha ido siendo cada vez más abierta y desenfrenada.
La Junta Interamericana de Defensa, por ejemplo, ha sido y es el nido donde se incuban los
oficiales más reaccionarios y proyanquis de los ejércitos latinoamericanos, utilizados después
como instrumentos golpistas al servicio de los monopolios.
Las misiones militares norteamericanas en América Latina constituyen un aparato de espionaje
permanente en cada nación, vinculado estrechamente a la Agencia Central de Inteligencia,
inculcando a los oficiales los sentimientos más reaccionarios y tratando de convertir los ejércitos
en instrumentos de sus intereses políticos y económicos.
Actualmente, en la zona del Canal de Panamá, el alto mando norteamericano ha organizado
cursos especiales de entrenamiento para oficiales latinoamericanos de lucha contra guerrillas
revolucionarias, dirigidos a reprimir la acción armada de las masas campesinas contra la
explotación feudal a que están sometidas.
En los propios Estados Unidos, la Agencia Central de Inteligencia ha organizado escuelas
especiales para entrenar agentes latinoamericanos en las más sutiles formas de asesinatos; y es
política acordada por los servicios militares yanquis la liquidación física de los dirigentes
antiimperialistas.
Es notorio que las embajadas yanquis en distintos países de América Latina están organizando,
instruyendo y equipando bandas fascistas para sembrar el terror y agredir las organizaciones
obreras, estudiantiles e intelectuales. Esas bandas, donde reclutan a los hijos de la oligarquía, a
lumpen y gente de la peor calaña moral, han perpetrado ya una serie de actos agresivos contra los
movimientos de masas.
Nada más evidente e inequívoco de los propósitos del imperialismo que su conducta en los
recientes sucesos de Santo Domingo. Sin ningún tipo de justificación, sin mediar siquiera
relaciones diplomáticas con esa República, los Estados Unidos, después de situar sus barcos de
guerra frente a la capital dominicana, declararon con su habitual insolencia que si el Gobierno de
Balaguer solicitaba ayuda militar, desembarcarían sus tropas en Santo Domingo contra la
insurgencia del pueblo dominicano. Que el poder de Balaguer fuera absolutamente espurio, que
cada pueblo soberano de América debe tener derecho a resolver sus problemas internos sin
intervención extranjera, que existan normas internacionales y una opinión mundial, que incluso
existiera una O.E.A., no contaban para nada en las consideraciones de los Estados Unidos. Lo
que sí contaban eran sus designios de impedir la revolución dominicana, la reimplantación de los
odiosos desembarcos de su Infantería de Marina, sin más base ni requisito para fundamentar ese
nuevo concepto filibustero del derecho que la simple solicitud de un gobernante tiránico,
ilegítimo y en crisis. Lo que esto significa no debe escapar a los pueblos. En América Latina hay
sobrados gobernantes de ese tipo, dispuestos a utilizar las tropas yanquis contra sus respectivos
pueblos cuando se vean en crisis.
Esta política declarada del imperialismo norteamericano de enviar soldados a combatir el
movimiento revolucionario en cualquier país de América Latina, es decir, a matar obreros,
estudiantes, campesinos, a hombres y mujeres latinoamericanos, no tiene otro objetivo que el de
seguir manteniendo sus intereses monopolistas y los privilegios de la oligarquía traidora que los
apoya.
Ahora se puede ver con toda claridad que los pactos militares suscritos por el Gobierno de
Estados Unidos con gobiernos latinoamericanos, pactos secretos muchas veces y siempre a
espaldas de los pueblos, invocando hipotéticos peligros exteriores que nadie vio nunca por
ninguna parte, tenían el único y exclusivo objetivo de prevenir la lucha de los pueblos; eran
pactos contra los pueblos, contra el único peligro, el peligro interior del movimiento de liberación
que pusiera en riesgo los intereses yanquis. No sin razón los pueblos se preguntaban: ¿Por qué
tantos convenios militares? ¿Para qué los envíos de armas que si técnicamente son inadecuados
para una guerra moderna, son en cambio eficaces para aplastar huelgas, reprimir manifestaciones
populares y ensangrentar el país? ¿Para qué las misiones militares, el Pacto de Río de Janeiro y
las mil y una conferencias internacionales?
Desde que culminó la Segunda Guerra Mundial, las naciones de América Latina se han ido
depauperando cada vez más, sus exportaciones tienen cada vez menos valor, sus importaciones
precios más altos, el ingreso per cápita disminuye, los pavorosos porcentajes de mortalidad
infantil no decrecen, él número de analfabetos es superior, los pueblos carecen de trabajo, de
tierras, de viviendas adecuadas, de escuelas, de hospitales, de vías de comunicación y de medios
de vida. En cambio, las inversiones norteamericanas sobrepasan los diez mil millones de dólares.
América Latina es además abastecedora de materias primas baratas y compradora de artículos
elaborados caros. Como los primeros conquistadores españoles, que cambiaban a los indios
espejos y baratijas por oro y plata, así comercian con América Latina los Estados Unidos.
Conservar ese torrente de riqueza, apoderarse cada vez más de los recursos de América y explotar
a sus pueblos sufridos: he ahí lo que se ocultaba tras los pactos militares, las misiones castrenses
y los cabildos diplomáticos de Washington.
Esta política de paulatino estrangulamiento de la soberanía de las naciones latinoamericanas y de
manos libres para intervenir en sus asuntos internos tuvo su punto culminante en la última reunión de cancilleres. En Punta del Este el imperialismo yanqui reunió a los cancilleres para
arrancarles, mediante presión política y chantaje económico sin precedentes, con la complicidad
de un grupo de los más desprestigiados gobernantes de este continente, la renuncia a la soberanía
nacional de nuestros pueblos y la consagración del odiado derecho de intervención yanqui en los
asuntos internos de América; el sometimiento de los pueblos a la voluntad omnímoda de Estados
Unidos de Norteamérica, contra la cual lucharon todos los próceres, desde Bolívar hasta Sandino.
Y no se ocultaron ni el Gobierno de Estados Unidos ni los representantes de las oligarquías
explotadoras ni la gran prensa reaccionaria vendida a los monopolios y a los señores feudales,
para demandar abiertamente acuerdos que equivalen a la supresión formal del derecho de
autodeterminación de nuestros pueblos; borrarlo de un plumazo en la conjura más infame que
recuerda la historia de este continente.
A puertas cerradas entre conciliábulos repugnantes, donde el ministro yanqui de colonias dedicó
días enteros a vencer la resistencia y los escrúpulos de algunos cancilleres poniendo en juego los
millones de la Tesorería yanqui en una indisimulada compraventa de votos, un puñado de
representantes de las oligarquías de países que, en conjunto, apenas suman un tercio de la
población del continente, impuso acuerdos que sirven en bandeja de plata al amo yanqui la
cabeza de un principio que costó toda la sangre de nuestros pueblos desde las guerras de
independencia. El carácter pírrico de tan tristes y fraudulentos logros del imperialismo, su fracaso
moral, la unanimidad rota y el escándalo universal, no disminuyen la gravedad que entraña para
los pueblos de América Latina los acuerdos que impusieron a ese precio. En aquel cónclave
inmoral la voz titánica de Cuba se elevó sin debilidad ni miedo para acusar ante todos los pueblos
de América y del mundo el monstruoso atentado y defender virilmente y con dignidad que
constará en los anales de la historia, no sólo el derecho de Cuba, sino el derecho desamparado de
todas las naciones hermanas del continente americano.
La palabra de Cuba no podía tener eco en aquella mayoría amaestrada, pero tampoco podía tener
respuesta; sólo cabía el silencio impotente ante sus demoledores argumentos, la diafanidad y
valentía de sus palabras. Pero Cuba no habló para los cancilleres; Cuba habló para los pueblos y
para la historia, donde sus palabras tendrán eco y respuesta.
En Punta del Este se libró una gran batalla ideológica entre la Revolución Cubana y el
imperialismo yanqui. ¿Qué representaban allí, por quién habló cada uno de ellos? Cuba
representó los pueblos; los Estados Unidos representó los monopolios. Cuba habló por las masas
explotadas de América; Estados Unidos, por los intereses oligárquicos explotadores e
imperialistas. Cuba, por la soberanía; Estados Unidos, por la intervención. Cuba, por la
nacionalización de las empresas extranjeras; Estados Unidos, por nuevas inversiones de capital
foráneo. Cuba, por la cultura; Estados Unidos, por la ignorancia. Cuba, por la reforma agraria;
Estados Unidos, por el latifundio. Cuba, por la industrialización de América; Estados Unidos, por
el subdesarrollo. Cuba, por el trabajo creador; Estados Unidos, por el sabotaje y el terror
contrarrevolucionario que practican sus agentes, la destrucción de cañaverales y fábricas, los
bombardeos de sus aviones piratas contra el trabajo de un pueblo pacífico. Cuba, por los
alfabetizadores asesinados; Estados Unidos, por los asesinos. Cuba, por el pan; Estados Unidos,
por el hambre. Cuba, por la igualdad; Estados Unidos, por el privilegio y la discriminación. Cuba,
por la verdad; Estados Unidos, por la mentira. Cuba, por la liberación; Estados Unidos, por la
opresión. Cuba, por el porvenir luminoso de la humanidad; Estados Unidos, por el pasado sin
esperanza. Cuba, por los héroes que cayeron en Girón para salvar la Patria del dominio
extranjero; Estados Unidos, por los mercenarios y traidores que sirven al extranjero contra su Patria. Cuba, por la paz entre los pueblos; Estados Unidos, por la agresión y la guerra. Cuba, por
el socialismo; Estados Unidos, por el capitalismo.
Los acuerdos obtenidos por Estados Unidos con métodos tan bochornosos que el mundo entero
critica, no restan, sino que acrecentan la moral y la razón de Cuba, demuestran el entreguismo y
la traición de las oligarquías a los intereses nacionales y enseña a los pueblos el camino de la
liberación. Revela la podredumbre de las clases explotadoras, en cuyo nombre hablaron sus
representantes en Punta del Este. La O.E.A. quedó desenmascarada como lo que es: un ministerio
de colonias yanquis, una alianza militar, un aparato de represión contra el movimiento de
liberación de los pueblos latinoamericanos.
Cuba ha vivido tres años de Revolución bajo incesante hostigamiento de intervención yanqui en
nuestros asuntos internos. Aviones piratas procedentes de Estados Unidos lanzando materias
inflamables han quemado millones de arrobas de caña; actos de sabotaje internacional
perpetrados por agentes yanquis, como la explosión del vapor «La Coubre», ha costado decenas
de vidas cubanas; miles de armas norteamericanas de todos tipos han sido lanzadas en paracaídas
por los servicios militares de Estados Unidos sobre nuestro territorio para promover la
subversión; cientos de toneladas de materiales explosivos y máquinas infernales han sido
desembarcados subrepticiamente en nuestras costas por lanchas norteamericanas para promover
el sabotaje y el terrorismo; un obrero cubano fue torturado en la Base Naval de Guantánamo y
privado de la vida sin proceso previo ni explicación posterior alguna; nuestra cuota azucarera fue
suprimida abruptamente y proclamado el embargo de piezas y materias primas para fábricas y
maquinaria de construcción norteamericana para arruinar nuestra economía; barcos artillados y
aviones de bombardeo procedentes de bases preparadas por el Gobierno de Estados Unidos han
atacado sorpresivamente puestos e instalaciones cubanas; tropas mercenarias organizadas y
entrenadas en países de América Central por el propio Gobierno han invadido en son de guerra
nuestro territorio, escoltados por barcos de la flota yanqui, y con apoyo aéreo desde bases
exteriores, provocando la pérdida de numerosas vidas y la destrucción de bienes materiales;
contrarrevolucionarios cubanos son instruidos en el ejército de Estados Unidos y nuevos planes
de agresión se realizan contra Cuba. Todo eso ha estado ocurriendo durante tres años,
incesantemente, a la vista de todo el continente, y la O.E.A. no se entera. Los cancilleres se
reúnen en Punta del Este y no amonestan siquiera al Gobierno de Estados Unidos ni a los
gobiernos que son cómplices materiales de esas agresiones. Expulsan a Cuba, el país
latinoamericano víctima, el país agredido.
Estados Unidos tiene pactos militares con países de todos los continentes; bloques militares con
cuanto gobierno fascista, militarista y reaccionario haya en el mundo; la O.T.A.N., la S.E.A.T.O.
y la C.E.N.T.O., a las cuales hay que agregar ahora la O.E.A., intervienen en Laos, en Viet Nam,
en Corea, en Formosa, en Berlín; envía abiertamente barcos a Santo Domingo para imponer su
ley, su voluntad y anuncia su propósito de usar sus aliados de la O.T.A.N. para bloquear el
comercio con Cuba; y la O.E.A. no se entera... Se reúnen los cancilleres y expulsan a Cuba, que
no tiene pactos militares con ningún país. Así, el Gobierno que organiza la subversión en todo el
mundo y forja alianzas militares en cuatro continentes, hace expulsar a Cuba, acusándola nada
menos que de subversión y de vinculaciones extracontinentales.
Cuba, el país latinoamericano que ha convertido en dueños de las tierras a más de cien mil
pequeños agricultores, asegurando empleo todo el año en granjas y cooperativas a todos los
obreros agrícolas, transformado los cuarteles en escuelas, concedido sesenta mil becas a
estudiantes universitarios, secundarios y tecnológicos, creado aulas para la totalidad de la población infantil, liquidado totalmente el analfabetismo, cuadruplicado los servicios médicos,
nacionalizado las empresas monopolistas, suprimido el abusivo sistema que convertía la vivienda
en un medio de explotación para el pueblo, eliminado virtualmente el desempleo, suprimido la
discriminación por motivo de raza o sexo, barrido el juego, el vicio y la corrupción
administrativa, armado al pueblo, hecho realidad viva el disfrute de los derechos humanos al
librar al hombre y a la mujer de la explotación, la incultura y la desigualdad social, que se ha
liberado de todo tutelaje extranjero, adquirido plena soberanía y establecido las bases para el
desarrollo de su economía a fin de no ser más país monoproductor y exportador de materias
primas, es expulsada de la Organización de Estados Americanos por gobiernos que no han
logrado para sus pueblos ni una sola de estas reivindicaciones. ¿Cómo podrán justificar su
conducta ante los pueblos de América y del mundo? ¿Cómo podrán negar que en su concepto la
política de tierra, de pan, de trabajo, de salud, de libertad, de igualdad y de cultura, de desarrollo
acelerado de la economía, de dignidad nacional, de plena autodeterminación y soberanía es
incompatible con el hemisferio?
Los pueblos piensan muy distinto, los pueblos piensan que lo único compatible con el destino de
América Latina es la miseria, la explotación feudal, el analfabetismo, los salarios de hambre, el
desempleo, la política de represión contra las masas obreras, campesinas y estudiantiles, la
discriminación de la mujer, del negro, del indio, del mestizo, la opresión de las oligarquías, el
saqueo de sus riquezas por los monopolios yanquis, la asfixia moral de sus intelectuales y artistas,
la ruina de sus pequeños productores por la competencia extranjera, el subdesarrollo económico,
los pueblos sin caminos, sin hospitales, sin viviendas, sin escuelas, sin industrias, el sometimiento
al imperialismo, la renuncia a la soberanía nacional y la traición a la Patria.
¿Cómo podrán hacer entender su conducta, la actitud condenatoria para con Cuba, los
imperialistas; con qué palabras les van a hablar y con qué sentimientos, a quienes han ignorado,
aunque sí explotado, por tan largo tiempo?
Quienes estudian los problemas de América suelen preguntar qué país, quiénes han enfocado con
corrección la situación de los dirigentes, de los pobres, de los indios, de los negros, de la infancia
desvalida, esa inmensa infancia de treinta millones en 1950 (que será de cincuenta millones
dentro de ocho años más), sí, ¿quiénes, qué país?
Treinta y dos millones de indios vertebran –tanto como la misma Cordillera de los Andes– el
continente americano entero. Claro que para quienes lo han considerado casi como una cosa, más
que como una persona, esa humanidad no cuenta, no contaba y creían que nunca contaría. Como
suponía, no obstante, una fuerza ciega de trabajo, debía ser utilizado, como se utiliza una yunta
de bueyes o un tractor.
¿Cómo podrá creerse en ningún beneficio, en ninguna Alianza para el Progreso, con el
imperialismo, bajo qué juramento, si bajo su santa protección, sus matanzas, sus persecuciones
aún viven los indígenas del sur del continente, como los de la Patagonia, en toldos, como vivían
sus antepasados a la venida de los descubridores, casi quinientos años atrás? ¿En dónde los que
fueron grandes razas que poblaron el norte argentino, Paraguay y Bolivia, como los guaraníes,
que han sido diezmados ferozmente, como quien caza animales y a quienes se les ha enterrado en
los interiores de las selvas? ¿En dónde esa reserva autóctona, que pudo servir de base a una gran
civilización americana –y cuya extinción se la apresura por instantes– y a la que se la ha
empujado América adentro a través de los esteros paraguayos y los altiplanos bolivianos, tristes,
rudimentarios, razas melancólicas, embrutecidas por el alcohol y los narcóticos, a los que se acogen para por lo menos sobrevivir en las infrahumanas condiciones (no sólo de alimentación)
en que viven? ¿En dónde una cadena de manos se estira –casi inútilmente– por sobre los lomos
de la cordillera, sus faldas, a lo largo de los grandes ríos y por entre las sombras de los bosques
para unir sus miserias con los demás que perecen lentamente, las tribus brasileñas y las del norte
del continente y sus costas, hasta alcanzar a los cien mil motilones de Venezuela, en el más
increíble atraso y salvajemente confinados en las selvas amazónicas o las Sierras de Perijá, a los
solitarios vapichanas, que en las tierras calientes de las Guyanas esperan su final, ya casi perdidos
definitivamente para la suerte de los humanos? Sí, a todos estos treinta y dos millones de indios
que se extienden desde la frontera con los Estados Unidos hasta los confines del Hemisferio Sur y
cuarenta y cinco millones de mestizos, que en gran parte poco difieren de los indios; a todos estos
indígenas, a ese formidable caudal de trabajo, de derechos pisoteados, sí, ¿qué les puede ofrecer
el imperialismo? ¿Cómo podrán creer estos ignorados en ningún beneficio que venga de tan
sangrientas manos? Tribus enteras que aún viven desnudas; otras que se las supone antropófagas;
otras que en el primer contacto con la civilización conquistadora mueren como insectos; otras que
se las destierra, es decir, se las echa de sus tierras, se las empuja hasta volcarlas en los bosques o
en las montañas o en las profundidades de los llanos en donde no llega ni el menor átomo de la
cultura, de luz, de pan, ni de nada.
¿En qué «alianza» –como no sea una para su más rápida muerte– van a creer estas razas
indígenas apaleadas por siglos, muertas a tiros para ocupar sus tierras, muertas a palos por miles
por no trabajar más rápido en sus servicios de explotación por el imperialismo?
¿Y al negro? ¿Qué «alianza» les puede brindar el sistema de los linchamientos y la preterición
brutal del negro de los Estados Unidos a los quince millones de negros y catorce millones de
mulatos latinoamericanos que saben con horror y cólera que sus hermanos del norte no pueden
montar en los mismos vehículos que sus compatriotas blancos ni asistir a las mismas escuelas, ni
siquiera morir en los mismos hospitales?
¿Cómo han de creer en este imperialismo, en sus beneficios, en sus «alianzas» (que no sean para
lincharlos o explotarlos como esclavos) estos núcleos étnicos preteridos?
Esas masas, que no han podido gozar ni medianamente de ningún beneficio cultural, social o
profesional, que aun en donde son mayoría, o forman millones, son maltratados por los
imperialistas disfrazados de Ku-Klux-Klan; son arrojados a las barriadas más insalubres, a las
casas colectivas menos confortables, hechas para ellos, empujados a los oficios más innobles, a
los trabajos más duros y a las profesiones menos lucrativas, que no supongan contacto con las
universidades, las altas academias o escuelas particulares.
¿Qué Alianza para el Progreso puede servir de estímulo a esos ciento siete millones de hombres y
mujeres de nuestra América, médula del trabajo en ciudades y campos, cuya piel oscura –negra,
mestiza, mulata, india– inspira desprecio a los nuevos colonizadores? ¿Cómo van a confiar en la
supuesta «alianza» los que en Panamá han visto con mal contenida impotencia que hay un salario
para el yanqui y otro salario para el panameño, que ellos consideran raza inferior?
¿Qué pueden esperar los obreros con sus jornales de hambre, los trabajos más rudos, las
condiciones más miserables, la desnutrición, las enfermedades y todos los males que incuba la
miseria?
¿Qué les pueden decir, qué palabras, qué beneficios podrán ofrecerles los imperialistas a los
mineros del cobre, del estaño, del hierro, del carbón, que dejan sus pulmones a beneficio de
dueños lejanos e inclementes; a los padres e hijos de los maderales, de los cauchales, de los yerbazales, de las plantaciones fruteras, de los ingenios de café y de azúcar, de los peones en las
pampas y en los llanos que amasan con su salud y con sus vidas las fortunas de los explotadores?
¿Qué pueden esperar estas masas inmensas que producen las riquezas que crean los valores, que
ayudan a parir un nuevo mundo en todas partes, qué pueden esperar del imperialismo, esa boca
insaciable, esa mano insaciable sin otro horizonte inmediato que la miseria, el desamparo más
absoluto, la muerte fría y sin historia al fin?
¿Qué puede esperar esta clase, que ha cambiado el curso de la historia en otras partes del mundo,
que ha revolucionado al mundo, que es vanguardia de todos los humildes y explotados, qué puede
esperar del imperialismo, su más irreconciliable enemigo?
¿Qué puede ofrecer el imperialismo, qué clase de beneficio, qué suerte de vida mejor y más justa,
qué motivo, qué aliciente, qué interés para superarse, para lograr trascender sus sencillos y
primarios escalones, a maestros, a profesores, a profesionales, a intelectuales, a los poetas y a los
artistas; a los que cuidan celosamente las generaciones de niños y jóvenes para que el
imperialismo se cebe luego en ellos; a quienes viven con sueldos humillantes en la mayoría de los
países; a los que sufren las limitaciones de su expresión política y social en casi todas partes; que
no sobrepasan, en sus posibilidades económicas, más que la simple línea de sus precarios
recursos y compensaciones, enterrados en una vida gris y sin horizontes que acaba en una
jubilación que entonces ya no cubre ni la mitad de los gastos? ¿Qué «beneficios» o «alianzas»
podrá ofrecerles el imperialismo que no sean las que redunden en su total provecho? Si les crea
fuentes de ayuda a sus profesiones, a sus artes, a sus publicaciones, es siempre en el bien
entendido de que sus producciones deberán reflejar sus intereses, sus objetivos, sus «nadas».
Las novelas que traten de reflejar la realidad del mundo, de sus aventuras rapaces; los poemas
que quieran traducir protestas por su avasallamiento, por su ingerencia en la vida, en la mente, en
las vísceras de sus países y pueblos; las artes combativas que pretenden apresar en sus
expresiones las formas y contenido de su agresión y constante presión sobre todo lo que vive y
alienta progresivamente, todo lo que es revolucionario; lo que enseña; lo que trata de guiar, lleno
de luz y de conciencia, de claridad y de belleza, a los hombres y a los pueblos a mejores destinos,
hacia más altas cumbres del pensamiento, de la vida y de la justicia, encuentra la reprobación más
encarnizada del imperialismo; encuentra la valla, la condena, la persecución maccarthista. Sus
prensas se les cierran; su nombre es borrado de las columnas y se aplica la losa del silencio más
atroz..., que es, entonces –una contradicción más del imperialismo–, cuando el escritor, el poeta,
el pintor, el escultor, el creador en cualquier material, el científico, empiezan a vivir de verdad, a
vivir en la lengua del pueblo, en el corazón de millones de hombres del mundo. El imperialismo
todo lo trastrueca, lo deforma, lo canaliza por sus vertientes para su provecho, hacia la
multiplicación de su dólar; comprando palabras o cuadros, o mudez, o transformando en silencio
la expresión de los revolucionarios, de los hombres progresistas, de los que luchan por el pueblo
y sus problemas.
No podíamos olvidar en este triste cuadro la infancia desvalida, desatendida; la infancia sin
porvenir de América. América, que es un continente de natalidad elevada, tiene también una
mortalidad elevada. La mortalidad de niños de menos de un año, en once países, ascendía hace
pocos años a ciento veinticinco por mil, y en otros diecisiete, a noventa niños. En ciento dos
países del mundo, en cambio, esa tasa alcanza a cincuenta y uno. En América, pues, se mueren
tristemente, desatendidamente, setenta y cuatro niños en cada mil, en el primer año de su
nacimiento. Hay países latinoamericanos en los que esa tasa alcanza, en algunos lugares, a
trescientos por mil; miles y miles de niños hasta los siete años mueren en América de enfermedades increíbles: diarreas, pulmonías, desnutrición, hambre; miles y miles, de otras
enfermedades, sin atención en los hospitales, sin medicinas; miles y miles ambulan, heridos de
cretinismo endémico, paludismo, tracoma y otros males producidos por las contaminaciones, la
falta de agua y otras necesidades. Males de esta naturaleza son una cadena en los países
americanos en donde agonizan millares y millares de niños, hijos de parias, hijos de pobres y de
pequeños burgueses con vida dura y precarios medios.
Los datos, que serán redundantes, son de escalofrío. Cualquier publicación oficial de los
organismos internacionales los reúne por cientos.
En los aspectos educacionales, indigna pensar el nivel de incultura que padece esta América.
Mientras que Estados Unidos logra un nivel de ocho y nueve años de escolaridad en la población
de quince años en adelante, América Latina, saqueada y esquilmada por ellos, tiene menos de un
año escolar aprobado como nivel en esas mismas edades. E indigna más aún cuando sabemos que
de los niños entre cinco y catorce años solamente están matriculados en algunos países un 20 por
100 y en los de más alto nivel el 60 por 100. Es decir, que más de la mitad de la infancia de
América Latina no concurre a la escuela. Pero el dolor sigue creciendo cuando comprobamos que
la matrícula de los tres primeros grados comprende más del 80 por 100 de los matriculados; y que
en el grado sexto, la matrícula fluctúa apenas entre seis y veintidós alumnos de cada cien que
comenzaron en el primero. Hasta en los países que creen haber atendido a su infancia, ese
porcentaje de pérdida escolar entre el primero y el sexto grado es del 73 por 100 como promedio.
En Cuba, antes de la Revolución, era del 74 por 100. En la Colombia de la «democracia
representativa» es del 78 por 100. Y si se fija la vista en el campo, sólo el 1 por 100 de los niños
llega, en el mejor de los casos, al quinto grado de enseñanza.
Cuando se investiga este desastre de ausentismo escolar, una causa es la que lo explica: la
economía de miseria. Falta de escuelas, falta de maestros, falta de recursos familiares, trabajo
infantil. En definitiva, el imperialismo y su obra de opresión y retraso.
El resumen de esta pesadilla que ha vivido América, de un extremo a otro, es que en este
continente de casi doscientos millones de seres humanos, formado en sus dos terceras partes por
los indios, los mestizos y los negros, por los «discriminados», en este continente de semicolonias,
mueren de hambre, de enfermedades curables o vejez prematura alrededor de cuatro personas por
minuto, de cinco mil quinientos al día, de dos millones por año, de diez millones cada cinco años.
Esas muertes podrían ser evitadas fácilmente, pero sin embargo se producen. Las dos terceras
partes de la población latinoamericana vive poco, y vive bajo la permanente amenaza de muerte.
Holocausto de vidas que en quince años ha ocasionado dos veces más muertes que la guerra de
1914, y continúa... Mientras tanto, de América Latina fluye hacia los Estados Unidos un torrente
continuo de dinero: unos cuatro mil dólares por minuto, cinco millones por día, dos mil millones
por año, diez mil millones cada cinco años. Por cada mil dólares que se nos van, nos queda un
muerto. Mil dólares por muerto: ese es el precio de lo que se llama imperialismo! ¡MIL
DÓLARES POR MUERTO, CUATRO VECES POR MINUTO!
Mas a pesar de esta realidad americana, ¿para qué se reunieron en Punta del Este? ¿Acaso para
llevar una sola gota de alivio a estos males? ¡No!
Los pueblos saben que en Punta del Este los cancilleres que expulsaron a Cuba se reunieron para
renunciar a la soberanía nacional; que allí el Gobierno de Estados Unidos fue a sentar las bases
no sólo para la agresión a Cuba, sino para intervenir en cualquier país de América contra el
movimiento liberador de los pueblos; que Estados Unidos prepara a la América Latina un drama sangriento; que las oligarquías explotadoras, lo mismo que ahora renuncian al principio de la
soberanía, no vacilarán en solicitar la intervención de las tropas yanquis contra sus propios
pueblos y que con este fin la delegación norteamericana propuso un comité de vigilancia contra la
subversión en la Junta Interamericana de Defensa, con facultades ejecutivas, y la adopción de
medidas colectivas. Subversión para los imperialistas yanquis es la lucha de los pueblos
hambrientos por el pan, la lucha de los campesinos por la tierra, la lucha de los pueblos contra la
explotación imperialista. Comité de vigilancia en la Junta Interamericana de Defensa con
facultades ejecutivas significa fuerza de represión continental contra los pueblos a las órdenes del
Pentágono. Medidas colectivas significan desembarcos de infantes de Marina yanqui en cualquier
país de América.
Frente a la acusación de que Cuba quiere exportar su revolución, respondemos: Las revoluciones
no se exportan, las hacen los pueblos.
Lo que Cuba puede dar a los pueblos y ha dado ya es su ejemplo.
Y ¿qué enseña la Revolución Cubana? Que la revolución es posible, que los pueblos pueden
hacerla, que en el mundo contemporáneo no hay fuerzas capaces de impedir el movimiento de
liberación de los pueblos.
Nuestro triunfo no habría sido jamás factible si la revolución misma no hubiese estado
inexorablemente destinada a surgir de las condiciones existentes en nuestra realidad económico-
social, realidad que existe en grado mayor aún en un buen número de países de América Latina.
Ocurre inevitablemente que en las naciones donde es más fuerte el control de los monopolios
yanquis, más despiadada la explotación de la oligarquía y más insoportable la situación de las
masas obreras y campesinas, el poder político se muestra más férreo, los estados de sitio se
vuelven habituales, se reprime por la fuerza toda manifestación de descontento de las masas, y el
cauce democrático se cierra por completo, revelándose con más evidencia que nunca el carácter
de brutal dictadura que asume el poder de las clases dominantes. Es entonces cuando se hace
inevitable el estallido revolucionario de los pueblos.
Y si bien es cierto que en los países subdesarrollados de América la clase obrera es en general
relativamente pequeña, hay una clase social que por las condiciones subhumanas en que vive
constituye una fuerza potencial que, dirigida por los obreros y los intelectuales revolucionarios,
tiene una importancia decisiva en la lucha por la liberación nacional: los campesinos.
En nuestros países se juntan las circunstancias de una industria subdesarrollada con un régimen
agrario de carácter feudal. Es por eso que con todo lo duras que son las condiciones de vida de
los obreros urbanos, la población rural vive aún en más horribles condiciones de opresión y
explotación; pero es también, salvo excepciones, el sector absolutamente mayoritario en
proporciones que a veces sobrepasa el 70 por 100 de las poblaciones latinoamericanas.
Descontando los terratenientes que muchas veces residen en las ciudades, el resto de esa gran
masa libra su sustento trabajando como peones en las haciendas por salarios misérrimos, o labran
la tierra en condiciones de explotación que nada tienen que envidiar a la Edad Media. Estas
circunstancias son las que determinan que en América Latina la población pobre del campo
constituya una tremenda fuerza revolucionaria potencial.
Los ejércitos, estructurados y equipados para la guerra convencional, que son la fuerza en que se
sustenta el poder de las clases explotadoras, cuando tienen que enfrentarse a la lucha irregular de
los campesinos en el escenario natural de éstas, resultan absolutamente impotentes; pierden diez hombres por cada combatiente revolucionario que cae, y la desmoralización cunde rápidamente
en ellos al tener que enfrentarse a un enemigo invisible e invencible que no le ofrece ocasión de
lucir sus tácticas de academia y sus fanfarrias de guerra, de las que tanto alarde hacen para
reprimir a los obreros y a los estudiantes en las ciudades.
La lucha inicial de reducidos núcleos combatientes se nutre incesantemente de nuevas fuerzas, el
movimiento de masas comienza a desatarse, el viejo orden se resquebraja poco a poco en mil
pedazos y es entonces el momento en que la clase obrera y las masas urbanas deciden la batalla.
¿Qué es lo que desde el comienzo mismo de la lucha de esos primeros núcleos los hace
invencibles, independientemente del número, el poder y los recursos de sus enemigos? El apoyo
del pueblo, y con ese apoyo de las masas contarán en grado cada vez mayor. Pero el campesinado
es una clase que, por el estado de incultura en que lo mantienen y el aislamiento en que vive,
necesita la dirección revolucionaria y política de la clase obrera y los intelectuales
revolucionarios, sin la cual no podría por sí sola lanzarse a la lucha y conquistar la victoria.
En las actuales condiciones históricas de América Latina, la burguesía nacional no puede
encabezar la lucha antifeudal y antiimperialista. La experiencia demuestra que en nuestras
naciones esa clase, aun cuando sus intereses son contradictorios con los del imperialismo yanqui,
ha sido incapaz de enfrentarse a éste, paralizada por el miedo a la revolución social y asustada
por el clamor de las masas explotadas.
Situadas ante el dilema imperialismo o revolución, sólo sus capas más progresistas estarán con el
pueblo.
La actual correlación mundial de fuerzas y el movimiento universal de liberación de los pueblos
coloniales y dependientes señalan a la clase obrera y a los intelectuales revolucionarios de
América Latina su verdadero papel, que es el de situarse resueltamente a la vanguardia de la
lucha contra el imperialismo y el feudalismo.
El imperialismo, utilizando los grandes monopolios cinematográficos, sus agencias cablegráficas,
sus revistas, libros y periódicos reaccionarios acude a las mentiras más sutiles para sembrar
divisionismo e inculcar entre la gente más ignorante el miedo y la superstición a las ideas
revolucionarias que sólo a los intereses de los poderosos explotadores y a sus seculares
privilegios pueden y deben asustar.
El divisionismo, producto de toda clase de prejuicios, ideas falsas y mentiras; el sectarismo, el
dogmatismo, la falta de amplitud para analizar el papel que corresponde a cada capa social, a sus
partidos, organizaciones y dirigentes, dificultan la unidad de acción imprescindible entre las
fuerzas democráticas y progresistas de nuestros pueblos. Son vicios de crecimiento,
enfermedades de la infancia del movimiento revolucionario que deben quedar atrás. En la lucha
antiimperialista y antifeudal es posible vertebrar la inmensa mayoría del pueblo tras metas de
liberación que unan el esfuerzo de la clase obrera, los campesinos, los trabajadores intelectuales,
la pequeña burguesía y las capas más progresistas de la burguesía nacional. Estos sectores
comprenden la inmensa mayoría de la población y aglutinan grandes fuerzas sociales capaces de
barrer el dominio imperialista y la reacción feudal. En ese amplio movimiento pueden y deben
luchar juntos por el bien de sus naciones, por el bien de sus pueblos y por el bien de América,
desde el viejo militante marxista hasta el católico sincero que no tenga nada que ver con los
monopolios yanquis y los señores feudales de la tierra.
Ese movimiento podría arrastrar consigo a los elementos progresistas de las fuerzas armadas,
humilladas también por las misiones militares yanquis, la traición a los intereses nacionales de las
oligarquías feudales y la inmolación de la soberanía nacional a los dictados de Washington.
Allí donde están cerrados los caminos de los pueblos, donde la represión de los obreros y
campesinos es feroz, donde es más fuerte el dominio de los monopolios yanquis, lo primero y
más importante es comprender que no es justo ni es correcto entretener a los pueblos con la vana
y acomodaticia ilusión de arrancar, por vías legales que ni existen ni existirán, a las clases
dominantes, atrincheradas en todas las posiciones del Estado monopolizadoras de la instrucción,
dueñas de todos los vehículos de divulgación y poseedoras de infinitos recursos financieros, un
poder que los monopolios y las oligarquías defenderán a sangre y fuego con la fuerza de sus
policías y de sus ejércitos.
El deber de todo revolucionario es hacer la revolución.
Se sabe que en América y en el mundo la revolución vencerá, pero no es de revolucionarios
sentarse en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver del imperialismo. El papel de Job no
cuadra con el de un revolucionario. Cada año que se acelere la liberación de América significará
millones de niños que se salven para la vida, millones de inteligencias que se salven para la
cultura, infinitos caudales de dolor que se ahorrarían los pueblos. Aun cuando los imperialistas
yanquis preparen para América un drama de sangre, no lograrán aplastar las luchas de los
pueblos, concitarán contra ellos el odio universal y será también el drama que marque el ocaso de
su voraz y cavernícola sistema.
Ningún pueblo de América Latina es débil, porque forma parte de una familia de doscientos
millones de hermanos que padecen las mismas miserias, albergan los mismos sentimientos,
tienen el mismo enemigo, sueñan todos un mismo mejor destino y cuentan con la solidaridad de
todos los hombres y mujeres honrados del mundo entero.
Con lo grande que fue la epopeya de la independencia de América Latina, con lo heroica que fue
aquella lucha, a la generación de latinoamericanos de hoy le ha tocado una epopeya mayor y más
decisiva todavía para la humanidad. Porque aquella lucha fue para librarse del poder colonial
español, de una España decadente, invadida por los ejércitos de Napoleón. Hoy le toca la lucha de
liberación frente a la metrópoli imperial más poderosa del mundo, frente a la fuerza más
importante del sistema imperialista mundial y para prestarle a la humanidad un servicio todavía
más grande del que le prestaron nuestros antepasados.
Pero esta lucha, más que aquélla, la harán las masas, la harán los pueblos; los pueblos van a jugar
un papel mucho más importante que entonces; los hombres, los dirigentes importan e importarán
en esta lucha menos de lo que importaron en aquélla.
Esta epopeya que tenemos delante la van a escribir las masas hambrientas de indios, de
campesinos sin tierra, de obreros explotados, la van a escribir las masas progresistas; los
intelectuales honestos y brillantes que tanto abundan en nuestras sufridas tierras de América
Latina; lucha de masas y de ideas; epopeya que llevarán adelante nuestros pueblos maltratados y
despreciados por el imperialismo, nuestros pueblos desconocidos hasta hoy, que ya empiezan a
quitarle el sueño. Nos consideraba rebaño impotente y sumiso; y ya se empieza a asustar de ese
rebaño; rebaño gigante de doscientos millones de latinoamericanos en los que advierte ya a sus
sepultureros el capital monopolista yanqui.
Con esta humanidad trabajadora, con estos explotados infrahumanos, paupérrimos, manejados
por los métodos de foete y mayoral no se ha contado o se ha contado poco. Desde los albores de
la independencia sus destinos han sido los mismos: indios, gauchos, mestizos, zambos,
cuarterones, blancos sin bienes ni rentas, toda esa masa humana que se formó en las filas de la
«patria» que nunca disfrutó, que cayó por millones, que fue despedazada, que ganó la
independencia de sus metrópolis para la burguesía, esa que fue desterrada de los repartos, siguió
ocupando el último escalón de los beneficios sociales, siguió muriendo de hambre, de
enfermedades curables, de desatención, porque para ella nunca alcanzaron los bienes salvadores:
el simple pan, la cama de un hospital, la medicina que salva, la mano que ayuda.
Pero la hora de su reivindicación, la hora que ella misma se ha elegido, la viene señalando, con
precisión, ahora, también de un extremo a otro del continente. Ahora, esta masa anónima, esta
América de color, sombría, taciturna, que canta en todo el Continente con una misma tristeza y
desengaño, ahora esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su propia historia, la
empieza a escribir con su sangre, la empieza a sufrir y a morir. Porque ahora, por los campos y
las montañas de América, por las faldas de sus sierras, por sus llanuras y sus selvas, entre la
soledad o en el tráfico de las ciudades o en las costas de los grandes océanos y ríos, se empieza a
estremecer este mundo lleno de razones, con los puños calientes de deseos de morir por lo suyo,
de conquistar sus derechos casi quinientos años burlados por unos y por otros. Ahora sí, la
historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de
América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia. Ya
se les ve por los caminos un día y otro, a pie, en marchas sin término de cientos de kilómetros,
para llegar hasta los «olimpos» gobernantes a recabar sus derechos. Ya se les ve, armados de
piedras, de palos, de machetes, de un lado y otro, cada día, ocupando las tierras, fincando sus
garfios en la tierra que les pertenece y defendiéndola con su vida; se les ve, llevando sus
cartelones, sus banderas sus consignas; haciéndolas correr en el viento por entre las montañas o a
lo largo de los llanos. Y esa ola de estremecido rencor, de justicia reclamada, de derecho
pisoteado que se empieza a levantar por entre las tierras de Latinoamérica, esa ola ya no parará
más. Esa ola irá creciendo cada día que pase. Porque esa ola la forman los más mayoritarios en
todos los aspectos, los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, hacen andar
las ruedas de la historia y que ahora despiertan del largo sueño embrutecedor a que los
sometieron.
Porque esta gran humanidad ha dicho: «¡Basta!» y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes,
ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de
una vez inútilmente. Ahora, en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de
Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia.
Si no he contado mal, son treinta y sietelos motivos para radicalizarse que enumera este inventario. Seguro que al número se le podrían añadir algunos ceros.
Pero mientras algunos se radicalizan, otros se evaden y los hay que se despistan y se sitúan en el lado equivocado.
La atroz imagen del monje budista vietnamita meditando tras prenderse fuego me ha traído a la memoria la brechtiana parábola de Buda y la casa enllamas, que hace quince años recordaba yo junto a dos películas igualmente memorables. Los motivos no son pues de ahora, e incluso entonces venían de mucho antes. Lo nuevo es la enorme capacidad narcotizadora de las totalitarias herramientas actuales para condicionar la opinión.
"Mirar para otro lado" es una de las expresiones más al uso en nuestros días. "No pienses, no razones: diviértete", decía Adolfo Marsillach en Fernández, punto y coma. Por cierto: de esta serie televisiva, emitida entre 1963 y 1964, TVE no conserva al parecer ningún registro gráfico ni grabación. ¿Será cierto? ¿Por qué será?
De siempre la borrachera ha sido una forma de eludir las cuestiones más desagradables. «Edamus et bibamus, cras enim moriemur». Pero cuando los problemas ya están aquí la fórmula no te salvará. Creer que "un punto de contricción da a un alma la salvación" no deja de ser licencia poética del Tenorio.
Así que radicalízate ya, pero no te equivoques de bando.
¿Tal vez fueron todas esas guerras basadas en mentiras, o el ecocidio corporativo, o el genocidio transmitido en vivo, o la gente durmiendo en las aceras mientras los multimillonarios se hacen trillonarios, o el saqueo del sur global, o la vigilancia masiva, o los drones policiales, o las prisiones de tortura israelíes. o los perrosvioladores de las Fuerzas de Ocupación Israelíes, o el castigo mediante la hambruna, o las guerras por delegación, o la política al borde de la guerra nuclear, o el cerco de nuestro planeta con cientos de bases militares estadounidenses, o los sitios negros de la CIA, o los archivos de Epstein, o el secreto gubernamental, o la creciente persecución de periodistas y denunciantes, o el hecho de que Estados Unidos simplemente asesina y secuestra abiertamente a los líderes de naciones soberanas, o la censura de internet, o la forma en que todos los medios occidentales y todas las plataformas tecnológicas de Silicon Valley operan sirviendo de propaganda para el imperio estadounidense, o la agresiva dinámica para ilegalizar las manifestaciones pro-palestinas, o la corrupción legalizada de los gobiernos occidentales, o la forma en que la IA se nos está metiendo por la garganta mientras los centros de datos asfixian nuestro ecosistema, o la prisa apenas disimulada por desarrollar robots militarizados para uso doméstico o los evidentes fallos argumentales en la versión oficial del 11-S, o los evidentes fallos argumentales en la versión oficial del 7 de octubre, o la completa impotencia de la política electoral ante una oligarquía donde los ricos obtienen todo cuanto quieren, o la desaparición de los casquetes polares, o la desaparición de las selvas tropicales, o la desaparición de la vida silvestre, o la drástica disminución de la población de insectos, o la desertificación de los océanos, o el gigantesco continente de plástico en el Atlántico Norte, o los microplásticos en nuestros cerebros y en nuestra sangre, o el hecho de que vivimos bajo un imperio que abarca todo el mundo y que no puede existir sin violencia y explotación a gran escala, o el hecho de que las generaciones más jóvenes están económicamente mucho peor que sus padres y abuelos, o el hecho de que la gente común tiene que trabajar cada vez más duro a medida que todo se vuelve cada vez más caro mientras la clase capitalista obtiene ganancias récord?
En este punto, la pregunta "¿Qué te ha radicalizado?" es mucho menos interesante que esta otra: "¿Cómo es posible qué no te hayas radicalizado aún? En serio, ¡cómo es posible! ¿Cómo has logrado evitarlo a pesar de todo lo que estás contemplando con tus propios ojos?"
Porque para el resto de nosotros, ese conformismo de mierda parece un maldito truco de magia. Parece una hazaña sobrehumana de fuerza de voluntad seguir creyendo que todo está bien y que nuestros líderes lo arreglarán todo si votamos por el plutocrático títere adecuado en las próximas elecciones.Tú ahí, tan tranquilo mientras todo arde, cual monje budista sentado meditando tras prenderse fuego. ¿Cómo lo haces?