martes, 17 de octubre de 2023

Para entender Palestina

Los mismos que consideran complicidad criminal el no estar recordando continuamente los atentados de ETA, nos exigen que olvidemos los crímenes de la dictadura, en nombre de la reconciliación.

Los que estuvieron de acuerdo con una amnistía asimétrica, forzada por una correlación de debilidades que exculpaba por igual a represores y reprimidos, nos dicen ahora que otra amnistía es ilegal e intolerable porque equivale a traición.

Amnistía y amnesia son selectivas. Quienes pasan por alto comportamientos atroces se espantan y rasgan las vestiduras en otras ocasiones, aunque las situaciones no sean comparables.

En muchos casos de gran asimetría, quienes controlan los medios recurren a una falsa simetría para equiparar lo que solo hipócritamente puede ser equiparado. El discurso dominante obliga muchas veces a partir de esas comparaciones que nos da hechas. Si no las aceptamos se dirá que no somos ecuánimes. Por eso se demoniza a personajes o grupos a los que se quiere destruir. Siempre habrá sombras en las que poner el foco. Sadam Husseín o Gadafi son ejemplos clarísimos. Cualquiera que quisiese condenar las invasiones de Irak y Libia tenía que decir previamente: "yo no pretendo defender a este cruel dictador, pero...".

Lo mismo ocurre ahora con Hamás. Antes de cualquier protesta contra las barbaridades de Israel hay que poner por delante la condena de sus incursiones en territorio enemigo, el mismo que los bombardea continuamente, que no ha dejado nunca de hacerlo cada vez que lo considera oportuno. Hasta que ellos mismos no hablan de guerra, guerra que nunca ha cesado, lo que hay en Palestina es un "conflicto". No se habla así del "conflicto" ucraniano.

Acabar con las guerras, con todas las guerras, es la meta. Pedir que callen las armas debe ser un clamor. Pero no se nos debe olvidar que muchas guerras son impuestas, y no por eso el atacado tiene la obligación de rendirse incondicionalmente.

Los pueblos colonizados han luchado en guerras de liberación que eran la respuesta a situaciones intolerables. La Asamblea General de la ONU, en numerosas ocasiones, ha considerado legítima "la lucha de los pueblos por liberarse de la dominación colonial y la subyugación extranjera por todos los medios disponibles, incluida la lucha armada".

Claro que el acreditado doble rasero habitual pondrá sordina o altavoz "según quién y según cómo" la practique.

Un vídeo que ¡oh casualidad! "no está disponible" en la página de la BBC (como tampoco lo está la televisión rusa en este mundo de la libre expresión), deja patente la respuesta más oportuna ante las exigencias de condena previa de los "terroristas" (aún he podido verlo aquí).Transcribo también la entrevista, un diálogo entre un periodista de la BBC y el embajador palestino:

¿Apoya usted lo que Hamas lanzó el Sábado por la mañana?

Bueno, esta no es la pregunta correcta, Louis, de verdad.

Es una pregunta importante.

No es una pregunta importante, porque...

¿Usted apoya su acción o no? Es una pregunta importante.

¡No, no, no, no! No es una pregunta importante! Hamas es un grupo militante y usted está hablando con el representante palestino. Nuestra posición es muy conocida y clara. 

¿En eso apoya las acciones de Hamás? 

No se puede igualar. No se trata de si apoyo o no apoyo. Estoy aquí para representar a mi pueblo, el pueblo palestino, por lo que está pasando. No estoy aquí para condenar a nadie, y si hay alguien que necesita ser condenado es eso que usted llama "la única democracia de Medio Oriente", es decir Israel, que está haciendo lo que usted acaba de informar, apuntando a civiles. Esto no ha ocurrido solo las últimas 48 horas. Le diré una cosa: Hamás no es el pueblo palestino ¿de acuerdo? 
El gobierno israelí está dando órdenes a un ejército bien organizado, así que por favor no trace una simetría aquí, no equipare. No hay forma de trazar simetrías y equiparar a ocupado y ocupante. No es justo hacer esto para comprender la situación real. 
Para su audiencia y espectadores, desde su creación Israel ha tenido esta doctrina militar: cuando pelea, pelea contra civiles. Mata civiles, y eso presiona a los combatientes desde 1948. Y volvamos a los registros. 
Esto se ha repetido en Gaza y se seguirá repitiendo, por lo que la comparación no es un juego de culpas. No estoy de acuerdo en culpar a la víctima aquí. La verdadera conversación es como podemos detener este círculo vicioso y mortal. 

Acaba de condenar a Israel por matar civiles y no condenara a Hamás por matar civiles. 

¿Cuántas veces ha entrevistado a ciudadanos israelíes, Louis? Cientos de veces, cientos de veces. ¿Cuántas veces Israel ha cometido crímenes de guerra en directo, ante sus propias cámaras? Empieza pidiendo que se condenen a sí mismos. ¡Lo ha hecho, lo hace! Y por eso me niego a responder esta pregunta, porque rechazo la premisa. 
Porque en el fondo hay una tergiversación en todo el asunto. Porque siempre se espera que sean los palestinos los que se condenen a sí mismos. Vamos, este es un conflicto político. Se nos han negado nuestros derechos desde hace mucho tiempo, así que el punto de partida está equivocado. El punto de partida correcto es centrarse en las causas fundamentales, tratar de salir de este túnel extremadamente oscuro. 
A este lugar de negocio de la BBC y de los principales medios de comunicación, durante 75 años, nos traen cada vez que hay israelíes asesinados. Hay muchos palestinos asesinados en Cisjordania, más de 200 en los últimos meses. ¿Me invitan cuando hay provocaciones israelíes en Jerusalén y en otro lugares? 
Lo que los israelíes han visto, que comenzamos diciendo que es trágico, en las últimas 48 horas, los palestinos lo ven todos los días durante los últimos 50 años. ¿Usted conoce la situación en Gaza? La acaba de describir: esta es la mayor prisión al aire libre. Esas personas, dos millones, han sido tomadas como rehenes por Israel durante los últimos 16 años. Digo esto para decir, Louis, que tal vez sea hora de que abandonemos esta retórica muy peligrosa, este marco, y comencemos a decirle a la gente la verdad, realmente fea a veces. 

¿Cual es la solución desde su punto de vista? 

Ley internacional. Solo eso.  

¿Qué significa eso?  

La aplicación equitativa de las resoluciones internacionales. El derecho y la legitimidad, como hacen en Ucrania. ¿Traería al embajador de Ucrania aquí y comenzaría a pedirle que condene a algunos de sus combatientes? 
Necesitamos aplicar plena y equitativamente las reglas creadas por las Naciones Unidas después de los horrores de la segunda guerra mundial. Necesitamos asegurarnos de que Israel no sea la excepción que ha sido durante los últimos 75 años. Asegurarnos de que nadie esté por encima de la ley. 
Gran Bretaña es famosa, Louis, por el estado de derecho. Creo que esa es la solución. Israel es una fuerza ocupante. Es responsable de brindar protección a las personas bajo su ocupación. 
Si cometen crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en las próximas horas y semanas, deben rendir cuentas a la Comunidad internacional y al sistema judicial internacional. 

Sr. Husam Zomlot, muchas gracias por asistir al programa.

Gracias.

Una bandera de Palestina en una manifestación por su liberación, en Estrasburgo, Francia, a 13/10/2023. Mathilde Cybulski / Hans Lucas / AFP.













Todo está en el contexto: cinco claves históricas y actuales para entender Palestina

JORGE RAMOS TOLOSA

Nada puede comprenderse sin contexto. Y cualquier análisis sobre Palestina-Israel que desfigure o ignore el contexto histórico ni puede comprender, ni puede analizar. Hoy más que nunca, en medio del genocidio israelí en Gaza, sigue siendo necesario destacar que todo está en el contexto:

1. El origen y la explicación clave: el colonialismo de asentamiento sionista contemporáneo que no representa al judaísmo

El contexto fundamental para comprender el conflicto Palestina-Israel no se retrotrae 2.000 años atrás. Tampoco remite a un conflicto religioso, aunque posee un contenido religioso considerable, debido a que se ubica en Tierra Santa y distintos actores utilizan la religión como elemento legitimador y movilizador. El contexto histórico clave para comprender Palestina-Israel es el colonialismo europeo contemporáneo.

La cuestión de Palestina-Israel comienza en Europa, a finales del siglo XIX, en uno de los momentos de mayor auge colonial de la contemporaneidad. Fue en este contexto de efervescencia del imperialismo-colonialismo, el nacionalismo y el racismo biologicista cuando surgió el movimiento sionista en Europa. Después de barajar diferentes territorios, el proyecto político sionista fue una expresión nacionalista que pretendía crear un Estado, exclusiva o mayoritariamente judío, en el mayor territorio posible de Palestina.

Todo ello a través del colonialismo de asentamiento, una modalidad de colonialismo en el que un gran número de colonos blancos –frecuentemente perseguidos en sus lugares de origen– se asienta en un territorio para quedarse y asimilar, discriminar, desplazar y aniquilar a la población nativa, como ocurrió en Australia, Canadá, Estados Unidos o Nueva Zelanda, y como acabó fracasando en Argelia o Sudáfrica. El colonialismo de asentamiento contemporáneo es inseparable del racismo y de la deshumanización de los pueblos colonizados, como se ha estudiado en el pasado y como estamos viendo estos días en Palestina.

Pero el movimiento sionista sólo era una propuesta minoritaria (entre otras opciones como el asimilacionismo, el autonomismo o el bundismo –esta última claramente socialista y antisionista–) para abordar el racismo antijudío en Europa. Así, el sionismo no representaba ni representa al judaísmo, ni a las comunidades judías. Desde su creación en 1948, el Estado de Israel tampoco representa al judaísmo, ni a las comunidades judías. Había y hay colectivos e individuos judíos no sionistas y antisionistas. Tanto laicos como religiosos, y tanto dentro como fuera del Estado de Israel.

En las últimas décadas del siglo XIX, Palestina no era una entidad diferenciada. Formaba parte del Sultanato Otomano y tenía un carácter multirreligioso desde hacía más de mil años. Por entonces, aproximadamente un 85% de su población era musulmana, un 11% cristiana y menos de un 5% judía. Y aquí llega la clave del pasado y del presente. El objetivo fundamental del movimiento sionista era crear un Estado exclusiva o mayoritariamente judío en el mayor territorio posible de Palestina. ¿Cómo conseguirlo, si menos de un 5% de su población era judía? Aunque la historia no es lineal, nunca está escrita y siempre está sujeta a incalculables contingencias, difícilmente podría conseguirse este objetivo sionista sin la segregación colonial y la expulsión masiva de la población nativa no judía. El movimiento sionista impulsó varias oleadas colonizadoras, fue aumentando el porcentaje de población judía en Palestina y recibió el apoyo del Reino Unido desde que este territorio fue incorporado al Imperio Británico al final de la Primera Guerra Mundial.

2. El Estado de Israel colaboró con el nazismo y con dictaduras, y se creó y se mantiene a través de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad

El objetivo principal del movimiento sionista era establecer un Estado colonial en el máximo territorio posible de Palestina. Para ello, necesitaba sustituir al mayor número posible de personas nativas palestinas por colonos judíos –desde su establecimiento en 1948, el régimen israelí también persigue el propósito de dominar el máximo territorio posible con el mínimo de población palestina posible–. Con tal finalidad, el movimiento sionista no dudó en aliarse o colaborar con el III Reich, mientras que, tras la creación del Estado israelí, este contrató a criminales de guerra nazis de la Segunda Guerra Mundial y cooperó con numerosas dictaduras militares latinoamericanas. Aun así, todavía sigue siendo poco conocido que, en la década de 1930, la Federación Sionista Alemana firmó un pacto de colaboración con el nazismo (Acuerdo Haavará de agosto de 1933) y la organización paramilitar sionista Haganá también colaboró con el III Reich.

El régimen nazi no quería a judíos en Alemania ni en Europa y el movimiento sionista los quería en Palestina. Hasta Adolf Eichmann,​ que, según escribió Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén se "convirtió" al sionismo, siendo una "doctrina de la que jamás se apartaría", visitó la Palestina del Mandato Británico en 1937 de la mano de sionistas como Feivel Polkes. Durante la Guerra Fría, el jerarca nazi Otto Skorzeny (apodado 'el hombre más peligroso de Europa' y acogido por la dictadura franquista) trabajó para el Mossad israelí, como también lo hizo Walter Rauff (inventor de la cámara de gas móvil, que también trabajó en la Argentina y vivió durante décadas en Chile). 

Además, el régimen israelí vendió armas y entrenó a fuerzas militares de la dictadura chilena, instruyó a paramilitares colombianos, apoyó a escuadrones de la muerte de El Salvador y Guatemala –incluyendo durante el genocidio maya ixil– y colaboró estrechamente con la Sudáfrica del apartheid, régimen colonial con el que cada vez más estudios trazan similitudes con Israel.

Para conseguir el máximo territorio posible con el mínimo de población nativa no judía, dentro del marco de proyecto sionista de colonialismo de asentamiento, el Estado de Israel se creó en 1948 a través de lo que conocemos en la actualidad como crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. En 1948, las tropas sionistas-israelíes perpetraron una limpieza étnica que supuso la expulsión de unas 800.000 personas palestinas, la destrucción o el desalojo de 615 localidades y el desmembramiento de Palestina. En términos del Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional, esto significa que Israel se creó a través de crímenes de guerra (como la "destrucción y la apropiación de bienes [...] a gran escala" o la "deportación") y crímenes de lesa humanidad (como el "traslado forzoso de población", es decir, la limpieza étnica) y que se construyó, se ha sostenido y se sostiene gracias al mantenimiento de más crímenes contra la humanidad contra la población palestina, como el apartheid y la persecución. Históricos informes de 2021 y 2022 de Human Rights Watch y Amnistía Internacional, respectivamente, detallan cómo las autoridades israelíes son culpables del crimen de apartheid.

3. Al contrario que en el caso de los pueblos colonizados como el palestino, no existe el 'derecho a la autodefensa' de las potencias ocupantes como Israel, sino su obligación de proteger a la población ocupada

Si desde 1948 el régimen colonial israelí se ha construido y se ha mantenido a través de la limpieza étnica y el apartheid, a partir de 1967 también se convirtió en una potencia ocupante al conquistar y no retirarse –violando así la resolución 242, de carácter vinculante, del Consejo de Seguridad de la ONU– de Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza. Desde entonces, como potencia ocupante, adquirió la obligación internacional de proteger a la población colonizada y ocupada.

Por tanto, como explica la investigadora chilena-palestina Nadia Silhi, en Derecho Internacional Humanitario no existe el 'derecho a la autodefensa' de las potencias coloniales y ocupantes como Israel, sino su obligación de defender a la población colonizada y ocupada, es decir, a la población palestina de Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza. Algo que, por cierto, no varió por la firma de los Acuerdos de Oslo (1993-1995), aquella trampa israelo-estadounidense que, aunque fuese un fracaso, fue utilizada por el régimen israelí como cortina de humo para avanzar en su colonización y apartheid. Un deber de la potencia ocupante de proteger a la población ocupada que, por cierto, Israel ha violado sistemática y masivamente, al igual que los Derechos Humanos del pueblo palestino. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU ha condenado oficialmente a Israel en más ocasiones que a cualquier otro Estado del mundo.

Por su lado, también debe quedar claro que las resoluciones de la Asamblea General de la ONU 3070 (1973), 3246 (1974), 35/35 (1980), 37/43 (1982) y 45/130 (1990) "reafirman la legitimidad de la lucha de los pueblos por liberarse de la dominación colonial y la subyugación extranjera por todos los medios disponibles, incluida la lucha armada", mencionando aquí explícitamente la legitimidad de todas las formas de lucha de liberación del pueblo palestino.

4. Un desequilibrio tan abismal y un doble rasero tan indignante que supone "el mayor escándalo moral de nuestro tiempo"

Para el intelectual camerunés Achille Mbembe, Palestina es "el mayor escándalo moral de nuestro tiempo". Lo es si tenemos en cuenta la historia y la operación genocida de estos días. Fijándonos en la infancia, no sólo lo es porque según Save the Children "la infancia palestina es la única en el mundo enjuiciada sistemáticamente por un procedimiento militar en lugar de civil". No sólo lo es porque tropas israelíes detienen a menores a diario y han llegado a detener a niños de 3 años (como en Hebrón el 27 de marzo de 2018), acusados de lanzar piedras. No sólo porque en julio de 2021, por ejemplo, asesinaron en Beit Ummar a Mohammed al-Alami, un niño palestino de 12 años, y en su funeral no solo atacaron a las personas asistentes, sino que asesinaron a otro joven de 20 años, Shawkat Awad. No sólo porque entre el año 2000 y el 6/10/2023, el apartheid israelí asesinó a 2.287 niñas y niños palestinos. No sólo por este infanticidio del siglo XXI, sino porque, como escribió el poeta palestino Mahmud Darwish, hacemos "memoria del principio / olvido del final". La Nakba palestina no sólo ocurrió hace 75 años, sino que lleva sucediendo 75 años ininterrumpidamente. Es un presente eterno. 

Hoy más que nunca, es insoportable comprobar el doble rasero entre Ucrania, que recibe todo el apoyo de los gobiernos del Atlántico Norte, y Palestina, que sólo recibe criminalización y complicidad con la potencia colonizadora y ocupante que le oprime. La Unión Europea de Radiodifusión tardó solo un día en expulsar a Rusia de Eurovisión tras invadir Ucrania en febrero de 2022. Mientras tanto, Israel participa en Eurovisión desde hace décadas.

Hoy más que nunca, también es insoportable comprobar –aunque sea frecuentemente censurado en grandes medios euroamericanos– cómo década tras década el apartheid israelí asesina impune y sistemáticamente a personas adultas y a menores, a personal sanitario y a periodistas, en nombre de la democracia y en nombre del victimismo. No existe otro régimen colonial creado y mantenido a través de crímenes de guerra y de lesa humanidad que se presente al mundo como la víctima perpetua. Y todo ello con la estrecha colaboración de Estados Unidos, la Unión Europea y sus países, y otros Estados del Norte Global. De hecho, las complicidades académicas, culturales, económicas, militares y políticas son las que permiten el mantenimiento del apartheid israelí.

Los cuerpos y territorios palestinos son un laboratorio de pruebas de la industria armamentística y tecnológica mundial. Lo que se testea allí es exportado y comprado por todo el mundo: las técnicas policiales que aprenden fuerzas de seguridad del Estado español con israelíes, las tanquetas de agua israelíes que reprimen manifestaciones en Barcelona o Santiago de Chile o los drones israelíes que luego vigilan la Frontera Sur de la UE o los campos saharauis. Todo está interconectado, como las tiranías y los tiranos, por eso Netanyahu ha sido un estrecho aliado y amigo de Jair Bolsonaro, Donald Trump o Viktor Orbán.

Israel es el mayor exportador de armas per cápita del mundo. Ahora mismo, numerosas industrias de la muerte están subiendo en bolsa y obteniendo pingües beneficios, porque el Ejército israelí está demostrando en directo, una vez más, que las armas y tecnologías que utiliza funcionan, están tested in combat. Por eso, hay grandes intereses capitalistas en que el apartheid israelí y sus crímenes continúen. Por eso, la campaña global de BDS es la máxima esperanza del pueblo palestino: porque es la mayor coalición de la sociedad civil palestina, porque una campaña similar contribuyó en el pasado a la caída del apartheid sudafricano, porque acabar con las complicidades es la clave, y porque saben que no se puede confiar en el poder, y son los pueblos y los movimientos sociales quienes tienen que marcar el rumbo de la lucha contra las injusticias.

Así, a diferencia de Israel, Palestina no ha cometido una limpieza étnica para crear un Estado. A diferencia de Israel, Palestina no ha colonizado ningún territorio. A diferencia de Israel, Palestina no practica el apartheid. A diferencia de Israel, Palestina no tiene Estado, ni Ejército. A diferencia de Israel, la población de Gaza no tiene refugios, ni puede refugiarse, ni siquiera tiene pasaportes. A diferencia de Israel, la población de Gaza no roba la tierra a nadie. El 70% son refugiados expulsados de su tierra (que ahora es Israel) y todavía un mayor porcentaje depende de la ayuda exterior.

Gaza es uno de los lugares más densamente poblados del mundo, más del 90% de su agua está contaminada, y desde 2006 está bloqueada por tierra, mar y aire. Lo que significa que Israel no permite que entre ni salga nada ni nadie sin su permiso. Gaza se ha definido como un 'gueto', como 'la mayor cárcel al aire libre del mundo' o como un 'campo de concentración'

En ocasiones, las autoridades israelíes han impedido que entren folios de papel, lápices o garbanzos a Gaza por 'cuestiones de seguridad'. También, periódicamente, impiden salir a niñas y a niños palestinos enfermos de cáncer u otras enfermedades graves para que sean tratados. A diferencia de Israel, Palestina no tiene armas nucleares, ni bombardea con fósforo blanco (un arma química prohibida). A diferencia de Israel, Palestina no lleva más de medio siglo siendo apoyada por la mayor potencia militar mundial. Pero, al mismo tiempo, la mayor potencia mundial cada vez lo es menos, y el 7 de octubre de 2023 las guerrillas del gueto de Gaza humillaron a la potencia colonial, ocupante y nuclear de Israel, cuyo servicio secreto parecía ser de los más avanzados y temidos del mundo...

¿Por qué lo ocurrido el 7 de octubre ha hecho poner el grito en el cielo a personas que nunca habían puesto el grito en el cielo cuando, por ejemplo, los militares y colonos del apartheid israelí asesinaron a 2.287 niñas y niños palestinos, entre el año 2000 y el 6 de octubre de 2023 –ahora ya son más de 3.000 desde el año 2000–? Como pasó con gran parte de la prensa y la opinión pública del Atlántico Norte con la descolonización de Argelia, lo que no perdonan, como escribiría Aimé Césaire, no es el crimen en sí, el crimen contra personas, sino el crimen contra personas blancas. Por tanto, es por racismo. El racismo, y en concreto el racismo islamófobo, que sigue marcando el día a día de las personas musulmanas o percibidas como musulmanas y las imágenes y representaciones que se proyectan sobre ellas.

5. El 7 de octubre de 2023: ¿un antes y un después en la descolonización de Palestina?

El colonialismo moderno-contemporáneo tiene como base la deshumanización, el racismo, la subyugación y la violencia, tal y como explicó el intelectual afrocaribeño Frantz Fanon. Y la historia del siglo XX enseña que todo proceso de descolonización, ya sea en Angola, en Argelia, en la India, en Sudáfrica o en Vietnam, combina la resistencia no violenta y la lucha armada. Y ambas, según las resoluciones de la Asamblea General de la ONU, son legítimas para acabar con la dominación colonial.

En mayo de 2021, los bombardeos israelíes sobre Gaza asesinaron a 256 personas palestinas. El apartheid israelí no necesitaba esgrimir ninguna justificación. Sólo que, en un barrio de Jerusalén, Sheikh Jarrah, las palestinas y los palestinos estaban negándose a sufrir una limpieza étnica. Así, quien volvió a bombardear Gaza (como en 2018, en 2014, en 2012, en 2008-2009...) no utilizó ningún casus belli. Los regímenes coloniales como Israel no necesitan casus belli, se crearon a través de crímenes de guerra y de lesa humanidad, y actúan con total impunidad en el entramado del sistema internacional, como estamos viendo estos días.

Pero el 7 de octubre de 2023 será recordado durante mucho tiempo. Los guerrilleros palestinos del gueto de Gaza, de más de diez facciones políticas diferentes y mayoritariamente refugiados, no sólo no habían conseguido destruir nunca tan eficaz ni rápidamente los sistemas de vigilancia y la 'valla inteligente' de tecnología punta, que les ha separado 75 años de sus tierras de origen, sino que nunca habían conseguido penetrar tan adentro en el territorio del que sus ancestros fueron expulsados. Algunos de ellos lloraron al llegar a la Palestina del 48. La prensa israelí tituló lo ocurrido el 7 de octubre de 2023 como un "fracaso colosal [israelí]", una "catástrofe nacional", "el mayor fallo de inteligencia en la historia israelí" o "el momento más difícil desde 1948".

Innumerables analistas internacionales y militares coincidieron. "Pase lo que pase en esta [nueva] ronda de la guerra Israel-Gaza", escribía Chaim Levinson en Haaretz, el 8 de octubre, "ya hemos perdido". Las guerrillas palestinas marcan el tempo. Y se abre un nuevo escenario, en el que se ha demostrado que Israel es más vulnerable de lo que parecía. Puede ser atacado y derrotado –aunque sea temporalmente– y su posición no sólo internacional, sino también del territorio que controla, puede alterarse.

El 7 de octubre de 2023 no sólo fue sabbat, lo que suele comportar menor actividad judía israelí en numerosos ámbitos. Fue el día siguiente al 50º aniversario de la Guerra del Yom Kippur, iniciada por sorpresa y con un fallo de inteligencia israelí por parte de las fuerzas egipcias y sirias para recuperar el Sinaí y los Altos del Golán, territorios de Egipto y Siria, respectivamente, ocupados por el Ejército israelí en 1967. Años después, Egipto consiguió recuperar el Sinaí a cambio de reconocer a Israel, pero los Altos del Golán continúan estando ocupados militarmente.

¿Por qué esta nueva fase en el proceso de descolonización de Palestina? Por varios factores. Desde el final de la pandemia, la resistencia palestina ha conseguido un alto nivel de coordinación, eficacia y planificación interna y externa. Algo que se ha podido comprobar especialmente en ciudades del norte de Cisjordania como Nablus y Yenín. Allí, ha surgido una nueva generación de jóvenes guerrilleros palestinos, hastiados de 75 años de colonialismo y apartheid, y muy críticos con la Autoridad Nacional Palestina, totalmente desacreditada, sin ninguna competencia real y obligada a colaborar con el régimen israelí. La primera semana del pasado mes de julio, el Ejército israelí invadió el campo de refugiados y refugiadas de Yenín, incluyendo fuerza aérea, en un despliegue militar de ocupación sin precedentes desde la Segunda Intifada (2000-2005).

Además, si se tienen en cuenta otros factores, la operación palestina Inundación de Al-Aqsa puede haber llegado en un momento apropiado para poder abrir una nueva ventada de oportunidad de cambio. El Gobierno israelí es el más ultraderechista de la historia, y con ministros abiertamente racistas (uno de ellos, Bezalel Smotrich, afirmó ser un "fascista homófobo" en enero de 2023) que incitan a cometer crímenes, y que han participado en linchamientos contra personas palestinas. La sociedad judía israelí está muy fragmentada y, desde enero de 2023, se suceden masivas protestas contra la destrucción de la separación de poderes de la etnocracia israelí.

Además, esta operación de descolonización intenta descarrilar los avanzados contactos entre la diplomacia israelí y saudí para establecer un reconocimiento mutuo, algo clave para el apartheid israelí, que siempre ha buscado desesperadamente su reconocimiento internacional. Aquí cabe enmarcar los denominados Acuerdos de Abraham entre Israel, por un lado, y Baréin, Emiratos Árabes, Marruecos y Sudán, por otro, entre agosto y diciembre de 2020. Estos pactos provocaron una gran indignación en el pueblo palestino y en el resto de pueblos árabes. Operaciones como esta pretenden que estos acuerdos no se puedan ampliar a más países. De hecho, Arabia Saudí ya ha afirmado que congela su proceso de normalización de relaciones con Israel y, en una noticia histórica, autoridades de dos grandes rivales del golfo Pérsico –el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman y el presidente iraní Ebrahim Raisi– han tratado por el teléfono sobre la situación actual en Palestina.

De hecho, también puede tratarse de un momento oportuno si tenemos en cuenta los cambios geopolíticos recientes. El pasado marzo, Irán y Arabia Saudí restablecieron sus relaciones diplomáticas. Ambos países, junto a otros, como Argentina o Egipto, se incorporan el 1 de enero de 2024 a los BRICS (originalmente, la asociación entre Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). El primer día del próximo año, los BRICS superarán no sólo en población sino también en porcentaje del PIB global al G7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido).

Aunque los BRICS tienen acuerdos con el Estado y empresas israelíes, su perspectiva general es mucho más propalestina que la de los miembros del G7, como se está comprobando desde el pasado 7 de octubre. Si aquel día se demostró que Israel no puede defender ni su propio territorio, en medio de la reconfiguración geopolítica global, en el que por primera vez en mucho tiempo el centro del mundo está dejando de estar en el Atlántico Norte, puede perder su valor como gendarme regional estadounidense. Múltiples escenarios están abiertos...

Por último, quiero acabar con un recuerdo que atraviesa el pasado, el presente y el futuro, que ya recogí en mi artículo anterior en Público y que, hoy, sigue siendo más necesario que nunca, ante el genocidio israelí en Gaza: "Durante los bombardeos israelíes contra Gaza de verano de 2014, que acabaron con la vida de más de 2.200 personas, entre ellas más de 500 niñas y niños, centenares de supervivientes y víctimas judías del genocidio nazi publicaron una carta entonado el 'no en mi nombre', condenando 'la masacre en Gaza' y pidiendo el boicot (BDS) a Israel. Al final de su escrito se pudo leer: ''Nunca más' ha de significar nunca más para nadie'".

martes, 10 de octubre de 2023

Encogiendo (y escogiendo, y escociendo...)

Abundantes e irrefutables son los argumentos sobre el hecho del decrecimiento a que estamos abocados (por las buenas o a la fuerza). Solo hay dos posicionamientos posibles: el negacionismo visceral o la aceptación. El primero no resiste las evidencias hoy disponibles y únicamente el taponamiento mental del que se niega a saber le permite "huir del problema cambiando de tema" (cantaban Les Luthiers: "al ver una esfinge planteando un dilema..."). Los que aún no sufren el choque se ocultan a sí mismos la preocupación, insensibilizándose mientras les es posible, de forma un tanto suicida.

La aceptación a su vez puede ser resignada o resistente. Como la primera conduce con seguridad al desastre, la única posibilidad de superarlo, por difícil que sea, es la resistencia. Habrá que recurrir al "optimismo de la voluntad" (y antes fortalecer esa voluntad con optimismo) sabiendo que esta posibilidad tiene carácter probabilístico. ¡Pero decreciente en el tiempo!

Un grave inconveniente es la tendencia de todos los partidos, en los sistemas electorales, a prometer futuros optimistas. Ninguna fuerza con posibilidades de incluir en sus programas las políticas radicales más necesarias ganará unas elecciones, si muestra la situación con toda su crudeza y propone medidas inevitablemente impopulares. Lo hemos visto en Madrid y en Andalucía, donde promesas expansivas van acompañadas de reducciones de impuestos a quienes pueden y deben pagarlos, y no parece que esta contradicción les haya restado demasiados votos.

El decrecimiento, desde luego, incluye el de la población. Este es un punto inquietante porque puede justificar genocidios en que los vencedores se enfrentarían entre sí en una cadena sin fin. A los supermillonarios delirantes les ronda ya la idea de huir a Marte.

Existe ya un movimiento por la extinción humana voluntaria. Un nombre, propio del país de los apocalípticos (el de "los Santos de los Últimos Días"), que no resulta muy atractivo para mentes menos religiosas. Sencillamente proponen que dejemos de reproducirnos. Parece imposible, y tampoco parece deseable, que esto conduzca a la extinción, pues nunca será aceptado por todos, pero la vía de frenar los nacimientos es una buena idea, demostrada por el éxito de la política china del hijo único.

No es la solución, aunque debe acompañar a la escasez de recursos que ya está aquí. 

Siguen unas reflexiones de Marià de Delàs sobre los dos últimos libros publicados al respecto por Jorge Riechmann.

El ecologista Jorge Riechmann en conferencia en la 'XIII Universidad de Verano de Anticapitalistas'. Foto de la Fundación Espacio Público










¿Es inevitable el colapso ecosocial?

Marià de Delàs
27 SEPTIEMBRE 2023

«Biólogos, climatólogos, oceanógrafos, edafólogos y otros muchos científicos de las diversas disciplinas que se dedican a auscultar el pulso de nuestra maltrecha biosfera llevan decenios aterrados: y basicamente seguimos sin hacerles caso» [1]. «Hay una gran probabilidad de que la mayor parte de la humanidad sea exterminada antes de que finalice el siglo XXI». 

El filósofo y politólogo ecologista Jorge Riechmann lo afirma rotundamente y lo ratifica en uno de sus últimos libros, Simbioética. ‘Homo sapiens’ en el entramado de la vida, con una exposición ordenada y exhaustiva de datos y argumentos.

«La distopía que Susan George esbozó con su Informe Lugano en 1998 se ha ido haciendo más probable en los años transcurridos desde su publicación», señala el ecologista sin ánimo alguno de deprimir a sus lectores.

«Nuestro sistema actual es una máquina universal para arrasar el medio ambiente y para producir perdedores con los cuales nadie tiene ni la más mínima idea de que hacer», escribió George en su premonitorio libro hace 25 años [2].

Hoy el grito de alarma también lo da el secretario general de la ONU, que se hace eco del último informe de la Organización Mundial de Meteorología, y reconoce que las temperaturas récord ya queman la Tierra y que los fenómenos meteorológicos extremos, cada vez más virulentos, empujan a millones de personas hacia el hambre. Se prevé que 670 millones de habitantes del planeta quedarán sin alimentos a finales de la presente década.

«Hemos abierto las puertas del infierno», insistió más recientemente António Guterres en un nuevo llamamiento ante la Asamblea General de Naciones Unidas para referirse a las temperaturas más altas de la historia, a las sequías de larga duración, a los incendios que no se pueden extinguir, a las inundaciones catastróficas, a las tierras que se vuelven inhabitables y a los efectos terribles de todo ello sobre la vida en nuestro planeta.

Poco a poco parece que más y más personas, gobiernos, actores políticos y sociales, incluso grandes empresas, asumen que la crisis climática existe, y reconocen en cierta medida la gravedad de sus efectos, pero los gobiernos siguen empecinados en políticas de «desarrollo sostenible» y de crecimiento económico; a los inversores, naturalmente, lo que les interesa son las oportunidades de negocio que pueda ofrecer la llamada «transición energética», los hábitos de consumo no cambian, las invocaciones en favor de la utilización de energías renovables ignoran tanto la escasez de materias primeras como los daños que causan sobre el territorio los macroparques eólicos y fotovoltaicos, y en las cumbres internacionales nunca se ha abordado el problema de raíz: la extralimitación en la explotación de los recursos del planeta.

Ahora el gran problema es que aquello que sería. «ecológicamente necesario es cultural y políticamente imposible», explicó Riechmann en entrevista realizada por Crític. Lo necesario sería, ha escrito, “salir a toda prisa del capitalismo, redistribuir radicalmente la riqueza, olvidarnos de la hipermovilidad y del turismo, reducir rápidamente la población humana, construir sistemas productivos biomiméticos, desarrollar una cultura de simbiosis con la naturaleza… Cultivar la música en vez del crecimiento económico, el amor en lugar de la competitividad, la espiritualidad en vez de la mercantilización, la educación en lugar del poder militar…” [3].

Pronósticos escalofriantes

En su libro Simbioética cita infinidad de trabajos, informes y tomas de posición de reconocidos investigadores y pensadores, entre ellos el antropólogo Bruno Latour, que falleció ahora hace un año: «…si uno estudia seriamente cuál será la trayectoria del planeta en los próximos treinta años, la certeza del desastre es de tal magnitud que resulta comprensible que algunos se nieguen a creerla. Es como si te dicen que tienes cáncer, o bien te puedes someter a un tratamiento y luchas, o bien no te lo crees y te vas de vacaciones al Caribe para aprovechar el tiempo que te queda» [4].

Todos los datos recogidos por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, IPCC, «vistas en conjunto, indican una tendencia común acelerada, síntoma de una biosfera que se dirige hacia el colapso, lo cual significa que la especie humana se perderá».

«Hoy, ya, en el tercer decenio del tercer milenio, por desgracia hay que constatar que el Business As Usual nos lleva al exterminio de la gran mayoría de la humanidad, si no a su extinción total, y no a largo plazo»[5].

Se dice rápido, pero la lectura de afirmaciones como estas provoca una sensación difícil de describir. ¿Desasosiego? ¿Angustia? ¿Desazón? ¿Espanto? ¿Horror? ¿Pánico? Cuesta encontrar una palabra suficientemente fuerte, porque las enfermedades que sufre el planeta en el que vivimos, como consecuencia del derroche y de la explotación excesiva de recursos realizados por las últimas generaciones de seres humanos, hacen prever que, más allá del miedo y el sufrimiento que podamos sentir las personas mayores en los últimos años de nuestras vidas, nuestras hijas e hijos, o nuestras nietas y nietos se verán abocados, en la menos mala de las previsiones, a una dolorosa lucha para sobrevivir, compartida con millones y millones de seres vivos. Un escenario de pobreza y de necesidades elementales no satisfechas en el cual se pueden extender todavía más los conflictos armados y la más descarnada insolidaridad.

También hay quien mira hacia otro lado, se encoge de hombros y confía en que el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico aportarán soluciones. La tecnolatría paraliza las mentes de demasiada gente. «El capitalismo y la tecnociencia se han declarado en rebeldía ante el principio de realidad». «La racionalidad económica dominante, movida por el dinero, nos arrastra hacia una catástrofe planetaria. Y las propuestas alternativas -bien trabadas, rigurosas, convincentes- existen desde hace decenios, pero no son atendidas», escribe Riechmann [6]. Y a propósito de la lógica del dinero y de la crisis ecosocial recuerda una contundente afirmación del antropólogo Jason Hickel: «Lo extraordinario del capitalismo es que produce el apocalipsis y después intenta venderse como la única solución razonable al apocalipsis».

«Desarrollo sostenible» o cambio de sistema

No faltan negacionistas de los efectos devastadores del calentamiento global. Buena parte de la población mundial parece que prefiere escucharlos -y votarlos!-, pero a veces también parece como si existiera cierto consenso entre mucha otra gente, incluso entre algunos partidarios del «desarrollo sostenible», en torno a que la causa de la contaminación, del agotamiento de recursos y de minerales escasos, del calentamiento global, de la pérdida de biodiversidad, del riesgo de exterminio de la megafauna, de la desaparición de suelo fértil, de la extensión de partículas de plástico por todos los rincones del planeta y de sus organismos vivos, de la pérdida generalizada de acuíferos… se encuentra en la irracionalidad del sistema dominante de relaciones económicas y sociales. Incluso personajes como Joe Biden o Pedro Sánchez han llegado en algún momento a lamentar los efectos del enriquecimiento progresivo de unos pocos sobre la vida de la mayor parte de la gente. Lo que cuesta entender es el motivo por el cual el número de personas que apuestan por un cambio de sistema y que se proclaman abiertamente dispuestas a hacer todo el posible para poner fin al capitalismo es hoy todavía tan pequeño. Mucho más pequeño incluso que en otros momentos de la historia contemporánea, en los cuales la conciencia sobre los límites del crecimiento era insignificante. 

El pasado agosto, la organización Anticapitalistas dedicó buena parte de los ciclos, charlas y debates de su Universidad de Verano a tratar sobre la actual crisis ecosocial. ‘Un proyecto ecosocialista para un mundo en llamas’, fue el significativo titular de la XIII edición, en la cual Jorge Riechmann, más allá de señalar los efectos catastróficos que tiene sobre la biosfera de nuestro planeta la explotación de materias combustibles fósiles, habló ampliamente sobre la necesidad de un «cambio cultural profundo» en la concepción humana del mundo. Una transformación de la mentalidad dominante en Occidente desde hace dos siglos.

Una cultura amiga de la tierra

«Hay que ir a las raíces» de las crisis entrelazadas actualmente existentes, para las cuales «no hay solución técnica». «Estamos obligados a poner en cuestión la concepción de dominación del hombre por encima de todo», insiste, y se pronuncia en favor de la consideración de la teoría Gaia, o Sistema Tierra, como camino para la toma de «conciencia de nuestra ecodependencia”. Se trata de «construir una cultura amiga de la tierra». La concepción del mundo que prevalece actualmente, «es muy negativa». Hay que «poner en cuestión el antropocentrismo moral’ y eso no quiere decir desconocer la singularidad humana. Explica, con abundantes referencias a los autores que han trabajado a fondo y desde diferentes puntos de vista sobre el comportamiento de la biosfera, que todos los seres vivos colaboran entre ellos y que el planeta Tierra se autorregula. Un planeta ‘simbiótico’, así denominado por la bióloga norteamericana Lynn Margulis para destacar que la simbiosis entre seres vivos prevalece por encima de la competencia y la «selección natural» darwiniana.

Lo que reclaman Riechmann y otros ecologistas es la asunción de una cultura de simbiosis con la naturaleza, «como seres vivos que a lo largo de millones de años hemos coevolucionado con el resto de organismos con los cuales compartimos la biosfera». «Nos va la vida» en esta asunción. Si seguimos con el Business As Usual, «las perspectivas apuntan hacia un genocidio que no tiene comparación posible en los doscientos mil años de existencia nuestra especie». Una cultura de simbiosis en contraposición a la antropocéntrica, que lo que se plantea es el dominio de los humanos sobre la naturaleza.

El homo sapiens, que es un ser complejo y que no deja de ser resultado de la coordinación entre bacterias preexistentes, no es independiente del comportamiento de la naturaleza. Es «el único animal que ha sido capaz de escribir la ‘Divina Comedia’ y de fabricar bombas atómicas», dice el ecólogo para remarcar la excepcionalidad de la condición humana. Tan excepcional, también, que en sus últimas generaciones «ha desequilibrado la capacidad de autorregulación de la Tierra».

Riechmann, sin embargo, considera Gaia («conjunto de todos los seres vivos de la Tierra, más su influencia sobre las condiciones de habitabilidad de nuestro planeta») como «un gran organismo que se autorrepara» y que restablece sus equilibrios a lo largo del tiempo. No consuela demasiado, sin embargo, advirtió cáusticamente, la idea de que en un plazo de veinte millones de años la tierra haya sido capaz de autorregularse una vez desaparecido el género humano.

Él y otros significados ecologistas son, cotidianamente, objeto de ataques por parte de personajes adaptados a los intereses del poder corporativo. Ante los defensores del Green New Deal (capitalismo verde), que les descalifican y les acusan de catastrofistas y apocalípticos, Riechmann afirma: «El problema de fondo es que los sectores sociales que reconocemos que no hay posible solución de la crisis ecosocial dentro del capitalismo (y que esto del capitalismo verde es un oxímoron), y que nuestras sociedades siguen una trayectoria hacia el colapso, somos una ínfima minoría». «¿Cómo se llegó a convertir la economía, no en el arte del mantenimiento humano, sino en la gestión del crecimiento del PIB?», pregunta. «Sin hablar de combustibles fósiles, de capitalismo y también de irracionalidad humana, nada se entiende…» [7]. Él prescribe que hace falta «1) seguir el rastro a las mercancías desde la cuna hasta la tumba; 2) explorar vías para desglobalizar y relocalizar como forma de tomar T(t)ierra aterrizar (a-Tierra-r); y 3) dar pasos para salir de la ley del valor, lo cual, en realidad significa: salir del capitalismo».

Fracaso de la humanidad

El calentamiento global demuestra que la humanidad ha fracasado en su intento de dominar la naturaleza. Los humanos «interferimos en casi todo en la natura, pero no controlamos casi nada».

«El problema de los ecologismos», afirma Riechmann en libro más reciente, es que «durante demasiado tiempo nos acomodamos en exceso al posibilismo del desarrollo sostenible» [8]. «Necesitaríamos una izquierda no productivista, pero esto prácticamente no existe», lamenta.

La catástrofe medioambiental, además, no se puede entender sin tener presentes las desigualdades sociales y económicas. La batalla contra la degradación del planeta no se puede librar en el mercado. El «derecho» a contaminar no se tendría que poder vender ni comprar. Hay que recordar tantas veces como haga falta que las emisiones de gases de efecto invernadero generadas por las sociedades más ricas afectan sobre todo a la población más pobre del planeta, a la cual no se puede atribuir ninguna responsabilidad en la tragedia climática.

Herramientas del ecologismo

La izquierda, en general, tiene cierta conciencia de esta realidad, pero según Riechmann, «la crisis ecológico-social contemporánea es tan profunda que nos invita a considerar los fundamentos mismos de las ideologías y el sentido común dominante» [9]. Nos invita a «construir concepciones contra-hegemónicas». Para hacerlo posible haría falta que muchos izquierdistas revisaran a fondo sus herramientas de análisis y de intervención. De esto se discutió tanto en la Universidad de Verano de Anticapitalistas como en la más reciente Escola d’Estiu de la CUP. En uno y otro lugar se expusieron estrategias para hacer frente en la crisis ecosocial y catálogos de propuestas tácticas y de experiencias del activismo realmente existente.

En las diferentes charlas se habló sobre las posibilidades de favorecer la “desmercantilización” de la vida económica, la planificación democrática de la economía, la democratización de la participación en medios de producción, la extensión de la economía social y solidaria, el crecimiento en sectores como la educación, la sanidad y los cuidados, la implementación de cambios profundos en los sectores del transporte y la energía…

Pero no faltó quién pusiera de manifiesto que muchas de estas ideas se plantean desde hace décadas y que ahora hace falta que el ecosocialismo incorpore un factor de importancia descomunal: «el choque con las limitaciones físicas de nuestro planeta».

El ingeniero y divulgador científico Ferran Puig, que ya hace un año se declaraba “escalofriado” con la lectura del informe del grupo II del IPCC sobre la situación actual del planeta, en todo el que hace referencia a los niveles de contaminación y a los datos actuales sobre extinción de especies, pero sobre todo ante la probabilidad de fenómenos extremos mucho más graves y frecuentes de lo que se pensaba, lanzó preguntas clave: «¿Cuánto tiempo puede durar la vida en estas condiciones?», «¿dónde se encuentra la defensa de la vida?».

Activar el «freno de emergencia»

La negativa a emprender el camino del decrecimiento nos ha conducido hacia la destrucción de vida civilizada, a eliminar otras formas de vida y a degradar radicalmente la biosfera, mantienen los estudiosos de los ecosistemas.

¿De cuánto tiempo disponemos todavía para evitar el colapso? Riechmann comparte con Antonio Turiel la idea de que «nunca es tarde» para evitarlo, pero al mismo tiempo asegura sin tapujos que «nos empobreceremos colectivamente por las buenas o por las malas». Hay que impulsar, dice, «dinámicas de decrecimiento material y energético, redistribución masiva, educación en libertad e igualitarismo, relocalización productiva, tecnologías sencillas, retorno al campo de nuestras sociedades, renaturalización de zonas extensas de la biosfera, cultivo de una Nueva Cultura de la Tierra…” [10].

Otro gran interrogante, sin embargo, se encuentra en si hay manera de conseguir que la población adquiera conciencia sobre la necesidad de poner fin a dos siglos de crecimiento económico acelerado. ¿Qué se puede hacer para que en las sociedades industrializadas se produzca la interrupción del viaje hacia la catástrofe? ¿Cómo activar el necesario «freno de emergencia» que ya reclamaba Walter Benjamin? «¿Qué partido político con voluntad de obtener representación en las instituciones estará dispuesto a defender en sus campañas electorales que hay que reducir radicalmente el consumo?», preguntó un militante de larga trayectoria, Joxe Iriarte, Bikila, en una de las mencionadas charlas.

La elevación del nivel de conciencia y la salida de la cultura antropocéntrica hacen necesaria la actividad de los movimientos sociales, las luchas. «La conciencia no precede a la acción», «la principal tarea de nuestro tiempo es la de construir un bloque ecosocialista popular, diverso pero sólido, con capacidad de actuar estratégicamente y de golpear de forma conjunta desde diferentes frentes», mantiene el investigador ecosocialista, Martín Lallana. Él mismo y Júlia Martí Comas, doctora en Estudios de Desarrollo, explicaron que el momento actual de eco-crisis exige actuaciones urgentes, y aunque no nos encontremos en una coyuntura de grandes movilizaciones hay que favorecer la existencia de movimiento de base «que interpele a las instituciones». Un movimiento que se conserve a sí mismo y resista, que utilice las «palancas institucionales», que tenga capacidad de actuar y de bloquear operaciones que atentan contra los ecosistemas, que pueda explicar sus objetivos al conjunto de la sociedad, que se implique en el cooperativismo y en actividades de la economía social y solidaria, que fortalezca su retaguardia y que plante la semilla para futuras luchas.

Más en concreto, presentan como referencias muy actuales el movimiento Soulèvements de la Terre, o la organización sindical del campesinado Confédération Paysanne, radicalmente opuestas a la agroindustria, a los macroproyectos energéticos, a las empresas contaminantes, al extractivismo irresponsable y a las operaciones nocivas de carácter especulativo.

Soulèvements de la Terre, que agrupa a un centenar de entidades defensoras del territorio de diferente perfil, se ha hecho especialmente conocido a lo largo de los últimos años por su capacidad creciente de actuar localmente y en todo el territorio del Estado francés, a pesar de la dureza de la represión ejercida por el Gobierno de Emmanuel Macron, que además de ordenar actuaciones policiales de extrema brutalidad ha querido ilegalizar este movimiento. Entre las iniciativas más celebradas de Soulèvements, explicó en la Escuela de la CUP uno de sus activistas, se encuentra la creación de las llamadas ZAD (Zonas A Defender), para «intentar construir desde ya el mundo que queremos».

Esta idea, la de un activismo ecologista, descentralizado, arraigado a localidades y a zonas concretas, la valora especialmente el economista catalán Joan Martínez Alier, conocido internacionalmente y desde hace muchos años por sus estudios sobre cuestiones agrarias y sobre el ecologismo político. Él habla de la existencia de un «movimiento mundial de ecologismo ambiental, que no tiene politburó, como tampoco lo tiene el feminismo», «un ecologismo popular que crece y que se vincula con otros movimientos».

Martínez Alier dirige una iniciativa de investigación de l’Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals (ICTA) de la UAB para catalogar y situar geográficamente «miles de casos de resistencia contra proyectos perjudiciales para el medio ambiente y la población».

La multiplicación de estas plataformas de resistencia es, seguramente, una condición indispensable para que se produzca la necesaria «contracción económica de emergencia, sustanciada en una salida rápida e igualitaria del capitalismo, acompañada de la renaturalización masiva del planeta Tierra». Es lo que se reclama desde el ecosocialismo.

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Referencias:

[1]. Jorge Riechmann. Simbioética. Madrid. Plaza y Valdés Editores, 2022 p. 330

[2]. Susan George. Informe Lugano. Barcelona. Icaria, 2001, p. 254

[3]Riechmann. op. cit. p 184

[4]. Cita de Jorge Riechmann en Simbioética (p. 307) a entrevista con Bruno Latour. El Mundo, 19 de febrero de 2019. La modernidad está acabada

[5]. Riechmann. op. cit. p. 306

[6]. Riechmann. op. cit. p. 137

[7]. Riechmann. op. cit. p. 151

[8]. Jorge Riechmann. Bailar encadenados. Vilassar de Dalt. Icaria, 2023. p. 250

[9]. Jorge Riechmann. Simbioètica. Madrid, Plaza y Valdés Editores, 2022 p. 231

[10]. Jorge Riechmann. Bailar encadenados. Vilassar de Dalt. Icaria, 2023. p. 255-256

miércoles, 4 de octubre de 2023

Un inmenso paripé

Las "soluciones tecnológicas" que prometen resolver el desastre climático se enfrentan a realidades que ni se mencionan.

De un lado nos ofrecen molinos de viento, coches eléctricos, hidrógeno líquido, geoingeniería... De otro nos tropezamos con la escasez creciente de recursos y de energía para obtenerlos y la degradación irreversible de materiales irrecuperables...

En el número 257 de Nuestra Bandera, la responsable federal de ecología de Izquierda Unida Eva García Sempere se planteaba el dilema ¿crecimiento sostenible o decrecimiento? y señalaba estas realidades innegables:

«Y tenemos el problema añadido del crecimiento exponencial de la demanda. Y no es (solo) que se agoten los recursos actuales, sino que, si fiamos a la transición energética y las nuevas tecnologías el cumplimiento de los Acuerdos de París, nos vamos a encontrar con toda probabilidad con límites de suministro de plata, cadmio, cobalto, cromo, cobre, galio, indio, litio, manganeso, níquel, plomo, platino, telurio o zinc antes de 2050. Elementos necesarios para las energías renovables, para las baterías de los vehículos eléctricos y también para el desarrollo tecnológico general. Y en esta competición por qué sector se queda los recursos hay que priorizar. 
Sin contar con otro problema añadido: la extracción de estos minerales necesarios para la transición energética necesita energía fósil. Ahora mismo, la minería ya supone el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Si la demanda en energía renovable aumenta, también lo hará la extracción de minerales y, por ende, las emisiones de gases. 
Y sí, por supuesto, hay que apostar por la recuperación de materiales. Pero sin perder de vista que también en este caso rige la segunda ley de la termodinámica, que nos señala la irreversibilidad de los procesos reales: cualquier material se degrada con su uso, pero revertirlo cuesta mucha más energía que la que se disipó en esa degradación. La durabilidad de los productos, su reutilización y reparación es mucho más eficiente en términos energéticos que su reciclado y/o recuperación de los materiales que lo componen. 
¿Puede, a la luz de estos hechos, ser la transición energética una solución? En un contexto de decrecimiento de los consumos, sí. Cualquier otro contexto que tenga como pilar el crecimiento económico es, directamente, fe ciega en los milagros

En el citado número de la revista, concluye Albert Recio:

«Lo más relevante es que entramos en un panorama muy complejo y bastante desconocido en que lo peor que puede hacerse es seguir confiando en las inercias del pasado. Por esto, una mirada de izquierdas a las políticas públicas exige mirar de frente a las dos cuestiones centrales del presente: la crisis ecológica y la crisis social, ambas íntimamente entrelazadas, y a las que no dan respuestas adecuadas las políticas actuales. El cambio de modelo es difícil, pero totalmente necesario. Y por eso es tan crucial que las políticas contemplen cómo hacer partícipe a una amplia base social.»

Pero para quienes precisamente viven y prosperan (por ahora) con el crecimiento ilimitado lo importante es adormecer a esa amplia base social. Por eso mismo hay un continuo "lavado verde" (de cerebros) que soslaya continuamente las causas del desastre, con una idea falsificada de lo que es "sostenible", como nos recuerda el libro Contra la sostenibilidadHasta la energía nuclear y el carbón se han llegado a considerar "energías verdes". Todo con tal de no poner freno a esta economía tumoral.

En el artículo que sigue Luis Ernesto Sabini denuncia la tibieza inoperante de tantos predicadores de esa falsa sostenibilidad, «reducir a cero las emisiones de efecto invernadero tan pronto como sea humanamente posible», lo que equivale a decir que por ahora es humanamente imposible. ¡Pues estamos buenos...!

Luis Ernesto Sabini Fernández (Montevideo, 1938) estudió Licenciatura en Filosofía en su Uruguay natal mientras efectuaba sus primeras colaboraciones en el semanario "Marcha". La dictadura instalada en su país en 1972 lo llevó a Buenos Aires donde fue detenido-desaparecido en el año 1975, legalizado en 1976 y expulsado en 1977. Suecia fue el territorio de su exilio, donde llegó a incursionar en el periodismo. De vuelta a la Argentina, colabora con las revistas "Humor", "Crisis" y "El Porteño" y en "Cuadernos de Marcha", "Brecha" y otras de Montevideo. Hace años edita en Buenos Aires la revista "Futuros del Planeta, la sociedad y cada uno", actualmente en receso. desde 1998 integra la cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de filosofía y Letras (UBA), en el área de Ecología. Ha publicado en ese ámbito, con otros autores "El país de la soja, sueño o pesadilla?" (2003) y "Basura y cultura?" (2004), ambos agotados.

Desde la duda metódica plantea una diferenciación rigurosa entre la realidad y la percepción que tenemos de ella (más difícil en tiempos de realidad virtual e inteligencia artificial). Una duda que, a falta de una radical fundamentación a partir de lo innegable, conduce a los absurdos negacionismos que proliferan hoy por doquier.

Estos negacionismos utilizan argumentos como "siempre hubo desastres naturales" (y es cierto), "siempre hubo temperaturas extremas" (también lo es), "otros factores pueden contribuir a desestabilizar el clima" (que también). Pero hay hechos innegables, como la contaminación con residuos tóxicos, que avanza por tierra, mar y aire y envenena el planeta, o la mezcla heterogénea de residuos que impide su reciclaje, la pérdida de biodiversidad, la escasez creciente de energía y materiales...

Y en medio de todo esto se inventan peregrinas "soluciones verdes" y se apela al comportamiento individual, a la conciencia de los individuos, cuando lo que se precisa es una enorme toma de conciencia colectiva, y cuidados paliativos para un planeta enfermo basados en decisiones políticas.

Para que no nos engañen no nos engañemos nosotros mismos. La duda metódica es importante, pero para intentar resolverla es fundamental (la palabra lo dice) partir de unos buenos cimientos para edificar sobre ellos. Ante dudas e ideas confusas, recomienda Francisco Umpiérrez:

«Una persona A lee un texto teórico X. Le surgen algunas dudas y hay ideas del texto que no ve claras. ¿Cómo debe proceder la persona A para actuar de modo teóricamente correcto? Centrarse en los aspectos del texto donde tenga certezas y en las ideas que tenga claras. Después estudiar el texto varias veces y, por último, hacer una valoración teórica de conjunto. Pero nuestro amigo no hace eso, dominado por la espontaneidad se centra en las dudas y en las ideas confusas. Luego introduce esas dudas e ideas confusas en su propio sistema de pensamiento, que no es un sistema muy bien organizado ni fundamentado, y elabora un nuevo texto. ¿Cuáles serán los rasgos teóricos de ese nuevo texto valorativo y reflexivo? Es evidente: será un texto desorganizado, no fundamentado y confuso.»

A continuación, el texto de Sabini:


Acercándonos a una catástrofe sin precedentes

El volcado ininterrumpido, anual, mensual, cotidiano de miles, millones de toneladas de detritus, a menudo contaminantes en áreas muy afectadas; los mares y los vaciaderos en tierra a cielo abierto. [2] Se hace desde las costas, tierra adentro y desde los barcos.

Las megalópolis se presentan como culmen de nuestra civilización y a la vez como una de las “máquinas infernales” con contaminación masiva y generalizada.

Nos encontramos como humanidad, como planeta, cada vez más ante una serie de fenómenos nuevos, a la vez ominosos.

Cada vez son más los spots, los anuncios, los podcasts, los envíos, los pequeños clips, minivideos, que lo anuncian. Y ciertamente, todo el concierto ambiental onusiano también.

Lo que se observaba hace veinte o treinta años en Europa y en otras zonas industrializadas del planeta; incendios forestales, por ejemplo, cada vez más frecuentes y devastadores, o deslizamientos de tierra, temporales grado 5 a 250 km. por hora, o rotura de diques de cola, cualquiera de dichos fenómenos arrasando poblaciones, cultivos, están sufriendo una intensificación sin precedentes.

Siempre queda, empero, una duda. Como cada vez estamos más presentizados por vía de intercomunicaciones permanentes, cuesta mucho discriminar cuánto es aumento real de acontecimientos climáticos catastróficos y cuanto es el acceso a conocerlos lo que nos induce a considerar que han aumentado (catastróficamente).

Porque siempre hubo, por ejemplo, temperaturas insoportables. En el Sahara; a principios del siglo XX se había registrado 78 grados centígrados en Tripolitania (texto para escolares en Uruguay El mundo tal cual es) en tanto que en algunos lagos finlandeses se alcanzaban en invierno los 60 grados bajo cero, y la respiración debía hacerse muy contenidamente; permitir la entrada de mucho aire helado podía quebrar bronquiolos.

Los desajustes entre percepción y realidad son muy significativos. Porque si entendemos que se trata de una cuestión de percepción, no existe nada que pueda considerarse «calentamiento global» -y existe toda una pléyade o sarta [elija el lector] de negadores de semejante fenómeno- y si se trata de la realidad, estamos entonces ante una problemática de un alcance inigualado, de una gravedad sin precedentes. Ante lo cual el estallido del volcán Krakatoa (en 1883, alterando con sus olas el océano Índico y registrado sísmicamente en el mundo entero), las bombas atómicas que EE.UU. descargó en 1945 contra Japón acabando con la vida, asesinando a centenares de miles de humanos, las mismas «Guerras mundiales» (1914-1918 y 1939-1945, que en rigor es solo una, aunque con un significativo cambio de «personajes»), podrían resultar «pequeños acontecimientos».

Las advertencias menudean. Y la percepción del auditorio planetario, sentado antes las pantallas cinematográficas, televisivas, de computadoras, de celulares- es machacada permanentemente.

No sabemos cuánto hay de verdad en cada una, pero sí que un tercer factor: el desarrollo tecnológico cada vez más extendido y sobre todo profundizado en las sociedades humanas está modificando cada vez más nuestro hábitat. ¿Seriamente o gravemente?. El consiguiente uso de energías y materias primas, siempre creciente sobre un fondo material, planetario, limitado, siempre el mismo, puede estar dando lugar a las complicaciones ambientales que se atribuye a los cambios climáticos. Recordemos la ácida comprobación del economista Frederick Soddy, que en los ’20 llegó a darse cuenta -inigualada perspicacia- que los humanos (algunos) estaban usando en décadas o siglos lo que al planeta le había costado millones de años forjar (minerales, petróleo, gas).

El desequilibrio entre los despliegues tecnológicas y el fondo material en que vivimos; nuestro planeta, se va haciendo cada vez más patente; un vértice sobre el que se apoya la pirámide del edificio humano.

Muy diversos lugares registran trastornos sin precedentes: incendios en California, desprendimientos de hielos antárticos y árticos, inundaciones en Europa y Asia, sequías en África y América del Sur.

Frente a este estado de situación, suenan alarmas. Y precisamente en ese acto, cada vez más frecuente y plural, que es a su vez preocupante por el escamoteo permanente, podemos apreciar lo lejos que estamos de atender y entender la ecuación a la que estamos tratando de apuntar.

Tomemos un ejemplo que ha ingresado masivamente en nuestras pantallas y pantallitas: Hope. Un videíto de tantos. De origen hispano que procura «concienciar». [1]

Hope pasa revista a varios trastornos de tipo climático; un tornado que deshace una pequeña ciudad canadiense, mientras pesaba en el lugar una ola de calor de 50 grados, que arroja cientos de muertos en junio 2023; servicios eléctricos interrumpidos porque se han fundido los envoltorios plásticos de los cables; miles de millones de almejas y otros bivalvos literalmente cocinados con el calor en las costas; en California se ha quintuplicado la cantidad de incendios respecto del año pasado en estas mismas fechas, recordando que aquéllos habían sido ya mayúsculos entonces, y que la sequía había obligado a vender ganado imposible ya de cuidar. Ahora, los dueños de plantaciones están erradicando la mitad a ver si ante la escasez de agua se puede preservar siquiera la otra mitad (la tarea de arrancar árboles, a menudo frutales, resulta una pesadilla).

Junto con la sequía extraordinaria en California, hay inundaciones en Detroit.

Otra sequía pavorosa en la isla de Madagascar arrasando un área africana toda ella ya muy golpeada y desde hace muchos siglos por el extractivismo feroz y permanente de la rica, moderna y civilizatoria Europa.

En Miami, la salinidad del agua ha corroído cimientos de edificios costeros que caen como castillos de naipes (suponemos -por las imágenes presentadas- que no son de temporada turística y están consiguientemente vacíos); monumentos del derroche american.

Luego de la atroz descripción de calamidades el video informa que todo esto apenas acaece con un grado centígrado de aumento de la temperatura global, pero que se teme lleguemos, con las políticas económicas vigentes, sin esfuerzo, a 3 grados.

¿Explicita en algún momento de qué se trata? Ni por asomo.

¿Plantea una vía de superación o salida? Para nada.

El video nos recuerda que «nos acercamos al punto de no retorno». Pero entonces sobreviene la buena noticia (esperadísíma, claro, luego de la ristra de males): ¡oh maravilla!, que «estamos a tiempo» para revertir este proceso.

«Tenemos que reducir a cero las emisiones de efecto invernadero tan pronto como humanamente sea posible» [una frase vacía] y a la vez avisa que habría que «restaurar a gran escala los ecosistemas que equilibran el sistema climático global.» Chocolate por la noticia.

Ni una palabra acerca de cómo. Con lo cual todo el repertorio de calamidades resulta un golpe de efecto, una amenaza artificiosa.

Porque Hope se cuida muy bien de indicar alguna medida concreta, alguna política a optar.

Exige «acción climática de emergencia para llegar a tiempo».

Hope (modalidad dominante en todos estos mensajes de «advertencia» y descripciones catastróficas) ofrece datos escalofriantes, augura desastres todavía peores, y a la vez avisa -mensaje esperanzador luego del sacudón- que estamos todavía a tiempo para conjurarlo. ¿La clave? Nos dicen: «reducir a cero las emisiones de efecto invernadero». ¿Todo explicado entonces? No. Solo frases.

La humanidad, sin embargo, viene encontrando que no hay cómo reducir casi nada «tan pronto como sea humanamente posible.»

Pensemos en nuestro modo de vida cotidiano.

Quien tira en una bolsa al efecto las cáscaras de la fruta, junto con la vajilla de use y tire, una camiseta raída, las cajas y estuches descartados tras un único uso, considera que actúa correctamente, incluso con orgullo ciudadano. Tal es el lavado de cerebro que tenemos.

Y quien recoge, a veces más mal que bien, con una bolsita de plástico la mierda de su perro o perrhijo que el can había depositado en tierra al lado de un árbol, y lleva luego esa bolsa maloliente a un recipiente de desperdicios (donde hay restos de pizza, vasos de helados, volantes de propaganda) cree a su vez que actúa con «responsabilidad cívica o ambiental», exonerado de culpa y cargo tras haber claveteado un clavo más en el féretro planetario que estamos construyendo; y así el que contamina de buena o mala gana con su auto cada día o con viajes de avión que puede repetir todas las veces que considere necesario…

Lo que habría que hacer es un diagnóstico más preciso, con todas las dificultades que encierra semejante tarea porque lo que vemos es que los sistemas y subsistemas planetarios están crecientemente alterados por la acción humana.

SUMIDEROS DE DESCARTE

El volcado ininterrumpido, anual, mensual, cotidiano de miles, millones de toneladas de detritus, a menudo contaminantes en áreas muy afectadas; los mares y los vaciaderos en tierra a cielo abierto. [2] Se hace desde las costas, tierra adentro y desde los barcos.

La contaminación es al planeta lo que el cáncer a cualquier cuerpo. Un «crecimiento» inorgánico, una malformación fuera de control. En algunas de sus formas suprime trabajo humano. Pero a un costo ambiental altísimo. Y a un costo social inaceptable, «permitiendo» o promoviendo epsilones (los de siempre o novedosos) que hagan las tareas sucias de toda la sociedad. Pero la cuestión es tan grave y generalizada que resulta a la larga inviable, eso de limpiar con mano ajena.

Porque se trata de algo que nos atañe a todos.

Nuestro planeta es realmente inmenso. Nuestros viajes, nuestras comunicaciones, lo han puesto mucho más al alcance de nosotros, los humanos. Pero ha sido nuestra generación de contaminación, la que lo ha achicado.

Porque la contaminación, como en otro tiempo dios, está en todas partes.

Tomemos nuestros viajes y desplazamientos. Nunca la humanidad ha tenido tantos viajes de recreo.

¿Qué desplazamientos? Hay quienes tienen miles de millas viajadas [3]

Ésa es otra de las bombas de tiempo que hemos emplazado entre nuestro esqueleto y nuestra sombra.

Detengámonos un momento en la distinción entre viajero y turista: siempre hubo viajeros y algunos han dejado sus testimonios imperecederos. El viajero abre un viaje, que puede tener retorno. Que incluso suele tenerlo. Pero ese viaje está abierto, en el espacio y en el tiempo: eruditos y filósofos medievales solían viajar hasta una de las principales bibliotecas de lo que llamamos antigüedad, en Timbuctú, en el actual Malí. Como se trataba de leer por lo menos, esos viajes, de por sí trabajosos, solían llevar un año como mínimo. El turista, lo dice la etimología, da una vuelta. Va pero con el retorno asegurado. Es un viaje cerrado. Al partir, ya sabe en qué hoteles se hospedará, a qué hora saldrá de tal ciudad, para llegar con exactitud «calmante» a cada sitio previsto y cronometrado. Es otra idea de viaje. Cerrado. Predeterminado. Pérdida total de libertad. Pero atosigamiento de consumo en forma de fotos, imágenes, videos.

Habría que examinar si hemos ganado o perdido con la sustitución, bastante generalizada, de viajeros por turistas.

Pero tanto los desechos como los viajes contaminantes son apenas «grajeas» en el devenir planetario en que nos encontramos, como especie ensanchando la acción humana ¿muy por encima de qué? Ya conocemos la objeción: no tenemos marcos; nuestra marcha es infinita, como la vida.

Así y todo, vale la pena reparar en datos duros: la contaminación atmosférica, el aire en suma, ya no es el que conoció el planeta y la humanidad en el pasado: la radiactividad, por ejemplo, está cada vez más generalizada, la selva química está totalmente fuera de control, [4] alterando nuestro planeta de un modo cada vez más radical e imprevisible.

Secuelas de la pandemia + guerra de Ucrania = ecuación imposible para afrontar el cambio climático y alcanzar la sostenibilidad



La inteligencia artificial, por su parte -otro paso de siete leguas en los desarrollos tecnológicos, -como la reproducción 3D- nos pone frente a una nueva problemática, ahora epistemológica, sobre los alcances de lo verdadero.

En rigor, siempre habíamos vivido en un mundo de escasez. Ésa es nuestra condición finita. La idea de omnipotencia, de amortalidad (definición de un filósofo del No Limits; Yuval Harari) ha empezado a inficionarse en nuestro mundo, y considero que es una confusión provocada por nuestra hybris tecnológica. O tal vez, apenas un paso más en la american way of life; el modelo de la cultura dominante, por doquier.

¿Vamos a seguir gastando el planeta como si fuera infinito? Nos parece ver en eso una significativa miopía abstracta; no ver los datos, sencillamente.

La modernidad hipertecnologizada nos ha impuesto la modalidad de No limits. Un rasgo cultural dominante en nuestra sociedad actual, fundamentalmente la de los países centrales, de las capas medias modernas y aggiornadas. La cuestión es dilucidar si tal presupuesto es fruto de la realidad (para todos igual) o de cierto ombliguismo de la cultura dominante.

Tengo la impresión que la red cultural de nuestra modernidad es como una suerte de borrachera tecnológica, que nos impele, por ejemplo, a nuevos artilugios en los más variado ámbitos; la carrera del consumismo.

Llegar a entender que vivir bien, como viven los multibillonarios, es nocivo, ¿nos puede llevar a un ascetismo de tipo calvinista? Eso haría a la enmienda peor que el soneto.

Habrá que tenerlo en cuenta. Porque el calvinismo e ideologías de ese tenor han sido el fundamento para crear un confort aplastante para seres «elegidos» por encima de sus congéneres.

Y una pregunta, que anotamos como provisoriamente final: ¿cuál es la relación del mundo hiperdesarrollado de matriz occidental con China?

«Lo que sucedió en China durante muchos años es que invirtieron mucho y de manera inteligente en la capacidad de procesamiento para convertir ‘tierras raras’ desde la mina hasta el imán», explica Allan Walton, profesor de metalurgia en la Universidad de Birmingham. [5]

Y Andrew Anglin, autor de la nota, recién citada, estima que «China abastece el 87% de las tierras raras [6] del mundo entero.

Que a su vez generarán nuevos problemas ambientales, probablemente agravados:

«Todo este proyecto verde es tan destructivo que incluso países del tercer mundo dicen «no podemos tener esta mierda en nuestro país, es demasiado venenosa». [7] (ibíd.)

Pero estamos lejos de agotar lo que tenemos en perspectiva: no hemos dicho ni una palabra de lo militar. Que nunca ha perdido protagonismo en la sociedad y que, con cierto aumento de las tensiones, de las escaseces, de los avances en conocimiento y conciencia, deviene un factor que puede ser primordial.

Baste recordar que el concepto de overkill se refiere a la «capacidad» que los arsenales de los países más pesantes -sobre todo los de armamento nuclear- tienen, para aniquilar a toda la humanidad. ¿Diez, cien o mil veces? Pero todos están contestes en que los armamentos ya existentes podrían eliminar TODA la vida humana… varias veces.

Nos consta que la vida vale más.

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Notas:

[1] Suponemos que para ampliar su alcance empieza titulando el mensaje en inglés. La imposición del inglés como lingua franca se hace, como dicen los gallegos «a la chita callando»; conocen, conocemos, la eficacia de tal método. Tenemos, por ejemplo, a los veintitantos estados de la Unión Europea, ahora sin miembro anglófono alguno, que se intercomunican en inglés.

Se sobreentiende que los europeos, la vanguardia cultural, tecnológica, idiomática, del mundo -así son percibidos por algunas tradiciones culturales y se perciben a sí mismos- no va a andar usando otra lengua.

[2] La mitad de los desechos domiciliarios son restos alimentarios (que ya no son alimenticios). En una ciudad como el GBA son entre 8 000 y 15 000 toneladas diarias. Leyó bien. En una como Montevideo, varios centenares de toneladas. Eso es lo que suele aglomerarse en montañas de restos (que en general son mucho más tóxicos, porque con los residuos alimentarios van los restos de plásticos, papeles, ropas, adminículos metálicos, cartones, estuches, vidrios, medicamentos.

Una separación rescatando para compostar solo los restos alimentarios de origen vegetal, generaría un humus inmenso, fértil, que permitiría ganar tierra y consiguientemente afianzar cultivos. Era la tarea normal y cotidiana de casi todos nuestros abuelos viviendo no sólo «en el campo» sino en poblados pequeños.

[3] Tendríamos que decir kilómetros -un acuerdo sobre medidas del siglo XVIII que se generalizó en Occidente- pero el mundo rico de habla inglesa y sus empresas, para hablar de profusión de viajes lo hace en millas. 

[4] En las decenas de miles de productos químicos diseñados por humanos, apenas un bajo porcentaje, alrededor de un 10%, tiene lo que podría llamarse una ficha técnica, identitaria, acerca de sus cualidades. Todo el resto tiene apenas el reconocimiento de una función o el puñado de características por las cuales ha sido diseñado. Si ese producto tiene otros rasgos tóxicos o contraproducentes en algún sentido… se descubrirá en su aplicación. Que podría ser, así, catastrófica. Es lo que ha pasado con la talidomida o el Vioxx, con los clorofluorocarbonados, el teflón, el DDT y un largo etcétera.

[5] https://www.unz.com/aanglin/china-has-total-ability-to-thwart-the-idiotic-green-agenda-that-western-anti-china-lunatic-are-pushing//?lang=es

[6] Se trata de materiales en general descubiertos recientemente, y devenidos básicos en celulares, turbinas de molinos de viento, lámparas fluorescentes que ahorran energía, vehículos híbridos, fibras ópticas…

[7] Ibíd. Aclaro que esta referencia al escepticismo del Tercer Mundo a implantar en sus territorios proyectos altamente contaminantes no se aplica al menos en dos países que conozco: Argentina y Uruguay. Cuyos dirigentes, diferentes entre sí, confían en las inversiones, promesas y apropiaciones del capital transnacional. En el despojo, en suma. Uruguay hace hoy un ejercicio práctico de esa entrega que deviene fácilmente en despojo: nuestro país carece, mejor dicho perdió el agua potable de toda la zona central del país, la capital incluida, por afanarse en hacer (pésimos) negocios con transnacionales que se adueñan del agua. Esas transnacionales siguen contando con agua potable o potabilizable en sus usinas, a diferencia de los habitantes comunes, que reciben un agua de pésima calidad sanitaria (no recomendada para hipertensos ni cardiacos ni con afecciones urinarias, que tampoco sirve para cocinar.

Luis Ernesto Sabini Fernández para La Pluma

Editado por María Piedad Ossaba

Publicado por Revista Futuros,10 de agosto de 2023