Hace un año, el artículo que comento ahora avisaba de la futilidad de la estrategia petrolera de Trump cuando apenas empezaba su segundo y terrible mandato. No ha dejado desde entonces de sorprendernos con sus ¿imprevisibles? fechorías. La posible pérdida de control sobre la producción mundial de petróleo era una de sus obsesiones.
Encabezaba el artículo esta advertencia:
Donald Trump pretende promover la producción de petróleo, acabar con el impulso a las renovables y reducir la regulación ambiental. Sin embargo, las medidas afectarán a las energéticas si les implica vender más barato y a varios estados republicanos. También van a disparar la contaminación e incluso beneficiarían a China.
El petróleo de alta rentabilidad se acaba. Cada vez es más difícil y caro de extraer. Las compañías solo lo harán si pueden subir los precios, pero eso paraliza la demanda, y con ella el conjunto de la economía. La única posibilidad es subvencionarlas con recursos públicos, que se detraerán de otras partidas, lo que también perjudica la demanda.
Apoderarse del petróleo venezolano, aunque tenga también otras motivaciones estratégicas, no resuelve el problema. La producción tardará años en recuperarse, y además se trata de un petróleo no fluido que debe mezclarse para su manejo con otros ligeros que habría que importar.
Por eso las compañías que han acudido a negociar su explotación muestran poco entusiasmo para invertir si no son fuertemente subvencionadas.
Este problema financiero es el único freno real para alguien a quien le importa un bledo el medio ambiente y el futuro de la humanidad.
La estrategia petrolera de Trump le saldrá cara al mundo, pero también a Estados Unidos
| Donald Trump en la refinería Andeavor (Dakota del Norte) en 2017. Fuente: Casa Blanca (Picryl) |
Lo dejó claro en campaña: “Drill, baby, drill” (‘perfora, cariño, perfora’). El objetivo de Donald Trump es reducir los precios de la energía a la mitad en doce meses y, con ello, reducir también la inflación. Para ello, el presidente estadounidense ha anunciado su intención de aprobar nuevas concesiones de perforación petrolera, detener los litigios ambientales, aliviar la presión fiscal sobre las energéticas y revertir las recientes regulaciones de emisiones.
Ya en su primer mandato, Trump apostó por alcanzar lo que llamó el “dominio energético estadounidense”. Para ello permitió la construcción del oleoducto Keystone XL y reinició el Dakota Access, revirtió la prohibición de perforar en el Ártico y el Atlántico y revocó el Plan de Energía Limpia de Barack Obama, que buscaba reducir las emisiones en el sector eléctrico. Como guinda del pastel, retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París, medida que ha replicado tras volver a tomar posesión.
Las promesas de Trump se recogen en la llamada Agenda 47. Se trata de una lista de prioridades que comparte algunas ideas con el Proyecto 2025 creado por organizaciones conservadoras afines al republicano y que incluye medidas como acabar con todo tipo de protección climática. Sin embargo, Trump tendrá obstáculos a nivel nacional para sacarlas adelante y, en caso de conseguirlo, sus políticas perjudicarán no sólo al planeta, sino a Estados Unidos a nivel económico y geopolítico.
La agenda petrolera y energética de Trump
Trump ya ha empezado a poner en marcha sus iniciativas. Ha firmado una orden ejecutiva para sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, que además incluye una orden para retirar al país de cualquier acuerdo, pacto o similar bajo la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Esto implica que Estados Unidos no presentará las “contribuciones nacionales determinadas”, los compromisos que adquiere cada país para reducir sus emisiones y colaborar al objetivo de limitar el calentamiento global...
Un año después, esto escribe Albert Recio:
Por si alguien tenía dudas sobre Venezuela, la convocatoria de una reunión de jerarcas del petróleo en la Casa Blanca sirve para aclararlas. Petróleo y guerras tienen una larga relación. El petróleo y el carbón son las energías básicas de las modernas economías capitalistas (ahora todas lo son). Y cómo los yacimientos de petróleo se reparten de forma desigual en el planeta, los territorios donde existen son objeto de una importante presión política. Unas veces en forma de guerras, otras de dictaduras insoportables, como las monarquías que controlan la Península Arábiga. Estados Unidos, el país que consume y derrocha más petróleo del mundo, ha sido especialmente activo en intervenciones armadas cuando ve sus intereses amenazados. Venezuela es sólo una más de una larga lista de tropelías cometidas con cualquier excusa, pero con el petróleo de argumento central (o cualquier otra materia prima interesante).
Hay en toda esta política trumpista un doble crimen. El primero es el obvio, el abuso de poder, el tomar los países como rehenes, el intervenir sin medida, sin respetar un atisbo de normas internacionales. Imponer la ley del más bruto. Pero, aún siendo todo muy grave, se solapa con otra cuestión peor. Es el empeño en mantener, cueste lo que cueste, el uso intensivo de los combustibles fósiles, en seguir alimentando el calentamiento global generando toda una serie de graves consecuencias, desde las locales – como las danas, o las sequías- hasta sus efectos globales. Hace años que los científicos naturales vienen advirtiendo de estas amenazas, vienen constatando que sus previsiones se están cumpliendo. Y recuerdan que la crisis climática global sólo se podrá evitar con medidas drásticas de eliminación de los combustibles fósiles. De evitar extraerlos de forma más o menos rápida.
La corte de hombres trajeados que se reunieron con Trump no sólo negociaban el reparto de un botín más o menos suculento (Venezuela es el país con más reservas petrolíferas del mundo, pero su petróleo es de una calidad inferior y requiere de innovaciones técnicas para hacerlo eficiente). Estaban también acordando perpetuar la extracción masiva de petróleo, profundizar la crisis climática. No es casualidad que esta misma semana Trump haya ordenado retirar al país de 66 organismos internacionales, incluyendo todos los que tienen que ver con cuestiones ecológicas. Empezando con el Panel Internacional sobre el Cambio Climático. No quieren que se siga aportando información veraz sobre los males que genera su negocio petrolífero. El autoritarismo de Trump del que practican la mayoría de grandes líderes económicos. Su política energética y ambiental, está al servicio de esta fracción del gran capital empeñada en mantener sus negocios a costa de poner en peligro al conjunto de la humanidad y al ecosistema que ha hecho posible su existencia.
Y Marcelí Peres Jove comenta:
Hace ya un tiempo leí en la Vanguardia que Trump tenía un campo de golf en Irlanda y había pedido al gobierno irlandés que le dejara levantar un muro alrededor del campo para protegerlo cuando subiera el nivel del mar... El fascismo de Hitler tenía la mirada puesta en la revolución rusa. El enemigo principal que atenta hoy al capitalismo es la ciencia ecológica. El tecnofascismo es muy consciente de la crisis ecológica terminal que amenaza al capitalismo y su proyecto oculto es que sobra una gran parte de la humanidad:
A) Mantener el dólar como moneda de intercambio mundial.
B) Aislar China economicamente como principal enemigo.
C) Expoliar política y económicamente a los países americanos y Canadá (Un proyecto que hubiera sido la admiración del antiguo imperio romano).
D) Armar a Israel como punta de lanza de su imperialismo en África...
Es una política de dominación que se sustenta en su superioridad armamentista y atómica. La diferencia con el fascismo del pasado es que el capitalismo ya dominó y sometió a todas las culturas y hoy está establecido en todo el mundo. La era colonial es cosa del pasado y no es fácil convertir a los otros países capitalistas en colonias extractivas como quiere hacer con Venezuela. El principal talón de Aquiles de Trump es su propio país: para una política colonial mundial, sin reglas entre países y donde la ley la marque USA, lo primero: es necesario dar un golpe de estado en su país y establecer una dictadura fascista. El nuevo capitalismo feudal de multimillonarios (por decirlo con Varoufakis) es más trasparente a los ojos de la gente: el rey está desnudo.. Trump tiene su principal talón de Aquiles en USA. Hoy por hoy no existe un movimiento de masas fascista en el mundo, como sí lo hubo en Alemania e Italia.
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