La actual Constitución Española establece la muy discutible y discutida inviolabilidad del monarca. De la idea original de que, puesto que no gobierna, no debe ser responsable de actos carentes de validez si no los refrenda el Presidente del Gobierno, se ha pasado a la absoluta impunidad.
Pero no fue solo la institución monárquica la que quedó atada y bien atada.
La alabada Transición dejó intactos los poderes heredados del franquismo, empezando por el económico que medró con Franco, fruto con frecuencia de su corrupta dictadura.
La Ley de Amnistía, pregonada como la reconciliación definitiva entre los españoles, tenía por coartada la libertad de los presos políticos, aunque nunca sirvió para anular sus juicios. Sirvió ante todo para impedir cualquier investigación sobre aquel régimen criminal. Nunca se depuraron los cuerpos de seguridad del Estado, ni las fuerzas armadas, ni la judicatura.
Todas estas instituciones siguieron en las mismas manos. Su paulatina renovación no supuso cambios de calado, porque los hijos y nietos de franquistas siguieron siendo mayoría. Poco atractivas resultaban para otros que no compartieran la ideología predominante en ellas. Y así hasta hoy.
El bipartidismo consolidó esta situación, con un Partido Socialista convertido en una de las dos hercúleas columnas que flanquean la monarquía. Llegados a este punto, quienes han controlado el país durante mas de ochenta años lo consideran de su propiedad. No ha lugar para advenedizos.
Los que patrimonializan el poder hablan de "okupas" para referirse a la izquierda que administra varios ministerios con mejor o peor fortuna, siempre sometidos a las limitaciones que impone la correlación de fuerzas parlamentarias.
Pero hay cuatro ministerios que, en la situación difícilmente reversible en que nos hallamos, nunca podrán estar en manos de la izquierda.
Son estos los Cuatro Reyes de la Baraja a que me refiero.
El Rey de Oros es el Ministerio del Interior. Policía, Guardia Civli y Servicios de Información mantienen un control férreo para que nadie se mueva más allá de lo conveniente, con los sesgos que proporciona la ideología, llamémosla "conservadora" de sus miembros.
Voy a adjudicar el Rey de Copas al Ministerio de Asuntos Exteriores. Me lo sugiere la facilidad para el copeo que da la diplomacia, con sus saraos y reuniones galantes. Lo someten las instituciones internacionales que nos embridan, como la OTAN y la Unión Europea, y la sombra omnipresente del "amigo americano", hoy más amenazadora que nunca.
El Rey de Espadas es, naturalmente, el Ministerio de Defensa. En última instancia es la Fuerza en estado puro, sometida aquí a la fuerza mayor que impone la inmersión total en la Alianza Atlántica.
¿Y cuál puede ser entonces el Rey de Bastos?
Entiendo que tal es el Ministerio de Justicia. El mazo inapelable de los jueces es el garrote que reparte leña según y cómo, según a quién, y no hace falta decir nombres ni casos.
No todos los miembros incrustados en estas realezas están cortados por el mismo patrón. Pero en los puestos clave se sitúan los más eficaces para esta estructura de poder, sobre la que flota el Poder Económico, local y global, y su capacidad corruptora.
El juego de la política se juega en este país, como también en otros, con cartas marcadas.

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