miércoles, 1 de julio de 2026

El espanto, de Venezuela a Gaza

Muchas veces despierto en mitad de la noche de sueños que intento en vano retener. Ese hilo que se ha roto no me inquieta, en seguida vuelvo a dormir.

Pero desde hace varias noches una escena me desvela. Un grito desesperado llega de abajo. Pide ayuda, separado de mí por toneladas de hormigón. De no llegar será lenta la muerte, espantosa la agonía. Si calla agotado puede que la ayuda pase de largo.

Este tiempo de insomnio se me antoja una eternidad, pero en algún momento volveré a dormirme y tardaré en despertar. Lo que luego sueñe tampoco dejará rastro.

Mis horas de obsesión nocturna no son comparables a las horas de espera que supondrán una muerte segura si la ayuda no llega. La voz desesperada ya solo pide agua. Buscar supervivientes contra reloj requiere maquinaria pesada y equipos muy preparados, y como no llega a todos surge la rabia, la protesta, culpar de la imprevisión al gobierno, pese a tratarse de un fenómeno natural, difícilmente previsible, que no se había producido en cien años. A pesar, también de que muchas deficiencias son debidas a la precariedad económica provocada desde fuera, porque el sufrimiento de los pueblos siempre ha sido eficaz arma de guerra.

Decenas de miles de personas pueden sufrir la muerte, lenta y horrible, sepultadas bajo toneladas de hormigón. La ayuda, siempre insuficiente, va llegando de todas partes. Se cuentan por miles los muertos constatados, pero hay posiblemente decenas de miles de los que no se sabe nada.

Una mujer observa un edificio afectado 

En Venezuela el seísmo ha derribado cientos de edificios, algunos de forma inevitable, por estar en pleno epicentro; otros porque la norma antisísmica, siempre basada en la experiencia anterior, no pudo prever el riesgo; otros, por defectos constructivos debidos al afán de lucro, que en el negocio de la construcción llegar a ser criminal...

Entonces me acuerdo de Gaza.

Gaza es hoy uno de los lugares más devastados del planeta: más del 80 % de sus edificios han sido dañados o destruidos.












Aquí no se trata de un fenómeno natural, aquí, donde los muertos registrados son decenas de miles, ¿a cuánto ascenderá la cifra de los no registrados? La ayuda internacional no llega, no hay excavadoras para retirar los escombros. ¿Se volverá también la rabia contra los gobernantes, para regocijo de los perpetradores?

Por acción u omisión, por consentimiento o por "mirar para otro lado", una mayoría del pueblo israelí es culpable en distinta medida de este crimen. Pero por encima de todos ellos hay poderes mucho más culpables.

A la sombra del imperio americano están los perpetradores de esta y otras muchas atrocidades impunes. Así evalúa la revista médica The Lancet las muertes provocadas en cincuenta años (y ya van cinco años más...) bajo el paraguas de esa oligarquía plutocrática.

Lo recoge en este vídeo el profesor de relaciones internacionales John Mearsheimer:

Estados Unidos: 38 millones de muertos y todavía hablan de “defender la democracia”.

El profesor de relaciones internacionales John Mearsheimer criticó duramente la política exterior de Estados Unidos y citó un informe de la revista médica The Lancet que señala que las sanciones y guerras impulsadas por Washington provocaron la muerte de alrededor de 38 millones de personas entre 1971 y 2021.

Mientras en los medios occidentales se habla de “derechos humanos” y “orden internacional”, las cifras muestran otra cosa: intervenciones, bloqueos económicos, guerras por recursos y millones de víctimas en todo el mundo.

Después pretenden dar lecciones de democracia, paz y libertad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario