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| Asamblea del 15-M en la Puerta del Sol |
Carlo Frabetti, en su libro ¿El huevo o la gallina?, se plantea esta pregunta partiendo de una frase de la bióloga Deborah Gordon: «Las hormigas no son inteligentes, pero el hormiguero sí».
Los insectos sociales, en efecto, tienen comportamientos colectivos que resuelven eficazmente problemas complicados, como hallar rutas óptimas a las fuentes de alimento u organizar la defensa contra enemigos. Cada uno de ellos aislado parece carecer de conciencia, pero en conjunto su comportamiento resulta maravillosamente inteligente.
También nuestra conciencia individual es un resultado en que colaboran innumerables células carentes de ella. Recientes investigaciones extienden este resultado incluso a células huéspedes, como las que componen la microbiota intestinal. Cientos de millones de neuronas interactúan con cientos de billones de microorganismos en lo que se ha llamado «segundo cerebro». El resultado de tanta interacción es la conciencia y nuestra inteligencia individualizada.
Si la colaboración de seres no inteligentes puede producir inteligencia, ¿podría la colaboración de seres inteligentes producir una superinteligencia? Así plantea Frabetti la cuestión:
Y si un montón de simples hormigas puede convertirse en un hormiguero inteligente capaz de resolver problemas de una cierta complejidad, qué no podría hacer un hormiguero de seres inteligentes, como los humanos, pensarán algunos.
Pero, paradójicamente, la inteligencia individual puede ser un obstáculo para la obtención de ciertos resultados colectivos. Los militares lo saben bien: para que un ejército sea una eficiente máquina bélica, los soldados no tienen que pensar por sí mismos sino obedecer ciegamente las órdenes, y la propia instrucción militar, así como los uniformes y demás parafernalia castrense, tienden a homologar a los individuos y a volver mecánicos sus gestos y movimientos. No en vano se puede entrar en el ejército con un CI de 70, mientras una inteligencia muy despierta se vuelve fácilmente conflictiva; los borderline son mejores soldados que los genios.
La reflexión, sin embargo, deja abierta una vía a la esperanza:
Un equipo de fútbol podría ser un caso intermedio entre un batallón de infantería y un grupo de individuos actuando cada uno según su criterio. En un partido de fútbol se observan pautas de actuación colectivas diseñadas y ensayadas en los entrenamientos, pero cada jugador conserva un importante margen de iniciativa personal. ¿Se puede lograr algo parecido al abordar colectivamente tareas de mayor envergadura individual que marcar goles?
Lo que vale para un equipo de fútbol, una comunidad de vecinos bien avenida o cualquier sociedad cultural o recreativa, debería servir para sociedades más amplias, siempre que la identificación de sus miembros con el colectivo fuera sólida. Y ahí es donde empiezan los problemas.
Porque las identidades son múltiples y la elección correcta necesita establecer prioridades. Eso exige un conocimiento amplio y unos sentimientos de pertenencia, que pueden ir de lo más cercano a lo universal.
El racismo y la xenofobia limitan la pertenencia a un grupo cerrado. El nacionalismo (¡"prioridad nacional"!) te encierra en una patria más o menos consolidada históricamente y muchas veces mal definida. El género, la religión, la cultura, la ideología, marcan territorios conflictivos.
En medio de todo esto, enmascarada por esa multiplicidad de identidades, está la clase social. Y hay situaciones en las que caen muchas de las máscaras, arrancadas por la cruda realidad.
Con la crisis habitacional hemos convivido hasta ahora como un mal cotidiano, como si fuera una plaga bíblica inevitable. Hasta que la lucha de clases ha encontrado un cauce, a partir de un infame desahucio. Casos semejantes eran algo cotidiano, pero este ha sido la gota que desborda el vaso.
Dos formas de explotación conviven en el capitalismo. La primera es la extracción de plusvalía en el proceso productivo, pero junto a este capitalismo extractivo-productivo hay otro meramente especulativo, que sin producir nada, succiona en forma de renta o de interés del préstamo financiero todo lo que le es posible.
La financiarización de la economía occidental va mucho más allá de Wall Street. Ahora, incluso las empresas industriales dependen de los ingresos relacionados con la financiación como fuente clave de beneficios.
General Motors suele ganar más dinero con su división financiera que con la venta de automóviles. Lo mismo sucede con GE y sus turbinas de aviones.
Minoristas como Home Depot y Best Buy ganan más dinero con los intereses que pagan los clientes por sus pagos a plazos que con la venta de madera o productos electrónicos.
La expansión capitalista se está deteniendo. Repetimos hasta la saciedad que no puede haber crecimiento sin fin en un planeta finito aunque en la práctica cotidiana nos cuesta mucho admitir que los límites del crecimiento nos alcancen.
Las dos primeras entradas de este blog, hace ya quince años, fueron los vídeos El dinero es deuda y Aritmética, población y energía. El primero explicaba la deriva capitalista hacia el parasitismo financiero, el segundo exponía claramente la imposibilidad del crecimiento indefinido.
En estas circunstancias, cuando todas las partes ven reducirse su cuota de participación en la riqueza, se exacerba la lucha de todos por ampliar la propia. El capital se traslada al sector especulativo, mientras en el sector productivo reduce todo lo que puede los salarios. El trabajador se ve atrapado entre ingresos estancados y gastos crecientes. Entre estos la vivienda es uno de los más importantes. Hipotecas y alquileres tienden a reducir a cero la capacidad de gasto hasta amenazar la supervivencia. Con todo esto merma su capacidad de consumo, y la producción se desplaza hacia lo superfluo que pueden pagarse los más ricos.
O al gasto militar...
Es interesante la estrategia patronal de considerar ilegal la huelga general convocada por los sindicatos porque no se basa en buscar mejoras salariales. Pero el trabajador consciente sabe muy bien que está atrapado entre dos paredes móviles que se acercan más y más: la del capital productivo que estanca o reduce su salario real y la del especulativo y rentista que anula progresivamente su capacidad de pago y de subsistencia.
Los que tienen más medios para influir en el conjunto de la población utilizan todos los argumentos posibles para desviar la atención de lo realmente acuciante hacia casos puntuales, como el de la viejecita sin pensión que vive de alquilar una segunda vivienda. Pero habría que explicar también por qué esta pobre señora no tiene una pensión digna. Sin contar con que la legislación puede también considerar estos casos para compensar su indigencia.
También la inseguridad pasa a ser consideración prioritaria, fomentada por la propaganda de los que defienden sus prioridades personales que disfrazan de nacionales. Por eso la derecha prefiere hablar de Ceuta. Por eso las izquierdas se interesan más por la tragedia de Maricarmen.
Los enemigos de la democracia están utilizando el miedo como una de sus armas porque "en un contexto de miedo, la amígdala cerebral anula a la corteza prefrontal y mengua la capacidad de reflexión", como explica Guido Girardi.
¿Durará el "efecto Maricarmen" hasta las próximas elecciones, o volverá el tema securitario al primer plano? Difícil saberlo.
En cualquier caso, la derecha que defiende al capital tiene mucho más fácil reagrupar sus inteligencias colectivas que una izquierda fragmentada en la que la inteligencia de clase social se entremezcla muchas veces con inteligencias particularistas. Izquierdas nacionalistas buscan defender sus feudos. Otras izquierdas se debaten entre maximalismo y posibilismo.
Algunos partidos, como Podemos, anteponen exigencias previas porque renunciar a ellas se consideraría una derrota. Pero otras fuerzas políticas han renunciado a puestos de salida en muchas ocasiones para preservar la unidad. Recuérdese el caso de Izquierda Unida en las elecciones europeas, que dejó fuera a una persona muy valiosa.
Y para terminar, consideremos esa incuestionable cuestión de las primarias abiertas.
No es mal mecanismo el de las primarias cuando se realizan dentro de un grupo cohesionado, en que todos los participantes han dispuesto de la información suficiente y de las mismas facilidades para participar. ¿Es este el caso? ¿Todo el mundo está preparado informáticamente para una consulta necesariamente telemática? ¿Serían todos los candidatos igualmente populares mediáticamente? Si Belén Esteban fuera de izquierdas tendría todas las papeletas para salir elegida.
Prioricemos la inteligencia cooperativa que nos une ante la competitiva que nos aísla.

Estamos, una vez más, ante un Fuenteovejuna.
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