lunes, 2 de noviembre de 2026

Choque de trenes: metáfora y realidad

Just in Time, sistema de optimización temporal en la industria o el transporte, el método del camino crítico para la gestión de proyectos complejos o técnicas como el PERT son herramientas dirigidas a optimizar los procesos a los que se aplican. Todos ellos tienen como finalidad acortar los tiempos. Los tiempos de valorización del capital.

Va para dos siglos que Marx aclaró la cuestión. Al estudiar los ciclos del capital, tanto en la producción como en la circulación, definió el periodo de rotación como el tiempo total que le toma al capital adelantar dinero, recorrer todas sus fases (producción y circulación) y regresar a manos del capitalista incrementado con la plusvalía, permitiendo reiniciar el ciclo. Cuanto más se logre acortar el tiempo de circulación o de producción (acelerando la rotación), mayor será la tasa de valorización anual del capital.

Todas las organizaciones inmersas en el sistema están interesadas y obligadas a optimizar los tiempos de sus ciclos. En el transporte, como parte fundamental de todos los procesos, acortar los tiempos es decisivo.

Pero esta obsesiva carrera conduce finalmente a pérdidas de control del proceso, máxime cuando la competencia fuerza hasta el extremo esa optimización para cada uno de los actores. Entonces, cualquier imprevisto desbarata todo ese camino alambicado por lograr la meta propuesta, que al final se reduce a cuestiones de dinero.

El lema olímpico citius, altius, fortius es muy válido para las competiciones deportivas porque la capacidad física de los humanos le impone límites (nadie puede ni podrá correr los cien metros en tres segundos), pero su aplicación en una economía competitiva tiene también límites, que provocan finalmente resultados fatales.

La rápida llegada a un obstáculo puede suponer una catástrofe si no se frena a tiempo. Lo estamos viendo en la crisis de los combustibles fósiles, que se acerca rápidamente a su fin mientras sigue creciendo su consumo. El choque de trenes es una metáfora utilizada con frecuencia. Ahora, sin dejar de significar lo mismo, el accidente de Urda lo convierte en un hecho real.

Que la velocidad mata lo sufrimos cotidianamente con una elevada tasa de accidentes mortales en la carretera, cifra rutinaria que ya no nos quita el sueño. Para evitarlos se inventaron los frenos, y como por la misma vía circulan otros vehículos, se estableció la distancia de seguridad que permite frenar a tiempo y evitar el impacto. Recordemos la regla: la cifra de la velocidad en miriámetros por hora elevada al cuadrado y aplicada en metros. Para una moderada velocidad de 30 km/h son solo nueve metros, para una de 80 km/h, 64 metros, para 120 km/h, 144 metros.

¡Como para parar un tren! Si en carretera a 200 km/h la distancia de seguridad es de 400 metros, el frenado de un tren requiere mucha más distancia. Seguramente es de varios kilómetros. Por eso en caso de riesgo de colisión se ordena la marcha a la vista. 

Al responsable de controlar la red se plantea en todos los casos un dilema: si da una orden que retrase o detenga la marcha no detiene un tren, sino una cadena de trenes, causando un gran perjuicio económico, con retrasos, devolución del importe de billetes y puesta a punto de nuevo del sistema. Parece que el número de alarmas es muy elevado, y la mayoría se resuelve sin problemas. Por eso se tiende a ordenar en la línea la marcha normal, en lugar de que todos los trenes circulen "a la vista". ¿Es previsible que alguno de los trenes no pueda arrancar de nuevo?

No es extraño que el trabajo de control, ferroviario o aéreo, produzca situaciones de mucho estrés. Si el error lleva a grandes costes económicos, malo. Si causa un accidente, peor.

El controlador puede cometer un error de funestas consecuencias, pero no es el único ni el mayor culpable. Es solo el eslabón débil de la cadena.

Una cadena forzada por la sobreexplotación de las líneas y el recorte de gastos, dos mecanismos opuestos que reducen inexorablemente la resiliencia de cualquier sistema. Al final la pretendida ventaja económica se convierte en un choque de trenes. Choque metafórico que en este caso es también un choque real.

Este comentario me lo manda un maquinista que por su trabajo conoce bien el tema:

Aparentemente hay un fallo humano del Responsable de Circulación. Es posible que no mirase la pantalla del Puesto de Mando, o que no funcionaran correctamente, o que viera verde donde había rojo. Lo que dice el reglamento es claro, para dar esa orden el cantón tiene que estar libre de trenes. En caso contrario siempre Marcha a la Vista.

Partiendo del supuesto del fallo humano, que dentro del gremio y con la información que hay parece claro, no hay que focalizar únicamente en esto el problema. Cuando hay un problema con un tren en Servicios Comerciales, el nivel de estrés y presión al que se ve sometido el maquinista se convierte quizás en el mayor de los problemas. Se suceden las llamadas de todo el mundo. Te llama el Responsable de Circulación, te llama el Supervisor/Interventor, te llama el Centro de Gestión Operativa, te llama la hoja, te llama el taller. En algún caso hasta te llama el Gerente del que ni siquiera sabes la cara que tiene. Y todos con su propio interés o intentando conseguir una información que lo más seguro es que ni siquiera dispongas de ella. Y todos con ganas de que ese tren se aparte de una manera u otra porque se puede asumir económicamente el retraso de uno, pero no el retraso de los cinco, o diez a los que estás taponando. Y eso me imagino que será extrapolable para los Responsables de Circulación.

Cuando la velocidad supera la capacidad humana de control directo es grande el riesgo. Hay que confiar entonces en las tecnologías disponibles porque el tiempo se acorta vertiginosamente y escapa a nuestro dominio directo. El tren lanzado a toda velocidad tarda kilómetros en detenerse y minutos en hacerlo.

La liberalización de la red ferroviaria ha ocasionado una competencia que obliga a reducir costes para mantener la competitividad, el aumento de viajes fatiga la infraestructura, el ahorro alcanza también al personal y aumenta su nivel de estrés. Material y personas cuya resiliencia tiene límites infranqueables.

Choque de trenes el de unos gastos que recortan y unos beneficios que pretenden aumentar a toda costa los dueños del capital.

Y el Gran Choque de Trenes es el que se acerca inexorable: entre el tren económico que corre veloz y el tren de los recursos que se va deteniendo. No sabemos a ciencia cierta de cuánto tiempo disponemos para poner la economía en Marcha a la Vista, ni a qué distancia queda el impacto. De este tema se ocupa insistente una voz que clama en el desierto: la de Antonio Turiel.

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