miércoles, 4 de diciembre de 2013

Cómo llegar a ser un político de rompe y rasga

publicó este artículo en El País.

Hemos oído a algún tertuliano hablar de "aplicar una inyección letal" como el medio idóneo para liquidar empresas o instituciones deficitarias, sean los astilleros de Ferrol o la radiotelevisión valenciana, o incluso la sanidad y la educación públicas, sin consderar los costes humanos. Claro que los servicios esenciales, en la medida en que se privaticen, pasarán a ser "productivos".

De beneficios.

Esto forma parte del "sentido común" dentro de este sistema, e incluso tales ideas son asumidas por algunas víctimas potenciales (mucho menos por las víctimas actuales). La cuenta de beneficios es lo único que salva a una empresa o a una institución. Claro que así se considera "productiva" la fabricación de armamento (Navantia fabrica buques de guerra, por mandato europeo), o lo es la improductiva publicidad, mientras que la salud de una población no produce nada más que salud (salvo que se trate de la salud de los productores de beneficios).

Porque la salud de los jubilados o de las personas dependientes es un lastre. El problema es que vivan demasiado. Son una rémora para la economía "productiva". No lo es la fabricación de tantos trastos perfectamente inútiles para los que hay demanda solvente.

Los inmigrantes eran un elemento altamente positivo para nuestra economía. Si eran "legales" rejuvenecían a una poblacion envejecida, cotizaban a la seguridad social, mientras no cobraban aún jubilaciones, participaban del crédito al consumo, y en muchos casos del inmobiliario. Si "ilegales", sostenían a muy bajo costo una economía sumergida no por ello menos floreciente, consumían poco, producían mucho y además presionaban a la baja sobre los salarios de los demás trabajadores. Hipocresías aparte, como ocurre en cualquier tráfico ilícito, eran una buena fuente de negocio.

Ahora que es el momento de descartar a los sobrantes, sean nacionales o extranjeros, los desesperados que todavía creen que estarán mejor en este país o en los otros europeos aparecen como una plaga que hay que combatir por cualquier medio.

Por inhumano que sea.

Aunque sea a cuchilladas. Fumigar no se lleva ahora (véase el caso de Siria).

Ayer mismo, en el parlamento de Galicia, alguien comparó los recortes, por ejemplo en la  sanidad, con los bombardeos de la Legión Cóndor. Mayúsculo escándalo.

Pero si sumamos los años que implica el descenso de la esperanza de vida motivado por las peores condiciones de trabajo, la angustia del desempleo, depresiones y suicidios incluídos, y hasta las muertes por hambre o frío, no desmerecerían mucho las cifras. Y, como dijo Madeleine Albright por las muertes de niños en Iraq por culpa del bloqueo, "valió la pena".

Volviendo al tema de la contención de los inmigrantes irregulares, dice la entradilla del artículo:

La autoridad tira de cuchillas para contener a los subsaharianos en la frontera de Melilla. Es escandaloso utilizar las armas de los cazadores de Atapuerca en pleno siglo XXI, el de la ciencia y la informática.

"¡En pleno siglo XX!", se decía antes, con el mismo énfasis estupefacto..

Claro que posiblemente antes la frase para escandalizarse fuera: " ¡En pleno siglo XIX!

La idea del progreso indefinido como axioma tranquilizador y paralizante choca con el hecho evidente del retroceso moral, y se dicen inocentemente esas cosas.

El piadoso ministro ora con su rosario de cuchillas.

    Eduardo Estrada


    A José K., pobre, le duelen todas las falangetas, falanginas y falanges de todos los dedos de las dos manos. Advierte, en este agitado despertar, que el tormento, además, se transmite a los cinco huesos del metacarpo e incluso a los ocho del carpo —o muñeca— de cada una de ellas. En total, 54 huesecillos, que no son pocos. Pero añadan, por favor, las láminas ungueales, las lúnulas y hasta los hiponiquios, que también le tienen en un ay. Quejido metafórico, afortunadamente, porque nuestro hombre vuelve a mirarse las sarmentosas y manchadas —cosas de la edad— extremidades superiores, y por mucho que se fija, no observa herida, tajo o brecha escandalosa, pero tampoco corte ni incisión ligera. No hay, por tanto, rastro de sangre o cualquier otro líquido orgánico. Será entonces un sufrimiento solo psicológico, se dice, producto de un mal sueño, unas punzadas de angustia de esa pesadilla que poco antes le había hecho despertarse cubierto de sudor frío.

    Porque José K. había leído al caer la tarde, en su periódico de siempre, la siguiente noticia: “El Ministerio del Interior español vuelve a colocar cuchillas en la verja de Melilla”. Necesitó una segunda lectura para aceptar lo que estaba ante sus ojos. Y sí, claro que era así: en lo alto de la doble verja que rodea Melilla, 12 kilómetros de sofisticada valla de entre tres y seis metros, la policía —española— ha vuelto a colocar miles de afiladas cuchillas, entremezcladas con los alambres, artilugios salvajes que ya se quitaron en 2007. José K. ha soñado que esas malhadadas concertinas, así las llaman, han vuelto a sajar manos y piernas, a destrozar cartílagos, seccionar venas o arterias, desgarrar músculos, romper huesos. Ha visto en el sueño, aterrorizado, cómo el senegalés Abdoulaye sangraba por ese tajo que se ha hecho en el antebrazo, una herida de más de cinco centímetros de largo y dos de ancho, una boca que no para de manar sangre. O la pierna de Kimbu, camerunés, seccionado el tendón de Aquiles: nunca más volverá a andar normalmente. Y, por último, ha visto la mano derecha destrozada, amputados tres dedos, del nigeriano Okwonkwo. Qué horror. Qué terrible atrocidad.

    Esa cuchilla ha sido el punto de no retorno para José K., ya amargado desde aquel 3 de octubre en el que murieron ahogados más de 300 inmigrantes a las puertas de Lampedusa. Ignominia que sumar a la ignominia, salvajada —¿tiene otro nombre la sangrienta maniobra de la policía española?— tras salvajada. Ha dicho el delegado del Gobierno de Mariano Rajoy, de nombre Abdelmalik El Barkani, que “lo que está claro es que hay un mandato que hay que cumplir por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que es que los subsaharianos no consigan entrar”. Bien, bien… A José K. le ha gustado mucho saber que este melillense es neurocirujano: poco le asustan, pues, los instrumentos filosos entrando en la carne viva. Está muy bien que tan insigne profesional se acoja a la obediencia debida que en su descargo ofrecieron los torturadores argentinos o chilenos para arrojar a sus víctimas al mar después de haberles arrancado los testículos. Nuestra misión es impedir que los inmigrantes pasen, dice nuestro galeno político. Y así lo haremos, por supuesto, asegura. ¿Cuchillas, navajas, espadas, tajaderas, pericas, verduguillos? ¿O quizá, en honor de nuestro obediente El Barkani, bisturíes y escalpelos? Cualquier cosa. Las órdenes son las órdenes. Misión cumplida. Nuestra conciencia está a salvo, que no es cosa que nos afecte que Abdoulaye, Kimbu u Okwonkwo deambulen como zombis magullados por el monte Gurugú. A nuestra España no han pasado. La condecoración es mía. 

    El delegado del Gobierno recibe órdenes de parar el paso a España y lo hace con cualquier cosa.

    Piensa, repiensa y vuelve a repensar nuestro hombre en cómo es posible que semejante cosa esté pasando. Por qué tanta brutalidad. No encuentra respuesta alguna a las preguntas bastante sencillas —no sabe plantearse otras— que se hace a sí mismo. ¿Cómo es posible, se escandaliza, que en pleno siglo XXI, con millones y millones de ingenieros, de informáticos, de científicos de toda laya y condición, cuando se produce la trasmisión en menos de nanosegundos de todos los conocimientos humanos posibles de un lado a otro del universo, solo sepamos solucionar algo que consideramos un problema con la instalación de estas armas tan crueles que ya utilizaban los cazadores de Atapuerca? ¿Qué políticos ordenan a sus departamentos de compras, con la frialdad del gerente que adquiere rodamientos para sus maquinarias, que se adquieran millones de cuchillas? ¿Cómo se dota ese presupuesto? ¿Qué dice el papel que han firmado esos educados altos cargos? ¿Y cómo se da la orden a la Guardia Civil de que se coloquen esos jamoneros en la valla, con el fin de que unos seres humanos sufran atroces heridas si osan agarrar allá arriba, a seis metros de altura en mitad de cualquier noche de invierno, ese hipotético pase a una vida que se les niega? Porque, ahora, el mundo ha cambiado tras la devastadora crisis; ya no les necesitamos para levantar ladrillo a ladrillo nuestro confortable chalé adosado ni para recoger en invernaderos a temperaturas infernales esas fresitas que tanto lucen en los manteles de los mejores restaurantes.

    A raíz de la tragedia de Lampedusa, leyó José K. —vicioso de muchos desenfrenos— en esos medios de la caverna que fungen de derechas, cuando lo son de extrema derecha, que en realidad a quien debíamos culpar de esas terribles situaciones es a los sátrapas africanos, y dejar de exigir heroicidades a Europa. Bien, sea. Paguemos ese peaje. Hay dirigentes africanos corruptos y miserables. ¿Nos basta con citar a nuestro Teodoro Obiang? Además de mafiosos que engañan a los pobres inmigrantes ofreciéndoles unos sórdidos barcos con destino al infierno. Pues ya está dicho, sí. Pero sigamos el mismo camino que sufren tantos y tantos subsaharianos después de sufrir a unos y otros. ¿Cómo calificamos a Silvio Berlusconi, presidente que era del Gobierno italiano en aquel 2002, cuando se proclamó la famosa ley Bossi-Fini que impedía atender a los náufragos en alta mar? ¿Qué nos parece obligar a unos pescadores a permanecer de brazos cruzados y ver morir ante sus ojos a hombres, mujeres y niños, porque tirarles un salvavidas o darles una mano se considera un delito por parte de aquellos políticos tan ricamente alejados de esas pequeñas miserias? A José K. no le resulta excesivo, por qué iba a serlo, llamar canallas –después de hacerlo a tiranos y bandidos africanos si así gustan— a esos civilizadísimos integrantes de partidos que a sí mismos se llaman humanistas, perdonen la risa sardónica de nuestro hombre que oyen de fondo, que ya se le ha puesto la vena de lo que alguien consideraría ira santa.

    A un ministro católico hay que preguntarle qué mandamiento señala las  navajas cabriteras.

    Y como estamos de santos, permitan a nuestro muy encendido amigo que dedique una pequeña coda al señor ministro del Interior, don Jorge Fernández Díaz. Él es el máximo responsable, después del presidente del Gobierno, claro, del regreso de estos instrumentos de tortura a la verja melillense. Conocido José K. por su condición de ateo militante y furioso comecuras —aquí mismo lo ha reconocido en otras ocasiones— le hace mucha gracia preguntarle a quien tanto presume de su acendrado catolicismo —amar al prójimo, proclaman— qué mandamiento señala la conveniencia de utilizar como arma de persuasión las navajas cabriteras. A su papa Francisco le pareció una vergüenza el trágico naufragio de Lampedusa. Podían preguntarle ahora qué opina de ese brazo de Abdoulaye, de la pierna de Kimbu o la mano de Okwonkwo.

    Recuerda nuestro hombre que Joseph Conrad o Roger Casement —este último con voz propia o prestada a Mario Vargas Llosa— ya nos han contado que en tiempos de aquel infame y ruin Leopoldo III de Bélgica, se cortaban las manos a los congoleses —niños, hombres y mujeres— que hubieran cometido alguna falta, a juicio de sus negreros, para enseñárselas a sus amos como muestra del cumplimiento del castigo. Ya ven: hemos avanzado mucho en dos siglos.

    A José K. se le ocurren algunas cosas más para gritarles a nuestros gobernantes al hilo de tantas manos destrozadas, laceradas o arrancadas. Sobra, cree, enunciarlas.

    martes, 3 de diciembre de 2013

    Simultaneidad






    En el documental El mundo de Buckminster Fuller de Robert Snyder, el protagonista, con su imaginativa capacidad de observación, nos hace ver cómo el cielo estrellado muestra de una vez, en un solo plano, estrellas que estan a distancias enormemente diversas. Pero observa que a esa diversidad de distancias espaciales se suma una no menor de distancias temporales. Si es fácil imaginar que lo que aparece plano tiene gran profundidad espacial, nuestro sentido común (el mismo que aunque sepamos que no es así nos hace decir que el sol "sale" y "se pone"), hace mucho más patente (y potente) la percepción de que "todo nos llega de una vez" y es por lo tanto simultáneo. 

    La experiencia de distancias cercanas pero distintas es más fácilmente extrapolable a las siderales que la no-experiencia de temporalidades distintas, de las que la única, y no directa, es el retraso del trueno respecto al relámpago, que sólo a través del conocimiento de la velocidad del sonido y la deducción correspondiente nos hace entrever la posibilidad de oir "antes" un sonido cercano que es realmente "posterior" a otro lejano.

    Nuestra centralidad inevitable hace muy difícil, si no imposible, separarnos de nuestro punto de vista y contemplarnos "desde fuera". Salvo que la transposición sea muy inmediata. 

    Pero el conocimiento y el análisis, si bien no nos van a dar una evidencia, tan cómoda como ingenua, que satisfaga la visión del mundo "en una sola imagen", sí nos permite aproximarnos a la realidad (sólo aproximarnos) de un modo más seguro.

    El crítico literario David Becerra en esta entrevista, nos muestra la falsa identificación, la aparente simultaneidad que percibimos en el pasado al trasladarnos ingenuamente (lectura adolescente, la llama) hasta él:
    En La cena de los notables Constantino Bértolo clasifica a los lectores en cinco categorías, según la distancia que marca el lector con el texto que se dispone a leer. Una de estas tipologías es la de «lector adolescente»: aquel que tiende a la identificación con el texto, estableciendo una correspondencia entre el texto y su propia biografía. Este «lector adolescente» cuando lee no puede sino exclamar: «¡Oh, esto me ha pasado a mí!». Como estamos educados en una concepción idealista de la literatura, donde ésta se interpreta como un intercambio libre entre dos sujetos igualmente libres, que comparten un mismo espíritu humano, siempre igual a sí mismo, independientemente de su momento histórico, al final todos terminamos cayendo en la trampa ideológica de la identificación, propia del lector adolescente, y exclamando «esto me ha pasado a mí». Digo que es una trampa por dos motivos. En primer lugar, porque es falso: el espíritu humano no existe y no hay nada que en esencia iguale a un individuo insertado en un sistema de explotación esclavista con otro feudal o capitalista. Son radicalmente distintos. Cuando leemos La Odisea y nos encontramos a nosotros mismos en el texto no estamos sino deshistorizando el texto. Y esta es la segunda trampa ideológica: la identificación nos impide leer el texto en su objetividad, esto es, como el resultado de un proceso histórico específico. Hay que aprender a leer de otra manera.
    Y añade:
    Frente a esta manera de leer, que es hoy dominante, proponemos leer nuestra tradición literaria desde su radical historicidad, analizando el texto como resultado o producto de unas relaciones sociales, económicas, políticas, en definitiva históricas, muy concretas. Con una lectura de este tipo no nos encontraremos a nosotros mismos en los textos y, en consecuencia, es posible que disfrutemos menos de la lectura, pero seremos capaces de concebir la literatura como lo que radical y objetivamente es: un producto de un momento histórico determinado.
    Aunque para nosotros todo lo que vemos es simultáneo y presente, debemos aprender a distanciarnos de las estrellas.


    lunes, 2 de diciembre de 2013

    Algo más que seres fragmentados


    El pez en el agua no ve el agua
    Como nosotros no vemos el aire
    Y a fuerza de omnipresente, no vemos a Dios
    Inmersos en Él, dejamos de verlo
    Él es UNO; lo demás son fragmentos de su universo
    Cosas. Como nosotros...

    (Dinero, principio y fin de todas las cosas)

    El dinero, creador al revés, carente de esencia, vacío en sí mismo, extrae su contenido de todas las "Cosas". Y las reduce a mercancías, privándolas de cualquier significado que no sea su precio. Ese es el fetichismo de la mercancía. En las cosas, como imágenes de Él, se adora al Ser Supremo. El fetiche, que no es el espíritu, lo encarna.

    El Ser que Es, la única cosa que se personifica, y que lo cosifica todo.

    El Señor del Gran Poder invirtió el ciclo "natural" (o al menos "más natural") mercancía-dinero-mercancía, reconvertido en dinero-mercancía-dinero. Cronos (no en vano time is money) suplantó a Urano. Nuestro Dios sustituye al universo entero.

    Esta trituradora nos fragmenta y separa, destruye nuestro mundo.

    En la única cara de esta banda de Moebius se refleja todo, y nada es real. Porque se disfraza con el rostro sin rostro de Dios. El ciclo sin fin de los intercambios indiferentes lo reprocesa todo una y otra vez, y todo da lo mismo

    Esa fantasmagórica realidad es la esencia de un parque temático, como observa Félix Duque (Arte público y espacio político,  Akal, 2001), refiriéndose a un parque temático (¿y qué otra cosa es nuestro mundo?):
    El parque está hecho de la materia de los sueños de los visitantes: un sueño alimentado por el CD-Rom conectado al ordenador, por la televisión y el vídeo, que imitan a las películas de aventuras, que a su vez imitaban a los grandes relatos del siglo pasado, que a su vez imitaban las narraciones de viajeros o conquistadores, a su vez nutridos por las novelas de caballería, las cuales recogían los mitos clásicos y los amalgamaban con las tradiciones populares. Imitación de imitaciones, y todo imitación.
    ¿Dónde está el  origen? No hay origen, porque en esta banda de Moebius todo vuelve, reciclado y difundido masivamente por los medios de comunicación y el entertainment: mitos, tradiciones, novelas, narraciones, relatos, películas, vídeos y hasta CD-Rom's. Todos ellos imitan a su vez lo ofrecido en el Parque Temático, el centro de este "círculo de brujas", de modo que si alguien va alguna vez a admirar El Castillo de Chichén-ltzá, lo verá con los ojos aleccionados por la Pirámide Maya de Port Aventura, y hasta quizá le defraude que en el de Yucatán no haya una gigantesca estela caída a su base, ni palmeras flanqueando el templo escalonado. 
    Pero esta religión no es la religión verdadera. La Buena Nueva es otra, la que recoge al final de un artículo, que reproduzco más abajo, Olga Rodríguez. en eldiario.es:
    John Berger escribió que "aceptar la desigualdad como natural es convertirse en un ser fragmentado", es no concebirse a uno mismo más que como la suma de un conjunto de posesiones, de circunstancias, de necesidades. Aceptar la desigualdad como natural es creer que podemos ser de forma aislada, individual, sin sentirnos apelados por lo colectivo. Rebelarse contra ella es defender que la dignidad de todos, el derecho a vivir disfrutando y no sufriendo, debe ser el más preciado de los valores. Y que nadie ni nada, ni el dinero, nos convenza de lo contrario.

    "El desalojo de la calle Ofelia Nieto logró detenerse" / Fotografía: Olmo Calvo.


    El dinero es un elemento casi omnipresente en nuestra vida diaria. Resulta complicado esquivar la mercantilización de la cotidianidad, incluso de las propias relaciones humanas. Es prácticamente imposible no intervenir en ninguna transacción comercial desde que salimos de casa por la mañana para ir al trabajo –o para buscarlo– hasta que regresamos.

    Casi todo ha sido reducido a mera mercancía, incluso nosotros mismos, con nuestro propio precio, convertidos en nuestras propias empresas, obligados a presentarnos en función de las capacidades y experiencias laborales acumuladas, desprovistos de un carácter meramente humano, fragmentados. Existimos en la medida en que pertenecemos al enorme mercado de la compra y venta.

    "En toda conversación se va infiltrando el tema que plantea las condiciones de vida: el del dinero", escribió Walter Benjamin.

    El dinero es la divinidad más legalizada y protegida del sistema capitalista. Una cantidad de dinero siempre puede cambiarse por poder. La relación entre las autoridades, los empresarios, el poder financiero y la prensa tiene, como decía Benjamin, su sistema de distribución legalizado.

    "Solo se puede hablar de corrupción cuando este proceso –el intercambio de dinero por poder– se gestiona de manera demasiado abreviada", sentenció el filósofo alemán.

    Cada vez hay menos servicios concebidos por y para los ciudadanos, porque prevalece la idea de que el beneficio, la rentabilidad, está muy por encima de la necesidad. Casi todo ha sido privatizado y lo que no, está siendo recortado.

    En 2012, 43.853 familias se quedaron sin casa por no poder pagar. Más de 400.000 familias han sido desahuciadas desde el inicio de la crisis, y se calcula que otras 360.000 perderán su hogar de aquí a 2015. Esto ocurre en un país con 800.000 pisos nuevos sin vender y más de tres millones de viviendas desocupadas. Pero en este modelo deshumanizado y desalmado, no hay techo para nadie si no hay dinero de por medio. Tal es la ineficacia del funcionamiento del sistema.

    Son mayoría los ámbitos en los que todo se organiza en función del dinero, que difumina y borra los esfuerzos. El dinero nos desconecta, nos impide recordar que detrás de él hay un trabajo, un empeño. Lo subrayaba hace unos días el politólogo Juan Carlos Monedero, en la presentación de su nuevo libro, Curso urgente de política para gente decente. Lo colectivo, la solidaridad, la ayuda, la cooperación, son sustituidos por dinero: "Y así, perdemos de vista el proceso entero, olvidamos el esfuerzo que supone hacer algo. Qué importante sería recuperar las cosas que hay detrás del dinero". Qué importante sería recuperarnos como personas, con dignidad, independientemente del dinero que poseamos.

    Quienes más tienen, saben que la riqueza económica compra tiempo y, en realidad, piensan que lo compra todo. Es esta premisa la que suele regir las relaciones personales, la que orquesta el funcionamiento del mundo capitalista. La voluntad de una persona vale infinitamente más que la de otra. ¿Por qué? Porque una tiene dinero y la otra no.

    En 1930 el economista británico John Maynard Keynes afirmó que la riqueza aumentaría con el paso de los años y que el mayor problema de la humanidad, el de la subsistencia económica, sería resuelto. Predijo que, en torno a 2030, la gente "ya tendría suficiente" para llevar "una buena vida", que las horas de trabajo remunerado se reducirían a tres diarias, que los seres humanos serían como "los lirios del campo, que no se afanan ni se hilan".

    "El amor al dinero como posesión, a diferencia del amor al dinero como medio para el disfrute de la vida, se reconocerá como lo que es: una enfermedad vergonzosa, una de esas tendencias semicriminales y patológicas que se suelen dejar con repulsión para los especialistas en desórdenes mentales", escribió el economista.

    Acertó en su predicción sobre el enorme aumento de la riqueza, pero se equivocó en su optimismo. Solo en seis años –de 2000 a 2006– se duplicó el Producto Interior Bruto del planeta, que pasó de 36 a 70 billones de dólares. Sin embargo, los pobres son cada vez más pobres, y los ricos, más ricos. El dinero se acumula en muy pocas manos y millones de personas trabajan más horas al día de las que dedican al ocio o al descanso. El amor al dinero como posesión mueve el mundo, moldea las leyes, y apenas nadie tiene tiempo ni para ser como los lirios del campo ni para observarlos u olerlos.

    En este contexto, en el que aspectos tan fundamentales de nuestra vida como la alimentación o la vivienda dependen del dinero que tengamos, algunos seres humanos buscan de forma instintiva cómo no vivir de manera fragmentada, cómo ser personas, no empresas, cómo recordar que no solo hay enjambres de monedas furiosas. ¿De verdad el sueño de alguien es una ciudad devorada por las tiendas y los escaparates, sin más espacio social que el de los centros comerciales? ¿De verdad queremos limitarnos a ser meros consumidores en vez de ciudadanos?

    Tenemos que aprender a buscar sueños alternativos al neoliberal, espacios donde no nos dicten nuestras preferencias. Hay otras formas de vivir. Creándolas, reivindicándolas, estaremos construyendo pequeños mundos alternativos capaces de combatir la hegemonía del pensamiento dominante, dispuestos a inocular una cultura política cuyo dios no sea el dinero.

    No será el capitalismo el que nos permita escuchar lo que una inmensa cúpula de estrellas tenga que decirnos en mitad de la noche, lejos de los mensajes bidireccionales de compraventa. No será este modelo actual, que nos devora y se devora, el que nos permita vivir con dignidad, disfrutando y no sufriendo. Yo quiero ser persona, con todos los recovecos de humanidad que ello implica, y no una simple agente comercial de mí misma, reducida a un producto en el mercado laboral.

    John Berger escribió que "aceptar la desigualdad como natural es convertirse en un ser fragmentado", es no concebirse a uno mismo más que como la suma de un conjunto de posesiones, de circunstancias, de necesidades. Aceptar la desigualdad como natural es creer que podemos ser de forma aislada, individual, sin sentirnos apelados por lo colectivo. Rebelarse contra ella es defender que la dignidad de todos, el derecho a vivir disfrutando y no sufriendo, debe ser el más preciado de los valores. Y que nadie ni nada, ni el dinero, nos convenza de lo contrario.

    domingo, 1 de diciembre de 2013

    El complejo de Sansón

    Hay este artículo ideas de interés para guiar una estrategia de transformación..

    En primer lugar, Sansón no derriba un templo sólido, sino que termina de hacer caer un edificio que se desmorona.

    Tanto entre los partidarios de sostenerlo como entre quienes desean acabar con él, se produce una gran confusión intelectual, y en consecuencia, alocados vaivenes en los sentimientos.

    En cualquier dinámica, su aceleración acaba produciendo el paso de un "régimen laminar", en el que los acontecimientos fluyen de modo predecible, y en que por tanto impera la racionalidad, a otro "turbulento". Muchos, sean partidarios del sistema o sus enemigos, abrazan la estrategia de acabar derribándolo todo, aunque ellos mismos puedan perecer.

    Pero no se trata ahora de sostener el edificio o demolerlo, sino de escapar de su inevitable derrumbe. Justamente es lo que intentan hacer, a su modo y sin miramientos, los más poderosos de entre los poderosos.

    En segundo lugar, cualquier estrategia debe plantearse considerando la temporalidad, y si ya el largo plazo escapa a lo previsible, diferenciando al menos entre el corto y el medio plazo.

    En el corto plazo, las medidas deben tender a minimizar el sufrimiento. Serán en gran parte paliativas, pero son necesarias, además de por simple humanidad, para fortalecer a los sujetos de los cambios que deseamos. Naturalmente, no estoy refiriéndome a esas "medidas dolorosas, pero necesarias e inevitables" que nos quieren imponer.

    En el plazo mediano, habrá que ir diseñando la nueva estructura que deberá sustituir al templo arruinado. No puede ni debe ser un proyecto acabado en todos sus detalles. El proceso de diseño y rediseño debe, en este caso, acompañar a la construcción.

    Y en tercer lugar, como corolario, entendamos que el "régimen turbulento" es caótico, y que consiste en sucesivas bifurcaciones, que debemos inclinar a nuestro favor.
    "Nada es fácil en este tiempo de transición de un sistema-mundo a otro. Pero todo es posible –posible pero lejos de ser una certeza."


    El complejo de Sansón

    La Jornada


    De la Biblia proviene la famosa historia de Sansón, quien es un héroe. Hay muchas interpretaciones del significado del cuento, donde Sansón, un israelita a quien Dios le otorgó fuerza, derriba el templo de los enemigos filisteos (también muy fuertes), muriendo en el proceso. Yo le doy el sentido de que un acto que parece irracional (Sansón muere en el proceso) es a la vez heroico y bastante sensato, porque resulta el modo (tal vez el único) de que el fuerte enemigo sea derrotado y su pueblo se salve.

    Parece que en los días que corren tenemos muchos Sansones putativos que bloquean o buscan bloquear lo que consideran arreglos peligrosos con el enemigo. Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, está diciendo que un mal acuerdo es peor que no tener ninguno. Se refiere a lo que mira como un acuerdo Estados Unidos-Rusia en torno a Siria y el posible acuerdo Estados Unidos-Irán. En Colombia, el anterior presidente conservador está despotricando contra el actual mandatario conservador por estar negociando con la organización guerrillera conocida como Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), bajo los auspicios de Cuba y Brasil.

    Y, por supuesto, tenemos las masivas no negociaciones que ocurren en Estados Unidos, en las que los miembros del Partido del Té en el Congreso estadunidense están utilizando su fuerza para vetar cualquier arreglo con las fuerzas enemigas que, para ellos, están encabezadas por el presidente Barack Obama y el Partido Demócrata, con la colusión de otros a quienes consideran el enemigo interno –es decir, esos republicanos que llaman a algún tipo de arreglo. No es difícil demostrar que todos estos Sansones están tirando la casa no sólo sobre el enemigo, sino sobre ellos mismos. Para ellos, sin embargo, aun cuando ello sea cierto, es un asunto de sincronía. Lo tienen que hacer ahora, mientras tienen todavía la fuerza para hacerlo. De otro modo el enemigo vencerá e institucionalizará o mantendrá los males que ellos ven que se están cometiendo.

    Esta clase de lucha ideológica, como se le llama, impermeable al así llamado pragmatismo, no fue inventado en los últimos 10 o 20 años. Es tan antiguo como la socialización humana. Pero ahora asume una característica especial, precisamente porque estamos en los espasmos agónicos de la crisis estructural de nuestro sistema-mundo capitalista. En una crisis estructural podemos esperar que habrá dos fenómenos masivos –una enorme confusión intelectual y, como consecuencia, alocados vaivenes en los sentimientos, que a su vez conducen a más locos vaivenes.

    Conforme hay más y más grupos listos para tirar el templo, aun cuando ellos mismos resulten aplastados, la gente más confundida e incierta acerca de lo que hay que hacer es el llamado establishment. Ya se fueron los días en que podían maniobrar cínicamente y salirse con la suya. Ya no es cierto que “plus ça change, plus c’est la même chose (mientras más se cambie, más es la misma cosa)”, es decir, que ningún cambio aparente es real, que son sólo cortinas nuevas en las ventanas, meros cambios en el personal.

    Así, ¿qué es lo que podemos hacer si buscamos un cambio verdadero, un tipo diferente de sistema-mundo del que hemos vivido por lo menos los pasados 500 años? Lo primero que deberíamos hacer es no quedar atrapados en los debates y locos vaivenes entre los Sansones y los del establishment. En realidad no importa quién de ellos gane en el corto plazo.

    La segunda cosa que deberíamos hacer es no gastar toda nuestra energía lamentando el hecho de que aquellos que quieren un cambio fundamental (algunas veces llamados la izquierda mundial) no parecen estar unificados o claros en sus objetivos, o comprometidos en organizarse con urgencia. El hecho es que ellos mismos están atrapados en la confusión, por lo menos en este momento.

    Que el templo se desquebraja es una realidad que va más allá de nuestros esfuerzos por sostenerlo, aun si lo intentáramos. Pero no necesitamos pararnos debajo de la avalancha de rocas. Tenemos que intentar escapar de ésta. Debemos tener la seguridad de que los miembros más poderosos del establishment están intentado hacer justo eso.

    Pero, ¿cómo nos escapamos y con qué fin? De nuevo, insisto en que es un sentido de la temporalidad: la diferencia entre el corto plazo (tres años o menos) y el mediano (los próximos 20 a 40 años).

    En el corto plazo la gente de todas partes (99 por ciento) está sufriendo. Debemos luchar por minimizar su dolor, batalla que puede asumir múltiples formas. Puede ser presionar por legislaciones inmediatas o decisiones ejecutivas de las dependencias del Estado que ayuden de inmediato a los desposeídos o evitar los daños futuros al ambiente, o salvaguardar los derechos de los pueblos indígenas o de las llamadas minorías sociales.

    Pero en el mediano plazo debemos aclarar la naturaleza de las estructuras que esperamos institucionalizar si conseguimos inclinar la bifurcación en nuestro favor. Debemos intentar entender no sólo los objetivos de mediano plazo de la derecha mundial, sino la naturaleza de sus profundas divisiones internas. La llamada izquierda mundial está también profundamente dividida. Debemos trabajar para remontar esto.

    Nada es fácil en este tiempo de transición de un sistema-mundo a otro. Pero todo es posible –posible pero lejos de ser una certeza.

    Ciudad y decrecimiento: los retos ecológicos de la urbe del siglo XXI

    Parte final de la conferencia de Florent Marcellesi presentada en las jornadas sobre el Plan General de Ordenación Urbana de Bilbao y en el curso “Paisajes productivos” en enero de 2013

    Este mismo texto podéis encontrarlo aquí y también aq. Me he decidido por transcribirlo entero, con sus notas y enlaces, subrayando lo que me ha parecido esencial(omás).

    Las medidas que el conferenciante aplica a una ciudad concreta pueden ser aplicadas a cualquiera otra, sea grande como sus problemas o una entidad menor, que también los tendrá.

    Invito al lector a reflexionar a partir de su propio entorno y comprobar qué tendencias positivas o negativas observa. Puede ser un ejercicio interesantísimo para elaborar propuestas no demasiado genéricas. Pongamos por caso, de cara a los programas de unas futuras elecciones municipales.

    De mis subrayados expongo a vuestra reflexión las siguientes consideraciones:

    ¿Cuánto es suficiente?
    ¿Cuánto es posible? 
        Actuar imitando la naturaleza, donde los ciclos se cierran 
            Utilizar menos recursos y generar menos impactos por unidad de producto
            Combatir en todo momento el “efecto rebote”
        Herramienta al servicio de sus habitantes para un bienestar sostenible
        Democracia de autolimitación y autogestión colectiva de las necesidades
        Evaluar la capacidad de carga de su territorio
            Calcular la cantidad de tierra agrícola necesaria para abastecer a la población
            Poner fin a la expansión urbana 
                Plan de contención de la urbanización y la artificialización del suelo
                Poner fin a la construcción de grandes infraestructuras de transporte
                No construir más, sino repartir mejor el stock de viviendas actuales
                La rehabilitación, eje prioritario para la reducción de la huella ecológica
        Modelo económico donde primen las distancias cortas
            Reparto modal de los medios de transporte:
                10% para el coche
                30% para el transporte colectivo
                60% para el peatón y la bici
            Construir ciudades policéntricas
                Mezcla de actividades y usos en nuestros barrios 
        Habría un 30% más de trabajo con la agricultura ecológica  que con la industrial
            Reconversión de tierras hoy dedicadas al monocultivo
            Reequilibrio progresivo del reparto de población entre campo y ciudad
        El tamaño desmedido de las ciudades aleja a la ciudadanía de los ámbitos de decisión
            Núcleos urbanos de un máximo de 30.000 habitantes
            Presupuestos participativos, un sistema abajo-arriba donde 
                las asambleas de barrio discuten las propuestas
                sus representantes las acuerdan en asambleas del conjunto urbano.

    No habrá disminución radical de la huella ecológica sin un cambio estructural, de mentalidad y de hábitos de consumo



    Otros escritos del autor, en su Blog de un activista e investigador ecologista.




    Hacia una ciudad del buen vivir

    Ante este panorama inquietante y siempre y desde una visión de justicia social y ambiental (6) a nivel local y global, no nos queda otro remedio que iniciar la transición “de la ciudad de la expansión ilimitada a la ciudad adaptada a los límites de biocapacidad glocal” (Informe Global España 2020/2050, 2009: p.30). Esta transición nos tendría que permitir al mismo tiempo alcanzar un decrecimiento “del 45% de la huella media de las ciudades calculada para el año 2005” (7) y mantener un IDH superior a 0.8. Para construir esta ciudad donde somos capaces de vivir bien, de ser felices y autónomos dentro de los límites ecológicos del Planeta y de forma democrática y solidaria, primero son necesarios fijar unos principios de base: (8)
    • Principio de (auto)suficiencia: se trata de responder y definir de forma democrática a preguntas básicas e interrelacionadas para la (buena) vida de una comunidad con los recursos naturales disponibles: ¿Cuánto es suficiente para cubrir nuestras necesidades básicas, tanto colectivas como personales, y garantizar la autonomía individual y la solidaridad? ¿Cuánto es posible según la biocapacidad real de nuestro territorio?
    • Principio de “biomímesis”: significa que una ciudad, al igual que el campo, y el conjunto de sus componentes tendría que actuar imitando la naturaleza. En palabras de Jorge Riechmann, la economía de la naturaleza es “cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos, y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos : la energía solar en sus diferentes manifestaciones. (…) Cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran”.
    • Principio de ecoeficiencia: expone la necesidad de utilizar menos recursos y generar menos impactos por unidad de producto. En todo caso, y principalmente a través del primer principio de (auto)limitación, este principio tendrá que tener en cuenta y combatir en todo momento el “efecto rebote” que estipula que por mucho que disminuya el impacto ambiental por unidad producida, las mejoras se encuentran sistemáticamente anuladas por la multiplicación del número de unidades vendidas y consumidas. (9)
    • Principio de rentabilidad social y ecológica: las personas y la T(t)ierra están en el centro de las atenciones. La ciudad no es una megainfraestructura deshumanizada que pone a sus habitantes a su servicio sino, al contrario, es una herramienta al servicio de sus habitantes para que puedan alcanzar bienestar de forma sostenible.
    • Principio de democracia: los principios anteriores, y particularmente el primero de suficiencia, pone de relieve la centralidad de la cuestión democrática. Definir procesos o herramientas democráticos que permitan hacer realidad la democracia de la autolimitación y la autogestión colectiva de las necesidades y los medios para su satisfacción es un eje transversal de la ciudad del siglo XXI. (10)
    En la práctica, estos cinco principios pueden declinarse a través de algunas ideas clave, no exhaustivas, pero que marcan la orientación de una ciudad sostenible y que, por ejemplo, encontramos de una forma u otra en diferentes iniciativas como las “ciudades en transición” (11), las “Slow City” o las “ciudades de lo/as niño/as”:
    • Adecuar la ciudad y su territorio a su biocapacidad: cada ciudad, o mejor dicho comarca, tiene el deber de evaluar la capacidad de carga de su territorio en el que se asienta y tener esta realidad ecológica como horizonte y referencia para la reorientación de su organización socio-económica. Por ejemplo, el objetivo de Bilbao debería ser reducir por 3 su huella ecológica o por lo menos tener un consumo de recursos y generación de residuos compatibles con la biocapacidad vizcaína, teniendo en cuenta por supuesto al resto de pueblos de la provincia. En particular, hay que calcular la cantidad de tierra agrícola necesaria para abastecer a la población y compararla con los usos actuales para determinar cuál es la necesidad de superficie agraria y crear una reserva de suelo al respecto.
    • Parar el crecimiento de las ciudades: en la actualidad, la tasa de crecimiento de las ciudades europeas es algo menor del 1%. Es preciso poner fin a la expansión urbana y tener un plan de contención de la urbanización y la artificialización del suelo (Bilbao ya ocupa por ejemplo según el Udalplan más del 50% de su suelo disponible). Al mismo tiempo, también es preciso poner fin a la construcción de grandes infraestructuras de transporte que conllevan el “sprawl” urbano, el uso intenso de energía fósil o del coche. En particular, no se puede permitir más 3 A’s: Autopistas, Aeropuertos (12) o Alta Velocidad. El fracaso (anunciado) de la Supersur indica claramente que la época del ladrillismo y grandes infraestructuras viarias debe dejar lugar a una ciudad del peatón, de la bici y del transporte colectivo.
    • Reciclar y revalorizar las ciudades existentes: la prioridad se encuentra por tanto en reciclar lo existente. Por un lado, se estiman que hay unas 15.000 viviendas vacías en Bilbao, mientras que —a efectos comparativos— las familias desahuciadas en Euskadi fueron 11.000 desde 2008. No existe necesidad de construir más sino de repartir mejor el stock de viviendas actuales, sin aumentar la presión sobre el suelo y además haciendo efectivo el derecho a la vivienda para todas y todos. Por otro lado, ante la crisis ecológica, la rehabilitación se sitúa como un eje prioritario hacia los objetivos de reducción de la huella ecológica, puesto que la mejora de los edificios (aislamiento, recuperación de aguas, calefacción térmica, etc.) puede permitir grandes reducciones del consumo energético y de la emisión de CO2. Además, es una fuente de empleo: según un informe del Conama (13), la reforma de 10 millones de viviendas en el Estado español hasta 2050 —para reducir su gasto de calefacción un 80% y cubrir un 60% de las necesidades de agua caliente— puede generar unos 130.000 empleos nuevos en una primera fase de aquí a 2020. Esta tendencia se vería reforzada si, al mismo tiempo, se incluyera el coste energético de las viviendas en su valoración de mercado.
    • Relocalizar las actividades: dentro de una transición ordenada hacia la sostenibilidad, es preciso construir un modelo económico donde primen las distancias cortas, es decir donde produzcamos localmente lo que consumimos localmente: huertos urbanos (para autoabastecimiento, aprendizaje de la agricultura, recuperación de zonas o solares en desuso o ruralización de la ciudad (14)), descentralización de la producción de energía renovables (para autoconsumo y suministro de viviendas, empresas y transporte colectivo y local), puesta en marcha de monedas locales (15) que favorecen el comercio de cercanía (es decir, el peatón y la bici), cooperativas o grupos de consumo que relacionen sin intermediarios personas productoras y consumidoras a nivel local (es decir independientes de grandes infraestructuras y plataformas logísticas y de transporte altamente energívoras) y privilegien un modo de vida ecológico.
    • Favorecer una movilidad sostenible: como objetivo, el informe Global se marca para 2020 volver a niveles de 0,4 turismos/habitantes y en 2050 reducir esta variable en la mitad. Significa entre otras cosas alcanzar un reparto modal del 10% para el coche, 30% para el transporte colectivo y 60% para el peatón y la bici. De forma combinada con las demás propuestas, se trata de concentrar poco a poco la movilidad doméstica en un radio que permita los desplazamientos a pie (radio de 1km) y en bici (radio de 3 km) y la movilidad profesional en un radio adaptado a los transportes colectivos (5 km). Supone a su vez construir ciudades policéntricas, donde superamos por fin el urbanismo funcionalista (que separa por sus funciones las diferentes zonas de la ciudad entre zonas comerciales, zonas dormitorios, zonas de actividades económica, zonas de ocio y que requiere el coche como elemento vertebrador) y apostamos por la mezcla de actividades y usos en nuestros barrios. (16)
    • Reequilibrar ciudad y campo: según varias hipótesis, se necesitaría en torno a un 30% más de trabajo si se pasara de la agricultura industrial a una agricultura mayoritariamente ecológica (17). Por ejemplo, el colectivo Desazkundea, en su crítica a la propuesta del Gobierno Vasco de las Directrices de Ordenación del Territorio y su apuesta por la soberanía alimentaria (18), recuerda que si se planteara un objetivo de autoabastecimiento agrícola del 20% en Euskadi (hoy es del 5%), esto supondría la dedicación de más de 330.000 Ha y el aumento de la población activa de 1.5% hasta el 5% (25.000 puestos de trabajo). Esto supone por un lado fomentar la reconversión de tierras hoy dedicadas al monocultivo (como puede ser el agroforestal y el negocio del pino-eucalipto-papeleras) en tierras cultivables. Por otro lado, además de ser una fuente de empleo importante, implica revalorizar también el trabajo en el campo y el papel del campesinado en nuestra sociedad, y plantear un reequilibrio progresivo del reparto de población entre campo y ciudad. (19)
    • Democratizar la ciudad: el tamaño desmedido de las ciudades aleja considerablemente la ciudadanía de los ámbitos de decisión. De hecho, Fitopopulos, filósofo e impulsor de la iniciativa Democracia Inclusiva, propone (re)construir núcleos urbanos de un máximo de 30.000 habitantes (al igual que en las ciudades griegas antiguas) para permitir una democracia real. Por su parte, ciudades como Porto Alegre (1 millón de habitantes), han puesto en marcha presupuestos participativos que siguen, en teoría, un sistema abajo-arriba donde las asambleas de barrio discuten las propuestas y sus representantes las acuerdan en asambleas del conjunto urbano. De nuevo, estas conformaciones urbanas requieren de una ciudad o un territorio policéntricos, a escala humana (es decir a pie o en bici) y de democracia directa, que luego se coordine de forma supralocal (comarca, cuenca hidrográfica, región, estado, Europa) a través de mecanismos también democráticos y transparentes.
    • Cambiar de valores y de mentalidad: tan crucial como el diseño urbanístico o el equipamiento de las viviendas es la gente que vive en ellas. No habrá disminución radical de la huella ecológica sin un cambio estructural, de mentalidad y de hábitos de consumo. En el ámbito de la movilidad sostenible, un buen ejemplo es el “Car sharing” (20): muy implantado en países como Suiza, plantea la propiedad compartida de un coche entre varias unidades familiares que luego comparten su uso (lo que conlleva menos unidades producidas, menos espacio requerido para aparcamientos, reparto de los costes vinculados al coche, revalorización de lo común, etc.). De la misma manera y desde una visión global, las cooperativas de viviendas, que practican la cesión de uso, ponen en común espacios y electrodomésticos entre los habitantes, apuestan por la biorehabilitación y fijan precios asequibles y justos. (21)
    Sin duda, los retos apuntados aquí son de gran magnitud y eso implica afrontarlos con valor y sobre todo desde abajo y de forma deliberativa. De esta manera, las diferentes iniciativas o planificaciones (como los Planes Generales de Ordenación Urbana) que se pongan en marcha podrán (retro)alimentarse e impulsar principios y buenas prácticas en clave de vivir bien y felices dentro de los límites ecológicos del Planeta.
    __________________________
    Notas:

    (1) Para ubicarnos, Bilbao es la capital de Bizkaia fundada en 1300, tiene una superificie de 40,65 km2, una población de 352.700 habitantes (en 2011) y una densidad de 8.676,51 hab./km²

    (2) Por ejemplo entre los siglos XVIII y XIX, las “Leyes de cercamiento” inglesas (Enclosure Acts) que establecían “la división, el reparto y el cercamiento de los campos, praderas y dehesas abiertas y comunes y de las tierras baldías y comunes” supusieron la sustitución de los derechos comunales sobre la tierra por los de propiedad privada y la emigración a las ciudades en busca de sustento (principalmente como mano de obra en la industria) o la conversión en jornaleros en el campo.

    (3) El techo del petróleo corresponde al punto de inflexión a partir del cual la extracción de una unidad de petróleo por unidad de tiempo ya no puede incrementarse, por grande que sea la demanda.

    (4) La biocapacidad o capacidad biológica se refiere a la capacidad de un área específica biológicamente productiva de generar un abastecimiento regular de recursos renovables y de absorber los desechos resultantes de su consumo. Fuente: GreenFacts.

    (5) El Índice de Desarrollo Humano (IDH) es un indicador creado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y que tiene en cuenta tres variables: 1) Esperanza de vida al nacer 2) Educación 3) PIB per Cápita (a paridad de poder adquisitivo). El PNUD clasifica a los países en tres grandes grupos: países con alto desarrollo humano con un IDH mayor de 0,80, países con medio desarrollo humano entre 0,50 y 0,80, y países con bajo desarrollo humano con un IDH menor de 0,50.

    (6) La justicia ambiental reconoce a todos los seres humanos los mismos derechos de acceso e idénticas opciones a los beneficios de la oferta ambiental y cultural del planeta.

    (7) Lo que supondría a su vez una disminución del 29% en su componente de superficie artificial, un 58% de la necesidad de superficie provocada por las emisiones de CO2y un 24% como consecuencia de nuevos hábitos de consumo más saludables.

    (8) Estos principios son una adaptación por parte del autor de los principios propuestos por el Informe Global sobre Ciudades.

    (9) Por ejemplo, entre 1990 y 2007, y a pesar de mejoras significativas en torno a la intensidad de carbono (-12%), la eficiencia tecnológica no ha compensado el crecimiento de la población (+24,5%) y el aumento del PIB por habitante (+25,5%), y las emisiones de CO2 han aumentado a nivel mundial de 38%. Fuente: Jackson, Tim (2011): Prosperidad sin crecimiento. Economía para un planeta finito. Encuentro Intermón Oxfám-Icaria.

    (10) Véase Marcellesi, F. (2011): Las deudas ecológicas de la democracia moderna, Ecología política, nº42, disponible aquí.

    (11) Movimiento lanzado por Rob Hopkins en el pueblo inglés de Totnes y hoy presente en centenares de ciudades europeas. De forma pragmática, plantea la necesidad de crear resiliencia, es decir adaptar las ciudades para que sean capaces de absorber los choques que provocarán el techo del petróleo y el cambio climático. En Euskadi, existe Gasteiz en Transición.

    (12) Sobre el caso del aeropuerto de Bilbao, véase Marcellesi, F.: “Aeropuertos y ecología: una crisis de alto vuelo”, en la revista de Gesto por la paz. Disponible aquí.

    (13) Más información disponible aquí.

    (14) Véase en Bilbao el proyecto Baratza de Desazkundea. A pesar de que en Bilbao no haya por el momento poco o ningún interés por parte del equipo de gobierno de desarrollar huertos urbanos, existen buenas prácticas como en Zaragoza, Villena o Altea.

    (15) Véase en Bilbao el proyecto de moneda local Ekhi. Por ejemplo, en Bristol, ciudad de más de 400.000 habitantes que ha puesto en marcha la propuesta de “iniciativas en transición”, el alcalde cobra su sueldo en moneda local.

    (16) Es de mucho interés constatar que muchas propuestas decrecentistas coinciden con propuestas de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Bilbao. Véase por ejemplo “El Libro Blanco del Transporte de Bilbao y Bizkaia” (VVAA de Bilbao, 2009).

    (17) Según The General Workers’ Union in Denmark: For Posterity—For Nature’s Sake—Ecological Farming. El estudio Sustainable Germany del Instituto Wuppertal (1995) da una cifra del 20%. En Riechmann, J. (2003): Cuidar la T(t)ierra. Políticas agrarias y alimentarias sostenibles para entrar en el siglo XXI. Icaria.


    (19) Este reequilibrio también se tendría que hacer a mayor escala puesto que obviamente algunas zonas están superpobladas en comparación con la biocapacidad real de su territorio, como puede ser el caso de la costa valenciana y alicantina.

    (20) Para más información, véase la asociación vasca de Car Sharing.

    (21) En Bilbao, se está creando desde Desazkundea la cooperativa de viviendas Etxecoop. En Cataluña, existe como referencia Sostre Civic.