martes, 17 de junio de 2014

La descolonización de la geopolítica

Si este mundo imperial, unipolar o multipolar, basa su defensa en métodos de arrasamiento que destruyen lo que pretende conservar para sí, no ofrece salida alguna. Si la energía y los recursos que le faltan los emplea en combatir por ellos "al precio que sea", gasta en eso la ganancia.

El complejo militar industrial (España no es ajena a esto) es la base del mantenimiento de la economía, porque tiene una ventaja: es un mercado imposible de saturar. Pero cuando obtenga la inútil victoria en la guerra permanente no tendra nada que aprovechar.

Ganas una partida de ajedrez al dar jaque mate al rey. No se suelen contar, porque no importan en ese juego, las piezas que permanecen vivas en el tablero. Siempre queda la oportunidad de jugar otra partida, porque las partidas se juegan con las mismas piezas, reemplazables hasta el infinito.

En el mundo no ocurre lo mismo. Las piezas, llegado el momento, no son reemplazables. Por eso el juego de la dominación mundial es una partida perdida para el ganador, que no tiene nada definitivo que ganar con sus victorias. Solamente le queda el triunfo pírrico de destruir a los sucesivos enemigos, sin poder aprovechar siquiera sus despojos.

Claro que les queda a estos dueños del mundo su buena vida: como no es eterna, cada uno de ellos la vive a lo grande, aunque no dure mucho. No es ese el "buen vivir" de los pueblos andinos.

Habrá que jugar a otra cosa.





Rebelión

Las recientes crisis en Ucrania y Siria manifiestan la compleja transición hacia un mundo sin centro hegemónico único; lo que se está denominando el “incipiente mundo multipolar” (las áreas en disputa manifiestan esta tónica). El siglo XXI amanece con un nuevo mundo emergente que ya no presupone, ni cultural ni civilizatoriamente, la hegemonía occidental. El “gran relato” neoliberal del “fin de la historia” se hizo pedazos el 11 de septiembre de 2001 y su última cruzada, llamada el “choque de civilizaciones”, es derrotada en Siria y Ucrania. Es decir, el fenómeno de la colonización, consustancial al mundo moderno, empieza a desmoronarse en el nuevo siglo. Incluso las nuevas potencias emergentes, si optaran por asegurarse áreas de influencia, ya no podrían hacerlo según las prerrogativas que adoptaron las potencias occidentales cuando se repartieron el África y el Oriente. La sobrevivencia de un mundo multipolar pende del siguiente detalle: los términos en que se expresen las alianzas geopolíticas sólo podrían cimentarse en una cooperación mutua y estratégica y ya no en exclusivas relaciones de dominación. 

Las últimas bravuconadas que Occidente despliega bélicamente no hacen sino mostrarnos su decadencia profunda. Ya no pudo invadir Siria, y eso le está costando, no sólo credibilidad sino, sobre todo, la desconfianza en su capacidad militar. Incluso podría decirse que el 3 de septiembre de 2013 se evitó la tercera guerra mundial, cuando el sistema de defensa aéreo ruso S300-PS, desde la base de Tartus, en Siria, intercepta y destruye misiles tomahawks (lanzados desde la base gringa de Rota, en la bahía de Cádiz), que tenían como destino Damasco. Desde entonces queda demostrado que los rusos han recuperado su importancia militar; lo cual equilibra un mundo que había sido capturado por USA (según Ehud Barack, exministro de asuntos militares de Israel, eso debilita a USA en todo el mundo). Desde el triunfo de Rusia ante Georgia, por Osetia del Sur, el 2008, puede decirse que la geopolítica del siglo XX ha sido dislocada en favor de una nueva reconfiguración planetaria. 

En Ucrania termina de rematarse la cosa, puesto que la injerencia occidental, comandada por USA, no hace sino, para su propia desgracia, acercar aún más a China y Rusia, lo cual significa, en lo venidero, el viraje definitivo de la economía mundial hacia el Oriente. El último acuerdo monumental entre Rusia y China (cuyo comercio bilateral alcanzará, para el 2020, los 200.000 millones de dólares), no sólo ratifica la hegemonía de una Eurasia oriental, en torno a la restauración comercial de la “ruta de la seda”, sino hasta posibilita que China se expanda hacia Occidente (los más que probables ejercicios militares conjuntos entre Rusia y China en pleno Mar Negro). Ni USA ni Europa tienen la musculatura, ni económica ni militar, para hacer valer sus sanciones económicas a una Rusia que, aliada de China, ya no tiene necesidad de supeditarse a un Occidente en plena decadencia. 

El mundo y su cartografía geopolítica, tal cual había sido concebida por las potencias occidentales, desde el siglo XIX, está feneciendo. Esto quiere decir que la disposición centro-periferia, pertinente al mundo moderno, ya no tiene sentido. Como tampoco tiene sentido, frente a la crisis climática y energética, un sistema económico que sólo sabe administrar el despojo sistemático de vida (humanidad y naturaleza) en favor de los fetiches del mundo moderno: el capital y el mercado. La crisis es civilizatoria y sólo puede ser comprendida, en su verdadera magnitud, desde una perspectiva multidimensional.

Esto quiere decir que, tampoco las ciencias modernas, en su crisis epistemológica, estarían a la altura de dar razón de la crisis. Si todas parten de los mitos y prejuicios modernos, ¿cómo podrían auscultar una crisis que la originan estos mismos mitos y prejuicios? La crisis actual manifiesta una rebelión de los límites mismos de un mundo que es finito; pero la ciencia moderna, la economía capitalista y el mismo paradigma del desarrollo, suponen recursos de aprovechamiento infinitos como presupuesto de un progreso también infinito.

Este presupuesto da origen a la sociedad moderna. Pero es un presupuesto falso, porque los recursos no son infinitos. Ni la naturaleza ni el trabajo humano pueden garantizar un progreso sin fin. Un crecimiento sin límites es una pura ilusión trascendental. Por eso el mundo moderno se halla en la peor de sus encrucijadas; pues si su economía se basa en el crecimiento económico, este crecimiento supone el aprovechamiento desmedido de energía fósil. Sin energía se hace imposible crecer. Crecer para el primer mundo significa aumentar su consumo de energía; pero si añadimos a esto que el mito moderno de los países ricos es crecer indefinidamente, fieles al modelo de desarrollo y progreso infinito, resulta que su propia forma de vida, basada en el crecimiento infinito, ya no puede sostenerse. Entonces, lo que se vislumbra, como consecuencia de esta crisis, es el colapso cultural y civilizatorio de la modernidad occidental. No siendo ya el primer mundo dueño de la energía del planeta (desde el 2003, cuando British Petroleum confirma el fracaso de la guerra de Irak), ya no puede subvencionar su desarrollo con la miseria que genera su economía en el resto del planeta. 

La crisis financiera se vincula también a la crisis energética, que es la otra cara de la rebelión de los límites ante las pretensiones ilimitadas de un crecimiento sin fin. Este crecimiento es ya insostenible ante la evidencia del agotamiento paulatino de los recursos energéticos. Lo cual hace más vulnerable la estabilidad a futuro de un dólar que, sin petróleo, no tiene nada que lo sostenga (a no ser sus bombas nucleares). El primer mundo requiere cada vez más energía para crecer económicamente, pero si ya no dispone de energía barata y abundante, todo su complejo industrial y tecnológico se estanca. Entra en crisis. Tanto su producción como su consumo ya no pueden sostenerse. La crisis manifiesta aquello. La crisis climática es la rebelión de los límites: el mundo es finito. 

Por eso el mito de la globalización encierra una aporía insoluble: si el mundo es uno, entonces no es infinito. El sistema-mundo-moderno-occidental choca entonces con la fuente de donde emana todo lo que hace posible la vida: la naturaleza es única, lo cual no quiere decir que sea infinita. Única quiere decir vulnerable. Su finitud es constatación de su condición de sujeto. Por eso no puede no tener derechos. Si la vida procede de ella es porque es Madre. Por eso le decimos PachaMama. La extracción indiscriminada que se hace de sus componentes vitales, en torno a una acumulación excesiva de ganancias, hace imposible que pueda reponer lo que se le ha quitado: la sobre-explotación de un recurso conduce a la destrucción paulatina de todo su contexto vital. A esto llamamos extractivismo, prototípico del capitalismo. 

La curva geofísica de Hubbert fue diseñada para mostrarnos que todo elemento depletable, como el petróleo, alcanza una cúspide en su explotación, para nunca más superar aquello. Según el World Energy Outlook (informe anual de la Agencia Internacional de Energía del 2010) esta cúspide a nivel mundial ya se habría alcanzado el 2006. Y, si es cierto que la cúspide de todos los hidrocarburos, además del uranio, se daría el 2018, entonces se hace imprescindible una transformación en la base energética; pero los países ricos no responden de modo sensato a esta realidad sino que apuestan por un peligro aún mayor: los agrocombustibles. 

Pareciera que los países ricos, al no encontrar salida a su crisis, optan por meterse más en ella. Pues esta supuesta solución a la crisis energética supondría un holocausto alimenticio a nivel global (la subida de los precios de granos y alimentos corrobora una tendencia de carácter especulativo que aprovecha ufano el capital financiero).

La pelea energética es ahorita la tónica de los dislocamientos geopolíticos. Para el imperio es imprescindible la combinación dólar-petróleo. Sin petróleo no puede sostener su infraestructura bélica planetaria. Si tiene el petróleo tiene el control. Entonces la situación en Ucrania y Siria nos lleva también a reflexionar acerca de la amenaza sistemática que ejercen los poderes fácticos en Venezuela. Necesitan del petróleo venezolano para equilibrar su poder ante estas nuevas derrotas en Ucrania y Siria.

USA persigue su soberanía energética recapturando a Latinoamérica. Por eso el TLCAN con México reaviva la “Doctrina Monroe”, por eso lo que sucede en Venezuela forma parte de su estrategia geopolítica ante el ascenso de China y Rusia; las bases militares gringas de Colombia y Perú ya no apuntan sólo a Venezuela sino también a Brasil. No sólo el Orinoco sino el Amazonas son áreas geoestratégicas para restaurar un mundo unipolar (parece que Brasil, aun siendo parte de los BRICS, no se ha anoticiado de esto).

Esta lectura nos sirve para diagnosticar, establecer y determinar el contexto epocal que subyace a la celebración de la “50 reunión cumbre del G77”. Esta cumbre que se realizará en Bolivia es inédita, pues si en sus inicios el G77 sólo coordinaba programas de cooperación en materia de comercio y desarrollo para una mejor integración en el mercado mundial, la nueva reconfiguración geopolítica y geoeconómica actual, sienta las bases para hacer de este grupo un contrapeso a la hegemonía –en decadencia– de los países ricos.

No sólo Bolivia, sino el ALBA y hasta el MERCOSUR, tienen la mejor oportunidad de liderar una transición con perspectiva mundial. Por eso la necesidad de contar, en la actualidad, con una perspectiva geopolítica ya no sólo coyuntural sino acorde con este proceso de transición planetaria. Politizar la cumbre G77 es fundamental para que nuestros países sitúen a nuestra región en el nuevo centro de gravedad de la transición civilizatoria del siglo XXI. Por eso el “vivir bien” y la “descolonización” ya no pueden diluirse en la pura retórica sino consolidarse como el discurso pertinente a un mundo en transición civilizatoria.

El G77 nace dentro del paradigma del desarrollo y en un mundo repartido entre dos potencias. Con la imposición de un mundo unipolar, el grupo no tenía más carácter que el exclusivamente declarativo. Pero con la decadencia del mundo unipolar y el ascenso de los BRICS, nuevos márgenes de acción se presentan para este tipo de grupos (también es el caso de los “no alineados”), pues los mismos organismos internacionales (pertinentes a la hegemonía gringa) se hallan seriamente cuestionados; entonces, ante el declive de unos y el ascenso de otros, el G77 se halla en condiciones nunca antes experimentadas, pues el mundo moderno atraviesa, por vez primera, la ausencia del poder hegemónico occidental, pero a su vez, también se encuentra en medio de una crisis civilizatoria que amenaza a la supervivencia propia del planeta. 

En ese contexto, la reunión en Bolivia podría despertar una conciencia global de un necesario cambio de paradigma frente a la decadencia del capitalismo. Sólo una mancomunidad de esfuerzos de los países pobres podría augurar nuevas vías que puedan apostar las economías periféricas, con el fin de desprenderse definitivamente de las prerrogativas de los países ricos (ahora en crisis profundas) y proponerse despegues económicos que ya no busquen una integración subordinada al capital y al mercado globales sino de una reconstrucción de sus propias economías. Este periodo de transición hacia un nuevo sistema económico mundial durará por lo menos un siglo; no se sabe qué adviene pero la economía no puede continuar con las prerrogativas propias del modelo de producción, consumo y acumulación actual. 

El ascenso de las potencias emergentes no sólo reequilibran el poder global sino que hace posible descentrar la economía y la política globales. La disposición centro-periferia es lo que ya no puede mantenerse; con el ascenso de los BRICS se reivindican culturas y civilizaciones que el mundo moderno las consideró arcaicas y superadas del todo. India y China vuelven a tener la importancia global anterior a la modernidad. Por eso no es raro que una buena parte de la literatura gringa hable del “choque de civilizaciones”. Occidente se siente amenazada por el despertar de las civilizaciones que supuso atrasadas, lo cual no hace sino desmentir su presunta superioridad civilizatoria.

Para este año China será la primera economía mundial y para el 2020 China superará en lo tecnológico, económico, científico, educativo, etc., a la suma conjunta de Europa y USA. Solo en el índice PISA, que mide el nivel educativo en el mundo, de los 10 primeros puestos, 7 son países asiáticos (hasta Vietnam está por encima de USA). Es decir, la decadencia del primer mundo es ya una cuestión de hecho. 

En ese contexto, el primer mundo ya no es más modelo civilizatorio. Y la economía que patrocinó por cinco siglos ya no es más sostenible. Energéticamente el mundo ya no puede seguir el modelo de consumo occidental; a lo cual hay que añadir que las potencias emergentes no son autosuficientes y ya no pueden hablar en los términos colonialistas que lo hacían Europa y USA. La colonización ya no sería posible de reeditarse en el siglo XXI.

Esto quiere decir que, un mundo multipolar, permite pensar una situación mucho más rica y compleja: la ceropolaridad. Este concepto es novedoso en la geopolítica y quiere describir un mundo sin hegemonías concentradas. Pues tampoco las nuevas potencias emergentes, pueden decidir todo sin contar con los afectados; esto significa que ninguna potencia puede ejercer, de modo único, su influencia sobre todos los acontecimientos. 

Cuando los poderes hegemónicos retroceden en algo, las soberanías nacionales, aunque mínimas, despiertan a nuevas apuestas; y si estas apuestas se generalizan, entonces tenemos una coyuntura como la actual: un “cambio de época”. Una nueva disposición geopolítica planetaria con ya no un solo centro abre márgenes de acción para los países pobres. Pero estos, de modo aislado, no podrían superar su situación. Sólo la cooperación y las alianzas estratégicas podrían enfrentar, de modo más plausible, la arremetida de los países ricos.

Estas alianzas no pueden prescindir de los BRICS. China recupera el pacífico como centro de la economía global y eso supone también que los flujos comerciales se des-occidentalicen. Junto a la India establecen una nueva geografía de la economía mundial. Por primera vez, después de 500 años, América aparece otra vez al extremo oriente del oriente, mostrando el verdadero sentido y dirección de la civilización humana. Occidente nunca fue la culminación del desarrollo de la civilización humana. Las implicaciones de este tipo de recambios van a tener sus repercusiones hasta en lo cultural. 

Aliarse a los BRICS no tendría que significar avalar, o peor, remedar su modelo de crecimiento económico. Pero en una nueva cartografía geopolítica y un nuevo mapa institucional global, nuestros países podrían demandar, en condiciones más favorables, una transformación del modelo productivo y de consumo que ha originado el capitalismo. Por eso necesitamos reafirmar la creación de una nueva arquitectura financiera global. Se dice que nadie, en el contexto global, es independiente del todo; se es independiente en la medida en que se conoce y se aprovecha, en beneficio propio, el grado de dependencia que se tiene. 

Una transformación del modelo productivo supone una nueva arquitectura financiera y ésta presupone un nuevo marco jurídico del derecho, nacional e internacional, que le devuelva la soberanía a los pueblos. Cuestionar todo aquello supone también advertir que no es un modelo de desarrollo lo que ha entrado en crisis sino el propio desarrollo; el afán de control y dominio de la naturaleza, reducida a objeto a disposición, es lo que ya no puede sostenerse. La propia concepción que de naturaleza tiene el capitalismo y la modernidad, es lo que hace insostenible todo sistema económico. Por eso, la defensa de “derechos de la Madre tierra”, el “vivir bien”, la “descolonización”, se constituyen en criterios epocales que sostienen una toma de conciencia global; esto es lo que establece, en nuestro caso, un liderazgo nunca antes imaginado y que nos abriría la posibilidad de establecer una agenda mundial.

Los desafíos son grandes, por ejemplo, desafiar al mismo mercado global supone la promoción de sistemas de producción locales y tecnologías ancestrales o la recuperación de economías campesinas comunitarias como base de la soberanía alimentaria. Sólo aquello podría remediar, en un 50%, la emisión de gases de efecto invernadero (que provoca las gran agroindustria). La autosuficiencia alimentaria es parte de la consolidación de alternativas en la economía e, inevitablemente, de la revalorización de las culturas antes despreciadas. 

El nivel de agresión y destrucción del proceso de producción capitalista, destaca una invariable en su propia lógica: destruir para producir. En ese sentido, la decadencia del capitalismo arrastra al mundo y a la vida en su conjunto. Las implicancias a futuro de esta decadencia es la que obliga al mundo a proponerse nuevas alternativas. Por eso la respuesta no puede provenir del primer mundo, pues la apuesta de éste es únicamente alterar el rumbo que está adquiriendo el mundo multipolar e impedir definitivamente su consolidación. 

En Ucrania, la opción occidental consiste en restaurar el orden hegemónico unipolar; pues la sobrevivencia de Europa misma se encuentra en entredicho. La dependencia del gas ruso le aleja de la esfera gringa y le convierte en una semi-colonia energética de una economía cuyo centro se hace cada vez más oriental. Los dislocamientos geopolíticos de este nuevo siglo hacen resurgir a la región euroasiática como lugar estratégico para controlar y dominar al mundo. Para Occidente es vital recuperar esa zona, pues sus estrategas consideran que Ucrania es la entrada a Eurasia, donde vive el 75% de la población mundial y donde se hallan ¾ partes de toda la energía conocida. Capturando a Ucrania se trata de impedir que la economía se orientalice, pues si Rusia se acerca a China (y a India), Occidente deja de tener la importancia que una vez tuvo y su economía no podría ya reponer su predominio (por eso hasta Alemania juega doble, pues también se acerca a China y Rusia, aunque no renuncia a su pertenencia occidental).

El G77 no puede desatender este nuevo contexto que está alterando por completo el tablero geopolítico mundial. En medio de un incipiente mundo multipolar, la visión que se tenga no puede reducirse a lo meramente local. En un mismo mundo compartido, todo tiene relación con todo. Una nueva lectura del relacionamiento internacional pasa por una actualización geopolítica de un mundo en transición. La narrativa actual es geopolítica, pero no una geopolítica provinciano-imperial sino una geopolítica verdaderamente mundial.

Esto nos posibilita advertir también el carácter ideológico, unilateral y hasta plagado de un provincianismo cultural de los marcos teórico-conceptuales de las relaciones internacionales y la diplomacia, como disciplinas sociales. Estas disciplinas tienen una reducida perspectiva europeo-norteamericana, que justifica un excepcionalismo inadmisible hoy en día. La decisiva dependencia que tienen estas disciplinas de la política exterior norteamericana, delata también una profunda ignorancia de otros mundos culturales y civilizatorios que no pueden ser reducidos a la mirada occidental.

Esto nos lleva a advertir que, si el mundo que viene será multipolar, nuestra geopolítica deberá también, acorde con ese nuevo mundo, tener una visión multidimensional de implicancias globales, o sea, deberemos aprender a ver el mundo desde una perspectiva propia. Si los chinos, hindúes, iraníes y rusos, propician think tanks propios, con perspectivas geopolíticas radicalmente distintas a las de europeos y gringos, no menos debemos realizar en este lado del mundo. El asunto, en definitiva es, o producimos una perspectiva propia de lo que sucede en el mundo o nos contentamos con la perspectiva usual, que es la occidental. De una determinada narración se deduce una determinada posición. Si la narración es la decadente, la moderno-occidental, entonces lo que se deduce es la defensa de los intereses y los valores moderno-occidentales. 

El mundo es lo que se interpreta de éste. O descubres el mundo o te lo encubren. La política exterior de nuestros países ha estado siempre constituida a partir de los marcos teórico-conceptuales de la narración geopolítica imperial. Desprenderse de aquello supone producir una nueva narración geopolítica que dé nacimiento a un nuevo tipo de relaciones internacionales. Lo usual en teoría de las relaciones internacionales ha sido siempre la lectura abstracta, descontextualizada, sin historia, usando conceptos meramente formales, que ordenaban un pasivo reacomodo a las situaciones impuestas. La geopolítica parecía patrimonio del centro, por eso hasta la izquierda ingenua entendía ésta como una disciplina imperial (sumidos en la lectura hacia adentro olvidaban a menudo el mundo real en el cual se encontraban).

Las lecturas hegemónico-imperiales están en crisis, develando el provincianismo de la visión del centro ante un mundo de ascensos civilizatorios que no logran comprender. Occidente nunca conoció al mundo, por eso mira atónito el ascenso de las potencias emergentes y descubre que no tiene otra cosa que la fuerza bruta para imponerse. El afamado historiador de la Universidad de Yale, Paul Kennedy, sostiene que los asuntos internacionales no andan bien en el mundo político y social y que incluso estarían comenzando a desmoronarse, tanto institucional como discursivamente. Pero este desmoronamiento lo ve como un atentado al “mundo libre”, es decir, no es capaz de ver que se trata del desmoronamiento cultural-civilizatorio de la propia hegemonía occidental, es decir, el llamado “mundo libre”. 

La conclusión que este tipo de personajes –muy influyentes en ámbitos de poder– presenta, es que el mundo está desquiciado. Esa visión delata a un centro que ya no sabe leer un nuevo mundo emergente. Para Charles Hill, legendario funcionario del Departamento de Estado, el antiguo orden conocido como el siglo norteamericano, que era parte de la era moderna, parece estar apagándose. Su diagnóstico es revelador, pues señala que la era que viene “ya no será moderna”; pero lo que constituiría una esperanza para el resto del mundo pobre, él lo ve como “nada agradable”.

Por supuesto, desde el imperio no es nada agradable perder su preeminencia; por eso hace bien David Brooks (columnista del New York Times) en señalar que el orden moderno al cual se refiere Hill, es un sistema de Estados que encarnan los dos grandes vicios de las relaciones internacionales: el deseo de dominio expansivo y de eliminación de la diversidad. De ello se puede colegir que las mismas relaciones internacionales no fueron nunca concebidas para un mundo multipolar no occidental. Para el imperio, la geopolítica ha sido la defensa exclusiva de sus intereses, a los cuales llama sus valores. Un mundo multipolar y policéntrico es algo inconcebible para la geopolítica imperial, pero una necesidad a ser pensada en la geopolítica de nuestros países. Por eso tiene sentido hablar de una descolonización de la geopolítica.

La transición civilizatoria no puede ser ciega. Advertir el sentido potencial de una nueva reconfiguración planetaria, sin hegemonía única, permite diseñar una nueva fisonomía global más acorde a una realidad diversa y plural. Por eso la visión provinciana de la geopolítica imperial ya no sirve para interpretar el sentido de la transición. La narrativa geopolítica deberá recuperar las historias negadas y los horizontes culturales olvidados. Si el G77, y Bolivia y los países del ALBA, están a la altura de liderar la transición civilizatoria, lo que lógicamente debería acontecer es la posibilidad de fundar, en el mediano plazo, una nueva “Liga de las Naciones” (como reconocimiento además a sus verdaderos inspiradores: la liga indígena Iroquesa).

Si todas las instituciones mundiales ya no cuentan con legitimidad, pues todas ellas responden a la disposición centro-periferia, prototípica de la hegemonía moderno-occidental, la propia ONU debería desaparecer y dar lugar a una nueva y más democrática organización. El G77 contiene la mayor concentración de países miembros de la ONU, por tanto, su legitimidad es considerable. Un nuevo mundo en ciernes no puede amanecer con instituciones arcaicas.

viernes, 13 de junio de 2014

Redefinir la política

El gran arquitecto Louis Sullivan dijo que "la forma sigue siempre a la función". Otros han podido decir que "la forma es la función", o como Marshall McLuhan que  "el medio es el mensaje". En todo caso, la forma de los partidos, conformada por sus necesidades más urgentes en el medio en que se desarrollan, condiciona demasiado su función y su mensaje. 

El peligro que acecha a los partidos que no se consideran un fin en sí mismos (y  esta es la piedra de toque para considerar que un partido pertenece a la izquierda transformadora) es mimetizarse tanto con el medio, tomar una forma tan parecida a la de lo que pretenden transformar, que pierdan la posibilidad de cambiar nada.

Me consta, por experiencia propia, que lo que dice este autor, y lo desmenuza con detalle, es un debate vivo en las fuerzas políticas que se sienten medio y no fin para la transformación (y pienso que para la supervivenvia) social.




Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate
Rebelión

La política siempre ha sido un concepto en disputa. Una disputa que se ha recrudecido en la actualidad debido a la grave crisis de legitimidad que están sufriendo las fórmulas clásicas y ortodoxas de entender lo político. De esta manera, cada día es más notable la desafección popular a una definición de la política que limita la participación democrática al ejercicio periódico del voto en medio de campañas de mercadotecnia, fundamentalmente siempre dentro del ámbito competencial de los estados; que reduce lo político a la dialéctica entre viejas estructuras partidarias, preocupadas fundamentalmente de ocupar el mayor espacio institucional posible; que asume con naturalidad la hegemonía de los grandes grupos empresariales de la comunicación para generar discurso y limitar los debates y agendas; que privatiza las decisiones -en manos de lobbies y de grandes transnacionales- y las aleja de la ciudadanía a partir de estructuras de nula práctica democrática (como el conjunto de la estructura europea, el FMI, el Banco Mundial, el Consejo de Seguridad de la ONU, etc.). Esta es, en definitiva, la democracia de baja intensidad en la que vivimos, y que no es sino la actualización del viejo formato de democracia liberal-representativa, adaptado a una sociedad global en crisis civilizatoria, cada vez más vulnerable, desigual, corporativa, autoritaria y represiva.

1.- Urgencia por acelerar el debate sobre lo político en la izquierda

Ante este panorama, el sentido común nos conduce a pensar que las izquierdas (aquí me refiero a las que explícitamente plantean la superación del sistema múltiple de dominación articulado en torno al capitalismo) deberían estar especialmente empeñadas en revisar radicalmente el terreno de juego en el que se desarrolla la política. Por un lado, porque éste no es coherente con los horizontes emancipadores de democracia participativa que se dice defender; por el otro, porque la política así entendida parece un juego amañado lleno de múltiples, variadas y crecientes trabas para la emancipación.

Efectivamente, este debate sobre lo político ha sido abordado en la izquierda, aunque seguramente con mucha más timidez de la que sería deseable –sobre todo en Europa- a partir de un análisis profundo y serio de la grave situación actual. Así, cuando echamos una mirada global de la larga noche neoliberal que comienza en los 70 -y cuyos devastadores efectos aún estamos sufriendo-, podemos encontrar también señales de una nueva etapa de ampliación del marco de lo político –que algunos y algunas sitúan en la fase de protesta iniciada en el 68-, que se materializa en una multitud de iniciativas que tratan de trascender las formas ortodoxas de entender la participación y la relación entre organizaciones políticas y la ciudadanía. En esa lógica se inscriben la emergencia de muchos movimientos sociales y del movimiento alterglobalizador, los procesos de cambio en América Latina desde finales del siglo XX, así como algunas otras realidades políticas vividas más recientemente en países del Sur de Europa, como Italia o el Estado español. Pero se trata todavía, como decimos, de un fenómeno balbuceante, tímido, que apunta en la dirección de una necesaria revisión del concepto de lo político, pero que todavía no es asumida como prioridad en la agenda de parte importante de la izquierda.

Precisamente este artículo pretende sumarse a las y los que alertan sobre la urgencia por acelerar y profundizar este debate, fundamentalmente por dos motivos. En primer lugar, porque si no somos conscientes de la necesidad de democracia real, aquí y ahora, que intrínsecamente va vinculada a los horizontes emancipadores que perseguimos, estamos condenados y condenadas al fracaso y al alejamiento progresivo respecto a las mayorías populares; en segundo lugar, porque ese hipotético fracaso de la izquierda puede venir acompañado del ascenso de formas de entender la política desde otros parámetros, para nada transformadores, que pueden dar salida a la indignación popular desde posturas de extrema derecha. No hay más que mirar a nuestro alrededor para ser conscientes de que éste es un escenario posible.

Por tanto, no deja de ser llamativo el apego de parte de la izquierda -fundamentalmente de muchos partidos- a las fórmulas clásicas de entender la contienda política en clave de democracia liberal-representativa sobre la cual, empujados por la creciente deslegitimación política, están dispuestos a realizar cambios superficiales o incluso cosméticos, pero no a realizar una revisión integral y radical. En este sentido, la estrategia política pareciera pretender avanzar en la superación del sistema, pero fundamentalmente desde dentro del terreno de juego que el propio sistema propone y adultera. Para ello, se espera que la deslegitimación antes señalada afecte única y principalmente a los defensores del statu quo, mientras que la izquierda acumularía fuerzas desde el reconocimiento social de su honradez y de sus propuestas más humanas.

Por el contrario, no se toma en consideración la idea de que la crisis de identidad de la política bien pudiera llevarse por delante todas las dinámicas y a todos los agentes que participan de este denostado enfoque político, incluidos también los de izquierda, incapaces de ofrecer alternativas a estas fórmulas decadentes de entender el poder y la participación. O bien que sin barrerlos completamente, la deslegitimación les afectara suficientemente como para mantenerlos en un lugar de cierto espacio político, pero siempre menor y controlado.

Ambos escenarios son perfectamente viables, a la luz de los últimos acontecimientos en países de Oriente Medio, Ucrania o Europa, por poner sólo algunos ejemplos recientes. En este sentido, un ejercicio crítico y autocrítico del desafío que supone hoy en día lo político se convierte en estratégico, si queremos responder con nitidez a la crisis civilizatoria actual, y hacerlo desde claves emancipadoras.

2.- Análisis de la política entendida por parte de la izquierda clásica

En definitiva, es necesario revisarlo todo para plantear un terreno de juego político alternativo para la izquierda, alejado de purismos pero también de la miopía del esto es lo que hay en el que algunas y algunos están asentados. Desde esta premisa, pasamos a continuación a bosquejar un diagnóstico crítico y autocrítico de las tendencias que la izquierda más clásica ha priorizado a la hora de entender lo político.

2.1. Primera tendencia: primacía de lo electoral e institucional

La primera de ellas es la primacía que se otorga a lo electoral y a lo institucional como objetivos políticos fundamentales. Por supuesto, se realizan llamados a tomar la calle, a la movilización y a la participación popular, e incluso se desarrollan actividades en este sentido. No obstante, la vocación principal y lo que marca el tempus político son precisamente las elecciones y lo que se centra en los espacios políticos oficiales, las instituciones.

Esto tiene una serie de consecuencias para la acepción ortodoxa de política. En primer lugar, el voto se convierte en el principal indicador de éxito o fracaso de la izquierda, en la medida de su músculo político y en el término fundamental de comparación respecto a otras fuerzas políticas. Esto reduce la relevancia –e incluso entra en contradicción- de otros posibles indicadores y objetivos, como por ejemplo la acumulación de fuerzas, la activación sólida de una base social fuerte y concienciada, el desarrollo de estrategias de participación activa y de calidad, o la construcción colectiva de agendas alternativas. Por lo tanto, el conjunto de la estrategia política -que incluye las metas y los procesos y acciones contempladas para alcanzarlas- está supeditada al ritmo electoral-institucional. Así, puede haber otros objetivos más allá del voto, pero casi siempre subordinados a éste y definidos en función de éste, de sus lógicas y ritmos, lo que genera una política más bien concebida desde el corto plazo, desde lo inmediato, desde la eficiencia y eficacia en los comicios, en desmedro de un enfoque más amplio de la política y de una estrategia para el largo plazo.

En segundo lugar, la primacía de lo institucional y los ritmos electorales generan que la política se circunscriba fundamentalmente a los actores que participan en las instituciones, que por definición son los partidos políticos, siendo la ciudadanía más un mercado de votos que el sujeto político fundamental. Nadie en la izquierda reconocería públicamente esta afirmación, pero la observación de la práctica política se asemeja más a esta idea que al reconocimiento del pueblo como sujeto político, lo cual conllevaría otro tipo de enfoques de relación de organizaciones políticas-mayorías populares. De esta manera, la política sería sobre todo un coto privado de unos actores determinados que pugnan por captar en el corto plazo y con inmediatez el voto de dichas mayorías populares. En este sentido, no hay un diálogo preferencial con éstas, ni una concepción de la política como construcción de ciudadanía, de trabajo en ella, con ella, desde ella y para ella. Al contrario, la política más bien consiste en la difusión de mensajes y discursos para atraer y conseguir el apoyo electoral de dicha ciudadanía, a la que no se busca de manera preferencial en el día a día y de la que en cierta medida se desconfía de sus capacidades.

Esta prioridad por la pugna por el voto con otras fuerzas políticas, frente al diálogo y a la construcción de política junto a las mayorías populares, tiene también dos consecuencias en la concepción de la política de la izquierda clásica: una, para los partidos de izquierda es más importante la posición que ocupan en términos relativos frente a otros partidos que la cantidad de apoyo popular alcanzado y la calidad de éste, ya que su objetivo fundamental es copar el mayor espacio institucional posible. En este sentido, la lógica de contrapoder social y de ampliación de los espacios alternativos y confrontados con el sistema tiene una importancia menor -y subordinada- a la realmente importante, que es la de poder institucional como palanca para generar cambios. De ahí, por ejemplo, la relativamente escasa importancia que se da a la abstención (absoluta ganadora de la mayoría de los comicios) dado que interesa más situarse por encima de otros que mantener un diálogo permanente y progresivo con la sociedad, no directamente vinculado al voto en el corto plazo; y dos, la concepción de lo político como coto privado de pugna entre fuerzas diferentes provoca que el mensaje trasladado por la izquierda clásica se formule principalmente en relación al de los adversarios, más que en función de una agenda propia bien definida y construida colectivamente. Esto es, los mensajes buscan más diferenciarse y aprovechar oportunidades respecto a otros, ser un poco más (rojo, verde, violeta, arcoíris, etc.) pero no lo suficiente como para ser considerado radical y perder votos, que plantear una agenda propia y colectivamente formulada y pensada como un programa de transición hacia los horizontes emancipadores que se persiguen.

Estas son por tanto algunas de las consecuencias destacadas de la tendencia de asumir con ámbito fundamental y como meta estratégica lo electoral y lo institucional: la política como disputa de partidos por ocupar espacios institucionales, para lo cual se prima la captura del voto como medida de progreso y avance. Lo electoral por tanto es hegemónico y toda la estrategia política está subordinada al voto, para lo cual se prima el corto plazo, lo inmediato y el mensaje político en relación al de los demás, más que el horizonte propio y construido junto a las mayorías populares. De esta manera, y más allá de retóricas varias, lo electoral-institucional pasa de ser el medio a ser, en la práctica, el fin político, única forma de avanzar en transformaciones futuras.

2.2. Segunda tendencia: medios de comunicación masivos como escenario

Una vez que ya hemos analizado las implicaciones derivadas de las prioridades estratégicas electoral-institucionales, la pregunta a la que ahora debemos responder es: ¿Cuál es el escenario en el que se entiende la disputa por alcanzar los objetivos políticos? Ahí reside precisamente la segunda tendencia de la concepción de la política por parte de la izquierda clásica, y es que al igual que el resto de fuerzas políticas, entiende que los medios de comunicación masivos son el escenario prioritario de pugna y de debate.

Por supuesto, y al igual de lo que decíamos antes respecto a la combinación de la primacía de lo institucional con llamados a la movilización popular y a la calle, aquí también se comparte una crítica a los grupos empresariales de la comunicación –incluso un apoyo a los medios alternativos- con una asunción de que la política es fundamentalmente una cuestión de comunicación, y que ésta se desarrolla en dichos grupos hegemónicos.

Esta segunda tendencia ahonda algunas de las características ya apuntadas en el análisis de la primacía de lo electoral-institucional, generando a su vez nuevas implicaciones para lo que se entiende como política. En primer lugar, la política se convierte en una dramatización en los grandes medios donde el coto privado de la política -los partidos- emite mensajes con el objetivo de conseguir el mayor número de votos posibles. La izquierda clásica también se suma, con mayor o menor recelo, a este tipo de política-escenificación, siendo así que la estrategia política se ve constreñida fundamentalmente a la lógica institucional, desde la hegemonía de lo comunicacional.

En segundo lugar, la política se reduce a los temas que los propios medios de comunicación priorizan, limitando notablemente la diversidad y amplitud de una agenda política emancipadora. De esta manera, por la propia dinámica comunicativa actual, y en función de los intereses de los medios –recordemos que son grandes grupos empresariales- el debate político escenificado queda reducido a lo que éstos consideren prioritario, que suelen ser un número pequeño de asuntos, quedando el resto subordinados, marginados u olvidados. De esta manera, la izquierda clásica centra sus mensajes en aspectos específicos, muy relevantes pero limitados, (crisis, paro, autodeterminación), ahondando en la costumbre natural de arrinconar asuntos feministas, internacionalistas, ecologistas, sobre democracia radical o sobre una economía alternativa en sentido más amplio, etc., para los días de guardar (días internacionales de los más variados asuntos) y a oportunidades específicas que atraen la atención mediática. Esto supone, como decimos, dar una vuelta de tuerca más a una de las principales críticas realizadas habitualmente a la izquierda, que no es sino la ausencia de una agenda amplia, radical e inclusiva, así como la consideración de un sujeto múltiple y diverso de transformación.

En tercer lugar, y además de limitar el alcance y la diversidad de la propuesta política hegemónica en la izquierda, esta política-escenificación adecua el mensaje a las lógicas de inmediatez y simplicidad de los grandes medios de comunicación. La política se convierte entonces en una dinámica de repetir machaconamente mensajes simples para una ciudadanía de la que se desconfía -como ya hemos dicho antes-, y a la que se infantiliza en lo referente a sus capacidades políticas –infantilismo en el que la izquierda redunda con el tipo de mensaje que se emite- (algunas canciones de King África tienen más matices que los discursos de muchos políticos profesionales de izquierda). Estos mensajes, además de simples, deben ser elaborados con inmediatez, para tratar de ser los primeros en dar respuesta a cualquier tema que surja en los medios y llevar por tanto la delantera al resto.

Por último, y en cuarto lugar, la política-escenificación centra -más bien derechiza- el mensaje político alternativo de izquierdas, dentro de esa lógica antes apuntada de diferenciarse del resto, ma non troppo. Así, si aceptamos la búsqueda de votos y la meta de ganar espacios institucionales como prioridades; si aceptamos la confrontación con otros partidos como marco fundamental de la política; si aceptamos los medios de comunicación como el escenario de dicha confrontación, en una agenda definida por los principales grupos mediáticos; y si asumimos como natural la infantilización de la ciudadanía y la necesidad de trasladar mensajes fáciles, simples, de consumo inmediato, la lógica nos conduce naturalmente a centrar el mensaje en la búsqueda del voto. Así, la izquierda, en su confusión sobre quién es el actor fundamental (el pueblo o los partidos), y en su búsqueda de votos más allá de su referencia natural -los y las convencidas-, prefiere buscar un supuesto centro político que por ejemplo atraer a la abstención activa de izquierdas o la de trabajar porque el centro de la ciudadanía se sitúe en la izquierda, lo cual le exigiría una estrategia diferente y de largo plazo. Así, se centra el mensaje para atraer a más ciudadanos y ciudadanas, en vez de tratar de radicalizar a la sociedad.

En definitiva, y como hemos visto, esta segunda tendencia apuntala algunas de las implicaciones ya señaladas en la apuesta prioritaria por lo electoral-institucional, pergeñando así un enfoque de política que todos y todas conocemos muy bien: un coto privado de los partidos, que compiten por la búsqueda del voto y por copar espacios institucionales, que desarrollan su estrategia principalmente en los medios de comunicación, y que para ello reducen, simplifican y derechizan su mensaje.

2.3. Tercera tendencia: estructuras y liderazgos eficaces para el voto

Finalmente, y cerrando el análisis de las principales tendencias de la concepción de política de la izquierda clásica, centrémonos ahora específicamente en los actores prioritarios de este enfoque de la política -los partidos- y en aquéllos que los lideran. De esta manera, destacaríamos como tercera tendencia la preferencia por estructuras y liderazgos basados en una mezcla de eficacia comunicativa, conocimiento intensivo del coto privado de la política, y capacidad de gestión táctica del mercado electoral.

De alguna manera, y como es lógico, se busca una coherencia entre la agenda política priorizada y el tipo de organización que la sostiene y defiende. Así, la estructura partidaria se pone al servicio de la dinámica electoral-institucional-comunicacional, y se prima por encima de todo la capacidad para responder a la coyuntura definida por los mass media. Los equipos de comunicación toman un poder fundamental en el conjunto de las organizaciones y se recrudece la tensión entre democracia (decisiones colectivas, formación y debate, trabajo de base y de articulación) y eficacia (agenda reactiva, respuesta rápida, mensajes simples y de impacto inmediato, política a corto plazo y desde lo visible y tangible), siendo la eficacia la vencedora en la mayoría de las ocasiones. En ese sentido, no es la democracia lo que suele primar en este tipo de organizaciones políticas, ya que están concebidas más como herramientas para alcanzar cuotas de poder institucional y así llegar a cambiar las cosas en un futuro, que como actores que participan en la construcción de poder social, aquí y ahora, que dispute espacios al sistema en todos los terrenos.

En este sentido, los liderazgos que se buscan son aquéllos capaces de aportar un valor añadido en este tipo de estructuras. Así, en primer lugar, se prima a aquéllos (aquí no utilizamos el aquéllas, ya que los liderazgos son mayoritariamente masculinos) con capacidad de respuesta en los medios de comunicación, y de vencer en el debate dialéctico a otras fuerzas políticas. En segundo lugar, se prima a quienes manejan, conocen en profundidad y se mueven con facilidad en el coto privado de la política, esto es, los partidos y las instituciones, de manera que se valora especialmente al político profesional, al político de carrera, capaz de buscar consensos y disensos cuando sea necesario, a partir de las fraternidades y relaciones generadas dentro de dicho coto privado. Por último, se valora también la capacidad táctica para plantear ideas y propuestas que lleven a la organización al objetivo máximo -que no es sino el voto-, y que permitan aprovechar las oportunidades tendidas en el marco electoral-institucional-comunicacional.

Con esto terminamos el bosquejo de las principales tendencias en la concepción clásica de la política por parte de una parte de la izquierda. Vemos que la agenda y propuesta política básica (primera y segunda tendencia) es coherente con una estructura y un tipo de liderazgo establecido en función del voto (tercera tendencia), y que por tanto ven como algo natural el desequilibrio entre lo dicho y lo hecho, el hoy y el mañana, lo que hago en la organización y lo que propongo para la sociedad. Esa notable asimetría entre discurso y práctica es también una de las características de estas organizaciones políticas, algo que ya denunció hace mucho Gramsci al señalar que "los grandes proyectistas charlatanes son charlatanes precisamente porque son incapaces de ver los vínculos de la gran idea lanzada con la realidad concreta, no saben establecer el proceso real de actuación".

3. Reflexiones finales: la política como pedagogía y como participación

Acabamos el artículo exponiendo cuatro reflexiones finales, que confiamos que puedan servir como insumo al debate en torno a otra política necesaria. Un debate estratégico y urgente, en el que deberíamos trascender el estrecho margen de lo político y, como dice Boaventura de Santos, “ampliar la democracia”.

En primer lugar, queremos destacar que la profunda crítica realizada en el apartado anterior no es un ejercicio de maniqueísmo entre lo bueno y lo malo. Al contrario, se trata de un asunto de intensidad. Esto es, no se pone en duda que lo electoral tiene su relevancia; ni que las instituciones también pueden ser un territorio en disputa y un actor en la construcción de procesos emancipadores; ni que la comunicación es un elemento estratégico de cualquier estrategia política; ni que el corto plazo también pesa en el desarrollo de la misma. Lo que se cuestiona es la prioridad que se da al conjunto de estos elementos, a la intensidad y al enfoque con la que se asumen, que impiden en la práctica –aunque no de manera retórica- impulsar una concepción de la política en otros términos más coherentes con lo que se dice defender. Se ha realizado, a nuestro entender, una inversión de medios y fines. No se ha sabido así poner en práctica otra política para otra agenda alternativa, y se ha terminado asumiendo, más o menos conscientemente, el terreno de juego adulterado como el único en el que jugar, con cartas trucadas y en un escenario que ahonda la separación entre la izquierda y las clases populares.

En segundo lugar, como acabamos de decir, las formas clásicas de la política no sólo ahondan en la lejanía entre ciudadanía y partidos políticos, sino también la que hay entre éstos y el movimiento popular en su diversidad. De esta manera, la ciudadanía ve a los y las políticas –a los y las de izquierda también- como personajes que habitan un mundo cerrado –el coto privado de la política-, siendo el único papel de la sociedad elegir y confiar en los mensajes y en las prácticas de unos frente a las de otros, sin apenas tener la oportunidad de participar en la construcción de propuestas, sin capacidad de elegir candidaturas, sin capacidad de decidir sobre temas estratégicos que afectan a la vida de todos y todas, sin tener una relación y alianza estable con las organizaciones políticas de izquierda. Ante ello, se suele aducir que existe una realidad de despolitización de parte importante de la sociedad, o se arguye sobre la victoria cultural de principios capitalistas como el individualismo –cuestiones que en parte son ciertas-, pero no se ahonda mucho en la responsabilidad de la izquierda en ese sentido, si realmente ha hecho todo lo posible por evitarlo y contrarrestarlo –creemos que no-.

Esta desafección general respecto a las mayoría populares también ha hecho mella en la relación entre partidos y la sociedad organizada y movilizada –los movimientos sociales-, dado que los ritmos y las exigencias de la política clásica, así como sus prioridades, ha conducido a que los partidos han considerado a los movimientos simplemente como correas de transmisión de sus mensajes, sin generar alianzas ni trabajos colectivos conjuntos y estables. A su vez, esta concepción errónea de primacía del partido frente al movimiento ha abonado el terreno para, en el sentido opuesto, generar un tipo de militancia social que rechaza de plano relación alguna con los partidos ni las instituciones.

Finalmente, y dentro de esta segunda reflexión sobre lejanías y desafecciones, esta forma de entender la política es incapaz de aglutinar al sujeto múltiple diverso. Mucho se podría hablar sobre esta cuestión respecto a varios actores y sujetos marginados del mainstream de la izquierda, pero quisiéramos detenernos en uno de los más lacerantes: el feminismo. Desde un análisis feminista, es bastante lógico que se sienta distancia, lejanía e incluso animadversión ante una política que utiliza al movimiento social como correa de transmisión y que no respeta su autonomía (prioridades y tiempos de la política clásica); que prima siempre otros puntos de la agenda, mientras que la feminista siempre está subordinada y devaluada (agenda reducida); que busca liderazgos de masculinidad hegemónica, capaces de responder a la gestión de la política clásica, plagada de fraternidades y expertise acumulada en los pasillos (patriarcado organizativo); y que fomenta estructuras políticas verticales, en lo que lo personal no es político, en el que lo organizacional no es político, sino que más bien se consideran purismos y puerilidades que rompen la unidad y atentan contra la eficacia. No es por tanto extraño que este tipo de política sea una máquina de expulsar feministas, y por tanto de conducir la política a los terrenos de la mediocridad de la agenda y el mensaje único. En todo caso, parece bastante complicado avanzar en términos emancipadores sin ni siquiera hacer el necesario esfuerzo de aglutinar al conjunto de fuerzas, actores y agendas radicales y alternativas, en los que el feminismo –pero también el ecologismo, el internacionalismo, etc.- juegan un papel fundamental.

En tercer lugar existen notables dudas de que la estrategia de primacía de lo electoral-institucional-comunicacional sea eficaz para la consecución de sus objetivos estratégicos -victoria institucional como medio para generar cambios-. Primero, porque el sistema establece múltiples trabas para obtener una victoria electoral; segundo, porque sólo el necio confunde el gobierno con el poder, al igual que decía Machado para quienes confunden “valor y precio”, con lo que una hipotética victoria parcial no significa ni mucho menos avanzar en términos de emancipación; tercero, porque una hipotética victoria institucional sostenida simplemente sobre el voto y no sobre un proceso colectivo popular amplio que lo sostenga, es una victoria vulnerable; cuarto, porque alcanzar un gobierno sin agenda política clara –dentro de esa política reactiva de no tener programa de transición formulado colectivamente- puede conducir, sin dicha base social activa y consciente, a una derrota y descomposición importante del proyecto alternativo –una victoria mal gestionada augura muchos años de derrota-; y quinto, la limitación de lo político a la dimensión estatal y local (donde están los votos), marginando la regional y global, genera una vulnerabilidad extra a la hora de enfrentar al sistema desde todos sus niveles de actuación. Por tanto, no se trata ya sólo de que existan dudas sobre la coherencia en este tipo de estrategia política y los objetivos de emancipación. También existen dudas de si es posible y eficaz centrar los esfuerzos en estas claves clásicas, cuando no hay garantía alguna de éxito en el largo plazo.

Por último, y en cuarto lugar, abogamos por una concepción de la política que abogue por otras prioridades y desde otros parámetros. Al igual que Magdalena León habla de que es necesario “descentrar los mercados” para avanzar en una economía para el Buen Vivir, necesitamos descentrar las tendencias clásicas de la política si queremos avanzar en términos emancipadores. En este sentido, y sin olvidar que se trata de un asunto de intensidad -y no de hacer tabla rasa con lo clásico-, debemos establecer otras prioridades estratégicas, debemos generar otros escenarios en los que prioritariamente desarrollar la política, y debemos ampliar el marco de lo que se considera actor político.

En este sentido, apostamos sobre todo por un enfoque de lo político que tome como meta la construcción de contrapoder social, de disputa integral de espacios aquí y ahora, en una lógica de transición emancipadora. Esto exige, en primer lugar, una concepción de lo político hacia el medio y largo plazo, pero desde lo concreto e inmediato. Es necesario así superar la charlatanería de la que hablaba Gramsci, y vincular el hoy con el futuro. Esto es, partir de que la emancipación -la superación de toda asimetría y subordinación- exige ganar espacios ahora, pero con la mirada puesta en el largo plazo. En segundo lugar, exige una mirada de proceso, en el que el indicador no puede ser el voto sino el avance precisamente en ese proceso de transición, en avanzar en la consecución de espacios, en la generación de ciudadanía crítica, activa, movilizada y organizada. En tercer lugar, exige una apuesta inclusiva, ya que todas las asimetrías -raza, género, clase, etc.- deben ser contempladas y tienen igual valor. Y en cuarto lugar, exige una mirada amplia de lo político, no circunscrita a lo institucional, sino que inclusiva con lo considerado habitualmente social.

Situar lo dicho en el párrafo anterior como objetivos –sin menoscabo de entender lo electoral e institucional como herramientas, al revés de lo que ocurre generalmente- supone también redirigir la estrategia política y el escenario en el que ésta se desarrolla. Así, la izquierda debe entender que la sociedad, las mayorías populares, son su prioridad, y que en su seno es necesario construir contrapoder. La referencia no son por tanto el resto de fuerzas políticas, ni el coto privado de la política, sino que dichas mayorías deben ser el terreno de juego fundamental de la izquierda para avanzar en el programa de transición post-capitalista y post-Sistema Múltiple de Dominación. A partir de ahí, la estrategia debería estar cimentada sobre el principio de pedagogía política. Esto es, la labor fundamental de las organizaciones políticas debe ser la de hacer pedagogía a favor de la puesta en práctica de un programa emancipador de transición, construido desde claves alternativas (no esperando a un futuro ideal) y con la mirada puesta en hacerlo junto, desde y para dichas mayorías. Así, la prioridad otorgada a la pedagogía política exige, en primer lugar, primar la práctica de la participación activa y de calidad, posibilitando la participación de la clase trabajadora en la construcción del programa de transición; exige, en segundo lugar, hacerla partícipe también de la vida interna de la organización, de candidaturas, procesos y decisiones; exige, en tercer lugar, fomentar la formación política, algo estratégico ante el posible conflicto entre decisiones amplias y programa de emancipación; exige, en cuarto lugar, descentrar las instituciones y generar poder social en todos los ámbitos (económico, cultural, social, etc.), ampliando el concepto restrictivo de lo político; exige, en definitiva, generar una identidad, una cultura alternativa, unida en la diversidad, que aglutine a las mayorías sociales en pos de objetivos comunes.

Por último, y ya hablando de las estructuras necesarias para llevar a cabo estas estrategias, es importante tener claro que lo político no es coto privado de los partidos, siendo necesario el reconocimiento de múltiples experiencias sociales, de muy diverso tipo, como actores políticos de primer orden. Así, sólo desde la articulación de todos estos actores, sin jerarquías, y cada cual desde su identidad, podremos plantear otra política alternativa. Partiendo de ahí, las organizaciones políticas, sean del tipo que sean, deberían entenderse internamente como espacios de puesta en práctica de la sociedad que quieren, fomentando así una cultura organizativa radicalmente democrática y feminista. A su vez, deberían entender la política en sentido amplio, y desde su responsabilidad como agentes pedagógicos para la construcción de una cultura alternativa que genere contrapoder y que permita vencer, en el futuro, sí, pero desde ahora, desde aquí.

Estas son algunas de las reflexiones que confiamos sirvan de insumo a este debate estratégico sobre la política. El mismo se va a dar, se está dando, con la izquierda y sin la izquierda, pero creemos fundamental que ésta esté, sea autocrítica, y sea capaz de sentar las bases para otra política en este momento histórico de bifurcación, de crisis civilizatoria, donde el margen de lo posible se amplía. Ampliémoslo, es necesario y urgente.  



martes, 10 de junio de 2014

Sobre matemáticas y modelos

El domingo 11 de mayo el colectivo Post-Crash Barcelona se reunió por primera vez. El lunes anterior, estudiantes de todo el mundo habían denunciado la situación de las facultades de economía con un manifiesto en defensa de la pluralidad. Los estudiantes pedían cambios en la disciplina, después de ver cómo llegaba la actual crisis económica sin que nadie fuera capaz de evitarla.

"Tendríais que fichar a algún marxista", decía a los profesores de economía el anterior rector de la Universitat Pompeu Fabra. Varios profesores que defienden otra forma de enfocar su disciplina se suman al manifiesto de los estudiantes y explican cómo  se encuentran marginados dentro de una visión monolítica de la economía. Desde exrectores hasta académicos activos en movimientos sociales, comparten la reivindicación contra esa visión única.

Albert Recio, profesor de economía aplicada en la Universitat Autònoma de Barcelona afirma: "La ciencia económica es autista, no tiene en cuenta ni los elementos que vienen de las ciencias naturales –sostenibilidad, problemas ecológicos–, ni las perspectivas de otras ciencias sociales, como la psicología", asegura.

"Estamos convencidos de que la perspectiva dominante no interpreta la realidad, que los estudiantes terminan sin saber analizar, con muchos sesgos", explica Cristina Carrasco. "La economía (...) es una ciencia social y aquí hay mucha ideología, y puedo hacer una economía con unos objetivos u otros", sentencia. "Estos pueden ser que las entidades bancarias sigan ganando o pueden ser objetivos enfocados a las personas, y entonces te preocuparás por otras cosas"

En el artículo al que más abajo me refiero, y del que reproduzco un pequeño fragmento, expresan sus opiniones Arcadi Oliveres, Carlos Berzosa, Cristina Carrasco, Joan Tugores, Albert Recio, Elisenda Paluzie, Miren Etxezarreta, Vicente Ortún, Jordi Massó y Laura de la Villa.

La magia de los modelos matemáticos ha encandilado a los economistas, como a otros científicos que tratan sobre fenómenos complejos. Tal vez olvidan que la selección de las variables es la base del éxito del modelo, o creen que han dado con las variables esenciales.

Pero la realidad nunca es el modelo. Es más compleja, hay otras variables y la selección tiene una base ideológica inevitable. Además las variables fluctúan en importancia en diferentes condiciones. Fluctuaciones en el análisis de los expertos, pero también en la psicología y el conocimiento de los actores.

El afan por crear modelos y luego adorarlos es una flaqueza humana muy relacionada con la idolatría primitiva. Pero un modelo es un modelo y nada más. La elegancia matemática olvida que somos nosotros los que dotamos de vida al muñeco.

¡Habla! gritó Miguel Ángel a su Moises, con retórico entusiasmo. Y otros fabricantes de dioses de madera o piedra los han adorado en todos los tiempos, convirtiendo su habilidad en fe.

Es cómodo y humano creer en la propia obra. Aislarse en la belleza del patrón que hemos construido o contribuido a perfeccionar y no salir de ese encierro. 

La búsqueda de otros puntos de vista debe hacernos humildes, y acertaremos más.

El análisis de una realidad cada vez más poliédrica ha revelado la necesidad de combinar distintas técnicas de indagación para lograr hallazgos complementarios y desarrollar el conocimiento relativo a un determinado objeto de estudio. A este proceso de combinación se le denomina triangulación. Su origen remoto está en el principio básico de la geometría según el cual distintos puntos de vista permiten una mayor precisión en la observación

Se ha llamado pensamiento convergente a la habilidad para dar la respuesta "correcta" a preguntas estandarizadas que no requieren significativamente de creatividad. Por contra, el pensamiento divergente, busca alternativas o posibilidades creativas y diferentes para la resolución de un problema. 

Ambos se complementan. El Pensamiento critico resolverá los problemas con creatividad más eficiente en la toma de decisiones, buscando respuestas con un pensamiento no lineal.

La dinámica de la economía real no es un mecanismo de relojería, con piezas móviles pero estructura fija. La ciencia económica, como ciencia social, tiene grandes márgenes para la incertidumbre. Es provisional y cambiante, y se transforma como el ser humano que la construye, en función de sus relaciones y correlaciones y de sus ideas mudables.

Debemos ir hacia una economía integradora, no centrada en ese constructo ahistórico (en su análisis, no en su génesis) que es el homo œconomicus.

Dialéctica...







eldiario.es
Reflejo de un cambio político

Las diferentes voces coinciden en señalar el cambio hacia estas posturas en las facultades de economía con el cambio político que se da a partir de los años 70 con el triunfo del neoliberalismo y las teorías de Milton Friedman. Miren Etxezarreta, catedrática emérita de economía en la UAB y fundadora del Seminario de Economía Crítica Taifa, es contundente al respecto: "Siempre se ha dicho que la universidad debería ser el espíritu crítico de la sociedad, pero dudo que nunca haya sido así", sentencia.

Desde este punto de vista, Etxezarreta considera que "desde los 70, cuando se impone el neoliberalismo, no es que se transforme la universidad en algo que no era, sino que  triunfa el capitalismo globalizado".

"Friedman publicó su primera abre el 1953 y entonces el crítico era él, aunque desde la derecha, pero fue avanzando, se apoyó en Pinochet y Videla, y ya en los 70 se formalizó la escuela del neoliberalismo", explica. "Y aquí se dio una connivencia de todo, porque a finales de los 70 llegó Thatcher al poder, y luego Reagan, y ahí llegó el triunfo definitivo, porque  antes había apoyado las dictaduras del sur, pero entonces pasó a estar con las grandes potencias", sigue.
"La universidad siempre ha sido una institución del poder, aunque según las relaciones de fuerza ha tolerado en su seno más o menos perspectivas críticas", explica la catedrática."Personas como Sacristán, Oliveres, Recio o yo misma somos como los 'pepitos grillos' que la universidad ha tolerado para legitimarse ante la sociedad", añade.

lunes, 9 de junio de 2014

La manipulación en la televisión

José López Sánchez publicó en su blog, y lo recogió Rebelión, un artículo sobre la manipulación en la televisión, donde analizaba la cobertura del 22M en el programa La Sexta Noche. Escojo un solo párrafo de ese artículo.

Después del éxito electoral de Podemos, adquieren relieve algunas de las cosas que allí se decían. ¿Volverá Pablo a esas tertulias? Pues... solamente depende de las estrategias que interesen a los dueños del medio y sus compañeros de oligarquía. Si ven en ello una manera de debilitar o dividir a la izquierda, lo llamarán. Si lo consideran demasiado peligroso, no sólo lo mandarán al ostracismo, sino que irán a por él.

Pablo se medía mucho en las cosas que decía. Tal vez hizo bien. Ahora tendrá que afinar aún más si quiere ser útil al movimiento que ha propiciado y a la izquierda en general. Estoy seguro de que sus apariciones, directas o en comentarios y noticias sobre él, serán la piedra de toque de su sinceridad política y de su aportación a la causa que dice defender.


La desinformación consiste básicamente en transmitir opinión disfrazada de información.

En de la desinformación analizo detalladamente estas técnicas de manipulación informativa, para el caso concreto de la cobertura mediática de la Venezuela de Chávez. Otra cosa realmente llamativa es que no se da voz en estos programas a la ciudadanía. No se ofrece la posibilidad de que cualquier persona pueda formular preguntas o expresar opiniones. Son debates controlados, cerrados, donde sólo pueden participar los contertulios, los cuales son casi siempre las mismas personas. Yo creo que Pablo Iglesias, por lo menos, debería haber dicho, aunque sea de la manera más suave posible, que no comprendía por qué no se había invitado a ningún organizador del 22M. ¿No hubiera sido esa crítica al programa interesante para el espectador? ¿No podría haber ayudado a muchos ciudadanos a despertar, por lo menos a empezar a hacerlo? Tal vez Pablo tenga miedo de que al hacerlo deje de ser invitado al programa. Pero entonces surgen las preguntas: ¿hasta qué punto está dispuesto a llegar para seguir estando ahí?, ¿cómo evitar pasar de combatir al sistema a convertirse en un servidor involuntario del mismo? Imaginemos que Iglesias se atreve a decir esa obviedad obviada por el resto de sus contertulios, que se atreve a decir que no entiende por qué no hay ningún organizador del 22M que pueda hablar por sí mismo para explicarse, e imaginemos que a la semana siguiente ya no es invitado a dicho programa, ¿no podrían así muchos televidentes darse cuenta de que aquí algo falla, no les ayudaría a empezar a cuestionar los medios?, ¿no sería eso más útil que seguir acudiendo semana tras semana para ser “linchado” en público?

Elecciones bajo la sombra de Ucrania

Este artículo se publicó el día de las recientes elecciones al Parlamento Europeo.

Consumatum est, así que "daremos lo no venido por pasado". 

Ya es pasado: "hoy es siempre todavía". Las placas tectónicas siguen su curso. La sensación es que nada puede detener su avance.

El optimismo de la voluntad consiste ahora en seguir frenándolas, como el Viejo Tonto que removió las montañas del cuento chino. Nuestro viejo lenguaje modelo Domund, con sus chinitos y sus negritos, desprecia los cuentos chinos.

Pero unos seres insignificantes, las algas azules, cambiaron la atmósfera terrestre hace miles de millones de años. Lo hicieron a lo largo de mucho tiempo. Nosotros no tenemos tanto...



La Vanguardia

Al cierre de los colegios se constatará la inercial disciplina del rebaño europeo ante un retroceso de civilización

De las dos elecciones celebradas hoy en Europa, la importante es la de Ucrania. Las sombras de Ucrania cubren el cielo sobre toda Europa, incluida la mamarrachada electoral de Bruselas en la que se ha hecho ver que todo sigue más o menos igual que siempre.

La prédica que ha venido haciendo estos días Rasmussen, el secretario general de la OTAN, pidiendo más dinero para “defensa” (guerra) en los países del Este, debe leerse sobre los datos de la “crisis”, es decir sobre el gran propósito involucionista en marcha en Europa para alterar lo que ha sido el fundamento del consenso europeo de posguerra y llevarnos a otro modelo de mucha mayor desigualdad e injusticia social que recuerda al del siglo XIX. Un retroceso de civilización.

Lo de Ucrania, que empezó en invierno sobre el triple vector de una protesta ciudadana contra la injusticia, una lucha entre oligarcas locales y un pulso geopolítico entre Euroatlántida contra Rusia, ya está completamente dominado y determinado por el tercero de esos vectores. La dignidad del movimiento ciudadano ucraniano se ha perdido por completo por el camino.

La rebelión de un importante sector de la población –ahora del Este- está siendo aplastada militarmente. Su contenido se reduce a la “mano rusa”, ignorando el sentir de millones de rusos de Ucrania y de ucranianos no hostiles a Rusia que desconfían de Euroatlantida. Por primera vez desde la autodisolución de la URSS, esos sectores no están representados. Cuatro candidatos han sido obligados a renunciar. En la Rada, los diputados que han cuestionado lo que se califica de “operación antiterrorista”, han sido agredidos. Se pide la ilegalización del Partido Comunista, que en absoluto es “quinta columna” de Moscú en Ucrania. Todo aquello que fue condenado en el Maidan como represión es ahora legítimo, incluido los mismos oligarcas con disciplina cambiada y una cifra de muertos más elevada, ya no a manos de antidisturbios sino del ejército. En lugar de fomentar un diálogo apaciguador, se apoya la represión (con directo asesoramiento occidental) para celebrar unas elecciones (¿qué garantías tiene su recuento?) que legitimen el cambio de régimen en Kiev.

El próximo presidente ucraniano será un oligarca -la séptima fortuna del país- cuya única diferencia con su predecesor será una servidumbre a Euroatlántida (Estados Unidos, la OTAN y la troika) mucho más disciplinada que el anterior tradicional equilibro. Roto este, por el cambio de régimen forzado desde Washington, Varsovia, Berlín y Bruselas, se precipitaron la anexión rusa de Crimea, la guerra en Ucrania Oriental, y significativos cambios de la orientación de Rusia hacia China.

Si la política interior del Imperio del Caos es la Gran Desigualdad, su política exterior europea es lo que se está viendo en Ucrania: una presión que desemboca en guerra. Son dos cosas que van unidas. En ese modelo no hay apenas lugar para la democracia de baja intensidad (aquella en la que el “demos” nunca decide nada esencial) pero sí hay un gran espacio para las ideologías agresivas y para la guerra.

Muy significativo ha sido el silencio occidental sobre la masacre de adversarios del gobierno de Kíev en Odesa el pasado 2 de mayo (por lo menos 50 personas abrasadas por sus contrincantes), la detención de periodistas de medios rusos en Ucrania Oriental, uno de ellos herido de bala, la muerte de un reportero italiano y la criminalización de la opinión que contiene el hecho de que uno de los rusos sancionados por Bruselas (“del entorno de Putin”) sea un periodista. Todos estos son datos que marcan la tendencia.

Las elecciones europeas han pedido el voto para esto. También para apuntalar todo aquello de lo que no se ha hablado a lo largo de la campaña; la amnesia en materia de Snowden y NSA, que sigan negociando con nocturnidad el acuerdo comercial entre la UE y Estados Unidos, que dará aún más poder a las grandes compañías sobre la política, que el Banco Central Europeo y la troika sigan con sus desastrosas políticas y que el poder financiero se mantenga incólumne mientras se atraca a las clases bajas y medias, es decir a la mayoría.

Por todo eso el gran misterio de estas elecciones no es la gran abstención –signo de elemental sentido común- sino esos millones y millones de ciudadanos que siguiendo la disciplina del gran rebaño continúan votando a favor de un programa, interior y exterior, que les promete ruina y contradice sus más básicos derechos e intereses.




El sistema-mundo es único y capitalista

Naturalmente: nunca ha existido un mundo socialista frente al mundo capitalista. El sistema económico mundial es uno solo. Los países socialistas tienen que medirse con los demás en un mercado mundial capitalista, compitiendo en igualdad de condiciones "de mercado" con los más depredadores y explotadores. De alguna manera habrá que "perdonar" a los "países socialistas" el no haber podido ser socialistas.

Eso no significa que "todos sean lo mismo": No se explica el relativo estado de bienestar europeo de los años pasados sin el contrapeso de unos países que implantaron antes que nadie la seguridad social, la sanidad universal y la educación para todos. Pero en el seno de aquellos mismos países (o de la China actual) siguen existiendo condiciones para el descontento de los trabajadores y la lucha de clases.

Aquel "estado de bienestar" descansó también en la explotación colonial o postcolonial de los países del tercer mundo. Como la "democracia" ateniense descansaba sobre la esclavitud y la discriminación de los no ciudadanos.

Cuando las posibilidades de acumulación se agotan, y creo que definitivamente, la situación cambia radicalmente. Cada vez es más difícil el crecimiento capitalista sin la desposesión de mayorías cada vez más vastas. El futuro no está escrito, pero empieza a estar claro que el sistema tal y como lo conocemos colapsará en poco tiempo. Esperemos que sea para bien y trabajemos por ello.

El artículo al que pertenecen los párrafos siguientes se enmarca en la polémica sobre los cambios en política económica que se dicuten actualmente en Cuba.















Una respuesta a Luis Toledo Sande
Nardo Vázquez
Rebelión


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Orgullosamente nos consideramos antisistemas, que no sólo implica anticapitalistas (concepto más estrecho), dado el hecho que compartimos la opinión que NO ha existido un sistema socialista mundial, los llamados países socialistas continuaron formando y funcionando como parte de la división social del capitalismo histórico, han actuado, queriendo o sin querer, bajo las implacables presiones de la tendencia a la “acumulación incesante de capital”, que es y ha sido la razón de ser de este sistema social. La consecuencia política a nivel interno, ha sido la continuada explotación de los trabajadores, aunque de una forma reducida y mejorada en muchos casos. Esto ha llevado a tensiones internas paralelas a las existentes en estados que no eran socialistas, y esto a su vez ha provocado la aparición en su seno de nuevos movimientos antisistémicos. La lucha por los beneficios siempre acrecentados ha proseguido tanto en estos estados socialistas como en todas partes, porque, dentro del marco de la economía-mundo capitalista, los imperativos de la acumulación han operado a lo largo del sistema, nadie se ha quedado exento de ello. Los cambios en las estructuras estatales han alterado la política de la acumulación, pero nunca han sido capaces de terminar con ella. Esto es lo que nos lleva a afirmar que todos los estados revolucionarios y/o socialistas, han sido productos íntegros del capitalismo histórico, aunque no de forma cínica, ha sido algo que independientemente de sus convicciones y aspiraciones subjetivas, objetivamente ha sido así. No han sido estructuras externas al sistema histórico, sino la excreción de unos procesos internos de ese sistema. Por consiguiente, han reflejado todas las contradicciones y limitaciones del sistema. Y para colmo, no podían ni pueden hacer otra cosa. Creo que entender esto es fundamental. Que es algo que va contracorriente de lo que se ha establecido en la ciencia social e histórica durante casi un siglo es otra cuestión. 

Y al decir esto compañero Sande no afirmamos que el derrumbe de la URSS y el resto de los llamados países socialistas del este de Europa demuestre la superioridad de la economía de mercado, como alguien que leyera el párrafo anterior pudiera pensar; al contrario, como pensamos que aquélla formaba parte de dicha economía de mercado, el derrumbe de los mismos lo que evidencia es que ésta es una carrera cuyo número de participantes se reduce constantemente, a causa de un empleo mayor de tecnologías para producir a un coste competitivo, y que los excluidos acaban en la miseria. Pasee por Rumanía, Bulgaria, y muchas otras repúblicas ex soviéticas y verá el panorama desolador un cuarto de siglo después de aquellos sucesos. Ucrania, hoy mismo, es el ejemplo arrollador, quebrada económicamente ¡y sin solución!, pese a ser el granero de la antigua ex URSS y poseer prácticamente las tierras más fértiles del planeta.  
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