miércoles, 14 de febrero de 2018

Oferta y demanda no es solo un programa de radio.

Las llamadas "ciencias exactas" manejan abstracciones que, aunque parten sin declararlo de las experiencias del mundo que nos rodea, establecen conceptos muy precisos y los manejan según las leyes de la lógica, construyendo un mundo ideal que en muchos casos pueden ayudar a las "ciencias naturales" a desarrollar su sistemática, bien definiendo leyes estrictas, como es el caso de la Física teórica, bien con métodos estadísticos aplicables a grandes poblaciones, o simplemente emulando el rigor de la exposición de las matemáticas.

El número de variables que condicionan los fenómenos es tan amplio que se hace necesaria una estimación de las esenciales, que dejan de lado la gran mayoría de las que intervienen. Nadie puede asegurar que las consideradas sean siempre las únicas relevantes, y de hecho las revisiones de la teoría son constantes, para incluir aspectos y matices antes despreciados.

La elección correcta de las variables adquiere relevancia especial, y es sin duda el mayor problema, en el ámbito de las "ciencias sociales", produciendo incertidumbres muy notables sobre su validez, hasta el punto de que los matemáticos y físicos tienden a no considerarlas siquiera como verdaderas ciencias. Aunque si bien en la matemática los desarrollos posteriores no contradicen lo demostrado anteriormente (validez lógica inherente a esta ciencia), la misma Física, la que más se aproxima a su nivel de formulación, nos tiene acostumbrados, a lo largo de su historia, a notables bandazos.

La ventaja que tiene una drástica eliminación de variables es la sencillez del razonamiento y la exposición, la elegancia formal que pretende acercarse a la formulación matemática, y que se aleja tanto más de los comportamientos reales cuanto más condiciones influyentes nos dejemos por el camino.

En el caso de la economía se ha llegado a una matematización que le da esa elegancia formal que bajo su apariencia científica esconde la inexactitud e incertidumbre a que nos tiene acostumbrados, especialmente cuando a ese aparato matemático cibernético se han confiado ciegamente las mayores transacciones económicas, gracias a lo cual el mercado instantáneo ha dejado tantos pelos en la gatera.

Una de las mejores abstracciones de la economía convencional es la ley de la oferta y la demanda. Aunque siempre se añade en su definición la coletilla "permaneciendo constantes las demás condiciones". Y como el diablo está en los detalles, el pregonado equilibrio del mercado perfecto se ve tan alterado, es tan inestable, que habría que hablar más del "permanente desequilibrio". De la continua oscilación entre la carestía y el despilfarro.

Eso sí, los avispados, o simplemente los más suertudos especuladores, extraen continuamente ganancias en detrimento de sus competidores menos afortunados, pero sobre todo de los trabajadores que producen los bienes y servicios que en definitiva se extraen de la naturaleza.

Si el único elemento que regula producción y consumo es el mecanismo del mercado, vamos aviados, como se está viendo continuamente, de crisis en crisis hasta el agotamiento total.

De una serie de artículos publicados en enero y febrero de este mismo año por Francisco Umpiérrez Sánchez copio la parte final, en que analiza las deficiencias de esta supuesta ley equilibradora (a su manera todo desequilibrio se equilibra) de la economía. Puede verse la superficialidad de estos análisis en comparación con una conceptualizacion marxista mucho más rigurosa y reveladora de lo que subyace bajo la superficie del fenómeno.
































(...)

La oferta y la demanda

Hablemos de la oferta y de la demanda en términos de la economía convencional.
Utilizaré como siempre el texto de Samuelson y Nordhaus titulado Economía. Expongo de forma secuenciada sus ideas fundamentales sobre la oferta y la demanda. 
Una: El instrumento esencial para analizar las oscilaciones de los precios y de los niveles de producción de un mercado se denomina análisis de la oferta y la demanda.
Dos: La teoría de la oferta y la demanda muestra que las preferencias y renta de los consumidores determinan su demanda de mercancías, mientras que los costes de las empresas determinan la base de la oferta de mercancías.
Tres: Ley de la demanda decreciente: cuando sube el precio de un bien (y se mantiene todo lo demás constante), los compradores tienden a comprar menos. Cuando baja y todo lo demás permanece constante, los compradores tienden a comprar más.
Cuatro: La tabla de oferta (o curva de oferta) muestra la relación entre su precio de mercado y la cantidad que los productores están dispuestos a producir y a vender, manteniéndose lo demás constante. 
Y quinto: El mercado se encuentra en equilibrio cuando el precio y la cantidad equilibran las fuerzas de la oferta y la demanda.  Al precio de equilibrio, la cantidad que desean adquirir los compradores es exactamente igual que las desean vender los vendedores.
Es evidente que en la concepción de la economía convencional la forma de precio viene dada y el juego de la oferta y de la demanda hace subir o bajar los precios. Sin embargo, en Marx la forma de precio es un concepto que se presenta como resultado de muchos pasos intermedios llevados a cabo en el análisis de las formas del valor, desde la más simple hasta el dinero. Cuando la economía convencional señala a la renta como uno de los factores claves de la demanda, se refiere a las rentas del trabajo y a las rentas del capital. Marx hace un minucioso análisis de estas dos formas económicas, del salario por una parte, y de los beneficios, de los intereses y de la renta por otra, tarea que la economía convencional no hace. Y cuando la economía convencional señala a los costes de producción como uno de los factores claves  de la oferta de mercancía, estamos hablando en terminología de Marx del capital constante, del capital variable y de todas las formas específicas del plusvalor: beneficio, interés y renta del suelo. Pero mientras Marx hace un análisis minucioso de estas formas económicas, diciendo de donde brotan y cómo se configuran, la economía convencional no lo hace. Por último, resulta evidente que las leyes de la oferta y de la demanda no sirven para explicar las leyes internas de la producción capitalista, puesto que la economía convencional no dedica ningún capítulo o sección al proceso de creación del valor. En suma, en el pensamiento económico de Marx se analizan todas las formas económicas como expresión de las relaciones de producción existente entre los seres humanos, mientras que la economía convencional parte de ellas como supuestos o factores dados.

Los economistas convencionales son pensadores metafísicos y por dicha razón crean un abismo entre el mundo interior y el mundo exterior del capitalismo, entre su esencia y su superficie. Pero van más lejos aún: Ocultan de forma inconsciente las relaciones esenciales tras las relaciones aparentes. Esto no sucede en Marx. Así que a continuación expondré una serie de ideas de Marx donde lo superficial se expresa en términos esenciales, o como es el caso concreto, la oferta y la demanda se expresa en términos  de valor. Cuando empleamos un concepto siempre debemos distinguir dos aspectos: el nombre del objeto del concepto y el contenido del concepto. En este caso la extensión del concepto no nos preocupa. Así el nombre del objeto del concepto en este caso es  valor, y su contenido conceptual es gasto social de la fuerza de trabajo sin tener en cuenta la forma de su gasto.

Las ideas que expondré a continuación acerca de la oferta y la demanda se encuentran en el capítulo X del libro III de El Capital. En algunos casos transcribiré las citas y en otros casos las expondré a mi modo para hacer más fácil su lectura. Primera idea: “Que la mercancía tiene valor de uso significa solamente que satisface cualquier necesidad social. Mientras tratábamos únicamente con mercancías individuales podíamos suponer que existía la necesidad de esta determinada mercancía, sin preocuparnos más del volumen de la necesidad que se ha de satisfacer. Mas este volumen se convierte en un factor esencial tan pronto como aparece, de un lado, el producto de toda una rama de producción y, de otro, la necesidad social. Ahora es necesario tener en cuenta el volumen, es decir, la cantidad de esta necesidad social”. Dicho de otro modo: cuando hablamos de la oferta y de la demanda de las mercancías debemos tener en cuenta el volumen de la necesidad social que hay que satisfacer. Esta metodología de Marx de considerar las cosas primero desde el punto de vista individual y después desde el punto de vista social lo emplea en El Capital en varias ocasiones.

¿Qué es la oferta? De acuerdo con el pensamiento de Marx la oferta es el volumen del tiempo de trabajo social empleado en producir las mercancías que se ofrecen en el mercado. ¿Qué es la demanda? El volumen de la necesidad social que se ha de satisfacer con esas mercancías. Se pone en evidencia, por tanto, que en el pensamiento de Marx no hay ruptura epistemológica (conceptual) entre el concepto de valor y los conceptos de oferta y demanda. Mientras que en Böhm-Bawerk se produce una ruptura epistemológica total, cuando habla del valor habla de un mundo conceptual totalmente aparte y diferenciado del mundo conceptual que representa la oferta y la demanda. Añade Marx además que “no existe ningún nexo necesario sino tan solo casual entre la cantidad global del trabajo social invertida en un artículo social,…, y el volumen en que la sociedad reclame satisfacción de la necesidad que ese artículo concreto viene a cubrir”. Dicho en términos de economía convencional: nunca existe equilibrio entre la oferta y la demanda. Este hecho se pone de total manifiesto en el mercado de los alimentos, donde los supermercados tiran a la basura a diario cantidades ingentes de ellos.  A este respecto afirma Marx lo siguiente: “Solo donde la producción se halla bajo el control preestablecido de la sociedad crea ésta el nexo entre el volumen del tiempo de trabajo social empleado en la producción de determinados artículos y el volumen de la necesidad social que se ha de satisfacer mediante estos artículos”. Aquí se trataría de combinar la rigurosa planificación en la producción de la que hacen gala las grandes compañías transnacionales con el mecanismo del mercado. Se trata, entre otras cosas,  de que el Estado intervenga y penalice con sanciones importantes a todos aquellos supermercados que superen un determinado tope de alimentos sobrantes y que terminan en la basura. La competencia ciega entre las grandes superficies comerciales no solo está estrangulando a los pequeños y medianos proveedores, sino que está desperdiciando una buena parte del trabajo social invertido en la producción de artículos alimenticios.

(...)

jueves, 8 de febrero de 2018

La expresión gráfica en la ingeniería (13-b)

Para ir al comienzo del libro, pulsar aquí.
 
Para ver la última publicación, pulsar aquí.
 
De dos maneras pueden interactuar dos piezas en contacto, el deslizamiento y la rodadura. En la entrega anterior se expusieron varios casos que utilizaban el movimiento helicoidal para deslizar un tornillo sobre la tuerca (o roscarlo en la madera, creando en ella la superficie sobre la que desliza), y otro caso que suponía desplazar una bola por el interior de un tubo helicoidal.

En la rodadura, en cambio, no debe haber deslizamiento recíproco. El principio de la rodadura, hacer coincidir distancias entre puntos de dos curvas de manera que se correspondan punto a punto sobre una tangente común, se vio al estudiar las curvas denominadas evolventes y evolutas, pero sin salir del plano. Vamos a presentar ahora mecanismos que llevan la rodadura al espacio, produciendo un giro de eje no paralelo al causante, a partir también del movimiento helicoidal.


Lo que queremos lograr se ve en el dibujo final de la página que sigue: ¿cómo hacer que el giro de un cilindro produzca el del otro?


Es necesario para eso que los puntos en contacto sucesivos se sitúen en dos hélices, una sobre cada cilindro, que en todo momento tengan una tangente común.


Vemos aquí los puntos sucesivos de contacto sobre uno y otro cilindro obtenidos mediante giros de 15º.


Como mecanismo de agarre que impida el deslizamiento podemos grabar en los cilindros otras hélices ortogonalmente dispuestas, que tengan como perfiles los dientes de un engranaje plano, desplazados sobre ellas.


En la vista 4 de la figura siguiente se visualiza el plano en que se produce la rodadura entre dos puntos en contacto. En esta vista coinciden las dos hélices, y la curvatura adecuada permite diseñar el perfil del diente, como una evolvente de cada línea en contacto.


El diseño del diente se realiza como en los mecanismos planos, haciendo coincidir los radios de curvatura de la hélice, de la elipse que es sección del cilindro y de la circunferencia osculatriz de ambas, y a partir de ahí la evolvente de esta circunferencia nos da el perfil del diente necesario.


(Los dientes cuyo perfil represento son evolventes de circunferencia, que en este caso es la osculatriz de la curva helicoidal y de la elipse sección del cilindro. Al final de esta entrega añado un recordatorio del concepto de evolvente, que apareció fugazmente aquí, en la página 38 del libro, ilustración 1.30). 

Con este procedimiento general de obtención del engranaje helicoidal no es necesario que los cilindros sean iguales ni sus ejes perpendiculares. Desde luego, cuando los diámetros no sean iguales habrá que adaptar el perfil de los dientes para los dos cilindros, y la razón entre el número de dientes de ambos ha de coincidir con la de los radios de los cilindros (el cilindro mayor tendrá más dientes, en la misma proporción).

En el punto de contacto, las dos hélices tendrán una tangente común. y en el movimiento se conservarán las distancias entre puntos, tanto para ella como para ambas curvas. 


Como anexo al tema, se incluyó una alusión a las superficies dadas por funciones, como esta de un paraboloide reglado, en la que a cada punto del plano XY corresponde una cota Z:


Y otro caso, en que los valores de X, Y, Z dependen de parámetros. En este se combinan tres movimientos con características distintas en las tres direcciones principales del espacio. La superficie definida depende de su combinación. Son infinitas las que se pueden obtener, para aplicaciones mecánicas o simplemente para el diseño con intenciones estéticas.


La medida de distancias sobre una curva se materializa muy bien enrollando y desenrolando un hilo inextensible sobre ella.


Cada posición del hilo es una tangente, y cada punto del hilo describe una evolvente de la curva. Las perpendiculares por cada punto son a su vez tangentes a otra curva, que se llama evoluta. Es fácil ver que la evolvente de la evoluta es la curva inicial:


Esta correspondencia recíproca entre evolvente y evoluta es la que hace que cuando en un engranaje una pieza rueda sin deslizarse sobre otra también lo hacen los dientes en contacto, cuyo perfil es de evolvente de la curva correspondiente, lo que minimiza la fricción.
 
Poco queda ya para el final del libro, pero todavía...

(continuará)

sábado, 3 de febrero de 2018

Comunicación. No es tan sencillo...

Supongamos el problema resuelto: un emisor y un receptor están de acuerdo en comunicarse. Disponen del canal adecuado, con medios para superar sus deficiencias, y un código compartido. El mensaje se emite y recibe correctamente, y la interpretación es inequívoca.



El esquema funciona perfectamente en algunos casos, cuando todos los elementos del contexto están claros para las dos partes. Espero la llegada de un viajero y recibo un telegrama:
"llegaré mañana en el AVE"
Aclaremos que la autenticidad y eficacia comprensiva del mensaje es independiente de su carácter de verdad o falsedad. Tal vez sea falso el emisor, o siendo auténtico quiera engañarme (¿podría tener un motivo para hacerlo?). Pero con independencia de ello, si el autor del mensaje sabe donde estoy y hay un único tren de alta velocidad que llegue aquí mañana, no hay más que una interpretación posible.

En los textos literarios no tiene sentido plantearse su carácter verdadero o falso, porque en su interpretación hay siempre dos momentos. Sabemos que se trata de un relato ficticio, pero lo aceptamos como si fuera real. Naturalmente, al recibirlo lo recreamos con imágenes que inevitablemente no coincidirán nunca con las del autor.

Consideremos este texto que toma como ejemplo Umberto Eco en El lector modelo (LECTOR IN FABULA, Barcelona, Lumen,1987):
"Juan entró en el cuarto. «¡Entonces, has vuelto!», exclamó María, radiante"
Aunque no conozcamos un contexto más amplio, que puede formar parte de una novela rosa o, menos probable, de una intriga policíaca, entendemos que hay dos personajes, una sorpresa y una relación afectiva. Es evidente que el lector actualiza el contenido a través de una compleja serie de movimientos cooperativos, activos y conscientes, que lo completan, añadiendo elementos "no dichos". 

En el texto literario el lector se entrega, o debe hacerlo, para colaborar con el escritor en la aceptación del relato. Sin embargo, ni siquiera lo más fácilmente compartido por ambos, el diccionario de los significados, es absolutamente idéntico. Menos todavía las experiencias y los valores.

Hallado el artículo en cuestión en estos apuntes, hago mi propio extracto de su extracto.



Umberto Eco

Leo en Umberto Eco que al texto que haya producido cualquier autor lo ‘actualiza’ el destinatario, el lector. Y añade que el texto debe ser actualizado sí o sí porque (¿siempre?) está incompleto. Y en ese sentido es el lector quien se postula como operador para, por decirlo así, abrir el diccionario a cada palabra que encuentra, ya que todo ‘mensaje’ postula una competencia gramatical por parte del destinatario/lector.
“Abrir el diccionario –continúa Eco- significa aceptar también una serie de postulados de significación: un término sigue estando esencialmente incompleto aún después de haber recibido una definición formulada a partir de un diccionario mínimo. Este diccionario nos dice que un bergantín es una nave, pero no desentraña otras propiedades semánticas de /nave/.”

“Esta cuestión se vincula, por un lado, con el carácter infinito de la interpretación.
(...)
Sin embargo, un texto se distingue de otros tipos de expresiones por su mayor complejidad. El motivo principal de esa complejidad es precisamente el hecho de que está plagado de elementos no dichos”

“No dicho" significa no manifiesto en la superficie, en el plano de la expresión: pero precisamente son esos elementos no dichos los que deben actualizarse en la etapa de la actualización del contenido. Para ello, un texto (con mayor fuerza que cualquier otro tipo de mensaje) requiere ciertos movimientos cooperativos, activos y conscientes, por parte del lector.”
(...)
“…el texto está plagado de espacios en blanco, de intersticios que hay que rellenar; quien lo emitió preveía que se los rellenaría y los dejó en blanco por dos razones. Ante todo, porque un texto es un mecanismo perezoso (o económico) que vive de la plusvalía de sentido que el destinatario introduce en él y sólo en casos de extrema pedantería, de extrema preocupación didáctica o de extrema represión el texto se complica con redundancias y especificaciones ulteriores (hasta el extremo de violar las reglas normales de conversación). En segundo lugar, porque, a medida que pasa de la función didáctica a la estética, un texto quiere dejar al lector la iniciativa interpretativa, aunque normalmente desea ser interpretado con un margen suficiente de univocidad. Un texto quiere que alguien lo ayude a funcionar.
Naturalmente, no intentamos elaborar aquí una tipología de los textos en función de su "pereza" o del grado de libertad que ofrece (libertad que en otra parte hemos definido como "apertura"). Pero debemos decir ya que un texto postula a su destinatario como condición indispensable no sólo de su propia capacidad comunicativa concreta, sino también de la propia potencialidad significativa.”

“(sin embargo existe una) …ley que puede formularse fácilmente mediante el lema: la competencia del destinatario no coincide necesariamente con la del emisor.” 
“Ya se ha criticado el modelo comunicativo vulgarizado por los primeros teóricos de la información: un Emisor, un Mensaje y un Destinatario, donde el Mensaje se genera y se interpreta sobre la base de un Código. Ahora sabemos que los códigos del destinatario pueden diferir, totalmente o en parte, de los códigos del emisor; que el código no es una entidad simple, sino a menudo un complejo sistema de sistemas de reglas; que el código lingüístico no es suficiente para comprender un mensaje lingüístico: /¿Fuma?/ /No/ es descodificable lingüísticamente como pregunta y respuesta acerca de los hábitos del destinatario de la pregunta; pero, en determinadas circunstancias de emisión, la respuesta connota "mala educación" sobre la base de un código que no es lingüístico, sino ceremonial: hubiese debido decirse /no, gracias/ . Así, pues, para "descodificar" un mensaje verbal se necesita, además de la competencia lingüística, una competencia circunstancial diversificada, una capacidad para poner en funcionamiento ciertas presuposiciones, para reprimir idiosincrasias, etcétera.”

“¿Qué garantiza la cooperación textual frente a estas posibilidades de interpretación más o menos "aberrantes"? En la comunicación cara a cara intervienen infinitas formas de reforzamiento extralingüístico (gesticular, ostensivo, etc.) e infinitos procedimientos de redundancia y feed back (retroalimentación) que se apuntalan mutuamente. Esto revela que nunca se da una comunicación meramente lingüística, sino una actividad semiótica en sentido amplio, en la que varios sistemas de signos se complementan entre sí. Pero ¿qué ocurre en el caso de un texto escrito, que el autor genera y después entrega a una variedad de actos de interpretación. como quien mete un mensaje en una botella y luego la arroja al mar?”

“Hemos dicho que el texto postula la cooperación del lector como condición de su actualización. Podemos mejorar esa formulación diciendo que un texto es un producto cuya suerte interpretativa debe formar parte de su propio mecanismo generativo: generar un texto significa aplicar una estrategia que incluye las previsiones de los movimientos del otro; como ocurre. por lo demás. en toda estrategia. En la estrategia militar (o ajedrecística. digamos: en toda estrategia de juego), el estratega se fabrica un modelo de adversario. Si hago este movimiento, arriesgaba Napoleón, Wellington debería reaccionar de tal manera. Si hago este movimiento. argumentaba Wellingon, Napoleón debería reaccionar de tal manera…”
(...)
“Para organizar su estrategia textual. un autor debe referirse a una serie de competencias (expresión más amplia que "conocimiento de los códigos") capaces de dar contenido a las expresiones que utiliza. Debe suponer que el conjunto de competencias a que se refiere es el mismo al que se refiere su lector. Por consiguiente, deberá prever un Lector Modelo capaz de cooperar en la actualización textual de la manera prevista por él y de moverse interpretativamente, igual que él se ha movido generativamente.”
(…)

“De manera que prever el correspondiente Lector Modelo no significa sólo "esperar" que éste exista, sino también mover el texto para construirlo. Un texto no sólo se apoya sobre una competencia: también contribuye a producirla.”
(…)

miércoles, 31 de enero de 2018

La expresión gráfica en la ingeniería (13-a)

Inicio ahora el capítulo décimotercero de lo que comenzó aquí y ha llegado hasta aquí. Encontraréis el capítulo en PDF en este enlace.

La ilustración que sigue es la doble hélice del ADN. Dos cadenas helicoidales de nucleótidos, emparejados los de una y otra cadena por fuerzas electrostáticas, unos puentes de hidrógeno que acercan y tensan a un par de bases nitrogenadas complementarias. El conjunto parece una escala de cuerdas que se retuerce sobre su eje.

Como abstracción geométrica, el nucleótido tiene tres componentes, a saber, un azúcar, la pentosa desoxirribosa que da nombre a la molécula (que sería un punto de la hélice), un grupo fosfato que une cada punto con el siguiente (un tramo de la misma) y la base nitrogenada que establece el puente con la base correspondiente de la otra cadena.


En realidad, la información genética está contenida en los peldaños de la escala, siendo las hélices el soporte estructural, algo así como el archivador que mantiene los datos ordenados.

Esta otra animación es más "realista", si es que puede serlo representar los átomos por bolitas de colores:


Lo que he querido mostrar, más que las hélices, es el conjunto de enlaces tensos, las líneas tendencialmente rectas que forma el par de bases nitrogenadas que se atraen. Porque este capítulo no trata de líneas alabeadas sino de superficies regladas.

De hecho, toda la variedad de la vida no está en los puntos ni en los eslabones de la cadena, sino en las sucesivas combinaciones de los pares de bases nitrogenadas... 

La hélice es una línea funcional por excelencia, al resultar de la combinación de un movimiento de rotación y otro de traslación que comparten el mismo eje. Pero aunque esta entrega se ocupa casi por entero de superficies helicoidales regladas, otras superficies no regladas derivan de ella.

No veáis en la ilustración que sigue la línea ideal que representa el muelle, sino la superficie que encierra su grosor:


Dejo esta última superficie para el final de esta entrega, voy a ocuparme primero de las superficies regladas.


Lo interesante del movimiento helicoidal radica en combinar rotación y traslación relacionadas por un mismo eje: podemos trasladar puntos u objetos paralelamente a él o girarlos a su alrededor. Con velocidades de rotación y traslación uniformes la hélice es regular.

Si el objeto que realiza el movimiento es una línea, el resultado es una superficie, y si la línea es recta, una superficie reglada, en este caso un helicoide.

Una superficie reglada, como la recta que la engendra, carece de límites, que estableceremos cortándola con otra superficie. El helicoide que sigue lo hemos limitado por un cilindro con el mismo eje, y la figura representa precisamente la doble hélice del ADN.

En este caso, la recta que gira y se traslada corta al eje en ángulo recto. Por mantenerse siempre en un plano perpendicular al eje el helicoide se llama de plano director.


En este otro helicoide de plano director la recta móvil se cruza perpendicularmente con el eje. Hemos limitado la superficie entre dos cilindros coaxiales, de modo que lo que se traslada es un segmento de recta. Obsérvese que todos los puntos de la recta describen hélices más o menos estiradas, pero todas del mismo paso de rosca.


En el caso que sigue el ángulo de la recta móvil y el eje no es recto, pero se mantiene en el movimiento. Hemos limitado también la superficie con un cilindro coaxial:


Y tampoco en este caso es exigible que ambas rectas se corten.

El helicoide se denomina de cono director, porque sus generatrices se mantienen paralelas a las de un cono.

En la figura, la superficie está limitada por dos cilindros coaxiales. Esta es la limitación que se establece en la mayoría de los tornillos.


El filete de los tornillos es siempre una superficie helicoidal, que suele ser reglada, generalmente de cono director, aunque también los hay de plano director.


También puede la hélice servir de guía para otras superficies. La envolvente de una esfera que se mueve sobre una hélice es un serpentín. Es la superficie de un tubo hueco, pero también la de un muelle macizo, como el reluciente que puse más arriba.


Seguiremos analizando otras superficies de interés mecánico, o técnico en general.

(continuará)

jueves, 25 de enero de 2018

El capitalismo se acaba, pero...

El trueque como mecanismo de intercambio surge bien pronto. Yo tengo un cierto M que no necesito, pero me hace falta un M' que tienes tú en exceso, y en cambio careces de M. Pues tan amigos, lo cambiamos y satisfacemos así ambos nuestras necesidades. El problema es determinar las cantidades justas. En una situación crítica, una de las partes puede aprovechar la extrema necesidad o el deseo vehemente de la otra para regatear los términos de la operación, Mucha hambre pasaba Esaú cuando cambió la primogenitura a su aprovechado hermano por el famoso plato de lentejas, quedando así solemnemente inaugurada la era de la especulación con las necesidades ajenas.

En circunstancias menos dramáticas, las cantidades se establecen en función de que las dos partes consideren equivalente cantidad de trabajo, de esfuerzo, que cada una ha dedicado a su producto. La práctica aconsejó pronto superar el trueque directo de mercancías (no siempre lleva uno los camellos puestos y el otro la madera a cuestas) por un intermediario, el dinero D, y preferentemente el oro en las sociedades que han dispuesto de él, considerado universalmente valioso, por sus cualidades de estabilidad, belleza y escasez, y fácil de transportar. Así puedo separar en dos operaciones el acto de la venta de M y el de la compra de M', y el mercado pasa a ser menos engorroso, cambiando M por D y en otro momento, a mi conveniencia, D por M'. 

Si el trueque materializaba en un solo paso el ciclo elemental M-M', El empleo de la moneda descompone el intercambio en dos fases, M-D y D-M'. Está claro que M-D-M' solo tiene sentido si M M'.

La ventaja de poseer mucho D es la facilidad de poder adquirir en cualquier momento cualquier mercancía. Visto esto, parece interesante invertir el orden de las operaciones y en vez de vender mercancías para obtener el dinero necesario para la compra de otra mercancía, comprar mercancías para venderlas y obtener dinero. El ciclo se invierte, por lo menos en la intención y tenemos el ciclo mercantil por excelencia D-M-D'. Como la operación no tiene interés si D = D', para que resulta ventajosa hemos de añadir valor a la mercancía M, haciendo así D' > D. Una de las formas es el transporte, que me acerca lo que necesito a donde lo necesito. Otra es realizar alguna operación que revalorice M. En cualquier caso, si prescindimos del engaño como tercera posibilidad, lo que añado es trabajo, esfuerzo humano. Y no hay que perder de vista que nada impide que se trate del trabajo de otros, de trabajo ajeno, adquirido por menos de su valor en el mercado de trabajo.

En lo que sigue se analiza la contradicción inmanente en el sistema capitalista, que pretende aumentar continuamente la productividad del trabajo para ahorrar trabajo y con ello produce a un tiempo un exceso de mercancías y una pérdida de valor de lo producido, al tiempo que disminuye la posibilidad de su colocación en el mercado, pese a las continuas tretas para extenderlo a nuevos productos y nuevos territorios. Llegados los límites el sistema se vuelve insostenible y ha de terminar.

Pero frente al optimismo histórico de ciertos marxismos, que convierten el fin del capitalismo en el nacimiento de una era mejor, nada indica que así tenga que ser. El futuro no está escrito. Al final, depende de la conciencia de los hombres (y siempre de las mujeres, claro está...) que el final sea uno u otro. Porque además un injustificado optimismo histórico (como también un fatalismo pesimista) es la peor forma de ir hacia ese futuro no escrito en ninguna mente todopoderosa.

Claro que en las actuales condiciones una toma de conciencia colectiva es bien difícil, en parte por la potencia de los medios de desinformación, pero también porque la vista y la memoria fijas en lo inmediato resta capacidad de análisis a la mayoría. De todos modos, habrá que intentar que las cada vez más numerosas víctimas del sistema vayan entendiendo dos cosas: que el sistema no es inmutable ni eterno, y que su estructura es la causa de los males que ya están aquí.



Norbert Trenkle
(...)

...Marx dice: “el verdadero límite de la producción capitalista es el capital mismo, es decir: que el capital y su auto valorización se manifiesta como punto de partida y de llegada, como motivo y fin de la producción… El medio, la evolución incondicionada de las fuerzas sociales de producción, está en conflicto ininterrumpido con el fin limitado de la valorización del capital dado” (MEW 25, p. 260). 

Se trata de una contradicción irresoluble inmanentemente en tanto que el aumento de la productividad empresarial supone efectivamente la eliminación del trabajo vivo del proceso de valorización, mientras que a la vez la valorización del capital no es otra cosa que el abuso de la mano de obra. Tomado en sí mismo, de ello no resulta de ninguna manera una disolución inmediata de las relaciones capitalistas. Por el contrario: mientras que la manera de producción en forma de mercancías estaba todavía relativamente poco desarrollada, es decir, sólo había influido superficialmente la sociedad y estaba limitada en lo esencial a pocos países y regiones del mundo, se desarrolla a partir de esta contradicción una dinámica monstruosa de expansión. Ya que la socavación permanente en ámbitos capitalistas limitados de masa de valor mediante el “ahorro” de mano de obra se compensó provisionalmente en la totalidad del ámbito capitalista mediante una expansión continua de la valorización en nuevos ramos laborales intensivos de la producción y mediante el ajuste capitalista de regiones del mundo adicionales. Es cierto que ese proceso de transformación no puede funcionar a la larga, sino que no es otra cosa que una manera determinada de suceder las cosas en la que la contradicción interna capitalista se desarrolla históricamente y, a la vez, se agudiza. Puesto que la “producción capitalista aspira constantemente a superar sus límites inmanentes, pero sólo los supera gracias a medios que la enfrentan a otros nuevos y en medida más poderosa” (Marx, ibíd.) Pertenece a la lógica del asunto que, más tarde o más temprano, se reduzca a la larga la cantidad absoluta de la mano de obra en uso de la totalidad de la sociedad y, de esa manera, disminuya la masa de valor producida en la totalidad del capitalismo. De esa manera, el capitalismo socava sus propios fundamentos.

El marxismo no sólo ha revuelto el diagnóstico de crisis formulado, es cierto, sólo abstractamente por Marx, en el sentido de la “tesis de descomposición”, sino que, a partir de ahí, ha interpretado la “contradicción entre fuerzas de producción y relaciones de producción” no como específicamente capitalistas, sino como transhistóricas, es decir, como válidas para todas las sociedades anteriores. Según el “materialismo histórico” el desarrollo de las fuerzas de producción es válido absolutamente como motor de la historia humana: ya que cada “fase del desarrollo” se corresponde siempre con una forma determinada de la “dominancia de clases”, así como de las relaciones de producción y explotación, el progreso de las fuerzas de producción tenía que entrar tarde o temprano en conflicto con el orden social correspondiente y producir su cambio revolucionario. Claramente se trata en este caso de una retroproyección de relaciones burguesas en el pasado, típica del pensamiento ilustrado (aquí sólo en sentido materialista). Puesto que ninguna otra sociedad aparte de la capitalista estuvo jamás organizada alrededor de la producción; ya sólo por esa razón, no podía existir algo así como la “contradicción entre las fuerzas de producción y las relaciones de producción”.

(...)

...la contradicción lógica interna del capital ya está dada en la forma nuclear de la forma de producción capitalista, la mercancía, y el movimiento hacia el fin en sí mismo del “sujeto automático” (es decir, el valor) no es otra cosa que el despliegue de esa contradicción. Que las relaciones sociales se generen como relaciones de cosas (más exactamente: de mercancías) y se opongan como tales a las personas como poder extraño, no sólo significa que su propio contexto social les imponga legalidades irracionales como si se tratase de leyes naturales; conlleva también su caducidad histórica última independientemente de todo querer subjetivo.

Por cierto, no tiene nada que ver con la “filosofía de la historia instauradora de sentido”, ya que más allá de la lógica (en sentido histórico completamente específica) de la sociedad de mercancías, cesa la determinación. Sólo es seguro que la sociedad capitalista tiene que hundirse violentamente en último término a causa de sus contradicciones internas, pero de ninguna manera, cómo va a suceder el proceso de ese hundimiento, y sobre todo tampoco, qué lo va a sustituir. La superación de la socialización en forma de mercancías sólo se puede poner en marcha, obviamente, mediante un acto colectivo y consciente, ya que no se trata de otra cosa que de la falta de conciencia social. Si va a salir bien, depende única y exclusivamente de si la gente consigue emanciparse o no de las formas de relación y comunicación constituidas de manera capitalista. Todo optimismo exagerado en relación a esto sería un error absoluto. No es improbable, de ninguna manera, que el proceso de derrumbamiento ponga en funcionamiento una dinámica incontrolable, catastrófica en cuyo transcurso se destruya todo contexto civilizatorio y, quizá, los fundamentos de la vida humana. Por lo menos, en la regiones de derrumbamiento del mundo actual ya se delinea esta posibilidad tan clara como aterradoramente. De cualquier manera, aún hay una opción emancipadora, aun cuando la oposición crítica con la sociedad esté a la defensiva en todo el mundo. En tanto que, pero sólo en tanto que, la historia está abierta para tomarse la molestia de una muletilla preferida que en general sólo está al servicio de escaquearse de un análisis y crítica consecuentes del proceso objetivado.
 
(...)

...aunque los movimientos en la superficie de los mercados financieros transnacionales sean tan confusos, el mecanismo básico del capital ficticio, como ya Marx lo descifró en lo esencial, no son difíciles de comprender. Básicamente se trata de un movimiento doble: ante todo el crédito y la especulación están al servicio de retardar la irrupción de la crisis, porque consiguen posibilidades de inversión ficticias (es decir, no cubiertas real económicamente) para capital sobre acumulado y, a la vez, crean de la misma manera capacidad de compra no cubierta; en último término, esto conduce a una agudización de la crisis, porque cuando explota la burbuja financiera la totalidad del potencial de desvalorización retardado se hace real de golpe.

(...)

...el total desacoplamiento del dinero respecto a su base en oro y la desregulación de los mercados financieros ha conseguido un campo de acción espantosamente grande para la independización relativa del capital ficticio frente a la acumulación real; con ello se explica la dilación de la crisis extrañamente larga que se prolonga ya más de veinte años y la cantidad exorbitante de la “masa de valor” ficticia “almacenada”. Reconozco que no hemos valorado del todo bien el horizonte temporal de este proceso. Desde un punto de vista estructural, aproximadamente a principios de los años noventa, parecía prácticamente increíble que el sistema de bola de nieve se iba a poder mantener otros diez años o, incluso, algunos años más. Es verdad que los desarrollos que han tenido lugar desde entonces no han contradicho de ninguna manera el diagnóstico estructural, sino más bien lo han confirmado. Ya que el anticipo ficticio a la creación futura de valor no se ha saldado en términos de economía real, más bien la superestructura financiera se ha ido alejando en un movimiento exponencial cada vez más de la acumulación real y los procesos de racionalización que tienen lugar ahí incluso se han acelerado. Ya que, sin embargo, la valorización de capital no se puede emancipar del uso de trabajo vivo, hay que restituir la relación entre ambas esferas y esto violentamente, es decir, con un estallido.

(...)

También es bastante fútil identificar sencillamente la predicción del hundimiento en último término irremediable (aunque no pronosticable con exactitud) del mercado financiero con el “diagnóstico de derrumbamiento” y después partirse de risa de que los “profetas de la crisis” siguen esperando supuestamente al largamente esperado “apocalipsis”. No se puede evitar la impresión de que se está intentando, por el contrario, apartar la vista de que la crisis esté en plena marcha desde hace dos décadas, de que grandes partes del mundo han sido declaradas inútiles para la valorización del valor y que se las ha desacoplado negativamente (con las consecuencias más brutales para las personas que viven allí) y que también en las metrópolis cada vez más partes de la población están afectadas por este proceso de desvalorización. Un hundimiento aceleraría este proceso con un impulso violento, pero, por supuesto, no sería la “derrumbamiento”, sino sólo una cesura en el proceso de decadencia, que, como ya he dicho, se puede alargar aún décadas y, es de suponer que va a encontrar siempre transcursos más espantosos si no se constituye en movimiento social-emancipatorio que se atreva a llevar a cabo la ruptura decisiva con la sociedad productora de mercancías. Quizá estas previsiones poco alegres no contribuyan, en último término, a hacer un tabú de las ideas sobre el agotamiento irreversible de la lógica capitalista de valorización sobre todo en los países-aún-ganadores del mercado mundial. Por lo visto, alimenta la creencia de que el capitalismo da un giro, después del fordismo, hacia una “normalidad” que se procesa de una manera manifiestamente ahistórica y, por ello, prorrogable eternamente, algo así como una “apariencia de seguridad” engañosa, porque permite seguir moviéndose en el desmontado, pero, al cabo, conocido, sistema de coordenadas marxista.