martes, 11 de septiembre de 2018

Algunas claves para entender el capitalismo (III)

Tras lo ya glosado, sigo comentando este artículo hallado en El otro.

El dinero, que es disponibilidad de capital, se comporta como un fluido, y se desplaza continuamente, buscando optimizar el beneficio. La ganancia no es un absoluto, y hay que relacionarla con el volumen de capital invertido. Si el capital constante (medios de producción) es muy elevado, para que la tasa de ganancia lo sea ha de haber beneficios también elevados. Los capitales migran de un lugar a otro buscando aumentar la cuota de ganancia, que tiende así a nivelarse en un valor medio.

Los casos particulares no importan, y la economía debe estudiarse en su globalidad. La competencia enmascara el valor, que aparentemente viene dado por el precio. No solo ni especialmente en sentido moral (*) tiene significado la frase de Antonio Machado:
El necio
confunde valor y precio





Ganancia, interés y renta del suelo

También es sumamente importante y nuevo el análisis que hace Marx más adelante de la reproducción del capital social, considerado en su conjunto, en el tomo II de El Capital. Tampoco en este caso toma Marx un fenómeno individual, sino de masas; no toma una parte fragmentaria de la economía de la sociedad, sino toda la economía en su conjunto. Rectificando el error en que incurren los economistas clásicos antes mencionados, Marx divide toda la producción social en dos grandes secciones: 1) producción de medios de producción y 2) producción de artículos de consumo. Y, apoyándose en cifras, analiza minuciosamente la circulación del capital social en su conjunto, tanto en la reproducción de envergadura anterior como en la acumulación. En el tomo III de El Capital se resuelve, sobre la base de la ley del valor, el problema de la formación de la cuota media de ganancia. Constituye un gran progreso en la ciencia económica el que Marx parta siempre, en sus análisis, de los fenómenos económicos generales, del conjunto de la economía social, y no de casos aislados o de las manifestaciones superficiales de la competencia, que es a lo que suele limitarse la economía política vulgar o la moderna "teoría de la utilidad límite". Marx analiza primero el origen de la plusvalía y luego pasa a ver su descomposición en ganancia, interés y renta del suelo. La ganancia es la relación de la plusvalía con todo el capital invertido en una empresa. El capital de "alta composición orgánica" (es decir, aquel en el cual el capital constante predomina sobre el variable en proporciones superiores a la media social) arroja una cuota de ganancia inferior a la cuota media. El capital de "baja composición orgánica" da, por el contrario, una cuota de ganancia superior a la media. La competencia entre los capitales, su libre paso de unas ramas de producción a otras, reduce en ambos casos la cuota de ganancia a la cuota media. La suma de los valores de todas las mercancías de una sociedad dada coincide con la suma de precios de estas mercancías; pero en las distintas empresas y en las diversas ramas de producción las mercancías, bajo la presión de la competencia, no se venden por su valor, sino por el precio de producción, que equivale al capital invertido más la ganancia media.

Así, pues, un hecho conocido de todos, e indiscutible, es decir, el hecho de que los precios difieren de los valores y de que las ganancias se nivelan, lo explica Marx perfectamente partiendo de la ley del valor, pues la suma de los valores de todas las mercancías coincide con la suma de sus precios. Sin embargo, la reducción del valor (social) a los precios (individuales) no  es una operación simple y directa, sino que sigue una vía indirecta y muy complicada: es perfectamente natural que en una sociedad de productores de mercancías dispersos, vinculados sólo por el mercado, las leyes que rigen esa sociedad no puedan manifestarse más que como leyes medias, sociales, generales, con una compensación mutua de las desviaciones individuales manifestadas en uno u otro sentido. 
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(*) La necedad no implica en su origen insulto o desprecio, ne-scio = no sé; necio es ignorante, nada más.

(continuará)

viernes, 7 de septiembre de 2018

Algunas claves para entender el capitalismo (II)

Continuo el desglose y comentario del artículo publicado en El otro que comencé aquí.

El capital no es simplemente dinero cuando se emplea en la producción. Se invierte entonces en medios de producción (locales, máquinas, herramientas, materias primas...), que constituyen el llamado capital constante, porque su valor no se altera al adquirirlos, y en fuerza de trabajo, que es la que añade valor al producto, y por eso se llama capital variable.

Sin la plusvalía, trabajo no pagado por el capitalista, el capital no se incrementa, y el capitalista no invierte. Por eso en este modo de producción el capital necesita crecer continuamente, y el capital constante crece más deprisa que el variable. El capitalista que no obedezca a esta ley está condenado al fracaso.

Huelga insistir en que el crecimiento constante en un sistema cerrado es un imposible físico. Las crisis periódicas en que se destruyen enormes cantidades de capital y productos son la prueba palpable. 

Aunque la imagen que se suele tener del proletario es la del clásico obrero industrial, es aplicable a todo trabajador asalariado que no es participante de la propiedad de la empresa. El propio gerente, si no posee participación en ella, es un trabajador más, que produce plusvalía en la medida en que añade a los propietarios más valor del que obtiene con su salario, mientras que cualquier accionista, que en absoluto interviene en la producción, es un capitalista en mayor o menor medida.























La tendencia a la acumulación

Las premisas históricas para la aparición del capital son: primera, la acumulación de determinada suma de dinero en manos de ciertas personas, con un nivel de desarrollo relativamente alto de la producción de mercancías en general y segunda, la existencia de obreros "libres" en un doble sentido --libres de todas las trabas o restricciones impuestas a la venta de la fuerza de trabajo, y libres por carecer de tierra y, en general, de medios de producción--, de obreros desposeídos, de obreros "proletarios" que, para subsistir, no tienen más recursos que la venta de su fuerza de trabajo.

Dos son los modos principales para poder incrementar la plusvalía: mediante la prolongación de la jornada de trabajo ("plusvalía absoluta") y mediante la reducción del tiempo de trabajo necesario ("plusvalía relativa"). Al analizar el primer modo, Marx hace desfilar ante nosotros el grandioso panorama de la lucha de la clase obrera para reducir la jornada de trabajo y de la intervención del poder estatal, primero para prolongarla (en el período que media entre los siglos XIV y XVII) y después para reducirla (legislación fabril del siglo XIX). Desde la aparición de El Capital, la historia del movimiento obrero de todos los países civilizados ha aportado miles y miles de nuevos hechos que ilustran este panorama.

Al proceder a su análisis de la producción de plusvalía relativa, Marx investiga las tres etapas históricas fundamentales de la elevación de la productividad del trabajo por el capitalismo: 
1) la cooperación simple; 
2) la división del trabajo y la manufactura; 
3) la maquinaria y la gran industria. 
La profundidad con que Marx aquí pone de relieve los rasgos fundamentales y típicos del desarrollo del capitalismo nos demuestra, entre otras cosas, el hecho de que el estudio de la llamada industria de los kustares* en Rusia ha aportado un abundantísimo material para ilustrar las dos primeras etapas de las tres mencionadas. En cuanto a la acción revolucionaria de la gran industria maquinizada, descrita por Marx en 1867, durante el medio siglo trascurrido desde entonces ha venido a revelarse en toda una serie de países "nuevos" (Rusia, Japón, etc.).

Prosigamos. Importantísimo y nuevo es el análisis de Marx de la acumulación del capital, es decir, de la trasformación de una parte de la plusvalía en capital, y de su empleo, no para satisfacer las necesidades personales o los caprichos del capitalista, sino para renovar la producción. Marx hace ver el error de toda la economía política clásica anterior (desde Adam Smith) al suponer que toda la plusvalía que se convertía en capital pasaba a formar parte del capital variable, cuando en realidad se descompone en medios de producción más capital variable. En el proceso de desarrollo del capitalismo y de su trasformación en socialismo tiene una inmensa importancia el que la parte del capital constante (en la suma total del capital) se incremente con mayor rapidez que la parte del capital variable.

Al acelerar el desplazamiento de los obreros por la maquinaria, produciendo riqueza en un polo y miseria en el polo opuesto, la acumulación del capital crea también el llamado "ejército industrial de reserva", el "sobrante relativo" de obreros o "superpoblación capitalista", que reviste formas extraordinariamente diversas y permite al capital ampliar la producción con singular rapidez. Esta posibilidad, relacionada con el crédito y la acumulación de capital en medios de producción, nos proporciona, entre otras cosas, la clave para comprender las crisis de superproducción, que estallan periódicamente en los países capitalistas, primero cada diez años, término medio, y luego con intervalos mayores y menos precisos. De la acumulación del capital sobre la base del capitalismo hay que distinguir la llamada acumulación primitiva, que se lleva a cabo mediante la separación violenta del trabajador de los medios de producción, expulsión del campesino de su tierra, robo de los terrenos comunales, sistema colonial, sistema de la deuda pública, tarifas aduaneras proteccionistas, etc. La "acumulación primitiva" crea en un polo al proletario "libre" y en el otro al poseedor del dinero, el capitalista.

Marx caracteriza la "tendencia histórica de la acumulación capitalista" con las famosas palabras siguientes: "La expropiación del productor directo se lleva a cabo con el más despiadado vandalismo y bajo el acicate de las pasiones más infames, más sucias, más mezquinas y más desenfrenadas. La propiedad privada, fruto del propio trabajo [del campesino y del artesano], y basada, por decirlo así, en la compenetración del obrero individual e independiente con sus instrumentos y medios de trabajo, es desplazada por la propiedad privada capitalista, basada en la explotación de la fuerza de trabajo ajena, aunque formalmente libre [...]. Ahora ya no se trata de expropiar al trabajador dueño de una economía independiente, sino de expropiar al capitalista explotador de numerosos obreros. Esta expropiación la lleva a cabo el juego de las leyes inmanentes de la propia producción capitalista, la centralización de los capitales. Un capitalista derrota a otros muchos. Paralelamente con esta centralización del capital o expropiación de muchos capitalistas por unos pocos, se desarrolla en una escala cada vez mayor la forma cooperativa del proceso de trabajo, la aplicación técnica consciente de la ciencia, la explotación planificada de la tierra, la trasformación de los medios de trabajo en medios de trabajo utilizables sólo colectivamente, la economía de todos los medios de producción al ser empleados como medios de producción de un trabajo combinado, social, la absorción de todos los países por la red del mercado mundial y, como consecuencia de esto, el carácter internacional del régimen capitalista. Conforme disminuye progresivamente el número de magnates capitalistas que usurpan y monopolizan todos los beneficios de este proceso de trasformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento, de la degeneración, de la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, que es aleccionada, unificada y organizada por el mecanismo del propio proceso capitalista de producción El monopolio del capital se convierte en grillete del modo de producción que ha crecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que son ya incompatibles con su envoltura capitalista. Esta envoltura estalla. Suena la hora de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados" (EI Capital, t. I). 

(continuará)

miércoles, 29 de agosto de 2018

Algunas claves para entender el capitalismo

Consideraciones críticas sobre El Capital de Marx

El capital, y más concretamente el capital financiero, es hoy la máquina que mueve el mundo. Liberado del proteccionismo de los débiles (porque los fuertes bien que se protegen), sus movimientos rápidos y convulsos desestabilizan economías, provocan guerras que arruinan países y aniquilan poblaciones, promueve toda clase de actividades y se beneficia de todo tipo de situaciones, que son aprovechadas como “oportunidades de negocio”.

Entender cómo se ha llegado a esta situación, que amenaza con arrasar el planeta (realmente ya lo está haciendo), es esencial (“o más”) para poner remedio a esta deriva que parece incontrolable. El diagnóstico es el primer paso para el tratamiento de cualquier enfermedad, incluidas las sociales, y para ello es importante conocer sus causas y sus fases.

Un tiempo ya cristalizado e inevitable nos hace ver la Historia como un proceso inexorable y nos lleva con facilidad a un determinismo fatalista. De ahí que consideremos al capitalismo como algo “natural”. Tan “natural” como los vuelos interplanetarios, o como la tercera guerra mundial. Su fuerza y vitalidad, resultado "realmente existente" de la evolución de las sociedades, lleva a la consideración de que tal vez sea un fenómeno más de la naturaleza, inevitable por lo tanto. Pero si inevitable es todo lo que ya ha ocurrido, tal vez pueda evitarse lo que está por venir. La propia Historia, aunque ya petrificada en su trayectoria inexorable, nos muestra que siempre hubo posibilidades alternativas, disyuntivas en la que pudo seguir uno u otro curso. En estas encrucijadas los individuos y los grupos se han jugado siempre su futuro. La actual, desde luego tiene un carácter diferente, porque lo que se juega es el futuro de todos, la supervivencia del propio mundo tal como lo hemos conocido.

Y por eso es importante la comprensión de la estructura de este sistema ya implantado a escala global en su fase más desarrollada. Esta estructura se entenderá mejor si se conoce su embrión, la incubación del organismo y su despliegue en el tiempo.

Por esta razón quiero comentar ese despliegue apoyándome en una obra extensa y detallada, la de Marx. Dada su extensión y profundidad resulta difícilmente abarcable sin dedicarle bastante tiempo y atención. El común de los mortales no parece muy dispuesto al esfuerzo necesario, aunque se trate de textos que contienen pasajes de gran hondura literaria, incluso apasionantes, junto a consideraciones teóricas que requieren una continua y escrupulosa atención.

Se han publicado numerosísimos resúmenes y aproximaciones breves a la teoría económica marxista. El problema, como en todos los idearios resumidos, es el aire catequístico de afirmaciones expuestas sumariamente, que un interlocutor escéptico tildará de actos de fe. Existe un conflicto permanente entre extensión y profundidad. Los acuerdos políticos extensos son necesariamente poco profundos. En cambio, los textos científicos y filosóficos, para ser profundos, necesitan extenderse.

Consciente de la dificultad de explicar con sencillez estas cuestiones, me encuentro un documento breve que podría servir de apoyo a quien queriendo saber no esté dispuesto a leer con detenimiento cientos de páginas. Ese texto, aparecido en el blog diario El otro, me devuelve una vez más a este gran libro (grande en variedad, en extensión y en profundidad).

Dividiré el texto en partes para comentarlas sucesivamente.

El punto de partida es el dinero. El dinero aparece como el equivalente universal de todas las mercancías. La mercancía surge con el intercambio de bienes; el trueque es el primer paso hacia el mercado. Mediante él se obtiene lo que se necesita a cambio de lo que sobra. Quienes intercambian consideran equivalentes los valores de lo que obtienen. Aunque alguno salga perdiendo en él, el valor total cambiará de manos, pero no crecerá ni disminuirá. El dinero es un avance que facilita los intercambios, pero en sí mismo no es un valor. Solamente si es aceptado por ambas partes se considerará tal. La moneda, antes de convertirse en un documento fiduciario, era aceptada porque era estable. Su cantidad solo aumentaba con un esfuerzo que se consideraba equivalente al de producir las mercancías con las que se intercambiaba. Ese esfuerzo es el que crea el valor, como ocurre con todas las mercancías. En esta fase, se vende para comprar.

Según esto, la medida del valor es la del trabajo que se emplea para producir los bienes trocados, incluido el dinero, originalmente valioso en la medida en que costaba producirlo.

De manera que el valor era añadido por el trabajo.

Las cosas cambian cuando se compra para vender. Pero esto no se hace si no se va a vender más caro lo que se compra. Hay que añadir valor, que es trabajo, aunque no sea más que acercándola al comprador.

Si el valor es añadido por el que compra para vender, la riqueza aumenta, a partir de la transformación de la naturaleza en bienes disponibles. Esta riqueza la produce el trabajador y la disfruta al aumentar su capacidad de compra de otros bienes en el mercado. En el conjunto de la sociedad, este mecanismo se traduce en el aumento de la riqueza social.

Cuando se trabaja por cuenta propia, el producto del trabajo pertenece al trabajador, que es dueño de sus medios de producción. Compra con su dinero herramientas y materia primas y vende productos elaborados con los que transforma su trabajo en ganancia.

Quien no posee medios propios de producción puede vender todavía su fuerza de trabajo y trabajar por cuenta ajena. El comprador de esta capacidad de trabajar no gana nada si no se apropia de una parte del valor añadido por sus trabajadores. A esto se llama plusvalía.

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El cambista y su mujer. Marinus van Reymerswaele


El dinero se convierte en capital. La plusvalía

Al alcanzar la producción de mercancías determinado grado de desarrollo, el dinero se convierte en capital. La fórmula de la circulación de mercancías era: M (mercancía) -- D (dinero) -- M (mercancía), o sea, venta de una mercancía para comprar otra. Por el contrario, la fórmula general del capital es D -- M -- D, o sea, la compra para la venta (con ganancia). Marx llama plusvalía a este incremento del valor primitivo del dinero que se lanza a la circulación. Que el dinero lanzado a la circulación capitalista "crece", es un hecho conocido de todo el mundo. Y precisamente ese "crecimiento" es lo que convierte el dinero en capital, como relación social de producción particular, históricamente determinada. La plusvalía no puede brotar de la circulación de mercancías, pues ésta sólo conoce el intercambio de equivalentes; tampoco puede provenir de un alza de los precios, pues las pérdidas y las ganancias recíprocas de vendedores y compradores se equilibrarían; se trata de un fenómeno masivo, medio, social, y no de un fenómeno individual. Para obtener plusvalía "el poseedor del dinero necesita encontrar en el mercado una mercancía cuyo valor de uso posea la cualidad peculiar de ser fuente de valor", una mercancía cuyo proceso de consumo sea, al mismo tiempo, proceso de creación de valor. Y esta mercancía existe: es la fuerza de trabajo del hombre. Su consumo es trabajo y el trabajo crea valor. El poseedor del dinero compra la fuerza de trabajo por su valor, valor que es determinado, como el de cualquier otra mercancía, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción (es decir, por el costo del mantenimiento del obrero y su familia). Una vez que ha comprado la fuerza de trabajo el poseedor del dinero tiene derecho a consumirla, es decir, a obligarla a trabajar durante un día entero, por ejemplo, durante doce horas.

En realidad el obrero crea en seis horas (tiempo de trabajo "necesario") un producto con el que cubre los gastos de su mantenimiento; durante las seis horas restantes (tiempo de trabajo "suplementario") crea un "plusproducto" no retribuido por el capitalista, que es la plusvalía. Por consiguiente, desde el punto de vista del proceso de la producción, en el capital hay que distinguir dos partes: capital constante, invertido en medios de producción (máquinas, instrumentos de trabajo, materias primas, etc.) --y cuyo valor se trasfiere sin cambio de magnitud (de una vez o en partes) a las mercancías producidas--, y capital variable, invertido en fuerza de trabajo. El valor de este capital no permanece invariable, sino que se acrecienta en el proceso del trabajo, al crear la plusvalía. Por lo tanto, para expresar el grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital, tenemos que comparar la plusvalía obtenida, no con el capital global, sino exclusivamente con el capital variable. La cuota de plusvalía, como llama Marx a esta relación, sería, pues, en nuestro ejemplo, de 6:6, es decir, del 100 por ciento.

viernes, 24 de agosto de 2018

La guerra: un buen negocio


¿Quién piensa (y qué) en el complejo industrial militar?

Fragmento del libro de Michel Collon (Ediciones Investig’Action/Viejo Topo, Barcelona, 2018).


Josep Renau. El presidente habla sobre la paz




































"El capitalismo trae consigo la guerra como las nubes traen la tormenta", decía Jean Jaurès en 1914

(...)

En el sistema capitalista la guerra es un buen negocio, como cualquier otro. No, más bien es mucho mejor que los otros. De hecho, el que paga –el contribuyente– no tiene ningún control ni sobre la utilidad del producto, ni sobre el precio. Los fabricantes de armamentos le hacen pagar por lo menos dos veces más caro debido a la situación de monopolio y al sistema de corrupción generalizado en este sector.

Dado que los valores bursátiles de estas sociedades armamentistas se han doblado desde el 2014, la directora ejecutiva de Lockheed Martin ha mostrado su satisfacción por “la “inestabilidad” [en el Medio Oriente] “y por las oportunidades para los asuntos correspondientes”. Poco importa que Daesh sea un “enemigo” o un “factor estratégico” para Washington. En cualquier caso, es una buena estratagema para los accionistas.

Por cierto, vale la pena escuchar un poco el discurso de la directora ejecutiva de Lockheed Martin:

“Estamos muy entusiasmados por la manera como hemos remodelado nuestro catálogo de productos y de competencias. Financieramente, hemos superado todas nuestras previsiones para el 2015 y obtenido niveles récords de pedidos y de ventas internacionales. (…) El mes pasado, al presentar en el Senado su Informe sobre la amenaza global, James Clapper, el director del servicio de información dijo que 'la inestabilidad imprevisible' se había transformado en una nueva norma en lo que se refiere a las amenazas alrededor del planeta, una tendencia que va a persistir en el futuro previsible. El extremismo violento continúa extendiéndose. El ascenso sin precedentes de ISIS, de Boko Haram y de otros grupos militantes no parece menguar. Los ataques terroristas continúan produciéndose con una frecuencia alarmante en Europa, en Asia y en África”.

En resumen, para estos accionistas es ¡viva el terrorismo!

(...)

miércoles, 8 de agosto de 2018

Antonia Contreras y el origen de la malagueña

En esta reciente grabación de nuestro flamenco, entre los minutos 39.15 y 45.30, encontré una actuación de la malagueña Antonia Contreras, cantaora cuya larga trayectoria culminó en 2016 con la obtención de la lámpara minera en el Festival Internacional del Cante de las Minas.

Es de mucho interés esta sucesión, por orden cronológico, de tres cantes relacionados entre sí, que revelan al oído atento su origen y evolución. A los verdiales interpretados al modo tradicional por la panda de Comares siguen las versiones que hace Antonia de los fandangos abandolaos de Juan Breva y de la malagueña de La Trini.

Ya había comentado esto en los artículos del blog verdiales y del verdial a la malagueña. No está de más recordar otra vez las bellas inflexiones de unos cantes mucho más apreciados en otros países que en la mayor parte del nuestro.

Hace años se oía regularmente en España música francesa, italiana, la preciosa de Iberoamérica...

Ahora lo anega todo una cultura anglosajona invasiva, que además no es precisamente la gran cultura de esos países. Habrá que reivindicar, también en este campo, la memoria histórica.

martes, 31 de julio de 2018

Desigualdades de salud

Los apologetas del liberalismo pasan por alto la desigualdad social. En el mejor de los casos la consideran un mal necesario, porque sin la libre competencia capitalista las sociedades quedarían paralizadas. De igual modo que en una carrera los corredores más veloces se van distanciando de los más lentos, los individuos y las sociedades más prósperas progresan más rápidamente. Pero, como en la carrera, "todos avanzan".

Esta visión simplista no tiene en cuenta el hecho real de la explotación que tan a menudo reduce a la miseria a los menos aventajados en la imaginada carrera. Se basa en la optimista teoría del "progreso indefinido", que las crisis periódicas se encargan de refutar continuamente. La realidad se encarga de recordarnos los límites de todo crecimiento, y el símil adecuado no sería la carrera (¿hacia qué meta?), sino la guerra por las fuentes de beneficio.

Si en los momentos expansivos es posible un cierto derrame de la riqueza y el bienestar, en las fases depresivas los avances de unos se realizan a costa del retroceso de otros.

Cuando los beneficios disminuyen, bien sea por la resistencia de los explotados (y no hay que olvidar que el rozamiento aumenta con la presión; símil electrónico, las corrientes de Foucault...), sea por los cambios en la composición orgánica de capital o bien por el más que evidente agotamiento de los recursos, los capitales buscan otras vías para la acumulación, creando cada vez que lo necesitan nuevas oportunidades de negocio.

Este es el caso de la sanidad pública, y así ocurre con muchos otros bienes comunes. Por eso se privatizan cada vez más los servicios sociales, la educación y los servicios de salud. Frente a una demanda socializada de alza una oferta privatizada. Negocio redondo.

Y si cada uno debe costearse lo que necesita, solamente podrá hacerlo si puede pagárselo.

Hay que entender esto para dar la batalla por la igualdad en la salud, y entonces estará claro que la batalla por lograrla es esencialmente política. Esto mismo afirmaba Joan Benach en una entrevista realizada por estudiantes del Programa Doctoral en Salud Pública con Especialidad en Determinantes Sociales de la Salud, de la Escuela Graduada de Salud Pública de la Universidad de Puerto Rico, durante una reciente visita a dicha universidad.

Joan Benach es Catedrático de Sociología en la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Director del Grupo de Investigación en Desigualdades en Salud (GREDS-EMCONET) y Subdirector del Johns Hopkins University-UPF Public Policy Center. Como director de la Red de Conocimiento de Condiciones de Empleo (EMCONET), creada en el 2005 por la Organización Mundial de la Salud (OMS), jugó un rol importante en la identificación, acopio, debate y diseminación de información científica sobre los determinantes sociales de las inequidades de salud en el mundo, especialmente en el campo del empleo y el trabajo.

Siguen algunas de sus consideraciones.

















Entrevista a Joan Benach


Gloria Nazario (GN): Usted ha planteado en sus conferencias que vivimos en un mundo extraordinariamente desigual, en el que un grupo cada vez menor de personas, empresas y países controlan la mayor parte de la riqueza. Describe esa desigualdad como obscena y nos invita a mirar sus implicaciones sobre la salud. Le pregunto: ¿No ha habido avances en la salud de la humanidad? ¿Por qué son tan importantes las desigualdades sobre la salud?

Joan Benach (JB): En numerosas ocasiones he señalado y también escrito que, en mi opinión, la peor “epidemia” que vive la humanidad es la desigualdad social y su impacto en la salud. En el año 2009 el informe Oxfam dijo que 380 personas acumulaban la misma riqueza que la mitad de la humanidad. Hace un par de años señalaron que 62 personas tenían tanta riqueza como la mitad más pobre del planeta, pero en el informe del año siguiente, en 2017, dijeron que se habían equivocado en los cálculos y que la brecha entre ricos y pobres aún era mayor ya que tan sólo 8 multimillonarios tenían tanta riqueza como 3,700 millones de personas. Eso es inaudito, algo único en la historia. Al tiempo que eso ha ocurrido, también es cierto que, a lo largo de los últimos siglos y décadas, determinados procesos ligados con la salud, la sanidad y el conocimiento y control de enfermedades han ido mejorando. Entre los ejemplos más citados suele hablarse del acceso a antibióticos para tratar la neumonía por ejemplo, vacunas como la de la polio, tratamientos quirúrgicos especializados, por ejemplo, para tratar las cataratas, la disponibilidad de alimentos mejores y más seguros, el poder tener agua potable limpia y sin gérmenes, tener vehículos con menos riesgos y las mejoras en la salud laboral o los avances en la atención materno-infantil, por sólo citar algunos avances de una larga lista. Sin embargo, a pesar de esos progresos, y por distintas razones, las cosas no son tan positivas como a veces muchos piensan o dicen.

GN: ¿Por qué? ¿Qué razones nos permitirían entender por qué no todo es tan positivo como parece?

JB: El tema es bastante complejo porque tiene muchas caras, pero quizás podríamos resumirlo de la forma más breve posible en cinco puntos, aunque en realidad cada uno de ellos merecería una larga reflexión.
Lo primero que hay que entender es que muchos de los indicadores de salud que solemos usar, como las tasas de mortalidad por ejemplo, no son tan buenos ni tan válidos como a veces creemos. Un ejemplo es el enorme subregistro y gran cantidad de causas de muerte “mal definidas” que existe en muchos países (pensemos que menos del 10% tienen registros de calidad), sobre todo en los países y poblaciones más pobres, en donde hay causas de muerte muy estigmatizadas como el suicidio, todo lo cual distorsiona en buena medida los resultados que conocemos. 
Un segundo elemento es que, aunque sepamos medir la mortalidad u otros indicadores de enfermedad, eso no quiere decir que entendamos adecuadamente el conjunto de la salud humana. Y es que para entender la salud de forma integral hay que entender -y medir- temas muy importantes como son el malestar psíquico, el sufrimiento, la desesperanza, la humillación, la alienación social, o incluso la falta de sentido de la vida que mucha gente padece en el mundo actual. 
El tercer aspecto es que sabemos que, al tiempo que mejoran algunos temas de salud, otros empeoran. Un ejemplo es lo que en medicina se conoce como “iatrogenia”, es decir, el hecho de que determinados fármacos y tratamientos curan enfermedades pero, al mismo tiempo, nos enferman y matan. No por casualidad la iatrogenia es ya hoy la tercera causa de muerte en Estados Unidos. En el capitalismo del siglo 21, las grandes corporaciones químico-farmacéutico-tecnológicas hacen todo lo que pueden para lograr sacar el máximo de beneficios; eso quiere decir que “inventan” enfermedades y que presionan, manipulan y hacen todo lo posible para que, entre todos, profesionales sanitarios y enfermos, usemos determinados tratamientos que les generan beneficios pero que dañan la salud. Esa es también una “epidemia” que deberíamos evitar. Pensemos que alrededor de medio millón de personas en los países ricos mueren por efectos adversos a psicofármacos, la mayoría de los cuales son usados sin necesidad, o que en la Unión Europea mueren anualmente unas 200,000 personas a causa de los medicamentos. Otro conocido caso es el uso de cesáreas innecesarias en mujeres embarazadas, casi siempre realizadas en hospitales privados. En definitiva, al tiempo que la atención primaria y socio-sanitaria están infrautilizadas, muchos medicamentos y tratamientos deberían evitarse porque no curan sino que nos matan. 
Un cuarto punto es que, aunque la salud haya mejorado, eso no significa que tenga que seguir haciéndolo, ni quiere decir que alcancemos el nivel de salud que, de forma razonable, podríamos lograr. Y es que actualmente muchos países tienen una mortalidad infantil y una mortalidad materna demasiado elevadas, hay aún muchas enfermedades infecciosas prevenibles, millones de muertes prematuras, falta de atención sanitaria básica, etc., todo lo cual sería relativamente fácil y barato conseguir. Por tanto, hay muchas necesidades que cubrir. Por ejemplo, algo tan básico e importante para la salud como tener una vivienda, un trabajo o una sanidad dignos, disponer de alimentos adecuados y de agua limpia. Según la OMS se estima que 2,100 millones de personas carecen de agua potable en el hogar y que más del doble no disponen de saneamiento seguro. Y está el tema del hambre y la malnutrición. Quizás hace tres o cuatro siglos uno podría decir que no teníamos los medios, el conocimiento y la tecnología para alimentar a toda la humanidad, pero hoy sí los tenemos. Por tanto, arreglar esos problemas no es un asunto técnico sino político. 
Y un quinto e importante último punto es el hecho de que aunque mejore la salud, eso no quiere decir necesariamente que se reduzcan las desigualdades entre países y entre grupos sociales. Como ya he dicho, hoy estamos viviendo bajo una brutal desigualdad social y económica, donde los grupos sociales más excluidos, marginados y empobrecidos son los que más sufren las consecuencias de los determinantes sociales, económicos y políticos sobre la salud. A pesar de haberse producido –sobre todo en las últimas décadas- múltiples mejoras tecnológicas, si nos olvidamos de la urgente necesidad de mejorar esos determinantes, es casi imposible que gran parte de la población mundial pueda vivir una vida digna y con buena salud. Pensemos que una de cada cuatro personas en el planeta (unos 1,700 millones de personas) necesita tratamiento contra enfermedades tropicales no atendidas, y que una de cada 3.5 personas (unos 2,000 millones) no tiene acceso a medicinas esenciales. Eso tiene que ver con esa brutal desigualdad y con las relaciones de poder existentes, en las que una élite, una parte pequeña de la humanidad, vive bien (o muy bien) a costa del resto, en un planeta que sufre una gravísima crisis socio-ecológica, directamente conectada con la evolución de un capitalismo a veces llamado “corporativo”, “plutocrático”, “cognitivo” o incluso “neofeudal”, entre otros apellidos, que nos lleva al colapso y al abismo, del que si quiere podemos hablar con más detalle.
(...)
GN: Usted describió la crítica a los estilos de vida diciendo que “no elige quien quiere, sino que elige quien puede”… 
JB: Sí, es verdad, es una frase que intenta resumir de la forma más sencilla posible un tema que no es fácil de resumir. Un economista y novelista español fallecido hace unos años, José Luis Sampedro, solía decir que creer que las personas hacemos simplemente “elecciones personales” es en gran medida un mito, porque uno no puede elegir hacer determinadas cosas, y tampoco las pueden elegir todas las personas. Y es que no todas las personas tienen la misma capacidad, recursos y oportunidades para elegir qué hacer. Sampedro lo ilustraba diciendo por ejemplo: “sí claro, somos libres. Prueben a ir al supermercado a comprar algo con los bolsillos vacíos. A ver, a ver ¿cuánto pueden elegir y cuánto comprar?” Claro está, no puedes comprar nada con los bolsillos vacíos, necesitas dinero. Por tanto, no se trata puramente de un acto de elección voluntaria, o de una persona que decide hacer algo. Hay otros factores detrás, -en este caso la capacidad adquisitiva y todo lo relacionado con ello- que hemos de ser capaces de ver y entender.
GN: Y la gente por lo general hace lo mejor que puede dentro de sus circunstancias vitales…
JB: Desde luego, la gente no hace en su vida lo que quiere sino lo que puede o lo que le dejan hacer en base a las oportunidades, recursos, educación, cultura, poder, relaciones sociales, y otros factores, de que disponga. Si uno ha sido culturalizado en una familia, un barrio, o unos amigos donde lo común, lo normal, es consumir determinadas drogas como el alcohol o el tabaco, lo más probable es que esa persona consuma esas drogas. ¿Por qué? Porque las circunstancias relacionadas con la socialización y la disponibilidad de esas sustancias así lo facilitan, o lo hacen probable. Por tanto, no podemos aislar la elección y la conducta humana de la sociedad, ni de los grupos sociales a los que pertenecemos que, en gran medida, configuran nuestra identidad, nuestra cultura y nuestras conductas. El género, la clase social, el lugar geográfico donde vivimos, nuestro barrio, familia, cultura... Todo eso nos constituye como personas, como grupos sociales; y al mismo tiempo que lo hace, nos da más o menos posibilidades, más o menos oportunidades para hacer determinadas cosas y para desarrollar determinadas conductas. Eso explica, por ejemplo, por qué en los años 30 los fumadores básicamente eran hombres de las clases sociales más privilegiadas de los países más ricos que podían comprar los cigarrillos y, en cambio, que años y décadas más tarde fueron las mujeres y las personas de la clase obrera y de los países más empobrecidos quienes se sumaron ampliamente al hábito de fumar. En la medida en que los estudios científicos mostraron a la sociedad que fumar era malo para la salud, las personas de los grupos sociales más favorecidos fueron dejando de fumar mientras que, en cambio, otras personas de otros grupos no tuvieran las mismas oportunidades, no fueron tan conscientes de ello, o simplemente fueron el objetivo diana de las corporaciones tabaqueras interesadas en vender sus productos. Sabemos también que el conocimiento “per se” no implica cambios en las conductas y es que, como dije, hay que entender causas políticas y económicas muy profundas. En el caso del tabaquismo, a pesar del conocimiento adquirido y de todos los avances y campañas preventivas realizadas, las causas estructurales asociadas al beneficio y al poder hacen que en el siglo 21 vayan a morir debido al tabaco nada menos que 1,000 millones de personas. 
GN: En relación con el ejemplo del tabaco y lo que está comentando, ¿podría explicar con más detalle un fenómeno que creo es poco conocido y que comentó en una conferencia según el cual las desigualdades en salud tienden a ser “adaptables”?
JB: Sí, por supuesto, esa es una característica de las desigualdades en salud que comenté hace más de dos décadas en un artículo. No siempre los problemas sociales o de salud, o las propias desigualdades en salud ocurren en las clases sociales más pobres o en las personas que pertenecen a los grupos más excluidos. No siempre, pero casi siempre, con muchísima frecuencia. Ahora bien, a lo largo de la historia, cuando en algunos casos las personas de las clases más privilegiadas quedan más expuestas a riesgos o tienen más problemas de salud, lo cierto es que terminan por adaptarse, por aprender, por tomar conciencia y a la postre por mejorar su situación antes que otros grupos sociales. Eso quiere decir la “adaptabilidad”. El caso del tabaco antes comentado es un buen ejemplo. Cuando en los años 60, tras casi 15 años de estudios científicos, quedó claro que fumar es malo para la salud, los ricos se dieron cuenta pronto de que eso les perjudicaba y dejaron de fumar antes y más rápido que los pobres. En cambio, la población más pobre dejó de fumar pero en mucha menor medida. ¿Por qué? Por no tener las mismas oportunidades, los mismos recursos, los mismos medios o el mismo nivel de educación que las otras clases sociales. Es en ese sentido que comento que las desigualdades de salud son “adaptables”, algo que por otra parte ocurre con otros muchos temas. Pongo otro ejemplo, el de los alimentos “orgánicos” o “ecológicos”. Sabemos que una parte de la comida que consumimos, aparte de no ser muy nutritiva y tener elementos que tienden a engordarnos, tienen trazas de elementos químicos o de metales pesados que nos enferman y matan prematuramente. Un conocido ejemplo es el mercurio que tiende a bioacumularse en la cadena trófica y se deposita masivamente en pescados como los atunes por ejemplo. En parte por eso es que en las últimas décadas se ha ido extendiendo el hábito de consumir alimentos no tratados químicamente o no expuestos a productos sintéticos tóxicos. ¿Quiénes tienen un mayor acceso a ese tipo de alimentos ecológicos? Claro está, son las personas que tienen más consciencia, más recursos y el dinero necesario para consumir productos más caros pero más sanos que el resto de alimentos que tomamos. Por cierto, que también aquí son las grandes transnacionales las que tienden a controlar a las marcas orgánicas en eso que a veces se llama el sector bio. Sin embargo, afortunadamente van surgiendo también cada vez con más fuerza ejemplos de cooperativas de agricultores que venden sus productos orgánicos en barrios populares y sin los medios químicos propios de la agroindustria. 
GN: Usted ha insistido en que hay que tener conocimientos de historia en el campo de la salud pública, que la historia nos ayuda a comprender los determinantes estructurales de la salud, y que de ese modo es posible entender mejor cómo las causas de tipo socio-económico y político afectan la salud. El caso de la desaparición de la Unión Soviética que usted señaló me llama la atención, porque es un cambio, una ruptura, con unas consecuencias muy marcadas sobre la salud. ¿Podría abundar un poco sobre cómo una mirada histórica nos ayuda a comprender el deterioro de la salud en el caso del colapso que ocurrió en la Unión Soviética? 
JB: El tema que señala es muy importante pero con frecuencia olvidado en el campo de la salud pública. ¿Por qué importa entender la historia cuando pensamos en la salud de la población? Cuando digo eso no estoy diciendo que sea necesario que las personas tengan que tener muchísimos conocimientos históricos, no es eso. La cuestión estriba más bien en “tener sentido histórico” de la sociedad, de cómo es su evolución, sus procesos, sus luchas, sus logros o fracasos. ¿Qué quiero decir con “sentido histórico”? No se trata de tener una visión superficial de la historia, como el de quienes cuentan alguna cosa sobre una batalla o sobre la biografía y caprichos de un rey o de una reina. Eso no es la historia, eso es solo la superficie factual, una especie de simplificación casi ridícula de lo que en realidad es la historia. Y es que la historia es  -o debiera ser-  una ciencia total, como han dicho historiadores como Fernand Braudel, Pierre Vilar o Josep Fontana. Una ciencia total, integrada, seguramente la más compleja y difícil de estudiar que existe. ¿Por qué? Porque con ella se intenta integrar y entender la evolución temporal, el conjunto de circunstancias, fuerzas, poder, relaciones sociales, conocimientos, cultura y tecnologías que han hecho que en un momento dado una sociedad o un país  -como Puerto Rico por ejemplo-, sea el que es hoy en día. De ese modo es posible entender las fuerzas que construyeron el país, la mentalidad de su gente, las luchas sociales, pequeñas y grandes, que triunfaron o que fracasaron, la distribución del poder político y económico, la cultura de las elites y la cultura popular y obrera, la lucha de las mujeres por sus derechos, etc., todos ellos fenómenos que se han ido construyendo y que perviven en cualquier rincón de un país, en la vida, en la cultura, en el arte, en cada esquina… y que de un modo u otro se incorporan en los cuerpos y mentes de la gente y también en su salud. Por tanto, me parece que es fundamental entender todos esos procesos que son, al mismo tiempo, socio-ecológicos, políticos, económicos y culturales, el entramado de los cuales conforma el nivel de oportunidades y recursos de las personas, la desigualdad social, y en definitiva también la salud y la inequidad de la salud. El colapso de la Unión Soviética no es sino un ejemplo de los muchos eventos históricos que reflejan precisamente todo ese entramado al que me refiero. 
GN: Y es un entramado de circunstancias abierto, pero poco predecible y sujeto a la acción humana, ¿no es así?

JB:
Sí, así es, la historia es por definición un proceso siempre abierto donde fundamentalmente es la acción colectiva de los seres humanos en sociedad y bajo ciertos condicionantes ambientales lo que finalmente lleva a unas u otras situaciones y resultados. El caso de la Unión Soviética es muy interesante porque efectivamente se produjo un colapso que creo que nadie, o casi nadie, pudo prever. Y eso ocurre en parte precisamente porque las circunstancias históricas son complejas y muchas de las cosas que suceden no las conocemos o no podemos prever como sucederán. Los cambios que contribuyeron a la caída de la URSS a finales de 1991 fueron diversos y contaron con la intervención explícita de las élites occidentales. Creo que las tres principales causas de esa caída han sido muy bien resumidas por el magnífico periodista e historiador Rafael Poch: el agotamiento de las creencias religioso-ideológicas que cohesionaban el comunismo soviético; las reformas de Gorbachov, generadoras de la crisis de poder que promovió la rebelión entre la casta burocrática dirigente; y el reparto de poder entre Rusia, Ucrania y Bielorrusia que “mataron a la madre para quedarse con la herencia”, sobre todo Yeltsin que disolvió la URSS para quitarse de encima a Gorbachov. Con el cambio, se liberalizaron precios y se realizó una privatización rápida y masiva que desmanteló el estado y la vieja oligarquía burócrata soviética (“estadocracia” según Poch), creando una nueva elite mafiosa capitalista en el país en un tiempo record al tiempo que la sociedad se colapsaba. Se derrumbó el PIB de la economía soviética y tomaron el poder las élites rusas en combinación con el gobierno de Estados Unidos e instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional. Como resultado de ello, en muy poco tiempo cayó la esperanza de vida, aumentaron las desigualdades y todo ello incidió en la generación de lo que se ha llamado un “exceso de mortalidad”: gente que murió prematuramente precisamente a causa del colapso social del país. Se ha estimado que hubo 7 millones de muertes o “muertes prematuras”, que no debieran haber ocurrido. Es bien interesante, porque hay estudios que comparan la Unión Soviética y Bielorrusia cuando tuvieron lugar las privatizaciones masivas, muy rápidas en la Unión Soviética y mucho más lentas en Bielorrusia. Pues bien, eso afectó de forma muy desigual a ese “exceso de mortalidad”. En la parte rusa, la mortalidad fue muy alta mientras que en Bielorrusia no ocurrió del mismo modo y el incremento de mortalidad fue mucho más leve. Otro caso muy relacionado, y también muy ilustrativo, es el caso de Cuba. Como es sabido, por razones históricas la economía cubana estuvo estrechamente ligada durante décadas a la economía soviética, prácticamente desde la revolución del año 1959. Lo que sucedió fue el colapso de la economía cubana al mismo tiempo o en paralelo al colapso de la Unión Soviética. Sin embargo, en Cuba no ocurrió el mismo grado de desastre de salud asociado al aumento de mortalidad como en la URSS. Y eso no ocurrió, en gran parte porque la sociedad cubana, con todos sus problemas, dificultades y errores, ha sido una sociedad mucho más cohesionada socialmente, que ha puesto en práctica de forma organizada -y también a veces en forma represiva- políticas sociales, públicas, educativas y sanitarias muy fuertes, muy potentes, que fueron probablemente las que permitieron proteger en gran medida a la población cubana del colapso social. Claro está, durante lo que se llamó el “periodo especial”, y hasta quizás 1994, la economía cubana y la gente sufrieron mucho; hubo muchas dificultades en la economía, en la energía, la alimentación, etc., pero, en general, la sociedad cubana quedó mucho más protegida que la rusa
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sábado, 28 de julio de 2018

Los problemas galopan a caballo, las soluciones los siguen a pie

El nuevo gobierno de España acaba de crear un flamante Ministerio para la Transición Ecológica, sucesor de un misceláneo Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital, desgajado a su vez del anterior Ministerio de Industria, Energía y Turismo, y así sucesivamente. Parece ser un juego gubernamental dividir y reagrupar los departamentos ministeriales, compuestos de subsecretarías y direcciones generales cuya estructura, salvo en quienes los dirigen, debe variar poco...

En todo caso, es la primera vez que aparecen en la denominación ministerial los términos transición y ecología, muestra de que son temas que preocupan cada vez más. En particular, el problema energético aparece englobado como una parte del más general problema ecológico. Esperemos que la preocupación vaya más allá de una buena declaración de intenciones.

El Ministerio antecesor había elaborado hace ya un año una consulta pública para la futura Ley de Cambio Climático y Transición Energética española, comentada por Antonio Turiel en su blog. Por aquellos días traje al mío sus opiniones poco optimistas sobre la transición hacia las energías renovables. De sus comentarios sobre el cuestionario ministerial recojo algunos fragmentos significativos.

Como significativa es la ilustración que los acompaña.



Del post de Turiel sobre la consulta:
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¿Una economía baja en carbono? ¿cuál economía? Pues existen diferentes modelos de economía (y en realidad de sociedad) asociados a diferentes modelos energéticos, todos ellos bajos en carbono: podría ser una sociedad neofeudal, o ecofascista, o decrecentista, o colapsante, o radicalmente municipalista, o un estado fallido o ecofeminista. Podría ser muchas cosas, pero la que no podría ser nunca es la única que el legislador tiene en mente: un modelo continuista respecto al actual, en el que simplemente se cambia las fuentes de energía fósiles por energías "verdes"; básicamente, lo que se viene llamando capitalismo verde. El capitalismo verde es, justamente, la única cosa que no se puede dar por, entre otras muchas, las razones que daba en el post anterior. Es un error garrafal no darse cuenta de que no se puede separar el modelo económico del político (o de sociedad), pero eso plantea preguntas demasiado incómodas para un legislador que tan sólo quiere abordar este problema tan grave y complejo como si pudiera ser tratado con pequeños apaños legislativos.

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Toda la elaboradísima discusión actual sobre objetivos de emisiones, con sus porcentajes sectoriales y por países, cuotas y derechos de emisión, etc, es demostrablemente ineficaz, a pesar de que se pretenda lo contrario. Es una negociación pro-BAU ["Business As Usual"], que parte de una concepción evolutiva de las medidas a adoptar para conseguir la transición. No sólo es inaceptable, sino que es completamente inútil, como muestran los años transcurridos desde el Protocolo de Kyoto y que las emisiones mundiales sigan creciendo, por más que los proponentes de estos mecanismos vayan buscando excusas para justificar su inutilidad en el mundo real. El fracaso de este enfoque se debe a que no se va a la raíz del problema. A estas alturas, sabemos de sobra que nuestro ritmo de emisiones de CO2 es tan alto que simplemente manteniéndolo unas pocas décadas más garantizamos un cambio climático de grandes proporciones y que pondría en peligro nuestro continuidad en el planeta. No es ya tiempo para negociar cuánto vamos a reducirlas y a qué ritmo, no; es tiempo para tirar a fondo de la palanca de freno y rezar para que el tren se pare antes del abismo. En vez de eso, seguimos jugando con las casillas de ficheros Excel absurdos mientras nada cambia en lo esencial, y la razón es porque no se quiere poner en peligro el crecimiento económico (a veces eufemísticamente referido como "competitividad"). Es hora de aceptar la verdad y comprender que no podrá seguir creciendo la economía sin un crecimiento del consumo de energía (como explica Gaël Giraud).

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Mientras no se comprenda que hace falta una reforma radical e inmediata de la economía para hacer frente al problema del cambio climático, el resultado será simplemente un proceso de autoengaño sin que las emisiones se reduzcan. De hecho, parece mucho más probable que las emisiones se reduzcan debido a la grave crisis económica que se acerca (y en la que probablemente intervendrá el futuro shock petrolero) que no a ninguna de las políticas que se dicen estar implementando.

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Del post sobre la transición:
Cada vez que discuto sobre el problema de la crisis energética con especialistas del sector de las renovables, me encuentro, siempre, con los mismos planteamientos y con la misma discusión. Suele comenzar mi interlocutor, quien me comenta de los avances que se están haciendo en tal o cual tecnología para el mejor aprovechamiento renovable o para incrementar su penetración en la generación eléctrica. A esto vuelvo yo recordando que la electricidad representa poco más del 20% de la energía final consumida en un país avanzado como España, y que el 70 y muchos por ciento no eléctrico no es fácil de electrificar, y que se requiere mucho esfuerzo y planificación para llevar tal tarea a cabo, sabiendo que ciertos usos de la energía probablemente nunca se electrificarán. En añadidura, hacer toda esa transformación en el contexto que supone el desafío del peak oil, momento probablemente ya superado, en conjunción con los probablemente ya pasados picos del carbón y del uranio, y el no demasiado lejano pico del gas, implica que en relativamente poco tiempo vamos a necesitar mucha energía que ya no tendremos. Y que quizá el foco se debería poner en ver cómo se tienen que diseñar los escenarios para que la transición renovable sea estable, pues sin planificación podríamos acabar siguiendo un callejón sin salida (como los primeros resultados del proyecto MEDEAS parecen indicar – serán presentados el próximo septiembre, por cierto). En ese momento, mi interlocutor suele responder que todo lo que sea ir incrementando el potencial de generación renovable nos hace avanzar en la necesaria transición energética. Esa respuesta (la de que ir añadiendo sistemas de generación renovable es siempre avanzar en la buena dirección) demuestra, entre otras cosas, que mi interlocutor no ha entendido lo que le acabo de decir. Pues justamente uno de los problemas que tenemos es que, para que la transición renovable llegue a buen puerto y no nos conduzca más rápidamente al colapso, se requiere un alto grado de planificación.