domingo, 25 de junio de 2017

Crisis del capital (III)

A continuación va la parte final del artículo comenzado a reproducir aquí y que dejé aquí. En ella se constata la irracional racionalidad del Capital, que abandonado a sus propias fuerzas hace tiempo que se habría destruido a sí mismo. Tan solo las resistencias que se le oponen han logrado frenar un tanto esa autodestrucción.

Llegada a su límite su capacidad expansiva, hoy se centra en la defensa de sus posiciones, a costa, como es cada día más evidente, de la sobreexplotación del trabajo humano y de la naturaleza.

Sector tras sector, va quemando sus posibilidades, y al tiempo que se reduce la capacidad de enmascarar ideológicamente sus deficiencias aumenta progresivamente sus mecanismos represores:
"La sobredimensión de la vertiente policíaco-militar y la patente mayor decantación de clase del Estado e instituciones globales, son las salidas que en la actualidad se muestran más evidentes. Pero con ellas también el incremento de la visibilización del antagonismo."

Se desvanece con esto aquella idea de "Progreso" que marcó los origenes del capitalismo y que hacían parecer "razonable" su "racionalidad acumulativa".


AGOTAMIENTO DE LAS POSIBILIDADES DEL REFORMISMO EN EL CAPITALISMO TARDÍO
Andrés Piqueras
(...)

La guerra de clase unilateral del Capital 

La guerra de clase unilateral que desata el Capital como ofensiva para dar respuesta a la crisis estructural de larga duración en la que está sumido, es responsable del tremendo Ajuste Distributivo que se está dando en las formaciones sociales centrales en favor de aquél  9 .

Igualmente el Capital obliga al Ajuste Estructural en las periferias para poder seguir extrayendo ganancia del conjunto de la población mundial (a través del incremento de la apropiación de sus recursos y del aumento de la rentabilidad del capital invertido, también mediante la elevación de su carácter parasitario al extraer cada vez más capital excedente de las más pujantes de esas formaciones sociales, que es depositado en el sistema financiero controlado por las sociedades centrales, para aumentar así el capital de éstas -centralización del capital-).

Los resultados a los que tanto ha ayudado el proceso histórico de desposesión, más el de los recientes Ajustes Distributivos y Estructurales, serían escandalosos si no fuera porque en un medio social capitalista la desigualdad se naturaliza como parte del aire que se respira y todo el mundo está enseñado a vivir con ella y aceptarla. Así, el Instituto Mundial para la Investigación de Desarrollo Económico de la ONU (IMIDE), en su informe de 2006, mide la riqueza como el valor neto que los individuos tienen. El valor neto es el resultado del total del valor de activos físicos y financieros con el que aquéllos cuentan, menos los pasivos (digamos, lo que deben por créditos, préstamos, hipotecas, etc.). Esto se traduce en la propiedad de capital que tiene cada quien. Pues bien, según el IMIDE, en el año 2000 el 1% de la población adulta del mundo poseía el 40% de los activos globales y el 10% tenía el 85% de éstos, mientras que la mitad de la población adulta mundial sólo contaba con el 1% del total de los activos. El índice de Gini global, que mide la desigualdad (1 es la desigualdad total, 0 es la igualdad total) daba un resultado de 0.89, lo que significa que de cada 10 personas 1 se queda casi con el 99% de la riqueza, y las otras 9 con el 1%. Jamás la humanidad había alcanzado tan groseros niveles de generalizada desigualdad (que arroja toda clase de interrogantes sobre cómo puede mantenerse un orden así -¿aumentando cada vez más su componente antidemocrático?-). El informe advierte que incluso en las sociedades consideradas ricas hay muchas (cada vez más) personas cuyo valor neto es negativo (tienen más pasivos que activos). Lo cual habla de un tipo de pobreza que a menudo (todavía) no es reconocida como tal. 

Si el Capital hasta ahora no ha llegado más lejos en esta ofensiva es porque por una parte (al menos en las sociedades centrales) no puede desmantelar todos los mecanismos distributivos y de salario indirecto que acabarían definitivamente con la más mínima solvencia de demanda; pero sobre todo, por la perenne resistencia del Trabajo (la negación de la vida a ser negada) acumulada en forma de logros históricos plasmados en conquistas de derechos, correlaciones de fuerzas y disposiciones institucionales y regulativas de las sociedades. 

Sólo el Trabajo, con sus luchas, pone freno a la racionalidad irracional del Capital, inyectándole dosis de razonabilidad [lo razonable, a diferencia de lo racional, no sólo mide fines respecto a medios o recursos, sino que también evalúa éstos en función de las consecuencias (–sociales y ambientales- es decir, en relación a lo que hoy llamaríamos algo así como un ecobienestar)]. Esto es, pretende la realización práctica en la estructura de lo que se proclama en la metaestructura.  10 

Abandonado a su propia dinámica (sin las luchas sociales que le han dotado de cierta razonabilidad) hace tiempo que el capital se hubiera devorado a sí mismo y hubiera depredado el hábitat planetario. Es decir, que puede decirse también que la socialdemocracia (como -enjuto- resultado de las luchas sociales) pospuso por un tiempo las crisis del capital, permitiéndole una vida más larga.

Pero precisamente otra de las graves consecuencias de la drástica ofensiva que el Capital emprendió contra el Trabajo a escala planetaria en su fase neoliberal, es la reducción de la capacidad por parte de éste de generar razonabilidad alternativa. En contra de lo que ocurrió en otras fases de crisis estructural (en las que aumentó la conciencia radical del Trabajo), la previa ofensiva contra los sujetos organizados antagónicos, la eliminación, cooptación o integración de muchas de sus expresiones y la creación de una especie de ideosfera capitalista, acentúan la explotación cualitativa de la fuerza de trabajo [a diferencia de la explotación cuantitativa, que se mide por la diferencia de valor generado y apropiado, aquélla expresa la colaboración del Trabajo en la reproducción de las condiciones de su propia explotación (y autoexplotación)]. 

De los límites: persistencia de la crisis, agudización del antagonismo 

El tiempo extra que el capital se ha concedido a sí mismo a través de su última huida hacia la financiarización, parece asimismo agotarse. En las formaciones sociales centrales, y muy especialmente en el eje Wall Street-Londres, caen al final de la última década del siglo XX una tras otra las piezas de la denominadanueva economía”, que supuestamente, al inmaterializar los procesos económicos, permitiría un nuevo ciclo de acumulación capitalista. Efectivamente, se había supuesto que las nuevas tecnologías de informática y gestión permitirían reducir las existencias y los costes de las empresas, haciéndolas menos vulnerables a las crisis cíclicas. Tanto es así que las principales empresas no financieras asociadas a esta nueva huida hacia adelante del Capital comenzaron a recibir la confianza de los inversores de todo tipo, en forma de altísimas cotizaciones bursátiles. Tan altas que enseguida el valor de sus acciones superó el patrimonio neto generado por aquéllas (si en 1991 el valor de las acciones de las empresas no financieras representaba el 81% de su patrimonio neto, en 1995 pasó al 114%, y en 1999 al 195%). Con estas premisas no fue de extrañar que en breve los escándalos en la nueva economía se sucedieran (empresas como Enron fueron símbolo de este desinflamiento especulativo, con la detención de sus principales gerentes y accionistas). 

El Capital necesitaba una ‘salvación’ rápida, y ésta le vino a través del fatídico 11 S. A diferencia de la crisis bursátil del 29, cuya recuperación se dejó al “libre mercado”, Estados Unidos se sirvió de la terrible conmoción del 11-S para poner en marcha unas extraordinarias medidas expansivas en la economía, acompañadas de un despliegue de fuerza militar con muy pocos precedentes. Tales medidas fueron tanto de corte fiscal, con reducciones de impuestos y aumento del gasto público (esto último según la ortodoxia neoliberal era prácticamente un sacrilegio), como de cariz monetario (con sucesivos recortes de los tipos de interés para reflotar la demanda). También se permitió la autocartera de las empresas para animar las cotizaciones bursátiles y el relanzamiento general de la economía una vez más a través del enorme gasto militar (base tradicional del crecimiento de la economía estadounidense). Gasto que no se limitó a contribuir en el ámbito económico a través de la fabricación armamentística, sino que también lo hizo mediante su despliegue efectivo en forma de intervenciones e invasiones encaminadas no sólo a controlar los últimos recursos energéticos, sino a realizar una exhibición mundial de fuerza tendente a hacer recuperar la confianza en el dólar como moneda refugio (amparada por los misiles del ejército USA), frente al euro. Esa exhibición de fuerza se mostró realmente convincente, pues las cotizaciones bursátiles de Estados Unidos subieron como la espuma, hasta el punto que la Reserva Federal se vio obligada a realizar subidas del tipo de interés para controlar la inflación. Subidas que de paso reforzaron la atracción de capitales ejercida por el dólar y de los activos financieros nominados en esa moneda. Todo lo cual evitó la ‘natural’ limpieza de capital no competitivo que se supone que realiza la economía de “libre mercado” capitalista, dejando por una parte un lastre de capital sobreevaluado (no competitivo) sin capacidad de generar más patrimonio, mientras que por otra hizo aumentar de nuevo muy peligrosamente la liquidez internacional sin respaldo en riqueza real. Montañas de dinero sobrante(qué cruel designación) buscaron un nuevo refugio para colocarse: el negocio inmobiliario.

Los ámbitos de la especulación en que se materializó todo el proceso de financiarización económica o de hinchazón de los mercados financieros, fueron diversificándose y cambiando según se desinflaban las posibilidades de obtener ganancia en los que les habían precedido. Primero fueron los NIC y nuevos NIC, Siguiendo esa brecha abierta se volcaron las esperanzas especulativas en la nueva economíao economía inmaterial a través de la revolución de internet y la búsqueda de una nueva frontera de expansión del valor, esta vez virtual. Cuando esanueva economía se derrumbó a comienzo de los años 2000, la especulación financiera se hiperconcentró en el sector inmobiliario, hasta que hizo estallar la burbuja generada en torno a acciones y precios inflados muy por encima del valor real, comenzando a manifestarse el desajuste en 2007 para generar la crisis subsecuente de los años siguientes. Sin embargo, los agentes financieros mejor posicionados ya habían comenzado a derivar inversiones hacia los sectores energético y alimenticio (agroindustria y agrocombustibles), asegurados, como el inmobiliario, por su imprescindibilidad. De esta manera, se hicieron subir rápidamente los precios en ambos, a la espera de un nuevo y mayor desajuste, sin haber corregido todavía el inmobiliario, que permanece larvado.

En el cómputo total, la degeneración del movimiento del capital tiene unos límites cada vez mayores sobre los que saltar por encima, haciéndose más vulnerable a la intervención organizada del Trabajo (por lo que el principal objetivo de su ofensiva neoliberal fue deshacer la constitución de éste como sujeto político). La agudización de la escasez  11  con el freno de las fuerzas productivas; el incremento del trabajo excedente y a su vez el agotamiento de las posibilidades de seguir aumentándolo; la expansión de la producción fuera de los centros de trabajo (la capacidad del Trabajo socialmente combinada como sujeto de producción más allá del capital fijo); la extensión de la valorización a todos los ámbitos de la vida (de la producción al consumo, al descanso, al placer; al ocio, a las relaciones íntimas humanas), son algunos de los factores que otorgan una base objetiva a la socialización del antagonismo. Hay que considerar además que el Capital, como sujeto, ha estado siempre urgido por una delicada y difícil compensación entre las crisis de rentabilidad y las de legitimidad, debiendo enfrentar constantemente las fuentes del poder del Trabajo como productor (como fuerza de trabajo) y como reproductor social (como Trabajo generizado, como vida…), en un permanente intento de debilitarlas. Hoy, sin embargo, le resulta cada vez más difícil congeniar ambas. Es decir, frenar la subjetivación de la objetividad antagónica.

La sobredimensión de la vertiente policíaco-militar y la patente mayor decantación de clase del Estado e instituciones globales, son las salidas que en la actualidad se muestran más evidentes. Pero con ellas también el incremento de la visibilización del antagonismo. Esta es una encrucijada histórica en que el aumento de condiciones objetivas de ese antagonismo se va haciendo más susceptible de coincidir con la percepción del mismo, tanto más cuanto las posibilidades de reforma internas al devenir-del-capital se debilitan, agotándose por tanto también las vías de integración consensuada de las poblaciones.

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Bibliografía citada

Berterretche, J.L. (2009). “De la gran quema de capital ficticio a la depresión”, en http://correosemanal.blogspot.com/2009/02/de-la-gran-quema-de-capital-ficticio-la.html.

Bidet, J. y Duménil, G. (2007). Altermarxismo. Otro marxismo para otro mundo. El Viejo Topo. Barcelona.

Carcanholo, R, y Sabadini, M. (2009). “Capital ficticio y ganancias ficticias. Dos visiones críticas sobre el futuro del capitalismo”, en Observatorio Internacional de la Crisis, La gran depresión del siglo XX. Causas, carácter, perspectivas. DEI. San José.

Chesnais, F. (dir.) (2004). La finance mondialisée: racines sociales et politiques, configuration, conséquences. Editions La Découverte. Paris.

Chesnais, F. (2008). “El fin de un ciclo. Alcance y rumbo de la crisis financiera”, en Herramienta, nº 37. Buenos Aires.

Fernández Durán, R. (2003). Capitalismo [financiero] global y guerra permanente. Virus. Barcelona.

Martins, C.E. (2009). “A teoria da coyuntura e a crise contemporânea”, en Polis, nº 24. Universidad Bolivariana de Chile. Santiago.

Naredo, J.M. (2006). Raíces económicas el deterioro ecológico y social. Siglo XXI. Madrid.

Piqueras, Andrés (2002). Movimientos sociales y capitalismo. Historia de una mutua influencia. Germania. Alzira.

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NOTAS

 9  En España, por ejemplo, la tasa de explotación pasó del 70% en el año 60 –en pleno franquismo-, al 90% en 2001, y la acumulación de capital ha sido constante independientemente de la supraestructura política –tipo de Gobierno capitalista- de cada momento: al acabar los años 70 la participación de los asalariados en el PIB español era de algo más del 55%; en los años 2000, ha bajado a menos del 48%. Y es que el salario real no ha parado de descender desde 1993, con uno y otro Gobierno, como recoge Eurostat en su informe “Los ingresos brutos en Europa”, 2005. Tal empobrecimiento de la fuerza de trabajo es sólo compensado con más jornada laboral o con el pluriempleo de muchos de quienes trabajan remuneradamente, o bien con la incorporación al trabajo remunerado de otros miembros familiares, especialmente las mujeres [que enfrentan así una agotadora doble jornada (si las unidades domésticas –los patrimonios familiares tienen que encargarse de garantizar la supervivencia de la fuerza de trabajo, sobre todo de la más joven, ya que con el salario no basta para ello, el aprovechamiento del trabajo femenino no pagado en el interior de aquéllas se afirma como indispensable)]. Mientras que la enorme concentración de capital se manifiesta en las impúdicas ganancias de las principales entidades bancarias españolas, que superan los 5.000 millones de euros anuales, y hasta los 9.000 en algún caso.

 10  La relación de clases moderna que inauguró el capitalismo se basaba en la referencia a una relación racional (económica), sustentada en una relación razonable (jurídico-política) ligada a la declarada igualdad y libertad de los individuos. De ahí extraía legitimidad de origen.

Sin embargo, Marx desveló que lo razonable era solamente una ficción (el individuo desposeído no puede ser un individuo libre, y las partes no concurren, por tanto en igualdad de condiciones ante el mercado), que confundía la referencia a la libertad con la libertad misma. Esto es, la metaestructura declarada es sólo ficción, mientras que la estructura realiza en realidad su contrario: la dependencia y la explotación. Más detalles al respecto en Piqueras (2002) y Bidet y Duménil (2007).

 11  Recordemos que el capitalismo fue el que creó el concepto de “escasez” como cualidad crónica, permanente, de la vida. Al ser un sistema basado no en la satisfacción de necesidades para las grandes mayorías, sino en la creación de más y más necesidades para las reducidas minorías que en el mundo pueden consumir a discreción, generó con ello la permanente sensación de insatisfacción ligada al consumo (omnipresente por más que se consuma); identificada además con el supuesto imponderable de la escasez de recursos (los recursos siempre serán escasos para un consumo sin límites, propio de la civilización industrial-capitalista). Tal supuesto no acompañó a la humanidad en la mayor parte de su historia, como la Antropología no se ha cansado de mostrar, sino que el consumo suficiente con reposición de recursos para poder seguir consumiendo a un semejante nivel en el futuro fue un común denominador de muchos pueblos y culturas. Ese consumo suficiente estaba acompañado, lógicamente, de menor tiempo de trabajo, por lo que el tiempo de vida sin trabajar (dedicado entre otras muchas cosas al solaz) era mucho mayor. Ahí hay algo que aprender para una futura civilización.

La expresión gráfica en la ingeniería (5-b)

Estos son los poliedros regulares, "sólidos platónicos" como se los suele llamar. Solo existen estos cinco. Sus caras son todas iguales, sus vértices y aristas también. Si no atendemos a las medidas sino únicamente a las relaciones entre vértices (punto de vista topológico), los define el número de estas caras iguales en cada vértice, que fácilmente se comprueba que nunca pueden ser menos de tres ni más de cinco, y eso nada más que si son triángulos. Aparte de estos sólo pueden ser cuadrados y pentágonos.

La definición topológica es fácil con la notación de Schläfli, que refiere el número veces n que se repite el polígono de a lados en un vértice: {a,n} o bien (a)n veces. Los políedros posibles son entonces {3,3}=(3,3,3) (tetraedro), {3,4}=(3,3,3,3) (octaedro), {3,5}=(3,3,3,3,3) (icosaedro), {4,3}=(4,4,4) (hexaedro), {5,3}=(5,5,5) (dodecaedro).

La topología no entiende de medidas o formas, solo de continuidad. Los ángulos no importan; las medidas, tampoco. Ni siquiera las aristas han de ser rectas ni las caras planas. Para llegar a los poliedros regulares que conocemos hemos de ir definiendo otras cosas.

Caras planas y por lo tanto aristas rectas. Si además exigimos aristas iguales y ángulos iguales, las caras serán polígonos regulares. Con esto ya será regular todo el poliedro.

Que pueden ser inscritos en la esfera que pasa por sus vértices, circunscritos a otra, tangente en el centro de las caras. Y todavía habrá otra esfera tangente a las aristas por su centro, como si estuviera encajada en un poliedro de alambre.


Una vez más recordaré que la serie entera de estas entregas comenzó aquí y que la última fue esta.

El cubo, como unidad del espacio, servirá de módulo para estudiarlos. Pueden ser inscritos en él, y de sus relaciones se pueden obtener todas sus medidas.


División de un cubo en seis tetraedros (no regulares) de igual volumen:


Otra forma de dividir el cubo en seis piezas iguales. Si a su vez dividimos el cubo en ocho cubos menores, tendremos cuarenta y ocho piezas. Todas ellas comparten un vértice O (centro del cubo), y sus otros vértices son C (centro de una cara), A (centro de una arista), V (vértice).

Estas 48 piezas (6x8) son los módulos elementales del cubo, obtenidos cortándolo por sus planos de simetría. Estos módulos carecen de simetría ellos mismos, y por eso existen en dos variedades ("enantiomorfos"), siendo unos "de la mano derecha" y los otros "de la mano izquierda". No podemos descomponerlos en piezas iguales más simples.


Los demás poliedros también pueden dividirse en módulos tetraédricos de vértices O, C, A, V, que son sus módulos elementales. Las caras de los módulos son siempre triángulos rectángulos, y eso facilita medirlas aplicando el teorema de Pitágoras. En el tetraedro hay veinticuatro módulos (4x6):


En el cubo ya hemos visto que son 6x8 = 48.


En el octaedro son 8x6 = 48, como en el cubo.


En el dodecaedro son 12x10 = 120 módulos:


Finalmente, en el icosaedro son 20x6 = 120, como en el anterior:


Por lo tanto, el número de módulos se obtiene multiplicando el número de caras del poliedro por el doble del número de aristas de cada cara. Lo que hemos hecho es dividir la superficie en triángulos rectángulos iguales y tomarlos como bases de pirámides cuyos vértices coinciden en el centro del poliedro. La mitad de las pirámides, carentes ellas mismas de simetrías internas, es simétrica de la otra mitad.

Mediante cambios del punto de vista, podemos colocarnos de frente a cualquier plano, y verlo en su verdadera magnitud. Lo hemos hecho ya con las aristas del cubo. Si un plano está de canto, podemos situarnos para verlo de frente.


Así hemos puesto de frente las caras del cubo, y podemos hacerlo también con sus planos de simetría. Colocado en la posición 3, con una cara de frente y un eje cuaternario de punta, estarán de canto los planos diagonales, que contienen ejes de simetría de todas las clases (cuaternarios CC, ternarios VV y binarios AA). Las secciones por estos planos contienen todas las medidas de los elementos que nos interesan (aristas, diagonales de caras y diagonales del cubo). Esta sección principal coloca de punta en la vista 4 un eje de simetría binaria, mientras en la vista 5 hemos puesto de punta un eje ternario.


Las secciones principales contienen en verdadera magnitud todos los elementos importantes de los módulos elementales: las distancias del centro del poliedro al de una cara y a un vértice, del centro de una cara al de una arista y de centro de arista a vértice.


Conocido todo esto es fácil utilizar las vistas más sencillas del cubo para dibujar todos los poliedros regulares. A partir de estas vistas se pueden hacer todos los cambios de punto de vista, que desarrollaré en otra entrega.

En el caso del dodecaedro y del icosaedro se ha recurrido a la razón áurea que relaciona el lado y la diagonal del pentágono regular.


¡Hasta la próxima!

(continuará el capítulo)

jueves, 22 de junio de 2017

Dos conciertos para ti

Una persona muy cercana (más en el tiempo anterior que en el espacio actual) me recomendó con entusiasmo estas versiones de dos conciertos para piano de Mozart.

No conocía a la pianista, Mitsuko Uchida, pero una vez vista y oída su interpretación consideré oportuno incluirla en este blog y bajo esta etiqueta.

En este primer vídeo podemos apreciar, además, su capacidad para interpretar y dirigir a la vez la orquesta. Juzgad vosotros mismos sobre la exquisitez de esta versión.



El otro concierto:



Su propia forma de actuar y de vivir la música, ¿no es digna de la mejor imaginería barroca? Tiene algo de los éxtasis escultóricos de Bernini, o de las figuras de la Pasión de Cristo.

miércoles, 21 de junio de 2017

Crisis del capital (II)

Sigue a continuación el artículo cuya publicación comencá aquí y que por su longitud he dividido en varias entregas.

En esta segunda se analiza el mecanismo especulativo de la financiarización como forma de succionar la riqueza real de los otros cuando ha disminuido la posibilidad de seguir creando riqueza propia.

Es un modo más de continuar la "acumulación por desposesión" que ha sido siempre la forma más fácil de adquirir riqueza. Si el salteador de caminos o el usurero tradicional lo hacían en pequeña escala y con cierto riesgo, la guerra de rapiña y el pillaje colonial mejoraron la fórmula, y ahora el sistema, al agotar las anteriores posibilidades, la renueva en forma de gobierno financiero mundial.

La plusvalía que a trancas y barrancas sigue extrayendo la "economía real", es fácilmente intercambiada por dinero, que no es valor en sí mismo, sino pura representación del valor de las cosas. La creencia de que alguien respaldará esa "promesa de pago" con algo de valor material equivalente permite a una empresa emitir papeles, dinero financiero, respaldados por una riqueza que se supone previamente generada. La imposibilidad de controlar la riqueza real con que la empresa puede responder hace circular ese papel, que las más de las veces se apoya en riqueza futurible y no actual, hasta que el último poseedor descubre que solo tiene papeles sin valor al hacerse patente que tal riqueza no existe.

Una vez iniciado el proceso de sustitución de la economía real por la especulación financiera, la masa de capital excedente se emplea para la liquidación de las empresas menos competitivas mediante un proceso de fusiones y adquisiciones que concentran cada vez más capital ficticio. El capital excedente sirve también para comprar bienes y servicios públicos o estatales, convertidos en mercancías para la ganancia privada, tanto en los países centrales como en los periféricos.

Es ejemplar el caso de los países del Este europeo, en los que la venta de bienes públicos, lejos de producir su despegue económico, los sumió en una dependencia prácticamente colonial de los de Occidente, al no invertirse esas finanzas en los sectores productivos.

En resumen, la especulación es sobre todo una venta de creencias, de imágenes, de esperanzas de futuro. No puedo por menos que recordar la gran estafa que fue el grupo SOFICO:

Al principio, la venta de los apartamentos se realizaba después de que estuvieran construidos totalmente, pero posteriormente la transacción se hacía sobre planos y se cobraban cantidades a cuenta, y en ocasiones hasta la totalidad del precio, para que los futuros propietarios financiaran la construcción.

Como aun así los fondos propios resultaron insuficientes para las necesidades de expansión de las empresas del grupo, Sofico comenzó a captar recursos suscribiendo contratos de compraventa sobre supuestos apartamentos, terminados o en construcción, cuando la verdad es que en muchos casos no habían comenzado las obras o no se había adquirido ni el solar, por lo que en la mayoría de los casos los apartamentos resultaron ser ficticios.
Esta operación fraudulenta contó con una política de imagen, con la participación en el consejo de administración del grupo de altas personalidades del franquismo, lo que daba una sensación falsa de solvencia garantizada. Muchos años después, José Antonio Martín Pallín, fiscal que investigó la quiebra, afirmaría refiriéndose a la mayoría de esas personas:
Eran hombres de paja que daban imagen de solvencia. Como aforados que eran, elevamos un suplicatorio manifestando que existían en sus conductas indicios racionales de criminalidad. Pero no hubo respuesta a esa petición. Cuando se celebró el juicio, muchos años después, sólo se actuó contra el creador de Sofico, Eugenio Peydró, y su hijo. Y todo acabó en nada.
Solo resta recordar la enorme publicidad de este grupo, cuyo lema más repetido rezaba:
"La realidad de Sofico me ha convencido"
Igual que la realidad de la prosperidad capitalista convenció a los habitantes de la Europa oriental, muchos de los cuales, poco despues, emigraban a la occidental como mano de obra barata.



AGOTAMIENTO DE LAS POSIBILIDADES DEL REFORMISMO EN EL CAPITALISMO TARDÍO

Andrés Piqueras
(...)

El control de las finanzas internacionales por parte de las sociedades centrales permite utilizar el dinero de los demás para paliar en parte la propia incapacidad de acumulación, y posibilita seguir comprando el mundo sin inversión previa (lo cual no ayuda, sin embargo, a su capacidad de mejorar la rentabilidad del capital como “productor” de más capital).

Efectivamente, la financiarización es una forma de recaudar dinero aprovechándose de la plusvalía que han generado los demás, o lo que es lo mismo, de convertir a la representación del valor de las cosas [el dinero] en valor en sí mismo, en virtud de un complejo entramado de creencias sobre creencias (como por ejemplo, en que alguien respaldará el dinero-papel o dinero-moneda con algún equivalente de valor material). Veamos, para obtener dinero las empresas emiten pasivos o acciones (dinero financiero) en la participación de la riqueza que se supone que han generado previamente. La emisión sin control de aquéllos hace que en realidad no correspondan a la riqueza real con la que una empresa puede responder (haciendo del dinero financiero un capital ficticio), por lo que si todo el mundo exigiese la recuperación de acciones y pasivos las empresas quebrarían. Cuando se pierde la confianza o la creencia en alguna entidad financiera o bancaria, sobreviene el ‘pánico’ de los inversores o ahorristas: todo el mundo quiere retirar su dinero al tiempo, y el negocio montado sobre una irrealidad se hunde. También, paradójicamente, incluso cuando una entidad financiera ha tenido mucho ‘éxito’ y ha dado réditos importantes puede ‘activar’ involuntariamente la señal de que es bueno recoger ahora las ganancias, con lo que estimula que se retiren los inversores mejor informados, que suelen ser los que más masa dineraria tienen depositada, provocando efecto de arrastre en los medianos y después en los pequeños inversores, que como siempre son los que más posibilidades tienen de perderlo todo, pues cuando quieren reaccionar tiende a ser demasiado tarde y ya se ha producido la suspensión de pagos de la entidad. Este complejo entramado de creencias irreales y de intereses privados de afán de lucro rápido cuenta con una creciente complicidad popular, posible gracias a la construcción histórica del individuo posesivo, en el que el ansia de ganancia rápida, la posesión de objetos y la satisfacción a través del consumo incesante e instantáneo de mercancías llega al paroxismo. De todas formas, y por si esto fallara, Gobiernos y cúpulas sindicales vienen pactando la entrada en Bolsa obligada de pensiones y otros activos de la fuerza de trabajo, con lo que la “plusvalía financiera” se nutre también crecientemente de la parte no consumida de los salarios.

De igual forma, cuando las grandes empresas emiten aquellos pasivos pretenden que éstos no sean exigibles (es decir, que todo el mundo confíe en su solvencia), y por tanto los utilizan a menudo para comprar otras empresas menores o activos de las mismas que se supone que se van a revalorizar (buena parte de la actual absorción o adquisición” de la riqueza de unas empresas por otras se realiza en realidad sin que se efectúen pagos en metálico). Es por eso que cada vez más la ganancia de las grandes corporaciones empresariales se obtiene no tanto a través de la producción de valor o, valga decir, de riqueza, sino de la adquisición de la que ya estaba generada (ampliando crecientemente la concentración cada vez en menos manos de la misma)  7 . O sea que las actividades ligadas a la producción pierden peso a favor de las especulativas, generando, como dice Naredo (2006), dos tipos de empresas (y se podría añadir también de formaciones sociales) capitalistas:

1/ las que tienen capacidad de crear dinero financiero [quitando con ello a los Bancos la exclusividad en la intermediación financiera, razón por la que éstos han de depender crecientemente del crédito para su ganancia];

2/ las que tienen que conseguir su ganancia-dinero mediante la producción y venta de bienes y servicios.

Gracias al actual papel del Estado, a escala interna, y al de las instituciones de gobierno mundial (OMC, FMI, Banco Mundial, G-20, OTAN…), al nivel global, la enorme y creciente masa de capital excedente se emplea también en la compra de bienes y servicios que antes eran públicos o estatales y que pasan a convertirse en mercancías para la ganancia privada, tanto en los países centrales como periféricos: recursos energéticos y naturales básicos (agua, gas, combustibles fósiles, redes eléctricas, bosques, tierras, etc.), redes telefónicas, de correos, de transporte, sistemas educativos, de salud, etc., etc. Tal dinámica constituye uno de los puntales del presente proceso, planetario y brutal, de desposesión de seres humanos y sociedades, que sólo tiene parangón en la acumulación primitiva de capital” (en los orígenes del capitalismo)  8 . Aquélla es complementada con la provocación de crisis financieras parciales en determinados sectores (por ejemplo, aeronáutica, industria pesada, etc. …) o en unos u otros territorios (sureste asiático, Rusia, México, Argentina…), provocando la devaluación o sobredevaluación de numerosos activos locales, que luego son comprados a precio de saldo por el capital excedente central.

De los límites: de la deslegitimación al irreformismo 

Todas estas vías de fuga de sus tendencias cíclicas a la crisis, son objetivamente racionales dentro de la lógica capitalista. Es decir, que no son un capricho, ni radican en lamaldaddel género humano, y por tanto no se trata tampoco de apelar a ideales regulativos de tipo neokantiano ni al diálogoentre agentes sociales, o a la “cordura” para volver a un capitalismoorganizado (el que a menudo se añora vinculado al keynesianismo), como desde tantos ámbitos filosófico-ideológicos se pretende. De la misma manera que, en contra de lo tan a menudo vertido en los medios masivos de socialización y de ideologización, tampoco las crisis sistémicas son por causa de una mayor distribución de la riqueza -o dicho de otra forma, por la menor obtención de plusvalía a costa de los salarios (los cuales, no lo olvidemos, son siempre un factor dependiente)-, sino debido a la contradicción inherente a la imposibilidad de mantener la tasa de ganancia en la producción (Cuadro A)

Las medidas emprendidas evidencian, en cambio, una extensión de las contradicciones de la dinámica capitalista también al ámbito de la legitimación (o de la incorporación subordinada de las grandes mayorías a su proyecto). Así, por ejemplo, según la presente crisis se hace más grave y profunda el Capital se ve forzado a la paradoja de desmantelar los grandes dispositivos anticrisis que se habían ido construyendo en los últimos 50 años (el Estado Social, la negociación colectiva, Estatuto de los Trabajadores, derechos sociolaborales, etc. …). A esa ofensiva actual del Capital contra el Trabajo se la conoce como neoliberalismo, y se desenvuelve vinculada a la transnacionalización monopólica capitalista (conocida como globalización), que no es sino su máxima expresión histórica de disciplinamiento de la fuerza de trabajo (reduciendo al mínimo sus conquistas y resistencias), de difusión universal de la sobre-explotación del trabajo (que se exporta de las formaciones sociales periféricas a las centrales) y de desposesión de seres humanos y sociedades a escala planetaria. Todo eso requiere el creciente recurso a la fuerza. 

Aquí es donde se evidencian los límites de las opciones reformistas en general y de la socialdemocracia en particular.

La principal contradicción intrínseca a esta última es que para tener alguna relevancia social necesita que las cosas le vayan bien al capital, es decir, que éste emprenda o afirme una onda de acumulación, de manera que sea más fácil conseguir cierta mejor distribución social de la riqueza. Por eso cuando la tasa de ganancia se ve en peligro, casi siempre la socialdemocracia clásica y siempre la neosocialdemocracia intervienen con todos sus medios en favor del capital, haciendo cuanto está a su alcance para disciplinar al Trabajo, posibilitando los consiguientes “ajustes”. Del mismo modo, se mantienen atentas para desbaratar los intentos de la fuerza de trabajo por superar (“desestabilizar”) las reglas de dominación socioeconómica. 

Desde la década de los años 70 del siglo XIX, es decir al poco de nacer como proyección política del Trabajo, la socialdemocracia comienza a vincular su evolución al entramado institucional de la sociedad capitalista, mediante su propia institucionalización (la socialdemocracia inglesa primero y la alemana después, son paradigmáticas de ello). Esto en principio fue pretendidamente estratégico, teniendo como meta la superación del capitalismo a través del anticipamiento en su propio seno del sistema que le superaría: el socialismo. Pronto, sin embargo, la Segunda Internacional daría una variada gama de pruebas de que su propio devenir quedaba ligado de forma subordinada al del mismo sistema que decía querer transcender.

Efectivamente, en cada ocasión que éste mostraba señales de tambalearse, el cuerpo mayoritario de la socialdemocracia acudió en su ayuda, frenando o simplemente reprimiendo (a veces con la eliminación física –como en los casos de Luxemburg y Liebknecht-) los intentos de sobrepasarlo. Sin entrar en detalles sobre la colaboración en la I Guerra Mundial, podemos hacer mención a su claudicación en los momentos críticos por los que atravesó la República de Weimar en Alemania (su desastrosa política de connivencia con el lado más salvaje del capital terminó con su entrega al nazismo, dejando en la más absoluta desorientación y desprotección a grandes masas de población trabajadora), y su correlato en Austria. También hay que recordar su estrecha relación política y estratégica con el Capital en contra de la URSS –y otras experiencias de transformación-, y su alianza contra los partidos comunistas en buena parte de la geografía europea (que tiene una de sus más notorias expresiones en España, mediante su complicidad con la dictadura de Primo de Rivera, en los años 20).

Tras la Segunda Guerra Mundial, la socialdemocracia clásica de las formaciones centrales se confinó a sí misma dentro de los límites del keynesianismo a partir del Congreso de Bad Godesberg del SPD alemán, en 1959 (en adelante ya no contemplaría al sistema capitalista como un orden a superar). Tiene una de las máximas expresiones de su derrotero burgués en la política del que fue una de sus figuras más emblemáticas, Willy Brandt, quien al finalizar la década de los años 60 declaró que debía buscarse la desintegración progresiva de la Europa de economía no capitalista”. Más tarde, en 1975, el Ministro para Asuntos Ambientales de Inglaterra, Anthony Crosland, intentó de alguna forma dar una limpieza de imagen a una socialdemocracia europea cada vez más comprometida con el proceso de acumulación capitalista y con su geoestrategia imperialista, mediante los que se conocerían como principios de Crosland (democracia con justicia, anteposición de la dignidad humana a la rentabilidad económica, equidad entendida como redistribución). Todo ello quedaría, lógicamente, en nada. A partir de la década de los 90’, con la transnacionalización del capital, la socialdemocracia se hunde un escalón más al plegarse al nuevo orden de cosas impuesto bajo el pseudónimo de neoliberalismo”, convirtiéndose (neosocialdemocracia) en el pretendido apéndice humanosuyo en forma de Tercera Vía (no tan preocupada ya por la redistribución, sino por la paliación y prevención de ciertas marginalidades, sobre todo las potencialmente disruptivas, y el mantenimiento de ciertos poderes adquisitivos entre las capas medias de la población). 

Para no ser menos, los Partidos Comunistas que no habían claudicado mucho antes perdidos en la ciega pleitesía estalinista, se desplazaron hacia la derecha intentando ocupar el espacio que dejó vacío la socialdemocracia, renunciando a preparar la transformación socialista en aras de la real politik”, traducida ahora por intentar preservar ciertas conquistas sociales (el autodenominado “eurocomunismo fue el gran impulsor de todo ello –pero esto también puede ser aplicado a muchas otras organizaciones políticas antes “radicales”-). Sus “frutos” han sido la pérdida constante de apoyo popular y de militancia, acompañadas a menudo de su hundimiento electoral (y es que el oportunismo de medias tintas suele dar como resultado estas consecuencias).

En unos y otros casos, los sujetos provenientes del capital monopolista de Estado en su modalidad keynesiana para las formaciones centrales (los cuales ejercieron un notable dirigismo sobre las restantes), tienden a continuar categorizando e interpretando las nuevas condiciones con los recursos teóricos y táctico-estratégicos propios de esa fase en la que el capital era susceptible de reformismo. Pero el capital monopolista transnacional (que aquí consideramos como capitalismo tardío), ha hecho depender cada vez más la acumulación de la superexplotación y de la desposesión/marginación, ha reducido considerablemente la calidad ‘democrática’ de las sociedades, procurando instituciones de gobierno político, dirección económica y administración social preocupadas básicamente por garantizar el libre movimiento del capital y su reproducción ampliada a través de la apropiación privada de todos los órdenes de la vida y el mantenimiento de la ‘gobernabilidad’ (esto es, del disciplinamiento del Trabajo). Este nuevo orden de dominación ha vaciado al Estado como medio de constitución de ciudadanía y como espacio de resolución de contradicciones interburguesas, perdiendo además su exclusividad como agente regulador de la dinámica del capital.

El movimiento del capital como sistema entra así cada vez más en una dinámica de menor posibilidad de negociación.
(continuará)

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Bibliografía citada

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NOTAS

 7  Así por ejemplo, como consecuencia de su ubicación en la zona euro, la atracción de capitales ejercida por los Bancos y por la venta o canje de títulos en los mercados financieros ha sido la principal fuente de enriquecimiento de la economía española, capaz de compensar sus enormes déficits comercial y por cuenta corriente.

La creación de ‘dinero financiero’ por las empresas españolas –en forma de acciones emitidas- llegó a suponer el 6% del PIB en 2000, superando ampliamente la creación de ‘dinero papel’ y ‘dinero bancario’. Se trata de pasivos no exigibles, en cuanto que en la práctica no van a necesitar ser devueltos. Y esto es así porque los países “desarrollados” pueden emitir pasivos que son comprados de buen grado por el resto del mundo como depósito de valor o como inversión segura, y que a la postre no se van a exigir (ni implican hacerse con el control de las entidades que los emiten). Mientras que como los países “periféricos” no pueden hacer lo mismo, deben recurrir a préstamos o a pasivos sí exigibles, o bien recibir inversiones que tienen como contrapartida la propiedad o control de sus propias empresas, recursos o actividades.

Es con el ahorro del resto del mundo, pues, con el que la economía española (como buena parte de las sociedades centrales) ha podido erigirse en compradora de la riqueza de los demás (de aquellos mismos que la dan dinero para que se apropie de su riqueza). Esto es fruto de su “modelo de desarrollo” parasitario, que por otra parte la hace una economía crecientemente vulnerable a los avatares financieros y bursátiles, y con escasa soberanía productiva, sea industrial o alimentaria.

Todo ese capital excedente que no se convierte en capital productivo, se invierte en Bolsa o en las cada vez más diversas modalidades de interés bancario.

Sirve también para la inversión en la industria del ocio-espectáculo (ferias, parques temáticos, grandes edificios emblema que exhiben la ‘riqueza’ del capital excedente, acogimiento de muestras y exposiciones internacionales, etc.), con el sobredimensionamiento de actividades como el fútbol [que ha hecho de España el principal inversor-especulador en ‘fuerza de trabajo futbolística’ y todos los negocios que le son anejos (su ‘importancia’  económico-política viene testimoniada por ser la noticia que más tiempo ocupa en los telediarios, frente a cualquier otra)], etc.

Los límites de este modelo, sin embargo, han empezado por fin a hacerse patentes.

 8  Este gigantesco mecanismo de apropiación de riqueza social que ya había sido generada, ha tenido una de sus máximas expresiones en la compra a saldo de la riqueza material y social que tenían los países del Segundo Mundo (el Este europeo). Como es consustancial a este capital de rapiña, se ha mostrado incapaz o desinteresado de regenerar la maquinaria productiva de esos países, que (con la lógica excepción de Alemania oriental) sufrieron con su cambio de sistema un proceso de “tercermundización” o de drásticas caídas en los parámetros productivos, sociales y de vida. Por su parte, el capital productivo se muestra claramente incapaz (afluye insuficientemente) para integrar a esos países al capitalismo europeo desarrollado, por lo que en vez de una “integración” europea lo que se está dando en realidad es un proceso de colonización parasitaria de tales países del Este por los del Oeste (aunque las clases dirigentes del Este aspiran a aprovechar la integración en el euro para hacerse también atractoras de los capitales del mundo).

Por su parte, el capital excedente de las principales economías productivas del mundo, como la China, también viene adquiriendo riqueza de las sociedades periféricas y compra cada vez más de las centrales.