jueves, 29 de septiembre de 2016

De un tiempo a esta parte...

S.C.

De un tiempo a esta parte
se vigila los pies sin disimulo,
convencido de su incierta trayectoria.
Y alguna vez se los quita
ante el estupor de los transeúntes
no sin antes haberse disculpado.
En otros momentos en su dormitorio,
cuando la soledad es más intensa,
les da un giro de ciento ochenta grados
y se pone a rezar un padrenuestro
a los pies de su cama

 

domingo, 25 de septiembre de 2016

Amorosos triángulos...

Un querido compañero de la universidad, catedrático de matemáticas, culpaba de la dificultad de muchos alumnos para el buen razonar a que en los planes de estudio previos ya no figuraba un estudio serio de la geometría del triángulo.

Era una forma hiperbólica de enunciar el lema que según la tradición estaba grabado a la entrada de la Academia de Platón: 

“No entre nadie que no sepa geometría”

Aunque es evidente que no bastará ese estudio para abrir las mentes al pensamiento lógico, no deja de ser la geometría una sólida base, tanto para ello como para una buena intuición del espacio y de las formas que lo pueblan. Y esto que a algunos nos parece esencial (no menos) es soslayado precisamente en esta era de la imagen, cuando las máquinas dibujan "solas". Seguramente es porque se valora poco lo que se obtiene sin esfuerzo...

Por esta razón rompo otra lanza de reivindicación geométrica y copio aquí este artículo de Miguel Ángel Morales en El País.

En el enlace a GeoGebra encontraréis una sencilla demostración de por qué los nueve puntos se hallan sobre esta circunferencia, sea cual sea el triángulo elegido.

¿Y cuál es el centro de esa circunferencia? pues curiosamente es el punto medio del segmento que une el circuncentro (centro de la circunferencia que pasa por los vértices) y el ortocentro, punto donde se cortan las tres alturas del triángulo. En el enlace a GeoGebra de El País se ve clara y cinéticamente la relación entre estos tres puntos.

Aunque he dicho antes que lo que no cuesta esfuerzo se valora poco, podéis esforzaros en dar valor "muy fácilmente" al medio gráfico ofrecido, y ver lo que ocurre con todos los puntos citados en los triángulos equiláteros, isósceles, rectángulos...

Hale, a explorar.



La geometría plana, a pesar de su aparente sencillez, esconde auténticas maravillas. Y, en concreto, la geometría del triángulo es tremendamente rica en sorpresas geométricas, hechos inesperados que la convierten en una rama de las matemáticas digna de ser estudiada en profundidad.

El tema que nos ocupa hoy puede ser considerado como una de esas “sorpresas”. Vamos a explicarlo detenidamente, pasa así poder percibir todos los detalles de esta maravilla de la geometría plana.

Tomamos un triángulo plano cualquiera, el que sea, y marcamos en él los puntos medios de cada uno de sus lados. Podemos ahora dibujar una circunferencia que pase por esos tres puntos:


Hasta ahora poca sorpresa, ya que por tres puntos no alineados pasa una única circunferencia. Vamos, lo normal. 
 
Dibujamos ahora las tres alturas del triángulo, que son los tres segmentos que van desde cada uno de los vértices a la recta a la que pertenece el lado opuesto a dicho vértice y que son perpendiculares a esa recta. Si marcamos ahora los tres puntos de intersección de estas alturas con las rectas opuestas, se tiene que “curiosamente” dichos puntos también están en la circunferencia anterior:


Aquí la cosa comienza a ser interesante. Como hemos dicho, que tres puntos no alineados estén en una circunferencia es obligatorio, pero que sean ya seis puntos los que caen en la misma circunferencia tiene su gracia.

Pero aún hay más.

Como muchos habréis advertido, las tres alturas que hemos dibujado se cortan en un punto, que se denomina ortocentro. Bien, localizado el ortocentro marquemos ahora los puntos medios entre este punto y cada uno de los vértices. Obtenemos así tres nuevos puntos…¡¡que también están en la circunferencia anterior!!



Ya no son tres (lo normal) ni seis (interesante) los puntos calculados que caen en la misma circunferencia, sino nueve. El interés se torna ahora en sorpresa y, por qué no, en incredulidad. Pues no hay razón para ser incrédulo en este caso. Dicha circunferencia se denomina circunferencia de los nueve puntos, y el hecho de que esos nueves puntos caigan en dicha circunferencia es un teorema matemático (vamos, que tiene su demostración). 
 
Pero no queda ahí la cosa. Tenemos una circunferencia a la que pertenecen nueve puntos que podemos agrupar en tres grupos de tres puntos dependiendo de la manera en la que los hemos encontrado. Pero lo que tenemos es una circunferencia. ¿Y cuál es el punto más representativo de una circunferencia? Pues, posiblemente, es el centro. ¿Por dónde caerá el centro de nuestra interesante circunferencia? ¿Estará por ahí, digamos, situado aleatoriamente? ¿O, por el contrario, tendrá alguna relación con el triángulo? Veámoslo.

Recordáis que teníamos calculado el ortocentro del triángulo, ¿verdad? Pues vamos a calcular otro punto relacionado con un triángulo. Trazamos las mediatrices de cada lado del triángulo (son las rectas perpendiculares a cada lado y que pasan por los puntos medios de los mismos), y advertimos que las tres se cortan en un único punto. Ese punto se denomina circuncentro.

Bien, pues se da la circunstancia de que el centro de la circunferencia de los nueve puntos es, exactamente, el punto medio del segmento que une el ortocentro con el circuncentro. No solamente en nuestro triángulo, ni en un triángulo con unas características específicas, sino en todos los triángulos. ¿No os parece hermoso?

Para que podáis visualizar mejor todo esto, os dejo un applet interactivo de GeoGebra con todo lo que hemos contado. Podéis mover los vértices del triángulo y ver que en todos los casos esos nueve puntos están en la misma circunferencia. También podéis comprobar que el punto medio del segmento que une el ortocentro con el circuncentro es el centro de nuestra circunferencia viendo que todos los segmentos que unen dicho punto con los nueve anteriores siempre miden lo mismo:

Y en este pdf tenéis información sobre cómo demostrar este resultado, entre otras muchas cosas relacionadas con geometría.
 
La circunferencia de los nueve puntos también es conocida como la circunferencia de Feuerbach, porque el matemático alemán Karl Feuerbach (hermano del filósofo Ludwig Feuerbach) descubrió que la circunferencia pasaba por los puntos medios de los lados y también por los cortes de las alturas (los seis primeros puntos que hemos comentado en la construcción anterior), pero también se conoce con el nombre de circunferencia de Euler (aunque parece ser que no hay razones significativas para atribuir a Euler algo relacionado con este resultado). El primero que descubrió que la circunferencia también pasa por los puntos medios de los segmentos que unen el ortocentro con los vértices fue el matemático francés Olry Terque.
 
Como habéis podido comprobar, no hay ninguna duda de que esta circunferencia de Feuerbach es uno de los objetos geométricos más interesantes que se pueden encontrar en geometría plana. Pero seguro que muchos de vosotros conocéis otros teoremas geométricos dignos de ser citados. Estaremos muy agradecidos si nos habláis de ellos en los comentarios.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Renta petrolera

¿Se podrá culpar a los países exportadores de materias primas por aprovechar, mientras persiste, su posición de fuerza para imponer precios monopolísticos a su riqueza natural? Y en sentido contrario ¿se los responsabilizará de la mengua de su renta cuando caen los precios?

Obviamente, no se trata de repartir culpas por las políticas seguidas, sino de analizar lo ocurrido, teniendo en cuenta la natural tendencia, dentro del voraz y universalizado modo de producción capitalista, a aumentar la tasa de beneficio, utilizando estrategias que, aunque basadas siempre en la explotación de la fuerza de trabajo, se modulan en función de la correlación de fuerzas, tanto entre clases sociales como entre países y sectores.

Mientras duraron los años de bonanza del crecimiento, era natural aprovechar la coyuntura. En el reparto entre países tomaron ventaja los exportadores de petróleo. Entre clases sociales, algunos como Venezuela aprovecharon las ventajas de la renta para disminuir las desigualdades. Lo que no supieron o no pudieron lograr fue modificar su matriz productiva, entre otras cosas porque, presos del mercado mundial y de las alianzas entre sus burguesías nacionales y los capitales extranjeros que a ellos afluyeron, su industrialización, cuando la hubo, se amoldó a consolidar la estructura productiva realmente existente y a producir para el consumo interno, sin generar un desarrollo autónomo.

También en España, durante los años de la burbuja inmobiliaria, los trabajadores de la construcción gozaron de una buena capacidad de consumo, por los altos salarios que las empresas podían permitirse pagar, evitando la conflictividad, sin disminuir sus ganancias, que obtenían de la pura y dura especulación.

Cuando la crisis inevitable llega, ¿de dónde extraer plusvalías? El capital lo tiene claro. Hace falta que los trabajadores entiendan también el mecanismo y lo enfrenten donde hay que hacerlo.

Aunque la despolitización propia de los años "felices" lleva a confundir a los causantes reales con los circunstanciales gobiernos. ¿Cuánta gente piensa en España que los gobiernos de Felipe González y José María Aznar fueron los mejores, cuando sus políticas fueron la causa de lo que vino luego?

No son capaces de percibir que las causas producen efectos, en muchas ocasiones, en un tiempo posterior.
 


Rebelión

A contracorriente de lo que venían afirmando el "leninismo" y la Teoría de la Dependencia, algunos países del Tercer Mundo, exportadores de naturaleza, pueden llegar a ser países explotadores de aquellas naciones desarrolladas consumidoras de sus materias primas exportables. En tal sentido, los países exportadores de petróleo han venido ejerciendo un monopolio sobre esta materia prima estratégica, lo que les ha permitido imponerle a los países desarrollados, una renta petrolera internacional como manifestación concreta de un intercambio desigual

La masa de plusvalor en petrodólares trasegada de los países metropolitanos hacia el cartel de la OPEP, ha significado un gancho al hígado para aquellas economías. La respuesta imperial ante tamaña osadía tercermundista, fue el redespliegue industrial, o sea, desplazar capitales industriales transnacionales hacia estas economías rentísticas, con la finalidad de recuperar, vía beneficios del capital, la renta usurpada a los países desarrollados. El resultado de este redespliegue industrial para los países petroleros, fue la instauración en su seno de un capitalismo cuya sustantividad se asentó en la captación de la renta petrolera para apuntalar el proceso de acumulación de capital. Esta forma capitalista fue bautizada por Asdrúbal Baptista como capitalismo rentístico. Grosso modo, los perfiles de esta forma capitalista periférica son los siguientes:
1. Su burguesía la componen empresarios nacionales aliados a las multinacionales.
2. La tecnológica aportada por los capitales transnacionales, es aquella que ha sido declarada obsoleta en los países desarrollados.
3. Si bien los obreros nacionales son explotados por estos capitales, el proceso de acumulación descansa fundamentalmente en la renta internacional captada del Estado propietario del recurso natural.
4. La producción de este capitalismo está dirigida exclusivamente al mercado interno.
6. Para su funcionamiento este capitalismo exige una moneda nacional fuerte.
7. Las tasas de ganancias del capital, superan con creces a las obtenidos en los países centrales.
8. El salario real de los obreros se acerca bastante al valor de su fuerza de trabajo, por lo que el nivel de vida de la masa trabajadora alcanza una incuestionable mejoría. Esta mejora salarial no afecta la tasa de ganancia del capital pues, se sustenta en la renta internacional petrolera.
9. El equipo capital, las materias primas y gran parte de los bienes de consumo, son ofertados por la importación, dada la dureza de la moneda nacional.
10. El capital capta la renta petrolera a través de expedientes como: los créditos blandos, la baja carga impositiva, el suministro de energía barata, obtención de dólares baratos, materia prima barata ofertada por las empresas publica nacionales, misiones sociales que reducen la presión salarial, la corrupción en alianza con funcionarios estatales, y un mercado cautivo que le facilita poner precios de monopolio y desmejorar la calidad de sus productos.
Ahora bien, dado que la renta petrolera internacional está sujeta a los vaivenes del mercado mundial, una vez que se produce una depresión en las economías centrales, la renta tiende a achicarse. Esta situación se agrava una vez que determinada materia prima este llegando al final de su ciclo histórico, como es el caso del petróleo. 

El achicamiento de la renta petrolera para Venezuela ha reportado situaciones dramáticas, pues, de ahora en adelante nuestro parasitismo económico deberá dar paso al país que realmente somos; en otras palabras, deberemos afincarnos en el excedente económico creado pos nuestros obreros y dada la concepción bastarda del trabajo que esta sociedad arrastra desde los tiempos coloniales, se nos antoja que la transición al capitalismo normal será dramática por decir lo menos. 

El presidente Maduro Moros ante la mengua de la renta petrolera, viene enfrentando una conflictiva situación que anuncia el nacimiento del capitalismo normal en estos linderos nacionales. Este capitalismo normal liderado por el capital transnacional previamente alimentado por la savia rentística, de ahora en adelante, buscará sostener su tasa de beneficio exprimiendo la fuerza del trabajo criollo hasta los límites de la superexplotaciòn.
 
Esta sobrexplotación del trabajo que se inició en los estertores del Puntofijismo, se ha profundizado después de la muerte de Chávez, acicateada por la caída del precio del petróleo desde el 2014. La fenomenología de esta situación es la dramática caída del salario real de nuestros obreros. 

El otro expediente que tiene el capital para apuntalar su tasa de ganancia en Venezuela es la subsunción de la naturaleza al capital de manera gratuita, o sea, el asalto a los recursos naturales. 

Este es el capitalismo que se la viene encima a Maduro Moros, y que no apunta ni por asomo, al desarrollo de las fuerzas productivas nacionales, dada la tecnología que esta capital transfiere a la periferia. En consecuencia, nuestro presidente obrero va a lidiar con una lucha de clases in crescendo, para lo cual deberá sellar una alianza estratégica con el movimiento obrero-comunal, no sólo para salvaguardar el salario real de la clase trabajadora, sino también, para salvar la democracia participativa y protagónica que en estos momentos resulta altamente letal para la concreción de las fuerzas destructivas del capital planetario. En Venezuela pudiese estar decidiéndose hoy la suerte de la recuperación capitalista mundial y el futuro de los gobiernos democráticos en su más radical expresión política

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DEUDAS HEURISTICAS
ASRUBAL BAPTISTA Teoría Económica del capitalismo Rentístico. Caracas. IESA. 1997
El Relevo del capitalismo rentístico. Caracas. Fundación Polar. 2004
Bernard Mommer. Petróleo Global y Estado Nacional. Caracas. Comala.Com. 2003
Juan Kornblihtt. Critica a la Teoría de la Dependencia. www.youtube.com/wacht

El dibujo en la ingeniería (V-e)

Para seguir la serie desde el principio, pulsad aquí.

He mostrado en el último episodio cómo podemos dibujar la perspectiva paralela de un cubo (y con él de la referencia para cualquier perspectiva de este tipo) con solo tres líneas cualesquiera trazadas desde un punto del plano, aplicando a cada una de ellas una escala arbitraria. Con este único requisito la imagen obtenida será la proyección, la "sombra", de un cubo perfecto, aunque averiguar la dirección del "sol" que la proyecta sobre el plano sea algo relativamente complicado.

Si la proyección es muy oblicua habrá que dirigir una mirada igualmente oblicua para reconocer el objeto proyectado. Tal ocurre en este cuadro, Los Embajadores, de Hans Holbein. Dejo a vuestra investigación reconocer el objeto que flota ante ellos, que, según cuentan, era fácilmente reconocible al entrar por una puerta a la habitación en que se hallaba, en la inmedata pared izquierda y colgado a cierta altura.


El sistema más simple para representar esas formas cúbicas es el citado: aristas en tres direcciones arbitrarias, paralelas cada cuatro de ellas, con longitudes igualmente arbitrarias.


Si se eligen dos direcciones perpendiculares entre sí y se les aplica la misma escala, y la tercera dirección es oblicua a ambas, se obtiene la perspectiva caballera. Se supone que el cubo es paralelo al plano del dibujo, y la oblicuidad de la dirección desde la que se contempla es indicada por la escala del tercer eje.


¿Qué ocurre si en el caso anterior elegimos para proyectar el cubo la dirección perpendicular al plano del cuadro? Evidentemente sólo veremos una cara cuadrada de frente, y las cuatro limítrofes, de canto, nos seran invisibles. Pero si, manteniendo la dirección de proyección perpendicular al plano, movemos el cubo para que ninguna cara ni arista sea paralela a él, obtendremos una proyección ortogonal que, vista de frente, tendrá una apariencia más real.


En esta axonometría, un plano paralelo al del dibujo que corte al cubo en un vértice determinando un triángulo de trazas aparecerá de frente, con su verdadera magnitud.


Como vemos, esta es la perspectiva paralela que mayor realismo ofrece.


Un modo bastante simple de realizar la proyección ortogonal, igual de realista, es hacer los tres ejes equidistantes y las tres escalas iguales. Se trata entonces de la perspectiva isométrica. Pero la excesiva simetría le resta visibilidad.


En próximas entregas veremos lo que ocurre cuando el punto de vista, infinitamente alejado en la perspectiva paralela (como la sombra que produce el sol, con rayos prácticamente paralelos) se acerca al objeto proyectado, con lo que la imagen se parecerá a la sombra que produce la luz de una farola.

(continuará)

viernes, 23 de septiembre de 2016

Tiempo al tiempo

El tiempo es la medida de la vida, porque todos sus actos se desarrollan en él. Si el espacio es el escenario, solamente somos libres de movernos y actuar en él a lo largo del curso temporal.

No somos libres en tiempo pasado. Únicamente lo somos, o así nos lo parece, de cara al futuro. Desde luego, el concepto abstracto de libertad absoluta no es realizable, sujeto siempre a límites. Límites físicos dados por las leyes de la naturaleza, que en mecánica definen los que llamamos "grados de libertad". Límites, también físicos, de nuestro propio cuerpo y de nuestra mente. Finalmente, límites sociales, que condicionan todo nuestro futuro como antes lo hicieron con el pasado.

La sensación de libertad nos es dada por una, más bien teórica, capacidad de elección. Porque la estructura de la sociedad nos condiciona hasta el punto de que únicamente somos más o menos libres en nuestro "tiempo libre", y este se reparte de un modo muy desigual. El esclavo carece de él, el proletario lo tiene muy restringido. Son muy pocos los que tiene para sí todo su tiempo.

El poder es poder sobre el tiempo. Si soy dueño de mi tiempo soy libre. ¿Y quién es dueño de su tiempo? O habrá que preguntarse más bien ¿quién es el dueño de nuestro tiempo?

La tarta temporal no está bien repartida. Por eso, apropiarnos de nuestro tiempo se convierte en un problema político.

El vértigo temporal que impone en esta sociedad "liberal" el ciclo acelerado de la rotación de los capitales quita todo sentido a un futuro previsible, convertido en un eterno presente incontrolable. Tiempos divididos y subdivididos, procesos triturados en infinitas secuencias que no podemos controlar, hacen necesario que los que no tienen tiempo, porque no tienen poder, alcancen ese poder, arrancándoselo a los que, con él, aunque no sean realmente dueños de su tiempo, sí lo son del de todos los demás.




Rebelión

Quizá sea la palabra más inasible y evanescente de todas, tiempo. La filosofía ha intentado acotar el concepto y jamás lo ha conseguido, siempre se escurre entre definiciones y elucubraciones para aparecer y esfumarse sin dejar rastro alguno. Es pura inferencia cuántica, cuando la medimos físicamente nada sabemos de su sustancia y cuando creemos detenerla en una fórmula exquisita solo sabemos que nada es, mera ausencia.

Einstein vino a complicar las cosas, o a simplificarlas, según se mire, demostrándonos que no hay tiempo sin espacio y viceversa. Dicho a lo coloquial solo existe el aquí y ahora, para ser más precisos el aquí mismo y ahora mismo. O sea, que tras las verborreas varias y especulaciones más o menos profundas de la filosofía todo giraba alrededor del aquí y ahora. Poco más se podía decir al respecto sobre los secretos del universo. El resto, pues, era, es y será añadir palabras al asombro humano permanente sobre nuestra visión o perspectiva del mundo que nos contiene y condiciona a la vez que modificamos con nuestra propia cultura.

Sin embargo, tomando tierra el tiempo nos trae de cabeza. Nunca conocemos de modo terminante si somos prisioneros de él o somos capaces de erigirnos en dueños de su discurrir inexorable. El lenguaje está plagado de metáforas y símbolos que intentan asir tan veleidoso amigo-enemigo.

Su poder resulta colosal y la sabiduría popular ha acuñado el aforismo de dar tiempo al tiempo. Por tanto, el tiempo necesita de su mismisidad o egotismo para ser lo que es, un desdoblamiento que le actualiza constante, misteriosamente. Pero para observar ese tiempo actuando hemos de mirar las huellas o registros que deja en la naturaleza: sus transformaciones, también en el campo cultural, nos hacen ver la invisibilidad del tiempo: el crecimiento de una planta, la erosión de un cuerpo, el desplazamiento de un astro, los amaneceres, el sol poniéndose, la primera palabra emitida por un bebé…

Si damos tiempo al tiempo, todo puede suceder (o quizá no). Pero tenemos muy interiorizado que el tiempo tiene la última palabra: el aquí y ahora resultante es inapelable, aunque también consideramos que alguna influencia albergamos, por nimia que sea, en su devenir casi incontrolable. No obstante, en momentos de zozobra y crisis, dejamos al tiempo la responsabilidad de realizar lo que sea menester, lo mejor si ello es posible.

Más allá, o más acá, del tiempo, pues, nada hay, solo quimera, utopía, fe. Fuera del tiempo no somos nadie, si bien incluso en esos umbrales de la inexistencia queremos poner nombre al tiempo, asirlo o atraparlo en definiciones imposibles, simples alegorías de nuestra propia impotencia: tiempo de espera, que corra el tiempo, sin tiempo para nada, tiempo muerto, parar el tiempo…

Los esfuerzos contra el tiempo son siempre estériles, sin embargo aquellos que reducen el tiempo a una secuencia lineal son capaces de determinar una estructura que delimita una realidad abstracta convirtiéndola en una suerte de accidentes tangibles basados en actos, acontecimientos, causas y efectos que nos hacen vivir en una ilusión que es susceptible de aprehenderse por nuestros propios sentidos.

El tiempo así marcado y señalado mediante mojones de antes y después sucesivos construye historias a través de caminos de conveniencia. De esta forma el tiempo reprimido y determinado canaliza la obra del ser humano. El tiempo viene señalado a priori por la circunstancia histórica y los avatares del ser humano en el mundo. Nuestra vida se hace comprensible y mensurable seccionando el tiempo en segmentos, eras, épocas y años, horan que se van amontonando alrededor de un mirar hacia adelante, hacia una meta móvil que jamás se alcanza.

Ese tiempo domesticado, sujeto al poder del ser humano, no surge de la nada sino que se va erigiendo dialécticamente, entre luchas de contrarios que quieren llegar al poder supremo de marcar y controlar el tiempo total de una sociedad dada.

Ahí reside el verdadero poder, en transformar el tiempo en una estructura silenciosa de dominación y determinación de roles sociales. Desde las leyes constitucionales a las normas consuetudinarias todo versa sobre tiempos imperiosos, plazos restrictivos y presentes encorsetados en obligaciones y horarios fijos.

A cada edad le corresponde un tiempo; el tiempo lineal de cada edad impone unos modos de ser y actuar. El tiempo dicta justicia y prescripciones. El tiempo está en el despertar al trabajo cotidiano, en las horas de yantar y reposo, de estudiar y de entrar en periodos de ocio, de irse de vacaciones, de tocar el culmen de la jubilación y la vagancia consentida. Hay tiempo para hablar y callar, pero sobre todo lo que el tiempo hace es conducirnos por unos derroteros fijos de los cuales resulta muy difícil y costoso escapar. Romper los tiempos estipulados o huir de ellos resulta harto complicado, es tanto como desafiar al poder establecido.

Cuando el ser humano no cumple con el tiempo, la sociedad se siente en crisis. Algo fundamental falla, pueden abrirse grietas en el edificio social y político. Por tanto, el tiempo es en esencia político, más allá de su consistencia filosófica.

No habrá nuevos tiempos sin quebrar las conveniencias y mitos de la estructura actual. Hoy es el capitalismo, ayer el colonialismo, más lejos aún fue el sistema feudal… Podemos remontarnos a épocas remotas: en todas ellas el poder se expresaba en la capacidad simbólica de castas, elites o clases de estructurar y dictaminar el tiempo de una manera afín a sus intereses de dominación.

Una forma retrógrada de hegemonía social es la religión que procura que todos salgamos del hoy por un mañana que nunca llegará. Esta estructura nos convierte en títeres de un futuro inexistente que nos impulsa a sufrir por venturas fuera del tiempo.

El consumismo de nuestras sociedades globalizadas de la actualidad nos impele a vivir el presente como el único tiempo posible, un ahora sin aquí circular, sin destino, inmanente en su compulsiva búsqueda de sí mismo, un yo sin referencia alguna, solipsista, agotador.

Volver a empezar desde la nada es el tiempo al que estamos condenados la inmensa mayoría: sin ética ni moral, sin espacio político, en un vacío existencial donde punto de partida y meta son la misma cosa: instante puro, mero simulacro de tiempo.

Todo parece igual, anodino, insustancial, en la posmodernidad que nos ha tocado vivir. Millones de acontecimientos y nada sucede, todo sigue su curso inerme, dando la sensación de que los motores de la historia han parado el tiempo en seco. O mejor dicho han eviscerado al mundo de su compañero el tiempo. Pero el tiempo siempre está ahí, moldeable, políticamente activo. Jamás se podrá cambiar el mundo sin cambiar, en simultáneo, el tiempo que estructura nuestras vidas.

Aunque demos tiempo al tiempo, el tiempo por sí solo nada es. El poder transforma el tiempo a su antojo. Tomar el poder es tanto como controlar el tiempo. Ahí reside el quid de la cuestión política. Todos aquellos discursos que invitan a la revolución democrática o a las reformas de medio pelo y no tienen en cuenta el factor tiempo no son más que parcos fantasmas de palabras huecas.

Cuando no sentimos el tiempo marcando las pautas de nuestras conductas y obligaciones, vivimos en un aquí y ahora completo, donde el espacio temporal se adecua a la vida misma. Seguramente es lo más similar a eso que denominamos pomposamente libertad humana.

El tiempo sentido como una daga que corta la vida en pedazos y secuencias lineales es lo contrario a la libertad. Ahí estamos instalados en el contrato social, que no es más que una serie de prescripciones para no salirnos del tiempo de la realidad política. Quienes marcan los tiempos vitales, tienen el verdadero poder de decisión.

Sin atacar el tiempo desde su base, el tiempo hegemónico seguirá dictando sus designios. Tiempo al tiempo.