lunes, 18 de marzo de 2024

La tauromaquia como pretexto

En aquellos tiempos de ruidosa fanfarria para unos y obligada mudez para los demás, la sofocada lucha de clases buscaba desahogos, siquiera imaginarios, por vías que era difícil reprimir. Hemos visto que el humor, blanco o negro, era una. Pero había otras más.

En el fútbol, por ejemplo, se manifestaban filias y fobias que tenían que ver con asociar a algunos equipos con el poder y a otros con los sojuzgados. Las simpatías que más allá de Cataluña suscitaba el Barcelona partían con frecuencia de considerar al Real Madrid como "el equipo del gobierno". El Sevilla era "el equipo de los señoritos", mientras el Betis representaba al pueblo sometido. De ahí aquel grito numantino: "¡viva er Beti manque pierda!".

En mi pueblo se daba un caso paradigmático de alineación (y también alienación, claro está) en el ámbito taurino. Había en Écija dos novilleros que apuntaban maneras. Uno era Jaime Ostos, al que todos conocemos, aunque solo sea por la prensa rosa. El otro, que no tuvo tanta suerte (parece que fallaba justo en la suerte suprema) y al que pocos recuerdan hoy, se llamaba Bartolomé Jiménez Torres. Llegó a tomar la alternativa y se mantuvo algunos años en cartel. Incluso le dedicaron un pasodoble. Hasta que tuvo que abandonar y terminó su trayectoria como simple banderillero.

21-09-1954. Alternativa de Bartolomé Jiménez Torres











Por aquellos años el pueblo dividió apasionadamente sus simpatías entre los dos. Jaime pertenecía a una familia de cierto abolengo, aunque él no fuera de los más notables. Bartolo, en cambio, era un hombre del pueblo. 

"Bartolistas" y "Jaimistas" eran algo así, en un pueblo donde había un solo equipo de fútbol, como el equivalente local de los "sevillistas" y "béticos", que también los había. La inquina contra Jaime, que además mostraba cierta soberbia, la viví de cerca siendo muy niño.

Mi familia no era precisamente rica, pero en aquel tiempo de pobreza no era difícil a los menos pobres tener servicio doméstico. Los criados se llaman así porque en las sociedades antiguas bastaba criarlos y alimentarlos desde niños para que sirvieran a sus señores de por vida. No era tan feudal el mundo de los señoritos como antes había sido el de los señorotes, pero la paga de las niñeras no debía ser muy elevada, porque en casa las había y nos sacaban de paseo por las tardes a mí, mi hermana y mis primos; y recalábamos en "El Salón".

El Salón en 1940














Así se llamaba popularmente a la Plaza de España, el antiguo foro de la vieja Astigi. Era entonces un entorno precioso, con palmeras y naranjos, quiosco de música y unos bancos de piedra forrados de azulejos, entorno maltratado por los munícipes que vinieron después, aunque debo reconocer que las obras permitieron descubrir parte importante del pasado romano. Sentadas en aquellos bancos, las niñeras cantaban y las niñas bailaban sevillanas.

Me acuerdo de algunas letras alusivas a la pugna toreril. Decía una de ellas:

Bartolo gana
porque lleva a la novia
'vestía' de grana

y Jaime pierde
porque lleva a la novia
'vestía' de verde

No alcanzo a saber si lo "grana" era lo "rojo" que entonces estaba proscrito, aunque quizá solo fuera un color más taurófilo que político. El grana y el oro son colores taurinos, asociados también a "la roja y gualda". Para la bandera sí valía el nombre, como para el fútbol, aunque en un famoso partido URSS-España la selección tuvo que vestirse de azul. En cuanto al gualda, fue el senador Camilo José Cela quien expulsó este arcaico nombre de la Constitución.

Otras letras de aquellas sevillanas eran mucho más ofensivas, como la que decía:

Por ahí viene Jaime
con las orejas 'caías".
Parece un perro pachón
cuando va de cacería

La inquina popular contra el torero llegó al límite cuando, tras una gran bronca en una corrida, se quitó las zapatillas, les sacudió el polvo y nunca más volvió a torear en el pueblo.

He tomado prestadas las imágenes de Écija en el recuerdo, una colección que contiene nada menos que quinientas fotografías, muchas de las cuales servirán a un ojo crítico para entender el clima de toda una época. La ciudad siempre ha sido un enclave eclesiástico y señorial, llena de iglesias y palacios. El ambiente santurrón y militarote de la posguerra se refleja aquí en desfiles militares, procesiones, homenajes a vecinos ilustres, normalmente afectos al régimen, y visitantes ilustres. Visitas ministeriales, como la de Fraga Iribarne, y la famosa de Franco, quien en su discurso ritual desde el ayuntamiento empezó saludando, no a todos los españoles como acostumbraba, sino a los "ecijanos y andaluces todos". En una de las fotografías (331) puede leerse, y encima por triplicado, la famosa pancarta adoratriz: Franco, 54.000 ecijanos queremos oír tu voz". Ni que fuera Frank Sinatra.

Inmersos en la vorágine continuamente renovada de imágenes y noticias, las nuevas generaciones parecen haber perdido la memoria. El estímulo constantemente renovado de las pantallas ha borrado en una o dos generaciones canciones infantiles que perduraron durante siglos. Los juegos de internet han acabado con juegos muy antiguos. Me pregunto cuántos niños de hoy conocen el aro, si juegan a las bolas, a las chapas, al trompo, a la tanga (que al menos en mi pueblo no tenía que ver con el bikini). Aunque el patinete eléctrico haya vuelto a poner de moda el patín de mi infancia. ¿Cuántos de ellos siguen vivos, cuántas canciones infantiles y juegos manuales y verbales?

Podéis pensar que son añoranzas de viejo, pero es preocupante la desintegración mental que producen tantos estímulos continuamente renovados. La memoria a corto plazo dura apenas unos segundos, pero es de enorme utilidad si podemos utilizarla para articular una memoria de trabajo. A las nuevas generaciones les cuesta mucho controlar ese pulso rápido. En realidad nos pasa un poco a todos, porque hemos perdido la paciencia:

...de los años 80 en adelante somos, sin duda, generaciones que han perdido la paciencia. Contaba Bruno Patino en La civilización de la memoria de pez cómo Google se alegraba de haber sido capaz de medir el tiempo de atención que tiene la generación Milenial (precisamente quienes hemos nacido entre el 80 y el 95 aproximadamente) antes de pasar a otra cosa. El número de segundos, digamos, que somos capaces de prestar atención a algo antes de aburrirnos y pasar a otra cosa. Son 9. Nueve segundos.

Nueve segundos incompatibles con la capacidad de retención, necesaria para utilizar de modo coherente y continuado una memoria de trabajo que sea útil para llenar la necesaria memoria a largo plazo.

La memoria a largo plazo de los más jóvenes está hecha unos zorros. Quienes recordamos tiempos ya pasados no somos del todo conscientes de que la juventud actual no tiene ni idea de una historia que les parece prehistoria. Una parte de la población, además, cree que refrescar la memoria histórica fomenta el enfrentamiento e impide "cerrar viejas heridas".

Para complementar la anécdota taurina volveré un momento sobre otros recuerdos de mi infancia ecijana.

Tendría yo siete años cuando mi familia se mudó de casa y de barrio, y por estar más cerca me mandaron a un colegio de salesianos. Lo pasé allí muy mal, así que al año siguiente volví a la escuela pública, que estaba en la otra punta de la ciudad. En aquella escuela de la Calle Comedias me relacioné con niños de variadas clases sociales, y con algunos entablé una amistad que duró años, pese al alejamiento posterior.

También tuve allí otros maestros, buenos maestros, que me supieron orientar sin la presión psicológica que empleaban mucho los curas.

Recuerdo que hasta la ropa de los niños distinguía su clase social. Lo que más abundaba eran unas chaquetas de punto de color indefinido que llamaban "saquitos".

En la Semana Santa y en las procesiones desfilaban los niños del Frente de Juventudes, con sus camisas azules y su aspecto proletario, tocando cornetas y tambores. Por otro lado lo hacían los salesianos, con otros uniformes de niños más ricos, y que además tenían una banda de gaitas que había creado un profesor gallego del que no tengo malos recuerdos. Yo me sentía más identificado con los primeros; entonces, la Falange era para mí algo popular y "proletario", tal como se disfrazaban de populares los fascismos de la época.

La impresión de vivir en un pueblo de graves contrastes sociales era tan evidente que cuando mi familia se trasladó a Madrid poco tiempo después (tenía yo diez años) me ocurrió un caso que voy a contar.

Fui de visita con mi tío Gonzalo a casa de unos amigos suyos, un piso muy señorial de la calle Doce de Octubre. En un momento dado aquellos amables señores, a los que recuerdo con cariño y con los que estuve luego muchas veces, me preguntaron qué podía contar de mi pueblo, y no se me ocurrió otra cosa que soltar:

Pues que los pobres son muy pobres y los ricos son muy ricos.

No puedo recordar si aquello les pareció bien o mal. Seguramente les hizo gracia viniendo de un niño bastante inocente, pero sí recuerdo lo que me dijo mi tío cuando volvíamos a casa:

No debiste decir aquello, porque estos señores son terratenientes...

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