Cien años con Fidel, porque aunque su larga vida de noventa años terminó hace diez, su ejemplo permanece. Porque su figura cambió el curso de la Historia, y las luchas que sostuvo siguen activas. Con su convincente discurso, siempre atento a enseñar al que no sabe, en muchas ocasiones su fino análisis anticipó realidades, algunas ciertamente muy desagradables, que ya están aquí.
Fue y sigue siendo calumniado y denostado por los que tienen sobrados motivos para odiarlo. Analizad quiénes son y cuáles son esos motivos.
El número 271 de la revista Nuestra Bandera está íntegramente dedicado a conmemorar este centenario, como homenaje debido a su persona, pero también como análisis imprescindible, en unos momentos en que el Imperio, bajo la insólita batuta-estaca del Loco de la Colina (del Capitolio, pido perdón a Jesús Quintero) acosa a Cuba pretendiendo ahogarla, y con ella cualquier esperanza revolucionaria en un mundo que tanto la necesita.
Treinta y tres textos (catorce cubanos, nueve españoles y cinco del resto del mundo, además de cinco reseñas) se ordenan en cuatro bloques: dos secciones para Cuba, otra para España y Europa y otra para el Sur Global. Junto a la voz del propio Fidel, muchos autores unen las suyas en este número.
Entre ellos, y no los nombro a todos, están su hermano Raúl, el presidente Díaz-Canel o Aleida Guevara, y también Abel Prieto, Enrique Ubieta y Rosa Miriam Elizalde. De otros países, citaré a Vijay Prashad o Atilio Borón, autores de reconocido prestigio internacional, y finalmente a los españoles Ignacio Ramonet, Enrique Santiago, José Luis Centella, Manu Pineda, Victor Ríos, Eva García Sempere y Manolo García. Presenta el monográfico José Sarrión.
He seleccionado dos textos representativos, el editorial que inicia el monográfico y la aportación de Ignacio Ramonet, que lo conoció y compartió con él cien horas y otras muchas más. Texto recogido de Le Monde Diplomatique, donde se publicó el 25 de noviembre de 2025, conmemorando el noveno aniversario de su muerte.
Las razones de un centenario
El centenario del nacimiento de Fidel Castro constituye una oportunidad para la reflexión teórica y política. No se trata únicamente de conmemorar a una figura histórica de dimensión excepcional, sino de plantearse el significado profundo de su legado, y hacerlo en un momento en que el capitalismo atraviesa una crisis estructural prolongada, marcada por la desigualdad, la inestabilidad geopolítica que trata de resolver recurriendo a políticas agresivas de carácter ultrarreaccionario e incluso con resonancias fascistas.
Una primera cuestión a tener en cuenta es que Fidel no pertenece solo al pasado. Su pensamiento y su praxis son, en muchos aspectos, tremendamente actuales y continúan ofreciendo claves interpretativas y estratégicas para las fuerzas que combaten al imperialismo. Por ello este número monográfico de Nuestra Bandera propone una lectura rigurosa, crítica y actualizada de sus enseñanzas.
Fidel Castro conjuga como pocos la teoría revolucionaria y la acción política. Su liderazgo en la Revolución cubana no puede entenderse sin su capacidad para articular un proyecto nacional heredero de Martí, con vocación socialista, capaz de movilizar al pueblo cubano, en torno a un proyecto liberador. La Revolución de 1959 fue la culminación de un proceso de acumulación política, cultural y organizativa que encontró en Fidel a su principal catalizador. Su lectura del marxismo, creativa y alejada de dogmatismos, permitió situar la Revolución cubana en el nivel más importante de las batallas antiimperialistas del siglo XX.
En este sentido, una de las aportaciones más sólidas de Fidel es su concepción del antiimperialismo como principio básico de la política revolucionaria. Para él, la defensa de la soberanía de los pueblos era una condición material indispensable de cualquier proyecto socialista. La resistencia frente a la dominación externa, económica, militar y cultural se convirtió en un eje estratégico que trascendió las fronteras de Cuba y se proyectó hacia toda América Latina, África, y luego hacia el resto de lo que hoy se conoce como Sur Global.
Desde estos principios su concepto de solidaridad internacionalista nunca fue una idea retórica, sino que, por el contrario, se plasmó en prácticas concretas, desde las misiones médicas por todo el mundo hasta el apoyo a movimientos de liberación, pasando por la cooperación educativa y científica o la lucha contra el pago de la deuda externa. Esta dimensión internacionalista, inseparable de la identidad de la Revolución cubana, constituye hoy un referente imprescindible para quienes en todo el mundo luchan contra el imperialismo.
Pero la actualidad de Fidel no se limita al antiimperialismo. Su pensamiento económico merece una relectura atenta. Fidel comprendió que la construcción socialista en un país pequeño, bloqueado y dependiente de importaciones exigía una combinación flexible de planificación, innovación tecnológica e implicación en un proyecto regional. Su insistencia en la educación, la ciencia y la cultura como pilares del desarrollo no respondía a un idealismo voluntarista, sino a una visión estratégica. Solo un pueblo altamente formado podía sostener un proyecto socialista en condiciones de asedio permanente. En un momento en que el capitalismo digital concentra poder en manos de grandes corporaciones tecnológicas, la defensa del conocimiento y la investigación científica como bien público adquieren una gran relevancia que demuestra una visión estratégica fundamental.
Asimismo, su concepción del liderazgo político, profundamente vinculada al pueblo, nos presenta a un Fidel que se dirige permanentemente a la población para informar y movilizar, estableciendo una complicidad producto de una relación con las masas, construida a través de la comunicación directa, la ejemplaridad ética y la capacidad de interpretar las necesidades y aspiraciones populares. Fidel no dudaba en lanzarse a la calle para debatir directamente, cara a cara con el pueblo, cuando la ocasión lo requería. En un tiempo marcado por la desafección política, esta dimensión del liderazgo revolucionario invita a pensar las formas de articulación entre organización, militancia y ciudadanía para conseguir hacer frente a los retos que hoy tiene planteada la lucha antiimperialista derivada de unas condiciones geopolíticas cambiantes.
El centenario de Fidel coincide con un escenario internacional en transformación en la medida que la crisis de hegemonía estadounidense se acompaña del surgimiento de un movimiento de países emergentes que defienden proyectos de integración alternativa como la CELAC o el impulsado por los BRICS+, que reconfigura el mapa geopolítico. En este contexto, la lectura fidelista del concepto de solidaridad internacionalista, basada en la defensa de la soberanía, la cooperación Sur-Sur y la construcción de un orden multilateral más justo, adquiere una actualidad evidente. Por ello este número monográfico de Nuestra Bandera no pretende trasladar mecánicamente sus análisis al presente, sino que se plantea recuperar su capacidad para conseguir una combinación de realismo estratégico, audacia política y compromiso ético.
También queremos poner sobre la mesa cómo, para las fuerzas antiimperialistas y transformadoras europeas, el legado de Fidel plantea desafíos específicos, en la medida que, en sociedades marcadas cada vez más por la mercantilización de la vida, la fragmentación social y el avance de la extrema derecha, la experiencia cubana invita a repensar la centralidad del Estado social que garantice los derechos básicos de todo ser humano, al tiempo que nos interpela sobre la necesidad de construir proyectos políticos capaces de disputar al pensamiento neoliberal el sentido común, generar esperanza y articular mayorías sociales en torno a un horizonte emancipador. La Revolución cubana, demuestra que es posible construir alternativas incluso en condiciones adversas, siempre que exista voluntad política, organización y claridad estratégica.
Este número de Nuestra Bandera no pretende ofrecer una visión idealizada de Fidel Castro. Nuestro propósito es contribuir a un análisis riguroso y diverso, que permita comprender la complejidad de su figura y la riqueza de su legado. Fidel fue un dirigente excepcional, pero también un importante pensador político, cuya obra merece ser estudiada con seriedad. Su centenario es una oportunidad para hacerlo desde una perspectiva marxista, internacionalista y comprometida con las luchas del presente.
En un mundo atravesado por crisis múltiples como la económica, ecológica, o democrática, la pregunta por la posibilidad de un futuro socialista adquiere una urgente importancia. Fidel Castro, su lucha y su enseñanza, nos recuerda que la historia no está escrita de antemano y que la transformación social es siempre una tarea abierta. Este monográfico, más que un homenaje a una figura histórica, es, sobre todo, una invitación a estudiar, a debatir, a organizar y a imaginar nuevas formas de emancipación.
Finalmente, cabe resaltar que este número tiene un significado especial, en la medida que, para el Partido Comunista de España, Fidel Castro no ha sido nunca un referente político distante. Desde los primeros años de la Revolución cubana, el PCE reconoció en Fidel a un dirigente capaz de llevar a la práctica un proyecto socialista en condiciones extremadamente adversas, y Cuba se convirtió en un punto de apoyo internacional para el PCE, que entendió y entiende como propia la lucha por mantener viva la Revolución cubana. Esta relación histórica, basada en el respeto político y la coincidencia estratégica, otorga, como decimos, a este número de la revista un carácter especial que esperamos sea apreciado por quienes lo lean.
En el panteón mundial consagrado a aquellos que con más empeño lucharon por la justicia social y que más solidaridad derrocharon en favor de los oprimidos de la Tierra, Fidel Castro —le guste o no a sus detractores— tiene un lugar principal reservado.
Lo conocí en 1975 y conversé con él en múltiples ocasiones, pero, durante mucho tiempo, en circunstancias siempre muy profesionales y muy precisas, con ocasión de reportajes en la isla o mi participación en algún congreso, algún seminario o algún evento. Luego nuestra relación se fue estrechando. A veces me invitaba a cenar en la intimidad de su despacho del palacio de la Revolución y charlábamos durante horas sobre la marcha del mundo. Otras veces me confiaba “misiones” discretas como ir a encontrarme con algún dirigente de izquierda latinoamericano sobre el que tenía sus dudas, para que yo le diera mi opinión personal. Él fue el primero que me habló muy bien de Hugo Chávez (quien era entonces “sospechoso” para gran parte de la izquierda mundial porque se le acusaba de haber dirigido, el 4 de febrero de 1992, un intento de golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez, presidente socialdemócrata de Venezuela y líder de la Internacional Socialista). Fidel me aconsejó de ir a verlo, de conocerlo y de ayudarlo.
Cuando, en 2003, decidimos hacer el libro Cien horas con Fidel, me invitó a acompañarle durante semanas por diversos recorridos. Tanto en Cuba (Santiago, Holguín, La Habana) como por el extranjero (Ecuador). En coche, en avión, caminando, almorzando o cenando, conversamos largo. Con y sin grabadora. De todos los temas posibles, de las noticias del día, de sus experiencias pasadas y de sus preocupaciones presentes. Que yo reconstruía después, de memoria, en mis cuadernos. Luego, durante tres años, de 2003 a 2006, nos vimos muy frecuentemente, al menos varios días seguidos, una vez por trimestre para avanzar en la realización del libro.
Descubrí así un Fidel íntimo. Casi tímido. Muy educado. Escuchando con atención a cada interlocutor. Siempre atento a los demás, y en particular a sus colaboradores. Nunca le oí una palabra más alta que la otra. Nunca una orden. Con modales y gestos de una cortesía de antaño. Todo un caballero. Con un alto sentido del pundonor. Que vive, por lo que pude apreciar, de manera espartana. Mobiliario austero, comida sana y frugal. Modo de vida de monje-soldado.
Su jornada de trabajo se solía terminar a las cinco o las seis de la madrugada, cuando despuntaba el día. Más de una vez interrumpió nuestra conversación a las dos o las tres de la noche porque aún debía participar en unas “reuniones importantes”… Dormía sólo unas cuatro horas; más, de vez en cuando, una o dos horas en cualquier momento del día.
Pero era también un gran madrugador. E incansable. Viajes, desplazamientos, reuniones se encadenaban sin tregua. A un ritmo insólito. Sus asistentes —todos jóvenes y brillantes de unos treinta años— estaban, al final del día, exhaustos. Se dormían de pie. Agotados. Incapaces de seguir el ritmo de ese infatigable gigante. Fidel reclamaba notas, informes, cables, noticias, estadísticas, resúmenes de emisiones de televisión o de radio, llamadas telefónicas... No paraba de pensar, de cavilar. Siempre alerta, siempre en acción, siempre a la cabeza de un pequeño Estado mayor —el que constituían sus asistentes y ayudantes— librando una batalla tras otra. Siempre con ideas. Pensando lo impensable. Imaginando lo inimaginable. Con un atrevimiento mental inaudito, espectacular.
Una vez definido un proyecto. Ningún obstáculo material lo detenía. Su ejecución resultaba obvia, iba de sí. “La logística seguirá”, decía Napoleón. Fidel igual. Su entusiasmo arrastraba la adhesión colectiva. Levantaba las voluntades. Como un fenómeno casi de magia, se veían las ideas materializarse, convertirse en hechos palpables, realidades, acontecimientos.
Su capacidad retórica, tantas veces descrita, era prodigiosa. Fenomenal. No hablo de sus discursos públicos, bien conocidos. Sino de una simple conversación de sobremesa. Fidel era un torrente de palabras. Una avalancha. Una catarata. Que acompañaba con la prodigiosa gestualidad de sus finas manos.
Le gustaba la precisión, la exactitud, la puntualidad. Con él, nada de aproximaciones. Una memoria portentosa, de una precisión insólita. Apabullante. Tan rica que hasta parecía a veces impedirle pensar de manera sintética. Su pensamiento era arborescente. Todo se encadenaba. Todo tenía que ver con todo. Digresiones constantes. Paréntesis permanentes. El desarrollo de un tema le conducía, por asociación, por recuerdo de tal detalle, de tal situación o de tal personaje, a evocar un tema paralelo, y otro, y otro, y otro. Alejándose así del tema central. Hasta tal punto que el interlocutor temía, un instante, que hubiese perdido el hilo. Pero desandaba luego lo andado, y volvía a retomar, con sorprendente soltura, el tema central, la idea principal.
En ningún momento, a lo largo de más de cien horas de conversaciones, Fidel puso un límite cualquiera a las cuestiones a abordar. Como intelectual que era, y de un calibre impresionante, no le temía al debate. Al contrario, lo requería, lo estimulaba. Siempre dispuesto a litigar con quien fuera. Con mucho respeto hacia el otro. Con mucho cuidado. Y era un discutidor y un polemista temible. Con argumentos a espuertas. A quien sólo repugnaban la mala fe y el odio.
Pocos hombres conocieron la gloria de entrar vivos en la leyenda y en la historia. Fidel es uno de ellos. Perteneció a esa generación de insurgentes míticos que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron, en la década de los años 1950, a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos.
En aquella época, en más de la mitad del planeta, en Vietnam, en Argelia, en Guinea-Bissau, los pueblos oprimidos se sublevaban. La humanidad aún estaba entonces, en gran parte, sometida a la infamia de la colonización. Casi toda África, una parte del Caribe y buena porción de Asia se encontraban todavía dominadas, avasalladas por los viejos imperios occidentales. Mientras las naciones de América latina, independientes en teoría desde hacía siglo y medio, seguían sometidas a la discriminación social y étnica, explotadas por privilegiadas minorías, y a menudo marcadas por dictaduras cruentas, amparadas por Washington.
Fidel soportó la embestida de nada menos que de diez presidentes estadounidenses (Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo). Tuvo relaciones políticas con los principales líderes que marcaron el mundo después de la Segunda Guerra mundial (Mao, Nehru, Nasser, Tito, Ho Chi Minh, Kim Il-Sung, Jrushov, Olaf Palme, Ben Bella, Boumedienne, Arafat, Indira Gandhi, Salvador Allende, Brezhnev, Gorbachov, François Mitterrand, Juan Pablo II, etc.). Y conoció personalmente a algunos de los principales intelectuales y artistas de su tiempo (Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Rafael Alberti, Guayasamín, Cartier-Bresson, José Saramago, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, etc.).
Bajo su dirección, su pequeño país (100.000 km², 11 millones de habitantes) pudo conducir una política de gran potencia a escala mundial, echando incluso un pulso con Estados Unidos cuyos dirigentes no consiguieron derribarlo, ni eliminarlo, ni siquiera modificar el rumbo de la Revolución Cubana. Y finalmente, en diciembre de 2014, tuvieron que admitir el fracaso de sus políticas anticubanas, su derrota diplomática e iniciar un proceso de normalización que implicaba el respeto del sistema político cubano.
En octubre de 1962, la Tercera Guerra Mundial estuvo a punto de estallar a causa de la actitud del gobierno de Estados Unidos que protestaba contra la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba. Cuya función era, sobre todo, impedir otro desembarco militar como el de Playa Girón en 1961 u otro directamente realizado por las Fuerzas Armadas estadounidenses para derrocar a la Revolución Cubana.
Desde hace mas de sesenta años, Washington (a pesar del restablecimiento de relaciones diplomáticas) le impone a Cuba un devastador bloqueo económico, comercial y financiero (reforzado con las 243 medidas adoptadas durante el primer mandato de Donald Trump) con trágicas consecuencias para los habitantes de la isla. Washington sigue conduciendo además una guerra ideológica y mediática permanente contra La Habana a través de las redes sociales para inundar a Cuba de propaganda hostil como en los peores tiempos de la Guerra Fría.
Por otra parte, durante décadas, varias organizaciones terroristas —Alpha 66 y Omega 7— adversas a Cuba tuvieron su sede en Florida, donde disponían de campos de entrenamiento y desde donde enviaban regularmente, con la complicidad de las autoridades estadounidenses, comandos armados para cometer atentados. Cuba es uno de los países que más víctimas ha tenido (unos 3500 muertos) y que más ha sufrido del terrorismo en los últimos sesenta años.
Ante tan permanente ataque, las autoridades cubanas han preconizado, en el ámbito interior, la unión a ultranza. Y han aplicado a su manera el viejo lema jesuita de Ignacio de Loyola: “En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición”. Pero nunca hubo —lo prohibió explícitamente Fidel— ningún culto de la personalidad. Ni retrato oficial, ni estatua, ni sello, ni moneda, ni calle, ni edificio, ni monumento con el nombre o la figura de Fidel, ni de ninguno de los líderes vivos de la Revolución.
Pequeño país apegado a su soberanía, Cuba obtuvo bajo la dirección de Fidel Castro, a pesar del hostigamiento exterior permanente, resultados excepcionales en materia de desarrollo humano: abolición del racismo, emancipación de la mujer, erradicación del analfabetismo, vacunación universal, reducción drástica de la mortalidad infantil, elevación del nivel cultural general… En cuestión de educación, de salud, de investigación médica, de cultura y de deporte, Cuba ha obtenido niveles que la sitúan en el grupo de las naciones más eficientes.
Su diplomacia sigue siendo una de las más activas del mundo. La Habana, en los años 1960 y 1970, apoyó el combate de las guerrillas en muchos países de América Central (El Salvador, Guatemala, Nicaragua) y del Sur (Colombia, Venezuela, Bolivia, Argentina). Las Fuerzas Armadas cubanas participaron en campañas militares de gran envergadura, en particular en las guerras de Etiopía y de Angola. Su intervención en este último país, hace cincuenta años, se tradujo en la derrota de las divisiones de élite de la República de Sudáfrica, lo cual aceleró de manera indiscutible la caída del régimen racista del apartheid y favoreció la independencia de Angola y de Namibia.
La Revolución Cubana, de la cual Fidel Castro fue el inspirador, el teórico y el líder político y militar, sigue siendo hoy, gracias a sus éxitos y a pesar de sus carencias, una referencia importante para millones de desheredados del planeta. Aquí o allá, en América Latina y en otras partes del mundo, mujeres y hombres protestan, luchan y a veces mueren para intentar establecer sistemas inspirados por el modelo cubano.
La caída del muro de Berlín en 1989, la desaparición de la Unión Soviética en 1991 y el fracaso histórico en Europa del este del socialismo de Estado y del modelo de planificación económica centralizada no modificaron el sueño de Fidel Castro de edificar en Cuba una sociedad de nuevo tipo, descolonizada, más justa, más sana, más igualitaria, más feminista, más ecológica, mejor educada, sin discriminaciones de ningún tipo, y con una cultura global total.
Hasta la víspera de su fallecimiento, el 25 de noviembre de 2016, a la edad de 90 años, permaneció movilizado en defensa del medio ambiente, contra el cambio climático y la globalización neoliberal. Seguía en la trinchera, en primera línea, conduciendo la batalla por las ideas en las que creía y a las cuales nada ni nadie le hizo renunciar jamás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario