viernes, 21 de marzo de 2014

Las fases de un "golpe suave"

Benito Rabal, en la última página del último número de Mundo Obrero (aún no está en la edición digital), cuenta en su habitual columna, bajo el título División, uno de los procedimientos empleados para debilitar a los países díscolos, y con ello a los movimientos que desean, parafraseando a Lampedusa, cambiar algo para que cambie todo.

Cuenta que en Venezuela se intenta controlar la cantidad que se puede sacar de los bancos para evitar la fuga de capitales, y cómo para burlar la medida ha aparecido una curiosa profesión, consistente en viajar por diversos países para sacar dinero en cajeros con tarjetas de crédito proporcionadas por los contratadores del "turista por cuenta ajena".

Es muy difícil evitar la fuga de capitales, y este es uno de los procedimientos de sangrado de un país incómodo, para crear malestar que primeramente desanime a los partidarios de los cambios y luego acabe dividiéndolos en dos campos, el de los "posibilistas" que renuncian a cambios de fondo y el de los "radicales" que quieren profundizarlos.

No es nada nuevo. En las revoluciones liberales de hace dos siglos ya se produjo la división entre moderados y exaltados. El movimiento obrero también se escindió pronto, apareciendo sucesivamente revisionistas que no sintiéndose capaces de vencer a su enemigo, acabaron por unirse a él. En el siglo XIX, en el XX y también desde luego en el XXI.

No sólo los movimientos revolucionarios resultan así divididos: también, y especialmente, menguan sus bases naturales, compuestas por ciudadanos menos concienciados que pueden optar por el mal menor del "que me quede como estaba" cuando la ola de cambios favorables refluye ante crecientes dificultades provocadas por quienes sin tener el gobierno conservan sin embargo el poder.

Es crucial el conocimiento de la realidad, la idea de que la salida reaccionaria que se ofrece no es tal, que después los falsos demócratas volverán a las andadas, y que nunca descartarán los más crueles procedimientos cada vez que los consideren necesarios.

Porque, como dijo Bertolt Brecht, “No hay nada mas parecido a un fascista que un burgués asustado”.



Rebelión

Gene Sharp es un filósofo y politólogo estadounidense, fundador de la ONG Albert Einstein, cuyo supuesto fin es promover "la defensa de la libertad y la democracia y la reducción de la violencia política mediante el uso de acciones no violentas". Su obra, sin embargo, da cuenta de cinco pasos para provocar golpes suaves:
  • ablandamiento
  • deslegitimación
  • calentamiento de calle
  • combinación de formas de lucha
  • fractura institucional
¿Cómo se dan estas etapas frente a los gobiernos posneoliberales de nuestro continente? ¿Qué similitud tienen con lo ocurrido durante el último mes en Venezuela?

Mediante el primer paso del “manual” Sharp -su libro sugestivamente titulado ”De la dictadura a la democracia”, que ha sido paradójicamente utilizado casi siempre contra gobiernos democráticamente electos- se busca la promoción de acciones provistas a generar un clima de malestar social en el país, desarrollando matrices de opinión sobre problemas reales o potenciales. La muletilla predilecta suele ser, en este primer momento, la promoción de denuncias de corrupción estatal que, en gran parte de los casos, no han sido comprobadas, pero influyen en generar “clima” -tanto antigubernamental, como antiestatal, como sucedió en la década del 90 para intentar justificar en nuestros países la ola privatizadora sobre las empresas estatales-.

Con estas denuncias, fundadas o no, se comienza a “ablandar” la fortaleza que sustenta las bases del gobierno en curso, apuntando a crear un descontento social creciente. ¿Cómo se refuerza este primer momento? Se busca la generación de problemas económicos cotidianos: el desabastecimiento de productos de primera necesidad y una escalada de precios, por ejemplo, a través del control directo de grupos monopólicos sobre gran parte de la matriz productiva del país. Una no intervención estatal en este primer momento puede resultar muy peligrosa a mediano plazo, ya que implicaría perder la posibilidad de controlar un área muy sensible para las necesidades básicas de la población. La creación de mercados populares, como en Venezuela, o determinadas políticas de control de precios pueden contribuir a contrarrestar los efectos especulativos.

El siguiente paso es intentar quitar legitimidad a través de la denuncia de la inexistencia de la libertad de prensa -desde la misma prensa, valga la paradoja- y un supuesto avance de este gobierno sobre los derechos humanos -algo que en general no ha podido ser probado fácticamente en los gobiernos posneoliberales de nuestro continente-. Se intenta crear la matriz de opinión de un autoritarismo creciente, bajo un supuesto “pensamiento único”, replicando estas denuncias por todos los medios masivos privados. La mayor parte de los gobiernos progresistas en América Latina han afrontado estas primeras dos etapas -en especial la segunda-. La frase “vienen por todo”, repetida hasta el hartazgo en varias de estas experiencias, ha sido el caballito de batalla de sentido común para intentar erosionar las bases de apoyo de estos gobiernos, fundamentalmente asentados en las mayorías populares. Así, las modificaciones que apuntan a lograr una redistribución del espectro radioeléctrico, por ejemplo, han sido caracterizadas erróneamente como “avances contra la libertad de expresión”. El problema de trasfondo no es de libertades, sino económico: quienes han puesto el grito en el cielo han sido precisamente los grandes empresarios mediáticos, que se han visto amenazados mediante las nuevas legislaciones que buscan poner límites a los monopolios informativos.

El tercer momento consiste en la promoción de una “lucha activa callejera”, que bajo reivindicaciones políticas y sociales confronte de forma directa con el gobierno. Así, se pueden dar protestas violentas contra las instituciones, tal como sucedió durante todo el mes de febrero en Venezuela -con el ataque a fiscalías públicas, casas de gobernadores, mercados populares promovidos por el Ejecutivo, etc-. Acá encontramos una contradicción notable con el supuesto paradigma “pacifista” que se ha intentado atribuir a Sharp desde la visión de algunos analistas internacionales, que han tratado de “embellecer” su obra en los últimos años.

El anteúltimo paso, vinculado con las movilizaciones, es la generación de un clima de “ingobernabilidad”, mediante operaciones de “guerra psicológica” o de cuarta generación. Así, por ejemplo, se utiliza a los medios masivos privados para responsabilizar al propio gobierno por las acciones de calle y sus resultados, ocultando y/o tergiversando información de lo sucedido. La difusión de noticias falsas, o fotografías de sucesos que se dan en otros lugares del mundo que rápidamente se “viralizan” por las redes sociales, intenta generar una matriz de opinión pública a nivel nacional e internacional. Se busca incluso lograr el apoyo de dirigentes, artistas y personalidades internacionales que, informadas o no sobre lo que realmente ocurre en ese país, opinan por ser un tema mediáticamente relevante a escala mundial. Luego, se reproduce esa opinión en los medios privados nacionales, generando un círculo (des)informativo.

Para finalizar, se espera que se produzca la fractura institucional, el punto álgido del “manual” de desestabilización. Para ello se intenta provocar un aislamiento internacional del gobierno, algo que, de no suceder, puede hacer fallar a los pasos previos (dos ejemplos de nuestro continente: la rápida reacción de Unasur frente a los intentos de golpe de 2008 y 2010 en Bolivia y Ecuador, respectivamente). Si el aislamiento internacional se produce, y los pasos previos se han cumplido, se intenta forzar la renuncia presidencial.

Aquí, por ejemplo, se puede promover una división aún mayor entre el Ejecutivo y el Legislativo, si el gobierno no llegara a controlar este último mediante una mayoría parlamentaria. Los “golpes suaves” en Honduras y Paraguay fueron conducidos por la derecha autóctona y los grupos empresariales desde ambos parlamentos. La destitución de Lugo, por ejemplo, se produjo mediante un “juicio político express” que definió su salida en menos de 24 hs, irrespetando normas jurídicas básicas frente a un presidente democráticamente electo. De no darse esta fractura, se puede apuntar a promover una intervención militar extranjera o bien fomentar el desarrollo de una guerra civil prolongada.
Como se ve en este último punto, bajo la idea de una posible intervención militar extranjera aparece un elemento no menor en todos los pasos que hemos visto: la injerencia externa. ¿Se puede analizar “autóctonamente” estos intentos de golpes blandos, sin dar cuenta del notorio incremento de bases militares estadounidenses en América Latina? ¿Es posible dar cuenta de la ola de protestas que tienen lugar en Venezuela sin analizar que es el país con mayores reservas probadas de petróleo a escala mundial? Tras el intento de deslegitimación internacional de gobiernos democráticamente electos en nuestro continente no sólo se esconde un interés ideológico -el rechazo una forma de gobernar con horizontes de cambio social- sino además un fin claramente comercial, tendiente a poder controlar nuevamente los enormes recursos naturales que tiene nuestro continente.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Ser de izquierda

Ser imparcial es, básicamente, juzgar con objetividad. Propongo examinar con algún detenimiento esta definición:
La imparcialidad es un criterio de justicia que sostiene que las decisiones deben tomarse atendiendo a criterios objetivos, sin influencias de sesgos, prejuicios o tratos diferenciados por razones inapropiadas.
La imparcialidad no propone que todos los individuos deban ser tratados de la misma manera bajo todas las circunstancias. Se considera aceptable y coherente que determinadas personas sean tratadas en forma diferente si tal tratamiento se justifica por razones objetivas y externas. Por ejemplo, la mayor parte de los sistemas legales establecen penas diferentes para los delitos de acuerdo a la gravedad de los mismos. Esto no implica la presencia de parcialidad: las diferentes penas se determinan según un criterio objetivo y predecible, en este caso la ley. La imparcialidad sostiene que, para todas las personas, ese criterio imparcial se aplica en forma homogénea.
Es fácil ver las dos caras (¿o serán tres?) de esta moneda. Recuerdo ahora tres adjetivaciones de la justicia leídas en algún viejo libro de moral: justicia conmutativa, justicia distributiva, justicia social.

La primera es una definición, por así decirlo, "de mercado", que sólo pide intercambiar equivalentes. Pero ya en la definición de esos equivalentes está casi siempre el problema de quién juzga esa equivalencia y con qué baremos. Si esto tuviera solución "justa" no existiría, por ejemplo, la especulación monetaria.

La justicia distributiva pide dar a cada uno lo suyo. ¿En función de qué? ¿Tanto tienes, tanto vales? ¿Damos más (dinero) al que más tiene, como se hace al repartir dividendos entre accionistas? ¿Damos más (atención) al que menos tiene, como recomienda la atención personalizada en la educación o en los cuidados de salud? ¿Damos a todos por igual, como el derecho a voto en unas elecciones democráticas? Pues ya hay quien está pidiendo, para elegir presidentes y parlamentos, no ya el viejo voto censitario, sino el voto proporcional al capital que se posea...

La imparcialidad, como vemos, es de geometría variable, y se aplica según la escala de valores y la intención del juez. Los supuestos criterios objetivos no son universales, sino determinados por el poder y la ideología del que los aplica. Históricamente determinados.

La idea de justicia social también está determinada históricamente, y es bastante moderna. Los señores feudales tenían su propia idea de justicia social, y tenían claro qué era aquello "suyo" a lo que tenían derecho. Claro que no se les habría ocurrido emplear estos términos, que surgen al calor de las luchas de clases del siglo XIX.

La justicia, la imparcialidad, nunca es tal. Requiere un punto de partida, en que se pone el reloj a cero. Todos los estados han tenido su origen en algún acto de fuerza. La legitimidad, generalmente, tiene un acto fundacional. Basado en unos valores y en la capacidad para imponerlos.

La diferencia fundamental es si se trata de valores bursátiles o de valores humanos.

Por eso hay rebeliones justas e injustas. Lo serán en función del criterio de justicia empleado, y de la intención de sus protagonistas. Son procesos históricos que hay que conocer, y con la idea clara de que la justicia de la izquierda no es "imparcial", porque toma partido por los explotados frente a quienes los explotan. Que indefectiblemente son los que poseen el capital de cuya propiedad privada ellos están privados.

Esto no es una apología de la violencia, que por principio no es deseable, pero hay que dejar claro que la violencia suele partir del poder, y que hay situaciones de violencia en que hay que tomar partido. Cosa no siempre fácil, pues no hay situaciones puras. Pero habrá que calibrar, tratar de conocer las circunstancias y saber de qué lado estamos, no no vayan a engatusar. Porque hay situaciones de paz sumamente violentas.

Los neutrales que no toman partido en nombre de la equidad suelen mirar sólo quién rompe el statu quo, no en qué consistía éste. Justicia ciega, o no tanto, pues según y cómo, y en nombre de lo justo, una revuelta popular puede ser condenada por violenta, mientras un putsch fascista, mostrado como rebelión popular, puede ser defendido por justo. Recíprocamente, puede condenarse por violenta la respuesta de un gobierno legítimo al putsch fascista, y defenderse por justa la respuesta de un gobierno tiránico al pueblo justamente alzado.

Los criterios de justicia como paz y violencia como justa, son perfectamente intercambiables.

El dueño del adjetivo, como lo llamaba el conde de Foxá en una columna del diario ABC, tiene la palabra.

Lo peor es el instinto cabestruno de los que prefieren aguantar carros y carretas antes que rebelarse contra lo inicuo, y que suelen además culpar de los males a la víctima y no al verdadero causante.

No es tan sencillo...
Rebelión

El día 20 de febrero volví a escuchar de nuevo un programa de La Tuerka 1 –casi un año después, y digo escuchar porque me encontré con la publicación del programa como archivo de audio– y fue de nuevo, a causa de que trataba sobre Venezuela- la anterior ocasión fue tras la muerte de Chavez 2. En dicho programa –que me resultó ameno e interesante– había dos contertulios que eran antichavistas, pero uno de ellos, señaló en varias ocasiones a Juan Carlos Monedero que la Mesa de Unidad Democrática no era la derecha de Venezuela, sino mas bien que estaba formada en su mayoría por partidos de izquierdas. Pero no fueron estas palabras las que atrajeron mi atención –y como consecuencia esta reflexión– sino mas bien el indicar que si él estaba en contra del gobierno de Chavez y ahora en contra del gobierno de Maduro, era fundamentalmente porque dicho gobierno esta ocasionando un caos en el país, una violencia extrema, una alta inflación, la falta de productos básicos e impedía la libertad de expresión, y señalaba igualmente que él condenaba todo golpe de estado, fuese de izquierdas o de derechas.

A pesar de lo que puedan parecer sus palabras, al escucharle durante el programa me daba la impresión de que él mismo se consideraba de izquierda o mas bien que muchos que esgrimen opiniones similares, no circunscritas solamente a la cuestión venezolana, se consideran de izquierdas.

A este tipo de personas, cuyo problema no es cómo se consideren, sino que en muchas ocasiones forman parte de organizaciones de izquierda, habría que recomendarles que viesen con urgencias la mastodontica y majestuosa La Batalla de Chile 3 o se leyesen Diez días que estremecieron al mundo 4. Y la razón es que las experiencias revolucionarias –o los caminos democráticos hacia el Socialismo– de Chile y Rusia, así como la Cubana o Venezolana, entre otras, nos han ofrecido unas lecciones fundamentales que cualquier persona o colectivo que se considere de izquierda ha de entender, comprender, asumir y luchar contra ellas. Y sinceramente, aquel que no entiende que tras una revolución existe una contrarrevolución por parte de aquellos que pueden asumir dejar el gobierno pero bajo ningún concepto el poder –que poseen gracias a la propiedad de los medios de producción– no es de izquierdas por mucho que él o su colectivo se lo crea, y además, con sus opiniones, hace el juego a la derecha. Y es que ese buenismo que muchas personas o colectivos defienden no existe, es irreal.

¿Cuáles son las lecciones que la izquierda ha aprendido a lo largo de su historia cercana?

– En relación a que todos los golpes de estado – o dictaduras- son “malos” o condenables, tanto los de izquierda o lo de derecha, es una tremenda patraña y una burda estupidez. Lo importante no es tanto el acto de golpe de estado, como qué lo causa, es decir, la razón esgrimida para el golpe, que tipo de Estado se golpea y que Estado se va a originar tras el golpe.

Por lo tanto, yo puede rechazar y condenar el golpe de Estado –y posterior dictadura– de Franco o de Pinochet, porque fue contra un gobierno progresista, que quería realizar cambios profundos en el Estado y contra los propietarios de ciertos medios de producción, pero nunca condenaré la Revolución Rusa o la Cubana, porque en este caso, eran los del “golpe” los que querían realizar los cambios contra los capitalistas. Por ello, una persona o un colectivo de izquierda siempre estará a favor de aquellos que quieran transformar el Estado burgués capitalista, ya estén estos en el gobierno o dando el golpe de Estado o en la guerrilla.

– Una persona o un colectivo de izquierda ha de entender que llegar al gobierno es difícil –ya sea de manera democrática o a través de una insurrección– pero lo verdaderamente complicado es alcanzar el poder, porque este es fundamentalmente, poder ecónomico, y para ello es necesario arrebatárselo aquellos que consideran que es exclusivo de ellos por siempre. En este caso, la persona o colectivo de izquierda, ha de saber que esto no es un robo, sino mas bien recuperar lo que es de todos y ha sido robado por unos pocos a lo largo de la historia a través de diversos mecanismos repetidos en todos los territorios.

La persona o el colectivo de izquierda ha de ser consciente previamente de lo que este intento o este logro va ocasionar: un caos en el país, violencia extrema, inflación, acaparamiento de productos básicos, una continua información extremadamente negativa por parte de los medios de comunicación nacionales e internacionales, etc. Estos hechos fueron reales y visibles en la Unión Soviética, en Cuba, Chile y en Venezuela –entre otros– ¿pero quién es el causante de esta realidad? ¿quién ha de asumir la culpabilidad?

Sinceramente, si una persona o colectivo de izquierda al denunciar estas situaciones que acontecieron tanto en la Unión Soviética, en Cuba, Chile y en los últimos años en Venezuela, hace responsable al gobierno revolucionario, ha de hacerse pensar el considerarse de izquierdas, o bien antes de hablar ha de leer a John Reed o ver el film de Patricio Guzmán –así como volver a leer a los autores clásicos comunistas– Es decir, claramente una persona o un colectivo de izquierda puede y debe de ser crítico con cualquier gobierno revolucionario, como el que fue el soviético, el cubano, el chileno o actualmente el de la República Bolivariana de Venezuela –y en este caso, se puede decir que los primeros en ser críticos con el proceso revolucionario que llevaban a cabo, fueron Lenin, Fidel, Allende y Chavez– pero nunca ha de olvidar “de qué lado de la barricada está” y que quién origina el caos en el país, la violencia extrema, la inflación, el acaparamiento de productos básicos, la continua información extremadamente negativa son los propietarios de los medios de producción, aquellos que no quieren devolver su propiedad, aquellos que no quieren bajo ningún concepto el ceder el poder, el cual solo es posible de alcanzar con el primer paso de la socialización de los medios de producción.

Es decir, claro que la persona o el colectivo de izquierda ha de denunciar el caos y los crímenes que acontecen durante el proceso revolucionario, pero denunciando a los responsables: los propietarios de los medios de producción, que impiden a toda costa, que estos pasen de manos privadas a manos públicas –es decir que impiden que sus beneficios o sus resultados pasen de unos pocos a muchos– y sin este primer paso no hay posibilidad alguna de democracia ni de libertad de expresión.

1   http://www.ivoox.com/enclave-tuerka-jueves-20-enero-audios-mp3_rf_2859128_1.html

2   http://www.youtube.com/watch?v=N92ZgMk92Hc

3   http://www.youtube.com/watch?v=3pb9hXQV0d8

4   http://www.marxists.org/espanol/reed/diezdias/

lunes, 17 de marzo de 2014

No hay rebosamiento: hay vasos comunicantes

Contra la teoría del rebosamiento de la riqueza, cuando lo que rebosa es la pobreza. Algunas constataciones de Vicenç Navarro.



(...)
1. No hay países pobres. En realidad, algunos de los países llamados pobres tienen una gran cantidad de super-ricos. El argumento de que la riqueza que se acumula en la cúspide filtra hacia todos los otros estamentos de la sociedad no se ajusta a la realidad.
2. La pobreza no se debe a la falta de recursos de un país, sino al control de estos recursos por parte de los super-ricos del país, que siempre están en alianza con los super-ricos de otros países.
3. Es denunciable que en España, donde uno de cada tres niños está en riesgo de pobreza, exista un grado de concentración de la riqueza tan elevado, lo cual se podría resolver fácilmente redistribuyendo los recursos, hoy en propiedad de los super-ricos.
4. Su pobreza está basada en su falta de control de la propiedad de los super-ricos, que estos utilizan para su propio enriquecimiento en lugar de asignarla a mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población.
5. El incremento de las desigualdades se debe principalmente a factores políticos y, muy en especial, al enorme poder que los super-ricos tienen sobre los Estados, que son los que están imponiendo políticas públicas que los favorecen.
6. El enorme desprestigio de la Unión Europea y de los gobiernos de sus países miembros se debe precisamente a este hecho: la enorme influencia de los super-ricos (bien sea de la banca o de la gran patronal) sobre los políticos.
Una última observación. Se me dirá (ya se me ha dicho), que el hecho de que el tercer super-rico del mundo sea español no tiene nada que ver con el elevado porcentaje de pobreza y/o el alto nivel de desempleo. Esta postura ignora que el Estado que facilita que haya super-ricos es el mismo que favorece los salarios bajos, la política fiscal regresiva, el escaso desarrollo del Estado del Bienestar y la limitadísima capacidad redistributiva del Estado. Hay, pues, una relación directa entre los primeros y los segundos, por mucho que este hecho evidente se intente ocultar. Así de claro.

Análisis exprés sobre Ucrania

¡Lío, lío! Sabemos que es mucho más fácil destruir que construir, desordenar que ordenar.

En el solitario ordenamos laboriosamente la baraja. Para desordenarla basta barajar de nuevo. Es una simple cuestión de entropía y neguentropía. Del wikiartículo enlazado destaco:
Para compensar el proceso de degradación sistémica a lo largo del tiempo, algunos sistemas abiertos consiguen compensar su entropía natural con aportaciones de subsistemas con los que se relacionan. Si en un sistema cerrado el proceso entrópico no puede detenerse por sí solo, en un sistema abierto, la neguentropía sería una resistencia sustentada en subsistemas vinculados que reequilibran el sistema entrópico.
Ni más ni menos que un proceso alimenticio.

Al sistema dominante que se aprovecha de subsistemas externos vinculados no le importa mucho el resultado de su acción sobre ellos. Pero hay más: cuando varios sistemas pugnan por un predominio pueden optar por desordenar el campo de acción del otro. Al desorden inevitable se suma entonces el desorden intencionado. Struggle for life...

Varios son los sistemas en pugna que corresponden a las componentes que cita Pogrebinski. Las cinco primeras entran en el desorden inevitable. La última parece entrar de lleno en el muy habitual desorden intencionado.

Nos convendrá escarmentar en cabeza ajena a los que somos piezas del juego.



Entrevista con el politólogo ucraniano Mijaíl Pogrebinski

La Vanguardia


(...)
Efectivamente los sucesos de Ucrania tienen varios componentes. 
  • El primero, el componente geopolítico: la confrontación entre Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea, con participación de China, por la influencia en el espacio postsoviético. 
  • El segundo, el componente oligárquico: la lucha del gran capital contra la ampliación de los poderes presidenciales de Viktor Yanukovich. 
  • El tercero, el componente regional: la aparición espontánea de la protesta social, en especial de parte de la población de las regiones económicamente débiles del Oeste y el centro del país. 
  • En cuarto lugar, el intento del espectro nacionalista ucraniano (los grupos ultraderechistas) por realizar una “revolución nacional” que con el apoyo de las regiones del Oeste y de Estados Unidos imponga al Sur y al Este de Ucrania su gobierno, su lengua, sus héroes y su interpretación de la historia en un espíritu fuertemente antirruso. 
  • En quinto lugar, el componente liberal: el intento de las capas medias por reducir el poder del gran capital y la gran burocracia con los eslóganes de la integración europea, hacer saltar el régimen de “democracia dirigida” y declarar su emancipación política. 
  • En sexto lugar, el derribo de los regímenes incómodos para Occidente mediante la exportación  de “revoluciones coloreadas” utilizando el instrumentarlo acumulado en las experiencias con los países del tercer mundo y en el espacio postsoviético, creando un “caos dirigido” mediante la canalización  de las energías revolucionarias de los liberales “pequeño burgueses” de clase media y de los radicales políticos en una protesta política prolongada y sostenida… 
Todos esos elementos son importantes y no es posible definir uno decisivo, ya que en las diferentes etapas del proceso unos han tomado la prioridad relevando a otros.
(...)

Y otro artículo, en el mismo sentido, con aviso a navegantes:

Ucrania como ejemplo de la diferencia entre ser jugador y ser pieza

martes, 11 de marzo de 2014

¿Clases "medias"?

¿Clases medias? realmente, proletarios más o menos distinguidos. Pero habían puesto sus esperanzas en un ascensor social que acaba de poner el cartel de "no funciona".

Sin embargo, la inercia de la ideología se agarra a las neuronas como una lapa. Es difícil para los que esperaban aproximarse a los dioses virar el rumbo de su mente. Su escala de valores es todavía, y puede serlo durante mucho tiempo, la de los triunfadores que supieron llegar a lo más alto en la sociedad, entendida como una cucaña. Se resisten a la idea de ser asimilados a los de más abajo, que se representan como fracasados por su propia indolencia. Y ellos no son (no estaban destinados a ser) unos fracasados.

El escaparate occidental, cuya trastienda está oculta, atrae a los que ven en la Europa comunitaria a las sociedades del triunfo. Cuando los más lúcidos de los que están dentro piensan en cómo escapar de la trampa sin dejarse muchos pelos en la gatera, muchos de fuera, atraidos por la luz, corren a quemarse en la llama neoliberal. De momento, se apuntan a huir del fuego, sin ver que les aguardan las brasas.

Si se dieran cuenta de que ese tiempo tan feliz no volverá, apostarían por otra sociedad, otros valores, y comprenderían que su destino es el de los débiles, en una sociedad en contracción. Porque esto no va a crecer más, y el mercado global es una subasta a la baja de los candidatos a trabajadores. Ya sufrirán los ajustes que les preparan los que les ofrecen el salvavidas de plomo. Por aquí se les ha bautizado como la troika. No sé si allí saben lo que es.

En un naufragio, los botes de salvamento pueden ser destruidos en la refriega por ocuparlos. Es lo que nos aguarda si nos destrozamos unos a otros, abrazando banderas que únicamente sirven para enfrentarnos a gentes tan desgraciadas como nosotros.

¡Pobres ucranianos, aspirantes a burgueses, como antes los polacos o los bálticos!




Ser más rígido que la UE neoliberal: algunas notas sobre Ucrania, Rusia y Europa

Isidro López


Tras el fracaso de la transición post soviética evidenciada por las sucesivas crisis ucranianas, la UE ofrece al país más de lo mismo: planes de salvamento del FMI.

En esta fascinante nota de prensa de la UE sobre Ucrania, además de los formalismos consabidos, distintas formas de decir que no piensa hacer nada en torno a Crimea, propone a Ucrania como políticas europeas dos muy “ilusionantes”: facilitar una intervención del FMI y un acuerdo de libre comercio. Ya sabemos lo que quiere decir esto: una reorganización de las élites, que se volverán más transnacionales, más sumisas a los mercados financieros, e igual de ricas y corruptas, y una mayor especialización regional de la producción que hará más dependiente a Ucrania de la UE. Y también sabemos lo que no quiere decir, no quiere decir “redistribución de recursos”, ni “derechos políticos”.

Pero, además, y sobre todo, hay que recordar que buena parte de los problemas que hoy sufren Rusia, Ucrania y buena parte del Este provienen de una cosa que se llamó en los noventa Shock Therapy [terapia del shock], que fue liderada por el FMI y la Unión y que consistió fundamentalmente en una operación de control de los recursos productivos de estos países mediante unos programas salvajes de austeridad. Una vez controlados estos recursos, se fabricaron unas oligarquías locales dóciles y se clasificó como fuerza de trabajo barata y cualificada a la mayoría de la población de los países del Este. En el caso de Ucrania, y como parte de las compensaciones a Rusia por una destrucción de su tejido social de más de una década, la oligarquía local era rusa.

Pero la revuelta de Ucrania, como la de Rusia de 2012, tiene mucho de revuelta antioligárquica de una “clase media” urbana, en realidad proletarizada, que nunca ha llegado a terminar su formación como clase media propiamente dicha porque nunca ha llegado a captar un porcentaje lo suficientemente significativo del producto nacional mientras el número de millonarios se disparaba. Esta situación de depauperación de las clases medias es una de las consecuencias directas de los programas de fabricación de élites de la UE y el FMI. Es evidente que cuando estos “estratos medios” ucranianos piden ser Europa lo que están pidiendo es ser no-Rusia, y a lo sumo manejando algún significante laxo que remita a “derechos” y “bienestar”. Aun así, resulta fascinante que la UE sea tan incapaz de salir de su caparazón neoliberal como para proponer como “caramelo” político, en una situación que la ponía por primera vez en décadas en la posición “del bueno”, una dosis aún mayor de las políticas que han destrozado a los sectores que la reclaman, sin demasiado entusiasmo, pero la reclaman.

Lo que viene a confirmar el caso ucraniano es que la única manera de arrancar a la UE cambios políticos que vayan en favor de las mayorías sociales es estando en su contra, planteando la política europea como lo que es, una cuestión de lucha de clases en el interior de una estructura estatal con capacidad efectiva de gobernar. Es decir, para plantearlo así hay que estar dentro. La UE sólo es un caso particular del adagio revolucionario que dice que los Estados no conceden nada, sólo las luchas lo ganan.
Por otro lado, la cuestión de las clases medias fallidas es también vital en el caso de Rusia. Parece evidente que las políticas de Putin le enfrentan a estos sectores importantes de su propia población, que además tienen un alto capital cultural heredado de los años del socialismo real, y tienen que estar viendo con horror cómo a su depauperación se suman políticas culturales terroríficas como las que atacan la homosexualidad y aventuras pseudoimperialistas absurdas como la de Crimea. Es cierto que Putin ha tenido tradicionalmente porcentajes de apoyo muy altos, pero Rusia es un país muy grande y los grandes números pueden ocultar fuertes bolsas de descontento urbano.

Aunque la invasión de Crimea tenga toda la pinta de ser una invasión “segura”, y pactada con Obama, en un lugar que ya estaba invadido por las tropas rusas, y que simplemente aspira a dar una imagen de poder imperial con un coste bajo. Pero lo cierto es que aunque Putin no vaya a llevar los tanques a Kiev, su movimiento va a encender el enfrentamiento civil en media Ucrania, reforzando, por cierto, la lectura de la situación en términos nacionalistas Rusia vs. Ucrania, de la que sale beneficiada la extrema derecha. Escenario éste que no dejaría de beneficiar a un Putin que parece moverse mejor cuanto más nacionalista es el escenario, entre otras cosas, para intentar cerrar cualquier atisbo de alzamiento como el de 2012 a base de “enemigos externos”.

Queda por dirimir un asunto muy incipiente, pero importante, y es la manera en la que la crisis ucraniana se va a acoplar con lo que ya se perfilaba como nueva fase de la crisis económica global, en la forma de un ataque financiero a los países emergentes. Como ya sabemos, las finanzas tienen la capacidad de leer y presentar los acontecimientos desde lógicas que le preceden. Por ejemplo cuando en Italia su acción dinamitaba un Gobierno, la caída de este gobierno se presentaba como desencadenante de la “inestabilidad” financiera, inestabilidad que, por otra parte, no es más que un modelo de acumulación. Hace pocos meses ya se lanzaron ataques financieros contra las monedas de Rusia, Turquía, Argentina y la India que señalaban otros tantos nichos de acumulación financiera en momentos en los que las políticas expansionistas de EE UU y Japón parecen ir tocando techo. Por lo pronto, ayer ya comenzaron las caídas en las bolsas rusas, con subida de tipos incluida e, importante, las subidas del petróleo. Subidas que, por cierto, siempre acaban volviéndose contra la Eurozona.

Pensar y actuar en grande

Como viene a decir Umpiérrez, las clases sociales de ahora mismo tienen "el corazón partío". Las formas mixtas de clase son dominantes. Y muchos trabajadores se decantan por la defensa de sus pequeños privilegios como micropropietarios de capital, antes que por la de sus intereses como "propietarios" de su fuerza de trabajo. De ahí su gran confusión, que los conduce con facilidad a los rediles reaccionarios a los que con frecuencia se arrastró a la pequeña burguesía (y también a un lumpenproletariado clientelar).

Por el contrario, esos trabajadores de la gestión que son los manipuladores de grandes capitales, continuamente convierten su trabajo en capital. Y se comportan realmente, no como propietarios nominales de su pequeña porción en la empresa, sino como poseedores reales de todo el que está bajo su dominio. 

No es entonces lo mismo. Si el "trabajador propietario" es arrastrado a la defensa del capital, el "propietario trabajador" no lo es a la defensa del trabajo: "Gana la banca".

Lo que me parece poco acertado del artículo es el esquematismo con que defiende a los estados capitalistas como parapeto frente a los mercados, a los que realmente sirven.

El debate sobre la permanencia o no en la Unión Europea, y en concreto en el ámbito de su moneda, es más complicado que todo eso. De ningún modo me parece nacionalismo estrecho romper con la Europa de los mercaderes, aunque seguramente es algo que no debe hacer un país aisladamente. Mucho mejor sería, si es posible, lograr fuerza común en los "países proletarios", bien para apostar fuerte y dar un golpe en la mesa enfrentándose a los "países propietarios", bien para intentar otra Europa desgajándose de ellos.

Aunque (soñemos un poco) sería mejor convencer a los "trabajadores propietarios" (de Grecia o España, pero también de Alemania u Holanda) de que no tienen futuro como tales. De que como propietarios valen menos que una cagarruta, porque si pierden su trabajo ¿cuánto les durará su "capital"?


¿Seré yo la voz que clama en el desierto? El tiempo lo dirá. De momento también me llamo Juan...




Rebelión


Llevo un tiempo desilusionado y desganado con lo que ocurre en la realidad. Lo que sucede en la realidad contradice mi fondo de esperanza, que no es otro que ver algún día una manifiesta y aplastante victoria del trabajo sobre el capital. Solo observando los conflictos sociales de Ucrania podemos comprobar que las luchas entre las grandes regiones económicas están determinando el curso del desarrollo social y no las luchas sociales entre capital y trabajo. Me desgana aún más ver a insignes representantes de la izquierda radical caer una y otra vez en el mismo error: tomar como punto de partida de sus análisis no lo que ocurre en la realidad, sino lo que gravita en su pensamiento. Siguen presa de la representación de la lucha de clases del siglo XIX y principios del siglo XX: las diferencias entre el capital y el trabajo eran en ese entonces claras y sus contornos no se confundían. Pero aquel mundo ha dejado de existir. No en el sentido de que la lucha de clases y con ella las clases sociales hayan desparecido, sino en el sentido en que las transiciones entre las clases sociales y las formas mixtas de clase son lo dominante. Este mundo nuevo, que tomó cuerpo después de la segunda guerra mundial, fue lo que provocó el revisionismo de los partidos comunistas europeos y la volatilización de los principios de la izquierda radical, que sigue moviéndose en los márgenes de la historia. Sigue hablando de los trabajadores como si constituyeran una masa homogénea con intereses comunes fáciles de organizar, aunque la realidad, y la prueba la encontramos en las consultas electorales, sigue demostrándoles que dicha masa es enormemente heterogénea.

La heterogeneidad de las clases sociales: propiedad y gestión

En el siglo XIX quienes percibían beneficios se volvían ricos, mientras que los que percibían un salario solo tenían para satisfacer sus necesidades básicas. Antes para enriquecerse había que ser propietario privado de los medios de producción, mientras que hoy día puedes enriquecerte hasta los topes sin necesidad de cumplir con ese requisito. Desde que surgieron las grandes empresas, desde que la propiedad de las empresas se volvió social, los grandes directivos se volvieron los amos del mundo. En concepto de salario, primas e incentivos ganan más dinero en un mes que lo que ganan en concepto de beneficio los pequeños y medianos capitalistas en un año. Resulta contradictorio que cuando sobrevino la propiedad social de las empresas, cuando los propietarios de las empresas se cuentan por millones, el enriquecimiento de las minorías se ha vuelto disparatado e incontrolable. A los consejos de administración de las grandes empresas nadie los controla y sus miembros ganan lo que quieren. Han convertido el contrario del capital, esto es, el trabajo, bajo la modalidad especial de directivo, en una fuente de tal caudal de ingreso que el más avispado de los capitalistas del siglo XIX jamás pudo imaginar. Marx celebraba el advenimiento de las sociedades anónimas, con la separación de la propiedad de la gestión, como un momento clave en la transición entre la sociedad capitalista y la sociedad socialista. Se demostraría de ese modo que los capitalistas se enriquecían no por su trabajo sino por ser los propietarios de los medios de producción. No pudo imaginar en ese entonces que el golpe de gracia a favor del capitalismo más desaforado iba a provenir de la función de trabajo y no de la función de la propiedad. Y así ha sido: los sueldos de los directivos de las grandes empresas no dejan de impresionarnos. Los sueldos, por ejemplo, de los directivos del BBVA pueden ascender a 7 millones de euros anuales. En diez años se vuelven inmensamente ricos.

Hay otra cuestión más importante. Para dominar el mundo no necesitas poseer la mayoría de las acciones de una empresa. Piénsese que Emilio Botín posee solo el 1 por ciento de las acciones del Banco Santander y preside esa entidad bancaria desde 1986. Su patrimonio asciende a más de 1.600 millones de euros. Se ha enriquecido mediante la función de trabajo y mediante la propiedad minoritaria del banco. Hay un cambio sustancial en las relaciones entre capital y trabajo tal y como se daba en el siglo XIX y tal como se ha ido dando desde los años veinte del siglo pasado. Capitalistas, en el sentido de propietarios de acciones, lo son una gran masa social, donde debemos incluir a muchos trabajadores. Los trabajadores dueños de acciones no son trabajadores puros, han sido flechados por las formas del capital y cobran dividendos, aunque sean en poca cantidad. Y los directivos, como Emilio Botín, son capitalistas flechados por la función de trabajo, la de gestor, y por ese concepto se enriquecen más que por su condición de propietario de capital. O para mayor precisión: el dinero que ingresan bajo el concepto de salario lo convierten de continuo a la forma de capital. De ahí que afirme que las clases sociales en la actualidad no son puras sino mixtas. Pero los líderes más destacados de la izquierda radical siguen representándose el mundo de forma errónea: en un lado ponen a los trabajadores, como una gran masa social desposeída de los medios de producción, y enfrente ponen a los capitalistas, como los grupos minoritarios propietarios de los medios de producción. Les domina la representación de la lucha de clases del siglo XIX frente a la realidad actual, donde solo el caso de Emilio Botín demuestra que el mundo ya no es aquel, pues poseyendo solo el 1 por ciento de las acciones tiene el poder del Banco de Santander, esto es, el poder de un capital social cuya capitalización asciende al 28 de febrero de 2014 a 75.909 millones de euros.

Los dueños de preferentes y subordinadas, aunque sean muchos de ellos familias de trabajadores y hayan sido estafados, han participado de los beneficios que reporta las formas del capital productor de interés. Luego una gran masa de trabajadores no solo perciben ingresos derivados de su función de trabajo, sino también de su función de propietarios de capital. Si a ello sumamos el hecho de que hay bastantes trabajadores que tienen viviendas en alquiler, esto nos afianza aún más en la idea de que las clases sociales tienen formas mixtas. Y las formas mixtas es el anuncio de que vivimos en una época de transición. Lo que sucede es que muchos creen que cuando se habla de transición se habla de un periodo corto, de un puente que nos lleva de un lugar a otro; pero en la historia económica esto no es así: los periodos de transición pueden durar siglos.

La globalización y la adecuación de las fuerzas sociales
Que el mundo se haya vuelto global significa no solo una mayor interdependencia entre las naciones respecto a periodos anteriores, puesto que desde el descubrimiento de América podemos considerar que el mundo inició la etapa de su globalización, sino que la regionalización de la economía ha recibido nuevos impulsos –la Unión Europea es una de las pujantes manifestaciones de esa regionalización– y los fenómenos económicos se han vuelto más simultáneos, hecho que se demuestra fundamentalmente en el ámbito financiero. La época de la globalización exige fuerzas sociales globales y, por lo tanto, superpoderosas. En este respecto son las grandes empresas y en especial los grandes bancos los que más se adecuan por sus dimensiones al mundo global. Han quedado por detrás los Estados y aún más por detrás los partidos políticos. De ahí la importancia de los macroestados, como son los casos de EEUU, China y Rusia, como medio para combatir el desenfreno generado en el mercado mundial por las grandes empresas. De ahí igualmente la necesidad de avanzar en el proceso de institucionalización de la Unión Europea. No podemos pensar en pequeño y actuar con fuerzas pequeñas en el periodo histórico donde domina lo grande. En este sentido las tendencias dominantes en la izquierda radical siguen siendo desoladoras: por una parte, por esa tendencia imparable a crear pequeñas formaciones políticas, y por otra parte, por esa tendencia carente de horizonte y de apego a la realidad que la lleva a defender que España se salga de la unión monetaria europea. Si ya desde la Unión Europea resulta difícil luchar contra las fuerzas capitalistas globales, mucho más lo será desde una nación aislada. Creo que sin la mentalidad de pensar en grande en el ámbito de la actuación política, el destino de la izquierda radical seguirá siendo los márgenes de la historia.