domingo, 10 de diciembre de 2017

Barcos de papel

Un cuento que no es un relato, que apenas es una escena, escena que encierra una idea, idea que guarda un sentimiento.

También yo --¡oh, esa palabra que no querría pronunciar, el sujeto que aparece en los verbos de nuestra lengua como inevitable imposición al impersonal! Me gustaría poder decir "siente", como digo "llueve" (y dicho sea de paso, aunque quite a mi sentir fuerza poética, aquí y ahora está lloviendo de lo lindo)-- yo, como digo, siento que cada día echo mis barquitos a este universo virtual que imaginamos que nos hermana. Con la esperanza de que alguien los conviva, siquiera un instante.



[Cuento - Texto completo.]

Rabindranath Tagore

Todos los días echo mis barcos de papel al río, donde flotan y, uno tras otro, son arrastrados por la corriente.

En ellos he escrito, con grandes letras negras, mi nombre y el nombre de mi pueblo.

Confío en que alguien los encontrará, en un país lejano, y así sabrá quién soy.

Cargo mis barquitos con flores de shiuli cogidas en nuestro jardín, y espero que estas flores abiertas al amanecer tendrán la suerte de llegar al país de la noche.

Después de haber echado al agua mis barcos de papel, levanto los ojos al cielo y veo que las nubecillas preparan sus velas blancas y combadas.

Tal vez algún amiguito juegue conmigo desde el cielo, lanzándolas al viento, para que compitan con mis barcos…

Cuando llega la noche, hundo la cabeza entre mis brazos y sueño que mis barcos de papel bogan sin cesar, cada vez más lejos, bajo la claridad de las estrellas de la medianoche.

Las hadas del sueño viajan en ellos, y llevan por carga sus cestos llenos de ensueños.

FIN

Progreso... ¿qué progreso?

Una visión dialéctica del mundo me lleva a invertir (dialécticamente, claro) la cruel ironía del ciego,  "¿qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud", para ponerla sobre los pies y actualizarla en "lo que te dió salud te enferma ahora".

Porque la idea de progreso que ha acompañado el ascenso de este sistema económico tan voraz como suicida es bifronte. Junto a logros innegables contiene la semilla de la destrucción. Ahora comienza el descenso, y casi (solo casi) asombra la pertinaz insistencia en mantenerla cuando está ya en el umbral el ocaso inevitable del sistema. Casi asombra, porque el prestigio y el conocimiento de los mejores cerebros contiene en sí también el del reptil del que procedemos. Y existe un instinto negador de lo desagradable.

La humildad a que nos lleva entender esto es el primer paso para trascenderlo.

La (auto)destrucción del capitalismo actual (vaya, ya salió la palabreja inevitable), en vez de dar lugar a un mundo mejor puede, va camino de ello, causar un daño inmenso a la humanidad, como ya lo está haciendo a muchas otras formas de vida.

Jorge Riechmann reflexiona una vez más, en su discurso tan monótono como necesario (pero la nota pedal es la que sostiene la melodía) sobre estas cosas.

Para los que se desesperan por no poder leer todo lo que les interesa, dejo aquí la pregunta y el casi decálogo de sus indicaciones finales.






































(...)

En esta tremenda tesitura, me atrevo a proponer nueve indicaciones para pensar nuestro presente, y con ello cierro estas páginas:
  1. Lucidez –no autoengañarnos. Nada de wishful thinking. Aunque eso conduzca a ser considerados “extremistas” desde el “centro” de la cultura dominante, que sí que es extrema (¡nada más extremo que el capitalismo con su dinamismo autoexpansivo de crecimiento perpetuo!).
  2. No exagerar (síntesis budista- cristiana a través del sabio jesuita Juan Masiá).
  3. Superar en lo posible el fetichismo de la mercancía, la máxima fuente de alienación a lo largo de toda la Modernidad, como nos han recordado las “nuevas lecturas de Marx” (la crítica del valor de Robert Kurz y su gente, tan bien sintetizada por Anselm Jappe en un libro como Las aventuras de la mercancía, Pepitas de Calabaza, Logroño 2016.).
  4. Desprendernos de la tecnolatría. Tratar de pensar con la mayor objetividad posible acerca de la técnica (y la tecnociencia).
  5. Perspectiva no sólo de longue durée (Fernand Braudel) sino de Big History: lo humano en perspectiva cósmica. (Un buen texto en español para ello es el de Fred Spier: El lugar del hombre en el cosmos, Crítica, Barcelona 2011.)
  6. Reconocer el carácter fosilista de nuestra cultura –y de nuestras ideas de emancipación humana. Prioridad del binomio energía-clima. (Cómo afrontarlo en el marco de un proyecto de país para el Estado español es lo que han explicado Fernando Prats, Yayo Herrero y Alicia Torrego en La Gran Encrucijada, Libros en Acción, Madrid 2016).
  7. “Renaturalizar” las ciencias sociales y la filosofía (como sugería Manuel Sacristán en sus últimos años de vida). No sólo Marx, Nietzsche y Freud –también Sadi Carnot y Charles Darwin. La autonomía del sujeto humano es un logro civilizatorio, pero no puede construirse sobre una fantasiosa oposición a la naturaleza.
  8. Por eso, priorizar por encima de todo la construcción de una cultura no de dominación sobre la naturaleza, sino de simbiosis con ella. No estamos por encima de la naturaleza –como observa Mª José Guerra- sino que somos naturaleza en la naturaleza (Breve introducción a la ética ecológica, Antonio Machado Libros, Madrid 2001). Si pudiéramos aceptar que somos, esencialmente, animales con responsabilidades especiales… 
  9. Comprender (y venerar) el carácter excepcional de nuestra Madre Tierra, Gaia/ Gea, con sus impresionantes capacidades de autorregulación basada en la vida y favorable a la vida. La biosfera-en-geosfera de nuestro tercer planeta del Sistema Solar constituye un gran supersistema homeostático: la comparación con la tórrida Venus y el helado Marte, desprovistos de vida, debería enseñarnos “temor y temblor”. (Hace tiempo que la hipótesis Gaia se convirtió en la teoría Gaia: nuestro medio ambiente planetario es homeostático. El sistema de la Tierra se autorregula, tendiendo a mantener constantes su temperatura y composición atmosférica. James E. Lovelock lo comprendió en los años setenta del siglo XX, y desde entonces hemos ido entendiendo cada vez más de la inmensa complejidad de estos mecanismos de autorregulación, y del papel crucial de los seres vivos en ello.) Si queremos tener un porvenir en la Tierra, cuidemos la vida. Nos va –literalmente- la vida en ello. Como señaló en muchas ocasiones la gran Lynn Margulis, Homo sapiens es peligroso para sí mismo (y para muchas otras especies), pero no para Gaia. “Gaia, una perra vieja, no está en absoluto siendo amenazada por los humanos. La vida planetaria sobrevivió por lo menos tres mil millones de años antes de que la humanidad fuera siquiera el sueño de un simio lúcido que deseaba una compañera sin pelo. Necesitamos honestidad. Necesitamos que nos liberen de nuestra arrogancia especie-centrista. (…) No somos los más importantes porque seamos tan numerosos, poderosos y peligrosos. Nuestra tenaz ilusión de poseer una patente de corso oculta nuestro verdadero estatus de mamíferos erectos y enclenques” (Margulis, Planeta simbiótico, Debate, Madrid 2002).

viernes, 8 de diciembre de 2017

La expresión gráfica en la ingeniería (11-b)

Este libro fue fruto de la necesidad y de la urgencia. Se fue haciendo sobre la marcha, muchas veces en tardes y noches de domingo para la clase del lunes, al tiempo que mi compañera de tantos años preparaba las suyas de salud laboral (¡ah, quién tuviera la capacidad de trabajo de entonces!). Ha recorrido un buen trecho en este blog, desde aquí hasta aquí. Como con seguridad no lo estudiáis tan aplicadamente como mis alumnos de entonces, podéis daros una vueltecita por aquí (también este capítulo se ve algo mejor en el PDF), o por este inciso, donde está la esencia del método diédrico directo, para refrescar este sistema de vistas encadenadas.

Las imágenes en JPG no dejan ver bien las líneas más finas. Podéis verlas mucho mejor en el PDF que ya dejé en la entrega anterior.

Vaya este helicoide como introducción.

Andreu Alfaro

Pero esta superficie a punto de emprender el vuelo no es desarrollable. No podríamos, sin deformarla, hacerla rodar sobre un plano. Las que vienen a continuación sí lo son.

La condición para que puedan rodar es que en todos los puntos de cada generatriz recta haya un único plano tangente, sobre el que podemos apoyarla. Asímismo, y por la misma razón, pueden recortarse de un plano, como los poliedros, y doblarlo para llevarlas al espacio.

En las superficies alabeadas que vimos antes se necesitaban tres líneas para definirlas. Ahora bastan dos, y la condición que falta la suple el plano tangente único.

Si las curvas son planas, sus planos y cada plano tangente se cortarán en un triángulo cuyos lados son las intersecciones de los tres planos. Naturalmente, si los planos de estas curvas directrices son paralelos, el tercer vértice del triángulo se aleja al infinito.


Dado un punto de una de las directrices, para encontrar el plano tangente en él hemos de prolongar la tangente hasta cortar a la intersección de los planos de las directrices, y desde allí trazar la tangente a la otra curva. Así quedará definido el triángulo, y con él el plano tangente y la generatriz buscada. Por cada punto de una de las directrices tendremos un plano tangente y una generatriz.


El trazado de tangentes a una elipse: la transformación llamada afinidad, que aplasta una circunferencia para obtener la elipse, lo hace también con todo el plano, y con él se transforma también la tangente.


¿Cómo rodaría un carro con ruedas elípticas desacompasadas? ¿o el troncomóvil de los Picapiedra? Con un movimiento seguramente muy malo para la columna vertebral. Pero puede hacerse, y sin duda tendrá alguna aplicación mecánica.

Para trazar las tangentes empleamos de nuevo una afinidad ortogonal.



Este modo de rodar es más corriente, si una de las ruedas del vehículo, aunque sea perfectamente circular, no se mantiene paralela a la otra


Y un caso aún más insólito. La pregunta que os lanzo es: ¿cuál será la posición de equilibrio estable? La solución es inmediata si miramos la cuarta figura.

Las figuras de arriba muestran la construcción en perspectiva. Las de abajo son vistas encadenadas. Son las vistas canónicas del sistema diédrico (planta, alzado, perfil), y facilitan la medida, pero no la visualización. Medición y visibilidad suelen estar en relación inversa. Preguntaos por qué.


En estas vistas encadenadas 1 y 2 son las canónicas de partida. Una circunferencia y una elipse, en planos paralelos, definen la superficie. 3 y 4 sirven para verla en perspectiva. En la vista 3 un plano de canto la corta, y lo vemos de frente (en su verdadera forma y magnitud) en la 4. Podemos retrotraer la construción, punto a punto, a las vistas primeras.


También podemos construir una superficie desarrollable a partir de un núcleo sólido. Por cada punto de la circunferencia, un cono tangente a la esfera nos proporciona una circunferencia de tangencia, y así podemos abordar el problema con dos curvas planas, como en los casos anteriores. Aunque ahora el procedimiento resulta más laborioso...


De nuevo la pregunta: ¿cuál es la posición de equilibrio estable, y por qué?

Basta por el momento. Pero aún hay más.



jueves, 7 de diciembre de 2017

La cruzada de los niños

En estos tiempos de imágenes efímeras se nos embota la sensibilidad. Tantos anuncios, y tan fugaces, de organizaciones humanitarias recordándonos las necesidades y los sufrimientos de los niños del tercer mundo, trufados además con otros anuncios de estructura similar que promocionan coches o perfumes, hacen que la piedad que seguramente sentimos dure apenas unos segundos. Así es difícil ponerse de verdad en la piel de otro, sentir lo que otro siente, y no solo verbalizarlo. Desde nuestra seguridad el sentimiento que decimos y hasta creemos sentir tiene algo de postizo, de hipócrita. Una coraza de bienestar, y el propio montaje descontextualizado de los telediarios, convierten las atrocidades de la guerra y el desplazamiento de poblaciones en un entretenimiento más. En términos militares, en una diversión. 

Necesitamos otros medios para despertar las conciencias de forma un poco más duradera.

El cine, con su tiempo largo y su espacio oscuro, nos introduce mucho mejor en los sentimientos ajenos. No hay cine sin emociones, aunque estas puedan ser nobles o perversas. Las injusticias que vemos a nuestro alrededor sin prestarles demasiada atención se vuelven insoportables cuando son imaginadas a través de una buena película.

De las emociones cinematográficas, la visión de la infancia desamparada es la más conmovedora. Cuando nos ponemos en su lugar y sentimos con ellos, el momento más desgarrador es aquel en que el niño del relato se da cuenta de su situación y pide una ayuda que no podemos darle.

Hace unos días se presentó en el cineclub de Pontevedra la película de Theodoros Angelopoulos Paisaje en la niebla. No es una película de guerra, aunque se la evoca en el ensayo de unos cómicos tristes y desamparados (¿cómo no recordar El viaje a ninguna parte?).

En la película griega (triste Grecia) los niños que buscan por parajes desolados a un padre imaginado y mitificado no parecen sentir los riesgos que corren. Les ayuda una esperanza que el espectador omnisciente no puede compartir.

Sí está enmarcada en la guerra, que solo aparece al comienzo, Juegos prohibidos, inmortalizada además por la música de Narciso Yepes. Aunque la presencia de la guerra se percibe en todo momento, el sentimiento de abandono y angustia de la niña no llega hasta el final, cuando de golpe se hace consciente de su absoluto desamparo. Este sufrimiento que hacemos nuestro es la mejor justificación de la película.

Como hacemos nuestro el de los niños de otra gran película, Las tortugas también vuelan.

El cine comparte con la literatura la capacidad hipnótica de transportarnos al interior de otros, siquiera por un tiempo, y el buen cine, como la buena literatura, puede hacernos mejores.

Creciendo con eco


Pasemos a la buena literatura. Si las imágenes televisivas de los niños refugiados, dentro del barullo indiferente de unos medios de (in)comunicación altamente encanallados, no traspasan nuestra endurecida piel, puede hacerlo la lectura de un poema.

El lector que se zambulle en una historia creíble no sólo se hace cómplice del autor, sino personaje de la narración. La empatía sentida hacia el prójimo sufriente puede trasladarse luego a la propia vida.

Pero cuando lo narrado es historia verdadera (¿cuántos niños se habrán perdido en las guerras de nuestro tiempo?), y el narrador tiene acreditada su sinceridad, la emoción se nos mete dentro y sentimos el frío, el hambre... y el desamparo.

Humanísimo Bertolt Brecht.


La cruzada de los niños

En Polonia, en el año treinta y nueve,
se libró una batalla muy sangrienta
que convirtió en ruinas y desiertos
las ciudades y aldeas.

 Allí perdió la hermana al hermano
y la mujer al marido soldado.
Y, entre fuego y escombros, a sus padres
los hijos no encontraron.

No llegaba ya nada de Polonia.
Ni noticias ni cartas.
Pero una extraña historia, en los países
del Este circulaba.

 La contaban en una gran ciudad,
y al contarlo nevaba.
Hablaba de unos niños que, en Polonia
partieron en cruzada.

 Por los caminos, en rebaño hambriento,
los niños avanzaban.
Se les iban uniendo muchos otros
al cruzar las aldeas bombardeadas.

 De batallas y negras pesadillas
querían escapar
para llegar, al fin,
a algún país en el que hubiera paz.

 Había, entre ellos, un pequeño jefe
que los organizó.
Pero ignoraba cuál era el camino,
y ésta era su gran preocupación.

Una niña de once años era
para un niño de cuatro la mamá:
le daba todo lo que da una madre,
mas no tierra de paz.

Un pequeno judío iba en el grupo.
Eran de terciopelo sus solapas
y al pan más blanco estaba acostumbrado.
Y, sin embargo, todo lo aguantaba.

 Más tarde se sumaron dos hermanos,
y ambos eran muy buenos estrategas
para ocupar las chozas que en el campo
los campesinos cuando llueve dejan.
 
También había un niño muy delgado
y pálido que siempre estaba aparte.
Tenía una gran culpa sobre sí:
la de venir de una embajada nazi.

 Y un músico, además, que en una tienda
volada había encontrado un buen tambor.
Tocarlo les hubiera delatado,
y el niño músico se resignó.

Y hasta un perro llevaban que, al cogerlo,
se disponían a sacrificar.
Pero ninguno se atrevía a hacerlo,
y ahora tenían una boca más.

También había una escuela
y en ella un maestrito elemental.
La pizarra era un tanque destrozado
donde aprendían la palabra «paz».

Y, al fin, hubo un concierto entre el estruendo
de un arroyo invernal.
Pudo tocar el niño su tambor
pero no lo pudieron escuchar

 No faltó ni siquiera un gran amor:
quince años el galán, doce la amada.
En una vieja choza destruida,
la niña el pelo de su amor peinaba.

 Pero el amor no pudo resistir
los fríos que vinieron:
¿cómo pueden crecer los arbolillos
bajo toda la nieve del invierno?

Hubo incluso una guerra
cuando con otro grupo se encontraron.
Pero viendo en seguida que era absurda,
la guerra terminaron.
 
Cuando era más reñida la contienda
que en torno a una garita sostenían,
una de las dos partes
se quedó sin comida.

 Al saberlo la otra, decidieron
un saco de patatas enviar
al enemigo, porque sin comer
nadie puede luchar.

A la luz de dos velas
un juicio celebraron.
Y, tras audiencia larga y complicada,
el juez fue condenado.

Hubo un entierro, en fin: el de aquel niño
que tenía en el cuello terciopelo.
Dos alemanes junto a dos polacos
enterraron su cuerpo.

No faltaban la fe ni la esperanza,
pero sí les faltaba carne y pan.
Quien les negó su amparo y fue robado
después, nada les puede reprochar.  

Mas nadie acuse al pobre que a su mesa
no los hizo sentar.
Para cincuenta niños hace falta
mucha harina: no basta la bondad. 

 Si se presentan dos, o incluso tres,
es fácil que cualquiera los atienda.
Mas cuando llegan niños en tropel
las puertas se les cierran.

  En una hacienda destruida, harina
hallaron en pequeña cantidad.
Una niña en mandil, de once años,
durante siete horas coció pan.

Amasaron la masa largamente,
la leña, bien cortada, ardía bien,
pero el pan no subió
porque ninguno lo sabía cocer.

Decidieron marchar,
buscando sol, al Sur. El Sur
es donde a mediodía todo
está lleno de luz.

  A un soldado encontraron
herido en un pinar.
Siete días cuidándole, y pensaban:
«Él nos podrá orientar.»

 Mas el soldado dijo: «¡A Bilgoray!»
Debía de tener
mucha fiebre: murió al día siguiente.
Lo enterraron también.

Y los indicadores que encontraban
la nieve apenas los dejaba ver.
Pero ya no indicaban el camino,
todos estaban puestos al revés. 

 Aunque no se trataba de una broma:
sólo era una medida militar.
Buscaron y buscaron Bilgoray,
mas nunca la pudieron encontrar. 
 
Se reunieron todos con el jefe,
confiados en él.
Miró el blanco horizonte y señaló:
«Por allí debe ser.»

 Vieron fuego una noche:
decidieron seguir sin acercarse.
Pasaron tanques, otra vez, muy cerca,
pero iban hombres dentro de los tanques.

Al fin, un día, a una ciudad llegaron,
y dieron un rodeo.
Caminaron tan sólo por la noche
hasta que la perdieron.

Por lo que fue el sureste de Polonia,
bajo una gran tormenta, entre la nieve,
de los cincuenta niños
las noticias se pierden.

Con los ojos cerrados,
dentro de mí los veo cómo vagan
de una casa en ruinas
a otra bombardeada.
   
Por encima de ellos, entre nubes,
caravanas inmensas
penosamente avanzan contra el viento,
y, sin patria ni meta,

 van buscando un país donde haya paz,
sin incendios ni truenos,
tan diferente a aquel de donde vienen.
Y, unidas, forman un cortejo inmenso.

Y, al caer el ocaso, ya sus caras
no parecen iguales.
Ahora veo caras de otros niños:
españoles, franceses, orientales...

Y en aquel mes de enero,
en Polonia encontraron
un pobre perro flaco
que llevaba un cartel de cartón al cuello atado.

 Decía: «Socorrednos.
Perdimos el camino.
Este perro os traerá.
Somos cincuenta y cinco.

  Si no podéis venir,
dejadle continuar.
No le matéis. Sólo el
conoce este lugar.»

 Era letra de niño
y campesinos quienes la leyeron.
Ha pasado año y medio desde entonces.
Desde que hallaron, muerto de hambre, un perro.
   
(Del libro Historias de almanaque, 1939)

martes, 5 de diciembre de 2017

La producción del espacio

Selección de textos de Henri Lefebvre en el blog El Otro. Me detengo en esta consideración:
“La principal contradicción –digo bien que se trata de la principal contradicción, ya que hay cantidad de contradicciones secundarias– es la siguiente: de un lado está la capacidad de conocer, de tratar, de transformar el espacio a una escala inmensa, e incluso a escala planetaria; y por otro lado, el espacio se halla fragmentado, pulverizado por la propiedad privada, ya que cada fragmento del espacio tiene su propietario. Está pulverizado para ser comprado y vendido.”
Se trata una vez más de la contradicción que señalaba Marx en el prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política:
Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí.
Y que, aplicada a la producción científica, podría formularse así:
Cuando las fuerzas productivas (de conocimiento) chocan con las relaciones de producción (de capital), lo que parecía fomentar el desarrollo se convierte en su mayor freno.
Sobre la cuantificación en las publicaciones científicas ya publiqué en este blog un comentario al artículo Ciencia, publicaciones científicas y cienciometría. Las revistas científicas y su "hit parade" son el acelerador, pero también el freno, de la investigación. Y acelerar el vehículo con el freno de mano echado no es nada bueno.

No es de extrañar que surjan movimientos de rebeldía, tachados de piratería. Recordemos la imagen ambivalente del pirata y del bandolero. Ahora aparece esta noticia en El País:
La ley alcanza pero no derrota a la ‘Robin Hood de la ciencia’
Sci-Hub, la web pirata de artículos científicos, resiste las demandas sin precedentes de las editoriales.
Por no hablar de la industria farmacéutica y las patentes, etc.

La propiedad privada de los medios de producción (de todos los medios de producción de todo) es el principal problema (la raíz) a que se enfrentan nuestras sociedades, porque enfrenta al caracter social de los procesos las voluntades particulares de los propietarios.

Por eso publiqué esto hace tiempo:


La propiedad privada de tantas embarcaciones que inundan los puertos deportivos son un buen ejemplo de utilidad desviada. Para empezar, la inmensa mayoría apenas se mueve. ¿Qué haremos con esa flota cuando el empobrecimiento generalizado la convierta en objetos sin reconversión posible?


Henri Lefebvre

“La agricultura y la ciudad son realidades históricas anteriores al capitalismo, mientras que la producción del espacio es algo que nunca había existido en sociedades precapitalistas o sociedades no reguladas por la ley de valor de cambio”.

“En la economía política tradicional el movimiento era lo excepcional, era una perturbación de la estabilidad, ahora la estabilidad es simplemente un momento de los flujos. Hay flujos de energía, materias primas, flujos de productos acabados, flujos de mano de obra, flujo de capitales, sin contar pequeños flujos como los flujos de los automóviles. Es una nueva relación de la economía política al espacio que se forma. Un flujo tiene un origen, un recorrido y un terminal. Por ejemplo, un flujo de petróleo: un oleoducto, sale de Libia, atraviesa el Mediterráneo, pasa a una refinería dada y de allí acaba en la gasolinera.”

“El capitalismo ya no se apoya solamente sobre las empresas y el mercado, sino también sobre el espacio. Tenemos también el ocio. Con la industria del ocio el capitalismo se ha apropiado de los espacios que quedaban vacantes: el mar, la playa, la alta montaña. Ha creado una industria nueva, una de las más potentes: la industria del ocio.”

“Así pues: integración al capitalismo de la agricultura y también de la ciudad histórica y extensión al espacio entero, comprendida la montaña y el mar, a través de la industria del ocio. Es, pues, el espacio entero lo que se ha definido como algo dominante y dominado, lo que introduce un movimiento dialéctico muy nuevo: el espacio dominante y el espacio dominado.”

“…el conocimiento hoy implica una capacidad creciente de controlar el espacio –la informática permite concentrar en un solo punto, en un aparato, lo que concierne a inmensas extensiones–. La tecnología trata el espacio a gran escala. Es evidente que tomando el ejemplo de las autopistas se ve cómo la tecnología trata el espacio a escalas gigantescas…”

“Marx estudia el crecimiento en la parte de El Capital consagrada a la acumulación ampliada. Estudiando el crecimiento llegó a un problema nuevo que únicamente adivinó al final de su vida. Hay una producción ampliada de crecimiento. En el curso de este crecimiento se preguntaba, ¿cómo se reproducen las relaciones de producción? Este problema domina las ciencias sociales desde fines del siglo XIX, pero los sociólogos en conjunto lo han resuelto de una manera muy grosera; tanto Max Weber como Émile Durkheim afirman que las relaciones sociales perduran por «inercia». Cuando Durkheim dice que a las relaciones sociales hay que tratarlas como cosas, dice lo que quiere decir aunque no sepa que lo dice. Nos encontramos ante el problema de la reproducción de relaciones de producción. Marx lo presintió al fin de su vida. Lo sabemos ahora por un capitulo inédito de El Capital que fue publicado hace dos años. Se encontraba en los archivos del Partido Social Demócrata Alemán, en Amsterdam, donde hay todavía muchos inéditos de Marx a los cuales no ha habido acceso durante mucho tiempo; especialmente a toda la última parte de El Capital que está en forma de borrador poco legible; hacen falta todavía años para descifrar estos manuscritos. De este capitulo inédito de El Capital, resulta que Marx, al fin de su vida, adivinaba el problema fundamental: los hombres cambian, las generaciones pasan, hay relaciones sociales que cambian y otras que persisten. ¿Cuáles son las relaciones sociales que cambian y cuáles las que persisten? ¿Lo que persiste, por qué lo hace? Y este inédito Marx llega a conclusiones a las cuales habíamos llegado sin conocerlo; por ejemplo, que la presión del mercado mundial está destinada a jugar un papel enorme en la reproducción de las relaciones de producción. Mi hipótesis es la siguiente: Es el espacio y por el espacio donde se produce la reproducción de las relaciones de producción capitalista. El espacio deviene cada vez más un espacio instrumental.
La elaboración de todo esto es consecuencia de una clase social que yo conozco muy bien: los tecnócratas.”

“La principal contradicción –digo bien que se trata de la principal contradicción, ya que hay cantidad de contradicciones secundarias– es la siguiente: de un lado está la capacidad de conocer, de tratar, de transformar el espacio a una escala inmensa, e incluso a escala planetaria; y por otro lado, el espacio se halla fragmentado, pulverizado por la propiedad privada, ya que cada fragmento del espacio tiene su propietario. Está pulverizado para ser comprado y vendido.”

“Una nueva relación del cuerpo y de la sociedad con el espacio, en el seno de las formas antiguas aparecen o se esbozan nuevas formas, pero las formas antiguas se defienden, tienen muchos medios para defenderse, especialmente estos dos medios complementarios: el espacio instrumental y la violencia.
En esta perspectiva es un cierto aspecto del socialismo lo que se presenta al observador: el socialismo se define como gestión colectiva del espacio. Este socialismo, en mi opinión, está esbozándose y esto comienza ya por la gestión social colectiva de las escaseces; hay nuevas cosas escasas: el agua, la luz, el aire y el espacio, que comienza a escasear alrededor de los grandes centros urbanos. Esta escasez del espacio presenta problemas que emergen en la nueva disciplina que se ocupa del medio ambiente, como la polución por ejemplo; pero aquellos no son, de hecho, sino primeras aproximaciones a los auténticos problemas del espacio. Creo que hay un socialismo algo diferente de las concepciones usuales del socialismo actual. Este se define hoy todavía como una gestión colectiva de la producción en el espacio, de la producción en el sentido clásico y habitual del término; yo creo que hay un cambio cualitativo en la noción misma del socialismo, al igual que hay un cambio cualitativo que modifica los problemas del conocimiento económico cuantitativo. Se ha creído, hasta una fecha muy reciente, que el crecimiento cuantitativo respondía y daba solución a todos los problemas. Ahora se empiezan a dar cuenta de que el crecimiento indefinido es imposible y que hay una modificación cualitativa en las fuerzas productivas en sí mismas. Las fuerzas productivas no pueden definirse únicamente por la producción de bienes o de cosas en el espacio. Se definen hoy como la producción del espacio. Esta producción no suprime la antigua; la producción en el sentido clásico del término, que sigue siendo la base, las fuerzas productivas que conciernen a la producción de los bienes en el espacio no han desaparecido, pero desde cualquier punto de vista, sea técnico, científico o social, hay una modificación, de excepcional importancia, en las fuerzas productivas en sí mismas, de las que yo pienso, con Marx, que son la base sobre la que se edifica la sociedad. He olvidado decir que la contradicción clásica, puesta de relieve por Marx, entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción toma hoy, en mi opinión, una forma nueva: la contradicción entre la capacidad de tratar el espacio a gran escala y la propiedad privada del espacio, que es una relación social. Me excuso por el carácter muy condensado de esta exposición.”

“El arquitecto, ¿cómo se define? Para mí se define como un productor del espacio. Es un gran tema de discusión, porque hasta ahora, en Francia, se definía al arquitecto como un dibujante, lo que abocaba a dar a los arquitectos una gran formación, no muy buena pero muy artística. Dibujaban muchos capiteles y muchas columnas, y cuando llegaban ante los problemas del espacio estaban totalmente perdidos. Hemos llegado actualmente a otra concepción del arquitecto que se ha esbozado en Italia. El arquitecto no es un hombre de dibujos, es un hombre de palabras. Su papel es el de intermediario entre los usuarios, los promotores, las autoridades políticas y los financieros. Han formado a gente que ya no sabe dibujar. Se han creado ramas porque los desgraciados no se podían ganar la vida; estaban obligados a entrar en estudios de arquitectos, donde les obligaban a dibujar, y no sabían. No obstante, ahí dentro hay una idea interesante: es que los usuarios no saben hablar, por no tener el vocabulario y, si nadie se encarga de decir lo que los usuarios sienten, ¿quién va a hablar en nombre de los usuarios? Los arquitectos no son así todavía, pero no deja por ello de ser interesante esta hipótesis del espacio; no está solo, no es el único, ya que en el régimen capitalista están también los promotores, los financieros, los bancos y las autoridades administrativas y políticas. La producción del espacio es un fenómeno extraordinariamente complejo, y en la práctica las contradicciones que he señalado aparecen constantemente; porque unos conciben el espacio a gran escala y otros no lo conciben sino a la escala de la propiedad privada.”