lunes, 10 de mayo de 2021

Las pequeñas virtudes y la pequeña política

Hace muchos años que leí Le piccole virtù, Las pequeñas virtudes. Este libro de Natalia Ginzburg reúne apuntes autobiográficos, semblanzas y reflexiones sobre la vocación de escritor, pero su título corresponde a un breve ensayo sobre educación incluido en él.

Contrapone en este ensayo las pequeñas virtudes de la moral a las grandes virtudes de la ética. Si las primeras nos ayudan a adaptarnos a la sociedad existente, y por lo tanto a sobrevivir, las segundas pueden incluso ser peligrosas, porque chocan frecuentemente con lo establecido:




Las pequeñas virtudes fue escrito por Ginzburg a comienzo de los años 60 y parte de su propia experiencia como madre. La autora tuvo tres hijos de su primer marido, el intelectual antifascista Leone Ginzburg, que fue asesinado por los nazis; y otros dos más de su segundo marido, un profesor de literatura.

El ideal educativo que propone la autora tiene que ver con la exigencia y la excelencia, ya desde las primeras líneas:

“Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes”. Y sintetiza cuáles son estas:

  • no el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero;
  • no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro;
  • no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad;
  • no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación;
  • no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber”.

Explica que padres y educadores tienden a lo contrario: “elegimos el camino más cómodo, porque las pequeñas virtudes no encierran ningún peligro material, es más, nos protegen de los golpes de la suerte”.

¿Son excluyentes ambas líneas educativas? Difícil decisión. En realidad, existe un frágil equilibrio entre las dos. Sin la posibilidad de sobrevivir, para lo que hace falta cierta dosis de las primeras, difícilmente pueden llegar a practicarse las segundas.

Por desgracia, en esta sociedad la contraposición suele ser absoluta, a costa de que el desprecio por las grandes virtudes, relegadas al limbo de un ideal imposible, llegue a convertir la supervivencia individual en suicidio colectivo.

Por esta misma razón, el posibilismo de la pequeña política destierra la gran política, la más necesaria, al país de nunca jamás, la TINA en que podríamos ahogarnos todos.

Renunciando a los grandes objetivos, la pequeña política se encuentra cómoda con la filantropía. Las políticas sociales son relegadas, mientras florecen ONGs y fundaciones que en vano pretenden aliviar los peores resultados de esa otra política imposible.

Esta solución no es nueva. Las clases dominantes de otros tiempos también buscaron válvulas de escape para la presión social. La caridad cristiana es un ejemplo, pero antes la república romana había inventado los tribunos de la plebe para canalizar la rebeldía de los más pobres. Naturalmente, estos representantes del pueblo no podían subvertir el orden establecido. Tampoco pueden hacerlo hoy los partidos de izquierda asentados en la alternancia que no permite tocar lo intocable.



Porque «No es posible pretender hablar o actuar por la “plebe” estando a sueldo de los nuevos “patricios”». Estos magnánimos patricios de ahora suelen ser grandes filántropos. Naturalmente, lo que "dan" con su mano izquierda es una pequeña fracción de lo que se apropian con la otra mano:

Desde hace varias décadas, fundaciones como la Open Society (de George Soros), la Fundación Bill y Melinda Gates, y las Fundaciones Rockefeller, Ford, Kellogg, y otras, destinan cuantiosos fondos a causas habitualmente consideradas "liberales", "progresistas", e incluso "de izquierda". Y los resultados están a la vista.

Usando parte de las fortunas acumuladas por sus creadores en áreas más tradicionales, como las finanzas, el petróleo, la industria química, la agroindustria, la genética o la informática, esas Fundaciones han invertido mucho dinero en las siguientes causas: los derechos humanos, la enseñanza universitaria, el periodismo, el feminismo "de género" y los derechos de las minorías LGTB (y las políticas de discriminación positiva respecto a esas dos causas), la legalización de la marihuana, el ambientalismo, las campañas por el calentamiento global, la promoción de las "tecnologías verdes", la investigación, producción y aplicación de nuevas vacunas, la financiación de la OMS (especialidad en que se destaca Bill Gates) y el apoyo a las políticas recomendadas por la OMS respecto al coronavirus (sepan disculpar si olvido alguna causa, son tantas…).

Es intrascendente que pretendamos juzgar la bondad o la maldad de estas conductas. No podemos saber lo que pasa por sus mentes cuando "hacen el bien". Pero debe estar claro que esta atención a pequeñas nobles causas trocea y dispersa la debida a los grandes temas que deberían estar en primer plano.

Nuevamente me vuelve a la memoria aquel poema circular refugio nocturno.

Lo importante, a mi modo de ver, no es contraponer lo grande y lo pequeño, sino evitar que lo pequeño se utilice para ocultar lo grande.

Ahora que ha decaído el estado de alarma, los sesudos jueces se devanan esos sesos para decidir si las medidas que puedan sustituirlas vulneran derechos fundamentales establecidos por la Constitución. Se refieren a derechos, sin duda importantísimos, como el de reunión o el de libre circulación. Ni se os ocurra pensar que para mí se trate de "pequeños derechos". Pero sin duda, en ocasiones como esta, hay otros derechos más grandes, como el derecho a la vida.

¿Por qué entre los derechos fundamentales hay algunos que son papel mojado, como el derecho a la vivienda, y otros, como el de la alimentación, que es derecho a la vida, se abandonan a la beneficencia?

Harto os he dicho: miradlo.

lunes, 3 de mayo de 2021

Centro y periferia, o una fábrica ecijana perdida

En su trascendental obra Técnica y civilización, Lewis Mumford, distingue tres fases en la conformación de la era de la máquina: eotécnica, paleotécnica y neotécnica. Cada una de ellas está ligada al empleo de diferentes formas de aprovechamiento energético.

El desarrollo de los artefactos mecánicos es inseparable de la fuente de energía empleada para su manejo. La fuerza humana y luego la de los animales fueron durante la mayor parte de la prehistoria y aún de la historia las únicas utilizables, y las primeras máquinas solamente optimizaban su uso. Luego, los primeros aprovechamientos de la energía hidráulica y luego la eólica iniciaron la era eotécnica: la primera etapa del empleo de las energías renovables.

Fueron el empleo del carbón, y luego del petróleo, los que propiciaron el paso a las fases siguientes, de uso de energías no renovables. Con el primero se hizo factible la máquina de vapor, con el segundo, el motor de explosión.

La electricidad, que condicionó absolutamente todo el desarrollo posterior, no es una fuente, sino un vector de energía. No hay una fuente eléctrica aprovechable en la naturaleza, como ocurre con la fuerza del agua, el viento, el carbón, el petróleo. Y en todos los procesos de transporte y almacenamiento de energía eléctrica se producen grandes pérdidas. Así lo explica Antonio Turiel en el artículo que reproduzco más abajo:

...siempre que se produce una transformación de un tipo de energía a otro tipo de energía, en virtud del Segundo Principio de la Termodinámica, se tiene que pagar un peaje energético, es decir, se va a perder parte de la energía en el proceso. Esa pérdida energética es tanto mayor cuanto más diferentes sean los tipos de energía inicial y final. Por ejemplo, la transformación del impulso mecánico del viento o del río en electricidad implica pérdidas de hasta el 75% de la energía que incide en la turbina o aerogenerador. Sin embargo, si esa energía mecánica lineal del flujo de agua o aire se convierte en energía mecánica de rotación para accionar los engranajes de una fábrica, las pérdidas son mucho menores, del 20% o incluso más bajas. Quizá esto les suene un poco a ciencia ficción, pero lo cierto es que las primeras villas industriales a principios del siglo XX usaban esos procedimientos para mantener en marcha la maquinaria...

Sugiere el autor una vuelta, cada vez que sea posible, a las energías renovables empleadas directamente, sin transformaciones que tengan que pagar ese ineficiente "peaje energético".

Leyendo esto, me vino a la memoria el día en que mi padre me llevó a visitar una fábrica de harinas que hubo en Écija, movida únicamente por el agua del Genil.

Un poco más abajo del viejo puente ("la puente", como todavía recuerda el nombre de la próxima Calle de la Puente), existía, hoy bastante arruinado, un azud ("la asúa"), que reconducía el agua a la fábrica. Allí, de arriba abajo por todo el edificio, un impresionante conjunto de poleas y correas de transmisión ponían en marcha toda la maquinaria. Era una fábrica moderna, no como el molino holandés de viento que visité mucho tiempo después, y que funciona inalterado desde hace siglos.

En Pontevedra, sobre el río Lérez, se conserva una presa semejante, pero estaba destinada, ya, a producir electricidad, en una pequeña fábrica que tampoco existe hoy.

Buscando imágenes de aquella instalación encontré una estupenda colección de fotos antiguas, Écija en el recuerdo, y allí estaban la puente, la fábrica y el agua embalsada por la azuda.



Llegó el momento en que la vieja fábrica fue abandonada, sustituida por "las más eficientes" tecnologías con las que no podía competir.

Como suele ocurrir en esta sociedad de la abundancia y la miseria, se convirtió en refugio de indigentes.

La energía más primitiva, la única disponible para ellos, acabó con esta construcción en que predominaba la madera. Como el molino holandés, sería hoy un ejemplo de arqueología industrial, y quién sabe si llegaría a ser utilizada de nuevo.



La inercia de seguir haciendo las cosas "según costumbre" no nos deja ver que hemos de replantearnos la forma de hacerlas. Volver, de alguna forma, a una industria eotécnica, menos concentrada, como las energías de las que se dispondrá siempre, mientras exista el planeta como lo conocemos.

Industria que puede hoy aprovechar mucho mejor los conocimientos adquiridos, porque no se trata de recrear el molino holandés o la fábrica ecijana. Los nuevos "barcos de vela", por ejemplo, no serán carabelas ni galeones.

En un futuro eotécnico, las grandes concentraciones de actividad y de población no podrán sostenerse. Pero eso no significa necesariamente una pérdida en la calidad de vida. Os aseguro que se vive bien en ciudades como Écija o Pontevedra. Quizá en el futuro habrá que dispersarse un poco más...

Habrá que darle dos vueltas al tema, porque la alternativa de colapsar de mala manera solo puede devolvernos al barranco de Olduvai.



Centro versus periferia

Una de las mayores dificultades para articular una transición energética adecuada y eficaz reside en ciertas ideas preconcebidas de cómo debe ser esta transición. Esas ideas, adecuadas para aprovechar las características de los combustibles fósiles mientras éstos han sido abundantes, nos llevan ahora a intentar aprovechar la energía renovable de una manera que no solo no es la más eficaz, sino que es tan mala que puede ser hasta incompatible con una sociedad funcional. Pero cuando señalamos esta incompatibilidad, y antes de que se nos permita explicarnos mejor, habitualmente nos encontramos con un muro: un muro de incomprensión y un muro de oposición cerril, el cual desdeña nuestros argumentos porque los toma como un ataque a la única salida al grave problema de sostenibilidad actual, sin darse cuenta de que en realidad hay muchas más salidas. Tal es la cerrazón que, cuando se les muestra la imposibilidad lógica de "su" solución, creen que lo que estamos diciendo es que "estamos perdidos" o que queremos "condenar a la Humanidad a volver a las cavernas" (sin ir más lejos, estos dos comentarios me los han dicho en la última semana). Me sorprende encontrarme con gente que de nada me conoce que cree que me gusta ser catastrofista o que piensa que digo que no podremos tener ni luz ni agua corriente (dos ejemplos reales también recientes).

La realidad no puede ser más lejana. No es que no haya solución. Al contrario, sí que hay soluciones alternativas, más de una. Pero son soluciones muy diferentes a las que ellos sueñan, aunque no peores. De hecho, en realidad son mejores, empezando por el simple hecho de que son posibles.

Comencemos por el principio. Entendamos cuál es el paradigma actual, y hasta qué punto es prisionero de la mentalidad de los combustibles fósiles.

Los combustibles fósiles tienen una característica que los hace muy interesantes: tienen una gran densidad energética. Contienen mucha energía concentrada en un volumen pequeño. Eso favorece que se pueda transportar la energía extraída en un punto para consumirla en otro punto, aunque sea muy lejano, y con un gran aprovechamiento. En el caso concreto del petróleo, se añade otra gran ventaja: es un líquido, como también son los combustibles que de él se derivan. Eso hace muy fácil su manipulación: para trasvasar grandes cantidades de energía de un recipiente a otro simplemente se deja fluir y en cuestión de pocos minutos el depósito se ha llenado de una cantidad inaudita de kilovatios·hora. Además, al ser líquido es más fácil de hacerlo reaccionar químicamente para sacar un alto rendimiento. El carbón tiene una manipulación un poco más difícil, pero también se puede transferir grandes cantidades de energía gracias a él. Y el gas natural es el más difícil de manipular de los tres, pero aún con él tenemos un increíble saldo energético en las operaciones de transferencia.

Dadas las características de los combustibles fósiles, y particularmente del petróleo, se ha podido llevar la lógica de las economía de escala hasta prácticamente su límite físico. El principio de la economía de escala es aumentar el volumen de producción de un objeto hasta el máximo rendimiento económico. Cuando ponemos una fábrica, debemos hacer una gran inversión para crear el edificio, comprar la maquinaria, tener las infraestructuras necesarias, etc., y esa inversión es prácticamente la misma hasta un cierto volumen de producción; por tanto, es mejor producir ese máximo volumen que cualquier cantidad inferior, porque así el coste por unidad producida será menor. Incluso, una vez hecha la inversión inicial, aumentar la producción partiendo de la fábrica inicial suele comportar un incremento de costes menor que poner una nueva fábrica en otro sitio, porque ciertas infraestructuras (carreteras, líneas eléctricas, etc.) no necesitan ser ampliadas porque pueden aumentar su capacidad. Así que la lógica de la economía de escala se basa en aumentar la producción de una fábrica hasta su máximo rentable.

La gran cantidad de energía concentrada en los combustibles fósiles, y su gran abundancia, ha favorecido que se creen grandes centros de producción, que en algunos casos abastecen el mercado global. Concentrar más y más la producción en pocos lugares ha seguido siendo beneficioso, hasta que en algunos productos se abastece el mundo con una o unas pocas fábricas. La lógica de la hipercentralización de la producción ha sido una consecuencia del petróleo abundante y barato, en suma.

Por contraste, la producción de energía renovable es por definición muy distribuida y de pequeña densidad energética. Además, es difícil de manipular y transportar  a grandes distancias. El viento sopla aquí, y las zonas más insoladas están allá, y tomar esa energía y llevarlo para otro lado no es nada simple. Se pueden crear sistemas de aprovechamiento renovable que tomen esas fuentes de energía renovable y las conviertan en electricidad. En el proceso, se aprovecha solamente entre el 15% y el 20% de la energía renovable disponible; y luego el transporte comporta pérdidas adicionales, más el hecho de que la disponibilidad de la red eléctrica hace que no siempre se pueda aprovechar la energía producida o producible. Se puede intentar soslayar ese problema convirtiendo la electricidad en hidrógeno, pero entonces se tienen que añadir otro 30-50% de pérdidas adicionales en la producción del hidrógeno, y encima, si se intenta utilizar en un motor, habrá de nuevo un recorte del 50% de la energía, de modo que al final se habrá aprovechado solamente un 4% o menos del flujo renovable inicial. La alternativa es usar baterías u otros sistemas como el bombeo inverso, con pérdidas mucho más pequeñas (del orden del 10-15%) pero con un alto coste económico y energético en materiales escasos o en limitaciones de localización, con lo que encima tampoco se puede garantizar que estarán disponibles a gran escala.

La pregunta es: ¿y no se puede aprovechar esa energía renovable de una manera mejor? Y la respuesta es que sí.

Ya comentamos al hablar de la entropía que siempre que se produce una transformación de un tipo de energía a otro tipo de energía, en virtud del Segundo Principio de la Termodinámica, se tiene que pagar un peaje energético, es decir, se va a perder parte de la energía en el proceso. Esa pérdida energética es tanto mayor cuanto más diferentes sean los tipos de energía inicial y final. Por ejemplo, la transformación del impulso mecánico del viento o del río en electricidad implica pérdidas de hasta el 75% de la energía que incide en la turbina o aerogenerador. Sin embargo, si esa energía mecánica lineal del flujo de agua o aire se convierte en energía mecánica de rotación para accionar los engranajes de una fábrica, las pérdidas son mucho menores, del 20% o incluso más bajas. Quizá esto les suene un poco a ciencia ficción, pero lo cierto es que las primeras villas industriales a principios del siglo XX usaban esos procedimientos para mantener en marcha la maquinaria; yo siempre comento el caso de las fundiciones de la villa de Olot, ciudad perdida en la montaña de Gerona y que no tenía precisamente buenas comunicaciones terrestres con el resto del país, y que sin embargo tenía una gran capacidad industrial precisamente por ese tipo de aprovechamiento mecánico de la energía hidráulica de los abundantes saltos de agua de la zona.

Lo cierto es que existen tecnologías apropiadas que requieren materiales y procesos constructivos mucho más sencillos que las renovables eléctricas, que son mucho más fáciles de instalar y mantener, y que son entre 2 y 3 veces más eficientes que producir electricidad. Con la ventaja añadida de que la energía se puede aprovechar de manera más final, además.

Yendo al caso de España, las posibilidades son infinitas. En las zonas con mayor insolación, como Andalucía, Extremadura o el sur de Castilla- La Mancha, la energía solar se puede concentrar para cocer ladrillos y, más concentrada aún, para fundiciones metalúrgicas. En el norte de España, la proliferación de saltos de agua proporciona una potencia mecánica que permite la instalación de muchas industrias donde se requiera; y de manera similar las regiones con viento intenso. En cuanto a las praderas que ocupan las mesetas, pastizales y paja proporcionarían una fuente inmensa de compuestos para la síntesis de química orgánica, y  semejantemente los bosques.

¿Cuál es el inconveniente de esta aproximación? Que la producción se vuelve distribuida. Pero eso es lógico: es que se está intentando aprovechar una energía, la renovable, que ya es de suyo distribuida, que se encuentra repartida por todo el territorio, y no precisamente en los actuales centros de consumo. Con estos modelos no eléctricos de aprovechamiento renovable, que tienen una eficiencia mucho más alta que la de las renovables eléctricas, en vez de tener grandes fábricas en pocos sitios, la economía de escala asociada a una energía muy distribuida haría proliferar muchas pequeñas fábricas, con mucho menor impacto y presión ambiental sobre su entorno, asegurando además la riqueza y el empleo local. La introducción de la renovable no eléctrica es por tanto más vertebradora y redistributiva.

¿Por qué hay, entonces, esta obsesión con electricidad? Porque no se ha abandonado el paradigma fosilista, y se sigue queriendo llevar la energía desde los lugares de generación energética a los actuales centros de producción industrial. Por este motivo, el debate sobre la transición renovable está viciosamente y erróneamente centrado en la producción de electricidad, de modo que hemos llegado a un punto en el que la gente cree que las renovables son para producir electricidad, y que el actual discurso político pretende alcanzar la descarbonización con un 100% eléctrico renovable. Poco importa a ese discurso que la electricidad sea solo el 20% del total de energía final consumida, que lleve décadas así sin que se vea como aumentar ese porcentaje, y que se sepa que hay una parte que no puede ser electrificado. Y poco importa, como hemos visto, que el aprovechamiento eléctrico sea altamente ineficiente en la transformación energética.

La centralización de la producción industrial durante los dos últimos siglos ha llevado a una centralización del poder político, y se usa ese centralismo para intentar forzar que la transición renovable también sea centralista. Pero a la Naturaleza no se la puede contradecir, y si la energía renovable es distribuida, no será posible centralizarla. Encabezonarse en hacer algo imposible no logrará hacerlo, pero sí que nos puede hacer colapsar como sociedad.

La fijación de la agenda en la renovable eléctrica y el completo ninguneo de las alternativas renovables no eléctricas (hasta el punto de que son un no tema, y que hasta las organizaciones ecologistas adoptan la agenda eléctrica renovable) es una manera de mantener el centralismo imposible en la época del descenso energético. Por eso, no nos equivoquemos: la renovable eléctrica busca apuntalar los centros de consumo/producción frente a la periferia de generación energética. Es un modelo de expolio del territorio, es un modelo colonial intramuros y extramuros.

La transición renovable, la verdadera, la posible, debe basarse en el aprovechamiento local y eficiente de la energía renovable. Un aprovechamiento que hará renacer al territorio. Renacer del territorio que debe ser a costa del abandono del centralismo metropolitano. Ceterum censeo Metropolem esse delendam (*).

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(*) "Pienso por demás que las grandes metrópolis deben ser abandonadas"

viernes, 30 de abril de 2021

Los tablaos flamencos

Las artes musicales han basculado siempre entre la raíz popular, el mecenazgo de las élites y el ocio de quienes han podido gozar de ellas. Si las formas brotan del pueblo, de su trabajo o su diversión, la apropiación por los poderosos, como fuentes de prestigio, propaganda o placer, las recoge y transforma, para bien y para mal, en una metamorfosis constante, que conduce a otras formas nuevas, algunas de las cuales llegan a ser canónicas.

El flamenco es un ejemplo de esta simbiosis. Sus estilos originales proceden del mundo del trabajo, de la marginación o de la fiesta popular. Andalucía es el crisol en que las culturas que allí confluyeron, incluyendo la gitana, la última en llegar, produjeron esa síntesis. 

La historia del cante flamenco comienza cuando empieza a ser grabado, primero en cilindros de cera y luego en placas de pizarra. Su prehistoria apenas puede reconstruirse a partir de escasas reliquias folclóricas o de su influencia en la música culta escrita.

El trasiego de las poblaciones, la emigración y la inmigración, se traduce en influencias recíprocas. Un ejemplo relativamente reciente, tanto de integración de estilos foráneos como de expansión a otros lugares, son los cantes mineros, surgidos de los orígenes campesinos y diversos de los trabajadores y difundidos al moverse estos entre las diferentes cuencas.

Las formas cristalizan al profesionalizarse. Cante y baile se instalan en los cafés cantantes, que desde el sur pasan a otros lugares de España, ayudados por la facilidad en las comunicaciones que establece el ferrocarril, como recuerda Alfredo Grimaldos en su libro Flamencos en el Ferrocarril, al que Nuestro Flamenco dedicó un programa. 

Por su posición central, es en Madrid donde confluyen los cantaores en busca de trabajo y, si es posible, de fama. De aquellos cafés se pasa a los tablaos. La época dorada de estos centros, con los que se consolidan unos espacios, y en ellos una forma de cantar que luego se propaga por el mundo, fue la posguerra, sobre todo a partir de los años cincuenta.

El turismo contribuyó a su éxito y difusión. Luego, comenzaron a cerrar. En estos momentos parece difícil su supervivencia.

Uno de los últimos programas de Nuestro Flamenco ha estado dedicado a los artistas que se iniciaron en estas escuelas de cante, donde coincidieron los de varias generaciones. Su influencia mutua contribuyó a actualizar las normas heredadas.

He querido recordar a estos cantaores y guitarristas facilitando el enlace a esta audición y los momentos en que aparecen estos ya clásicos estilos:

En el prólogo guitarrístico:

04:55 "Presagio", taranto, Víctor Monge, Serranito

13:18 "Amanecer malagueño", malagueña, Manolo Sanlúcar

En la sección de cantes:

21:02 Pericón de Cádiz, soleares gaditanas, con Félix de Utrera

28:00 José Menese, tientos, con Melchor de Marchena

37:15 Enrique Morente, caña, con Félix de Utrera

42:58 Ricardo Losada Maya, El Yunque, malagueña, con Serranito

47:45 Curro Lucena, fandangos de Lucena, con Perico el del Lunar, hijo

51:56 Miguel Vargas, soleá, polo y soleá apolá, con Melchor de Marchena

Y añado este documental sobre Manolo Sanlúcar:

martes, 27 de abril de 2021

Patentes potentes

Business As Usual. Este capitalismo (y no conozco otro) hace tiempo que pasó de ser el motor del progreso a convertirse en el mayor obstáculo para la supervivencia de los seres humanos.

Un caso como este hace patente que la afirmación debe tomarse al pie de la letra.



VACUNAS COVID: UN ABISMO DE DESIGUALDAD

 GUILLERMO ALGAR
 ARIANE BASAGUREN


El acaparamiento de vacunas de la COVID-19 por los países ricos
y las barreras de las patentes agravan los problemas de acceso
de los países en desarrollo. La suspensión temporal de la propiedad
intelectual permitiría incrementar la fabricación de vacunas y superar
el cuello de botella, en este momento de enormes tensiones entre
la oferta y la demanda de un bien público global.

A Din Savorn le diagnosticaron la hepatitis C en 1999. Cuando, años después, se desarrolló un nuevo tratamiento revolucionario (y de precio desorbitado), Din se enfrentó a una difícil decisión: vender su casa en la capital de Camboya y dejar a su familia sin hogar, o esperar a que los nuevos medicamentos bajaran de precio, con el riesgo para su vida que este retraso suponía.

Finalmente, Din recibió tratamiento gratuito con los nuevos fármacos en una clínica de Médicos Sin Fronteras. Din tuvo suerte, pero muchas otras personas que tienen hepatitis C no pueden acceder a un medicamento que, cuando salió al mercado en Estados Unidos, era conocido como “la pastilla de los 1.000 dólares”.

Ejemplos como este o el de los antirretrovirales para el VIH en su día o, más recientemente, los tratamientos contra el cáncer, han mostrado cómo las patentes rodean al medicamento como un muro, sin permitir que nadie más lo fabrique. Y este muro tiene fatales efectos, también en las naciones más ricas. Incluso en una situación sin precedentes como la actual, se siguen haciendo negocios como de costumbre.

(...)

lunes, 26 de abril de 2021

Desequilibrios

El importante libro Trabajo, del antropólogo James Suzman, está lleno de evidencias. Muchas de las ideas expuestas son hoy lugares comunes, aunque negacionistas de varios tipos prefieran ignorarlas. Pero lo importante es concatenarlas adecuadamente, y eso lo hace magníficamente el autor.

Podemos empezar, con él, por el concepto físico de "trabajo". Tal es cualquier actividad que, empleando energía, aplique una fuerza para producir el desplazamiento de una masa. El trabajo, por lo tanto, se opone al reposo. La energía utilizable es siempre producto de un desequilibrio. El ejemplo clásico es el de la energía térmica, que pasa de un cuerpo caliente a otro frío, hasta que se iguala la temperatura de ambos y cesa el flujo. Esta energía puede producir trabajo solamente mientras exista ese desequilibrio.

Este ejemplo ilustra la tendencia universal a que el flujo contribuya a su propio final, y por eso se piensa que nuestro universo tendrá una "muerte térmica" cuando cesen por completo los flujos de energía. Claro que eso nos queda muy lejos.

La magnitud física que muestra el grado de desequilibrio es la entropía. Para entendernos sin entrar en profundidades, podemos decir que es la medida del desorden, entendiendo que un sistema está "ordenado" mientras parte de él tiene mucha energía que puede transmitir a otra parte, y que se va "desordenando", enredando ambas partes ordenadas, hasta que llega al equilibrio y cesa el flujo, y con él la actividad.

De este modo, la tendencia de cualquier sistema aislado es el aumento continuo de la entropía, y en algún momento, para mantenerse activo, necesita que le llegue energía desde el exterior.

El surgimiento de la vida, desde sus formas más primitivas, altera la ciega tendencia universal al incremento inexorable de la entropía. Un fenómeno extraordinario se produce cuando, en el seno de ese flujo universal de energía, una porción de esa materia que se recombina aleatoriamente adquiere casualmente la capacidad de "exportar entropía", y se ordena interiormente de cierta manera, a costa de aumentar el desorden del exterior. Si además esa porción, ese "individuo", alcanza la posibilidad de ordenar otras partes de ese exterior a su propia imagen, "reproduciéndose", el conjunto de individuos resultante será una "especie", iniciándose un proceso en cadena que modifica el medio. La especie medra exponencialmente. Para completar el proceso, si por accidente se altera el resultado del proceso reproductivo, la especie "muta", y ya está en marcha el "imparable" mecanismo evolutivo de la vida, en su inmensa variedad.

Es "imparable" mientras no desordene demasiado ese medio externo del que se nutre, agotándolo, y tenderá a hacerlo sin remedio, expansionándose hasta ocuparlo por completo. Entonces, mientras le sea posible, buscará ampliar ese medio, ocupando nuevos territorios aún no esquilmados.

Así que, en cualquiera de sus formas, los seres vivos trabajan para mantenerse. Obtienen la energía necesaria del medio, desordenándolo para reordenar continuamente su propia estructura.

La progresiva complejidad ordenada que produjo los seres vivos más simples continúa trabajando a niveles más altos. De la célula al organismo pluricelular, y de este a la necesaria relación, competitiva o colaborativa, entre organismos. La energía necesaria puede extraerse del medio inerte pero es mucho más fácil aprovechar el trabajo acumulado por otros organismos. La depredación aparece como un mecanismo que facilita la vida (desde luego, la del depredador). Siempre a costa de un desperdicio de energía irrecuperable, tanto mayor cuanto más alto es el ascenso en la escala de la depredación.

En resumen, cuanto mayor es la ordenación de la parte "viva", mayor es el desorden añadido al resto, y a mayor eficacia ordenadora, mayor desorden exterior.

La especie humana no es una excepción, pero a la evolución biológica añade la evolución cultural. En sentido amplio, podríamos llamar cultura a todo comportamiento colaborativo en el seno de una especie, pero más propiamente debemos aplicar el término si es fruto del aprendizaje y se transmite por la educación. La investigación moderna descubre culturas en otras especies, aparte de la humana, porque no todo se transmite por herencia, aunque sea hereditaria la capacidad de aprender.

En nuestro caso, el trabajo original, como en otras especies animales, era la recolección, y luego la caza. Los cazadores-recolectores no han traspasado el umbral que conduce a otras fases, encerrados en nichos ecológicos estables, y sus culturas no permiten un alto grado de acumulación, y por lo tanto de desigualdad entre sus miembros.

La inestabilidad del medio, causada por las mismas sociedades o por factores externos, como los cambios en el clima, obligaron a algunos de estos grupos a expansionar su territorio. Luego, a perfeccionar sus técnicas de caza, y posteriormente a mejoras en la recolección que desembocaron en la agricultura, al tiempo que la incierta caza era sustituida por la mucho más segura ganadería. Ese cambio trascendental fue la revolución neolítica. Permitió la acumulación de bienes y condujo a la división del trabajo y la estratificación social. El acaparamiento por una parte de la sociedad condujo a una desigualdad creciente, que no era posible en la anterior fase cultural.

A la explotación de la naturaleza se añadía ahora la del trabajo de los animales y de otros seres humanos. Y el trabajo humano aparece como motor de la sociedad. Este proceso nunca ha cesado. Los cambios sucesivos, necesarios cada vez que la expansión se acercaba a sus límites, condujo a distintas revoluciones productivas, siempre superando limitaciones. El trabajo es el motor, pero no todos los individuos tienen la necesidad de trabajar: medra una clase ociosa.

Las sociedades primitivas trabajaban para vivir, pero en las posteriores hay quien vive para trabajar. Las sociedades esclavistas no diferenciaban el trabajo forzado de hombres y animales. Más adelante, la ficción de la voluntariedad del trabajo logra, mal que bien, que el trabajador interiorice su actividad como algo positivo, obtenga o no satisfacción con lo que realiza. Trabaja para la acumulación, aunque con frecuencia él mismo no acumule. La ética del trabajo se añade a la natural propensión a ocupar el tiempo.

El tiempo libre solamente satisface si es ocupado. Cuando supera la necesidad de reposición del esfuerzo gastado, lo llenamos de actividades a las que ya no llamamos trabajo, porque no son remuneradas. Los hobbies, las aficiones, los deportes, no son trabajo si no obtienen un beneficio económico. Un deportista profesional "trabaja", uno aficionado, no. La clase ociosa, aunque no solo ella, practica la caza como placer, pero no vive de cazar.

Son muchos los "adictos al trabajo", los que no saben hacer otra cosa para llenar el tiempo. Muchos jubilados caen en la depresión, incapaces de adaptarse a "no trabajar".

Se une a ello una aspiración moral a "ser útil". También son muchos los que quedan insatisfechos si consideran que lo que hacen "no es productivo". Haría falta una cultura del "no trabajo", pero no es compatible con un sistema económico que prima la productividad, aunque sea excesiva y produzca mucho más de lo necesario para la vida.

Esa cultura del ocio que practica en parte la clase ociosa no es generalizable. La desigualdad social se manifiesta en el reparto de la riqueza, pero también del trabajo y del ocio.

La no únicamente capitalista cultura de la eficiencia es inseparable de la cultura del trabajo, como esta lo es de la cultura del crecimiento. Aunque la dichosa eficiencia se escape por numerosos poros. El de la escasez creciente de los recursos, comenzando por los energéticos, no es el único. Para producir algunos bienes se necesita materia prima que se agota, pero dentro de esta no todo es aprovechable, y es inevitable la cultura del desperdicio.

Los factores limitantes del crecimiento los señaló Liebig a partir con sus experimentos con fertilizantes que tanto impresionaron al Marx más ecologistaFormuló entonces la Ley del Mínimo, que indica que el desarrollo de una planta se ve limitado por el mineral esencial relativamente más escaso. Ya podemos aumentar el resto de los factores, que no por eso vamos a obtener crecimiento. Lo que vale para las plantas o los animales vale también para cualquier otro organismo, y nuestra sociedad es el más grande que haya existido jamás, al menos en este planeta.

Si un factor limitante impide el desarrollo, otros factores quedarán ociosos. Su abundancia no podrá aprovecharse. De este modo, a la escasez de unos acompañará el exceso de otros, incluso a niveles que se traduzcan en almacenamiento inútil o en desecho nocivo. El abono en cantidad adecuada fertiliza los campos, pero el vertido de purines con los que no se sabe qué hacer daña gravemente los acuíferos.

El siempre imprescindible Antonio Turiel observa esto en su artículo El fin del plástico y los chips baratos. Copio algunos párrafos, comenzando por el imposible aprovechamiento "total" del petróleo:

¿Qué está pasando? 
Está pasando que la industria química está dejando de ser rentable. Las empresas químicas están dejando de tener fe en su sector, a causa de dos problemas estructurales.
El primer problema es semejante al del diésel: nos estan quedando cada vez menos hidrocarburos líquidos aptos para la producción de ciertas sustancias. Empieza a faltar materia prima. La crisis de la CoVid, con la caída global de la demanda, ha camuflado el problema, pero debido a la caída acelerada de la producción de petróleo que comentábamos en el último post, empieza a haber ya tirantez en el suministro. No es que nadie esté acaparando materia prima: es que ya no llega para todos. 
El segundo problema es lo que yo denomino la Ley de Liebig de las refinerías. Cuando se introduce petróleo es una refinería, se obtiene un porcentaje de cada tipo de producto refinado, según el tipo de petróleo o mezcla que se procese y según la refinería. Por pintar un cuadro simplista, digamos que puede ser un 50% de gasolina, un 20% de diésel, un 20% de destilados medios y un 10% de alquitranes. Con pequeños ajustes en la mezcla de entrada y en el propio proceso de refinado podemos disminuir un poco al gasolina y aumentar el diésel. Haciendo ya algunas inversiones en la refinería podemos apurar un poco más los márgenes, de modo que aumentemos más algunos de los productos refinados a expensas de los otros. Pero, al final, hay siempre un límite mínimo de cada categoría de producto que se tiene que producir. Aunque no te haga tanta falta, sacarás siempre un cierto porcentaje de gasolina. Aunque no lo quieras para nada, tendrás siempre una cierta fracción de chapapote con alto contenido de azufre. Aunque no sepas qué hacer con ello, tendrás una mínimo de alquitrán como producto residual. Antes de la CoVid, se había conseguido un (precario) equilibrio entre lo que se extraía y lo que se demandaba para los diversos usos. Ahora ese equilibrio se ha roto porque no todos los sectores económicos han sido golpeados igual y porque no hay la misma necesidad de unas cosas que de otras. Las refinerías, operando con normalidad, se encuentran que tienen que almacenar gasolinas y/o fuel oils y/o alquitranes que nadie quiere. La necesidad obliga a agudizar el ingenio, y así últimamente se está mezclando ese keroseno que no queman los aviones con el diésel, en la proporción justa para no causar problemas. Pero, como todo lo demás, tiene un recorrido limitado. Y aunque las refinerías pueden tirar un tiempo acumulando los productos sobrantes, al final se ven obligadas a ir reduciendo su actividad para equilibrar su producción con la del producto del que tienen menos demanda. Ésta es la ley de Liebig de las refinerías. Y como el sector de las refinerías también está sufriendo una falta crónica de inversión, al final la producción de las refinerías está cayendo, aunque sea por debajo de lo necesario para abastecer ciertos productos más demandados. Por eso faltan diésel y ciertos productos necesarios para la industria química.

Sobre los microchips:

El proceso de fabricación de los chips requiere enormes cantidades de energía y de agua. Con el agravante de que la concentración de la fabricación en pocas factorías aumenta la fragilidad global: un incendio en una fábrica de chips de Renesas puede parar las líneas de producción de muchas fábricas de coches en todo el mundo. Ése es el mundo donde vivimos. 
Los microchips son estratégicos para el mantenimiento de las estructuras de datos y de control de nuestro complejo y complejificado mundo. Por eso Europa y los EE.UU. se están planteando ahora recuperar la soberanía en la fabricación de esta componente fundamental del mundo moderno, pero pronto comprobarán que no tienen una manera asequible de producir chips de alta tecnología. Solo puede haber unas pocas fábricas y tienen que ser enormes, y solo puede haber unos pocos proveedores de los materiales intermedios; si no, el proceso no sale a cuenta económicamente. Si no fuera así, mediante esta concentración masiva del capital, no se podrían vender móviles por unos pocos centenares de euros: tendrían que valer entre 10 y 100 veces más, pero eso mataría el mercado. La concentración y la grandiosidad de estas fábricas es un simple reflejo de que lo que se produce está en el límite de la rentabilidad. 
Las empresas de microchips lo saben y se han ido retirando del mercado. Intel ya no fabrica sus microchips. AMD encarga una parte de su producción a esas empresas monstruo. No queda negocio y las empresas se van alejando discretamente de él, sin hacer ruido

Finaliza este artículo:

Es un fenómeno global y, por lo que vemos, multisectorial. Es la Gran Retirada del Capital. La Gran Desinversión. El final de tantas décadas expansivas. El inicio del repliegue antes del batacazo final. Un movimiento que podría parecer paradójico con el Gran Despilfarro, pero no lo es: ambos pretenden preservar (y aumentar) el capital. 

Todo esto solo anticipa otras escaseces. Por ejemplo, la de alimentos, que ya comienza a asomar. 

Plásticos y chips. Unidos en la escasez y también en su degradación. Como saben, los chips se fabrican a partir de obleas de silicio, que es el elemento que junto con el oxígeno forma la arena (óxido de silicio), aunque en realidad los chips se fabrican a partir de cuarzo porque es más puro en silicio (fabricar chips a partir de arena sería energéticamente prohibitivo). Hoy en día, si Vd. va a cualquier playa, aunque la arena le parezca blanca impoluta, lo más normal es que tenga una gran cantidad de impurezas plásticas en su interior. El polipropileno forma unas bolitas que a primera vista y a segunda le pasarán desapercibidas, pero no son arena: son plástico. Incluso las playas más recónditas del planeta están contaminadas con gran cantidad de plásticos. Dentro de unos siglos, eso quedará de los plásticos y chips que hoy consumimos en cantidades ingentes: arena y polipropileno mezclados en la playa, quizá a partes iguales. Habremos cumplido nuestra función de degradar este planeta, sin ningún otro objetivo identificable más que la degradación por sí misma. Solo somos siervos de entropía.

miércoles, 21 de abril de 2021

Filosofía y civilización digital

Tras no haberse podido celebrar el año pasado, la Semana de Filosofía de Pontevedra recuperaba su actividad después de la semana santa. Con el acceso restringido en la sala, pudo seguirse en directo a través de Internet, y las conferencias siguen disponibles en la página web del Aula Castelao. Muchos ponentes intervinieron por vía telemática, de manera que el tema elegido no pudo ser más oportuno.

Esta fue la conferencia inaugural que pronunció Albino Prada, planteando las oportunidades que ofrece la digitalización de tantos campos, ahora más que nunca antes, al tiempo que los riesgos inherentes al control que el capital ejerce sobre las redes y sus contenidos.

martes, 20 de abril de 2021

Una valoración de la Ley de Cambio Climático

Ayer mismo, el reducido número de espectadores que la protección de la salud permitía pudimos ver la muy recomendable película Oeconomia. Se trata de un documental que desnuda el hecho aparentemente insólito de que los bancos crean dinero cada vez que conceden un crédito, en una rueda incesante que no puede parar, por lo que la economía crece y los beneficios son posibles solamente cuando hay endeudamiento. Un juego que sigue instalado en la lógica del aumento infinito de capital. Curiosamente, esa fue la  primera idea recogida en este blog, hace algo más de diez años.

Cuando el crédito concedido va siendo devuelto es porque ese capital imaginario se ha materializado en acciones concretas, "el dinero se ha puesto a trabajar". Sin nuevos créditos y nuevas deudas ese círculo económico deja de funcionar. Y necesariamente, en este sistema económico, el capital debe crecer sin cesar, cosa imposible, como podemos intuir, cuando aparecen obstáculos insalvables para ese crecimiento.

La ficción circular de los economistas me recuerda "el movimiento continuo" que una persona querida y cercana buscó a lo largo de años de su vida, el "móvil perpetuo", cuya imposibilidad había sido ya demostrada con el desarrollo de la ciencia termodinámica, aunque él no lo sabía.

Pero los financieros de la película no pueden ignorar este hecho, y sus respuestas consisten siempre, como en la película, en huir del problema cambiando de tema (un poco de humor, para relajar).

Economistas, políticos y el común de los mortales, inmersos en esta rueda, hacen como que no ven el problema. La realidad es que no somos capaces de afrontarlo seriamente, y preferimos que la rueda siga girando hasta que se atasque, confiando en que eso ocurra "más adelante". Solucionar lo urgente, que cada vez resolvemos más inmediata y provisionalmente, encarar el "mañana mismo", hace difícil ocuparse del "pasado mañana".

Por eso llegamos tarde a las medidas necesarias. Por eso y porque, además, los que tienen un presente bueno, o al menos aceptable, no están interesados en que se lo fastidie un aguafiestas.

El análisis de Turiel que sigue puede resumirse en una frase: El borrador de esta ley hubiera sido muy bueno, hace veinte años.






La Ley de Cambio Climático y Transición Energética: una valoración personal

Queridos lectores:

Hace unos días, el Congreso de los Diputados de España aprobó el proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética, y lo remitió al Senado, donde en breve se discutirán enmiendas (por la vía exprés) y posteriormente se devolverá al Congreso para su aprobación definitiva.  Si todo va como está previsto, la Ley estará definitivamente aprobada de aquí en pocas semanas.

Como saben, esta misma semana comparecí delante de la Comisión de Transición Ecológica del Senado, la cual tiene un papel destacado, justamente, en la discusión de esta Ley a su paso por esta cámara. Se podría decir que mi comparecencia no ha podido ser más oportuna. Sin embargo, dado la comprensible urgencia por aprobar por fin una ley tan crítica y que ha tenido una tramitación tan larga hace improbable que ninguna de las críticas que hice en mi comparecencia (fundamentalmente, la falta de mención a la crisis energética) pueda ser incorporada en la Ley en este momento.

Varias personas me han pedido que escriba un post valorando la Ley, así que me he leído las 39 páginas del texto remitido al Senado para poder opinar con buen conocimiento. Yo tenía muy bajas expectativas sobre esta Ley, teniendo en cuenta cómo fue el procedimiento de participación ciudadana (comenzado por el anterior Gobierno), y lo cierto es que el redactado final me ha sorprendido. La Ley está, de hecho, muy bien, y en muchos aspectos es una Ley valiente. Hubiera sido una muy buena Ley, si se hubiera aprobado hace 20 años. El problema que tiene esta Ley es que ahora es demasiado poco demasiado tarde, y no encara correctamente los retos que vamos a tener a corto plazo; pero para el tempo político es mucho y pronto: es una ley avanzada.

Incluso si por un momento dejamos al margen el mayor defecto de la Ley (es decir, que llega tarde pues está pensada para ser aplicada a un mundo que ya no existe), tiene también algunos otros defectos. En lo que sigue comentaré con cierto detalle la estructura de la Ley, destacando de cada apartado aquellos aspectos que considero más relevantes.

El preámbulo es una justificación de motivos y una definición de objetivos de la Ley. Dentro de los párrafos preliminares, en medio de cosas con las que puedo estar más o menos de acuerdo, se encuentran frases que considero curiosas, como por ejemplo (las negritas son siempre mías):

"España debe ofrecer respuestas solidarias e inclusivas a los colectivos más afectados por el cambio climático y la transformación de la economía, así como facilitar las señales adecuadas para atraer la confianza de los inversores y minorar los riesgos financieros asociados al incremento en el volumen de emisiones de gases de efecto invernadero o a la mayor vulnerabilidad frente a los impactos físicos del cambio climático."

Sinceramente, si estamos preocupados en "minorar los riesgos financieros" no hemos entendido nada.

"La lucha contra el cambio climático y la transición energética conllevan transformaciones tecnológicas y cambios en la industria. Por ello, es necesario ligar la transición energética a la política industrial y a la I+D, estableciendo mecanismos de apoyo a la industria para que la transición tecnológica genere mayor competitividad y un mejor posicionamiento de la misma, y resulte en generación de riqueza y empleo de calidad."

Las primeras fases bordean la falacia (no va a haber un "progreso tecnológico" solo porque nos interesaría mucho), pero pase. Sin embargo, esa "transición tecnológica", con mayor probabilidad, va a ser un retroceso tecnológico, y no va a generar más competitividad en el sentido actual, ni va a generar más riqueza en el sentido actual, ni tampoco empleos de calidad en el sentido actual. No tiene por qué pasar tal cosa, y además todo indica que no va a pasar eso.

"La Comunicación de la Unión Europea relativa al Pacto Verde Europeo («The European Green Deal»), de diciembre de 2019, establece una nueva estrategia de crecimiento que persigue transformar la Unión Europea en una sociedad justa y próspera, con una economía moderna, eficiente en el uso de sus recursos y competitiva, y con la finalidad de hacer de la Unión Europea el primer continente neutro climáticamente en el año 2050."

Obviamente, lo del "crecimiento" no tiene ningún sentido, es no haber comprendido el origen de los problemas y tampoco que ya hemos llegado a los límites del crecimiento y que estamos condenados a decrecer. Lo de "competitivo", tres cuartos de lo mismo: no se puede garantizar, y casi seguro no podrá ser. Y lo de ser neutros climáticamente en 2050 es discutible de muchas manera diferentes, pero ya hablaremos de ello.

"La obligación de limitar las emisiones condiciona las políticas sectoriales e implica cambios en los patrones de consumo. Pero esta transformación conlleva ventajas relacionadas con la modernización del modelo productivo y el sistema energético, y ofrece oportunidades de empleo, de negocio y de crecimiento siempre que se incorpore una perspectiva de medio y largo plazo que facilite la descarbonización ordenada de la economía."

Si por "modernización" se quisiera decir sistemas económicamente no rentables en nuestro modelo económico actual, aún se podría entender. Pero no va a haber oportunidades de empleo, de negocio ni de crecimiento. Lo siento: la lucha contra el cambio climático no es una "vibrante oportunidad". No lo es. Y combinada con la crisis energética es más bien un amargo declinar...

"Así, entre las importantes transformaciones que se van a producir en el sistema energético, y por ende en la economía en su conjunto, como consecuencia de la transición energética impulsada por esta ley, está la mejora sistemática de la eficiencia energética de la economía. Concretamente, la previsión es que la intensidad energética primaria de la economía española mejore anualmente en un 3,5 % anual hasta 2030; asimismo, la dependencia energética del país, del 74 % en 2017, se estima que descienda al 61 % en el año 2030 como consecuencia de la caída de las importaciones de carbón y de petróleo."

Me he estado mirando los datos más actuales que he encontrado sobre intensidad energética primaria de España, y de acuerdo con ellos la mejora anual en los últimos 20 años ha sido del 1% anual. Recordemos que el concepto de intensidad energética es por si bastante discutible, porque lo que reflejan estas "mejoras" es un incremento de la terciarización de la economía española y una externalización a otros países (China, sobre todo) de las actividades más contaminantes e intensivas en energía, aunque luego los productos se consuman aquí, con mayor gasto energético y emisiones debido a los costes de transporte aumentados, lo cual implica cierto cinismo cuando se dice que "luchamos contra el Cambio Climático" pero provocamos que las emisiones mundiales aumenten gracias a este modelo de externalización. Y aquí en la Ley nos dicen que, por decreto legislativo, no bajará ya al 1% anual, sino hasta el 3,5% anual y así desde ya mismo y hasta el 2030. Esto es ridículo: es imposible decretar que vaya a suceder algo así, y si se pone ese número es porque alguien ha determinado qué trayectoria se debía seguir y ha calculado ese número absurdo. De otro lado, que la dependencia energética solo baje del 74% hasta el 61% (una caída del 18%), teniendo en cuenta que del exterior viene principalmente combustibles fósiles, nos da una indicación de que el camino no va a ser tan magnífico, a pesar de esa mejora de la intensidad energética, y es que se está asumiendo que el PIB de España va a crecer. Por eso se estima que las emisiones se van a reducir un 23% en 2030: eso, básicamente, significa suponer un consumo energético total muy parecido al actual (como un 95% del actual) y con la mejora en intensidad energética del 3,5% anual el PIB podrá crecer entre el 1,6 y el 2,5% anual que cuentan más tarde. La cuadratura del círculo, vamos. Obviamente esto es lo primero que se va a ver que no sucede ni de broma, sobre todo con la grave crisis económica en ciernes por culpa de la crisis energética.

"Es necesario fijar, en el marco de la ley, objetivos de reducción de emisiones para el año 2030 y 2050 ofreciendo previsibilidad para orientar las decisiones de los inversores y de los reguladores con competencias en la materia. Los objetivos cuantificados buscan favorecer la predictibilidad y las señales económicas adecuadas, recogiendo el principio de no regresión en los objetivos marcados. Desde el punto de vista medioambiental, este principio de no regresión se define como aquel en virtud del cual la normativa, la actividad de las Administraciones Públicas y la práctica jurisdiccional no pueden implicar una rebaja o un retroceso cuantitativo ni cualitativo respecto de los niveles de protección ambiental existentes en cada momento, salvo situaciones plenamente justificadas basadas en razones de interés público, y una vez realizado un juicio de ponderación entre los diferentes bienes jurídicos que pudieran entrar en contradicción con el ambiental."

Preocupante declaración de intenciones. Los objetivos se mantendrán, a no ser que no se mantengan...

Justo antes del articulado de la Ley, se establecen los objetivos: reducción de las emisiones de CO2 en 2030 del 23% respecto al valor de 1990, y neutralidad de emisiones en 2050. Mucha gente ha criticado la falta de ambición de la Ley, porque este objetivo ya está desfasado con respecto a lo que marcaba el IPCC en la propia cumbre de Madrid de 2019 (un 55% para 2030, a escala global). A mi, sinceramente, es lo que menos me preocupa. Se dice también que de la generación eléctrica al menos el 74% debe ser renovable en 2030. Si se compara con el 43% del año pasado parece muchísimo, pero en realidad hay momentos puntuales en los que se ha llegado al 60%, así que debería ser factible. Pero hay un problema que ha explicado Beamspot diversas veces en este blog, y es la inestabilidad de la red subsecuente a la integración de mucha potencia renovable, que es un problema al que se ha enfrentado repetidas veces Alemania y que dificulta la expansión renovable. Así, aunque no se diga, la manera de conseguir esta expansión y evitar la inestabilidad es dedicando directamente una parte sustancial de esta electricidad renovable a la producción in situ de hidrógeno verde, esa quimera. Así que, aunque no se diga, probablemente se está pensando en fiarlo todo a la ruina del hidrógeno verde. Otra cosa divertida es que se establece que se tendrá que mejorar la eficiencia energética disminuyendo el consumo de energía primaria al menos un 39,5% para 2030, aunque no me queda claro con respecto a qué. Una reducción tan salvaje del consumo de energía solo significa una cosa: una contracción económica brutal. Y es que el aumento de la eficiencia energética no implica un descenso del consumo de energía por culpa de la paradoja de Jevons. Lo curioso de esto es que, teniendo en cuenta lo que se nos viene encima, es hasta probable que tal descenso sí que tenga lugar. 

Respecto al articulado, como digo, no me detendré en analizarlo en detalle y destacaré algunos aspectos dispersos. Los artículos que no comento (que son, de hecho, la mayoría) no los comento porque ya me parece bien (o, al menos, no me parece mal) lo que dicen.

El artículo 6 va de digitalización. No se considera que la digitalización está amenazada por la escasez presente y futura de microchips. En esto, como en tantas otras cosas, no hay plan B para hacer frente al escenario más realista.

El artículo 7 explica el aprovechamiento hidráulico. Se pone el énfasis en las centrales reversibles, a pesar de que se sabe que su capacidad total para almacenar excedentes energéticos es muy limitada. Se incide también en que se pueden aprovechar las canalizaciones de abastecimiento y saneamiento urbano para generar electricidad. Buena suerte con eso también.

El artículo 9 prohíbe conceder nuevas licencias de estudio o explotación de hidrocarburos en España. Es ciertamente un artículo muy valiente, aunque también es verdad que no queda nada rentable por explotar, ahora que los promotores del fracking patrios se han dado cuenta de que no iba a ser nunca rentable.

El artículo 10 prohíbe lo mismo con minas de materiales radioactivos. Es aún más valiente que el anterior. Tampoco hay ninguna mina de nada radioactivo rentable en España, pero aún así es muy valiente.

El artículo 12 dice que se fomentará la penetración del uso del gas renovable, incluyendo el biogás y el hidrógeno. El biogás se puede producir en cantidades limitadas (por un problema semejante al que explicamos al principio de todo de este blog), y en cuanto al hidrógeno ya sabemos de qué va. Lo preocupante de la introducción del hidrógeno aquí es que parece ir en la dirección que apuntaba Beamspot: que se mezclará con el gas natural, disminuyendo así su poder combustible pero nos lo van a cobrar como si fuera gas del bueno.

En el artículo 13 se dice que se fomentarán los combustibles renovables para el transporte. Eso solo puede ser los biocombustibles (un grave error) y, cómo no, el hidrógeno otra vez. Ya sabemos que el hidrógeno es la única alternativa para intentar mantener la matriz industrial europea, aunque sea una mala y dudosa alternativa que, seguramente, bombeará la renta de las clases trabajadoras a las del capital.

Del artículo 14 me gustaría destacar dos cosas: una, que a partir de 2040 los coches tendrán que ser de cero emisiones de CO2 (esto lo veo fácil de conseguir: total, no tendremos coches en 2040); dos, que en los municipios de más de 50.000 habitantes se van a tener que implantar toda una serie de medidas no más tarde de 2023 que estoy seguro que van a dar mucho de que hablar en los próximos años, incluyendo limitaciones estrictas de la circulación de vehículos convencionales.

El artículo 15 va de la instalación de puntos de recarga eléctrica, dando por hecho que va a haber una implantación masiva del coche eléctrico, cosa por lo menos incierta. Añadan a lo que se comenta en el anterior enlace esto otro: hace poco revisé mis cálculos de hace 10 años sobre la cantidad de coches eléctricos que se podrían fabricar al año si destinásemos todo el litio que se produce mundialmente a eso. La producción ha aumentado mucho desde 2010 (se ha multiplicado por 3), aunque sufre considerables altibajos; y la cantidad de litio por coche ha disminuido considerablemente. Tomando como referencia un vehículo de 50 Kw·h o 8 Kg de litio metálico, hoy en día se podrían fabricar 8 millones de coches eléctricos al año. La producción mundial de coches ha caído actualmente por la CoVid y se sitúa en casi 80 millones de coches al año, por debajo de los casi 100 millones de 2018. Así pues, si se destinara toda la producción mundial de litio a fabricar coches (adiós móviles, tablets, portátiles y sistemas de backup eléctrico de ordenadores y data centers), harían falta 175 años para renovar toda la flota mundial de 1.400 millones de coches. Y eso es con el litio: si miramos la situación con el cobalto y con el neodimio los cuellos de botella son peores. Pero, eso sí, se pone el acento en poner más puntos de recarga que solo podrán disfrutar los pocos (y seguramente adinerados) privilegiados que tendrán un coche eléctrico. Interesante también que en este artículo se obliga a las estaciones de servicio que vendieron más de 5 millones de litros de combustible en 2019 a instalar esos puntos de recarga, asumiendo ellos mismos el gasto (esto creo que va a levantar muchas ampollas). Ah, y a partir de este mismo año, cuando haya que revisar la licencia de concesión de una estación de servicio te obligarán a poner un punto de recarga eléctrica, no importa cuánto combustible vendas. Y por cierto que el nuevo Código Técnico de Edificación también obligará a tener puntos de recarga en los garajes de las casas.

El artículo 16 va de disminuir las emisiones en el sector marítimo. Se habla de "estimular el suministro eléctrico o el uso de combustibles alternativos en barcos atracados". Salvo en barcos realmente muy pequeños y de poca autonomía, es completamente impensable la electrificación de los buques. La clave está pues, en esos "combustibles alternativos". El paso al hidrógeno es todavía más dificultoso en el caso de grandes navíos, por las dificultades de manejo y contención del hidrógeno para trayectos tan largos como los marinos, así que seguramente tendrá que recurrirse a soluciones de energía naranja (aceptando la bola de que no tienen emisiones netas). Con el inconveniente añadido de que el coste de la energía naranja es muy elevado y la capacidad de producción bastante limitada. El problema de fondo es que la transmutación a energía verde del sector marítimo es irrealizable en la práctica, y eso va a causar muy serios problemas.

Los artículos que siguen, siendo honestos, me gustan mucho, especialmente el 20 que habla de aumentar la resiliencia de las infraestructuras del medio marino. Interesante el artículo 21, que habla de proteger áreas naturales sensibles de las nuevas instalaciones energéticas. Y espectacular el artículo 22, que habla del impacto de la dieta. El resto de artículos, realmente muy buenos, de lo mejor de la Ley.

A partir del artículo 27 se habla de que la Transición Energética sea justa, lo cual está muy bien e introduce ideas interesantes. Lo que a mi me parece muy difícil es garantizar eso. Y mirando las medidas concretas, están pensando en un esquema de cosas propio de hace 20 años, con una mantenimiento de la actual sociedad industrial. No es eso lo que va a pasar. El artículo 29 habla del cese de la producción de carbón nacional, y aquí también habrá un gran punto de fricción. Máxime cuando yo preveo que, cuando deje de llegar el petróleo, vamos a tener que recurrir al carbón nacional y a Fischer-Tropsch para poder mantener la maquinaria indispensable en marcha.

Me salto los artículos del Título VII (recursos que se ponen a disposición), que no me interesa en absoluto y me parece un poco extraterrestre, y me voy al Título VIII, sobre educación e investigación: en principio, todo lo que dicen suena razonable. El Título IX va sobre gobernanza, y aquí lo más importante a destacar es la creación del Comité de Expertos: ya veremos a quién eligen y en qué queda todo. Muy interesante la creación de la Asamblea Ciudadana, aunque se tendrá que ver cómo se articula.

Son también interesantes las disposiciones adicionales. La primera excluye al Ejército de todo esto, aunque se la anima a cumplir. En la cuarta se menciona a la aviación por primera vez, y es de manera laxa: es como decir "descarbonizaos lo que podáis, a vuestro gusto". La quinta va de economía circular: bonito concepto de difícil implementación. La sexta, de fomento del ferrocarril, que veo acertada e incluso que podría haber sido más incisiva. Y en las disposiciones finales se hace un montón de cambios normativos de leyes y reglamentos anteriores cuyo alcance se me escapa, pero hay cosas que tienen pinta de tener mucho impacto. Seguramente de algunas de éstas oiremos hablar en los próximos meses.

En resumen, hay muy buenas ideas en esta Ley. Es una Ley, además, que levantará bastante ampollas en muchos sectores porque les obliga a hacer cosas que claramente van contra sus intereses.

Lo peor del caso es que es una Ley inútil, o bastante inútil, a pesar de que estoy convencido de que se han puesto mucho empeño y buenas intenciones en ella. Todos los planes de ejecución, todas las ideas de transición, todas las previsiones que en ella hay, se irán al traste cuando en unos meses tengamos el primer pico de precios del petróleo y entremos en la negra senda del descenso energético para la que no nos hemos preparado. Una lástima, porque mucha gente criticará a esta Ley como si fuera la causa, cuando en realidad su problema es llegar demasiado tarde. 

Salu2.

AMT