lunes, 7 de julio de 2014

Me queda la palabra


EN EL PRINCIPIO...
 
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra. 
 
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra. 
 
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra. 
Blas de Otero
 



La palabra se ha convertido en lo más subversivo del mundo, de la misma manera que leer se ha transformado en un acto clandestino. Tuiteamos y hablamos demasiado, con celeridad, quizá por la necesidad de comunicarnos, de relacionarnos, de pensar que hay algo o alguien al otro lado, sin percatarnos de que toda palabra es un acto, una llamada de atención, un gesto, una palanca para mover el mundo o para frenarlo.

Desconfiamos del poder de la palabra, porque nos hemos creído que por un lado estaba el trabajo físico y por el otro lado el intelectual. Sin embargo, antes de la corrupción política y empresarial, sucedió la iniquidad de la corrupción lingüística, el fetiche de los signos. Con una palabra declararon guerras, con un verbo sentenciaron deudas, con un sustantivo cumplieron fraudes. Mientras, seguimos pensando que hacen falta palabras subversivas y repasamos el viejo diccionario de la revolución a la búsqueda de nuevos términos.

En realidad, cualquier palabra es subversiva. Cualquiera alberga una plusvalía de vida e imaginación, si se pronuncia en común. Entonces las palabras más básicas y comunes se vuelven revolucionarias: cuerpo, casa, trabajo, cuidado, plaza, sol. Se pueden pronunciar en singular o en plural, en voz alta o baja, susurrar o gritar, gesticular o leer, pero sin olvidar que su significado procede de su uso, que es siempre público y colectivo. Y cuando eso acontece, a veces las palabras se juntan y se reúnen en frases como esta: “¡De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades!”.

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