martes, 30 de abril de 2019

Los caparazones del imperio americano

Mostrando una salud de hierro, acaba de celebrarse en Pontevedra, por trigésimo sexta vez, la Semana Galega de Filosofía. El tema elegido en esta ocasión como eje temático ha sido "Filosofía e Fronteira". Un tema para hacernos pensar, como todos los que ha planteado la Semana en su larga trayectoria. Si el año pasado nos ocupábamos de las amenazas sobre "lo común", la alarma salta ahora ante el auge de las barreras fronterizas, tanto físicas como administrativas, tan fáciles de atravesar para los capitales y sus dueños como difíciles de franquear para tanta gente a los que les va en ello la vida y no la capacidad de acumular.

Esta crisis que muchos tememos terminal (y esperemos que lo sea únicamente  para el modo de producción capitalista en esta su fase más depredadora) aconsejaba ocuparse de ellas.

Las fronteras que limitan estados existen como una separación más entre personas y entre colectivos, y no tendrían razón de ser sin la existencia de otros muchos límites. Al igual que una membrana semipermeable deja pasar un disolvente en una sola dirección cuando a ambos lados de la misma las concentraciones de la sustancia disuelta son diferentes, los límites entre personas o colectividades crean flujos direccionales. Dejan pasar a unos y se lo impiden a otros.

Fronteras que separan países, pero también fronteras de clase, de género, de raza, cultura o lengua; de riqueza, en suma. Entre naciones o dentro de cada nación, de cada ciudad; de cada casa, incluso.

El límite puede ser fijo o móvil, transparente o infranqueable. La frontera como límite puede plantearse como defensiva o expansiva. Los imperios se construyen con fronteras en movimiento. El Limes romano o la Gran Muralla fueron límites físicos defensivos, estabilizados cuando llegó a "su límite" la frontera en expansión.

El Imperio Americano es el imperio de nuestros días. En su crecimiento desde las trece colonias originales dio a la frontera el sentido de superación incesante de los límites. "La Frontera" era el Lejano Oeste de las películas. Para los norteamericanos, la expansión infinita se convirtió no solo en una aspiración física sino en un ideal metafísico: su destino manifiesto. La Nueva Frontera de John F. Kennedy fue una marca de los programas nacionales y extranjeros durante su administración:
"Hoy nos encontramos al borde de una Nueva Frontera: la frontera de la década de 1960, la frontera de las oportunidades y peligros desconocidos, la frontera de las esperanzas no cubiertas y las amenazas sin cubrir. ... Más allá de esa frontera hay áreas desconocidas de ciencia y espacio, problemas no resueltos de paz y guerra, problemas no conquistados de ignorancia y prejuicio, preguntas sin respuesta de pobreza y excedente."
Aunque planteara el futuro como un viaje a parajes desconocidos, el mensaje envolvía una esperanza ilusionante. Ahora no resulta tan fácil mantener ese entusiasmo expansivo. Suena a hueco, pero se sigue utilizando como consigna propagandística.

Es difícil separar las realidades materiales de sus correlatos ideológicos. Para eso hace falta un sentido crítico que desmitifique creencias fuertemente arraigadas en el inconsciente colectivo.


Frontera de Mexico con Estados Unidos





















Ellos y nosotros. La frontera separa un "nosotros" compartido de los "ellos" de que como poco se desconfía. La pertenencia se enfrenta a la extrañeza, a  la extranjería.

Vivimos encapsulados en caparazones. El urbanismo ha teorizado sobre esto. El primero es la piel, seguida del vestido, el gesto inmediato, el alcance de la mano, de la vista, de la voz. Así se van marcando distancias entre el yo y el entorno. Inevitablemente, en algún momento estos caparazones dejan de pertenecerme en exclusiva y han de ser compartidos con "el otro". Frente a los más extraños aparece el nos-otros. La arquitectura y el urbanismo saben mucho de eso, y así hay espacios más o menos públicos, más o menos privados, en la casa, el barrio, la ciudad, el paisaje... pudiéndose extender hasta lo que, un tanto poéticamente, se ha llamado "el vasto mundo". 

Las distancias en un principio las marcaban el tiempo de los recorridos y el alcance de los medios de comunicación. Hoy la tecnología ha distorsionado tiempo y comunicación. Lo próximo en el espacio puede resultar lejano en el tiempo, y viceversa.

Si esto ocurre en el mundo material, tanto o más profundamente se manifiesta en los mundos imaginarios, pero no por eso menos reales, de lo virtual. Y en el mundo un tanto performativo de las ideas. Enunciados que acaban convertidos en realidades, como demuestra el poder de las encuestas para contribuir a conformar mayorías parlamentarias.

Cada grupo humano, a grandes rasgos, marca su territorio. El territorio del poder por excelencia es el Estado, y los estados más poderosos son los imperios.

Sin ser
omnipotente, el imperio estructura todo lo que contiene. También las ideas dominantes y el imaginario colectivo. En algunos campos se extiende más allá de sus fronteras convencionales, en otros no llega siquiera hasta ellas. Por eso importa pararse a ver los sucesivos caparazones del imperio de nuestros días, alguno de los cuales tiene alcance mundial. Esta extension imperfecta e irregular dificulta percibirlos correctamente.

El caparazón más amplio es el económico. Tiene alcance mundial. Al dominio del dólar como referente universal del dinero, propiciado por tres instituciones a su servicio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio, se unió su desconexión del oro como garantía. Es la moneda en que se compra y vende el petróleo, y ya hemos visto como reacciona el país emisor cuando algún otro intenta sustituirlo por otra divisa. Para ellos los pagos son cuestión de imprenta. Aunque eso también tiene sus limitaciones, y quienes pueden hacerlo tratan de deshacerse de esa dependencia, que les da la capacidad de imponer sanciones y hundir economías.

La verdadera frontera de los Estados Unidos es la militar. Ningún país con soldados norteamericanos establecidos regularmente en su territorio puede ser considerado independiente. La frontera real del imperio es mucho mayor que la oficial, y países como el nuestro no pueden ser realmente independientes. Podría usarse sin exagerar el término colonial de protectorado para definirlos.

Estamos acostumbrados a considerar que un país está ocupado cuando vemos en sus calles soldados extranjeros armados controlando a la gente. Pero eso solo ocurre donde y cuando es estrictamente necesario. Por eso no nos damos cuenta de que soportamos una ocupación. Digámoslo alto y claro: España forma parte del Imperio Americano.

Si formalmente Estados Unidos tiene su propio ejército, como imperio es la OTAN su auténtica fuerza militar. Es absoluto su control sobre la organización. Pero ni siquiera necesitan de ella en todos los casos: Franco era demasiado fascista para ser admitido, y les cedió bases de enorme valor estratégico. Desaparecido el dictador, la entrada en el aparato militar era casi inevitable. El chantaje ejercido para lograrlo lo confiesa ahora José Manuel Otero Novas, que fue mano derecha de Adolfo Suárez, en 'Lo que yo viví. Memorias políticas y reflexiones'. Dice el que fuera entonces ministro de la Presidencia: "Estados Unidos nos envió el mensaje de que si no entrábamos en la OTAN se harían con Canarias".

¿Es Corea del Sur un país ocupado? Desde el armisticio que puso fin a la guerra se ha convertido en una potencia industrial. Corea del Norte, en cambio, es mucho más pobre. Pero el norte no está ocupado por ninguna potencia extranjera. Los coreanos desean poner fin a su separación. Han iniciado conversaciones para propiciar un acercamiento. ¿Quién puede estar interesado en que las conversaciones no prosperen sino la potencia ocupante?

El deseo de los coreanos se ha hecho patente el pasado sábado, cuando en una cadena humana de 500 kilómetros casi medio millón de personas se tomaron de las manos en Corea del Sur para conmemorar la reunión del 27 de abril de 2018 entre los líderes de ambas Coreas. Pero no es fácil escapar de este caparazón militar.


 Cadena humana en la frontera entre ambas Coreas


















El caparazón ideológico es mucho más difuso pero no menos envolvente. Bastará un ejemplo. Aunque nunca conocimos casi nada de las músicas de Oriente, sí era habitual, hace muchos años, la presencia en radio y televisión de música sudamericana, francesa o italiana. Ahora es absoluto el predominio de la actualidad musical de Estados Unidos.

Y es asfixiante la propaganda imperial en los medios de información. Tanto que sus criterios pasan ya a formar parte de un cierto "sentido común".

Nos quedan las redes, pero nos atrapan en círculos muy cerrados. Porque los algoritmos que emplean te ofrecen siempre lo que deseas ver u oír. Acabamos hablando entre nosotros, y lo mismo hacen los fieles de todas las capillas posibles. Así que la difusión de ideas fuera de esos círculos se hace muy difícil. Límites: fronteras.


Una vez más, fronteras. Fronteras que contienen fronteras, y más fronteras...

"Nosotros" y "ellos". Separados.

¿Y quiénes somos "nosotros"?

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