¿Propuesta "buenista" de los que sufren como propio el maltrato animal? ¿Tabú religioso de creyentes en la reencarnación? Hay algo más en ella que solo es desdeñado por defensores del carnivorismo a ultranza que soslayan argumentos muy preocupantes.
Recuerdo que cuando el entonces ministro Alberto Garzón propuso reducir el consumo de carne, en medio de la batalla contra las macrogranjas, lo pusieron como ropa de pascua. Hasta Pedro Sánchez evocó entonces el "imbatible chuletón al punto" ante el que se nos hace la boca agua...
La batalla se daba en el contexto de la lucha ecologista contra los daños de la ganadería intensiva. La industria cárnica se defendía, argumentando que la extensiva es insuficiente para alimentar a la población.
El hambre ha sido siempre una amenaza, tanto más hoy, ante el rapidísimo crecimiento de la población en la últimas décadas. Por eso el Aula Castelao ha dedicado este año la XLII Semana Galega de Filosofía al tema del alimento.
Pronunció una conferencia clave en la Semana la profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona Marta Tafalla, con el título Dejar de comer animales. El vegetarianismo suele verse como una debilidad sentimental, pero la charla utilizó datos muy convincentes que avalan lo que había dicho el entonces Ministro de Consumo, provocando virulentos ataques y sarcásticas burlas.
Consideraciones éticas aparte, el hecho es que hay motivos serios para abordar el tema.
La energía solar, a través de la fotosíntesis, crea toda la biomasa terrestre. Solo una pequeñísima parte de ella es aprovechada por las plantas verdes, de las que se alimentan los animales herbívoros, que de esa energía aprovechan solo una fracción, pongamos la décima parte, porque el resto lo ha consumido la propia planta en su mantenimiento. Es algo comparable a la plusvalía que el patrono extrae del trabajador, que obviamente es también solo una parte del producto total.
Esta energía concentrada en el herbívoro es aprovechada con menos esfuerzo fisiológico por el carnívoro, que halla ya procesados muchos de los componentes necesarios para la vida. Claro que nuevamente la plusvalía no es el producto total, y solo se aprovecha una fracción de la energía concentrada en el mismo, pongamos otra décima parte. De modo que el aprovechamiento energético posible se reduce a la centésima parte de lo que la planta tomó del sol.
Esto explica la desproporción entre la masa viva de los carnívoros y la de los herbívoros. Frente a las grandes manadas de búfalos de la sabana nunca se ha visto una gran manada de leones. Claro que la energía concentrada obtenida en la caza permite al depredador una vida más plácida, con siestas prolongadas, mientras el animal vegetariano emplea casi todo su tiempo pastando. Algo parecido a lo que ocurre en las sociedades humanas en las que el rico dispone de mucho más tiempo libre que el proletario.
La pirámide alimenticia expresa gráficamente esta realidad.
Para alimentar hoy a la enorme población humana hace falta una aún más enorme población herbívora, concentrada en esas macrogranjas, y a su vez una mayor aún superficie agrícola. Esto se ha logrado a costa de una drástica reducción de la vida salvaje, tanto vegetal como animal, con el enorme daño causado a la biodiversidad que mantiene el ecosistema global. Y esto ha sido además posible por el empleo de la energía fósil acumulada durante cientos de millones de años y dilapidada ahora en un tiempo millones de veces más corto.
Pero cuéntale esto a entes como el actual presidente norteamericano, cuya propuesta para una alimentación saludable da la vuelta a la pirámide y coloca en cabeza los alimentos de origen animal.
En un futuro más que previsible, una población humana sin combustibles fósiles debe equilibrar su número con las proporciones, al menos, de la revolución agrícola del neolítico. No digamos ya a las originadas con la revolución industrial.
Las "soluciones" clasistas de Malthus parecen relativamente humanas si las comparamos con las que sin duda se plantean los grandes capitalistas. Su necesidad de crecimiento constante no se detiene ante el exterminio de poblaciones enteras. Racismo, odio al diferente y aporofobia son virus inoculados a las poblaciones para "ir recortando por abajo". Por no hablar de "pueblos elegidos" con un "destino manifiesto" que no dudan en extinguir a toda una civilización.
A fin de cuentas, según el Apocalipsis, "When the Saints Go Marching in", serán protegidos doce mil elegidos de cada una de las doce tribus. Judíos ortodoxos, mormones y otras hierbas toman esto al pie de la letra y no les importa el fin del mundo.
Sin duda hay otras soluciones para un decrecimiento controlado, pero es difícil explicarlas a quienes a toda costa prefieren ¿preferimos? mantener el actual estilo de vida.
Aquí dejo el vídeo de la conferencia:
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