miércoles, 6 de julio de 2016

Norman Bethune

Mis recuerdos sobre los sucesos de la carretera Málaga-Almería son de la niñez. No soy tan viejo como para que sean directos, pero tenía once años cuando en una estancia veraniega en la Sierra Tejeda, en un remoto cortijo perteneciente a mis tíos, en las noches de verano, a la luz de un candil, se hablaba y se hablaba. Entonces fue cuando supe del éxodo de la población malagueña, huyendo del terror y las vejaciones con que desde la radio amenazaba aquel soez criminal que fue Gonzalo Queipo de Llano.

Desde aquella alta sierra se veía allá abajo la costa malagueña. Los testigos directos de aquel horror contaban como la escuadra fascista bombardeaba desde el mar a las columnas de fugitivos. Allí estaba Norman Bethune, pero yo aún no lo sabía.

Unos años después, leyendo el Libro Rojo, me conmovió el discurso fúnebre que Mao Tse-tung dedicó a este médico canadiense que abandonó una brillante carrera como cirujano para ayudar a los heridos de guerra. Y no lo hizo una, sino hasta tres veces. Y en la última perdió la vida.

Solo hace poco tiempo relacioné aquel relato de la guerra española con la presencia del médico canadiense. En otro país sería recordado y homenajeado, pero aquí cualqier recuerdo del pasado "reabre viejas heridas".

Preocupado por el aspecto socioeconómico de la enferrmedad, hay que recordar su lucha por un servicio público de salud que protegiera a la población con independencia de su capacidad económica. Hoy tenemos unos servicios sociales de salud que se van manteniendo, si bien deteriorados por los recortes presupuestarios, y es bueno recordar a este hombre, un comunista bueno y generoso que peleó por ellos.

De corazón, doy las gracias a Jesús Aller por su reseña.


El Dr. Bethune, hacia 1937, junto a una enfermera y su unidad de transfusiones de sangre con el lema Unidad Canadiense de Transfusiones, durante la Guerra Civil Española





Rebelión


Norman Bethune, médico vocacional y rojo por convicción, dejó muestras de su talento innegable para la literatura o la pintura, pero es su propia vida sobre todo, desmesurada y heroica, la que nos mira desde la masacrada primera mitad del siglo XX con los atributos de una perfecta obra de arte. Él fue sin duda uno de los pocos que se consagran en cuerpo y alma a construir una existencia que señale un sentido y merezca por ello ser vivida. Pipas de calabaza presentó en 2012, con introducción y traducción de Natalia Fernández Díaz, una recopilación de sus escritos, ventana fascinante para asomarnos al vértigo de su vida.

Nacido en Gravenhurst, una pequeña ciudad de Ontario (Canadá) en 1890, con ancestros presbiterianos y escoceses, Norman Bethune descubrió muy pronto que no estaba hecho para la rigidez del culto a un dios lejano que se imponía en su entorno familiar, sino para la llama viva de la solidaridad. Así fue alternando la alfabetización de inmigrantes con estudios de medicina, hasta que a finales de 1914 se alista como camillero voluntario y es destinado al frente belga de la Primera guerra mundial. Herido en la II batalla de Yprès en 1915 y devuelto a casa inútil para el servicio, consigue al fin terminar la carrera.

Vive luego en Gran Bretaña, y en Edimburgo conoce a Frances Campbell Penney, grande y atormentado amor de su vida, con la que contraerá matrimonio un par de veces, en 1923 y 1929. La copiosa correspondencia entre ellos evidencia, para los que la han escudriñado, las dificultades de Norman en las relaciones de pareja. De nuevo en Norteamérica, es diagnosticado de tuberculosis en 1926. Se concentra entonces en lograr una mejora de los tratamientos existentes y, tras curarse, decide dedicar su vida a la cirugía torácica. Comprobar los estragos de la enfermedad entre los más pobres contribuirá a agudizar su conciencia social, y a mediados de los años 30 se afilia al Partido Comunista. Es por entonces un reputado médico y profesor de cirugía.

La Guerra Civil atrae a Norman a España en 1936, y aquí deja constancia de su entrega como médico y organizador, y también de su inmoderada afición al alcohol y las aristas de su carácter. El siguiente destino que elige será China en plena invasión japonesa, y allí consigue hacer funcionar un hospital que no tarda en ser bombardeado. Exceso de trabajo y duras condiciones lo ponen al borde de la extenuación cuando en noviembre de 1939 durante una operación contrae una septicemia que lo lleva en unos días a la tumba. Su última preocupación fue gestionar una ayuda económica para su ex mujer.

Figura venerada en China desde su heroica muerte, la recuperación de su memoria en Occidente ha de esperar a la edición en Canadá a comienzos de los años 70 de tres de sus escritos fundamentales con el título de Las heridas. El primero de ellos es “Charla sobre la medicina socializada”, una reivindicación de un sistema público de salud que ponga las artes de curar al servicio de los que las necesiten y haga que dejen de ser un negocio más en la jungla capitalista. Sigue “La carretera de Málaga”, narración de su experiencia tras la caída de esta ciudad en poder de los fascistas, cuando su viaje al frente con un camión de la Unidad Canadiense de Transfusiones se topa con la avalancha de los que huyen desesperados y, entre escenas de desolación, decide utilizar el vehículo para evacuar a niños y enfermos hasta Almería.

“Heridas”, tercer fragmento recogido, nos acerca a sus vivencias como cirujano en China; visiones de cuerpos rotos cuyas llagas ha de curar, cuyo dolor ha de aplacar, y añade una reflexión obligada sobre las causas del desastre: obreros japoneses y obreros chinos masacrándose por las añagazas del patriotismo y el imperialismo, el ansia de dividendos. La versión de Pipas de calabaza no incluye el discurso fúnebre de Mao que servía de epílogo a la edición inglesa, pero incorpora algunos otros textos de Bethune: un poema, reflexiones y apuntes de sus diferentes etapas.

En los años 70 el gobierno chino, en pleno proceso de apertura hacia Occidente, regaló al canadiense una estatua de Norman Bethune que aún puede verse hoy ornando un cruce en la ciudad de Montreal. De esta manera y en beneficio de las relaciones internacionales, quien odiaba los formalismos y sólo quiso ser gasa que alivia el sufrimiento y clarín que denuncia a quien lo causa quedó condenado a contemplar el mundo desde alto pedestal veinticuatro horas cada día con la mirada absorta de los muertos.

martes, 5 de julio de 2016

Cosas que hay que saber y valorar

La idea que nos hacemos de las cosas depende de dos influencias del medio (por consiguiente, "de los medios") que la condicionan fuertemente. Lo que se oye una y otra vez conforma nuestra visión del mundo, porque lo interiorizamos desde una percepción distraída que hace difícil diferenciar lo que viene "de fuera" de lo que pensamos "por dentro". Además, se lo contamos a otros, y lo oímos también repetido por personas en las que confiamos. De este modo se elabora un "sentido común" en el que respiramos, como respiran los mújeles del río Lérez a su paso por Pontevedra. Para ellos carecería de sentido considerar que el agua está sucia.

Por una parte está la influencia de las ideas dominantes, que siempre tienen un sesgo (¿habrá que repetirlo?) favorable a las clases que tienen las condiciones para elaborarlas y el poder para comunicarlas.

Por otra parte, también están los fríos datos, que o bien se ocultan o, si eso no es posible, se enmascaran o minimizan, para no referirnos al negacionismo puro y duro que todavía es capaz de negar el horror de los campos de exterminio.

Por eso hay cosas que hay que saber y que nos deben hacer pensar.

Por ejemplo, sin negar los crímenes de Stalin, en todo caso semejantes (o muy inferiores) a los que pudo cometer Winston Churchill, el primero en emplear gases letales sobre la población civil kurda, pero del que solamente se citan momentos heroicos, y no digamos un monstruo (no se me ocurre mejor definición) como Leopoldo II de Bélgica, responsable, por su inmensa sed de riquezas, de la muerte de diez millones de congoleños y de la mutilación de otros muchos; sin negar, como digo, el lado más oscuro de Stalin, no es pensable que la resistencia de la Unión Soviética hubiera sido posible en un pueblo que se sintiera oprimido.

Muchas veces, pasados los años, hay que revisar la propaganda del pasado a la luz de la realidad presente para detectar falsedades y percibir opresión donde se hablaba de libertad. Entonces, en las hemerotecas, podemos oler el aroma rancio de la guerra fría.

Para enjuiciar los hechos y las políticas más objetivamente de lo que permite la propaganda occidental, recomiendo el libro de Jacques R. Pauwels El mito de la guerra buena.

Los fríos datos que siguen conviene saberlos y valorarlos.








Rebelión

El Plan Barbarrosa, elaborado por el alto mando alemán para en cerca de tres meses ocupar Rusia Soviética hasta los Urales, se implementó el 22 de junio de 1941, a las 4 en punto de la madrugada, pero su primer gran fracaso se dio cuando la Wehrmacht, las Fuerzas Armadas de la Alemania Nazi, no pudieron desfilar el 7 de Noviembre de 1941 por la Plaza Roja de Moscú, tal cual lo habían planificado, sino que lo hizo el Ejército Soviético, para luego marchar al frente de batalla. Sobre la Batalla de Moscú, el General Douglas MacArthur escribió: “En mi vida he participado en varias guerras, he observado otras y he estudiado detalladamente las campañas de los más relevantes jefes militares del pasado. Pero en ninguna parte había visto una resistencia a la que siguiera una contraofensiva que hiciera retroceder al adversario hacía su propio territorio. La envergadura y brillantez de este esfuerzo lo convierten en el logro militar más relevante de la historia”.

A finales de abril de 1941, la dirección política y militar de la Alemania Nazi estableció el domingo 22 de junio de ese mismo año como la fecha definitiva para el ataque a la URSS. El alto mando alemán estaba tan seguros del éxito del Plan Barbarrosa que, para después de su cumplimiento, planificaba la toma, a través del Cáucaso, de Afganistán, Irán, Irak, Egipto y la India, donde las tropas alemanas esperaban encontrarse con las japonesas. Esperaban también que se les unieran España, Portugal y Turquía. Dejaron para después la toma de Canadá y los EE.UU., con lo que lograrían el dominio del mundo. El Plan Barbarrosa tenía las mismas características que tan buenos resultados le habían dado a Hitler en el resto de Europa. Fue elaborado cuando Alemania, país altamente desarrollado, ocupaba casi todo el continente europeo.

En la madrugada del 22 de junio de 1941, un ejército jamás visto por su magnitud, experiencia y poderío, se lanzó al ataque en un frente de más de 3.500 kilómetros de extensión, desde el mar Ártico, en el norte, hasta el mar Negro, en el sur. Era un total de 190 divisiones, cinco millones y medio de soldados, 4.000 tanques, 4.980 aviones y 192 buques de la armada nazi.

El 3 de julio de 1941, Stalin se dirigió al pueblo soviético en un discurso, célebre porque pese a no ocultar para nada la gravedad de la situación en frente, sus palabras imbuían en el pueblo soviético la seguridad en la futura victoria. En su discurso dijo: “¡Camaradas, ciudadanos, hermanos y hermanas, miembros de nuestras fuerzas armadas! ¡A ustedes me dirijo, amigos míos!... Nuestras tropas luchan heroicamente, a pesar de las grandes dificultades, contra un enemigo superiormente armado con tanques y aviones... Junto con el Ejército Rojo, el pueblo entero se levanta en defensa de su amada patria... Esta guerra no será una guerra cualquiera entre dos ejércitos enemigos. Esta guerra será la lucha de todo el pueblo soviético contra las tropas germano-fascistas. El propósito de la guerra popular consistirá no sólo en destruir la amenaza que pesa sobre la Unión Soviética sino también en ayudar a todos aquellos pueblos de Europa que se encuentran bajo el yugo alemán. En esta guerra el pueblo soviético tendrá sus mejores aliados en las naciones de Europa y América, incluido el pueblo alemán, esclavizado por sus cabecillas... Camaradas, nuestras fuerzas son poderosas. El insolente enemigo se dará pronto cuenta de ello... Toda la fortaleza de nuestro pueblo se empleará para aplastar al enemigo. ¡Adelante! ¡Hacia la Victoria!”.

El discurso de Stalin dio inicio a una conflagración conocida como la Gran Guerra Patria, desarrollada en el frente soviético-alemán, donde se libraron las más importantes y decisivas batallas que significaron el viraje radical de la Segunda Guerra Mundial y que resquebrajaron la espina dorsal de la Werhmacht, que sólo había conocido victorias cuando de manera arrolladora marchó a lo largo de Europa continental, apoderándose de sus riquezas y esclavizando a sus habitantes. De las 783 divisiones alemanas derrotadas durante esta guerra, 607 lo fueron en este frente, donde también fueron abatidos 77.000 aviones y destruidos 48.000 tanques y 167.000 cañones, así como 2.500 navíos de guerra, lo que significó el mayor y completo descalabro de la Alemania Nazi. El 75% del potencial militar de la Werhmacht, fue destrozado en la entrañas de la Unión Soviética, el más heroico país forjado por la especie humana.

En las primeras operaciones de la Gran Guerra Patria, el Ejército Soviético experimentó la amargura de las derrotas y sobre la URSS se extendió una amenaza mortal. Los éxitos de las tropas hitlerianas obedecían a las ventajas que sobre la Unión Soviética poseía la Alemania Nazi: Era dueña de casi toda Europa, cerca de 6.500 centros industriales europeos trabajaban para la Wehrmacht y en sus fábricas laboraban 3.100.000 obreros extranjeros especializados, lo que la convertía en la más fuerte potencia imperialista del mundo; la economía de Alemania poseía dos veces y media más recursos que la Unión Soviética y su producción se encontraba dirigida fundamentalmente hacia la industria de guerra. Se necesitó del colosal esfuerzo del pueblo soviético para, sin desmoralizarse ante tan dura prueba, revertir la situación y lograr una victoria, que se dio hace setenta años.

En la consecución de esta victoria, que permitió vislumbrar la futura derrota de la Alemania Nazi, fue muy importante la Batalla de Stalingrado, la más sangrienta y encarnizada de todas las batallas libradas en el transcurso de la historia del hombre. Luego de la Batalla de Kursk y de liberar a numerosos países del yugo nazi-fascista, las tropas soviéticas entraron en Berlín y el 1 de mayo de 1945 izaron la bandera su país en el Reichstag, el parlamento alemán. Una semana después, el 9 de mayo, las últimas tropas alemanas se rindieron en Praga ante el General Kóniev. Gracias al heroico sacrificio de todos los hombres libres, la humanidad se salvó de vivir bajo el Tercer Reich, sistema político que Hitler había planificado para mil años.

El 9 de Mayo de 1945, después de 1418 jornadas de denodados combates, terminó una contienda en la que fallecieron cerca de 60 millones de seres humanos, de los que 27 eran soviéticos. La mayor parte de ellos fueron muertos como consecuencia de la salvaje represión ejercida por la tropas ocupantes contra la población civil. La historia no conoce la destrucción, la barbarie y la bestialidad de la que hicieron gala los nazis en la tierra soviética, donde aniquilaron el fruto del trabajo de muchas generaciones.

El reconocido periodista inglés de la BBC, Alexander Werth, escribe: “En efecto, precisamente los rusos llevaron el fardo más pesado en la guerra contra la Alemania Nazi, precisamente gracias a esto quedaron con vida millones de norteamericanos e ingleses”. Edward Stettinus, Secretario de Estado de EE.UU. durante la II Guerra Mundial, reconoce que el pueblo norteamericano debería recordar que en 1942 estaba al borde de la catástrofe. Si la Unión Soviética no hubiera sostenido su frente, los alemanes hubieran estado en condiciones de conquistar Gran Bretaña. Habrían estado en condiciones de apoderarse de África y, en tal caso, crear una plaza de armas en América Latina.

Estos son algunos de los hechos que los modernos falsificadores de la historia odian recordar: La guerra dejó en la Unión Soviética 60 millones de mutilados, destruyó 1.710 ciudades, 70.000 aldeas, 32.000 empresas industriales, 65.000 kilómetros de vías férreas, 98.000 cooperativas agrícolas, 1.876 haciendas estatales, 6 millones de edificios, 40.000 hospitales, 84.000 escuelas. Los nazis trasladaron a Alemania 7 millones de caballos, 17 millones de reses, 20 millones de puercos, 27 millones de ovejas y cabras, 110 millones de aves de corral. La perdida total de la Unión Soviética fue de unos 3 billones de dólares (un 3 seguido de doce ceros); algo de lo que, en mi opinión, la URSS jamás se recuperó y que, a la postre, generó la causas para su autodestrucción.

En ocasiones, se exagera sobre la ayuda norteamericana a la URSS. Lo cierto es que las entregas de los aliados mediante la Ley de Préstamos y Arriendos equivalió al 4% de la producción de la Unión Soviética. La mayor parte de la mencionada ayuda llegó después de las batallas de Stalingrado y Kursk, que significaron un viraje radical en la Segunda Guerra Mundial. Del total de 46.700 millones de dólares que los EE.UU. suministraron a sus aliados, a la URSS le correspondió 10.800 millones de dólares, menos de la cuarta parte de ese total.

De todo lo dicho, se concluye que la más importante lección para las presentes y futuras generaciones es que las guerras hay que combatirlas antes de que estallen.

lunes, 4 de julio de 2016

Marxismo y ciencia (VI)

La sexta parte del artículo de Monserrat Romero Alarcón, sigue a continuación de la quinta, dedicada a la economía. Ahora toca el turno de puntualizar las diferencias metodológicas que separan, al tiempo que las conectan, las ciencias sociales y las ciencias positivas.

Las ciencias sociales pueden abordarse con dos ópticas diferentes. Por un lado, la tradición naturalista, que pretende convertirlas en ciencias semejantes a las de la naturaleza más maduras, con sus leyes susceptibles de formulaciones axiomáticas conducentes a modelos abstractos. Por contra, la tradición historicista, basándose en el carácter único de las sociedades, pretende hacer reconstrucciones detalladas de las mismas que no ignoren datos psicológicos, económicos y sociales.

Ciertamente, el descenso a las sociedades concretas requiere un previo ascenso a las abstracciones, lo que resalta un planteamiento analítico riguroso que sin embargo no puede olvidar que la abstracción, necesariamente, simplifica y esquematiza la realidad y no puede aplicarse imprudentemente para extraer leyes que sean luego de aplicación más allá de sus límites.

Pretender que todo lo que no pase por el aro de los planteamientos cientifistas es ideología es precisamente un panideologismo, una deformación que puede conducir a afirmar, por ejemplo, que todo hecho de conocimiento debe incluir de un modo explícito una posición en torno a la lucha de clases.

También es importante hacer una distinción clara entre las ciencias reales y las formales. Sacristán, como buen lógico, critica que se trate a la lógica formal como ideología, y no como disciplina positiva o especial. La lógica formal no puede ser un punto de vista para la captación del mundo por la sencilla razón de que no es una ciencia real, sino una ciencia formal; no se refiere directamente a la realidad, sino a la captación de la realidad o a modelos materiales muy simples que pueden construirse en la realidad recortando ésta de un modo muy artificial.

Texto tomado del blog de Antonio Olivé.







Una clarificación epistemológica desarrollada por Manuel Sacristán
Monserrat Romero Alarcón


2. Dialéctica, economía y metodologías
Ningún profesor de economía o de sociología que no sea un poco raro gustará de exponer textos que se parecen más a Isaías que a Durkheim o Walras. Puro moralismo, como dicen.
Sacristán, 1983b

(...)

La importancia de las metodologías de las ciencias sociales.

Se trata de identificar la fundamentación de estas metodologías en sus dos tradiciones: la naturalista y la historicista. La primera tradición, “aspira a un conocimiento social de conformación metódica semejante al de las ciencias de la naturaleza más maduras: expresable bajo leyes, susceptible de formulación axiomática o matemática, con modelizaciones fuertemente abstractas, carente –tentativamente– de restricciones temporales, etcétera”. [20] Por su parte, “la tradición historicista reclamaría para las «ciencias de la cultura» (…), para las ciencias «ideográficas» (…), un estilo peculiar, habida cuenta el carácter singular, único (…), de sus objetos de investigación: las sociedades. Estilo que antes que por la modelización pasaría por las reconstrucciones históricas detalladas que no aislasen los datos psicológicos, económicos o sociales –de ahí su rechazo de constructos como el homo economicus” (Ovejero, 1987). [21] Siguiendo con las ideas de Ovejero, destaca el planteamiento que el autor realiza sobre la tradición naturalista diciendo que: “en su aspiración a una ciencia de leyes, la tradición naturalista encontrará sus mejores valedores en el siglo XX menos entre científicos sociales que entre los filósofos de la ciencia herederos del Círculo de Viena, punto de referencia fundamental en la formación epistemológica de Manuel Sacristán al que se mantendrá fiel (…)”.

Sin embargo, Ovejero afirma que “la crítica a la «pasión teoreticista», aunque comparte motivos historicistas, no va acompañada –y ahí está el matiz importante, la diferencia con la escuela histórica– del desprecio por el programa de las leyes sociales, sino por el reconocimiento de sus limitaciones: precisamente por operar con abstracción de propiedades, con segmentos de la realidad, la modelación permite conocer el funcionamiento de determinado plano analítico. Ahora bien, cuando se trata de conocer una sociedad concreta ese paso necesario por las abstracciones, por los productos intelectuales que nos proporcionan las distintas ciencias, es paso necesario, inevitable –a diferencia de lo que pensaban los historicistas que despreciaban ese conocimiento y pretendían un paso directo, empático– (…)” (Ovejero, 1987).

No obstante, “la tradición naturalista, aunque de mejor calidad técnica, siempre tiene en su horizonte intelectual los modelos explicativos de las ciencias de la naturaleza, corolario obligado de su seña de identidad básica, la tesis de la unidad metodológica de la ciencia, y de la apreciación atinada del eficaz funcionamiento de aquellas ciencias (más discutible es la inteligencia con la que se interpreta este dato). En los años en que una epistemología confiada y autocomplaciente –los años de la prepotencia popperiana– se atrevía administrar los títulos de ciencia entre unos científicos sociales en permanente crisis de fundamentos, que escuchaban a los filósofos con oído atento y talante sumiso, Manuel Sacristán no aceptó el papel de nuevo cardenal Belarmino: sabía demasiada ciencia social como para creer que la «inmadurez» de ésta –como venían a decir, con más o menos matices, los positivistas– fuese una simple consecuencia de no aplicar el «método científico»”. De esta manera, el marxista español, “pudo percibir las inflexiones importantes en la evolución del pensamiento social, sin dejarse sugestionar por las recurrentes «modas» intelectuales tan frecuentes en disciplinas en donde los filtros de selección son enormemente permeables a la charlatanería” (Ovejero, 1987).

Asimismo, Ovejero enfatiza que: “la capacidad excepcional en nuestro siglo de participar en las dos lecturas de las ciencias sociales explica lo que se podrá llamar la tolerancia con buen sentido de Manuel Sacristán. [22] La participación de este autor “en las dos tradiciones de las ciencias sociales ayuda, cuando menos, a entender algunas de sus sensibilidades políticas y éticas y de sus simpatías culturales” (Ovejero, 1987). Así, las dos tradiciones metodológicas de las ciencias sociales permiten identificar en algunos intelectuales su ubicación política en el propio terreno del conocimiento. Por ejemplo, la actitud de Lukács en cuanto a la tradición naturalista no se puede expresar más que como un panideologismo, entendido como una deformación de la tradición historicista de las metodologías de las ciencias sociales, la cual consiste en creer que todo hecho de conocimiento debe incluir de un modo explícito una posición en torno a la lucha de clases.

Por ejemplo, Marx no incurrió en este tipo de deformación de la tradición historicista ya que durante toda su vida intelectual –en algunas etapas más que en otras– utilizó la ciencia económica para poder explicar y conocer al capitalismo, y al hacer su fórmula de tasa de ganancia recurrió a los datos estadísticos de los Libros azules del Parlamento Británico, como cualquier científico, dejando de lado aquella frase donde despreciaba los promedios por no contener el sudor de los trabajadores, la sangre que derramaban éstos, etcétera. Pero no olvidemos también a aquellos científicos que incurren en el neopositivismo, los cuales afirman que cualquier planteamiento que contenga el tema de la lucha de clases es pura metafísica o filosofía, ya que carece de planteamientos formalizados axiomáticamente. [23] En este sentido, creen que sólo la ciencia a través de su método analítico-reductivo puede explicar la realidad.

Del panideologismo de Lukács, Sacristán critica el que trate a la “lógica formal no como una disciplina positiva o especial, sino como una ideología. La lógica formal no puede ser un punto de vista para la captación del mundo por la sencilla razón de que no es una ciencia real, sino una ciencia formal; no se refiere directamente a la realidad, sino a la captación de la realidad o a modelos materiales muy simples que pueden construirse en la realidad recortando ésta de un modo muy artificial” (Sacristán, 1967). Además, “es para Lukács (…) toda la teoría económica burguesa posterior a Ricardo mera ideología apologética (…), y lo mismo es para él, en general, toda disciplina teórica especializada que no incluya explícitamente una concepción del mundo. Hoy día, desesperados por la evidente crisis del pensamiento revolucionario, bastantes sectores, por lo demás muy valiosos, del movimiento socialista tienden a reproducir este esquema ideologizante que construyó Lukács por los años veinte y no ha abandonado nunca, aunque ahora no lo explicite y hasta lo someta a crítica cuando lo trata como objeto” (Sacristán, 1967). [24] 

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NOTAS

[20] Por ello Sacristán dice que “el análisis reductivo practicado por la ciencia tiene regularmente éxito. Es un éxito descomponible en dos aspectos: por una parte, la reducción de los fenómenos complejos a nociones más elementales, más homogéneas y, en el caso ideal, desprovistas de connotaciones cualitativas (…). Por otra parte, en análisis deductivo posibilita a la larga la formación de conceptos más adecuados, aunque no sea más que por la destrucción de viejos conceptos inadecuados” (Sacristán, 1964).

[21] “El historicismo había nacido desde la ciencia social y, con independencia de la desigual calidad de la formulación metacientífica historicista, es indiscutible que la mayor parte de los argumentos sobre los que se vertebra son problemas específicos de las ciencias sociales” (Ovejero, 1987).

[22] Es importante destacar que “la otra veta de Manuel Sacristán, la racionalista, hizo que su reflexión político-ecológica (…) no se sustentase en desprecio ignorante de la ciencia o en actualizaciones refinadas del «buen salvaje», ni pusiese en el centro de esa reflexión estimaciones esteticistas, místicas o nostálgicas. Al revés, su ecologismo era racional y antropocéntrico, porque no podía ser de otro modo, porque el peligro es de supervivencia de la especie humana, no de mantenimiento de los equilibrios ecológicos per-se” (Ovejero, 1987). Véanse López Morales, 2007 y Osorio Ramírez, 2007 para un análisis de las cuestiones ecológicas.

[23] Sacristán menciona que “conceptos fundamentales como la perspectiva general de paso a otra sociedad, una sociedad emancipada sin los fenómenos característicos de las sociedades de clases, entre ellos la lucha de clases para empezar (…), como la perspectiva del comunismo, son para una economista académico pura metafísica, a lo sumo, poesía mal hecha, sin ningún valor de conocimiento”. Aunque, “mientras tratándose de cuestiones concretas y limitadas en el espacio y el tiempo, economistas marxistas y no marxistas pueden entablar una discusión con pleno sentido científico, sin abandonar ni uno ni otro el plano de lo científico, en cambio, cuando se trata de cuestiones de fundamento, de conceptos fundamentales o de cuestiones de perspectiva no, se mueven en discursos diferentes” (Sacristán, 1977).

[24] “El materialismo histórico, que perfectamente se podría utilizar con fines reaccionarios o conservadores; puesto que, como puro conocimiento es praxeológicamente neutral”. Es un grave peligro que “por obra de los intelectuales, Marx se convierta en un mito” (Sacristán, 1968a).

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Bibliografía


López Morales, Carlos A. (2007), “La ecología política y el marxismo: consideraciones analíticas y programáticas”, ponencia presentada en “Marxismo, economía y ecología. Seminario sobre algunos aportes de Manuel Sacristán”, Seminario de Credibilidad Macroeconómica, FE-UNAM, marzo-abril.

Osorio Ramírez, Arturo (2007), “¿Conduciría la restricción ecológica a un comunismo homeostático?”, ponencia presentada en “Marxismo, economía y ecología. Seminario sobre algunos aportes de Manuel Sacristán”, Seminario de Credibilidad Macroeconómica, FE-UNAM, marzo-abril.

(Ovejero, 1987).Ovejero, Félix (1987), “Las dos culturas de las ciencias sociales en la reflexión de Manuel Sacristán”, mientras tanto núm. 30-31, mayo, Barcelona.

Sacristán, Manuel [MSL] (1964), “La tarea de Engels en el Anti-Dühring”, en MSL, 1983a.

— (1967), “Sobre el uso de las nociones de razón e irracionalismo en Lukács”, en MSL, 1983a.

— (1977), “Sobre economía y dialéctica”, en MSL, 2004.

— (1968a), “Por qué leer a Labriola”, en MSL, 1983a.

— (1983a), Sobre Marx y marxismo. Planfetos y materiales I, Icaria Editorial, Barcelona.

— (2004), Escritos sobre El capital (y textos afines), editan Fundación de Investigaciones Marxistas/ El Viejo Topo, Barcelona.

El dibujo en la ingeniería (II-c)

(Republico el manual de Expresión Gráfica "por entregas". Continúa a partir de donde lo dejé hace unos días).




La dimensión de un espacio es el número mínimo de datos ("variables") necesario para localizar un elemento ("punto") en él. Esos datos se expresan como números que indican posiciones medidas a partir de un "origen".

Así, sobre una línea basta un número para localizar un punto, pero sobre una superficie un punto se localiza mediante dos líneas trazadas sobre la superficie, que se cortan en él. No importa mucho cómo sean esas líneas, sí que sean continuas; pero es evidente que definen el punto, que puede localizarse sobre ellas mediante dos valores que lo relacionen con un origen marcado sobre cada una.

Y en un espacio tridimensional, tres líneas definen un punto con los mismos criterios.

Si sobre una línea hay infinitos puntos (entiéndase bien, muy, pero que muy infinitos, porque en cualquier fragmento por pequeño que sea los hay en infinita cantidad), en los puntos de una superficie hay "muchos más". Y si se localizan todos en la intersección de dos líneas, por cada punto de una de ellas debe haber otra, esto es, toda una familia de líneas tan próximas entre sí como queramos, llenando toda la superficie.

Si repetimos el razonamiento para la otra línea que pasaba por el punto, llegamos a la misma conclusión, obteniendo otra familia semejante de líneas. Así obtendremos un entramado de líneas, una red infinitamente tupida, y localizaremos cualquier punto sobre una pareja de ellas.

Las líneas de una familia no pueden cortarse entre sí, porque por la intersección pasarían tres líneas. Se trata de un tejido infinitamente tupido, para no dejar escapar ningún punto por los inexistentes agujeros de la malla.

El razonamiento puede extenderse al espacio tridimensional, en el que infinitas superficies, tan próximas entre sí como queramos, lo rellenan por completo. Dos familias de líneas en cada superficie y una tercera que las atraviesa a todas forman una trama de infinitas superficies organizadas en tres familias. Y si cada superficie contiene dos familias de líneas, cada línea es el encuentro de dos superficies, de dos familias diferentes.

Conceptualmente, podremos extender el concepto de dimensión a un número mayor de dimensiones, como ya he considerado aquí. Y sobre la continuidad y los números reales que la "realizan" (valga el doble sentido) ya hice toda una serie que comienza aquí.


Los n valores que permiten localizar cada punto en un espacio de dimensión n son las coordenadas del punto. Se trata de números reales, los únicos capaces de llenar completamente una línea, porque a cada punto le corresponde necesariamente uno y solamente uno.

Las líneas sobre las que localizamos los puntos son habitualmente líneas rectas, pero pueden ser cualesquiera líneas continuas, con sólo dos condiciones: que en cada familia se puedan hallar infinitas líneas tan próximas a una dada como se quiera (y eso en todos sus puntos) y que esas líneas jamás se corten entre sí. Son como manojos de cables infinitamente finos e infinitamente tupidos.

Fijaremos algunas definiciones:



Comenzamos con una sola línea, y en ella una sola dimensión:


Dos familias de líneas sobre una superficie:


Tres familias de líneas (y de superficies):


Con un poco de parafernalia matemática, podemos localizar cada punto por tres coordenadas. Si imaginamos el punto en movimiento, cada coordenada es función de un parámetro temporal, y eso para cada dimensión. Resulta que también ese "tiempo" es multidimensional puesto que lo hemos de considerar independientemente para cada familia de líneas, sobre la que indicaría el desplazamiento de una superficie que contuviese líneas de las otras dos familias:


Recapitulando, este cuadro resume lo que acabamos de ver:


Y esto es lo que pasa en los espacios de una, dos y tres dimensiones:


Enough for today...




viernes, 1 de julio de 2016

El dibujo en la ingeniería (II-b)

(Sigo publicando el manual de Expresión Gráfica y continúo ahora desde donde lo dejé).

Si el campo de actuación elegido para situar la praxis de la ingeniería y el diseño como procesos y el dibujo (expresión gráfica o gráfico-plástica) como instrumento es el espacio-tiempo, habrá que hacer ante todo algunas precisiones conceptuales para situar el movimiento como base de cualquier modelo.




Alguna explicación para los muy profanos:

En cualquier espacio la posición de un punto la define un vector, que en función de un origen fijo nos da la distancia y la dirección de ese punto (extremo del vector). Cuando esa posición depende de un parámetro, es decir, de una variable "independiente" a la que vamos dando valores sucesivos, decimos que es función de él.

Esto vale para cualquier dimensión del espacio. Puede ser el recorrido unidimensional a lo largo de una línea, que podemos definir en un espacio bidimensional con el recorrido como variable dependiente y el tiempo invertido como variable independiente. En un espacio de dos dimensiones la representación requiere un espacio tridimensional, con dos variables espaciales dependientes de una temporal independiente, Y el espacio ordinario, con la variable tiempo, se convierte en tetradimensional. El esquema se puede trasladar a espacios de más dimensiones, como los virtuales que utiliza la informática, con dimensiones para expresar color, masa o cualquier otra variable física que pueda modificarse con el tiempo.

En un movimiento, tanto la posición como la velocidad o la aceleración dependen del parámetro "tiempo", al que se dan valores sucesivos en intervalos tan pequeños como sea necesario. Ese es el concepto de continuidad, y en los movimientos reales y "no catastróficos" a un tiempo continuo corresponden valores que son funciones continuas  de él. Quiere esto decir que no puede haber cambios instantáneos ni de la posición ni de la velocidad o la aceleración. Porque un cambio instantáneo de posición requiere una velocidad infinita, y si es de velocidad una aceleración infinita y cualquiera que conduzca un vehículo sabe que no hay cambios bruscos de aceleración, porque por más potente que sea el coche acelerar también lleva su tiempo.

Se utiliza la mayúscula "delta" para indicar un "incremento", esto es, un cambio sensible en el tiempo, al que corresponden en función de él cambios sensibles en las demás variables.

Como ya he dicho, este procedimiento puede utilizarse para movimientos reales, para simulaciones de los mismos o para cualquier "espacio vectorial", aunque el parámetro no sea el tiempo sino cualquier otra variable independiente.


Situemos en nuestro espacio de variables dependientes (no en el espacio-tiempo) una trayectoria y diferentes posiciones que son función del tiempo. Representamos en él los cambios correspondientes de posición, dados por un vector dirección, de velocidad, que incluye los cambios de dirección, y de aceleración, que también debe incluir cambios de dirección de la velocidad, bien manteniendo la misma dirección (y hablaremos de aceleración longitudinal) o girando en ángulo recto (aceleración transversal o centrípeta):



Si no hay aceleración centrípeta se mantiene la dirección del movimiento:


Y si se mantiene la velocidad sobre la línea, pero no la dirección del movimiento, solamente hay aceleración transversal:


En la siguiente imagen se consideran las trayectorias en función de combinaciones de estas posibilidades, con los casos "puros" de movimiento rectilíneo uniforme y circular uniforme, el más complejo rectilíneo acelerado y el caso general. Los puntos indicados en las trayectoria corresponden a intervalos de tiempo iguales:


Recordaré a los no iniciados que la derivada es el cociente entre la función y la variable de que depende cuando el incremento de ésta tiende a ser infinitamente pequeño. Y que las derivadas también se pueden derivar, por lo que el concepto es aplicable a la velocidad instantánea (que relaciona posición y tiempo), a la aceleración instantánea (que relaciona la aceleración con el  tiempo) y así sucesivamente, lo que introduce distintos grados de continuidad.

Cuando la  primera derivada (velocidad) es nula no hay movimiento. Si lo es la segunda (aceleración) el movimiento es uniforme, si lo es la tercera no hay cambio de aceleración y es uniformemente acelerado. Y así podríamos seguir.

Los casos reales pueden simplificarse por tramos sustituyendo los intervalos curvos por rectos (modelo poligonal) o circulares (modelo circular). Ambos son aproximaciones, que mejoran al reducir el tamaño del intervalo:


El concepto de tangencia surge de modo semejante al considerar el límite a que tiende la dirección del segmento que une dos puntos al aproximar sobre a trayectoria curva el segundo al primero, esto es, cuando el intervalo del parámetro tiempo "tiende a cero":


Y de modo semejante, como límite, puede definirse la curvatura en un punto. Se eligen tres puntos sucesivos y se sustituye la curva por una circunferencia que pase por ellos. Al aproximar los puntos extremos al intermedio la circunferencia se va modificando, con una adaptación cada vez mejor, puesto que los cambios de curvatura tampoco pueden se bruscos y son menores en tiempos menores. El límite a que se tiende cuando los intervalos "tienden a cero" nos define la curvatura en ese punto, como la magnitud inversa del radio de la circunferencia limite:


Y nada más por hoy. Seguiremos con los conceptos referidos a sistemas de coordenadas.