lunes, 4 de enero de 2021

Incompati(de)bilidades

El "nuevo pacto verde" se propone como la solución de los problemas medioambientales. Se trataría de mantener la senda del desarrollo perpetuo, modulado hacia otra forma de hacer aproximadamente las mismas cosas. Nuevas fuentes de energía "verde", agricultura "sostenible", economía "circular"...

Otros dicen que no hay más solución que el "decrecimiento". Decrecer en población, en consumo, en transporte...

Son grandes palabras ("palabrotas") pero no avanzaremos mucho sin llenarlas de significados concretos. El problema está en lo que estas palabras significan según quién las utilice.

En cuanto a las soluciones verdes, nada hay que oponer si quienes las proponen aceptan que no sirven para continuar creciendo indefinidamente, y que hay que concretarlas, de forma que lo que se gana por un lado no se pierda por otro. No vale una reconversión de las fuentes de energía, si obtenerlas requiere utilizar más energía aún, una minería agresiva para obtener materiales raros hasta agotarlos, destrozar ecosistemas, dedicar superficies crecientes a la agricultura intensiva...

En lo que se refiere al decrecimiento, también hay que hacer algunas precisiones.

En primer lugar, distinguir entre el decrecimiento como proyecto y como hecho inevitable. Y también entre el decrecimiento homogéneo y el selectivo.

En el primer caso, en los aspectos cuantitativos, el decrecimiento es inevitable. Podríamos hablar de mantener un equilibrio estacionario si no se hubieran sobrepasado ya los límites planetarios, tanto en materiales como en problemas medioambientales. La actual economía cuantitativa pasará de las crisis periódicas a las permanentes. Si aceptamos esto, no estará de más tener un proyecto que haga más llevadero el proceso.

El otro error es pensar en un decrecimiento homogéneo. Ni todos los países, ni todos los grupos sociales, deberían decrecer de la misma forma. Hay un margen de mejora para los que están peor, y un modo más ordenado de decrecer para los más afortunados. Tampoco todas las tecnologías deben retroceder, y desde luego nunca debe dejar de crecer el conocimiento.

Por estas razones no veo incompatibilidad entre las dos propuestas. En realidad, este falso debate, como casi todos, está cargado de intenciones. Ponerlas de acuerdo es lo difícil. 

Mientras la voracidad de los capitales no encuentre un freno (y cuanto más hambre pasa un tigre más agresivo es) la "nueva vía verde" puede ser la vía peor hacia el decrecimiento. 


¿Puede el ‘new deal’ verde salvar el planeta?

No, si no elimina el capitalismo. Jason Hickel, autor de ‘Less is more’, alerta sobre el peligro de que “partes de América Latina y África sean el objetivo de una nueva fiebre de recursos naturales”

Andy Robinson

Esta semana hemos publicado un artículo en La Vanguardia sobre el espectacular Salar de Uyuni –un lago de sal de 12.000 kilómetros cuadrados en el sur de Bolivia que contiene el depósito de litio más grande del mundo– y el proyecto de Luis Arce, el nuevo presidente boliviano, para convertir definitivamente este metal en un motor económico de desarrollo equitativo.

Arce, artífice del Modelo Económico Social Comunitario Productivo que dio excelentes resultados en el primer gobierno de Evo Morales, pretende iniciar la producción masiva del metal más cotizado por su papel en la fabricación de baterías dentro de sus planes de alcanzar una economía mundial de cero emisiones.

El proyecto boliviano no consiste solamente en la exportación de litio para la nueva industria global de vehículos eléctricos, sino también en usarlo para facilitar la transición energética de la economía boliviana sustituyendo hidrocarburos por energías renovables.

El artículo sobre el litio tal vez podría ser calificado como una feel good story para el fin del annus horribilis, el reportaje indicado para afrontar el nuevo año tras la depresión económica más profunda de la historia y ante el reto épico del cambio climático.

Bolivia, un país símbolo del pasado atroz y del presente más alentador de América Latina, sería el beneficiario de los new deal verdes y las ideas de build back better, (reconstruir mejor) plasmados en los programas de reactivación económica que se preparan en EE.UU. y Europa para la era pospandemia. Estos incluirán las inversiones necesarias para ir construyendo la economía de cero emisiones de gases invernaderos –energías renovables, coches eléctricos, rediseño de las ciudades para una mayor eficiencia energética etc.

Hasta Joe Biden se muestra bastante dispuesto a dar el paso de la reactivación por medio de inversión, pública y privada, diseñada para acelerar la transición a la economía de cero emisiones. Economistas del calibre de Bob Pollin han elaborado convincentes programas de creación de empleo y de crecimiento acelerado que servirán también para alcanzar la economía de cero emisiones.

El salar de Uyuni



Es un escenario esperanzador. Pero acabo de leer el libro Less is more (How degrowth will save the world), de Jason Hickel, y la lectura navideña ha diluido el feel good factor como un aguacero repentino en la terraza de un bar de copas.

Hickel es un antropólogo que, tras su anterior apoyo a la expansión de la economía para lograr las metas de reducción de emisiones, se ha ido acercando al movimiento medioambientalista de Extinción Rebelión y la escuela del decrecimiento. Apoya el keynesianismo fiscal para impulsar la transformación de emergencia. Pero sostiene que, sin un cambio radical de nuestro modo de vivir, no  se resolverá el problema del cambio climático, ni la extinción catastrófica de especies ni el colapso medioambiental generalizado.

El antropólogo rechaza la viabilidad de un camino capitalista a una economía verde porque el crecimiento del PIB sin fin ya no es una opción –al menos en las economías avanzadas– si se quiere alcanzar las metas del Acuerdo de París de mantener la subida de temperaturas antes del 2050 por debajo de dos grados centígrados.

“Lo que diferencia el capitalismo de otros sistemas económicos es que se organiza en torno a un imperativo de expansión constante o crecimiento, con niveles cada vez más grandes de extracción industrial”, escribe. Esto no es compatible –ni tan siquiera bajo una gestión racional keynesiana y socialdemócrata– con el futuro del planeta, sostiene Hickel.

Sin coincidir con la necesidad del decrecimiento, la tesis de Hickel sobre la extracción voraz del capitalismo, incluso en su versión más sostenible, me resulta muy convincente. Confirma algunos de los temores que me invadieron cuando recorría América Latina para terminar mi propio libro: Oro , petróleo y aguacates (que pronto estará disponible en inglés), sobre el impacto social y medioambiental de la extracción de materias primas y el avance de los monocultivos commodity.

Hickel hace una crítica demoledora a la idea del “crecimiento verde” basada, en parte, en el problema de que “la transición a la energía renovable va a exigir un aumento drástico de la extracción de metales y minerales tierras raras (la segunda crítica que no se puede abordar aquí por falta de espacio es que los modelos de control del calentamiento global usados para pactar los objetivos en París incluyen un programa inviable de biocombustibles y de captación de CO2, el llamado BECCS).

En relación con la extracción de metales, el antropólogo advierte: “La minería ya se ha convertido en un impulsor de la deforestación, del colapso de ecosistemas y de la biodiversidad en el mundo entero. Si no tenemos cuidado, el aumento de la demanda de energías renovables va a exacerbar esta crisis”.

Hickel alerta sobre el peligro de que “partes de América Latina y África sean el objetivo de una nueva fiebre de recursos naturales y víctima de nuevas clases de colonización”. Y, efectivamente, como se comenta en mi libro, las tensiones geopolíticas entre China, Europa y Estados Unidos se manifiestan cada vez más en planes diseñados para asegurar el acceso a territorios en los que hay depósitos de minerales críticos. Al igual que a finales del siglo XIX.

Para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París, la producción de los 17 minerales más importantes para la producción de energías renovables y la fabricación de vehículos eléctricos tendría que subir de 40 millones de toneladas anuales a 140 millones antes del 2050, un aumento del 3.500%, según los cálculos de la Agencia Internacional de Energía. El Banco Mundial calcula que la demanda total de minerales necesarios para la transición alcanza la estratosférica cifra de 3.000 millones de toneladas.

Cientos de miles de turbinas eólicas, algunas más altas que la torre de Eiffel, serán construidas en los próximos años y exigirán enormes cantidades de cobalto, zinc, molibdeno, aluminio, zinc, cromo... entre otros metales.

Así mismo, la construcción de otros miles de centrales de energía fotovoltaica generará una demanda de millones de toneladas de cobre, hierro, plomo, plata, aluminio y níquel sin olvidar las tierras raras y minerales críticos como el indio, galio, germanio, selenio.

Ya que se necesitan 3.000 paneles solares para generar un solo megavatio de electricidad, el Banco Mundial calcula que la demanda de materias primas para fabricar estas instalaciones fotovoltaicas subirá el 300% antes del 2050.

Las baterías de ion de litio requieren cobalto y litio, cuya demanda se disparará más de 1.000% en las tres próximas décadas. Hickel calcula que cada tonelada de litio requiere casi dos millones de litros de agua, tal vez un cálculo exagerado. Pero no es un buen augurio para el futuro del salar de Uyuni en un altiplano andino ya asolado por las sequías del cambio climático. La esperanza es que nuevos métodos químicos de extracción puedan reducir el consumo de agua en el proceso de evaporación del litio. Pero esto aún está por ver.

Pasa lo mismo con el cobre cuya demanda será cada vez más elevada, ya que es un elemento esencial de casi todas las nuevas tecnologías verdes. El Banco Mundial calcula que la producción de cobre en las próximas décadas, solo para la transición energética, alcanzará 30 millones de toneladas. Tal y como se explica en Oro petróleo y aguacates en un capítulo sobre la minería en tierras quechua del altiplano peruano: “Mientras los consejeros delegados de las multinacionales mineras que llegaban a Apurímac (Perú) destacaban la importancia del cobre para la low carbon economy (la economía global necesaria para cumplir con los objetivos de bajar las emisiones de CO2), los líderes indígenas destacaban un dato escalofriante. En la actualidad se necesita el doble de agua para producir cuarenta kilogramos de cobre que a principios del siglo XX, y el agua escasea cada vez más en el altiplano andino”.

Las nuevas venas abiertas de la economía capitalista verde no solo son latinoamericanas. Basta con visitar la Sierra de la Mosca en Cáceres para averiguar por qué. Una mina a cielo abierto en Cáceres de la multinacional australiana Infinity Lithium es uno de los proyectos respaldados por la Comisión Europea. “España es un país que tiene potencial para suministrar litio y níquel”, me dijeron fuentes de la Comisión.

Pero en Cáceres no lo tienen tan claro. La plataforma ciudadana Salvemos la Montaña teme la contaminación del agua en la Ribera del Marco y daños a un ecosistema único –por ejemplo, los extraordinarios alcornoques– en la Sierra de la Mosca.

¿Cuál es el camino hacia adelante? Lo primero es evitar una divergencia destructiva entre los defensores del new deal verde y la escuela del decrecimiento. Hay que buscar un espacio común. Uno de los peores momentos para la izquierda en América Latina ocurrió el año pasado, cuando cerebros brillantes de la izquierda medioambientalista y defensores del decrecimiento, como Pablo Solón, acabaron defendiendo el golpe de Estado contra Evo Morales. Como sostienen Pollin y Noam Chomsky en su nuevo libro, con suficiente inversión pública, el new deal verde sí puede facilitar un crecimiento del PIB desacoplado de las emisiones de CO2. (Pollin hace una crítica muy coherente al decrecimiento aquí). Tal vez el punto de convergencia es que no existe una vía hacia la salvación del planeta que no pase por la superación del capitalismo, tal y como explica Naomi Klein.

Pero la cuestión de la extracción de materias primas y sus consecuencias sociales y medioambientales no está resuelta. Debe ser abordada de forma democrática tanto en Europa y EE.UU. como en los países que  tienen los  principales depósitos de metales esenciales para la transición energética. Lo fundamental será apoyar económicamente –primero mediante la condonación de su deuda– a países  como Bolivia para que el futuro del planeta no pase por la destrucción de su medioambiente.

domingo, 3 de enero de 2021

"Manolo Campañó" (I)


Entraba el año y salía del tiempo Manuel López Esperón. Ayer mismo lo despedía en su aldea un pequeño grupo de familiares, vecinos y amigos. La pandemia que nos aísla impidió acercarse a los camaradas que le habrían rendido el homenaje que siempre mereció y al que nunca aspiró. Muy pocos pudimos estar presentes, muchos más habrían querido estar.

Manolo entendió bien lo poco que valen los aplausos y los homenajes. De ellos solo importa el amor sincero de quienes tienen motivos para rendirlos. Por eso no asistió siquiera al que se rindió a los veteranos del Partido, hace ya años, en Santiago.

Para una publicación que se hizo entonces le pedí algunos datos biográficos. Me contó pocas cosas, y tomé unas notas que conservo. Su laconismo era el resultado de décadas de clandestinidad. Aprendió a callar, incluso sometido a torturas, y no un día, ni dos... El hábito de la reserva lo mantuvo toda la vida.

Solo en tres ocasiones le oí contar algo sobre sí mismo. La primera vez se sinceró, creo recordar que en una conversación de sobremesa, sin más presentes que él, mi compañera Soco y yo mismo. Las otras dos se vio en la obligación de hablar. Fue en el cafetín de la Alameda donde tomé las notas biográficas que me sirvieron para aquella reseña que no encuentro ahora. Más adelante, en el hotel Virgen del Camino en que vivía entonces, le presenté a Pepe Álvarez, el historiador imprescindible para conocer la historia de la represión en Pontevedra, a través de sus libros y del blog Pontevedra nos anos do medo. La charla, me comenta Pepe, fue fructífera, y los archivos consultados le confirmaron lo aportado por Manolo.

Desapareció del hotel y le perdí el rastro. Casi un siglo de vida y mucha experiencia. El ha sido el último de los veteranos, el más joven de ellos. Ya no queda nadie a quien preguntar directamente sobre aquellos años de plomo. Muchos de estos héroes de hierro han vivido un siglo o más, sobreponiéndose a los padecimientos sufridos. Sin duda la fuerza de las convicciones y la salud mental conscientemente cultivada en medio de la adversidad ayuda a mantenerse vivo.

Para conocer la calidad humana del personaje es muy interesante lo que cuenta sobre él Juan José Esperón, hoy mismo en Pontevedra Viva.

Encontré estas notas, creo que corresponden a lo hablado en el cafetín:


Manuel López Esperón (“Manolo Campañó”)

Algunos datos biográficos

Nace en julio de 1924.

Desde niño, durante la república, participa en la Sociedad de Agricultores, en la que eran influyentes el PCE y el PSOE.

Hizo estudios de magisterio.

La SdeA aportaba la visión de los jornaleros en las comisiones de resolución de conflictos.

Participó en las Juventudes Socialista y en la Juventudes Comunistas.

Recuerda cómo en 1936 tuvieron que quemar los libros de la Sociedad.

Sobre su parroquia (Campañó), considera que eran más progresistas algunos de los ricos (cita al padre del suegro de Mariano Rajoy) que la mayor parte de los más pobres.

Al final de la guerra, trabajo clandestino en la ciudad.

Punto de apoyo fue Julio Rey, padre del relojero Arturo Rey.

Unión de Intelectuales Libres.

Juventudes Republicanas.

Recuerda de entonces a Alejandro Gama.

Hacia el año 40 ingresa en el Partido.

Miembro primero del comité local, luego del comarcal, intercomarcal y provincial.

Recuerda que después entró al Partido Carlos Crespo Alfaya.

Secretario de agitación y propaganda y después secretario de organización.

Fue enlace con la guerrilla. Recuerda a Buzarra (?).

Hacia 1945 se trató de reorganizar la UGT.

Fue detenido en Vigo a primeros de junio de 1948, cuando estaba allí destinado para reorganizar el Partido.

También fueron detenidos Alfaya, Carrera, y de la JSU Gonzalo Velasco.

“Fuerzas Armadas de la República Española”.

Detenido en Vigo, estuvo en comisaría. Durante 21 días fue interrogado y torturado.

Entonces llevaba una larga melena y barba. Y empezaron colgándolo de una puerta por el pelo. 

Sospecha que finalmente el interrogatorio continuó bajo los efectos de alguna droga.

Los interrogatorios eran supervisados por la guardia civil.

El mejor truco para no contestar era el retraso en las respuestas y tratar de olvidar.

Burlas: lo llamaban “Segundo Cristo” y “Segundo Francisco de Asís”.

Le hicieron la ficha y le cortaron el pelo y la barba.

Todo esto duró más de 40 días.

Pasó a la cárcel incomunicado, pero eso supuso para él un gran alivio, fue el día más feliz el de ir a la cárcel con todos los otros. En una hora la brigadilla lo llevó a La Parda.

Porque había rivalidad entre la policía y la guardia civil.

De la cárcel, tras el proceso, no se podía sacar a nadie para llevarlo a una comisaría o a un cuartelillo.

Consejo de guerra y condena a 12 años.

A Crespo Alfaya y Carrera los condenaron a 10 años. A otros a 8, 6, 4, 2, y alguno salió absuelto.

Los de menos de cuatro años de condena quedaron en Pontevedra, y a los otros los trasladaron al penal del Dueso.

Se redimían penas por el trabajo, en talleres mecánicos, de carpintería, y en otros oficios, ganadería, explanación de tierras, jardines…

Él redimió dos o tres años por dar clases en la escuela y por oficios varios. Aquí recuerda a Fraga, relojero de  Marín.

Permaneció en prisión hasta agosto de 1952, beneficiado por dos indultos.

Quedó en libertad vigilada. La guardia civil pretendía que en 20 o 25 días se le expulsara de España.

Lo detenían por sistema en otras ocasiones, como hicieron durante la visita de Eisenhower a Franco.

Continuó su actividad en el Partido. Recuerda la visita de Antonio Núñez Balsera. Estableció contacto con Manolo Domínguez, Fortes, Brieva (?).

Asistió al V congreso del PCE. Ayudado por un matrimonio francés, cruzó la frontera por Irún.

Fue un largo viaje con etapas de distracción: Limoges, París, donde permaneció 15 días, Niza, Cannes, San Remo, Génova (Milán) Udine…

En Italia estuvo alojado en casa de Giancarlo Pajetta (no anoté bien si fue a la vuelta).

Pasó a Austria campo a través. Tomó un tren a Viena y de allí, en avión, fue a Praga.

Relata varias anécdotas sobre su viaje y sobre el congreso.

Informes de Santiago Álvarez, Moncho de Ferradás, Barreiro…

Vuelve por Venecia, París, Barcelona, Zaragoza, Madrid, a Pontevedra, donde ya lo esperaba la policía.

Otra detención. Justifico que había pasado dos o tres meses en Madrid, Zaragoza, Barcelona. Aun así, pasó 28 días en La Parda.

No recuerda si antes o después estuvo con Antonio Núñez. Luego estuvo con Manolo Barros.


(En algún momento habló de Stalin, los campos de concentración…)


sábado, 2 de enero de 2021

¿Economía o vida? Una falsa elección

"Salvar la economía", "volver a la normalidad"... Estamos viendo, ahora más que nunca, la falsedad de esta dicotomía. Así no se puede "salvar" la economía. Los que apostaron por ello lo están pagando ahora (en realidad lo pagan las poblaciones que son sus rehenes).

Los que, como Boris Johnson, habían apostado por liquidar los sistemas públicos de salud, recurren a ellos cuando peligra su vida. Como en los llamados "rescates" bancarios, las ganancias se privatizan, las pérdidas se socializan. Cosas del capitalismo, enemigo del Estado asistencial pero amigo del Estado cuando es la única instancia que puede mantener su estructura. ¿Quién podría comerciar sin la garantía de las leyes? ¿Y quiénes legislan las normas internas y negocian los tratados internacionales?

El profesor Boaventura de Sousa Santos señala desde el principio de esta entrevista esa contradicción y desnuda la mentira neoliberal.

Una charla en castellano entre dos lusoparlantes, para teleSUR.

viernes, 1 de enero de 2021

Verdad y mentira de la representación... cartográfica

Debo el conocimiento de este artículo, como de tantos otros, a la infatigable curiosidad y amplitud de intereses de Manolo Peña-Rey.

Sobre cartografía y las proyecciones que utiliza, lo que se conserva y lo que se pierde en toda representación, preparé en otro tiempo algunas lecciones. Algo queda en este blog (bajo la etiqueta "geometrías más o menos"), y otros materiales en discos duros, si es que el tiempo no los ha borrado.

La superficie esférica no es desarrollable, y nunca puede hacerse corresponder con una representación plana sin perder alguna de las características que se querrían conservar, fueren la forma, la dimensión u otras relaciones lineales o angulares. El mapa Dymaxion que reproduje y comenté aquí es una muestra muy clara. Conserva bastante bien la forma y dimensiones de los continentes, pero ¿qué decir de las distancias entre localidades?

Este artículo señala la falsa idea que podemos hacernos del tamaño real de los territorios representados si nos dejamos engañar por las distorsiones que introducen los mapas, Groenlandia y África parecen prácticamente iguales en la proyección de Mercator. A la vista está (pero "a la vista no está") la diferencia de tamaño.



La distorsión de los mapas al proyectar la Tierra

La distorsión de los mapas es inevitable al pasar de una esfera tridimensional, como es el caso de la Tierra, a un plano bidimensional. Esta distorsión puede cambiar completamente nuestra percepción de cualquier superficie terrestre, ya sea un país o continente.

En otras ocasiones en Geografía Infinita se ha hablado sobre el papel que juegan los mapas en la visión que tenemos del mundo y así como el que han ejercido en la evolución histórica de la cartografía. También se ha tratado la influencia geopolítica que tienen los mapas o el efecto que ejercen sobre la imagen mental que tenemos del mundo.

Profundizamos a continuación sobre los indicadores de distorsión cartográfica, los que permiten evaluar la “calidad” de los mapas y compararlos entre ellos.

Contenidos del artículo


La indicatriz de Tissot revela inmediatamente los cambios de tamaño o forma que introducen las proyecciones cartográficas. Imaginemos trazados sobre la superficie de la Tierra círculos iguales:

Indicatriz de Tissot; vista desde el espacio


















La proyección de Mercator falsea el tamaño:


La proyección equiareal distorsiona la forma:



La Groenlandia "real" (grande, pero no tanto...):



Lo que cabe en África:



Canadá y Estados Unidos, sobre América del Sur:



(Por una vez, lo escribo sin intencionalidad política)

jueves, 31 de diciembre de 2020

'Demos', izquierda e independentismo

El artículo que sigue completa una terna sobre la identidad, ese ente simbólico, pero con efectos muy reales, con el que los miembros de un grupo se reconocen entre sí como iguales.

Empezó esta miniserie con futuro imperfecto, a partir de una reflexión de Manolo Monereo: para Iglesias, la república es una identidad, no un proyecto”. La identidad puede apoyarse en una foto fija del presente, prolongación de un pasado "portador de valores eternos", pero también en una proyección al futuro de otros valores, igualmente estática. Entre el presente y ese futuro ha de desarrollarse un proyecto, desplegado a través de un proceso de aproximación. A lo largo de él, el proyecto mismo sufrirá transformaciones. Como veremos, de ningún modo quita esto valor a la definición de las identidades. Al contrario, en esa definición radican muchos valores, y también muchos sinsabores.

"Ahora no toca" fue la segunda entrega, relacionada con la anterior. Esa expresión, que ha sido utilizada tantas veces con la intención de congelar una situación (foto fija otra vez), la he usado precisamente para enfatizar la necesidad de "identificar" con la mayor precisión posible la república que queremos (los que la queremos), de modo que no sea una imposible vuelta nostálgica al pasado sino un proyecto con una identidad bien definida.

Este artículo, del catedrático de Sociología de la Universidad Complutense Armando Fernández Steinko, expone precisamente las dificultades de construcción de esa identidad más sólida que necesitamos levantar, en medio de identidades contradictorias de carácter nacionalista de uno u otro signo que enmascaran y dificultan el proyecto.

¿Quiénes somos? es una pregunta inmediata e ineludible. ¿Quiénes queremos ser? es otra interrogante mucho más útil que debería hacernos reflexionar. Si nos encerramos en las obvias identidades primarias, que aprisionan la solidaridad en un grupo nacional (solidaridad simbólica, más imaginaria que real, si pasa por alto la existencia de las clases), la "solución" acabará siendo la balcanización. ¿Son mejores o más justas las sociedades surgidas de la descomposición de la Unión Soviética o de Yugoslavia?

Los nacionalismos de izquierdas, incluyendo el españolista, ¿son antes nacionalistas o de izquierdas? Su posicionamiento táctico ha oscilado entre las alianzas nacionales y las de clase. Sería necesaria una definición estratégica clara que despejara si, en su caso, tomarían partido por la nación o por la clase. De la preferencia nacional hay trágicas experiencias, como la de las socialdemocracias europeas al comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Construir una identidad incluyente y no excluyente es la tarea que habrá que abordar si buscamos una república a un tiempo federal y solidaria, sin que ambos términos se excluyan mutuamente, en vez de un conjunto de republiquetas rivales y divorciadas. Para eso ya tenemos el actual Estado de las Autonomías a la Carta. Es a partir de las innegables identidades inmediatas como podremos escalar hacia las grandes identidades, a la identidad fundamental como seres humanos en un planeta sostenible (¿y qué será eso...?).

Sin embargo, el "acuerdo constructivo" que propone el autor tiene un punto débil, el mismo que denuncia en lo que se refiere a la estrategia final de los "nacionalistas de izquierdas", a la postre más nacionalistas que de izquierdas.

Porque ¿acaso un gran "pacto democrático" que incluya a las derechas garantiza que abandonen su intención de perpetuar su dominio como clase, que además se agudiza más y más con la dificultad creciente para acumular? La pandemia misma ha empobrecido a los más pobres y enriquecido, y mucho, a las grandes fortunas.

Solo como parte inevitable del proceso puede, en esta situación regresiva, aceptarse a la derecha en ese pacto, ante la evidencia de que, ideológicamente, controlan a gran parte de la población a la que someten, y que tenemos unos medios muy pobres para revertir la situación. Y es que batallamos en orden disperso.





'Demos', izquierda e independentismo

En 1978 no se abordó el problema de la identidad común por diferentes razones, pero es imposible crear un espacio federal y solidario sin la construcción de una serie de "cosas blandas" que nos puedan unir a todos, y no solo a catalanes y vascos entre sí como equivocadamente sostuvo Azaña con toda su buena voluntad

Armando Fernández Steinko

El procés se ha estrellado, pero ha generado una dinámica de largo recorrido que obliga a pensar en antes y después. Solo es posible orientarse en ella comprendiendo las lógicas diferenciadas que alimentan lo nacional/identitario y el eje izquierda/derecha. Los independentistas de izquierdas consideran que es posible fundir ambas en una sola a pesar de su incompatibilidad. Su concepción de la solidaridad, que sin duda existe, está y estará siempre subordinada a la lógica nacional del demos que pretenden construir: solidaridad quizás, pero solo con los "nuestros" y necesariamente frente a los "no nuestros", en esencia la misma lógica que la de "America first": Cataluña first, Galicia first, Euskadi first.

El procés ha demostrado que el voluntarismo institucional no va a permitir nunca alcanzar la independencia y Esquerra ha iniciado un repliegue táctico al que se suma Bildu y, antes o después, también el BNG. Aplicando medidas sociales, apostando por el cambio demográfico y cancelando temporalmente su alianza con las derechas secesionistas, estas fuerzas ensayan un acercamiento a las izquierdas del conjunto de España con el fin de ampliar la base social del independentismo intentando incorporar a sectores populares no nacionalistas castigados por la crisis para iniciar un nuevo procés, esta vez con más apoyo ciudadano y quizás extendido al conjunto de España. Será el momento en el que volverán a su antigua coalición con la derecha secesionista, pues el eje nacional siempre prevalece frente al social cuando el objetivo último es la independencia. Si lo consiguen, será el final de una agenda progresista en España durante varias generaciones.

Unidas Podemos no dispone de una estrategia comparable para el tema territorial. La mayoría de sus dirigentes siguen aferrados a la lectura de la autodeterminación entendiéndola como una cuestión democrática antes que como un problema de definición del demos con capacidad de "decidir", en definitiva siguen aferrados al dogma supremo de los nacionalistas. Unidas Podemos intenta instrumentalizarlos tácticamente para que les apoyen en sus iniciativas progresistas, una estrategia relativamente normal propia de cualquier escaramuza parlamentaria. Pero la cosa es en realidad al revés, pues son los independentistas los que están instrumentalizando a Unidas Podemos que, al no disponer de una propuesta territorial e identitaria propia, se colocan en una posición de desventaja estructural en el protocolo de las concesiones mutuas.

Quizás sin saberlo, su apuesta intuitiva es la de Azaña en los primos años de la República: los catalanes y vascos tienen derecho a cosas identitarias "blandas" mientras que los "castellanos" se tienen que conformar con conquistar los mecanismos fríos y weberianos de gestión racional del Estado para así poder resistir frente a las cosas "blandas", siempre abrumadoras, de la derecha españolista. Azaña fue traicionado por los nacionalistas porque ni vascos ni catalanes se conformaban con cosas blandas como él pensaba, sino que su objetivo era y es la construcción de un estado frío y weberiano propio: las "cosas blandas" siempre son la antesala de otras más frías y contundentes.

Las izquierdas españolas, entre las que se encuentran muchos votantes y dirigentes del PSOE procedentes de las zonas más ricas del país, siguen aferradas a este malentendido que les da argumentos para resistir frente a la derecha. Pero no es una estrategia realista pues la derecha se crece siempre con los enfrentamientos entre identidades excluyentes, con lo cual queda neutralizada la ventaja inicial que obtienen las izquierdas de esta clase de alianzas. Unidas Podemos cree que el problema se puede solucionar retóricamente repitiendo "nuestra patria" cada vez que se habla de justicia social y de Constitución. Pero esto es subestimar el peso político de las "cosas blandas", ignorar que ni el demos español ni ningún otro puede subsistir sin ellas, sin un relato identitario consensuado y coherente que trascienda la retórica. Esta clase de relato no pasa en España por sustituir el nacionalismo lingüístico al norte del Ebro y del Miño por el nacionalismo lingüístico de tiempos pasados sino –entre otras cosas que incluyen la revisión del título octavo– por impulsar una política de pluralismo lingüístico en todo el territorio, un pluralismo que irá fraguando una nueva identidad compartida y esa lealtad imprescindible para construir un todo federal y simétrico inspirado en principios republicanos.

La derecha española ni es inocente ni es ajena a esta dinámica. Su patrimonialización sentimental del demos nacional y sus constantes intentos de expulsar de él a la izquierda como estrategia de defensa de su agenda socioeconómica arrojan a esta última a la orfandad identitaria y, desde ahí, a los brazos de los que diseñan desde hace décadas la destrucción del demos español, la inevitable balcanización de la Península Ibérica. Pero tampoco sirve el sectarismo frente a conservadores y liberales como hacen no pocos progresistas, incluidos los que reivindican hoy una Tercera República. Si, como tarde tras el procés, se hace más y más evidente que hay que inventar una nueva nación de nacionalidades, también liberales y conservadores tienen que participar en el proceso pues representan la mitad del país. Pero así como las izquierdas tienen que aprender a aceptarlos, también estos tienen que aceptar de una vez por todas que a la izquierda del centro-izquierda vive una parte también sustancial del país, y que las opiniones opuestas al neoliberalismo no significan pretender destruirlo. Conservadores y liberales solo tendrían que seguirle los pasos a Adolfo Suárez, que entendió en 1977 que sin la legalización del PCE no era viable una democracia parlamentaria de tipo occidental, y menos aún el demos constitucional que tocaba construir y que toca reconstruir ahora. Antes que insistir en la expulsión de las izquierdas estigmatizándolas de "radicales" –el radicalismo afecta hoy más bien a la ortodoxia neoliberal– la aportación de los conservadores a la refundación del demos común debía ser el arrinconamiento del golpismo ideológico de la ultraderecha, así como el rescate de las tradiciones del humanismo cristiano en beneficio del conjunto del país.

También los liberales tienen que mover ficha redescubriendo su propia tradición humanista –por ejemplo a John Rawls y J. M. Keynes– antes que insistir en el ultraliberalismo antihumanista de Von Hayek o Milton Friedman que, por lo demás, no ofrece solución alguna a los problemas globales que se han agudizado tras las crisis de 2008 y del COVID. Como ha demostrado Thomas Picketty, no hay posibilidad de crear un demos democrático, un orden civilizado y un espacio de identidad compartida sin hablar de solidaridad no solo entre territorios, como conceden al menos formalmente los liberales españoles –no siempre los conservadores– sino también entre clases y grupos sociales. No hay otra forma de asegurar que todos los ciudadanos tengan los mismos derechos en todo el territorio, y no va a ser posible arrinconar a los independentisas –confesos o no– sin una propuesta sincera de solidaridad tanto interterritorial como también social, pues estamos hablando del tercer fundamento –junto con la igualdad y la libertad– de cualquier demos construido sobre bases civilizadas.

El problema es la cultura del corto plazo, que contrasta con los largos recorridos estratégicos de los nacionalistas y que impide arrostrar el bloqueo secular que sufre la idea de España desde el siglo XIX. Tanto Unidas Podemos hoy como Felipe González o José María Aznar antes que ellos hicieron concesiones estratégicas a los nacionalistas a cambio de apoyos coyunturales. No habría sido grave, como tampoco lo es que Bildu apoye hoy los presupuestos, si detrás hubiera una estrategia realista de construcción de país sobre la que avanzar a medio y largo plazo. Pero esa estrategia no existía ni existe entre los partidos de ámbito estatal sean de izquierdas o de derechas, lo cual les condena a navegar en un pobre "aquí y ahora" mientras otros exploran escenarios para la balcanización pacífica del sudoeste de Europa.

El procés ha generado una dinámica que tiende a reforzar a los independentistas. Pero también puede provocar otra que, por fin, actúe en sentido contrario, pues ha dejado al descubierto el coste del mirar a otro lado o del aferrarse al pasado: la única salida es refundar un demos común y la experiencia de la lucha contra el COVID ha reforzado antes que debilitado el estado de opinión que apunta en este sentido. Tenemos que ponerle fin a la cultura confederalizante a la que ha llevado el desarrollo del actual Título Octavo, basada en la conquista de relaciones bilaterales entre el Gobierno central y los territorios mientras persiste la pelea entre todos ellos debajo de la mesa. En 1978 no se abordó el problema de la identidad común por diferentes razones, pero es imposible crear un espacio federal y solidario sin la construcción de una serie de "cosas blandas" que nos puedan unir a todos, y no solo a catalanes y vascos entre sí como equivocadamente sostuvo Azaña con toda su buena voluntad.

Hay que forjar un gran pacto para la creación de un demos federal, solidario y tendencialmente simétrico del que siempre quedará fuera ese 30% del país que siempre va a oponerse, pero que debería tener capacidad de incluir a todo el resto. Todos los actores interesados en participar tienen que aprender a salir fuera de su zona de confort ideológico en temas identitarios, de la deprimente ceguera, de la cultura del corto plazo. El nuevo demos no solo tendrá que reconocer la pluralidad ideológica sino también la lingüística y cultural del conjunto del territorio, entendida como algo más que la simple suma de sus trozos. Por mucho que hoy parezca utópico e imposible sin serlo en absoluto, es la única solución. Y además encierra una clave: la clave para impulsar el propio proyecto de integración europea, la clave para impulsar cualquier proyecto de construcción multilateral del mundo.

martes, 29 de diciembre de 2020

Isaac Díaz Pardo

Isaac Díaz Pardo nació en Santiago de Compostela el 22 de agosto de 1920 y murió en A Coruña el 5 de enero de 2012. Al haberse cumplido este año el centenario de su nacimiento,  la Ciudad de la Cultura ha organizado una exposición conmemorativa.

Este intelectual es una figura fundamental en la cultura gallega. Pintor, ceramista y diseñador, también escritor y editor, a su espíritu de iniciativa e infatigable labor le debemos la restauración de la producción de cerámica de Sargadelos, en colaboración con Cerámicas do Castro (1963), el Museo Carlos Maside (1970), la editorial Ediciós do Castro (1963), el restaurado Seminario de Estudos Galegos (1970), el Instituto Galego de Información, etc.

En 2009, recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. ¡Qué menos!



A exposición conmemorativa do centenario do nacemento do artista, intelectual e humanista galego, Isaac Díaz Pardo (1920-2020), ‘As miradas de Isaac’, conta cun espazo central vertebrador do resto das seccións, no que se proxecta esta peza audiovisual de creación, dirixida pola fotógrafa e xornalista cultural Cecilia Díaz Betz en colaboración co realizador Jordi Cussó. 

Unha videoinstalación envolvente creada a partir de materiais de arquivo na que se propón un encontro con Isaac, sendo el mesmo quen nos relata en primeira persoa a súa vida e obra. Unha forma radicalmente diferente de reivindicar e lembrar a figura de Díaz Pardo, máis acorde coa súa propia visión vangardista, na que se quere revivir o seu universo e o seu espírito sempre aberto, tanxencial e polifacético.

CRÉDITOS:

'As miradas de Isaac', 2020
Idea orixinal e dirección: Cecilia Díaz Betz
Editor e co-director: Jordi Cussó
Son: Unai Lazcano
Vídeo HD - 26’ 43” Transcrición de audio orixinal subtitulada
Videoinstalación dixital a tres pantallas creada a partir de materiais de arquivo

AGRADECEMENTOS || Prestadores de material audiovisual

CRTVG
RTVE
Luis Walter Muñoz Fontenla
Xosé Abad
CGAI
Filmoteca Española
Xosé Díaz Arias
Camilo Díaz Arias
Marcos Cenamor Fandiño

[OBSERVACIÓN: Os subtítulos da peza audiovisual están transcritos literalmente segundo o xeito de falar de Díaz Pardo, que non se subscribía á normativa lingüística]

lunes, 28 de diciembre de 2020

"Ahora no toca"

"Ahora no toca". Recuerdo que José María Aznar vetó con estas palabras una visita de Juan Carlos I a Cuba. Visto lo visto, no quedaba claro si era él quien se imponía al Rey o era el Rey quien se escondía detrás de la aparente altanería del altanero Presidente del Gobierno.

"Ahora no toca", es hoy la respuesta de la mesa del Congreso a cualquier iniciativa que ponga en cuestión la monarquía. Quienes participaron en el reparto de la soberanía se oponen a cualquier modificación del statu quo sobre la atada y bien atada jefatura del Estado.

El "ahora no toca" se ampara hoy en urgencias de primera línea, en medio de esta inesperada (pero esperable) crisis universal. El argumento lo emplean las tres derechas, pero también el Partido Socialista, como uno de los principales compromisarios de la Transición. Y una buena parte de la población cree que "no toca", unos por posicionamiento ideológico, otros con el argumento esgrimido de que este debate tapa cuestiones inmediatas.

La oportunidad para plantear una cuestión o tomar una medida es algo a tener siempre en cuenta, aunque no está exenta de sesgos que dependen de la correlación de las fuerzas interesadas. Pensemos en lo "convincente" que es retrasar la subida del salario mínimo a menos de dos millones de trabajadores aunque se suba a otros dos millones de empleados públicos, que cobran en promedio bastante más. ¿No podrá afrontar un empresario la subida de nueve euros al mes, 30 céntimos diarios, a un empleado sin arruinarse? ¡Muy mal le debe ir la empresa! Está claro que hay interés en enfatizar quién lleva el timón de la economía...

El razonamiento de que "no toca tocar" ahora la Jefatura del Estado, tiene sin embargo algunas razones convincentes. Lo que, como plantea Manolo Monereo, no tiene que ver con el rechazo del debate, sino con la consideración de los efectos secundarios que tendría querer forzar ahora ese cambio tan necesario. Los sentimientos identitarios, sean de nación o de pasión política, congelan las soluciones y refuerzan posiciones visceralmente enfrentadas, sin aportar vías que conduzcan a otra cosa que enquistamientos reaccionarios. El republicanismo no debe plantearse como una mera seña de identidad, sino como un proyecto que requiere un proceso bien meditado. Decía Monereo:

"Si el republicanismo de España se identifica con la república catalana y vasca, con el separatismo y la desintegración del país, la tercera vía republicana no tiene viabilidad, eso solo beneficia a la monarquía y a Vox (...) mandas un mensaje al electorado vasco y catalán, no refuerzas Unidas Podemos en estos territorios, la devalúas táctica y estratégicamente (...) el problema es que Unidas Podemos se quedará en la España chica (...) las tres grandes nacionalidades históricas desparecerían de nuestro horizonte, también desaparecerían Baleares y Valencia, que ya tienen sus nacionalistas. Para decirlo en plata, la táctica es táctica, hay que tener cuidado con ella porque a veces te hace incompatible con tus objetivos (...) ¿Queremos la república federal y solidaria o no? Si eso no está claro, lo que ocurrirá es que desapareceremos en el País Vasco y Catalunya como fuerza efectiva y las derechas se quedarán con el proyecto unitario de España.

En estos momentos la República como forma del Estado no tiene posibilidades de éxito, aunque otra cosa sea mantener vivo el debate. Aunque en caso de necesidad las fuerzas dominantes no tendrían muchos escrúpulos en barrer la monarquía y sustituirla por una "república" a su medida. Algunos ingenuos se conformarían con esta solución gatopardesca.

Los peligros señalados se enuncian también en un artículo que dejo a continuación:

"Hay que recordar que estamos en España, que poner en cuestión a la monarquía puede dividir a la población, aunque sea asimétricamente, y dar impulso a las derechas: a la ultraderecha de Vox y a la extrema derecha del PP; y al runrún de sables, nunca en este país tan disparatado como parece."

Aseguremos la vía, que requiere definir muy bien en qué podría consistir esa República Federal Solidaria, la única que puede salvar realmente a este país de una balcanización, que perjudicaría y debilitaría a todos, o de una dictadura centralista que podría ser absolutamente catastrófica.

Sigue el artículo, con una propuesta final final un tanto peregrina, cargada de ironía, de Juan-Ramón Capella, catedrático emérito de Filosofía del Derecho y autor del libro Un fin del mundo. Constitución y democracia en el cambio de época.













Un emérito de mérito

Juan Ramón Capella

Es difícil encontrar un modelo igual.

Al aceptar suceder al dictador cumplió los planes de éste: que tras su muerte se instaurara —la palabra lo expresa claramente: no es una simple restauración— una monarquía cuya legitimidad procediera del levantamiento militar de 1936, que aparecería así como legítimo en el régimen que le sucediera. Si el levantamiento militar fue legítimo, no habría que responder por los crímenes de la guerra y la postguerra, ni habría vuelta atrás al expolio de las propiedades de los vencidos; jamás se rememoraría con verdad y en toda su extensión lo sucedido. Juan Carlos lo dijo con toda claridad en aquel acto de 1969: "Recibo de su excelencia el jefe del Estado y generalísimo Franco la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra patria encauzara de nuevo su destino". De paso, juró las leyes fundamentales de la dictadura. En el futuro no haría lo mismo con la Constitución de 1978: la promulgó, pero no la juró.

El relato oficial señala como mérito del emérito facilitar la constitucionalización del régimen de libertades. ¿Mérito? No le quedaba otra. Tras mantener en la jefatura del gobierno a Carnicerito de Málaga, tuvo que irse a despotricar a los USA para librarse de él. Pero se sabía el oficio —su cuñado dejó de ser rey de Grecia por aceptar gobiernos militares— y buscó a una persona capacitada para el cambio, Adolfo Suárez, el cual logró al mismo tiempo legalizar y descafeinar al Partido comunista, pero que daba largas a la entrada en la OTAN. Esto último no le gustaba nada al gobierno de EEUU, sobre todo cuando Reagan accedió a la presidencia, y en España los militares andaban revueltos —ahora también, pero no tanto— con el estado de las autonomías (entonces con la inestimable colaboración del terrorismo etarra). El hoy "emérito" había sableado al Sha de Persia y al rey de Marruecos para poner en pie el partido de Suárez; ahí debió iniciar su aprendizaje, si es que no lo traía aprendido de casa.

Y aquí empieza el otro episodio en que el emérito sale reforzado de rebote con la inestimable ayuda de la "versión oficial". El otrora general Armada, que ya aparecía detrás de Juan Carlos de Borbón en el acto de aceptación de 1969, era persona muy cercana al rey, a quien visitaba en sus vacaciones en la nieve, y al que éste quería a toda costa trasladar a Madrid (a lo que Suárez, con buen olfato, se oponía). Juan Carlos arrancó para Armada ese destino en el Estado Mayor Central exigiéndoselo a un atribulado ministro de Defensa cuando el presidente del gobierno estaba de viaje. Esa impropia interferencia no era gratuita. La idea era que un militar sucediera a Suárez como presidente del gobierno. "Pero a mí me lo dais hecho", decía el hoy emérito, que no quería pringarse. Armada y Milàns, los generales más monárquicos del país, con la inestimable ayuda del CESID, montaron un teatro de golpe de estado en que un actor secundario, Tejero, debía dar a Armada la ocasión de ofrecerse a los partidos para resolver la situación creada por el propio actor secundario.

La cosa falló por la mano de obra: Tejero se movía para instaurar un gobierno militar, no el gobierno de un militar. Sus grotescas formas resultaron inadmisibles para Juan Carlos: entrar a tiros en el Congreso y zancadillear a un teniente general no era "dárselo hecho". A Armada, que pidió permiso al rey para acudir al Congreso, éste le dijo que lo hiciera "a título personal" (o sea, no en su nombre). Tejero frustró los planes de Armada, quien, para el consiguiente consejo de guerra, le preguntó al rey si podía invocar sus conversaciones con él. Juan Carlos, obviamente, le borboneó. El discurso en tv del rey, cuando dijo no aceptar ninguna solución contraria a la Constitución, le valió unánime reconocimiento oficial, pero también habría valido si Armada hubiera conseguido de los partidos el nombramiento de presidente del gobierno. Un discurso que valía tanto para un roto como para un descosido.

Entre una y otra boda de los hijos y tras el 23 F en su versión oficial (versión que omite recordar, claro, que el golpe facilitó los objetivos de entrar en la OTAN y tratar de reconducir el proceso autonómico mediante la LOAPA), el de la "legitimidad del 18 de julio" también se legitimó (por decirlo de alguna manera) por los mass-media, la tele y el Hola principalmente. Empezaron los negocios por persona interpuesta (Colón de Carvajal y de la Rosa, unos angelitos) o no interpuesta, si no venían de antes. Y luego ha llegado todo lo demás: un rosario de despropósitos vergonzosos con aspectos delictivos unos, inconvenientes otros y presuntamente delictivos otros más pero que no se pueden perseguir porque eran actos de un rey irresponsable (jurídicamente y no). Hasta que no hubo más remedio que abdicar.

El "emérito" se alinea con hombres muy característicos del actual régimen político: Jordi Pujol, Jaume Matas, Zaplana, Camps, Mas, los responsables de los cuartos en Andalucía o en el PP. Gente que juega con el dinero público sin vergüenza. Algo habrá que hacer. Hay cosas cuya reiteración resulta peligrosa. El gobierno debe actuar honestamente. La gente empieza a estar cansada de la "política por arriba" o politiqueo, con pactos a su conveniencia entre quienes están en eso, los cuales no saben ver que les están mirando, y no con buenos ojos, los de abajo.

El firmante de este papel es republicano. Pero lejos de él la pretensión de cuestionar la monarquía como institución en estos momentos. Hay que recordar que estamos en España, que poner en cuestión a la monarquía —a diferencia de lo que piensan los dirigentes de Unidas Podemos— puede dividir a la población, aunque sea asimétricamente, y dar impulso a las derechas: a la ultraderecha de Vox y a la extrema derecha del PP; y al runrún de sables, nunca en este país tan disparatado como parece. Eso es lo peor que nos puede pasar como gente. No están los tiempos para más crispación, para más divisiones. Cuando podamos descansar del coronavirus ya pensaremos en otras cosas: pues se nos van a echar encima muchos problemas, y no hay que sobreañadirles ninguno más.

Lo que se debe hacer, en mi opinión, es reformar como mínimo la institucionalización constitucional de la jefatura del Estado. Acabar, claro, con la ley sálica, pero también con la atribución a esa jefatura del mando supremo de las fuerzas armadas, que debe corresponder al presidente del gobierno. Y establecer un código de conducta para la jefatura del Estado similar al que tienen otras monarquías parlamentarias. El principio monárquico, que no acaba de casar bien histórica y teóricamente con la democracia salvo en contados casos, sí casa en ocasiones con la prudencia política. Quizá valga la pena apostar por la pacificación de un país que lo necesita para que acaben triunfando tarde o temprano unas instituciones más acabadamente democráticas.

Hay que buscar soluciones imaginativas. Por ejemplo, ¿por qué un solo jefe del Estado? Se podría institucionalizar una Jefatura del Estado colegiada, bicéfala, con un rey y un presidente del reino republicano de España. Si la santísima trinidad ha durado tantos años, y eran tres, ¿por qué no habría de funcionar esta más modesta proposición?