domingo, 18 de octubre de 2020

Versos de acero

Entre los libros que dejó mi padre hay un ejemplar que conservo con especial cariño. Fue publicado hace más de cien años, y buscándolo en internet solo he encontrado que un ejemplar fue vendido recientemente en todocolección, y una versión en PDF puede descargarse aquí.

Mi padre conoció al autor, un marino ya anciano, cuando él mismo era marino. En Cartagena, durante otra guerra. Fue el poeta quien se lo regaló, aunque el ejemplar tiene esta dedicatoria autógrafa:

A mis queridos primos Serafín y Piedad, en prueba de fraternal afecto
Águilas, 1 de enero de 1916

En muy pocos libros he encontrado un alegato tan triste contra la guerra, más desgarrador que Los cuatro jinetes del apocalipsis o Por quién doblan las campanas.

Fue escrito cuando la guerra comenzaba, y no podía preverse su final, en el corazón de una Europa que se había sentido a salvo de su azote, aunque no le importaba mantenerla fuera (¡cómo se parece el estupor de entonces al provocado por la pandemia actual, cuando golpea a quienes se sentían más seguros!).

Así que no es un recuerdo posterior sino una crónica contemporánea. Relato angustiado que transmite angustia al lector. El libro nos traslada el miedo y el dolor mucho mejor que los reportajes televisivos de ahora, que los trivializan revueltos con humor, deportes y publicidad.

Pero la literatura o el cine nos humanizan porque dan tiempo para ponernos en el lugar del otro. Ignoro si existe un perfecto psicópata, incapaz de sentir con nadie más. Tal criatura, impermeable a la ética, lo sería también a la estética.

Nos traslada al lugar y al tiempo. Vivimos aquel momento horrible porque los versos de entonces nos llevan a aquel presente. Compartimos un futuro todavía envuelto en la niebla. Ningún libro de historias ya pasadas puede hacerlo.

Leyendo este poema vi llorar a a mi padre. Nunca más lo hizo delante de mí.





















LUZ EN TINIEBLAS

Obscura es la noche... el viento refresca...
Un buque mercante, por el mar del Norte
sin luces navega...

A menos de un cable, se borra en la sombra
su móvil silueta;
y solo lo acusa, el chac chac isócrono
que la hélice canta girando en su tuerca...

Entraña un peligro
navegar a estima, con viento y mar gruesa;
pero algo, sin duda tan cerca y temible
como la tormenta,
le impone, si quiere pasar sin ser visto,
caminar a ciegas...

Inútiles fueron
para el triste buque su arrojo y destreza;
porque un submarino teutón, lo esperaba,
y en él hizo presa
lanzando un torpedo, que le abrió en el casco
honda y amplia brecha
por donde, insaciables de vidas humanas,
las olas penetran...

En los tripulantes, sucedió el espanto
propio, en los que miran la Muerte de cerca;
mas, pasado el susto,
que, tanto no dura si el mal se recela,
se ordena y realiza concienzudamente
cuanto al salvamento del pasaje afecta.

Roto ya el misterio,
brillaron las luces, tocó la sirena
pidiendo socorro y fueron lanzados
al agua, los botes, que pronto se llenan,
primero, con madres que abrazan sus hijos;
luego, con ancianos que arrastran sus penas;
y a los diez minutos,
con todo el pasaje los botes se alejan...

A bordo del buque,
donde ya las olas bañan la cubierta,
solo, con el bravo
Capitán, se quedan
otros dos marinos, que, más que a sus vidas
cuidaron la ajena:
y viendo imposible botar otro bote,
o a nado ir a tierra,
se dan un abrazo de afecto infinito,
de amistad eterna,
y aguardan estoicos a que se hunda el buque,
para ir, a su bordo, por la ruta inmensa...
_________

En tanto, reñían los débiles botes,
titánica lucha, con el oleaje,
que, ya les hundía fingiendo tragarlos,
ora los alzaba cual plumas ingraves.

Y el patrón, tenía
 más que preocuparse,
de imponer el orden en los pasajeros,
para que, asustados del furioso embate
no anduviesen locos, de una en otra banda,
huyendo un peligro, por otro más grave,
que de ver la aguja que marca su rumbo
y de hacer esfuerzo por no atravesarse.

Pero un pasajero
que iba contemplando con ojos tenaces
las luces del buque;
cual si la dinamo de pronto parase,
vio que se apagaron instantáneamente;
y en el mismo sitio de aquellas, marcarse
dos puntitos rojos,
como dos pupilas abiertas en sangre;
y, con cierto ritmo,
huir y acercarse,
quizás componiendo palabras y signos
de ignoto lenguaje.

Al patrón, entonces,
que, yendo de espaldas no pudo fijarse,
le dijo el viajero:
─«Creo que del buque nos hacen señales...
¿Qué dicen aquellas lucecitas rojas...?»
El patrón, amable,
volvió la cabeza sin soltar la caña,
y logró enterarse
viendo los cucuyos, los faroles rojos,
las dulces pupilas cuajadas en sangre:
y siguió sus trazos
fijo y anhelante
como quien recoge de algún ser querido
que lento agoniza, las últimas frases...

Cuando las pupilas
cesaron de hablarle,
como si la Muerte sus párpados negros
violenta cerrase,
el patrón, extraño al grave peligro
que corría el bote, soltó el gobernalle...
y abatiendo el rostro, se hincó de rodillas
con fervor tan grande,
que, todos a una, su acción imitaron,
rindiendo a los héroes sublime homenaje:
pero aún, el viajero,
curioso insaciable,
preguntó al marino: ─«Patrón, ¿qué dijeron?»

Y este, sollozando, tradujo la frase
que, los que morían, a los que salvaban
dedicado habían: ─«¡HERMANOS, BUEN VIAJE!...»

sábado, 17 de octubre de 2020

El muchachito y el gordo

Este artículo se publicaba en agosto de 2005, al cumplirse 60 años de los crímenes de guerra más brutales, alevosos y científicos jamás cometidos. Nunca se había matado a más en menos tiempo.

Ahora ya van tres cuartos de siglo y siguen sin revisar los argumentos (¿será por no "reabrir viejas heridas"?). El hecho está "normalizado". Los malos son los malos, y los buenos tienen licencia para matar, sin hacer distingos entre malos-malos y malos-buenos...

Y en todo caso "las cosas son así". Te callas y punto.

La segunda guerra mundial, como la primera, fue un choque de imperialismos. Y en ambos casos el gran capital sobrevolaba el conflicto, obteniendo siempre beneficios. Puede que sorprenda a algunos saber que en plena guerra las grandes empresas norteamericanas comerciaban con la Alemania nazi. Antes de ella muchos grandes financieros, empresarios y políticos occidentales simpatizaban abiertamente con Hitler.

Para conocer detalles, puede consultarse El mito de la guerra buena, de Jacques R Pauwels. Una apretada síntesis, muy recomendable si tenéis poco tiempo, puede consultarse aquí.

Notemos de paso el ingenio y buen humor con que fueron bautizados estos siniestros artefactos. Lo siguen derrochando los defensores de actos criminales en nombre de ideologías nefandas. No salen del horror por peteneras, sino por alegrías. Es una forma de desconcertar y bloquear los cerebros ajenos y al tiempo aliviar los propios.

El muchachito y el gordo













Little Boy y Fat Man: caídas del cielo

20/08/2005 Rebelión

A las ocho y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 1945 la detonación de Little Boy, una bomba con una potencia explosiva equivalente a 12,5 kilotones, provocó que la temperatura ambiente ascendiese en el lugar de la explosión (a 600 metros del suelo) a 15 millones de grados centígrados en cuestión de segundos, siendo la temperatura en el suelo de 3.000 º C, y una ola de presión devastadora en un radio de 2 Km. Los efectos fueron inmediatos: en 3 segundos se desintegraron los cuerpos de 110.000 víctimas inocentes y causó graves heridas y quemaduras a otras 190.000, al tiempo que la completa totalidad de los edificios situados en el perímetro de la onda expansiva fueron destruidos por el fuego. Estos fueron los efectos inmediatos, los efectos convencionales; sin embargo, Hiroshima y sus habitantes habían sido víctimas del primer bombardeo nuclear de la historia, así que pronto vendrían los efectos de larga duración: las deformaciones y las malformaciones congénitas producidas por la exposición a la radioactividad de cientos de miles de víctimas inocentes.

Tres días después, sin atender a ninguna reacción diplomática de los japoneses, el presidente estadounidense Truman autorizaba el lanzamiento sobre Nagasaki de Fat Man, la tercera de las bombas que se fabricaron en el marco del Proyecto Manhattan; la primera (Trinity) había sido detonada en el desierto de Nuevo México como ensayo el 16 de julio anterior. En esta ocasión, los efectos también fueron devastadores, aunque un error de cálculo evitó que fuesen mayores, pues su carga explosiva (21 kilotones) casi duplicaba la anterior: 70.000 víctimas inocentes murieron también en cuestión de segundos y todo lo que había en un radio de 2,5 Km. del epicentro quedó reducido a cenizas.

Estamos ante el mayor acto criminal de la historia y sesenta años después, los EE UU continúan justificando su acción, que siguen considerando necesaria y legítima. En este sentido, resulta reveladora la lectura del prestigioso semanario neoyorquino Time, que dedicaba su portada del pasado 1 de agosto a Kimuyo Watanabe, «quien perdió a su familia el 6 de agosto de 1945» en Hiroshima, y titulaba el número «Testigos de Hiroshima». De hecho, el artículo que abre el reportaje («Vivir bajo la nube»), empieza con esta sentencia legitimadora: «la bomba atómica arrojada sobre Japón puso fin a una terrible guerra»; sin embargo, lo cierto es que, a pesar de la insistencia con que se repite ese argumento, no hay nada más falso. En este sentido, conviene recordar que Alemania ya capitulara, que las fuerzas nacionalistas chinas vencieran a las tropas imperiales en Manchuria, que las Filipinas, Iwo Jima y Okinawa ya estaban controladas por los EE UU, que la fuerza naval nipona fuera derrotada y destrozada en la batalla de Midway y que Tokio había sido tan persistentemente bombardeada que los japoneses ya habían solicitado la rendición por conductos diplomáticos que se mantuvieron ocultos a su población. ¿No es entonces cierto y evidente que la guerra pudo haber concluido también sin la necesidad de provocar semejante terror? Así pues, habrá que buscar otra justificación para semejante acción militar.

También llama la atención, en el especial aniversario de Time, el artículo de fondo de David M. Kennedy, profesor de Historia en la Universidad de Stanford, donde, a pesar del título («Cruzando el umbral moral»), no se realiza ninguna condena de los hechos, si no que por el contrario se minimizan al señalar que «las armas que incineraron esas dos desafortunadas ciudades (Hiroshima e Nagasaki) representaron una innovación tecnológica de temibles consecuencias para el futuro de la humanidad». Curioso tratamiento: armas incendiarias (¿y los efectos nucleares?), desafortunadas ciudades, innovación tecnológica… sólo al final señala las temibles consecuencias para el futuro da humanidad (aunque no indica cuales) y destaca la necesidad de centrar en ese punto una futura discusión moral.

No obstante, esa futura discusión moral no tendrá lugar en tanto que, como se advierte a lo largo del especial aniversario y de las noticias que leemos en toda la prensa occidental servil con el imperio, nos sentimos orgullosos de esa acción militar. En este sentido, fijémonos en el trato que deparamos a los «Testigos de Hiroshima» (los supervivientes del bombardeo nuclear, las víctimas, y la tripulación que pilotaba los dos bombarderos B-29 que arrojaron las dos bombas atómicas, los verdugos) en la revista Time:

– a las víctimas se les trata como víctimas, aparecen sus nombres, sus fotografías, sus historias son brevemente relatadas;

– a los verdugos se les trata como héroes, aparecen sus nombres, se recrea la acción militar, quién era quien en cada bombardero, aparecen sus fotografías, se recogen sus impresiones y sus recuerdos…

En este sentido, es necesario realizar una breve reflexión: mientras que se seleccionaron 10 supervivientes de entre las víctimas del bombardeo atómico, de las cuales se recoge una pequeña historia del tipo «Niimi estaba en casa con su madre y su hermana el 6 de agosto. Su hermano y su padre trabajaban cerca de la zona cero. Su padre fue gravemente herido en el bombardeo y murió una semana después; nunca volvió a ver a su hermano. Se casó con otro superviviente, con el que tuvo tres hijos», que se inserta como pie de una pequeña fotografía, a los verdugos se les realiza una amplia entrevista y se les dedica un amplio reportaje resaltando su aspecto humano, incluso se proyecta de ellos la imagen de ancianos entrañables y tiernos que le están contando a sus nietos una historieta de la que se muestran orgullosos. Destaca, pues, el hecho de que los miembros de la tripulación (cuyos nombres, rango y puesto que ocupaban son sobradamente conocidos) son vistos como héroes, como soldados patriotas que cumplieron satisfactoriamente su misión; de hecho, el coronel Tibbets declaró en más de una ocasión que estaba sumamente orgulloso de su acción, que sin dudarlo volvería a repetir, y fue condecorado por el gobierno de los EE UU. No en vano se les conoce con el nombre genérico de flyboys y nombres como Enola Gay, Bockscar, Little Boy o Fat Man, figuran en nuestro imaginario colectivo bajo el signo de la admiración, apenas recordamos que esas armas son las que causaron el mayor número de muertos en una sola acción militar.

Contrasta, frente a este tratamiento para con los héroes-verdugos, la información elaborada con ocasión de otro célebre aniversario: el de la liberación de los campos de exterminio nazis. Si los tripulantes del Enola Gay y del Bockscar son héroes, los ejecutores de Auschwitz y otros campos de exterminio son criminales de guerra, son asesinos que actuaban en nombre de una política genocida y xenófoba sustentada en el más odioso racismo alemán. No obstante, ¿cuál es la sutil diferencia que existe entre Auschwitz e Hiroshima? Quizás la única diferencia reside en el ordenante, en el primer caso el abominable Hitler, en el segundo el presidente Truman. De hecho, en ambos casos murieron víctimas inocentes: ya fueran judíos alemanes o japoneses, en ambos casos fueron víctimas de una guerra provocada para satisfacer intereses ajenos a los suyos.

En este sentido, hay que decir bien alto y claro que Auschwitz e Hiroshima son las dos caras de una misma guerra entre imperialismos, una guerra en la que, como ha demostrado brillantemente el historiador estadounidense Higham en su libro Transacciones concertadas con el adversario: desenmascaramiento del complot monetario nazi-estadounidense de 1939-1945, la familia Rockefeller, la Ford, Sosthenes Behn, o la familia Morgan, apoyaron y negociaron hasta el último momento con Hitler, dándose la circunstancia de que los aviones que bombardeaban a los norteamericanos que avanzaban hacia Berlín lo hacían gracias a los motores que le suministraba la Ford y el combustible que le suministraba la Standard Oil of New Jersey, de la familia Rockefeller: al gran capital no le interesan las vidas humanas, sólo los beneficios.

No obstante, en tanto que Auschwitz forma parte de los crímenes de los perdedores hoy, sesenta años después, son recordados bajo el signo de la condena y el nunca más, no hay que olvidar que el gobierno alemán que sucedió al III Reich pidió disculpas por los crímenes cometidos durante el nazismo; sin embargo, en tanto que Hiroshima forma parte de los crímenes de los vencedores hoy, sesenta años después, continúa siendo justificada como una acción necesaria para poner fin a una terrible guerra y, por tanto, continua siendo legitimada, de hecho, el gobierno de los EE UU nunca ha condenado ese crimen ni ha pedido disculpas a las víctimas.

En definitiva, 60 años después del bombardeo atómico norteamericano de Hiroshima e Nagasaki, es necesario pensar Hiroshima, es necesario pensar en las causas de la legitimación del mayor acto criminal de la historia de la humanidad. Así, hoy, sesenta años después, debemos denunciar el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki y renunciar a considerar que fueron actos de guerra necesarios. Hoy, sesenta años después, debemos admitir que en los campos de exterminio nazis, en la ciudad de Hiroshima o Nagasaki, como también en la ciudad de Dresde y Tokio (víctimas de un bombardeo convencional terrorífico), murieron víctimas inocentes de una guerra que únicamente satisfacía los intereses del gran capital.

Hoy, sesenta años después, debemos condenar con la misma intensidad Auschwitz e Hiroshima, pero sobre todo debemos condenar el sistema que engendró esas atrocidades, el mismo sistema que hoy nos gobierna con otras armas: el capitalismo.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Preguntas y respuestas

 

WhatsApp recibido hoy mismo. Habrá quien niegue estos hechos, quien prefiera ignorarlos y hasta quien los vuelva del revés.

¡Qué le vamos a hacer! 



Preguntas obligadas que debe saber cualquier venezolano

–¿Cuántas armas de destrucción masiva tenía Sadam Hussein?

Ninguna

–¿Cuántos muertos dejó la intervención democrática de EEUU en Irak?

Más de un millón

–¿Quién se quedó con el petróleo y el negocio de la reconstrucción de Irak?

Las corporaciones yanquis

–¿Cuántos derechos civiles recuperó el pueblo iraquí?

Ninguno

–¿Cuántas sanciones y bloqueos sufrieron los dictadores Videla, Pinochet, Somoza, Batista, Ríos Montt, Banzer o Trujillo?

Ninguna

–¿Cuántos fueron financiados y bendecidos por EEUU?

Todos

–¿Cuántas bases militares yanquis hay en Venezuela?

Ninguna

–¿Cuántas bases militares yanquis hay en Colombia?

Nueve

–¿Cuántos casos de desaparición forzada hay en Colombia?

Cerca de 80.000 (entre 1970 y 2018) Y 7,7 millones de desplazados

–¿Cuánta conmoción mundial producen estos hechos?

Ninguna (y el presidente Duque se reúne con Trump por la crisis en Venezuela)

– ¿Quién votó por Juan Guaidó?

Trump, Trudeau, Duque, Macri, Bolsonaro, Piñera y la liga de los lamebotas

–¿Quién votó a Nicolás Maduro?

6.245.862 venezolanas y venezolanos

–¿Qué país tiene la mayor reserva de petróleo del mundo?

Venezuela: 360.000 millones de barriles

–¿Qué país es el mayor consumidor de petróleo del mundo?

Estados Unidos

–¿Cómo puede ser una amenaza para la potencia militar más grande del mundo, que tiene 700 bases militares en todo los continentes... Y más de 300.000 soldados?

–¿Qué país es el mayor productor de armas del mundo?

Estados Unidos

–¿Por qué los países dominantes del mundo acusan a CHINA y RUSIA de querer dominar al mundo, si ninguno de ellos ha invadido ningún país, ni trata de intervenir en los asuntos internos de ninguna nación?

–¿Cuántos países ha invadido EEUU?

Más de 50

–¿Cuántos de esos países invadidos están mejor, que antes?

NINGUNO

–¿Cuánta Democracia, Derechos Humanos y Ayuda Humanitaria llegó junto a las tropas yanquis?

Ninguna


–¿En serio, la solución para Venezuela vendrá de la mano del Pentágono, Donald Trump, Israel y el FMI?

Oscar Muñoz


Sobrevivir

Hoy mismo publica Antonio Turiel en su blog el artículo World Energy Outlook 2020: La dificultad de seguir engañándose en el que hace una reseña del último informe anual de la Agencia Internacional de la Energía, que presenta importantes e inquietantes novedades. Acaba de salir su libro Petrocalipsis. El título lo dice todo.

Como se recuerda en la reseña que sigue, para superar esta crisis energética hay que salir del actual esquema económico y social, basado en el crecimiento, porque de todos modos estamos condenados a decrecer. Es el capitalismo el que no funciona, ya se está desmoronando y lo terrible sería desembocar en un sistema ecofascista, con sus variantes militarista y expansionista o cerrada y neofeudal (las propuestas ideológicas del imperio combinan regularmente aislacionismo e intervencionismo). La única esperanza está en una fórmula democrática que gestione los límites respetando las libertades.

Ese futuro depende de una amplia toma de conciencia global.



El científico Antonio Turiel es pesimista y predice un 'Petrocalipsis'

Isabel Ibáñez

Cuando decimos 'seamos realistas', es porque vamos a soltar un pensamiento casi siempre agorero que debe ser advertido para poner sobre aviso al interlocutor. Así que si lo que se anuncia sin tapujos es buena dosis de pesimismo y el que lo hace es Antonio Turiel, científico y divulgador medioambiental, licenciado en Físicas y Matemáticas, doctor en Física Teórica e investigador del Instituto de Ciencias del Mar (Barcelona), entonces hay que echarse a temblar. Acaba de escribir un libro con un título, 'Petrocalipsis' (Ed. Alfabeto), que podría servir para otra entrega de 'Mad Max'. Trata de la 'Crisis energética global y cómo (no) la vamos a solucionar'.

«Los últimos años del siglo XX vieron la explosión del pensamiento positivo. 'Piensa en positivo', decían, y de esa manera todos tus problemas se solucionarán. Si el lector es de los que piensan que todos lo problemas tienen solución, este no es su libro», avanza en el prólogo. Y echar una ojeada al índice supone entrar en barrena: 'Por qué no podremos seguir utilizando el petróleo', 'Por qué no sirven los biocombustibles', 'Por qué no encontraremos la solución en la energía nuclear', 'Por qué no todo se puede alimentar con energía eólica'... ¿Qué pasará cuando el petróleo se acabe? Turiel desmonta «el entramado de ideas preconcebidas» con el que suele explicarse una crisis energética «de la que no saldremos jamás dentro del esquema económico y social del que nos hemos dotado. Físicamente es imposible volver a crecer desde una perspectiva económica, y no solo eso, sino que estamos condenados a decrecer».

Sobre el petróleo, advierte de que aun sabiendo que es perjudicial para el medio ambiente, «cuesta mucho prescindir de ese líquido con propiedades casi mágicas. Pero nos va a abandonar mucho antes de que nosotros renunciemos a él», por su escasez. Aunque se pongan esperanzas en las nuevas fuentes de crudo que quieren explotar en los espacios dejados al descubierto por el cambio climático, como las zonas desheladas del océano Ártico, idea que Turiel desecha pues, a la dificultad de extraer el crudo en aguas profundas, por costes y peligrosidad, se añade la dureza de «las condiciones en una zona sumida en la penumbra o en la oscuridad seis meses al año» y con una meteorología extrema...

Para reparar este 'petrocalipsis', cree que tampoco podemos esperar «milagros» del gas natural, que entrará pronto en declive. El carbón se colocaría así a la cabeza de las reservas de combustibles fósiles, que al ritmo actual durarían un par de siglos, pero los mejores y más accesibles yacimientos (minas) han sido explotados ya, dificultando nuevas extracciones, sin contar que es el combustible más contaminante en CO2, dióxido de azufre y otros gases; en resumen, una ayuda momentánea y perjudicial.

No hay panaceas

Los biocombustibles consumirían en su fabricación demasiados recursos alimenticios de elevarse su producción al nivel necesario. Tampoco la fractura hidráulica o 'fracking' será la «panacea» por sus inasumibles costos. En cuanto a la energía nuclear, apunta que tiene más pasado que futuro, lastrada por la escasez de uranio y su bajo rendimiento económico, y reniega de las promesas tecnológicas para darle impulso. La energía hidroeléctrica (las presas) ya ha sido largamente explotada en el mundo occidental y el potencial que puede lograrse es muy limitado.

En cuanto al máximo de energía que podrían producir los parques eólicos, quedaría muy por debajo de nuestro consumo actual. ¿Y por qué no instalar millones de paneles solares? Pese a que el potencial del sol es enorme, los sistema fotovoltaicos tienen muchas limitaciones y nunca cubrirían la demanda, además de que tienen mayor impacto ambiental de lo que se piensa, pues grandes extensiones de placas solares elevarían mucho la temperatura local, con lo que afrontaríamos un problema similar al que se quiere solucionar. Y para fabricar las placas se necesita una plata que escasea.

Turiel asegura que planteamos un problema sin solución: «¿Cómo seguir creciendo de manera indefinida en un planeta finito? Y la solución no es científica ni tecnológica, sino un nuevo sistema económico y social que no necesite forzosamente el crecimiento». Porque considera que es el capitalismo lo que no funciona. «Y ya se está desmoronando. El problema será hacia dónde nos encaminemos», pues podríamos acabar en un «sistema ecofascista», uno «militarista y expansionista» o incluso en un neofeudalismo. Pero también sería posible una fórmula democrática capaz de gestionar los límites garantizando las libertades individuales». Eso dice en el último capítulo, 'Por qué sí': «El futuro está en nuestras manos», concluye, al fin, optimista.

martes, 13 de octubre de 2020

Tecnolatría

Según la doctrina católica, la confesión sincera borra el pecado. Mecanismo que corrientemente utiliza el creyente para "poner a cero" el contador cada cierto tiempo... y seguir pecando. Así que la confesión opera en la práctica como un mecanismo mágico que permite continuar haciendo "lo de siempre".

El mecanismo mágico, bálsamo liberador de conciencias cuando se peca contra la naturaleza parece ser la tecnología, que borrará los desmanes cometidos. Los creyentes de la religión tecnológica confían en ella como en un sacramento.

No parece un mecanismo muy seguro.

'Tecnolatría' o el peligro de pensar que sólo la innovación nos salvará de la crisis climática

ALEJANDRO TENA

Venecia ha probado con éxito su sistema de diques contra las inundaciones, una herramienta que más allá del alivio que produce en la población, lleva a reflexionar sobre el riesgo de apostar todo a la tecnología y obviar actuar sobre la raíz del problema climático.





Un gigantesco sistema de diques para evitar que la subida del mar engulla Venecia. Esta infraestructura de acero, denominada Módulo Sperimentale Elettromeccanico (MOSE), ha sido probada con éxito en la laguna que rodea la ciudad italiana para tratar de mitigar los efectos de unas inundaciones que, a causa de la crisis climática, se han vuelto más habituales y dañinas que nunca. El muro, que emergerá del fondo marino en tiempos de acqua alta, podría ser una herramienta útil contra las severas consecuencias que desencadenará el calentamiento del planeta. No en vano, estas estructuras de metal amarillo corren el riesgo de entenderse, más que como herramienta, como salvación mesiánica contra la emergencia climática para aquellos pueblos costeros amenazados por la subida del nivel del mar.

Esta idea simple es la denominada tecnolatría, es decir, "la creencia irracional en que la tecnología es la fuente de solución de todos los problemas, incluidos los problemas que no son técnicos", tal y como advierten Héctor Tejero y Emilio Santiago, autores de Qué hacer en caso de incendio. Manifiesto por el Green New Deal (Capitán Swing). No se trata de rechazar las ayudas de la ingeniería y los avances científicos, sino entender que son herramientas paliativas que pueden hacer que la humanidad gane algo de tiempo a la hora de hallar el modo en el que actuar sobre la raíz del problema climático.

"Hay una gran tendencia al tecno-optimismo en ciertos ámbitos, desde los medios de comunicación, hasta la política. De alguna forma, es algo que está muy presente en nuestra sociedad, porque nos gusta pensar que se inventará o se construirá algo que nos dé soluciones totales", explica Samuel Martín-Sosa, coautor del libro Manual de lucha contra el cambio climático y miembro de Ecologistas en Acción, que señala la importancia que tiene entender que ninguna de las innovaciones que se plantean en el presente actúan sobre la raíz del problema, un modelo de producción que no tiene en cuenta "los límites materiales del planeta".

María Jesús Bravo, ingeniera civil y vicepresidenta primera del Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas, enfatiza en el poder que tienen las nuevas infraestructuras y la tecnología en mitigar los impactos ambientales, pero hace hincapié en la idea de entenderlas como herramientas y no como soluciones. "La ingeniería no puede cambiar la mentalidad de una sociedad o de una persona que, por ejemplo, no quiera tener un consumo responsable del abastecimiento de agua o que no quiera reciclar sus residuos", comenta. Lo que sí hace este sector es "facilitar que la sociedad pueda disfrutar de determinados avances como el uso controlado del agua o el reciclaje".

El problema no es la tecnología, sino la idolatría de la misma. Esa suerte de culto al I+D+i es lo que ha definido a Elon Musk, CEO de Tesla, como salvador de la humanidad a golpe de baterías eléctricas, automóviles de lujo eléctricos y el deseo de colonizar el espacio. Representa, según Martín-Sosa, "la arrogancia de la humanidad de pensar que podremos controlar el clima". Y es que el ejemplo de Tesla, el vehículo del siglo XXI, es el más paradigmático: "No hay recursos para sustituir todos los combustibles fósiles por las nuevas energías, sin embargo, es un debate que no existe en la sociedad, que parece tener asumido que en el futuro sólo habrá este tipo de coches eléctricos".

Las soluciones al impacto de los temporales en el levante pueden ser otro ejemplo de cómo la sociedad puede ver en la ingeniería una falsa solución de un problema de dimensiones globales. Bravo señala cómo los efectos de las inundaciones del litoral español –cada vez más frecuentes por la crisis climática– pueden reducirse con obras y canalizaciones, sin embargo, pone el foco en la raíz del problema: "Ese problema concreto tiene que ver con que hay muchas construcciones donde no deben. El mar y los ríos tienen su espacio y el ser humano ha intentado expandirse al máximo".

Epidemia, pandemia, sindemia...

Si "epi" focaliza y "pan" universaliza, "sin" hace patente una relación. Hay enfermedades cuyas consecuencias para el organismo se agravan si coinciden con otras. Esas son las sindemias.

Está demostrado que la obesidad, la diabetes o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) agravan el coronavirus en quienes las padecen. También que esas enfermedades son más frecuentes en personas de bajos ingresos.

Además de eso, los más excluidos, que viven hacinados o tienen peor alimentación, los que trabajan en peores condiciones, están más expuestos al contagio. La "enfermedad social" es entonces una de las que actúan sinérgicamente con el virus.

Pero aunque las enfermedades incidan más y en peores condiciones en los excluidos socialmente, el contagio puede llegar, como vemos a diario, a las clases ricas y a los poderosos. También los privilegiados enferman y envejecen, también están expuestos, también mueren. Si lo razonan correctamente estarán interesados en evitar contagios entre los excluidos que tarde o temprano les llegarán.

La visión egocéntrica de los privilegiados puede ignorar enfermedades que son endémicas de países pobres y lejanos, o las epidemias limitadas a otros ámbitos, pero una vez que el mal salta hasta el suyo deben reaccionar tomando medidas de validez universal. En el siglo XIX fueron las epidemias de cólera las que obligaron al saneamiento de las ciudades. Porque esto amenazaba también a las metrópolis y a los burgueses que habitaban sus barrios ricos. Tomen nota tantos negacionistas de ahora, cegados por su "conciencia de clase alta" y su mezquina estrategia de confrontación.

Para combatir esta y futuras epi-pan-sindemias habrá que atacar, también, la "enfermedad social", sin olvidarse, desde luego, de la "enfermedad ecológica" con sus múltiples aspectos, entre los que esta sindemia es uno más, indisolublemente relacionado con los otros.



Algunos expertos advierten de que la covid19 no es una pandemia, sino una 'sindemia'

Telecinco

  • 'Sindemia' implica que dos o más enfermedades interactúan y causan un daño mayor
  • El SARS-CoV2 interactúa con otra enfermedades en un contexto de desigualdad social

El término pandemia está totalmente normalizado para referirse al brote de coronavirus que ha afectado a todo el mundo durante este 2020, tanto en medios de comunicación como a pie de calle. Incluso la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró a la covid-19 como pandemia el pasado 11 de marzo. Sin embargo, un grupo de expertos cree que esa palabra no se ajusta mucho a la realidad, y que más bien habría que referirse a una 'sindemia'.

Se habla de 'sindemia' (palabra que une los conceptos de sinergia y pandemia), cuando "dos o más enfermedades interactúan de forma tal que causan un daño mayor que la mera suma de estas dos enfermedades". Richard Horton, editor jefe de la prestigiosa revista médica 'The Lancet', publicó hace unos días un artículo en el que explica por qué se debe usar este concepto, cuñado en los 90 por el médico estadounidense Merrill Singer.

Según Horton, el coronavirus es una 'sindemia' porque el SARS-CoV-2 interactúa con enfermedades no transmisibles (diabetes, cáncer, problemas cardiacos, etc.) y además lo hace en un contexto social y ambiental caracterizado por la inequidad o desigualdad social.

El propio Merrill Singer, en declaraciones a la BBC, explica que en el caso de la covid-19, "vemos un índice desproporcionado de resultados adversos en comunidades empobrecidas, de bajos ingresos y minorías étnicas". Tiff-Annie Kenny, investigadora de la Universidad Laval, en Canadá, añade que enfermedades como la diabetes o la obesidad, factores de riesgo para el coronavirus, son más comunes en personas de bajos recursos.

Además, Kenny explica que el caso de la covid-19 no es comparable al de otros virus: "Hay evidencia creciente de que la gripe y el resfriado común son contrasindémicos. Es decir: la situación no empeora. Si una persona está infectada con los dos virus, una de las enfermedades no se desarrolla".

Estos expertos creen que si empezamos a considerar al coronavirus como una 'sindemia', debemos cambiar la estrategia: para frenar el avance y el impacto del coronavirus es fundamental fijarse en las condiciones sociales que hacen que algunos grupos sean más vulnerables que otros. "Tenemos que abordar los factores estructurales que hacen que a los pobres les resulte más difícil acceder a la salud o a una dieta adecuada", dice Merrill Singer.

Incluso Richard Horton da un paso más: "No importa cuán efectivo sea un tratamiento o cuán protectora sea una vacuna, la búsqueda de una solución para la covid-19 puramente biomédica fracasará". "A menos que los gobiernos diseñen políticas y programas para revertir disparidades profundas, nuestras sociedades nunca estarán verdaderamente seguras frente a la Covid-19", concluye Horton.

sábado, 10 de octubre de 2020

La panacea del hidrógeno

Varias veces he llamado la atención en este blog sobre la ignorancia que la mayoría tiene sobre las leyes de la termodinámica, el concepto de entropía y la degradación de la energía en todos los procesos irreversibles. En la práctica, en todos los procesos reales.

La tecnolatría es mala consejera. La tecnología no puede superar las leyes de la física, en este caso las de la termodinámica. La energía no se destruye, pero se degrada parcialmente y se vuelve inutilizable. Las energías disponibles no pueden producir más energía. Es una forma más de dar vueltas al móvil perpetuo. Sobre este tema ya se ha dicho la última palabra, al menos en el universo conocido.

Para desmontar falsas ilusiones es muy recomendable el libro Móvil Perpetuo antes y ahora de V. M. Brodianski, pequeño manual de divulgación de la época soviética: 

El llamado móvil perpetuo ocupa en la historia de la ciencia y la técnica un lugar especial y muy notable, pese a que no existe ni puede existir. Este hecho paradójico se explica, ante todo, por que las búsquedas del móvil perpetuo por los inventores, que continuaron más de 800 años, están relacionada con la formación de la representación de la noción fundamental de la física: la energía. Es más, la lucha contra los errores de los inventores de los móviles perpetuos y de sus defensores científicos (también existían tales) contribuía en sumo grado al desarrollo y el establecimiento de la ciencia sobre las transformaciones de la energía, la termodinámica.

Hay una ignorancia inocente del que simplemente no sabe y otra más o menos culpable del que se niega a saber. Pero los que proponen soluciones maravillosas a problemas que tienen que ver con los recursos conocen esta ciencia y saben perfectamente que están engañando.

Pueden argumentar que lo hacen porque "sería peor que la gente supiera la verdad: al pánico seguiría el caos". Más bien me inclino a creer que sus mezquinos intereses, particulares o de grupo, están por encima de cualquier sentido ético.

La sordidez de esta conducta la desnuda el artículo que sigue:







Asalto al tren del hidrógeno

Queridos lectores:

Durante las últimas semanas, han proliferado las noticias y los anuncios de grandes empresas, de gobiernos y de la propia Comisión Europea anunciándonos la llegada de un nuevo mesías salvador en el panorama energético, una nueva fuente de energía que conseguirá al tiempo descarbonizar nuestra economía (evitando así las emisiones de dióxido de carbono que están desestabilizando el clima de nuestro planeta) y nos proporcionará una alternativa a los combustibles fósiles, ahora que empiezan su declive energético. Y esta fuente milagrosa tiene nombre: el hidrógeno verde.

Todo parece perfecto. Demasiado bonito para ser verdad, para ser sinceros, puesto que la idea de usar hidrógeno como combustible lleva circulando ya varias décadas sin que hasta ahora haya podido cuajar. ¿Qué es lo que ha cambiado ahora?

Las repetidamente alabadas ventajas del hidrógeno:

A principios del siglo XXI tuvo mucho predicamento el concepto de "Economía del hidrógeno", acuñado por el economista norteamericano Jeremy Rifkin. De acuerdo con esta idea, se iba a producir durante el siglo XXI una revolución energética y la Humanidad haría una transición desde los combustibles fósiles hacia el hidrógeno.

La principal ventaja del hidrógeno es que es un gas cuya combustión produce un producto inocuo: agua, simplemente agua. 

Además, se puede sintetizar de manera simple gracias a un proceso de electrólisis, que consiste en hacer circular electricidad por una cubeta de agua (a la que en ocasiones se le añaden sales para acelerar la reacción); en el cátodo se acumula el hidrógeno y en el ánodo el oxígeno, que quedan así separados.

Por si todo eso fuera poco, el hidrógeno tiene un alto contenido energético en peso, siendo su densidad energética por kilogramo hasta tres veces la de la gasolina.

La idea de Jeremy Rifkin era aprovechar la electricidad generada por fuentes renovables para convertir agua en hidrógeno por electrólisis, aprovechando los excedentes que se producen a ciertas horas para poder utilizarlos en otro momento. De ese modo, se compensa la intermitencia de las fuentes de renovables y se tiene un combustible que permite mover vehículos de manera autónoma (sin depender de una red eléctrica o unas vías).

La desventaja más obvia del hidrógeno:

La principal desventaja del hidrógeno es que no es una fuente de energía. En la naturaleza no se encuentra hidrógeno puro, siempre está formando parte de compuestos químicos, y para obtenerlo se tiene que extraer de alguna parte (con una reacción físico-química como la electrólisis que comentábamos más arriba, o directamente química, como la reforma del metano - un proceso por el cual se separa el gas natural en hidrógeno y dióxido de carbono). El proceso de extracción implica siempre una pérdida considerable de energía de la fuente que se ha usado para producir la síntesis del hidrógeno (los sistemas de electrólisis más eficientes tienen pérdidas de "solo" el 30% de la energía eléctrica usada en el proceso, aunque lo normal es que suban hasta el 50%, en tanto que en el proceso de reforma de hidrocarburos, ya sean fósiles o de origen vegetal, las pérdidas de energía son similares). A día de hoy, dada la todavía abundancia de gas natural, sigue siendo más barato producir hidrógeno por transformación de metano: el 95% del hidrógeno (que se usa en diversos procesos industriales) se produce de esta manera.

Ello implica que, por tanto, debe haber una fuente de energía que se debe usar para producir hidrógeno con ciertas pérdidas. Si el problema al que se tendrá que enfrentar la sociedad en los próximos años es el del descenso de la energía disponible, utilizar hidrógeno implica perder más de esa energía que se va a volver escasa. Y es que la premisa de Rifkin de que habrá sobrantes de energía renovable es muy discutible, ya que las fuentes renovables tienen muchas limitaciones. Eso no quiere decir que el hidrógeno sea inútil: para algunas aplicaciones puede ser conveniente tener un combustible potente que te dé autonomía aunque pierdas energía en producirlo. Sin embargo, lo que está claro es que no se podrá adoptar masivamente porque eso implicaría derrochar mucha de esa energía cada vez más escasa.

En resumen, el hidrógeno no es una fuente de energía (algo que produce energía), sino que es un vector energético (algo donde guardar energía). No del todo interesante en un momento en que nos faltará energía.

Los "otros problemillas" del hidrógeno:

Además de los problemas mencionados, el hidrógeno tiene otros cuantos problemas bastante serios (pueden encontrar más detalles en este post de Beamspot):

  • El hidrógeno es un gas: Aún cuando la densidad energética en peso del hidrógeno sea muy alta, su densidad energética en volumen depende de a qué presión esté almacenado (más moléculas de gas, más presión) y en general es mediocre. Hay que almacenar el hidrógeno a alta presión para conseguir densidades energéticas en volumen medianamente decentes (750 bares de presión, que es como la presión del mar a 7.500 metros de profundidad). Eso implica usar depósitos con paredes muy gruesas y resistentes (y por tanto muy pesados), y una grieta en el depósito puede provocar una explosión.
  • El hidrógeno es muy fugaz: La molécula de hidrógeno es una de las más pequeñas en la naturaleza, y eso hace que sea muy fugaz: incluso en los mejores depósitos, a las presiones de trabajo que se usan, pérdidas diarias del 2 o el 3% del gas contenido son normales. Eso, hablando de un gas invisible, inodoro y altamente inflamable hace que se deba tener especial cuidado con la ventilación en los alrededores de los depósitos de hidrógeno, aparte de que ese escape diario disminuye aún más la eficiencia del hidrógeno como combustible.
  • El hidrógeno corroe las conducciones: Es conocido que el hidrógeno reacciona con el acero al carbono formando hidruros que las corroen, fragilizando así las cañerías que lo trasportan (brittlening). Para evitar ese problema se deben revestir internamente las conducciones con un polímero (un plástico), lo cual añade costes y dificulta usar las actuales conducciones de gas natural para su transporte
  • La eficiencia final en vehículos es muy baja: Contando todas las pérdidas, la eficiencia energética desde la boca de producción hasta el movimiento motor del vehículo (well to wheel) suele rondar el 25%, frente al 75% o incluso más de los vehículos eléctricos. Encima, las pilas de combustible que se tienen que usar y que encarecen estos vehículos llevan materiales escasos como el platino.

Entonces, ¿por qué se habla tanto del hidrógeno ahora, precisamente?

Es llamativo que ahora que hasta BP reconoce (a regañadientes y disfrazándolo de pico de demanda) que nos estamos adentrando en la era post-petróleo, de repente hayamos vuelto los ojos a este vector energético, el hidrógeno, que puede usarse en aplicaciones concretas pero nunca a escala masiva. 

Una de las cosas que más llama la atención es la insistencia (por ejemplo en Francia, en Alemania y recientemente en España) en hablar del tren de hidrógeno. Si hay un vehículo para el cual el uso de hidrógeno no tiene ningún sentido es el tren. El tren es un vehículo no autónomo porque está forzosamente ligado a la vía y por tanto circula por donde está predeterminado. El tren es el caso perfecto para la electrificación, donde está más que demostrado un aprovechamiento eficiente de la energía, ya que además parte de la energía se recupera en los frenados. El porcentaje de vías electrificadas en Europa supera el 50% y hasta hace unos años la tendencia era a aumentar este porcentaje. Tiene mucho más sentido expandir el cableado eléctrico de las vías que crear toda una compleja infraestructura para producir y almacenar masivamente una materia muy volátil e inflamable con grandes pérdidas, que encima implica usar unos motores más complejos, caros e ineficientes.

Entonces, ¿por qué ahora? ¿Por qué esa obsesión con el hidrógeno verde y el tren de hidrógeno?

La clave está en el proyecto impulsado por Alemania de crear una central hidroeléctrica en el río Inga, en el Congo, que además produciría hidrógeno por hidrólisis. Las dimensiones del proyecto son colosales: la presa produciría el doble de potencia, 44 Gw, que la gigantesca presa de las Tres Gargantas en China, y sería así la mayor del mundo. De acuerdo con fuentes del Gobierno alemán, quien apoya el proyecto, el objetivo declarado sería exportar "hidrógeno verde" a Europa. Por descontado que el proyecto ha recibido muchas críticas porque no sería provechoso para la población local.

Es conocido que el potencial hidroeléctrico de Europa y América del Norte está prácticamente aprovechado al máximo, y en Asia poco más o menos. Solo Sudamérica y sobre todo África tienen aún un gran potencial para la generación hidroeléctrica. Así que se trata de aprovechar ese potencial, aunque sea con unas pérdidas atroces en la conversión a hidrógeno, y luego llevar ese hidrógeno a Europa para que mantenga en marcha nuestra industria aquí.

Sólo hay un problema: ¿cómo transportar el hidrógeno desde el corazón de África hasta Europa? El barco no es una buena opción, porque aunque es el transporte más eficiente en energía consumida por kilogramo transportado, es también el más lento, y con la fugacidad del hidrógeno los depósitos llegarían con la mitad de su carga original a Europa tras dos o tres semanas de singladura. Hace falta algo más rápido. Aquí es donde entra el tren: es el segundo medio de transporte más eficiente, y es mucho más rápido que el barco: el hidrógeno que se recoge hoy en el Congo podría estar en dos o tres días en Alemania. Además, África ya tiene una extensa red ferroviaria que se podría aprovechar. Pero esa red está casi toda sin electrificar. Es aquí por tanto que nos hace falta desarrollar un tren de hidrógeno.

Así que ya lo saben: toda esta historia tan moderna del tren del hidrógeno en realidad camufla una historia mucho más antigua (y oscura): el colonialismo, en este caso energético. Vamos a ir a África para arrebatarles sus últimos recursos, los renovables.

Ésta es la respuesta que está preparando la Unión Europea delante de la grave crisis energética que nos plantea el peak oil. Es un último intento por no cambiar nada, esquilmando una vez más a los países del sur.

¿Qué puede salir mal?

Básicamente, todo. 

No está claro que las poblaciones locales se dejen esquilmar sus recursos sin reclamar su propiedad.

No es evidente que se puedan mantener abiertos los miles de kilómetros de vías de hay desde Kinshasa hasta Berlín, atravesando una docena de países, en una situación de hundimiento económico y social generalizado que nos van a acompañar durante los próximos años.

No está claro de dónde vamos a sacar el resto de materiales que necesitamos para hacer una implementación masiva de una "economía del hidrógeno" a escala europea en ese mismo escenario de hundimiento económico cuando algunos de esos materiales tendrían que venir de aún más lejos, de otros continentes.

Y cuando el hidrógeno esté en Europa, no está nada claro cómo lo vamos a aprovechar. Siendo muy, muy optimistas los 44 Gw de Inga nos proporcionarían una potencia media de 22 Gw (pérdidas totales de solo el 50%): incluso asumiendo que habláramos de energía final, en 2017 Europa consumió 1.222 millones de toneladas equivalente a petróleo, lo cual equivale a unos 14.200 Tw·h de energía, o una potencia media de 1,62 Tw, es decir, 1.620 Gw o 73 veces la potencia media que aprovecharíamos muy idealmente de Inga. Lo malo es que África no puede darnos 73 Ingas; como mucho, dos o tres, lo cual, como se pueden imaginar, no va a aliviar mucho nuestra situación.

Lo peor es que para garantizar el suministro de esas gotas de energía a arrojar en el desierto de nuestra sed energética, Europa puede manu militari asegurárselo. Hace años comenté sobre el peligro de la deriva belicista el Viejo Continente, y me temo que ese peligro sigue muy vivo. Y la reciente visita de nuestro presidente a Argelia me ha hecho avivar una vieja y acuciante pregunta... ¿Qué sentido tiene enviar a nuestros hijos a morir en tierras lejanas luchando por salvar algo que de todos modos es insalvable? ¿Qué sentido tiene que maten a los hijos de los pobres desgraciados a los que iremos a hostigar?

Conclusiones:

El hidrógeno verde no es solo un grandísimo error, porque supone un malgasto energético enorme, sino que, en el contexto de la crisis energética que se nos viene encima con el declive del petróleo, probablemente oculta una voluntad infame de apropiación por parte de los países ricos de las fuentes de energía que les quedan a los pobres. Pero quienes diseñan estos planes no se dan cuenta de que el ni el potencial renovable de un gran continente como es África basta para satisfacer el actual derroche energético europeo. Todo apunta a que la cosa saldrá mal, a que esta aventura será un peligroso fracaso, así que más valdría comenzar a hacer planteamientos más pragmáticos (y honrados) para los tiempos que vienen.

Salu2.

AMT 

P. Data: Gracias a Félix Moreno por hacer un primer análisis de este mismo tema, acertado como él lo está siempre.