viernes, 24 de junio de 2011

Ocurrió hace un año...

...y, bajo la impresión por lo ocurido, escribí esto:

Sobre el accidente de Castelldefels


Espeluznante. He dudado si repetir lo que oí. El ruido del impacto del tren contra los cuerpos sonó como la descarga de un camión de piedras. Seguramente los que murieron no tuvieron tiempo de darse cuenta. Los heridos (no sé de mutilados entre ellos) parecen recuperarse. Su sufrimiento habrá sido tan grande y tan poco compartible (quizá lo imaginemos un instante, rechazando instintivamente la idea con un escalofrío) como el de tantas víctimas de accidentes, de carretera o laborales; o bombardeos, atentados...

Me viene a la cabeza el peligro constante que supone la convivencia con la máquina. Su fuerza, su velocidad, sus ritmos, se acoplan mal a las capacidades y sentidos humanos. Adaptativamente cada especie animal, y no somos una excepción,  ha evolucionado para enfrentarse a los peligros de su medio ambiente, a sus enemigos naturales. Tanto el cazador como la presa en movimiento procesan la información sobre la distancia que los separa y pueden reaccionar. Su cerebro calcula el tiempo para contactar, no siempre con éxito. Desde luego nunca con éxito para ambos. Pero sus velocidades son comparables.

Al conducir un automóvil, el aumento brusco del tamaño aparente del que nos precede, y una cierta experiencia, nos hacen frenar bruscamente: ambas velocidades son comparables. Pero impactaremos seguramente en el caso, poco previsible, de otro vehículo parado en mitad del carril de una autopista. Cuántos gatos son atropellados al atravesar la carretera, confiados en su propia velocidad. La del coche no puede entrar en su cálculo.

Cruzar las vías del ferrocarril es siempre arriesgado. Pero hay todavía pasos sin guarda. Para trenes de velocidad media, en el campo silencioso en que se oía su traqueteo, se cruzaba la vía con mucha prudencia y poco riesgo. La velocidad de los trenes actuales lo hace mucho más peligroso. Por eso se vallan las autopistas y los trenes de alta velocidad. El paso de trenes a toda velocidad sin parada en las estaciones, es un tributo a la prisa y al ahorro de medios. Es intolerable que en ese caso no tomen una ruta independiente, separada de la estación.

Para muchas personas, entre las que me incluyo, es razonable cruzar una calle con carril estrecho y único, con semáforo en rojo, con visibilidad de 500 metros, si no se ve un vehículo en ese trayecto y la espera es de varios minutos. No lo es cruzar las vías de una estación. Pero si no hay algún signo de llegada inminente de un tren son muchos los que lo hacen. El riesgo procede de la enorme velocidad de esos trenes que no tienen parada en la estación. No se puede permitir que un tren atraviese así una vía en la que la experiencia habitual es ver los trenes parados, o llegando lentamente.

¿Hubo imprudencia? ¡Claro que sí! pero, ¿y la imprudencia de los que permiten que esta situación de riesgo previsible se dé? Los responsables de las infraestructuras ferroviarias no deben permitir que confluyan en un mismo lugar velocidades tan distintas como las del peatón y la de un tren de velocidad muy alta. Los trenes que no se detienen no deben pasar por donde otros paran. Abaratar costes aumentando riesgos es una imprudencia criminal.

Vivimos peligrosamente en una sociedad peligrosa. En unas sociedades que teóricamente rechazan la violencia, que teóricamente han eliminado los castigos corporales y la pena de muerte (no siempre la tortura), pasamos por alto numerosas carnicerías. Nadie muere aquí en la hoguera, ni en la horca, ni descuartizado... por orden de la justicia. Pero sí se dan estas muertes atroces en accidentes de distinto tipo: de carretera, laborales, generalmente por un cálculo de costes externalizados todo lo posible, porque no responde de ellos el que origina los daños (a veces responde con su cabeza el turco de menor cuantía al que le toca cargar con la culpa, otras se le echa la culpa al muerto, que es lo más fácil).

La eficiencia a toda costa, la competitividad, el economicismo, ignoran costes sociales, costes ecológicos y medioambientales, incluso costes materiales cuando los paga otro. Sólo una economía ecológica, integradora en el capítulo del debe de los desastres que muy previsiblemente causará una actividad; que incluya en los costes, junto a la defensa de la naturaleza, la defensa de los seres humanos, costes en vida y salud, en tiempo libre (¿cuánto vale?), en la que cada empresa, cada país, no sea un sistema cerrado, que aumente sus ventajas, su orden interno, a costa de desordenar impunemente su entorno; sólo esa economía totalizadora (ésta es totalitaria) podrá considerarse humana.

El capitalismo, ningún capitalismo, puede lograrlo. En el PIB se contabilizan como producción actividades nocivas o perfectamente superfluas, como la publicidad, la fabricación de armas,  envases sin vuelta, cachivaches superfluos u objetos de lujo para los asquerosamente ricos, con tal de que sean vendibles (se llama a eso demanda solvente) y paguen el IVA u otros impuestos, que generen ingresos contables. Como gasto figuran el gasto sanitario, las pensiones, los cuidados a dependientes...

Y no figura ni como gasto ni como ingreso, sencillamente no existe para la economía, el trabajo del hogar, que permite la reproducción diaria de la fuerza de trabajo. Fuerza de trabajo que sí cuenta en cuanto productora, junto a la naturaleza, de toda la riqueza.

Y para el capital, con su perverso tente mientras cobro, no existe el principio de precaución, aunque de boquilla sus representantes, si ocurre un desastre suficientemente grande, prometan que no volverá a repetirse.

Juan José Guirado

Imagen de tren que protagonizó el atropello ferroviario. Renfe ha anunciado una investigación sobre lo ocurrido.

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