domingo, 25 de agosto de 2013

Nosotros y ellos

Racismo, etnocentrismo, no son valores positivos en nuestra sociedad. Pero antes fueron  lo más natural. Indios, negros, no eran humanos en el mismo sentido que nosotros.
 
No ha sido así sólo en Occidente. Casi todas las culturas se tienen a sí mismas como modelos de “lo que debe ser”. En muchas el concepto de “humano” se restringe en exclusiva al grupo propio. La palabra bárbaro no denota a un ser superior, a pesar de que a veces digamos admirativamente ¡qué bárbaro!.
 
El pensamiento ilustrado y un mejor conocimiento van superando esta forma de ver a los otros. El humanismo blando y oficial mayoritario nos genera buena conciencia, sobre todo a quienes nos vemos más o menos confortablemente a salvo.
 
La ideología occidental es tolerante con los otros, sin considerarlos exactamente sus iguales. Porque ellos discriminan, son racistas, intolerantes, fanáticos, sectarios. Nosotros no, y por eso somos superiores.
 
Claro que en eso mismo se escudan los que entre nosotros (y cada vez es más dudoso que sean minoría) son discriminadores, racistas, intolerantes, fanáticos, sectarios. Lo son contra ellos porque sobre ellos proyectan sus propios temores, sentimientos, impulsos y pensamientos reprimidos.
 
Así, nosotros no somos racistas pero ellos sí, no los odiamos como ellos nos odian, ni somos fanáticos como ellos. Nosotros no somos peligrosos para ellos, pero ellos son un peligro para nosotros, así que: ¡a por ellos!

Así define la Wikipedia el mecanismo psicológico de la proyección:
La proyección es un mecanismo de defensa que opera en situaciones de conflicto emocional o amenaza de origen interno o externo, atribuyendo a otras personas u objetos los sentimientos, impulsos o pensamientos propios que resultan inaceptables para el sujeto. Se «proyectan» los sentimientos, pensamientos o deseos que no terminan de aceptarse como propios porque generan angustia o ansiedad, dirigiéndolos hacia algo o alguien y atribuyéndolos totalmente a este objeto externo. Por esta vía, la defensa psíquica logra poner estos contenidos amenazantes afuera. Aunque el término fue utilizado por Sigmund Freud a partir de 1895 para referirse específicamente a un mecanismo que observaba en las personalidades paranoides o en sujetos directamente paranoicos, las diversas escuelas psicoanalíticas han generalizado más tarde el concepto para designar una defensa primaria.[1] Como tal, se encuentra presente en todas las estructuras psíquicas (en la psicosis, la neurosis y la perversión). Por tanto, de manera atenuada, opera también en ciertas formas de pensamiento completamente normales de la vida cotidiana.
De un artículo de  Mike Marqusee en Red Pepper, hallado en Rebelión, son estos párrafos:
 
(…)
El discurso dominante -liberal y conservador- está impregnado de esta óptica habitual que asigna a “los otros” el lado oscuro de la sociedad (el odio, la violencia, la corrupción).
El racismo es flexible, elástico, desplaza sus objetivos y los motivos de queja. La línea entre nosotros y ellos se dibuja una y otra vez. Durante dicho proceso está aceptado que «ellos» es una fabricación, un fantasma, una proyección. Pero es verdad también que «nosotros» es el corazón de la supremacía blanca y occidental, un nosotros invocado alegre y rutinariamente en todo el discurso dominante.
(…)
El racismo no es un fallo de configuración. Es una ideología, una fabricación, un gigantesco edificio psicosocial que hay que demoler ladrillo a ladrillo. No es una enfermedad que pueda curarse caso por caso. La terapia debe ser colectiva, algún tipo de trauma que confronte, cuestione y altere lo que la gente tiene en la cabeza cuando dice «nosotros».

Como vivimos sometidos a un capitalismo global que reproduce todo tipo de jerarquías sociales, la conciencia antirracista no se consigue mediante una conversión: es una lucha continua, un proceso en el que hay que comprometerse conscientemente. No hay descanso porque la ideología contra la que luchamos no descansa nunca.
¡Claro que la línea entre ellos y nosotros se redibuja continuamente! Por eso, en la costa del sol, se distinguía, hace ya años, entre los “árabes”, ricos y aceptados, y los despreciados “moros”. Los mismos ya no eran los mismos. ¿Mantenemos hoy la misma visión que hace años de los europeos orientales? Ya no parecen formar parte de ningún «nosotros».

Este eficaz constructo es propio de las sociedades jerarquizadas. Cada escalón mira hacia abajo con la misma visión despectiva, y así el tinglado se mantiene. ¡Pobres pobres, que piensan como ricos!

Contaba el gran payaso Grock que los caracoles eran los animales más presuntuosos del mundo. Decía el caracol al toro: "nosotros, los animales con cuernos..."
 
 
Este es el artículo completo:
 

 

Nosotros y ellos
Mike Marqusee
 
 
Hace sólo un año los Juegos Olímpicos de Londres se recibieron como «un momento decisivo» para el nacimiento de una Gran Bretaña orgullosa de su multiculturalismo. Esa afirmación fue exagerada, pero ahora suena decididamente hueca -hasta peligrosamente indulgente- a la luz de acontecimientos recientes: el avance electoral del UKIP [Partido de la Independencia del Reino Unido], las crecientes amenazas de la EDL [Liga de Defensa Inglesa) y las agresiones de las que han sido víctimas los musulmanes y las mezquitas como consecuencia del asesinato de Lee Rigby [soldado del ejército británico] en el barrio de Woolwich.
 
El resurgimiento de la extrema derecha en Gran Bretaña y a lo largo de Europa plantea diversos desafíos a la izquierda. Pero hagamos lo que hagamos, hemos de reconocer que la extrema derecha refuerza -y se alimenta de- un fenómeno más difuso: el racismo, el chovinismo y la xenofobia inherentes al discurso dominante.
 
No es difícil encontrar el racismo en el discurso dominante. Sólo hay que ver las páginas del Daily Mail o del Daily Express -mucho más eficaces en transmitir la propaganda racista que la extrema derecha- o las series de televisión como Homeland o Argo (en las que, de acuerdo con los rancios estereotipos, los enemigos musulmanes de Occidente se retratan como implacables y brutalmente irracionales, a la vez que calculadores y embusteros). El racismo ha infectado también casi todas las principales instituciones de nuestra sociedad, desde el fútbol a la policía, las cárceles y las universidades de Oxford y Cambridge.
 
Lo supuestamente «indecible»
 
Los políticos de los tres principales partidos coquetean con el racismo. El truco reside en decir algo «indecible» pero que muchos tienen en la cabeza, como fue el caso de Jack Straw cuando habló de la niqab hace algunos años. Ahora Ed Miliband argumenta que el Partido Laborista no «escuchó» al «pueblo» con respecto a la «inmigración» (pongo las tres palabras entre comillas porque ninguna de ellas significa realmente lo que debería significar).
 
En estos momentos el centro político de este país parece adoptar la postura de que la extrema derecha expresa algún tipo de queja auténtica que los demás debemos escuchar. De esta manera el fundamento perverso del racismo se legitima y el verdadero mensaje de la extrema derecha no se cuestiona. Lo más espeluznante de los resultados electorales del UKIP fue lo rápido que obtuvo concesiones de Cameron y otros. Una vez más constatamos que el gran peligro de la extrema derecha es cómo arrastra el discurso político dominante hacia sus posturas.
 
Lejos de imponerse lo «políticamente correcto», los pensamientos supuestamente «indecibles» sobre el racismo son moneda común en todo tipo de conversaciones educadas, incluidos los medios de comunicación y los intelectuales. Nada de lo que pueda decir la EDL es más obsceno que las divagaciones de Martin Amis con respecto a la culpabilidad musulmana. Y fue evidente la maligna necedad de Tony Blair cuando declaró recientemente que de alguna manera, al fin y al cabo, el «islam» tiene sin duda la culpa.
 
En cuanto a la BBC, el corazón de la clase dirigente «liberal», ha legitimado tanto al UKIP como a la EDL, pero lo más importante es que es uno de los grandes propagadores de la cosmovisión «nosotros» contra «ellos». Su tratamiento estándar de la etnicidad, en casa y en el extranjero, encierra un comentario supraétnico -es decir liberal occidental y de hecho muy «inglés»- que se enfrenta a todo lo que esté fuera de su alcance privilegiado como “los otros”, es decir todo lo que «nosotros» no somos: tribales, fanáticos, sectarios, más allá de la razón y sobre todo de nuestra responsabilidad. El discurso dominante -liberal y conservador- está impregnado de esta óptica habitual que asigna a “los otros” el lado oscuro de la sociedad (el odio, la violencia, la corrupción).
 
El racismo es flexible, elástico, desplaza sus objetivos y los motivos de queja. La línea entre nosotros y ellos se dibuja una y otra vez. Durante dicho proceso está aceptado que «ellos» es una fabricación, un fantasma, una proyección. Pero es verdad también que «nosotros» es el corazón de la supremacía blanca y occidental, un nosotros invocado alegre y rutinariamente en todo el discurso dominante.
 
El contexto global del racismo

El racismo nacional tiene un contexto global. En la guerra contra el terror los musulmanes -y otros- se convierten en los representantes del enemigo exterior que convive con nosotros y es siempre sospechoso. Ante la deshumanización de las matanzas llevadas a cabo por los aviones no tripulados y la negativa a asumir responsabilidad de la muerte y destrucción a gran escala en Irak y otros lugares, el doble rasero de la conciencia racista es inconfundible, también al consentir que Narendra Modi -cómplice del pogromo contra los musulmanes de 2002 en Guyarat- sea el futuro primer ministro de la India y al conferirnos con toda naturalidad las prerrogativas que negamos a otros, lo que incluye la posesión y uso de armas de destrucción masiva. Reside en cada uso no ponderado del pronombre «nosotros» cuando se debaten las intervenciones en el extranjero.
 
En contra del cuento de la derecha, el pasado imperial de Gran Bretaña en general ni se examina ni se reconoce y por tanto sus conjeturas contribuyen a formar nuestro punto de vista sobre el presente. Vivimos todavía en un mundo modelado material e imaginativamente por la era del Nuevo Imperialismo, durante la cual un pequeño número de Estados europeos dominó las economías y las formas de gobierno de la mayor parte de la humanidad. Este tipo de episodios dejó marcados a los dos partidos. La supremacía blanca, el racismo y el nacionalismo xenófobo forman parte del patrimonio cultural occidental tanto como lo que se denomina libremente “los valores de la Ilustración”. Es un legado que debe desaprenderse sistemáticamente.
 
La respuesta racista al asesinato de Lee Rigby no fue automática ni natural. El racismo no es un fallo de configuración. Es una ideología, una fabricación, un gigantesco edificio psicosocial que hay que demoler ladrillo a ladrillo. No es una enfermedad que pueda curarse caso por caso. La terapia debe ser colectiva, algún tipo de trauma que confronte, cuestione y altere lo que la gente tiene en la cabeza cuando dice «nosotros».
 
Como vivimos sometidos a un capitalismo global que reproduce todo tipo de jerarquías sociales, la conciencia antirracista no se consigue mediante una conversión: es una lucha continua, un proceso en el que hay que comprometerse conscientemente. No hay descanso porque la ideología contra la que luchamos no descansa nunca.
 
Cabeza de turco

Un ejemplo de esto es que el multiculturalismo se ha convertido en cabeza de turco, declarado un fracaso por Merkel, Cameron y un ejército de expertos. Sin ningún fundamento es el origen de diversos fenómenos poco atractivos, desde el acoso sexual de muchachas por parte de hombres asiáticos a la supuesta autosegregación de las minorías. El hecho es que, como otros tormentos racistas, el multiculturalismo es en gran medida un fantasma. Las políticas generadas bajo aquella rúbrica fueron concesiones hechas en el pasado a consecuencia de las movilizaciones de las comunidades negra y asiática. Siempre hubo objeciones por parte de la izquierda al marco multicultural que conceptualizaba a las minorías como comunidades homogéneas con identidades culturales fijas.
 
Sin embargo la campaña de la derecha no trata de la teoría del multiculturalismo sino de su esencia; es decir de la existencia de personas a las que sentimos culturalmente ajenas. Las sociedades europeas modernas están y estarán compuestas de numerosas «culturas», de una abundancia de subculturas y contraculturas que se superponen y se entrecruzan. Negar o lamentar esta realidad es negar y lamentar la presencia de dichas personas a las que sentimos ajenas culturalmente. En este contexto las demandas de integración son demandas para adherirse a una norma cultural establecida por el grupo dominante. Es asombroso que algunas personas que presumen del legado de la Ilustración no consideren esto una tiranía.
 
Bajo el disfraz de una agresión contra el relativismo del multiculturalismo, lo que está ocurriendo es una reafirmación de la forma privilegiada de relativismo ético, la supuesta superioridad de la norma occidental. La forma más estridente y poderosa de la política de identidad en nuestra sociedad sigue siendo la identidad blanca u occidental: la identidad mayoritaria dominante a la que le gusta considerarse una minoría amenazada, bajo asedio en su propia tierra.
 
La respuesta a las deficiencias reales y no imaginadas del multiculturalismo no es un retroceso al eurocentrismo, a la cultura única o a la creación de una nueva síntesis cultural exhaustiva. Reside en la lucha política por la igualdad -no su mera representación- y el ejercicio de una solidaridad que va más allá de la cultura. El multiculturalismo al estilo olímpico no sirve de nada. El único antídoto contra la cultura del racismo es cultivar la resistencia.

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