viernes, 10 de junio de 2016

Marxismo y ciencia (II)

Prosigo mi exposición por etapas del artículo de Monserrat Romero Alarcón que tomé del blog de Antonio Olivé.

Se trata ahora de distinguir el carácter científico del pensamiento de Marx de lo que son las ciencias positivas, porque su método dialéctico no es un método de invención. Y es muy importante distinguir las diferencias entre método de investigación, metodología de investigación, y metodología de exposición.

Una concepción del mundo hace afirmaciones sobre cuestiones no resolubles por los métodos del conocimiento positivo, que son la verificación o falsación empíricas y la argumentación analítica, sea deductiva o inductivo-probabilística. Por eso mismo, abonar o hacer plausible no es lo mismo que probar en sentido positivo,

¿Consideraremos que las ciencias sociales son menos ciencias que las experimentales, por el hecho de que jamás podremos tipificar y reproducir en un laboratorio sus experiencias?



Una clarificación epistemológica desarrollada por Manuel Sacristán
Monserrat Romero Alarcón

(...)

La visión totalizadora del marxismo, que reproduce en ella una dialéctica, y el carácter analítico-reductivo, permiten identificar que “el conocimiento que busca Marx ha de ser muy abarcante, contener lo que en nuestra academia llamamos economía, sociología e historia. Pero, además, el ideal de conocimiento marxiano incluye una proyección no solamente tecnológica, sino globalmente social, hacia la práctica. Un producto intelectual con esos dos rasgos no puede ser teoría científica positiva en sentido estricto (…)” (Sacristán, 1983b). Bajo esta perspectiva se puede argüir sobre la relación que existe entre la ciencia y el marxismo. Este último, al ser una “concepción del mundo explícita, que tiene por fuerza que contener también una visión de las relaciones del hombre con la naturaleza, y, consiguientemente, de la naturaleza misma y de la ciencia que la estudia” (Sacristán, 1964).

El filósofo español precisa que “una concepción del mundo no es un saber, no es un conocimiento en el sentido en que lo es la ciencia positiva. Es una serie de principios que dan razón de la conducta de un sujeto, a veces sin que éste se los formule de un modo explícito” (Sacristán, 1964). Asimismo, afirma que “(…) la tradición marxista no es una tradición teórica pura. Es una tradición política, una intervención consciente y organizada en la lucha de clases, sobre la base de un fundamento científico en sentido estricto [6] y un fundamento todavía más amplio de carácter filosófico” (Sacristán, 1983c). En este sentido la propia corriente de pensamiento marxista y la concepción comunista del mundo (CCM) también se encuentran en distintos niveles de conocimiento, ya que para la CCM el sujeto de estudio es el propio movimiento comunista y el marxismo en sí es la vertiente intelectual que permite darle plausibilidad a la cultura y a la sociedad comunistas.

Algunos tópicos del marxismo. Se pueden identificar en varios artículos escritos por Manuel Sacristán los desarrollos de la corriente marxista. En específico, explica la diferenciación entre los conceptos de “método” y de “metódica”. Marx utiliza en su visión totalizadora para la CCM el “método dialéctico”. Sin embargo, es importante precisar que la noción de “método” no es aquella a la que habitualmente hacemos alusión hoy en día. [7] En palabras de Sacristán: “cuando uno dice «método», por regla general, uno piensa en una técnica para conseguir algo o averiguar algo. Pero la verdad es que no existen métodos progresistas y métodos reaccionarios, ni métodos reaccionarios y métodos revolucionarios de conseguir datos. Lo que se llama dato no tiene formas distintas ni de consecución ni de descripción. En esto, si los marxistas, sobre todo los estudiosos, fueran buenos lectores y la pasión con que un movimiento político cultiva a sus clásicos no le hiciera olvidar que hay que leer despacio, con cuidado y críticamente, habría encontrado en los clásicos textos de sobra para no cometer este error” (Sacristán, 1977).

Es decir, “el método dialéctico no sirve para descubrir datos porque no es un método de invención”. Por ello, “la distinción metodológica más importante en El Capital ha sido, como en cualquier otra cosa, la distinción entre método de investigación, metodología de investigación, y metodología de exposición” (Sacristán, 1977). Ya que “la concepción del mundo contiene esencialmente afirmaciones sobre cuestiones no resolubles por los métodos decisorios del conocimiento positivo, que son la verificación o falsación empíricas y la argumentación analítica (deductiva o inductivo-probabilitaria)”, por tanto, “abonar o hacer plausible, no es lo mismo que probar en sentido positivo” (Sacristán, 1964).

Por ello, coincidimos con nuestro autor en cuanto a la noción que se debe tener de “método” utilizada en la obra de Marx. En este mismo tenor, Sacristán menciona que: “la empresa del marxismo no es la empresa de la ciencia, ni una empresa científica. Eso no quita que uno de los rasgos característicos de la tradición marxista sea la intención de incorporarse ciencia e incluso hacer ciencia ella misma. La mejor manera de caracterizar el lado intelectual de la tradición marxista es verlo como una metódica”. Este planteamiento se puede ampliar diciendo que: “entre los elementos principales de esa metódica se cuentan: el ver la emancipación como un asunto básicamente económico-social y derivativamente ideológico y político («materialismo», visión complicada hoy por la presencia del Estado en la base productiva); el necesitar (…) una comprensión integrada y autocontenida (…) de los diversos aspectos de la realidad social, la distinción entre los cuales le es, por otra parte, esencial (esta necesidad metódica es «la dialéctica»); el requerir un fundamento empírico-racional de la práctica (es el motivo de la «unión del movimiento obrero con la ciencia»); el no darse a la fabulación de una vida futura, sino trabajar con lo que hay y partiendo de lo que hay (esto es el «principio de la práctica»)” (VV., AA., 1978).

El mismo Sacristán en una contestación al economista y anarcosindicalista Joan Martínez Alier, a finales de la década de los años setenta, afirma que “la refutación de muchas tesis de Marx o de marxistas no es ninguna prueba de que las maneras marxistas de pensar, el «método» materialista histórico-dialéctico, sean acientíficos, sino, en cierto sentido bastante trivial en filosofía de la ciencia, todo lo contrario. Si el marxismo fuera una filosofía especulativa y sistemática, (…) sería irrefutable y acientífico, como toda teología. Si el marxismo fuera ciencia en el sentido de la teoría positiva, como un sistema completo y detallado de tesis sobre un trozo de realidad, entonces la refutación de esas tesis, o de algunas de ellas en posición central, determinaría no una condena de acientificidad, sino su abandono en cuanto a construcción científica superada” (VV., AA., 1978).

Con todo lo anterior se puede afirmar que la ciencia y el marxismo tienen diferentes instrumentos operativos y distintos objetivos. Es decir, la ciencia tiene como fin entender a la realidad y el marxismo no sólo entenderla sino transformarla. Por ejemplo, no podemos afirmar con un análisis “marxista” que las matemáticas, por ejemplo, son burguesas o que en algún momento de la historia fueron socialistas. Lo que sí se puede hacer a través del marxismo, visto como un conjunto de ideas, es hacer consciencia racional del comunismo. La noción de «método» en Marx “tiene un sentido más general y menos preciso que el que se ha hecho habitual en la literatura metodológica y en la literatura científica de las últimas décadas de este siglo. Pero, en cualquier caso, su metódica o concepción general del método, lo que él llamaba «dialéctica crítica y revolucionaria», es, efectivamente, el factor que hace de argamasa entre filosofar, análisis científico propiamente dicho y teoría de la revolución” (Fernández Buey, 1983).
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NOTAS

[6] “Si se superan esos dos prejuicios: el apologético y el referente al análisis de las teorías y de la experiencia, no queda uno preso en el dilema entre la glorificación de una letra supuestamente científica pura de Marx y el rechazo apasionado de su obra, cuando se descubre que no toda ella cumple, ni mucho menos, los requisitos formales de lo que hoy es ciencia” (Sacristán, 1983c).

[7] “Cuando un filósofo del siglo XIX (como Marx) dice “método” está pensando en “manera general de pensar”, estilo intelectual. Cuando nosotros decimos “método” estamos pensando (…) en artefactos tan exactificados que sus operaciones se pueden describir como una sucesión normada de pasos tales que cualquier profesional competente los puede repetir en el mismo orden y con el mismo resultado” (Sacristán, 1983c).

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Bibliografía

Fernández Buey, Francisco (1983), “Nuestro Marx”, mientras tanto núm. 16-17, agosto-noviembre, Barcelona.

Sacristán, Manuel [MSL] (1964), “La tarea de Engels en el Anti-Dühring”, en MSL, 1983a.

— (1977), “Sobre economía y dialéctica”, en MSL, 2004.

— (1983a), Sobre Marx y marxismo. Planfetos y materiales I, Icaria Editorial, Barcelona.

— (1983b), “¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI?”, en MSL, 1987.

— (1983c), Entrevista concedida a la revista Dialéctica año VIII núm.13, UAP, México, junio; en MSL, 1987.

VV., AA. (1978), “Cinco cartas sobre «eurocomunismo», marxismo y anarcosindicalismo”, Materiales núm. 8, marzo-abril, Barcelona. 

Una tesis geométrica. Complementos

Final de trayecto. Aquí concluyo aquella serie que comenzara hace apenas un año con la pregunta ¿cómo trocear el espacio?

Es obvio que jamás pretendí establecer un despiece único ni exhaustivo. Pero sí establecer una modulación que permitiera, mediante unas leyes simples, trasladar la solución a otro punto cualquiera, por remoto que fuese, y saber que las mismas leyes establecidas podían aplicarse allí. Para ello lo mejor era partir de las leyes de la simetría.

Tras el último capítulo, solamente me queda adjuntar algunos enlaces a índices y conclusiones:



Las conclusiones finales de la tesis:


Y una visión más sintética, relacionada con los conceptos de dualidad explorados en la introducción que por primera vez he publicado en este blog:


Para despedir el tema, me ha parecido interesante este enlace sobre los grupos de simetría en el plano. Los más de los azulejeros y fabricantes de papel pintado podrían utilizar estos grupos con un poco más de gracia.

Gracia divina que encontramos en Escher, con una de cuyas imágenes despido el tema. Este mosaico es para mí toda una metáfora: simboliza el difícil anhelo de armonizar el vuelo de la fantasía con el deseo de profundizar.




jueves, 2 de junio de 2016

Estos son los planes

Es impensable que no se les haya ocurrido. Y se les ha ocurrido, como demuestra este par de citas, tomadas de un artículo muy reproducido. Por una parte, su lógica es "págatelo si puedes", por otra, "si no puedes pagártelo, entra en la lista de los que sobran".
“No creamos este medicamento para los indios, sino para los occidentales que pueden pagarlo”.
Marijn Dekkers, consejero delegado de la empresa Bayer

“Hay que tomar las medidas para la reducción demográfica del globo terráqueo, aun en contra de la voluntad de sus respectivas poblaciones. La reducción del índice de natalidad ha sido un fracaso. Por eso tenemos que aumentar la tasa de la mortalidad por medios naturales, por el hambre y por la inoculación de todo tipo de enfermedades”.
Robert McNamara, Exsecretario de Defensa de Estados Unidos


Los amos del mundo, ese uno por ciento del que se habla, y que en realidad son muchísimos menos, puesto que cuando deliberan caben en el salón de reuniones de Davos, conocen mejor que tú y que yo los límites del crecimiento y por lo tanto de su capacidad de continuar con el "business as usual". Estos límites que señala Antonio Turiel en este cuento:
Hace muchos años el mundo era muy diferente. Quizá no era este mundo, ni tan siquiera. La superficie de aquel planeta y aquel momento era toda ella agua, un inmenso océano, y en ese océano había multitud de pequeñas islas, nada parecido a un continente. De todas aquellas islas sólo había una habitada, y la llamaron Tierra, pues era el único lugar donde la gente se pudo asentar. 


(...)
Como la población de Tierra siempre iba aumentando lentamente, una de las ocupaciones principales de los terranos era avistar nuevas islas y unirlas a su territorio. Para eso disponían de torres de vigía y un complejo sistemas de timones, remos y velas que les permitía maniobrar para abordar nuevos islotes. Sin embargo, el tamaño de Tierra había crecido considerablemente con el tiempo (ya era más del doble de la extensión original) y cada vez era más pesada y complicada de maniobrar. Así que el crecimiento de Tierra era cada vez más lento y se podía intuir que en breve ya prácticamente no crecería más.
(...) 
El caso es que un inventor se dio cuenta de que podían explotar los combustibles fósiles (ya sabes: carbón, gas natural, petróleo) que había en el subsuelo de las islas, y usarlos en motores que mejoraron la navegabilidad de Tierra. No sólo eso, sino que gracias a los avances técnicos que permitían las nuevas fuentes de energía se podía incrementar la productividad agrícola y así también expandir la población. Los comerciantes y los líderes estaban entusiasmados con las posibilidades y el resto de los terranos ya se conformaban con lo que tenían; de hecho, para la mayoría supuso una gran mejora de sus condiciones de vida, pues todo tipo de trabajo físico se hizo mucho más liviano (...) De ese modo, Tierra empezó a prosperar a un ritmo nunca visto, añadiendo más territorio como nunca antes. La población creció mucho más rápido, pues a la expansión del territorio se le añadió las mejoras en productividad agropecuaria. Los comerciantes se hicieron riquísimos, los líderes aumentaron también su fortuna y en general la población vivía mucho mejor. 
(...) 
El caso es que, tras varias décadas de expansión acelerada, todo el sistema económico de Tierra estaba diseñado para la expansión sin fin. Las actividades financieras, otrora completamente marginales, ahora ocupaban el centro de la actividad económica. Muchas actividades económicas, antaño impensables, eran las principales fuentes de ocupación laboral, toda vez que el campo, fuertemente mecanizado, rendía como nunca antes ocupando una mínima parte de la mano de obra. Y estas actividades industriales se apoyaban en el acceso al crédito fácil, que les permitía acceder aquí y ahora a recursos necesarios para su expansión (hierro, carbón, aluminio, petróleo) con el compromiso de devolver los créditos con un conveniente interés, cargado a la riqueza que se tenía que generar en el futuro. Todo el modelo podía funcionar mientras el ritmo de crecimiento del territorio de Tierra, y el de los recursos que contenía, continuase creciendo a buen ritmo (...) Dado que las empresas cada vez producían más, cada vez pedían más dinero prestado y el interés que se aplicaba a los créditos las obligaba a crecer cada vez más rápido, si querían tener la capacidad de devolverlo: en caso contrario, podrían quebrar. El problema del interés compuesto es que obliga a un crecimiento rapidísimo: a un 7% de interés anual todo se tiene que duplicar cada 10 años, es decir, multiplicar por más de mil al cabo de un siglo, o por un millón en sólo 200 años. En Tierra la expansión fue fulgurante debido a que había abundantes islotes por anexionar, y de ese modo el tipo de interés de los créditos se adecuó a la capacidad de expansión: los empresarios veían que, al ritmo al que se anexionaban nuevos islotes, podían aumentar su negocio un 9 o un 10% anual y así se atrevían  a solicitar créditos al 7% para poder comprar los recursos necesarios para realmente conseguir tal expansión. Como todo el mundo pedía créditos pero no había dinero para todos, los bancos fijaban un precio al dinero (es decir, fijaban un tipo de interés) que daba preferentemente el dinero a aquéllos que podían expandirse suficientemente rápido como para crecer más que el interés fijado. De ese modo, el interés financiero reflejaba el potencial de crecimiento de la economía.

(...)
¿Cuánto tiempo aproximadamente podría crecer a un ritmo del 7% anual, asumiendo que hay islotes suficientes? (...) a un 7% anual todo se tenía que duplicar cada 10 años, y por tanto cada siglo se multiplica por... por... ¿por mil (...) sí, se multiplicaría por 1.024, por ser exactos, pero digamos que aproximadamente se multiplica por mil cada siglo. 
(...) 
Y ése fue el mayor problema para los habitantes de Tierra: que un día se encontraron con que cada vez había menos islotes para anexionar. Todavía encontraban muchos, muchísimos de hecho, pero no los suficientes para mantener una maquinaria que estaba orientada a crecer y crecer por siempre.  
(...) 
Los grandes comerciantes, los grandes empresarios, el sector financiero y los líderes de Tierra decidieron que el problema no era su modelo (de sociedad, de economía) sino encontrar más recursos. Así que decidieron asignar más dinero (y por tanto, dar acceso a más recursos) a la exploración de nuevas fuentes de energía y de materiales de manera que las empresas pudieran continuar con la expansión acostumbrada (entiéndase, desde su Revolución Industrial). El problema es que el dinero no sustituye al petróleo, el carbón o el acero. Así que se lanzaron a hacer auténticas barbaridades para intentar mantener su sistema de crecimiento infinito. Cambiaron sus leyes ambientales, laborales y sociales para explotar residuos muy marginales, que se extraían con minas a cielo abierto o fracturando la roca en profundidad, inestabilizando la isla y contaminando las reservas de agua, o arrasando bosques milenarios para extraer una brea viscosa que, tras complicados tratamientos químicos que generaba muchos residuos tóxicos, daban algo parecido al petróleo. Destruían enormes partes de la isla para intentar exprimir unas gotas más de los recursos, solamente para intentar seguir creciendo como antes, sin conseguirlo. Cambiaban la regulación del sistema financiero para que se pudiera prestar dinero a esos negocios ruinosos en contra de toda lógica, y cuando comenzaron las quiebras desviaron dinero público, recaudado de los impuestos de todos los terranos, para mantener a flote esas empresas, simplemente para intentar seguir creciendo cuando la cosa ya era imposible. Pensaron que lanzando toneladas de dinero sobre el problema lo iban a solucionar, cuando en realidad lo que hicieron fue agravarlo. Mientras tanto, el tamaño de la economía iba decreciendo y con ella las oportunidades de negocio financiero, que se iban adaptando al ritmo menguante de los recursos. En un momento dado, los tipos de interés llegaron al 0% y luego se hicieron negativos. El modelo basado en el crecimiento, simplemente, llegó a su fin con la incapacidad de encontrar cada vez más recursos.
Con la certeza que da el mero conocimiento de las leyes de la Física y del funcionamiento del cerebro primitivo: a "ellos" el futuro inmediato de los otros les importa un comino, pero igualmente son indiferentes a su propio futuro, con tal de que no sea inmediato.

A fin de cuentas, las urgencias son las urgencias, y escapar ("ellos") es lo primero. Por todos los medios, incluyendo no sólo el engaño sino el genocidio de las grandes mayorías que van siendo excluidas progresivamente.

Hace falta entender esto para enfrentarlo. No hay acciones aisladas (por arriba) en una globalización gobernada desde muy arriba. Todo está conectado (y "arriba" lo saben bien). Lo que hace falta es que también lo tengamos claro desde "abajo". Al final del proceso, sobraremos todos menos "ellos". Y luego "ellos" se irán también al infierno.

A menos que...

...entendamos su proyecto y obremos en consecuencia. Con una visión de futuro que "ellos" si tienen y nos ocultan con maniobras de "diversión". Nunca mejor dicho.

Remato con esta pincelada:


La violencia contra el otro en un mundo en calentamiento


(...)
La lección más importante a sacar de todo esto es que no hay forma de enfrentar la crisis del clima de forma aislada, como si fuera un problema tecnocrático. Debe verse en el contexto de la austeridad y privatización, del colonialismo y militarismo y de los diversos sistemas de otredad necesarios para sustentar todo eso. Las conexiones e interrelaciones entre ellas saltan a la vista, sin embargo, muy a menudo la resistencia frente a ellas está muy compartimentada. La gente que está contra la austeridad casi nunca habla de cambio climático; la gente que se preocupa del cambio climático rara vez habla de guerra u ocupación. Apenas hacemos la conexión entre las pistolas que quitan la vida a los negros en las calles de las ciudades estadounidenses, y cuando están bajo custodia policial, y las fuerzas mucho mayores que aniquilan tantas vidas de color en las tierras áridas y en los precarias embarcaciones por todo el mundo.
(...)

miércoles, 1 de junio de 2016

Cinco semanas en globo...

...y unas horas para intentar frenar la caída. La apasionante aventura imaginada por Julio Verne es toda una metáfora de lo que nos está ocurriendo. Comenzando por la fantasía tecnológica (un globo de hidrógeno que puede expansionarse a voluntad por medio de un peligrosísimo aparato dilatador), siguiendo por la no muy velada apología de la "misión civilizadora" del imperialismo (con su toque final de chauvinismo), y culminando en la inevitable caída al río, pese a que un final feliz muy previsible coloca a una patrulla francesa en el lugar correcto y en el instante preciso.

Lo más instructivo y actual de la aventura es ese final, en que para "salvar" el globo hay que arrojar por la borda todo su contenido y agarrarse finalmente al cordaje, cuando ya se ha perdido hasta la barquilla, símbolo de su habitabilidad.

Nuestro globo y su barquilla aún resisten, mal que bien, pero ya se está sacrificando a las poblaciones para retrasar la caída inevitable de este sistema "globalizado". ¿Qué pasará si el capital llega a eliminar a esta "pobre barquilla mía"? ¿a qué cordaje podrá aferrarse? Efectivamente, esta construcción es cosa de locos. Con toda la lógica de los locos.

Por eso he colocado un extracto de la agonía del "Victoria" al final del artículo de Rafael Poch, tan claro y lúcido como de costumbre (para mí es una rareza que siga escribiendo en La Vanguardia, una concesión que seguramente le hacen "mientras no te metas con la casa", porque estas colaboraciones prestigian al medio).

Primero sigue el manicomio europeo. Luego, el remate de esas cinco semanas que simbolizan cinco siglos de capitalismo. Interesante y curiosa la temprana aparición de... ¡los talibanes!



Los gestores del europeismo no saben cómo salir del manicomio

La Vanguardia

¿Qué es el europeísmo? Obviamente ya no es lo que los eurócratas venían diciendo. Para el sentido común de la gente normal “Europa” ya es sinónimo de deterioro de las condiciones de vida (recortes del estado social y precariedad) y de la impotencia que se deriva de la ausencia de soberanía nacional. Si quieres cambiar las cosas, es inútil actuar en tu país porque las decisiones vienen de “Europa”, una instancia inapelable y situada más allá de todo voto y soberanía.

La primacía del derecho europeo sobre el derecho nacional es una curiosa prisión. “No puede haber opción democrática contra los tratados europeos”, dijo el año pasado Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión. Es una construcción legal, pero no legítima porque fue establecida por el propio derecho europeo. Es un golpe de mano autocrático que ha sido tejido a lo largo de décadas entre la general indiferencia del público y que se impone sobre edificios nacionales que, con todas sus imperfecciones son resultado de ese juego institucional que llamamos “democrático”, es decir basado en la división de poderes, la elección, etc.

Hoy toda la construcción europea es una casa de locos. El europeismo se ha vuelto loco. Nadie, ni en la izquierda ni en la derecha, sabe cómo salir del enredo del euro, cómo salir de la austeridad que conduce, en el mejor de los casos, a un estancamiento deflacionario a la japonesa, así que se sigue con lo mismo. ¿Cómo salir de la gran irracionalidad de este manicomio? Claro que hay una lógica en esta irracionalidad: maximizar el beneficio, supeditar lo político a lo financiero y demás, pero es obvio que no es sostenible. Es una lógica loca.

La analogía con los años setenta en la URSS, cuando se sentaron las bases de la autodesintegración del superestado de matriz rusa, es directa. Por más que la eurocracia no sueñe en secreto con ningún socialismo, como era el caso de aquella podrida estadocracia soviética que soñaba con privatizar sus dominios y hacerse con patrimonios heredables, la cuestión de la sostenibilidad de todo el asunto es manifiesta. ¿Cómo se ha podido llegar a eso? Treinta años nos contemplan. Salvo contadas excepciones, dos generaciones de periodistas y expertos en Bruselas han sido incapaces de explicarlo.

Todo esto viene a cuento de la actual revuelta francesa contra el proyecto de reforma laboral que el gobierno francés quiere imponer por decreto, a falta de mayoría en la sociedad y en el Parlamento.

Fue el 12 de septiembre del año pasado. Recién derrotada Grecia, que acababa de tragarse, en julio, algo mucho peor que lo que su gallardo referéndum había rechazado con el 62% de los votos. Y lo dijo en París el ex ministro griego Yanis Varufakis, en la Fiesta de l´Humanite: “Grecia es un laboratorio de la austeridad donde el memorándum se ha puesto a prueba antes de ser exportado. Todo lo que se ha experimentado con Grecia tiene en realidad a Francia en el punto de mira. La estrategia del gobierno alemán es alcanzar el dominio supremo sobre el presupuesto francés”, dijo.

El contenido de la reforma laboral francesa es trabajar más, cobrar menos, precarizar, dar más poder a las empresas y menos a los sindicatos. La indignación se dirige contra el gobierno francés, pero en realidad, Hollande y Valls, no hacen más que aplicar la lógica del europeísmo; la loca lógica de los tratados europeos, de la llamada “estrategia de Lisboa” y del euro.

Todo lo que la reforma laboral francesa contiene se desprende, literalmente, de directivas europeas, como ha explicado Coralie Delaume en un blog de Le Figaro, Las Grandes Orientaciones de Política Económica (GOPE) y otros documentos de la Comisión marcan para la Francia del 2016; el “exceso de sus costes salariales” (cuando aquí en la seguridad social y en la enseñanza se gana menos que en España en términos reales) y de las cotizaciones patronales; el exceso del salario mínimo, la necesidad de reducir las “rigideces” del mercado de trabajo, etc., etc.

“La reforma del derecho laboral deseada e impuesta por el gobierno de Valls es lo mínimo que hay que hacer”, dice ahora Jean-Claude Juncker. Así lo impone el derecho ilegítimo de los tratados europeos, cuyo mandato ha sido tres veces rechazado en las urnas; en Francia y Holanda en 2005, y en Grecia en julio de 2015.

De todo esto se deduce que a la actual protesta francesa le falta poner el acento en una cosa a la que los franceses son, seguramente, los más sensibles de Europa: la reivindicación de la soberanía nacional robada, que es uno de los principales ingredientes del latente malestar francés. Solo recuperando las diversas soberanías nacionales, podría replantearse el “proyecto europeo” sobre bases ciudadanas, en caso de que valga la pena, es decir en caso de que pueda aportar algo a los retos del siglo.

Sea cual sea el resultado de la actual contestación francesa, las raíces estatales-nacionales de la libertad y la democracia, particularmente fuertes en Francia, hacen muy difícil que el robo de soberanía que practica el europeísmo no tenga consecuencias rebeldes.

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"El final de la escapada"


-Y ahora -dijo el doctor-, que el Cielo nos conduzca a donde le plazca.

-¡Con tal de que sea al oeste! -replicó Kennedy.

-¡Bah! -exclamó Joe-. No me asustaría aunque se tratase de volver a Zanzíbar por el mismo camino o de atravesar el océano hasta América.

-No podríamos, Joe.

-¿Qué nos falta para ello?

-Gas, Joe. La fuerza ascensional del globo disminuye sensiblemente, y tendremos que llevar mucho cuidado para conseguir que nos lleve hasta la costa. Voy a verme obligado a echar lastre. Pesamos demasiado.

(...)

Pero no hubo un momento de sosiego. El Victoria bajaba sensiblemente, y fue preciso arrojar multitud de objetos más o menos útiles, sobre todo en el momento de salvar el pico o cresta de un cerro. Y así anduvieron por espacio de más de ciento veinte millas, sin parar de subir y bajar; el globo, nuevo peñasco de Sísifo, descendía incesantemente; las formas del aeróstato, poco hinchado, se alargaban, y el viento formaba bolsas en sus paredes.

Kennedy no pudo evitar comentario.

-¿Tiene el globo alguna fisura? -preguntó.

-No -respondió el doctor-; pero sin duda, con el calor, la gutapercha se ha reblandecido o derretido, y el hidrógeno se escapa por el tejido del tafetán.

-¿Y cómo impedir que se escape?

-De ninguna manera. No podemos hacer más que aligerar peso; arrojemos fuera de la barquilla. cuanto podamos arrojar.

-Pero ¿qué hemos de arrojar? -preguntó el cazador, recorriendo con su mirada la barquilla, ya muy desprovista.

-Desprendámonos de la tienda que pesa bastante.

(...)

El globo se había elevado algo, pero enseguida resultó evidente que no perdía su tendencia a descender.

-Bajemos -dijo Kennedy- y veamos qué se puede hacer con la envoltura.

-Te lo repito, Dick, aquí no hay medio de repararla.

-¿Cómo nos las arreglaremos, pues?

-Sacrificaremos todo lo que no sea absolutamente indispensable. Quiero evitar a toda costa un alto en estos sitios. Los bosques sobre los cuales pasamos en este momento, tocando casi la copa de los árboles, no tienen nada de seguros.

(...)

-No caeremos -dijo Joe-, aunque para elevar el Victoría tengamos que sacrificar hasta nuestros zapatos.

-No estamos lejos del río -dijo el doctor-; pero me temo que nuestro globo no podrá llevarnos más allá.

-Lleguemos a la orilla -replicó el cazador- y eso habremos ganado.

-Es precisamente lo que intentamos hacer -dijo el doctor-. Pero me inquieta una cosa.

-¿ Cuál?

~Tendremos que salvar montañas, y resultará muy difícil, ya que no puedo aumentar la fuerza ascensional del aeróstato ni siquiera, produciendo el mayor calor posible.

-Aguardemos a ver qué ocurre -dijo Kennedy.

(...)

Aquellos obstáculos tan peligrosos parecían acercarse con extrema rapidez, o, mejor dicho, el viento que era muy fuerte, precipitaba al Victoria hacia los agudos picos. Era preciso elevarse a toda costa; de lo contrario, se estrellarían.

-Vaciemos la caja de agua -dijo Fergusson-. Conservemos tan sólo el líquido estrictarriente necesario para un día.

-¡Ya está! -dijo Joe.

-¿Sube ahora el globo? -preguntó Kennedy.

-Algo, unos cincuenta pies -respondió el doctor, que no apartaba la vista del barómetro-. Pero no es suficiente.

Parecía, en efecto, que las altas cumbres salían al encuentro de los viajeros para precipitarse contra ellos. Éstos se hallaban muy lejos de dominarlas; todavía les faltaban más de quinientos pies. También arrojaron la provisión de agua del soplete, de la cual no se conservaron más que algunas pintas; pero todavía no fue suficiente.

Y sin embargo, hemos de pasar -dijo el doctor.

-Echemos las cajas, ya que las hemos vaciado -dijo Kennedy.

-Echémoslas.

-¡Ya está! -gritó Joe-. ¡Qué triste es desaparecer trozo a trozo!

(...)

«Dentro de diez minutos -se dijo el doctor-, nuestra barquilla se habrá estrellado contra las rocas si no logramos elevarnos lo suficiente.»

-¿Qué hacemos, señor? -preguntó Joe.

-Guarda sólo la provisión de pemmican y arroja toda la carne, que es lo que más pesa.

El globo se desprendió de otras cincuenta libras de peso y se elevó muy sensiblemente, lo que de nada le servía si no conseguía situarse sobre la línea de montañas. La situación era espantosa. El Victoria corría con una rapidez suma e iba a hacerse trizas. El choque no podía dejar de ser terrible.

El doctor registró la barquilla con la mirada.

Estaba prácticamente vacía.

-¡Por si acaso, Dick, disponte a sacrificar tus armas!

-¡Sacrificar mis armas! -respondió el cazador, conmovido.

-Amigo Dick, no te lo pediría si no fuese necesario.

-¡Samuel! ¡Samuel!

-¡Tus armas y tus municiones pueden costarnos la vida!

-¡Nos acercamos! -exclamó Joe-. ¡Nos acercamos!

¡Diez toesas! La montaña todavía superaba al Victoria en diez toesas.

Joe cogió las mantas y las tiró; y, sin decir una palabra a Kennedy, tiró también algunos paquetes de balas y perdigones.

(...)

El doctor Fergusson determinó su posición por la altura de las estrellas; se encontraban a veinticinco millas escasas del Senegal.

-Todo lo que podemos hacer, amigos míos -declaró, después de examinar el mapa-, es pasar el río; pero como en él no hay ni puentes ni barcas, lo hemos de cruzar en globo a toda costa, y al efecto debemos aligerarlo aún más.

-Pues no sé cómo lo haremos -replicó el cazador, que temía por sus armas-, a no ser que uno de nosotros se decida a sacrificarse, a quedarse atrás... Y, en esta ocasión, yo reclamo esa gloria.


(...)

-Eso es lo mejor -dijo Joe-. Un paseíto no nos vendría mal.

-Pero, antes -repuso el doctor-, echaremos mano de un último medio para aligerar nuestro Victoria.

-¿Cuál? -preguntó Kennedy-. Estoy en ascuas deseando conocerlo.

-Debemos desprendernos de las cajas del soplete, de la pila de Bunsen y del serpentín que nos obligan a arrastrar por los aires novecientas libras.

-Pero, Samuel, ¿cómo obtendrás luego la dilatación del gas?

-De ninguna manera; nos las arreglaremos sin ella.

-Pero...

-Oídme, amigos: he calculado muy exactamente lo que nos queda de fuerza ascensional, y es suficiente para transportarnos a los tres con los pocos objetos que llevamos. No pesaremos más de quinientas libras, incluidas las anclas, que tengo interés en conservar.


(...)

-Os repito, amigos míos, que aunque reconozco la gravedad de la determinación, hemos de sacrificar nuestro aparato.

-¡Sacrifiquémoslo! -replicó Kennedy.

-¡Manos a la obra! -dijo Joe.


(...)

-¿Qué vamos a echar? -preguntó Joe.

-Todo el pemmican que queda. Serán treinta libras menos de peso.

-¡Pues allá va! -dijo Joe, obedeciendo las órdenes de su señor.

La barquilla, que casi llegaba al suelo, subió entre el griterío de los talibas; pero, media hora después, el Victoria volvía a bajar rápidamente.

El gas se escapaba por los poros de sus paredes.


(...)

-Joe, echa nuestra reserva de aguardiente -ordenó el doctor-, nuestros instrumentos, todo lo que pese, por poco que sea, y también el ancla.

Joe arrancó los barómetros y los termómetros; pero todo eso suponia muy poco, y el globo, que subió momentáneamente, no tardó en volver a tocar el suelo Los talibas corrían tras ellos y no estaban ya más que a doscientos pasos.

-¡Echa las dos escopetas! -exclamó el doctor.


(...)

-¡El Cielo nos abandona! -dijo Kennedy-. ¡Vamos a caer!

Joe no respondió, no hacía más que mirar a su señor.

-¡No! -dijo éste-. Aún podemos desprendernos de más de ciento cincuenta libras.

-¿Dónde están? -preguntó Kennedy, pensando que el doctor se había vuelto loco.

-¡La barquilla! -respondió éste-. Colguémonos de la red. Las mallas nos sostendrán y
llegaremos al río. ¡Pronto! ¡Pronto!

Y aquellos hombres audaces no vacilaron en intentar semejante medio de salvación. Se colgaron de las mallas de la red, tal como había indicado el doctor, y Joe, sosteniéndose con una mano, cortó con la otra las cuerdas de la barquilla, la cual cayó en el momento preciso en que el aeróstato iba a desplomarse definitivamente.


(...)

De repente, después de haber pasado la colina, el doctor exclamó:

-¡El río! ¡El río! ¡El Senegal!

En efecto, a una distancia de dos millas fluía una extensa corriente de agua. La orilla opuesta, baja y fértil, ofrecía una retirada segura y un lugar favorable para el descenso. -Un cuarto de hora más -dijo Fergusson-, y a salvo.

Pero, desgraciadamente, el globo vacío caía poco a poco sobre un terreno casi enteramente desprovisto de vegetación, compuesto de largas pendientes y llanuras pedregosas, donde no se velan mas que algunos matorrales y una hierba espesa que el ardor del sol había secado. El Victoria tocó varias veces el suelo y volvió a elevarse; pero sus saltos disminuían en extensión y altura, y en el último se quedó enganchado por la parte superior de la red a las altas ramas de un baobab aislado, único árbol en medio de aquel terreno desierto.

-¡Todo ha concluido! -exclamó el cazador.

-Y a cien pasos del río -dijo Joe.

Los tres desdichados saltaron a tierra y el doctor condujo a sus dos compañeros hacia el Senegal.


(...)

-Como no tenemos gas, cruzaremos el río utilizando aire caliente.

-¡Ah, mi querido Samuel! -exclamó Kennedy-. ¡Eres verdaderamente un gran hombre!

Joe y Kennedy pusieron manos a la obra y en un momento reunieron una enorme pila de hierba junto al baobab.

Entretanto, el doctor había agrandado el orificio del aeróstato cortando su parte inferior, tras haber hecho salir por la válvula el poco hidrógeno que aún pudiera contener; despues amontono cierta cantidad de hierba seca bajo la envoltura y le prendió fuego.

No hace falta mucho tiempo para hinchar un globo con aire caliente. Una temperatura de 1800, es suficiente para disminuir a la mitad, enrareciéndolo, el peso del aire que contiene, de manera que el Victoria empezó a recobrar sensiblemente su forma redondeada. La hierba abundaba; el doctor activaba el fuego y el volumen del aeróstato aumentaba visiblemente.


(...)

Diez minutos después, unas sacudidas indicaron la tendencia del globo a elevarse. Los talibas se acercaban; estaban apenas a quinientos pasos. 

-Agarraos bien -exclamó Fergusson.

-¡No tema, señor, no!

Y el doctor, con el pie añadió más hierba a la hoguera.

El globo, totalmente dilatado por el aumento de temperatura, se elevó rozando las ramas del baobab.


(...)

Gritos de rabia imposibles de reproducir acompañaron la ascensión del globo, que subió cerca de ochocientos pies. Se apoderó de él un viento fuerte que le hizo oscilar de manera alarmante, mientras el intrépido doctor y sus dignos compañeros contemplaban bajo sus pies el abismo de las cataratas.

Diez minutos después, sin haber hablado una palabra, los intrépidos viajeros descendian poco a poco al tiempo que se acercaban a la otra orilla.

Allí, sorprendido, maravillado, atónito, había un grupo de unos diez hombres con uniforme francés. júzguese cuál sería su asombro al ver elevarse aquel globo en la margen derecha del río. Casi creyeron en un fenómeno celeste. Pero sus jefes, que eran un teniente de Marina y un alférez de navío, conocían por los periódicos de Europa la audaz tentativa del doctor Fergusson y al momento comprendieron el suceso.

El globo, deshinchándose poco a poco, descendía con los atrevidos aeronautas colgados de su red; pero era muy dudoso que pudiese llegar a tierra, por lo que los franceses se echaron al río y recibieron en sus brazos a los tres ingleses en el momento de bajar el Victoria a algunas toesas de la orilla izquierda del Senegal.

-¡El doctor Fergusson! -dijo el teniente.

-El mismo -respondió tranquilamente el doctor-, y sus dos amigos.

Los franceses llevaron a los viajeros a la orilla del río, mientras que el globo, medio deshinchado y arrastrado por una corriente rápida, fue a sepultarse como una inmensa burbuja, con las aguas del Senegal, en las cataratas de Gouina.

-¡Pobre Victoria! -exclamó Joe.

El doctor no pudo reprimir una lágrima; abrió los brazos, y sus dos amigos se precipitaron hacia él profundamente conmovidos.