Por partida doble, porque implica tanto el derroche de una energía que se nos va como agua entre los dedos como la privación de un espectáculo que los más jóvenes probablemente no han visto nunca.

Mientras Venus exhibe su púdica desnudez con discrección (apenas se percibe a la izquierda de los árboles), las obscenas farolas se muestran avasalladoras, con el fondo iluminado del puerto deportivo.
Me sumo a una reivindicación que va cobrando cuerpo: ¡devolvednos el cielo que nos habéis robado!
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