jueves, 19 de marzo de 2020

El problema de la civilización

Recurro de nuevo a Jorge Riechmann para tomar este dato, que da mucho que pensar:

De las 0’17 Gt estimadas de biomasa de vertebrados terrestres en la Tierra en la actualidad, la mayor parte está representada por ganado (59%) y seres humanos vivos (36%); sólo alrededor del 5% de esta biomasa total está compuesta-absorbida por animales silvestres (mamíferos, aves, reptiles y anfibios). Bar-On et al. “The biomass distribution on Earth”, PNAS, 21 de mayo de 2018;

Es decir: el ecosistema humano es ya prácticamente el único existente sobre la Tierra. El empobrecimiento genómico correspondiente es terrible. Más aún si pensamos que el culto a la eficiencia (que no es lo mismo que eficacia) tiende a empobrecer más aún la diversidad, al abandonar constantemente variedades de plantas y animales "poco productivas".

Naturalmente, eso simplifica la naturaleza. Los ecosistemas consolidados a lo largo de millones de siglos han alcanzado equilibrios entre sus habitantes -incluidos bacterias y virus- que estabilizan la coexistencia entre ellos. Los ecosistemas muy simples son también muy frágiles.

Los ecosistemas naturales, constantemente invadidos y reducidos, nos invaden a su vez. De ellos proceden organismos que allí mantienen un equilibrio que se rompe al entrar en el nuestro. Dejémoslos en paz.

Podemos llegar rápidamente a un punto de no retorno.

Esta proyección de futuro, que tomo del mismo sitio, merece ser analizada con atención. Corramos la línea vertical hasta el año 2020, y a partir de ahí...






















Bertolt Brecht

Gautama, el Buda, enseñaba la doctrina de la Rueda de los Deseos,
a la que estamos sujetos, y nos aconsejaba
liberarnos de todos los deseos para así,

ya sin pasiones, hundirnos en la Nada, a la que llamaba Nirvana.


Un día sus discípulos le preguntaron:
«¿Cómo es esa Nada, Maestro? Todos quisiéramos
liberarnos de nuestros apetitos, según aconsejas, pero explícanos
si esa Nada en la que entraremos
es algo semejante a esa fusión con todo lo creado
que se siente cuando, al mediodía, yace el cuerpo en el agua,
casi sin pensamientos, indolentemente; o si es como cuando,
apenas ya sin conciencia para cubrirnos con la manta,
nos hundimos de pronto en el sueño; dinos, pues, si se trata
de una Nada buena y alegre o si esa Nada tuya
no es sino una Nada fría, vacía, sin sentido.»
Buda calló largo rato. Luego dijo con indiferencia:
«Ninguna respuesta hay para vuestra pregunta.»

Pero a la noche, cuando se hubieron ido,
Buda, sentado todavía bajo el árbol del pan, a los que no le
habían preguntado
les narró la siguiente parábola:
«No hace mucho vi una casa que ardía. Su techo
era ya pasto de las llamas. Al acercarme advertí
que aún había gente en su interior. Fui a la puerta y les grité
que el techo estaba ardiendo, incitándoles
a que salieran rápidamente.
Pero aquella gente no parecía tener prisa. Uno me preguntó,
mientras el fuego le chamuscaba las cejas,
qué tiempo hacía fuera, si llovía,
si no hacía viento, si existía otra casa,
y otras cosas parecidas. Sin responder,
volví a salir. Esta gente, pensé,
tiene que arder antes que acabe con sus preguntas.
Verdaderamente, amigos,
a quien el suelo no le queme en los pies hasta el punto de
desear gustosamente
cambiarse de sitio, nada tengo que decirle.»

Así hablaba Gautama, el Buda.
Pero también nosotros, que ya no cultivamos el arte de la paciencia
sino, más bien, el arte de la impaciencia;
nosotros, que con consejos de carácter bien terreno
incitamos al hombre a sacudirse sus tormentos; nosotros
pensamos, asimismo, que a quienes,
viendo acercarse ya las escuadrillas de bombarderos del capitalismo,
aún siguen preguntando cómo solucionaremos tal o cual cosa
y qué será de sus huchas y de sus pantalones domingueros
después de una revolución,
a ésos poco tenemos que decirles.

Bertolt Brecht (Augsburgo, 1898 – Berlín, 1956), Historias de al­manaque. 1939.

1 comentario: