lunes, 5 de junio de 2023

¿Podemos Sumar Unidas?

A estas alturas, parece difícil.

La memoria de la mayoría de los votantes es corta. Por eso son tan importantes los últimos días de campaña, en los cuales pasan a primer plano aspectos anecdóticos (u otros no tanto) que hacen cambiar el voto a mucha gente. En el último momento los atentados de Atocha hicieron perder la elección a Aznar. En este caso el motivo era muy fuerte, pero ahora mismo, con menor fundamento, el espantajo de ETA y el hábilmente agitado de la compra de votos han neutralizado los éxitos sociales del gobierno de coalición.

Claro que las diferencias entre las izquierdas, tan desagradables en la forma pero en el fondo superficiales, aireadas continuamente provocan en sus votantes cierto desconcierto y en muchos casos la poco sabia decisión de tirar la toalla y marcarse una bonita abstención.

Aunque la memoria sea corta, si continuamente te están recordando algo, eso no se borra tan fácilmente. Y "eso" es lo que los conspicuos opinadores muy ventilados por los medios nos restriegan a todas horas.

El tiempo corre y parece que algunos siguen reticentes a aprovecharlo. Cierto orgullo irracional pesa mucho en ellos, y llega un momento en que no se sabe si la unidad forzada suma... o puede restar, como deja caer Santiago Alba Rico:

"El PSOE necesita a Sumar para gobernar, pero no para sobrevivir. Podemos necesita a Sumar para sobrevivir. Sumar, por su parte, necesita al PSOE para gobernar, pero le sobra Podemos, me temo, en términos de supervivencia."

Un magnífico análisis de la situación y la unánime enemiga contra "la izquierda peligrosa" de una derecha que además tiene hondas raíces incrustadas en el PSOE lo expone Juan Tortosa en su artículo Todavía estamos a tiempo de arreglar esto. Lamenta el injusto tratamiento dado a Podemos, pero habría que recordarle que ha acabado luciendo garbosamente la mochila de los viejos partidos que quita votos.

Del mismo modo que el
PSOE se pone los galones de Podemos, este partido tiende a atribuirse en solitario los éxitos de la parte izquierda de la coalición, que en buena parte lo fueron de IU y de la modesta sombra en que se guarece el PCE.

Termino esta corta reflexión con una llamada a la cordura, esperando que no sea a título póstumo, y esta filípica de
Ana Pardo de Vera:


Yolanda Díaz y su derecho a equivocarse; Podemos y su deber de acatar

Ana Pardo de Vera
31 de Mayo de 2023

Vamos a hablar de datos electorales en el lado socialdemócrata y a la izquierda del tablero, ahora que los días transcurridos desde el 28 de mayo nos dan algo más de perspectiva, no toda.

El PSOE ha perdido un 6% de votos entre las elecciones municipales de 2019 y las de 2023, algo más de 400.000 votos. Esto son 1.557 concejales de los 22.341 conseguidos hace cuatro años. Institucionalmente ha sido dramático para los socialistas; cuantitativamente, no tanto.

Unidas Podemos -y me centraré solo en la coalición Podemos-Izquierda Unida- ha perdido en las elecciones del pasado domingo 231.103 votos frente a los 364.370 logrados en las municipales de 2019. Esto supone un 63,4 por ciento menos de votos en 2023 con respecto a hace cuatro años: les quedan 200 concejales en toda España de los 461 que tuvieron hasta el 28-M. Un desastre, sin matices.

Hay voces que empiezan a cuestionar que la dirección nacional de Podemos, más allá de asumir la derrota estrepitosa el 28-M, no asuma ninguna responsabilidad por ella. Es el caso de Juan Pedro Yllanes, que ha sido vicepresidente del Gobierno de coalición de Baleares y ha pedido la dimisión del núcleo duro de Podemos. De momento, no consta que vaya a haber ningún cambio en este sentido, al menos, hasta que se configure el espacio donde se supone que Podemos iría incluido, el Movimiento Sumar de Yolanda Díaz.

La rápida convocatoria de elecciones generales por parte de Pedro Sánchez, que dice asumir así las responsabilidades de la derrota del PSOE en primera persona, ha dejado a Sumar sin tiempo para hacer primarias. La premisa de Yolanda Díaz es que los y las que quieran sumar, vayan con ella; los y las que no, que sigan en la autodestrucción, pero fuera del movimiento que debe combatir a la ultraderecha el 23 de julio.

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo fue elegida a dedo por Pablo Iglesias para sucederle en el liderazgo de Unidas Podemos, sin primarias y sin consultarle siquiera. Se podía criticar o no la decisión, pero Iglesias estaba en su derecho como hacedor indiscutible de la revolución que ha supuesto Podemos y su coalición electoral en la historia sociopolítica de España.

Es evidente que, vistos los acontecimientos externos e internos de UP, lo más cómodo para Yolanda Díaz, cuya buena gestión en el Gobierno está acreditada, era negarse y seguir acumulando esa gestión positiva y una buena valoración ciudadana. Pero aceptó y su independencia, la elección de sus tiempos, de sus colaboradores y asesoras, de su discurso, de su estrategia … fue cuestionada desde el principio por la dirección de Podemos y el propio Iglesias, además, de forma muy agresiva al llevarse al terreno personal. Desde que empezó y con la deriva que fue adquiriendo, sobre todo, por las dificultades que atravesaba a diario el Gobierno de coalición con el PSOE, aquello no podía más que acabar mal, como así fue: visualización explícita de ruptura en Magariños y hecatombe electoral el 28 de mayo.

Y ahora, hay que unirse porque no queda otra y vamos a hablar todo lo que no hablamos en positivo (nada) hasta ahora. Con el triple de dificultades, sin representación institucional apenas y con el tiempo, mínimo, en contra. ¿Hablar de qué? ¿De puestos en las listas o de programa y propuestas? ¿De igual a igual con todas las formaciones que pretenden concurrir en el Movimiento Sumar o todavía pretende Podemos arrogarse algún protagonismo?

La respuesta parece bastante clara: el liderazgo es de Díaz y además de trabajar por la unidad como ella decida, este liderazgo le otorga el derecho a equivocarse. Por su parte, quienes quieran acompañarla tiene la responsabilidad y el deber de ayudarle y acompañarla. El deber de acatar y, si es posible y no se suma, callarse. O marcharse, porque la alternativa es la ultraderecha y el mensaje de los votante de izquierdas ha sido clarísimo: o se unen o nos quedamos en casa.

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