martes, 5 de mayo de 2020

El negocio de la salud

Ya hace años que las Mareas Blancas llenaron las calles de personal sanitario que protestaba por la privatización y los recortes en la sanidad. Más adelante, en 2017, el Aula Castelao de Pontevedra dedicó su anual Semana de Filosofía, que puntualmente celebra después de Semana Santa (si no hay pandemia por medio), al tema Filosofía y Salud. El problema y la denuncia vienen de lejos.

Aunque los responsables de todo este desaguisado se pongan ahora de perfil, esta tragedia muestra más claramente que nunca lo que podía pasar si se debilitaba el parasitado sistema sanitario público.

A las conferencias pronunciadas en aquella Semana dediqué aquí algunas entradas. Sus títulos lo dicen todo:



Esta última pronunciada precisamente por la autora del artículo que sigue.

Dejo aquí también enlaces a dos presentaciones en PowerPoint llenas de datos, realmente escandalosos:



Y una noticia reciente sobre un resquicio legal nunca utilizado que permite anular una patente por «salud pública».

Veremos si se aplica.

El artículo de Angeles Maestro hace una puntual comparación entre el parasitismo biológico y el que practican las empresas del negocio sanitario, prosperando a costa de la salud de su huésped, la sanidad pública.

Ilustración de Miguel Peralta


















Ángeles Maestro

La contradicción entre lo público y lo privado en la sanidad

La gran cantidad de muertes evitables de las últimas semanas ha permitido que muchas personas tomen conciencia –y esa es una de las pocas cosas que hay que agradecer a la actual epidemia– de las enormes carencias de la sanidad pública y de que éstas son el resultado de un largo proceso de desmantelamiento. Y es obvio que el mortífero virus no es responsable de ello.

El presidente del gobierno ha llegado a plantear una «Reforma Constitucional para blindar la sanidad pública» y para «tener un sistema de salud mucho más fuerte». Su propuesta evidencia el inexistente valor práctico de los derechos sociales (sanidad, vivienda, educación, trabajo, etc.) reconocidos en la Constitución, más allá de haber servido de anzuelo a un pueblo incauto al que le hicieron creer durante la Transición que todo eso serviría para entrar en el paraíso del «estado del bienestar». Esas declaraciones no suponen más que un brindis al sol, dado que se necesita una mayoría de al menos de dos tercios del Parlamento para reformar la Constitución. Y es evidente que no va a contar con los votos, no sólo de la derecha, sino del propio PSOE, como veremos más adelante.

En el mismo sentido, algunos medios de comunicación están promoviendo una recogida de firmas llegando a proponer que la financiación mínima de la sanidad pública sea el 7% del PIB, garantizada por ley.

Más allá de las buenas intenciones que pueden guiar estas propuestas –aunque en el caso del presidente del gobierno no cabe alegar ignorancia– la realidad es mucho más compleja. En este trabajo pretendo aclarar que el incremento de la partida presupuestaria destinada a la sanidad no sirve para eliminar las causas fundamentales de la precariedad del sistema sanitario público.

Detrás de la sanidad se mueven poderosísimos intereses privados que, de hecho, estarían encantados con un aumento sustancial del gasto sanitario porque, al final, acabaría en sus bolsillos.

El prestigioso epidemiólogo Usama Bilal [1] afirma en una reciente entrevista [2] que las causas fundamentales de que el Covid-19 esté golpeando en el Estado español más fuerte que en otros países no están en lo que hemos hecho en los últimos tiempos, sino en decisiones políticas que se vienen tomando desde hace treinta años. Él es uno de los muchos científicos españoles que tuvo que emigrar para desarrollar su profesión porque aquí la política científica obedece al principio «que inventen otros», más si cabe en una especialidad médica como la epidemiología centrada en descubrir las causas sociales de la enfermedad.

Efectivamente la degradación del sistema sanitario tiene una larga historia que no ha sido sólo fruto de la desidia de los gobiernos, sino muy al contrario, de decisiones políticas activas y trascendentales destinadas a debilitar la sanidad pública y cuya importancia se ha ocultado sistemáticamente.

Para poder comprender este proceso es importante aclarar algunos conceptos. La sanidad pública y la sanidad privada no son compartimentos estancos, y mucho menos complementarios. En realidad están tan íntimamente relacionadas que son un binomio inseparable. La relación entre ambas es muy semejante a la que se establece entre hospedador y parásito, clave –por cierto– en el estudio de las enfermedades infecciosas.

El parasitismo, recordando la biología, es un tipo de simbiosis en la cual el parásito depende del huésped y vive de él depauperándolo, sin llegar a matarlo. El parásito obtiene beneficios y el hospedador, daños.

Los ectoparásitos: las aseguradoras privadas y los conciertos

La evidente analogía para cualquiera que analice el asunto con independencia de criterio, es decir, que no tenga intereses vinculados al capital privado, llegó a constituir un axioma, incluso para el PSOE de los últimos años del franquismo. En su programa político se afirmaba, por ejemplo, que era imposible desarrollar una sanidad pública de calidad sin nacionalizar la industria farmacéutica.

Pocos años después, en 1982, tras la victoria del PSOE por mayoría absoluta, esta afirmación se vería confirmada exactamente al revés. El dirigente más destacado del PSOE en materia de sanidad, Ciriaco de Vicente, un hombre capacitado y con planteamientos de izquierdas, no fue designado ministro como se esperaba. La poderosa industria farmacéutica le hizo saber a Felipe González que De Vicente no tenía su confianza. En su lugar fue nombrado Ministro de Sanidad Ernest Lluch, un hombre muy cercano a Farmaindustria, la asociación empresarial de la industria farmacéutica establecida en España.

En estas condiciones no es de extrañar que la Ley General de Sanidad eliminara artículos muy importantes, que sí aparecían en los primeros borradores, como el sometimiento del Medicamento a la planificación general del Sistema Nacional de Salud o la prohibición expresa de los conciertos con entidades privadas.

En la actualidad casi el 12% del gasto sanitario público estatal va destinado a conciertos, una proporción en constante crecimiento y mucho mayor en Comunidades Autónomas como Cataluña y Madrid.

El incremento exponencial de la contratación de la sanidad pública con empresas privadas se ha desarrollado en sentido contrario de la inversión y el desarrollo de los servicios públicos. Con el argumento de disminuir las listas de espera se ha concertado masivamente la realización de intervenciones quirúrgicas de mediana o baja complejidad, muy rentables, en clínicas privadas que en muchas ocasiones están muy por debajo de los estándares de calidad exigibles y a las que se permite seleccionar pacientes. Es evidente que para la sanidad pública quedan todas las intervenciones costosas y aquellas personas con patologías múltiples o de edad avanzada.

Las enormes listas de espera –sobre todo la espera para diagnóstico– como expresión de la degradación de la sanidad pública han producido otra consecuencia enormemente lucrativa: la escalada meteórica de las pólizas de seguros privados. Las cifras para 2019 eran las más altas de la historia: 10 millones de personas. El escándalo mayor es la gran cantidad de instituciones públicas que pagan, con dinero también público, pólizas privadas a sus miembros y familiares [3]. A ello ha contribuido notablemente la aplicación de importantes deducciones fiscales [4] aplicables a autónomos y empresas desde 2016 y vigentes en la actualidad. Es el zorro guardando las gallinas.

Volviendo al símil biológico las empresas aseguradoras privadas, cuya buena salud depende del deterioro de la sanidad pública con el apoyo impagable –o no– de decisiones de variopinto color político, serían ectoparásitos (como las garrapatas o los piojos). Estos ectoparásitos se desarrollan en el exterior del hospedador, la sanidad pública, al igual que las empresas que prestan servicios sanitarios con sus propias instalaciones y recursos, aunque ya hemos visto la importante quinta columna con la que cuentan en el interior en el caso que nos ocupa.

Y en sanidad no se trata fundamentalmente de que el dinero público, salido de nuestros bolsillos, vaya a enriquecer a unos cuantos, sino de que ese suculento negocio se hace a costa de vidas, de muertes prematuras y perfectamente evitables. Al respecto no se puede olvidar la dramática situación que se ha vivido en los hospitales públicos obligados a no atender pacientes mayores de 70 años por falta de recursos mientras la sanidad privada exhibía instalaciones de cuidados intensivos disponibles [5] a precios de mercado. Ni el gobierno estatal, ni ningún gobierno autonómico ha movido un dedo para intervenir todos los recursos necesarios, a pesar de que el primer Decreto de Estado de Alarma preveía esta posibilidad.

Como buenos parásitos aprovechan la debilidad del oponente. En todos los medios de comunicación asistimos al escarnio de una intensificación de la publicidad de aseguradoras (Sanitas, Adeslas, DKV, etc) que ofrecen atender a personas enfermas mayores de las clases sociales que pueden permitirse ese gasto.

Los endoparásitos: gestión privada con financiación pública

La historia de los endoparásitos, de la penetración del capital privado en la sanidad pública es más compleja. Es una guerra de trincheras. Es la consecuencia de la crisis general del capitalismo que ve caer sus beneficios en sectores productivos y se refugia en el paraíso dorado de los servicios públicos.

El camino de la privatización se inicia en la década de los 90, con la eufemísticamente llamada externalización de partes esenciales de un hospital como son los servicios de limpieza, lavandería, cocinas o seguridad, y no ha cesado de ampliarse a laboratorios, radiodiagnóstico, celadores, etc.

El pistoletazo para la entrada masiva de capital privado en la sanidad lo dio la aprobación en el Congreso de los Diputados de la Ley 15/97 de nuevas formas de gestión, que contó con los votos del PP (gobernando en minoría) el PSOE, PNV, CiU y Coalición Canaria. ¿Puede imaginarse mayor consenso político? Pues aún hubo más. Al día siguiente de la votación la Federación de Sanidad de CC.OO. mostró su satisfacción por tan amplio acuerdo en torno a una Ley clave para «modernizar» la sanidad pública.

¿Puede soñar el capital algo mejor que contar con financiación pública, tener la clientela asegurada, poder imponer condiciones de precariedad laboral, supeditar los recursos ofertados a la obtención de beneficios y seleccionar pacientes rentables?

A ese escandaloso privilegio, que suponía multiplicar por seis en el periodo de concesión la inversión realizada [6], se apuntaron las empresas constructoras en ruina tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, la gran mayoría vinculadas a la trama Gurtel [7], multinacionales de la sanidad privada y fondos de capital-riesgo [8].

Los datos acumulados que expongo a continuación explican el horror vivido en los hospitales durante esta epidemia. En la sanidad pública madrileña, desde 2008 se viene produciendo una brutal disminución de personal, acelerada con la creación de los once nuevos hospitales de gestión privada y financiación pública. Se han perdido más de 7.000 trabajadoras y trabajadores, de ellos 3.000 sanitarios con licenciatura o diplomatura [9], y permanecen cerradas cerca de 3.000 camas.

El análisis de este proceso, complejo, pero que es indispensable conocer, desborda los objetivos de este artículo y ya ha sido realizado [10], aunque este riguroso análisis no haya trascendido a los grandes medios de comunicación. Este silencio no sorprende si se tiene en cuenta que esta información desenmascara intereses políticos y empresariales que, a su vez, contribuyen decisivamente a la financiación de esas mismas empresas de comunicación.

La industria farmacéutica: parasitismo absoluto

Puede decirse sin temor a exagerar que la industria farmacéutica tiene en sus manos las riendas fundamentales de la política sanitaria. En este caso su funcionamiento sería más parecido al de un virus: penetra en la célula, modifica su funcionamiento y depende de ella para su multiplicación. Es lo que se conoce en biología como parasitismo absoluto.

La industria farmacéutica no sólo controla la cuarta parte del gasto sanitario público total, cerca de 25.000 millones de euros, sino que tiene una influencia decisiva en la formación del personal sanitario, dirige la totalidad de la investigación (se investiga y se fabrica lo rentable [11], no lo eficaz), y en la práctica controla la prescripción de medicamentos. Hay un indicio que ayuda a explicar este escándalo cotidiano: muchos altos cargos del sistema sanitario, del más variopinto color político, proceden de multinacionales del medicamento o pasan a ser reclutados por éstas [12].

El asunto central no es que el gasto farmacéutico sea elevado, sino que se calcula que el 50% de los medicamentos prescritos no son necesarios [13] y además provocan multitud de efectos indeseables, entre ellos miles de muertes al año. El hecho de que los fármacos más prescritos, con mucho, sean los ansiolíticos y antidepresivos da idea de hasta qué punto se está medicalizando el malestar social.

El caso más escandaloso ha sido el de los hemoderivados, para los que la OMS recomienda encarecidamente una industria pública estatal. La obtención de sangre por parte de las multinacionales farmacéuticas mediante pago en dinero o en beneficios penitenciarios a quienes la aportan (sectores de la población con alta prevalencia de infecciones) ha sido responsable de la transmisión de infecciones tan graves como la Hepatitis B y C o el SIDA.

El negocio privado fuera de la sanidad pública

Espero haber contribuido a aclarar que el asunto no se resuelve sólo con aumentar el presupuesto de la sanidad pública. El estado de salud de una persona enferma parasitada por una tenia no mejora aumentando la ingesta alimenticia.

Junto al incremento de recursos estrictamente públicos es imprescindible eliminar el negocio privado de la sanidad pública. Es radicalmente falso que la «complemente». El objetivo prioritario de la obtención creciente de beneficios, consustancial a la empresa privada, es estrictamente opuesto al de la sanidad pública: mejorar el estado de salud de toda la población. Y el capital privado para desarrollarse necesita socavar, debilitar y, en definitiva, subordinar el funcionamiento del sistema a sus intereses. Exactamente igual que los parásitos.

Para construir una sanidad pública potente no valen propuestas grandilocuentes como la Reforma de la Constitución, que por otro lado son imposibles dada la correlación de fuerzas política. El camino es relativamente más sencillo, si de verdad existiese voluntad política. En primer lugar, es necesario llevar a cabo un cambio normativo y desarrollarlo con todas sus consecuencias: derogar el artículo 90 de la Ley General de Sanidad, que permite los Conciertos con empresas privadas, y derogar por completo la Ley 15/97 de Nuevas Formas de Gestión. Ambas leyes, aunque son utilizadas ampliamente por el PP y las derechas nacionalistas, tienen el sello del PSOE.

Junto a ello, para empezar a enfrentar el mayor parásito de la sanidad pública, es preciso crear una industria farmacéutica pública que se ocupe de la investigación, fabricación y distribución de, al menos, los 433 medicamentos considerados esenciales por la OMS [14]. Y no sería imposible, tomando como base la experiencia del Centro Militar de Farmacia de la Defensa.

Negocio privado y sanidad pública son incompatibles. En estas semanas, y lo más duro está por llegar, estamos comprobando dolorosamente que el capitalismo no funciona. La vida es otra cosa.
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[1] Usama Bilal estudió medicina en la Universidad de Oviedo y obtuvo el Máster en Salud Pública en la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid). Hizo su tesis doctoral en la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health (EE.UU.) y recibió en 2018 el premio «Early independence» del National Institutes of Health.

[2] https://www.infolibre.es/noticias/politica/2020/04/29/usama_bilal_epidemiologo_turismo_masivo_nos_hace_muy_vulnerables_las_epidemias_105585_1012.html

[3] Entre ellos, los dos millones de personas incluidas en MUFACE (funcionarios), MUGEJU (jueces) e ISFAS (ejército y policía). Instituciones públicas como Consejo Consultivo de Canarias, las Juntas Generales de Álava, la antigua Comisión Nacional de la Energía, RTVE y el FROB, han tenido, o siguen teniendo para sus miembros y familiares seguros médicos privados pagados con dinero público. También la Asociación de la Prensa de Madrid, mantiene para sus afiliados este privilegio desde 1982. http://casmadrid.org/index.php/comunicados/381-asistencia-sanitaria-privada-con-fondos-publicos-privilegios-mantenidos-por-viejos-y-nuevos-partidos

[4] Para los autónomos y sus familias la deducción por póliza de seguro de salud es de 500 euros por persona y año. Las empresas desgravan el 100% del gasto abonado por seguros médicos a sus empleados a efectos de Impuesto de Sociedades, al ser considerado «gasto social». Para los trabajadores no se considera retribución la prima del seguro de salud pagado por la empresa y por lo tanto está exenta de tributación.

[5] https://www.redaccionmedica.com/secciones/privada/coronavirus-sanidad-privada-camas-uci-ocupadas-libres-9564

[6] http://www.casmadrid.org/index.php/comunicados/621-los-nuevos-hospitales-de-madrid-una-sangria-que-no-cesa

[7] http://www.casmadrid.org/index.php/noticias/348-2016-03-08-era-de-esperar-los-grandes-casos-de-corrupcion-politica-salpican-a-la-sanidad

[8] https://dempeusperlasalut.wordpress.com/2013/02/21/como-se-gesta-y-a-quien-beneficia-la-privatizacion-de-la-sanidad/

[9] http://www.casmadrid.org/index.php?idsecc=comunicados&id=65&titulo=COMUNICADOS

[10] Maestro, A. (2013) Crisis capitalista y privatización de la sanidad. Editorial Cisma. Disponible en: http://www.cismaeditorial.es/

[11] Con frecuencia se dan situaciones de desabastecimiento de medicamentos necesarios pero poco rentables que la industria farmacéutica deja de fabricar. Recientemente ha saltado a los medios de comunicación la escasez de medicamentos útiles para el tratamiento de algunos casos de COVID-19, como la hidroxicloroquina o necesarios para la sedación, como los relajantes neuromusculares. http://espanol.arthritis.org/espanol/la-artritis/enfermedades-relacionadas/escasez-hidroxicloroquina/

[12] https://www.dsalud.com/reportaje/el-fenomeno-de-las-puertas-giratorias-en-el-campo-de-la-salud/

[13] Joan Ramón Laporte, catedrático de farmacología clínica es sin duda el mayor experto en política del medicamento y una de las escasísimas voces no sobornadas por la industria. https://www.elsaltodiario.com/industria-farmaceutica/joan-ramon-laporte-medicamento-covid19-10-euros-no-manos-privadas


domingo, 3 de mayo de 2020

De virus y falacias

Si no fuera por la rabiosa actualidad (literal y metafórica) de un virus biológico, lo primero que nos evocaría la palabra serían, por temidos, los virus informáticos. Lo que ambos tienen en común lo vimos aquí: que existen para reproducirse y que necesitan para ello habitar en un huésped que los multiplique y expanda. Tanto en el sentido estrictamente "vírico" como en el simbólico "viral", solemos considerar que el virus es dañino.

Pero estrictamente hablando no todo lo que se extiende viralmente ha de ser dañino. Este comportamiento, aplicado a las ideas, puede ser lo mismo "bueno" que "malo". Y a veces, ambiguamente, tanto útil como nocivo. Pero toda transmisión de conocimiento se hace con la esperanza de que los receptores la multipliquen.

La diferencia entre los virus biológicos naturales y los creados por el hombre, sean o no biológicos, está en la intención "buena" o "mala" con que estos se crean y expanden. Y aun este criterio moral es muy variable. Para eso están las escalas de valores de cada cultura.

Por su propia naturaleza, un virus es siempre social. Pone en relación a los infectados, potenciales o reales. Su transmisión la frena la inmunidad adquirida frente a él. Todo grupo humano expuesto puede poseer, o no, anticuerpos que limiten sus efectos. Por eso le es muy difícil penetrar en quienes de entrada no lo aceptan.

Los virus políticos se propagan dentro de quienes comparten afinidades, difícilmente penetran en los que tienen anticuerpos. Esto es patente en las redes sociales. Tendemos a comunicarnos con nuestros afines. Si algún "predicador" quiere llevar su mensaje más allá únicamente lo admitirán los que no hayan trazado su barrera defensiva. Es labor ingrata la de quien, creyendo en la verdad, bondad o belleza de su mensaje, quiera extenderlo por territorio enemigo.

Las redes sociales, a la vez que facilitan la comunicación, la encierran en grupos de afines. Los algoritmos que emplean pueden obedecer a dos criterios, ofreciéndonos lo más difundido o lo que más nos agrada. Según la estrategia del administrador puede ser trama de relaciones o malla que aprisiona.

Es importante distinguir el método del contenido. El primero puede ser correcto o incorrecto, el segundo bueno o malo, verdadero o falso. Solo un análisis lo más objetivo posible, y siempre limitado por el conocimiento, la cultura y la ideología del juzgador puede intentar un juicio.

En este curso de filosofía que la pandemia ha congelado no podía dejar de considerarse el rigor lógico en el razonamiento, y lo fácilmente que se puede incurrir en falacias de distintas clases. Sobre las dificultades que presenta el razonamiento lógico para nuestras limitadas mentes es muy recomendable la lectura del prólogo de una novela de Umberto Eco, El péndulo de Foucault, y más extensamente el libro de Massimo Piattelli Palmarini Los túneles de la mente.

Mi amigo Domingos García, que imparte el curso, me ha enviado un artículo que señala algunas falacias que se han deslizado en los discursos que pretenden exculpar la acción del gobierno de España en la gestión del la actual emergencia sanitaria, la que nos mantiene a todos en el limbo físico, si es que el limbo es un lugar físico.

Vuelvo a hacer notar que la existencia de falacias en el discurso no presupone verdad o falsedad en lo que se afirma. De hecho, considero que muchos de estos razonamientos falaces son simples elipsis y que un conjunto de pasos intermedios omitidos podría establecer su carácter de verdad o falsedad, siempre relativa a la de las premisas.

¿Cuántos contenidos admitimos sin demostrarlos? Ni siquiera podríamos comunicarnos si todo el discurso estuviera formado por una cadena de silogismos. 

Perdonadme (si queréis) esta falacia elíptica que no demostraré: la labor del gobierno no está siendo tan mala como la presenta la oposición. La oposición está actuando con el fin, no confesado abiertamente, pero que se ve muy claro, de tumbar a un gobierno débil que consideran peligroso para sus intereses. En cualquier caso me ha interesado como ejercicio de lógica formal.

Podéis comprobar, en estos ejemplos, que falacia no es lo mismo que falsedad.

Y hablando de sesgos: ¿no notáis un sesgo de principio al centrarse solamente en lo que sostiene el gobierno? ¿no habrá alguna falacia, o directamente falsedad, en los discursos críticos que o no plantean alternativas o tienen como única alternativa un cambio de gobierno?

Os dejo el ejercicio de analizar por vosotros mismos el carácter verdadero o falso de lo que se dice, más allá de la lógica impecable de las afirmaciones.


La correcta construcción de un silogismo solamente garantiza la verdad de la conclusion para quien acepte la verdad de las premisas




El debate sobre la gestión de la epidemia y la reacción del Gobierno está sembrado de errores y trampas. Para acercarnos a la verdad, es bueno identificarlos y revisar los propios sesgos.


Desde hace días circula un artículo de Politico.eu al que voces afines al Gobierno han atribuido una asombrosa capacidad exculpatoria. El artículo compara por países los distintos timings en la aplicación de medidas para paliar la extensión del COVID-19. Lo que hay entre el estudio y lo que infieren los afines se llama sesgo de confirmación. 

La pregunta que vertebra el estudio es la siguiente: ¿cuántos días transcurrieron entre el primer fallecido nacional por COVID-19 y la implementación de las distintas restricciones? Por ejemplo, España decretó el cierre de colegios el doce de marzo, once días después del primer fallecido oficial, mientras que el Reino Unido esperó dieciocho, y Francia treinta y uno. Otros países fueron más precoces que España: Austria y República Checa decretaron su cierre sin fallecidos confirmados, y Bélgica y Polonia lo decretaron cuatro días después del primero. Aunque el estudio ignora que el primer fallecimiento en España por COVID-19 ocurrió el 13 de febrero en el hospital Arnau de Vilanova de Valencia, podemos pasar por alto este (importante) dato, pues pretendo detenerme en la paz mental que ha generado el estudio en algunos sectores de la opinión pública.

Quienes interpretan este estudio como la confirmación de que la reacción del gobierno español fue rápida y adecuada deben revisar los datos con algo más de frialdad para así evitar el razonamiento defectuoso en el que incurren: sostienen que puesto que España actuó antes que otros países una vez se conoció el primer fallecido, actuó a tiempo, mejor que otros. Este argumento no se sostiene salvo que hagamos emerger sus premisas implícitas (los entimemas, que decían los clásicos), como que actuar “a tiempo” equivale a actuar tan pronto se conoce el primer fallecimiento, lo cual dista mucho de ser evidente. Y aún menos que esa mera reacción suponga actuar “bien” o de la manera más aconsejable a la luz de la evidencia entonces ya disponible. Huelga decir que ninguno ha aguado su alegría con la pregunta inevitable: ¿por qué, si reaccionamos con tanta prontitud, tenemos cifras de contagiados y fallecidos exponencialmente superiores a nuestros vecinos europeos?

Es evidente que juzgar la agilidad de la reacción en base al número de fallecidos nacionales es arbitrario. España decretó la prohibición de todo movimiento no esencial el dieciséis de marzo, con 340 fallecidos y 9.000 infectados. Pero no se puede obviar que, en ese momento, Italia había alcanzado los 30.000 infectados y los 2.200 fallecidos. En otras palabras, el estudio se ha interpretado como si los gobiernos tomaran decisiones en un vacío informativo, ajenos a lo que sucede en otras latitudes. En parte ha sido así, pero ahí está el error político. Hoy sabemos que quienes mejor han contenido la expansión de la pandemia han sido quienes han sabido anticiparse en vista de lo que sucedía en otros lugares.

Además, para adecuarse a los parámetros de la discusión pública española, el estudio debería incluir otro bloque: ¿cuántos gobiernos llamaron a una manifestación masiva habiendo más de 600 positivos confirmados y casi veinte fallecidos? Por contextualizar: el ocho de marzo Italia confirmó 1.500 nuevos contagios, alcanzando los 7.400 contagiados; ese día fallecieron 133 personas y el total de muertes ascendió a 366.

En resumen, no se puede concluir que la reacción del Gobierno fuera adecuada en base al artículo de Politico.eu. El parámetro empleado (tiempo transcurrido entre el primer fallecido nacional y el decreto de medidas excepcionales) es arbitrario y no tiene en cuenta elementos vitales como la evolución del virus en otros países, las advertencias de la OMS y del Centro Europeo para el Control y Prevención de Enfermedades, o la lentitud para provisionarse de material sanitario.

Pedro Sánchez afirmó hace dos semanas que quienes le reprochan al Gobierno haber reaccionado tarde ante la pandemia eran víctimas del “sesgo de retrospección”. Entiendo que hablaba del determinismo retrospectivo, que consiste en interpretar, con la lucidez que da la distancia, una cadena de hechos como previsibles y evidentes. En parte, el presidente tiene razón: el sesgo brilla en ciertos políticos de la oposición que hoy consideran una temeridad no haber desconvocado la manifestación pero entonces no lanzaron mensaje alguno de alarma. El sesgo se daría, claro está, si presuponemos una simetría en la información.

Ahora bien, lo que merece atención no es la detección del sesgo, sino el argumento falaz que enlaza: “Puesto que la oposición tampoco percibió la gravedad de los hechos, la gravedad era imposible de predecir”. Sabemos que existían indicios de sobra y que el Gobierno –rodeado de expertos y con acceso a información más detallada– los ignoró, que una parte de la oposición tampoco los atendiera no exime de responsabilidad al Ejecutivo. Quizá nuestro presidente deba familiarizarse con otro sesgo común, el llamado sesgo del optimismo: lo sufren aquellas personas que confían, sin fundamento alguno, en que nunca pasará nada malo. En todo caso, no está de más airear la discusión pública poniendo ejemplos de algunas de las falacias en curso. Con un poco de suerte, saldremos de esta crisis siendo algo más respetuosos con una disciplina tan noble como la lógica de enunciados.

Como hemos visto, muchos de los razonamientos que circulan son emitemáticos, es decir, omiten una premisa necesaria para validar la conclusión; si la premisa no es evidente, el argumento es falaz.
  • “España decretó el Estado de alarma con 120 muertos y Francia con 148, luego España reaccionó antes y mejor que Francia.” Premisa implícita: actuar tan pronto se conoce el primer fallecimiento equivale a actuar “a tiempo”
  • “En la región x se redujo la inversión en sanidad por ciudadano, luego la atención sanitaria hoy es peor”. Premisa implícita: Menor inversión por ciudadano equivale a peor atención.
  • “Cuando una donación se hace pública deja de ser una donación.” Premisa implícita: solo una donación anónima es una donación.
Circulan también algunas falacias formales: aquellas basadas solamente en su forma lógica. Todas son una variante del célebre Non Sequitur (no se sigue). Aquí algunos ejemplos:
  • “El pico de contagios sucedió antes de la manifestación del 8M, luego mantener la convocatoria no fue un acto irresponsable.
  • “En el mismo fin de semana del 8M se celebraron en España misas, partidos y espectáculos, por lo tanto, el contagio no es culpa de la manifestación feminista.”
Y luego tenemos a las sospechosas (falacias) habituales:
  • Post hoc ergo propter hoc (después de esto, entonces, a causa de esto, eso): “Los contagios aumentaron exponencialmente después de la manifestación del 8M, luego ésta es la causa de los contagios”.
  • Sesgo retrospectivo 1: “Cuando se convocó la manifestación, era evidente que el contagio masivo iba a suceder”.
  • Sesgo retrospectivo 2: “Era previsible que, de haber una epidemia, sufriríamos por los recortes”.
  • Circulus in probando (razonamiento circular): “Es momento de apoyar al Gobierno de España, por eso tienen que apoyar al gobierno de España”.
  • Falsa dicotomía: “¿Tendrán sentido de Estado o criticarán al Gobierno?”.
  • Hombre de paja: “Quienes critican la manifestación del 8M en realidad atacan la causa feminista y los derechos de las mujeres”.
  • Falacia del arenque rojo o la pista falsa: “Lo importante es poner todas las energías en resolver la cuestión, no en regocijarnos en los errores».
  • Falacia genética: “Puesto que el PP es de derechas, su gestión de la sanidad pública es pésima”.
  • Pendiente resbaladiza o efecto dominó: “Si aceptamos las donaciones de Amancio Ortega terminaremos dinamitando la sanidad pública”.
  • Falacia ad populum: “El PP hizo recortes en Sanidad, lo sabe todo el mundo”.
  • Equivalencia moral: “El Covid-19 ha matado en un mes más gente que la violencia de género en diez años”.
  • Falacia naturalista: “Siempre ha habido pandemias, así que debemos aceptar sus efectos”.
En fin, así están las cosas. Antes de despedirme, invito a todos aquellos interesados en acercar nuestra esfera pública a la verdad a que revisen un sesgo cognitivo que se menciona poco estos días, cuando es más pertinente que nunca: el efecto Dunning-Kruger.

Cuídense.

D.



sábado, 2 de mayo de 2020

Supervivientes

Escrito hace más de cuarenta años, hay en este libro de John Berger algo que ahora nos golpea con su inocultable realidad. Visualiza a los campesinos, entonces considerados clase en extinción. Ahora, en tiempos de decrecimiento y supervivencia, no podemos decir lo mismo.

Porque en esta obligada cuarentena son los únicos imprescindibles.

Hace dos o tres generaciones la población urbanizada, incluida la clase obrera, era todavía minoritaria. Mis abuelos vivían del campo y en el campo. Hoy empieza a ser minoría la población ligada a la tierra, porque el insostenible modelo agrícola del agronegocio la expulsa a las ciudades, en muchos casos forzada a sobrevivir en la "economía informal".

En casi todos los modos de producción que han desarrollado vida urbana los campesinos han sido la clase social forzada a asegurar la subsistencia de los demás antes que la propia. Si los impuestos en moneda o en especie eran y son obligaciones fijas, el producto de la tierra no lo es, sujeto a toda clase de incertidumbres. Por eso han adquirido y transmitido saberes que a través de los tiempos les han permitido sobrevivir.

Sumergidos en la lectura nos damos cuenta de lo poco que tenemos presente esta cultura de supervivencia, encerrados como estamos en otra cultura de seguridad y progreso.

Bastará esta imagen para mostrar las diferencias:










Después de las historias narradas, el libro termina con un epílogo revelador que reproduzco a continuación.
















viernes, 1 de mayo de 2020

Alcurnias

El pintor y poeta Francisco Moreno Galván y el cantaor José Menese nacieron en La Puebla de Cazalla. Allí nacieron también cantaores como La Niña de La Puebla o Manuel Gerena. Su lugar de origen, la afición flamenca compartida y el conocimiento directo de la situación de los pueblos de Andalucía los llevaron a colaborar estrechamente, como letrista y cantor. 

Eran los tiempos finales de la dictadura, y a la lucha política por las libertades democráticas elementales se unía la lucha social contra una estructura a todas luces injusta.

Es esta sobre todo la que se refleja en estas guajiras.


“Una familia honorable”, poema de Francisco Moreno que Menese grabaría en 1976.


Esa familia honorable
de mi pueblo, donde dicen
que a mil ochocientos quince
se remonta su linaje,
con un mediano pelaje,
pero llevaban prendío
un largo y sonao apellío,
dones, doñas y excelencias
y que traían con pacencia
a su pueblo protegío.

Ellos no malgastarían
en lujos ni en vanidad,
sus obras de caridad
que jamás olvidarían
eran dar los buenos días
cuando pasaba algún pobre
y algunos consejos nobles
que por caridad le daban
para que nunca olviaran
quién le hacía estos favores.

Llevaban tierra de campo
en leguas de un lao pa otro
y por si esto fuera poco
regateaban a diario
el denigrante salario
que ganábamos dejando
detrás de la yunta, arando,
o con la hoz en la siega,
sangre y sudor con la briega,
gotita a gota en el campo.

"Sabemos que algunos vais
los caminos desviando",
nos decían medio rezando,
"hijos ¿por qué os apartáis?
si otro camino no hay
que el único y verdadero,
ese que nos lleva al cielo
rechazando tentaciones,
que las ideas y ambiciones
son peligroso veneno.

En este pueblo han sembrao
que cualquiera pué aprender
y deberíais saber
que el leer pué ser pecao,
con que andarse con cuidao
y elegir bien la compaña
que con tanta idea extraña
están vuestros sesos minando
el diablo os va guiando,
que anda suelto por España".

Años de hambre venían,
si uno malo, otro peor,
y no cuajaba una flor
por lluvias o por sequías,
y la familia dio un día
con el remedio al rezarle
de la mañana a la tarde
y en la comunión diaria
plegarias y más plegarias
por los que morían de jambre.

Y se fueron agotando
estas quebrantadas vidas
que llevaban compartidas
de novena a balneario,
de la baraja al rosario,
hasta que fueron muriendo
y poco a poco iban yendo
al cielo que bien ganaron
y su casa la heredaron
las monjas de un beaterio.



El trabajo encadenado

Hoy, día del trabajo, hablemos de trabajo.

El título de esta entrada no se refiere al trabajo en cadena, aunque la cadena de producción sea la forma de trabajo más encadenada. Pero hay otras cadenas.

Fragmentos tomados hace tiempo de este enlace perdido de un blog desaparecido, El Otro, señalan la cadena más fuerte que ata a los trabajadores: el miedo.

El más primario es el miedo físico, al sufrimiento o la muerte. Hay otros miedos, muy efectivos, relacionados con la pérdida de cosas. Los personajes del cine de Hollywood que claudicaron y traicionaron ante la caza se brujas tenían "miedo a perder sus piscinas". Aquellas eran cadenas de oro.

Las de la mayoría del los trabajadores son de plata, cobre o quincalla, en función de sus "necesidades sentidas". Necesidades de clase, de subclase dentro de la "no sentida" clase obrera.





Hay que cumplir con el ‘capricho’ del patrón. El que paga manda y esto es lo que hay, frase reaccionaria en boca u oído de casi todos los que buscan trabajo, laburo, curro… o sea de todas esas personas que así 'pierden su vida intentando ganársela’ (Cosa que se considera lo 'normal dentro de lo real', asunto sobre el cual Manuel Sacristán aclaró: 'Una cosa es la realidad y otra la mierda, que es sólo una parte de la realidad, compuesta, precisamente, por los que aceptan la realidad moralmente, no sólo intelectualmente'). Hay que venderse sin más remedio (vendemos ‘libremente’ nuestra única mercancía, o sea nuestra fuerza de trabajo), no queda otra ‘a la vista’ (ni a la mano, cosas del sacrosanto ‘Libre Mercado’ y sus 'mandamientos'). A ello nos empuja la famosa Ley de la oferta y la demanda (no confundir al demandante de empleo, el explotado,  con el demandante –aunque lo disimule- de trabajo ajeno, o sea el explotador). Ya sé que esto mismo se puede decir de forma políticamente correcta (se recomienda la utilización del ‘idioma dominante’, vulgo lenguaje del opresor), o sea no con un trazo tan grueso y explícito (se descalifica como lenguaje crítico, irrespetuoso, insurgente…), pero aún así estaremos de acuerdo en que… mona se queda (sentencia de la sabiduría tradicional: sabiduría a la que poco importa que la realidad de los hechos  demuestre todo lo contrario). Y al final ese y no otro es el busilis del negocio (recuerden que hacer negocio es hacer algo por dinero), es decir, que la cosa se quede como está (o sea el más que probable objetivo estratégico de la reacción).

A los asalariados (incluido tú, profesional gilipollas, que te crees clase media), se nos dice por tierra, mar y aire que no se puede hacer nada, que no hay alternativa, que no hay salida… ¡que esto es lo que hay!.. y punto pelota. Si bien lo miras y viniendo de quien viene es de pura lógica, por el contrario sería un pelín demasié que fueran precisamente ellos los que nos animaran a movernos de la casilla que nos han asignado, a que nos organicemos y que intentemos luchar para cambiar las cosas (¿no habíamos quedado en que ningún precio puede llegar más allá de las fronteras de la dignidad?), y que nos recordaran que total para la ‘esclavitud adornada con las cadenas del coche, del móvil, de la hipoteca…’ que es lo único que poseemos y podríamos perder… pero no, preferimos obedecer y no hacer nada, y practicar lo que nos recetan: la sumisión. Algunos lo achacan al miedo, un miedo desmovilizador más o menos ‘organizado e inducido’ (el miedo es, también, una ‘construcción social’) por la organización enemiga (en círculos intelectuales incluso se ha llegado a revestir el miedo, digo el propio miedo, con cierto ‘glamour del fracaso’), que mantiene a raya a los cobardes y, de camino, los salarios bajitos (‘curro luego existo’), bajitos que es un primor:

“El miedo, ¿entiendes? El miedo a perder tu laburo, tu sinecura de trabajador cobarde aferrado a tu salario de mierda. El miedo, ese lugar en el que comienza la pasividad popular. El miedo: el calmante de los ardores sindicales… todo concurre a generar miedo.” 
Luis Casado