domingo, 13 de diciembre de 2020

Trifurcaciones

Tres escenarios posibles se abren ante el punto de difícil retorno que el brusco descenso de actividades económicas ha traído consigo. En realidad, cualquier situación que obligue a encarar un futuro incierto presenta estas tres alternativas:

  • No cambiar nada: regresar rápidamente a la normalidad
  • El gatopardismo: cambiarlo todo para que todo siga igual
  • La gran oportunidad: pensar y actuar de otra manera

Para Boaventura de Sousa Santos son posibles los tres escenarios, pero:

es difícil saber cuál prevalecerá. Quizás tengamos una combinación de los tres; en algunas partes del mundo el primero, en otras el segundo, y en algunos países mayores avances. La política del futuro dependerá, fundamentalmente, de qué escenario prevalezca. Es el conflicto vital en las próximas décadas.

Destacaré algunas de sus reflexiones.

Sobre tres luchas desarticuladas (y hay más, como la ecologista que también tiene muy presente):

  • El capitalismo no funciona sin racismo y sin sexismo.
  • La resistencia no está articulada, está fragmentada: partidos de izquierda, con vocación anticapitalista, han sido racistas y sexistas.
  • Incluso algunos movimientos feministas han sido racistas y han sido pro-capitalistas.
  • Una dominación articulada y una resistencia fragmentada. Así no vamos a salir adelante porque sabemos que la intensificación del modelo es lo que agrava la vida de la gente.

Sobre la pandemia cronificada y algunas causas evidentes:

  • «Pandemia intermitente»: confinamos-desconfinamos... el virus tendrá mutaciones, habrá una vacuna eficaz y otra no, vendrán otros virus...
  • El neoextractivismo, que es una explotación de la naturaleza sin precedentes, está destruyendo los ciclos vitales de restauración.
  • Los hábitats se ven afectados con la minería a cielo abierto, la agricultura industrial brutal, los insecticidas y pesticidas, la contaminación de los ríos, el desmonte de los bosques… 
  • Esto, junto al calentamiento global y la crisis ecológica, es lo que hace que cada vez más los virus pasen de los animales a los humanos. Y los humanos no estamos preparados: no tenemos inmunidad, no tenemos cómo enfrentarlos.

Sobre el secuestro de la tecnología por el capital:

  • Antes de la pandemia ya estábamos todos hablando de la cuarta revolución industrial, dominada por la inteligencia artificial, la robótica y la automoción. Nos volvemos cada vez más dependientes de las tecnologías
  • El tema es determinar si estas tecnologías son un bien público o de unos pocos propietarios. 
  • Que no aceptan ser regulados. Pretenden autorregularse de acuerdo a sus intereses.

Hacia una nuevas síntesis de las luchas, desde la interculturalidad, que no es simple aceptación de la multiculturalidad:

  • La política tiene que volver a construirse. Pienso que de ahora en adelante lo que deberá diferenciar a la izquierda de la derecha será la capacidad entre los grupos políticos de crear alternativas frente al capitalismo.
  • Alternativas de una sociedad distinta, que puede ser de diferentes matices.
  • Quizás sea una sociedad que vuelva a los intereses de los campesinos y los indígenas.
  • Los occidentales de izquierda, nosotros los blancos de izquierda, intelectuales, no entendemos a los pueblos indígenas
  • Hay que ser muy humildes, porque no tenemos conceptos. 
  • Cuando ganó el MAS de nuevo, la sorpresa fue enorme, porque no imaginaban que los indígenas volverían tan rápido al gobierno. Porque no entienden el alma indígena
  • Después de la salida de Evo reconstruyeron el MAS, los liderazgos, se animaron de otra manera, con otra gente.
  • Hay que reinventar y en este momento, sobre todo, hay que hacer una autocrítica. La autocrítica es la auto reflexión, es repensar las izquierdas.


«La posibilidad de pensar de otra manera: otro modelo civilizatorio»

Bernarda Llorente




Se considera un «optimista trágico», por eso cree que la pandemia es una gran oportunidad para replantear el modelo neoliberal, que considera agotado.

El sociólogo y ensayista portugués Boaventura de Sousa Santos es el gran pensador actual de los movimientos sociales, autor de una extensa obra en la que se destacan títulos como «Una epistemología del sur», «Democracia al borde del caos: Ensayo contra la autoflagelación» y «El fin del imperio cognitivo» se ocupa desde hace décadas de radiografiar la vida y los modos de subsistencia de las comunidades más vulnerables, un radio de acción que lo llevó a documentar desde las condiciones de un campo de refugiados en Europa hasta las formas de organización de las comunidades originarias de Amazonia o los barrios populares de Buenos Aires.

Sousa Santos nació hace 80 años en la ciudad portuguesa de Coímbra, donde reside la mitad del año tras haberse jubilado como docente de la Facultad de Economía. Obtuvo un doctorado en sociología de la Universidad Yale y dio clases también en la Facultad de Derecho de la Universidad de Wisconsin-Madison (Estados Unidos), donde pasa la otra mitad del año. En sus textos desmenuza los conceptos clásicos de las ciencias sociales para entender el mundo y los revitaliza con el objetivo de construir saberes «que otorguen visibilidad a los grupos históricamente oprimidos».

«El capitalismo no funciona sin racismo y sin sexismo -destaca el pensador-. Por el contrario, la resistencia no está articulada, está fragmentada, es por eso que muchos partidos de izquierda, con vocación anticapitalista, han sido racistas y sexistas. Incluso algunos movimientos feministas han sido racistas y han sido pro-capitalistas. El problema que enfrentamos es una dominación articulada y una resistencia fragmentada. Así no vamos a salir adelante porque sabemos que la intensificación del modelo es lo que agrava la vida de la gente».

Con un lenguaje directo que atraviesa toda su obra, propone un modelo de intelectual como agente de cambio, Sousa Santos analiza la refundación del estado y la democratización de la democracia . Se considera un «optimista trágico», por eso cree que la pandemia es una gran oportunidad para replantear el modelo neoliberal, que considera agotado.

–¿Qué futuro podemos esperar después de la pandemia? ¿Cómo seremos capaces de pensar y de construir el mundo post pandemia?

–La pandemia ha creado tal incertidumbre que los gobiernos, los ciudadanos, los sociólogos y los epidemiólogos no saben qué va a pasar. Acabo de publicar «El futuro comienza ahora: de la pandemia a la utopía» y lo que planteo es que esta pandemia marca el inicio del siglo XXI. Tal como el siglo XIX no empezó el 1 de enero de 1800, sino en el 1830 con la Revolución Industrial, o el siglo XX en 1914 con la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa de 1917, el XXI comienza para mí con la pandemia, porque va a inscribirse como una marca muy fuerte en toda la sociabilidad de este siglo. Y lo será porque el modelo de desarrollo, de consumo, de producción que hemos creado, ha llevado a que no sea posible en este momento, por más vacunas que existan, poder salir de ella.

Entraremos en un período de «pandemia intermitente»: confinamos-desconfinamos, donde el virus tendrá mutaciones, habrá una vacuna eficaz y otra no, vendrán otros virus. El neoextractivismo, que es una explotación de la naturaleza sin precedentes, está destruyendo los ciclos vitales de restauración, y por eso los hábitats se ven afectados con la minería a cielo abierto, la agricultura industrial brutal, los insecticidas y pesticidas, la contaminación de los ríos, el desmonte de los bosques… Esto, junto al calentamiento global y la crisis ecológica, es lo que hace que cada vez más los virus pasen de los animales a los humanos. Y los humanos no estamos preparados: no tenemos inmunidad, no tenemos cómo enfrentarlos

–Hay conciencia sobre la gravedad? ¿Hay salidas?

–Veo tres escenarios posibles y no sé cuál resultará. El primero es el que pusieron a circular fundamentalmente los gobiernos de derecha y de extrema derecha -desde el Reino Unido a los Estados Unidos y Brasil- sosteniendo que esta pandemia es una gripe, que no tiene gravedad, que va a pasar y la sociedad regresará rápidamente a la normalidad. Claro que esta normalidad es el infierno para gran parte de la población mundial. Es la normalidad del hambre, de otras epidemias, de la pobreza, de las barriadas, de la vivienda impropia, de los trabajadores de la calle, de los informales. Es un escenario distópico, muy preocupante. Porque esa «normalidad» significa regresar a condiciones que ya la gente no aguantaba y colmaba las calles de muchos países gritando «basta».

El otro escenario posible es lo que llamo el gatopardismo, en referencia a la novela de Lampedusa, de 1958; la idea es que todo cambie para que todo siga igual. Las clases dominantes hoy están más atentas a la crisis social y económica. Los editoriales del Financial Times son un buen ejemplo de este segundo escenario. Dicen muy claramente que así no se puede continuar. Habrá que moderar un poco la destrucción de la naturaleza y cambiar en algo la matriz energética. Es hacer algunas concesiones para que nada cambie, y que el capitalismo vuelva a ser rentable. Por ello la destrucción de la naturaleza continuará y la crisis ecológica podrá ser retrasada pero no resuelta. Europa se encamina un poco por ese escenario cuando se habla de una transición energética, pero me parece que no va a resolver las cosas. Va a retrasar quizás el descontento, la protesta social, pero no va a poder saldar la cuestión pandémica.

El tercer escenario es, quizás, el menos probable, pero también representa la gran oportunidad que esta pandemia nos ha dado. Es la posibilidad de pensar de otra manera: otro modelo civilizatorio, distinto del que viene desde el siglo XVII y que se profundizó en los últimos 40 años con el neoliberalismo. Con el coronavirus, los sectores privilegiados quedaron más tiempo en sus casas, con sus familias, descubrieron otras maneras de vivir. Claro que fue una minoría, el mundo no es la clase media que puede cumplir con el distanciamiento social, lavarse las manos, usar las mascarillas… la gran mayoría no puede. Esta es la gran oportunidad para empezar una transición hacia un nuevo modelo civilizatorio, porque es imposible hacerlo de un día para otro. Y esa transición empezará en las partes donde haya más consensos. Hace mucho tiempo que este modelo está totalmente roto, desde un punto de vista social, ético y político. No tiene futuro. Es un cambio social, de conocimientos, político y cultural.

Difícil saber cuál escenario prevalecerá. Quizás tengamos una combinación de los tres; en algunas partes del mundo el primero, en otras el segundo, y en algunos países mayores avances. La política del futuro dependerá, fundamentalmente, de qué escenario prevalezca. Es el conflicto vital en las próximas décadas.

–El modelo de transición alimenta la esperanza de una sociedad distinta, pero presupone también replanteos y construcciones políticas diferentes, en términos ideológicos, económicos, modelos de desarrollo, sociales, culturales, diversos. ¿Cuáles serían las utopías frente a tantas distopías?

–Lo peor que el neoliberalismo nos ha creado es la ausencia de alternativa. La idea de que con el fin del socialismo soviético y de la caída del muro de Berlín solo queda el capitalismo. E incluso el capitalismo más antisocial, que es el neoliberalismo dominado por el capital financiero. En Argentina tuvieron una experiencia muy dolorosa con los fondos buitres. Hemos vivido estos 40 años en confinamiento -pandémico y político- encerrados en el neoliberalismo. La pandemia nos da una esperanza de que podemos salir del confinamiento. Nos obliga a confinarnos y simultáneamente nos abre las puertas a alternativas. Porque devela que este modelo está completamente viciado; hay un capitalismo corsario que ha hecho más millonarios a quienes ya lo eran. El dueño de este sistema que estamos usando (Zoom) puede ganar 1500 millones de dólares en un mes y hasta el confinamiento poca gente lo usaba o conocía. O el caso de Jeff Bezos, con Amazon. El aumento de las compras online lo convirtieron en el primer trillonario del mundo. Él y otros siete hombres de Estados Unidos tienen tanta riqueza como los 160 millones más pobres de ese país, que conforman más de la mitad de su población. Esa es la actual concentración de la riqueza en un capitalismo sin conciencia ética. La palabra que se me ocurre en este momento es robo. Hubo robo. Y las falencias de este modelo obligan a cambiar la política y eso nos da una esperanza. Lo que más me molesta hoy en día es la distribución desigual entre el miedo y la esperanza. En las barriadas del mundo las clases populares tienen sobre todo miedo. Luchan, siguen luchando, creativamente. Por ejemplo durante la pandemia protegieron sus comunidades. Pero abandonadas por los estados en gran parte de los países, tienen muy poca esperanza.

–Hablaba del peso que hoy tienen las empresas digitales al haberse convertido en las mayores empresas del planeta, incluso superando en dimensiones económicas y poder a muchísimos países. ¿Las GAFA significan un cambio en la matriz del neoliberalismo actual de cara al futuro? ¿Cómo influye este cambio en nuestras vidas?

–Antes de la pandemia ya estábamos todos hablando de la cuarta revolución industrial, dominada por la inteligencia artificial, la robótica y la automoción. Con las impresiones 3D, la robotización, el enorme desarrollo de las tecnologías digitales, nos volvemos cada vez más dependientes de ellas. El tema es determinar si estas tecnologías son de bien público o de unos pocos propietarios. Ese es el problema ahora. Hay sistemas públicos –por ejemplo el de la ONU- que están impedidos de ser ofrecidos al mundo. Las empresas se niegan porque pretenden seguir con sus negocios. Y son muy pocas… Google, Apple, Facebook, y Amazon (GAFA) y Ali baba en China. Son estas las grandes compañías tecnológicas que hoy dominan el mundo y que no aceptan ser reguladas por nadie. En este momento, por ejemplo, la discusión en el Congreso en los Estados Unidos es clara: Mark Zuckerberg ha dicho que no acepta ser regulado. Y como tienen tanto poder, estas empresas desde su arrogancia pretenden autorregularse de acuerdo a sus intereses.

–Al mismo tiempo su poder traspasa el económico y juega un papel fundamental en la política. Las fake news desparramadas en las redes sociales y la desinformación colaboran a la degradación de pilares estructurales de las democracias.

–Claro, por supuesto. Y además la contradicción es esta… en muchas partes del mundo, por ejemplo en Brasil, en Reino Unido con el Brexit, en el Parlamento Europeo, las fake news y el uso de las tecnologías digitales para producir noticias falsas tuvieron un papel fundamental en los resultados electorales. Bolsonaro -por ejemplo- nunca sería presidente de Brasil sin ellas. ¿Twitter intervino en ese momento como hoy lo hace con Trump en Estados Unidos? No, porque el dueño de Twitter no era brasilero. Twitter intervino cuando era la democracia de Estados Unidos la que estaba en juego. Si fuera la de Bangladesh, la de Sudáfrica, o de Portugal, no importa… es libertad de internet. Pero si estamos en los Estados Unidos, ahí no, ahí vamos a cerrar. Eterna contradicción. Claro que eso puede llevar a una regulación más amplia a nivel global de las redes, pero obviamente que estamos en otro paradigma, en el que tenemos que trabajar con estas tecnologías y al mismo tiempo luchar contra todo el sistema de noticias falsas.

–¿Es posible lograrlo? ¿Desde qué mecanismos?

–Esa es la pregunta. Nosotros partimos en esta transición muy desgastados, muy empobrecidos políticamente, porque la política se empobreció muchísimo en los últimos 40 o 50 años. Porque la política es construir alternativas. En su momento el socialismo y el capitalismo tenían cosas en común, por ejemplo, su relación con la naturaleza. Pero había una opción; con la caída del muro de Berlín nos quedamos sin opción, y entonces los políticos se confinaron al capitalismo y se volvieron mediocres. La política dejó de tener interés -incluso para los jóvenes-, la gente se distanció bastante de ella. Hace poco hablé con algunos que trabajan en vivienda en Brasil, que están interesados en darle una casa digna a la población que está sin techo, casi no participaron en las últimas elecciones municipales. Porque decían mira, vamos a elegir uno u otro, no cambia nada, y ese es el peligro. Que la gente piense que los cambios políticos no cambian nada, que son una forma de gatopardismo. La política tiene que volver a construirse. Pienso que de ahora en adelante lo que deberá diferenciar a la izquierda de la derecha será la capacidad entre los grupos políticos de crear alternativas frente a al capitalismo, alternativas de una sociedad distinta, que puede ser de diferentes matices. Quizás sea una sociedad que vuelva a los intereses de los campesinos y los indígenas del continente. Que tenga una relación más armónica con la naturaleza. El capitalismo no puede tener una relación armónica, porque el capitalismo tiene en su matriz la explotación del trabajo, la explotación de la naturaleza. Entonces la izquierda tiene que tomar una dimensión paradigmática de cambio para otra civilización; la derecha, en cambio, va a gerenciar el presente siempre con los dos primeros escenarios. Esa va a ser la diferencia a futuro.

–Usted habla de varios conceptos que ayudarían a transformar las formas de construcción política. Salir de la idea de la utopía como un «todo» para reemplazarla por la de muchas y variadas utopías acordes a la diversidad de realidades y sueños. ¿Cómo se hace para diversificar, segmentar, construir distintas utopías y al mismo tiempo potenciar un proyecto global, que sea capaz de estructurarlas, potenciarlas, unirlas?

–Para mí lo crucial de nuestro tiempo es exactamente esa asimetría entre la dominación que no es simplemente capitalista, sino también colonialista y patriarcal. El capitalismo no funciona sin racismo y sin sexismo, a mi juicio. Por el contrario, la resistencia no está articulada, está fragmentada, es por eso que muchos partidos de izquierda, con vocación anticapitalista, han sido racistas y sexistas. Incluso algunos movimientos feministas han sido racistas y han sido pro-capitalistas. Y algunos movimientos de liberación anti-racial han sido sexistas y han sido pro-capitalistas. El problema que enfrentamos es una dominación articulada y una resistencia fragmentada. Así no vamos a salir adelante porque sabemos que la intensificación del modelo es lo que agrava la vida de la gente, de un modo de dominación que lleva a los otros. En Brasil cuando se intensifica la explotación capitalista, con Temer y después con Bolsonaro, se incrementó de una manera brutal el genocidio de los jóvenes negros en las periferias de las ciudades. Aumentó la violencia doméstica en contra de las mujeres y el feminicidio. O sea, la dominación es particular. Necesitamos de sujetos políticos globales además de los locales, y además de los nacionales. Esta articulación es posible porque cuando los movimientos -Chile o los Black Lives Matter por ejemplo- parten de una demanda, sea feminista o anti-racial, al mismo tiempo, cuando ganan importancia, traen las otras demandas, el hambre o de la desigualdad social. Hoy el movimiento Black Lives Matter tiene una dimensión feminista también, y obviamente de oposición a este modelo capitalista tan desigual e injusto. Yo pienso que tiene que haber un cambio. En la dimensión local hay que volver a las barriadas. Hoy son los pastores evangélicos quienes hablan con la gente y les dicen que hay que votar a la derecha. Por eso pienso que no es solo la organización, sino también la cultura política la que necesita cambios.

–¿Qué prácticas y estrategias deberían modificar o reforzar los partidos y los movimientos sociales frente a esta nueva etapa? ¿Están preparados para el cambio?

–¿Si me preguntan si los partidos opositores tienen ese perfil hoy? No, no lo tienen. Deben cambiar. Los partidos de izquierda se acostumbraron a esta dialéctica oposición-gobierno, ¿no? Y durante 40 años esa dinámica no tuvo alternativa civilizatoria, no se pudo pensar nada más allá del capitalismo. Independientemente del perfil ideológico de los gobiernos, hasta marzo las primeras páginas de los periódicos eran ocupadas por los economistas y las finanzas. Ahora con la pandemia son los médicos, los epidemiólogos, los virólogos. La pandemia nos obligó a cambiar. Entonces, creo que hay que ver otro modo de hacer política y otra manera de gerenciar la política. Yo pienso que parte de las izquierdas deben acostumbrarse a ser oposición para luego saber reconstruir. Tienen que ayudar a mejorar la vida de la gente. Pero las instituciones actualmente no permiten eso, porque tenemos todo un entorno global que no te deja, por ejemplo el capitalismo financiero. Entonces tendremos que encontrar otra forma de gobierno y hay que empezar a pensar en esa dimensión global.

Conversación entre la socióloga Silvia Rivera Cusicanqui y el director del proyecto ALICE, Boaventura de Sousa Santos. 


¿Y cuál sería el rol de las oposiciones? ¿Cómo construirse desde otras lógicas?

La política de gobierno es una parte de la política: fuera de eso tienes que tener otra política que es extra institucional, que no está en las instituciones sino en la formación de la gente, en la educación, en las calles, en las protestas pacíficas. Miren lo que está pasando en Chile antes de esta pandemia; fueron las mujeres, sobre todo, y los movimientos sociales. Ellos tuvieron un papel fundamental para traer a las calles cosas que la política misma no estaba dispuesta a hacer. Los partidos de izquierda, por increíble que parezca, no habían incluido en sus proyectos la causa mapuche cuando los mapuches habían sufrido con huelgas y asesinatos, y habían sido la oposición a los gobiernos de Chile. Y todavía están abandonados. Es necesario una protesta y un movimiento popular constituyente, donde las mujeres tengan un papel muy importante para tener en la política una gestión plurinacional. Los partidos son importantes pero los movimientos son igual de importantes. Tiene que haber una relación mas horizontal entre ambos.

–¿La protesta, la calle, sigue siendo una de las principales herramientas de visibilización y resonancia política?

–Las comunidades siguen teniendo una gran creatividad y esto forma parte de un movimiento de izquierda reconstruida, más abierta a toda esta creatividad comunitaria. No son simplemente las calles y las plazas, es la vivencia comunitaria que tendremos que intensificar. Porque las calles no son un emporio de las izquierdas, en esta década vamos a ver calles llenas de gente de extrema derecha. Yo vi a la extrema derecha entrar en las manifestaciones en Brasil. Las consignas de la izquierda, aprovechadas por la extrema derecha, y después dominando toda la protesta. Aquí en Europa sabemos muy bien eso, los Estados Unidos hoy, la gente contra Biden que no es propiamente de izquierda, y por otro lado los Prat Boys de la extrema derecha organizada y militarizada que ocupa las calles, y que va a hacer la política extraconstitucional, de las calles, de las protestas.

–En Argentina se ha hablado mucho de «la grieta» como si fuera un fenómeno «nacional», único. Cuando se mira al mundo la polarización, sin embargo, parece ser el signo de estos tiempos. ¿Cómo afecta esta situación el funcionamiento de la democracia?

–A mi juicio, durante mucho tiempo la teoría democrática, la idea más valiente, más segura, era que las democracias se sostienen en una clase media fuerte. Claro que yo, estando en Portugal, trabajando en África y en América Latina, no veía clases medias fuertes, lo que realmente veía era desigualdad social. Siempre me sentí como un demócrata radical, o sea, la democracia es mala porque es poca. Hay que ampliar la democracia en las calles, en las familias, en las fábricas, en la vida universitaria, en la educación. Entonces esta idea de que la polarización es contraria a la democracia, me parece que es cada vez más evidente cuando hablamos de democracia liberal. Sólo tiene sentido, o se refuerza, con una democracia participativa, con otras formas de participación de la gente que no sean democracias electorales, porque si son solo democracias electorales van a seguir eligiendo anti demócratas como Trump, Bolsonaro, Iván Duque, como tantos otros. Por eso la democracia muere democráticamente, por elección, por vía electoral. Hitler ganó dos elecciones en 1932, antes de su golpe. Creo que hay que fortalecer esa democracia con democracias participativas. La polarización, la desigualdad, provienen de esta polarización de la riqueza sin precedentes que hoy tenemos. A mayor desigualdad en la vida económica y social, más racismo, más discriminación y más sexismo. Entonces estamos en una sociedad en retroceso a nivel mundial, en retroceso reaccionario, donde el capitalismo es cada vez más desigual, más racista y más sexista. Esta es la realidad que tenemos hoy.

–¿Cómo sería la forma de avanzar hacia una mayor participación, imprescindible para recomponer las democracias, con la exclusión social que arroja un modelo tan concentrado y desigual?

–Tenemos que pensar en la transición. Y hoy debemos contar con políticas sociales, romper con el neoliberalismo, y para eso es necesario una reforma fiscal. Es inaceptable que los pobres y la clase media paguen 40% de impuestos, y los ricos el 1%. Que Trump haya erogado de impuestos federales 765 dólares, es impensable. Tiene que haber una reforma fiscal para dar políticas de educación, de salud. La otra cuestión es política, necesitamos una reforma constituyente. Las constituciones que tenemos congelaron una sociedad segmentada, no solo desde un punto de vista capitalista sino también racista y sexista. Tenemos que refundar el Estado. Los únicos países que tuvieron reforma política fueron Bolivia y Ecuador, e igual fracasaron. La misma idea fracasa muchas veces antes de tener éxito, antes de hacer historia. Los derechos de la madre Tierra, por ejemplo, no tuvo muchos resultados en Ecuador, pero veamos lo que pasó en Nueva Zelanda. Jacinda Arden, la primera ministra, una mujer fabulosa, la líder mundial en este momento después del Papa diría yo, esta señora promulgó una ley sobre los derechos humanos del río sagrado de los indígenas, y no fue simplemente eso, ha dado plata para regenerar, revitalizar los ciclos vitales del río. Es una revolución que no logró efecto en Ecuador, en Bolivia, en Colombia, como sí en Nueva Zelanda. Debemos articular los conflictos sociales con esa idea de Naturaleza porque esta es territorio, cultura, memoria, pasado, espíritu, conocimiento, incluso sentimiento paisaje».

Pienso que las constituyentes van a ser un marco del futuro para deslegitimar el neoliberalismo y volver a la soberanía popular que va a permitir la soberanía alimentaria, que muchos países no tienen hoy. soberanía industrial, ¿cómo es posible que los Estados Unidos no produzcan mascarillas ni guantes, ni respiradores? Por eso, ¿es un país desarrollado? No sé. Sudáfrica ha defendido mejor la vida de la gente que los Estados Unidos.

–El gobierno de Alberto Fernández comenzó en diciembre y tres meses más tarde debió enfrentar la pandemia, a la que se sumó la herencia de un país endeudado y una economía destruida. ¿Qué nos recomendaría a los argentinos, a los latinoamericanos, en este momento?

–Yo soy un intelectual de retaguardia, no de vanguardia. No doy consejos: mi solidaridad, que es grande, es conversar con la gente. Yo pienso que es un continente en el que siempre ha habido una creatividad política enorme, y estas experiencias han dejado cosas muy interesantes. He hablado de Chile, también Bolivia, las elecciones ahora en Brasil. Alberto Fernández es un caso muy interesante y los describe mi último libro, porque es el único presidente que llega al poder y después viene la pandemia. Viene con un programa, pero el programa se vuelve la pandemia. Alberto Fernández tuvo un coraje enorme para enfrentarla. Un gran problema es la herencia brutal de neoliberalismo, de destrucción del Estado, de las políticas sociales, de la economía. Esa herencia es brutal y lleva tiempo la reconstrucción. Además, es una sociedad muy movilizada, con movimientos sociales y populares fuertes, el de mujeres es fortísimo y en estos días se expresa en la lucha por el aborto legal. Hay toda una sociedad muy creativa, y eso se nota. Esta es una gran oportunidad para repensar un poco la política y para volver a una articulación continental; yo pienso que la idea de matriz de articulación regional, como el ALCA, o UNASUR, fueron muy interesantes. Esta semana mirá lo que China y los países asiáticos están haciendo: el más grande conjunto de libre comercio, de articulación económica. Sin los Estados Unidos, y sin Europa; es mucho más grande que cualquier acuerdo europeo, mucho más grande que el tratado entre Estados Unidos, México y Canadá. Entonces, ¿por qué no entender que el continente no es el patio trasero de los Estados Unidos? Y tiene que tener más autonomía, porque son todos de desarrollo intermedio, de mucha población. Hay que reinventar y en este momento, sobre todo, hay que hacer una autocrítica. A las personas de izquierda no les gusta, porque viene de la época de Stalin, pero la autocrítica es la auto reflexión, es repensar las izquierdas.

América Latina: el patio trasero

Para entender los procesos políticos latinoamericanos, Boaventura de Sousa Santos pone la lupa en las asimetrías, en lo cultural. Estudia las democracias tribales, mira las economías urbanas, critica los sistemas educativos, se enfoca en lo múltiple, lo pluricultural. Sostiene que el Estado tiene que ser refundado porque esta democracia liberal ha llegado a su límite. Dice que las izquierdas del Norte global sean eurocéntricas no es novedad, pero que las izquierdas del sur sean racistas con los pueblos indígenas y afrodescendientes, es producto de la exclusión que produjo el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado.

–¿Cómo deberían plasmarse estos cambios en América Latina, la cual aparece como una Región en disputa?

–Es esperanzador lo que está ocurriendo y nos tiene que llevar a reflexionar. Por ejemplo, el caso de Bolivia, es el único país que tiene la mayoría indígena del continente, 60% de la población. Yo pienso que los occidentales de izquierda, nosotros los blancos de izquierda, intelectuales, no entendemos a los pueblos indígenas. Hay que ser muy humildes, porque no tenemos conceptos. Cuando ganó el MAS de nuevo, la sorpresa fue enorme, porque no imaginaban que los indígenas volverían tan rápido al gobierno. Porque no entienden el alma indígena. Después de la salida de Evo reconstruyeron el MAS, los liderazgos, se animaron de otra manera, con otra gente.

–¿Hubo reflexión? ¿Hubo aprendizaje?

–Estamos repensando todo y las cosas están cambiando. El contexto internacional de esos años hasta el 2014 permitió que en algunos países de América Latina como Brasil o Argentina la gente fuera menos pobre, sin que los ricos dejaran de enriquecerse. Hubo políticas de redistribución por parte de los gobiernos populares pero el ciclo de las comodities cambió y los modelos entraron en crisis. Cualquiera que hayan sido los errores cometidos en los procesos populares, sabemos que no pueden repetirse. Porque los precios de los commodities no están como estaban, porque las condiciones son muy distintas, y porque hay una deslegitimación de todo el modelo neoextractivista. La agricultura industrial tiene que disminuir, puede ser una transición, pero debe lograrse; si no diversificamos la economía, es un desastre. Eso ya lo sabemos. Me parece que ahora estamos en un punto de repensar las cosas. Con Alberto Fernández en Argentina, AMLO en México, son las dos esperanzas. AMLO es un poco más complejo que Alberto, a mi juicio. Tenemos bastantes avances en Chile, y la corriente para iniciar el proceso constituyente, que va a ser muy conflictiva de aquí en adelante. Entonces me parece que las cosas están cambiando, y que de alguna manera en América Latina se están dando respuestas porque la gente está, los movimientos sociales siguen luchando, aunque sea en pésimas condiciones como en Colombia.

Bernarda Llorente es la presidenta de la agencia Télam.


jueves, 10 de diciembre de 2020

La ofensiva neoliberal contra la sanidad española

Este número de Nuestra Bandera fue el último publicado antes de la pandemia. De repente, la casualidad lo trae al primer plano. Dejo esta idea para las mentes delirantes: los chinos iban a lanzar su virus para destruir la civilización occidental; los comunistas ya estaban informados; por eso se adelantaron para llamar la atención, en el momento oportuno, sobre "la conversión de la sanidad en negocio".

Era evidente que una epidemia como esta podía presentarse y cogernos desprevenidos. Lo que no se sabía era "cuándo". Evidencias como esta nos echamos continuamente a la espalda, hasta que llega el lobo. Se lo espera algún día en alguna parte. No "aquí y ahora".

El problema se veía venir, no así el momento. Hace ya mucho que los profesionales sanitarios se vienen manifestando contra la dañina evolución del sistema de salud. Ahora los interesados en el negocio hasta tienen la osadía de culpar de lo deteriorado a lo largo de una década a un gobierno que aún no dura un año.

Estos son algunos artículos significativos publicados en la revista:

  • El sistema sanitario público en España. Un buen sistema en riesgo de desmantelamiento, de Manuel Martín García

  • Historia de los sistemas sanitarios de salud, por Manuel Peña Rey

  • Una nueva estrategia nacional de salud mental basada en los derechos humanos. Isabel Peña Rey y Fernando Lamata

  • Sarampión, la crisis sanitaria global que llama a nuestras puertas. Asier Muñoz González



La actual estrategia de la globalización neoliberal se caracteriza, entre otras cosas, por la búsqueda desesperada de nichos bursátiles capaces de garantizar establemente rentabilidades seguras a las inversiones, huyendo de la volatilidad de las nuevas tecnologías, efímeras, o de los ámbitos ligados a condiciones de casi esclavitud de la mano de obra, inseguras. Precisamente, uno de los logros de la extensión de los esquemas del estado del bienestar tras la Segunda Guerra Mundial en el mundo occidental ha sido el comprometer entre un 6 % y un 16 % del PIB en el mantenimiento y funcionamiento de los servicios de salud. La introducción en este ámbito de las iniciativas del mercado a través de privatizaciones, externalizaciones u otros medios permite rendimientos rentables y duraderos. La ofensiva se hace por todos los frentes, desde las medidas más drásticas, como pasar directamente a gestionar las corporaciones privadas el funcionamiento de los componentes del sistema sanitario en su totalidad en un territorio determinado, hasta las más limitadasafectando a la externalización de pruebas diagnósticas o la administración de esquemas terapéuticos, o limitándose a funciones concretas como catering, ambulancias o similares. La cuestión consiste en convertir el SNS en campo abonado a las iniciativas privadas, parasitarias.

La argumentación esgrimida para la implantación de los «productos» privados se basa en concepciones ligadas a la «libertad» de elección por parte de los «clientes» en medio del clamor provocado por las listas de espera en todos los escalones del funcionamiento del SNS. La consecuencia más importante de esta introducción del mercado en el funcionamiento del SNS es el condicionamiento negativo de los objetivos del sistema sanitario, puesto que la lógica del beneficio anula la lógica opuesta, la de la salud creciente de la población. Se convierte en beneficioso para las inversiones privadas la continuación e incluso el crecimiento de la enfermedad al incrementar todos los componentes ligados, desde el diagnóstico hasta el terapéutico. Y desde luego anula la posibilidad de que la ciudadanía participe en que el SNS consiga conscientemente pautas de conducta conducentes a mayores cotas de salud y bienestar.

Esta irrupción de los «emprendedores», de las privatizaciones en el campo de la sanidad, tiene en España consecuencias graves por tener nuestro SNS ámbitos débiles. El ejemplo más evidente de este problema lo tenemos en el campo que siempre ha sido la cenicienta de la medicina española, el campo de la salud mental. También se hace evidente en las prestaciones no cubiertas adecuadamente por la cobertura del SNS, como ocurre con la odontología.

También resulta evidente que el complemento de toda actuación sanitaria tiene que ver con la gestión de la salud laboral. Sobre todo cuando con la indefensión de los trabajadores ante el empeoramiento de las condiciones laborales se van acumulando secuelas que convierten el estado de salud de los pensionistas en padecimiento continuo. De la misma forma actúan las deficiencias del sistema en la lucha contra la violencia de género o en la consecución de igualdad de derechos por parte de las mujeres.

Donde más clara será la consecuencia negativa de la privatización sanitaria va a ser en la inevitable y necesaria lucha contra el cambio climático. Esta actuación contra el cambio climático tiene en el capítulo sanitario uno de los argumentos más claros y lúcidos del protagonismo social. La solución no va a depender de un descubrimiento tecnológico maravilloso, sino de una modificación radical de las actitudes y conductas de la población, fruto a su vez de un esfuerzo didáctico mediante el diálogo entre ambos colectivos, la ciudadanía y los profesionales sanitarios. En esta actuación conjunta y responsable no hay espacio para los negocios sanitarios. Ahí la privatización sanitaria se convierte en un intruso que desea alterar el resultado último.


domingo, 6 de diciembre de 2020

Hidrógeno muy verde

Merece la pena (pena, penita, pena) la lectura completa del artículo cuyas conclusiones reproduzco, tercera parte de la serie que he venido resumiendo aquí y aquí.

Contiene un largo análisis, acompañado de gráficas reveladoras (¡prestad atención a las que tienen forma de pato!), de los principales problemas que se plantean y no se resuelven con tecnologías:

  • La intermitencia y gran variabilidad de las energías renovables disponibles en cada momento, eólica y solar especialmente, obliga a emplear vectores que la almacenen en un tiempo y lugar y permitan trasladarla y utilizarla en otros.
  • Estos vectores implican el uso de otras energías no renovables, y en el proceso la mayor parte se disipa en forma de calor, como no podía ser de otra forma, en virtud de las leyes de la termodinámica.
  • En razón de esto, en poco tiempo escasearán esas energías no renovables, como su propio nombre indica. Entonces la energía disponible será mucho menor que la consumida actualmente.
  • El carácter financiero de nuestras economías traslada los problemas de un tiempo y lugar a otros, porque en cada momento lo urgente es aplazar las dificultades y salvar la situación actual.
  • Como no podía ser de otra forma, el poder económico traslada el problema a las sociedades más débiles y a las partes más débiles de cada sociedad.


(...)

Conclusiones

  • Las renovables eléctricas intermitentes (o sea, eólica y fotovoltaica) han llegado a su límite de penetración sin inversiones en infraestructura muy grandes.
  • Esas inversiones en infraestructura son bastante apresuradas, un ‘plan B’, debido a que las alternativas habituales hasta ahora no cubren las necesidades.
  • El Hidrógeno es un ‘plan B’ por dos razones: una de las soluciones, la integración de la red es costosa y no tiene apoyo popular, y la otra, que el límite de integración de las renovables ha llegado antes de lo que muchos ‘expertos’ iban diciendo (al público, sobre todo, razón de más para la resistencia a la integración de la red).
  • En el caso concreto de la tecnología actual, lo que no cubre ni el precio ni la potencia, ni el peso, son las baterías.
  • El hidrógeno que nos pretenden vender cubre hipotéticamente dos puntos que lo hacen atractivo como ‘plan B’: el suministro de gases para la industria y la calefacción, y el del transporte pesado de larga distancia.
  • La primera vertiente, implica el fracaso en la electrificación de ciertos usos industriales, como el ya mencionado del trabajo del vidrio o el de la calefacción eléctrica.
  • El segundo, implica el doble fracaso en la electrificación del transporte: por un lado, el transporte por carretera mencionado, y por el otro, el fracaso en cambiar el modelo de transporte por carretera a un modelo ya electrificado de transporte ferroviario.
  • Estas inversiones están para evitar la caída de los últimos bastiones que le quedan a la industria europea. Ante la ya inevitable caída de la automoción, y a la ya hace tiempo difunta industria fotovoltaica, ahora pretenden defender la eólica y de turbinas de gas a la par que dan cabida a una nueva puerta industrial para esas mismas grandes empresas en base a la hidrólisis de agua.
  • Estas inversiones, también están para rescatar encubiertamente tres sectores: el de las eléctricas que invierten o han invertido mucho en eólica, el bancario, y el de los fondos de pensiones.
  • Nada de esto es democrático: ni las renovables (casi todo en mano de grandes empresas), ni la elección de los políticos que han tomado la decisión.
  • En el fondo, estamos ante lo de siempre: una bomba de riqueza que bombea dinero de unas clases pobres cada vez más empobrecidas y que cada vez ven más laminado su poder adquisitivo (de 2010 a 2019 los españoles hemos perdido un 7.1% del mismo), favoreciendo a los grandes conglomerados industriales (que también están empezando a demostrar que estamos ante el fin de la civilización industrial, y que en España están desapareciendo).
  • Todo esto, en el fondo, es una especie de resistencia numantina de mantener la civilización industrial, y con ella, la esperanza del crecimiento en base a la tecnología. Algo que es totalmente imposible, y que empieza a calar entre el imaginario colectivo.


Lo aprendido y pronto olvidado

En esta incierta situación, y ante los riesgos y dificultades de celebrar actos públicos, el Ateneo de Pontevedra publica en las redes Retos de Futuro. Atendiendo a su amable invitación he aportado a esos retos una breve nota.

Como el contagio de las enfermedades, el olvido se ajusta a leyes de variación exponencial. En este caso el aprendizaje y el desaprendizaje han mantenido una cierta correlación con el ritmo de la pandemia.

Me parece interesante complementar ese escrito con dos anotaciones sobre los procesos de aprendizaje y olvido.

La primera de ellas, La teoría asociativa de la interferencia: estudiando el olvido, nos ilustra sobre la dialéctica del recuerdo. La contradicción está instalada en la realidad, y también en nuestra mente. El olvido se produce por la interferencia de ciertos recuerdos sobre otros. Existen dos tipos de interferencia:

Interferencia proactivala información aprendida (información “vieja”) dificulta la retención o aprendizaje de la información nueva.

Inferencia retroactivase trata del fenómeno contrario, cuando la información nueva dificulta la retención o aprendizaje de la información ya aprendida con anterioridad (información “vieja”).

En la gestión de informaciones contradictorias el aprendizaje rápido y superficial se va borrando frente al lento y profundo de partida, sin que este se vea del todo afectado por la razón objetiva. La vuelta al cobijo de las ideas previas es como la vuelta al hogar, aunque sea un hogar incómodo.

Con esto tiene que ver el hecho comprobado de que quienes van perdiendo memoria con la edad conservan recuerdos remotos aunque olviden lo reciente.

La segunda anotación, Veinte sesgos que influyen en nuestra manera de ver el mundo y de tomar decisiones, tiene que ver con la existencia de Los túneles de la mente que afectan a la esfera "cognitiva", es decir, al universo de los juicios, de las elecciones entre distintas oportunidades. La lectura del libro de Massimo Piattelli Palmarini, como la más concisa del artículo publicado en maldita, tal vez os permita, al menos de entrada, tomar con pinzas los contenidos del "sentido común" en el que habitamos, ese hogar incómodo.

Sin más, sigue lo publicado por el Ateneo.




Lo aprendido y pronto olvidado

Aprendimos cosas.  Un encierro obligado de varias semanas nos enseñó  lo que era importante y lo superfluo; lo prescindible y lo imprescindible. A quiénes necesitábamos más, y los oficios humildes de los que dependía todo. Los desplazamientos útiles y los fútiles.

Aprendimos que la naturaleza recuperaba el territorio que abandonamos, que el aire era más puro y el ruido se apagaba.

Que lo necesario para vivir era mucho menos de lo compulsivamente deseado. Pusimos a prueba nuestra tabla de necesidades. Y vimos que no eran tantas.

Que en estas situaciones no sirve la competencia sino la cooperación, que lo común importa. Sin que fuera cierto que todos éramos iguales ante el peligro, lo era que el peligro existía para todos. Que abandonar a los enfermos equivalía a extender los contagios, y que formábamos un rebaño universal, en el que la salud de cada uno dependía de la de todos los demás.

Que no había vallas ni parapetos que nos defendieran de un enemigo invisible. Que nuestro saber consistía sobre todo en desconocer. Aprendimos humildad.

Mientras esto duró nos prometimos cambiar nuestra forma de vivir. “Vivir bien con menos”, y entendimos lo que realmente significa “sostenibilidad”. 

Muchos sacaron lo mejor de sí mismos. Los que atendían a los enfermos lo dieron todo, se pusieron en peligro, trabajaron hasta la extenuación, y a su agotamiento físico se añadieron la angustia y la ansiedad. Y la depresión.

Pero en algunos otros la cobardía y el egoísmo se impusieron. Y quisieron expulsar de su lado a quienes estaban dispuestos a salvarles la vida. Y si esto ocurría a la pequeña escala de la convivencia vecinal, en la gran escala del frío cálculo político muchos vieron en la tragedia una oportunidad para desplazar a quienes llevaban el timón en medio de la niebla para hacerse ellos con la incierta trayectoria del barco.

La oportunidad de cambiar se fue diluyendo. Se comenzó a hablar de “nueva normalidad”, cuando se trataba de volver a la vieja anormalidad que nos lleva por muy mal camino.

Con la vuelta a “lo de siempre” (pero algo ya no puede ser “como siempre”) se fue abandonando la ocasión de cambiar de vida. La nueva economía vuelve a ser la vieja economía que nos lleva al desastre.

Y las buenas ideas que por un momento se impusieron vuelven al brumoso horizonte de la utopía.

El pecador, después de su acto de contrición y el propósito de la enmienda vuelve fácilmente a las andadas. Y el argumento vuelve a ser el de siempre: habrá otra vez un tiempo para un nuevo arrepentimiento, pero ahora, “aquí y ahora”, hay un tiempo para la recaída. Todavía “hay tiempo”…

Juan José Guirado

jueves, 3 de diciembre de 2020

Pontevedra, sube y baja

Esto se ha publicado hace unos días en la página De Vella a Bella, que unos amigos acaban de poner en marcha. Más que describir la actuación urbanística, quiere reflejar las sensaciones de uno que llegó hasta aquí, sin saberlo, para quedarse, y que ha visto transformarse día a día la ciudad. Primero, crecer hacia lo alto, a toda máquina. Luego, paso a paso, ir desparramando por abajo el suelo público hasta hacer que perdamos de vista lo que permanece más arriba.

Cada uno de nosotros percibe en realidad muy poco de lo que "es" su ciudad. Conoce su espacio privado, el de contados amigos; pero la mayor parte se nos oculta en las moradas inaccesibles que albergan la privacidad de los otros. Por eso, la ciudad se vive en lo que es común a todos, lo público.

Ese es el secreto de la transformación de Pontevedra. Si las viviendas son las mismas, las calles y plazas ya no lo son. Cada uno dispone así de su pequeño espacio que no cambia, pero también del gran espacio redimido que todos, residentes y visitantes, comparten libremente.

Una buena política de coste menor redime la política anterior de alto coste y aún más alto beneficio, y convierte ahora la ciudad en referente mundial. También, hay que decirlo, hay una inteligente política de relaciones públicas. Entre los mil ejemplos que probablemente hay en todo el mundo, este ayuntamiento ha sabido abrirse paso, y su imagen es hoy conocida y reconocida.

Lo público hace el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. No se reparte el suelo para que a cada uno le toque un trocito: cada uno posee la ciudad entera.



Hace más de cincuenta años que llegué por primera vez a esta ciudad. La estación de ferrocarril olía a obra nueva, y en Campolongo se aburrían aún los decrépitos vagones de mercancías. La ciudad era poco más que un hermoso casco antiguo, a cuya redondez solo le faltaba la muralla, y unas carreteras que confluían en él.

Fuera del recinto histórico, las casas salpicadas alternaban con las huertas formando un paisaje que me sorprendió muy gratamente.

Era aquella Pontevedra que según el dicho seguía durmiendo. Seguramente dormía mucho más que en los tiempos culturalmente estimulantes que la animaban en la anteguerra.

Cuando volví, siete años después, ya despuntaba otra cosa. Edificios de muchos pisos brotaban ya con cierto desorden, pero aún pasó algún tiempo para que el destrozo urbanístico se consumara.

En 1953 se había redactado un Plan General de urbanismo cuyos planos detallados llegué a ver, aunque ahora no los encuentro publicados en parte alguna. Vagamente recuerdo un trazado de calles porticadas y plazas, que con un trazado más regular seguían la tradición de la ciudad vieja. Echo de menos esa ciudad fantasma, en la que se podría pasear bajo sus soportales los días de lluvia, y que nunca existió. Porque en 1970 un nuevo Plan General, que interesadamente nunca se desarrolló en detalle pero que fue un buen taparrabos para la desvergüenza, imaginaba un crecimiento desmesurado, que debería hacer de la capital un nuevo Vigo.

Durante años, la ciudad se fue convirtiendo en un conjunto de calles atestadas de tráfico, aceras insuficientes, literalmente colapsadas en algunos puntos, y casas altísimas, con sospechosas diferencias entre unas y otras. La interpretación de lo que era “vez y media el ancho de la calle” (ancho que bajaba aún más por los cuerpos volados), los áticos de tapadillo, la interpretación “diagonal” de la anchura en los cruces y no digamos el “ancho” de las plazas, transformaron aquella apacible mezcla de ciudad y campo en lo que hemos conocido y que ahora (casi) hemos perdonado.

La posterior transformación de la superficie transitable nos hace olvidarnos de lo que hay más arriba. “Casi” ni lo vemos, porque nuestra atención la ocupa lo de abajo. Antes, huyendo del suelo, buscábamos el cielo. Ahora a ras del suelo está lo que interesa, y perdonamos esa masa de hormigonazo y ladrillos, la que suministra la multitud que de ella sale cada día y a la que vuelve cada noche. La que anima las calles recobradas.

Esa peatonalización que ha vuelto a recrear la ciudad es físicamente una transformación menor: apenas un cambio en la superficie del suelo público accesible a todos. Las dificultades para el tráfico rodado se convierten en facilidades para la gente de a pie, que al final somos todos, también los automovilistas cuando se despojan de su caparazón de lata.

A los espacios más radicalmente transformados la plataforma única, sin aceras a otro nivel, los unifica perceptivamente, y apreciamos que son más anchos de como los veíamos. Ahora parece que casi no hay calles estrechas. ¿Qué importa lo que hay más arriba, si no lo buscamos para escaparnos?

En cierto sentido, el suelo público abarca tanto el que es común como una gran parte de propiedad privada: no tan “privada” mientras sea accesible para todos. Por eso, en las calles de mayor vida social, tiendas, bares y otros locales son también prolongaciones de lo público. Ahora, cuando el tráfico no parte en dos ese espacio, la expansión horizontal de ese suelo va de los espacios accesibles a un lado de la calle hasta los de la otra orilla.

De este modo, la ciudad que subió ha vuelto a bajar. De alta y estrecha pasa a ser baja y ancha.

Sin darnos cuenta, paulatinamente Pontevedra dejó de dormir. De aburrida pasó a divertida. El sueño plácido se había convertido en pesadilla, y ahora el despertar, no libre de sobresaltos e incertidumbres, ofrece una vía a seguir a otras ciudades. Aunque, no nos engañemos, no somos el faro único: solamente parte de un movimiento que se va haciendo presente por todas partes. Nuestra mayor suerte es el tamaño manejable de la ciudad y el fuerte núcleo de partida que ha sido el casco antiguo.

Mucho más difícil lo tienen las grandes urbes. ¿Qué hacer con las metrópolis en que nuestro “metrominuto” cuenta en horas esos minutos para llegar?

Juan José Guirado

(A falta de planos más detallados, en este enlace se vislumbra la situación de partida para aquel Plan que lo cambió todo)

Enlace interesante: Pontevedra según catastro

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Los límites de la democracia

Un individuo aislado es una abstracción. O una desgracia, cuyo ejemplo palmario es la que padece el náufrago en una isla desierta. Si Robinson Crusoe está fuera de la sociedad, al menos hasta que los caníbales visitan la isla, en El señor de las moscas otros náufragos enfrentan desde el principio la difícil construcción de una sociedad.

Robinsonadas aparte, las sociedades estables en el tiempo son conjuntos de relaciones, de cooperación o de confrontación, que deben ser reguladas, para lo que se necesitan órganos de debate y resolución de conflictos.

El ideal de cualquier grupo humano es la autogestión. Solamente los grupos de estructura relacional simple, como las tribus aisladas de cazadores recolectores, son organizaciones totalmente autogestionarias. Cuando las poblaciones crecen y los grupos entran en contacto, las relaciones se hacen más y más complejas, y las estructuras incipientes cristalizan en formaciones de carácter político.

La autogestión es inseparable de la autosuficiencia. De ahí la dificultad de llegar a una sociedad ideal de comunas autogestionadas, que reproducirían entre ellas las relaciones potencialmente conflictivas de cooperación y confrontación. Toda sociedad compleja (y todas lo son) necesita establecer mecanismos de articulación y de resolución de conflictos.

La democracia surge en las sociedades como un método regulador de las relaciones entre sus miembros. La democracia ideal supone igualdad de derechos y obligaciones, y presupone igualdad de intereses, al menos hasta cierto punto, un análogo nivel de información y capacidad crítica, valores y metas compartidos. Y además, exige el compromiso de que todos respeten los acuerdos tomados por la mayoría de los miembros de la sociedad en cuestión.

Las democracias actuales están lejos de esa igualdad de condiciones entre sus miembros, por otra parte muy difícil de conseguir en toda su plenitud. Las actuales democracias representativas, aunque lo pretendan, no pueden representar por igual a todos. Surge así la idea de la democracia participativa, directa, que funciona a escalas relativamente bajas, pero que necesariamente salta a un escalón más alto en que los que debaten son otra vez representantes.

Hay además otra dificultad: son más operativos en lo inmediato los sistemas claramente mayoritarios porque simplifican en favor de quien obtiene la mayoría la resolución de los conflictos. A mayor "eficacia" en la gestión, menor calidad en la representación. Se excluye a muchos y literalmente se los arrolla. Llega un momento en que la democracia, casi sin sentir, se convierte en oligarquía.

Democratizar la sociedad se convierte en una lucha permanente y desigual por la igualdad real de sus miembros. Otra cosa es engañarse.



Centralismo democrático, consenso y compromiso

En esencia, el centralismo democrático es el método universal de práctica política sana. Tras un debate suficiente entre participantes con análogo nivel de información y de capacidad crítica, que compartan valores y metas, la decisión tomada por mayoría se convierte en mandato para todos.

No puede ser de otra forma, siempre que se den las condiciones señaladas. Si el debate es insuficiente, la información no es igualmente compartida y no todos los participantes tienen el mismo nivel de conocimientos e intenciones compartidas, el mecanismo fallará, conduciendo a un centralismo burocrático o, peor aún, autocrático.

Pero ello no quita que en la práctica de cualquier formación y a cualquier nivel, el voto deba decidir y la decisión obligue a los disidentes. La alternativa es acatar o abandonar el grupo, postura esta muy respetable, siempre que la participación sea libre.

Pero no siempre se es libre para abandonar. En una comunidad de vecinos no se puede desobedecer el mandato de la mayoría, salvo que uno se vaya del edificio, excepto cuando lo acordado conculque las normas de convivencia de la comunidad. Tampoco puede abandonarse un país quedándose en él. El único recurso es expatriarse. Hay un espacio, el planetario, del que no se puede salir: sáquense las conclusiones.

Es en estos casos de obligado cumplimiento cuando la democracia, que siempre incluye una fuerte dosis de centralismo democrático, cobra toda su importancia. El ideal democrático se da entre iguales, con intereses compartidos y participación de todos.

No a todos los niveles es posible una democracia plenamente participativa. En la práctica, al aumentar el número de participantes en el debate disminuye radicalmente la proporción de intervinientes. No pueden hablan cien, ni mil; si fuera posible que lo hicieran el proceso sería interminable y, aún peor, confuso. Al final alguien, un individuo o una comisión, tendrá que sintetizar, aunque eso se puede hacer mejor o peor. En ese momento habrá que votar y acatar el voto.

Cuando el número de participantes crece no queda otra que jerarquizar las reuniones: establecer niveles. No se trata de una mala práctica, sino de una necesidad objetiva.

Entonces, aunque en cada uno de los niveles se practique la máxima participación, cualquier democracia participativa en un nivel se convierte en representativa en el escalón superior. Hay que elegir representantes, guste o no.

Cuanto mayor sea el grupo de representantes, más rico será el debate, aunque también más complejo. Si se elige un único representante, representará peor la riqueza y pluralidad de posiciones.

Así ocurre en los sistemas electorales mayoritarios. En ellos, el territorio se divide en distritos, y en cada uno se elige un único representante. En un sistema presidencialista puro, un territorio indiviso elegirá un único representante. De no haber mecanismos de control y contrapesos, se estará eligiendo a un dictador. Cuanto mayor sea el número de distritos, mejor representada estará la pluralidad de intereses e intenciones.

Imaginemos el caso ideal de una división en distritos de igual población, con iguales niveles de riqueza y distribución de la misma y con intereses absolutamente compartidos. Aun así, si en todos ellos ganase por la mínima diferencia una opción política, todas las demás quedarían sin representación.

Esta desigualdad se acentúa si las poblaciones son numéricamente diferentes, el nivel de riqueza y su distribución son desiguales, se contraponen los intereses de grupos diversos y las circunscripciones han sido diseñadas para favorecer a quien ya ocupa el poder. Por desgracia este caso es frecuente.

Por eso, los sistemas mayoritarios tienden a perpetuar y acrecentar las desigualdades. Los sistemas proporcionales, al menos, permiten la reproducción al nivel superior de las contradicciones que se dan en la base. El debate se traslada entonces más cerca de donde se toman las decisiones.

Cuando un grupo en el poder es hegemónico y se instala en niveles de gobierno, los intereses de los demás estarán infrarrepresentados. La democracia se enturbia, pero el sistema se refuerza. Como los conflictos lo hacen inestable, se procura estabilizar la gobernanza. Palabra especialmente atractiva para quien ejerce el poder.

Entre la elección directa y la mediada, la proporcional y la mayoritaria, hay muchos sistemas con características intermedias. Uno de los más curiosos es el de Estados Unidos. Dada su estructura federal, no parece mala idea el escalón intermedio que suponen los colegios electorales, con votos proporcionales a la población de cada Estado. Pero ¿por qué los votos correspondientes a cada Estado no se reparten y el vencedor por la mínima se los lleva todos? Claramente es una forma de consolidar un corrupto bipartidismo.

Con una representación proporcional, la cámara de representantes reproduce los conflictos en el escalón superior y obliga a transacciones equilibradoras. Esquemáticamente, los que no ocupan el gobierno constituirán la oposición, mejor o peor organizada, más o menos de acuerdo. En los sistemas mayoritarios, como vimos,  esta oposición solo tiene posibilidades de gobernar algún día si se organiza como un partido, o como una coalición suficientemente estable, que en muchos casos reproducirá la forma de partido. Por eso estos sistemas se deslizan siempre al bipartidismo. Un partido conservador frente a otro suavemente reformista.

Pensamos la coalición como una agrupación de partidos. Esta sería una coalición política. Pero los electores, cuando se ven obligados a elegir entre pocas opciones, constituyen también coaliciones sociales. Su voto aparentemente unánime oculta razones muy diversas. Es un “voto útil” que se concentra en el grupo gobernante o en el opositor.

En ausencia de una conciencia de clase desarrollada, el aglutinante puede ser la indignación, por un lado, y el temor, por otro. La primera suele ocasionar un consenso coyuntural, sin que a la larga produzca un movimiento con un nivel firme de compromiso. El temor, por otra parte, puede obedecer a razones sólidas o a amenazas imaginarias, y estimulado por gente sin escrúpulos provoca situaciones muy peligrosas.

Estas situaciones no solo se dan en el nivel del gobierno de los Estados. En cualquier agrupación humana, de la familia al club de fútbol, aparecen conflictos que se resuelven tomando decisiones. Es esta toma de decisiones la que obliga a organizar su discusión y el mecanismo adecuado para resolverlos.

Merecería la pena sistematizar estas ideas, comenzando por distinguir:

Coaliciones políticas:

  • electorales
  • de gobierno

Coaliciones sociales:

  • de intereses
  • ideológicas

Una coalición política será tanto más sólida cuanto más se corresponda con una coalición social. A su vez, esta última se consolidará cuando aúne los intereses con la ideología. Los intereses desideologizados son cambiantes e inestables, cuando no éticamente peligrosos. Y las ideologías que no se apoyen en intereses reales compartidos son fantasías e ilusiones vanas.

(Intereses, no lo olvidemos, jerarquizados, comenzando por los planetarios y terminando en los puramente individuales. En una estructura socioeconómica de clases, el interés de clase no meramente coyuntural ni fraccional es el más coherente. En el horizonte debe estar siempre el interés por la humanidad y por la vida).

En todos los casos coalición implica consenso y compromiso. Consenso interno, diferente del consenso heterogéneo entre intereses de clase opuestos, como el que hubo que aceptar durante la transición de nuestro país a esta democracia llena de defectos (de los que ninguna está exenta), y que ha desprestigiado dramáticamente la palabra.

Juan José Guirado