sábado, 22 de julio de 2023

Obreros de derechas, abstencionistas de izquierdas y misterios cuánticos

La ideología es inseparable de la mente humana. Como nunca tenemos, ni tendremos, un conocimiento cabal de la totalidad de la realidad, completamos las lagunas con ideas que intentan dar coherencia a nuestra vida.

Estas ideas parten de una experiencia social, aunque contengan una parte de elaboración propia que nos da la sensación de ser dueños de esas ideologías que todos profesamos.

La ideología, como conciencia incompleta o directamente como "falsa conciencia", puede y suele manifestarse en creencias confusamente entremezcladas que contienen tanto errores como incertidumbres.

Entiendo que un obrero de derechas cometa el error de situarse donde no puede sino perjudicarse a sí mismo y a los de su clase. Error que también puede cometer el abstencionista de izquierdas. Pero con frecuencia este último lo que tiene es una gran incertidumbre para decidir su voto entre varias opciones, ninguna de las cuales, prácticamente nunca, le resultará plenamente satisfactoria.

Cuanto más exigente es el filtro, menor es la posibilidad de decidirse. Por eso, en la práctica, las posturas más escrupulosas pueden y suelen convertirse en minoritarias y por ello inoperantes.

Entre alimentarse mal y dejarse morir de hambre hay que optar. El criterio de la práctica demuestra que, aún en el peor de los casos, casi nunca dejamos de decidirnos por el mal menor. Por eso es tan importante el análisis concreto de la situación concreta.

En circunstancias dramáticas, los pacifistas pueden tomar las armas, o los anarquistas entrar a formar parte de un gobierno.

Abstenerse no es una opción válida. El "obrero de derechas" seguramente votará, aunque sea contra sí mismo.

Esperemos que esta vez el gato de Schrödinger salga vivo de las urnas.

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El presidente de Vox, Santiago Abascal, interviene en una reunión con los representantes de Solidaridad, en Leganés, a 16 de julio de 2023, Madrid (España).- Fernando Sánchez / Europa Press


No votes, ya verás qué risa

julio 20, 2023

Valle-Inclán dijo una vez, por boca del Marqués de Bradomín, que había dos cosas que no entendía: el amor de los efebos y la música de Wagner. En mi opinión, ambos escollos son chistes comparados con un par de misterios completamente impenetrables: el obrero de derechas y el abstencionista de izquierdas. Los deslumbrantes razonamientos que llevan a un panadero, a un parado o a un pensionista a votar al PP o a Vox me resultan el equivalente mental de la mecánica cuántica, esas ecuaciones inexpugnables que funcionan sin que nadie sepa exactamente por qué. Un científico comentó una vez que el universo no sólo es mucho más extraño de lo que imaginamos, sino que es infinitamente más extraño de lo que podemos imaginar.

Pese a su inverosimilitud psicológica y económica, el obrero de derechas, al igual que la señora que vota a Vox, son anomalías democráticas a las que nos hemos terminado acostumbrando, lo mismo que a las cartas mecanografiadas de los candidatos que reclaman nuestro voto como si fuésemos parientes. A lo que nunca nos acostumbraremos (al menos yo no puedo acostumbrarme) es al tipo que se declara votante de izquierdas al tiempo que anuncia que pasa de ir a las urnas por las razones que sean. Lo que me recuerda las penúltimas palabras de Werner Heisenberg, el físico que formuló el principio de incertidumbre, la relación de indeterminación que sacó de sus casillas a Einstein y le hizo exclamar: "¡Dios no juega a los dados!". Poco antes de morir, Heisenberg dijo que tenía dos preguntas que hacerle a Dios: por qué la relatividad y por qué la turbulencia. "Creo que con un poco de suerte podrá responderme a la primera pregunta".

Comprendo que hay un montón de motivos para la abstención, desde la enésima traición al pueblo saharaui al espectáculo lamentable de la izquierda perpetrando su enésimo harakiri, pero todos ellos deberían esfumarse como un pedo en el aire ante la posibilidad de que el fascismo de Vox entre por la puerta grande en el Gobierno. El votante de izquierdas que examina los programas de los partidos y prefiere quedarse con hambre antes de escoger las opciones de un menú barato y poco apetitoso no acaba de entender que de lo que se trata ahora no es de pasar más o menos hambre, sino de no comer mierda. Da la impresión de que, al ir a ligar a una discoteca, no se conforma con la chica o el chico más agradable a la vista: él lo que quiere es ligarse a Brad Pitt o a Monica Bellucci. Por desgracia (por suerte para Pitt y para Bellucci), ni las utopías ni los sueños suelen estar disponibles.

A lo largo de las cuatro décadas largas de democracia, hay un millón y pico de votos indecisos que en unas pocas ocasiones ha decidido decantarse del lado de la izquierda –suponiendo, por simple oposición geográfica, que el PSOE represente la izquierda: sin duda, la mayor virtud del PSOE en todos estos años consiste en que no es exactamente el PP. Ese vuelco electoral se ha producido casi siempre gracias al hartazgo, la indigestión que los sucesivos gobiernos de derecha han provocado con sus privatizaciones, su ineficacia y su corrupción endémica. Pero el votante de derechas acudirá a las urnas llueva o haga sol, porque le dan igual las mentiras, las corruptelas, las listas de espera en la sanidad, el retroceso de décadas en los derechos humanos, la jubilación a los 70 años y el desmantelamiento de los servicios públicos.

La clave en los comicios del próximo domingo estará en ese millón y pico de izquierdistas estreñidos que guardan su voto en el culo como si fuese oro, que actúan como Pepe, el niño hispano de Astérix, enfadándose mucho y aguantando la respiración durante cuatro años. Heisenberg tenía razón: no hay Dios que explique la turbulencia.

jueves, 20 de julio de 2023

Mi (pen)última contribución a la campaña electoral

Es este un vídeo cargado de información. Y de razones. No dejéis de verlo por el hecho de que dure casi media hora.

Muchos ya saben todo esto; otros no, sobre todo los más jóvenes, que han pasado toda su vida en esta burbuja de no información y distracciones múltiples. A estos últimos les diría que saber ciertas cosas es importante para su propio futuro. A los primeros, que no permitan que se les vaya acorchando la conciencia.

Ahí queda esta sabia disertación.

¿Por qué abstenerse? ¿Y por qué no?

Hace cuatro meses se despedía de su escaño en la Asamblea de Madrid el diputado de Unidas Podemos y veterano luchador sindicalista Agustín Moreno, con estas palabras:

Querría hacerles un ruego, un consejo y una reflexión.

El ruego es muy sencillo y evidente: pongan por encima de todo el bien común, el sentido común, el sentido de justicia y de supervivencia. Construyan y rechacen la horrible facilidad de destruir, que decía Paul Valèry. Preocúpense por el futuro, porque es donde van a vivir ustedes y sus descendientes el resto de su vida. Y objetiven los debates partiendo del principio de realidad que es un argumento irrebatible. Sepan que nada de lo importante llega con facilidad y de manera inmediata. No intenten ganar solo con los votos, convenzan con las razones: nos irá mejor a todos.


Ahí va el consejo: creo que las personas nos levantamos todos los días con el propósito de ser mejores. Señorías, estoy seguro de que la mayoría de ustedes son buenas personas. Y eso está bien. Pero no es suficiente: intenten ser personas buenas. Porque si una buena persona es la que no hace mal a nadie, una persona buena es la que nos hace mejores a los demás. No es fácil, claro, pero hay que ambicionar esto último y no creo que haya mejor propósito para toda aquella persona que se dedique a la política.

Una reflexión: dice un amigo que los seres humanos corremos poco, soportamos mal el calor y el frio, no aguantamos sin beber agua y sin comer, pero tenemos una gran virtud: la empatía. No la pierdan nunca, porque si se pierde, estamos perdidos. Tengan conciencia, por ello, de que la vida debe ser algo más que un paseo por la soledad. Por eso, preocúpense del otro, de los demás, cultiven jardines de sueños y conviértanlos en cuidados y en derechos.

Ahora, en medio de la vorágine electoral, reflexiona Agustín sobre las razones de la abstención de tantas personas que abandonan esta modestísima herramienta que es el voto, bien por considerar que el suyo vale poco, bien por objetar una parte de las propuestas, o por un escepticismo que nace muchas veces de la pereza para informarse.

A los primeros habrá que recordarles aquello de que "por un clavo se pierde una herradura".

A los segundos, que "la intersección de todos los conjuntos es el conjunto vacío". Nunca una propuesta satisfará todas nuestras expectativas.

Y para los terceros, una norma jurídica (¡y moral!) que no admite el desconocimiento como excusa: "la ignorancia de la ley no libra del castigo".

El castigo puede ser también por omisión. Por omisión del voto podemos perder mucho. Pensemos que siempre habrá una opción mejor que otras, o si queréis menos mala, que viene a ser lo mismo.

Díaz y Belarra en un acto electoral en Navarra.-IVÁN DELGADO / Europa Press


El disputado voto de la hermana de Ana

19/07/2023

Había enviado a mi compañera Ana un artículo que había publicado sobre las elecciones generales. Me impuse la obligación de escribirlo ante el ambiente de pesadumbre que veía a mi alrededor sobre las posibilidades de la izquierda. En él abundaba en la opinión de García Montero: "los que saben que no es honesto hacer cualquier cosa para ganar unas elecciones, deben saber que tampoco es honesto dejar de hacer lo necesario para no perder unas elecciones". Ana me dijo que se lo iba mandar a su hermana, por si la convencía de que votase el 23 de julio. A partir de ahí, mantuvimos una conversación en WhatsApp:

Se lo he mandado a mi hermana que es de izquierda, pero nunca vota. 

A ver si le ayuda a reflexionar, aunque no es fácil si es por razones ideológicas. 

Eso es lo que le pasa a ella. Es muy maja, trabaja con personas migrantes.

Yo hablo, por ejemplo, con compañeros anarquistas y solo se plantean votar en situaciones muy extraordinarias. Depende de lo grave que la consideren.

—Sí. Mi hermana votó una vez a Podemos y creo que ya.

—Bueno, quiérela igual, seguro que es un alma pura.

—Eso sí, por supuesto. Es mi ejemplo a seguir.

—Pues ya está. No creo que vayan a entrar los bárbaros solo por su voto.

Hasta ahí una conversación normal. El problema vino cuando aquella noche el tema se me metió en el sueño. La izquierda perdía las elecciones ¡por un voto! La verdad es que es tan difícil que parece increíble, pero sucedía (en el sueño). Matemáticamente es posible que un voto decida un escaño en una provincia para el bloque reaccionario y lo pierda el bloque progresista. Cuando me desperté, me vino a la cabeza la vieja historia inglesa del clavo de la herradura del caballo del rey que libraba una batalla decisiva para el curso de una guerra. Que por un detalle insignificante se perdió una dinastía.

La pregunta es ¿por qué personas buenas, progresistas, solidarias, comprometidas con los derechos humanos, y con un alto desarrollo moral, no votan? Al analizar la abstención, aparecen perfiles diferentes. Veamos.

1. Está el grupo del "Yo paso de política" es seguramente el más numeroso. Frente a ello ya advertía Antonio Machado a los jóvenes: "Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y, naturalmente, contra vosotros". A través de las emociones se busca desde el poder que estos electores voten en contra de sus intereses o, al menos, que se abstengan. En este sentido, la teatralización de la política y las mentiras (Feijóo y Ayuso son unos genios) además de engañar, buscan alejar de la política a la ciudadanía, excepto a la hinchada propia. En la guerra de dominio de los menos sobre los más, abstenerse o votar a favor de las élites refleja que, cuando la frustración individual y colectiva se proyecta hacia los de al lado y no contra los de arriba, hay una grave falta de conciencia. La única solución es acercarse al pueblo con la política para que juegue su función civil y forme parte de la discusión pública.

2. Hay otro grupo de personas que llevadas por el desacuerdo por alguna ley concreta (por ejemplo, la necesaria ley trans) o por cómo se han construido los proyectos políticos, se plantean no votar. Son personas con criterio y estoy seguro de que no actuarán como aquel soldado del chiste al que no le gustaba la comida del cuartel y que, para vengarse, hacía y decía: ¡Qué se joda mi capitán que no como rancho! Autolesionarse para tener razón sería un disparate y ninguna persona seria lo puede hacer. Por fortuna, creo que el nivel de apasionamiento se ha reducido. Y digo afortunadamente, porque se generan energías negativas y se pierde autoridad para reconstruir nada luego.

3. Están también los de la máxima exigencia democrática. Si no votan no es porque piensen que "todos son iguales". Ellos exigen mucho más y con razón a las opciones políticas de izquierda. Piden ética, participación real, cumplimientos de los compromisos. Suelen tener un alto desarrollo personal que les hace distinguir lo importante de lo interesante, lo estructural de las modas, y saben que, si no se abordan grandes temas como el cambio climático, la humanidad va a pasarlo muy mal. También pueden plantearse no votar por ideología personas anarquistas que rechazan el Estado y la democracia burguesa. Aunque a veces se saltan estos principios, cuando hay conciencia clara de que está en juego algo grande.

Estamos hablando de buena gente, con conciencia y bien informadas. Que mantienen una integridad personal que se la piden también a los políticos. Que pueden dudar de la democracia, pero su moral no permite la ambigüedad ni la irreflexión. Esta ciudadanía generosa es exigente con la democracia y hacen bien. Para ellos, la izquierda debe asegurar un planteamiento ético en la política, la participación en la toma de decisiones, la cercanía a los ciudadanos, capacidad de escucha y dar cauce a los problemas de la gente. Y piden fraternidad: la izquierda no puede ser una cesta de cangrejos, debe demostrar que es capaz de funcionar de manera plural y democrática en favor del bien común o no tendrá crédito.

Son como la hermana de Ana y su voto no duda entre la derecha o la izquierda, sino entre la izquierda y la abstención. A personas con estos valores y nivel de conciencia, poco se les puede decir. Quizá solo tres apuntes. Por un lado, nuestros amigos abstencionistas bien intencionados y reflexivos deben intentar comprender que el juego electoral es tramposo, busca emocionar a los propios y disuadir a los adversarios; es decir, se aplica descaradamente una estrategia para la desafección política. Por otro lado, a veces, por querer lo mejor, no debemos renunciar a lo posible. Y cuando vemos desperezarse un fascismo que creíamos muerto, debemos centrarnos en lo esencial y entender que en la pureza no está la virtud. Lo más revolucionario hoy no es pensar en tener el Gobierno de nuestros sueños, sino defender la democracia, los derechos humanos y luchar contra la desigualdad. Por último, si no gusta cómo se están haciendo las cosas, siempre está la opción de participar directamente para cambiarlas por personas que suelen implicarse en las luchas sociales.

Hay mucha incertidumbre en las encuestas, aunque apuntan la victoria de las derechas ultras, precisamente por el engranaje de desmovilización de la izquierda puesto en marcha. No obstante, hay algunas cosas claras: a) nada está decidido y depende de estos últimos días de campaña; b) quien convenza a la hermana de Ana (al abstencionismo de izquierdas) inclinará la balanza a su favor; c) la involución democrática con Feijóo-Abascal sería muy peligrosa por la derogación de los avances de la legislatura y porque la ultraderecha intentará agarrar el poder no solo por cuatro años. Por ello es decisivo el voto a Sumar para continuar con la transformación sociopolítica y frenar el gobierno ultra, porque si gana la tercera posición inclinará la balanza hacía el bloque progresista frente al reaccionario.

Por todo lo anterior, hay que hacer un esfuerzo para superar las dudas, hablar con nuestros amigos y amigas abstencionistas, y votar en defensa propia. No hacerlo no exime de la responsabilidad de lo que venga. Ganar o perder unas elecciones debería ser normal en el juego de alternancia política en una democracia. Lo malo sería que perder unas elecciones nos metiera en una larga noche de retroceso, mediocridad y desastre. Por eso no podemos quedarnos al margen el 23 de julio. "No me estremece la maldad de los malos, sino la indiferencia de los buenos", decía Martin Luther King. A ver quién le quita la razón.

martes, 18 de julio de 2023

El ecologismo se admite como performance u objeto decorativo

"Predicar en un desierto es trabajillo perdío", decía en una de sus rimas un vate loco; pero habrá que seguir haciéndolo, si queremos desviarnos de esta mucho más loca ruta hacia el castillo de irás y no volverás.

¡Que entre algo de aire en esta campana de vacío para que podamos oír a tiempo el timbre del despertador del apocalipsis!

De ti y de todos los otros tús dependerá que podamos detenernos, aunque sea en el mismo borde de este agujero negro. Por eso mismo este otro poeta-filósofo insiste una y otra vez, tratando de comprender y de ayudar.

Por eso pienso luego insisto, y a ti me dirijo una y otra vez, una y otra vez...

....y aún con la lengua muerta y fría en la boca
he de mover la voz A TÍ debida...

“El que venga detrás que arree”; pero ¿vendrán todavía muchos arreando detrás?








Imagen de Jarmoluk en Pixabay


atravesar el desierto

Jorge Riechmann

I

“El que venga detrás que arree” es el lema siniestro que preside nuestra criminalidad social. Pero quienes vienen detrás ya estáis aquí…

No se contiene a un cáncer hablándole de responsabilidad social corporativa. 

El ecologismo se admite como performance u objeto decorativo. Lo que vaya más allá tropieza con una represión bastante implacable.

II

Extracción a costa de lo que sea.

Producción a costa de lo que sea.

Consumo a costa de lo que sea.

Y por supuesto deyección y contaminación y desgarro de la red de la vida a costa de lo que sea.

Cortoplacismo se nos va quedando corto: en la era de los chutes de dopamina inducidos por smartphone, y la negociación bursátil automatizada casi a la velocidad de la luz, quizá tendríamos que hablar de nanoplacismo. Un ser inteligente sabría reconocer ahí un peligro mortal.

En una sociedad tecnólatra ¿nos atreveremos a ser tecnoagnósticos?

III

Nuestro tiempo es aquel que ha tenido que inventar la palabra omnicidio. Sólo eso ya apunta hacia una época histórica del todo excepcional…

Dos mil años y se recupera el paisaje. Veinte millones de años y se recupera la biodiversidad. Pero los plazos de la vida humana, y los de la historia humana…

“Los cambios radicales instantáneos no son viables”, nos dice el muy sensato Vaclav Smil en su muy documentado ensayo sobre Cómo funciona el mundo. Y, sin embargo, esos son precisamente los cambios que necesitaríamos para evitar futuros infernales…

Nuestro gran no apenas se ve compensado por un sí muy frágil: es la apuesta herida por un futuro humano que quizá nunca existirá.

IV

Escucha uno esta expresión frecuente: “Y eso, ¿cómo lo aterrizamos?” Se está preguntando cómo concretar en nuestra cotidianidad ese asunto, el que sea, que ahora consideramos. Pero, a estas alturas de la historia humana, uno casi sólo puede comprender aterrizar en sentido literal: poner los pies en la Tierra, en este nuestro planeta simbiótico. (Tal es el sentido en que Bruno Latour titula su libro ¿Dónde aterrizar?).

V

Un paso más allá de la resiliencia, eso que los biólogos llaman hormesis: cuando se expone un organismo a condiciones de daño (un veneno químico, radiaciones ionizantes, un medio ambiente degradado…) que el metabolismo tiene que combatir, a veces el estado final de tal organismo puede ser mejor que el inicial. Como cuando prospera la vida animal silvestre en los alrededores de la central nuclear de Chernóbil, a pesar de la radiación que sigue infestando el lugar.

VI

Dogen, el maestro zen japonés del siglo XIII, cuenta la profunda impresión que le produce el encuentro con un anciano monje cocinero que está secando al sol setas shitake, cuando él tiene 23 años. Y le interpela: pero, anciano, ¿no sería mejor que ese trabajo lo realizara algún monje joven, y así tú podrías consagrarte a tu búsqueda espiritual, en estos postreros años de la vida? El cocinero le da una lección profunda al contestarle: “Los demás no son yo. Yo no soy los demás. Ésta es mi tarea y sólo yo puedo realizarla”.

¿Cuál habrá sido mi tarea? Seguramente la que enuncia el título de mi blog: tratar de comprender, tratar de ayudar. Tratar de abrir los ojos y contribuir a que los demás puedan hacerlo que podamos hacerlo en común.

VII

Poliamor, sin duda. Amor a los árboles, amor a las nubes, amor a los libros, amor a Casandra y al Barón de Münchhausen, amor a los seres humanos que se buscan y se aman.

VIII

A la actriz Nathalie Poza, su psicoanalista le espetaba: “¡La vida no tiene sentido, asúmelo! Pero vive como si lo tuviese o como si fuese posible que lo tuviese”.

Un pasito más allá de la filosofía del como si: la vida para un animal como Homo sapiens tiene el sentido que logremos darle.

En mi caso diría: reintegrarnos de forma consciente en la vida de Gaia, reduciendo la dominación, la violencia y la crueldad en todo cuanto esté a nuestra mano. Y así superar el tribalismo hacia formas de convivencia inclusivas y amorosas más allá de lo humano…

Participación, nos decía el antropólogo Lévy-Bruhl. Consideración, insiste la filósofa Pelluchon. Conexión y amor compasivo para rehacer nuestro vínculo con los diez mil seres.

IX

Cuenta Edgar Morin (en su conferencia “A propósito de los siete saberes”) que un enólogo le preguntó al astrofísico Michel Casser qué veía en la copa de vino que acababa de ofrecerle. Y la respuesta fue:

“Veo las primeras partículas que se formaron en los primeros segundos del universo, veo el átomo de carbono que se creó en la fragua de un sol anterior al nuestro, veo las moléculas que se constituyeron en la Tierra y se unieron, veo el nacimiento de la vida, veo el desarrollo del mundo vegetal, la aparición de la viña salvaje, veo su domesticación en el mundo mediterráneo y además veo ahora las técnicas electrónicas que verifican la vinificación, y además… ¡Ya está bien! ¡A vuestra salud!”

X

“¿Cada vez que ves un desierto sales corriendo? Cuando aparezca un desierto, atraviésalo” dice el maestro Ailton Krenak.

“El sonido del agua que fluye es el gran discurso de Buda”, dice el maestro Eihei Dogen.

Y la conversación de los pájaros, añadimos.

lunes, 17 de julio de 2023

Nos extraviamos con relación a las prioridades

Daniel Bernabé publicaba hace cinco años La trampa de la diversidad. Puede descargarse aquí. Recibió algunas críticas por parte de quienes entendían que menospreciaba a grupos identitarios que intentan abrirse paso en sociedades cerradas. A pesar de que la presentación de Pascual Serrano comenzaba puntualizando cómo y por qué la diversidad puede llegar a ser una trampa:

Cuando los independentistas catalanes convocaron una butifarrada festiva para reivindicar su lucha, un sector vegano protestó al tratarse de una comida con carne que no contemplaba su dieta. Existe un movimiento, los antinatalistas, que, indignados ante el «capitalismo terrible y despiadado» que vivimos, propugna no luchar política y organizadamente, sino no tener hijos para así acabar con la especie humana. Cuando el periodista Antonio Maestre usó el titular «Mierda animal sobre los restos de las víctimas» para denunciar que en un pueblo de Granada habían instalado un establo de ganado sobre las fosas que podrían albergar más de 2.000 represaliados por el franquismo, algunos lectores le acusaron de «especista», es decir, de discriminación a los animales por considerarlos especies inferiores. 
¿Estamos insinuando que no debemos respetar a estos grupos? Por supuesto que no. ¿Estamos planteando que sus reivindicaciones son incompatibles con las movilizaciones originales? Pues quizá sí, si la diversidad se convierte en una competición de protagonismos en detrimento de luchas y causas que deberían ser más unitarias. Y de eso trata el libro La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé.

Efectivamente, como puede comprobarse en los ejemplos aducidos, las identidades pueden entrar en competición y frenarse mutuamente. Un uso pacato de lo políticamente correcto acaba frenando cualquier crítica, e incluso convierte el lenguaje mismo en un laberinto ridículo. ¿Podremos de ahora en adelante llamar "cerdo" o "buitre" a alguien que a nuestro juicio lo merezca sin ofender a estos animales?

Hay que denunciar ese ruido de identidades en conflicto que enmascara y oculta lo que podría englobarlas a todas, si se consigue incluirlas en categorías no excluyentes.

Las desigualdades entre colectivos y el desprecio que muchos han sufrido son manifestaciones de la inequidad inherente a este sistema económico, basado en la explotación ("del ser humano y de la naturaleza") y que necesita de la desigualdad para funcionar.

Lo dejaba muy claro el autor en una. entrevista publicada en Mundo Obrero:

«Los grandes problemas de nuestras vidas derivan de tu posición de clase. Destrozaron nuestra identidad obrera y la rellenaron con una variedad diversa y fragmentada de identidades»

Cinco años han pasado desde que comenté esto mismo aquí. Mi tendencia "geometrizante" me llevó a recurrir a la teoría de conjuntos para hablar de "inclusión" y "exclusión", pero lo esencial que quise expresar, en relación también con este mismo libro, era esto:

Las diferencias existen. Lo importante es manejarlas con criterio inclusivo y no excluyente. Y sobre todo jerarquizarlas para ver cuáles son las importantes, las que marcan el territorio en que queremos movernos y aquel que no deberíamos pisar.

"Nos extraviamos en relación a las prioridades", afirma en ese sentido Josep Burgaya en la entrevista que sigue a continuación:




La sociedad, un concepto en crisis

Salvador López Arnal

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la UVic-UCC, donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. Habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. De sus obras, destacamos Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (2020), y La manada digital. Feudalismo hipertecnológico en una democracia sin ciudadanos (2021). Su último libro publicado lleva por título Tiempos de confusión. De la clase adscriptiva a la identidad electiva (2023).

—¿Cuáles son las principales confusiones de estos Tiempos de confusión en que vivimos?

—De hecho, la confusión no es de los tiempos, sino de las personas y de gran parte de la sociedad. Multitud de desengaños e incertidumbres desde el futuro del trabajo hasta el deterioro medioambiental, de la crisis del modelo democrático hasta la proletarización creciente de las clases medias, del extractivismo de las grandes corporaciones a la exclusión social y laboral de un porcentaje cada vez mayor de la población. Triunfó en todo el arco político y social el individualismo más radical y las preocupaciones colectivas fueron desplazadas por el consumo compulsivo. Nos extraviamos con relación a las prioridades. 

—Son muchos los temas y subtemas desarrollados en su libro. ¿Cuáles son las ideas-fuerzas esenciales que defiende?

—El tema central radica en lo que, a mi parecer, es el mayor error de la izquierda contemporánea, la “trampa de la diversidad” en la que ha caído, el error de no focalizar la desigualdad material como la base sobre la que se sustentan todo tipo de inequidades y marginaciones. La fragmentación de las luchas progresistas en un sinfín de movilizaciones particulares no es que divida al progresismo, es que le roba la legitimidad. Lo identitario, sea individual o tribal, tiende a desenfocar los problemas que habría que afrontar y, además, en su exageración sin matices, tiende a dar todo tipo de argumentos a la reacción derechista. La izquierda, desde hace mucho, especialmente en el mundo anglosajón, se dirige a clases medias urbanas universitarias. Los olvidados, aquellos que han cultivado el resentimiento en el olvido, se apuntan al discurso “transgresor” de la derecha. Se les acusa de primarios o “fachas”, cuando en realidad su incorrección política y cultural tiene que ver con hacer estridente su abandono. Recuerda a aquél dicho oriental que afirma que cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo.

—“De la clase adscriptiva a la identidad electiva” es el subtítulo del libro. ¿Qué era eso de la clase adscriptiva? ¿A qué refieren estas identidades electivas?

—Desde la Revolución Industrial y la Revolución Burguesa hasta los años noventa del siglo XX, se aceptaba y se compartía una ubicación de clase que nos venía dada por nuestra función en el proceso productivo y en la sociedad. Era algo dado que no implicaba forzosamente resignación, pero si un cierto orgullo y una “cultura de clase” compartida. A partir de los noventa, cuando entramos en el “ciclo de Hayek”, se nos inculcó que en la sociedad había “igualdad de oportunidades” y que seríamos y llegaríamos hasta dónde quisiéramos según talento y esfuerzo. A partir de ahí, creímos que todos éramos clases medias y nos esforzamos en subir por el ascensor social. Ahora todos podíamos elegir estilos de vida y apostar en el mercado de las identidades por la que más nos conviniera. Una cultura muy adecuada para no poner en cuestión las bases del problema principal en el mundo del capitalismo tardío, que es la desi­gualdad acumulativa y creciente.

—Abre su ensayo con una magnífica broma lingüística, una placa municipal en Ciudad de México que advierte a los repartidores de mercancías: “Se prohíbe a los materialistas aparcar en lo absoluto”. ¿Nos puede traducir la advertencia?

—La verdad es que esta placa, sacada de contexto, resulta deliciosa. En el libro la utilizo en el sentido que la izquierda actual, especialmente la que pretende estar más allá de la socialdemocracia, acostumbra a ser poco proclive a la diversidad de pensamiento, a los matices y fácilmente se erige en comisariado de la verdad. El mesianismo afecta también a la izquierda. Aunque no se tenga Dios, no quiere decir que se haya abandonado un concepto religioso de la política y de la identidad.

—¿Nos puede dar algún ejemplo de esa izquierda que pretende estar más allá de la socialdemocracia que acostumbra a ser poco proclive a la diversidad de pensamiento, a los matices?

—No se puede generalizar, pero en el mundo de Podemos existen sectores bastante cerrados, incluso sectarios, un poco dados a aquello de que “la realidad no nos estropee unas buenas convicciones”. Ensimismados, son incapaces de captar los efectos perversos que provocan sus planteamientos en algunos temas identitarios. No sucede tanto en Cataluña en el entorno de los Comunes, quizás porque se conforman con disponer de políticos y dependen menos de gurús. Quizás donde es más exagerada la tendencia a lo absoluto sea en la, digamos, extrema izquierda independentista, instalada en una burbuja onírica.

—El sumario de su libro: introducción, diez capítulos, posdata. Una, dos preguntas por apartado. Vivimos según señala en tiempos de confusión, pero también en un “tiempo suspendido”, un concepto de Álvaro García Linera. ¿Qué tiempo suspendido en ese?

García Linera habla de “tiempo liminal” para definir un mo­mento de implosión de seguridades y verdades que ya no se sostienen, pero en el que todavía no se han diseñado propuestas de salida. Predominan los malestares, está en crisis el mismo concepto de sociedad, mientras resulta imposible de comprender y aún menos asir los cambios que se están produciendo… Una parte de la población deviene “desechable”, se hunde la sociedad del trabajo que era la base del consenso democrático, la política es ya prácticamente “relato”, lo que quiere decir espectáculo. El cambio climático se acelera, el globalismo resultó si no un fracaso al menos una apuesta fallida. Se continúa confundiendo el crecimiento con el desarrollo, mientras se impone la gig economy y la financiarización que nos llevó a la crisis de 2008 y que se ha reemprendido de manera optimista. El mundo se ha convertido en algo inhóspito para una parte importante de la población. No hay explicaciones globales, solamente el recurso a dioses menores, encerrarse en una burbuja, y unas demandas de reconocimiento de identidades que se “adquieren” en el supermercado global de la cultura.

—¿Por qué es tan determinante el miedo en todos nosotros, por qué es tan poderoso?

Los temores condicionan gran parte de las decisiones, de las opciones vitales que tomamos. Cuando más que en el miedo abstracto nos adentramos en el espanto, tendemos a sacar las peores pulsiones de nosotros mismos. Se acaba la cooperación, la empatía y se impone el individualismo, el sálvese quien pueda. Lo tribal representa una cierta seguridad ante los temores de lo desconocido, configurar la tribu la “identidad nacional” como apela la derecha o bien las identidades culturales particulares a las que recurre la izquierda.

—Finaliza el primer capítulo con estas palabras: “Un mundo orwelliano donde la exclusión social formará parte del paisaje, donde a las personas de bajos ingresos se las obligará a “salir” de la civilización autosatisfecha y minoritaria. ¿Quién quiere vivir en un mundo como este?”. Le devuelvo la pregunta: ¿quién quiere vivir en un mundo así?

—No quisiera caer en el tremendismo, en el agonismo, pero ciertamente el mundo en el que estamos y al que al parecer vamos resulta poco vivible, entendiendo esto como la posibilidad de poder desarrollar una vida digna. Hay temores fundados de que podemos ir a parar a una distopía de base tecnológica. Lo que ha significado la disrupción digital, el capitalismo de plataformas o la irrupción de la Inteligencia Artificial resulta tremendamente deshumanizador. Desaparece cualquier contexto de amabilidad y la posibilidad de desarrollar una vida plácida.

—¿Internet favorece los procesos democráticos?

La sociedad digital resulta reacia a la primacía de lo colectivo y nos induce al aislamiento y al individualismo más recalcitrante. Las tiendas virtuales siempre están abiertas y, aunque algunos lo crean, las redes sociales no son un espacio público de deliberación.

—Señala que de un tiempo a esta parte el término “populista” está continuamente presente en el lenguaje político. ¿Qué entiende usted por populismo?

—El término se ha convertido más bien en un insulto descalificador en política que en un sustantivo. En realidad, nunca ha sido ni es una ideología. Es una manera de imaginar y practicar la política que se usa tanto a derecha como a izquierda, aún con matices. Establece bandos confrontados y polarizados, partir de una definición estricta de un “nosotros” y un “ellos”. Una prelatura de la emocionalidad sobre el razonamiento. El olvido de que la cultura democrática descansa sobre el espíritu de transacción y convivencia de intereses y valores diferentes. Aunque la izquierda populista parte de Laclau y Mouffe que sitúan su origen en el marco del concepto de “hegemonía cultural” de Gramsci, en realidad es un planteamiento que pro­viene de Carl Schmitt.

—¿Vivimos tiempos de irracionalismo? ¿De nuevo rige aquello que señalaba Lukács sobre el asalto a la razón?

—La razón ilustrada no vive su mejor momento. Predomina la emocionalidad, que es el refugio en tiempos de incertidumbre y de miedo. Cuando relativizamos los “hechos” y establecemos “verdades alternativas”, tenemos un serio problema para establecer un debate público fructífero y que nos pueda llevar a alguna parte. Quizás, en este momento y a diferencia de otros períodos históricos, la cultura política que tiende al fomento de lo irracional no es privativa de la derecha extrema.

—Cuando habla, críticamente, de corrientes identitarias de derecha a izquierda, ¿en qué está pensando? ¿Qué hay de malo en la cultura identitaria progresista?

—Todos tenemos elementos de referencia diversos que nos definen. El identitarismo resulta negativo en la medida que produce una fragmentación irreal de la sociedad, de realzar la diferencia y no lo que compartimos y nos une. Delimita fronteras. Las identidades son en realidad diversas y cambiantes, evolucionan. Plantearlas como algo fosilizado con sus fronteras y rituales de admisión resulta una barbaridad. Se generan polaridades que nada tienen que ver con el desigual acceso a la riqueza y al bienestar. Hacen una función de opiáceo.

—¿La izquierda debe seguir vindicando el legado de la Ilustración? ¿No hay mucho desastre en estos dos últimos siglos realizado en nombre de la Ilustración?

—Seguramente es cierto que los sueños de la razón pueden engendrar monstruos. Ahí está la Revolución rusa como demostración de ello. Pero la alternativa a la razón es la barbarie. Es evidente que la reacción que supuso el Romanticismo aportó algunos matices interesantes a un pensamiento ilustrado que pudiera parecer esquemático y, a veces, reduccionista. Pero las emociones son esenciales en el ámbito personal y un mal contexto en el espacio colectivo. Las guerras, en su mayor parte, provienen de la manipulación de las emociones y las identidades.

—Sostiene también que la izquierda, desde los años setenta del pasado siglo, vive un repliegue ideológico, abandonando las luchas colectivas para refugiarse en la individualidad. ¿Toda la izquierda está inmersa en este paradigma identitario? ¿La izquierda clásica no hablaba también de la identidad de clase?

—Ha sido una dinámica global de la izquierda, aunque con muchos matices. Cualquier grupo social requiere de un cierto grado de cultura compartida para cohesionarse y mantenerse unido. El planteamiento marxista de la lucha de clases iba en este sentido. La clase, para pasar de ser una “clase en sí” a una “clase para sí”, debía identificar y reconocer sus intereses compartidos y elaborar una cultura común que estableciera lazos y vínculos duraderos. También objetivos colectivos. Pero esta cultura no se pretendía ni exclusiva ni excluyente. Pero hay una izquierda que ha nacido, justamente, para ser identitaria y confunde las prioridades. No representa, ni lo pretende, a las clases subalternas que lo requerirían. El triunfo del individualismo es inapelable. Se ha convertido en transversal, ha superado lo ideológico para representar el sentido común. Su triunfo tiene que ver con el discurso neoliberal predominante du­­rante décadas, pero también con una izquierda imbuida por los valores, también individualistas, de la French Theory.

—Le pregunto más adelante sobre la French Theory. Hay en el libro varias referencias a lo que suele llamarse “ideología queer”. No parece muy próximo a esa ideología. ¿Por qué?

—Es un planteamiento iconoclasta que puede tener un cierto interés como elucubración teórica, pero que, a nivel práctico, actúa como ariete de ruptura de la acción colectiva en demanda de la emancipación social. Pude resultar muy atractivo, casi revolucionario, romper moldes y desacreditar referentes, pero induce a un nihilismo vacío. Toda pulsión individual, toda disforia de género debe ser aceptada y respetada, pero convertir esto en el estado “natural” de la condición humana es un desenfoque. Plantear que sexo y género son únicamente construcciones culturales resulta exagerado. Existe la biología y ésta nos plantea unos ciertos límites y también nos encauza. Lo individual, por sí mismo, no tiene por qué convertirse en norma global y, aún menos, en ley. Es un exceso de soberbia.

—En una nota al pie de página puede leerse su caracterización del transhumanismo: “un movimiento cultural vinculado a la fe en la capacidad de transformación de la condición humana gracias a la tecnología digital. El objeto es el superar las limitaciones fisiológicas y cognitivas de la especie humana para llegar a una hibridación entre el hombre y la máquina que resulta del todo distópica”. No se muestra muy partidario de esta nueva corriente filosófica. ¿Por qué?

—Es una barbaridad. Qué alguien pretenda “resetear” la condición humana es algo que resulta distópico y totalitario. La “imperfección”, justamente, ha­ce grande y única a la condición hu­mana. La exageración del pensamiento basado en la ingeniería que plantea un futuro de fusión material de lo humano y lo maquínico resulta un sueño propio de la locura en que determinados salvadores de lo humano se han instalado. En este sentido, el concepto de “singularidad” de Kurzweil resulta extremadamente indecente a nivel ético y moral.

—Ha hecho referencia anteriormente. Se le ve muy crítico con el pensamiento construido en Francia en los años sesenta, con la llamada French Theory. ¿Cuáles son tus principales críticas?

—El tema, desde el punto de vista teórico, es muy complejo y no se puede analizar en unas pocas frases. No descubro nada al decir que las aportaciones de Foucault, Deleuze, Guattari o Lacan han sido y son aún muy relevantes en el campo del pensamiento contemporáneo. Indispensables. Ahora bien, significan, cada uno es su ámbito, una renuncia a cualquier acción social colectiva. Se trata de liberar el deseo, de volver la mirada a uno mismo, se establece que ya solamente es posible la revolución individual. Para ellos, hay que convertir en público aquello estrictamente personal, enarbolarlo en el espacio público.

—¿Qué izquierda de Occidente ha cambiado, como afirma, de sujeto histórico? ¿Qué izquierda no considera al movimiento obrero como eje central de la emancipación?

—Aunque la izquierda ha mudado de sujeto histórico, esto no se ha formalizado. Es evidente que el trabajador de fábrica ancestral ya va deviniendo minoritario en el mundo occidental, pero hay un mundo de trabajadores ahí afuera hecho de precarios, excluidos, autónomos, informales, sobreexplotados… Como es evidente que la desigualdad en la distribución de la renta resulta cada vez más pronunciada. El problema de las izquierdas es que ya no los ve y construyen un discurso dirigido a las clases medias urbanas intelectualmente formadas. Este es el nuevo sujeto histórico. Pero lo es únicamente en términos electorales y no para plantear un proyecto de emancipación y transformación. Los abandonados, encuentran otros referentes, que no los salvan, pero que les confortan.

—Le cito: “La Unión Europea parece haber entendido que el capitalismo de las grandes plataformas, más que disruptivo, resulta ser un sistema depredador en la captación de rentas y un terrible acelerador de las desigualdades económicas y sociales”. ¿No es muy generoso con la UE? ¿No la sitúa en el “lado bueno” de la historia, por así decir, siendo muchas veces, así lo parece cuanto menos, representante de los intereses insaciables de las multinacionales?

La UE representa la institucionalización de la europeidad. Conviven ahí, lógicamente, intereses contrapuestos. Puede ser un instrumento valiosísimo, y en muchos aspectos y momentos lo es, para la gobernanza en esta parte del mun­­do. No es un marco neutral, sus ac­ciones son el resultado de la ideología dominante y, actualmente, lo es la que protege e impulsa un determinado capitalismo. Ahora bien, creo que hay una cierta conciencia de que la creciente desigualdad de­bilita la cohesión en los diversos estados que forman parte de ella, como también, que las grandes plataformas de internet, que son mayormente estadounidenses, saquean los ingresos fiscales y destrozan sectores económicos enteros a su paso. Sus intentos de controlar estas plataformas no es que sean sinceros, se han convertido en imprescindibles si no se quiere jugar un papel secundario en la economía y la geopolítica mundial.

—El capítulo 7º se titula: “Un mundo sin trabajo digno.” ¿Ve posible alcanzar un mundo con trabajo digno?

—No creo que se consiga si nos atenemos a la evolución de éste dentro de esta fase del capitalismo. No es solamente que el trabajo va a ser cada vez más escaso y se condena a una parte de la población a ser irrelevante. Es que la proporción de trabajo indigno –mal pagado, inseguro y en condiciones draconianas– va a seguir aumentando. Y no solamente en los “talleres del sudor” asiáticos o latinoamericanos, sino en la gig economy occidental hecha de repartidores, servicios personales, hostelería, microempleos informales…

—Cita a Diderot: “La democracia se detiene en los suburbios”. ¿Dónde se detiene hoy la democracia?

La democracia requiere de entornos de una cierta dignidad, de un sentido de lo colectivo, de una desigualdad social contenida. Se detiene en la gente excluida, en los sin-trabajo, en la pobreza, en las banlieu de las ciudades, en los grupos sociales faltados de expectativas y de futuro, en la falta de espacio pú­blico, donde falta la reflexión pausada y serena… La democracia requiere de ciertas condiciones, del predominio de un sentido del “nosotros” sobre la hegemonía del “yo”.

—En Estados Unidos, afirma usted, la relación entre precarización, sufrimiento mental, ansiedad y toma de barbitúricos provoca entre 70.000 y 100.000 muertes anuales: muertes por desesperación que provocan un consumo desmesurado de opiáceos. ¿La situación es diferente en un país como el nuestro, con un capitalismo, digamos, algo menos salvaje y con algo más de protección social?

—El problema de Estados Unidos en este tema resulta brutal. Muere más gente cada año por desesperación que los americanos que murieron en la guerra del Vietnam. Hay que leer a Case y Deaton, o bien a Radden Keefe, para comprenderlo. Éste no es solamente un fenómeno norteamericano. La automedicación paliativa del sufrimiento funciona a lo largo y ancho del mundo occidental. El consumo farmacológico, recetado o no, resulta brutal. Algunas drogas, especialmente el consumo y dependencia de la marihuana entre los jóvenes hace también esta función de adormecimiento de los malestares. Los antidepresivos ya se toman más que la Coca-Cola. De hecho, el Prozac compite con Apple para ser la marca que representa y que define el mundo contemporáneo.

—¿La globalización que hemos vivido en estos últimos años ha sido letal para la clase obrera industrial de los países capitalistas occidentales?

—La absoluta mundialización de la economía, la nueva distribución planetaria de la producción ha resultado fatal para los trabajadores occidentales. La desindustrialización llevó a perder el trabajo a un porcentaje importante de los empleados de fábrica. La ocupación industrial está en el 12 y el 15%. Muchos desempleados han resultado muy difíciles de insertar en otras actividades. Pero mucha actividad terciaria y cuaternaria también se desplazó con la industria hacia los paraísos de la mano de obra barata de Asia, Latinoamérica o el norte de África. La “teoría del derrame” de riqueza que la globalización iba a traer al mundo no se cumplió ni tan solo en los grupos sociales de empleados del mundo occidental, como tampoco en aquellos que se convirtieron en la “fábrica del mundo”. Solamente ganó la capacidad extractiva de rentas y la dinámica de desigualdad, especialmente dentro de los propios países.

—¿Por qué es tan corrosiva la desigualdad? ¿Es compatible la democracia con los niveles de desigualdad realmente existentes? ¿Cómo se combate la desigualdad?

—Al final del libro recuerdo los datos básicos de la desigualdad y como ésta evoluciona. Éste y no otro debería ser el tema central de la política progresista contemporánea. La injusticia, la inequidad material es la base de la descomposición de la cohesión social. Desde la segunda mitad del siglo XX, la cultura democrática y la legitimación de sus instituciones ha descansado sobre el trabajo y sobre una cierta convicción de que funciona el ascensor social. Cuando amplios sectores sociales descubren que no existe la igualdad de oportunidades y que el concepto de mérito no es más que un trampantojo para mantener determinadas hegemonías, una parte importante de la sociedad se irrita, desconecta políticamente o acaba por recurrir a falsos emancipadores. La desigualdad se puede combatir y reequilibrar con políticas económicas efectivas que lo pretendan. Fiscalidad realmente progresiva, legislaciones laborales que promuevan mejoras salariales significativas, asegurar el pleno empleo y buenos servicios públicos pueden generar sociedades bastante diferentes a las actuales. Incluso en Davos se cree que hay que “resetear” el actual capitalismo, como diría Keynes, protegerlo de sí mismo.

—Finaliza su libro con estas palabras: “La izquierda, el progresismo, debería recuperar la preocupación por los temas fundamentales, los cuales tienen su punto de arranque en la economía y en las políticas económicas que generan polaridad de rentas y practican el laissez-faire en relación con la creación de círculos cada vez mayores de empobrecimiento… Nadie si no es la izquierda política, liderará la lucha por la repolitización de la economía y las transformaciones sustanciales que se requieren en las políticas monetarias y fiscales”. ¿En qué izquierda está pensando?

—En realidad, en toda. Probablemente a la socialdemocracia, digamos que tradicional, le correspondería estar en la vanguardia de ello, más que nada porque mutó en mucha menor medida que las nuevas izquierdas hacia el predominio del discurso de la fragmentación social en identidades particulares, se dejó arrastrar mucho menos hacia el identitarismo y aún conserva ciertos vínculos con la clase trabajadora tradicional. Pero requiere del contrapeso de nuevas izquierdas que, una vez liberadas de las “guerras culturales” en las que se centran, eviten que la socialdemocracia se desplace hacia el centro y se pierda en el business friendly. La querencia en establecerse en la alternancia en lugar de como alternativa, que es lo que se requiere y se demanda.

—Gracias, muchas gracias por su tiempo y su amabilidad.

sábado, 15 de julio de 2023

¡Pásalo!

No es cosa nueva que la derecha considere que el país les pertenece. Para ellos es su patrimonio. Por eso perder cualquier parcela de poder significa la pérdida de algo "suyo".

Contaba mi padre que días antes de las elecciones que dieron el triunfo al Frente Popular, un conocido suyo, algo pariente por más señas, afirmaba: "si no ganamos estas elecciones tendremos que sublevarnos contra el gobierno". Con toda naturalidad lo consideraba ilegítimo; hoy emplearía la palabra "okupa".

Y así fue, luego de casi medio año de "preparación artillera", porque siendo suyo el país tenían derecho a defender esa propiedad por todos los medios a su alcance. ¡Y eran muchos!

Comenzando por los medios de comunicación. Desde ellos (¿y de quién son los más importantes?) pueden lanzarse toda clase de mentiras, peor aún, de medias verdades y aún de cosas ciertas, de ciertas cosas, que mezcladas embarulladamente confunden las mentes poco avisadas y dejan en segundo plano lo realmente importante.

Imposible hacer un listado mínimamente completo de las falacias que emborronan la realidad. Incluso en las llamadas "redes sociales" tienen la ventaja de disponer de profesionales a tiempo completo para tergiversar y de mecanismos automáticos de distribución de mensajes destructivos.

Por eso es importante que pongamos a funcionar lo que siempre estará a nuestra disposición: difundir la verdad, desmontar los bulos y propagar lo que importa. Lo que importa a la mayoría que no dispone de mercenarios a su servicio, porque ni es su modo de funcionar ni puede pagarlos.

El 11 de marzo de 2004 faltaban tres días para las elecciones generales. En esos tres días los mensajes que denunciaban las mentiras del gobierno del PP frustraron su continuación. Desde entonces han aprendido mucho. El galope de Gish, bien asesorado Feijóo por Miguel Ángel Rodríguez, a cuyos "bajonazos" estamos ya acostumbrados, le permitió aturdir a un Sánchez que no supo enfrentarse a esa táctica destructiva. Pese a posteriores análisis que desmontaron la montaña de falsedades, el daño estaba hecho para una parte considerable de la audiencia. Y es que si construir un edificio lleva meses, el derribo puede hacerse en un solo día.

No estamos hoy en un estado de shock semejante al de los atentados de Atocha. La derecha, además, ha dispuesto de años, no de tres días, para preparar su ataque ideológico. Pero como entonces se trata de llegar con la verdad al mayor número posible de personas cuyo voto pueden salvarnos de las garras codiciosas de esa gente que tanto daño puede volver a hacer a la mayoría.

Por eso, como entonces, digamos: ¡PÁSALO!

Uno de los mensajes compartidos en 2004. 



















Pásalo

12 de julio de 2023

Quizá si te ha llegado este artículo es porque alguien que te quiere te lo ha pasado. Alguien que piensa que necesitas conocer cuatro o cinco cosas relevantes antes de votar en las elecciones del próximo 23 de julio. Tardarás tan sólo cinco minutos en leerlo. Puede que al acabar te dé miedo lo que descubras, puede que te dé rabia, lo que es seguro es que no te resultará indiferente.

Alguien que te quiere te ha enviado este artículo como, quizás, envió hace casi 20 años un mensaje de móvil muy importante. En el año 2004 también hubo elecciones generales, salvo que en aquella ocasión la derecha del PP ya llevaba dos legislaturas gobernando. El jueves 11 de marzo, a cuatro días de los comicios, un brutal atentado contra la red de Cercanías en Madrid mató a 193 personas en cuatro trenes. No sólo se paralizó la campaña, no sólo se suspendió la normalidad, sino que se nos congeló la vida.

José María Aznar, entonces presidente del Gobierno por el Partido Popular, decidió mentir a toda España sobre los autores del atentado. A pesar de que desde las primeras horas ya había indicios sobre la autoría yihadista del mismo, culpó a ETA. ¿Por qué lo hizo?¿Por qué mentir cuando, ante un suceso traumático, lo habitual es que una gran parte de la gente opte por la continuidad en las elecciones? Porque Aznar había decidido un año antes que España participara en la Guerra de Irak, una que, además de ilegal al no contar con el respaldo de la ONU, se basó en la mentira de que Irak poseía armas de destrucción masiva. La gente en todo el mundo protestó contra aquella guerra, también en España, manifestándose como casi nunca habían visto las calles de nuestro país.

Aznar mintió para tapar sus mentiras anteriores, en vez de contar la verdad y dejar que el pueblo decidiera. Fue entonces cuando mucha gente, al ver que los medios de comunicación extranjeros explicaban que el atentado había sido obra de los yihadistas, empezó a pasarse un mensaje de móvil para manifestarse frente a las sedes del PP reclamando la verdad, con la esperanza de que otros muchos lo vieran y se dieran cuenta del engaño. Pásalo, decían. Aunque te parezca mentira, era lo que teníamos hace 20 años: móviles sin internet pero la conciencia de que antes de unas elecciones ha de saberse la verdad para votar en consecuencia. El pueblo habló y desalojó al PP de la Moncloa.

Siento decírtelo pero a la derecha de este país sólo le vale la democracia cuando el resultado de las urnas es de su agrado. Un año antes, en 2003, la izquierda pudo gobernar la Comunidad de Madrid. Sin embargo, misteriosamente, un par de diputados socialistas desaparecieron de su escaño y, ante su ausencia, la derecha pudo revalidar el Gobierno autonómico. No lo han soltado desde entonces. A Zapatero, el presidente que ganó las generales de 2004, le acusaron hasta de tramar aquel atentado para llegar a la Moncloa. Sánchez ganó las dos elecciones de 2019 pero, aun así, también fue acusado de ilegitimidad. Esto es un insulto, no a esos presidentes, sino a los millones de personas que decidieron votar libremente a la izquierda, sobre todo después de una década donde los Gobiernos de Rajoy aplicaron duros recortes a los servicios públicos y su partido, el PP, se vio implicado en el mayor escándalo de corrupción que hemos conocido: la trama Gürtel.

Esta vez las acusaciones de ilegitimidad vinieron, simplemente, porque Sánchez iba a gobernar con Unidas Podemos, donde estaba el partido de Pablo Iglesias, surgido al calor de las protestas por la crisis económica que provocaron los bancos pero que pagamos todos. Donde también estaba el Partido Comunista que, al parecer de los señores de la derecha, es muy malo. Lo que nunca te han contado es que el PCE es uno de los padres de nuestra Constitución y fue la principal fuerza opositora en los 40 años de dictadura, pagando sus militantes con la cárcel e incluso con la vida esa lucha por la libertad. Libertad de verdad, incluso para que otros, hoy, la prostituyan y la confundan con el egoísmo más ramplón.

El PSOE de Sánchez tenía toda la legitimidad para gobernar junto a UP. También para negociar con otros partidos la aprobación de las leyes con las que funciona un país, incluso en los momentos más difíciles. Nunca, ninguno de los que estamos vivos, habíamos visto una pandemia como la de coronavirus. De tal magnitud, que matara a tanta gente, que nos paralizara la vida. Este Gobierno no se achantó pese a todo. Yolanda Díaz, la líder de Sumar, ministra de Trabajo, trazó junto a los sindicatos un plan para salvar millones de empleos nacionalizando los sueldos. Mientras que otros se dedicaron a llenar las redes de miedo y mentiras, llegando incluso a hacer que algunos dudaran de la efectividad de las vacunas, otros se esforzaron para que la economía no se resintiera a pesar del confinamiento. Y lo lograron, justo a la manera inversa de lo que siempre predica la derecha: sálvese quien pueda.

Siento decírtelo, pero a la derecha de este país sólo le vale la democracia cuando el resultado de las urnas es de su agrado 

Aquello funcionó, tanto que hoy en España trabajan casi 21 millones de personas, una cifra récord. Tanto que se subió el Salario Mínimo Interprofesional hasta los 1.080 euros, un 47% desde el año 2018, cuando en los años anteriores, con el Gobierno del PP, apenas se había incrementado. Tanto que se subieron las pensiones un 8'5%. Tanto que, cuando llegó una nueva crisis de inflación a causa de la guerra de Ucrania, se pudieron implementar otras ayudas que intentaron paliar los elevados precios, como poder tomar trenes de manera gratuita, algo que nunca habíamos visto. También se consiguió que Europa aceptara una excepción al sistema de precios del gas, por lo que hoy somos uno de los países de la Unión con la energía más barata. Este Gobierno ha hecho unas cuantas cosas bien, justo es reconocerlo, sobre todo porque lo ha hecho de una manera que la derecha y sus economistas dijeron, durante años, que era imposible hacer.

Este Gobierno, también, ha hecho unas cuantas cosas mal. Esas que ya conoces, porque la gran mayoría de las televisiones no han parado de recordarlas. La cuestión es que casi nadie critica a este Gobierno por las cosas que han salido mal, sino por otras que simplemente nunca ha hecho. Este Gobierno nunca ha tenido un pacto con ETA porque ETA hace unos cuantos años que no existe. Este Gobierno no ha roto España, como así se dijo que iba a pasar, porque, de hecho, las cosas en Cataluña están más tranquilas de lo que estuvieron con el PP. Con este Gobierno los índices de criminalidad y ocupación han seguido más o menos como siempre, a pesar de que las señoras de la tele no se cansen de asustarte entre anuncios de alarmas y empresas privadas de seguridad. Este Gobierno habrá mentido, más o menos como todos, pero ninguno de sus ministros ha sido condenado por corrupción, mientras que seis ministros del PP, si no me fallan las cuentas, fueron condenados o imputados por llevárselo muerto. Este Gobierno, en definitiva, ha tenido sus puntos brillantes y sus puntos oscuros, pero ha conseguido aprobar todos sus presupuestos, presentando ante Europa los deberes hechos, mientras que desde 2015 hasta 2019, con el PP, hubo que repetir las elecciones cuatro veces.

Es raro, créeme, que un Gobierno con estas cifras en lo económico, con este impulso social inédito en décadas, con una hoja de resultados tan limpia en cuanto a corrupción vaya a tener, según las encuestas, difícil repetir en la Moncloa. Es muy raro. A no ser que pensemos en las horas de televisión, radio, la cantidad de artículos en prensa pero, sobre todo, la cantidad de agitadores digitales que se han empleado para lograr que creas que España está al borde de la ruina. Todo porque un tipo llamado Pedro Sánchez, de la mano de unos terroristas que no existen, tiene como único objetivo destruir el país. Tú verás lo que parece más creíble, tú verás cuántos artículos como este has leído en los últimos cuatro años y cuántas ideas prejuiciosas te han llegado a tu móvil de la mano de gente que habla mucho y muy rápido para no decir realmente nada. Antes les llamábamos charlatanes y no les hacíamos demasiado caso.

Que algunos en este país odien a Pedro Sánchez sin saber por qué, es grave. Que algunos vayan a votar a las derechas cuando verán recortado tanto su bolsillo como sus libertades, mucho más. ¿Te has preguntado alguna vez cuál es el motivo de este odio? La razón es que los que han promovido este enrarecido clima a quien odian, en el fondo, es a ti. Porque para que este Gobierno fuera posible, además de votarle, millones de personas salieron a manifestarse muchas veces contra el paro, los recortes y la corrupción. Eso es lo que odian pero sobre todo lo que temen. Los que mandan realmente, esos que ocupan despachos en rascacielos de los cuales no has oído ni hablar, esos con tanto dinero como poca vergüenza, odian y temen que los trabajadores luchen para lograr cambios, para que esta sociedad sea un poquito más justa. Odian y temen que el voto del más normal de los españoles valga tanto como el suyo. Te lo repito: en el fondo a quien más odian y más temen es a la gente como tú, sobre todo cuando es consciente, cuando está organizada.

Pensé que deberías saberlo antes de votar. Que deberías saber todo esto. La persona que te pasó este artículo también. Pásalo tú. Hazlo ahora.

viernes, 14 de julio de 2023

Felipe VII y Alfonso XIV

El 9 de julio de 1974 Franco fue ingresado en un hospital aquejado de una tromboflebitis.

El 19 de julio firmaba un decreto, delegando provisionalmente sus poderes en el entonces príncipe Juan Carlos.

El 30 de julio se presenta públicamente la Junta Democrática de España.

Entre el 11 y el 13 de octubre el PSOE desplaza a su vieja dirección en su XVI Congreso, celebrado en Suresnes.

El 11 de junio de 1975 se presenta públicamente la Plataforma de Convergencia Democrática.

En noviembre de 1975 muere Franco.

El 26 de marzo de 1976 se fusionan Junta y Plataforma en la Coordinación Democrática, más conocida como "Platajunta"

En diciembre de 1976 el PSOE celebra en Madrid su XVII Congreso.

La  primera enfermedad del dictador produjo en un plazo brevísimo dos reacciones de urgencia. Por parte del régimen, llenar el vacío de dirección con el heredero Juan Carlos (luego fue bruscamente apartado sin formalidad alguna al retorno de Franco). La oposición a la dictadura improvisaba también una Junta Democrática en la que apenas aparecían algunas figuras aisladas acompañando al entonces hegemónico Partido Comunista.

Bastaron diez semanas para que un rápido movimiento en el Partido Socialista desplazara a la decrépita dirección, sustituida por los jóvenes sevillanos. Ocho meses más tarde ya tiene la fuerza suficiente para crear su propia Plataforma, a la que se suman en seguida partidos de diversa índole, incluidos algunos titulados comunistas.

Y en otros nueve meses el PSOE contó ya con el permiso de la que todavía era una dictadura para celebrar en Madrid otro congreso, aún siendo todavía formalmente ilegal.

Toda una serie de movimientos tácticos entre la dictadura y los socialistas tuvieron el efecto de ir cambiando la idea inicial de ruptura democrática para convertirla en una reforma recortada, que algunos quisieron disimular hablando de una supuesta "ruptura pactada". Era una forma de hacer de necesidad virtud.

¿Quiénes apoyaron, dentro y fuera de España, la irresistible ascensión de este partido, que en muy poco tiempo pasó de la práctica inexistencia al Gobierno, en el que se instaló para ser hasta tiempos muy recientes un complaciente balancín alternante con la derecha sin mayor problema?

¿Y por qué precisamente ahora, cuando otra izquierda repunta a resultas de una crisis múltiple, ya no es una fuerza fiable para sus propios "padres fundadores"?



Carta abierta a Felipe González y Alfonso Guerra

4 DE DICIEMBRE DE 2020

Estimados Felipe González y Alfonso Guerra:

No suelen las cartas de este tenor dirigirse a dos personas con un mismo contenido, empero, este caso la excepcionalidad se compadece con una acción política que otrora y hogaño, a pesar de los dos bien repartidos roles en el duunvirato glorioso y la escaramuza orgánica de renovadores y guerristas, siempre persiguió un mismo destino en lo universal. Un destino enredado en el simulacro y que ahora, en las declaraciones que hacen ustedes, apreciados González y Guerra, desde la venerable senectud marcan un dintorno clónico en cuanto a criterios políticos del régimen actual groseramente disímiles de aquella efervescencia verbal que proclamaba que a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió. Lo cierto es que España hoy es muy reconocible.

Cuando Luis Cernuda escribe: “soy español sin ganas”, se está refiriendo al desgarro emocional, intelectual y humano que supone vivir bajo el celaje de esa España minoritaria, cerril, truculenta, estamental y excluyente que reacciona con irracional violencia a todo cuanto se oponga a ella. Es esa España carpetovetónica que vive de la resignación de la mayoría, generadora en los más de “la vida como un naufragio constante” según Ortega o de la que nos advertía el poeta César Vallejo al afirmar: “Cuídate, España, de tu propia España.” La derecha nacional más retardataria, y que es la única que ha existido en España desde que en el amanecer del siglo XVIII se optó, en lugar de por un sistema de gobierno como el holandés o el inglés, por una monarquía absoluta al estilo borbónico galo, ha consolidado siempre regímenes muy poco permeables a la centralidad democrática del poder a favor de las minorías organizadas que configuran el viejo estigma proclamado por Joaquín Costa como oligarquía y caciquismo. Y ha sido este modelo ideológico y sectario de España entre asonadas y guerras civiles el impuesto a horca y cuchillo no admitiendo ningún pensamiento crítico ni otra concepción de la nación, considerando a los no afectos como la antiespaña, los malos españoles, los enemigos de la patria.

Las bases les hicieron una enmienda a la totalidad. Y sin embargo, estimados González y Guerra, siguen en el coro de grillos de la derecha en el acoso e intento de derribo del gobierno de Pedro Sánchez

Es la espuria división de las dos Españas de fatigante largo trecho en el país: integrados y excluidos, a un lado y al otro de una nación concebida como propiedad de los intereses de las minorías influyentes. En el fondo, es la consecuencia de identificar España y la tradición española con los harapos de la decadente vida pública caída en la miseria y en la hediondez y que, sin embargo, ha pretendido y pretende pasar por la genuina representación del alma española. Porque como proclamaba Azaña, todo lo que nos une como españoles pasa por reconocer que cosas que han pasado por antiespañolas han sido, y son, en realidad españolísimas. Sin embargo, el régimen político vigente se fundamenta en esa asfixiante unanimidad que lo hace incompatible con el pluralismo cultural y político dentro de la unidad de soberanía del Estado.

En Suresnes construyeron ustedes, estimados González y Guerra, con los papeles ya convenientemente repartidos y con apoyo claroscuro de fuerzas heterogéneas y sorprendentes en su disparidad, la trapisonda política de la simulación como instrumento de desmoche ideológico que les permitiría que las siglas históricas del socialismo español se adhirieran al pacto resignado para la izquierda de la Transición y al posfranquismo con sus propósitos e intereses íntegros predemocráticos. Con lo cual el Partido Socialista después de Suresnes entra en el bucle perverso de esa aberración semántica, sociológica e ideológica de constituirse en partido de Estado, del Estado franquista reformado, obviando la tradición progresista de la izquierda de un Estado tolerable y tolerante, más inteligente, más próximo a la moral social imperante, que aproveche mejor el valor del individuo y respete la independencia de juicio. La reconstrucción de esta concepción progresista de la nación supondría enfrentarse con la organización del Estado del que venimos y rectificarlo en su estructura, en su funcionamiento, en sus fines y en sus medios. En lugar de ello, el Partido Socialista conducido por ustedes optó por asumir como propios los elementos identitarios e ideológicos antitéticos con su posición y función social.

No hace falta acudir al olvidado materialismo histórico para constatar como el socialismo “dinástico/de Estado” fue condicionado por las minorías organizadas y el ecosistema político hasta tal punto de separarse paulatinamente del formato ideológico que lo constituía para sumergirse en un conservadurismo que no entrara en colisión con las exigencias fácticas del sistema. Para ello, se recurrió a dos ficciones: el centro político y el consenso, como coartadas para obviar el conflicto social y la sociología que lo padece y el pactismo desigual con la derecha. Toda la carga progresista se proyectó hacia territorios que no afectaban al poder económico como los identitarios y modos de vida. No hubo, por tanto, una superación de las dos Españas, que hubiera requerido una ruptura real con el período anterior mediante un pacto histórico entre todas las fuerzas políticas dejando el poder de decisión en la voluntad de la ciudadanía en un proceso constituyente real y abierto.

El PSOE que ustedes moldearon se convirtió en valedor de aquello que tenía que combatir y eso supuso el desamparo de las clases populares que dejaron de ser el sujeto histórico del socialismo

Suresnes supuso, bien lo saben ustedes, no sólo la impunidad del caudillismo como poder fáctico ejerciente, sino la vigencia de los intereses, los mecanismos de influencia y la arquitectura institucional del espacio predemocrático. Sobrevinieron los désorientateurs, que dice Fanon, que tienen la ardua tarea de sembrar la confusión. El mismo Fanon nos advertía que ser colonizados es perder un lenguaje para absorber otro, aquel en que no podemos reconocernos. Es la implantación de esa cultura estática de las sociedades paralizadas y que, por ello, son, antes que nada, cultura oficial, es decir, repetición, mecánica y autoritaria de unas creencias que, salvo en la parálisis absoluta, la cultura cerrada se diferencia más y más, cada día, de lo real y donde el diálogo que se explicita como cauce para la solución de los conflictos es simplemente decorado.

La constricción del ámbito de lo opinable y lo revisable propicia que hechos entendidos como revisión del régimen de poder, se aborden como imposibles y su negación los convierta de imposibles o improbables por la cultura oficial en inevitables desde la visiva de la realidad política de la sociedad. La crisis de la monarquía, las tensiones territoriales, el conflicto social, son planteados por el sistema como inexistentes en cuanto a su contextura en que han derivado como problema y sólo admite a modo de solución la vuelta al estado anterior a la polémica. Es la negación de aquella realidad advertida por Albert Einstein de que no podemos resolver problemas usando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando los creamos.

Singularmente, el PSOE que ustedes moldearon se convirtió en valedor de aquello que tenía que combatir y eso supuso el desamparo de las clases populares que dejaron de ser el sujeto histórico del socialismo que había adoptado una pragmática transversalidad que no era sino una inhibición ideológica de un proyecto político en que lo que verdaderamente estorbaba era el socialismo. La quiebra del bipartidismo y del turno de la alternancia por el desencanto popular ante una uniformidad política demasiado escorada a los intereses de las élites, la depauperación de las clases populares por las minorías extractivas aprovechando la crisis financiera de 2008, devino en un período crítico, poliédrico en su capilaridad política, social e institucional. Suresnes y el pacto de la Transición se iban convirtiendo en escombros y ustedes, entonces, entran en acción en un intento de reconstruir el viejo sistema, ya sin pudor político alguno, apelando a una Große Koalition que mantuviera a la derecha en el poder boicoteando al mismo candidato del Partido Socialista.

Ustedes, Felipe González y Alfonso Guerra, estaban coadyuvando, con los afines en consejos de administración del Ibex 35, mandamases de oligopolios, lo más selecto de las minorías influyentes y estamentales y los mass media dinásticos, a situar al socialismo español en el ápice de la incoherencia y la inestabilidad ideológica y moral. Oponiéndose con el mismo argumentario conservador al candidato socialista a la presidencia del gobierno para facilitar la continuidad de Rajoy en la Moncloa, no sé si ustedes se dieron cuenta de que quisieron reconstruir el pacto de la Transición en toda la crudeza de su realidad elemental, en la carne viva de un socialismo como apéndice subsidiario de los intereses de la derecha, Suresnes descodificado. Y todo ello, desde el planteamiento autoritario de anatematizar mayorías parlamentarias por motivos de criminalización ideológica, como si no fueran expresión, como todos los grupos del Congreso, de la voluntad popular. Cuando Sánchez se negó a que se le impidiera la posibilidad de configurar una mayoría de investidura y facilitara la continuidad de la derecha en el gobierno, vino el asalto a Ferraz por parte de Susana Díaz tan bien visto por ustedes.

Las bases les hicieron una enmienda a la totalidad. Y sin embargo, estimados González y Guerra, siguen en el coro de grillos de la derecha en el acoso e intento de derribo del gobierno de Pedro Sánchez. La España que no iba a reconocer ni la madre que la parió, ustedes pretenden que sea la España de siempre, aquella que de todas las historias, como escribió Gil de Biedma, la suya es la más triste de todas, porque termina mal.