martes, 1 de marzo de 2022

Sobre energía y transiciones ecosociales

Achacar a la pandemia en curso o a la guerra en Ucrania la culpa de los problemas de suministro de energía y materiales es atribuir a circunstancias que se consideran pasajeras lo que es un problema de fondo. Tiene el efecto de proporcionar tranquilidad para que sigamos creyendo que "cuando esto pase" volveremos "a la senda del crecimiento" como si tal cosa.

El complicadísimo ajuste de suministros necesario para encajar correctamente la producción de cualquier cosa, hace que el mecanismo de optimización "just in time", paralizado por cualquier emergencia "inesperada" (¡pero esperable!) cree cuellos de botella que paralizan sectores enteros. La actual complejidad es sumamente frágil. El enredo económico mundial es ya absolutamente insostenible.

La ley de Liebig es fácil de entender: "el crecimiento no es controlado por el monto total de los recursos disponibles, sino por el recurso más escaso". Según esto, cuanto más elementos sean necesarios para producir los eficacísimos artefactos tecnológicos actuales y las redes de transporte o comunicación de las que depende la producción y suministro de todo lo que consumimos, más seguro será que cualquier carencia pueda dar al traste con todo.

Por poner un ejemplo, en los teléfonos inteligentes se pueden encontrar 70 de los elementos químicos existentes (son 118 si se incluyen los transuránidos, que no se encuentran en la naturaleza, pero excluidos estos nos quedan 92). Algunos son muy escasos, su obtención requiere el empleo de enormes cantidades de energía. Después hay que aplicar tecnologías muy sofisticadas con una coordinación que fácilmente se desequilibra.

Aquí hallaréis un análisis en profundidad sobre los problemas que ha ocasionado la CoVid-19 a la producción de microchips. Añadamos ahora el desbarajuste ocasionado por las sanciones en curso a Rusia.

Cuando los problemas no son puntuales ni coyunturales sino claramente sistémicos, la huida hacia adelante no sirve. Con un gran caudal de datos inobjetables ha publicado Jorge Riechmann en la revista Papelesque edita la FUHEM, un artículo cuya versión en PDF puede descargarse aquí. Recomiendo su atenta lectura.

Comienza así el artículo de Riechmann:

Hablar de energía es hablar de casi todo lo demás, desde la fuerza vital que mueve nuestros cuerpos (energía endosomática) a la organización de casi todas las actividades humanas (energía exosomática). Por eso, se considera con razón que las posibles transiciones energéticas están en el meollo de las transiciones ecosociales que necesitaríamos (y de los colapsos ecosociales que se dibujan en el horizonte). 

En cuanto dejamos de pensar a corto plazo, los términos del debate ecosocial cambian drásticamente. (Por eso la dimensión generacional de este debate es tan importante)Pero sobre todo desde los retrocesos de los años ochenta, que solemos llamar (contra)revolución neoliberal y neoconservadora, nuestras sociedades no han hecho otra cosa que pensar desde la atomización individual y a cortísimo plazo… 

En un artículo reciente, Estanislao Cantos señalaba atinadamente que la transición energética va mucho más allá del sistema eléctrico: las cuatro quintas partes de la energía final consumida no son electricidad. Por ello, una transición energética hacia una sociedad sustentable implica un cambio muy profundo del conjunto de las estructuras y dinámicas sociales. Y el ingeniero aeronáutico (y militante de Anticapitalistas) identificaba «cuatro grandes retos para esa transición, ya sea desde una perspectiva neoliberal, social-liberal o ecosocialista». A saber: 

1) agotamiento de los combustibles fósiles;  
2) escasez de materiales para la transición;
3) almacenamiento de energía; 
4) electrificación de los consumos. 
Es una buena forma de comenzar a plantear el problema. Habría al menos otro gran reto, pero no lo abordaré aquí: la dependencia respecto de los combustibles fósiles de los dispositivos de alta tecnología que nos sirven para captar la energía del sol o el viento.

El artículo de Estanislao Cantos, «Los retos de una transición ecosocial», se publicó en Viento Sur el 30 de octubre de 2021.

Comenta este autor:

«El almacenamiento es de las cuestiones más estratégicas en el ámbito de la energía en el medio plazo, porque, en última instancia, es lo que va a marcar la disponibilidad energética. Las distintas tecnologías renovables se complementan entre sí, pero aun así habrá huecos por la noche y en invierno que deberán ser cubiertos: bien quemando fósiles, aprovechando la energía almacenada en las horas de excedente o bien racionalizando la energía; o, lo que es lo mismo, asumiendo que haya cortes. Si el almacenamiento está en manos públicas, podrá ser gestionado de forma democrática, pero si está en manos privadas, será una gran fuente de lucro para una minoría y de privación de derechos básicos para la mayoría. Por eso es tan importante la creación de una empresa pública que gestione el almacenamiento. El gran problema es que el almacenamiento de energía no es fácil de conseguir. Y cuanto más consumo haya, mayor será la necesidad de almacenamiento. Por tanto, si se quiere un escenario 100% renovable, es imperativo reducir el consumo de forma drástica».

«Del actual consumo energético final en el Estado español, solo el 23% es electricidad y el 7% renovable directa. Esto quiere decir que el otro 70% procedente de fuentes fósiles, principalmente derivados del petróleo y gas, hay que hacerlo renovable. Y eso implica electrificar los consumos (por ejemplo, el coche eléctrico), emplear renovables directas (por ejemplo, los viejos molinos para moler el trigo), y reducir el consumo energético de esos sectores. Aquí el problema es que ni todos los procesos son electrificables (o al menos no son sencillos de electrificar) ni tampoco es posible emplear renovables directas en muchas ocasiones. Por ello, cuando se habla de un escenario 100% renovable, aun con propuestas de reducciones drásticas de consumo energético, es mucho más fácil enunciarlo que ponerlo en práctica».

Sobre la dependencia de los combustibles fósiles comentaba Daniel Gómez Cañete en Crisis energética el 1 de noviembre de 2021, hablando de «Cincuenta años de crisis energéticas»:

«Esto es quizás el aspecto más contraintuitivo de la llamada transición verde: no es realmente posible una sustitución de los combustibles fósiles por flujos renovables sin ponerle un tope al consumo total de energía primero, y forzar su descenso después. Cabe recordar que cuando hablamos de un sistema energético basado en flujos renovables, lo único realmente renovable (al menos en términos humanos) es el flujo de radiación solar que llega a la Tierra. El resto, generadores eólicos, placas fotovoltaicas, líneas de transmisión, transformadores, subestaciones, paneles de control, baterías y demás infraestructuras necesarias no son realmente renovables. Para extraer los materiales necesarios para su construcción y mantenimiento se utilizan combustibles fósiles y minerales que han de ser extraídos, procesados y transportados. Y toda esa infraestructura debe ser sustituida cuando acabe su vida útil y sus residuos procesados de alguna manera. Y de momento, todas esas actividades necesarias para el despliegue renovable dependen de los combustibles fósiles, especialmente en todo lo que concierne a la obtención, procesamiento y transporte tanto de las propias infraestructuras, como de los materiales necesarios para construirlas».

ATTAC publicó el año pasado Pour la justice climatique. Stratégies en mouvement. Dice en la página 47:

«Cada innovación tecnológica, cada nuevo mecanismo de mercado crea problemas que sus promotores se niegan a ver. Así, la tercera generación de agrocombustibles no ha resuelto el problema de la tierra necesaria para su producción, y siguen compitiendo con la producción de alimentos. Las inversiones en árboles de crecimiento rápido para crear sumideros de carbono de ninguna manera evitan la destrucción continua de los bosques antiguos donde viven los pueblos indígenas. Los vehículos eléctricos, ese nuevo El Dorado de los fabricantes de automóviles, son una forma de plantear una nueva era del automóvil, sin modificar la movilidad y los modos de transporte. Las promesas de aviones libres de carbono solo están destinadas a permitir el crecimiento del sector aéreo, etc».

La energía solar, la eólica o los agrocombustibles no pueden sustituir a la superconcentrada de los combustibles fósiles, acumulada a lo largo de cientos de millones de años. Este es un regalo geológico irreemplazable, pero es un regalo envenenado.

La razón de esto la explica clara y brevemente Antonio Turiel en «Energía, entropía y exergía». Exergía es la cantidad de trabajo útil que puede conseguirse a partir de cierta cantidad de energía. Es lo que queda después de las pérdidas causadas por el aumento de la entropía.

Ahora nos venden la moto una vez más (perdón, quería decir el coche eléctrico). Estos vehículos son, y serán, más caros y con peores prestaciones que los movidos con gasolina o diésel. Sus impactos ecológicos resultan probablemente mayores, incluso  en cuanto a las emisiones de GEI, considerando todo el ciclo de vida del vehículo, con sus elevadísimos requerimientos de materiales. Véase lo que nos cuenta en El Salto Leire Regadas, «El mito de los coches eléctricos en la transición verde». Véase también el extenso documento de Pedro Prieto Consideraciones sobre la electrificación de los vehículos privados en España. Y también: «La demanda mineral de la movilidad electrificada ¿El lado oscuro de este tipo de movilidad?».

¿Cuánta energía renovable sería necesaria para mantener el actual sistema económico? Pedro Prieto se puso a hacer cuentas (a escala planetaria) y le resultaba una potencia de entre 44 y 97 TW. Ahora mismo el conjunto de los que proporcionan solar y eólica apenas supera 1 TW. Véase Descarbonización al 100% con sistemas de energía 100% renovable mediante la conversión de energía en gas y la electrificación directa.

Recoge Riechmann unos datos contrastados, tomados de la conferencia telemática celebrada en la Universidad Politécnica de Valencia el 20 de mayo de 2021 con el título «Transición energética, una perspectiva realista»:

Antonio Turiel, experto confiable para estos asuntos, establece algunas fechas. 
  • Cénit del petróleo crudo: 2005. 
  • Cénit de todos los “petróleos”: 2018. 
  • Cénit del carbón: 2014. 
  • Cénit del gas: 2020-25  
  • Cénit del uranio: 2016. 
  • Cénit conjunto de todas las formas de energía no renovable: 2018-2020. 
  • Porcentaje de nuestro uso de energía hoy que podrían proporcionar las fuentes renovables: 30-40%.
Y no se puede querer todo a la vez.

Muy gráficamente lo expresa Antonio Aretxabala en su extenso artículo «Volatilidad del petróleo: la enorme piedra en el camino hacia la Transición Energética»: 

«No se puede luchar contra el colapso ni contra el cambio climático y al mismo tiempo “querer limpiarse el culo con toallitas húmedas”. La economía decrece con la menor disponibilidad de energía, es lo que nos enseña la historia y es también su última lección. El desacoplamiento del crecimiento de PIB de la quema de combustibles fósiles –afortunada o desafortunadamente– es pura fantasía»

Casi todo el espectro político, incluida la mayor parte de la izquierda, no acaba de entender que el decrecimiento no se refiere a ese artificial constructo, el PIB, que mezcla en un totum revolutum la producción de trigo y la de coches deportivos, sino  a nuestro uso de energía y materiales, el “flujo metabólico” o throughput. Véase por ejemplo Kenta Tsuda, «Preguntas ingenuas sobre el decrecimiento».

Manuel Sacristán escribió, presentando la edición castellana del libro de Wolfgang Harich ¿Comunismo sin crecimiento?, que el auto privado era un siniestro vehículo del apocalipsis:

«No se ve por qué los Volksfiatovich fabricados en Togliattigrado han de contaminar menos o ser más comunistas que los Fiat hechos en Turín o los Volkswagen de Wolffsburg. Mientras eso no se demuestre, hay que seguir pensando que el Asno del Apocalipsis es igual de siniestro si se llama Seat que si se llama Trabant, y que el quinto jinete que lo cabalga es un pobre hombre tan alienado en un caso como en el otro». 

Escrito en 1978, puede encontrarse completo en Intervenciones políticas (Panfletos y materiales III), Icaria, Barcelona, 1985.

Alicia Valero, en la undécima edición de la Universidad Socioambiental de la Sierra celebrada en Collado Villalba el 28 de junio de 2021, pronunció una conferencia sobre «La escasez de recursos minerales y otros problemas del modelo extractivista». Al hilo de los datos que dio en ella comenta Riechmann:

Lo que los movimientos ecologistas apenas se atreven a musitar es: renovables sí pero empobreciéndonos materialmente (porque usaríamos mucha menos energía, aunque ello no implica que no podamos organizar una vida buena dentro de los límites del planeta Tierra). Alicia Valero suele insistir sobre lo siguiente: por unidad de electricidad generada, la eólica necesita 25 veces más materiales que las centrales térmicas convencionales (de gas o carbón). 

Y ¡la cantidad ni siquiera es lo más importante en estos dispositivos de alta tecnología para captar energía renovable! Se usa neodimio, disprosio, cobalto… casi toda la tabla periódica de los elementos, entre ellos muchos metales escasos y “tierras raras” –con los enormes impactos asociados a su extracción.

Un estudio analiza estos materiales imprescindibles: «Analysis of the material requirements of global electrical mobility»Es en otro estudio de Alicia Valero (en Antonio y Alicia Valero, Thanatia. Los límites minerales del planeta, Icaria, Barcelona 2021, p. 19-20), donde leemos:

«La demanda de materiales de las centrales de producción de energía renovable es muy elevada. Una potencia eléctrica de 1.000 MW, instalada con 200 aerogeneradores de 5 megavatios (MW), necesita actualmente unas 160.000 toneladas de acero, 2.000 de cobre, 780 de aluminio, 110 de níquel, 85 de neodimio y 7 de disprosio. Si comparamos los materiales necesarios para producir esa misma cantidad de energía usando gas natural como combustible obtenemos unas 25 veces menos cantidades de metales: 5.500 toneladas de acero, 750 toneladas de cobre y 750 de aluminio aproximadamente. En el caso de la energía fotovoltaica el problema es similar. Los nuevos modelos, que han conseguido eficiencias más elevadas que las del silicio, requieren, además de cobre y plata, indio, galio y selenio, o teluro y cadmio dependiendo de la tecnología utilizada. En mayor o menor medida, por tanto, todas las energías renovables necesitan elementos no frecuentes en la naturaleza. Y no solamente para su producción. En el sector renovable la producción de energía es inseparable de su almacenamiento. Al no tener control de los flujos de producción, que vienen determinados por las propias fuerzas naturales (sol, agua viento), se hace imprescindible poder acumular energía que se utilizará después. Y si, como es el caso, dicho almacenamiento de energía se realiza en baterías, eso implica el uso de cantidades masivas de litio, grafito y cobalto junto con níquel, manganeso y aluminio entre otros. De nuevo, materiales muy escasos en la corteza terrestre, excepto, de momento, el aluminio».

Alice J. Friedemann, en el libro Life After Fossil Fuels. A Reality Check on Alternative Energy (Springer, Lecture Notes in Energy, Cham (Suiza), 2021, p. 69), informa:

«A mediados de siglo [XXI], los minerales y metales necesarios para la alta tecnología podrían escasear, incluidos acero inoxidable, cobre, galio, germanio, indio, antimonio, estaño, plomo, oro, zinc, estroncio, plata, níquel, tungsteno, bismuto, boro, fluorita, manganeso, selenio y otros (Kerr 2012, 2014; Barnhart y Benson 2013; Bardi 2014; Veronese 2015; Sverdrup y Olafsdottir 2019; Pitron 2020 Apéndice 14). Según el crecimiento proyectado de la energía solar y eólica, para 2050 las turbinas eólicas y los paneles solares necesitarán 12 veces más indio del que el mundo entero produce ahora, siete veces más neodimio y tres veces más plata (Van Exter et al. 2018)».

Añade Riechmann:

Luis González Reyes resume un extensísimo estudio finlandés reciente de esta forma lapidaria: «Harían falta 221.594 nuevas plantas eléctricas para un mundo como el actual 100% sin combustibles fósiles. En 2018 había 46.423 plantas. Reemplazar a los combustibles fósiles por renovables sin decrecer (mucho) es imposible».

Sin autocontención y frugalidad, el abismo. La Unión Europea en su conjunto, con menos del 10% de la población mundial, por sí sola ya ocupa probablemente todo el espacio ecológico disponible en la Tierra.

Muchas más investigaciones apuntan en la misma dirección. Dejo aquí algunos enlaces de Internet contenidos en el documento:

«Environmental sustainability of European production and consumption assessed against planetary boundaries»

«¿Es inevitable el regreso de la humanidad a la barbarie?»

«An open letter to the 1 percent: Climate change is here, and you’re fucked too»

«El fin de la gasolina con plomo evitará 1,2 millones de muertes anuales, según la ONU»

«Vivimos en un sistema irracional y la Tierra no puede soportarlo»

«Cero neto, un gran engaño»

«Ecosocialismo: la necesidad de una alternativa revolucionaria»

«El distanciamiento social no amenaza de muerte» 

«Nuestra lucha es la de una fuerza contra otra, no la del conocimiento contra la ignorancia»

«Los líderes mundiales encaran la última oportunidad para controlar el clima»

«Almost one in three of Republicans say violence may be necessary to ‘save’ US» 

Según esta noticia de The Guardian, en EEUU un tercio de los votantes republicanos (casi un 20% de la población adulta) creen que será necesario recurrir a la violencia armada para “salvar” el país. Clima de alarma tan mal dirigido  refleja la irracionalidad cultivada por las élites para desviar el descontento popular, ¿Hacia qué o quién, pues?

Una cita final de Daniel Gómez Cañete:

«Han pasado cinco décadas después de la primera crisis energética y el sistema ha cambiado, pero para peor, pues en busca de su supervivencia ha empeorado las desigualdades y sus elites se han refugiado en el casino que son hoy en día las finanzas globales, que se ha situado por encima de la soberanía de los estados. El capitalismo que padecemos hoy es el resultado de las transformaciones sufridas en su huida para zafarse de la disminución de las tasas de crecimiento y de las tasas de ganancia. Los precios de prácticamente todo lo imprescindible para el funcionamiento de la economía real (materias primas, alimentos, energía) vienen dados por los mercados de futuros, donde reina la especulación. Y sorprendentemente, y pese a que solo sobrevive asistido por la continua inyección de dinero fiduciario y el aumento de la deuda, nadie se atreve a señalarlo como el principal obstáculo para la reforma del sistema socioeconómico. Aun, al contrario, los estados se siguen plegando a las necesidades del “mercado” pese a la sucesión de burbujas, precariedad y desigualdades que sigue generando. Las heridas que el capitalismo provoca en el cuerpo social en forma de desempleo, reducción de la calidad de vida, privatización de los bienes y servicios comunes son ya insoportables. Son el resultado de un capitalismo sin crecimiento real. ¿A qué esperamos, entonces? No parece, al menos atendiendo a los resultados de los sistemas de representación política, que se discuta la desaparición del capitalismo. Más bien al contrario, asistimos a un enroque de este capitalismo terminal disfrazado de reforma verde, cuando no un ejercicio represivo y reaccionario que vuelve a buscar enemigos exteriores e interiores para afrontar la escasez futura desde perspectivas nacional-autoritarias. Si necesitamos una verdadera revolución global, transgeneracional y descolonial, ¿no está el mundo preparándose para justo lo contrario? ¿No estamos previendo volver a esquilmar el Sur global en busca de los recursos minerales que requiere esa transición verde crecentista? ¿No son los resurgimientos de los movimientos populistas reaccionarios de corte fascista señal de que no nos preparamos para la cooperación global sino para cruentos enfrentamientos?».

Termina así este documento, que juzgo definitivo para establecer un juicio sobre lo que nos está pasando, y que no nos apetece conocer. Pero es mejor saber que no saber, y es imprescindible para gestionar correctamente la ESPERANZA:

La cuestión no es decrecimiento sí o no; hay que optar, pero entre decrecimiento genocida o decrecimiento igualitario. Y no cabe ignorar que implícitamente estamos eligiendo lo primero. «Todos somos conscientes de las alertas científicas», dice la economista costarricense Christiana Figueres (máxima responsable de NN.UU. en materia de cambio climático en 2015, cuando se celebró la Cumbre de París), «pero los cambios de hábitos y los estructurales no se dan de la noche del domingo a la mañana del lunes».

«…Moloch cuyo pecho es una dínamo caníbal”, señalaba el poeta Allen Ginsberg en Aullido. Vivimos en el seno de una cultura ecocida, donde los seres vivos no importan y todo se subordina a las “cadenas de valor” y el dinero que engendra dinero. No va a haber un “buen Antropoceno”, pero tampoco un “buen colapso”.

Son tiempos de tragedia. Pero podemos hacer mucho por frenar la deriva hacia los escenarios peores.

2 comentarios:

  1. La élite, situada en la cima de este piramidal orden capitalista, vive en una onanista inmediatez temporal, aislada en su lujosa burbuja, indiferente a lo que, a medio y largo plazo, el futuro pueda deparar. Para dicha élite, el otro, incluido el planeta y la vida que alberga, no existe más que como un medio. Esa élite, clase dirigente, poder o como se quiera denominar, ha alcanzado las más gélidas cotas del nihilismo. ¿Y el resto? El resto, preso del sistema, sueña y lucha por alcanzar la cima.

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