lunes, 9 de noviembre de 2020

Antonio Turiel vuelve a la carga con un artículo en que expone las estrategias probables de los distintos países productores y consumidores de energía. Los grandes consumidores intentarán colonizar a su conveniencia a los productores. En nuestro caso:

España tiene claramente un exceso de capacidad eléctrica instalada: España tiene el potencial de producir más electricidad de la que puede consumir, y eso aún teniendo en cuenta el factor de planta de los diferentes sistemas. Efectivamente, con 70 o a lo sumo 80 GW de potencial eléctrica instalada España podría cubrir perfectamente sus necesidades de electricidad actuales. Peor aún: el consumo eléctrico de España está en decadencia desde la crisis de 2007, así que el exceso de capacidad productiva se agrava con los años.

Me sorprende este dato, cuyas consecuencias futuras para nuestro país analiza el artículo. Podríamos ser objeto de una colonización energética, un extractivismo que se añadiría a la ya patente colonización productiva en otros campos.

Además de esto quiero destacar este gráfico, que proyecta al futuro más inmediato una tendencia que ya es patente: la caída inminente (¡cuestión de meses!) del frakking que ha estado paliando la escasez mundial de energía. En azul, el salvífico petróleo de esquisto. En amarillo el que se extrae en aguas profundas, y en verde el convencional. Todos caen en picado en menos de un año.

El decrecimiento ya está aquí. Ahora es importante gestionarlo. En el libre mercado no está la solución.









Colonialismo vs nacionalismo energéticos


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Estados Unidos, que fue el único país que evitó que el mundo llegara al peak oil en 2015. Estados Unidos, que era quien tenia que evitar los peores escenarios del declive petrolífero de aquí a 2025 multiplicando por tres su sector del fracking. Ese mismo Estados Unidos está viendo cómo su sector petrolero se va al garete. Y con él, el de todo el mundo.

Es por eso que Antonio Brufau, presidente de la petrolera española REPSOL, dice ahora que "el capitalismo ya no funciona". Y es que en los próximos años, para evitar los peores escenarios, será necesario que los Estados actúen. Y que lo hagan de manera muy decidida. No basta con los mecanismo de mercado: hace falta que las administraciones tomen cartas en el asunto para evitar una caída estrepitosa de la producción de petróleo y con ella una verdadera catástrofe económica y social.

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Así pues, lo más probable es que todos los Estados intervengan directamente, de una u otra manera, en las industrias relacionadas con el petróleo, desde la extracción (en el caso de tener yacimientos) hasta el refinado y la distribución; en los casos más extremos, habrá nacionalizaciones de aquellas instalaciones que nadie quiera asumir. Otra medida que probablemente se implementará en todo el mundo es alguna suerte de racionamiento, diferente según los países. El racionamiento es necesario para los países exportadores, para garantizar que tienen más petróleo para exportar; y es necesario en los países importadores, para hacer frente a la escasez. Cómo se articula el racionamiento según los diferentes contexto es algo muy complejo, y me temo que en muchos casos los Gobiernos darán palos de ciego, dado lo excepcional e "inesperado" de la situación, de manera semejante a los errores que se han dado en la gestión de la crisis de la CoVid-19.

Una política de racionamiento, aparte de que siempre produce efectos indeseados como el mercado negro, es un auténtico veneno para la actividad económica. Las políticas económicas expansivas no son compatibles con un acceso limitado y restringido a la energía: con racionamiento no hay crecimiento. Pero la fe en la religión del crecimiento es demasiado fuerte entre nuestros líderes y por tanto el crecimiento no es cuestionable. Así que, acorralados por una realidad que en pocos años nos va a abocar al descenso energético, algunos gobiernos occidentales están buscando alternativas, maneras de conseguir acaparar suficiente energía para garantizar su crecimiento.

(...)

jueves, 5 de noviembre de 2020

"Intelectuales"

Este gran lingüista conoce muy bien cómo se configuran y evolucionan los conceptos, de qué modo se produce la transformación semántica que conduce a cambios de significación.

Es el uso el que produce ese deslizamiento, y naturalmente los usos más influyentes son los de los voceros que saturan las mentes y, con las palabras, desplazan también los valores.

Un "halcón" era un partidario de la guerra, y una "paloma" la quintaesencia del pacifismo. Ahora, en la lógica y el verbo imperial, ambos justifican la guerra, y la diferencia de establece en un segundo plano: el primero la defiende por "eficaz", el segundo la defendería también si la considerase "eficaz"...

También conceptos como "experto", "intelectual" o "disidente" son manipulados y llegan a ser asimilados en el inconsciente colectivo con lo que pretenden que signifiquen los amanuenses del poder.

Byron Maher



La responsabilidad de los intelectuales

Noam Chomsky

La editorial Sexto Piso publica 'La responsabilidad de los intelectuales' un clásico de Noam Chomsky, pensador del Instituto Tecnológico de Massachusetts. El Salto publica el prefacio de esta obra, en la que Chomsky se pregunta sobre qué es y qué responsabilidades tiene ser una persona considerada 'intelectual'.



El concepto de “intelectuales” es bastante curioso. ¿A quiénes podemos considerar como tales?

He aquí una pregunta que fue abordada de un modo muy instructivo en un ensayo clásico que Dwight Macdonald escribió en 1945, titulado La responsabilidad de los intelectuales. Ese texto es una sarcástica e implacable crítica a aquellos pensadores distinguidos que pontificaban sobre la “culpa colectiva” de los refugiados alemanes cuando éstos sobrevivían a duras penas entre las ruinas catastróficas de la guerra. Macdonald comparaba allí el desprecio farisaico que tan distinguidas plumas manifestaban hacia los desdichados supervivientes con la reacción de muchos soldados del ejército vencedor, que, reconocedores de la humanidad de las víctimas, se compadecían del sufrimiento de éstas. Y, sin embargo, los primeros son los intelectuales, no los segundos.

Macdonald concluía su ensayo con unas sencillas palabras: “Qué maravillosa es la capacidad de poder ver lo que se tiene justo delante”.

¿Cuál es, entonces, la responsabilidad de los intelectuales? Quienes entran en esa categoría disfrutan de ese relativo grado de privilegio que tal posición les confiere, lo que les brinda oportunidades superiores a las normales. Las oportunidades conllevan una responsabilidad, la cual, a su vez, implica tener que decidir entre opciones alternativas, algo que, a veces, puede entrañar una gran dificultad.

Así, una posible opción es seguir la senda de la integridad, lleve adonde lleve. Otra es aparcar esas preocupaciones y adoptar pasivamente las convenciones instituidas por las estructuras de autoridad. La tarea, en este segundo caso, se limita a seguir con fidelidad las instrucciones de quienes tienen las riendas del poder, a ser servidores leales y fieles, no como resultado de un juicio reflexivo, sino por una respuesta refleja de conformismo. Ésta es una forma muy sutil de eludir las complejidades morales e intelectuales inherentes a una actitud de cuestionamiento, y de rehuir las potenciales consecuencias dolorosas de esforzarse por que la bóveda del firmamento moral termine curvándose hacia la causa de la justicia.

La cobertura informativa del caso del sacerdote asesinado en un Estado enemigo fue inmensamente más amplia que la dispensada al centenar de mártires religiosos asesinados en un Estado satélite de Estados Unidos

Estamos familiarizados con esa clase de alternativas. Por eso distinguimos a los comisarios y los apparátchiki de los disidentes que asumen ese desafío y afrontan las consecuencias (unas consecuencias que varían en función de la naturaleza de la sociedad en cuestión). Muchos disidentes alcanzan la fama y un merecido reconocimiento, y el duro trato que reciben o recibieron es debidamente denunciado con fervor e indignación: ahí están Václav Havel, Ai Weiwei, Shirin Ebadi y otras figuras que componen una larga y distinguida lista. También es justo que condenemos a los apologistas de la sociedad mala, aquellos que no pasan de la ocasional crítica tibia a los “errores” de unos gobernantes cuyas intenciones califican global y sistemáticamente de benignas.

Hay otros nombres, sin embargo, que se echan en falta en la lista de los disidentes reconocidos: por ejemplo, los de los seis destacados intelectuales latinoamericanos, sacerdotes jesuitas, que fueron brutalmente asesinados por fuerzas salvadoreñas que acababan de recibir instrucción militar del Ejército estadounidense y actuaron siguiendo órdenes concretas de su Gobierno, satélite de Estados Unidos. De hecho, apenas si se les recuerda. Muy pocos conocen siquiera cómo se llamaban o guardan el menor recuerdo de aquellos sucesos. Las órdenes oficiales de asesinarlos no han llegado aún a aparecer en ninguno de los grandes medios de comunicación en Estados Unidos, y no porque fueran secretas: se publicaron con total visibilidad en los principales rotativos de la prensa española, por ejemplo.

No estoy hablando de algo excepcional. Se trata, más bien, de la norma. Aquellos hechos no tienen nada de inextricables. Son de sobra conocidos para los activistas que protestaron contra los horrendos crímenes promovidos por Estados Unidos en América Central, y también para los expertos que han estudiado el tema. En una de las entradas de The Cambridge History of the Cold War, John Coatsworth escribe que, desde 1960 hasta “la caída soviética en 1990, las cifras de presos políticos, de víctimas de torturas y de disidentes políticos no violentos ejecutados en América Latina superaron con mucho a las registradas en la Unión Soviética y sus satélites del este de Europa”.

Sin embargo, ese mismo panorama se dibuja justamente a la inversa según aparece tratado en los medios de comunicación y en las revistas de los intelectuales. Por poner sólo un ejemplo llamativo de los muchos posibles, diré que Edward Herman y yo mismo comparamos la cobertura que The New York Times había realizado del asesinato de un sacerdote polaco –cuyos asesinos fueron prontamente localizados y castigados– con la de los asesinatos de cien mártires religiosos en El Salvador –incluyendo al arzobispo Óscar Romero y a cuatro religiosas estadounidenses–, cuyos perpetradores permanecieron mucho tiempo ocultos a la justicia mientras las autoridades de Estados Unidos negaban los crímenes y las víctimas no recibían de su Gobierno más que el desprecio oficial. La cobertura informativa del caso del sacerdote asesinado en un Estado enemigo fue inmensamente más amplia que la dispensada al centenar de mártires religiosos asesinados en un Estado satélite de Estados Unidos, y también su estilo fue radicalmente diferente, muy en sintonía con las predicciones del llamado “modelo de propaganda” de explicación del funcionamiento de los medios de comunicación (1). Y ésta sólo es una ilustración entre muchas posibles de lo que ha sido un patrón constante a lo largo de muchos años.

Puede que la mera servidumbre al poder no lo explique todo, desde luego. En ocasiones –muy escasas–, sí llegan a consignarse los hechos, aunque acompañados de un esfuerzo por justificarlos. En el caso de los mártires religiosos, el distinguido periodista estadounidense Nicholas Lemann, corresponsal de nacional de The Atlantic Monthly, revista de línea editorial “liberal” (de centroizquierda), aportó una explicación alternativa en una respuesta pretendidamente sarcástica a nuestro trabajo: “Esa discrepancia puede explicarse diciendo que la prensa tiende a concentrarse sólo en unas pocas cosas en cada momento concreto”, escribió Lemann, y “la prensa estadounidense estaba entonces centrada sobre todo en Polonia”.

La tesis de Lemann es fácil de contrastar examinando el índice de The New York Times, donde se puede ver que la duración de la cobertura informativa dispensada a los dos países fue prácticamente idéntica en ambos casos, e incluso un poco mayor en el de El Salvador. Pero, claro, en un contexto intelectual donde tienen cabida los “hechos alternativos”, detalles como ése poco parecen importar.

En la práctica, el término honorífico “disidente” está reservado a quienes son disidentes en Estados enemigos. A los seis intelectuales latinoamericanos asesinados, al arzobispo y a los otros muchos que, como ellos, protestan contra los crímenes de Estado en países satélites de Estados Unidos y son asesinados, torturados o encarcelados por ello, no se les llama “disidentes” (si es que llegan a ser mencionados siquiera).

También dentro del propio país hay diferencias terminológicas. Hubo, por ejemplo, intelectuales que protestaron contra la guerra de Vietnam por razones diversas. Por citar un par de destacados ejemplos que ilustran lo limitado que es el espectro de visión de la élite, el periodista Joseph Alsop se quejó en su día de que la intervención estadounidense estaba siendo demasiado contenida, mientras que Arthur Schlesinger (2) replicó que una escalada probablemente no funcionaría y terminaría siendo demasiado costosa para nosotros. No obstante, añadió, “todos rezamos” por que Alsop tenga razón al considerar que la fuerza de Estados Unidos tal vez se imponga, y si lo hace, “puede que entonces todos reconozcamos la prudencia y el sentido de Estado del Gobierno estadounidense” para conseguir la victoria, aun a costa de dejar a aquel “desdichado país destruido y devastado por las bombas, calcinado por el napalm, convertido en un erial por los defoliantes químicos, reducido a ruinas y escombros”, y con un “tejido político e institucional” reducido a cenizas.

Y, sin embargo, a Alsop y a Schlesinger no se los llama “disidentes”. Más bien, se les considera un “halcón” y una “paloma”, respectivamente: dos figuras que marcan los extremos opuestos del espectro de lo que se entiende que es la crítica legítima a las guerras de Estados Unidos.

Por supuesto, también hay voces que caen fuera del espectro por completo, pero a ésas tampoco se las considera “disidentes”. McGeorge Bundy, consejero de Seguridad Nacional de Kennedy y de Johnson, dijo en un artículo para Foreign Affairs, una revista del establishment, que se trataba de “salvajes entre bastidores” que se oponen por principio a las agresiones estadounidenses, más allá de las cuestiones tácticas sobre su viabilidad y su coste.

Bundy escribió esas palabras en 1967, en un momento en que el implacablemente anticomunista historiador militar y especialista en Vietnam Bernard Fall, muy respetado por el Gobierno estadounidense y los círculos de opinión dominantes, temía que “Vietnam como entidad cultural e histórica […] esté corriendo peligro de extinción […] [ahora que] el campo se está muriendo literalmente bajo los impactos de la mayor maquinaria militar jamás desplegada contra un territorio de esa extensión”. Pero sólo los “salvajes entre bastidores” tenían la desfachatez de cuestionar la justicia de la causa estadounidense.

El peor crimen del actual milenio es la invasión británico-estadounidense de Iraq. La élite intelectual también ha estado a su acostumbrada altura en esta ocasión

Al término de la guerra en 1975, intelectuales de todo el espectro de opinión dominante dieron sus interpretaciones de lo sucedido. Abarcaban todas las franjas del espectro Alsop-Schlesinger. Desde el extremo de las “palomas”, Anthony Lewis escribió que la intervención comenzó con una serie de “torpes esfuerzos bienintencionados” (“torpes” porque fracasaron, y “bienintencionados” por principio doctrinal, sin necesidad de demostración), pero hacia 1969 ya era obvio que la intervención era un error porque Estados Unidos “no podía imponer una solución sino a un precio demasiado costoso para sí mismo”.

Al mismo tiempo, los sondeos mostraban que en torno a un 70 % de la población no consideraba que la guerra fuera “un error”, sino “intrínsecamente injusta e inmoral”. Pero, claro, como aquellos soldados de 1945 que empatizaban con el sufrimiento de los desdichados refugiados alemanes, los encuestados no son intelectuales.

Los ejemplos son los típicos. La oposición a la guerra alcanzó su pico máximo en 1970, después de la invasión de Camboya orquestada por el dúo Nixon-Kissinger. Justo entonces, el politólogo Charles Kadushin llevó a cabo un extenso estudio de las actitudes de los “intelectuales de la élite”. Y descubrió que, a propósito de Vietnam, éstos adoptaron una postura “pragmática” de crítica a la guerra por considerarla un error que acabó saliendo demasiado caro. Los “salvajes entre bastidores” ni siquiera contaban, perdidos entre el margen de error estadístico.

Las guerras de Washington en Indochina fueron el peor crimen de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. El peor crimen del actual milenio es la invasión británico-estadounidense de Iraq, con horrendas consecuencias en toda la región que aún distan mucho de llegar a un final. La élite intelectual también ha estado a su acostumbrada altura en esta ocasión. Barack fue muy elogiado por los intelectuales liberales de centroizquierda por posicionarse con las “palomas”. Según las palabras del presidente, “durante la última década, las tropas estadounidenses han realizado extraordinarios sacrificios para brindar a los iraquíes la oportunidad de reclamar para sí su futuro”, pero “la dura realidad es que todavía no hemos asistido al final del sacrificio americano en Irak”. La guerra fue un “grave error”, una “metedura de pata estratégica” con un coste más que excesivo para nosotros, una valoración que bien podría equipararse a la que muchos generales rusos hicieron en su día sobre la decisión soviética de intervenir en Afganistán.

Se trata de un patrón generalizado. No hace falta citar ningún ejemplo, pues hay sobrados estudios publicados al respecto, aunque éstos no parecen haber tenido el menor efecto en la doctrina de la élite intelectual.

De fronteras para dentro, no hay disidentes, ni tampoco comisarios ni apparátchiki. Sólo salvajes entre bastidores, por un lado, e intelectuales responsables –los considerados como los verdaderos expertos–, por el otro. La responsabilidad de los expertos la ha detallado uno de los más eminentes y distinguidos de todos ellos. Alguien es un “experto”, según Henry Kissinger, cuando “elabora y define” el consenso de su público “a un alto nivel” (entendiéndose como “público” aquellas personas que establecen el marco de referencia dentro del que los expertos ejecutan las tareas a ellos encomendadas).

Las categorías son bastante convencionales y se remontan al uso más temprano del concepto de “intelectual” en su sentido contemporáneo, durante la polémica del caso Dreyfus en Francia. La figura más destacada de los dreyfusards, Émile Zola, fue condenado a un año de cárcel por haber cometido la infamia de pedir justicia para el acusado en falso Alfred Dreyfus, y huyó a Inglaterra para evitar una pena mayor. Fue entonces duramente reprobado por los “inmortales” de la Academia Francesa. Los dreyfusards eran auténticos “salvajes entre bastidores”. Eran culpables de “una de las excentricidades más ridículas de nuestro tiempo”, por decirlo con las palabras del académico Ferdinand Brunetière: “la pretensión de alzar a escritores, científicos, profesores y filólogos a la categoría de superhombres” que se atreven a “tratar de idiotas a nuestros generales, de absurdas a nuestras instituciones sociales, y de insanas a nuestras tradiciones”. Osaban entrometerse en asuntos que debían dejarse a los “expertos”, a “hombres responsables”, “intelectuales tecnocráticos y políticamente pragmáticos”, según reza la terminología contemporánea del discurso liberal de centroizquierda.

Pues bien, ¿cuál es, entonces, la responsabilidad de los intelectuales? Siempre pueden elegir. En los Estados enemigos, pueden optar por ser comisarios o por ser disidentes. En los Estados satélites de la política exterior estadounidense, en el período moderno, esa elección puede tener consecuencias indescriptiblemente trágicas para esas personas. En nuestro propio país, pueden elegir entre ser expertos responsables o ser salvajes entre bastidores.

Pero siempre existe la opción de seguir el buen consejo de Macdonald: “Qué maravillosa es la capacidad de poder ver lo que se tiene justo delante”, y tener simplemente la honradez de contarlo tal como es.

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Notas

1. Chomsky alude aquí a la expresión que Kellyanne Conway, asesora del presidente Trump, utilizó en una entrevista televisiva en enero de 2017 para referirse a unas declaraciones falsas del secretario de prensa de la Casa Blanca por no llamarlas «mentiras». [N. del T.]

2. Arthur M. Schlesinger fue un historiador y crítico social estadounidense que sirvió como ayudante especial del presidente durante la administración Kennedy, hasta enero de 1964. [N. del T.]

martes, 3 de noviembre de 2020

Artimañas, triquiñuelas...

Hoy se celebran las elecciones presidenciales en los Estados Unidos. El largo artículo que reproduzco hace un análisis muy detallado de las posibilidades resultantes de su peculiar mecanismo electoral. Parece diseñado ex profeso para propiciar toda clase de corruptelas:

  • Al presidente no lo eligen directamente los votantes sino un colegio electoral de 538 individuos que representan a los electores de un distrito cuya población puede variar dramáticamente según corresponda a un entorno urbano o rural. 
  • Un miembro del colegio electoral de una zona urbana puede representar los votos de cientos de miles, o millones de votantes, mientras que uno de una zona rural puede tener el mandato de tan solo unas decenas de miles de votantes. Su voto, sin embargo, cuenta lo mismo, y  el candidato que consiga más votos del colegio electoral en cada estado se los lleva todos.
  • Durante las últimas décadas el voto demócrata se ha ido concentrando progresivamente en las ciudades, mientras que el republicano se ha hecho fuerte en el campo, de manera que en la práctica los candidatos demócratas requieren una cuantía muy superior de votos para conquistar el colegio electoral de cada estado, y de ahí que estos venzan en ocasiones en voto popular, pero no en el colegio electoral.
  • Los distritos electorales son con frecuencia redibujados por los políticos que gobiernan a nivel estatal para generar escenarios que les sean más favorables. Para ello, se rediseñan con el objetivo de redistribuir a los grupos de votantes de la manera más favorable para el partido gobernante: 
Diluyendo a una comunidad de votantes incómodos de un distrito en disputa mediante su traspaso a un distrito vecino donde el partido gobernante tenga una mayoría cómoda.
Incluyendo a votantes propios que se perderían en una zona de firme voto rival en otros distritos donde sus papeletas puedan ser más útiles para el partido en el gobierno.

Todos los sistemas electorales mayoritarios amplifican las diferencias que se dan en el voto popular. Una ajustada mayoría puede convertirse en abrumadora, incluso en una falsa unanimidad si se produce en todos los distritos. Imaginemos que en todos ellos un partido obtiene una mayoría absoluta del 51%: automáticamente tendrá el 100% de los escaños.

Sin llegar a este caso extremo, el partido gobernante contará siempre con una oposición mucho más débil que la que correspondería a una representación proporcional. Por eso el voto tiende a concentrarse en otro partido que pueda, en un futuro, disputar la hegemonía al gobierno actual. El "voto útil" conduce al bipartidismo, y si ambos partidos tienen programas semejantes, la política será estable. Otra cosa es que sea justa.

La falsedad de la representación se agrava si los distritos son muy desiguales en número de habitantes o en composición social.

El caso norteamericano es más grave que otros, tanto por las razones expuestas como por las diferencias en las legislaciones de los Estados. Las reglas de votación y de recuento son enormemente dispares.

En estas condiciones, la inoperancia de partidos alternativos a los consolidados por el sistema no permite coaliciones electorales. Las "coaliciones" que se mencionan en el artículo son simplemente coincidencias en el voto por razones muy diversas, desde el simple hartazgo (que obedecerá a motivos particulares de cada votante o grupo) a la defensa de intereses corporativos o de clase. Ganará el candidato que sepa tocar los puntos programáticos que le atraigan votos, sean los que sean, especialmente en aquellos Estados clave. Lo de menos es el cumplimiento de las "promesas", que muchas veces serán incompatibles entre sí.

Una vez ganada la elección, el juego político se traslada a otro nivel, el de los diversos grupos de presión a los que realmente representan los "representantes". La corrupción institucionalizada se eleva considerablemente si se considera la financiación ilimitada por parte de estos grupos de presión. Como en otras partes, todo eso "se sabe, pero es lo que hay".

M. R. / CARICATURAS DE LUIS GRAÑENA















ELECCIONES EN ESTADOS UNIDOS

Solo una victoria aplastante de Biden evitaría la crisis política. En todo caso, las especulaciones sobre retrasos en el recuento o posibles intentos de Trump de tergiversar los resultados marcan un hito en el declive de EE.UU.

Marcos Reguera

En víspera electoral, la situación se encuentra muy en el aire en Estados Unidos. Existe un consenso generalizado sobre la victoria de Joe Biden en el voto popular, y se maneja una horquilla estimada de entre tres a cinco millones de votos de diferencia a favor del candidato demócrata (diferencia que David Wasserman del Cook Political Report eleva a 16 millones de votos). Estas cifras parecerían asegurar la victoria de Biden, sin embargo, pocos se atreven a realizar pronósticos sobre quién será el ganador de los comicios. ¿A qué se debe? A que nadie está seguro de cómo se van a repartir estos votos en el colegio electoral, la clave para la elección del presidente.

Al inquilino de la Casa Blanca no lo eligen directamente los votantes estadounidenses, esta misión recae en el colegio electoral. Este está compuesto por 538 individuos que representan a los electores de un distrito congresual, cuya población puede variar dramáticamente según corresponda a un entorno urbano o rural, de manera que un miembro del colegio electoral de una zona urbana puede representar los votos de cientos de miles, o millones de votantes, mientras que uno de una zona rural puede tener el mandato de tan solo unas decenas de miles de votantes. Su voto, sin embargo, cuenta lo mismo, y en último término (salvo en los Estados de Maine y Nebraska), el candidato que consiga más votos del colegio electoral en cada estado se los lleva todos. Durante las últimas décadas el voto demócrata se ha ido concentrando progresivamente en las ciudades, mientras que el republicano se ha hecho fuerte en el campo, de manera que en la práctica los candidatos demócratas requieren una cuantía muy superior de votos para conquistar el colegio electoral de cada estado, y de ahí que estos venzan en ocasiones en voto popular, pero no en el colegio electoral.

El voto demócrata se ha ido concentrando en las ciudades, mientras que el republicano se ha hecho fuerte en el campo

A esto hay que añadir que en los Estados Unidos se practica el gerrymandering: los distritos electorales son con frecuencia redibujados por los políticos que gobiernan a nivel estatal para generar escenarios que les sean más favorables. Para ello, se rediseñan con el objetivo de redistribuir a los grupos de votantes de la manera más favorable para el partido gobernante, ya sea diluyendo a una comunidad de votantes incómodos de un distrito en disputa mediante su traspaso a un distrito vecino donde el partido gobernante tengan una mayoría cómoda, ya sea incluyendo a votantes propios que se perderían en una zona de firme voto rival en otros distritos donde sus papeletas puedan ser más útiles para el partido en el gobierno. En esta práctica han participado ambas formaciones políticas, pero en los últimos años los republicanos han sido más eficaces a la hora de llevarla a cabo, lo que ha ensanchado sus márgenes de victoria en el colegio electoral.

El agregado de encuestas ofrece un margen de intención de voto a Biden del 52% frente a un 43% para Trump. A diferencia de 2016, este 9% de diferencia ha sido constante desde el verano. En las anteriores elecciones Hillary Clinton sacaba un 7% de ventaja a Trump en las primeras encuestas de verano. Ese margen se mantuvo hasta finales de octubre, momento en que una parte pequeña, pero fundamental, de votantes de la zona de los Grandes Lagos se decantó por Trump. Esto se tradujo en una ventaja de tan solo un  3% a favor de Clinton en las últimas encuestas (el margen de error es de un 3%), una nimia diferencia porcentual que, debido al asimétrico reparto de votos en el colegio electoral, acabó dándole la victoria a Trump.

En principio, el hecho de que en esta ocasión no se haya dado esta disminución en la diferencia de voto entre ambos candidatos nos indica que es menos probable que se vaya a dar un vuelco sorpresa a favor de Trump. Este es el principal argumento para pensar que Biden ganará las elecciones. Ahora bien, puesto que no sabemos del todo cómo se van a repartir estos votos entre los distritos electorales, aún no se puede asegurar con certeza cuántos de esos votos de ventaja para Biden se perderán y cuántos en cambio sumarán para una derrota de Trump.



Diferencia de voto entre Clinton y Trump en las elecciones de 2016. Fuente: The New York Times.



Diferencia de voto entre Trump y Biden en el agregado de encuestas a mediados de octubre (Trump ha ganado un par de puntos desde entonces). Fuente: The New York Times.

Esto nos conduce, a mi juicio, a tres escenarios electorales posibles: un primer escenario, probable, de victoria ajustada de Biden, gracias al aumento de la participación derivado del voto por correo; un segundo escenario en el que Trump resiste, debido a que los demócratas no son capaces de hacer valer su diferencia de votos; y un tercer escenario, con el que también se ha especulado, de victoria abrumadora de Biden, derivada de la suma del aumento de la participación gracias al voto por correo y un aprovechamiento eficiente de estos nuevos votos en el colegio electoral.



Para considerar estos tres escenarios hay que tener en cuenta ciertas particularidades de estas elecciones presidenciales con respecto a otras anteriores:

A) El aumento espectacular del voto por correo debido a la covid-19, ejercido, sobre todo, por jóvenes y minorías raciales, grupos demográficos que tienden a favorecer abrumadoramente a los demócratas. Para hacernos una idea del impacto que tendrá el voto por correo en estas elecciones, un dato: la CNBC informaba de que el  27 de octubre  ya se habían depositado de manera anticipada el 50% de los votos expedidos en las elecciones del 2016. Esta cifra es incluso superior en el caso de los jóvenes, tradicionalmente demócratas.

Estos votos corresponden a un 51,3% de los votantes registrados como demócratas y a un 25,5% de los inscritos como republicanos (incluido el presidente Trump). No contamos, sin embargo, con datos de a qué porcentaje corresponde de los registrados como independientes.

A priori, estas cifras no tendrían que derivar en un aumento significativo de la participación, pues podría tratarse de una simple traslación del método de votación para evitar contagios en las colas de los colegios.

Hay una segunda peculiaridad de estas elecciones que apunta, sin embargo, hacia un aumento sin precedentes de la participación electoral, a pesar de la pandemia: el carácter plebiscitario de las mismas.

B) La intensa polarización política asegura una alta participación entre los seguidores del presidente y entre sus detractores. Los índices de aprobación de Trump se han mantenido estables. Al inicio de su mandato, según FiveThirtyEight, su índice de aprobación era de un 44,1%. A finales de octubre es de un 43,7%, lo que indica que el apoyo entre sus bases se ha mantenido constante.

Por otra parte, su índice de reprobación comenzó en un 41,7% en enero de 2017 y ha escalado hasta un 53,1% en la víspera electoral. Esto se debe a que su gestión ha ido antagonizando a numerosos votantes que, al inicio de su mandato, no tenían una opinión firme sobre él.

Si comparamos el índice de aprobación y reprobación de Trump con los índices de apoyo a Trump y Biden podremos comprobar que las cifras prácticamente coinciden: el republicano recibe el aprobado de un 43,7% del electorado y tiene un índice de intención de voto del 43,2%. Recibe un suspenso por parte de un 53,1% del electorado encuestado, lo que coincide prácticamente con la cifra de intención de voto al candidato demócrata (52,1%). Estas cifras señalan de forma clara que estos comicios, más que nunca, son un plebiscito sobre la figura del presidente, por lo que cabe esperar una alta movilización tanto de sus seguidores como de sus detractores. Está por ver, sin embargo, cómo afectarán las dificultades para votar, impuestas por la covid-19, entre la pequeña parte del electorado que aún está indecisa con respecto a Trump. El incremento de su dato de reprobación y el estancamiento en su aprobación parecen indicar que el exiguo margen con el que venció en 2016 no se repetirá.

C) En tercer y último lugar, y como resultado de su carácter plebiscitario, en esta cita electoral el comportamiento de varios grupos de votantes será atípico, lo que incidirá en las coaliciones de votantes que movilizará cada partido. Una coalición de votantes es el conjunto de grupos sociales y demográficos distintivos que un candidato presidencial es capaz de aglutinar alrededor de su candidatura mediante un mensaje único capaz de apelar a sus intereses diversos. La regla de oro de la política estadounidense es que para vencer es necesario lograr el apoyo del conjunto más numeroso y heterogéneo de votantes posible, de cara a maximizar las posibilidades de victoria en cada distrito electoral. En este sentido, no solo importa el tamaño y la diversidad de la coalición de votantes, sino también su fidelidad, pues si un grupo demográfico se siente desatendido puede desertar e irse con el candidato opositor.

Esto es lo que ocurrió en las elecciones de 2016, cuando Clinton descuidó al votante blanco, varón, de clase obrera, de los Grandes Lagos. Los demócratas basaban su victoria en esta región en una coalición de votantes compuesta por obreros blancos cercanos a los sindicatos y afroamericanos,  y en contra del votante de clase media alta de los barrios residenciales (mayoritariamente republicano). La exsecretaria de Estado no perdió al conjunto de votantes blancos de clase obrera, pero sí dañó su fidelidad debido a su discurso favorable a la globalización, lo que provocó suficientes deserciones como para que se formase una nueva coalición que cambió el sentido de voto en los suficientes distritos congresuales. Esto decantó al colegio electoral de estos estados hacia Trump.

En las elecciones de 2016, el comportamiento del votante blanco de clase obrera de los Grandes Lagos fue atípico, pues se desvió de su comportamiento habitual generando un resultado imprevisto. Ahora se especula que puede ocurrir lo mismo, pero en sentido contrario, con una parte de los votantes de clase media alta de los barrios residenciales, de tendencia mayoritariamente conservadora y pilar fundamental de la coalición de votantes republicana. En una parte de estos hay un hartazgo hacia Trump, pues consideran que tanto su gestión como su carácter no se ciñen a los estándares de la tradición institucional de la presidencia.

En una parte de los votantes de clase media alta de los barrios residenciales hay un hartazgo hacia Trump

En este sentido, llama la atención que en las primarias demócratas de esta primavera se contabilizase un repunte notable de participación en los distritos congresuales tradicionalmente republicanos compuestos por este grupo social. En estos el apoyo a Biden fue masivo, siendo claves en su victoria sobre Sanders. Si esta situación vuelve a repetirse podría fracturar la coalición de votantes de Trump y hacer peligrar distritos tradicionalmente conservadores.

Además Biden no causa tanto rechazo como Clinton entre el votante varón, blanco, de clase obrera y de los Grandes Lagos, por lo que podría recuperar a este grupo tránsfugo de las manos de Trump y destruir las posibilidades de repetir las condiciones que le dieron la victoria en 2016.

Este comportamiento atípico de los grupos de votantes ha dado lugar a un aumento del número de estados indecisos. A estos se los denomina “estados púrpura”, pues en ellos no predomina ni la coalición roja de votantes republicanos, ni la azul de los demócratas. Son claves ya que en ellos se están constantemente destruyendo y recomponiendo las coaliciones.

En el sexto sistema de partidos, el imperante en la actualidad, los estados púrpura tradicionales eran Pensilvania, Ohio y Florida, y controlarlos era clave para decantar la balanza. Pero, en estas elecciones, la lista ha aumentado dramáticamente y hay que sumar Iowa, Carolina del Norte, Georgia, Wisconsin y Michigan –este último se encuentra más allá del margen de error a favor de Biden, por lo que en la práctica puede volver a considerarse un estado azul–. Además, Arizona y Texas se siguen considerando oficialmente republicanos, pero existe un consenso en las encuestas de que Arizona será probablemente favorable a Biden, ya que los republicanos, leales al fallecido senador John McCain, ven con mejores ojos a Biden que a Trump. En Texas, el magnate tiene una ventaja de tan solo un 2% (inferior al margen de error de las encuestas, el 3%), por lo que  sería teóricamente posible que Biden le sacase un punto de ventaja a Trump.

La consecuencia práctica de este aumento dramático de los estados morados supone una ventaja enorme para Biden, pues el cambio sucede mayoritariamente en estados anteriormente republicanos, lo que dificulta enormemente la reelección de Trump, quien debería ganar en prácticamente todos los estados morados en juego (incluidos, los tradicionales Pensilvania, Ohio y Florida), mientras que a Biden le bastaría solo con hacerse con unos pocos de ellos, ya que cuenta con más estados que le respaldan (y los miembros de estos colegios electorales) que los que apoyan a Trump.

Estas tres particularidades de esta cita electoral son las que me conducen a plantear los siguientes tres escenarios, que no pretenden ser una representación fidedigna de los resultados electorales tal y como creo que van a suceder, sino una aproximación para representar posibles situaciones que considero factibles, aunque sean, finalmente, otros los estados que acaben apoyando a uno de los dos candidatos. Lo importante es la composición general de cada uno de los escenarios y las razones subyacentes a la misma. En cualquier caso y escenario, el candidato presidencial necesita 270 votos del colegio electoral para ganar las elecciones.

He realizado los mapas mediante el editor de la página 270 to win.

Primer escenario: victoria ajustada de Biden



Este escenario es, a mi juicio, el más probable, y sería el resultado de una fractura moderada de la coalición de votantes de Trump, lo que permitiría a Biden arrebatarle suficientes estados para ganar, pero sin conseguir avasallar completamente al partido republicano.

La lógica subyacente a esta victoria del demócrata residiría en una alta movilización de su coalición de votantes histórica –minorías raciales (afroamericanos e hispanos, salvo cubanoamericanos), mujeres, jóvenes, trabajadores sindicados y profesionales liberales de las costas–, a lo que se añadiría el retorno de algunos votantes de clase obrera blanca de los Grandes Lagos y el apoyo circunstancial, aunque crucial, de ciertos sectores de clase media-alta de los barrios residenciales.

Del lado de Trump quedaría su núcleo duro de votantes: la derecha cristiana evangélica, la nueva extrema derecha de la Alt-Right y los Proud Boys; el votante blanco del sur, el voto cubanoamericano, el voto rural del heartland de las Grandes Llanuras y el Medio Oeste; el voto del sector financiero y de la elite económica beneficiada por su reforma fiscal; y una parte aún sustancial del voto de los barrios residenciales, lo suficientemente amplia como para evitar una victoria aplastante de Biden, pero no como para asegurarle la reelección en el cargo. Lo mismo ocurre con el votante envejecido (mayor de 65 años) tradicionalmente republicano, pero molesto con Trump por su gestión del coronavirus, el problema que más les preocupa.

Biden cuenta con un suelo de votos electorales garantizados que, en los cálculos más conservadores, supondría 213 votos en el colegio electoral (frente a los 126 de Trump)

En este escenario, Trump perdería una parte significativa del voto blanco de clase obrera de los Grandes Lagos, pero conservaría a una fracción que le permitiría aguantar en algunos estados de esta región (representados en el mapa por Ohio e Indiana).

Biden conseguiría romper la coalición electoral de Trump, sin llegar a fagocitarla, gracias a una combinación de hartazgo por la polarización creada por Trump, pero, sobre todo, debido a su desastrosa gestión de la crisis del coronavirus.

El recuerdo de la etapa de crecimiento económico vivida durante los años de mandato de Trump y su guerra comercial con China llevaría a que una parte significativa de su base de votantes permaneciera, sin embargo, fiel, con lo que evitaría un descalabro electoral.

El argumento de mayor peso para este escenario es el de la geografía electoral: Biden cuenta con un suelo de votos electorales garantizados que, en los cálculos más conservadores, supondría 213 votos en el colegio electoral (frente a los 126 de Trump). En la hipótesis más optimista tendría ya asegurado 260 votos electorales (por lo tanto, solo a 10 de ganar la presidencia, frente a los 164 que tendría Trump en sus mejores proyecciones). Esto significa que, si Biden recuperase la región de los Grandes Lagos, o el estado de Florida y algún otro de tamaño medio, conseguiría automáticamente entrar en este escenario.

El mapa propuesto se basa en la asunción de una deserción moderada de votantes de barrios residenciales y blancos de clase obrera de los Grandes Lagos, un escenario nada improbable, si tenemos en cuenta las tendencias actuales: una participación electoral alta, pero no histórica, y el voto por correo, que cambiaría el resultado en algunos estados, como Pensilvania, que sería republicano en los inicios del conteo e iría volviéndose paulatinamente demócrata a medida que se fueran contabilizando las papeletas por correo.

En este escenario, de los 9 estados en disputa la mitad irían para Biden (cuatro, y ni tan siquiera los más numerosos en votos electorales), y la otra mitad serían para Trump (cinco). Aunque, como he dicho antes, tan solo con que Florida y otro estado de peso intermedio se decantasen por Biden ya entraríamos en esta situación. Lo que pretendo representar con esto es la extrema fragilidad de la posición de Trump y de su coalición de votantes, un solo traspiés puede conducir a una victoria demócrata.

Este supuesto es, sin embargo, el más delicado para el sistema político estadounidense, pues Trump podría intentar impugnar el resultado electoral alegando fraude en el voto por correo, lo que daría lugar a una crisis constitucional sin precedentes.

Segundo escenario: victoria ajustada de Trump



Las coaliciones de votantes se mantendrían tal y como las he descrito en el escenario anterior, pero con varias salvedades.

La inercia histórica del voto conservador en los barrios residenciales acabaría pesando más que el hartazgo hacia la figura de Trump y el votante blanco de clase trabajadora de los Grandes Lagos le premiaría por su guerra comercial con China. Asimismo, el miedo al cambio en la población envejecida superaría su enfado por la gestión del coronavirus.

Estos tres supuestos combinados llevarían a que el republicano conservara la fidelidad e integridad de su base electoral, lo que truncaría la estrategia de Biden de recuperar los Grandes Lagos y realizar una incursión en los Estados del Sur. La suma del voto envejecido y el cubanoamericano aseguraría que Florida permaneciera en manos republicanas. Y el único avance que conseguiría Biden sería en Arizona, gracias a la deserción de los republicanos de McCain, y Michigan, en donde los pocos votos de clase trabajadora recuperados serían suficientes para decantar la balanza a su favor, pero sin poder replicar esa estrategia en el resto de los estados de la región.

Este es el mejor escenario al que puede aspirar Trump, solo sería más positivo si consiguiese retener Michigan y Arizona (lo que le otorgaría 305 votos electorales), pero las encuestas de las últimas semanas parecen desmentir que esto vaya a suceder.

En este supuesto hipotético, los logros económicos y la política exterior de Trump conseguirían pesar mucho más sobre la opinión pública que su gestión del coronavirus y la participación entre sus seguidores sería muy alta, al igual que la fidelidad de su voto, mientras que Biden no conseguiría movilizar suficiente voto demócrata como para superar la lealtad de la coalición de votantes de Trump. De los nueve estados púrpura en disputa, Trump debiera conservar la mayoría (en el caso propuesto, siete de nueve) para que se dé este escenario.

Tercer escenario: victoria aplastante de Biden



Finalmente tenemos la posibilidad de que Biden consiguiera una victoria aplastante sobre Trump. Para que este supuesto se dé tiene que mediar una gran diferencia de voto popular, como los 16 millones de votos de diferencia propuestos por David Wasserman y el Cook Political Report (mi mapa y el suyo se basan en hipótesis demográficas muy similares, y son casi idénticos).

Este escenario se basa en la hipótesis de una movilización histórica de voto de castigo contra el presidente, propiciada por la gestión de Trump de la crisis del coronavirus, que eclipsaría todos las políticas realizadas en su mandato y que conduciría a que los demócratas recuperasen la región de los Grandes Lagos, se asegurasen los tres estados púrpura históricos (Pensilvania, Ohio y Florida) y consiguieran arrebatar a los republicanos algunos estados que no votan demócrata desde los setenta, como Texas, Georgia o Carolina del Norte. La pérdida de estos tres tendría un doble motivo: una fractura profunda en la coalición de votantes republicana y el rejuvenecimiento del voto debido a la llegada de jóvenes profesionales del sector de las nuevas tecnologías provenientes de las costas –este desplazamiento de población ha experimentado un espectacular crecimiento con la deslocalización industrial de parte de las empresas de Silicon Valley, que desde el 2010 comenzaron a trasladarse para reducir sus costes de producción, lo que ha conducido a que muchos jóvenes de las costas, en especial de California, emigren al Sur. Este nuevo grupo alteraría la coalición de votantes históricas en los distritos congresuales de las grandes ciudades del viejo Sur y Texas, lo que sumado a las importantes minorías raciales (hispanos en Texas y afroamericanos en Georgia y Carolina del Norte) abriría una posibilidad que no se ha dado en décadas de decantar estos estados hacia el campo demócrata.

En los tres estados púrpuras históricos y en los Grandes Lagos, la derrota de Trump se debería a una fractura de su coalición de votantes sumada a un aumento espectacular de la participación propiciado por el voto por correo, en el que los demócratas aventajan a los republicanos por dos votos a uno. Biden lograría arrebatarle a Trump una cantidad sustancial del voto blanco de clase trabajadora, así como porcentajes nada desdeñables de voto envejecido y de barrios residenciales, lo que volvería imposible que Trump se hiciera con ninguno de los nueve estados en disputa.

El supuesto descrito en el mapa propuesto representa el caso más extremo de este escenario, en el que Trump logra solo los estados que le apoyan firmemente y Biden conseguiría hacerse con todos aquellos en disputa. Pero incluso si el demócrata no consiguiera estados con fuertes tendencias republicanas, como Texas, esta hipótesis seguiría siendo altamente plausible. Ante una derrota de este calibre sería muy complicado que Trump jugase la carta del fraude electoral, pues su fracaso sería claro y humillante.

Si bien considero que estos tres escenarios son factibles, en base a todos los datos y argumentos presentados, creo que es más probable una victoria de Biden que un segundo mandato de Trump. Y la razón principal para que esto ocurra es que los estados disputados son en su mayoría republicanos, lo que conduce a que el actual inquilino de la Casa Blanca tenga que vencer en casi todos estos estados para asegurar su victoria, mientras que al candidato demócrata le bastaría con vencer solo en algunos de ellos, ya que su suelo de votos del colegio electoral es muy superior de partida al de Trump.

Esto no quiere decir que una victoria de Trump sea imposible, pero sí más improbable. Y, desde luego, lo que sí es imposible es un cuarto escenario, que no he planteado, de victoria abrumadora de Trump. Para que esto se diera debiera haber una mayoría de estados demócratas en disputa y una mayoría republicana en el voto por correo, y ninguna de estas dos circunstancias se dan en estos momentos.

Por todos estos motivos, considero que el desenlace más probable será una victoria de Biden, con un resultado que se encontrará en algún punto intermedio entre el primer y el tercer escenario presentados.

A todo lo expuesto, hay que añadir que, debido a la alta participación por correo, el escrutinio electoral final se retrasará varios días, e incluso semanas, lo que puede generar una potencial incertidumbre electoral y una crisis política, si Trump no quiere reconocer el resultado (tal y como ya ha comentado públicamente).

Una victoria ajustada de Biden potenciaría este escenario de crisis, mientras que una victoria abrumadora lo haría menos factible. Sin embargo, el que se pueda retrasar el recuento electoral por un alto volumen de votos por correo puede dar lugar a que no sepamos en qué escenario nos encontramos hasta varias semanas después de las elecciones, y que, entre medias, ocurra una crisis institucional.

El problema en cuestión tiene su origen en que cada estado cuenta con sus propias reglas electorales, tanto en lo referido al voto presencial como al voto por correo. Algunos estados, como California o Nueva York, son muy generosos con los supuestos para el voto postal y permiten que se contabilicen papeletas que lleguen a los centros electorales días, e incluso semanas, después del día de las elecciones, siempre que hubieran sido expedidas como muy tarde dicho día. Otros estados, como Texas o los del Medio Oeste, tienen una casuística muy restringida para votar por correo y exigen que los votos lleguen como muy tarde el día de las elecciones a las mesas electorales para ser considerados válidos. Algunos, como Florida, permiten empezar a contar los votos por correo antes del día electoral, para tener adelantada esa parte y poder concentrarse en contabilizar solo los votos presenciales el día de las elecciones, mientras que otros estados disputados, como Pensilvania, no permiten adelantar el conteo del voto por correo hasta que se hayan contabilizado todos los votos presenciales.

Esta enorme casuística electoral, sumada al gran impacto y volumen que tendrá el voto por correo, va a hacer muy probable que el miércoles 4 de noviembre no existan datos suficientes para proclamar un claro ganador de las elecciones.

Fuentes extraoficiales de la Casa Blanca han filtrado a la prensa conversaciones de Trump con su entorno cercano en las que el presidente asegura que, de no haber resultados claros para el día 4, se autoproclamará vencedor e impugnará el recuento del voto por correo que llegue con posterioridad. Si esto llegase a ocurrir, el país entraría en una crisis constitucional sin precedentes desde la Guerra Civil.

Los gobernadores de varios estados temen que, ante la prolongación del escrutinio electoral, haya enfrentamientos entre los seguidores de Trump y sus detractores, pavor que parece confirmarse por la proliferación de milicias armadas (sobre todo, partidarias de Trump), lo que ha llevado a que en algunos estados la Guardia Nacional se encuentre movilizada y aguardando a ser desplegada. El clima de tensión civil es muy alto y la venta de armas se ha incrementado antes de los comicios, con unos datos históricos. Toda esta situación ha provocado que estas sean las elecciones más controvertidas y tensas desde las presidenciales de 1859, y el clima que se respira es ciertamente similar.

Un hipotético rechazo de Trump a aceptar los resultados electorales abriría una crisis constitucional sin precedentes en el sistema político, y toda una serie de escenarios que no me son posibles comentar aquí por falta de espacio, y que serían valorados en un artículo postelectoral en caso de que llegásemos a esa situación.

En todo caso, la noche electoral seguirá un patrón en la contabilización de votos muy preciso. En primer lugar, llegarán los resultados de los estados que permiten contabilizar de antemano el voto por correo, lo que dará lugar a una ventaja inicial de Biden, que se irá recortando según se contabilicen los votos presenciales (mayoritariamente republicanos). El final del conteo de los votos emitidos presencialmente marcará la mayor distancia que se dará entre Trump y Biden, a favor del republicano. Y, a partir de ese momento, con la recuperación del escrutinio de los votos por correo restantes, el demócrata volverá a ganar terreno hasta llegar a los resultados finales.

Durante la noche electoral, y al día siguiente, va a ser muy importante ver los resultados en Florida y en los estados de los Grandes Lagos, pues serán estos lo que nos indicarán ante cuál de los escenarios anteriormente mencionados nos encontramos (aunque no se hayan terminado de contabilizar los votos). Si Trump pierde Florida, y muy especialmente Texas, sus opciones de victoria real serán casi imposibles.

En medio de toda esta incertidumbre, hay una cosa clara, el que estemos especulando sobre posibles retrasos en el recuento de votos e intentos de Trump de tergiversar los resultados electorales marca un hito significativo en el proceso de declive de la hegemonía de los Estados Unidos de América y de su antaño celebrado sistema político.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Indignación es nombre de mujer

El museo del Prado ha organizado la exposición Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideologías y artes plásticas 1833-1931, para explicar y "compensar en parte" casi doscientos años de marginación y desprecio a las mujeres en el mundo del arte. ¡Ay, si fuera solamente un paréntesis de doscientos años!

Figura en ella esta pintora, a la que un padre feroz (como tantos) encerró en un convento ("casualmente" el de las adoratrices de Córdoba), donde solo pudo hacer retratos de monjas importantes, como la Superiora General de la Orden...

"Te via meté en un convento
que tenga rejas de bronce
pa que la gente no vea
la ropita que tú te pones"

                                                  (tientos)

Aurelia Navarro, la pintora granadina que acabó en un convento por pintar un desnudo

Aurelia Navarro es una de las muchas pintoras invisibles que habitan el olimpo de las olvidadas. Otro triste ejemplo de injusticia poética.




Aunque desde este martes una de sus obras y una cartela con una breve biografía cuelgan en las paredes de el Prado, ya que es una de las Invitadas de la nueva y combativa exposición temporal sobre el menosprecio hacia la mujer creadora que se fomentó desde el sistema artístico español en el siglo XIX de la famosa pinacoteca.

A través de la exposición Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideologías y artes plásticas 1833-1931, el museo de la capital propone “un viaje crítico al epicentro de la misoginia” del Estado y de la propia institución durante el siglo XIX y los primeros decenios del XX. Una muestra “necesaria y ambiciosa” –dice su director, Miguel Falomir– con la que, entre este martes y el 14 de marzo, la pinacoteca trata de explicar y compensar en parte casi doscientos años de marginación y desprecio a las mujeres en el mundo del arte.

Aurelia Navarro Moreno abrió los ojos al mundo en 1882 en Granada y fue una pintora de formación decimonónica cuya infancia transcurrió en su casa natal de la Plaza Nueva, a la entrada del Generalife, en donde la belleza del paisaje y de la Alhambra, despertarían sus inquietudes pictóricas y serían un permanente estímulo plástico.

Allí tomaba apuntes desde bien pequeña, practicando con óleo, utilizando después estos radiantes jardines como fondos de muchas de sus obras de madurez.

Fue en Madrid cuando se soltó definitivamente la melena. Quiso hacer su obra más visible y se presentó a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Una acción que fue incitada por Rodríguez Acosta y López Mezquita -que mencionaremos más tarde-. Desde ahí, obtiene la Tercera Medalla del Jurado, presidido por Francisco Pradilla, mientras que en la Exposición Nacional de 1908 obtuvo otra Tercera Medalla.

“Los éxitos de la joven pintora en Madrid fueron negativos hasta el extremo de cortar su brillante y prometedora carrera artística, pues su padre al ver la popularidad que iba tomando y el acoso de la prensa, se la llevó a Granada”, cuenta Matilde Torres López, en su tesis doctoral sobre las artistas andaluzas del XIX.




Y es que, Aurelia Navarro provenía de una familia adinerada. El éxito sobre una mujer en esa época y los persistentes pretendientes que tenía, como Tomás Muñoz Lucena –así lo cuenta Marino Antequera en su libro Pintores granadinosprecipitaron la intrusión de la joven en la orden religiosa de las Adoratrices en 1923. Pasó por Málaga o Roma, hasta que acabó muriendo en Granada, convertida en religiosa. “Esto es completamente un ejemplo de caso patriarcal”, dice Segura.

“Este ejemplo de nuevo nos muestra cómo una mujer y su creatividad se ven doblegadas por las imposiciones sociales y peor aún por las familiares, que no vieron en su obra una expresión auténtica de ella misma, y una experiencia en la técnica avalada por sus maestros, sino el miedo a que se la reconociera y afectara a su moral, cerrando para ello todos los vínculos que tenía la artista con su entorno, el mundo artístico”, asegura Torres López en su estudio para la Universidad de Málaga.




domingo, 1 de noviembre de 2020

La guerra de trincheras

Aunque la Segunda Guerra Mundial pudo ser aún más atroz, la inútil guerra de trincheras de la Primera, con su terrible balance de muertes en el fango, nos ha dejado las imágenes más tristes. La parálisis de aquella contienda, durante meses y años, carece por completo de la mística feroz de los avances y retrocesos de la guerra móvil.

Sangre y barro. Una generación sacrificada en el altar de los sueños imperiales.

Desde aquellos coetáneos versos de acero traigo este soneto. La tragedia apenas comenzaba.




BENEDICTO XV

Nunca igual ocasión tuvo en el Mundo
de hacer alarde de cristiano celo
quien simboliza la piedad del cielo,
cual la de este conflicto furibundo.

Y es el hombre tan terco e iracundo
que prefiere sufrir infausto duelo
y arrastrar la conciencia por el suelo
a enfrenar sus rencores un segundo...

¡Sursum corda!.. exclama el Gran Vicario
con amor, que no llega a las esferas
donde se lucha sin tomar respiro

y acecha cada cual a su adversario,
por si alza el pecho a ras de las trincheras
para partirle el corazón de un tiro!

Como acabar de una vez por todas con la pandemia

Esta joven, residente en China, cuenta en un vídeo que podéis ver aquí las medidas de vigilancia sanitaria que han permitido a aquel país controlar la enfermedad como ningún otro lo ha logrado hasta ahora. 

Un seguimiento absoluto de los contactos y el aislamiento de los sospechosos hasta hacerles las pruebas correspondientes son las medidas, tan sencillas de enunciar como difíciles de ejecutar en nuestros países.

La paradoja es que, ahora que tantos espíritus rebeldes quieren aquí "librarse" de las mascarillas, allí hay ahora libertad para no llevarlas porque no son necesarias.

Me remito a lo que dije en el apunte la libertad es otra cosa.


Salud y libertad