miércoles, 15 de abril de 2020

Coronavirus, una razón más para salir del capitalismo

Crecimiento exponencial de la pandemia, crecimiento exponencial de la economía. El mismo problema. Como el capitalismo no se sostiene sin crecimiento, habrá que desactivarlo. Tras la caída de la Unión Soviética parece cerrada la vía de nacionalización total de las empresas productivas, aunque en diversas circunstancias muchos países han nacionalizado las consideradas esenciales.

El crecimiento capitalista depende de la acumulación mediante dos mecanismos:
  • La apropiación de plusvalía de los obreros por parte de los empresarios en la economía productiva.
  • La imposición de dinero en entidades financieras que permite multiplicarlo a tasas de interés positivas.

Máximo Luffiego propone dos medidas complementarias para desactivarlo basadas en el control de estos mecanismos de acumulación.
  • Regulación de los sueldos en las empresas productivas.
  • Imposición de tasas de interés negativas.

La primera medida establecería, además de un salario mínimo generalizado, también un salario máximo. Dentro de estos límites más amplios se matizaría cada caso por sectores y empresas. Con ello se eliminarían las grandes desigualdades derivadas de la falta de límites en los ingresos derivados del trabajo y se podría limitar la plusvalía.


La segunda desincentiva la acumulación ya que el dinero depositado se va devaluando. En estas circunstancias, los capitalistas buscarían invertir su dinero en actividades productivas porque el prestamista, que es el banco, además del crédito le pagaría un interés. Al menos, la segunda forma de acumulación, la financiera, quedaría conjurada: las burbujas que provocan las crisis capitalistas no podrían formarse.

La lógica de la reforma es que afecta al mecanismo de la reproducción del capital y, por lo tanto, acaba con la racionalidad económica del capitalismo.

Los depositantes minoristas podrían aducir que los ahorros son necesarios para hacer frente a la inflación en el futuro. A este sector, se le podría aplicar tasas positivas. Los países pobres también podrían acogerse a este privilegio, con el fin de atraer capitales para su desarrollo, a condición de no llegar a superar su biocapacidad.

Todo ello requiere una regulación a escala global. Armonización fiscal, imposición de tasas a los movimientos de capital, tiempo mínimo entre transacciones (no al mercado instantáneo)... y desde luego eliminación de los paraísos fiscales, prohibiendo los depósitos en ellos como un flagrante delito.

Estas medidas:
  • Permitirían disminuir el metabolismo económico.
  • Permitirían hacer frente al paro y a la desigualdad.
  • Frenarían el deterioro ecológico.
  • Permitirían abordar una reforma agraria.

Sin embargo, hay otra alternativa que niega lo que está ocurriendo y justifica este sistema hasta las últimas consecuencias:
"En todos los países hay una clase pudiente organizada internacionalmente que pretende continuar con el saqueo de la sociedad y la naturaleza y conservar su estatus caiga quien caiga, aplicando la máxima de privatizar los beneficios y socializar las pérdidas." 
"El discurso del odio contra el emigrante, la conquista del alma de la gente con el consumismo, el auge del nacionalismo apelando a la seguridad de cada país y el negacionismo del cambio climático y de la catástrofe ecológica, son los ejes del discurso que airea el neofascismo." 
"Sabemos que la élite, los superricos, conocen los problemas globales; disponen de la mejor información acerca de la escasez de los recursos naturales y de las crisis climática y ecológica que empezaremos a afrontar en esta década y ya prevén sus “planes de salvación” ante lo que denominan el “acontecimiento”, es decir, el colapso. La derecha política fascista se está organizando a escala internacional gracias a la mediación de Steve Bannon. Las élites norteamericana y europea ya saben cuál es el camino a seguir: el autoritarismo dentro de sus fronteras y la guerra fuera de ellas."
La crisis del coronavirus puede posibilitar una mayor toma de conciencia a escala mundial para implantar otro sistema económico capaz de solucionar los problemas globales.

Hay que aprovechar esta pandemia para hacer un cambio social radical, como nos dice Joan Benach:
Debemos juntarnos, ganar fuerzas, movilizarnos sostenidamente. Hacen falta movimientos a la vez locales y globales, con sensibilidades diferentes pero coordinados transversalmente, descentralizados, pero con un nivel apropiado de coordinación y una sinergia efectiva entre la sociedad civil y el poder político. Y que sean ágiles, resistentes, capaces de adaptarse a los cambios y al mismo tiempo con una mirada larga. Esta pandemia lo cambia todo, habrá muchos cambios, pero la dirección del cambio, como siempre, dependerá de la correlación de fuerzas, y de la capacidad de pensar y de construir un poder político alternativo que debe ser radical en su objetivo, aunque contenga numerosos elementos reformistas parciales. La pandemia puede ser una oportunidad para unirnos, pero habrá que hacerlo. En mis oídos resuenan unas palabras que recobran actualidad y deberíamos cuanto antes poner en práctica: “Agrupémonos todos en la lucha final. El género humano es la internacional".






Máximo Luffiego


La propagación del coronavirus es exponencial. Si no se tomaran medidas, en cuestión de meses, se verían afectadas millones de personas. Su capacidad de reproducción es un éxito biológico. No obstante, desde el punto de vista humano, constituye una amenaza y la prioridad de cada país es intentar limitar su propagación mediante medidas de información, higiene, confinamiento, etc.

Nuestra economía capitalista también ha tenido un crecimiento exponencial, gracias a la explotación de los combustibles fósiles y al desarrollo de la ciencia y la tecnología aplicadas a la producción. Somos 7.600 millones de personas, hemos colonizado todo el planeta y una cuarta parte de la humanidad no para de viajar por tierra mar y aire. Sin lugar a dudas es un hito de la civilización industrial.

A falta de un dios que nos juzgue, desde una mirada sistémica con perspectiva planetaria, este éxito es la antesala de un fracaso sin parangón que si no corregimos a tiempo -esperemos que lo haga la reflexión sobre esta pandemia- acabará con la civilización y quizá con la especie. El éxito económico del capitalismo equivale, en el otro lado de la ecuación, a la destrucción, también exponencial, de los recursos y de los sistemas vitales del planeta. La crisis energética en ciernes, así como la climática y la ecológica tienen las mismas causas: el crecimiento económico y la expansión humana. También la crisis sanitaria actual es resultado del crecimiento económico y de la expansión humana de los que tanto nos ufanamos; al destruir hábitats por la deforestación, la extracción de recursos naturales, el monocultivo y el consumo de animales salvajes, facilitamos el contacto de patógenos con poblaciones humanas (1).

Como si GAIA velase por la salud del planeta, la pandemia del coronavirus ha alejado temporalmente las crisis energética y ecológica, al ralentizar el crecimiento económico y la emisión de contaminación. El coronavirus nos ha enseñado que unos meses de frenazo económico han sido mucho más resolutivos que las 25 COPs para mitigar el cambio climático y posponer la crisis energética, aunque sea temporalmente.

La experiencia muestra que las pandemias no reconocen fronteras pero sí la incapacidad para abordarlas a escala mundial. Además ha dejado en entredicho la política seguida por el neoliberalismo en aras del beneficio económico al concentrar muchas industrias en China -también la sanitaria- lo que ha impedido dar una respuesta eficaz a la pandemia.

Ante las amenazas globales, se requiere una ONU capaz de informar y coordinar a todos los países para tomar las decisiones pertinentes. Ahora bien, si una vez superada esta crisis del coronavirus continúa en los países ricos el deterioro social y económico que diezma la clase media, la próxima pandemia podría ser mucho más grave y desatar el caos, con centenares de miles de muertos, desbordando cualquier acción internacional.

Una economía de crecimiento continuo, como es la capitalista, no puede solucionar algunas de las amenazas globales que ella mismo provoca, como es el caso del cambio climático, de la crisis ecológica y de las pandemias episódicas.

No habrá transición energética ni ecológica si no hay transición económica


Necesitamos otra economía que detenga la destrucción de nuestro planeta y permita desarrollar otra sociedad con valores más humanos. Precisamos realizar una transición económica hacia otro tipo de economía y de sociedad que cumpla estas condiciones y que, desde nuestro punto de vista, podría ser el ecosocialismo. Sin transición económica para dejar atrás el capitalismo no habrá transiciones energética y ecológica sostenibles.

La transición económica hacia el ecosocialismo implica dos fases: una fase de decrecimiento, que acabará probablemente siendo impuesta por la naturaleza, con dos objetivos principales, la desactivación de la economía capitalista y la creación de las condiciones para que se pueda desplegar la nueva economía, y otra fase de desarrollo de una economía Ecosocialista, cuyo objetivo sería la implantación de esta alternativa económica que debe seguir los principios de sostenibilidad ecológica y, al propio tiempo, mejorar las condiciones sociales en las que se encuentran los países y clases más necesitadas.

Aquí solamente trataremos la fase de decrecimiento.

El decrecimiento y la desactivación del capitalismo


En la década entrante habrá problemas con los combustibles fósiles, especialmente con el petróleo. Seguramente se manifestarán con altibajos brutales del precio de este recurso que alternativamente producirán problemas económicos en países importadores y exportadores. Ahora bien, este vaivén no puede durar mucho tiempo ya que habrá un goteo irreversible de países exportadores que vayan engrosando la fila de los importadores, acelerándose así el declive petrolífero.

Sin embargo, el agotamiento de los combustibles fósiles y de otros recursos no tiene por qué ser el fin del capitalismo. Si algo ha demostrado este sistema es que tiene una capacidad de adaptación muy elevada. Aunque mengüen los recursos energéticos y minerales, el sistema podría sobrevivir en algunos países varias décadas más transmutando en un capitalismo rentista o, como dice Collins (2), en un capitalismo catabólico que se “alimenta de” y destruye la sociedad intentando sobrevivir de la riqueza de los Estados, mediante la deuda y la adquisición y gestión de infraestructuras y servicios estatales.

La sustitución de la economía capitalista por una ecosocial supone, en palabras de Carpintero y Riechmann (3): “(…) poner trabas al librecambio y la operación de los mercados, al poder del capital, a la mercantilización del trabajo y de la naturaleza”. Pero eso no es suficiente, hay una necesidad imperiosa de neutralizarlo y que deje de operar en las sociedades.

El crecimiento exponencial de la economía capitalista depende de la acumulación de capital mediante dos mecanismos: La apropiación de plusvalía de los obreros por parte de los empresarios en la economía productiva y la imposición de dinero en entidades financieras que permite multiplicarlo a tasas de interés positivas.

Aquí, se proponen dos medidas complementarias para desactivarlo basadas en el control de estos mecanismos de acumulación.

Regulación de los sueldos en las empresas productivas

Históricamente la revolución rusa implementó la nacionalización de las empresas productivas, medida revolucionaria propuesta por Marx y justificada porque la parte de riqueza arrancada al obrero por parte del empresario (plusvalía) se considera injusta. Sin embargo, tras la caída de la Unión Soviética, las sociedades actuales difícilmente aceptarían una medida tan centralizada, lo cual no es óbice para nacionalizar los servicios esenciales.

Afortunadamente disponemos de otra posibilidad menos drástica: la regulación de los sueldos en las empresas privadas y, por supuesto, en las nacionalizadas. El gobierno negociaría con los sindicatos unos máximos y mínimos de los sueldos en los distintos sectores y categorías profesionales y todos los trabajadores de la empresa votarían los sueldos, incluido el del empresario. Las cooperativas funcionarían con autonomía, como ocurre en la actualidad. Hoy ya existen empresas que se constituyen como cooperativas. Los cooperativistas se reúnen y tratan y votan diferentes asuntos, entre ellos el abanico de sueldos. En la Economía del Bien Común de Felder (4), son asambleas de ciudadanos las que votan distintas cuestiones del pueblo, o barrio de una ciudad, incluida la diferencia del grado de desigualdad que puede haber entre el mayor y menor sueldo.

La imposición de tasas de interés negativas

La imposición de dinero a una tasa de interés positiva incentiva la acumulación y la competencia entre capitalistas. Este es un mecanismo esencial para la conversión de dinero en capital en la actualidad, más todavía cuando la economía productiva ha entrado en una atonía que ya no proporciona suficientes beneficios al sistema.


La modificación de la tasa de interés al alza se ha utilizado históricamente para enfriar la actividad productiva y controlar la inflación y a la baja para activarla y elevar la inflación.

Pero, según Dierckxsens (5), hay una reforma del sistema financiero que podría encauzar esta transición decrecentista hacia una economía estacionaria y, desde nuestro punto de vista, hacia una economía ecosocialista. Se trata de regular la acumulación de capital mediante el establecimiento de tasas de interés negativas a las entidades financieras impuestas por los bancos centrales de los países y, en el caso europeo, supervisados por el BCE (6).

Una tasa de interés negativa desincentiva la acumulación ya que el dinero depositado se va devaluando. En estas circunstancias, los capitalistas buscarían invertir su dinero en actividades productivas porque el prestamista, que es el banco, además del crédito le pagaría un interés. Inicialmente habría un aumento de la actividad productiva que originaría más capital, pero este, a tasas de interés negativas, ya no se podría multiplicar lo que frenaría la producción.

La plusvalía pierde su sentido con esta medida ya que es la forma de acumulación de dinero que tiene el capitalista en el sector productivo y, como hemos visto, este dinero se iría devaluando desde el momento en que se ingresara en el banco. Naturalmente el empresario debería tener un salario mayor, tanto por la exposición de su dinero como por la calidad del trabajo que realiza.

La lógica de una reforma de este tipo es que afecta al mecanismo de la reproducción del capital y, por lo tanto, acaba con la racionalidad económica del capitalismo (7). Estas tasas se podrían modular en función de las cantidades depositadas y de las circunstancias económicas.

Siendo un contrasentido la acumulación de dinero, las burbujas financieras responsables de crisis en el capitalismo no tendrían posibilidad de formarse.

Sin embargo, una reforma de este tipo del sistema financiero no está exenta de problemas. Por ejemplo, los depositantes minoristas podrían aducir que los ahorros son necesarios para hacer frente a la inflación en el futuro. A este sector, se le podría aplicar tasas positivas. Los países pobres también podrían acogerse a este privilegio, con el fin de atraer capitales para su desarrollo, a condición de no llegar a superar su biocapacidad. Los bancos actualmente pueden crear dinero electrónico; habría que prohibir taxativamente esta capacidad de emitir dinero que debe ser exclusiva de los bancos centrales. Así mismo, habría que eliminar los paraísos fiscales, prohibiendo los depósitos en ellos como un flagrante delito.

Pero el problema de mayor envergadura es que para ser eficaz esta reforma debería implantarse mundialmente. De otra manera el capital migraría hacia otros países rápidamente. Junto a las movilizaciones de jóvenes a escala mundial de estos últimos años para hacer frente al cambio climático, la crisis del coronavirus puede posibilitar una mayor toma de conciencia a escala mundial para implantar otro sistema económico capaz de solucionar los problemas globales.

A continuación, discutiremos algunos cambios económicos, sociales y ecológicos que podrían derivarse de esta reforma y que constituyen condiciones, seguramente necesarias pero no suficientes, para implantar una economía ecosocialista.

a) Permite disminuir el metabolismo económico:


En el contexto de esta reforma, la ganancia estaría regida por la suficiencia y no por la acumulación por lo que la competencia entre las empresas productivas y su metabolismo económico se reducirían notablemente. La renovación tecnológica de las empresas se ralentizaría al ser la competencia mucho menor, aunque esta renovación podría regularse para aumentar la eficiencia tecnológica. De esta manera, el sistema evitaría la sobreacumulación, o sea, la imposibilidad de rentabilizar el capital invertido en tecnología por verse obligado el empresario a cambiarla para poder competir, lo cual puede conducir ocasionalmente a crisis que asolan a las empresas productivas en el capitalismo.

Se impondría con el tiempo la tendencia a producir objetos duraderos. En lugar de crear nuevas necesidades y de fomentar el consumo mediante la publicidad, las modas y la obsolescencia programada, esta reforma promovería el cuidado de las cosas, la reparación de las mismas y el hecho de compartirlas estimulando así la economía solidaria. De esta forma, la seguridad y la esperanza no dependerían tanto del trabajo personal como del colectivo ya que residirían en la economía solidaria y no en acumular dinero individualmente. El sistema fomentaría la creación de cooperativas, en las que la propiedad de los medios de producción sería social y la toma de decisiones democrática.

Si en estas circunstancias acumular dinero en un banco carecería de sentido, también lo sería acaparar objetos y mercancías; por lo tanto, el intercambio en los mercados se realizaría según su valor de uso y no de cambio. El dinero obtenido en la venta por un vendedor sirve para adquirir en otros mercados las mercancías que necesita, no para acumularlo en un banco.

La competencia global y extrema que existe en la actualidad menguaría, ya que una tasa de interés negativa desincentiva la competencia pues no tiene objeto trabajar para no poder acumular dinero. Amén de los problemas energéticos que ya comienzan a afectar al comercio global amenazando con la disolución de la red mundial de rutas comerciales, la economía tendería a ser cada vez más local puesto que sería contraproducente la fusión y el gigantismo empresarial al estar sancionada la acumulación. A medida que las economías se fueran haciendo más locales perduraría cierto grado de competencia tanto en la elaboración de productos como en la compraventa de mercancías en los mercados.

b) Permite hacer frente al paro y a la desigualdad:


Una cuestión primordial es el paro. En la fase de decrecimiento, la actividad económica disminuirá necesariamente aumentando el paro y, por tanto, la desigualdad. Esto sería una tragedia si todavía dominara el capitalismo.

Hay dos maneras de combatir el paro: reduciendo la jornada de trabajo o/y mediante el Trabajo Garantizado por el Estado. En este último caso, a medida que el decrecimiento de la producción avance y aumente el paro, el balance de obreros a cargo del Estado respecto a la cantidad de obreros empleados en empresas privadas será cada vez mayor. La productividad se ralentizará ya que los obreros contratados por el Estado no están especializados para realizar trabajos tan diversos (8). En ausencia de una competencia exacerbada a escala local o regional, esto no debe representar un problema.

Con el paso del tiempo, la imposición de tasas de interés negativas en esta fase decrecentista nos acercaría a la sostenibilidad social y económica.

c) Frena el deterioro ecológico:


Otro resultado crítico de esta reforma es que la economía sería mucho más respetuosa con el medio ambiente que la actual. Si los objetos fueran más duraderos se reduciría la extracción de recursos naturales, la actividad industrial, el consumo de energía y la producción de desechos y contaminación, o sea, el metabolismo económico. Con el paso del tiempo, se iría aminorando la tendencia derrochadora de usar y tirar y se lograría encarrilar el metabolismo económico hacia una tendencia decreciente adecuándose a los recursos locales, hasta lograr la sostenibilidad ecológica. Entonces el ritmo metabólico acabaría ajustándose a los principios de sostenibilidad ecológica y a la biocapacidad del territorio, logrando la circulación cuasi cerrada de los desechos no renovables. El decrecimiento económico también debería acompañarse, si fuera necesario, de un control poblacional mediante estímulos positivos.

La restricción de la competencia a una escala local se adapta a lo que ocurre en la Biosfera. En los ecosistemas también se da cierto grado de competencia pero está limitado a las poblaciones que interaccionan entre sí en cada uno de ellos. En consecuencia, para evitar la extralimitación y atendiendo al principio de biomímesis (9), o más propiamente ecomímesis, es aconsejable eliminar la competencia a escala global y restringirla a un tamaño local o regional. Y esta sería una reforma eficaz para hacerlo.

d) Permite abordar una reforma agraria:


Otra medida crucial es la de diseñar y llevar a cabo una reforma agraria desde una perspectiva social y ecológica. Hay que evitar el acaparamiento de tierras por parte de capitalistas. Dado que no puede producirse acumulación de capital en una economía de tasas de interés negativas, en una situación de un paro importante, algunos capitalistas reconvertidos en terratenientes podrían intentar acumular tierras y tener una relación con los trabajadores cuasi esclavista, sobre todo si el gasoil comenzara a escasear, como parece que puede suceder. La tierra, el agua, los bosques y otros ecosistemas deben ser de titularidad pública. La agroecología permite conservar estos sistemas mediante una gestión que siga los principios de sostenibilidad: conservación y regeneración de suelos, minimización del consumo energético, fomento de la biodiversidad y reducción de transporte gracias a la proximidad de mercados (10). La formación de cooperativas locales sería lo más adecuado para dar trabajo, gestionar y comercializar los productos cosechados. El objetivo final sería, en palabras de González Reyes, (11): articular un mundo rural vivo y agroecológico”.

Estas breves reflexiones no pretenden ser sino un modelo esquemático que anime a los economistas a elaborar una alternativa económica ecosocial rigurosa ante el incremento de riesgos derivados de las crisis que atraviesa este sistema.

Lo que se ha propuesto en estas líneas es una posible vía para cambiar el sistema socioeconómico actual dominado por el capitalismo por otro más humano y reconciliado con la naturaleza con el fin de eludir lo peor del colapso. Sin embargo, hay otra alternativa que niega lo que está ocurriendo y justifica este sistema hasta las últimas consecuencias.

Negacionismo y neofascismo


El contexto nacional e internacional no es proclive a poner en marcha una transición económica que renuncie al capitalismo. En todos los países hay una clase pudiente organizada internacionalmente que pretende continuar con el saqueo de la sociedad y la naturaleza y conservar su estatus caiga quien caiga, aplicando la máxima de privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. El discurso del odio contra el emigrante, la conquista del alma de la gente con el consumismo, el auge del nacionalismo apelando a la seguridad de cada país y el negacionismo del cambio climático y de la catástrofe ecológica, son los ejes del discurso que airea el neofascismo.

Defender la seguridad de cada país, America first”, y negar la validez de las instituciones mundiales boicoteando las decisiones planetarias son los ejes de la política neofascista, a sabiendas de que los problemas globales existen. Esta política conduce al exterminio de media humanidad y al agotamiento del planeta, es decir, a un genocidio y ecocidio difícilmente imaginables.

Sabemos que la élite, los superricos, conocen los problemas globales; disponen de la mejor información acerca de la escasez de los recursos naturales y de las crisis climática y ecológica que empezaremos a afrontar en esta década y ya prevén sus “planes de salvación” ante lo que denominan el “acontecimiento”, es decir, el colapso (12). La derecha política fascista se está organizando a escala internacional gracias a la mediación de Steve Bannon. Las élites norteamericana y europea ya saben cuál es el camino a seguir: el autoritarismo dentro de sus fronteras y la guerra fuera de ellas (13).

Quizá la crisis sanitaria que estamos padeciendo todos los países del mundo pueda ser un punto de inflexión en la toma de conciencia para abordar los problemas globales en un foro mundial, como la ONU. Por de pronto, la mayoría de los Estados han valorado más la vida de sus ciudadanos que la economía (14) y los paladines del neoliberalismo que no lo hicieron inicialmente, Reino Unido y Estados Unidos, han tenido que rectificar, lo cual constituye un avance extraordinario.

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Referencias y notas:


(1) Duch, G. (2020). Un virus de monocultivo alimentario. https://rebelion.org/un-virus-del-monocultivo-alimentario/


(2) Collins, C. (2020). Cuatro razones por las que nuestra civilización no se irá apagando: colapsará. https://rebelion.org/cuatro-razones-por-las-que-nuestra-civilizacion-no-se-ira-apagando-colapsara/

(3) Riechmann, J. y Carpintero, O. (2014). ¿Cómo pensar las transiciones poscapitalistas? En los inciertos pasos de aquí hasta allá. Alternativas socioecológicas y transiciones poscapitalistas. Ed. Universidad de Granada. https://www.traficantes.net/libros/los-inciertos-pasos-desde-aqu%C3%AD-hasta-all%C3%A1-alternativas-socioecol%C3%B3gicas-y-transi

(4) Felber, Ch. (2014). Dinero de fin a medio. Deusto (Grupo Planeta)

(5) Dierckxsens, W. (2008). La transición hacia una economía estacionaria: La utopía postcapitalista. http://www.observatoriodelacrisis.org/2008/07/la-transicion-hacia-una-economia-estacionaria-la-utopia-postcapitalista/

(6) A raíz de la crisis de 2008, la economía ha entrado en un periodo de estancamiento secular, caracterizado por una atonía económica duradera. Para estimular la economía se han utilizado tasas de interés negativas. Esta política financiera se está aplicando en Suiza, Dinamarca, Zona euro, Japón y Suecia (este país acaba de abandonar las tasas de interés negativas en diciembre del 2019 para situarse en tasas de interés nulas). En todos estos casos, se trata de una herramienta reguladora temporal de la actividad económica dentro del marco del capitalismo.

(7) Dierckxsens, W. (2008). La transición hacia una economía estacionaria: La utopía postcapitalista. http://www.observatoriodelacrisis.org/2008/07/la-transicion-hacia-una-economia-estacionaria-la-utopia-postcapitalista/

(8) Unti, B. (2014). Ecología política, capitalismo actual y políticas de pleno empleo. (Una visión postkeinesiana-marxista del decrecimiento). Sin Permiso. 12 de enero 2014. http://www.sinpermiso.info/Autores/Brandon-Unti

(9) Riechmann, J. (2005). Biomímesis. Respuestas a algunas objeciones. http://institucional.us.es/revistas/argumentos/9/Art1-RIECHMANN.pdf

(10) Mediavilla, M. (2019). Agroecología para alimentar al mundo.

(11) González Reyes, L. (2019). ¿Green New Deal?, ¿qué Green New Deal? https://ctxt.es/es/20190403/Firmas/25368/green-new-deal-transicion-ecologica-smart-cities-luis-gonzalez-reyes.htm

(12) Rushkoff, D. (2018). La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco. http://sinpermiso.info/textos/la-supervivencia-de-los-mas-ricos-y-como-traman-abandonar-el-barco

(13) Turiel, A. (2017). España ante el colapso. http://crashoil.blogspot.com/2017/06/espana-ante-el-colapso.html

(14) Mediavilla, M. (2020). Coronavirus vs crisis ecológica: cuestión de amor. https://www.15-15-15.org/webzine/2020/03/20/coronavirus-vs-crisis-ecologica-cuestion-de-amor/

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