lunes, 7 de diciembre de 2015

Crítica de la impaciencia revolucionaria

Ya me he referido a Wolfgang Harich en dos ocasiones.

La primera fue para comentar su Comunismo sin crecimiento, libro que puso las bases para un comunismo ecologista como solución al crecimiento imposible. Aunque esta problemática aparece esbozada en la obra de Marx, la emulación soviética del desarrollismo capitalista, de seguro inevitable en su momento, la había soslayado. Más adelante la han transitado otros. Como John Bellamy Foster,  y en nuestro país, por ejemplo, Manuel Sacristán, Paco Fernández Buey y Jorge Riechmann.

La segunda vez comenté´su artículo Marx a la vinagreta picante, sobre el oportunismo de tantos ex-izquierdistas reconvertidos al anticomunismo tras la caída del comunismo soviético.

Ahora señalaré dos cosas que comenta Harich en su otro libro Crítica a la impaciencia revolucionaria: la tendencia a desviar la atención a cuestiones secundarias cuando nos sentimos impotentes para abordar las esenciales, y el tránsito tantas veces visto desde el radicalismo izquierdista a posiciones claramente reaccionarias. Ambas cosas dentro de la crítica al pensamiento desiderativo, que confunde la realidad y el deseo e ilusiona con la fantasía de un proceso histórico determinista pero "bueno", curiosamente asociado a una desmesurada confianza en la efectividad de la propia acción. Predestinación y libre albedrío en una sola toma.

La desilusión a que llevan estos análisis erróneos desemboca con facilidad en las dos vías de escape mencionadas. Unos  eligen la vía estética al socialismo. Otros, la vía nihilista al oportunismo. A veces ambas cosas van en el mismo paquete.






Marxismo Crítico
(...)

Harich contra la “nueva” izquierda

Crítica a la impaciencia revolucionaria (1969), uno de los pocos libros de Harich publicados en castellano, es una crítica demoledora de lo que Harich denominó como “neoanarquismo”, epitomado en Linksradikalismus [El radicalismo izquierdista], el libro de los hermanos Cohn-Bendit, quienes participaron como es sabido de manera destacada en los desórdenes estudiantiles en París y la huelga general de seis semanas de duración durante la primavera de 1968 en Francia.

En su prólogo al libro, Antoni Domènech –que también fue su traductor– señala que “Harich quiere influir en la nueva izquierda cautivada por el neoanarquismo recordándole, por lo pronto, la escasa “novedad” de muchas de sus consignas y formas de lucha; poniéndola ante la evidencia de que está reanudando –sin apenas consciencia de ello– la vieja y venerable tradición anarquista finisecular. […] La Crítica de la impaciencia revolucionaria, a diferencia de otros “ajustes de cuentas” marxistas con el anarquismo, no busca primordialmente hostigarlo por el flanco de su concepción normativa del Estado. Harich se cuida muy bien de resaltar que en este punto no hay diferencias de principio entre marxistas y anarquistas. […] Tampoco las diferencias de “ritmo” en punto a la abolición del poder político le parecen esenciales, sino derivadas.”

Lo que Harich achaca al neoanarquismo es sobre todo su pensamiento desiderativo, “este opio para socialistas que, mientras pesa como plomo en sus miembros, les engaña con la ilusión de una enorme aceleración del proceso histórico y, sobre todo, de una gigantesca efectividad de la propia acción”, en otras palabras, la impaciencia revolucionaria, la que quiere revolucionar simultáneamente, de golpe, todos y cada uno de los ámbitos de la sociedad, simplemente porque en todos ellos se aprecian los efectos de la explotación, de la opresión y de la manipulación.” Ésa es la razón, según Harich, “de que el anarquismo antropoligice de tan buen grado, ésa es la razón de su falta de interés por los análisis económicos.” Según el autor, ello conduce en última instancia a que “el anarquismo se enfrente a los problemas políticos más serios con una confusión y una desorientación desconcertantes, mientras que, por otra parte, desarrolle una curiosa predilección por dedicarse fanáticamente a revolucionar aspectos de la vida a tal punto irrelevantes políticamente”.

Por ejemplo, la estética. En un paso que no podemos sino reproducir en toda su integridad, para que el lector pueda así apreciar los conocimientos en la historia del movimiento obrero y la mordacidad del autor, el neoanarquismo, dice Harich, “reproduce la manía de todos los viejos movimientos radicales de malinterpretar la revolución como un asunto de estilo de vida y de aspecto externo. Y cuenta de buen grado al vestido y a la moda de peluquería entre las instituciones a “desestabilizar”, sin sospechar que la historia ha superado hace ya tiempo tales chiquillerías: Bebel, Mehring, Lenin, Trotsky, Liebknecht padre y Liebknecht hijo, todos ellos se vistieron como ciudadanos normales y corrientes de su tiempo; Plejánov hasta se arreglaba como un grand seigneur; cuando iba a una asamblea obrera, Rosa Luxemburg se ponía su más elegante sombrero de plumas de avestruz, y Clara Zetkin reservaba para esas ocasiones su mejor vestido de seda. Si quiere retrocederse más en el tiempo, piénsese que ya el más grande y consecuente de los sans-culottes no era nada sans-culotte en lo que a asuntos de moda respecta: ni siquiera en el año del Terror, en 1793, dejó Maximilien Robespierre de llevar su trenza y su chorrera de puntillas, y no porque diera especial valor a esos atributos de caballero rococó, sino, al revés, porque le traían tan sin cuidado que ni siquiera se le ocurrió prescindir de ellos. Como corresponde a un revolucionario, Robespierre tenía cosas más importantes que hacer: llevar a los enemigos del pueblo a la guillotina, por ejemplo.”

Sin embargo, tras revertirse la tendencia en los setenta, con la llegada de “los años de plomo” y el auge de un marxismo autoritario de ascendencia maoísta en Europa occidental (del que formaba parte una dura e injusta crítica hacia los anarquistas), Harich añadió un epílogo a su libro, pidiendo “que no se tomen a la ligera a los compañeros anarquistas, para que no se olvide su sobresaliente contribución como pioneros de la presente radicalización de la juventud y de la intelectualidad y, muy particularmente, para que no cometan nunca el error de tomarlos por enemigos del movimiento revolucionario a causa de las abstrusas ideas que profesan y de las actividades objetivamente dañinas que practican.”

La Crítica a la impaciencia revolucionaria fue, como quedó dicho, escrito como una respuesta a los hermanos Cohn-Bendit. Tras recordar el apoyo de Piotr Kropotkin al gobierno de Kerensky, escribe Harich: “Parece increíble, pero es verdad. Si cosas de este género han podido ocurrir, nadie puede garantizar que el apoliticismo de nuestros actuales antiautoritarios no se acabará rompiendo algún día con alguna toma de partido igualmente chocante en favor de una política reaccionaria y chovinista al servicio de una guerra imperialista.” Piénsese por un momento no solamente en el destino político y filosófico de tantos representantes del 68 francés y alemán, sino en el del propio Daniel Cohn-Bendit, mástil de proa de aquellas protestas, hoy acomodado eurodiputado de Los Verdes en Bruselas y uno de los más firmes partidarios de “las intervenciones humanitarias” desde la agresión de la OTAN a Yugoslavia en 1999.
(...)

No hay comentarios:

Publicar un comentario