martes, 15 de diciembre de 2020

«¡Qué pena!»

Las viejas y recurrentes argumentaciones, las repetidas tomas de postura de los "poderes fácticos" que se recuerdan aquí, son de hace casi cien años, en ocasión del golpe de estado de Primo de Rivera. Ahora mismo no nos resultan extrañas, porque la historia se ha repetido una y otra vez.

Esa reiteración periódica de situaciones y discursos evoca el eterno retorno, esa teoría de lo fatal que postula que todas las situaciones se repetirán. El estoicamente pesimista Borges dice así en su cuento el inmortal:

Sabía [la república de hombres inmortales] que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. […] Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea.
Esta es la versión que margina la ética. Ni siquiera cabe preguntarse si nos parece bien o mal. Como no hay solución, carece de importancia el juicio moral.

Diferente es el planteamiento optimista de la película el día de la marmota. En ella, la memoria (¡qué importante es la memoria!) permite al protagonista perfeccionar su conducta en cada una de las repeticiones, hasta alcanzar la salida del maleficio.

La teoría ha tenido una vertiente matemática, otra religiosa y otra ético-filosófica. A esta última, entreverada con la primera, se referían Nietzsche y, otra vez, Borges. La versión religiosa, con variantes, se parece más a la de la película. El perfeccionamiento logrado en las sucesivas reencarnaciones conduce al nirvanaque, como ocurre en las pesadillas, es un despertar (aunque para el pensamiento oriental sea un dormir) que pone límite al sufrimiento repetido.

El pensar humano, tan ligado al sentir, mantiene, salvo estados patológicos, una relativa alternancia de estados de ánimo. Ambas interpretaciones, la optimista y la pesimista, pueden conducir tanto a la parálisis (por exceso de confianza o abatimiento) como a la acción (entusiasmada o alarmada).

Poetas como Cernuda y León Felipe, impedidos de actuar en su desesperado exilio, escribieron versos como estos.

Pero, a diferencia de lo teorizado por el genio argentino, su amargura no conduce a la suspensión del juicio moral.



«Qué día
tan largo…
y qué camino
tan áspero…»

LF


¡QUÉ
pena
si este camino
fuera
de muchísimas
leguas
y siempre
se repitieran
las mismas
cuestas,
las mismas
praderas,
los mismos rebaños,
las mismas recuas
los mismos pueblos,
la mismas ventas!…

¡Qué
pena
si esta vida
tuviera
—esta vida
nuestra—
mil años
de existencia!…
¿Quién la haría hasta el fin
llevadera?
¿Quién la soportaría toda
sin protestas?…
¿Quién lee diez siglos en la Historia
y no la cierra
al ver las mismas cosas siempre
con distinta fecha?…
Los mismos hombres,
las mismas guerras,
los mismos tiranos,
las mismas cadenas,
los mismos esclavos
las mismas protestas
los mismos farsantes,
las mismas sectas
y los mismos poetas!…

¡Qué
pena,
qué
pena
que
sea
así todo siempre,
siempre de la misma manera!

León Felipe

De: «Versos y oraciones del caminante» – XXXI – 1920-1929

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