martes, 29 de enero de 2013

Políticamente incorrecto (III)

La imaginación poética de Belén Gopegui en Diagonal y su contribución dialéctica a la importante y banal cuestión del sexismo lingüístico.


Un sí señor con las patas verdes

Cuentan que un novelista llegó al poder y dijo: a partir de ahora la palabra novelista designará tanto a los novelistas como a los poetas. Los poetas se quejaron pero, como no estaban organizados, se generalizó la costumbre. Todo era en aras de la economía del lenguaje, decir novelistas y poetas todo el tiempo cansaba mucho. ¿Y decir a veces novelistas y a veces poetas? Eso era arbitrario, les decían. ¿Y decir siempre poetas e incluir a los novelistas? ¿Además, qué pasaba con los queer cuentistas? Los novelistas entonces se echaban a reír.

Cuentan que en otro país los comunistas decidieron que el término comunista sería genérico e incluiría a los anarquistas. Eran tiempos de crisis y decir “comunistas y anarquistas” consumía mucha energía. Pero es que tiene consecuencias, decían los anarquistas, hasta lo más trivial acababa no siéndolo, por ejemplo: cuando los titulares de un periódico celebraban a los comunistas que lucharon contra el fascismo y daban nombres, casi nunca aparecían anarquistas, mientras que si el titular fuera: los comunistas y anarquistas que lucharon contra el fascismo, ese titular aguzaría la memoria de quien escribiese el artículo. Vale, quizá tengáis razón, pero sois unos pesados, dejad las cosas como están, al fin y al cabo también pasa con el género masculino y femenino y se acepta porque está en la estructura profunda de la lengua, tan profunda que nadie la puede tocar so pena de que se produzcan terribles accidentes; si se toca y después alguien se olvida una vez de decir alumnas y alumnos, habrá cataclismos sin número, le partirán rayos, rodarán cabezas.

Entretanto, sin embargo, en esos países las niñas a veces decían niñas para hablar de niñas y niños, y a veces decían niños, y a veces los niños decían nosotras para hablar de toda su clase, y a veces decían personas, y a veces en vez de alumnos y alumnas decían el alumnado, y no se cansaban, y si alguna vez se les olvidaba decir niños y niñas, ningún rayo caía, y si alguna vez sí lo decían, su energía no se esfumaba. Porque la lengua les pertenecía, porque no era propiedad de ningún rey académico y a medida que quienes la usaban rechazaban la carga de las características asignadas a los sexos por el patriarcado, la lengua también se liberaba.

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