martes, 15 de enero de 2013

¿Qué democracia económica para el decrecimiento?

Con este título, y seguido de "algunos comentarios sobre la contribución de los modelos socialistas y la agroecología cubana", encuentro en Rebelión un artículo de Sébastien Boilla, Julien-François Gerber y Fernando R. Funes-Monzote.

El decrecimiento, entendido en términos cuantitativos, referido a materiales, energía y recursos naturales en general, y considerando no sólo las fuentes, sino también los sumideros, ya no es una opción, sino un hecho incontrovertible.

El problema ahora es el modelo de decrecimiento que mantenga lo alcanzado sin dejar de proyectarse hacia un verdadero desarrollo cualitativo. Si el sistema se ha vuelto inestable, ¿cómo estabilizarlo?

Los modelos socialistas propuestos y ensayados hasta la fecha no siempre han estado a la altura del reto a que ahora nos enfrentamos. Seguramente no era su momento. Ahora lo es. Aquí se propone un modelo de David Schweickart, en parte inspirado en la autogestión yugoslava y en las cooperativas de Mondragón.

Reproduzco parte del artículo. Las notas pueden encontrarse en el documento de partida.
 

Lentitud ahora, porque corre prisa. mi-megafono.blogspot.com


El socialismo de mercado es una economía competitiva en la que los trabajadores poseen los medios de producción. Sus partidarios parten de la siguiente idea básica: los mercados son una gran herramienta para producir y procesar información y para asignar recursos, pero el capitalismo genera tanta desigualdad, falta de democracia y destrucción socio-medioambiental que los desperdicios son sencillamente enormes [14]. Los capitalistas deben usar una cantidad considerable de recursos solo para controlar y disciplinar el trabajo [15]. Para Roemer [14], el hecho de que los beneficios del crecimiento estén concentrados en las manos de una minoría lleva a estos últimos a olvidar la mayor parte de los “males públicos” (contaminación, pobreza, criminalidad, etc.). Estos resultados adversos no son un problema para la élite siempre que sea capaz de protegerse de ellos mediante altos ingresos, viviendo por ejemplo en áreas seguras, etc. Según Roemer, un igualitarismo basado en los activos estimularía a los trabajadores y evitaría muchas de las ineficiencias del capitalismo. También promovería un mejor equilibrio social entre crecimiento económico y males públicos. Tales modelos van mucho más allá del desarrollo del reparto de acciones con los empleados e implican una descentralización radical de las acciones, una de las formas más concentradas hoy en día de propiedad.

Las críticas a los modelos de mercado socialista se centran a menudo en su intento de establecer la “competencia perfecta” que se encuentra en los libros de texto neoclásicos. De hecho, utilizan las herramientas y suposiciones estándar –y cuestionables- neoclásicas. El modelo de Roemer [14] por ejemplo, está basado en un sistema institucional sofisticado que maximiza los beneficios mediante la competencia de mercado impidiendo al mismo tiempo cualquier reconcentración de capital en las manos de los más hábiles tras unas pocas décadas. Pero como señala Coutrot [9], “los modelos de socialismo de mercado están todos sujetos a la crítica de Einstein (y de Marx): al mantener el trabajo asalariado y la competencia generalizada, siguen promoviendo el individualismo y socavan la solidaridad social” así como la comunidad [16]. Es más, al imitar el crecimiento capitalista, estos modelos están también sujetos a la crítica decrecentista. Personifican la ceguera medioambiental que todavía se puede encontrar en el trabajo de muchos teóricos marxistas. La gran ventaja de los modelos de autogestión de los trabajadores se basa en su naturaleza democrática: democracia no solo presente en la esfera política sino también dentro de la empresa, como veremos a continuación.

En una economía autoregulada, del tipo descrito por Schweickart [17], los trabajadores asociados controlan las empresas: deciden libremente, mediante elecciones democráticas, quién las gestionará y discuten la organización y proyectos de sus empresas. Sin embargo, no son los propietarios de la empresa, que sigue perteneciendo a la comunidad. Por tanto no habría mercado de los títulos de propiedad: a nadie se le permitiría comprar, vender o poseer una empresa en la que trabajen otras personas. Este modelo no tendría por tanto trabajo asalariado, sinónimo de dominación. Como defendía Marx [18], los trabajadores empleados por un salario no pueden controlar su trabajo ni el producto de su trabajo; deben someterse a una jerarquía sobre la que no tienen ninguna influencia. En una empresa autogestionada, por el contrario, son los trabajadores mismos quienes contratan capital: en el modelo de Schweickart, pagarían un interés fijo a organizaciones crediticias por préstamos usados como capital y pagarían los equipamientos y las materias primas necesarias para mantener las capacidades productivas y vender en el mercado. Los ingresos servirían principalmente para reembolsar los préstamos y pagar impuestos mientras el saldo constituiría la remuneración de los trabajadores, asignada de acuerdo a una escala de salarios democráticamente establecida. Más aún, el modelo de Schweickart incluye un original “control social de la inversión” que se articula así: las empresas autogestionadas pagan impuestos para proveer a un fondo de inversión democráticamente controlado y jerárquicamente distribuido entre diferentes niveles (nacional, regional, comunal bancos públicos). Estos fondos financiarían las inversiones de las cooperativas de trabajadores y los servicios públicos, al nivel geográfico apropiado, según un conjunto criterios basados en el valor de uso, la rentabilidad, la justicia social y las condiciones medioambientales.

Los modelos económicos autogestionados no suponen un cambio radical de la naturaleza humana. Algunos de los elementos clave de una economía de mercado se mantienen –la elección de los consumidores, la competencia entre productores y su motivación mediante la remuneración de sus esfuerzos-. Se dice que estas características promueven la eficiencia y las innovaciones. No obstante, la diferencia con el capitalismo es doble: prohibición de autofinanciación y apropiación privada del capital; y prohibición de contratar trabajo. De esta forma, nadie puede acumular privadamente poder económico. Además, a diferencia de los modelos de socialismo de mercado, los sistemas basados en la autogestión de los trabajadores generan nuevas dinámicas que superan las conductas puramente egoístas: el igualitarismo y el sentimiento de comunidad están encarnados en sus instituciones, igual que la desigualdad y el individualismo están grabados en las instituciones del capitalismo. Más aún, la socialización de la inversión supone que los ciudadanos pueden decidir democráticamente qué hacer con el crecimiento económico.

Para resumir, los modelos de socialismo autogestionado permiten una síntesis realista entre la democracia económica y el potencial para una transición decrecentista a gran escala. De hecho, una reducción del tamaño de la economía, en consumo de energía y material, parece mucho más probable en una sociedad en la que: (1) el sentido de comunidad sea más fuerte, lo que implica que no pueda haber una clase privilegiada que tenga el poder de presionar para su enriquecimiento personal en detrimento de la sociedad y su medio ambiente; (2) la inversión esté socializada, lo que implica que los costes sociales y medioambientales se reduzcan drásticamente y por tanto las industrias dañinas estén limitadas; y (3) la información pueda circular mucho más libremente que en el capitalismo, lo que significa dos cosas. Primero, no habría agresivas campañas de publicidad empujando a la población a consumir más, esto es, a proyectar necesidades inmateriales en bienes materiales y de ahí a satisfacer ilusiones más que necesidades. Todo lo contrario, fuera de tal sociedad de consumo de masas, la gente podría estar más cerca de sus verdaderas necesidades, muchas de las cuales son inmateriales [19]. Segundo, por la implicación general de los trabajadores y los ciudadanos, libres del obstáculo de una clase dominante, la sociedad en su conjunto sería mucho más reactiva al estado de sus recursos naturales porque estaría estrechamente conectada con ellos. Una vía orientada al decrecimiento sería por tanto una opción muy real. El mismo Schweickart [17] escribió que “el crecimiento económico no es la respuesta” y distinguía cuidadosamente entre indicadores cuantitativos y cualitativos de “desarrollo”.

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