viernes, 6 de septiembre de 2013

El fraude, 12 objetivos y 8 consecuencias


Agresión a Siria

 
Para leer sobre el fraude, ir al artículo de Nazanín Armanian en Público.es
 
Quiero dejar aquí los doce propósitos y las ocho consecuencias:

Los 12 propósitos reales del ataque
La operación castigo a Asad tiene detrás otros objetivos:
1. Dominar Eurasia. Con más o menos fortuna, EEUU ha intentado hacerse con el control de Oriente Próximo, Asia central, Europa central y norte de África, mediante las guerras contra Irak, Afganistán, Yugoslavia y Libia. Ahora, siguiendo los consejos del estratega británico Sir Mackinder sobre la importancia de esta región –a la que llamó Heartland, o Corazón del Mundo– intenta contener el avance de China y de Rusia. Siria es el país que une a ambos continentes.
2. Controlar la totalidad del levante mediterráneo –también uno de los motivos para derrocar a Gadafi.
3. Impedir la construcción del mega-gaseoducto Irán-Irak-Siria (llamado “la tubería chiíta”), que cuenta con inversión ruso-iraní e iba a exportar el gas a Europa, ahora que ha fracasado el proyecto del otro gaseoducto (Naubucco: Europa esclava). Perjudicaba a Turquía, que dejaría de ser la ruta del tránsito de hidrocarburo y a Arabia Saudí, que ha invertido en el Arab Gas Pipeline, tubería que recorrería Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Israel. Es tan primordial para Riad apoderarse de Siria que según el diario libanés As-Safir el jeque Bandar en su reciente encuentro con Putin le había insinuado que si retiraba su apoyo a Asad le garantizaría la seguridad de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi (Rusia) del 2014, calmando a los chechenos. ¡En árabe y en ruso, esto suena a chantaje! Además, a los jeques les preocupa mucho el acercamiento de los “gigantes petroleros” Rusia y Venezuela. Una es la mayor productora y exportadora de petróleo del planeta y la otra, la primera reserva probada de crudo mundial. Está en peligro el poder de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que llena el mercado de petróleo, además barato. No menosprecien a Arabia. Las principales instituciones financieras dependen de sus petrodólares.
4. Humillar a Rusia en su zona de influencia y mostrar al mundo su incapacidad de influir sobre los acontecimientos internacionales, en este que es el primer choque entre ambas potencias tras la Guerra Fría. Sergei Lavrov ya ha dicho que su país no va a pelear en Siria con EEUU, a pesar de que las empresas rusas han invertido unos 20.000 millones en este país y cerca de 100.000 rusos viven allí. Una cosa es acoger a Snowden y otra meterse en una guerra. Moscú intentará recuperar la influencia, tras perder a Siria, en otro lugar como Irán.
5. Destruir el ejército sirio, por sus vínculos con Rusia. EEUU hizo lo mismo con las fuerzas armadas de Irak y Libia. Así, reduce la influencia militar de los eslavos en el planeta.
6. Triunfar en el terreno bélico y controlar militarmente al mundo para recompensar el fracaso en lo económico. A grandes crisis económicas, grandes guerras. El capitalismo venderá más armas, tendrá nuevos mercados y creará oportunidades para las empresas constructoras hábiles en levantar lo derruido. Es otro asalto a las conquistas de los trabajadores de medio mundo, que pagarán con su vida o sus impuestos la aventura de cuatro cowboys. El aumento del pecio del petróleo, que afectará a todos los productos, dañará también la economía china.
7. Anular aún más a la ONU y echar abajo lo que queda de los sistemas legales que hacían de freno en las pretensiones belicistas.
8. Acorralar a Irán. La Agencia Atómica de la ONU acaba de informar de la instalación de 1.000 nuevas centrifugadoras en las plantas nucleares de éste país. China y Rusia creen que el objetivo del asalto a Siria es Irán. Teherán, muy prudente, sopesa los acontecimientos y desliga su suerte de la de su aliado. Le ayudará a través de Hizbolá y Yihad islámica. Su línea roja es la ocupación de Siria. Para la alegría de Tel Aviv y Riad, este ataque complica sus encuentros iniciados con EEUU.
9. Dar la imagen de seguir siendo la potencia hegemónica mundial, a través del “esquema Ponzi”, nombre de un estafador italiano que recaudaba grandes cantidades de dinero y, sin hacer nada, pagaba intereses a los inversores con el dinero de ellos mismos o de nuevas víctimas. Si su montaje duró varios años fue porque el número de ilusionados estafados no paraba de crecer. Decía Madeleine Albright que la existencia misma de la mayor maquinaria militar de la historia humana exige que se haga uso de ella. Misión convertida en el objetivo cuando, en realidad, EEUU no tiene ningún interés sustancial en este conflicto. Pero que nadie subestime el papel de la estupidez en la historia.
10. Inclinar la balanza en el conflicto sirio en favor de los rebeldes y conseguir ventajas en la mesa de negociaciones. De paso, y como una guerra dentro de una guerra que es, los wahabitas saudíes apartan a la Hermandad Musulmana (apoyada por Turquía y Qatar) y también a los al qaedistas del Jabhat al-Nusra. Lo cual desune aún más a la oposición y agrieta la alianza entre EEUU y Qatar, una de las sedes del Pentágono.
11. Francia, tras la exitosa experiencia de reconquistar Libia, sueña con restaurar su dominio sobre otra de sus excolonias.
12. Israel debilita al aliado de Irán, de Hamás y de Hezbolá, mientras se queda con los recursos hídricos sirios de los Altos del Golán e intenta hacerse con la parte correspondiente a Siria en el campo de gas descubierto en el Mediterráneo. (El “factor gas” en la crisis siria y “Is the US Playing With Gas in Syria?”) En su primer desafío de su segundo mandato, Obama aterroriza el mundo ¡por los intereses de Arabia Saudí e Israel!
 
Ninguno de esos objetivos tiene que ver con los derechos humanos de los sirios.
 
Las 8 consecuencias
La agresión militar de EEUU y sus socios…
1. Provocará la represalia de Siria contra Israel, Jordania, Turquía y las tropas de la OTAN en Irak y en el Líbano. Este no es el diminuto Kosovo. Aquí además existen armas químicas, terroristas caníbales, el germen de un sangriento conflicto sectario y… un Putin que no hará de Yeltsin.
2. Debilitará a los propios aliados de Washington, como Jordania y Turquía.
3. Cambiará el balance de las fuerzas en Siria sin resolver el conflicto; agudizará la tensión étnica- religiosa del país, incluso después de Asad.
4. Fortalecerá al salafismo y al wahabismo en todo el mundo, en perjuicio de las fuerzas progresistas.
5. Dañará las relaciones de Occidente con Rusia y China y cambiará el clima político internacional.
6. Rusia podrá aumentar los costes de esta agresión interrumpiendo los suministros de la OTAN a sus tropas en Afganistán, desde la Red de Distribución del Norte (Rusia-Kazajistán-Afganistán), lo mismo que hace Pakistán desde la ruta del Sur. O saltarse las sanciones impuestas contra Irán y estrechar sus lazos con éste país. Hassan Rowhani se reunirá con Putin y el presidente de China, Xi Jinping, en Kirguistán el mes que viene.
7. Empujará a los países de la región a una desenfrenada carrera armamentística.
8. Sentará otro precedente de cómo burlar la soberanía nacional de los países pequeños siendo potencias armadas hasta los dientes.


En el marco neo-imperial actual, las pretensiones de EEUU son sueños de un loco llevados a cabo por un borracho.




¡Alto, socavones!
 

La clase trabajadora en el siglo XXI

Quienes hoy hablan de la pérdida de importancia de la clase obrera en la sociedad tienen una visión idealizada y esquemática de la mítica “clase obrera” de los siglos XIX y XX.

Porque en ningún momento anterior los trabajadores constituyeron una masa homogénea y compacta, con intereses inmediatamente convergentes y conciencia de clase “para sí”. El capitalismo es un sistema desigual. También en su propio desarrollo. Coexiste con los modos de producción anteriores a él, y él mismo mantiene a la vez, junto a sus formas más evolucionadas, algunas de las más primitivas.

Por eso mismo, situaciones laborales comparativamente privilegiadas, sueldos relativamente altos y cierto bienestar, no implican siempre una tasa de explotación menor que la que sufren quienes trabajan con escasa productividad en condiciones miserables.

Al identificar a la clase obrera con el estereotipo del trabajador industrial, se pierde la perspectiva de lo que la define: pertenecen a ella quienes, para sobrevivir, están obligados a vender su fuerza de trabajo a los dueños de los medios de producción.

El capital, obligado a aumentar incesantemente la productividad del trabajo, lo consigue mediante cuantiosas inversiones, al alcance solamente de los grandes capitalistas. Pero en los intersticios del sistema permanecen pequeños capitalistas que sobreviven a costa de peores condiciones de los trabajadores que emplean. A una diversa composición de los capitales corresponde también una dispersa condición de los trabajadores, que enmascara la divisoria entre las clases sociales.

Es innegable que hay pequeños empresarios que extraen sus mínimas y a veces precarias plusvalías de trabajadores realmente pobres en condiciones muy poco productivas. Y que bastantes trabajadores fijos de grandes empresas tienen un mejor nivel de vida que ellos. En estas condiciones, lo que eran la pequeña burguesía y la aristocracia obrera confluyen en una mal definida clase media, concepto en que lo esencial es la percepción del sujeto de pertenecer a ella.

En la crucial coyuntura actual es esencial deshacer equívocos que confunden las mentes y con ello las conductas, y llevan a los grupos sociales, sin comprender los fundamentos de sus problemas, a sectarismos identitarios que impiden afrontarlos correctamente.


En este enlace encontraréis un importante y largo artículo de Chris Harman, que recomiendo leer detenidamente. Como se desprende de su lectura, no es muy reciente. Por eso mismo no es un escrito más "de moda", y puede entenderse mejor a la luz de los acontecimientos más recientes.
 
Con rigor analítico, pone en su lugar los conceptos, y demuestra claramente que, si bien enormemente diversa en su composición y sus situaciones concretas, nunca la clase obrera fue tan numerosa y con intereses más comunes.

No debe engañarnos el aumento de trabajos no manuales para excluir a sus laborantes de la clase obrera. Un trabajador informático, un autónomo subcontratado, pueden ocupar hoy el lugar del viejo proletariado industrial. Y la dispersión y atomización de las tareas en diversos centros y países puede dificultar las resistencias, pero no debe necesariamente impedirlas.
 
Así desarrolla el autor lo que algunos analistas más o menos postmodernos parecen haber olvidado:
(...)

Frecuentemente parece anti intuitivo decir que los grupos de trabajadores que tienen mejores condiciones que otros no se benefician a sus expensas: ya sea que este argumento se use con respecto a los trabajadores occidentales y del tercer mundo, o en el sector formal de la economía en el tercer mundo y el sector informal. Pero en este el caso el argumento “anti intuitivo” es correcto. En muchas industrias cuanto más estable y experimentada es la fuerza de trabajo, más productiva es. El capital está dispuesto a conceder salarios más altos a ciertos trabajadores en esas industrias porque, haciendo esto, puede sacar más ganancias de ellos. De aquí la aparente contradicción: algunos sectores de los trabajadores del mundo están a la vez mejor pagados que otros pero son más explotados. Sólo esto explica por qué los capitalistas, motivados sólo por la sed de la ganancia, usualmente no hacen inversiones a gran escala en regiones como África, donde los salarios son los más bajos.

Por supuesto, eso no evita que el capital intente continuamente disminuir lo que tiene que pagar: aprovechando las nuevas tecnologías y la reestructuración de la producción para reducir drásticamente sus costos laborales. Así que, en gran parte del mundo, el modelo de una fuerza de trabajo “formal” sigue más o menos intacto, aunque se va desgastando en los márgenes, y muchos nuevos empleos están en el sector “informal”.

La gran masa de la fuerza de trabajo informal en los países “en desarrollo” hoy está compuesta de personas que son nuevos en la fuerza de trabajo urbana, ya sean “inmigrantes” del interior (como por ejemplo los más de 100 millones de campesinos que buscan empleo en las ciudades chinas) o mujeres y jóvenes que buscan un empleo asalariado por primera vez. Pero el patrón de la acumulación capitalista en las últimas dos décadas implica que no se ha expandido la demanda de trabajo de la industria moderna y productiva a la escala necesaria para absorberlos dentro de su fuerza de trabajo. La competencia a escala global ha causado un giro hacia formas de producción intensivas en capital (con lo que Marx llamó la creciente “composición orgánica del capital”) que no requieren cantidades masivas de nuevos trabajadores. Como resultado, las únicas vías de entrada a la fuerza de trabajo para ganar un sustento son a través de las formas más exiguas de autoempleo o a través de vender la fuerza de trabajo a un precio tan bajo y en condiciones tan arduas que los pequeños capitalistas en los márgenes del sistema pueden beneficiarse de explotarlos.

Como señala un informe sobre el empleo en América Latina:
Los empleos informales per se representan casi un tercio de los trabajadores no agrícolas en la región… La mayor parte del incremento en el sector informal está concentrado en trabajadores por cuenta propia… El resultado de este proceso ha sido una tendencia hacia tasas de desocupación más bajas, pero a un costo de un marcado deterioro en la productividad promedio del trabajo.
En general el sufrimiento de una gran parte de las masas urbanas en estos países no se debe a una superexplotación por parte del gran capital, sino por el hecho de que el gran capital no ve la forma de sacar unas ganancias suficientes mediante su explotación. Esto es incluso más claro en África subsahariana. Después de exprimir la riqueza del continente durante el período desde el comienzo del comercio de esclavos hasta el fin del imperio en los ‘50, los que dominaban el sistema mundial (incluyendo gobernantes locales que llevaban su dinero a Europa y Norteamérica) están dispuestos ahora a descartar a la mayoría de su gente como “marginal” para sus requerimientos.

Marx describió muy bien el proceso por el cual crece el sector informal, observando la sociedad británica hace 150 años:
Los capitales adicionales formados a lo largo de la acumulación normal, sirven preferentemente de vehículo para la explotación de nuevos inventos y descubrimientos, y en general de perfeccionamientos industriales. Pero también el viejo capital llega con el tiempo al momento de su renovación de cabeza y miembros, momento en que cambia de piel y vuelve a renacer en forma técnica perfeccionada, en que una masa menor de trabajo se basta ya para poner en movimiento una masa mayor de maquinaria y materias primas.
El capital adicional formado en el curso de la acumulación, en proporción a su magnitud, atrae cada vez menos obrerosEl capital viejorepele cada vez más obreros ocupados antes por él.
Así, pues, la población obrera produce, junto con la acumulación del capital producida por ella misma y en volumen creciente, los medios de su propio exceso relativo.
Tan pronto como la producción capitalista se adueña de la agricultura… la demanda de población obrera agrícola disminuye en términos absolutos… Por eso, una parte de la población agrícola rural se halla continuamente a punto de pasar al proletariado urbano.
Esta dinámica produce un componente “estancado” del “ejército activo de trabajadores” con “empleo extremadamente irregular”:
Su nivel de vida desciende por debajo del nivel normal medio normal de la clase trabajadora y es eso lo que la convierte precisamente en amplia base de ramas propias de explotación del capital… Sus características son el máximo de trabajo y el mínimo de salario… Su volumen se extiende a medida que con el volumen y la energía de la acumulación quedan “sobrantes” mayor número de obreros.
La fuerza de trabajo disponible se desarrolla por las mismas causas que la fuerza expansiva del capital. La magnitud relativa del ejército industrial de reserva aumenta, pues, con las potencias de la riqueza. Mas cuanto mayor sea este ejército de reserva en proporción al ejército obrero activo, tanto más masiva será la superpoblación consolidada, cuya miseria se halla en razón inversa a los tormentos de su trabajo… Ésta es la ley general, absoluta, de la acumulación capitalista.
(...)
 
La falta de una perspectiva correcta ante la imposible situación actual entraña el gravísimo peligro de que luchas sectarias entre las víctimas sustituyan la lucha contra el enemigo común de clase:
…hay dos direcciones distintas en las que puede encaminarse la desesperación y el encarnizamiento que existe entre las “multitudes” de las grandes ciudades del tercer mundo. Una dirección involucra colectivamente a los trabajadores en lucha y atrae a millones de otros sectores empobrecidos detrás de ellos. La otra implica que los demagogos explotan la sensación de desesperanza, desmoralización y fragmentación para dirigir el encarnizamiento de un sector de las masas empobrecidas contra otro.

Por esto la clase trabajadora no puede simplemente ser vista como un agrupamiento más dentro de la “multitud” o del “pueblo” sin una importancia intrínseca para la lucha contra el sistema.


Así concluye este artículo tan estimulante:

Conclusión
El cuadro de conjunto no es de desintegración o de declive de la clase trabajadora sino que, a escala mundial, la clase trabajadora es más grande que en cualquier otro momento, incluso si la tasa de crecimiento se ha desacelerado con las crisis sucesivas en la economía mundial y la tendencia en todas partes es hacia formas de producción intensivas en capital que no emplean a nuevas personas en cantidades masivas.

Tampoco es el cuadro en el cual el empleo obrero es transferido a gran escala de las viejas economías industriales del “norte” a las economías previamente agrarias del “sur”. La nueva división internacional del trabajo se está desarrollando principalmente dentro de la “tríada” de Norteamérica, Europa y Japón, con un papel menor de los NICs del este de Asia y la costa este de China. También hay una expansión del empleo industrial dentro de algunas de las ciudades florecientes del “sur”— pero la expansión es desigual, no alcanza a regiones enteras y no se debe principalmente a la transferencia de empleos desde el norte.

En el norte y en el sur han ocurrido repetidas crisis con reorganización de las estructuras de acumulación. Esto está produciendo una recomposición de la clase trabajadora similar, en escala, a las recomposiciones que ocurrieron en la última mitad del siglo XIX cuando la industria pesada empezó a superar a la textil como centro de la acumulación y en los años de entreguerras cuando las industrias ligera y automovilística empezaron a ocupar un lugar central. Estamos asistiendo a un cambio doble. La producción de ciertas mercancías “inmateriales”, lo que usualmente se clasifica como parte del sector servicios, tiene una importancia creciente, pero involucra formas de trabajo muy similares a las de la industria. Y tienen una importancia creciente ciertas formas de trabajo que en sí mismas no producen mercancías, pero que sirven para mantener y aumentar la productividad de los productores directos.

Como estos sectores son cada vez más importantes para el capital, éste reacciona intentando recortar sus costos laborales, produciendo una creciente proletarización de sectores que tradicionalmente se consideraban de “clase media”. Mientras tanto, hay una mayor presión también sobre los productores directos, con una mayor intensidad del trabajo (disfrazada de “flexibilización) y, en algunos casos, un aumento en la jornada laboral: el número más alto de horas trabajadas por año se encuentra en Estados Unidos, con 1.991 para los trabajadores de producción en la manufactura, contra 1.945 en Japón, 1.902 en Gran Bretaña, 1.672 en Francia y 1.517 en Alemania.

La clase trabajadora no está desapareciendo ni se está aburguesando. No se está transformando en una capa privilegiada. No se está beneficiando del empobrecimiento de amplios sectores del tercer mundo, especialmente África. Está creciendo aunque a la vez está siendo reestructurada a nivel global.

La mayoría de la población del mundo todavía pertenece a otras clases subordinadas. En China, el subcontinente indio y gran parte de África, los campesinos superan numéricamente a los trabajadores. Hay casos en África y partes de América Latina de personas que intentan reestablecerse como pequeños campesinos porque no pueden encontrar trabajo en las ciudades. En algunas de las ciudades más grandes del mundo, los trabajadores permanentes son superados numéricamente por una población flotante de autoempleados, de desocupados y de los que tienen empleo casual y ocasional. En los países industriales avanzados todavía existe la vieja pequeña burguesía de los pequeños comerciantes, dueños de bares, pequeños empresarios y profesionales, y junto a ella una nueva clase media de gerentes.

Los trabajadores frecuentemente viven, trabajan y tienen familias ligadas a miembros de estas otras clases. Pueden estar influidos por su estado de ánimo, pero también pueden ejercer una influencia decisiva sobre el estado de ánimo de éstas, como vimos en el caso de los trabajadores textiles de Bombay.

Ciertas cuestiones alientan a estos distintos grupos a pelearse entre sí. Hay luchas comunitarias que unen a todos los que viven en ciertas localidades de clase más baja, independientemente de la forma en la que se ganan la vida. Pueden compartir la experiencia de tomar las calles y de enfrentarse juntos a los estratos más altos de la sociedad. En estas luchas parecen más adecuadas las nociones de “masa”, “pueblo”, “multitud” o las coaliciones arcoiris que la noción de clase. El ejemplo más reciente de estos ascensos de masas policlasistas fue la ola de cacerolazos de los barrios de la ciudad de Buenos Aires que barrió a los gobiernos de De La Rúa y Rodríguez Saá del poder en Argentina a finales de 2001, y las asambleas barriales que surgieron de ellos.

El mismo movimiento anticapitalista tiene algunas características similares. Su base inicial, como la del primer movimiento de finales de la década de 1960, no estaba compuesta de personas arraigadas en el proceso productivo: eran estudiantes, jóvenes sin empleo permanente, trabajadores que participaron de sus actividades como individuos sin ningún sentimiento claro de identidad de clase, profesionales… Como descripción de estos movimientos, el término “multitud” no es completamente equivocado. Una coalición de fuerzas dispares se ha unido para dar una nueva y masiva importancia a la lucha contra el sistema, tras dos décadas de derrota y desmoralización.

Pero la glorificación de la disparidad encarnada en el término evita que la gente vea lo que se debe hacer para construir el movimiento. No reconoce que lo que hizo tan importante las movilizaciones en Génova y Barcelona fue el hecho de que los trabajadores organizados comenzaron a involucrarse en las protestas. No identifica la deficiencia más importante del movimiento en Argentina hasta la fecha: la capacidad de las burocracias sindicales de levantar una pared entre los trabajadores ocupados por un lado y las asambleas barriales y los movimientos de desocupados por el otro.

El error es ver a los movimientos de grupos sociales dispares como “sujetos sociales” capaces de llevar adelante la transformación de la sociedad. No son capaces de esto. Debido a que no se basan en la organización colectiva arraigada en la producción, no pueden desafiar el control sobre la producción que es la clave del poder de la clase dominante. Pueden crear problemas a gobiernos particulares. Pero no pueden comenzar el proceso de reconstrucción de la sociedad desde abajo. Y en la práctica, los trabajadores que podrían comenzar a hacer esto juegan sólo un papel marginal dentro del movimiento. Hablar de “coaliciones arcoiris” o de “multitud” oculta la poca participación en el movimiento de los que trabajan durante largas jornadas en empleos manuales o rutinarios de cuello blanco (y con horas extras de trabajo no pagado de crianza de los niños). Subestima el grado en el que este movimiento sigue dominado por aquellos cuyas ocupaciones les dejan más tiempo libre y energías para ser activos. Las teorías de moda sobre la “sociedad postindustrial” se vuelven así una excusa para justificar una estrechez de miras y de acción que ignora a la gran mayoría de la clase trabajadora.

Lo que ha sido maravilloso en los últimos dos años y medio desde Seattle es la forma en la que una nueva generación de activistas se ha levantado para enfrentarse al sistema. Pero lo que cada vez importa más ahora es que esta generación encuentre las vías para relacionarse con la gran masa de trabajadores que sufren bajo el sistema pero que tienen también la fortaleza colectiva para combatirlo. Ésta es la lección de Génova. Ésta es la lección de Buenos Aires. Ésta es la lección ignorada por aquellos que dan una visión distorsionada de la realidad de la producción bajo el capitalismo actual, descartando a la clase cuya explotación mantiene funcionando al sistema.

domingo, 25 de agosto de 2013

Nosotros y ellos

Racismo, etnocentrismo, no son valores positivos en nuestra sociedad. Pero antes fueron  lo más natural. Indios, negros, no eran humanos en el mismo sentido que nosotros.
 
No ha sido así sólo en Occidente. Casi todas las culturas se tienen a sí mismas como modelos de “lo que debe ser”. En muchas el concepto de “humano” se restringe en exclusiva al grupo propio. La palabra bárbaro no denota a un ser superior, a pesar de que a veces digamos admirativamente ¡qué bárbaro!.
 
El pensamiento ilustrado y un mejor conocimiento van superando esta forma de ver a los otros. El humanismo blando y oficial mayoritario nos genera buena conciencia, sobre todo a quienes nos vemos más o menos confortablemente a salvo.
 
La ideología occidental es tolerante con los otros, sin considerarlos exactamente sus iguales. Porque ellos discriminan, son racistas, intolerantes, fanáticos, sectarios. Nosotros no, y por eso somos superiores.
 
Claro que en eso mismo se escudan los que entre nosotros (y cada vez es más dudoso que sean minoría) son discriminadores, racistas, intolerantes, fanáticos, sectarios. Lo son contra ellos porque sobre ellos proyectan sus propios temores, sentimientos, impulsos y pensamientos reprimidos.
 
Así, nosotros no somos racistas pero ellos sí, no los odiamos como ellos nos odian, ni somos fanáticos como ellos. Nosotros no somos peligrosos para ellos, pero ellos son un peligro para nosotros, así que: ¡a por ellos!

Así define la Wikipedia el mecanismo psicológico de la proyección:
La proyección es un mecanismo de defensa que opera en situaciones de conflicto emocional o amenaza de origen interno o externo, atribuyendo a otras personas u objetos los sentimientos, impulsos o pensamientos propios que resultan inaceptables para el sujeto. Se «proyectan» los sentimientos, pensamientos o deseos que no terminan de aceptarse como propios porque generan angustia o ansiedad, dirigiéndolos hacia algo o alguien y atribuyéndolos totalmente a este objeto externo. Por esta vía, la defensa psíquica logra poner estos contenidos amenazantes afuera. Aunque el término fue utilizado por Sigmund Freud a partir de 1895 para referirse específicamente a un mecanismo que observaba en las personalidades paranoides o en sujetos directamente paranoicos, las diversas escuelas psicoanalíticas han generalizado más tarde el concepto para designar una defensa primaria.[1] Como tal, se encuentra presente en todas las estructuras psíquicas (en la psicosis, la neurosis y la perversión). Por tanto, de manera atenuada, opera también en ciertas formas de pensamiento completamente normales de la vida cotidiana.
De un artículo de  Mike Marqusee en Red Pepper, hallado en Rebelión, son estos párrafos:
 
(…)
El discurso dominante -liberal y conservador- está impregnado de esta óptica habitual que asigna a “los otros” el lado oscuro de la sociedad (el odio, la violencia, la corrupción).
El racismo es flexible, elástico, desplaza sus objetivos y los motivos de queja. La línea entre nosotros y ellos se dibuja una y otra vez. Durante dicho proceso está aceptado que «ellos» es una fabricación, un fantasma, una proyección. Pero es verdad también que «nosotros» es el corazón de la supremacía blanca y occidental, un nosotros invocado alegre y rutinariamente en todo el discurso dominante.
(…)
El racismo no es un fallo de configuración. Es una ideología, una fabricación, un gigantesco edificio psicosocial que hay que demoler ladrillo a ladrillo. No es una enfermedad que pueda curarse caso por caso. La terapia debe ser colectiva, algún tipo de trauma que confronte, cuestione y altere lo que la gente tiene en la cabeza cuando dice «nosotros».

Como vivimos sometidos a un capitalismo global que reproduce todo tipo de jerarquías sociales, la conciencia antirracista no se consigue mediante una conversión: es una lucha continua, un proceso en el que hay que comprometerse conscientemente. No hay descanso porque la ideología contra la que luchamos no descansa nunca.
¡Claro que la línea entre ellos y nosotros se redibuja continuamente! Por eso, en la costa del sol, se distinguía, hace ya años, entre los “árabes”, ricos y aceptados, y los despreciados “moros”. Los mismos ya no eran los mismos. ¿Mantenemos hoy la misma visión que hace años de los europeos orientales? Ya no parecen formar parte de ningún «nosotros».

Este eficaz constructo es propio de las sociedades jerarquizadas. Cada escalón mira hacia abajo con la misma visión despectiva, y así el tinglado se mantiene. ¡Pobres pobres, que piensan como ricos!

Contaba el gran payaso Grock que los caracoles eran los animales más presuntuosos del mundo. Decía el caracol al toro: "nosotros, los animales con cuernos..."
 
 
Este es el artículo completo:
 

 

Nosotros y ellos
Mike Marqusee
 
 
Hace sólo un año los Juegos Olímpicos de Londres se recibieron como «un momento decisivo» para el nacimiento de una Gran Bretaña orgullosa de su multiculturalismo. Esa afirmación fue exagerada, pero ahora suena decididamente hueca -hasta peligrosamente indulgente- a la luz de acontecimientos recientes: el avance electoral del UKIP [Partido de la Independencia del Reino Unido], las crecientes amenazas de la EDL [Liga de Defensa Inglesa) y las agresiones de las que han sido víctimas los musulmanes y las mezquitas como consecuencia del asesinato de Lee Rigby [soldado del ejército británico] en el barrio de Woolwich.
 
El resurgimiento de la extrema derecha en Gran Bretaña y a lo largo de Europa plantea diversos desafíos a la izquierda. Pero hagamos lo que hagamos, hemos de reconocer que la extrema derecha refuerza -y se alimenta de- un fenómeno más difuso: el racismo, el chovinismo y la xenofobia inherentes al discurso dominante.
 
No es difícil encontrar el racismo en el discurso dominante. Sólo hay que ver las páginas del Daily Mail o del Daily Express -mucho más eficaces en transmitir la propaganda racista que la extrema derecha- o las series de televisión como Homeland o Argo (en las que, de acuerdo con los rancios estereotipos, los enemigos musulmanes de Occidente se retratan como implacables y brutalmente irracionales, a la vez que calculadores y embusteros). El racismo ha infectado también casi todas las principales instituciones de nuestra sociedad, desde el fútbol a la policía, las cárceles y las universidades de Oxford y Cambridge.
 
Lo supuestamente «indecible»
 
Los políticos de los tres principales partidos coquetean con el racismo. El truco reside en decir algo «indecible» pero que muchos tienen en la cabeza, como fue el caso de Jack Straw cuando habló de la niqab hace algunos años. Ahora Ed Miliband argumenta que el Partido Laborista no «escuchó» al «pueblo» con respecto a la «inmigración» (pongo las tres palabras entre comillas porque ninguna de ellas significa realmente lo que debería significar).
 
En estos momentos el centro político de este país parece adoptar la postura de que la extrema derecha expresa algún tipo de queja auténtica que los demás debemos escuchar. De esta manera el fundamento perverso del racismo se legitima y el verdadero mensaje de la extrema derecha no se cuestiona. Lo más espeluznante de los resultados electorales del UKIP fue lo rápido que obtuvo concesiones de Cameron y otros. Una vez más constatamos que el gran peligro de la extrema derecha es cómo arrastra el discurso político dominante hacia sus posturas.
 
Lejos de imponerse lo «políticamente correcto», los pensamientos supuestamente «indecibles» sobre el racismo son moneda común en todo tipo de conversaciones educadas, incluidos los medios de comunicación y los intelectuales. Nada de lo que pueda decir la EDL es más obsceno que las divagaciones de Martin Amis con respecto a la culpabilidad musulmana. Y fue evidente la maligna necedad de Tony Blair cuando declaró recientemente que de alguna manera, al fin y al cabo, el «islam» tiene sin duda la culpa.
 
En cuanto a la BBC, el corazón de la clase dirigente «liberal», ha legitimado tanto al UKIP como a la EDL, pero lo más importante es que es uno de los grandes propagadores de la cosmovisión «nosotros» contra «ellos». Su tratamiento estándar de la etnicidad, en casa y en el extranjero, encierra un comentario supraétnico -es decir liberal occidental y de hecho muy «inglés»- que se enfrenta a todo lo que esté fuera de su alcance privilegiado como “los otros”, es decir todo lo que «nosotros» no somos: tribales, fanáticos, sectarios, más allá de la razón y sobre todo de nuestra responsabilidad. El discurso dominante -liberal y conservador- está impregnado de esta óptica habitual que asigna a “los otros” el lado oscuro de la sociedad (el odio, la violencia, la corrupción).
 
El racismo es flexible, elástico, desplaza sus objetivos y los motivos de queja. La línea entre nosotros y ellos se dibuja una y otra vez. Durante dicho proceso está aceptado que «ellos» es una fabricación, un fantasma, una proyección. Pero es verdad también que «nosotros» es el corazón de la supremacía blanca y occidental, un nosotros invocado alegre y rutinariamente en todo el discurso dominante.
 
El contexto global del racismo

El racismo nacional tiene un contexto global. En la guerra contra el terror los musulmanes -y otros- se convierten en los representantes del enemigo exterior que convive con nosotros y es siempre sospechoso. Ante la deshumanización de las matanzas llevadas a cabo por los aviones no tripulados y la negativa a asumir responsabilidad de la muerte y destrucción a gran escala en Irak y otros lugares, el doble rasero de la conciencia racista es inconfundible, también al consentir que Narendra Modi -cómplice del pogromo contra los musulmanes de 2002 en Guyarat- sea el futuro primer ministro de la India y al conferirnos con toda naturalidad las prerrogativas que negamos a otros, lo que incluye la posesión y uso de armas de destrucción masiva. Reside en cada uso no ponderado del pronombre «nosotros» cuando se debaten las intervenciones en el extranjero.
 
En contra del cuento de la derecha, el pasado imperial de Gran Bretaña en general ni se examina ni se reconoce y por tanto sus conjeturas contribuyen a formar nuestro punto de vista sobre el presente. Vivimos todavía en un mundo modelado material e imaginativamente por la era del Nuevo Imperialismo, durante la cual un pequeño número de Estados europeos dominó las economías y las formas de gobierno de la mayor parte de la humanidad. Este tipo de episodios dejó marcados a los dos partidos. La supremacía blanca, el racismo y el nacionalismo xenófobo forman parte del patrimonio cultural occidental tanto como lo que se denomina libremente “los valores de la Ilustración”. Es un legado que debe desaprenderse sistemáticamente.
 
La respuesta racista al asesinato de Lee Rigby no fue automática ni natural. El racismo no es un fallo de configuración. Es una ideología, una fabricación, un gigantesco edificio psicosocial que hay que demoler ladrillo a ladrillo. No es una enfermedad que pueda curarse caso por caso. La terapia debe ser colectiva, algún tipo de trauma que confronte, cuestione y altere lo que la gente tiene en la cabeza cuando dice «nosotros».
 
Como vivimos sometidos a un capitalismo global que reproduce todo tipo de jerarquías sociales, la conciencia antirracista no se consigue mediante una conversión: es una lucha continua, un proceso en el que hay que comprometerse conscientemente. No hay descanso porque la ideología contra la que luchamos no descansa nunca.
 
Cabeza de turco

Un ejemplo de esto es que el multiculturalismo se ha convertido en cabeza de turco, declarado un fracaso por Merkel, Cameron y un ejército de expertos. Sin ningún fundamento es el origen de diversos fenómenos poco atractivos, desde el acoso sexual de muchachas por parte de hombres asiáticos a la supuesta autosegregación de las minorías. El hecho es que, como otros tormentos racistas, el multiculturalismo es en gran medida un fantasma. Las políticas generadas bajo aquella rúbrica fueron concesiones hechas en el pasado a consecuencia de las movilizaciones de las comunidades negra y asiática. Siempre hubo objeciones por parte de la izquierda al marco multicultural que conceptualizaba a las minorías como comunidades homogéneas con identidades culturales fijas.
 
Sin embargo la campaña de la derecha no trata de la teoría del multiculturalismo sino de su esencia; es decir de la existencia de personas a las que sentimos culturalmente ajenas. Las sociedades europeas modernas están y estarán compuestas de numerosas «culturas», de una abundancia de subculturas y contraculturas que se superponen y se entrecruzan. Negar o lamentar esta realidad es negar y lamentar la presencia de dichas personas a las que sentimos ajenas culturalmente. En este contexto las demandas de integración son demandas para adherirse a una norma cultural establecida por el grupo dominante. Es asombroso que algunas personas que presumen del legado de la Ilustración no consideren esto una tiranía.
 
Bajo el disfraz de una agresión contra el relativismo del multiculturalismo, lo que está ocurriendo es una reafirmación de la forma privilegiada de relativismo ético, la supuesta superioridad de la norma occidental. La forma más estridente y poderosa de la política de identidad en nuestra sociedad sigue siendo la identidad blanca u occidental: la identidad mayoritaria dominante a la que le gusta considerarse una minoría amenazada, bajo asedio en su propia tierra.
 
La respuesta a las deficiencias reales y no imaginadas del multiculturalismo no es un retroceso al eurocentrismo, a la cultura única o a la creación de una nueva síntesis cultural exhaustiva. Reside en la lucha política por la igualdad -no su mera representación- y el ejercicio de una solidaridad que va más allá de la cultura. El multiculturalismo al estilo olímpico no sirve de nada. El único antídoto contra la cultura del racismo es cultivar la resistencia.

lunes, 12 de agosto de 2013

La detención de un barco norcoreano en el Canal de Panamá

La detención de un barco norcoreano en el Canal de Panamá con armas cubanas a bordo, las declaraciones de gobierno cubano y la teoría de Wallerstein sobre el sistema-mundo moderno

Título un poco largo de un artículo publicado por Rodolfo Crespo en Rebelión.

En la línea de mi propio pensamiento, quiero recalcar la idea que me parece más decisiva para la conducta de cada cual, una vez comprendida la situación actual del "sistema mundo".



(...)
Cuando un sistema goza de una vida pletórica, es saludable y funciona “normalmente” el mismo cuenta con mecanismos que tratan de restaurar (y de hecho lo logran) el equilibrio que sus contradicciones internas van alterando, y poco se puede hacer contra él, por muy voluntariosas y fuertes que sean las acciones; en esta situación las fluctuaciones que se producen en sus seno por grandes que sean “tienen efectos relativamente menores… Es por eso que a largo plazo las revoluciones francesa y rusa podrían percibirse como ‘fracasos’. Ciertamente lograron menos en cuanto a transformación social de lo que sus partidarios esperaban. Pero cuando los sistemas se alejan mucho del equilibrio, cuando se bifurcan, las pequeñas fluctuaciones pueden tener efectos serios. Ésta es una de las razones principales por las que el resultado es tan impredecible. No podemos siquiera imaginar la multitud de pequeños detalles que tendrían un impacto crucial.”

“...traduzco este marco conceptual al lenguaje antiguo de la filosofía griega. Opino que cuando los sistemas funcionan normalmente el determinismo estructural pesa más que el libre albedrío individual y colectivo. Pero en tiempos de crisis y transición el factor libre albedrío se vuelve fundamental…”.

Es por ello que podemos decir, con más o menos categorismo, que estamos entrando (estamos ya) en una época auténticamente revolucionaria, que la “locomotora de la historia” de la que hablaba Marx, al referirse a las revoluciones, ha echado a andar y que, como decía Fidel Castro y Che inmortalizaría con su inconfundible timbre de voz “su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia por la que ya han muerto más de una vez inútilmente”.

A lo dicho sólo resta hacer una advertencia, esa nueva sociedad libre y fraterna, esa “verdadera independencia” de la que hablaba el comandante Guevara, no está escrita en el muro, las situaciones caóticas producen por sí solas nuevos sistemas ordenados, pero eso no garantiza que el nuevo sistema que sustituya al capitalismo sea mejor, “en situaciones caóticas derivadas de una bifurcación el resultado es inherentemente impredecible. No sabemos, no podemos saber, como terminará todo esto. Lo que sí sabemos es que el sistema presente no puede sobrevivir como tal”, lo que sí podemos aseverar es que el nuevo tipo de sistema que se instaure dependerá de nosotros, de lo que seamos capaces de obtener, y eso tiene mucho que ver con la estrategia que elijamos.”
(...)