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miércoles, 1 de julio de 2026

El espanto, de Venezuela a Gaza

Muchas veces despierto en mitad de la noche de sueños que intento en vano retener. Ese hilo que se ha roto no me inquieta, en seguida vuelvo a dormir.

Pero desde hace varias noches una escena me desvela. Un grito desesperado llega de abajo. Pide ayuda, separado de mí por toneladas de hormigón. De no llegar será lenta la muerte, espantosa la agonía. Si calla agotado puede que la ayuda pase de largo.

Este tiempo de insomnio se me antoja una eternidad, pero en algún momento volveré a dormirme y tardaré en despertar. Lo que luego sueñe tampoco dejará rastro.

Mis horas de obsesión nocturna no son comparables a las horas de espera que supondrán una muerte segura si la ayuda no llega. La voz desesperada ya solo pide agua. Buscar supervivientes contra reloj requiere maquinaria pesada y equipos muy preparados, y como no llega a todos surge la rabia, la protesta, culpar de la imprevisión al gobierno, pese a tratarse de un fenómeno natural, difícilmente previsible, que no se había producido en cien años. A pesar, también de que muchas deficiencias son debidas a la precariedad económica provocada desde fuera, porque el sufrimiento de los pueblos siempre ha sido eficaz arma de guerra.

Decenas de miles de personas pueden sufrir la muerte, lenta y horrible, sepultadas bajo toneladas de hormigón. La ayuda, siempre insuficiente, va llegando de todas partes. Se cuentan por miles los muertos constatados, pero hay posiblemente decenas de miles de los que no se sabe nada.

Una mujer observa un edificio afectado 

En Venezuela el seísmo ha derribado cientos de edificios, algunos de forma inevitable, por estar en pleno epicentro; otros porque la norma antisísmica, siempre basada en la experiencia anterior, no pudo prever el riesgo; otros, por defectos constructivos debidos al afán de lucro, que en el negocio de la construcción llegar a ser criminal...

Entonces me acuerdo de Gaza.

Gaza es hoy uno de los lugares más devastados del planeta: más del 80 % de sus edificios han sido dañados o destruidos.












Aquí no se trata de un fenómeno natural, aquí, donde los muertos registrados son decenas de miles, ¿a cuánto ascenderá la cifra de los no registrados? La ayuda internacional no llega, no hay excavadoras para retirar los escombros. ¿Se volverá también la rabia contra los gobernantes, para regocijo de los perpetradores?

Por acción u omisión, por consentimiento o por "mirar para otro lado", una mayoría del pueblo israelí es culpable en distinta medida de este crimen. Pero por encima de todos ellos hay poderes mucho más culpables.

A la sombra del imperio americano están los perpetradores de esta y otras muchas atrocidades impunes. Así evalúa la revista médica The Lancet las muertes provocadas en cincuenta años (y ya van cinco años más...) bajo el paraguas de esa oligarquía plutocrática.

Lo recoge en este vídeo el profesor de relaciones internacionales John Mearsheimer:

Estados Unidos: 38 millones de muertos y todavía hablan de “defender la democracia”.

El profesor de relaciones internacionales John Mearsheimer criticó duramente la política exterior de Estados Unidos y citó un informe de la revista médica The Lancet que señala que las sanciones y guerras impulsadas por Washington provocaron la muerte de alrededor de 38 millones de personas entre 1971 y 2021.

Mientras en los medios occidentales se habla de “derechos humanos” y “orden internacional”, las cifras muestran otra cosa: intervenciones, bloqueos económicos, guerras por recursos y millones de víctimas en todo el mundo.

Después pretenden dar lecciones de democracia, paz y libertad.

miércoles, 3 de junio de 2026

IGNORANCIA, con mayúsculas

Se ha comparado el conocimiento con una esfera. Dentro estaría lo conocido, fuera todo lo que no sabemos. Según va la esfera engullendo saber va aumentando la superficie que separa el saber del no saber. Cuanto más aprendemos somos más conscientes de lo mucho que no sabemos y de que ni siquiera sospechamos la posible existencia de tantas cosas desconocidas. Quienes inventaron la palabra "filosofía" eran conscientes de esto y evitaron considerarse "sabios".

Pero todos sabemos de algunas cosas, y como unos saben más que otros de ciertas materias, los más ignorantes tendemos a magnificar el conocimiento de los "expertos" y les atribuimos un conocimiento del que suelen alardear, como una barrera que nos separa de ellos. Así, la ignorancia se distribuye por capas, y especialmente por capas sociales. El dirigente sabe cosas que ignora el dirigido, pero también ignora muchas que conoce el subordinado.

No se me había ocurrido que se podía saber tanto sobre el no saber hasta que cayó en mis manos este libro del historiador Peter Burke. La ignorancia está generosamente distribuida en todos los grupos sociales, y es asombrosa la que pueden tener las élites, cuando toman tantas decisiones que conducen al desastre. La Historia abunda en ejemplos que ignoran los que tantas veces la perpetran. Los sesgos ideológicos de tantas decisiones proceden del conocimiento defectuoso sobre las causas y consecuencias de las acciones. Dejo al final un vídeo que anticipa los peligros de este conocimiento parcial y defectuoso.

Hay límites insuperables para el conocimiento. La sobreinformación, en un tiempo y un espacio limitados, hace que saber más obligue a olvidar, a abandonar conocimientos anteriores. ¡En la biblioteca de Babel no cabe todo!

En todo caso, la peor ignorancia es la de la experiencia histórica. Peligrosísimo es que tantos ignorantes nos gobiernen, y que su propia ignorancia los lleve a tomar decisiones audaces y desastrosas.

Ignorancia invencible, ignorancia culpable, ignorancia fomentada, ignorancia fingida... Son muchos los aspectos que analiza este historiador de la cultura. La reseña que sigue, de Jorge Bolívar, es una buena síntesis de su contenido.

P. Burke. Ignorancia. Una historia global.

Madrid: Alianza Ensayo, 2023

Puede parecer una paradoja que, tras una larga carrera dedicada al estudio histórico del conocimiento y su difusión, Peter Burke (Stanmore, Reino Unido, 1937) haya dedicado su ensayo más reciente al papel de la ignorancia en las sociedades humanas. Pero como el mismo autor explica en el prefacio, se trata de un devenir lógico: al explorar la sabiduría se expone la amplitud de lo que no se sabe, de la nesciencia, y se visualiza el fenómeno de la ignorancia como motor de la historia. Señala Burke que el análisis del conocimiento quedaría incompleto sin un examen de lo que se ignora, una conclusión derivada de su larga trayectoria como investigador. No hay que olvidar que Burke publicó su Historia social del conocimiento: de Gutenberg a Diderot, y la segunda parte, Historia social del conocimiento: de la enciclopedia a Wikipedia, hace ya 23 y 13 años respectivamente, y que El polímata, su obra sobre los sabios multidisciplinares, data de hace solo tres años (1). Desde entonces el interés por la ausencia del conocimiento, como antítesis del conocimiento mismo, ha ido escalando en la labor académica de Burke. Por ejemplo, como antecedente del libro que ahora reseñamos se encuentra sin duda el seminario que impartió en 2021 en el Lund Centre for the History of Knowledge en la universidad sueca de Lund, junto a otro interesado en el estudio de la ignorancia, Lukas M. Verburgt. Existen además dos recientes artículos de Burke dedicados a la importancia de la ignorancia: «Introduction: Histories of Ignorance» en el Journal for the History of Knowledge, de 2021, y «History of Ignorance: a 21st Century Project», en la revista Physis del año 2022 (pp. 155-170). El paulatino interés de Burke en el papel histórico de la ignorancia no debe, pues, encontrarnos desprevenidos.

La primera precisión de Burke es que no hay una clase de ignorancia, sino que se trata de un concepto plural. Está la ignorancia de simplemente no saber que no se sabe, junto a la ignorancia de saber que no se sabe y la ignorancia del no querer saber. Cada uno de estos tipos tiene su propia casuística y sus consecuencias. El no saber que no se sabe es la ignorancia profunda, «la falta de conocimiento de la existencia de ciertos temas, incluyendo la carencia de los conceptos necesarios para plantear estas preguntas» (p. 28). El saber que no se sabe supone un grado inferior de ignorancia, pues, afirma Burke, el sujeto es consciente de su falta de información: la ciencia, por ejemplo, ha avanzado gracias a buscar respuestas a los ignotos que se percibían como tales. Este segundo tipo de ignorancia, si va acompañada de la curiosidad, resulta en un motor positivo para la historia, «el esfuerzo por rellenar las nieblas conscientes del conocimiento» (p. 122). El tercer tipo de ignorancia especificado por Burke es el más presente, señala, en la actualidad: no querer saber, o rechazar aquello que puede saberse, pero se contrapone a nuestros valores o creencias. El autor no culpa a cada individuo de esta última actitud: en un mundo de sobreinformación como el siglo XXI resulta complejo seleccionar qué fuentes son fiables o no. Cerrar los ojos a la realidad que no se adecua a nuestros esquemas mentales es hoy más fácil que nunca, pues gracias a la enorme difusión de las nuevas tecnologías comunicativas siempre se pueden encontrar argumentos dialécticos que reafirmen nuestra ignorancia. La extensión actual de las fake news, sobre las que Burke precisa que no se trata de un fenómeno nuevo sino de gran tradición histórica en la comunicación social, se debe precisamente a la sobredosis de información y a la ausencia de una capacidad crítica individual («fallo de filtrado», p. 19). Como señala el autor, una extrema certeza también lleva a la ignorancia, y la posverdad se arma con estos elementos: «La humanidad como un todo es más sabia que nunca, pero la mayoría de los individuos saben poco más de lo que sabían sus antepasados» (p. 63).

Tras la presentación del tema (y su confesión de las dudas que le acarrea, pues un libro sobre la ignorancia, dice, bien podría tener las páginas en blanco), Burke ha elegido dividir el ensayo en dos partes, una primera sobre los mecanismos de implantación de la ignorancia en la sociedad, y otra sobre las consecuencias del fenómeno. Con una erudición asequible únicamente a un académico de tan larga carrera, el autor señala que la extensión de la ignorancia no es siempre responsabilidad de alguien, pues obstáculos naturales, físicos o cognitivos eximen a la humanidad de alcanzar ciertos grados de conocimiento; e incluso, señala, cualquier sabiduría nueva supone la exclusión de saberes más antiguos. Pero también explica las «ventajas» de la ignorancia, entendida como medio de poder. En concreto, Burke especifica tres áreas donde la ignorancia ha sido especialmente útil para el control social: la religión, la ciencia y la geografía. En la segunda parte, dedicada a las consecuencias de la nesciencia, profundiza aún más, y añade la supremacía racial, el machismo al mantener a la mujer en el desconocimiento y la estratificación por clases, al conjunto de actitudes de poder que han favorecido la escasa extensión de la sabiduría. El factor de crítica histórica añade una dimensión más al libro, pues la ignorancia se muestra como una herramienta útil que ha cumplido un papel esencial en el mantenimiento de estructuras sociales dominadas por élites.

El autor muestra una larga lista de ejemplos en cada una de las dos partes del volumen, en un ejercicio que demuestra su enorme bagaje cultural. Sin embargo, dentro de un ensayo dotado de gran consistencia, la enumeración continua de casos concretos sin profundizar en ninguno se muestra como la parte menos sólida. Hubiéramos agradecido que algunos de los ejemplos citados como consecuencias históricas de la ignorancia dispusiesen de un análisis más pormenorizado, aun a costa de citar menos casos. Sin embargo, esta orientación hace que el libro ofrezca dos niveles de lectura: uno adecuado para el mundo académico, pues lo que Burke intenta es abrir el camino a un nuevo campo de investigación, el papel social de la nesciencia, y otro para el lector ocasional y no especializado, que disfrutará de las anécdotas y casos concretos expuestos por el autor. Esto hace que el libro sea atractivo como lectura para el público general, lo cual no es un mérito menor al plantear de manera didáctica y accesible un tema tan árido como el estudio histórico del no-saber.

En teoría social de la comunicación, las implicaciones del libro que reseñamos son enormes por cuanto supone introducir un elemento disruptivo en la cadena Emisor → Mensaje → Receptor: la capacidad o voluntad del receptor de comprender el mensaje en el sentido que el emisor desea. La historia cultural, de la que este autor es uno de los grandes representantes, ya ha añadido numerosos factores de distorsión en la comunicación social que antes no se tenían en cuenta. Ahora Burke incorpora la ignorancia a esta lista de condicionantes. La situación personal del individuo se consagra como clave para el exitoso cumplimiento del proceso comunicativo. Si el receptor carece de la información previa necesaria para comprender la nueva información, el mensaje no tendrá utilidad pues no alcanzará su meta comunicativa; del mismo modo, aunque el receptor disponga de la competencia simbólica precisa para comprender, sus creencias, convicciones e ideología condicionarán su nivel de aceptación del mensaje, que puede ir de la credulidad acrítica a la recepción efectiva o al rechazo del contenido. Las condiciones individuales del receptor, pues, resultan esenciales en la difusión social de información y, como Burke señala, no podemos obviar que el grado de ignorancia, voluntaria o no (el «no saber que no se sabe» o el «no querer saber»), es un elemento a tener en cuenta. El receptor ha dejado de ser un sujeto pasivo para pasar a componente activo en el proceso de transmisión colectiva de mensajes. La ignorancia como herramienta del poder también entra en juego, tanto en la limitación del contenido de los mensajes como en la eliminación directa de los mismos mediante la censura o el secreto. Burke ofrece en este libro una montaña de ejemplos que fortalecen tales posiciones.

Si la primera parte del libro ahonda en lo que, también paradójicamente, podríamos llamar epistemología de la ignorancia, la segunda parte se centra en las consecuencias de la nesciencia. Más concretamente, en la ignorancia del poder y de las élites, las que tienen la capacidad de ejecutar acciones sociales decisivas. El acceso al conocimiento por parte de las élites les asegura determinado grado de control, pero no el acierto. Ya sea porque la información se pierde en la cadena de gobierno (por ejemplo, en el caso de las erróneas decisiones de Hitler en la invasión de la Unión Soviética, donde manejaba divisiones que ya habían sido destruidas), o porque el sesgo emocional del gobernante impide una correcta evaluación de la información (un caso que cita Burke es la colonización británica de la India, donde los prejuicios raciales impidieron una valoración real de la situación), o bien simplemente por ignorancia de primer grado («no saber que no se sabe», como en el ejemplo de la conducta del Antiguo Régimen justo antes de la Revolución francesa), la ignorancia se convierte en un motor decisivo del devenir histórico, iluminando por qué se tomaron decisiones que sin tener en cuenta este elemento serían inexplicables. En este sentido, y de forma elegante, Burke nos recuerda que estudiar la historia es el mejor instrumento para no repetir errores anteriores. El desconocimiento global del pasado empuja a reproducir actitudes irresponsables y a reincidir en equívocos catastróficos. Es destacable que el autor incluya a la política española reciente en estos casos de amnesia histórica que llevan a la ignorancia y a la toma de decisiones erróneas: según él, el olvido de lo que ocurrió en la Guerra Civil, la dictadura franquista y la posterior transición está llevando a nuestro país a la fractura social. La unión de las fuerzas políticas y sindicales en un objetivo común fue entonces decisiva para una consecución exitosa del edificio democrático; pero la amnesia (un proceso de ignorancia sobrevenida) y el progresivo desconocimiento de esa etapa histórica en las generaciones más jóvenes, e incluso entre las élites políticas, están llevando, según Burke, a una debilitación sociopolítica de nuestro entorno nacional. «Ahora que prácticamente nadie recuerda la Guerra Civil, la democracia española parece cada vez más frágil» (p. 365).

Esta idea de Burke de la retroalimentación de la ignorancia, que de instrumento de control social llega a mutar en una trampa para las propias élites que gestionan el conocimiento, resulta sumamente interesante al elevar la nesciencia a factor clave de las dinámicas históricas. Lo que entendemos por racionalidad supone la toma de decisiones lógicas basadas en una información correctamente analizada; pero si la información es incorrecta o el análisis se halla mediatizado por elementos como los prejuicios, la soberbia o un nuevo tipo de ignorancia (la de «no saber que se sabe», es decir, ignorar el conocimiento que sí poseemos), las decisiones serán irracionales, y por tanto no correspondientes a lo que esperaríamos de un proceso histórico dirigido por seres humanos poderosos sin esta clase de interferencias. La ignorancia (o «las ignorancias», como prefiere enunciar Burke) aparece así como un actor histórico de primer orden que explica caminos erróneos y en muchas ocasiones de consecuencias mortíferas. En esta línea, la reflexión de Burke lleva a plantearnos la confusión del actual momento histórico, donde la ignorancia ya no proviene de la falta de información, sino de su exceso y de la resistencia de la población de acceder a tal cantidad de información en su conjunto. La sobredosis de información de nuestros días configura una burbuja de ignorancia incluso entre los individuos considerados cultos («expertos en un campo pero ignorantes de todo lo demás», p. 282) y no digamos ya entre la población de bajo o medio nivel educativo, donde priman las opiniones sobre la adquisición de conocimientos. En este sentido, la información está más disponible que nunca gracias a las nuevas tecnologías y a la apertura social del papel del emisor. Hoy todos podemos ser emisores y con una capacidad históricamente inédita de difusión de nuestros mensajes, pero el acceso a toda esa información se ve relegado simplemente por la necesidad del receptor de elegir sus fuentes en el maremágnum de conocimiento disponible. La mayoría de este conocimiento es lo que Burke llama «material redundante» que, razona, «ahoga la información relevante» (p. 244).

Una historia de la ignorancia escrita de forma tan erudita no es la única paradoja del libro, que está muy lejos de la otra opción, la de escribir sobre la ignorancia con hojas en blanco. Al contrario, Peter Burke elige el camino de azotar la selva de la historia con un machete argumental que permita abrir claros en la confusión actual, y que puede llevarnos también a una interpretación nueva de los procesos sociales que tengan en cuenta el factor del ignorante, sea gobernante o gobernado. Este ensayo consolida la historiografía de la ignorancia y, como el propio autor pide, augura una profundización en un campo de estudios académicos hasta ahora poco transitado.

________________________

Notas

(1) 

Peter Burke, Historia social del conocimiento: de Gutenberg a Diderot, Paidós Ibérica, 2002.

Peter Burke, Historia social del conocimiento: de la enciclopedia a Wikipedia, Paidós, 2012.

Peter Burke, El polímata, Alianza Editorial, 2022.

martes, 12 de mayo de 2026

El cante y sus primeras grabaciones

La pasada semana, desde Écija, su pueblo y el mío, hablaba en el programa de RTVE nuestro flamenco el musicólogo José Manuel López Gutiérrez, "Chemi López", que acaba de publicar el libro El Cante después del cante. La era acústica, 1878-1926. El autor es también un activo editor musical a través de la marca La Droguería Music.


















Me intrigó el tiempo histórico elegido. Es anterior a la utilización de medios electrónicos, de ahí el nombre de "era acústica": las vibraciones de la voz y el instrumento se transmitían mecánicamente a unos cilindros de cera, situándose cantante y guitarrista muy cerca de una campana que las recogía.

Como resultado, las condiciones de la grabación eran muy diferentes de las de los cafés cantantes de la época, así que lo que conservamos no es exactamente lo que escuchaban los asistentes al espectáculo. Pero esta versión grabada en condiciones poco naturales es sin embargo la que influyó en el cante que se hizo después.

La Historia humana más fiel comienza con la escritura; lo anterior es incierta Prehistoria, reconstruida y poco precisa. Lo mismo pasa con la música. Si la música culta quedó fijada con el pentagrama, de la evolución de la música popular sabemos mucho menos. Cada generación aprendía de la anterior, y los únicos testimonios directos del flamenco proceden de esta "era acústica".

La comparación con el folklore actual de otras culturas que pudieran influir en el cante andaluz permite hacer conjeturas sobre sus formas previas. También hay ecos de formas populares en la música culta escrita. Pero la influencia directa superior a una generación comienza con estas primeras grabaciones. A partir de ellas empieza para nosotros la Historia del Flamenco, que hoy abarca al menos cuatro generaciones.

En su evolución, por lo tanto, ha influido mucho este conocimiento. A lo largo del siglo XX se consolida un arte que, lejos de lo que imaginaban los organizadores del concurso de Cante Jondo de Granada de 1922, no era un objeto puro y consolidado, ajeno al folklore tradicional, sino un arte mestizo, que en expresión de mi paisano, que no había oído desde hace tiempo, estaba todavía "entenguerengue".

La relación dialéctica entre el observador y lo observado no solo se da en la Física, donde a partir de ciertas escalas cobra mucha importancia. También en las ciencias sociales la presencia del observador influye en el comportamiento de los sujetos y en la interpretación que hacemos del mismo.

De manera que, aunque no sepamos como sería el cante si no conociéramos su evolución reciente, podemos suponer que no sería el mismo. Es mucho lo que han podido estudiar a fondo cantaores y guitarristas a fuerza de oír y comparar una y otra vez las grabaciones que se han sucedido a lo largo de un siglo y medio. El gusto en continua evolución hace fluctuar el aprecio a lo largo del tiempo de las formas que se han conservado, desde los cilindros de cera y los discos de pizarra al microsurco, la cinta magnetofónica, el disco compacto, y más allá...

Aprecio y menosprecio se suceden, pese al prestigio legendario de algunos precursores. Tal vez si apareciese hoy una grabación de Silverio nos decepcionaría. ¿O quizá no...? ¿Por qué será que a veces prefiero alguna interpretación posterior de la malagueña de Chacón o de la rondeña de Montoya?

Del programa radiofónico mentado dejo aquí el minutado, aunque os recomiendo la audición entera:

Guitarristas:

03:16, Miguel Borrull, variaciones de granaína

06:51, Luis Yance, zambra gitana

10:48, Ramón Montoya, rondeña

Cantaores:

15:20, Antonio Pozo, "El Mochuelo", petenera

24:44, Paca Aguilera, guajira

34:35, María Valencia, "La Serrana", seguiriya

36:52, D. Antonio Chacón, malagueña

45:10, Cayetano Muriel, "Niño de Cabra", cartagenera

53:53, Pastora Pavón, "Niña de los Peines", soleares

Aquí va otra entrevista en que Chemi señala otra variable que experimentamos todos: oír la propia voz nos hacer sentirla extraña e intentamos modificarla. Surge esa posibilidad con la era acústica; antes nadie podía ser consciente de que los demás no nos oyen como nos oímos "desde dentro".

Se cierra la entrevista con esta soleá. Canta Luis Moneo:

¡Mal fin tengas! ¿qué me has dao
pa que yo tanto te quiera,
que me has hecho aborrecer
a quien quería de veras?

martes, 10 de febrero de 2026

De Groenlandia a Canarias

La Europa que de Gaulle soñaba unida "del Atlántico a los Urales" no pudo ser. La creación de la OTAN, siempre dependiente del dominio aplastante de Estados Unidos, sometió a los países de Europa Occidental a los designios imperiales. El "peligro soviético" fue la excusa, pero una vez creada esta gigantesca estructura militar era ingenuo pensar que, desaparecida la URSS, iba a disolverse junto al Pacto de Varsovia. Antes al contrario, se tragó a la mayor parte de los miembros del equipo contrario, pese a promesas verbales de mutuo desmantelamiento. Verbales, sí, pero ¿acaso no habrían roto igualmente un tratado formal?

A esta estructura militar se habían sometido los países que fueron configurando la Union Europea, confiando en el paraguas de la gran potencia. Gran potencia hegemónica dentro de una alianza hegemónica. El objetivo compartido que garantizaba su cohesión era la defensa del capitalismo occidental más allá de cualquier límite geográfico.

En su versión actual neoliberal, el proteccionismo arancelario dio paso a la libre circulación de capitales hacia lugares donde podía obtener mayores beneficios, superando barreras arancelarias. Pero con ello los países hegemónicos vieron marchar su industria hacia el "tercer mundo" (llamado así aunque ya no hay segundo). El dominio financiero condujo a la pérdida progresiva del dominio industrial y tecnocientífico, socavando su propia base. Y resurge el proteccionismo justamente en el país más poderoso, confiado en su fuerza, que sigue siendo, sobre todo, militar.

La irrupción del magnate de Mar-a-Lago no hace más que acelerar un proceso de enfrentamiento entre potencias que ven disminuir su poder económico (a causa del movimiento de capitales que sus dueños financieros impulsaron). El imprevisible jugador de póquer, maestro del regateo y el farol, produce con sus cambios de humor incertidumbre en la Unión Europea, a la que declara enfáticamente como enemiga. Los países de esta orilla buscan a toda prisa nuevas alianzas económicas para hacer frente a los temidos aranceles, que cambia de un día para otro.

Pretende apoderarse de las riquezas de América con amenazas y agresiones, pero para explotar Groenlandia no necesitaba el gesto megalómano de hacerse con ella "por las buenas o por las malas". Con esto ataca sin necesidad a un país de la UE que sin embargo no puede zafarse de la OTAN. La unidad de Europa es frágil, y se sostiene mejor sometida que independiente. Por eso no es fácil que la gran alianza se escinda aunque se ponga en cuestión la soberanía de los europeos.

Groenlandia cobra importancia cuando el Ártico se está convirtiendo en vía de comunicación y sus recursos se vuelven más fáciles de explotar. Trump tiene un motivo geoestratégico para hacerse con ella, pues pasa de barrera helada a frontera caliente frente a Eurasia.

Groenlandia no es tan enorme










No es Groenlandia tan grande como parece. Tampoco es tan extensa la costa siberiana como la vemos en la habitual proyección de Mercator. Un Ártico descongelado y empequeñecido por la nueva perspectiva pasa a ser el menor de los tres océanos que convierten a los "Grandes Estados Unidos" en una isla. Hasta ahora también eran virtualmente una isla: dos océanos los protegen por el este y el oeste (al norte y al sur no tienen enemigos preocupantes). Ahora descubren enemigos potenciales a su nuevo norte.

Estados Unidos, que ya se enfrenta a Rusia en Alaska, tiene a Noruega frente a "su" Groenlandia. Si en algún momento se deshace la OTAN, ¿por qué no considerar que Islandia o Noruega puedan amenazar a un Imperio que iría desde Canadá a la Tierra del Fuego?

Estas ensoñaciones han conformado siempre la obsesión expansionista de los imperios. Ahora mismo otras dos visiones imperiales amenazan a sus vecinos: el "Gran Israel" y el "Gran Marruecos".

No por casualidad estos tres aspirantes a la expansión están hoy alineados estratégicamente. Israel es el aliado indispensable en Oriente Próximo, Marruecos lo es para desembarcar en África.

Europa, si es que esta entelequia mercantil no se desmorona en una confrontación interna que viene de siglos y está hoy larvada, tendría también amenazas por el este, por el oeste... y por el sur. La Internacional Fascista, que funciona muy unida con el propósito paradójico de propiciar futuros enfrentamientos entre sus actuales miembros, puede debilitar aún más a la UE.

El chantaje permanente de la monarquía alauita ya ha doblegado a nuestro presidente, que abandona al pueblo saharaui en tan malas manos. Pero esta presión cuenta con dos objetivos más, y no dejará de utilizarlos. Además de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, no será de extrañar que también ponga los ojos en Canarias.

Al tiempo. Si el "lazo transatlántico" se rompe, ¿qué mejor aliado que Marruecos, tanto para presionar a Europa como para desembarcar en África? ¿Qué mejor plataforma militar que una base en el archipiélago?

Dinamarca o Islandia enfrentan la amenaza por el oeste, España tiene al sur el potencial enemigo.

Nos presentan la "amenaza rusa" como única. Argumentación falaz. Los gastos militares de Europa Occidental triplican a los de Rusia. Su población es también tres veces superior. A su vez, los gastos europeos son inferiores a los de Estados Unidos, que encima quiere hacer caja alimentando su industria bélica a costa de nuestro mermado y cacareado "estado de bienestar".

Geoestrategia a largo plazo, me diréis. ¿O no tan largo, vista la prisa del okupante actual de una Casa no tan Blanca?

Polo Norte Magnético, Geomagnético y Geográfico





























viernes, 31 de octubre de 2025

¿Por qué El Capital es un libro inconcluso? (y VII)

He aquí el anexo prometido en la última entrega. Evidentemente se trata de un rudimentario apunte en el que la premura no da lugar a la completa traducción y produce una extraña mezcla idiomática. Espero que pese a ello resulte inteligible. No creo necesario aclarar que los subrayados, como de costumbre, son míos.

Podolinski trataba de deslindar qué fracción del gasto energético humano correspondía estrictamente a la actividad laboral, cuantificando ese gasto en el trabajo industrial en comparación con el de los primitivos cazadores-recolectores, dedicado estrictamente a recuperar la energía perdida. 

Marx lo entendió siempre así, desde el punto en que la plusvalía, como creación de valor, es el excedente que añade el trabajador por encima de su propio gasto energético. Es interesante separar el "valor" de otros elementos que intervienen en el trabajo humano. Esto era muy importante, dado que hay otras fuentes de riqueza, y eso ya lo había puntualizado categóricamente Marx. Atendamos a estas dos frases del apunte:

«Una cierta cantidad de la energía imprescindible para la satisfacción de nuestras necesidades está dada gratis por la naturaleza, p. ej., el oxígeno en el aire. Todo lo demás debe ser conseguido por el trabajo, particularmente por el trabajo muscular»
«Valor sólo puede emplearse propiamente para la fuerza de trabajo»

En esto abunda David Harvey en su artículo «El rechazo de Marx a la teoría laboral del valor», del que tomo un esquema con las complejas relaciones que intervienen en el ciclo de la producción y el consumo.

En la intrincada maraña de entradas y salidas destacan estos elementos:

  • Producción, reproducción y destrucción de la naturaleza y la cultura humana
  • Producción, reproducción y destrucción del espacio, del lugar y de la naturaleza 
  • Dones gratuitos de la naturaleza
  • Dones gratuitos de la naturaleza humana 
  • Demanda efectiva del consumidor
  • Demanda efectiva del productor





Anexo

Karl Marx, Extractos de Le Travail humain et la Conservation de l’Energie, par S. Podolinsky

Traducción del alemán al castellano de Manuel Monleón, conservando los textos en francés e italiano del propio Marx, a partir de la reciente publicación online de la MEGA original:

https://megadigital.bbaw.de/exzerpte/detail.xql?id=M7705146#outline-3

1) La energía total del universo una magnitud constante. Muy diferente, por contra, los quanta de energía en las diferentes partes del universo, p. ej., la de los soleils, que mandan a otros corps (planetas, satélites, etc.) a través del espace interstellaire diferentes espèces de forces physiques bajo aspects de rayons lumineux, calorifiques, chimiques etc.

Este échange de forces entre los endroits que tienen más y los que tienen menos ha de conducir finalmente à un équilibre universel d’énergieEn la tendencia de la quantité d’énergie a alcanzar el equilibrio en el universo entero todas las transformaciones que atraviesan estas forces physiques están acompañadas por una tendencia general de determinadas species de forces physiques a adoptar una forma diferente de la que tienen, y es la forma de calor, uniformement repartie dans l’univers (!?), la que todas las clases de phys forces adoptan al menos parcialmente, en el cours de chaque transformationesta forma —el calor— es la más estable, la que más difícilmente se transforma, mientras que las otras formas de la energía —luz, electricidad, afinidad química etc.— adquieren, en el curso de sus transformaciones, las más de las veces l’aspect définitif de la chaleurDe esta manera la energía del universo se transforma continuamente, dejando las formas menos estables para adoptar otras más estables; consecuentemente, la facilidad de transformations ultérieurs tiende a disminuir continuamente. Finalmente ha de adoptar la energía total del universo una forma que es incapaz de transformaciones ulteriores, y ésta consistiría en un cierto grado de calentamiento uniformemente distribuido en el universo entero; entonces ex con cualquier forma de movimiento mecánico sensible y consecuentemente con cualquier clase de fenómenos vitales, ya que la diferencia de temperaturas es absolutamente necesaria para operar la transformación de calor en cualquier otra forma de forces physiques. Esta tendencia a un equilibrio general—dispersión de la énergie o, según Clausius: entropía.

Por ello sus dos principles: l’énergie de l’universest constante. L’entropie de l’univers tend vers un maximumAsí, la energía se conservaría, pero de hecho “sin energía”; la parte ya transformada en chaleur uniformement distribuée —dans tous les endroits de l’univers— de las forces physiques se acumula cada año y finalmente todo capores.

2) [Efecto térmico absoluto: según el procedimiento de Rumford, se determina la cantidad en peso de agua de 100° que puede ser calentada hasta 100° por una cantidad en peso determinada de los diferentes combustibles en su combustión completa; las relaciones numéricas así obtenidas se denominan unidades de calor o Calorías (W.E.) etc.]

Sobre la Tierra, la distribución de las forces recibidas del Sol no es la más útil para el mundo orgánico y el hombre; pero la humanidad puede to a certain degree producir ciertas modificaciones en la distribución de la énergie solaire; la mayor parte de las forces physiques sobre la Tierra no está investida de las formas más útiles para el hombre; dado que éste necesita sobre todo alimento, calefacción y fuerza mecánica para el trabajo, las formas más útiles de las forces physiques serían para él:

1) l’affinité chimique, plus ou moins libre, representada bajo forma de medios de sustento vegetal o animal, o de matières combustibles.

2) el mouvement mécanique effectif ou disponible capaz de servir como motor para las máquinas útiles al hombre.

1) La Energie rayonnée du soleil es casi la única fuente de las fuerzas útiles al hombre sobre la Tierra. Este quantum de energía que radia el Sol a la Tierra sería reflejado en la misma proporción al espace interstellaire de no sufrir ciertas transformaciones que le permiten prolongar su estancia sobre la Tierra y d’y constituir ainsi une accumulation d’énergie solaire. Sucede esto cuando los rayons chauds, lumineux ou chimiques son absorbidos de determinadas maneras por la matière, que los transforma en affinité chimique libre, en mouvement mécanique, en un mot, les fait monter en grade (expresión of W. Thomson).

Las “façons” en las que la “force rayonnée par le soleil” monte en grade son muy numerosas, pero principalmente:

1) Production del viento, que proporciona impulsion al movimiento del aire a través de las modificaciones de su temperatura.

2) Elevación del agua por evaporación;

3) Disassociation des combinaisons stables, p. ej., del agua, del ácido carbónico etc. operado por el crecimiento de las plantas.

4) Trabajo musculaire o trabajo nerveuse producido por animales y personas.

5) Trabajo de las máquinas construidas por el hombre que, de manera directa o indirecta [lo primero como en el caso de la machine solaire de M. Mouchot] ont pour moteur unique la chaleur du soleil.

La cantidad de forcé solaire convertie en affinité chimique libre et en mouvement mécanique disponible ou effectif no es constante, y la quantité de forcé solaire, qui monte ainsi de grade, es modificable, entre otros, par les effets des hommes.

Los animales (el hombre incl.) dispersent dans l’espace gran cantidad de force solaire accumulée sur la terre par les plantes, por respiración, por su automovimiento, pérdida de calor corporal.

2) L’homme, par certains actes de sa volonté, peut augmenter la quantité d’énergie solaire, accumulée par les végétaux et diminuer la quantité dispersée par les animaux. Alcanza el primer objetivo [accumulation der quantité d’énergie solaire en las plantasmediante el cultivo de tierras hasta el momento no cultivadas sobre la superficie terrestre, por el secado de pantanos, irrigación de terrenos secos, introducción de métodos mejorados de cultivo, empleo de maquinaria en la agricultura, protección de las plantas de cultivo contra sus enemigos naturales, y el segundo objetivo [disminución de la quantité d’énergie solaire dispersée] por el exterminio de los animaux nuisibles à la richesse de la végétation.

3) Quelle est donc la cause réelle de cette augmentation de la quantité de l’énergie solaire qui reste à séjourner sur la surface terrestre, sous l’aspect de substances nutritives ou de matières combustibles, au lieu d’être immédiatement réfléchie, d’après la simple loi de la différence des températures, dans le glaciaire espace intrastellaireL’unique cause en est le travail utile. Nous pouvons le définir: “Toute dépense de travail musculaire de l’homme ou des animaux qui a pour résultat une augmentation de forcé solaire, accumulée sur la terre, doit être qualifiée de travail utile.” Éste puede ser dobleconversión immédiate d’une certain equantité de forcé solaire à un degré plus élevé, mediatamente, por conservation d’une quantité d’énergie déjà séjournant sur la terreque sin intervención del trabajo se dispersaría inevitablemente, como el travail utile du tailleur, du cordonnier etc.

La satisfacción de cualquier necesidad está acompañada de un intercambio de forces physiques entre el organismo y el milieu externo. Una cierta cantidad de la energía imprescindible para la satisfacción de nuestras necesidades está dada gratis por la naturaleza, p. ej., el oxígeno en el aire. Todo lo demás debe ser conseguido por el trabajo, particularmente por el trabajo muscular.

Según Hirn y Helmholtz, la proporción entre la cantidad de oxígeno respirado durante el trabajo y la cantidad de trabajo realizado, o entre la cantidad de trabajo que representa la combinación del oxígeno respirado con los elementos de nuestro cuerpo y el trabajo realizado por nuestros músculos, es una relación casi constante de 5:1. Se considera por ello la fracción 1/5 como coefficient économique de la máquina humana en relación al quantum de oxígeno respirado, o, lo que es à peu près equivalente, par rapport à la quantité des aliments ingérés.

Pero Podolinsky dice que sería más exacto tomar el coeficiente económico de la machine humaine como 1/10; a saber, por la nutrition, en conexión avec la respiration, dado que, si la necesidad de alimento [“il est d’usage de considérer les aliments comme représentant la moitié de la valeur du travail exige pour la satisfaction de notre besoin”]. [¿Es necesaria una mitad del quantum de trabajo para alimentos, y 1/2 para otras necesidades? Valor sólo puede emplearse propiamente para la fuerza de trabajo].

Esto es, el trabajo necesario para la satisfacción de todas nuestras necesidades es aproximadamente 10 veces mayor que el trabajo muscular del hombre.

Este excédant compensado por la “utilité supérieure du travail musculaire humain guidé par l’intelligence, par la forcé musculaire des animaux domestiques, et enfin par les moteurs inanimés naturels et artificiels”.

A partir de aquí se le da a la cosa otro sentido. El hombre civilizado gasta más que el salvajecuyas necesidades se limitan prácticamente a la alimentación, y por ello tiene el salvaje “un coefficient économique plus élevé que l’homme civilisé”, esto es, en el civilizado es “le travail produit par le système musculaire … une plus petite fraction de ses dépenses que chez le sauvage, «aber die» utilité de son travail est beaucoup plus grande chez lui”.

Según Sadi Carnot sería “une machine parfaite” aquella “qui aurait la capacité de se réchauffer elle-même, en faisant monter vers son foyer la chaleur dépensée en travail”.

Esto no lo hace ninguna de las máquinas construidas por el hombre. En ninguna de ellas se da “la marche du cycle réversif”, esto es, la transformation du travail [dépensé] en chaleur.

Por contra: la “humanité une machine qui non seulement transforme la chaleur et les autres forces physiques en travail, mais qui produit aussi le cycle réversif complet, qui convertit son travail en chaleur et en autres forces indispensables pour la satisfaction de ses besoins, qui faitre monter à son foyer la chaleur produite par le travail … La machine humaine aura créé une nouvelle récolte, elle aura élevé de jeunes animaux domestiques, elle aura construit de nouvelles machines”; o sea, a diferencia del resto de máquinas, “elle aurait produit tous les éléments nécessaires pour soutenir son travail pendant l’année suivante”.

4) “Le degré de perfection de la machine humaine se détermine … non seulement par son coefficient économique, mais surtout par sa capacité d’effectuer le cycle réversif, c.à.d. de convertir son travail en accumulation de forces physiques nécessaires à la satisfaction des besoins de l’humanité.” Aunque el coeficiente económico del hombre civilizado es 1/10 (el de un salvaje à peu prés 1/6), produce el hombre civilizado por su trabajo una acumulación d’énergie solaire sur la terre, dont la quantité dépasse 10 fois la force de ses muscles.

5) “Tant que [le] travail musculaire fourni par la machine humaine será converti en une accumulation de forces, nécessaires à la satisfaction des besoins de l’humanité, qui représente une quantité dépassant la somme du travail musculaire de la machine humaine, autant de fois que le dénominateur du coefficient économique dépasse son numérateur, l’existence et la possibilité du travail de la machine humaine seront garanties.”

6) Conclusions:

1) La cantidad total de energía suministrada procedente del interior de la Tierra y del Sol irradiada a su superficie tiende a disminuirLa energía acumulada en la superficie de la Tierra tiende a aumentar.

2) Este aumento, quitados los vegetales salvajes, es debido al trabajo muscular del hombre y algunos animales. Todo gasto de trabajo por parte del hombre o de otro ser organizado es trabajo útil cuando está acompañado de un aumento de la cantidad general de energía séjournant sur la terre.

3) El coeficiente económico del hombre tiende a disminuir en la medida en que aumentan sus necesidades.

4) La utilidad (l’utilité) del trabajo muscular tiende por contra a aumentar, porque un determinado gasto de trabajo muscular hace ahora aumentar la acumulación de energía sobre la Tierra más que en los tiempos primitivos de la civilización.

5) Mientras posea el hombre en promedio une quantité d’affinité chimique libre et de travail mécanique à sa disposition, sous les aspects de subsistances nutritives, de forcé musculaire des animaux ou de moteurs mécaniques, qui dépassent ensemble la forcé musculaire propre de l’homme, autant de fois que le dénominateur de son coefficient économique dépasse son numérateur, l’existence de l’humanité est matériellement assurée, puesto que en este caso la humanidad entera constituye un exemple d’une machine thermique parfaite según Sadi Carnot.

6) Objetivo principal del trabajo es el incremento absoluto de la cantidad de energía solar acumulada sobre la Tierra, mucho más que la transformación en trabajo de una mayor cantidad de calor o de otras formas de energía que ya se encuentren almacenadas sobre la Tierra. Ya que esta última transformación, l’élévation de l’énergie, p.ej. producción de trabajo por combustión de carbón, está acompañada de inevitables pérdidas por la dispersión dans l’espace, tanto más cuanto más porcentaje del calor [o de otra fuerza física] se transforma en trabajo.

jueves, 30 de octubre de 2025

¿Por qué El Capital es un libro inconcluso? (VI)

Aunque aún añadiré un anexo, aquí concluye esta excursión inconclusa, valga la paradoja, por el artículo de Enric Tello que he venido comentado a lo largo de (I), (II), (III) y (IV) y (V).

Como redundante apostilla, dejo estas consideraciones de Luis González Reyes:

Vivimos las primeras etapas de un cambio civilizatorio de grandes proporciones. En este proceso, viviremos la quiebra del capitalismo global, un alza de los conflictos por el control de los recursos, una fuerte reconfiguración del Estado o una re-ruralización social. Este colapso de la civilización industrial es inevitable. 

Pero esta inevitabilidad no significa que el futuro esté escrito. Dentro del campo de posibilidades físicas que tengamos, la reconfiguración de los ecosistemas y las sociedades humanas dependerá en gran medida de lo que hagamos ahora. Es más, el colapso brindará oportunidades inéditas para la articulación de sociedades más justas, solidarias y sostenibles. Por ejemplo, un sistema energético basado en fuentes de acceso más universal (las renovables), una tecnología más apropiable (más sencilla), sociedades más fácilmente gestionables democráticamente (más locales y de menor tamaño) o un tejido social más denso (la supervivencia pasará por el colectivo). Estas oportunidades serán más cuanta menos degradación social y ambiental se produzca. En este sentido, cuanto antes se pongan en marcha medidas acordes con los nuevos contextos, mayores serán las posibilidades de limitar esta degradación. 

Con estas premisas, el objetivo de comunicar el colapso no es realizar un ejercicio de amargura prospectiva, ni un análisis complejo del contexto –aunque ambos factores deban cumplir un papel– sino que las sociedades puedan organizarse para aprovechar las oportunidades y sortear los riesgos que nos brinda el final del metabolismo industrial.

El colapso civilizatorio













¿Cómo pudo iniciar Sacristán un marxismo ecológico en la década de 1970 en Barcelona?

Responder esa pregunta requeriría otro artículo dedicado a explicar en detalle su biografía intelectual y política. Sin embargo, vale la pena concluirlo esbozando algunos rasgos. Como dice John Bellamy Foster al hablar de la gran tragedia que sufrió el marxismo ecológico tras el asesinato de Bukharin en 1938, el estalinismo se convirtió en una barrera aún mayor a la consideración de la ecología política superpuesta al velo hegeliano señalado por Sacristán [52]. Pero si el hegelianismo había impedido una exploración marxista de cómo sería el socialismo, la tarea debía emprenderse necesariamente una vez que finalmente llegara la época de la revolución como posibilidad no sólo actual –en sentido histórico-sistémico— sino también inmediata.

El hilo rojo-verde roto, derivado de los atisbos ecológicos de Marx, fue retomado ocasionalmente por autores directamente comprometidos con las revoluciones socialistas, como Rosa Luxemburg Otto Neurath (en la Revolución Alemana de 1918-1919), Cristopher Caudwell (hasta su heroica muerte en la Guerra Civil Española en 1937) y Nikolai Bukharin (en la Revolución Rusa hasta el estalinismo). Todos aquellos intentos fueron aplastados bajo la losa estalinista, una vez que la revolución soviética se convirtió en una revolución industrial y, tras la colectivización forzosa y el Gran Terror que desató, el «marxismo» oficial de la URSS se convirtió en una ideología de Estado para legitimar la tarea de fomentar un crecimiento económico de planificación centralizada impulsado por un régimen tiránico [53].

Tras las inhibiciones de la niebla hegeliano-dialéctica primero, y de la represión interna de la vulgata estalinista después, reiniciar una ecología política marxista implicaba un nuevo comienzo. Una condición indispensable era adoptar una postura políticamente beligerante contra el estalinismo. Pero no era suficiente, como demostraron muchos antiestalinistas que nunca se acercaron a la ecología política durante la segunda mitad del siglo XX. Para superar la dialéctica hegeliana, era necesaria una reconsideración mucho más libre y radical de los marxistas clásicos.

Manuel Sacristán se hizo comunista cuando ya contaba con una sólida formación en lógica, filosofía de la ciencia y filosofía en general. Tras finalizar su doctorado, en 1956 le ofrecieron un puesto en el Departamento de Lógica Matemática e Investigación Básica de la Universidad de Münster (Alemania), que rechazó para afiliarse al Partido Comunista de España en París y regresar a Barcelona para participar activamente en la lucha clandestina contra la dictadura franquista [54]. Junto a la comunista italiana Giulia Adinolfi, se unieron a una resistencia antifascista tardía. Su compromiso político no tenía nada que ver con una adhesión acrítica a ninguna ideología abstracta. Era, ante todo, un compromiso con el lugar donde vivían y con las personas con las que luchaban por la libertad y otro socialismo. En mi opinión, esto explica por qué el marxismo de Sacristán siempre fue tan libre. Era justo el tipo de marxismo librepensador que se necesitaba para conectar con la ecología política en el último cuarto del siglo XX, retomando así la línea roja-verde rota tras la muerte de Marx, que Rosa Luxemburg, Otto Neurath, Christopher Caudwell y Nikolai Bukharin habían necesitado actualizar en tiempos revolucionarios.

Puede que hoy, especialmente en el Norte Global, no estemos precisamente cerca de una situación revolucionaria inmediata. Sin embargo, su necesidad para detener la ciega huida hacia delante de un nuevo capitalismo salvaje desatado con el giro neoliberal de los años 1980 –justo cuando se comenzó a publicar la revista roja-verde-violeta mientras tanto—, no ha perdido ni un ápice de actualidad. Al contrario, es más necesaria que nunca para evitar un colapso civilizatorio construyendo una Humanidad justa en una Tierra Habitable. Ahora también lo llamamos, en la nueva ciencia de la sostenibilidad, un entorno seguro y justo para que todo el mundo pueda llevar una buena vida dentro de los límites planetarios ya transgredidos [55].

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Notas

[52] John B. Foster, «Epílogo» a La ecología de Marx: materialismo y naturaleza, Barcelona, El Viejo Topo, 2004, pp. 363-367.

[53] Manuel Sacristán Luzón, «Sobre el estalinismo», conferencia de 1978 publicada en mientras tanto, nº 40, pp. 147-158 (y reproducida en Salvador López Arnal, Seis conferencias sobre la tradición marxista y los nuevos problemas, Barcelona, El Viejo Topo, 2005, pp. 27-54). En el mismo número de mientras tanto publiqué «El socialismo irreal. Bosquejo histórico de un sistema que se desmorona», pp. 91-128.

[54] Véanse los textos biográficos citados en la nota 15.

[55] Jason Hickel, Menos es más. Cómo el decrecimiento salvará al mundo, Madrid, Capitán Swing, 2023.

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Fuente: https://mientrastanto.org/245/ensayo/manuel-sacristan-el-primer-marxista-ecologico-europeo/

miércoles, 29 de octubre de 2025

¿Por qué El Capital es un libro inconcluso? (V)

Tras las entregas anteriores, (I), (II), (III) y (IV) de este artículo, se plantea en esta un interrogante: ¿Por qué menospreció Engels las consideraciones de Podolinski cuando este  le comunico sus ideas sobre los efectos del trabajo humano en el equilibrio termodinámico de la naturaleza?

Podolynski quiso reconciliar la teoría del valor-trabajo con un análisis energético del proceso económico desde el enfoque del metabolismo social¿Consideraba Engels que la intrusión de la física en la economía relativizaba las contradicciones del capitalismo como principal freno al desarrollo de las fuerzas productivas? Porque entonces los límites últimos del crecimiento económico no estarían en las ataduras de las relaciones de producción sino en leyes físicas y ecológicas.

Engels no comprendió la relevancia de un análisis cuantitativo del metabolismo social para una valoración desmercantilizada del trabajo. Además, los límites del crecimiento se veían muy lejanos y la ciencia parecía una locomotora omnipotente que los salvaría.

En todo caso se equivocó al afirmar que Podolynski había omitido los combustibles fósiles. Pero es sorprendente que en su misma crítica estaba implícita la consideración de un límite insalvable: el agotamiento de los recursos disponibles:

«Lo que Podolinski ha olvidado por completo es que el hombre, en cuanto obrero, no es simplemente un fijador del calor solar actual, sino un derrochador muchísimo mayor del calor solar del pasado. Las reservas de energía, carbón, minas, bosques, etcétera, que hemos logrado despilfarrar, las conoces mejor que yo»

Esto lo escribió en la carta en que comunicaba a Marx su rechazo a este intento de análisis energético. Un Marx viejo y agotado que ya no tuvo tiempo de responder. Pero recordemos una vez más su "Crítica al Programa de Gotha":

«El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre»

Cuestión matices y de énfasis, porque esto había dicho el propio Engels:





La ecología de Marx, Podolynsky, y la ausencia de un marxismo ecológico durante un siglo

Si la ecología era tan central en la idea de Marx de la tarea que debía emprender una sociedad comunista, ¿por qué la tradición marxista ha tardado tanto en admitir que el concepto de metabolismo social se convierta en una herramienta operativa mediante el uso de la contabilidad económico-ecológica de los flujos de materia y energía? Fue Nicholas Georgescu-Roegen quien tuvo que reiniciar desde el principio ese análisis del metabolismo social, en su obra La ley de la entropía y el proceso económico de 1971. ¿Por qué las corrientes marxistas posteriores nunca dieron la menor importancia teórica y política a esas afirmaciones durante un siglo después de la muerte de Marx en 1883?

Karl Marx nunca terminó El Capital tras el gran éxito del primer volumen publicado en 1867. ¿Qué hizo durante los dieciséis años previos a su muerte en 1883? Pasó muchas horas en la Biblioteca del British Museum de Londres llenando una cantidad extraordinaria de cuadernos manuscritos con sus notas de lectura —una práctica que mantuvo desde su juventud— y respondiendo a numerosas cartas que recibía de diversas partes del mundo. Algunos extractos de esos cuadernos fueron seleccionados por Friedrich Engels para la impresión del segundo y tercer volumen de El Capital en 1885 y 1894. Pero muchos otros de sus escritos en cuadernos y cartas se empezaron a publicar mucho más tarde, y algunos sólo recientemente, mientras otros aún permanecen inéditos.

Algunos de los cuadernos de Marx estaban dedicados al aprendizaje de las matemáticas, lo que sugiere que parte de la respuesta a la pregunta de por qué nunca termino El Capital puede tener que ver con su conciencia del cambio de paradigma que llevó de la economía política clásica a los modelos neoclásicos después de 1870. Otra gran parte de la respuesta es que estaba muy interesado en ahondar en cuestiones socio-metabólicas como las críticas planteadas por Justus Von Liebig a obtener altos rendimientos de la tierra cultivada mientras se extraen nutrientes sin devolver nada a la biota del suelo [29]. También en la obra de otros científicos como Carl Fraas, que denunciaba la «economía del robo» consistente en producir bienes para obtener ganancias a corto plazo mientras se degrada su base de recursos naturales a largo plazo. También estudiaba la noción de «comunismo primitivo» en la obra del antropólogo Lewis Henry Morgan y las comunidades campesinas que las corrientes políticas del socialismo pro-campesino –«verde» o narodniki— de todo el Este y Norte de Europa reivindicaban como base para una transición directa a una sociedad no capitalista que evitara los dolores de una industrialización capitalista.

Es probable que esas lecturas, cartas y reflexiones llevaran al viejo Marx a ir hasta el límite de sus planteamientos hegelianos previos, compartidos con Engels, y a reconsiderar algunos de ellos, como el papel de los campesinos y las comunidades rurales. Un ejemplo destacado fue la firme objeción de Marx al primer punto del Programa de Gotha de 1875 del Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania (SDAP), donde se afirmaba que «el trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura»Marx respondió que «El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre» [30].

Entre otros varios ejemplos del pensamiento socio-ecológico de Marx, hay uno que resulta particularmente relevante y que Karl Kautsky tomó de sus cuadernos de 1863 sobre las Teorías de la Plusvalía para publicarlo como volumen IV de El Capital en 1905-1910: «Se puede anticipar y devastar el futuro intensificando el esfuerzo hasta el agotamiento, rompiendo el equilibrio entre el flujo que se extrae y el flujo que se retorna. Ambas cosas ocurren en la producción capitalista, o en lo que se considera como tal» [31]. Kohei Saito interpreta esa formulación de Marx del siguiente modo: «El metabolismo entre los humanos y la naturaleza es un proceso interactivo y circular en el cual los humanos no solo toman de la naturaleza, sino que también le entregan. La crítica de Marx apunta a mostrar que el “valor”, en tanto mediación del metabolismo, no puede considerar lo suficiente este aspecto de devolver». Por «valor», Kohei Saito se refiere aquí a los valores monetarios tras una mercantilización que excluye cualquier otra pluralidad de valores, ya sea en términos energéticos y materiales, laborales, cultural-espirituales, políticos o de cualquier otro tipo [32].

Independientemente de la relevancia del pensamiento socio-ecológico de Marx para nuestra comprensión actual del metabolismo social, lo cierto es que permaneció como un conjunto de observaciones dispersas a las que la mayoría de sus seguidores marxistas no prestaron atención durante un siglo. Sin duda, el estalinismo contribuyó a ello en gran medida, como lo demuestran las contadas excepciones de Rosa Luxemburg, Nikolai Bukharin, Otto Neurath o Cristopher Caudwell en el primer tercio del siglo XX, y posteriormente de Alfred Schmidt [33] y Manuel Sacristán. Un ejemplo revelador de ese olvido es lo que ocurrió cuando el ucraniano Serhii Podolynsky, un integrante del movimiento político «verde» pro-campesino narodniki con formación de física y medicina, envió a Marx un ensayo donde convertía su idea del trabajo como «fuerza natural» en un análisis energético cuantitativo. En él empezaba a contabilizar la explotación laboral y la plusvalía en unidades calóricas, basándose en la termodinámica desarrollada por Sadi Carnot Rudolf Clausius [34]. En 1982, Joan Martínez Alier José Manuel Naredo sacaron del olvido el desafortunado desacuerdo de Engels con el análisis energético de Podolynsky de 1880-1883 como un acontecimiento crucial que impidió el desarrollo de un marxismo ecológico un siglo antes de su inicio [35].

Tras los extractos y notas de lectura tomados por Marx (1880) de la versión francesa del ensayo de Serhii Podolynsky sobre El trabajo humano y la conservación de la energía (1880), recientemente transcrito de sus cuadernos y publicado por la Marx-Engels-Gesamtausgabe (MEGA), sabemos que comprendió a la perfección las ideas de Podolynsky sin añadir ningún rechazo ni comentario crítico. La idea clave que Marx retuvo de Podolynsky era que, al trabajar con plantas vivas, animales domésticos, suelos fértiles y la fuerza muscular de su cuerpo, complementada con el uso de herramientas y máquinas, los seres humanos eran capaces de aumentar, mediante su trabajo y conocimiento, la energía útil de la que disponían en la Tierra. Como señalaron Martínez Alier y Naredo (1982), aquel enfoque inicial podría haberse convertido en un punto de partida para un análisis socio-metabólico del proceso económico desde una perspectiva energética ya en la década de 1880.

Para la historia del pensamiento ecológico-económico del metabolismo social, la cuestión clave aquí es que el ensayo de Podolynsky sobre la energética del trabajo humano anticipó en cierta medida la noción de que los flujos biofísicos pueden volverse «ectrópicos» en el sentido definido posteriormente por Felix Auerbach (1913), y retomado por Illya Prigogine e Isabelle Stengers (1979) como una propiedad de las estructuras energéticamente disipativas de la Tierra; o que el metabolismo de los seres vivos es «negentrópico» en el sentido más claro, pero también controvertido, que Erwin Schrödinger (1944) le dio posteriormente; o, como en la metáfora de Nicholas Georgescu-Roegen (1971), que los humanos somos capaces de «cribar» la baja entropía en el proceso económico gracias a la «indeterminación» cuantitativa de la segunda ley de la termodinámica; o en las transformaciones «emergéticas» de la energía solar a lo largo de las cadenas tróficas analizadas por Howard T. Odum (1971); o en la metáfora de Ramon Margalef (1993) de que las estructuras vivas hacen circular la energía en meandros, de modo que pueda acumularse temporalmente en su interior y parte de la entropía recuperarse como información en su complejidad, como si se tratara de una «cuenta de ahorros termodinámica»; o en la noción de «ascendencia» propuesta por Robert Ulanowicz (1986, 2009); o en la idea de Mae-Wan Ho (2005) de que cerrar los bucles de materia y energía tiene sentido termodinámica para el sostén de la vida; o en la forma en que Morowitz (2002) explica la «emergencia de todo» a través de la complejidad sistémica [36].

Aunque Podolynsky lo expresara con una formulación aún rudimentaria, utilizando la metáfora de una «máquina perfecta de Sadi-Carnot» capaz de reintroducir en el proceso de trabajo físico la energía disipada en forma de calor, la clave reside en que su ensayo había comenzado a considerar el trabajo humano desde una perspectiva energética. Incluso esa metáfora rudimentaria e inapropiada podía interpretarse en lo que hoy entendemos como la capacidad reproductiva de las estructuras disipativas vivas. Esta fue la opinión del gran científico también ucraniano Volodymyr Vernadsky, autor del primer libro titulado La Biosfera [37]. En 1924 se atrevió a publicar otro libro sobre bioquímica en el que elogiaba el trabajo de Podolynsky por haber enfatizado las diferencias termodinámicas entre la materia viva y la inerte, contribuyendo así a los fundamentos de una «energética de la vida» [38]. Lo hizo pocos años antes de que se volviera altamente peligroso hacer algo así en una Unión Soviética bajo el Gran Terror estalinista desatado en la década de 1930, como lo demuestra –entre tantos otros– el juicio y muerte del economista ruso, también pro-campesino «verde», Alexander Chayanov.

En resumen, Podolynsky planteó reconciliar la teoría del valor-trabajo con un análisis energético del proceso económico desde el enfoque del metabolismo social. Como señala Cutler Cleveland, la razón más probable que llevó a Engels a desestimar y rechazar el enfoque de Podolynsky fue una consecuencia muy importante de su enfoque del almacenamiento renovable de energía solar a través de plantas como productores primarios que sustentan casi todas las transformaciones energéticas en la entera red de la vida de la Biosfera. Ese análisis biofísico cuestionaba la expansión material ilimitada de la producción humana, y también implicaba que los límites últimos del crecimiento económico no residían en las ataduras de las relaciones de producción sino en leyes físicas y ecológicas [39].

Resulta revelador que, en la carta que Engels envió a Marx rechazando ese intento de análisis energético del metabolismo social, una de sus mayores críticas fuera ésta: «Lo que Podolinsky ha olvidado por completo es que el hombre, en cuanto obrero, no es simplemente un fijador del calor solar actual, sino un derrochador muchísimo mayor del calor solar del pasado. Las reservas de energía, carbón, minas, bosques, etcétera, que hemos logrado despilfarrar, las conoces mejor que yo» [40]. Sin duda Engels tenía razón al destacar este punto, pero se equivocó al afirmar que Podolynsky había omitido los combustibles fósilesAlf Hornborg (2004) aclaró este punto citando el siguiente párrafo de la versión ucraniana original y más extensa de «El trabajo humano y sus relaciones con la distribución de la energía» publicada en la revista Slovo en 1880, no incluida en las versiones posteriores recientemente publicadas y desacreditadas por John B. Foster y Paul Burkett [41]:

Tenemos ante nosotros dos procesos paralelos que juntos forman el llamado círculo de la vida. Las plantas tienen la propiedad de acumular energía solar, pero los animales, al alimentarse de sustancias vegetales, transforman parte de esta energía almacenada y la disipan en el espacio. Si la cantidad de energía acumulada por las plantas es mayor que la dispersada por los animales, aparecen reservas de energía, por ejemplo, en el período de formación del carbón mineral, durante el cual la vida vegetal predominó sobre la animal. Si, por el contrario, la vida animal predominó, el suministro de energía se dispersaría rápidamente, y la vida animal tendría que volver a los límites determinados por la riqueza vegetal. Por lo tanto, se debería establecer un cierto equilibrio entre la acumulación y la disipación de energía.

Como señaló Hornborg, Podolynsky no solo enfatizó la diferencia entre utilizar el flujo de energía solar y el stock de reservas de energía del carbón. Afirmó que la productividad energética de un minero de carbón era mucho mayor que la de un agricultor, pero que ese excedente energético del carbón era solo transitorio. Es más, en una nota a pie de página añadió la existencia de «una teoría que vinculaba los cambios climáticos con las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera, como explicó Sterry Hunt en una reunión de la Sociedad Británica para el Avance de la Ciencia en 1878» [42].

La cuestión clave del rechazo de Friederich Engels estaba en otro punto: su total negativa a expresar relaciones económicas con medidas físicas«Podolinsky, partiendo de este descubrimiento muy valioso, se ha extraviado por caminos equivocados porque estuvo tratando de encontrar en la ciencia de la naturaleza una nueva demostración de la verdad del socialismo, y con ello ha confundido la economía con la física» [43]Claramente, Engels no comprendió la relevancia de un análisis cuantitativo del metabolismo social para una valoración desmercantilizada del trabajo humano. En cambio, tras la reciente publicación por la MEGA de las notas de lectura escritas por el propio Marx, ahora ya sabemos que entendió y resumió muy bien el ensayo de Podolynsky, sin añadirle ninguna de las ácidas críticas que solía incluir en sus cuadernos cuando no estaba de acuerdo con los textos que anotaba. Incluyo la versión castellana de esas notas como anexo al final de este artículo. Marx ya no tuvo tiempo ni de responder a Podolynsky ni a la carta de Engels. Pero tras conocer su resumen de las ideas de Podolynsky, en ningún caso podemos interpretar su silencio como un acuerdo tácito con el rechazo de Engels.

La triste historia de aquel desafortunado malentendido entre Engels y Podolynsky mantiene abierta la pregunta de Sacristán: si la ecología era una tarea tan central para una sociedad no capitalista según los breves pero potentes atisbos ecológicos de Marx, ¿por qué Engels finalmente respondió a Podolynsky con una negativa tajante? Es cierto que compartía con Marx la clara noción de que el capitalismo estaba dilapidando combustibles fósiles. Sin embargo, además de ser perjudicial para el medio ambiente en el presente, la idea de que tal desperdicio de una fuente de energía no renovable también pondría fin no solo al crecimiento capitalista de las fuerzas productivas, sino al crecimiento económico como tal, estaba fuera del alcance de la visión hegeliana de Engels sobre el futuro. Como escribió Manuel Sacristán un siglo después, admitir esto habría significado no solo para Engels, sino para todo el movimiento obrero socialdemócrata marxista de la época, y para el comunista que le siguió, abandonar el milenarismo utópico que veía la revolución social como el fin todas las tensiones y contradicciones sociales en un mundo de sobreabundancia.

A pesar de haber respaldado el análisis energético en su propia versión del marxismo ecológico, John Bellamy Foster y Paul Burkett aún intentan desacreditar por incoherentes las diferentes versiones del artículo publicado por Podolynsky en comparación con lo que consideran un análisis socio-ecológico más claro en los escritos de Marx y Engels sobre el tema. Se equivocan, mientras que Joan Martínez Alier José Manuel Naredo acertaron al poner el dedo en la llaga de la tradición marxista por su negativa a realizar un análisis energético del sistema económico. El único obituario que queda por hacer es explicar por qué, desde la muerte de Marx en 1883, tantos marxistas ignoraron no solo la propuesta de Podolynsky, sino incluso todos los atisbos ecológicos de Marx con tan pocas excepciones. Ese es un buen ejemplo para recordar una frase que Marx le dijo a Paul Lafargue en una ocasión, y que a Manuel Sacristán le gustaba recordar: «ce qu’il y a de certain c’est que moi, je ne suis pas marxiste» [44].

A estas alturas, sigue habiendo dos maneras distintas de entender la actualidad del marxismo en el siglo XXI. La de quienes, sin considerar que la de Marx fue una obra inconclusa de un autor del siglo XIX, se emperran en encontrar en sus textos la solución a todos los problemas habidos y por haber, para luego pelearse entre ellos en dilucidar quién interpreta de forma más fidedigna al maestro. Y la de quienes, en vez de repetir lo que Marx dijo criticando a los economistas liberales y las ideas hegemónicas de su tiempo, entienden que la tarea consiste en continuar haciendo lo que él hizo entonces, para criticar ahora y proponer alternativas a las ideas hegemónicas y las formulaciones económicas del capitalismo que amenaza con llevarnos a un colapso civilizatorio global en el siglo XXI. Si de lo que se trata es de fundamentar desde el mejor conocimiento científico y práctico las aspiraciones compartidas por mucha gente a una Humanidad justa en una Tierra habitable, la insularidad de pensamiento que caracteriza el primer tipo de marxismo no parece la mejor elección. La segunda implica, por el contrario, abrirse a una fecundación cruzada con muchas otras tradiciones de lucha y pensamiento alternativos al capitalismo salvaje de nuestro tiempo, entendiendo que debemos tomar lo mejor de cada una de ellas para un proyecto de transformación social para el cual existe un amplio pluriverso de formas de concebirlo y nombrarlo [45]El ecosocialismo es una de ellas, pero solo unaEl marxismo puede seguir aportando mucho a todas ellas, pero sólo si se mantiene abierto a la interacción con las demás.

Probablemente por indicación de Joan Martínez Alier y José Manuel Naredo, Manuel Sacristán también leyó y anotó el ensayo de Podolynsky en 1978 o 1979, y sus notas de lectura han sido recientemente publicadas [46]. Son algo más prolijas que las de Marx, y expresan un claro aprecio por el intento de abrir el estudio del intercambio de la sociedad con el resto de la naturaleza en términos energéticosSacristán incluso consideraba «una formulación muy interesante» la consideración del ser humano «como la máquina perfecta de Sadi-Carnot», que Foster Burkett señalan como muestra de lo que ellos consideran erróneamente una deficiente comprensión de la termodinámica por parte de Podolynsky. Sacristán también añadía algunas notas críticas de interés. Varias veces señalaba que la versión de Podolynsky era ecológicamente más «optimista» que la del viejo Marx tras sus lecturas de Carl Fraas. Pero las dos críticas que vale la pena destacar eran que «la agregación de energía es ecológicamente tan imprecisa como la agregación de valor» [47], y que el final del ensayo le parecía «muy confuso […] en lo económico-social». La primera crítica ha sido claramente admitida y desarrollada por la economía ecológica en la propuesta de un análisis multicriterio que sirva para tomas decisiones en deliberaciones participativas [48], y fue el propio Nicholas Georgescu-Roegen el primero en señalar la necesidad de evitar el «dogma energético» señalando que «la materia también cuenta» [49]. Por lo que se refiere a la segunda, sólo muy recientemente se han empezado a emplear los análisis del metabolismo social para desvelar la conformación de desigualdades sociales y de género con resultados iniciales muy prometedores que invitan a desarrollarlos mucho más [50].

En el caso de Sacristán no tenemos que contentarnos con sus notas de lectura, ni interpretar ningún silencio. En su artículo seminal sobre los «atisbos ecológicos de Marx», incluyó la siguiente valoración, inequívocamente positiva, de la propuesta de Serhii Podolynsky:

El segundo caso excepcional brillante que querría evocar es el de […] Sergei Podolinsky, el cual publicó en el órgano de la socialdemocracia alemana un interesantísimo ensayo en dos partes acerca del concepto marxista de trabajo y de la segunda ley de la termodinámica, el principio de entropía. La ley de entropía dice que en un sistema cerrado la cantidad de energía utilizable, las diferencias de potencial, por así decirlo, van disminuyendoLa ley se refiere a un sistema cerrado, y es claro que la Tierra no lo es, pues está constantemente recibiendo energía del Sol e irradiándola; por eso siempre se ha discutido si la ley de la entropía es o no pertinente para entender procesos humanos en la Tierra, particularmente los productivos. Pero la cuestión no es sencilla, porque a la objeción que la Tierra es un sistema abierto se puede contestar que el conjunto de fuentes de vida para la especie humana tal vez no lo sea. [… ]
Podolinsky tuvo el gran mérito de recuperar el punto de vista naturalista que Marx había abandonado expresamente (para dedicarse entonces a la economía política) en las primeras páginas de la Ideología Alemana. Podolynsky vuelve a cultivarlo, intentando reconstruir la idea de valor-trabajo en el marco de la termodinámica. Es justo, pues, honrar a este propósito la memoria de Kautsky y Podolinsky, pero después de haberlo hecho se puede repetir que los conatos de pensamiento ecológico-político de los clásicos no han tenido prácticamente continuación en la tradición marxista. Cualquier cosa que hoy llamaríamos problema ecológico-político se subsumía en la tradición marxista bajo el rótulo «Males del Capitalismo», sin ver la especificad de los riesgos del trato civilizado con la naturaleza, así se constituyó una tradición progresista sin problemas que tenía mucho más de tradición burguesa que de novedad socialista. 
Hay que preguntarse por qué ocurrió esto, pero antes conviene atender un poco lo que ha sido menos tenido en cuenta en las ideas político-ecológicas de Marx. Se trata de observaciones relativas no a la ecología de la fuerza de trabajo industrial, sino a la agricultura [51].

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Notas

[29] Justus von Liebig, «On English Farming and Sewers», artículo publicado en el periódico londinense Timesen 1859, y reproducido en la Monthly Review, vol. 70(3), en 2018. Disponible en abierto en: https://monthlyreview.org/2018/07/01/on-english-farming-and-sewers/

[30] K. Marx (1875), Crítica del Programa de Gotha. Parte I. Disponible en abierto en: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/critica-al-programa-de-gotha.htm

[31] Agradezco a Manuel Monleón la traducción de ese texto alemán de Marx: «Antizipationder Zukunft -wirkliche Antizipation- findetüberhaupt in der Produktion des Reichtumsnurstattmit Bezugauf den Arbeiterund die Erde. Beibeidenkanndurchvorzeitige Überanstrengungund Erschöpfung, durch Störung des Gleichgewichtszwischen Ausgabeund Einnahme, die Zukunftrealiter antizipiertundver wüstetwerden. Beibeidengeschieht es in derkapitalistischen Produktion. Was die sog» […]. Karl Marx, (1968[1863]. Theorien des Mehrwerts, en Karl Marx and Friederich Engels Werke. Band 26-Drittereil. Berlin, DietzVerlag, p. 303). La edición de MEGA traduce este equilibrio entre «Ausgabe» (entrada) y «Einnahme» (salida) como «un equilibrio entre gastos e ingresos». Sin embargo, del contexto se desprende claramente que Marx no se refería a un equilibrio monetario, sino a uno biofísico, en consonancia con el comentario de Koehi Saito.

[32] Koehi Saito, La naturaleza contra el capital. El ecosocialismo de Karl Marx, Barcelona, Edicions Bellaterra, 2022, pp. 176 y 182-183; véase también Joan Martinez-Alier, «Social Metabolism, Ecological Distribution Conflicts, and Languages of Valuation», Capitalism Nature Socialism, vol. 20(1), 2009, pp. 58-87.

[33] A. Schmidt (2014[1962]), The Concept of Nature in Marx, London, Verso. Disponible en: http://pinguet.free.fr/schmidt1962.pdf

[34] Serhii Podolinsky, «El trabajo del ser humano y su relación con la distribución de la energía», en Joan Martínez Alier (ed.), Los principios de la economía ecológica. Textos de P. Geddes, S. A. Podolinsky y F. Soddy, Madrid, Fundación Argentaria-Visor, 1995, pp. 63-142. Disponible en abierto en: http://elrincondenaredo.org/wp-content/uploads/2024/12/I-los-principios-de-la-economia-ecologica-1.pdf

[35] Joan Martínez Alier y José Manuel Naredo, «A Marxist Precursor of Energy Economics: Podolinsky», The Journal of Peasant Studies, vol. 9(2), 1982, pp. 207-224.

[36] Felix Auerbach, Die Weltherrinundihr Schatten: Ein Vortragüber Energie und Entropie. 2. ergänzte und durchgesehene Aufl, Jena, Fischer, 1913; Illya Prigogine y Isabelle Stengers, La Nueva Alianza: Metamorfosis de la Ciencia, Madrid, Alianza Editorial, 1997; Erwin Schrödinger, ¿Qué es la vida?, Barcelona, Tusquets, 2015[1944]; Howard T. Odum, Ambiente, energía y sociedad, Barcelona, Blume, 1980; Ramon Margalef, Teoría de los sistemas ecológicos, 2ª ed., Barcelona, Publicacions de la Universitat de Barcelona, 1993; Robert E. Ulanowicz, «Some steps toward a central theory of ecosystem dynamics», Computational Biology and Chemistry, vol. 27(6), 2003, pp. 523-530; Mae-Wan Ho y Robert E. Ulanowicz, «Sustainable systems as organisms?», Bio Systems, vol. 82, 2005, pp. 39-51; Mae-Wan Ho, «Circular Thermodynamics of Organisms and Sustainable Systems», Systems, vol. 1, 2013, pp. 30-49; Harold J. Morowitz, The Emergence of Everything: How the World Became Complex, Oxford, Oxford University Press, 2002.

[37] Vladimir I. Vernadsky, La Biosfera. Introducción de Ramon Margalef, Madrid, Fundación Argentaria-Visor, 1997[1926]. Disponible en abierto en: https://elrincondenaredo.org/wp-content/uploads/2024/12/IX-La-biosfera-final.pdf.

[38] Vladimir I. Vernadsky, Geochemistry and the Biosphere, Santa Fe, Synergetic Press, 2007[1924], p. 212.

[39] C. J. Cleveland, «Biophysical Economics: From Physiocracy to Ecological Economics and Industrial Ecology», en John M. Gowdy y Kozo Mayumi (eds.), Bioeconomics and Sustainability: Essays in Honor of Nicholas Gerogescu-Roegen, Cheltenham, Edward Elgar, 1999, pp. 125-154.

[40] Friederich Engels, Carta a Karl Marx de 19-12-1882 [Marx murió el 14-03-1883]. Disponible en abierto en: https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/e1882-12-19.htm

[41] John B. Foster y Paul Burkett, «The Podolinsky Myth: AnObituary. Introduction to ‘Human Labour and Unity ofForce’ by Sergei Podolinsky», Historical Materialism, vol. 16, 2008, pp. 115-161; y Sergei Podolinsky, «Human Labour and Unity ofForce», Historical Materialism, vol. 16(1), 2008[1880-1883], pp. 163-183.

[42] Alf Hornborg, Marxism, social metabolism, and ecologically unequal exchange. Documento de Trabajo de la Unidad de Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona nº 21/2004–UHE/UAB. Disponible en abierto en: https://ddd.uab.cat/pub/estudis/2004/hdl_2072_1194/UHE21-2004.pdf

[43] Friederich Engels, carta a Karl Marx de 19-12-1882, op. cit.

[44] Friederich Engels, Carta a Eduard Bernstein de 02-11-1882. Disponible en abierto en: https://www.marxists.org/francais/engels/works/1882/11/fe18821102.htm.

[45] Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria y Alberto Acosta, Pluriverso. Un diccionario del posdesarrollo, Barcelona, Icaria, 2019.

[46] Manuel Sacristán Luzón, Filosofía y metodología de las ciencias sociales (II). Edición de Salvador López Arnal y José Sarrión Andaluz, Barcelona, 2024, pp. 197-202.

[47] Íbid., p. 202.

[48] Giuseppe Munda, Social Multi-Criteria Evaluation for a Sustainable Economy, Nueva York, Springer, 2008.

[49] Nicholas Georgescu-Roegen, «Energy Analysis and Economic Valuation», Southern Economic Journal, vol. 45(4), 1979, pp. 1023-1058.

[50] Inés Marco, Roc Padró y Enric Tello, «Labour, nature, and exploitation: Social metabolism and inequality in a farming community in mid-19th century Catalonia», Journal of Agrarian Change, vol. 20, 2020, pp. 408-436; y «Dialogues on nature, class and gender: Revisiting socio-ecological reproduction in past organic advanced agriculture (Sentmenat, Catalonia, 1850)», Ecological Economics, vol. 169, 2020, 106395.

[51] «Algunos atisbos…», en Pacifismo, ecología y política alternativa, op. cit., pp. 144-145. Sacristán escribió erróneamente que Podolynsky era polaco, cuando en realidad era ucraniano. En este artículo empleo la grafía en nuestro alfabeto como Serhii Podolynsky, en vez de la más común que se asimila a las traducciones del ruso, porque es la empleada en recientes reivindicaciones del autor en Ucrania. Véase: https://commons.com.ua/en/zhoan-martines-alyer-podolinskij-viperediv-svij-chas/

(continúa)