lunes, 26 de mayo de 2014

Por algo será...

Cuando se contrastan informaciones discordantes, conviene investigar las causas de las argumentaciones que chocan. Un análisis riguroso e inteligente contribuirá a clarificar los motivos de apasionadas defensas o furibundos ataques.

"Algo haría", oímos a veces decir cuando se produce una muerte violenta. Esta tendencia a repartir las culpas es muy aventurada si no se conoce bien el caso, sus antecedentes y sus posibles consecuencias. Algo parecido, que tranquiliza a conciencias embotadas, es atribuirla a un "ajuste de cuentas".

Un indicio importante (y a veces mucho más que un "indicio racional") nos lo señaló Séneca: "cui prodest scelus, is fecit". El crimen lo cometió quien se aprovecha de él.

No  es difícil señalar a los beneficiarios del crimen contra Venezuela: son los perjudicados por aquello mismo que beneficia a una mayoría. Son, a la escala del país, los privilegiados que ven perdidas algunas de sus prebendas. Internacionalmente, los capitalistas sin fronteras. En la estrategia global, quienes han perdido influencia en su backyard.

¿Por qué hemos de extrañarnos de la rara unanimidad que vemos en los medios de supuesta información, en tantos comentaristas y en los políticos del sistema para calificar las cosas que pasan en Venezuela, en Ucrania y realmente en cualquier parte? Transmiten la voz de su amo. Terroristas o paladines de la libertad son términos muy flexibles. El "dueño del adjetivo" tiene la palabra.

Los logros de Venezuela se citan más abajo, avalados por instancias internacionales. ¡Claro que constituyen un mal ejemplo que hay que ahogar en la cuna!


Esto escribe Juan García Ballesteros, presidente del Colectivo Prometeo y miembro del Frente Cívico:



Juan García Ballesteros
Rebelión

América Latina ha sufrido a lo largo del último medio siglo la terrible influencia de EEUU que ha utilizado su fuerza militar, política y económica para convertir a sus países en patios traseros pobres esquilmados por el imperio. Cuando un país ha intentado tomar la riendas de su destino (Chile, Argentina, Uruguay, Nicaragua, Honduras,…), el gigante norteamericano ha cercenado con un golpe militar (sus dictaduras) al gobierno elegido democráticamente. Difícilmente se puede entender que la potencia del Norte, “paladín de la democracia”, haya ocasionado tanto daño a sus vecinos latinoamericanos, a no ser por su avaricia para apropiarse de sus recursos naturales y su cultura con la inestimable colaboración de las oligarquías que controlaban la vida de los ciudadanos de esas naciones.

Pero los tiempos están cambiando. Algunos países de América Latina, poco a poco, están consiguiendo alejarse de la dominación de las políticas norteamericanas, de los tentáculos sangrantes de sus grandes multinacionales y de los organismos financieros internacionales (FMI, BM).

Venezuela es un ejemplo de ello. Los cambios sociales y políticos realizados por el PSUV (partido de H. Chávez y N. Maduro) en los últimos 15 años han sido fundamentales para situarlo entre los países más avanzados de Latinoamérica. Lógicamente tanto las nacionalizaciones de importantes sectores de su economía, como la organización social comunitaria, el desarrollo de un cierto estado de bienestar (sanidad, educación, dependencia, paro, vivienda…) y la salida de la órbita e influencia de los poderes económicos y políticos internacionales (EEUU, FMI,…), creando alternativas con organizaciones propias (ALBA, UNASUR, CELAC) para el desarrollo económico, político y cultural de América Latina, ha llevado tanto a la oligarquía venezolana como al gigante del norte (EEUU) a intentar por medios ilícitos (golpe de estado, huelgas salvajes, terrorismo callejero) recuperar el Gobierno que las urnas les ha negado en las últimas cuatro elecciones generales y en las tres regionales y municipales.

A pesar de ser el país del mundo que ha tenido más procesos electorales (17 en década y media) y que ha sido el más vigilado por observadores internacionales (OEA, UE,…), que han ratificado la limpieza de los resultados, desde bastantes medios de comunicación occidentales y en boca de políticos de derechas se ha tachado antes a Chávez y, ahora, a Maduro de dictadores. Mienten para dañar los importantes cambios políticos y sociales de Venezuela y olvidan el comportamiento democrático de una sociedad bastante madura que ha asumido un enorme protagonismo en el desarrollo de su país.

Los avances políticos, sociales y económicos han sido posibles por la recuperación (nacionalización) por parte del Gobierno Bolivariano de los enormes recursos naturales y económicos del país (petróleo, gas, agua, cemento, banca, reforma agraria,…) que han posibilitado:
  • El debilitamiento de la riqueza en manos de la oligarquía venezolana y grandes multinacionales extranjeras.
  • La inversión de importantes medios económicos en campañas (misiones) para desarrollar la calidad de vida y el acceso a bienes y servicios (sanidad, educación, vivienda…) que estaban vetados para la inmensa mayoría de la población venezolana:
        • Se ha fortalecido la democracia con la participación de los ciudadanos en organizaciones comunales.
        • Se ha incrementado el gasto social hasta un 60 %.
        • Se ha reducido la pobreza desde el 48,6 al 27,8 %.
        • Se ha acabado con el analfabetismo, según ha declarado la UNESCO.
        • La atención primaria y gratuita de los servicios de salud se ha extendido al 95 % de la población. El Gobierno destina el 9 % del PIB a sanidad.
        • Se ha implantado el salario mínimo más elevado de Latinoamérica (636 dólares mensuales).
        • Se ha propiciado el acceso a la tecnología con la implantación gratuita a internet para todos los ciudadanos.
        • Se ha aumentado la cooperación de los países latinoamericanos con la creación de organismos supranacionales de cooperación social, política y económica: ALBA, UNASUR, CELAC.
Pero, claro está, el gobierno democrático de Venezuela es un “mal ejemplo” que hay que erradicar porque se ha convertido en un modelo peligroso para otros muchos países por implantar una economía social, controlada desde el poder democrático (ejecutivo, legislativo y judicial), por mejorar las condiciones de vida de la inmensa mayoría de su población, por no aceptar las injerencias de otros gobiernos (EEUU) y el control económico de los organismo internacionales (FMI. BM…) y por disminuir el poder y la influencia de la oligarquía venezolana en la sociedad.

Después de las últimas elecciones generales (14-Abril-2013) ha habido un incremento de la propaganda de guerra contra el Presidente elegido, Nicolás Maduro. Washington ha decidido que ha llegado el momento de acabar con el Gobierno Bolivariano. Y desde el 12 de Febrero de 2014 (rebelión terrorista mediante la guarimba) se ha movilizado todo su arsenal desestabilizador -desde los paramilitares colombianos que infiltran en Venezuela para perpetrar actos de terrorismo hasta el sabotaje económico y financiero y la utilización de las redes sociales en internet-.

En los últimos tres meses, la violencia se ha recrudecido. Los actos vandálicos realizados por elementos encapuchados perfectamente organizados, apoyados económica y logísticamente por la oligarquía venezolana, la extrema derecha y la CIA ha utilizado barreras metálicas erizadas de clavos para interrumpir la circulación de los vehículos, ocasionando así numerosos accidentes. En lugar de manifestarse pacíficamente, los guarimberos cortan las vías en las alcaldías opositoras, impiden por la fuerza el paso a los vecinos y los secuestran en sus hogares, los asfixian quemando basura y destruyen árboles, señalizaciones, edificios públicos, instalaciones eléctricas y telefónicas, transportes colectivos y de alimentos. Los terroristas recurren a la amenaza, la agresión física y al asesinato con disparos en la cabeza y tiros por la espalda. Disponen de arsenales distribuidos estratégicamente para el abastecimiento todo tipo de artefactos incendiarios y armas para perpetrar los atentados, algunos de los cuales han sido descubiertos por el Gobierno. Ya han asesinado a 39 ciudadanos.

Esta oleada terrorista de los últimos meses ha sido neutralizada por las fuerzas de seguridad del Estado con el apoyo de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Aunque los medios de comunicación occidentales, teledirigidos por la CNN (utilizada por la CIA) quieren presentar a los manifestantes como jóvenes estudiantes, se ha demostrado que de los 1.529 detenidos en el primer mes de violencia, sólo un tercio eran estudiantes. La mayoría son mercenarios, bien equipados y entrenados, pagados por los sectores más radicales de la derecha venezolana y la CIA. Aunque controlada por ahora, la violencia terrorista continuará, pues su objetivo fundamental es sembrar el caos y la desestabilización y así propiciar un golpe de estado o una intervención extranjera.

La comisión de cancilleres de la Unión de Naciones Suramericanas –Unasur- (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela), que participó los días 25 y 26 de marzo en la Conferencia Nacional de Paz, promovida por el Ejecutivo venezolano, en la que participaron algunos partidos de la oposición. instó a deponer todas las acciones violentas en Venezuela, condenó cualquier tentativa de ruptura del orden constitucional de este país y manifestó su compromiso con el respeto a los derechos humanos.

El Gobierno venezolano debe responder con diálogo, pero con firmeza a esta situación, y poner a todos estos terroristas y sus aliados en manos de la justicia para que el país siga la senda del progreso y estabilidad democrática. Venezuela es hoy el punto de mira de una gigantesca operación para acabar con los gobiernos democráticos progresistas de América Latina. Si cae Venezuela ¿cuál será el siguiente? Por ello, hay que apoyar al Gobierno de Nicolás Maduro y su proyecto bolivariano. Seguro que el pueblo venezolano sabrá defender su constitución y su estado democrático.

domingo, 25 de mayo de 2014

Rusia, el ogro ideal

Lo que se dice aquí es cierto, salvo en alguna cosa:

La izquierda verdadera, la izquierda crítica, no cae ahora tan fácilmente como antes en esas trampas ideológicas. Si Rusia no es ya más que otro país capitalista, no será peor ni mejor que los demás. Pero el tema no es ese.

El tema es que Rusia, China y los otros "demonios" son un contrapeso, el único real, a quienes nos están machacando aquí, y como tales, sólo alguien muy desinformado puede considerarlos nuestros enemigos.

Esas izquierdas europeas que "están haciendo el juego y bailando al son que marcan las tendencias mediáticas de Occidente". Esas "tan puristas y estrictas con las ideologías ajenas que son incapaces de ver más allá de los clichés secundarios que conforman imágenes estereotipadas de los líderes y sistemas políticos nominados como adversarios de la opulencia capitalista", sencillamente ya no son izquierdas.


Armando B. Ginés
Rebelión

El régimen capitalista mundializado necesita enemigos o adversarios para seguir alimentando su existencia. Con el derrumbe de las estructuras políticas de la URSS y otros países de corte similar, el capitalismo y EE.UU. se quedaron sin referencia opositora ideológica. El neoliberalismo empezó su andadura en completa libertad, inundando todo el espectro social e implementando a placer sus medidas de choque contra la clase trabajadora y lo público, con resistencias muy puntuales en algunas zonas geográficas de la denominada globalización.

La izquierda en su conjunto entró en barrena fruto de la desorientación que provocó el desmembramiento de las repúblicas soviéticas. El capitalismo campaba a sus anchas al no tener un opositor que mediatizara sus ideas y programas políticos, mientras las clases populares tuvieron que adoptar por obligación una actitud defensiva a ultranza.

Someter a la clase trabajadora fue el primer hito del neoliberalismo económico, actitud beligerante de las elites que también alcanzó de lleno a las capas medias de las sociedades del bienestar. La intranquilidad social fue en aumento, deteriorándose las condiciones de vida en Occidente de forma paulatina y sostenida. El surgimiento de las tendencias posmodernistas vinieron a dar sustento y soporte ideológico al neoliberalismo a través de discursos blandos que hablaban de un futuro radiante donde la individualidad autorrealizativa iba a ser el final feliz de las disputas ideológicas y la lucha de clases.

La cruda realidad desmintió con hechos palpables y demoledores el relato idílico de las derechas neoliberales y de las socialdemocracias afines al capitalismo. La pobreza y la precariedad vital acrecentaron su intensidad súbitamente y el edificio basado en el neoliberalismo posmoderno mostró sus carencias y fauces reaccionarias sin tapujos.

Las inquietudes en las sociedades occidentales tomaron cuerpo en protestas y movilizaciones masivas. Y el régimen globalizado capitalista no tuvo más remedio que inventar nuevas fórmulas para polarizar la tensión acumulada hacia fantasmas políticos creados a propósito para canalizar y desviar la atención del descontento popular.

La guerra contra el terrorismo internacional fue el estreno de esta estrategia o molde para anular y desvirtuar las movilizaciones en marcha. Todos teníamos ya un enemigo común, el terror yihadista musulmán, táctica que sirvió para apretar las tuercas legales y restringir los derechos de reunión, expresión y en materia civil básica. Todo por la seguridad era el lema repetido hasta la saciedad.

Cuando el fenómeno terrorista se atenuó en los medios de comunicación, el enemigo maléfico cambió de protagonista estelar, buscando adversarios ideológicos en las experiencias más o menos revolucionarias latinoamericanas de Venezuela, Ecuador y Bolivia. En estos tres países se buscaban mecanismos originales y radicales para hacer frente al expolio neoliberal, y además con la sanción mayoritaria de las urnas. Demasiado para las elites hegemónicas.

El peligro que suponían las trayectorias lideradas por Chávez, Correa y Morales había que contrarrestarlo de modo fulminante, comenzando una marea orquestada a escala universal contra sus políticas progresistas de reparto de la riqueza y de nacionalización de los recursos principales de carácter natural o económico.

Caracas, Quito y La Paz se transformaron en diablos comunistas que había que combatir de manera expeditiva, no fuera a ser que el efecto contagio y el éxito de sus programas llegaran a calar en la izquierda de otros lares, sobre todo en Europa. La desestabilización política de los tres países citados pasó a convertirse en asunto prioritario en la agenda de EE.UU. y la Unión Europea.

Ahora mismo, estamos en la tercera fase ideológica del imperio neoliberal posmoderno. El capitalismo no puede vivir sin un opositor fuerte que valide sus discursos derechistas y sus flagrantes injusticias sociales y de todo orden. Rusia reúne todos los requisitos para tomar el relevo del terrorismo, Venezuela, Ecuador y Bolivia en el imaginario popular de demonio político malvado, recurrente y sin ninguna arista positiva en sus determinantes esenciales constitutivos.

Con inteligencia y parsimonia calculada, se ha ido llevando el conflicto internacional a los aledaños domésticos de Moscú. Crear problemas financieros y de seguridad a Rusia es la táctica actual para así impedir que el enorme país pueda resolver sus cuitas internas de modo pacífico al tener que reservar y destinar ingentes cantidades de recursos humanos y económicos a la defensa de sus fronteras e intereses geoestratégicos.

Llevar la guerra a Moscú es el factor clave de la situación que hoy vivimos entre una telaraña mediática bien urdida que presenta unilateralmente a Putin y Moscú como agresores ficticios de una conflagración diseñada por el Pentágono y el estamento multinacional y militar de Washington.

Las controversias de la actualidad nada tienen que ver con un enfrentamiento entre la libertad capitalista y los supuestos delirios de grandeza de Rusia, antes al contrario se trata de una estrategia del neoliberalismo para seguir dominando en la esfera mundial lastrando las capacidades autóctonas de las izquierdas trasformadoras de los países capitalistas.

Se pretende que Rusia aglutine los miedos provocados por el capitalismo, una estrategia ideológica de largo recorrido que neutralice desde su raíz el descontento social por el desmantelamiento de los estados del bienestar y la precariedad laboral existente ahora. Inducir el odio emocional a Rusia es el santo y seña de la nueva fase imperialista para lograr coyunturas favorables al statu quo capitalista.

Construir y difundir nuevos pánicos irracionales logrará desactivar en gran medida la operatividad de la izquierda más radical comprometida con una sociedad más justa, democrática y equitativa. Hay un sedimento cultural contra Rusia larvado durante muchas décadas muy similar a los nacionalismos de impulso sentimental o a los rifirrafes cotidianos por cuestiones deportivas, principalmente en el campo futbolístico.

De momento, las izquierdas europeas está haciendo el juego y bailando al son que marcan las tendencias mediáticas de Occidente. Son tan puristas y estrictas con las ideologías ajenas que son incapaces de ver más allá de los clichés secundarios que conforman imágenes estereotipadas de los líderes y sistemas políticos nominados como adversarios de la opulencia capitalista.

Putin tiene muchos defectos y tics autoritarios, dicen las malas lenguas. Chávez era un populista, al igual que lo son Correa y Morales. De estas imágenes construidas ad hoc son incapaces de salir las izquierdas occidentales. Tienen miedo a pensar por sí mismas y a romper el escudo ombliguista de superioridad que les afecta como un virus desde el fin del mundo bipolar surgido tras la segunda guerra mundial.

Si la actual estrategia del neoliberalismo mete en cintura a Rusia, todos padeceremos las consecuencias de la nueva situación internacional. Una victoria hipotética de las tesis de Washington afianzaría las políticas de recortes y de privatización generalizada. Los mercados se sentirían más fuertes y la clase trabajadora más débil.

La edición tercera de la guerra universal es una quimera para generar pánico instrumental en los países occidentales. Habrá escaramuzas bélicas, sin duda alguna, pero todo terminará con pactos más o menos diplomáticos. El aislamiento de Rusia frente a las huestes fascistas de Ucrania financiadas por Wall Street y Bruselas, hará que Moscú tenga que dialogar a la baja para salvar un conflicto mayor. Si las izquierdas occidentales fueran capaces de realizar un análisis más complejo, independiente, libre y crítico de la situación actual, Washington, la Unión Europea y los mercados tendrán que domeñar sus intereses y entrar al diálogo con Rusia menos envalentonados y seguros de sí mismos.

Muy difícil que la izquierda europea se sacuda sus complejos históricos de inferioridad con las derechas transnacionales. Existe demasiado lastre acumulado en renuncias para que de bote pronto surja una actitud plural más valiente y decidida.

Putin no es dios ni encarna un mundo nuevo más solidario que el actual. El neoliberalismo, menos aún. Pero Rusia sí es un contrapeso contra los designios arbitrarios de Obama y la OTAN. Callar y ponerse a las órdenes del capitalismo no es la mejor solución ni la única posible.

Rusia es el enemigo ideal para concitar adhesiones acríticas y sentimentales a la explotación capitalista, un adversario formidable para que las políticas neoliberales sigan su curso en los próximos años hasta el advenimiento de un nuevo enemigo que tome el testigo de Moscú. El capitalismo tiene que inventarse opositores ficticios, tanto internos como externos, para colonizar las mentes de las masas populares menos politizadas con binomios excluyentes que las haga pensar en guerras de las galaxias virtuales y de aventuras infinitas.

Mientras se piensa en guerras, los problemas cotidianos pasan a un segundo plano. Las penas con religión o ideología maniqueísta parecen menos penas. De esta forma, el pensamiento crítico se va deslavazando hasta quedar en mero residuo inocuo y desechable. Rusia es para Occidente lo que el Barcelona para los madridistas y el Real Madrid para los culés: el ogro que necesitan para evadirse de su cruda realidad social.

A confesión de parte, relevo de prueba

“A confesión de parte, relevo de pruebas”, es un axioma jurídico que significa que quien confiesa algo libera a la contraparte de tener que probarlo.

Lo que motiva esta pincelada es la frase del asesor de Margaret Thatcher, Alan Budd, que reproduzco del artículo citado. Y los maravillosos efectos producidos.

"¡Blasfemado ha! ¿qué necesidad tenemos ya de testigos?"

El profesor David Harvey ha hecho una reseña del libro de Thomas Piketty “El Capital en el siglo XXI. Harvey, uno de los más importantes geógrafos de nuestro tiempo, es catedrático de Antropología y Geografía en la City University of New York, y lleva más de 40 años enseñando, divulgando e investigando sobre la opera magna de Marx, El Capital.

El libro deThomas Piketty ha causado un cierto revuelo. Piketty sostiene que cuando la tasa de acumulación de capital crece más rápido que la economía, entonces la desigualdad aumenta. Defiende los impuestos progresivos y un impuesto global sobre la riqueza como la única forma de contrarrestar las tendencias hacia la creación de una forma de capitalismo “patrimonial” marcada por lo que califica como desigualdades de riqueza y renta “aterradoras”. 

Documenta de forma minuciosa cómo la desigualdad social en riqueza y en renta ha evolucionado a lo largo de dos siglos. Destruye la idea de que el capitalismo de libre mercado extiende la riqueza y que es el mayor bastión en la defensa de libertades individuales.

El capitalismo de libre mercado, cuando se hayan ausentes las intervenciones redistributivas del Estado, produce oligarquías antidemocráticas, tal y como demuestra Piketty.

Hoy mismo, en ¡El País!, encuentro una beligerante referencia a un artículo del ¡Financial Times! sobre este libro.

Niegan los prestigiosos diarios la más evidente de las evidencias, amparándose en el "manejo torticero" de los modelos matemáticos por parte de Piketty.

¡Como si no supiéramos que el alcance de cualquier modelo depende de la elección y cuantificación de las variables!




Algunas ideas sobre Piketty
Rotekeil

(...)
El declive constante en la participación del trabajo en la renta nacional desde los años 70 se deriva del poder político y económico en decadencia del trabajo mientras que el capital movilizaba tecnología, desempleo, deslocalizaciones y políticas anti-trabajo (como las de Margaret Thatcher y Ronald Reagan) para aplastar a su oposición. Como Alan Budd, un asesor de Margaret Thatcher, confesó en un descuido, las políticas contra la inflación de los años 80 resultaron ser una “muy buena forma de aumentar el desempleo, y aumentar el desempleo fue una forma extremadamente atractiva de reducir la fuerza de la clase trabajadora lo que se diseñó allí fue, en términos marxistas, una crisis del capitalismo que recreaba un ejército de reserva del trabajo y que ha permitido a los capitalistas generar grandes beneficios desde entonces”. La diferencia en remuneración entre un trabajador promedio y un alto directivo estaba alrededor de 30/1 en 1970. Hoy en día se halla fácilmente sobre los 300/1 y en el caso de McDonald’s, sobre los 1.200/1.

(...)

El saqueador de momias como nihilista

Enrique Lynch cuenta en este artículo que el saqueo de tumbas en Egipto no es un fenómeno reciente. Existe allí una viejísima tradición de expolio de tumbas.

Los egiptólogos modernos, probablemente, sólo descubrieron sus hallazgos a través de  sobornos, guiados por bien remunerados chivatazos de alguna de las mafias que, desde hace siglos, controlan el expolio y posterior tráfico de las antigüedades egipcias.

Howard Carter y lord Carnarvon no habrían podido “descubrir” la tumba de Tutankamón sin la ayuda o la complicidad de las familias de saqueadores egipcios, auténticos sherpas de los egiptólogos occidentales que las historias románticas de la arqueología jamás mencionan.

Hay indicios razonables de que probablemente los mismos sacerdotes egipcios practicaron el robo desde la antigüedad.

El saqueador, entonces, no sería un bárbaro que expolia una cultura ajena, como los conquistadores españoles en
México y en Cuzco o los talibanes en Afganistán, sino uno que arrasa a consciencia su propia tradición, abomina de sus dioses y le tienen sin cuidado Osiris, Ra o Anubis.

Los antepasados de los actuales saqueadores son tan antiguos como los faraones y el saqueo es una profesión heredada por estirpes familiares, ahora constituidas en gremios.

Tenemos así un panorama de engaños sostenidos pero funcionales a la estructura de las sociedades respectivas. (El libro que enlazo aquí explica bien el éxito de muchas creencias, en momentos de la historia en que funcionaron).

Parte final del artículo, con las reflexiones del autor.



Enrique Lynch
El País

(...)

Este episodio, pues, actualiza una cuestión de considerable trascendencia: ¿hasta qué punto las elaboradas creencias egipcias en la vida de ultratumba, el Libro de los muertos, la teoría de la transmigración de las almas y el poderoso clero que las administraba formaban parte de un culto auténtico? ¿De veras era aquello una religión o, si acaso, una acendrada creencia compartida por reyes, sacerdotes y pueblo? Porque está claro que el saqueador no cree en los talismanes, ni teme las maldiciones de los faraones, ni tiene el menor respeto por las momias sagradas de unos individuos que, en vida (dícese) eran considerados dioses, sino que es un nihilista radical y, por añadidura, con varios milenios de antigüedad: un tipo mucho más duro que el más duro de los rappers del Bronx.

Similar perplejidad suscitan algunos elaborados mitos griegos caros a nuestra tradición europea, tan bellos y ricos en significados y símbolos sobre la condición humana que han inspirado la filosofía y la literatura occidentales. Como suele ocurrir con todos los mitos, las historias griegas cuentan hechos inverosímiles y hablan de seres fabulosos como el Cancerbero, describen escenarios como la Laguna Estigia o dan por hecho que las tres Medusas compartían un solo diente y un único ojo. Es posible que muchos griegos antiguos creyeran en estas historias, pero ¿de qué índole era su creencia? Más aún, ¿creía en ellas Platón, que fue uno de sus más pródigos divulgadores; o un tipo tan inteligente, realista y razonable como Aristóteles, creador de la lógica que reguló nuestros razonamientos por más de 2.000 años? El historiador Paul Veyne, que dedicó un seminario y un libro a examinar hasta qué punto los griegos creían en sus dioses, llegó a la conclusión de que por supuesto que no creían; o sí, pero del mismo modo como nuestros niños creen al mismo tiempo que los Reyes Magos existen, pese a que saben que son sus padres los que compran los regalos.

La cuestión, pues, no es nada baladí, puesto que son innumerables los contextos en que procedemos por creencia (o credulidad) mientras que otros, más o menos inescrupulosos o nihilistas, hacen como los egipcios saqueadores de tumbas; y se llevan a casa el botín. Hace unos cuantos años en las páginas de este periódico, Agustín García Calvo llamó la atención acerca del tipo de transacción que tiene lugar cada vez que un ciudadano deposita sus dineros en el banco a cambio de un insignificante resguardo. Para García Calvo esa confianza en el sistema financiero era del orden de lo mítico, es decir, fundada en creencia, puesto que de hecho no hay ninguna razón, ni prueba tangible ni certeza que abone la esperanza de que, llegado el caso, el valor de una inversión o una cuenta de ahorro serán devuelto por el banco con solo que se le presente el resguardo. La experiencia ciudadana en la España de los últimos años muestra que García Calvo no se equivocaba.

El escritor que concurre a un premio literario, ¿acaso no sabe que están casi todos amañados?

La creencia —y no la razón— sostiene la mayor parte de nuestra vida social, política y económica y no solo hace estragos cuando es manipulada por los curanderos, los mercaderes de felicidad, los tarotistas televisivos o los timadores profesionales que circulan por Internet. Una creencia sostiene el mito de la representación parlamentaria que es la base de la democracia moderna y anima el voto de los ciudadanos con objeto de que un programa sea llevado a término desde el Gobierno pese a que, una y otra vez, asistimos al mismo repertorio de transgresiones: democracias populares nacidas de una revuelta que a la postre se convierten en dictaduras, partidos autodefinidos como liberales que para salir de una crisis recurren a la subida generalizada los impuestos y algún otro, como la socialdemocracia francesa, que desmonta “conquistas” de los trabajadores promovidas por los propios socialdemócratas. ¿Por qué razón el ciudadano los sigue votando? El escritor que concurre a un premio literario, ¿acaso no sabe que están casi todos amañados? El aspirante a una plaza en la universidad, ¿cree o no cree en la limpieza del procedimiento por el cual aspira a ser seleccionado?

Hace ya muchos años, mantuve una breve (única) conversación con Jorge Luis Borges en la presentación de un libro en Buenos Aires. Yo había llegado a aquel sitio acompañado de mi madre y ella se las arregló para dejarme a solas con aquel anciano genial que recorría los círculos sociales y literarios porteños como el divino Tiresias. Abandonado delante de aquella luminaria me sentí obligado a decirle algo trascendente y se me ocurrió preguntarle si era cierto lo que había oído por ahí, que los libros de la Biblioteca de Babel, colección que entonces él dirigía, servían para probar un argumento demoniaco: la demostración de que Dios no existe. Borges hizo un gesto de estupor y me contestó: “¿De veras? No, no es cierto”; y tras un segundo de reflexión añadió: “Pero ya que me lo pregunta... ¿existe Dios? Mejor dicho, ¿hay alguien que crea de veras en Dios? Bueno, sí, el Papa probablemente cree...”. Pero casi enseguida se corrigió: “No, el Papa tampoco cree en Dios”; y acto seguido cambió de tema y se entretuvo preguntándome por un ancestro que, al parecer, su familia y la mía compartían desde los lejanos tiempos de Juan Manuel de Rosas.

lunes, 19 de mayo de 2014

La ‘gran coalición’ PP-PSOE

Pablo Castellano era aún un miembro destacado del PSOE, cuando en una conferencia le oí defender el concepto de "dictadura del proletariado".

En clave marxista, y aún leninista, explicaba que el sistema capitalista lo gobernaba la dictadura de la burguesía. Y que una democracia tendente a la eliminación del dominio de clase tendría que oponerle la dictadura del proletariado.

Luego oí decir a Santiago Carrillo que "dictadura, ni la del proletariado". En el contexto de salida de la franquista se entendía bien que no se refería al mismo concepto.

Pero apenas hemos vuelto a explicitar el concepto opuesto de "dictadura de la burguesía". 

Recordemos tambíen que un gobierno burgués es como el Consejo de Administración de la clase burguesa en su conjunto.

Bueno es recordar
aquellas palabras viejas
que han de volver a sonar

Manolo Monereo, miembro del Consejo Político Federal de IU, nos muestra como, en situaciones de emergencia, se aúna en compacto bloque el Consejo de Administración.




Cuarto Poder

Hemos ido aprendiendo que el bipartidismo es un modo de organizar el poder para impedir la realización de políticas de izquierda. Desde el principio fue algo más que un injusto y antidemocrático sistema electoral: era el modo, unas veces sofisticado, otras veces burdo, por medio del cual los que no se presentan a las elecciones siempre ganan. La derecha económica y mediática son gobierno: unas veces como PP, otras como PSOE. Hay diferencias, sin ninguna duda, si no las hubiera el negocio no sería posible. Es más, el componente esencial del asunto es que se escenifiquen “radicales” diferencias, debates “dramáticos” y todo tipo de insultos y descalificaciones. Insisto: es necesario que haya diferencias, entre otras cosas, porque las prebendas del ejercicio del poder político son enormemente significativas. La relación corrupción y bipartidismo es algo establecido. ¿Dónde está el truco?: en los límites que no se pueden rebasar, que se corresponden con los intereses estratégicos definidos por los grandes poderes económicos-financieros. Es decir, los dos grandes partidos (siempre hay que añadir a la burguesía vasca y catalana, como parte decisiva del bloque del poder) están de acuerdo en lo fundamental y divergen en lo accesorio. Cuando el bipartidismo entra en crisis, como ahora, se encienden todas las luces de alarma.

La Unión Europea, como he subrayado en más de una ocasión, es el territorio ideal para que se de este consenso fundamental. El mecanismo ha sido y es muy eficaz: los gobiernos aprueban políticas en la UE que no podrían defender, sin grandes costes, en cada uno de sus Estados y luego las presentan como exigencias obligatorias y permanentes de una Europa abstracta y genérica. Europa lo exige, la Merkel lo manda y los mercados lo requieren. Así se ha ido desmontando pieza a pieza el Estado social y los mecanismos que regulaban los mercados y promovían el desarrollo. Derecha y socialdemocracia se han ido turnando y aprobando las directivas que emanan de los poderes dominantes, de los grandes oligopolios financieros e industriales. Los tratados son la demostración más evidente de lo que decimos: siempre aprobados por el PP y el PSOE, con los añadidos imprescindibles de la derecha vasca y catalana.

La crisis lo ha cambiado todo. Ha puesto de manifiesto el carácter neoliberal de la construcción europea; ha evidenciado la subalternidad de la clase política bipartidista a los poderes económicos; ha mostrado hasta la saciedad que el objetivo es poner fin a las conquistas históricas del movimiento obrero y sindical, a los derechos sociales y laborales y, es la cuestión de fondo, que estamos ante una descomunal redistribución de renta, riqueza y poder en favor del capital monopolista-financiero. Los gobiernos conspiran contra sus poblaciones y poco o nada importa que sean de derechas o socialdemócratas. De ahí deviene la crítica al bipartidismo y de aquí, aparentemente, surgen las propuestas a favor de una “gran coalición” a la alemana.

De un posible gobierno de gran coalición PP-PSOE se viene hablando desde hace tiempo. Tiene que ver, como antes se indicó, con el agravamiento de la crisis económica y social, el deterioro creciente de la monarquía, el desprestigio de la clase política y, en general, la desafección de una parte significativa de la población respecto a las instituciones y a las formas de la democracia realmente existente. En el fondo -esto es cada vez más reconocido-, lo que está en crisis es el Régimen político surgido con la constitución del 78.

Un gobierno de coalición PP-PSOE es muy delicado para el futuro del bipartidismo y del propio Régimen e implica riesgos no menores. El sistema funciona porque da la imagen (los medios de comunicación son decisivos para este propósito) de una polarización, de una contraposición, derecha-izquierda. Sutilmente se confunde alternancia con alternativa: para impedir que se den alternativas reales entre posiciones ideológicas definidas, es necesario que juegue la alternancia entre opciones compatibles con los intereses de los poderes fácticos y su cada vez más efectivo control sobre la política. Para decirlo de otra forma: gobierno de coalición ya existe entre el PP-PSOE en las grandes cuestiones de Estado, en los temas de fondo que realmente importan a los poderes realmente existentes, explicitar un gobierno conjunto de la derecha y de los social liberales podría beneficiar especialmente a las fuerzas de izquierda que están por un proyecto político y social alternativo. Sobre todo, es bueno subrayarlo, porque el bipartidismo es visto por las nuevas generaciones como algo negativo y contrario al pluralismo político. ¿Por qué aquí y ahora proponer un gobierno de coalición?

La razón de fondo, a mi juicio, tiene que ver con el deterioro profundo del Régimen y, más allá, con el nuevo modelo de acumulación que se está configurando por y desde la crisis. Somos la periferia dependiente y subalterna de una estructura de poder organizada en torno a un “núcleo” dominado por la Gran Alemania. Los poderes económicos, la clase política y la monarquía reinante están de acuerdo con el nuevo papel que se le asigna España en la división del trabajo definida por la Unión Europea y que literalmente nos condena al subdesarrollo social y productivo. Este es el nudo donde se organizan y se entrecruzan las contradicciones.

La “gran coalición” sería algo más que un ejecutivo conjunto PSOE-PP. El objetivo parece claro: organizar desde el poder político una nueva transición hacia una (enésima) restauración borbónica, de ahí la radicalidad de la propuesta realizada por los portavoces orgánicos del capital financiero. Digámoslo con todas sus palabras: hacer una propuesta de este calibre en plena campaña electoral no beneficia al PSOE precisamente, luego ¿por qué se hace? La hipótesis de la que partimos es que se está intentando, de un lado, determinar la agenda política y, de otro, doblegar a una parte del PSOE poco interesado, por ahora, en esta propuesta. Se podría pensar que uno de los objetivos últimos de esta operación palaciega, financiera y mediática seria remodelar las fuerzas políticas a la italiana, es decir, cambiar el mapa de los partidos y propiciar un sistema electoral mayoritario. Propuestas como estas se vienen haciendo desde hace años y Felipe González no es la primera vez que las defiende.

Organizar la transición a un nuevo régimen tendría objetivos precisos:
  1. Garantizar por todos los medios la continuidad de la Monarquía, entendida como eje organizador del bloque de poder e instrumento de cohesión entre el poder económico y el político. La tarea más complicada es conseguir la rápida abdicación de Juan Carlos y la entronización de su hijo Felipe como símbolo de la regeneración democrática del sistema.
  2. La reforma de la constitución del 78. El verdadero objetivo es impedir la apertura de un proceso constituyente que signifique en la teoría y en la práctica el autogobierno de los ciudadanas y ciudadanos, la ruptura democrática. Rajoy lo ha dicho una y otra vez: es la Unión Europea la que ha cambiado y cambiará aún mas nuestra constitución económica y social; por lo tanto, se harán reformas para adaptarse al que tiene el verdadero poder, al soberano efectivo, los poderes económicos y financiero.
  3. Encontrar acomodo a las varias cuestiones “nacionales” del Estado español, poniendo el acento en lo que une a las diversas burguesías: la Monarquía y la UE.
  4. Modificar la vigente ley electoral, apostando por un sistema mayoritario y desde ahí modificar las estructuras partidarias. El objetivo: reforzar el bipartidismo y avanzar, lo diríamos así, hacia la norteamericanización de la vida pública.
  5. Consolidar y convertir en ley lo conseguido ya con las políticas de ajuste: desmontar el Estado Social, la pérdida de derechos sociales y sindicales y la mercantilización de los servicios públicos.
  6. Alinear firmemente a España y a la UE a la política exterior (comercial, político-militar y estratégica) norteamericana. Un dato central será el Tratado Transatlántico de Comercio y de Inversiones que consagra la subalternidad económica y comercial de la UE a la geopolítica del Imperio.
Conseguir esto no será fácil. Se requieren, al menos, tres cosas: una fuerte unidad del bloque de poder en torno a las dos fuerzas mayoritarias; una Izquierda Unida, y en general, una izquierda transformadora débil y sin capacidad de movilización y unidad y -es la clave- la pasividad de las clases trabajadoras, de la ciudadanía. El 22M puso de manifiesto que hay fuerza para la movilización y el compromiso social si se organiza la unidad y se definen bien los objetivos. Lo que viene está claro: una salida capitalista a la crisis que implique un nuevo régimen monárquico y una democracia “limitada y oligárquica”. La alternativa está también clara: ruptura democrática para un proceso constituyente que consagre una democracia de hombres y mujeres libres e iguales, que subordine la economía a la sociedad y garantice los derechos sociales de todas las personas. A esto siempre se le llamó aquí República.

domingo, 18 de mayo de 2014

¿Qué está pasando en Venezuela?

Como parte del proyecto de Comunicación Popular de la Universidad Popular del Buen Vivir en Ecuador, Web Minga TV publicó recientemente este vídeo didáctico para explicar el llamado "golpe suave" que intenta desestabilizar a Venezuela. 

Con lenguaje claro y sencillo, estos jóvenes intentan llegar a la mayor población a través de las redes sociales.

La Universidad Popular busca recuperar, experimentar y fomentar prácticas y saberes solidarios y alternativos, de acuerdo con su página en Facebook. Está compuesta por miembros de organizaciones políticas, movimientos sociales y de la ciudadanía, como parte del proceso de creación del Poder Popular, con un claro compromiso con la construcción del socialismo del Buen Vivir.

¿Qué está pasando en Venezuela?



viernes, 16 de mayo de 2014

Las guarimbas en Venezuela

"Está mas claro que el caldo de un asilo", se decía por mi tierra hace muchos años (los del hambre). En defensa de su situación, por injusta y privilegiada que sea, hay gente que hace estas cosas.

Ya nada nos sorprende, y solo nos indignamos a ratos. Muchos ni se enteran y sólo conocen el mundo por lo que les enseñan los medios de desinformación. Una pena.

Mucha es la fuerza de las palabras. Si me hablan de un león azul, inmediatamente me lo imagino. Y es como si existiera. Si me dicen que Venezuela es una dictadura que oprime a su pueblo, me viene esa imagen a la cabeza, aunque sepa de las múltiples elecciones ganadas por el chavismo. Si no me paro a pensarlo, "pueblo" es un concepto que engloba a muchas gentes diversas. Hay clases sociales, hay lucha de clases, pero la idea inclusiva de "pueblo" tapa esa realidad. Y sólo me queda la idea de "indignación". Si no me paro a analizar, podría ser como la que aquí mismo toma las plazas de vez en cuando.

Apelemos al menos a la conciencia ecológica, que compartimos con los "biempensantes" de derechas: ved como estos vándalos de la foto no dudaron en cortar árboles añosos para interrumpir el tráfico.









Mucho más que una "kale borroka" burguesa

Rebelión

Desde fines de enero Venezuela sufre una ola de violencia que ha provocado, hasta el momento, más de 40 muertos y miles de millones de pérdidas por destrozos de infraestructuras públicas (escuelas, hospitales, viviendas subsidiadas por el Estado). Un recorrido por su capital durante unos días, nos permite rescatar testimonios muy valiosos que certifican que las denominadas ‘guarimbas’, parecieran una especie de ‘kale borroka’ burguesa, o algo mucho peor. 

Plaza Altamira. 

A pesar de que en la capital venezolana podemos encontrar urbanizaciones más pudientes, no hay territorio más simbólico para la derecha criolla que la famosa Plaza Altamira. Desde que el gobierno bolivariano comenzó su andadura, la también llamada Plaza Francia ha sido bastión de los grupos reaccionarios. Fue lugar de reunión de militares golpistas, núcleo de apoyo a los paros patronales, y hoy día, centro de encuentro de un puñado de jovencitos de clase acomodada -en su mayoría-, que juegan a ser rebeldes practicando la denominada ‘guarimba’, la ‘kale borroka’ criolla.

En el centro de la plaza, junto a la fuente, destaca la estatua de una virgen, rodeada de fotografías de las personas asesinadas en las ‘guarimbas’ de las últimas semanas, además de la presencia de una docena de militantes derechistas que rezan fervientemente. Sorprende la instrumentalización que hace la derecha de los más de 40 muertos, tratándolos como si fueran “sus” muertos, teniendo en cuenta que una gran mayoría fueron del bando chavista.

Pero este clima sobrecargado de religiosidad política se quiebra cuando vemos pasar a un ‘chamo’ (joven) con una franela (camiseta) blanca, con unas letras rojas que rezan: ‘yo también maté a Chávez’. La crueldad del mensaje corta la respiración, como lo hicieron en su momento otros lemas ‘inolvidables’ acuñados por la burguesía en tiempos de la enfermedad de Chávez, como aquel que decía ‘Viva el cáncer’. Estos, se intercalan con otros más frívolos, como los que se pueden ver en los carteles que han pegado en los troncos de los árboles: “yo también quiero viajar a Europa”, “yo quiero una urbanización (barrio de lujo) propia” o “Maduro, no me llega la plata ni para hacerme las tetas”.

‘Guarimbas’. 

Las barricadas que se pueden ver en algunos barrios acomodados de Caracas, compuestas por unas pocas bolsas de basura cruzadas en medio de la carretera, no parecen especialmente sofisticadas, pero sin embargo parece que nadie se atreve a quitarlas. Y esto ¿por qué? Una buena respuesta nos la dio una profesora de la Universidad Central de Venezuela. El otro día, cuando pasaba por una conocida urbanización caraqueña le preguntó a la policía municipal (controlada por la oposición) por qué no apartaban las barricadas de la calle y dos agentes le respondieron: “Señora, tenemos que garantizar el derecho a la protesta”. ¿Alguien se imagina esta escena en las calles de Bilbao, Madrid, Berlín o Londres?

Otra buena anécdota nos la proporcionó una vecina del municipio de San Antonio de los Altos (cercano a Caracas), ‘casualmente’ también gobernado por la derecha. Un día sí y otro también menos de una docena de jovencitos y señoras mayores de ‘clase bien’, se plantan en medio de la carretera para protestar contra el ‘régimen’, provocando atascos de varias horas en la hora punta de salida del trabajo. Esto sucede ante la mirada cómplice de la policía local, se queja nuestra testigo. Agrega además que cuando llega la Guardia Nacional, la mayoría de las veces les invita pacíficamente a abandonar la vía. Pero por qué tan poca contundencia por parte de la policía, preguntamos sorprendidos. Para evitar que sean señalados como represores, nos responde. El mundo al revés, como diría Galeano. No me imagino una policía tan empática y solidaria con las causas populares en el País Vasco ni en Nueva York.

La otra razón fundamental por la que las barricadas no son en muchos casos apartadas es el miedo a ser disparado por un francotirador. Nos recuerdan que varios de los muertos en las guarimbas han sido asesinados de un tiro en la cabeza proveniente de las azoteas cercanas. Esto, sin duda, va más allá de una simple ‘kale borroka’.

Un periodista local nos precisa quienes son exactamente los grupos violentos que están operando en la guarimba. Por una parte, tenemos a los ya citados niñatos de clase acomodada, que juegan a la contrarrevolución con la complacencia del latifundio mediático internacional, que por arte de magia los convierte en héroes populares contra un régimen represivo. Por otro lado, están los paramilitares-francotiradores, asesinos profesionales y verdaderos autores materiales de la mayoría de las muertes. Finalmente, aparecen los ‘malandros’, delincuentes comunes que cobran sus honorarios por generar violencia y caos.

Acciones violentas. 

Como es bien sabido, cualquier grupo que práctica la violencia con fines políticos, elige sus objetivos militares previamente y en función de un análisis ideológico. Hace unas semanas, por ejemplo, los grupos que hicieron uso de la violencia contra la celebración de la cumbre de exaltación capitalista en Bilbao, atacaron símbolos del sistema como los bancos y las tiendas de marcas multinacionales. En Venezuela, los grupos violentos de la derecha hacen lo propio, atacando símbolos del proceso de cambio como son las nuevas universidades públicas, los centros de salud, las viviendas de protección oficial, etc.

Los intentos por incendiar consultorios médicos, incluso cuando los médicos cubanos estaban en su interior, no solo es un rasgo de la xenofobia de estos grupos sino también del desprecio al nuevo sistema de salud público. La destrucción de varias instalaciones de la Universidad Bolivariana y el reciente apaleamiento de un estudiante de izquierdas por parte de más de 50 militantes de derechas en la Universidad Central de Venezuela, llegando incluso a rociarlo con gasolina para intentar quemarlo vivo, es una buena muestra del salvajismo de estas bandas. La quema de una planta del Ministerio de la Vivienda y el posterior desalojo urgente de la guardería ubicada un piso más abajo, se retrata por sí sola. La caracterización de estos actos y de aquellos que los practican como ‘fascistas’ no parece por tanto exagerada. Lo que resulta sumamente significativo es el silencio de los grandes medios internacionales.

Resulta también sorprendente la paciencia con la que los sectores populares están aguantando las agresiones. Un habitante del populoso barrio de San Agustín nos asegura que cada día están más ‘arrechos’ (molestos) con las guarimbas. Espera que con la Conferencia de Paz entre gobierno y oposición se calme la situación. Si no, dice, tendrán que terminar bajando de los cerros.