sábado, 5 de julio de 2014

La vida como saqueo

Evidente: hace falta un cambio de mentalidad. Porque las ideas dominantes son ampliamente compartidas por los dominados. Por eso a los poderosos les cuesta poco convencerlos de que las cosas comienzan a mejorar. La mayoría no aspira a la emancipación, sino a la cooptación. Todavía creen, porque lo quieren creer, que su situación mejorará si hay un nuevo boom económico, sin ver que no se va a producir si no es a su costa.

Y que será efímero. De burbuja en burbuja el capitalismo se dirige al agotamiento y a su final, y es fácil que en su desastre nos arrastre a la miseria absoluta.

La hybris (desmesura), está sembrada y bien arraigada en las masas, porque en el fondo comparten sus valores (utilitarismo, pragmatismo, deseos insaciables por encima de necesidades reales...), con los dueños del mundo.

Habrá que establecer un inteligente balance entre necesidades, deseos y posibilidades de satisfacerlos sin cargar sobre el planeta lo que no puede dar. Que todavía es suficiente para el verdadero buen vivir.

La perpetua invitación a la codicia significa un continuo sabotaje al ejercicio de la libertad. No olvidemos que en el capitalismo la única libertad es la de comprar y vender, y la codicia sin límite incapacita para ejercerla. Mucho más a quien sólo puede venderse a sí mismo y tiene poco que comprar.


El País

Únicamente conozco a un broker que actúe en Wall Street. Se trata de un antiguo compañero de colegio que ya en la infancia apuntaba maneras. Era abierto, decidido y, a la que te descuidabas, te devolvía un lápiz tras haberle prestado una pluma estilográfica. El otro día me lo encontré por la calle y estuvimos charlando un rato. Estaba contento porque los negocios le iban bien. Le pregunté si se reproducían las condiciones —propicias para él, por cierto— que dieron lugar al colapso financiero de hace algunos años. Me contestó que no sólo se reproducían sino que dentro de no mucho el colapso sería mayor. Los especuladores, empezando por él mismo, campaban a su aire, sin freno, y sus ganancias eran fabulosas. A su alrededor las burbujas fomentadas por la especulación crecían sin cesar, aunque, como es lógico, nadie pensaba acabar atrapado por ellas.

Mi antiguo compañero de colegio era feliz: todo volvía a producirse, corregido y aumentado, ante un mundo ciego y sordo, o, lo que era todavía más eficaz, cómplice. En definitiva, de creer sus palabras, la codicia seguía creando fuertes lazos de complicidad entre el engañador y el engañado, parecidos a los de los colegiales que intercambiaban lápices y plumas estilográficas. Claro que él no hablaba de codicia sino de interés y de provecho.

Y creo que no le falta razón. No tengo conocimientos suficientes para saber, o profetizar, si se avecina un nuevo colapso, pero sí tengo la sospecha de que no se ha generado un aprendizaje profundo en relación con lo sucedido estos últimos años. No se ha eliminado el huevo de la serpiente, ya que dicha eliminación concernía, además de a la economía y a la política, al espíritu, o, si se teme esa palabra, a la mentalidad. No ha habido catarsis, no se ha hecho limpieza, y las nuevas turbulencias pueden presentarse sin que se hayan construido diques de contención que las detengan.

No ha habido catarsis y las nuevas turbulencias económicas pueden presentarse sin que se hayan construido diques de contención que las detengan

A este respecto es muy interesante —incluso literariamente— escuchar el relato sobre el fin de la crisis que muchos políticos y financieros están contando. Es en cierto modo simétrico al del inicio de la crisis, e inevitablemente recuerda las narraciones tejidas en torno al absurdo. La crisis estalló inexplicablemente, y bastaría recurrir a las hemerotecas para comprobar la maravillada candidez de los dirigentes políticos y económicos: nadie podía prever nada porque —como los grandes fenómenos diabólicos y divinos, o como el absurdo— todo era imprevisible. Inopinadamente la peste se apoderó de la ciudad. Ahora se declara que la peste ya ha sido vencida, si bien es cierto que dejando tras de sí un reguero de cadáveres. Es magnífico ver a los banqueros proclamar el triunfo sobre la peste, ajenos ellos por completo a la instalación de la epidemia. También es aleccionador comprobar el triunfalismo de Rajoy o Montoro, aunque en sus caras se insinúe todavía un rictus de espanto, como si no estuviesen muy seguros de los augurios, o simplemente tuvieran dificultades a la hora de jugar su nuevo papel en la representación teatral.

Sin embargo, con mayor o menor eficacia, la representación funciona. Los espectadores —es decir, los ciudadanos— empiezan a aceptar que la peste se está desvaneciendo, y tienen tantas ganas de que esto suceda que están olvidando ya las causas del contagio que afectó a la comunidad. Si hacemos caso de la lógica expuesta por mi antiguo compañero de colegio, el entero ciclo va a repetirse de nuevo porque otra vez van a funcionar férreamente los lazos de la codicia: los especuladores, como corresponde a su papel en la función, buscarán la complicidad de los ciudadanos para la obtención de unos beneficios que, aunque a la larga sean catastróficos, a corto plazo brillan con luz propia.

La repetición del ciclo, de producirse, implicaría una ausencia total de aprendizaje con respecto a lo que hemos denominado crisis. Si tuviésemos la voluntad de aprender deberíamos ir, creo, más allá de las explicaciones económicas y políticas para preguntarnos sobre una determinada interpretación de la existencia. Dicho directamente: mientras la vida sea entendida como un objeto de rapiña, de saqueo, cualquier otra consideración se antoja secundaria. Y esta parece ser la ideología dominante en estos primeros lustros del siglo XXI en los que el utilitarismo y el pragmatismo se ven acompañados por una exaltación permanente de la posesión inmediata de las cosas (y de las personas). La existencia está ahí para ser tomada, para ser consumida, y no para llegar a un compromiso con ella. Más importante que el contrato social del que hablaron los ilustrados es el contrato existencial, del que carecemos y que supondría entender la vida como un sutil juego de equilibrios entre deseo y respeto, entre posesión y contención.

Cuando en la tragedia griega los poetas luchaban contra la desmesura y el desequilibrio, poniéndolos precisamente en escena, era porque partían de la honda convicción de que el hombre no puede ser libre si está atenazado por la hybris. Como supo ver muy bien Esquilo, no puede haber libertad si las fuerzas dominantes son la desmesura y el desequilibrio. Por importante que sea la urna para la democracia todavía más importante es la capacidad de mediación y de regulación: entre los individuos, entre los poderes, entre el hombre y su entorno. No obstante, el capitalismo que, globalizado, se asienta en el mundo tras la caída del muro de Berlín, hace ahora 25 años, es una auténtica civilización de la hybris y, en consecuencia, si aún son válidas las enseñanzas de Esquilo —y pienso que lo son—, un sistemático antídoto contra la democracia. La perpetua invitación a la codicia y al fast food vital significan un continuo sabotaje al ejercicio de la libertad.

Más importante que el contrato social es el contrato existencial

Por eso es alarmante —no para él, claro— el pronóstico de mi compañero de infancia, el actual broker de Wall Street, cuando supone que las circunstancias van a repetirse porque los hombres están predispuestos a que se repitan. Indicaría que estamos atrapados en esa civilización de la hybris que no contempla otro camino que el del saqueo vital y la posesión inmediata de las cosas. Prisioneros de ese sortilegio, lo normal es que marcháramos de crisis en crisis, de nuevo riquismo en nuevo riquismo, con asombrosas irrupciones de la peste en la ciudad y no menos asombrosas desapariciones de esa misma peste. Eso sí, con visionarios, con augures, con magos, vestidos de ministros o de banqueros, abriendo o cerrando las puertas del porvenir. Y sin posibilidad de aprender.

Lo contrario sería aprender. Pero eso entrañaría un nuevo concepto de educación que desborda, con mucho, el marco de las escuelas y las universidades para afectar, directamente, a la mente del hombre. Al comprobar los estragos violentos de la Revolución Francesa, un revolucionario como Friedrich Schiller escribió un breve y valiosísimo libro, Cartas sobre la educación estética de la humanidad. En él se afirmaba que ningún cambio era posible, por espectacular que fuera en su efecto exterior, si no conlleva una modificación de la sensibilidad. Fue, en cierto modo, una profecía con respecto a las revoluciones que estaban por venir, especialmente las que tuvieron lugar en el siglo XX.

Aprender sería aprender a desarticular la civilización de la hybris. Educar al hombre en un nuevo contrato existencial, con sus derechos y sus deberes, en que la vida, lejos de ser un objeto de saqueo, fuese un sujeto de armonía. Claro que eso implicaría hacer una verdadera revolución espiritual, algo más delicado que cualquier revolución de otro tipo. La próxima vez que me encuentre con mi antiguo compañero de colegio voy a preguntarle qué opina al respecto. Quizá ría porque no lo entienda; quizá se asuste porque lo entienda demasiado.

viernes, 4 de julio de 2014

Deuda ilegítima

Poco puedo añadir a este análisis de Eric Toussaint. Es una síntesis apretada de lo que cualquiera puede ver si se esfuerza por analizarlo, aunque sea sólo un poco.

Fue escrito hace catorce años.

El problema que tenemos las clases subalternas (y muchos que se creen por encima de los otros no dejan de ser eso, clases subalternas) es la falta de memoria. Memoria no es un conjunto de recuerdos puntuales, sino capacidad para seguir el hilo de los acontecimientos.

El bloque dominante (al menos sus cabezas pensantes) la tiene, y aprende. Y en su constante movimiento secular actualiza sus políticas, con tenacidad, estrategia y desde luego, capacidad ejecutiva.

Claro que desde su altura dominan el paisaje, y a ras de tierra el horizonte es corto. Además no nos quedan ganas más que para distraernos un poco.

Por cierto, ¿cómo va el Mundial?

¿Comparación exagerada?



CADTM

Este texto pone en evidencia las similitudes de las políticas impuestas a los pueblos del Norte y del Sur del planeta a partir del gran giro neoliberal de los años 1980. Si bien fue escrito en julio de 2000, ningún retoque es necesario para presentar y analizar el desarrollo de los acontecimientos del período 1980-2000 en materia de austeridad y de endeudamiento. Su contenido tiene la ventaja de mostrar que las políticas aplicadas progresivamente a partir de 2008 en Grecia, en Europa occidental y en los Estados Unidos constituyen la profundización de una ofensiva iniciada tres decenios antes. Los argumentos utilizados por los gobiernos y los organismos internacionales que los aplican no han cambiado verdaderamente, lo mismo que las recetas utilizadas.

A partir de los años 1980, la crisis del endeudamiento público, tanto de los países del Tercer Mundo y del Este como de los países industrializados, ha sido sistemáticamente utilizada para imponer políticas de austeridad en nombre del ajuste |1|. Acusando a sus predecesores de haber vivido “por encima de sus posibilidades” recurriendo demasiado fácilmente al empréstito, la mayor parte de los gobiernos en funciones desde entonces han infligido progresivamente un “ajuste” de los gastos públicos, los sociales en particular, como si se tratara de ajustar un cinturón apretándole uno o dos agujeros.

Por lo que se refiere al Tercer Mundo y el Este, el formidable crecimiento de la deuda pública comenzó a finales de los años 1960 y desembocó en una crisis de pagos a partir de 1982. Este endeudamiento tiene responsables. Se encuentran esencialmente en los países más industrializados: los bancos privados, el Banco Mundial y los gobiernos del Norte que prestaron literalmente a espuertas centenares de miles de millones de eurodólares y de petrodólares.

Para colocar sus excedentes de capitales y de mercancías, esos diferentes actores del Norte prestaron a tasas de interés muy bajas. La deuda pública de los países del Tercer Mundo y del Este fue así multiplicada por doce entre 1968 y 1980. En los países más industrializados, el endeudamiento público aumentó igualmente con fuerza durante los años 1970, al intentar responder los gobiernos al final de los “treinta gloriosos” años de posguerra con políticas keynesianas de relanzamiento de la máquina económica.

Un giro histórico se emprendió en 1979, 1980, 1981, con la llegada al poder de Thatcher y de Reagan, que a partir de entonces aplicaron a gran escala las políticas soñadas por los neoliberales.

De entrada, procedieron en particular a una muy fuerte subida de las tasas de interés, que obligó a los poderes públicos endeudados a transferir a las instituciones financieras privadas montantes colosales. A partir de ese momento, a escala planetaria, el reembolso de la deuda pública constituyó un poderoso mecanismo de bombeo de una parte de las riquezas creadas por los trabajadores asalariados y los pequeños productores en beneficio del capital financiero.

Esas políticas, dictadas por los neoliberales, iniciaban una formidable ofensiva del capital contra el trabajo. Endeudados, los poderes públicos se pusieron a reducir los gastos sociales y de inversión, para “equilibrar” las cuentas; luego, recurrieron a nuevos préstamos, para hacer frente a la subida de las tasas de interés: es el famoso efecto “bola de nieve”, vivido en los cuatro puntos del planeta durante los años 1980. Es decir, un aumento mecánico de la deuda causado por el efecto combinado de las tasas de interés elevadas y de los nuevos préstamos necesarios para el reembolso de los préstamos anteriores.

Para pagar la deuda pública, los gobiernos se sirvieron abundantemente de los impuestos, cuya estructura fue modificada de forma regresiva en el curso de los años 1980-1990: la parte de los ingresos fiscales provenientes de los impuestos sobre las rentas del capital disminuyó, mientras que aumentaba la parte de los ingresos provenientes de los impuestos sobre el trabajo asalariado, de una parte, y sobre el consumo de masas, vía la generalización del IVA y el aumento de los impuestos indirectos, de otra.

En definitiva, el Estado quitó a los trabajadores y a los pobres para dar a los ricos, al capital: exactamente lo contrario de una política redistributiva, que debería ser, sin embargo, la preocupación principal de los poderes públicos…

La crisis de la deuda pública de los años 1980 está íntimamente ligada al proceso de desreglamentación que preside la mundialización neoliberal. En efecto, el aumento colosal del endeudamiento público, a finales de los años 1960 y comienzos de los años 1980 fue pareja con el desarrollo del mercado de los “eurodólares”, es decir una de las primeras etapas de la desreglamentación del sistema monetario internacional y de los mercados de cambios.

Importancia estratégica del ajuste estructural en los países de la periferia
 

Las políticas de ajuste estructural comenzaron a ser aplicadas en los países de la periferia justo después del estallido de la crisis de la deuda en agosto de 1982. Constituyeron la prosecución, bajo una forma nueva, de una ofensiva que había comenzado unos quince años antes.

¿Qué estaba en juego en esta ofensiva?

Para los estrategas de los gobiernos del Norte y de las instituciones financieras multilaterales a su servicio, comenzando por el Banco Mundial, imperativamente había que responder a un desafío, la pérdida de control sobre una parte creciente de la periferia: entre los años 1940 a los 1960, se fueron sucediendo las independencias asiáticas y africanas, el bloque del Este europeo se había ampliado, las revoluciones china, cubana y argelina habían triunfado, habían aparecido políticas populistas y nacionalistas, puestas en marcha por regímenes capitalistas de la periferia -del peronismo argentino al partido del Congreso indio de Nehru, pasando por el nacionalismo nasseriano-… En definitiva, nuevos movimientos y organizaciones se habían desarrollado un poco en todas partes a escala internacional, constituyendo otros tantos peligros para la dominación de las principales potencias capitalistas.

Los préstamos masivos concedidos, a partir de la segunda mitad de los años 1960, a un número creciente de países de la periferia (comenzando por los aliados estratégicos, el Congo de Mobutu, la Indonesia de Suharto, el Brasil de la dictadura militar, llegando hasta países como Yugoslavia y México) juegan el papel de lubrificante de un poderoso mecanismo de recuperación del control. Esos préstamos concretos tenían por objetivo el abandono por esos países de su política nacionalista y una conexión más fuerte de las economías de la periferia al mercado mundial dominado por el centro. Se trata igualmente de asegurar el aprovisionamiento de las economías del Centro en materias primas y en combustibles. Poniendo los países de la periferia progresivamente en competencia los unos con los otros, incitándoles a “reforzar su modelo exportador”, el objetivo era hacer bajar los precios de los productos que exportaban y, por consiguiente, reducir los costes de producción en el Norte y aumentar en él la tasa de ganancia. Se trataba en fin, en un contexto de ascenso de las luchas de emancipación de los pueblos y de guerra fría con el bloque del Este, de reforzar la zona de influencia de los principales países capitalistas. Ciertamente, no se puede afirmar que hubo por parte de los bancos privados, del Banco Mundial y de los gobiernos del Norte, la puesta en marcha de un complot. Pero no deja de ser cierto que un análisis de las políticas seguidas por el Banco Mundial y por los principales gobiernos de los países industrializados en materia de préstamos a la periferia muestra claramente que esos actores perseguían objetivos estratégicos |2|

La crisis que estalla en 1982 es el resultado del efecto combinado de la bajada de los precios de los productos exportados por los países de la periferia hacia el mercado mundial y de la explosión de las tasas de interés. De un día para otro, hay que pagar más con ingresos que disminuyen. De ahí, el estrangulamiento. Los países endeudados anuncian que están confrontados a dificultades de pago. Los bancos privados del centro se niegan inmediatamente a conceder nuevos préstamos y exigen que se les paguen los antiguos. El FMI y los principales países capitalistas industrializados adelantan nuevos préstamos para permitir a los bancos privados recuperar su apuesta y para impedir una sucesión de quiebras bancarias.

Desde esa época, el FMI, apoyado por el banco Mundial, impone los planes de ajuste estructural. Un país endeudado que se niega al ajuste estructural se ve amenazado con la detención de los préstamos del FMI y de los gobiernos del Norte. Se puede afirmar sin riesgo a equivocarse que quienes, a partir de 1982, proponían a los países de la periferia que dejaran de pagar sus deudas y que constituyeran un frente de los países deudores tenían razón. Si los países del Sur hubieran instaurado ese frente, habrían sido capaces de dictar sus condiciones a acreedores desesperados.

Al optar por la vía del reembolso, bajo las horcas caudinas del FMI, los países endeudados han transferido hacia el capital financiero del Norte el equivalente de varios planes Marshall. Las políticas de ajuste han implicado el abandono progresivo de elementos clave de la soberanía nacional, lo que ha desembocado en un aumento de la dependencia de los países concernidos hacia los países más industrializados y sus multinacionales. Ninguno de los países que haya aplicado el ajuste estructural ha podido sostener de forma duradera una tasa de crecimiento elevada. Las desigualdades sociales han aumentado en todas partes. Ningún país “ajustado” constituye una excepción.

Los nuevos préstamos concedidos por el FMI desde 1982 persiguen tres objetivos: 1) establecer las reformas estructurales impuestas por el ajuste; 2) asegurar el reembolso de la deuda contratada; 3) permitir progresivamente a los países endeudados tener acceso a los préstamos privados vía los mercados financieros.

¿En qué consiste este “ajuste”?
 

El ajuste estructural comprende dos grandes tipos de medidas. Las primeras son medidas de choque (generalmente la devaluación de la moneda y la subida de las tasas de interés en el interior del país concernido). Las segundas son reformas estructurales (privatización, reforma fiscal, etc.). Las devaluaciones impuestas por el FMI han alcanzado regularmente tasas del 40% al 50%. Intentan hacer más competitivas las exportaciones de los países concernidos, de forma que aumenten las entradas de divisas necesarias para el reembolso de la deuda. Otra ventaja, no despreciable desde el punto de vista de los intereses del FMI y de los países más industrializados: provocan una bajada del precio de los productos exportados por los países del Sur.

Para estos últimos tienen efectos más negativos: engendran una explosión del precio de los productos importados en su propio mercado y deprimen por ello la producción interna. Así, no solo sus costes de producción aumentan, tanto en la agricultura como en la industria y el artesanado -esto tanto más en la medida que incorporan ya numerosos recursos importados como consecuencia del abandono de las políticas “autocentradas”-, sino que el poder de compra de la gran masa de sus consumidores se estanca (el FMI prohíbe toda indexación de los salarios). Además, esas devaluaciones provocan un agravamiento de las desigualdades en el reparto de las rentas, pues los capitalistas, que disponían de liquidez, tomaron cuidado de comprar divisas extranjeras antes de su aplicación. Así, en el caso por ejemplo de una devaluación del 50%, el valor de su liquidez se duplicaba.

La política de tipos de interés elevados, por su parte, no hace sino aumentar la recesión interna: el campesino o el artesano, que debe pedir prestado para comprar los recursos necesarios para su producción, duda en hacerlo o reduce su producción por falta de medios.

Por el contrario, el capital rentista prospera. El FMI justifica estos tipos elevados afirmando que atraerán a los capitales extranjeros de los que tiene necesidad el país. En la práctica, los capitales que son atraídos por tales tipos son volátiles y toman rumbo a otros cielos al menor problema o cuando aparece una mejor perspectiva de ganancia.

Otras medidas de ajuste específicas de los países de la periferia: la supresión de los subsidios a ciertos bienes y servicios básicos y la contrarreforma agraria. En la mayor parte de los países del Tercer Mundo, la alimentación básica (pan, tortilla, arroz…) está subvencionada para impedir fuertes subidas de precios. A menudo este es también el caso en lo que se refiere al transporte colectivo, la electricidad y el agua. El FMI y el Banco Mundial exigen sistemáticamente la supresión de tales subsidios, lo que provoca un empobrecimiento de los más pobres y algunas veces revueltas por hambre.

En materia de propiedad de la tierra, el FMI y el Banco Mundial han lanzado una ofensiva a largo plazo que intenta hacer desaparecer toda forma de propiedad comunitaria. Es así como han obtenido la modificación del artículo de la Constitución mexicana que protegía los bienes comunales (ejidos). Y uno de los grandes temas sobre los que trabajan hoy estas dos instituciones es la privatización de las tierras comunitarias o estatales en el África subsahariana…
 

Medidas de ajuste comunes al Norte y al Sur
 
La reducción del papel del sector público en la economía, la disminución de los gastos sociales, las privatizaciones, la reforma fiscal favorable al capital, la desreglamentación del mercado de trabajo, el abandono de aspectos esenciales de la soberanía de los Estados, la supresión de los controles de cambio, el estímulo del ahorro-pensión por capitalización, la desreglamentación de los intercambios comerciales, el impulso de las operaciones bursátiles... Todas esas medidas son aplicadas en el mundo entero a dosis que varían según las correlaciones de fuerzas sociales. Lo que llama la atención es que desde Malí a Inglaterra, de Canadá a Brasil, de Francia a Tailandia, de Estados Unidos a Rusia se constata una profunda similitud y una complementariedad entre las políticas llamadas de "ajuste estructural", en la periferia, y las bautizadas en el centro como de "saneamiento", "austeridad" o "convergencia".
 

En todas partes, la crisis de la deuda pública ha servido de pretexto para el lanzamiento de tales políticas. En todas partes el pago de la deuda pública representa un engranaje infernal de transferencia de las riquezas en beneficio de los detentadores de capital.
 

François Chesnais resume la situación en unas frases: "Los mercados de títulos de deuda pública (los mercados obligaciones públicas), puestos en pie por los principales países beneficiarios de la mundialización financiera y luego impuestos a los demás países (sin demasiadas dificultades muy frecuentemente) son, según dice incluso el propio Fondo Monetario Internacional, la piedra "angular" de la mundialización financiera. Traducido a un lenguaje claro, es exactamente el mecanismo más sólido, puesto en pie por la liberalización financiera de transferencia de riquezas de ciertas clases y capas sociales y de ciertos países hacia otros. Atacar a los fundamentos del poder de las finanzas supone el desmantelamiento de esos mecanismos y, por tanto, la anulación de la deuda pública, no solo la de los países más pobres, sino también la de todos los países cuyas fuerzas sociales vivas se niegan a que el gobierno continúe imponiendo la austeridad presupuestaria a los ciudadanos para pagar los intereses de la deuda pública" |3|.

Los planes de ajuste estructural y demás planes de austeridad constituyen una máquina de guerra que intenta destruir todos los mecanismos de solidaridad colectiva (desde los bienes comunes al sistema de pensión por reparto) y someter todas las esferas de la vida humana a la lógica mercantil. El sentido profundo de las políticas de ajuste estructural es la supresión sistemática de todas las trabas históricas y sociales al libre despliegue del capital para permitirle proseguir su lógica de beneficio inmediato, cualquiera que sea su coste humano o medioambiental.

Hay que romper con esta lógica, abandonar las políticas de ajuste estructural, en cualquier lugar que se apliquen, y reconstruir un conjunto de mecanismos de control del capital de forma que se dé prioridad a la Humanidad. De ahí la importancia de crear colectivamente, gracias a solidaridades Norte/Sur, Este/Oeste, nuevas redes de lucha ciudadana. Las múltiples resistencias de las que este libro se hace eco pueden desembocar en un nuevo proyecto emancipador.

Notas:


|1| Fuente: este texto constituye la Introducción de Éric Toussaint al libro colectivo FMI: Les peuples entrent en Résistance, Edición del Cetim, Ginebra, 2000. El libro fue realizado en colaboración con ATTAC y la Asociación Internacional de Técnicos, Expertos e Investigadores (AITEC). Libro completo: http://cadtm.org/Du-Sud-au-Nord-crise-de-la-dette en la parte abajo o http://www.cetim.ch/fr/documents/PAS-texte.pdf

|2| Para un análisis más en profundidad, leer: Éric Toussaint, La bolsa o la vida, Editorial Clacso, Buenos Aires, 2006, http://cadtm.org/La-bolsa-o-la-vida Textos completos (en el sitio web de Clacso): http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/touss/touss.html
 

Éric Toussaint, Banco Mundial : El golpe de estado permanente, Editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2007.

Ver tambien Éric Toussaint y Damien Millet, 60 preguntas 60 respuestas sobre la deuda, el FMI y el Banco mundial, Editorial Gobierno Bolivariano de Venezuela/Centro Internacional Miranda, Caracas, 2011, http://cadtm.org/60-preguntas-60-respuestas-sobre,6891

|3| François Chesnais, Tobin or not Tobin, L’Esprit frappeur, París, 1998.
Traducido por Alberto Nadal.

El dilema

Los países menos industrializados, inmersos en la economía global del sistema-mundo capitalista, el único realmente existente, se encuentran con que, para cubrir las carencias de sus poblaciones, sólo disponen de sus recursos naturales. Los precios altos de estos recursos les posibilitan financiar proyectos para cubrir lo que son a un tiempo necesidades perentorias y exigencias insoslayables de sus pueblos.

Claro que eso los deja al albur de los precios altamente especulativos de esas mercancías. Y eso puede arrojarlos de nuevo al pozo sin fondo de la deuda. Pero más allá de esta contingencia, se plantea el dilema de hasta cuando será físicamente posible prolongar el extractivismo y hasta qué punto paliar sus secuelas.

Extractivismo en sentido amplio, porque también lo es el monocultivo intensivo dirigido a la exportación, con secuelas innegables: despoblación del campo y hacinamiento en las ciudades, pérdida de naturaleza y biodiversidad, y también de soberanía alimentaria que obliga a importar lo que se podría producir localmente...

Como ocurre con la mayoría de los dilemas, no es real la disyuntiva tajante que plantean. La solución no está en los polos, sino en algún lugar intermedio, eso sí, difícil de precisar. Por eso no hay que soslayar la contradicción, sino afrontarla.

Como se ha expresado muy gráficamente, se trata de reparar el barco en alta mar, en medio de la tempestad, con una oficialidad inexperta y una marinería levantisca.

Por lo menos parece detectada la responsabilidad del armador.


"La excavadora más grande del mundo"


Rebelión

Como asevera el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, hoy las izquierdas se debaten en dos desafíos principales: el de la relación entre democracia y capitalismo, y el del crecimiento económico infinito como indicador básico de desarrollo y progreso. Con respecto al segundo, los discursos suelen converger en que el auge consustancial a la maximización de las ganancias roza los topes de carga del planeta.

Conjurado el disenso en este punto, se entrecruza un rimero de buidos “aceros”. ¿El tema más urticante? Tal vez el del extractivismo, que para unos cuantos se va convirtiendo en elemento de un dilema universal. “[...] Europa era la región del mundo donde los movimientos ambientalistas y ecologistas tenían más visibilidad política y donde la narrativa de la necesidad de complementar el pacto social con el pacto natural parecía gozar de una gran aceptación pública. […] con el estallido de la crisis estos movimientos y esta narrativa desaparecieron de la escena política y las fuerzas [...] más directamente opuestas a la austeridad financiera reclaman crecimiento económico como única solución, y excepcionalmente hacen alguna declaración algo ceremonial sobre la responsabilidad ambiental y la sostenibilidad. De hecho, las inversiones públicas en energías renovables fueron las primeras sacrificadas por las políticas de ajuste estructural.

“Antes de la crisis el modelo de crecimiento en vigor era el principal blanco de crítica de los movimientos ambientalistas y ecologistas precisamente por insostenible y producir cambios climáticos que, según los datos de la ONU, serían irreversibles a muy corto plazo; según algunos, a partir de 2015. Esta rápida desaparición de la narrativa ecológica muestra que el capitalismo no solo tiene prioridad sobre la democracia, sino también sobre la ecología y el ambientalismo”.

He ahí una aceptada visión del panorama, que se complementa con algo que está labrándose consenso. Al señalar que la Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (Rio+20), celebrada en junio de 2012, derivó en un rotundo fracaso a causa de la mal disfrazada complicidad de las élites del Norte y las de los países emergentes, De Sousa apunta que la valorización internacional de los recursos financieros permitió en varios sitios de América Latina una negociación de nuevo tipo entre democracia y capitalismo.

El fin (aparente) de la fatalidad del intercambio desigual (las materias primas, siempre menos valoradas que los productos manufacturados) que encadenaba a los países de la periferia del sistema mundial al desarrollo dependiente permitió que las fuerzas progresistas, antes vistas como ‘enemigas del desarrollo’, se liberasen de este fardo histórico, transformando el boom en una ocasión única para llevar a cabo políticas sociales y de redistribución de la renta. Las oligarquías y, en algunos países, sectores avanzados de la burguesía industrial y financiera altamente internacionalizados, perdieron buena parte del poder político gubernamental, pero a cambio vieron aumentado su poder económico. Los países cambiaron sociológica y políticamente hasta el punto de que algunos analistas vieron el surgimiento de un nuevo régimen de acumulación, más nacionalista y estatista: el neodesarrollismo basado en el neoextractivismo”.

¿Falsa alarma?

Y el fenómeno supone una manzana de la discordia en el seno de la izquierda, o entre las izquierdas -pluralidad por muchos subrayada-. De Sousa no duda: “Sea como sea, el neoextractivismo tiene como base la explotación intensiva de los recursos naturales y plantea, en consecuencia, el problema de los límites ecológicos (por no hablar de los límites sociales y políticos) de esta nueva (vieja) fase del capitalismo. Esto resulta más preocupante en cuanto este modelo de ‘desarrollo’ es flexible en la distribución social, pero rígido en su estructura de acumulación. Las locomotoras de la minería, del petróleo, del gas natural, de la frontera agrícola son cada vez más potentes y todo lo que interfiera en su camino y complique el trayecto tiende a ser aniquilado como obstáculo al desarrollo. Su poder político crece más que su poder económico, la redistribución social de la renta les confiere una legitimidad política que el anterior modelo de desarrollo nunca tuvo, o solo tuvo en condiciones de dictadura”.

Estas “locomotoras”, añade, impiden a unos cuantos distinguir las cada vez más perturbadoras señales de la inmensa deuda ecológica y social como costo inevitable del “progreso”. Por otro lado, privilegian una temporalidad afín a la de los gobiernos: la “ola” de los recursos no va a durar siempre, y eso hay que aprovecharlo al máximo en el menor tiempo. “El brillo del corto plazo ofusca las sombras del largo plazo. Mientras que el boom configure un juego de suma positiva, cualquiera que se interponga en su camino es visto como ecologista infantil, campesino improductivo o indígena atrasado de los que a menudo se sospecha que se trata de ‘poblaciones fácilmente manipulables por ONG no se sabe al servicio de quién’”.

Dando más cuerpo a su tesis, el sociólogo asevera que, en estas condiciones, es difícil activar principios de precaución o lógicas de dilatado aliento. Y se interroga, lúgubre: ¿Qué sucederá cuando finiquiten los recursos? ¿Cuando se haga evidente que la inversión en “recursos naturales” no fue adecuadamente compensada por la inversión en “recursos humanos”? ¿Cuando no haya dinero para generosas políticas compensatorias, y el empobrecimiento súbito cree un resentimiento difícil de manejar en democracia? ¿Cuando los niveles de enfermedades ambientales se truequen en inaceptables y sobrecarguen los sistemas públicos de salud? ¿Cuando la contaminación de las aguas, el empobrecimiento de las tierras y la destrucción de los bosques paren en irreversibles? ¿Cuando las poblaciones indígenas, quilombolas y ribereñas expulsadas de sus tierras cometan suicidios colectivos o deambulen por las periferias urbanas reclamando un derecho a la ciudad? “La ideología económica y política dominante considera estas preguntas escenarios distópicos exagerados o irrelevantes, fruto del pensamiento crítico entrenado para pronosticar malos augurios. En suma, un pensamiento muy poco convincente y en absoluto atractivo para los grandes medios”.

Alejandro Nadal tercia en el asunto. “En la primera mitad del siglo XX el extractivismo marcó la inserción de América Latina en la economía mundial. La palabra ‘extractivismo’ es un poco inexacta, pues comprende la industria extractiva, así como la producción agrícola en monocultivo para la exportación. El extractivismo está asociado a la existencia de enclaves, explotación laboral sin límite, violaciones a derechos humanos, el exterminio de grupos indígenas y la subordinación de los gobiernos al poder de empresas multinacionales […] La estrategia de sustitución de importaciones aplicada entre 1940 y 1980 estaba diseñada para escapar de esta trampa. Pero la crisis de la deuda de los 80 permitió imponer el régimen neoliberal y el extractivismo regresó con ánimos de venganza”.

Como es conocido, el neoliberalismo se caracterizó (se caracteriza) por un desempeño mediocre y repetidas crisis. Todo eso condujo a cambios políticos importantes. “En elecciones libres y democráticas se sucedieron las victorias electorales de Hugo Chávez en 1999, Néstor Kirchner y Lula (ambas en 2003), Evo (2006) y Rafael Correa (2007)”. Entonces, “en esos países el control sobre los recursos naturales se convirtió en la más alta prioridad, por ser fuente de recursos fiscales. El rescate se presentó como parte de un proyecto nacionalista; lo cierto es que también se trató de una decisión pragmática que no pasaba por la expropiación […] No sorprende que los indicadores sobre composición del PIB y de las exportaciones sigan revelando la importancia del sector primario-exportador de las economías de muchos de estos países. Claro está que en el nuevo esquema los recursos fiscales permitieron incrementar el gasto en salud, educación, vivienda e infraestructura. También se mantuvo una política de recuperación de salarios y aumentó la cobertura y alcance de los programas de lucha contra la pobreza. Esto ha dotado de legitimidad política y social a estos gobiernos. Pero también pudo haber generado una cierta adición frente a este neoextractivismo y una mayor presión para aumentar la producción y maximizar la obtención de recursos”.

Nadal concluye que el neoextractivismo no se erige en sustentable, porque “depende primero de la duración del ciclo al que están asociados los altos precios, y los ingresos fiscales tendrán que disminuir. Además, el colapso ambiental también puede cortar abruptamente el flujo de recursos. Así, la minería a cielo abierto, la explotación forestal y el monocultivo comercial en gran escala (Brasil y Argentina con la soya transgénica) ya son ejemplo de catástrofes ambientales”.

Las alertas resultan válidas, solo que, en un contexto donde también campea el extremismo, Atilio Boron rechaza “la división que algunos compañeros de la corriente pachamamista pretenden establecer entre la naturaleza y la sociedad. Y creo que la sociedad humana forma parte de la naturaleza y la salvación de la naturaleza debe incluir la preservación de la sociedad humana. A veces se plantea un debate muy injusto. Dicen que los gobiernos de Ecuador, Bolivia y Venezuela son hipócritas porque hablan de revolución, pero siguen explotando el petróleo, el gas, el litio¿Pero qué quieren que hagan? ¿Cómo atender los problemas de la gente más pobre sin tocar esos recursos? Lo que se debe hacer es evitar la explotación capitalista, que es predatoria y derrochadora, pero se pueden aprovechar los recursos para que la población viva mejor”.

El meollo

En espíritu, Boron concuerda con filósofos como Grazia Paoletti, para quien “el tema del ambiente y del desarrollo se afronta obviamente de modos diferentes por parte de los industrialistas y por parte del ambientalismo conservador y conservativo. Este último afirma que se protege el ambiente contra el ataque de los seres humanos y, por lo tanto, no se realiza ninguna intervención modificativa: es decir, no se supone que existe una esfera humana de interacción con el ambiente, la esfera económica. La falta, tanto de los ambientalistas tradicionales como de los industrialistas, es que consideran a los seres humanos y el ambiente como dos entidades absolutamente separadas, de las cuales la primera actúa sobre la otra [sin que se consideren] las reacciones interactivas […]

“En una óptica de este tipo, la alternativa es, por lo tanto, o intervenciones desenfrenadas o ninguna intervención; o correr a la autodestrucción o volver a la edad de piedra. Pero la relación unidireccional entre Hombre y Ambiente es un error. La Naturaleza se compone de partes que interactúan entre sí; por lo tanto, si el hombre ejerce una acción económica (modificación de la materia por la producción) necesita prever las interacciones a cambio de que resulten de la materia transformada”. En sí, Paoletti anda en busca del justo medio.

Para ello, se alinea con quienes reconocen la necesidad de trocar el modelo, o sea, de programar un avance llevadero en lugar de un aumento cuantitativo. “La consistencia de los recursos y la sostenibilidad del desarrollo las dictan leyes biofísicas y, por lo tanto, son una realidad científica, mensurables con la capacidad de carga de los diferentes territorios, y una evidencia empírica; el resto depende de las opciones políticas y de la confrontación entre los pueblos, entre explotados y explotadores, entre los diferentes Norte y Sur del planeta”.

A un tiempo, transformación de paradigma productivo y de la subjetividad. Harto difícil, ya que, al socializar su propia lógica de máximos beneficios, el modo capitalista ha alentado una mentalidad consumista, y se ha prodigado en la creación de necesidades artificiales contrarias a una convicción enunciada lapidariamente por Mateo Aguado: ser anticapitalista hoy es una cuestión de sentido común.

No en balde, en la publicación digital Viento Sur, el analista recuerda: “Hace poco más de un año tres reputados científicos de la NASA publicaron un impactante estudio en el que, basándose en complejos modelos matemáticos, pronosticaban el posible colapso de la civilización humana para dentro de pocas décadas. Las causas que se aludían como determinantes para llegar a tales conclusiones eran principalmente dos: la insostenible sobreexplotación humana de los recursos del planeta y la cada vez mayor desigualdad social existente entre ricos y pobres […] los dos motivos que -según estos investigadores- podrían acabar provocando el derrumbe de nuestra civilización son precisamente dos de las más claras características que posee el sistema capitalista: una insensibilidad total hacia la sostenibilidad ecológica del planeta y una abrumadora despreocupación hacia la (des)igualdad y la (in)justicia social”.

De manera que habrá que insistir en quién representa la mayor amenaza para la existencia, en un contexto de comunidades que acostumbran relacionar el poder adquisitivo con la capacidad de alcanzar una existencia plena. “Es decir, se asume que -más que menos- nuestro nivel de renta determina la felicidad que podemos llegar a alcanzar en nuestra vida (o, como se suele decir, que el dinero da la felicidad). Esta engañosa forma de concebir la vida (basada en los aspectos materiales y monetarios como medida a través de la cual lograr una vida buena) representa, probablemente, la mayor herramienta moral que posee el capitalismo en la actualidad”.

Sí, al difundir su lógica y su ideología, productivista la una, (neo)liberal la otra, individualista ambas, el sistema ha sabido ocultar parcialmente sus perjuicios (sobre el terreno social, sobre el ecológico, etcétera) y llevar a cabo la mercantilización a ultranza de los bienes (materiales e inmateriales). Mercantilización que a su vez, acota Paoletti, acarrea “un efecto retroactivo sobre la difundida mentalidad consumista con el alentar y extender los gustos o las necesidades que se inducen en las masas. La hegemonía, de hecho, puede ejercerse también en formas de sugestiones insinuantes o perversas”.

Menuda tarea. Pero impostergable, la de remarcar verdades tales las blandidas por Aguado, entre otros: el modo capitalista resulta fallido porque promociona una multitud global de poseedores y desposeídos, en la cual el sobreconsumo de unos pocos se produce a costa de las carencias vitales de los más. Y es que entre sus características figura la generación de desproporciones a escala planetaria y a nivel de naciones.

La formación no ha logrado cumplir su clásica promesa de traer la bienaventuranza a un creciente número de personas. Además, nunca huelga remarcar, “son cuantiosos los estudios que en este sentido han cuestionado rotundamente el axioma tan fuertemente instaurado en el ADN capitalista (y en el imaginario colectivo) de que el dinero da la felicidad. Estos estudios vendrían a mostrarnos cómo la correlación entre los ingresos y la satisfacción con la vida solo se mantiene en etapas tempranas, cuando el dinero es usado para cubrir las necesidades más básicas. A partir de este punto entraríamos en una situación de ‘comodidad’ en donde más dinero ya no significa necesariamente más felicidad. Es más, una vez ha sido alcanzada esta situación, seguir buscando obstinadamente el crecimiento económico (en el plano macro) y el aumento de la renta y el consumo (en el plano micro) puede resultar incluso contraproducente, pues tiende a hacernos descuidar otros aspectos de nuestra vida -intangibles pero igualmente esenciales para la felicidad- como las relaciones sociales o el buen uso del tiempo”.

Ahora, el “trauma” del auge indefinido entraña, asimismo, una inviabilidad natural. “Se podría afirmar -concluye Paoletti- que el capitalismo es, desde el punto de vista ecológico, biofísico y termodinámico (desde el plano científico al fin y al cabo) un sistema imposible abocado al desastre [...] Me resultan muy interesantes en este sentido las sabias palabras de Wolfgang Sachs, quien sostiene que, en el futuro, el planeta ya no se dividirá en ideologías de izquierdas o de derechas, sino entre aquellos que aceptan los límites ecológicos del planeta y aquellos que no. O dicho de otro modo, entre aquellos que entiendan y acepten las leyes de la termodinámica y aquellos que no. No se trata por lo tanto de arreglar o refundar el capitalismo [...] sino de entender que nuestro futuro como especie [...] será un futuro no-capitalista o, sencillamente, no será”.

Se requeriría, pues, convencer acerca de que la esfera económica no puede desfasarse de la ecológica, y ello implicaría uno de los mayores retos del nuevo milenio. Tal vez, aventura el pensador, derive en mucho más factible hacerse anticapitalista hoy desde posiciones ecologistas que desde las tradicionalmente marxistas. La inviabilidad de un sistema que aboga por el aumento constante en un orbe constreñido podría implicar algo más fácil de comprender que la tendencia descendente de la tasa de ganancia o el fetichismo de la mercancía de la que nos hablaba Marx, por ejemplo.

A todas estas, ¿decrecer?, ¿ralentizar el desarrollo? Suposiciones, sugerencias, las hay diversas. Pero atenidos a lo más urgente, en nuestro criterio se impone desechar, por bizantina, la cuestión de si ecologistas o marxistas -como si una condición excluyera a la otra-. Por dondequiera que se mire, se trata de garantizar la supervivencia. Y en aras de ella solo se puede ser… adivinó usted: anticapitalista. Así que, ante el dilema de extraer o no extraer, nos atreveríamos a decantarnos por lo segundo, mientras aparece una solución que incluso podría incluir la colonización de otros mundos. Pero, por favor, hacerlo lo más civilizada, sustentablemente posible. De ecosocialista forma.

lunes, 30 de junio de 2014

Puede pensar

¡Ah, el factor humano...!

Un exempleado de la NSA decide seguir los pasos de Snowden


El exempleado de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) Thomas Drake revelará datos mantenidos en secreto hasta ahora sobre el espionaje a los ciudadanos alemanes por parte de la inteligencia estadounidense.

Drake dará a conocer "información específica" sobre la cooperación entre la NSA y el servicio de inteligencia alemán el próximo jueves en Berlín ante un comité especial del Bundestag (Parlamento alemán), señala el diario 'Weltam Sonntag'.

Drake, de 57 años, habló con el rotativo acerca de las escuchas sobre el teléfono móvil de la canciller Angela Merkel y afirmó que no había necesidad de que los servicios secretos estadounidenses se involucrasen directamente en dichas intercepciones.

Asimismo, el especialista en software señaló al rotativo que la cooperación en asuntos de inteligencia a menudo tiene prioridad sobre otros asuntos y puede llegar a anular las restricciones impuestas por la Constitución.

Según el extécnico de la CIA Edward Snowden, Drake es un testigo clave en la investigación sobre el espionaje de la NSA en Alemania.

Drake trabajó como exalto ejecutivo de la NSA entre 2001 y 2008. Tuvo problemas con la agencia cuando se encontró en minoría en un debate acerca de dos nuevas herramientas para la obtención de datos de inteligencia a partir de fuentes digitales: un programa llamado Trailblazer y otro conocido como ThinThread. En 2010 fue acusado de "retención voluntaria" no autorizada de documentos clasificados. Se enfrentaba a 35 años de prisión por varios cargos, la mayoría de los cuales fueron después retirados. Finalmente, se declaró culpable de un delito menor y fue condenado a un año de libertad condicional y de servicio comunitario.


GENERAL, TU TANQUE ES MÁS FUERTE QUE UN COCHE 
Arrasa un bosque y aplasta a cien hombres.
Pero tiene un defecto:
necesita un conductor.

General, tu bombardero es poderoso.
Vuela más rápido que la tormenta y carga más que un elefante.
Pero tiene un defecto: 
necesita un piloto. 

General, el hombre es muy útil.

Puede volar y puede matar.
Pero tiene un defecto:
puede pensar.

Poemas y canciones

 

miércoles, 25 de junio de 2014

Un mal ejemplo

Petras viene aquí a decir lo que intuímos otros: los llamados independentistas del este de Ucrania no son especialmente "prorrusos". La Rusia oligárquica prefiere un acuerdo con Occidente que a estas alturas evite simplemente que se extiendan las fronteras de la OTAN. Por eso no tendrá inconveniente en dejarlos en la estacada. 

Un levantamiento popular no conviene a ninguno de los poderes en presencia. Una república con poder del pueblo no agrada a Rusia. Sería un mal ejemplo.



La posición de Vladimir Putin es insoportable, dice que apoya el plan de paz pero el gobernante Poroshenko no tiene ninguna intención de implementar una paz con justicia, sino que quiere imponer la dictadura de Kiev, castigar a los líderes de la resistencia popular. La posición de Putin se entiende porque los oligarcas en Rusia quieren evitar sanciones de los gobiernos occidentales y presionan a Putin a aceptar cualquier propuesta de Poroshenko.

Lo que llaman fuerzas pro rusas, no son pro rusas, en realidad son pro independencia, pro federalistas, pro demócratas. Es una gran mentira llamar a la resistencia democrática del Este de pro rusas, son pro la democracia y contra la represión del ejército masacrador de Poroshenko, apoyado por la OTAN.

martes, 24 de junio de 2014

Los tabúes de "Podemos"


Hace varios días que publiqué una entrada en la que lamentaba el desgaste injusto de las palabras manipuladas por el poder. Unas son demonizadas y proscritas, otras banalizadas y anuladas, diluidas en significados vacuos. Por esta razón un equipo como el de Podemos ha utilizado un lenguaje vago pero cuidadosamente medido, dirigido a pescar en aguas indignadas y confusas, arrancando votos de caladeros dispares y en parte reaccionarios.

Por aquella publicación, algun amigo se me ha enfadado, creyendo tal vez que yo propugno esta táctica y que culpo a la Izquierda de no saber utilizarla.

En realidad se trataba de un análisis, que pretendía ser objetivo, de las razones del éxito de esta nueva formación, que ha logrado captar a esos indignados que en buena parte nunca habrían votado a Izquierda Unida y sus aliados.

Encuentro hoy un artículo que analiza mucho más detenidamente este hecho semántico. Y me convence de que más vale recuperar para los significantes vacíos aquellos significados plenos. ¿Qué fue de aquel término polisémico ("el cambio") del, no menos aquél, el encantador Felipe González?

No sale tampoco bien parada Izquierda Unida en este artículo. Como decía Julio Anguita, las dos almas encontradas de esta formación, heredadas de las del PCE, y antes de los partidos socialistas de la segunda internacional, han lastrado también sus mensajes por demasiado tiempo. Y aún no se ha podido desprender totalmente del lenguaje de Esopo. Pero es cierto que una época marca de algún modo a todos sus contemporáneos.

El mayor problema que plantea Podemos es una disyuntiva: si tiene éxito por su meliflua táctica, que ha ocultado tantas palabras, y con un lenguaje deliberadamente ambiguo presenta tan difusamente sus ideas, no logrará cambiar las mentes de sus votantes. Puede entonces cambiar ella misma o defraudarlos. O ambas cosas.

En cambio, si fracasa, puede arrastrar la esperanza que ha fundado en tanta gente, que volverá al tropo de que "todos los políticos son iguales" y al nihilismo. 

Podemos, aunque lo oculte, es un partido tradicional, o se dirige rápidamente a serlo. Mucho se ha criticado la forma partido, pero es difícil encontrar otra forma de organizar un grupo que haga politica. Eso sí, unos son más democráticos y otros menos.

Podemos tiene muchos tabúes. Pretende ignorar el tabú respetándolo, y pretende tomar posesión del vocabulario sin acabar con su flacidez.

Como en el mundo físico, la misma cantidad de movimiento supone mayor velocidad si la masa es ligera. Un movil liviano a gran velocidad, "como una moto", sufre más cuando choca contra una barrera.

También se puede avanzar menos velozmente, con mayor firmeza.


Rebelión
(...)

Los términos políticos que no utilizamos porque son tabú forman el rastro que deja el poder desnudo que funda un determinado orden social, sirviéndose normalmente de nuestra reacción contra él. Y existen varias vías por las que esas palabras nos gobiernan: nos gobiernan cuando las decimos y cae sobre nosotros el castigo esperado; nos gobiernan también cuando respetamos la prohibición o la quebramos con la boca chica, como el niño que acusa al otro de haber dicho “hijo-de-y-lo-que-sigue” para así decir y no decir “hijo de puta”; nos gobiernan, por último, cuando las empleamos colectivamente en los momentos permitidos, los carnavales de la izquierda (sean debates de televisión o manifestaciones anodinas).

De nuevo cito a Juan Carlos Monedero, que siempre insistía: realmente tienes una idea clara de lo que quieres decir cuando puedes poner un ejemplo. La Guerra Civil y la represión franquista garantizaron que el término “comunista” estuviera proscrito, la Transición convirtió esa prohibición despótica en un tabú, que podía ser quebrado colectivamente por un PCE reducido a folclore mientras que el sistema político, en la práctica, convertía la represión despótica franquista en ley y resucitaba, con fondos de la CIA, el PSOE como buque insignia de la izquierda (tendremos tiempo de volver sobre el palabro). Y ahí comienza el largo desaprendizaje político que a duras penas comenzó a rehacerse, siempre a trompicones, cuando el insigne José María Aznar decidió que España podía declararle la guerra a Irak.

El reflejo verbalizable de los tabúes son los significante vacíos (salió, por fin, Laclau, referente intelectual explícito de los promotores de Podemos). Éstos son palabras que se han desgastado con el uso igual que las monedas y que pueden significar tantas cosas que realmente no significan nada. Son palabras que sirven, básicamente, para que uno diga lo que no quiere decir y crea llegar a un consenso cada vez que se produce una derrota. Los significantes vacíos son útiles políticamente en la medida en que los llenamos, y si no son como un barco de cáscara de nuez que no lleva dulce miel sino, en el mejor de los casos, nada.

Confundir este punto es uno de los grandes errores históricos de la izquierda tardo-franquista (desde 1975 hasta ahora) y por eso la Constitución de 1978 está llena de significantes vacíos que el PCE aplaudió con las orejas porque creía ver en ellos una posibilidad de transformación social al mismo tiempo que comulgó con ruedas de molino, a veces sin saberlo, cada vez que la derecha y los poderes fácticos nos colaban una palabra con connotaciones claras. Entre los primeros,Estado social y democrático” (art. 1), “pueblo” (ibid), “nación” (art. 2), “nacionalidad” (ibid), “autonomía” (ibid), “partidos políticos” (art. 6), “derechos fundamentales” (art. 15-29), “derecho al trabajo” (art. 35), “planificación” (art. 38), “vivienda digna y adecuada” (art. 47), etc.; entre los segundos, “Monarquía” (art. 1), “indisoluble unidad” (art. 2), “instrumento fundamental de participación política” (art. 6), “deber de trabajar” (art. 35), “los poderes públicos garantizan y protegen [la economía de libre mercado] y la defensa de la productividad” (art. 38), etc.

Mientras no llenamos de sentido los significantes vacíos, éstos contribuyen a reproducir los tabúes con los que conectan. El caso del término “partido” es muy ilustrativo. Durante el franquismo, y sobre todo a partir del declive de la “familia” falangista, “partido” era un término proscrito, asociado al PCE. En la Transición, sin embargo, se rescata vaciado de contenido para convertirlo en “instrumento fundamental de participación política” y, por esa vía, en aparato del Estado y válvula de control frente al descontento. El PCE no pudo o no quiso oponerse a ese vaciamiento y el término “partido” ha terminado convirtiéndose en tabú, haciendo aquí también que los descontentos asuman como ley los mandatos de la antigua voluntad despótica.

El tabú que recae sobre la palabra es un fetiche y por tanto funciona como una trampa. Igual que el viejo blasfemo de La Vida de Brian, podemos violar las prohibiciones creyéndonos muy radicales y sin evitar que nos lluevan piedras. Frente a eso siempre cabe la opción defendida por el difunto Agustín García Calvo: desprendernos de cada uno de los términos que el poder ha dejado inservibles por unos u otros motivos. Pero esa es una solución para iluminados. La otra vía, potente sin duda, es la de pelear los significados, y decir que democracia no es eso sino esto, donde “esto” puede no ser todavía un significado pero es un sentido acompañado de una práctica.

La justificación de esa estrategia es clara: allí donde hay un tabú o un significante vacío hay sin duda poder, pero el poder no está en el término sino en las relaciones que lo atraviesan. Quienes ocupan una posición privilegiada nos gobiernan con el lenguaje porque temen el significado de ciertas palabras (comunista, por ejemplo) y se benefician de la elasticidad de otras muchas (democracia, pueblo…). Con las primeras, viejas y nuevas, nos inventamos a nosotros mismos. Con las segundas disputamos la hegemonía (salió el término gramsciano, otra muleta teórica confesa de los promotores de Podemos) a quienes la detentan. Al hacerlo estamos, desde luego, rompiendo el tabú, pero de una forma muy peculiar: por una parte, es una ruptura colectiva, y no el absurdo brindis al sol de un viejo blasfemo; por otra, es una ruptura que se sale de los cauces establecidos y disputa los significantes vacíos llenándolos de contenido, diferenciándose por tanto de un estallido de carnaval. En resumen, lo que se hace es ignorar el tabú y tomar posesión del vocabulario.

Es por estos motivos que resulta tan interesante, tan crucial, prestar atención a los tabúes de Podemos, ya que éstos son prueba de que Podemos pretende ignorar el tabú respetándolo, y pretende tomar posesión del vocabulario sin acabar con su flacidez. Podemos tiene muchos tabúes, pero nosotros vamos a centrarnos, en lo que sigue, en los cuatro que consideramos fundamentales.

Primer tabú: “Partido”

Podemos no es un partido, es un método. Podemos no es un partido, es una multitud (primera muleta teórica implícita: Antonio Negri) de círculos ciudadanos. En rigor, Podemos ahora mismo es una nebulosa tras la cual se puede entrever cierta forma definida. Para analizar esa nebulosa debemos asumir que estamos tomando en consideración la información que ellos proporcionan sobre sí mismos, pero lamentablemente puede haber más que aquello que Podemos deja ver: en 1982 Felipe González también se recorrió España en autobús y también daba la impresión de ir con lo puesto. Hecha esa advertencia, lo cierto es que dar un voto de confianza a los promotores de Podemos en lo que se refiere a la transparencia no es suficiente para echar por tierra el análisis que aquí presentamos.

Por lo que sabemos, Podemos es en primer lugar sus promotores, bien organizados y con tareas bien distribuidas, apoyados en una red de contactos de tamaño medio (todos o casi todos se conocen en persona) que hacen el trabajo cotidiano. En segundo lugar, Podemos es un aparato y una base militante modestos (los de Izquierda Anticapitalista), que han sido fagocitados con a saber qué consecuencias negativas (las positivas son el salto de la irrelevancia a la notoriedad, yendo más allá de lo soñado en Francia por el NPA y Besancenot). En tercer lugar, Podemos es sus círculos, más o menos numerosos y más o menos homogéneos, más o menos solapados según el caso al remanente de las asambleas generadas por el 15M (todo depende del municipio y hasta del barrio), a las bases militantes de IA y a las distintas mareas. Por último, Podemos es sus votantes, un millón y pico, robados con más razón al PSOE (y hasta al PP) que a IU, y eso sin duda hay que celebrarlo porque contribuye, con sus múltiples límites, a inclinar la balanza institucional. Ahora bien, decíamos que esta nebulosa en realidad esconde una forma definida, que es sin duda la del partido.

El primer indicio son las primarias cocinadas. No queremos decir que hubiera tongo, sino que no hacía falta. La elección de Pablo Iglesias como cabeza de lista era inevitable, y la inteligente abstención de Juan Carlos Monedero le dejaba de hecho sin el único rival de peso en lo escénico. Además, varios de los candidatos a las primarias gozaban de visibilidad previa dentro de los actos de presentación de la iniciativa y/o formaban parte de la selección propuesta por Pablo. Por último, el propio Pablo Iglesias reconoció en una entrevista con Público, y este ha debido ser uno de sus pocos renuncios, no solamente que conocía en persona a la mayoría de los candidatos que salieron sino además que lo que realmente le sorprendió es ¡que probaran suerte tantas personas!

El segundo indicio es el reciente anuncio de la creación de un equipo técnico que se encargará de sintetizar y elaborar las propuestas presentadas por los círculos de cara a la gran Asamblea Ciudadana que se celebrará en otoño. La carta de Pablo Iglesias dice: (1) que “le han pedido” que presente un equipo; (2) que hay una semana para presentar candidaturas; (3) que el equipo tiene que estar compuesto por 24 personas; (4) que el perfil de esas personas tiene que demostrar fehacientemente su capacidad para asumir la tarea que se enfrenta. Los entusiastas de Podemos aplaudirán el gesto de “democracia interna” y obviarán: (1) que se presenta como técnico un proceso de enorme enjundia política; (2) que la medida de lo que es un grupo fehacientemente capaz de asumir la tarea que hay que enfrentar la da precisamente el extraordinariamente eficaz grupo promotor; (3) que en una semana es imposible formar con seriedad un grupo alternativo de 24 personas, porque si lo hubiera ya se habría puesto a trabajar y, tal vez, otro Podemos hubiera surgido al mismo tiempo; (4) que por todo ello es evidente que hasta los que somos escépticos asumimos que el proyecto sólo puede funcionar como hasta ahora si el grupo promotor sigue allí, legitimado o no (es innecesario y hasta puede que torpe hacerlo así) por unas nuevas primarias. Deducimos de todo ello, al menos de forma provisional, que esto no es más que nada un chulesco desafío a los sectores descontentos de IA que creen, y seguramente se equivocan, que pueden hacerlo mejor.

El tercer indicio deriva del segundo, y es el papel reservado a los círculos por el momento. La idea de los círculos deriva de un excelente diagnóstico del límite de las asambleas: se genera mucha información, muchas ideas muy buenas, y no hay quien elabore todo ese flujo y, sobre todo, le dé un objetivo. Además hay mucha gente, demasiada, y la “muestra” de los sectores movilizados que proporcionan las asambleas es mucho más grande de lo necesario si de lo que se trata es de captar las mejores ideas gestadas en estos años de aprendizaje político y, al mismo tiempo, de ver hasta dónde puede llegar el leninismo flácido de los promotores. Los trescientos círculos son un excelente primer filtro natural que, por ejemplo, ha contribuido a dar forma al programa y también a medir la potencial reacción negativa, por parte de los votantes de Podemos ajenos a los círculos, al intento de dar a Jorge Verstrynge un papel visible. En suma, Podemos articula de forma notablemente eficaz la multitud de los círculos como un general intellect y es, para entendernos, la expresión práctica más acertada de las ideas políticas de ese Antonio Negri que decidió, y perdonen la expresión, pasarse a Marx por la piedra (estaba en su derecho, por supuesto).

Si, hasta donde sabemos, los círculos y las bases de IA con su aparato precario hacen el trabajo militante, la financiación deriva del crowdfunding (derivaba, porque ahora reciben dinero público y están financieramente atrapados por el Estado, como toda organización integrante del sistema de partidos), y hay una cúpula que tiene que asumir la tarea crucial de elaborar y sintetizar ese trabajo, ¿qué es lo que diferencia exactamente a Podemos de un partido? Alguien nos dirá que la ausencia de aparato, y responderemos que precisamente eso es lo que va a cambiar desde ahora hasta las elecciones autonómicas, ya que ese equipo técnico diseñado por los promotores de Podemos y refrendado por las primarias tiene que asumir la tarea de dar forma a los elementos esenciales de un esquema orgánico capaz de garantizar a nivel local y autonómico que las primarias sean tan vistosas, legitimadoras e inofensivas como en el caso de las elecciones europeas. Para entendernos: tendrán que garantizar (es lógico que así sea) que no se cuele nadie que no es bienvenido, es decir, nadie que no esté dispuesto a trabajar ciegamente en la dirección en la que diga el grupo promotor.

Podemos no emplea el término partido porque es un significante vacío que ha adquirido, en el régimen de la Transición, un significado aborrecible. Podemos no emplea el término partido, pero tampoco llena realmente de contenido “ciudadano”, ni “círculo”, ni siquiera “método de participación”. Podemos conseguirá demostrar que es posible hacer elecciones primarias abiertas sin poner realmente en peligro la estructura de poder de un partido si se tiene una buena estrategia de comunicación y los medios para llevarla a cabo (y la televisión juega un papel crucial). Esto no contribuirá a democratizar el espacio público sino que reforzará el papel de los medios de comunicación convencionales como instrumentos de control social.

Podemos se comporta como un partido sin decir que es un partido, y por tanto respeta el tabú en su lenguaje y lo reproduce en la práctica. Tal vez Podemos podría reconocer que es un partido y, a partir de ahí, disputar el significante partido para hacernos comprender por qué motivo, y con qué límites y variaciones, es necesario calcar los métodos de “la casta”. Es más, podrían tal vez decirnos por qué, con qué límites y hasta cuándo hemos de asumir que el grupo promotor ha de marcar el rumbo. Eso sería más honesto y audaz (no sabemos si más astuto) que el recurso perpetuo a las primarias cocinadas.

Segundo tabú: “Izquierda”

Podemos no dice que es de izquierdas aunque lo sea evidentemente. Podemos utiliza significantes vacíos y dice “ciudadanos”, “sentido común”, “patriota” (cada vez menos), “decente” (como la gente a la que Monedero dedica su curso de política)… Podemos habla de “arriba” y “abajo”. Recientemente en televisión Pablo Iglesias habló de “casta” y un tipo del PSOE se rebotó, negó que hubiera casta, y terminó, con tono siciliano, dándole a Pablo la bienvenida y pidiéndole respeto. Podemos habla de “arriba” y “abajo” porque “izquierda” y “derecha” son palabras que remiten, es verdad, a la lógica parlamentaria. Tomar en consideración el eje de poder es imprescindible. Añadiríamos que, desde su lenguaje, también hay un “arriba” y un “abajo” entre esos que se presentan como “los de abajo y a la izquierda”, y si tal cosa es inevitable estaría bien que se explicara.

Podemos tiene entre sus apoyos a célebres intelectuales de la izquierda (sí, izquierda) que critican el “error histórico” que cometió la izquierda (sí, izquierda) al regalarle palabras como “Estado de derecho” a la derecha. Al mismo tiempo decide regalarle al PSOE el término “izquierda”. ¿No sería más importante intentar llenar de contenido ese significante vacío en vez de camuflarlo, en el mejor de los casos, con el plural “izquierdas”? Lo de ser plurales, por cierto, sí podíamos regalárselo a la derecha, y nosotros trabajar por no serlo; tal vez así conseguiríamos dejar atrás los tiempos en los que la derecha vota unida y las izquierdas a sus partidos (nótese que todo son plurales).

Podemos ha obviado el término izquierda y se lo ha regalado al PSOE precisamente para poder disputarle terreno al PSOE. Alguien considerará por eso mismo que la maniobra ha sido un éxito, y nosotros le responderemos que hasta ahora Podemos lo único que ha hecho, en rigor, es ganar cinco diputados en el Parlamento Europeo. Todo lo demás, todas las victorias cotidianas, son hasta ahora fruto del esfuerzo realizado por otros y que Podemos quiere fagocitar. Podemos ha ganado cinco diputados y le ha disputado terreno al PSOE precisamente en las instituciones, en ese espacio partidista que pervierte inicialmente el término izquierda. Podemos esquiva el término izquierda y con ello puede creer que se lo apropia, cuando lo que hace es legitimar las instituciones que lo vacían de contenido.

Tercer tabú: “Ideología”

Lo dicho en el punto anterior nos lleva al tercer tabú, que es la ideología. Podemos no tiene ideología, sino “sentido común”. Podemos no tiene ideología sino círculos y una reivindicación genérica de los derechos humanos. Podemos responde a los puños en alto con las palmas abiertas porque Podemos quiere “pueblo detrás” (las palabras nos gobiernan, querido Juan Carlos). Podemos quiere “pueblo detrás” pero no hace un sólo esfuerzo por definir qué es el pueblo o por organizarlo como sujeto político. Podemos no organiza un sujeto político sino círculos: grupos de discusión espontáneos que recogen ellos solos transcripciones abreviadas de sus discusiones y las ponen al servicio de científicos sociales técnicamente competentes.

Podemos piensa que la ideología es sólo una cuestión de conciencia y que los significantes vacíos ayudan a transformarla. Podemos cree que la ideología es sólo una cuestión de conciencia y no presta apenas atención a los hábitos concretos (también en nuestra forma de hablar). Podemos cree que la forma de avanzar en la apropiación del significante “democracia” son las primarias cocinadas y el general intellect. Podemos quiere combatir la ideología de la clase dominante con una ideología fofa que ha convencido a votantes del PSOE y del PP. La ideología que Podemos pretende no tener tiende a parecerse a la ideología de la clase dominante. A eso Podemos lo llama contrahegemonía.

Podemos no cree que la gente sea tonta. Podemos se ha dado cuenta de que la gente es lista y no lo sabe, y defiende con su práctica que es mejor así porque el “pueblo” vota en primarias cocinadas (lo astuto, por supuesto, es que las primarias estén cocinadas) y se reúne en asambleas que funcionan como grupos de discusión. Podemos busca, más allá de los círculos, votantes a los que no les importe la revolución, siempre y cuando se la hagan otros, que de momento no son realmente ni Podemos ni los círculos que piensan en voz alta, sino otros sujetos a los que Podemos interpela indirectamente. El pueblo va detrás.

Podemos critica a IU y pretende hacer lo mismo que IU: subir como la espuma a cuenta del descontento. Podemos es más astuto y ágil. A IU, en las instancias donde importa, le sobra grasa y le falta materia gris. IU tiene la ideología poco más que en el nombre; Podemos, en el nombre, tiene la traducción libre del eslogan de Obama, el lema de la campaña de promoción de la selección española en el último mundial y una respuesta inteligente, firme, al “sí se puede” coreado en las pequeñas victorias cotidianas en las que Podemos, como tal, no participa, pero de las que Podemos quiere alimentarse a través de las personas implicadas en movimientos sociales que participan en los círculos. El pueblo, ya lo dicen, va detrás.

Podemos es una marca. IU aspira a ser marca. Los dos aspiran a ser homologables con otras “marcas” tras las cuales puede que no haya nada o puede que sí (Syriza, Front de Gauche, ¿un NPA o un Movimiento 5 Estrellas, pero bien hecho?), pero para ambos son sólo eso: marcas. Podemos no tiene ideología sino “ilusión”; la del 82, para ser más exactos.

Podemos es una marca magnífica y prometemos invitar una cerveza a quien nos revele cuáles eran las otras opciones. Es más: si nos confirman o desmienten (es sólo una suposición) que hubo un mínimo de trabajo de campo (encuestas o grupos de discusión, por ejemplo) para tantear qué nombres tenían la mejor valoración, serán dos cervezas. Si nos lo cuenta uno de los alumnos que han estado picando datos para los sondeos, ofrecemos una cerveza más. También Carolina Bescansa, que es la máxima fuente autorizada, puede decidir respondernos.

Cuarto tabú, “Clase” 

Podemos es de izquierdas y no lo dice. Podemos no dice que es comunista porque probablemente no lo es. Podemos tampoco es anarquista y desde luego no dice serlo. Podemos es una iniciativa de politólogos que no comprenden de qué manera sus conocimientos son una herramienta de control social. O de politólogos que lo comprenden demasiado bien. Podemos es intelectual pero sin pasarse. Podemos, desde luego, no es marxista, pero ni siquiera marxiano. Podemos es un Antonio Negri atravesado. Podemos no comprende el punto de vista de la clase obrera, ni siquiera cuando quien lo explica, con mucho cariño, es el Nega.

Podemos no habla de clases (en plural) sino de casta (en singular). Podemos dice “capitalismo” puntualmente y en voz baja, como si estuviéramos en 2007 y la palabra correcta todavía fuera “sociedad post-industrial”. Podemos considera revolucionario reducir la jornada laboral de 40 a 35 horas semanales, como si las 40 no fueran como mínimo 45 y las 35 no fueran a ser 40 o 45. Podemos no entenderá que digamos que como poco habría que plantear las 20. El lenguaje económico de Podemos está lleno de significantes vacíos y conceptos con carga ideológica (del enemigo): “I+D”, “nacionalización”, “productivo”, etc. Podemos cuenta con al menos un economista competente y eso tampoco nos inspira necesariamente demasiada confianza.

Podemos no ha visto un sindicato en su vida. Muchos afiliados a los sindicatos tampoco han visto en su vida un sindicato. Nosotros tampoco lo hemos visto, pero sospechamos que el sindicato de verdad va, igual que el pueblo en Podemos, “detrás”, y la única diferencia es que la cúpula del sindicato, esa que tomamos erróneamente por el sindicato, en contadas ocasiones representa al sindicato. Podemos, por contra, sí representa a sus votantes. O tal vez no, puesto que en realidad Podemos no es un partido, no es de izquierdas, no tiene intención de representar al 15M y no tiene ideología. La ideología que Podemos pretende no tener le hace criticar a Izquierda Unida y le regala el término “comunista” al PCE. A eso Podemos también lo llama contrahegemonía.

Podemos quiere utilizar el significante vacío “pueblo” y no hace apenas nada por conseguir que “pueblo” signifique “clase”. Entre otras cosas, porque regala la “clase” a los sindicatos (a los de mentira) y a un léxico económico que no significa apenas nada. Podemos no ha visto en su vida un sindicato pero ni siquiera sabe por dónde empezar a buscar (o tal vez es que no le interesa). Podemos quiere nacionalizar las grandes empresas y no sabría por dónde empezar. Podemos podría encontrarse a partir de 2015 con una situación como la de la Corrala Utopía en Sevilla y podría tomar una decisión parecida a la que tomó la Consejera de Vivienda, pero si las cosas no cambian mucho el resultado será el mismo: cuando tome esa decisión, independientemente de que la consideremos acertada o no, lo más probable es que no haya ni pueblo ni clase detrás. Mejor dicho: no habrá pueblo porque no habrá clase. Y no estará detrás porque nunca estuvo realmente delante. Y seguirá habiendo casta.

Conclusión: la amenaza del politólogo-fontanero 

Partido”, “izquierda”, “ideología”, “clase”. Cuatro tabúes del régimen en descomposición. Cuatro tabúes de la casta acongojada. Cuatro tabúes de un Podemos exultante en una sociedad neurótica perdida. Nuestra responsabilidad, dada nuestra capacidad de hacer una crítica política no mediada por intereses de aparato, era señalarlos.

Podemos ha obtenido hasta el momento victorias tácticas que, más allá de sobrevaloraciones o minusvaloraciones interesadas, sin duda hace a los promotores merecedores de reconocimiento y a sus votantes de nuestra felicitación y nuestro respeto. Esas victorias tácticas dependen de las virtudes de Podemos, que son varias, pero están limitadas por sus defectos, algunos de los cuales hemos intentado apuntar en estas páginas. Pablo Iglesias lo hace fenomenal en la televisión si “fenomenal” significa robarle votos al PP sin hacer nada para cambiar el hecho de que esos votantes son “sociológicamente del PP”.

Podemos se enfrenta, como solución política potencial, a una triste paradoja: sólo puede funcionar correctamente si durante un largo período de tiempo sus promotores actuales marcan el rumbo como hasta ahora, pero eso mismo significa que hay muchas posibilidades de que Podemos sufra un descalabro supino en cuanto tenga que hacerse cargo de las consecuencias de un juego institucional cuyas reglas no están en condiciones de cambiar ni tampoco de seguir.

El gran problema, y la repercusión que eventualmente tenga este texto tal vez dará sobrada prueba de su existencia, es que los principales promotores de Podemos no van a querer o poder ver cuál es el problema porque llevan toda su vida actuando de la misma manera frente a las instituciones, por interés o por negligencia. Los promotores de Podemos no han conseguido adquirir jamás una conciencia crítica acerca de las repercusiones políticas que tienen sus conocimientos técnicos cuando los ponen en juego en su militancia. Podemos es un fontanero frente a un sistema político en declive visto como una tubería rota. Podemos cree que ese punto de vista le dota de un poder extraordinario, y es cierto, pero no se da cuenta (queremos pensar bien) de que el ejercicio de ese poder tiene efectos reaccionarios. La pervivencia interesada pero profundamente equivocada de estos tabúes revela que Podemos es, cuesta creerlo pero es cierto, una solución autoritaria, represiva, a las catástrofes políticas sufridas durante el último siglo.

El reto, repetimos, tiene un enunciado simple pero una solución tan compleja que diríamos que es imposible: Podemos tiene que dejar de ser Podemos si realmente quiere contribuir a la transformación política radical de nuestro país. Mientras eso no suceda, o mientras no nos convenzan de que estamos equivocados (y ojalá fuera así), nuestra posición es clara: si no hemos trabajado gratis para otros partidos no vamos a trabajar gratis (ni cobrando) para ellos, que ya nos conocemos.