martes, 26 de mayo de 2015

El panorama de la izquierda

El problema de los pactos poselectorales, o como el pez grande se come al chico. Los méritos de un gobierno de coalición serán atribuidos al partido grande. En los deméritos el pequeño, en cambio, será tenido por cómplice.

Entre Escila y Caribdis, si pactas estás cazado, si no pactas, también. Y la crítica que se puede hacer en ambos casos a un grupo político se vuelve contra el que la hace, en cuanto se encuentra con el mismo dilema. Medrar en medio del bipartidismo no sirve de nada. Sólo una gran unidad popular puede intentar doblegar a la quimera política de dos cabezas.

No quisiera ofender a los militantes y simpatizantes del PSOE que todavía se consideran de izquierdas, pero les diría amigablemente lo mismo que Fidel Castro dijo a un negro apresado, entre los mercenarios capturados, luego del desembarco de Playa Girón: "Muchacho, ¿y tú que haces ahí?"

Hic Rhodus, hic salta.



Rebelión
 
(...)
 
Pero el PSOE es parte del problema para la izquierda, no de la solución. Y no porque sea parte de la casta (término que Podemos ha dejado hace tiempo de utilizar), sino porque, como razonábamos en el artículo mencionado al principio, es parte del establishment: la pertenencia a la OTAN, la aceptación de Maastricht, la reconversión industrial, el giro neoliberal de Zapatero, las huelgas generales de los sindicatos, el comportamiento de la socialdemocracia europea, han demostrado durante toda una época donde está situado el PSOE. Sería toda una ironía que Podemos después de haber rechazado firmemente la alianza con IU ahora pactase con el PSOE.

Pero las cosas de las alianzas son complicadas, y la izquierda con muchos años de experiencia en España y en el mundo lo sabe perfectamente, un quebradero de cabeza que la sitúa entre la espada de mantenerse fiel a los principios y no influir en la realidad, y la pared de ceder pragmáticamente y terminar sirviendo a los intereses de la clase dominante. Los ejemplos prácticos recientes de IU son los mismos que se le presentan ahora a Podemos y a las candidaturas de unidad popular. Si pactan con el PSOE, como en Andalucía – donde el acuerdo era la única manera de evitar que un PP como primer partido votado ocupase el poder en la Junta - terminan siendo castigados en las urnas; y si no pactan y dejan gobernar al PP, como en Extremadura, simplemente terminan perdiendo toda la representación. La izquierda plural que ha conseguido importantes avances en estas elecciones tiene, además, otro punto de similitud con IU, carece de una instancia unificadora que adopte una estrategia única, con lo cual las decisiones pueden ser contradictorias.

El PSOE va a intentar utilizar su posición para presentarse como el eje articulador de la izquierda con medidas cosméticas como la utilización de primarias, las declaraciones anticorrupción, el apartamiento de los nombres más quemados por la corrupción en Andalucía, o algunas promesas sociales de poco calado dentro de una declaración de “giro a la izquierda”, pero sin criticar ni intentar revertir las medidas neoliberales tomadas por el último Zapatero. Va a presionar, además, con el argumento de que sin su colaboración el PP seguirá en el poder en muchos gobiernos locales. Sabiendo por la experiencia pasada que cualquier pacto encabezado por él, siempre redundará en su beneficio.

(...) 

Se pueden consultar otros artículos y libros del autor en el blog : http://miradacrtica.blogspot.com/

¡Que no cunda el pánico!

En el cuadro de Goya, la multitud huye de un fantasma. El imaginario coloso que los ahuyenta es más o menos el mismo fantasma que recorrió Europa y que ni antes ni después ha dejado de pasearse por las mentes. 

Malo es que los desmentidos a las falsedades no borren la mancha indeleble. Por fantástica que sea, toda imagen, verdadera o falsa, deja una huella, y el recuerdo acaba por no distinguir lo que uno vio o pensó de lo que le contaron.

Peor es la desproporción entre el bombo y los platillos de los grandes titulares utilizados para mentir y los escondidos e insignificantes desmentidos, que a poca gente llegan en las raras ocasiones en que se producen. Otras veces, sencillamente se deja de hablar del tema, pero el bulo sigue rodando, rodando...

Y peor aún es que los que podrían desmentir alto y claro se plieguen al sentido común inducido en la mayoría y no lo hagan, para no sufrir el rechazo de los que, ignorantes, se tragaron la mentira: la explicación sería demasiado larga.

Un principio elemental, que debe considerar toda persona rigurosa, es el contexto en que se producen las noticias. ¿Quién está detrás? ¿por qué y para qué me lo cuentan? ¿a quién se debe el que lo dice? ¿lo callarían si dijera otra cosa? En pocas palabras ¿quién es el amo?

Lo que sigue a continuación se publicó antes del 24M. La respuesta parcial que han dado las urnas es de cambio (cambio poco concreto, además). Pero siguen siendo mayoría las inteligencias cautivas del medio. Cuidado: mente y mentira se mimetizan con facilidad.




Rebelión


Para asustar a los electores indecisos, nada mejor que mentar las bichas de ETA, Venezuela o Corea del Norte. Toda persona candidata de ideología no bipartidista PPSOE, con aires de izquierda por supuesto, ha de pasar por este examen ante la opinión pública si quiere homologarse como debe dentro de lo políticamente correcto. 

Si afirmas con argumentos templados y coherentes que ETA es un asunto político y complejo, los titulares más gruesos de los medios de comunicación dirán que avalas las tesis de una banda asesina o que minimizas el dolor de las víctimas. Si alabas a Franco (¿200.000 muertos y un millón de presos políticos en la conciencia de su régimen?), no pasa nada, todo está bien, forma parte de la pluralidad democrática de opiniones razonables y ponderadas.

El caso de Venezuela también es paradigmático. El movimiento liderado por Hugo Chávez ganó 14 elecciones entre presidenciales, referendos y comicios legislativos y regionales. Pues bien, la república bolivariana, ¡salta a la vista!, es una dictadura arbitraria y sanguinaria. Dos datos de la ONU: con Chávez y Maduro al frente, la pobreza se ha reducido en más de un 50 por ciento y el gasto social se ha incrementado en más del doble respecto a las tasas habidas antes de la era iniciada por el fallecido Hugo Chávez.

Eso sí, a veces hay escasez de papel higiénico y otras mercaderías más o menos básicas, apiladas y escondidas a propósito por empresarios locales para inducir un desabastecimiento político que levante a las masas contra el gobierno. Eso es lo único que destacan los mass media internacionales, callando alevosamente sobre los regímenes autoritarios y violentos de los vecinos regionales Méjico y Colombia, dos “democracias de pura raza” donde los asesinatos, ajustes de cuentas y corrupción sistémica son instituciones seculares desde hace décadas, datos de enorme gravedad y trascendencia que se silencian por intereses capitalistas que permanecen ocultos a la inmensa mayoría.

Corea del Norte es otro tema clásico de la desinformación de las elites capitalistas globalizadas dirigida a crear monstruos en la mente colonizada del ciudadano medio occidental, rozándose en ocasiones el ridículo más espantoso a través de noticias casi siempre sensacionalistas y jamás contrastadas en fuentes directas o dignas de crédito. Todo lo que filtra la CIA o el servicio de espionaje de Corea del Sur a las agencias de prensa transnacionales se da tal cual, en crudo, sin elaborar ni corroborar ante otras fuentes alternativas.

Rizando el rizo de la suprema estupidez, hace pocos días se divulgaba una noticia, sin confirmar, en la que se aseguraba que el ministro de Defensa norcoreano había sido fusilado, ¡con un cañón antiaéreo!, siguiendo órdenes expresas del presidente (y malvado tirano, por supuesto), Kim Jong-un. Esta vez, la burda mentira urdida por el espionaje surcoreano fue de altos vuelos y escaso recorrido. No obstante, y ahí reside el peligro de toda falsedad repetida hasta la saciedad sin desmentidos del mismo calibre tipográfico, la mentira fantástica suele dejar una mancha indeleble en mentes poco preparadas o concienciadas en términos políticos.

Para más inri, a principios de año, el rotativo inglés The Telegraph informaba que el famoso “desertor” norcoreano Shin Dong-Hyuk había creado una maravillosa fábula de su país a base de ingredientes tan atractivos y tenebrosos como siniestros campos de concentración, torturas hasta la muerte y otras aberraciones ad lib (pautadas o alentadas por la CIA, of course), esto es, en román paladino que todo era producto de su desbocada (¿y bien remunerada?) imaginación: así lo reflejó en su cuenta de facebook, que cerró de inmediato para que nadie hallara su rastro de farsante a sueldo del imperio yanqui.

Estamos en España. Es primavera, año 2015, siglo XXI. Y sigue habiendo una legión de pardillos electores que tirarán su querido y sufrido sufragio en la bolsa de la derecha y de sus socios ideológicos de nuevo cuño o en las alforjas de sus amigos siameses desde la transición posfranquista.

La cultura política de la clase trabajadora, en gran medida, continúa cautiva de su propia ignorancia en los asuntos públicos. Claro, que en otros lares avanzados y ultracivilizados de la Unión Europea, véase el Reino Unido, todo es muy parecido: la derecha, a pesar de sus desmanes, ha vuelto a izar la bandera de la victoria absoluta. Sin duda que los complejos históricos de las izquierdas y sus derivas moderadas hacia versiones descafeinadas o centristas, mucho tienen que ver con “ese votar contra uno mismo” de la gente asalariada, parada o con contratos laborales en precario.

En cualquier caso, cuando la derecha no lo tiene claro siempre saca a relucir temas emocionales para que cunda el miedo entre el presunto electorado de izquierdas. El 24M saldremos de dudas, ¿para bien o para mal?

lunes, 25 de mayo de 2015

Con el manual bajo el brazo

El libro como amuleto, como talismán, no cambia la realidad. El libro como guía para la acción puede hacerlo. Para bien o para mal.

Varias dudas plantea el libro como soporte de actividad: no es la menor la simplificación de lo complejo, por otra parte necesaria, tanto para la investigación como para la exposición. De las infinitas variables que se entrecruzan, la selección hecha puede no ser la más correcta. O en el juego interactivo entre ellas pueden ser ya otras las pertinentes.Si lo buscamos todo en esa visión simplificada podemos quedarnos sin respuestas, o con falsas respuestas extrapoladas, ajenas al contexto actual.

Pero además, los manuales que pretenden estimular la conciencia pueden tener el efecto de hacernos pasivos. El determinismo nos puede sacar de la corriente de la Historia. Es cómodo pensar que las cosas no dependen de nuestra intervención. Es un hecho probado el posible efecto paralizante de la esperanza: ¿cuántos de los indignados de ayer mismo en nuestro país, al depositar su confianza en la lucha electoral y en nuevas formaciones políticas abandonan las movilizaciones y debilitan a las mismas fuerzas a las que creen apoyar?

El mayor peligro de una doctrina es descansar sobre ella. Depositar la confianza en lo inexorable de un proceso, así lo consideremos favorable o desfavorable, desmoviliza para  afrontarlo. Existe un pesimismo desmotivador, pero también hay un optimismo desmovilizador.

El pesimista cenizo tratará de convencernos de que "no hay nada que hacer". Si lo consigue anulará nuestra energía para luchar por lo que queremos. Por eso quien pretenda sumar seguidores a una causa querrá darles la esperanza de que el éxito es posible. Si la esperanza se convierte en certeza, puede animar a sumarse a ella, mas igualmente puede invitar a la pasividad, en la creencia de que casi automáticamente vendrá lo que se espera.

Insuflar confianza y optimismo es importante, siempre y cuando se apoyen en la acción y el esfuerzo. Se ha dicho que un pesimista es un optimista bien informado, e igualmente puede invertirse el aforismo: ¿será el optimista un pesimista bien informado? Antonio Gramsci contraponía al pesimismo de la inteligencia el optimismo de la voluntad. Su propio ejemplo es paradigma de esta actitud.

Este carácter contradictorio, dialéctico (lo que anima también puede frenar), hace difícil transmitir un mensaje movilizador.

Ni la Biblia de los proselitistas religiosos ni los manuales bajo el brazo traerán cambio alguno si no los acompaña la práctica. Comprar un manual de autoayuda o un libro de ejercicios gimnásticos no es suficiente para superar debilidades físicas o morales.
De la necesaria simplificación, se pasa insensiblemente a la rutina, y de ahí a la indiferencia. Los epígonos repiten el modelo pero le roban el alma.

La idea guía debe ser la filosofía de la praxis. Pero la práctica no significa nada si es ajena a los valores. Los valores esenciales son bastante sencillos. Sabemos que como seres sociales podemos competir o cooperar. Sabemos que la competencia insolidaria nos ha traído a una vía sin salida. Colaboremos pues.

Cambiando la realidad cambiaremos nosotros mismos, pero eso no es un mecanismo de causa y efecto. Causas y efectos se enfrentan y se hermanan dialécticamente, y nuestra propia transformación individual será consecuencia, pero también premisa, de los cambios sociales.

Del artículo que sigue elijo dos párrafos:
La exigencia, ser capaces de concentrarse en una actividad participativa en grado sumo en todos los aspectos de la vida. Práctica revolucionaria. Por su intermedio, en las comunidades, lugares de trabajo, instituciones sociales, nos (re)producimos como seres humanos ricos –en capacidades y necesidades-, en contraposición con los seres humanos empobrecidos que causa el capitalismo.
La premisa, el desenvolvimiento de una sociedad en que trascendamos el interés individual y donde, a través de nuestra actividad, construyamos solidaridad entre la gente y al propio tiempo nos construyamos de forma diferente.

Rebelión


Al parecer, es agua pasada la época en que, en el orbe autodenominado socialista, los “marxistas de axila” –de sobaquera, les llamaban los cubanos- enfrentaban problemas prácticos, empíricos, portando sin tregua un mamotreto de filosofía, economía política, comunismo dizque científico, allí en ese a menudo agreste espacio anatómico, como para demostrar con fe de cruzados que ellos sí estaban al tanto de las “sugerencias” –ordeno y mando- de los camaradas Karl, Friedrich y Vladímir… En un tiempo, igualmente fósil.  

Pero no venimos aquí de francotiradores retrospectivos. Porque quién quita que, de alguna manera, en alguna ocasión, no nos hayamos despeñado por el mismo error: coincidir con los manuales, esos pasajeros de axilas irredentas, en remarcar en demasía, absolutizar, la significación de las fuerzas productivas (ojo con el otro extremo: el de negar su proverbial importancia), en su contradicción con las relaciones de producción, en detrimento de las personas de carne y hueso, que no rinden pleitesía a los “determinismos”, como no consideraba el propio Marx que el capitalismo caería prácticamente solo, por obra y gracia de su paradójica naturaleza intrínseca.

De admitir ese estado de cosas, vox populi, el genio de Tréveris se habría sentado a la puerta de su hogar a esperar el sepelio de la odiada formación, en su paso cadencioso. Pero no. Sacrificando salud, felicidad y familia, hizo galas de su condición de hombre fáustico –se sabe: del goetheano Fausto-, dándose a una acción legitimadora de la subjetividad frente a lo “fatal”, lo “objetivo”. Y no cesó de insistir en que los obreros solo pueden capacitarse para crear una nueva vida en el proceso de la lucha.

Sí, a no dudarlo, en la sociedad las leyes se dan como premisas, tendencial, probabilísticamente, me repetía como un mantra mientras leía el libro de Michael Lebowitz Las contradicciones del “socialismo real”. El dirigente y los dirigidos (Ruth Casa Editorial e Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana, 2015). Junto con otros pensadores, el célebre profesor canadiense está empeñado en que se convierta en conciencia cotidiana la lógica de “producir juntos para satisfacer necesidades humanas. El hecho de no hacer esto y, en su lugar, de enfatizar [sobredimensionar] el desarrollo de las fuerzas productivas [...] conduce inevitablemente a un callejón sin salida, el callejón sin salida que pudimos ver frente a nosotros. El punto era simple: como destacara Che Guevara, para construir el socialismo resulta esencial, conjuntamente con conseguir nuevas bases materiales, construir nuevos seres humanos”.

¿Cómo? Bueno, la autogestión en el proceso de producción se erige en elemento fundamental. “El proceso en sí de participar en formas democráticas de producción es parte esencial en la producción de personas para quienes la necesidad de cooperación es una segunda naturaleza”.

Pero concordemos, asimismo, en el hecho de que la autogestión en unidades productivas específicas no resulta suficiente. Sino que se precisa trocar un foco de egoísmo y autoorientación en uno de comunidad y solidaridad, o sea que “la necesidad de participar en soluciones colectivas para satisfacer las necesidades humanas debe ser reconocida como responsabilidad de todos los individuos. Y un Estado puesto por encima y más allá de la sociedad civil nunca pudiera producir gente con estas características. Más bien, solo a través de sus propias actividades a través de sus organizaciones autónomas –en el vecindario, la comunidad y a niveles nacionales- puede la gente transformar tanto las circunstancias como a sí mismas”. Así que era (es) menester “el desarrollo consciente de una sociedad civil socialista”.

De esa forma, se subrayan la centralidad de la gente y el despliegue de instituciones que le permitan transformarse a sí propia, lo cual no ocurrió en el modelo soviético. “Con su falta de producción democrática y cooperativa, su ausencia de una sociedad civil socialista y su mando burocrático realmente existente, el socialismo real no había producido los nuevos seres humanos que pudieran construir un mundo mejor”. Conforme a nuestro autor, “más que sacar de la crisis la conclusión de que el socialismo había fracasado y que nadie podría volar jamás, la lección [...] era diferente [...] Nadie debería jamás volver a tratar de volar con esas cosas que solo parecen alas”.

¿Colapso?

Si bien para muchos críticos el capitalismo está al borde del colapso, para Marx no suponía algo tan simple. No obstante su animadversión hacia el sistema que explotaba (explota) y destruía (destruye) tanto a los hombres como a la naturaleza, comprendió que este rezumaba (rezuma) vigor y que tendía (tiende) a crear las bases para su multiplicación.

Y es que está centrado en una relación entre propietarios, empujados por el deseo de ganancia (plusvalía) y obreros separados de los medios de producción y que no disponen de alternativa para mantenerse como no sea vender su capacidad de realizar trabajo (fuerza de trabajo). Ahora, ¿cómo se producen y reproducen sus premisas?, se interrogaba el genio de Tréveris.

De un lado, deviene fácil entender. “A través de la compra de fuerza de trabajo, el capital obtiene tanto el derecho de dirigir los obreros en el proceso de trabajo, como los derechos de propiedad de lo que el obrero produce. Utiliza esos derechos para explotar a los trabajadores (es decir, para obligar a la realización de trabajo excedente) y así producir bienes que contienen plusvalía. Lo que el capital quiere, sin embargo, no son esos bienes, sino realizar esa plusvalía al vender los bienes”.

Así que, mediante la realización exitosa de la mercancía (y la consiguiente de la plusvalía), el capital consigue renovar los medios de producción gastados, contratar nuevamente trabajadores, mantener su propio consumo deseado y acumular con el objetivo de la expansión.

Claro, para seguir operando se trata de reproducir obreros como trabajadores asalariados. Entonces, ¿cómo garantizarlos, si mientras trata de reducir los salarios, recibe una enconada resistencia, con vistas a que estos suban, de modo que se pone en peligro la venta de la capacidad de “partirse el lomo” a fin de sobrevivir?

Dividiendo a los proletarios, para que compitan entre sí en lugar de cerrar filas frente al enemigo común. No solo utilizando los unos contra los otros, sino reponiendo sin sosiego un ejército de reserva de los desempleados, sustituyendo obreros por maquinaria. Según Marx, “la gran belleza de la producción capitalista” es que al originar “una población relativamente excedente de trabajadores asalariados”, los salarios son “mantenidos dentro de límites satisfactorios para la explotación capitalista, y finalmente, se garantiza la dependencia social del trabajador con relación al capitalista, la cual es indispensable”.

Y una razón adicional para la reproducción de la labor asalariada la constituye el que los trabajadores, a más de explotados, son deformados, por lo que no siempre se rebelan en tiempos de crisis. De acuerdo con el clásico, el capital explica la mutilación, el empobrecimiento, la “parálisis del cuerpo y la mente” del obrero, “atado de pies y manos de por vida a una sola operación especializada”, que tiene lugar en la división del trabajo característica del proceso capitalista de producción. En el capitalismo, a la larga, el desarrollo de la maquinaria completó la “separación entre las facultades intelectuales del proceso de producción y el trabajo manual”. Resumiendo: pensar y hacer se tornan hostiles, se pierde “todo átomo de libertad, tanto en la actividad corporal como en la intelectual”.

El proceso deriva en “vaciamiento completo”, “enajenación total”, “el sacrificio del ser humano como fin en sí mismo por un fin totalmente externo”, Marx dice. Y dice muy bien, porque, a todas luces, como apostilla Lebowitz, “además de producir bienes y el capitalismo mismo, el capitalismo produce un ser humano fragmentado, cuyo disfrute consiste en poseer y consumir cosas”. Y lo peor: “la tendencia inherente al capital es producir gente que piense que no hay alternativa. Marx estuvo claro en que el capital tiende a producir la clase obrera que necesita, obreros que consideren al capitalismo como sentido común”.

Suelen pelear, por supuesto, pero por mejores salarios, días laborables más breves y menos intensos, y por beneficios con que satisfacer un mayor número de necesidades dentro de la relación salario-trabajo. Pero mientras aprecien “los requisitos del capitalismo como leyes naturales evidentes en sí mismas” –el mismo error, en sentido contrario, de los marxistas axilares de que hablábamos-, las luchas tienen lugar dentro de los límites de esa relación capitalista, y, enfrentados a la crisis, más tarde o más temprano actúan para apuntalar la formación socioeconómica. Cuando se trataría de comprender que “tiene que haber una alternativa a un sistema que por su propia naturaleza involucra una espiral de producción enajenada creciente, necesidades crecientes y consumo creciente; un modelo que la Tierra no puede sustentar.”

La alternativa

Una renovada visión teórica recorre el mundo. En su núcleo, la alternativa evocada por Marx: en contraste con una sociedad en que el obrero existe para satisfacer las necesidades del capital, “la situación inversa, en la cual la riqueza objetiva está para satisfacer la propia necesidad de desarrollo del obrero”. Y este, el meollo de la concepción del socialismo, no constituye dádiva divina; se alcanza mediante la práctica revolucionaria, ese concepto subrayado por alguien de tino como “la coincidencia de lo cambiante de las circunstancias y de la actividad humana o autocambio”, que atraviesa la obra del gran revolucionario.

Sin entrar en detalles consabidos, coincidamos en que, para el visionario alemán, la unidad del desarrollo humano y de la práctica constituye la clave que precisamos comprender si vamos a tratar sobre socialismo. “¿Qué tipo de relaciones productivas puede proporcionar las condiciones para el pleno desarrollo de las capacidades humanas? Tan solo aquellas en las que exista una cooperación consciente entre productores asociados; tan solo aquellas en las que el objetivo de la producción sea el de los propios obreros. Una administración obrera que termine con la división entre pensar y hacer es esencial, aunque está claro que esto requiere más que administración obrera en centros de trabajo individuales. Ellos deben ser los objetivos de los obreros en la sociedad, también obreros en sus comunidades.”

De ahí, convengamos, la exigencia de ser capaces de concentrarse en una actividad participativa en grado sumo en todos los aspectos de la vida. Práctica revolucionaria. Por su intermedio, en las comunidades, lugares de trabajo, instituciones sociales, nos (re)producimos como “seres humanos ricos” –en capacidades y necesidades-, en contraposición con los seres humanos empobrecidos que causa el capitalismo. Lo cual se empalma con “democracia en la práctica, democracia como práctica, democracia como protagonismo”. Elemento sine qua non en el socialismo para el siglo XXI, ese “sistema orgánico de producción, distribución y consumo” en el cual “la producción social organizada por los obreros es esencial para desarrollar las capacidades de los productores y construir nuevas relaciones: relaciones de cooperación y solidaridad”.

Empero, ¿cómo asegurar que nuestra productividad comunal, social, esté dirigida al libre desarrollo de todos, en vez de obedecer a los objetivos privados de capitalistas, grupos individuales o burócratas estatales? En este punto, y siguiendo la lógica de exposición de nuestra fuente principal, repasemos las posibles contestaciones barajadas por Hugo Chávez en su momento. Debemos velar por no perder la propiedad social mayoritaria, y por que esta implique una profunda democracia, en la que las personas funcionen como sujetos, en calidad de productores y de miembros de la sociedad, al determinar el uso de los resultados de su labor social.

Converjamos, en síntesis: la premisa es el desenvolvimiento de una sociedad en que trascendamos el interés individual y donde, a través de nuestra actividad, construyamos solidaridad entre la gente y al propio tiempo nos construyamos de forma diferente. Y esto pasará (pasa) por un espíritu que quiebre de una vez por todas añejas teorías “deterministas”, desconfiadas de la subjetividad militante y empotradas en mamotretos de axila ojalá que definitivamente convertidos en piezas de museo.

viernes, 22 de mayo de 2015

No lo saben pero lo hacen


El fetichismo de la mercancía y su secreto





















La cantidad de movimiento es una magnitud física que relaciona la velocidad de un móvil con su masa. Para lograr que adquiera la tal cantidad de movimiento se necesita aplicar una fuerza de modo más o menos constante. Parar una gran masa lanzada a gran velocidad requiere oponer otra fuerza durante cierto tiempo. Si la fuerza no es grande, el tiempo ha de ser largo. Si además se quiere invertir la marcha, hay que emplear más tiempo. O más fuerza. Sin que se den estas condiciones, dar marcha atrás es muy, muy difícil, y si aparece un obstáculo imprevisto el frenazo no podrá evitar el golpe.

La inercia es también una característica de la conducta humana, y especialmente de los comportamientos sociales. El sentido común arrastra a los individuos dentro de la gran masa que constituye la corriente de opinión compartida. Comprender cómo las relaciones sociales ensamblan ese sentir colectivo es primordial si se aspira a cambiarlo. Cambiar el sentir para cambiar la conducta social. Eso es especialmente importante cuando los obstáculos en el camino hacen urgente detener una marcha equivocada.

¿Cuál es el principal equívoco en la conducta colectiva de los hombres? ¿Qué confusión es tan difícil de invertir?

La frase de Marx que encabeza esta entrada aparece en el primer capítulo de El Capital, y el enigma que supone ese hacer cosas fuera de la conciencia fue tal vez el principal motor de su trabajo. ¿Qué aísla el hacer de la percepción de hacerlo? ¿Por qué se invierte la interpretación de los hechos y tantas veces se toman las causas por efectos, y al revés?

Del intento de responder a estos enigmas surge la idea de fetichismo. Fetichismo es fabricar ídolos y adorarlos luego: crear primero al creador y creer después que lo es. Es así como los dioses creados por los hombres son presentados como creadores del mundo y de los mismos hombres.

Invirtiendo causa y efecto, se invierten igualmente las relaciones entre seres humanos, que se aparecen como relaciones entre los objetos creados por ellos. Las cosas se personifican al tiempo que las personas se cosifican.

Mucho se ha escrito sobre este enigmático fenómeno. Ofrezco una pequeña antología, concluyendo con el texto de partida, en el primer capítulo de El Capital. 

La editorial Pepitas de Calabaza ha publicado un volumen con fragmentos del comienzo de El Capital, concretamente el apartado cuatro del capítulo I (“El carácter de fetiche de la mercancía y su secreto”) y el capítulo II (“El proceso de intercambio”). Son piezas clave de la obra de Marx sobre las que pivota gran parte de la crítica social contemporánea. El texto va precedido de una introducción de Anselm Jappe (“De lo que es el fetichismo de la mercancía y sobre si podemos librarnos de él”).

Transcribo, de la presentación de la obra:

El fetichismo de la mercancía (y su secreto)

[…] La crisis ya no es, ni mucho menos, sinónimo de emancipación. Saber lo que está en juego se convierte en algo fundamental y disponer de una visión global, en algo vital. Por eso, una teoría social centrada en la crítica de las categorías básicas de la sociedad mercantil no es un lujo teórico que esté alejado de las preocupaciones reales y prácticas de los seres humanos en lucha, sino que constituye una condición necesaria para cualquier proyecto de emancipación. De ahí que la obra de Marx —y muy en particular, el primer capítulo de El Capital— siga siendo indispensable para comprender lo que nos ocurre cotidianamente. Esperemos que un día se estudie solamente para disfrutar de su brillantez intelectual. […]
Y de la revista digital Herramienta:
Toda sociedad formada por una pluralidad de individuos constituye una red que llega a ser efectiva por medio de sus acciones. Para esta red, lo que los hombres hacen tiene una importancia primaria, y lo que piensan, una importancia secundaria.

(...)

...la sociedad como totalidad es el resultado de un hacer que no supone consciencia; o como lo expresa la genial fórmula marxiana: “No lo saben, pero lo hacen” (Marx, El Capital, cap. I). Específicamente en las sociedades basadas en la producción de mercancías, es decir, en que se produce para intercambiar, el hacer sintético corresponde a la “acción de intercambio”, y su resultado es el mercado como “segunda naturaleza(zweite Natur), una realidad social que acusa una densidad ontológica equivalente a la realidad natural. Así, el aparente encuentro fortuito de voluntades asume una fuerza similar a la ley de gravedad; se convierte en “la compulsiva necesidad de una ley social objetiva”.
Enmascarada la realidad por las apariencias, erramos la conducta. Interrogándose sobre las causas comienza Nicolás Lichtmaier su opúsculo  "El fetichismo de la mercancía. Teorías Sociológicas del Estado":
¿Por qué la gente no hace lo que le conviene? Podría decirse que esa es, expresada en palabras simples, una de las grandes preguntas que recorre la obra de Marx. Las primeras obras explican esto con el concepto de ideología, es así como en “La ideología alemana” ésta es descripta como un engaño, un velo que podría ser corrido. La pregunta se responde entonces con “porque hay algo que los mantiene engañados”, y la ideología es el interés de pocos que se disfraza del interés común. La ideología es un sueño del que se puede despertar.
Con el tiempo fue perdiendo ese optimismo inicial. En “El Capital” la pregunta es respondida de otra manera. En esta obra, Marx utiliza el concepto de fetichismo de la mercancía para describir un “embrujo” que rodea a los bienes producidos bajo el sistema de producción capitalista. Los productores producen en privado bienes y luego se vinculan con otros seres humanos a través de esos bienes. Según el fetichismo de la mercancía, los bienes se le aparecen al productor como una cosa, el valor de éstos preexiste. Es anterior y determinante del productor y de su proceso de producción. El productor se convierte entonces en un atributo del objeto producido, y éste último se vuelve sujeto. Y este objeto devenido “sujeto” es el que entabla relaciones “humanas” con otros objetos, al intercambiarse en el mercado. Este mundo “fetichizado” del capitalismo es un mundo que transforma lo cualitativo en cuantitativo, iguala todo y compara todo.
No se puede despertar del fetichismo de la mercancía, a diferencia de lo que pasaba con la ideología. Las formas de pensar signadas por este efecto no son un engaño. Marx señala que son objetivas, socialmente válidas, y que caracterizan al modo de producción. Esta operación de traslado, de comparación de trabajos humanos homogeneizados mediante la forma mercancía, no necesita que los actores participen de ella conscientemente.
He aquí ahora el texto original de Marx:
Es en el acto de cambio donde los productos del trabajo cobran una materialidad de valor socialmente igual e independiente de su múltiple y diversa materialidad física de objetos útiles. Este desdoblamiento del producto del trabajo en objeto útil y materialización de valor sólo se presenta prácticamente allí donde el cambio adquiere la extensión e importancia suficientes para que se produzcan objetos útiles con vistas al cambio, donde, por tanto, el carácter de valor de los objetos se acusa ya en el momento de ser producidos. A partir de este instante, los trabajos privados de los productores asumen, de hecho, un doble carácter social. De una parte, considerados como trabajos útiles concretos, tienen necesariamente que satisfacer una determinada necesidad social y encajar, por tanto, dentro del trabajo colectivo de la sociedad, dentro del sistema elemental de la división social del trabajo. Mas, por otra parte, sólo serán aptos para satisfacer las múltiples necesidades de sus propios productores en la medida en que cada uno de esos trabajos privados y útiles concretos sea susceptible de ser cambiado por cualquier otro trabajo privado útil, o lo que es lo mismo, en la medida en que represente un equivalente suyo. Para encontrar la igualdad toto cœlo (1) de diversos trabajos, hay que hacer forzosamente abstracción de su desigualdad real, reducirlos al carácter común a todos ellos como desgaste de fuerza humana de trabajo, como trabajo humano abstracto. El cerebro de los productores privados se limita a reflejar este doble carácter social de sus trabajos privados en aquellas formas que revela en la práctica el mercado, el cambio de productos: el carácter socialmente útil de sus trabajos privados, bajo la forma de que el producto del trabajo ha de ser útil, y útil para otros; el carácter social de la igualdad de los distintos trabajos, bajo la forma del carácter de valor común a todos esos objetos materialmente diversos que son los productos del trabajo.
Por tanto, los hombres no relacionan entre sí los productos de su trabajo como valores porque estos objetos les parezcan envolturas simplemente materiales de un trabajo humano igual. Es al revés. Al equiparar unos con otros en el cambio, como valores, sus diversos productos, lo que hacen es equiparar entre sí sus diversos trabajos, como modalidades de trabajo humano. No lo saben, pero lo hacen. Por tanto, el valor no lleva escrito en la frente lo que es. Lejos de ello, convierte a todos los productos del trabajo en jeroglíficos sociales. Luego, vienen los hombres y se esfuerzan por descifrar el sentido de estos jeroglíficos, por descubrir el secreto de su propio producto social, pues es evidente que el concebir los objetos útiles como valores es obra social suya, ni más ni menos que el lenguaje. El descubrimiento científico tardío de que los productos del trabajo, considerados como valores, no son más que expresiones materiales del trabajo humano invertido en su producción, es un descubrimiento que hace época en la historia del progreso humano, pero que no disipa ni mucho menos la sombra material que acompaña al carácter social del trabajo. Y lo que sólo tiene razón de ser en esta forma concreta de producción, en la producción de mercancías, a saber: que el carácter específicamente social de los trabajos privados independientes los unos de los otros reside en lo que tienen de igual como modalidades que son de trabajo humano, revistiendo la forma del carácter de valor de los productos del trabajo, sigue siendo para los espíritus cautivos en las redes de la producción de mercancías, aun después de hecho aquel descubrimiento, algo tan perenne y definitivo como la tesis de que la descomposición científica del aire en sus elementos deja intangible la forma del aire como forma física material.
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(1) "Por todo el cielo"; es tanto como decir universal.