viernes, 23 de octubre de 2015

La variable oculta

La variable oculta en las utopías futuristas es la variable independiente de la que son función las demás: la energía.

Más que oculta, ocultada. Tanto por el que debería mostrarla como por el que no quiere oírla, porque a nadie le gusta que le den malas noticias, sobre todo cuando te has acostumbrado a ideas balsámicas. Y una idea balsámica muy común es que la tecnología, en su momento, espoleada por la innovación, resolverá cualquier problema que se vaya presentando.

La variable oculta es la energía y sus limitaciones. Como explica muy bien Antonio Turiel en esta entrada de su blog The Oil Crash, las limitaciones energéticas hacen inviables muchas salidas tecnológicas. Podemos imaginarlas, pero cada una de ellas plantea nuevas y espinosas cuestiones, y para resolver los problemas que se van encadenando se requerirá emplear más energía aún.

Argumentan algunos que puede prolongarse un progreso tecnológico indefinido con una supuesta (y muy deseable) desmaterialización de la economía. Y efectivamente, las tecnologías de la información y la comunicación, con un menor gasto energético que los vuelos espaciales, se han desarrollado mucho más rápidamente. Pero también comienzan a encontrar un techo (*).

Desmaterializar la economía es en cierto modo lo que ha intentado hacer la financiarización. Hoy ya es evidente que también encuentra su techo; y pierde pie, como Anteo, al separarse del mundo físico.


Que no, que no, que no...





(...)

Imaginemos, por un momento, que la Humanidad tuviera acceso a toda la energía que quisiera utilizar y sin causar otros efectos indeseados. Con una cantidad ilimitada de energía disponible hacer un coche volador no sería nada problemático; podrían funcionar con pilas de plutonio (tecnología que usan las sondas espaciales que enviamos a visitar otros planetas) que accionarían hélices horizontales como en los actuales drones, o bien con un sistema de levitación magnética basado en proyectar un haz sobre una enorme infraestructura de carriles magnéticos, todo ello construido con imanes basados en neodimio que se extraería con facilidad o se sintetizaría con reacciones nucleares adecuadas (los residuos radiactivos de las cuales se consumirían en otros reactores diseñados para su eliminación y con poca eficiencia energética, pero eso no es un problema si la energía sobra), o bien se crearían imanes y baterías más eficientes gracias a la síntesis del grafeno en cantidades masivas (a pesar del derroche energético que implica, pero eso es indiferente si hay energía a espuertas) o bien algún otro sistema de propulsión que ahora no imaginamos facilitado por la energía hiperabundante. Del mismo modo, sería perfectamente posible usar un monopatín levitador que funcionaria sobre todo el área urbana cuyo subsuelo contendría una apropiada aleación ferromagnética. Robotizar la ropa es algo que es factible incluso hoy en día, pero que no se hace porque el coste productivo no compensa la escasa utilidad añadida de ese producto; pero en un entorno de energía hiperabundante los costes productivos de cualquier producto serían despreciables (ni siquiera la mano de obra sería un problema, ya que todas las cadenas de montaje estarían hiperrobotizadas). Generar grandes hologramas o cualquier otra extravagancia que se nos pudiera ocurrir podría hacerse con tal de que alguien se lo propusiese, ¿por qué no?, puesto que implicaría un costes despreciable.

La exploración espacial sería un uso más serio de toda esa energía que nos sobraría. En un post reciente sobre, justamente, el estancamiento tecnológico, Tom Murphy comenta que proyectando las tendencias los años 50 lo lógico es que las misiones tripuladas de nuestros días estuviesen ya más allá de Plutón, cosa que obviamente no ha pasado: sólo hemos podido llegar a la Luna, es decir, al jardín de nuestra casa, y sólo hemos enviado allá un puñado de hombres.

Enviar hombres al espacio implica un gran coste energético para sacar una masa bastante considerable fuera del campo gravitatorio terrestre, y aunque viajar por el espacio puede ser poco costoso debido a la falta de fricción y explotando el impulso gravitatorio de los planetas, si se quisiera viajar a una velocidad aceptable (y no emplear años para llegar a Plutón) tendríamos que emplear cantidades aún más grandes de energía. Nuevamente, lo que parece ser el cuello de botella no es la factibilidad técnica (no exenta de sus problemas considerables, por su puesto) tanto como la disponibilidad energética.

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Analicemos, pues, qué es lo que realmente se ha desarrollado más allá de las previsiones sociales de hace treinta años, las TIC. El exponencial incremento de prestaciones de la microelectrónica, el abaratamiento de costes y los nuevos conceptos en transmisión de información (fibra óptica, wifi, gestión multibanda) han posibilitado la explosión de internet, la gran red global que ha permitido un acceso a gran cantidad de información prácticamente al instante y desde un pequeño dispositivo que puedes albergar en la palma de tu mano. No es poca cosa: las transformaciones en los ámbitos productivos y sociales que son resultado de internet son enormes; internet ha posibilitado, entre otras muchísimas cosas, plataformas de difusión como este propio blog: sin internet, el esfuerzo de divulgación que yo hago simplemente no sería posible, pero es que tampoco me sería fácil acceder siquiera a la información que uso en mis análisis. Es obvio que había una enorme capacidad de desarrollo tecnológico, que el ingenio humano ha explotado mucho más allá de cualquier previsión. Este desarrollo ha tenido una componente material, que justamente se ha basado en la miniaturización de componentes, con su descenso de costes, y un aumento de la potencia de procesamiento, que ha hecho posible una explotación masiva del procesamiento de datos. Pero es justamente esta desmaterialización temprana de la microeelectrónica la que ha permitido la gran explosión de las TICs: el objeto de las TICs, la información, es primeramente inmaterial, y así su consumo energético ha sido bajo o moderado. No había, por tanto, la necesidad de acceder a fuentes de energía aún más potentes como requerían los otros avances tecnológicos proyectados, y eso ha hecho posible el gran avance de las TIC. Pero esta rápida expansión de las TICs está llegando a su final, en realidad. Por una parte, debido al final de la ley de Moore, por razones meramente físicas, que implica que no continuará la reducción de costes por bit procesado. Por otro lado, porque la expansión de internet y la explotación masiva de terminales de TIC ha hecho que el consumo de energía de las TIC ya no sea despreciable: se estima en el 2 de toda la energía final anualmente consumida por las TIC, cantidad que algunos suben hasta el 5% se si tiene en cuenta el coste energético de fabricación de las diversas componentes. No es tan sorprendente, teniendo en cuenta que por ejemplo Google tiene varias centrales térmicas (por cierto, de carbón) sólo para alimentar sus servidores con los que cualquier búsqueda, seria o frívola, lleva segundos. Al margen de que nos cueste imaginar nuevas aplicaciones de las TICs (más allá de la quimérica y temida Singularidad), el hecho es que la huella energética de las presentes TICs ya no es despreciable y eso asegura que su desarrollo futuro ya no será exponencial.

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Se da el problema añadido de que este incremento de energía, que no ha sido tan grande como deseábamos, se ha hecho a costa de fuentes de energía de peor calidad, más difíciles de extraer y más contaminantes, con lo que el progreso que sí que hemos podido conseguir ha llevado aparejado una factura ambiental muy elevada que hace que muchos se cuestionen si realmente ha merecido la pena.

Y si el simple hecho de que la disponibilidad de energía no haya seguido aumentando tan rápido como en las primeras décadas del siglo XX ha hecho que no se cumplieran nuestros sueños de gloria y progreso, ¿cómo creen Vds. que les afectará la disminución de la disponiblidad de energía que se avecina? ¿Cómo estará afectando ya el declive energético del petróleo? ¿Cómo les va a afectar las crisis concéntricas, con las materias primas en su interior, que ya se están desarrollando?

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(*) Véase este artículo en crisisenergetica.org:

Por qué necesitamos un límite a la velocidad en Internet


miércoles, 21 de octubre de 2015

Azar y necesidad. El caos determinista.

Al final de mi comentario va un artículo tomado de El Captor, blog de economía.

Además de su interés para la historia de la antropología, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado contiene ideas de Engels que sorprenden al autor del artículo por su plena actualidad en el campo económico. A mí me ha llamado la atención, en otro sentido, una que aparece casi al final, pardigma del pensamiento dialéctico:
El dinero, intermediario entre los productores, vuelve incierto el destino de los productos. Los mercaderes son muchos y ninguno sabe lo que hacen los demás. Los productores dejan de ser dueños de la producción pero los comerciantes tampoco llegan a serlo. Los productos y la producción están entregados al azar. 
El azar no es más que uno de los polos de una interdependencia, el otro se llama necesidad. En la naturaleza parece dominar el azar, pero en cada dominio hay leyes que se afirman en el azar. Y lo que es cierto para la naturaleza lo es para la sociedad. Cuanto más escapa del control consciente del hombre y se sobrepone a él una actividad social, una serie de procesos sociales, cuando más abandonada parece esa actividad al puro azar, tanto más las leyes propias, inmanentes, de dicho azar, se manifiestan como una necesidad natural.
Las leyes del azarparece estar hablando de la moderna teoría del caos determinista.  

Se ha acusado a Marx, y todavía más a Engels, de determinismo, a partir de la célebre afirmación de que "el ser determina la conciencia". Pero determinismo no es (o no debería ser) fatalismo. No implica  en absoluto que el futuro sea predecible. Para ello habría que poseer un conocimiento perfecto de todos los condicionantes iniciales del sistema del universo. Pequeños cambios en estas condiciones "iniciales", que es imposible conocer con exactitud incluso en sistemas altamente controlados, conducen pronto a situaciones divergentes. Y entre esas condiciones iniciales de cada momento está la intención de los actores del drama.

Ese conocimiento absoluto se ha atribuido a Dios, como Ser Supremo, en casi todas las religiones.

La Iglesia define contradictoriamente a ese Dios personal como "un ser infinitamente bueno, sabio, poderoso, misericordioso, principio y fin de todas las cosas". Las contradicciones intrínsecas de esta definición brotan de la radicalidad implícita en la infinitud, y han nutrido las controversias de los filósofos. En parte por su asunción ideológica, y sobre todo por las implicaciones que podría tener para la propia seguridad contradecir la ortodoxia del momento. Predestinación y libre albedrío son difíciles de encajar: si yo soy libre, Dios no lo es tanto. Si es Dios absolutamente libre y lo determina todo ¿dónde queda mi libertad?

La escolástica resolvió a su manera el dilema, afirmando que "la voluntad divina sigue al entendimiento divino". Dios es libre porque sigue su omnímoda voluntad, que es conocimiento total.

No muy diferente es la definición de Spinoza, que entiende (no sin cierta razón) que "la libertad consiste en el reconocimiento de la necesidad":
Es el conocimiento de la determinación de las cosas, paradójicamente, lo que proporciona la libertad humana. Una vez el determinismo ha sido entendido y aceptado por el hombre éste puede actuar libre y racionalmente desde esas “reglas del juego”. No hay libre albedrio, todo está determinado.
Determinado, naturalmente, por Dios. Pero para Spinoza Dios no es otra cosa que la naturaleza. El mundo creador de sí mismo. Por eso, pese a su insistencia en llamar teología a su sistema, su monismo holístico puede considerarse materialista. Pero la mayoría de sus contemporáneos continuaron enredados en las contradicciones de la predestinación.

Así, cuando el descubrimiento de anomalías en el movimiento de los planetas, con alteraciones caóticas en sus órbitas (que sin repetirse nunca de forma idéntica se ajustan a ciertos atractores) fue conocido ya por Newton, este sostuvo que, si el sistema solar se iba desajustando, la mano de Dios tenía que intervenir cada cierto tiempo para devolver a cada planeta dentro de su órbita elíptica. Esto horrorizaba a Leibniz, que no concebía que el creador fuera un relojero tan torpe. En ambos casos, la idea de un deus factotum sobrevuela la mente de estos grandes hombres.

Otra línea de pensamiento, con la que enlaza Spinoza, prescinde de la teleología divina, pero no por ello deja de oscilar entre la indeterminación del azar y el determinismo de la necesidad.

Se atribuye a Demócrito la frase "todo se debe al azar y la necesidad". Por lo que sabemos, sus escritos enfatizan en la necesidad. Frente a su materialismo mecanicista, Epicuro puso más énfasis en el azar (precisamente sobre las analogías y diferencias entre ambos filósofos versó la tesis doctoral de Marx).

El mecanicismo a ultranza, con o sin la participación del relojero divino, apenas es hoy motivo de interés. La indeterminación y la incertidumbre aparecen por todas partes. Los teoremas de Godel sobre incompletitud y la mecánica cuántica son signos de la renuncia a un destino único del universo. Si en cada bifurcación de posibilidades es imposible conocer y ponderar todas las variables, debemos movernos siempre en el campo de la probabilidad. Las bifurcaciones que acaban por ocasionar mínimos cambios en condiciones hasta entonces (casi) coincidentes ha dado origen a la teoría, muy explotada por la ciencia-ficción, de los universos paralelos.

Pero el análisis de los fenómenos caóticos muestra que, como afirmaba Engels, hay leyes que se afirman en el azar. El descubrimiento de atractores en fenómenos caóticos consolida las teorías sobre el "caos determinista".

La Mariposa y el tornadoteoría del caos y cambio climático es un interesante resumen sobre el caos determinista. Me permito citar su párrafo final sin la engorrosa solicitud del permiso del autor ni del editor, afrontando las amenazadoras salvaguardas de las leyes sobre Propiedad Intelectual:
Lo que hace tan atractivo un tema como el del cambio climático es, desde luego, que exige la colaboración de todos: climatólogos, meteorólogos, físicos, matemáticos, economistas, biólogos, políticos... y hasta de nosotros, los ciudadanos de a pie. Y en este problema no lineal la teoría del caos, la otra protagonista de este libro, aún tiene mucho que decir. Porque esta teoría nos ha enseñado dos cosas: la primera, que los sistemas complejos, como el tiempo meteorológico y el clima, poseen un orden subyacente, una estructura interna, y la segunda (que se podría decir que es la lección opuesta) que los sistemas simples también pueden poseer dinámicas complejas. Al final, después de todo, Friedrich Nietszche va a tener razón: «cada cual ha de organizar el caos que lleva dentro».
Pero para organizar "debidamente" su caos personal, cada uno debe sentirse libre y responsable. Y para contribuir a ello dejo aquí, para quien libre y responsablemente lo lea, este artículo.
 






El brillante pensamiento analítico y económico de Friedrich Engels (Barmen, 1820 – Londres, 1895) -coautor junto con Karl Marx de obras capitales como “El Manifiesto Comunista”- sigue poseyendo, aún hoy en pleno siglo XXI, una acentuada capacidad para explicar con suma precisión las principales claves del actual sistema socio-económico. A continuación ofrecemos  seis de dichas claves, extraídas de su libro: “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”.

1- Las crisis económicas son producto y consecuencia del comportamiento extremadamente codicioso de una parte concreta de la sociedad

“La civilización consolida y aumenta todas estas divisiones del trabajo ya existentes, sobre todo acentuando el contraste entre la ciudad y el campo (lo cual permite a la ciudad dominar económicamente al campo, como en la antigüedad, o al campo dominar económicamente a la ciudad, como en la Edad Media), y añade una tercera división del trabajo, propio de ella y de capital importancia, creando una clase que no se ocupa de la producción, sino únicamente del cambio de los productos: «los mercaderes». Hasta aquí sólo la producción había determinado los procesos de formación de clases nuevas; las personas que tomaban parte en ella se dividían en directores y ejecutores o en productores en grande y en pequeña escala. Ahora aparece por primera vez una clase que, sin tomar la menor parte en la producción, sabe conquistar su dirección general y avasallar económicamente a los productores; una clase que se convierte en el intermediario indispensable entre cada dos productores y los explota a ambos. So pretexto de desembarazar a los productores de las fatigas y los riesgos del cambio, de extender la salida de sus productos hasta los mercados lejanos y llegar a ser así la clase más útil de la población, se forma una clase de parásitos, una clase de verdaderos gorrones de la sociedad, que como compensación por servicios en realidad muy mezquinos se lleva la nata de la producción patria y extranjera, amasa rápidamente riquezas enormes y adquiere una influencia social proporcionada a éstas y, por eso mismo, durante el período de la civilización, va ocupando una posición más y más honorífica y logra un dominio cada vez mayor sobre la producción, hasta que acaba por dar a luz un producto propio: las crisis comerciales periódicas”.

2- El dinero es creado para constituir la herramienta esencial y necesaria de dominación

“Verdad es que en el grado de desarrollo que estamos analizando, la naciente clase de los mercaderes no sospechaba aún las grandes cosas a que estaba destinada. Pero se formó y se hizo indispensable, y esto fue suficiente. Con ella apareció «el dinero metálico», la moneda acuñada, nuevo medio para que el no productor dominara al productor y a su producción. Se había hallado la mercancía por excelencia, que encierra en estado latente todas las demás, el medio mágico que puede transformarse a voluntad en todas las cosas deseables y deseadas. Quien la poseía era dueño del mundo de la producción. ¿Y quién la poseyó antes que todos? El mercader. En sus manos, el culto del dinero estaba bien seguro. El mercader se cuidó de esclarecer que todas las mercancías, y con ellas todos sus productores, debían prosternarse ante el dinero. Probó de una manera práctica que todas las demás formas de la riqueza no eran sino una quimera frente a esta encarnación de riqueza como tal”.

3- El Estado nace para adoptar la apariencia de un poder supremo que persigue, supuestamente, la supresión de las desigualdades

“Pero acababa de surgir una sociedad que, en virtud de las condiciones económicas generales de su existencia, había tenido que dividirse en hombres libres y en esclavos, en explotadores ricos y en explotados pobres; una sociedad que no sólo no podía conciliar estos antagonismos, sino que, por el contrario, se veía obligada a llevarlos a sus límites extremos. Una sociedad de este género no podía existir sino en medio de una lucha abierta e incesante de estas clases entre sí o bajo el dominio de un tercer poder que, puesto aparentemente por encima de las clases en lucha, suprimiera sus conflictos abiertos y no permitiera la lucha de clases más que en el terreno económico, bajo la forma llamada legal. El régimen gentilicio era ya algo caduco. Fue destruido por la división del trabajo, que dividió la sociedad en clases, y remplazado por el «Estado». (…) A fin de que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del «orden». Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado. (…) «La fuerza pública» asociada a todo Estado puede ser muy poco importante, o hasta casi nula, en las sociedades donde aún no se han desarrollado los antagonismos de clase y en territorios lejanos, como sucedió en ciertos lugares y épocas en los Estados Unidos de América. Pero se fortalece a medida que los antagonismos de clase se exacerban dentro del Estado y a medida que se hacen más grandes y más poblados los Estados colindantes. Y si no, examínese nuestra Europa actual, donde la lucha de clases y la rivalidad en las conquistas han hecho crecer tanto la fuerza pública, que amenaza con devorar a la sociedad entera y aun al Estado mismo. (…) Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida. Así, el Estado antiguo era, «ante todo», el Estado de los esclavistas para tener sometidos a los esclavos; el Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para tener sujetos a los campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado”. 

4- La arrogación de la inviolabilidad no les impide a los representantes estatales sucumbir  en el intento de aparentar defender los intereses sociales

“Dueños de la fuerza pública y del derecho de recaudar los impuestos, los funcionarios, como órganos de la sociedad, aparecen ahora situados «por encima» de ésta. El respeto que se tributaba libre y voluntariamente a los órganos de la constitución gentilicia ya no les basta, incluso si pudieran ganarlo; vehículos de un poder que se ha hecho extraño a la sociedad, necesitan hacerse respetar por medio de las leyes de excepción, merced a las cuales gozan de una aureola y de una inviolabilidad particulares. El más despreciable polizonte del Estado civilizado tiene más «autoridad» que todos los órganos del poder de la sociedad gentilicia reunidos; pero el príncipe más poderoso, el más grande hombre público o guerrero de la civilización, puede envidiar al más modesto jefe gentil el respeto espontáneo y universal que se le profesaba. El uno se movía dentro de la sociedad; el otro se ve forzado a pretender representar algo que está fuera y por encima de ella”.

5- La mayoría reconoce el orden social actual como el único posible

“Y, por último, la clase poseedora impera de un modo directo por medio del sufragio universal. Mientras la clase oprimida -en nuestro caso el proletariado- no está madura para libertarse ella misma, su mayoría reconoce el orden social de hoy como el único posible, y políticamente forma la cola de la clase capitalista, su extrema izquierda. Pero a medida que va madurando para emanciparse ella misma, se constituye como un partido independiente, elige sus propios representantes y no los de los capitalistas. El sufragio universal es, de esta suerte, el índice de la madurez de la clase obrera. No puede llegar ni llegará nunca a más en el Estado actual, pero esto es bastante. El día en que el termómetro del sufragio universal marque para los trabajadores el punto de ebullición, ellos sabrán, lo mismo que los capitalistas, qué deben hacer”.

6- El producto domina aún al productor. La estructura económica y social parece estar regida por el azar, pero en realidad responde a la necesidad

“Con la producción mercantil, producción no ya para el consumo personal, sino para el cambio, los productos pasan necesariamente de unas manos a otras. El productor se separa de su producto en el cambio, y ya no sabe qué se hace de él. Tan pronto como el dinero, y con él el mercader, interviene como intermediario entre los productores, se complica más el sistema de cambio y se vuelve todavía más incierto el destino final de los productos. Los mercaderes son muchos y ninguno de ellos sabe lo que hacen los demás. Ahora las mercancías no sólo van de mano en mano, sino de mercado en mercado; los productores han dejado ya de ser dueños de la producción total de las condiciones de su propia vida, y los comerciantes tampoco han llegado a serlo. Los productos y la producción están entregados al azar.

Pero el azar no es más que uno de los polos de una interdependencia, el otro polo de la cual se llama necesidad. En la naturaleza, donde también parece dominar el azar, hace mucho tiempo que hemos demostrado en cada dominio particular la necesidad inmanente y las leyes internas que se afirman en aquel azar. Y lo que es cierto para la naturaleza, también lo es para la sociedad. Cuanto más escapa del control consciente del hombre y se sobrepone a él una actividad social, una serie de procesos sociales, cuando más abandonada parece esa actividad al puro azar, tanto más las leyes propias, inmanentes, de dicho azar, se manifiestan como una necesidad natural. Leyes análogas rigen las eventualidades de la producción mercantil y del cambio de las mercancías; frente al productor y al comerciante aislados, surgen como factores extraños y desconocidos, cuya naturaleza es preciso desentrañar y estudiar con suma meticulosidad. Estas leyes económicas de la producción mercantil se modifican según los diversos grados de desarrollo de esta forma de producir; pero, en general, todo el período de la civilización está regido por ellas. Hoy, el producto domina aún al productor; hoy, toda la producción social está aún regulada, no conforme a un plan elaborado en común, sino por leyes ciegas que se imponen con la violencia de los elementos, en último término, en las tempestades de las crisis comerciales periódicas”.

martes, 20 de octubre de 2015

La deuda de los Estados

Interesantísima exposición, que muestra a las claras varias cosas que el enredo y la palabrería de estos políticos al uso oculta.

Hay siempre un momento más o menos visible en que se consuma el escamoteo, la estafa en que el poder establecido obtiene algo a cambio de nada. Que para eso es Poder:
El Estado paga al soldado con una moneda. El soldado la utiliza para comprarse un traje. El sastre compra con ella un ramo de flores. El dueño de la floristería usa la moneda para comprar manzanas. El frutero paga los impuestos con esa moneda. De este modo el frutero ofrece manzanas y no va a la cárcel por evasor fiscal. El dueño de la floristería vende flores y recibe manzanas. El sastre vende trajes y recibe flores, el soldado lucha en la guerra y recibe trajes y el Estado recibe los servicios de un soldado a cambio de absolutamente nada.
Bueno, no es a cambio de nada, sino a cambio de perdonarte la vida. Se consuma el despojo con la amenaza directa al frutero. ¡Todos somos fruteros! Eso sí, todo lo justifican la paz, la estabilidad y el Orden Establecido. 

Pero el ciclo es insostenible a largo plazo, y se desmorona si no hay crecimiento. Así caen los imperios:
Se podrá percatar el lector fácilmente de que este sistema satisface perfectamente las necesidades de los Estados que están en plena expansión territorial. De hecho los grandes imperios fueron también grandes acuñadores de monedas. Se podía financiar mediante la moneda un ejército poderoso antes de lanzarlo a una campaña de saqueo en el exterior. En el saqueo se obtenían bienes que compensaban los costes iniciales del mismo modo que se recupera una inversión. El Imperio Romano conseguía además esclavos que ponía a trabajar en minas de oro, el oro se empleaba para fabricar dinero, el dinero para pagar soldados y los soldados para conseguir más esclavos. Este ciclo se repetía una y otra vez hasta alcanzar el límite de su sostenibilidad y provocar en última instancia la decadencia y finalmente la caída del Imperio.
Las deudas las paga el débil. Nunca el que tiene una fuerza suficiente para no hacerlo, si así lo decide. Pero si falla el deudor, también perderá el acreedor.



Rebelión

En este artículo pretendo arrojar un poco de luz sobre un asunto que me parece de central importancia desde una perspectiva poco convencional. Lamento la densidad de esta exposición pero tengo que explicar conceptos muy complejos en muy poco espacio. No sólo analizaré la naturaleza de la deuda pública, la ética de su cobro a toda costa (como se pretende hacer en Grecia), sino también del instrumento que se utiliza para contabilizarla: el dinero. Espero que mis lectores puedan construir desde aquí un discurso empoderador contra dogmas que parecen difíciles de cuestionar, como por ejemplo la sentencia "las deudas hay que pagarlas".

1. Un Estado es un conjunto de individuos, más o menos organizado, que se apropia en exclusiva del ejercicio de la violencia y la coerción en una región determinada. Por supuesto nuestros Estados modernos se dedican a muchas otras cosas como construir infraestructuras, llevar a cabo políticas sociales, subvencionar a ciertos sectores, etc. Pero la primera frase de este párrafo define la actividad esencial del Estado, sin la cual dejaría de ser tal cosa. En los presupuestos generales del Estado español aún constituyen la rúbrica de Servicios Públicos Básicos las dotaciones destinadas a cárceles, el aparato judicial, el ejército y la policía. (El sueldo de nuestros representantes democráticos está en un apartado llamado Actuaciones de carácter general y la sanidad en Bienes públicos de carácter preferente). Allá donde el Estado pierde la competencia exclusiva en el uso de la fuerza se dejan de pagar impuestos y obedecer las leyes, pues han aparecido nuevas autoridades que impondrán los suyos propios. El poder, en definitiva, lo tiene el mismo que blande la espada.

2. Los Estados necesitan obtener recursos para sostenerse. El principal medio del que disponen es la confiscación de bienes a los habitantes del territorio que controlan. A este mecanismo lo llamamos impuestos. Los impuestos pueden ser mecanismos de redistribución de la riqueza si son progresivos y se destinan a causas sociales. Aunque durante la mayor parte de la historia no haya sido así.

3. En determinadas etapas de la historia, los impuestos se pagaban mayormente en especie o en períodos de trabajo no remunerado que los súbditos aportaban directamente al Estado. Del mismo modo los integrantes del aparato coercitivo eran recompensados en forma propiedades o derechos. Por ejemplo, en la sociedad medieval europea los campesinos debían dedicar ciertas horas de la jornada o días del mes o la semana a trabajar en los campos de su señor. El señor feudal vivía de los frutos de ese trabajo no remunerado. Cuando tenían que embarcarse en alguna guerra recompensaban a sus leales vasallos (que eran guerreros u otros señores feudales) con parte de sus haciendas, incluyendo en ellas todos los derechos sobre los campesinos que las habitaban. En estas sociedades el dinero no era una mercancía tan habitual como en las sociedades capitalistas actuales. Se utilizaba para comparar contablemente el valor de las cosas, compensar las diferencias de valor de los bienes involucrados en un intercambio u otras funciones que tienen más que ver con la cualidad del dinero como unidad de cuenta, más que como depósito de valor. No había muchas monedas ni cambiaban mucho de manos.

4. Muchos Estados, en algún momento de su historia, necesitaron para sostenerse un flujo de recursos que superaba su capacidad de obtener bienes por la fuerza. Generalmente se trataba de guerras, que requieren movilizar gran cantidad de recursos que no se pueden pagar inmediatamente y abonar la correspondientes soldada a los guerreros de su bando. Se crearon entonces instrumentos financieros para emitir deuda pública. El instrumento más simple y efectivo es acuñar monedas.

5. Al contrario de lo que mucha gente cree las monedas, incluso las más grandes hechas de los más preciosos metales, tenían en general mayor valor nominal que el coste de su fabricación. Esta diferencia se llama señoreaje. Con esto los Estados se enfrentaban a un dilema: ¿Cómo hacer que una simple moneda pudiera emplearse para satisfacer pagos que la superaban en valor?

6. La respuesta no está en utilizar metales preciosos pues de lo que se trata es de que el valor nominal de la moneda supere a su coste de fabricación y al material que incorpora. De hecho las monedas no son valiosas por estar hechas de oro. El oro es valioso porque sirve para fabricar dinero. Es un metal que por sus propiedades físicas y ópticas es fácil de distinguir del resto, fácil de comprobar su pureza, fácil de moldear y romper.

7. Muchas investigaciones sobre la naturaleza del dinero se centran en la necesidad social de establecer una mercancía que por su uniformidad y abundancia sirva como dinero. Pero no se entra con frecuencia en discusiones de por qué se escoge una mercancía en particular o qué mecanismos se emplean para que gran parte de la gente la acepte como pago.

8. Las monedas pueden no tener gran valor en sí mismas. Pero tienen una cara y una cruz. Si tienes una moneda en tu poder sabes que puedes adquirir con ella bienes por el valor que viene en la cruz (siempre mucho mayor que el valor de la propia moneda). De garantizarte que puedas usarla se encarga el que viene en la cara. Si el señor (rara vez señora) o institución que viene en la cara es muy poderoso, muchas personas aceptarán ofrecerte bienes o servicios a cambio de ese pedacito de metal que les vas a entregar.

9. Esta explicación puede no resultar del todo convincente. No hay mucha gente que se haya sentido realmente obligada a aceptar pagos en dinero. Incluso los contrabandistas y los mafiosos intercambian sus mercancías por dinero, aunque se aseguren de que no hay ningún policía cerca que les obligue a aceptarlo.

10. La respuesta nos la da la propia historia. Las grandes emisiones de moneda suelen venir acompañadas de cambios en la política de recaudación que obligan a pagar los impuestos en esas propias monedas. Si el Estado dispone de mecanismos de recaudación eficientes, todo el mundo estará interesado en conseguir monedas para pagar sus impuestos.

11. Cuando se adoptó este cambio de paradigma en la política fiscal en Europa, a finales de la Edad Media, supuso una sacudida en toda la estructura social del continente. Orientó la producción hacia el mercado y destruyó la autosuficiencia de la economía rural. Hizo a las clases bajas menos conscientes de su explotación y sujetó a las mujeres a la convivencia y a la sumisión a un compañero varón que podía acceder a empleos remunerados en dinero. Fue, en definitiva, una extracción de recursos y poder, un saqueo en toda regla perpetrado por los ricos contra los pobres y por los hombres contra las mujeres. Este tema daría para escribir un libro entero, lo dejaremos aquí.

12. El Estado paga al soldado con una moneda. El soldado la utiliza para comprarse un traje. El sastre compra con ella un ramo de flores. El dueño de la floristería usa la moneda para comprar manzanas. El frutero paga los impuestos con esa moneda. De este modo el frutero ofrece manzanas y no va a la cárcel por evasor fiscal. El dueño de la floristería vende flores y recibe manzanas. El sastre vende trajes y recibe flores, el soldado lucha en la guerra y recibe trajes y el Estado recibe los servicios de un soldado a cambio de absolutamente nada.

13. Se podrá percatar el lector fácilmente de que este sistema satisface perfectamente las necesidades de los Estados que están en plena expansión territorial. De hecho los grandes imperios fueron también grandes acuñadores de monedas. Se podía financiar mediante la moneda un ejército poderoso antes de lanzarlo a una campaña de saqueo en el exterior. En el saqueo se obtenían bienes que compensaban los costes iniciales del mismo modo que se recupera una inversión. El Imperio Romano conseguía además esclavos que ponía a trabajar en minas de oro, el oro se empleaba para fabricar dinero, el dinero para pagar soldados y los soldados para conseguir más esclavos. Este ciclo se repetía una y otra vez hasta alcanzar el límite de su sostenibilidad y provocar en última instancia la decadencia y finalmente la caída del Imperio.

14. El dinero que utilizamos es, en esencia, títulos de deuda pública que no producen interés. Cada euro en nuestro bolsillo es un euro en bienes que el Estado nunca nos va a devolver (Hace unas décadas el dinero era canjeable por oro o divisas fuertes en los bancos centrales, hoy ya no. Entraremos en este tema más adelante). No obstante, como el Estado nos genera confianza y nos exige el pago de impuestos en euros. Luego todos estamos muy interesados en adquirirlos. Ni siquiera los contrabandistas de los que hablábamos antes se pueden gastar tranquilamente sus pingües beneficios sin levantar las sospechas de Hacienda. Podríamos haber escogido como dinero conchas de animales marinos, cigarrillos o huevos de gallina. Pero como acabamos de ver, es mejor utilizar deuda pública.

15. Puede que lo expuesto hasta el momento no sea suficiente para hacer cambiar de opinión a quienes le dan un carácter preceptivo al axioma "las deudas hay que pagarlas". Aunque es cierto que las cosas no son tan sencillas. En este momento del relato el Estado se enfrenta a dos problemas: 1) Hacer valer su moneda para pagos en regiones que sobre las que no tiene ningún poder 2) Poner un coto a la emisión de moneda, pues el Estado está fuertemente incentivado a utilizarla para pagar sus deudas y un exceso de dinero efectivo puede hacer caer al país en una espiral de inflación catastrófica.

16. El primer problema se solventaba haciendo que las monedas fueran valiosas en sí mismas, utilizando metales preciosos. El sello de la moneda indicaba que una autoridad (independientemente de que gobernara o no la zona) certificaba el peso y la pureza del metal contenido en la moneda. Eso le permitía ser útil en transacciones comerciales incluso muy lejos de la autoridad que las había emitido. Aunque como indicamos en el punto 4, el valor nominal de la moneda solía ser mayor dentro del Estado del que era propia.

17. El segundo problema se resuelve instituyendo una autoridad ajena al Estado en la que este delega todo su poder en política monetaria: el banco central. Esta autoridad podría ser perfectamente una entidad por completo en manos privadas. De hecho el Banco de Inglaterra, uno de los primeros bancos centrales, fue fundado en 1694 entre varios acreedores de la Corona a los que se les concedió control absoluto sobre los balances del Estado a cambio de un préstamo 1.200.000 libras. También se dotó al banco del privilegio exclusivo de emitir billetes que representaban porciones de esa deuda original. Ese millón largo de libras -una cantidad astronómica para la época- está a día de hoy pendiente de devolución. Este dinero se empleó principalmente para construir barcos de guerra.

18. Los bancos centrales además regulan el tipo de interés al que el Estado paga la deuda pública. El banco central compra títulos de deuda pública en el mercado secundario (nunca directamente al Estado) para que el tipo de interés baje o vende los que tiene para que ese tipo de interés suba. Estos títulos de deuda no dejan de ser impuestos que se pagan por adelantado a cambio de un interés y el banco central regula esa tasa indirectamente.

19. Con el tiempo empezó a ser más práctico que el banco central atesorara todo el oro y plata de los que estaban hechas las monedas y fabricar estas de metales más comunes. Las antiguas monedas se gastaban y perdían valor intrínseco y había industrias clandestinas que se dedicaban a recortar el borde y apropiarse del oro obtenido. Para las transacciones internacionales cualquier ciudadano podría ir al banco central de su país, cambiar las monedas o billetes de curso legal por el oro que estas respaldaban, llevarlo a otro país y hacer la operación inversa para comprar bienes locales. Con el tiempo esto tampoco fue necesario. Todos los bancos centrales trasladaron su oro a la cámara acorazada que la Reserva Federal norteamericana tiene en Nueva York y las transacciones se saldaban moviendo lingotes entre armarios asignados a cada país usando un carro neumático.

20. Es posible que los lectores barrunten ya un nuevo medio para que el Estado, una vez más, no pague sus deudas. Como acabamos de ver el tráfico de oro se había vuelto casi una ficción. Lo único que circulaba de verdad eran los billetes y las monedas sin valor intrínseco, supuestamente respaldadas en oro... eso, supuestamente. Los Estados contaban con que no todos los ciudadanos iban a necesitar a la vez hacer efectivo el oro al que tenían derecho. Por tanto podían emitir billetes y monedas no respaldados.

21. Una vez más la violencia. En el año 1971, la administración de Nixon, agobiada por los inmensos costes de la guerra en Vietnam, decide romper con el patrón oro y emitir dinero no respaldado. Los dólares ya no serían canjeables por oro en la Reserva Federal. Se consolida con ello lo que conocemos como dinero fiduciario en el que todo el valor de la moneda se basa en la confianza de quienes la utilizan, nada más. Aunque el sistema de equivalencia entre dinero y oro pueda parecer anecdótica, su fin no fue en absoluto inocuo pues los Estados Unidos necesitaban mecanismos para hacer valer su moneda. En última instancia la desaparición del patrón oro fue una medida que suspendía, echando mano de la autoridad del Gobierno, el pago de la deuda de oro de los Estados Unidos.

22. Muchos países del mundo respaldaban sus monedas en dólares. Si un Estado quería poner en circulación la moneda X la utilizaba para comprar dólares. De este modo se retiraban del mercado dólares y se sustituían por X. Las X estaban respaldadas en dólares y el dólar supuestamente en oro. Estas reservas de divisas son útiles para las transacciones internacionales y para poder devolver créditos contraídos en dólares. Pero si Estados Unidos empieza a emitir dólares y esta moneda pierde valor por ser cada vez más abundante, arrastrarán también hacia abajo el valor de la moneda X. Al país que la utiliza le empezarán a salir cada vez más caras las importaciones y más costoso devolver sus deudas. De este modo Estados Unidos puede poner, virtualmente, impuestos al resto del mundo.

23. Desde la desaparición del patrón oro, EE.UU. ha mantenido un saldo negativo -y decreciente- en su balanza de cuenta corriente. Esto significa que importa más de lo que exporta y la diferencia se sufraga mediante créditos concedidos por extranjeros. Antes necesitaban ser exportadores netos para mantener fuerte su moneda y la correspondencia entre el valor de esta y el oro, ahora ya no. En última instancia lo que han conseguido ha sido que el resto del mundo les entregue bienes y servicios, a cambio ellos le dan unos papeles de color verde impresos con las caras de sus presidentes. Tarde o temprano esos papeles vuelven a EE.UU. en forma de créditos, cerrando el círculo de una deuda que se renueva y crece constantemente sin ningún propósito de ser saldada.

24. Los precios de la mercancía más importante del mundo, el petróleo, se deben negociar y pagar en dólares a los productores. Eso crea una fuerte demanda de dólares en todo el mundo que permite mantener la moneda fuerte. ¿Cómo se consigue eso? Mediante la violencia. En noviembre del año 2000, Sadam Hussein decidió empezar a vender el petróleo de su país a cambio de euros. Esto amenazaba la solvencia del sistema financiero estadounidense. ¡Qué casualidad! poco después se encontraron armas de destrucción masiva en Irak, se lanzaron los tanques contra este país y una de las primeras órdenes que revocó el Gobierno provisional instaurado allí fue la intercambiabilidad de petróleo crudo por euros.

25. Podemos ver ahora con claridad como los EE.UU. han mantenido un elevado nivel de prosperidad basado en la fuerza de su moneda y esta a su vez en un inmenso aparato de apropiación y saqueo. Es casi un super-Estado, que cobra sus propios impuestos al resto del mundo y suspende arbitrariamente el pago de sus deudas. Quizá por esa prosperidad aparentemente inagotable no consideramos alarmante que la administración estadounidense deba el 105 % del PIB del país y sin embargo el endeudamiento del Estado español, del 101 % de su PIB, sea coartada de las más rigurosas reformas.

26. El primer país que se negó a pagar sus deudas fue Estados Unidos. En 1852 los ciudadanos (libres) del Estado de Louisiana decidieron en referéndum suspender definitivamente el pago de su deuda estatal constituida principalmente por bonos a cincuenta años de titularidad británica. Cuarenta años después los acreedores reclamaron el pago de dicha deuda y el Gobierno Federal confirmó que no podía contravenir una decisión tomada democráticamente por el pueblo norteamericano. El segundo país que se negó a pagar sus deudas fue Rusia tras la revolución de 1917. El tercero fue Alemania tras haber pagado sólo una pequeña parte de las inmensas reparaciones a las que estaba obligada tras las Primera Guerra Mundial.

27. En 1998 fue establecido el Banco Central Europeo, en el que quedaba centralizada la política monetaria de 19 países de la Unión Europea. En 2002 se puso en circulación una nueva moneda, el euro. En general no es recomendable que dos países compartan moneda si sus ciclos económicos no están perfectamente sincronizados: en determinado momento uno podría necesitar una política contractiva de tipos altos de interés para frenar la inflación y el otro la política opuesta. Esto era justamente lo que ocurría en la Unión Europea. Cuando el euro entró en vigor el BCE estableció un tipo de interés bajo para sacar a Alemania de un momento de apuros económicos. No obstante, en España este dinero barato alimentó aún más el despegue de un sobrecalentado mercado inmobiliario. Por si esto fuera poco, la moneda única permitió que Alemania explotara su elevada productividad a expensas de los demás, inundando los países periféricos de la zona euro con productos de alto valor añadido pero baratos en comparación con los de la producción local. Países como Grecia, España, Portugal, etc. no podían competir con la producción alemana de este tipo de artículos, tan intensa en capital, ni con la producción asiática intensa en mano de obra. Incapaces también de protegerse devaluando su moneda por la presencia del euro, se vieron sumergidos en una espiral de salarios bajos, desempleo, migración, crisis económica y deuda insostenible.

28. Si Grecia abandonase el euro estaría recuperando un derecho soberano que tiene como Estado: el de decidir su propia política monetaria, que en última instancia es decidir cómo pagar su deuda o no pagarla en absoluto. Y esta vez la deuda no se utilizará para sufragar un aparato de violencia, opresión y saqueo, sino para pagar hospitales, pensiones y escuelas.

29. "Las deudas hay que pagarlas" es, llanamente, una afirmación falsa, por no decir una mentira mezquina vertida para soslayar el hecho de que existe una relación de fuerza o confianza entre deudores y acreedores que inclina la balanza en favor de unos u otros. Los mismos defensores a ultranza de este dogma suelen poner en juego una perversa contabilidad en la que las deudas que las recientes democracias heredan de los dictadores deben pagarse. Pero los inmensos daños medioambientales perpetrados por las actividades del capital extranjero en países del Tercer Mundo no son deuda. Ni son deuda las promesas electorales que los políticos hacen a los ciudadanos que los eligen, los obedecen y los financian con sus impuestos. ¿Deben pagarse las deudas? Primero debemos preguntarnos: ¿quién debe a quién?

"El nacimiento de una nación"

Las naciones pueden inventarse. Generalmente, sobre la base más o menos alterada de una nación preexistente. La memoria, real o inventada, voluntaria o forzada, que toma cuerpo en la mente de los nacionales, es la que configura un hecho nacional. No hay nación alguna sin la aceptación de sus miembros.

Como en cualquier otro ecosistema, podríamos hablar de "naciones primarias" y "naciones secundarias", tal como se habla de bosque primario y bosque secundario. La diferencia entre estas formaciones vegetales es sólo cuestión de tiempo. Al cabo de una lenta evolución, un nuevo equilibrio convierte en primario un bosque secundario suficientemente consolidado.

El mestizaje prolongado durante mucho tiempo borra las mezclas de poblaciones antes diferenciadas. La nación que surge entonces es la "natural", como sugiere la propia palabra. Esa naturaleza, sin embargo, está condicionada por los motivos de esa convivencia prolongada. Los imperios crearon naciones. ¿Es China una nación? ¿Llegó a serlo el Imperio Romano? Luego de fragmentarse surgen naciones nuevas, condicionadas por límites territoriales, señalados en parte por la geografía, en parte por la fuerza de los ejércitos del rey.

La memoria más o menos forzada inventa pasados, a veces muy ilusorios y convencionales. La Hispania romana no era una nación.¿Por qué se identifica más adelante al reino visigodo con una temprana "España"  y no ocurre otro tanto con Al-Ándalus? ¿Era Portugal una parte "natural" de España, como decía el mismísimo Luis de Camões? Las naciones que pueden reconocerse dentro del territorio español actual son fruto de conquistas territoriales (de norte a sur) y herencias reales (de este a oeste), pero han acabado por tener entidad propia. Por las razones políticas de una larga separación histórica, ni el el idioma portugués ni el gallego son identificables entre sí, por más que les pese a los nostálgicos de la lengua galaico-portuguesa y a los reintegracionistas "de um e outro lado do Minho". Larga y fútil polémica también la que distingue (o no) entre la lengua catalana y la valenciana.

Seguramente también habrá quien pretenda ver una lengua en el andaluz: puede haber un real sentimiento nacional en Andalucía, y un conjunto de dialectos no unificados, ni siquiera unificables (¿para qué?), que además se distribuyen dentro y fuera del territorio administrativo de la actual comunidad. Cierto que una forma parecida de hablar nos identifica, y yo me identifico sentimentalmente con ella aunque haga mucho tiempo que he perdido el acento. En definitiva, la "nación andaluza" se apoya en una división administrativa históricamente antigua, pero luego solidificada por las ocho provincias, que no corresponden a ninguna división geográfica estricta.

Los estados-nación se han de entender siempre como "naciones secundarias", que en un momento dado lograron consolidarse, o al menos lo pretendieron, como "naciones primarias".

Ejercicio de rigor es investigar cómo la historia diversa de las naciones ha reforzado, o no, a unas más que otras. ¿Por qué Francia es una nación indiscutida y España mucho menos? No hay en Francia, como aquí, nacionalismos internos de relieve. Dejando a un lado mitos identificativos con la antigua Galia, y aunque la memoria medieval de la Guerra de los Cien Años cuente en su origen y la Guerra de los Treinta Años afianzara un reino francés, la base de la sólida unidad nacional francesa fue su revolución y las guerras que durante veinticinco años sostuvieron con sus vecinos. Y sobre todo la creación de una clase social de propietarios campesinos identificados con la patria de nueva creación. Algo parecido al patriotismo obsesivo, de origen colonizador, que llena de banderitas cada casa de los Estados Unidos.

Al igual que mi predio adquiere su sentido porque existen otros, frente a los que blando mi título de propiedad, esa otra propiedad idealmente compartida, que fue primero primero del rey y luego del pueblo soberano, se reafirma frente a lo extranjero. En la Gran Propiedad Patria se prolonga simbólicamente mi mísera parcela. Por eso las clases dominantes lanzan a combatir distractivamente a sus sometidos contra unos iguales vistos como diferentes. El fascismo siempre acecha tras el patriotismo.

Sobre esa base objetiva se crearon naciones. El caso francés me lo ha recordado esta magnífica síntesis marxiana, en el último capítulo el genial análisis de Marx en El dieciocho de brumario de Luis Bonaparte:
El punto culminante de las idées napoléoniennes es la preponderancia del ejército. El ejército era el point d'honneur de los campesinos parcelarios, eran ellos mismos convertidos en héroes, defendiendo su nueva propiedad contra el enemigo de fuera, glorificando su nacionalidad recién conquistada, saqueando y revolucionando el mundo. El uniforme era su ropa de gala; la guerra su poesía; la parcela, prolongada y redondeada en la fantasía, la patria, y el patriotismo la forma ideal del sentido de la propiedad.
No ocurrió esto en España, porque en la historia reciente siempre se frustró la base nacional popular. La Guerra de la Independencia acabó mal, en la miserable monarquía fernandina. Las dos primeras repúblicas, en imposiciones forzosas de una patria no sentida. Mientras, las guerras carlistas, el auge económico de burguesías nacionales, la imposición lingüística (que no fue en Francia un problema igualmente grave) y más tarde los compromisos de la transición terminaron por remendar una nación mal cosida.

Para rematar la jugada, las conveniencias electorales que interesan a los poderes establecidos (léase las respectivas burguesías o sectores de ellas) tanto en Cataluña como en "Madrid" harán más de lo mismo. Y vuelta a empezar. 

Si Dios no lo remedia (que no lo remediará). 

Los problemas sociales, al guano.

Hélas!

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Imagen amablemente tomada de aquí:

Gracias, Santiago (y cierra España, por favor).

sábado, 10 de octubre de 2015

¿Por qué la empresa privada es más eficiente que la pública?

Los defensores de la libre empresa suelen esgrimir un argumento de peso: la ineficiencia de la empresa pública frente a la privada. Esto suele medirse comparando la productividad de ambas.

La economía habitual evalúa el producto con criterios de mercado. El valor añadido por las empresas se compara a partir de precios de venta obtenidos minimizando costes. Las empresas parten de lo que invierten (cuanto menos mejor) y excluyen los costes que externalizan. Unos son costes socializados. Otros son trabajos no mercantilizados (domésticos, voluntariado...), socialmente necesarios pero de los que se desentienden y que no cuentan en sus estadísticas. Y difícilmente miden la devaluación y el agotamiento que puedan causar a la naturaleza.

Para la economía habitual no se considera la diferente explotación de los trabajadores. La libre empresa, aquí, juega con ventaja, sobre todo en tiempos de crisis y elevado desempleo. Solamente un estado muy despótico puede hacer una legislación laboral tan leonina como la que desean las empresas. Que además encuentran mil formas de saltársela. El Estado, en principio, no puede hacerlo de la misma forma.



En un Estado libre y democrático, la libertad y la democracia no traspasan la puerta de la libre empresa.

Joseph Stiglitz, la economía vulgar y el socialismo es un artículo de Francisco Umpiérrez Sánchez, del que sólo copio este párrafo, que desmonta la argumentación habitual:
La falta de eficiencia de las empresas del Estado se debe en lo fundamental a que viven atrapadas en un mundo profundamente capitalista, y en especial bajo el cruel dominio del capital financiero. Las injusticias que cometen las empresas privadas contra los trabajadores, con deslocalizaciones, despidos, bajos salarios y falta de libertades sindicales, no puede hacerlas el Estado. Y en esto radica buena parte de su falta de eficiencia.

lunes, 5 de octubre de 2015

Nación o Estado

El historiador José Álvarez Junco publicaba en El País del 14 de septiembre, antes de las recientes elecciones catalanas, un artículo sobre nacionalismos (uno de tantos que se escribieron por esas fechas). Lo reproduzco y subrayo algunas cosas que me han parecido esenciales (siempre, claro, más o menos, como todo en este blog).

Recuerdo una cita de Manuel Sacristán, que no he conseguido encontrar y que interpretaré de memoria. Criticaba una declaración del PSUC que luego se incorporó al Estatut, afirmando que "son catalanes quienes viven y trabajan en Cataluña". Para Sacristán, y también para mí, serán catalanes quienes se consideren a sí mismos como catalanes. Como españoles o kurdos quienes se adscriban voluntariamente a estas nacionalidades. Y eso con total independencia de la plenitud de derechos políticos y sociales de los residentes en un territorio. 

Razones históricas muy diversas han constituido los estados-nación. y por eso mismo no todos los nacionalismos son iguales. Pero casi siempre han tratado de homogeneizar culturalmente a la población.

Esas estructuras políticas y administrativas cristalizadas en estados tratan de consolidarse aprovechando identidades grupales y casi siempre tratan de borrar las no convenientes para su propósito. Julio Caro Baroja y Lourenzo Fernández Prieto, entre otros muchos, han dejado crudas descripciones de los métodos represivos y crueles empleados en el pasado en las escuelas por el Estado Español (que no es lo mismo que España) para "españolizar" a los niños vascos y gallegos. Por eso no hay que extrañarse de que cuando el ministro Wert habló de "españolizar" a los niños catalanes resonó claramente como una amenaza.

En varias ocasiones he señalado que los estados pueden ser plurinacionales y las naciones pluriestatales, Las fronteras, que es deseable diluir como barreras para los seres humanos, son sólo divisiones administrativas que no separan a pueblos que se entremezclan a sus dos lados. Los habitantes tienen derechos como ciudadanos. Mejor, como ciudadanos del mundo, libres para establecerse y migrar, por lo menos igual que lo hacen ahora los capitales.

Claro que las naciones, como grupos que se autoidentifican, tienen también derechos. Derechos culturales, pero también otros. Derechos transfronterizos. Nunca privilegios de otra índole. Los estados plurinacionales, con estructuras preferentemente federales, deberían velar por la igualdad real de los ciudadanos con independencia del territorio en que residan. En definitiva, eso es lo que importa.

Si existe la doble nacionalidad por acuerdo entre estados, ¿por qué no admitir que cada cual se defina con la nacionalidad o nacionalidades de su elección en cualquier estado? Pero esto solamente es posible con estados no invasivos ni excluyentes.

La suerte que hermana a los nacionalismos periféricos en este país es que sus territorios no comparten fronteras. Veríamos disputas y reivindicaciones territoriales mutuas si hubiera contacto físico entre ellos.

Como lo hay en las reivindicaciones territoriales frente al, desde luego intolerable, nacionalismo españolista. Pero pensemos un poco friamente: el criterio manejado suele ser etnolingüístico, pero el nacionalismo de Euskadi reivindica territorios de la ribera del Ebro de población étnicamente no vasca, así como los que aspiran a reunir en un único estado a los Països Catalans no renuncian a anexar la parte castellanohablante de Valencia, a la vez que se adjudican zonas fronterizas de Aragón.

A su conveniencia reivindican territorios de otras estructuras territoriales, pero no renuncian a ninguna porción de su estructura actual.

Con estos criterios, también un nacionalismo españolista podría reclamar las porciones de los nuevos estados en que fueran mayoría los llamados "españoles". ¡Menudo mosaico de bantustanes iba a resultar!

Los nacionalismos excluyentes, enemigos entre sí, conducen a situaciones como la que ironiza El Roto en esta viñeta:





Nación o Estado


Si se define una nación por la voluntad y la adhesión emocional de sus componentes, Cataluña sin duda lo es. Pero si dejamos de lado las emociones y discutimos sobre entes soberanos se ve con más claridad que la declaración de independencia es inviable



















Una vez más, vuelve a plantearse el problema de la distribución territorial del poder en este país como un enfrentamiento entre Cataluña y España, presentados como entes esenciales y monolíticos en lugar de sociedades complejas donde hay muy diversos individuos, grupos y opiniones. No hay más que leer la carta del president Mas en la que nos revela lo que Cataluña “quiere”, “ama” o “busca”. Ojalá lográramos que estos entes bajaran del Olimpo y hablaran por sí mismos. Pero nos hablan sus portavoces —autoproclamados—, que coinciden, por cierto, en algo: en negarle al contrario el título de nación. Cataluña no es una nación, dicen los españolistas; ya le concedimos “nacionalidad”, hace cuarenta años; demasiado fue. España no es una nación, replican los catalanistas, sino un mero “Estado”; o sea, no es una realidad “natural”, dotada de derechos, sino un ente artificial e impuesto.

¿Qué es una nación? Se ha intentado mil veces definirla según criterios “objetivos” y ninguno funciona. ¿Se basa en la raza? Vade retro, Satanás, el concepto es peligroso y está, por suerte, obsoleto. ¿En la religión? Importa poco en nuestras secularizadas sociedades y, además, una religión abarca muchas naciones y una nación tiene varias religiones. ¿En la lengua? Hay varios miles de lenguas en el planeta, sin contar dialectos (que nadie sabe en qué se diferencian de las lenguas), y tampoco coinciden con las naciones. Al final, lo que de verdad define a la nación es un elemento subjetivo: son grupos de individuos que creen compartir ciertos rasgos culturales y viven sobre un territorio al que consideran propio. El factor clave es, por tanto, la creencia, la voluntad, la adhesión emocional de sus componentes.

Vistas así las cosas, es innegable que Cataluña es una nación, porque así lo creen y quieren la mayoría de sus habitantes. Pero, exactamente por la misma razón, España también lo es; porque hay muchos millones de personas que se sienten españoles. Y quienes se niegan a decir “España”, sustituyéndolo por “Estado español”, están ofendiendo —y lo saben— a todos aquellos para quienes tal palabra tiene un alto contenido emocional.

El otro día, en una carta abierta —bien intencionada, creo—, el expresidente Felipe González comparaba incidentalmente la situación catalana con los fascismos de los años treinta. Ofendió con ello al nacionalismo catalán, que presume de un pasado democrático impecable. Fue un error. Pero eso no significa que entre nacionalismos y fascismos no haya ninguna relación. Por el contrario, el fascismo es, entre otras cosas, una afirmación radical de la nación.

Pero el nacionalismo puede combinarse con otros muchos proyectos y programas políticos. Puede, para empezar, fundamentar la democracia, en definitiva el derecho de una colectividad a decidir sus propios destinos. Pero ojo, porque también puede justificar una dictadura, el derecho de un líder iluminado, que conoce como nadie los deseos y destinos de su patria, a imponérselos a sus conciudadanos sin consultarles nunca nada. Igualmente, el nacionalismo puede combinarse con un programa radicalmente modernizador (la revolución Meijí, en Japón), para poner al país en condiciones de competir con sus rivales; y, al revés, puede ser contrario a toda innovación, en nombre de las tradiciones heredadas que constituyen la identidad nacional. El nacionalismo es igualmente compatible con un imperialismo expansionista, sobre pueblos considerados inferiores, así como con lo opuesto, un movimiento de liberación nacional antiimperialista. Y puede servir para ampliar los espacios políticos (Alemania, Italia, en el siglo XIX) o para dividirlos, como pretenden hoy los nacionalismos secesionistas.
El nacionalismo puede fundamentar la democracia, justificar una dictadura y ampliar o dividir espacios
El nacionalismo es, en resumen, una fórmula política versátil, la más versátil de todas las que en el mundo moderno han servido para legitimar el poder. Con lo que indiscutiblemente el nacionalismo se relaciona siempre es con la creación y el fortalecimiento de los Estados modernos. Así ocurrió en Europa y así se ha repetido en los territorios que un día fueron sus colonias. Ese ente incorpóreo llamado nación ha sido la justificación, la coartada, en que se han apoyado con mayor frecuencia los Estados modernos, esas estructuras político-administrativas que controlan un territorio y la población que lo habita.

Centrémonos, pues, en el Estado y dejemos de lado la nación. Dejemos el aspecto emocional —mamá te quería más que a mí—, sobre el que el acuerdo es siempre imposible, y discutamos lo práctico —el piso que te dejó vale más que el mío—, las ventajas e inconvenientes que hoy puede tener poseer un Estado. ¿Qué significaría un Estado independiente para un ciudadano catalán actual? Fronteras, los independentistas dicen que no quieren crearlas, que pretenden seguir en el espacio Schengen. Moneda, tampoco, pues prometen continuar con el euro. Ejército, no es su prioridad. Déficit fiscal, es discutible y además aseguran que son y van a seguir siendo muy solidarios. Bandera e himno, ya los tienen, los tenemos todos, y en abundancia. En términos prácticos, incluso si el proceso de secesión no fuera traumático ni costoso —cosa improbable—, la vida del ciudadano de a pie seguiría siendo muy parecida a la actual. Lo único nuevo serían unas compensaciones emocionales: saber que está en su casa, en Cataluña, fuera de las garras de la opresora España.

Quienes sí obtendrían algo más que recompensas simbólicas serían las élites políticas barcelonesas, que pasarían de ser autoridades regionales a estatales. Subirían de rango, aumentarían su poder y recibirían mayores honores en sus visitas al exterior. Los ciudadanos catalanes deberían pensarse si vale la pena embarcarse en tan arriesgada aventura para que se beneficien sólo los políticos de su capital.
En el mundo actual hay 200 Estados, frente a unas 6.000 comunidades humanas que se consideran naciones
Plantear la operación en términos de Estados, y no de naciones, tiene también la ventaja de que se pueden calcular mejor sus perspectivas de éxito. En el mundo actual hay 200 Estados, frente a unas 6.000 comunidades humanas que se consideran naciones. El planeta, reconozcámoslo, sería mucho más difícilmente gobernable si multiplicamos por treinta la actual cifra de Estados. Aumentar el número de entes soberanos es lo contrario del objetivo de la Unión Europea, que es disminuir la soberanía de los Estados hasta acabar, idealmente, fusionándolos. Pero, sobre todo, no es realista pensar que los Estados actuales aceptarán iniciar ese proceso de subdivisión. Menos aún cuando el ensueño independentista catalán ha llevado a algún visionario a anunciar sus ambiciones sobre los països de su imperio medieval (también bajo el franquismo enseñaban a los niños a soñar con las posesiones “españolas” del gran momento imperial: América, Portugal, Orán, Argel…). Es obvio que Francia no quiere ni oír hablar de un Estado nuevo con ambiciones irredentistas sobre su territorio.

No se le ve, por tanto, viabilidad a una declaración de independencia que el Gobierno español recusaría, que no sería reconocida por los Estados europeos ni por casi ningún otro del mundo, que sería conflictiva y costosa y que sólo beneficiaría a algunos políticos. Ese es mi análisis. Espero haberlo expuesto de manera razonada y no haber escrito ningún “libelo incendiario”, señor Mas. Por cierto, la carta de González tampoco lo era, salvo esa desafortunada referencia.